La Guarida de los Lemures

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 LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)

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Mari carmen

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Fecha de inscripción : 25/11/2015

MensajeTema: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Abr 30, 2016 8:03 pm

Aquí os dejo la continuación del Despertar. Está dividido en dos partes. Aparte de las circunstancias que va rodeando a los protagonistas, tenía muchas preguntas sobre cosas que la serie no nos dejaba claro, y que creo que a esta altura, seguiremos sin saber, por eso, a través de mi imaginación quise contestarme a esas preguntas o dudas para satisfacer mi propia curiosidad ante esto o aquello... También, en estas historias, dejo reflejado de alguna manera el entorno donde se desenvuelve sus personajes, ciertas costumbres, tradiciones, y de las cuales, tengo el privilegio de vivirlas... De momento tampoco lo tengo muy ilustrado. Fue Tan, quien me hizo la ilustración que da paso a la historia y otra preciosa que me hizo para un pasaje de ella. Desde aquí se le agradezco muchísimo. Puede que al ir publicando vaya haciendo algunas más que me falta para completarlo. Espero que os entretenga Very Happy


Gracias Tan


Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo1


Sus hermosos ojos miraban al frente pero su acuosa mirada estaba perdida, ausente de lo que ante ella se extendía. Sentada en una roca se arrebujaba en su toquilla. Tenía frío, pero no era el causado por la noche, sino un frío interior de muerte. Un frío que recorría su cuerpo y su alma. Un alma, llena de desasosiego, de miedo... angustia ¿Por qué la vida había sido tan cruel? Ella no se merecía aquello, no se merecía haber descubierto aquella verdad tan llena de engaño. Cerró los ojos deseando que fuera una pesadilla, que pudiera despertar de un momento a otro a tanta mentira. Pero ¡no! Ella estaba despierta cuando descubrió aquello y no podía volver sobre sus pasos para deshacer tanta desdicha.

Sus bellos ojos arrasados por lágrimas de desengaño, intentaban ver más allá de la laguna y en su mente volvieron recuerdos de momentos vividos llenos de felicidad no hacía mucho tiempo...




Unos meses atrás... Días de luces.

Apenas estaba el alba alejando las sombras de la noche cuando Gonzalo abrió los ojos. No hacía mucho que se había quedado dormido pero el toque de las siete campanadas de la iglesia lo despabiló. Fue el despertar más hermoso que pudo tener. Cobijada en sus brazos y la cabeza apoyada en su pecho Margarita dormía profundamente. Ni siquiera aquel sonido la había despertado. Gonzalo sonrió mirándola. ¡Estaba tan hermosa! Nunca pensó que aquella noche hubiera podido ser tan maravillosa, tan completa. Se amaron derrochando todo lo que llevaban dentro de ellos, sin reparos, entregándose el uno al otro, cómo lo habían soñando por tanto tiempo. No se cansaba de mirarla. Suavemente la besó en el cabello y que en aquel momento lo tenía en un desorden encantador. Gonzalo sentía un gran júbilo interior. Hubiera querido gritar de emoción lo que sentía por aquella preciosa mujer, ¡su mujer! Aquella noche había sido su mujer y lo sería el resto de sus vidas.

Le subió un poco la sábana y le cubrió los hombros desnudos. No quería que cogiera frío alguno. Margarita se removió un poco entre sus brazos. Con trabajo abrió sus hermosos ojos como la noche. De la postura que estaba no podía ver el rostro del hombre amado, sólo sabía que estaba entre sus brazos. Se removió un poco más buscando la mirada de él, suponía que podía estar dormido. Se sorprendió al ver que estaba despierto y que tenía puesta su mirada el ella. Se ruborizó al ver cómo Gonzalo la miraba.

- Buenos días. – dijo Gonzalo sonriéndole y estrechándola más sobre su pecho viril y desnudo - ¿Puedo saber cómo ha descansado mi preciosa mujer?
Margarita se azoró ante la pregunta de él. Se arrebujó más contra su cuerpo – No, no soy todavía tu mujer... - su dulce voz sonó adormilada.
- Lo eres... Desde esta noche pasada eres mi mujer pero no has contestado a mi pregunta...
- Yo no sé tú pero a mí me hace falta dormir mucho más, estoy agotada... - lo dijo con un bostezo.
Gonzalo se echó a reír y riendo lo dijo – Si es que tan sólo hace apenas un par de hora que decidimos echarnos a dormir, aunque por mí, yo hubiera seguido despierto.

- ¡Gonzalo qué eres incansable! – al decirlo se había desprendido de los brazos de él y cogiendo un almohadón le dio con él en pleno rostro. Con la mano libre se sujetaba la sabana cubriendo sus delicados senos.
Gonzalo, se incorporó de golpe y enredándola con su cuerpo la volvió a echar sobre las almohadas – No me cansaría nunca de hacerte el amor ¡Es tanto lo que te quiero! ¡Tanto lo que te necesito!... Ni yo sabía toda la falta que me hacías...

Lo había dicho mirándola a los ojos. Comenzó a acariciar el hermoso rostro de ella con sus labios hasta llegar a los de ella. Fue besando aquellos jugosos labios como lo había hecho la noche anterior, poco a poco, saboreando cada milímetro de ellos. Margarita abriendo los suyos correspondía a sus deseos. Gonzalo buscaba su cuerpo bajo las tibias sábanas. La miró y con esa mirada lo dijo todo, ella, le correspondió con la suya. Con suavidad Gonzalo deslizó las sabanas que la cubría. Margarita no le negaba nada, no podía hacerlo porque ella más que nadie así lo quería. Quería gozarlo como lo había gozado en la noche. Se dio toda a él y volvió a sentirlo dentro de ella con su cuerpo y con su alma.




- Gonzalo, debemos levantarnos, en un momento a otro puede regresar Sátur y tú te tienes que ir a la escuela, ¿Gonzalo me estás escuchando? – lo preguntó porque Gonzalo seguía jugando con sus cabellos enroscándolos entre sus dedos.
- Te escucho pero es que no quisiera levantarme, estoy tan a gusto aquí, contigo... - volvió a estrecharla contra él.
Margarita se incorporó – Gonzalo, yo también quisiera estar todo el día aquí, contigo pero hay que volver a la realidad. Tenemos deberes que cumplir, tú tienes una escuela y yo tengo que ir a trabajar...
Fue a saltar de la cama cuando Gonzalo la retuvo – No quiero que vuelvas a Palacio...

Margarita lo miró fijamente. La mirada de Gonzalo no era la misma la de momentos antes y la firmeza con que se dirigió a ella la desconcertó – Gonzalo, ya hemos hablado de ello y...
Él la interrumpió – Margarita, hay cosas que no sabes pero no es el momento, ya que cómo tú dices, hay que levantarse, pero cuando regrese de la escuela tenemos que hablar de muchas cosas, cosas que debes saber... – lo había dicho mientras saltaba de la cama.
Buscó entre tanta ropa que había en el suelo y se puso el calzón - Voy a poner agua a calentar... - se inclinó y besándola en los labios con toda dulzura salió de la alcoba.

Margarita se quedó confundida ante el comentario de él, luego suspirando salió de la cama. Miró con una sonrisa toda la ropa por recoger del suelo. ¡Qué felicidad más grande sentía! Se agachó y fue recogiéndola echándola en la cama. Se puso su ropa interior y procedió a poner todo en orden. Amontonó las ropas para lavar y quitó la ropa de la cama. Cambió las sábanas y tendió las mantas y la colcha. Sacó del arcón ropa de Gonzalo y la colocó en el lecho. Se echó sus prendas de vestir en un brazo y cogiendo la ropa a lavar salió de la habitación.

Gonzalo seguía junto al hogar. Había puesto en la lumbre una olla de agua y estaba avivando el fuego. Margarita salió al patio y dejó la ropa en el lebrillo. La mañana estaba fría. Entró de nuevo en la sala y soltando su ropa en una silla se echó por encima de los hombros la toca que estaba en el respaldo. Se acercó al fuego y rodeó con sus brazos el torso de Gonzalo. Éste, sonrío al sentir el cuerpo de ella en su espalda. Se volvió y la atrajo hacia él abrazándola fuertemente.

- No hemos hablado de fecha – lo dijo en un susurro al oído de Margarita.
Margarita se apartó un poco y levantó sus ojos hacia él - Gonzalo no seas tan impetuoso... Mira, no quiero que sueltes de sopetón lo nuestro, piensa en el niño... Deja pasar unos días y que Alonso vea que entre nosotros se va estrechando más los lazos... Que la gente nos vaya viendo juntos, no quiero chisme de barrio y no lo hago por mí, yo estoy curada de espanto pero por ti, por el niño...

Gonzalo no la dejó terminar y cogiéndola por los brazos se agachó un poco para ver mejor sus ojos negros - ¡Margarita escucha! A mí no me importa nada lo que puedan pensar la gente y en cuánto a Alonso, él se va a sentir de lo más feliz, ¡créelo!
- Pero Gonzalo... ¡Mira cabezota! Piensa que una novia necesitamos un tiempo para preparar ciertas cosas y yo quiero ese tiempo.
- Pero ¿qué tienes que preparar? El vestido lo tienes... No creo que te haga falta algo más ¿o sí?
Margarita se soltó de los brazos de él y se pasó la mano por el revuelto cabello – Gonzalo, Gonzalo, vamos a ver... Hay que hablar con el padre José, habrá que esperar las amonestaciones, eso tiene su tiempo y en ese tiempo ya habremos dado a entender lo que tú y yo nos queremos... – al decir esto, de nuevo rodeo con sus brazos el cuello de Gonzalo e empinándose besó sus labios.

Para Gonzalo sentir que ella tomaba la iniciativa era un deleite. Le cogió la cara entre sus manos y saboreó sus labios en un prolongado beso. El agua en ebullición se escuchó muy cerca de ellos. Margarita se apartó y miró a la olla – Creo que se nos ha calentado demasiado... Anda Gonzalo, aséate tú, mientras yo subo arriba y preparo mi ropa porque dentro de nada tenemos a Alonso y a Sátur aquí... Lo raro que todavía no haya venido Sátur, ¿no crees?
- Me imagino, que esta noche Sátur también lo habrá pasado desvelado y todavía a esta hora estará durmiendo en brazos de alguna chica exuberante...

Desde el campanario de la iglesia de San Felipe se escuchó dar en ese momento nueve toques. Margarita apresuró a Gonzalo ya que de un momento a otro podría venir Alonso de casa de Catalina. Fue Gonzalo a salir para el patio cuando Margarita lo detuvo con un ademán. Le cogió la mano izquierda y le quitó la alianza. Gonzalo la miró con el ceño fruncido. Ella lo observó.
- Gonzalo no me mires así... Tú eres un hombre que le gustan las cosas bien hechas ¿no? pues a mí también me gustan las cosas bien hechas.

Y dicho esto se dirigió a la alcoba. Cogió la cajita que estaba encima de la mesa escritorio y metió el aro de Gonzalo, luego se quitó el suyo y lo colocó junto al de él. Los contempló por un momento sonriéndose y cerró el cofrecito guardándolo en el cajón.




Terminaba Gonzalo de hacer las gachas cuando llamaron en la puerta. Fue a abrir y Alonso casi se le echa encima - ¡¡Padre, no sabes lo que te perdiste anoche!! – al decirlo se le había colgado del cuello.
- Ya... ya me lo imagino por la manera que vienes... Alonso, me vas ahogar hijo.
- Padre, perdona, no me había dado cuenta. Es que tenía tantas ganas de verte.
Gonzalo había dejado la puerta entornada. Sabía que Cata no tardaría en llegar. Se volvió a su hijo y le puso las manos en los hombros mirándolo con inmenso cariño- Yo también tenía muchas ganas de verte – le besó con infinita ternura el rubio cabello.

Se separó de su hijo por un momento y fue a remover las gachas que si hubiera tardado un poco más en hacerlo se le hubiesen pegado - ¿Has desayunado Alonso? – preguntó Gonzalo mientras apartaba la cazuela de la lumbre.
- Si padre, yo ya he desayunado... – Alonso miró a un lado y a otro - ¿Y tía Margarita?
- Tu tía está terminando de arreglarse... – según iba hablando ponía la mesa para el desayuno.
Alonso sentado ante la mesa veía el ir y venir de su padre - Como se nota que no está Sátur ¿verdad padre? - lo dijo con cierta picardía.
Gonzalo se lo quedó mirando - ¿Por qué dices eso?
- Porque padre ¡has puesto el cacharro de la sal en lugar del azucarero!

Gonzalo se quedó mirando lo que señalaba Alonso. Por un momento pensó que a las gachas le había echado sal. Se apresuró a probarlas y con alivio comprobó que estaban dulces. Quitó el tarro de la sal y se lo llevó a la balda cogiendo el del azúcar. Cuando volvió a la mesa se acercó al oído de su hijo - De esto, que no se entere tu tía... – se lo dijo tan bajito que al chiquillo le dio por reír.

Una voz dulce y cantarina se escuchó en la sala - ¿Se puede saber de que se ríe mi niño?
Alonso al ver aparecer a su tía dejó la silla y corrió a hacia su tía abrazándola por la cintura - ¡Tía que alegría verte! ¡Si vieras lo bonito que estuvo los fuegos!... Me acordé tanto de mi padre y de ti... Es que pensaba que estabais aquí, solos y aburridos ¿Por qué no os vinisteis con nosotros?

Mientras el niño exponía su infantil criterio, las miradas de Gonzalo y Margarita se cruzaron. Con esas miradas se lo dijeron todo. Gonzalo la vio bellísima. Se había arreglado como solía hacerlo, con esmero. La falda azul de volante en el bajo, una blusa blanca de manga larga y escote en forma de pico con cierto bordado hasta el principio del seno. Corpiño sin cuerpo en rojo granate con cintas en color azul igual que la falda. El cabello lo llevaba recogido en un trenzado suave, lo que hacía que por detrás le cayera con mucha soltura. Para Gonzalo, aquella mañana la veía más bella que nunca, a pesar que su precioso rostro apreciaba la falta de sueño.

Margarita se llevó al niño a la mesa y se sentó junto a él. Alonso no dejaba de contar lo que había vivido la noche anterior con los fuegos de artificios. Gonzalo había terminado de poner la mesa y se sentó junto a ellos. Le sirvió un plato de gachas a Margarita y él se sirvió otro.
- Gonzalo, esto es mucho – dijo la joven al ver el plato.
- Margarita tienes que comer, tienes que reponer fuerza... – esto se lo dijo con segunda y con cierta picardía en su mirar. Margarita se ruborizó y con los ojos le hizo señas de desaprobación.

La puerta de la calle se abrió dando paso a Catalina y al pequeño Murillo – Buenos días...
Gonzalo y Margarita contestaron al saludo de Cata.
- Bueno, llego y me voy que llego tarde... Margarita, tú todavía no vas a Palacio ¿no?
Margarita se acodó en la mesa y miró a su amiga no si antes dirigir su mirada hacia Gonzalo  – No Cata, no voy a Palacio, tampoco sé si volveré a hacerlo...
Catalina le sorprendió la respuesta de Margarita. No era lo que ella le había dicho por lo que algo tenía que haberle hecho cambiar de idea - ¿Y qué le digo a la Marquesa cuando me pregunte?
- Cata, pues le dices lo que te he dicho, que no sé si volveré...

Catalina se había acercado a la mesa y no dejaba de observar a Gonzalo. Del malestar del día anterior causado por su enfrentamiento con Lucrecia parecía que no le quedaba ni rastro. Lo que no sabía si Margarita sabía algo porque ella tampoco parecía estar molesta por nada. Al contrario, la vio mucho mejor que el día anterior, ni siquiera sus ojos tenían un ramalazo de tristeza con los que se había llevado tantos días. Todo le parecía muy extraño.

- Bueno, pues ahí os quedáis que yo me voy. A más ver... – dicho esto, se dirigió a la puerta pero Margarita salió tras ella llevando la cesta de mimbre donde había colocado toda la ropa de Palacio que había terminado de arreglar el día anterior. Ya en la calle la muchacha se la dio a Cata.

- Cata, ayer se me pasó dártela. Todas están arregladas... - Margarita quiso darle una explicación, sabía que su amiga estaba algo consternada – Cata, sé que mi decisión te habrá parecido algo extraña pero Gonzalo me dijo que tenía que decirme algo al respecto y que no volviera a Palacio... No sé si volveré, pero antes quiero saber qué es lo que me tiene que contar Gonzalo.

Catalina comprendió entonces el cambio de parecer de su amiga pero no entendía que Gonzalo quisiera contarle su enfrentamiento con Lucrecia. Él mismo le dijo a ella que Margarita no debía de saber que él había estado en Palacio a reclamarle. ¿Qué le había hecho cambiar?
- Cata, ¿te pasa algo? – preguntó algo extrañada por el silencio y lo pensativa que estaba su amiga.
- ¡Oh no! ¿Qué me va a pasar mujer? Que ya me voy, que cómo la Marquesa se despierte y su desayuno no esté listo, ya me queda, ya.

Se despidieron y Margarita volvió a entrar en la casa cerrando la puerta. Gonzalo se había levantado. Había terminado de desayunar y estaba quitando su plato y su vaso. Margarita se volvió a sentar y fue a seguir comiendo pero las gachas se le habían quedado frías. Gonzalo notó el rechazo de ella al meterse la cuchara en la boca.

- Están frías ¿no? Anda, dame que te las caliento un poco... – fue a quitarle el plato pero Margarita lo detuvo con un ademán.
- Déjalo Gonzalo, es que no tengo muchas ganas, mejor me tomo un vaso de leche caliente.
Gonzalo se la quedó mirando – Está bien, pase por este momento pero que sepas que ahora estaré más encima tuya con respecto a la comida... - los niños no se encontraban a la vista y Gonzalo aprovechó de hacerle un gesto cariñoso tocándole la punta de la nariz con uno de sus dedos.

En eso, diez toques de campana hizo que Gonzalo soltara con prisa lo que estaba recogiendo de la mesa y llamó a los niños - ¡Alonso! ¡Murillo! ¡Qué se hace tarde!
Se volvió a Margarita e inclinándose le habló casi en un susurro – A la tarde, después de la escuela nos vamos a dar una vuelta y ya hablamos sin prisa.

Los niños ya salían todo presuroso. Gonzalo poniéndose la chaqueta sobre la camisa blanca y cogiendo un libro que tenía encima de una silla, echó una última mirada a su amada, haciéndole un guiño, salió detrás de los pequeños cerrando la puerta tras de sí.




Catalina entró en la alcoba de su señora. Ésta parecía dormir. Cata se acercó al ventanal y abrió las contraventanas para que la luz del día entrara a través de la vidriera. Se fijó en el suelo a la altura del lecho. Dos botellas vacías estaban esparcidas por el suelo, incluso había trozos de cristales de alguna botella rota. La copa estaba caída sobre la mesita de noche. Catalina movió la cabeza de un lado a otro. Se propuso a recoger aquel desaguisado, en esto Lucrecia comenzó a moverse en la cama. Intentó abrir los ojos, pero la claridad que entraba por aquel ventanal hacía que le molestara lo bastante para no poder abrirlos. Sabía que Catalina estaba allí.

- Catalina, cierra esas puertas ¿Quién te ha mandado abrirlas? – no tenía ni fuerzas al hablar.
- Señora, es que ya es muy tarde... Se le va a juntar el desayuno con el almuerzo.
- ¿Y a ti qué puede importante eso? ¡Cierra esas puertas de una vez Catalina! Quiero seguir durmiendo, me duele la cabeza horriblemente... ¡Sal de mi alcoba de inmediato y que nadie me moleste! ¡¿Está claro?! – en ningún momento hizo por quitar sus brazos que había cruzado sobre sus ojos.

- Está bien señora, cómo usted diga, nadie va a molestarla... – mientras se dirigía a su señora, Catalina había cerrado las contraventanas dejando de nuevo la alcoba en la más completa penumbra, y llevándose con ella las botellas vacías y los trozos de cristal salió cerrando la puerta de los aposentos de su señora. Mientras la cerraba, no dejaba de pensar que cómo no iba a dolerle la cabeza si lo que se había metido por el cuerpo no lo resistía ningún cristiano.




Estaba trajinado en la casa. Había recogido la cocina, después ordenó la habitación de Alonso. Le dio un barrido a las estancias y luego decidió irse al patio a lavar toda la ropa. Preparó el lebrillo llenándolo de agua y colocó el refregador dentro de él. Comenzó a lavar mientra su pensamiento volvía a la noche pasada y hasta aquella misma mañana. Nunca conoció a un Gonzalo tan apasionado pero a la misma vez tan tierno, tan delicado con ella, tan dulce... tan amoroso. El hecho de recordar todo esto, la inundaba de una felicidad plena. Nunca se había sentido así. ¡Por fin sabía lo que era la felicidad! Supo lo que era ser mujer, y lo más maravilloso, lo había conocido de la mano del hombre que llenó siempre su pensamiento y su corazón, su amado Gonzalo de Montalvo.

Escuchó unos golpes en la puerta. Pensó en Sátur. Él tenía llave pero al haber cerrado ella la puerta por dentro con el pestillo, le era imposible de que pudiera abrir. Se secó las manos en el delantal y fue a abrir la puerta. En efecto era el bueno de Sátur. Éste entró con prisa.

- Buenas Margarita, perdone si he regresado algo tarde, es que me quedé algo dormío... Espero que el amo no haya necesitao de mí.
- Sátur, no te preocupes... Gonzalo no ha necesitado de ti, todo está bien... Si me quieres contar algo, estoy lavando la ropa... - Margarita se dirigió de nuevo al patio. Sátur fue tras ella con el ceño fruncido.
- No, no, eso no ¿Cómo va a lavar usted la ropa? ¿Pa’ qué estoy yo aquí?
- Sátur, si vieras toda la ropa que he tenido que lavar durante mucho tiempo para ganarme algunas monedas y poder llevarme algo a la boca...

- Ya, pero eso ya pasó... Eso corresponde a su pasado y ahora está aquí... ¡Y yo estoy aquí pa’ algo!
- Mira Sátur, las cosas de la casa la podemos compartir, ya te lo he dicho en más de una ocasión... Puedes hacer una cosa... Mira a ver que se necesitas para el almuerzo, más que todo para acompañar al conejo  y si necesitas algo, vas a por ello al mercado y te traes lo que haga falta ¿Qué te parece?

Mientras le hablaba, sus manos retorcían las prendas sobre el refregador y las echaba en un balde para luego enjuagarlas. Tenía las mangas levantadas hasta encima del codo y toda la parte de su pechera la tenía toda mojada. Sátur pensaba que si en aquel momento la hubiera visto su amo, seguro que se le hubiera caído hasta la baba. Margarita le hablaba con tanta dulzura que Sátur se la quedó embobado mirándola. ¡Pero que linda era aquella mujer! Hasta hablando tenía un encanto especial. ¿Cuándo se decidiría su amo a hablar con ella? A Sátur le parecía que ella estaba más animada. Además tenía en sus ojos un brillo diferente a días pasados. Su amo podía aprovechar aquellos momentos en que ella parecía estar más animada para poder hablar de lo que ya debía. La voz de Margarita lo sacó de sus pensamientos.

- Sátur, ¿te pasa algo?
- ¡No!, no señora... No me pasa na’. Que estaba pensando pues... pues en eso, ¡qué tiene razón!... Ahora mismo voy a ver que se necesita, por cierto ¿A usted que le gustaría?
- Sátur, lo que tú prepares estará bien.

El buen hombre dejó el patio y echó un vistazo en la cocina  para ver lo que podía hacerle falta, luego se dirigió a la habitación de Gonzalo a tomar algo de dinero para la compra. Se dirigió a la mesa y de una bolsita que había en el cajón cogió algunas monedas, las que podía necesitar. Allí mismo estaba la cajita con las alianzas de boda. Sonrío y se dispuso a salir de la alcoba cuando sus ojos se fijaron en la mesita de noche. Sobre el tapete de ella se encontraba los pendientes de Margarita. Abrió la boca con asombro y se echó las manos a la cabeza.

- ¡No me lo puedo creer! Mi amo y la señora anoche estuvieron juntos... ¡La madre que me parió! ¡Al fin se le hizo! ¡Al fin!




Gonzalo cerró la escuela en la tarde algo más temprano de lo habitual. Tenía que hablar con Margarita y no quería que les cogiera la noche. Con los niños por delante enfiló calle arriba. Todavía había ambiente. Algunos tenderetes seguían abierto y algunos vecinos apuraban en hacer sus escasas compras que por alguna razón u otra siempre dejaban para el último momento. Entre las cosas que tenía Gonzalo en su mente, era el que Nuño no dejó de asistir a la escuela. Creía que después de lo que pasó el día anterior entre él y Lucrecia, ésta impediría que su hijo pisase de nuevo su modesto colegio. Pero no, Nuño había asistido cómo cualquier día a clase. Lo otro que ocupaba la mente de Gonzalo y que le preocupaba era el cómo contarle a Margarita ciertas cosas. Sentía una gran felicidad... ¿Cómo podía haber desperdiciado tanto tiempo para disfrutar de esa felicidad y del amor de ella? Ese amor que siempre estuvo ahí y que sólo despertó al volver ella a su vida, por eso tenía cierto temor a descubrir ciertas cosas a Margarita. No sabía cómo podría reaccionar ella a saber tantas cosas, y sobre todo, el secreto que él llevaba a cuesta.

Salió de sus pensamientos cuando los niños se apartaron de él corriendo para un lado y otro. Los llamó de forma autoritaria y los tres chicos ya sabían lo que aquello quería decir. Se acercaron a él de nuevo y ya no se apartaron hasta llegar a la casa del maestro. Los tres niños subieron corriendo la escalera. La puerta estaba entornada y entraron como una estampida.

Margarita estaba sentada en el poyete de la ventana repasando algunas prendas que se le habían soltado los pespuntes. Levantó la cabeza para mirar los torbellinos que acababan de entrar. Soltó la prenda sobre el poyete y abrió los brazos para acoger a Alonso que venía tirado hacia ella - Mi niño, pero ¡qué pronto estáis aquí! – diciendo esto levantó su mirada hacia Gonzalo. ¡Cuántas cosas le dijeron sus ojos!

- Si tía Margarita, es que padre tenía unas cosas que hacer, por eso la clase de la tarde ha sido más corta.
- Bueno, pues entonces ¿queréis merendar algo? ¡Mirad, he hecho un bizcocho para chuparse los dedos! - hablaba con los niños pero el sentir la mirada de Gonzalo puesta en ella, la ponía de lo más nerviosa.
- ¡¡Si tía!! ¡¡Claro que queremos!! ¿Verdad chicos?

Gabi y Murillo asintieron y se sentaron en la mesa no sin antes quitarse sus respectivos zurrones dejándolos colgados del respaldo de una de las sillas.

Margarita se había puesto de pie y fue hacía la cocina. Gonzalo fue tras ella – Espero que para mí también haya un trozo.
- Supongo que lo habrá... – lo dijo mientras iba cortando varios trozos del bizcocho y poniéndolos en un plato cada uno de ellos. Antes de acercárselos a los niños que esperaban impaciente, le dio uno de los platos a Gonzalo.
- Espero que te guste – se lo dijo sonriendo, luego se los llevó a los niños.
Sátur entraba en la sala en ese momento. Venía de apilar la paja – Espero que pa’ mí haya quedao algo señora...

- Si Sátur, claro que si... Hay bizcocho para un regimiento... Creo que me he pasado un poquito con la harina.
Gonzalo le hizo señas a Sátur y éste se le acercó – Sátur, voy a salir y me llevo a Margarita, los niños tienen tarea, así que se pongan a hacerla, no les dejes salir a la calle a jugar sino la han terminado... Espero no tardar mucho.
Sátur un poco intrigado no pudo dejar de preguntar – Amo, ¿y puedo saber a dónde van?

Gonzalo lo miró con el ceño fruncido – No quieras saber tanto Sátur.
- Si de todas maneras lo que usted no me dice, yo lo adivino...
Esta vez, Gonzalo lo miró incrédulo pero no dijo nada. Se apartó de él y se acercó a Margarita que estaba recogiendo la costura - Margarita cuando quieras nos vamos.
Ella levantó el rostro un poco sorprendida - ¿A dónde nos vamos?
- Recuerdas que tenemos que hablar y creo que es mejor hacerlo fuera de la casa - no intentó bajar la voz al decirlo.
- Está bien, voy a subir un momento a retocarme el pelo – se quitó el delantal dejándolo en una silla y cogiendo su cesto de costura se dirigió a la escalera.

Subió a prisa entrando en su habitación. Dejó el cesto en un rincón y procedió a soltarse el cabello peinándolo pausadamente. Se preguntaba que podía ser lo que tenía que contarle Gonzalo. Se recogió el cabello hacia atrás con los pasadores y se dio una última mirada en el espejo. Se dio cuenta que no llevaba los pendientes. Ella se los quitó la noche anterior y no se lo había puesto en todo el día. Recordó que estaban en la alcoba de Gonzalo. Soltó el peine y cogiendo su toca salió a toda prisa de su cuarto. Bajó presurosa los escalones y se fue derecha a la habitación de Gonzalo. Éste, la vio bajar de prisa y le extrañó de la manera que lo hizo. Margarita suspiró aliviada al ver que sus pendientes estaban en el mismo sitio que lo dejó la noche anterior. Al parecer ni Sátur ni Alonso parecían haberse dado cuenta de su olvido si habían entrado en la alcoba. Se los colocó a prisa y salió de la habitación.

Llegó a la altura de Gonzalo – Ya estoy lista.
Gonzalo se volvió a los chiquillos que habían comenzado a hacer sus tareas – Alonso, tu tía y yo tenemos que salir un momento, portaos bien.
Alonso miró a su padre y a su tía extrañado - ¿Qué os vais juntos?
- Si Alonso. Tía Margarita y yo tenemos que hablar de ciertas cosas, así que hacer las tareas y no moveros de aquí hasta que volvamos ¿De acuerdo?
- Si padre, haremos las tareas.

Nada más salir de la casa, Gonzalo le preguntó que le había ocurrido, que la había visto bajar muy ligera y meterse en la alcoba. Margarita se turbó un poco - Gonzalo me dejé anoche los pendientes en tu mesita y en todo el día me acordé de ponérmelos... ¡Imagínate si Sátur o Alonso los hubieran visto en tu alcoba!
Gonzalo sonrío – No creo que hubiera pasado nada... Alonso no le hubiera dado importancia, es muy pequeño todavía para comprender ciertas cosas, en cuanto a Sátur, hubiese pensado lo que es, nada más que la verdad.

Margarita no dijo nada. ¿Para qué? Gonzalo todo lo veía tan natural...

Continuará...


Última edición por Mari carmen el Sáb Jun 04, 2016 11:08 am, editado 1 vez
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Lun Mayo 02, 2016 1:20 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.2

Sin apresurar el paso salieron de la Villa. Durante el trayecto hablaron de cosas intranscendentes. Cosas que incluso les hicieron reír. Algunos vecinos se encontraban con ellos y los saludaban no sin volver luego la cabeza para mirarlos ir. De esta manera y sin darse cuenta se encontraron a la altura de la laguna.

Gonzalo detuvo su andar pausado - ¿Te parece que nos sentemos junto a la laguna?
- Cómo quieras –contestó Margarita algo turbada.

No tuvieron que andar mucho. Se adentraron en aquel paraje tranquilo de frondosos árboles de verdes hojas y que aquella primavera, parecía haber querido dar más color a sus copas y donde el revoloteo de los pájaros se oía escuchar, al igual, que el trinar de ellos hacía que se rompiera el silencio de aquel tranquilo lugar. No hacía mucho tiempo que habían estado allí. Fue cuando se produjo la muerte de Felipe Próspero y que Alonso se encaprichó en ir a echar flores al lago cómo ofrenda al príncipe. Pero años atrás, el ir a la laguna era una costumbre. El lago, fue también lugar de encuentros al igual que lo fue la parada de Posta.

Bajaron un desnivel dejando las arboledas atrás y se introdujeron en terreno más arenoso. Buscaron un lugar que estuviera algo poblado de árboles para poder sentarse al pie de ellos y estar a la misma vez cerca de la orilla. A aquella hora del atardecer el paisaje era hermoso. La ladera que rodeaba parte de la laguna se divisaba a lo lejos con el verde esplendor de sus árboles y arbustos. El declive que la formaba le daba al paisaje un encanto especial y en el lago, sus aguas tranquilas se movían apaciblemente en un vaivén que la brisa provocaba en ellas. Cuando encontraron el sitio adecuado, Gonzalo se detuvo e hizo que Margarita hiciera lo mismo.

- ¿Te parece que nos sentemos aquí?
La muchacha asintió y se sentaron en la arena bajo la copa de un árbol – Está hermoso este lugar ¿verdad? – lo dijo emocionada. Hacía tanto tiempo que no había vuelto a solas con él.
- Si está muy hermoso ¡Cuántas veces venimos por aquí! – giró la cabeza para mirarla – Margarita, el traerte hasta aquí, es que necesitaba hacerlo, quizá es el mejor lugar para poder hablar sin que nadie nos moleste.
Ella lo miró – Andas de un misterioso, pero bueno, aquí estamos... Te escucho.

Gonzalo, apoyado en el tronco de un árbol la atrajo hacia él y poniéndola de espalda hizo que la cabeza de ella descansara sobre su pecho. Rodeo con sus brazos la cintura de la joven y comenzó a hablar - No quiero andarme con rodeos... Ya te he dije que hay cosas que no sabes de mí y quiero que sepas cuales son... Hasta hace muy poco tiempo descubrí que tengo otros orígenes...
Margarita se desprendió de sus brazos y se volvió para mirarlo - ¿Qué tienes otros orígenes?... ¿Qué me quieres decir con esto?
Gonzalo la miró y cogiéndole la cara le dijo con mucha dulzura – No me interrumpas porque sino, nos va a caer la noche aquí... Sólo escúchame...

Margarita se acomodó de la forma anterior y se limitó a escuchar.

Gonzalo prosiguió – Desde que era un niño, yo tenía un protector ¿Recuerdas las veces que te hablé de un hombre que siempre de alguna manera estaba cerca mía?
Margarita intentó recordar – Creo que si... Ese hombre, ese hombre fue el que te enseño a leer las estrellas ¿no?
- No te has olvidado, ese mismo hombre es al que me refiero... Como en alguna ocasión te dije, este hombre aparecía en ciertos momentos de mi vida, a lo cual, yo no encontraba explicación a esa protección que él me dispensaba. Entonces era muy pequeño para saber... Creo que nunca te dije su nombre, él se llamaba Agustín y era un fraile franciscano... Cómo sabes, se llevaba mucho tiempo sin aparecer, al menos no se hacía visible ante mí pero cuando fui creciendo sus apariciones se hicieron más frecuentes...

Margarita lo interrumpió – Y tú decías que era cómo tu ángel de la guarda.

- Así es, incluso en más de una ocasión evito que tuviera algún accidente que otro... Tenía una gran sabiduría pero nunca me dejó claro porque estaba tan pendiente de mí y ese deseo suyo de enseñarme como instructor. Cuando pasó lo del duque de Escalona, él me ayudó a salir de aquí. Durante el tiempo que estuve fuera nunca volví a tener contacto con Agustín... Me llevé casi nueve meses en Flandes, luego marché donde Agustín me aconsejó que debía formarme cómo persona, cómo hombre, cómo... - aquí Gonzalo se detuvo.
Margarita se dio cuenta - ¿De qué más tenías que formarte?

Gonzalo no podía decirlo, al menos en aquel momento no. No estaba preparado para ello - No... no tiene importancia... Ese lugar donde me formé cómo tú también sabes fue China... Allí estuve durante cuatro largos años. Cuando ya decidí volver, fue cuando me encontré con la más desgarrada soledad. Me encontré tan solo ante mi regreso... Quería compartir con mis padres toda mi experiencia, todo lo que había aprendido y no pude hacerlo...

Gonzalo percibió cómo Margarita se estremecía al escuchar sus últimas palabras.
- ¿Tienes frío?
- No Gonzalo... Es... es que cuando te he escuchado hablar de tus padres, no he podido reprimir una sensación extraña.
Gonzalo la apretó con más fuerza contra él – Sssssh, no pasa nada, tranquila – la besó con ternura en el cabello. Gonzalo, cerrando sus ojos por un momento continuó su historia... - Al volver y ver que no tenía nada de lo que dejé al irme... No tenía a mis padres, no te tenía a ti ¿para qué quería vivir?... Y de nuevo Agustín apareció en mi vida después de esos años. Él impidió que cometiera una locura... Gracias a él, hoy, estoy vivo...

De nuevo Gonzalo la sintió estremecerse pero esta vez no dijo nada. La arropó con más fuerza en sus brazos - De nuevo Agustín volvió a desaparecer durante un tiempo... Al poco de morir Cristina se hizo visible de nuevo... Fue poco después, por unas extrañas circunstancias, hizo que me enterara que tenía otros orígenes... Fue Agustín quien me desveló esa verdad. Los padres a los que había llorado por mucho tiempo no eran los verdaderos... Le pregunté por qué hasta ese momento no supe de mi verdadero origen... Obligué a Agustín a que me dijera la verdad que quería saber... Quería saber quién era yo. Tenía derecho a saber quiénes eran mis verdaderos padres... Él me dijo que me lo desvelaría pero la desgracia se cebó en él y murió antes de decirme nada... Pero con sorpresa descubrí que fue dejándome diferentes pistas y seguí esos rastros que él, de alguna manera me fue dejando, y todavía después de muchos meses sigo en ello... Ahora, podrás comprender esas salidas que hago a horas muy poco comunes o recogerme a primera hora de la mañana, voy y vengo de averiguar algo sobre mí... No puedo hacerlo en horas de escuela pero hasta la fecha de hoy, no sé muy bien quien soy...

Margarita, había escuchado emocionada todo lo que Gonzalo le había ido contado. No sabía que decirle, aquello había sido tan sorpresivo que estaba anonadada. Sus ojos se habían humedecidos y algunas lágrimas intentaban de escapar de ellos. Gonzalo la volvió hacia él. Percibió la emoción de su enamorada y con gran delicadeza con uno de sus dedos fue limpiando cada gotita de agua que desprendía aquellos hermosos ojos negros. La estrechó en su pecho y ella se refugió entre sus brazos. Con voz entrecortada le fue a hacer una pregunta.

- Aquel... aquel muchacho que apareció en tu casa, ese que dijiste que era tu hermano...
Gonzalo la interrumpió – No Margarita, él no era mi hermano, fue un equívoco... Llevaba puesto en su muñeca una pulsera del orfanato pero esa pulsera no le pertenecía... Le habían cambiado su pulsera por la que correspondía a mi verdadero hermano. Al fijarme en ella, me di cuenta que él llevaba la que se supone que le pertenecía a mi hermana porque llevaba el nombre de una niña.
- Gonzalo, ¡¿tienes una hermana?! Pero... ¡pero esto es inaudito! – la muchacha no pudo de dejar de demostrar su asombro.
- Margarita, ni siquiera sé si mi hermana vive. Todo son hipótesis, conjeturas... ¿Entiendes?

- Si Gonzalo, lo entiendo... Es que es todo tan extraño lo que me cuentas que no me lo creo pero Gonzalo, a mí no me importa cuál sea tu origen. Yo sé quién eres... Eres el hombre maravilloso de quien me enamoré siendo una niña, eres el mejor padre que puede haber, eres el hombre más testarudo y cabezota pero también un impulsivo arrebatador... Eres el hombre que no tiene que utilizar un arma para hacer entrar en razón a quien la lleva ¡y yo te quiero así!... Sin violencia, con tu tranquilidad, con tu ternura... Yo sé quién eres, eres sólo un maestro... Un maestro al que adoro y con el que quiero pasar el resto de mi vida...

Gonzalo se estremeció al escucharla hablar. Lo quería sin violencia ¿Cómo podía él decirle que tenía una doble vida cómo Águila Roja? si Águila Roja era lo contrario al maestro, ese maestro al que ella amaba.
En ese momento fue Margarita quien apreció el estremecimiento de Gonzalo. Ella le buscó la mirada - ¿Te ocurre algo?... He notado que te estremecías.
Gonzalo intentó serenar su alma – No, claro que no me pasa nada, quizá sea la emoción de haberte contado todo esto...

- Gonzalo, de esas pistas de la que hablas, aparte de conocer que puedes tener una hermana... ¿Has encontrado algo más que te oriente sobre ese pasado que no conoces?

- En más de una ocasión le pregunté a Agustín el porqué de estar siempre tan pendiente de mí y su contestación siempre fue la misma... “Las respuestas siempre las encontrarás en mí”... Yo le dije en una ocasión, que no entendía aquello y me contestó que ya lo entendería y encontré esas respuestas Margarita, y puede que te parezca extraño, pero esas respuestas las encontré después que murió... Pero ya te iré hablando de lo que he ido descubriendo... Sólo quiero pedirte que no te obsesiones, que nada de esto que te he contado te preocupe, que te quedes tranquila cuando veas que tenga que marchar... Que esta cabecita no piense cosas que no es.

Margarita se ruborizó porque sabía por dónde iba él – Gonzalo, sé que fui muchas veces injusta contigo, creía que detrás de esas escapadas había alguna mujer.
- Y yo siempre te dije, que no había otra mujer en mi vida... No podía haberla porque ya la tenía... - diciendo esto, le tomó la barbilla y la besó dulcemente, luego la miró con su penetrante mirada – No quiero que nada de esto que te he contado te haga sentir mal... No quiero que nada te turbe.

Margarita apoyó su cabeza en el pecho de él y habló con voz muy queda – Sé, que me contarás lo que quieras contarme pero no te haré preguntas... Sabré esperar a cuando tú quieras hacerlo.
Gonzalo, cerró los ojos y la besó con dulzura en el cabello – Gracias mi amor por ser como eres, por ser tan comprensiva conmigo y ahora, voy hablarte de Lucrecia y el porqué no quiero que vuelvas a Palacio... Ayer en la tarde fui a hablar con ella...

Margarita se apartó bruscamente de sus brazos y lo miró de lo más sorprendida - ¿Qué fuiste a hablar con Lucrecia? pero ¿por qué?
- Porque tenía que darme muchas explicaciones... Por su causa nuestras vidas fue un infierno. Yo le entregué la carta para que te la diera. Tenía que marchar cuánto antes y te tenía que hacer llegar todo mi sentir...
- Pero Gonzalo, ella... ¡Ella es la Marquesa de Santillana!... No debiste ir a reclamarle nada.

Gonzalo la tomó por los hombros – ¡Margarita tenía que hacerlo y lo hice!... Lucrecia es una mujer fría, calculadora... ¡No se mide para hacer daño!... Por eso no quiero que vuelvas a Palacio ¡y es mi última palabra!
Margarita le causó malestar de la forma tan tajante con la que Gonzalo le dejó claro el no volver a Palacio – Gonzalo, ¿me prohíbes qué vuelva a Palacio?
Gonzalo comprendió que había usado un tono muy autoritario pero no podía contarle todo lo que habló con Lucrecia. Sabía que eso le haría mucho daño.

- Margarita, perdona si he sido algo brusco pero no es cuestión de prohibirte o no... Simplemente que después de hablar con ella y ver que Lucrecia ni un momento demostró señal de arrepentimiento por lo que había hecho, no creo que sea conveniente que vuelvas a trabajar para ella.
- Gonzalo, pero... ¿Qué vamos hacer? Ese sueldo es una ayuda.
- Ya nos arreglaremos, por eso, no te preocupes – le había cogido la cara entre sus manos y besó los labios de ella. La muchacha rodeó con sus brazos el cuello de él y correspondió a su beso.



Un airecillo frío comenzó a levantarse. La tarde había ido declinando y el sol al ponerse daba un tono rojizo a las aguas de la laguna inundándola de luz, la misma luz que destellaba de amor en los corazones de ellos. Gonzalo después de aquel beso se la quedó mirando tomando sus manos – ¿Te acuerdas las veces que veníamos aquí?
- Claro que me acuerdo... Tú me enseñaste a nadar cuando apenas nos conocimos...
- Te enseñé a nadar y a sumergirte dentro del agua pero ahí sí que tuve problema contigo...
- ¡Gonzalo, tú sabes que yo no podía estar mucho tiempo debajo de agua!

Gonzalo le revolvió el cabello con sus dedos – Si que podías, pero el miedo podía más que otra cosa pero mira, todavía puedes vencer ese miedo... Cuando llegue el verano vendremos a bañarnos aquí, con Alonso y sus amigos y aprovecharé a quitarte ese temor a estar bajo agua.
A Margarita se le cambió la cara – No lo dirás en serio ¿verdad?
- ¡Claro que lo digo en serio!... Tienes que perder ese miedo y yo te lo voy a quitar.
- ¡Gonzalo ni se te ocurra pensar eso!... - se lo dijo desafiante.
El airecillo se hizo más persistente. Gonzalo la apartó con suavidad - Creo que es hora que volvamos, comienza a hacer frío y no quiero vuelvas a coger un enfriamiento.

Se levantaron. Margarita se sacudió la falda llena de arena y Gonzalo la ayudó a hacerlo, luego, lo hizo él. Emprendieron el camino de vuelta a la Villa. Margarita se echó la toca por los hombros arrebujándose en ella. Gonzalo de forma instintiva le pasó el brazo por la espalda poniendo su mano en el hombro. Margarita se azoró ante este gesto de él pero no le dijo nada. Durante el paseo que les quedaba hasta la entrada de la Villa, se encontraban a lugareños que les daban las buenas tardes y que sus caras no eran conocidas para ninguno de los dos, pero por cortesía contestaban al saludo de ellos. Margarita desde que dejaron atrás la laguna tenía una pregunta que no dejaba de darle la vuelta a la cabeza.

– Gonzalo, ¿qué te contestó Lucrecia cuando tú le preguntaste sobre la carta?
Gonzalo sabía que esa pregunta se la iba a hacer, por eso no dudó al contestar – Según Lucrecia, ella prefería creer que esa carta iba dirigida a ella y por eso la mantuvo con ella hasta que tú la descubriste...

Margarita se mantuvo en silencio. No hizo comentario alguno a la contestación de él. Ella se imaginaba algo así... Lucrecia siempre estuvo enamorada de Gonzalo y esa fue su manera de separarlos.





La idea de una venganza.

Catalina entró en la alcoba de su señora. No había querido comer nada en todo el día. Solo quería dormir y que nadie la interrumpiera pero Catalina ya debía volver a su casa y no quería dejar a la Marquesa sin tomar nada. Dejó la bandeja en la mesita y encendió un candelabro para dar un poco de luz a la estancia. Se acercó a la cama. Lucrecia parecía dormir. Le puso una mano en el hombro y la llamó en voz baja.

- Señora, despierte, tiene que tomar algo... – Catalina tuvo que insistir.
Lucrecia se removió en la cama y abrió lentamente los ojos. Sentía una gran pesadez en ellos – Catalina, ¿cómo tengo que decirte que no quiero que me molesten? ¡y eso va por ti también!
- Señora, discúlpeme pero tiene que comer algo... Yo ya me tengo que ir pero no quiero hacerlo sin que coma aunque sea un poco... Perdone que le diga pero no debió de tomar tanto, eso no es bueno.

Lucrecia se incorporó en los almohadones y miró a Catalina – Te pago para que seas mi sirvienta, no para que me cuestiones Catalina...
El ama de llaves le colocó la bandeja – Perdón señora, tiene razón, sólo soy su sirvienta y usted no me paga por cuestionarla pero ande, coma algo... - Catalina se separó del lecho y esperó a que la Marquesa terminara o necesitara algo de ella.

Lucrecia no tuvo mucho apetito y casi lo dejó todo. Le pidió a Catalina que le quitara la bandeja. La sirvienta no dio su parecer ante el poco comer de su señora. Se limitó a quitarle la bandeja de su regazo y la puso en la mesita.

- ¿Se va a levantar la señora Marquesa?
- ¿Sabes la hora qué es Catalina? – le preguntó volviendo a refugiarse dentro de la ropa de la cama.
- Si señora, las campanas de la iglesia no hace mucho acaban de dar siete toques.

- ¿Y crees que siendo la hora que es me voy a levantar? – preguntó Lucrecia con desdén.
- Perdón señora, pero pensé que querría levantarse para estirar un poco las piernas o ir al excusado, o incluso quisiera bañarse...
- Catalina, te digo lo de antes... Te pago por servirme, no por pensar y si quiero ir al excusado puedo ir sola y en cuánto a bañarme, no tengo necesidad de hacerlo ¡¿Entiendes?!
- Si señora, entiendo... Entonces si no me necesita por hoy me gustaría irme a mi casa...

Catalina seguía de pie junto a la cama y esperaba alguna respuesta de su señora. Lucrecia la miró de reojo – Vete, no me haces falta pero mañana te quiero aquí y temprano.
- Como diga la señora Marquesa – Catalina hizo una reverencia y dando media vuelta cogió la bandeja de la mesita y se dispuso a salir pero cuando estuvo a punto de abrir la puerta Lucrecia le hizo una pregunta - Catalina, ¿Margarita ha venido hoy a Palacio?
La fiel sirvienta se volvió – No señora, y me dijo que quizá no volvería...

- Está bien, ya puedes retirarte – nada en el eco de su voz, delató el coraje y la rabia que sentía por dentro.
Catalina salió de la alcoba cerrando la puerta – Aunque no me lo hayas dado a entender, ¡estás que te comes por dentro so put! – pensó la mujer casi en voz alta.

Cuando Lucrecia se quedó sola echó la ropa a un lado y se levantó de la cama. Se puso la bata sobre el fino camisón negro que dejaba translucir su cuerpo y se acercó al ventanal. Abrió una de las hojas de la contraventana e hizo lo mismo con una de las vidrieras. Se sentó al pie de la ventana aspirando el aire fresco que entraba por ella. El airecillo que corría hizo que su castaño y ondulado cabello se revolviera algo travieso por su rostro.

Su mirada perdida en la penumbra del anochecer brillaba con todo la rabia que sentía en aquel momento – Nadie humilla a la Marquesa de Santillana ¡Nadie lo hace sin pagar esa humillación! ¡y a ti Gonzalo de Montalvo, te haré llorar lágrimas de sangre por ello!

Sus mismas palabras hicieron que su cuerpo se estremeciera. Sintió frío y cerró la vidriera. Recostó la cabeza sobre la pared recordando las palabras de Catalina... ”No señora, y me dijo que quizá no volvería”
- Vas a volver Margarita... Vas a volver a Palacio, de eso me encargo yo.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Miér Mayo 04, 2016 4:49 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.3

El impulso de Gonzalo.

Había terminado de anochecer. Hacía algo de frío y Margarita se arrebujó en su toca.
- ¿Tienes frío? – preguntó Gonzalo bajando la cabeza para mirarla.
- Un poco. La verdad que cambia bastante el tiempo, de día hace una buena temperatura pero de noche... las noches todavía están frescas.
Gonzalo quería tratar con ella algo, más que tratar, convencerla – Margarita, ¿por qué tenemos que esperar a mañana o a pasado?... Hablemos ahora con el padre José.
Margarita se detuvo y lo miró con sonrisa picarona - ¡Anda!, no sabía yo que tuvieras tantas ganas de hablar con él cuando tú, lo ves venir por una esquina y tiras por la otra para no encontrarte con él.

Gonzalo se pasó la mano por el cabello – Margarita mujer, no seas así... Tú sabes que yo con el padre José no tengo nada en contra, lo que pasa, que yo sé que él está deseando de alguna manera de cogerme para darme un sermón y nunca mejor dicho...
- Si pisaras la iglesia, seguro que no tendrías temor a ningún sermón.

Habían entrado en la Villa, ya algunos tenderetes habían sido recogidos y los que quedaban no tardarían en hacerlo. Ya había poca bulla en las calles, las cuales, estaban alumbradas con la tenue luz que desperdigaban algunos hachones que pendían de las paredes de algunas de sus fachadas y de los braseros que en diferentes puntos servían a la misma vez  para paliar el frío de los que no tenían un techo donde cobijarse.

Gonzalo insistía – Mujer, vamos ahora.
Margarita miraba al frente, sonrío al ver venir a una persona calle arriba – Hablando del rey de Roma...

Gonzalo que venía mirándola a ella, giró la cabeza en dirección a la que Margarita miraba y comprendió el comentario de la joven. El padre José llegaba casi a la altura de ellos. Venía arrebujado en su túnica. Era un hombre de unos sesenta a sesenta y cinco años. Casi ni se dio cuenta de la presencia de ellos. Iba demasiado absorto. Margarita creyó que Gonzalo se intimidaría al verlo y que de lo dicho nada de nada. Pero su asombro fue grande cuando Gonzalo la tomó del brazo y casi tiró de ella saliendo al encuentro del sacerdote.

- Padre José... ¿tiene un momento?
El sacerdote detuvo su paso y levantó la mirada - ¡Vaya, pero si es Gonzalo de Montalvo!- desvió su mirada hacia la joven – Buenas noches Margarita.
- Bue... Buenas padre – Margarita estaba toda turbada, no creyó que Gonzalo se precipitara de esa manera.
El padre José volvió su mirada a Gonzalo – ¡Pues si! si tengo ese momento que me pides, que ya viniendo de ti... Pero dime ¿para qué soy bueno Gonzalo?
Gonzalo miró a Margarita que tenía el ceño algo fruncido luego de nuevo miró al sacerdote – Padre, quería comunicarle nuestra intención de casarnos.
Lo soltó, así, como si tal cosa. Margarita cada vez estaba más alucinada.

- ¡Vaya, vaya! ¡Al fin os habéis decididos! – el buen hombre sonrió.
Gonzalo y Margarita se miraron algo sorprendidos. El sacerdote vio la sorpresa de los dos enamorados – No os sorprendáis, ya esperaba yo con ganas este momento... Pero espero que sepáis lo que queréis con el santo matrimonio. De sobra sé que a la ligera no ha sido... Habéis tardado un poco para mi gusto y en cuanto al amor que podáis sentir el uno hacia el otro, también lo sé. Os conozco desde niños, sobre todo a ti Gonzalo, aunque contigo tendría que hablar largo y tendido pero conociéndote de sobra, sé que tendrás salida para todo, pero no puedo de dejarte dicho que me tienes muy enojado. ¿Cuándo fue la última vez que pusiste un pie en la casa del señor? - aquí el padre José interrumpió su comentario – Perdona, no he estado acertado... La última vez no fue nada agradable...

Tanto Gonzalo cómo Margarita sabían a qué se refería el sacerdote. La última vez fue cuando murió Cristina pero Gonzalo quiso quitar un poco de aspereza al comentario del señor cura, ya que sabía de sobra que no lo hizo con intención alguna.

– Padre, sabe de sobra que no es mi costumbre visitar la iglesia, pero usted me conoce desde niño y sabe como pienso, tengo mi criterio ante ciertas cosas y no puedo cambiarlas pero eso no me quita de respetar todo lo que concierne a ella... Soy un hombre de principios y...
- Lo sé Gonzalo y también sé, que de alguna manera cumples con algunos de sus preceptos. Eres un buen maestro... Sabes cómo enseñar a esa pandilla de diablillos que tienes cómo alumnos y entre ellos, tu hijo, sé también que eres un buen padre y espero que seas un buen esposo para Margarita.

Diciendo esto, el padre José miró a la muchacha. Ésta no había dicho nada durante la conversación de los dos hombres.

- Muchacha parece que te has quedado muda. A ver,  ahora, decidme, ¿qué día habéis elegido para la boda?... Tened en cuenta el tiempo de las amonestaciones.
- El caso padre, es que todavía no tenemos día, es que Gonzalo ha sido un poco ligero...
- Eso es buena señal hija, pues entonces, pensad esta noche que día preferís y tú misma Margarita mañana te pasas por la parroquia y me lo dices.
- Está bien padre, así lo haré... – dijo la joven toda cohibida.

- Pues entonces os dejo, hay un enfermo esperándome y a ti Gonzalo, me imagino que ya no nos veremos hasta el día de la boda.
- Padre, por favor... - Gonzalo se sintió un poco incomodo con el comentario del cura.
El sacerdote les sonrió y dando una palmada al maestro en la espalda echó andar calle arriba. Nada más marcharse el padre José, Margarita se volvió algo enfadada hacia Gonzalo - ¿No crees que has ido demasiado a prisa?
- Margarita, no te enfades... Había que hacerlo ¿no? pues ya está hecho. Esta noche fijamos la fecha – lo había dicho con una sonrisa por el mosqueo que tenía su prometida. La empujó con suavidad por la espalda y tomaron la calle abajo.




Murillo y Alonso seguían jugando a los soldaditos en la habitación de éste. Estuarda ya había ido a recoger a Gabi y Sátur estaba preparando la cena. Pensaba en lo que estaba tardando su amo y Margarita. Se le veía contento e ilusionado, esperaba que de aquella conversación saliera algo beneficioso y que ya no hubiera secretos para ninguno de los dos. Alonso salía en ese momento de su cuarto. Se sentó ante la mesa y apoyó la cabeza en sus bracitos encima de ella.

- Alonsillo, que tienes sueño ¿no?
Alonso levantó su carita y miró a Sátur – Sátur, ¿a dónde ha ido mi padre y la tía Margarita?... Es que están tardando mucho...
- Alonsillo, pues se habrán entretenío por algo, ¡yo que sé! pero Alonsillo una cosa te digo, que de esta salida se va a sacar algo bueno... Acuérdate de lo que te digo.
Alonso movió la cabeza sonriendo al buen criado – Sátur, no sé de que hablas... A veces no te entiendo.
- Mejor no me entiendas, que luego tu padre me dice que te meto muchos pájaros en la cabeza, que esas cosas sólo a él le corresponde decirte, así, que chitón.

Murillo había salido de la habitación y se sentó junto a su amigo – Alonso he recogido los soldados, ya creo que no vamos a jugar más.
- Así, así debe de ser... Que os ponéis a jugar y luego tiene que ir uno quitando vuestras cosas de en medio.
Se escuchó en ese momento el ruido de la llave en la cerradura de la puerta de la calle. Margarita y Gonzalo entraban en la casa. Alonso se levantó a prisa y se echó encima de su padre - ¡¡Padre, que habéis tardado mucho!! ¿A dónde habéis ido?
Gonzalo había cogido al niño en volandas y lo entró al interior de la sala sentándolo en la silla – Alonso, la tía y yo teníamos cosas de que hablar y se nos ha hecho algo tarde.

Margarita, se quitó la toca colocándola en el respaldo de una silla y sentándose en ella. El paseo había sido un poco largo y estaba algo cansada.

Sátur miraba a uno y a otro, queriendo adivinar lo que pudiera haber pasado entre ellos.
- Bueno, bueno... Pues sí que ha sido larga la conversación. Fíjese si se la ve hasta cansá...– Sátur lo dijo mirando a la muchacha. Ésta se azoró bastante ante el comentario del fiel sirviente y amigo.
La puerta de la calle que Gonzalo la dejó sólo entornada se terminó de abrir dando paso a Catalina – Buenas noches... - Catalina pasó hacia dentro de la estancia.

Todos contestaron al saludo de Cata. Ésta se había acercado a la mesa – Vengo molía... Esta Marquesa cada vez me saca más de quicio... – lo dijo mirando de reojo a Gonzalo. Éste no le pasó desapercibido la mirada de Catalina. Queriendo evitar algún comentario indebido por parte de su amiga y vecina Gonzalo la invitó a cenar.

- Te quedas a cenar ¿no?
- No Gonzalo, te lo agradezco pero tengo ganas de estar en casa y quitarme estas dichosas zapatillas que me hacen polvos los pies ¡Es que hay que ver cómo está el camino!
- Y también la manía vuestra de poneros esas zapatillas de cuñas tan altas.
- Gonzalo, hijo, de alguna manera tenemos que presumir y si estas cuñas cómo tú dices nos hace más alta, pues nada, ¡qué pá presumir hay que sufrir! ¿No Margarita?
Margarita estaba absorta en sus propios pensamientos y Catalina mientras hablaba se había percatado de ello. Por eso con su pregunta quería llamarle la atención - Margarita, muchacha, que te estoy preguntando.

- ¡Ay Cata perdona!... Si, si te escuchado... La verdad es que una manía nuestra la de usarlo tan altos, porque entre los que nos duelen los pies en Palacio con los zapatos de tacón y luego a la vuelta ponernos los nuestros cómo está el camino... ¡Ya es gana de presumir!
- ¡Uyy! ¿Tú dándole la razón a éste? Margarita tú tienes fiebre... - lo dijo poniéndole la mano en la frente.
La muchacha apartó la mano de su amiga de su frente – ¡Anda Cata! ¡Que tú y tus cosas!... Bueno, ¿te quedas a cenar?
- ¡Qué no Margarita!... Gracias cariño pero es que estoy agotá... – miró a Murillo
– ¡Murillo pa’ casa, que ya vamos a estar cenao y acostao!
Murillo se levantó y fue junto a su madre. Catalina se despidió – Bueno Margarita, que ya hablamos... A más ver.

Catalina fue a salir cuando la voz de Margarita la detuvo – ¡Espera Cata!, te acompaño un momento y hablamos... - diciendo esto volvió sus ojos mirando a Gonzalo que se mantenía sentado junto a Alonso. Éste le devolvió la mirada asintiendo con ella.
La joven se había levantado y salió tras su amiga cerrando la puerta. Catalina se dirigió a ella – Me alegro que hayas tenido un momento para hablar porque te noto de lo más rara, lo que pasa que no te iba a preguntar dentro que te pasaba.
- Cata, es que no sabes todo lo que ha pasado desde ayer noche... - lo dijo en voz baja ya que Murillo estaba junto a ellas.

Catalina la miró de lo más extraña. Abrió la puerta de su casa y entraron dentro de ella.
- Murillo te voy a poner la sopa y mientras tu cenas, yo me voy a mi habitación a hablar con Margarita, ¿vale cariño?
- Vale madre pero con cuantos misterios os andáis las dos.
- ¡Murillo tú a callar y a comer! – dijo Catalina a su hijo mientras le ponía el plato y la cuchara sobre la mesa.
- Pero madre, si todavía no me has puesto la sopa ¿cómo voy a comer?
Ante el comentario inocente del pequeño Catalina no tuvo más remedio que sonreír – Es verdad cariño, ahora te caliento la sopa. Margarita tú no te sientes ¿pa’ qué?

Margarita se sentó mientras Catalina se puso a calentar la sopa. Sólo fue un momento y en seguida volvió con la pequeña olla de barro y un cazo. La colocó encima de una base de esparto y procedió a sacar con el cazo la sopa a Murillo. Cuando el chiquillo comenzó a comer, Cata le hizo señas a Margarita y cogiendo la palmatoria, las dos subieron a la habitación de Catalina.

Cuando estuvieron en ella y se sentaron en la cama Catalina miró a la joven – A ver... ¿Qué es lo que pasa contigo que estás tan rara?
Margarita cogió las manos de su amiga – Cata, es que no sé por dónde empezar.
- ¡Pues hija por el principio!
- Cata, Gonzalo y yo pasamos la noche de ayer juntos.
Catalina la miró fijamente e incrédula – Juntos, ya... ¿Pero de qué forma juntos?
- ¡Juntos Catalina, juntos! ¡Nos amamos! ¡Nos amamos durante la noche!

Catalina no podía dar crédito a lo que escuchaba. Abrazó a Margarita en un impulsivo brote de alegría - ¡¡No me lo puedo creer!! ¿Tú y Gonzalo? - miraba a la joven con los ojos brillantes por la emoción.
- ¡Si Cata! ¡Gonzalo y yo nos amamos! ¡Fue algo tan maravilloso!... Es que... es que no te lo puedo explicar. Ha sido algo que nunca he conocido... Nunca he vivido lo que él me hizo sentir anoche... ¡Estoy feliz!
- Cariño, ya lo veo... Si solamente hay que ver cómo te brillan esos ojazos, pero cuéntame ¿qué pasó para llegar a eso?
- Ya te cuento y todavía te vas a llevar más sorpresas... ¡Ya verás Cata! ¡ya verás!

Margarita, llena de emoción le fue contando a Catalina todo lo que acaeció desde que ella con Cipri y los niños se fueron a ver los fuegos, incluyendo lo de aquella misma tarde cuando Gonzalo decidió hablar con el padre José. Sólo omitió la conversación que Gonzalo le contó sobre su origen. No lo encontró acertado hacerlo porque eso sólo le concernía a él.




Sátur estaba terminando de poner la mesa para la cena. La campana de la iglesia daba en ese momento nueve toques. De reojo no dejaba de mirar a su amo. Gonzalo seguía sentado junto a Alonso hablando animadamente con él.

- Amo, ¿tardará mucho la señora? Se lo digo por ir poniendo la sopa.
Gonzalo se giró y miró a Sátur – Ponle la cena a Alonso y si tú tienes ya ganas de cenar hazlo con él... Yo voy a esperar a Margarita...
- ¡Ah no amo!... Yo no tengo prisa, cuando vuelva su cuñá ya cenamos juntos...
Alonso miró a su padre - ¿Va a tardar mucho la tía Margarita? Es que quiero que esté aquí... ¿Por qué se ha ido con Cata ahora?
Gonzalo le sonrío a su hijo – Porque tienen cosas de que hablar pero tú cenas y te vas a la cama, que ya tienes cara de sueño.

Sátur le acercó a Alonso el plato – ¡Anda Alonsillo a cenar! que ya es muy tarde para ti, porque pa’ tu padre y tu tía parece que está empezando la mañana
Gonzalo miró a su amigo y escudero - ¿Por qué dices eso Sátur?
- Amo, no me tire de la lengua que el niño está delante.
Alonso levantó la mirada hacia el fiel criado – Sátur, ¿qué pasa con que yo esté delante?
- ¡Tú a callar y a comer Alonsillo! que esto es cosas de mayores.

Gonzalo no dijo nada ante el comentario de Sátur pero algo le pasaba a su amigo, desde la tarde antes de irse con Margarita ya lo notaba algo raro.
Alonso terminó de cenar y apoyó la cabeza sobre sus bracitos en la mesa. Gonzalo se levantó y lo tomó de los hombros – Alonso, en la mesa no... Vamos a la cama.
- Todavía no... Cuando venga tía Margarita, me gusta que ella se quede conmigo hasta quedarme dormido.
Gonzalo insistía – No Alonso, vamos a la cama, yo me quedo contigo. Venga levanta... Gonzalo le obligó prácticamente a levantarse de la silla y se lo llevó a la habitación.

Comenzó a desnudarlo. Alonso casi tenía los ojos cerrados – Padre ¿por qué no viene tía Margarita?
- Sssssh, la tía no va a tardar... Tú te acuestas y antes de que te quedes dormido ella estará de vuelta para darte el beso de buenas noches.
Gonzalo había terminado de ayudarle a ponerse la camisola y lo acostó arropándolo con mucha dulzura.
- No te vayas, quédate conmigo...
- Claro, yo me quedo contigo hijo. Yo siempre estaré aquí Alonso, ¡siempre!

Alonso se volvió al otro lado y en seguida se quedó profundamente dormido. Gonzalo no dejaba de mirarle con infinita ternura. Se levantó de la cama subiéndole un poco más la ropa del lecho. Lo besó con sumo cariño en la frente y con mucho sigilo salió de la habitación cerrando la puerta.

Sátur estaba avivando el fuego del hogar. Escuchó a su amo acercarse y se volvió a mirarle – Se durmió ¡Mire que le cuesta acostarse!
Gonzalo lo interrumpió – A ver Sátur, ya el niño no está ¿Qué es lo que me tienes que decir?... Sé, que desde esta tarde estás muy raro, ¡así que desembucha! y no quiero rodeos.
Sátur sabía que nada más que lo cogiera a solas su amo iba al grano. Pero si su amo quería saber, él no iba a echarse para atrás – Amo, yo creo que no soy yo quien tiene que decir... Creo que usted, tiene que desembuchar más que yo.
Gonzalo contrajo el entrecejo – Sátur, no sé a qué te refieres - lo dijo en voz baja, como temiendo que alguien pudiera escucharlo.

- Amo, no se me enfade pero yo no soy tonto. Lo que me da no se qué, es que usted no me tenga confianza, porque esa salida que esta tarde ha tenido con su cuñá y según usted porque tenían que hablar, sólo puede deberse a lo que pasó anoche.
- ¡¿Qué?! – Gonzalo no pudo reprimir una exclamación.
- Amo, no sé porque se extraña, la cosa está bien clara ¿no?
Gonzalo se sentó y tiró de Sátur para que hiciera lo mismo – A ver Sátur ¿qué sabes tú de lo que se supone que pasó anoche?
- Pues lo que pasó... Amo, que esta mañana entré en su alcoba y vi los pendientes de la cuñá de usted en la mesita de noche.

- ¡Sátur! ¡¿Pero es que contigo hay que estar vigilándote cómo a los niños?! ¡Pues escucha! Ni se te ocurra darle a entender a Margarita que tú sabes algo ¡¿te enteras? Ni se te ocurra... - Gonzalo lo amenazó con un dedo.
- Amo, ¿cómo cree? Nunca haría sentir mal a su cuñá, parece que no me conociera, la duda ofende amo ¡y mucho! pero que sepa que me dio mucha alegría que entre usted y esa preciosidad se haya aclarao todo, porque se habrá aclarao las cosas ¿no?
Gonzalo ya no quiso mantener el silencio ante su escudero – Si Sátur, ya entre nosotros está todo aclarado... Ya nada puede impedir que nuestro amor se logre.

- ¡Pero qué alegría amo! ¡No sabe cómo me alegro! pero hay una cosa que me tiene algo intrigao... Ustedes se fueron a hablar esta tarde... ¿Puedo saber de qué hablaron?
Gonzalo sabía que a Sátur de lo que pudieran haber hablado, solo le interesaba una cosa.
- Sátur, le hablé de mi origen... No entré en muchos detalles, eso iré contándoselo poco a poco pero de lo otro, no pude hacerlo Sátur ¡No pude! – al decirlo el brillo que tenía en sus ojos sólo hacía un instante desapareció cómo si una sombra enturbiara su mirada.
- Pero amo, ¡que eso no lo puede tener callao!... Que si usted va a compartir su vida con ella, no puede mantenerla ajena a esa otra vida que lleva cómo pájaro.

- No pude hacerlo... Ella me hizo un comentario que me hizo tener miedo a confesarle esa doble vida. Temí que ella no comprendiera y no quiero perderla de nuevo Sátur... ¡No puedo ni quiero perderla!
- ¡Pues a ver cómo lo hace! porque compartir la misma alcoba y... – Sátur hizo un alto en su cometario y miró a su amo - porque me imagino que en sus planes estará casarse ¿no?
- Si Sátur, en nuestros planes está casarnos... Esta tarde hemos estado hablando con el padre José.

- ¡La madre que me parió! Amo, pues si que va ligero usted... Entonces, hombre de Dios ¡¿dígame de qué forma lo va a hacer?! ¡Porque yo, cómo que no lo veo!

- Sátur, sé que esto no lo voy a poder tener por mucho tiempo a escondidas de ella pero mientras llega ese momento, ese momento que yo se lo confiese, habrá que hacerlo de la única manera que se puede hacer...
- Pues lo escucho, porque me tiene en ascuas amo.
- Sátur, por la ventana que da al tejado, por ahí bajaremos a la guarida y si hay que salir de la Villa, me vestiré cómo tantas veces lo he hago, fuera de ella.
- Y claro, cuando volvamos, si es de noche, tejao que te crío... ¡Amo que no me acostumbro al tejao por Dios! ¿y si un día nos encontremos la ventana cerrá por dentro? A ver ¿cómo entramos en la casa?

- Sátur, como tantas veces, bajando por el tejado a la calle y entrando por la puerta, así levantamos menos sospecha.
- Amo, ¡qué fácil lo ve usted tó! pero yo no lo veo tan fácil... Más fácil sería si le dijera la verdad a Margarita, ¡así, si que nos evitaríamos problemas! No se pone a pensar que ella descubra lo que usted “esconde” por casualidad.



- Espero que no Sátur... Espero, que ella no descubra nada antes de que yo le hable de este secreto que llevo a cuesta, por el bien de ella y el mío.




Margarita había terminado de contarle todo a Catalina. Ésta, estaba de lo más sorprendida - ¡Vamos! ¡Vamos! porque tú me lo estás contando sino, no me lo creería, ¡pero si esto parece de cuento!... Entonces, sólo falta que pongáis fecha.
- Si Cata pero yo quisiera tener un poco de tiempo... Mira, es que he pensado hacerme mi vestido de novia.
- Pero Margarita, ¡si tienes un vestido precioso! y ese, te lo regaló tu madre a ti.
- Ya Cata, pero si queremos dejar el pasado atrás, ese vestido pertenece a ese pasado... Con ese vestido se suponía que iba a casarme con Gonzalo y que debido a tantos sinsabores nunca pude ponérmelo, por eso no quiero llevarlo el día de mi boda, pero para hacerme otro vestido necesito tiempo y tú ayuda Cata.
- ¿Mi ayuda?... Quieres que te deje algo de dinero pa’ comprar lo que sea y...

Margarita interrumpió a su amiga - ¡No Cata! yo nunca te pediría dinero ¡Anda que tú estás para prestar mucho!... No, no me refiero a eso... Lo que quiero, que me dejes tu casa para que me sirva de taller ¡Vamos que quiero hacerme mi vestido aquí! Por supuesto mientras Juan no esté... No resultaría que yo me esté cosiendo mi vestido de boda delante de él, es que de esta forma Gonzalo no sabrá nada y le daré la sorpresa ¿Qué dices a esto?
- ¿Qué te voy a decir? ¡Claro que sí!... Si es que no tenías ni que pedírmelo, y en cuánto a Juan, no te preocupes, sabes que él casi todo el día se lleva visitando a los enfermos... Juan el tiempo que pasa aquí es para almorzar o preparar algo en la botica, además tú te subes aquí, a mi cuarto, que tienes muy buena claridad por esa ventana... Oye ¿y cómo te piensas comprar la tela?

- Tengo algo ahorrado, no es mucho pero sé que Rufina tienes unas telas muy bonitas y a muy buen precio... Mañana me pasaré por allí y ya veré.
- ¡Ay Margarita! me parece mentira que lo vuestro se haya conseguido ¿No te lo dije yo?... Otra cosa, ¿y la fecha? porque tienes que tener una fecha para mañana dársela al padre José...
- Ya, pero no sé... No sé qué fecha poner, porque tampoco sé cuánto tiempo podré llevarme liada con el vestido.
- Margarita mira, el vestido tú lo tienes en nada, que cuando tú coges la aguja no hay quien te pare. Las amonestaciones son tres semanas ¿no? pues agrégale unas tres semanas más por lo que te pueda atrasar la costura.

- Cata, que yo veo poco tiempo...
- Fíjate, qué bonito sería que escogieras el día 23 de junio y celebrarlo en la laguna con la magia que tiene la noche de San Juan, pero claro hay que pensar precisamente que no es un día muy propicio, por Juan ¿verdad?
- Claro Cata... Hay muchos días para escoger ese precisamente ¡Si ya me cuesta tener que decirle que me caso con Gonzalo!
- Margarita, te entiendo, pero es tu vida y Juan ya no pertenece a ella... - Catalina quiso quitar importancia al asunto y desvió la conversación - Pues mira, el día de San Pedro o San pablo que caen a final de Junio.
La muchacha se quedó pensando – Pues sí, uno de esos días me vendría bien pero a ver qué piensa Gonzalo, porque él tiene una prisa...
Catalina se la quedó mirando con el ceño fruncido - ¡Ah! que él tiene prisa ¿y tú no la tienes?
Margarita levantó la mirada y miró a su amiga - ¿Cómo no voy a tenerla? si no veo llegar el día de despertarme todas las mañanas junto a él, como esta mañana mismo...
La joven se levantó – Cata, me voy, que tú tienes que descansar y cenar todavía y a mí, me estarán esperando, espero que al menos Alonso haya cenado ya... - fue a dar un paso en dirección a la puerta pero se contuvo. Se volvió a Catalina - ¿Qué te dijo Lucrecia?
Catalina se cruzó de brazos - ¿Tú qué crees? Me preguntó por ti claro... Le dije lo que tú me dijiste y no dijo ni mu...

- Dime... ¿tú escuchaste algo de lo que hablaron Gonzalo y ella?
Catalina le hubiera dicho la verdad, pero si Gonzalo le había contado las cosas a medias, ella no iba a revelar el fuerte enfrentamiento de él con la Marquesa - No Margarita, y lo que tienes que hacer es olvidarte de todo eso. ¿No dices que quieres olvidar el pasado? pues eso es lo que tienes que hacer y punto.
- Si Cata, ya no quiero hablar más de Lucrecia... Bueno, y ya me voy.
Salieron de la habitación y bajaron a la sala principal. Murillo se había quedado dormido encima de la mesa.
- Mira mi Murillo... Si es que no da ruido alguno, bueno sólo cuando está dormido claro....

Margarita movió la cabeza ante el comentario de su amiga. Ésta la acompañó a la puerta. Se despidieron y Margarita cruzó la calle subiendo a prisa los escalones. No se dio cuenta hasta que estuvo a la altura de la puerta. Gonzalo estaba recostado en el quicio con los brazos cruzados sobre el pecho.

- Gonzalo, no te había visto...
- Estaba esperándote. Aunque solo hay un paso de la casa de Cata, no sabes con quien te puedes encontrar... A esta hora hay más de un borracho en la calle.
Entraron en la casa y Gonzalo cerró la puerta. Margarita quiso disculparse – Gonzalo siento haber tardado tanto, es que nos liamos...
Él, la interrumpió – Margarita no pasa nada, has tardado lo que tenias que tardar, no tienes porque disculparte.
Margarita fue derecha a la cocina para calentar la sopa, pero Sátur en ese momento entraba del patio – No señora, usted se sienta, que yo caliento la sopa y en un momento ya cenamos...
- Pero Sátur... - replicó la joven un poco incomoda.

- No diga nada y se sienta, que esto ya va a estar... – el buen sirviente le cogió el recipiente de barro y lo colocó en la lumbre.
Margarita se fue a sentar junto a Gonzalo que había cogido un libro y lo estaba repasando por hojas.
- ¿Qué haces? - lo preguntó por preguntar algo. Se sentía algo inquieta al no saber que podía haber hablado Gonzalo con Sátur al quedarse solos.
- Estoy repasando el tema de mañana para la clase – Gonzalo apreció la incomodidad de Margarita - ¿Qué te ocurre?

Margarita se turbó al ver que Gonzalo se había dado cuenta de su nerviosismo - ¿A mí? nada ¿Qué podía pasarme?  – no pudo decir otra cosa.
Gonzalo dejó el libro sobre la mesa y le tomó una mano apretándosela con mucho calor.
– Margarita, sé que estás incomoda por algo y creo adivinar por lo que puede ser... No te preocupes, ya Sátur lo sabe todo.
- ¿Todo? – Margarita se puso muy arrebolada. Gonzalo sonrío al pensar en lo que a ella se le pasó por la mente.
- Sabe que pretendemos casarnos.
- Si señora, y no sabe la alegría que siento al saber que lo de usted y el amo se haya arreglao de una puñetera vez... – Sátur lo dijo mientras le servía la sopa en el plato.

Respiró aliviada. Por un momento pensó que Sátur sabía que ella y Gonzalo habían pasado la noche anterior juntos – Gracias, Sátur – lo dijo con voz muy queda.
Sátur se sentó junto a ellos – Bueno, me imagino que mañana se lo dirán a Alonsillo... ¡Anda que el chiquillo no se va a poner contento ná ni ná!

Gonzalo no le quitaba la mirada a Margarita. Ella lo sabía y quería evitarlo. Él, quería que ella fuera perdiendo esa cortedad que sentía en aquellos momentos - Mañana en cuanto Alonso se levante se lo decimos y... ¿Has pensado ya la fecha? Ya sabes que el padre José mañana te espera con ella.
- Bueno, lo de la fecha, tengo algo pero no sé si tú estarás de acuerdo ¿Te parece bien a final de junio?
Gonzalo se la quedó mirando muy fijamente – Margarita, has dicho ¿final de junio?
Ella asintió con la cabeza. Gonzalo no lo podía creer – Margarita, pero eso... eso es mucho tiempo ¡Hay que esperar mes y medio! pero vamos a ver, tienes el vestido, las amonestaciones son tres semanas... ¡Veintiún días! Si a mí ya eso me parece demasiado, imagínate mes y medio ¿Tú qué dices Sátur?

Sátur había estado escuchando a uno y a otro y se sonreía para sus adentros porque estaba disfrutando con aquello. Lo normal entre dos enamorados, la discrepancia ante las fechas cómo podía ser otra cosa. Contestó a su amo – Amo, ¿usted me pide mi opinión?... Mire, eso es cosas de ustedes, que entre conflicto de enamoraos no me suelo meter que luego sale uno perdiendo, pero si puedo hacer algo... - Sátur se levantó y fue a la pared donde colgaba un calendario. Volvió a la mesa y se los puso por delante.
- Aquí tienen y como verán son muchos días lo que vienen... Pónganse de acuerdo mientras yo quito la mesa.

Sátur trajinaba pero no dejaba de ver cómo su amo y Margarita porfiaban por la fecha. Era una bonita estampa aquella. Por fin, pareció que hubo un entendimiento.
- Entonces, ¿estás de acuerdo?
- Ya, pero me hubiera gustado un poco más de tiempo... – la joven no estaba todavía muy segura.

- Margarita, hemos quedado en un término medio, ni para ti ni para mí... Las tres semanas de las amonestaciones y tres semanas más para el arreglo que tengas que hacerle al vestido, que tampoco sé porque necesitas tres semanas más para coger un bajo pero en eso no me meto que tú eres la costurera... Así que la fecha queda el 21 de junio ¿De acuerdo? o ¿todavía no estás conforme?
- No me queda otra.
- Margarita...
- Está bien, y no se hable más del asunto, esa fecha y punto... – lo dijo al parecer con cierto enfado.
- ¿No estarás enojada? – Gonzalo la tomó por la barbilla y la obligó mirarlo – No quiero que te enfades... Si quieres, pones tú la fecha que quieras, que yo la acepto.
- No Gonzalo, claro que no... La fecha, la que hemos decidido los dos, y no estoy enfadada...
- Otra cosa, los padrinos... Creo que con los padrinos no tenemos problema ninguno.
- Claro, no tenemos familia Gonzalo... Sólo pueden serlos nuestros amigos...
Gonzalo se echó un poquito para adelante y le habló en voz baja – ¿Se lo decimos a Sátur?

Margarita asintió con una sonrisa en los labios. Gonzalo llamó al fiel criado. Éste se hallaba terminando de recoger la cocina. Se limpió las manos en un paño y fue a hacia la mesa.
- Siéntate Sátur, queremos hacerte una pregunta... – Gonzalo esperó a que su escudero se sentara junto a ellos.
- Sátur, ¿te gustaría ser nuestro padrino de bodas?- Gonzalo esperó impaciente la respuesta de su amigo. Sátur se sorprendió de la pregunta de su amo.
- Amo, para mí sería un honor... ¡Claro que me gustaría! pero hay algo y espero que no me lo tomen a mal ninguno de los dos, pero creo que eso se lo merece mejor que yo, el Cipriano... Él ha sido amigo  de ustedes de toda la vida y como será Catalina la madrina, pues pienso que después de to’ lo que pasó el Cipri con la desaparición de la Inés creo que esto lo motivará mucho más para mirar adelante.

Margarita y Gonzalo se miraron. La joven le tomó una mano al buen hombre - Eres el mejor amigo Sátur, tu detalle de pensar en Cipri te valora mucho... Si tú quieres que sea él, así será ¿no Gonzalo? – se había vuelto hacia su prometido. Gonzalo tenía los ojos humedecidos por la hermosa decisión de Sátur.
- Si Margarita, y a ti Sátur, lo que has hecho, sólo lo hace un buen amigo... Cipri se pondrá muy contento. Gracias de veras... – con una gran emoción y cariño Gonzalo le pasó su brazo por el hombro dándole un fuerte apretón.

- Bueno, amo... Creo, creo que no es pa’ tanto... – lo dijo emocionado al ver la reacción de Gonzalo con él.
- Es para mucho Sátur... Por eso eres parte de esta familia y yo me siento muy orgulloso de ti, de tenerte como amigo, como... - aquí Gonzalo se detuvo en seco. Margarita no se dio cuenta pero Sátur sí. Con la mirada hizo entender a su amo que estuvo a punto de meter la pata.
- Pues nada, por hoy se acabó tanta charla, a descansar se ha dicho... Ya mañana será otro día...  – Gonzalo se puso en pie, y tanto Margarita cómo Sátur, hicieron lo mismo.

Margarita cogió una de las palmatorias, miró a Gonzalo con una sonrisa en los ojos y dando las buenas noches se dirigió a la escalera subiendo sus escalones sin prisas. Entró en su habitación cerrando la puerta. Dejó la vela en la mesita de noche y procedió a desnudarse. Se puso su camisón y se sentó ante el peinador. Se quitó los pendientes y comenzó a peinar su ensortijado cabello pausadamente. Sentía en su interior una felicidad inmensa. ¡Todavía no podía creerlo! Ella y Gonzalo se iban a casar. ¡Dios cómo lo amaba! y en aquel momento sabía cómo la amaba él. No sentía miedo a esa felicidad... ¡Ya no sentía miedo a ser feliz! Gonzalo la ayudó con sus palabras, con sus caricias, con su amor a no sentir ese miedo y ella, le iba a demostrar que estaba libre de aquellos temores y sobre todo, que sería una buena esposa digna de él. Terminó de peinarse y se recogió su hermoso cabello en una trenza. Se levantó de la silla y se dirigió a la cama. La destapó y se cobijó en ella cubriéndose con las cálidas ropas. La verdad, es que estaba cansada. Recordó la noche anterior esbozando una sonrisa. Era imposible no estar cansada.

Se acomodó cerrando los ojos Hubiera deseado estar junto a él en aquel momento pero debían esperar hasta el día de la boda, entonces ya nunca se separarían de noche y amanecerían juntos cómo marido y mujer. Con esto en su mente se quedó profundamente dormida.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Mayo 07, 2016 10:55 am

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.4

La casa, estaba en la más completa penumbra y sólo el crepitar del fuego del hogar hacía que se rompiera un poco el silencio acogedor de aquellas horas de la noche. Todos parecían dormir en la casa.

Margarita dormía plácidamente. La luz que desperdigaba su vela era cada vez más tenue. La vela se iba extinguiendo poco a poco. La muchacha dormía acurrucada. Su cabello se había destrenzado un poco y lo tenía suelto en parte. Algo al parecer la inquietó, lo que hizo que se moviera en la cama. De pronto sintió un apretamiento en su boca y parte de su cara. Abrió los ojos aterrada.

- Sssssh, no grites... – Gonzalo le mantenía la mano en la boca.

Margarita movía la cabeza e intentaba de quitar con sus manos la de él que le aprisionaba la boca. Gonzalo, le hizo señal con un dedo en sus labios de que guardara silencio. Poco a poco le fue apartando la mano de la boca. Los ojos de ella querían fulminarlo con la mirada.

- ¡Gonzalo ¿qué haces aquí?! - habló lo más bajo posible pero muy enojada – ¡Me has asustado! ¿Te has vuelto loco?
- Si, loco por ti... Margarita, siento haberte asustado pero era la única manera de evitar que gritaras  – se había sentado en la cama e intentaba buscar los ojos de ellas bajo la penumbra de la pequeña alcoba.
Margarita se había incorporado pero por su mirada Gonzalo comprendió que no iba a ser fácil quitarle el enojo.
– ¡Pues vaya manera la tuya de no asustarme!... Si hasta me duele la cara de cómo me las apretado, ¡serás bruto! – dijo mientras se pasaba las mano por sus mejillas.

- Margarita, me es imposible quedarme dormido y necesito decirte todo lo que te que te amo, ¡lo que te ansío! – según iba hablando, fue acariciando el rostro de la muchacha con uno de sus dedos hasta llegar a sus labios.
- Gonzalo, ni te atrevas... Esta noche no estamos solos en la casa.

Él, no escuchaba. Le había pasado la mano por debajo del cabello, tras la nuca y comenzó a acariciar su cuello, besando aquella piel tersa y morena. Sus ojos, de nuevo intentaron buscar la mirada de ella. Margarita lo sabía y evitó hacerlo. Él, no debía estar en su alcoba.

- Gonzalo, no debes estar aquí... Piensa en...

No la dejó terminar. Sus labios buscaron los de ella. Sintió como temblaban al recibir el contacto de los de él. La besó dulcemente, pausadamente, sin prisa, saboreando cada milésima de ellos. Ella, abrió los suyos correspondiendo al calor de sus labios. La mano de Gonzalo buscó más allá, deslizó la tiranta del camisón. Margarita sabía lo que pretendía. Ella lo quería igual, lo deseaba tanto como él pero...

- ¡No Gonzalo! – lo apartó de ella – ¡Esto no puede ser!
- Margarita ¡no me hagas esto!
- Gonzalo, ¡sal ya de mi cuarto! – saltó de la cama e hizo que su prometido se levantara de ella tirando de él – Gonzalo no seas niño, ya queda poco para que no nos separemos en las noches pero ahora tienes que irte...

- ¿Qué queda poco? ¡pero si falta más de un mes!... Margarita, mujer...
- Gonzalo, ¡fuera! – lo empujaba hacia la puerta. Abrió ésta y le enseñó con el dedo el camino a seguir.
- Me voy, pero me la debes... – su tono amenazador tenía un encanto especial.
- No me amenaces que puedes salir perdiendo Gonzalo de Montalvo – terminó de empujarlo y soplándole un beso con sus labios de forma muy insinuante cerró la puerta.

Se dejó caer en la hoja de madera y sonrío al recordar el hermoso rostro de su amado suplicándole. Se apartó de la puerta y se cobijó en la cama arrebujándose entre sus ropas. Cerró los ojos y pensó que estaba con él, como la noche anterior. De esta forma, volvió a conciliar un sueño reparador y lleno de sosiego.




Los preparativos.

Bajó a la sala principal comprobando que todo estaba en calma, parecía que todos seguían durmiendo. Margarita había dormido profundamente y se había despertado despejada por lo que decidió levantarse y asearse antes que se levantaran los demás. Aquel día tenía pendientes ciertas cosas y contra más pronto empezara a hacerlas sería mucho mejor. En eso, desde el campanario de la iglesia de San Felipe daban siete toques de campana. El fuego que se había ido extinguiendo durante la noche lo avivó echando más leña en él. Puso un balde de agua a calentar y se fue en dirección al patio. Todavía la claridad de la mañana no terminaba de despuntar.

Dejó la palangana con el jabón encima de la mesita que servía de lavadero y alargando sus brazos, dejó su ropa interior echada sobre el cordel.  Volvió a la sala y se acercó al hogar. El agua ya estaba caliente. Cogió un paño y tomando el asa del balde lo retiró del fuego y volvió al patio echando el agua en la jofaina con sumo cuidado para evitar volver a quemarse. La quemadura de la mano debida a la plancha la tenía mucho mejor y ya desde el día anterior no había visto necesidad de ponerse una venda en ella. Cogió un poco de agua fría y la volcó sobre la que acababa de echar, ya que estaba algo caliente. Cerró la puerta del patio y procedió a su aseo personal.





Gonzalo se despabiló con los ocho toques. Se había quedado dormido más bien tarde. No era nada fácil, había recobrado a la mujer de sus sueños y sentía su corazón desbordado de tanta felicidad pero su alma, lloraba afligida... No había sido sincero con ella. Su secreto mejor guardado no había podido desvelárselo a la mujer amada. Sentía temor a que ella no comprendiera, a que no aceptara la otra parte de Gonzalo de Montalvo y que rechazara al guerrero, que lo repudiara cómo Águila Roja.

Unos toques en la puerta, hizo que reaccionara. La puerta se abrió dando paso a Sátur que llevaba en sus manos toallas limpias – Buenos días amo.
- Buenos días Sátur... ¿Desde cuándo llamas a la puerta para entrar?
Sátur se lo quedó mirando – Amo, que yo no sé si la señora podía estar con usted...
Gonzalo se pasó la mano por su castaño cabello – Sátur, ella no volverá a estar conmigo hasta que no estemos casados.
- Ya amo, pero eso yo no lo sé, también podía haberse acercado a verlo esta mañana.

Gonzalo se incorporó. Se puso las almohadas en la espalda y se recostó en ellas – Sátur, a estas horas estará dormida.
- No amo, ella no puede estar dormía porque hay señal de que Margarita se ha aseó en el patio... Me imagino que se habrá levantao temprano y ahora estará arreglándose en su cuarto... Entonces, ¿qué? ¿le caliento el agua?
Gonzalo se quedó muy pensativo - Si Sátur, ve calentando el agua.

Sátur no tardó en salir y Gonzalo se levantó preguntándose qué hacía Margarita tan temprano levantada.

Margarita acababa de bajar y se encontró con Sátur cuando éste salía de la alcoba de Gonzalo – Buenos días Sátur.
- Buenos días señora ¿Cómo levantada tan pronto? – mientras hablaba se dirigió a poner el balde con agua al fuego.
- Me desperté temprano y cómo quiero hacer varias cosas, mejor aprovechar la mañana... ¿Ese agua es para Gonzalo?
- Si señora, es pa’ el amo y ahora mismo voy preparando el desayuno...
- Sátur atiende tú a Gonzalo, que el desayuno lo preparo yo.

Se puso el delantal que tenía en el respaldo de una silla sobre su falda en tono rojizo y comenzó a preparar todo lo necesario para las gachas. Sátur cogió el balde del fuego y se fue a la habitación de su amo. Abrió la puerta pasando al interior. Gonzalo estaba sentado en la cama con la cabeza entre las manos. Al escuchar la puerta levantó el rostro.

- Amo, ¿le ocurre algo - para Sátur no pasó desapercibido que algo le pasaba a su amo.
- Nada, y todo... - Gonzalo se levantó y se dirigió a la ventana abriendo una de las hojas de madera para que a través de los cristales entrara la claridad de la mañana en la estancia.
- Amo, si puedo ayudarlo.
Con una gran tristeza en los ojos se volvió hacia Sátur – No puedes ayudarme Sátur... ¿Cómo se libra uno de dos sentimientos encontrados?
- Amo, no sé lo que quiere decir... Si me lo aclara, a lo mejor si yo podría ayudarle.

- No Sátur, no creo que puedas. Soy inmensamente feliz y sin embargo el no haber sido capaz de decirle a la mujer que amo que no soy el hombre que ella cree y espera de mí... eso me llena de una gran incertidumbre y un gran vacío...
- Pero amo... ¡dígale la verdad y verá cómo ese vacío se le quita!... No tema a decírselo, Margarita comprenderá ¡pero no vuelva a las andadas por Dios! ¡No vuelva con sus silencios que me lo vuelven a liar otra vez!
- ¡Sátur, ahora no podría! Ella está de lo más feliz, no quiero que al confesarle la verdad, vuelva con sus miedos... No quiero que vuelva a tener temor por nada... Tampoco yo quiero el rechazo de ella al saber mi verdad... ¡No quiero eso!
- ¡Pues a ver cómo lo va a hacer! porque la cara que tiene no es precisamente de enamorao, así que si no quiere que la señora lo vea raro, ¡cambie esa cara cuando salga de esta habitación y ponga la que tiene que poner!




Estaba terminando de poner la mesa cuando Gonzalo ya salía vestido y arreglado de la habitación. Nada en su rostro reflejaba el malestar de momentos antes. Se acercó a ella.
- Buenos días Margarita – se acercó a ella y le besó en la mejilla. Esto cogió a la muchacha desprevenida e hizo que se turbara bastante.
- ¿Cómo que te has levantado tan temprano? – preguntó Gonzalo curioso por saber.
- Tengo cosas que hacer y prefiero hacerlo en la mañana... – lo dijo sin mirarlo poniendo los tazones y la leche en la mesa.
Gonzalo no le quitaba la vista de encima  – Déjame que te diga lo hermosa que estás...
Se había acercado tanto a ella, que Margarita percibía su cálido aliento en su mejilla. Los labios de Gonzalo casi rozaban sus cabellos.
- Gonzalo... Gonzalo, por favor, Sátur puede entrar de un momento a otro.

- ¿Cuándo vas a dejar de sentir turbación? Estamos prometidos, vamos a casarnos dentro de un mes y ¿todavía sientes pudor? – se lo dijo en un susurro
Margarita por un momento dejó lo que estaba haciendo y levantó sus hermosos ojos para mirarlo.
- ¡Pues si! Una cosa es lo que pueda haber entre tú y yo a solas... – las últimas palabras las recalcó –... y otra muy distinta que hagas o digas cosas delante de los demás.
- Margarita, ahora estamos a solas... Sátur no está, Alonso duerme todavía y aparte de todo esto, yo no he hecho ni he dicho nada indebido, o ¿sí?
Ante el comentario un poco burlón de Gonzalo, Margarita se azoró bastante más – Gonzalo, contigo no hay quien pueda...

La puerta de la calle se abrió entrando Sátur con una hogaza de pan – Menos mal que al Cipri le había sobrao pan de ayer porque esto de empezar el día sin pan, cómo que no...

Margarita aprovechó la llegada de Sátur para terminar de poner la mesa. Sentía en ella la mirada de Gonzalo pero sabía que en ese momento no había ningún tipo de burla en su ella. La campana de la iglesia dio nueve toques.

Gonzalo se retiró de la mesa – Voy a avisar a Alonso, ya es hora que se levante - se dirigió a la habitación con su andar pausado. Abrió la puerta y sin llegar a pasar adentro llamó a su hijo – ¡Alonso arriba hijo, que ya es hora! – dejó la puerta abierta y volvió a la mesa. Se sentó mirando a Margarita que llegaba con la cazuela de las gachas recién hechas.

- No me has dicho el porqué de levantarte temprano... – se lo dijo mientras la retenía con una mano la de ella.
- Pues Gonzalo, porque tengo que hacer cosas... – no quería decirle la verdad. No quería decirle que en cuanto él se fuera, se iba al tenderete de Rufina para ver las telas para su vestido. Quería sorprenderle el día de la boda.
- Sé que no me lo vas a decir por más que lo intente pero tú sabrás... - Gonzalo al decirlo le hizo creer que estaba algo enojado.
- Gonzalo, no pretendo que te enfades. Yo lo que quiero...
Gonzalo no la dejó seguir al ver lo apurada que estaba - ¡Margarita! ¡Margarita ya!... ¡No tienes que decir nada! Es broma, no hay por lo que yo pueda estar enfadado...

Margarita del coraje que le dio apartó su mano de la de él y volvió a la cocina. Sátur había estado pendiente de la pareja y sonreía para sus adentros. Cuando vio la reacción de la joven se acercó a su amo – Amo, con la señora no le vale el mosquearla porque ¡vaya si se encoraja!
Gonzalo movió afirmativamente la cabeza sonriendo – Si Sátur, pero me encanta verla enojada pero no se lo digas  – lo dijo en voz muy baja.
- Ya, ya lo veo... Otra cosa ¿Cuándo se lo van a decir a Alonso?
- En cuánto se levante, que por cierto ya tarda en hacerlo... - se levantó y de nuevo se dirigió a la habitación pero esta vez sí entró y se acercó a la cama. Alonso se había cambiado de postura y seguía durmiendo apaciblemente.

Gonzalo lo zarandeó con suavidad llamándolo - ¡Alonso arriba! ¡Venga que se hace tarde! – tuvo que insistir antes de que el niño abriera pesadamente sus lindos ojos - Anda, arriba dormilón que el desayuno se enfría y hoy te vas a llevar una sorpresa... Besó con todo cariño la frente de su hijo.
- ¿Una... una sorpresa?... ¿De qué me hablas? – la voz del pequeño sonó adormilada.
- Cuando te levantes y te sientes en la mesa lo sabrás, así, ¡qué arriba! - Gonzalo destapó la ropa de la cama – Te espero en la mesa, no tardes.
Gonzalo volvió a la sala y de nuevo se sentó en la mesa. Tomó la cuchara y se echó las gachas en su plato – Bueno desayunaremos que esto se enfría. Margarita ¿no desayunas? – le preguntó a la joven que entraba del patio de tender unas prendas que acababa de lavar.

La muchacha no dijo nada pero se sentó ante la mesa echándose un poco de leche en un tazón. Sátur también se había sentado mirando a Gonzalo y a la muchacha de soslayo.
- Margarita, ¿sólo la leche? pues las gachas no están mal... Aunque me gustan más las de Sátur – Gonzalo miró al fiel criado.
Éste le echó una mirada de cierto reproche a su amo – Amo, que va a decir la señora...
- No te preocupes Sátur. Esta mañana Gonzalo se ha despertado muy chistoso... - y volviéndose a Gonzalo - ¿Pues sabe lo que te digo? ¡que eso es lo que hay!
Gonzalo se echó a reír ante la reacción de Margarita - ¡Estás enojada! pero mujer no te lo tomes en serio... – se había echado para adelante e intentaba buscar los ojos de ella. Pero Margarita evitaba mirarlo haciéndose la desentendida al coger una rebanada de pan para mojarlo en la leche.

Alonso en ese momento entraba en la sala. Todavía su cuerpecillo daba cierto tumbo al acercarse a la mesa. Se sentó y fue a poner la cabeza en la mesa pero Gonzalo lo detuvo.
- Alonso no, ya sabes lo que te digo al respecto.
- ¡Uff padre! es que tengo mucho sueño... Nunca quieres entender...
- Claro que te entiendo pero ya es hora que te espabiles y no echando la cabeza encima de la mesa.
Sátur le acercó a Alonso el plato con las gachas – Anda, y come Alonsillo, que te hace falta pa’ crecer ¡qué estás más encanijao!
- Claro mi niño, desayunas y verás cómo te espabilas... – Margarita se había levantado y se sentó junto a Alonso besándolo en el rubio cabello.

Gonzalo le acercó el tazón a la joven. Por un momento ella lo miró dándole las gracias.
Alonso con más sueño que hambre comenzó a desayunar. Cuando probó la primera cucharada sus ojitos pícaros se redondearon - ¡Qué rica te han salido hoy Sátur!
- ¡Bueno! ¿pero en qué quedamos?... Tú padre que las mías están más buenas y tú, Alonsillo me has dao a entender que las mías no te gustan... - Sátur miró a su amo con un guiño.
- Sátur ¿pero qué te pasa? Si yo lo que te he dicho es que te han salido muy ricas. Alonso no sabía por dónde iba el bueno de Sátur.
- Vamos a ver Alonsillo, ¡que yo no he hecho hoy las gachas! que las ha hecho tú tía.
- Tía Margarita, ¿tú has hecho hoy las gachas? pues están ¡riquísimas!
- Pues según tu padre, las de Sátur están más buena... – lo dijo sin mirar a Gonzalo.
- Padre, eso nos es verdad, las de la tía están más ricas, están más dulces.

- Pues yo lo que digo, que se pongan de acuerdo a ver desde ahora quien va hacer las gachas en las mañanas...
- No te preocupes Sátur, que por mí te las dejo a ti, ya que a tu amo son las que le gustan – las últimas palabras lo dijo mientras se levantaba recogiendo su tazón y los platos de Gonzalo y Sátur que ya habían terminado. Gonzalo la detuvo por un brazo.
- Espera no te vayas aún... Tenemos que darle la sorpresa a Alonso... – con la mirada dijo más que con las palabras.
Margarita no supo que decir. Dejó de nuevo la loza en la mesa y se sentó donde lo hizo la primera vez, junto a su prometido.
- Pero ¿de qué sorpresa hablas padre? ¿Tía tú lo sabes?

- Bueno, yo... - Margarita no sabía cómo plantear el tema ante el pequeño. Fue Gonzalo quien levantándose se acercó junto a su hijo y se puso en cuclillas ante él - Alonso hijo, tú sabes que la tía y yo hace unos años fuimos novios, luego pasaron cosas y me enamoré de tu madre a la que quise muchísimo... Pero ella se nos fue y tu tía Margarita vino a cuidarnos, a cuidarte...
Alonso interrumpió a Gonzalo – Padre ¿qué pasa? ¿Por qué me cuentas todo esto? - encogió sus hombritos cómo no sabiendo lo que quería decir su padre.
Sátur y Margarita se miraban. No sabían cómo podía reaccionar el pequeño ante la noticia.
- Alonso, lo que quiero decirte, es que en este tiempo que tu tía lleva en la Villa, lo que sentíamos cuando éramos casi unos niños ha surgido de nuevo... De nuevo no hemos enamorados, nos queremos Alonso ¿Comprendes lo que te quiero decir?

Alonso había puesto atención a su padre pero al escuchar sus últimas palabras su boquita quedó abierta por el asombro y sus ojitos se pusieron cómo brillantes bolitas - Me... me estás diciendo con eso, que... que tía Margarita y tú ¿sois novios?
Gonzalo sonrió de la forma en que lo dijo Alonso – Si hijo, es lo que quiero decir.
- No me lo creo ¡no me lo creo!... Padre... padre no es broma ¿verdad? - lo dijo apuntando con su dedo índice a su padre.
Gonzalo movió negando – No Alonso, no es broma.
Alonso en un impulso y desbordado por su alegría casi se tiró de la silla para abrazarse al cuello de su padre - ¡Que alegría! ¡No me lo puedo creer!

Gonzalo se levantó con él y lo sentó en la silla. Le puso sus manos en sus hombritos y se inclinó para mirarlo. Sus ojos al mirar a su hijo estaban humedecidos de emoción - Alonso, hijo, me alegro que esto te haga sentirte feliz, porque si tú te sientes bien, para mí eso es lo más importante.
- Pero padre, ¡cómo no voy a sentirme bien!... Si yo es lo que quería, que tú, y tía Margarita, bueno pues eso, ¡qué fuerais novios! – sus ojitos buscaron la mirada de su tía. De un salto y desprendiéndose de las manos de su padre corrió a refugiarse en los brazos de la joven. Margarita lo estrechó entre sus brazos muy emocionada.
- ¡Tía que alegría! ¡Qué alegría!



- Ya... ya lo sé mi niño, ya lo sé... – mientras lo abrazaba alzó sus hermosos ojos y buscó los de Gonzalo. Los ojos de él, humedecidos por la emoción la envolvieron en una amorosa mirada.
Margarita sintió que la inundaba una oleada de calor. Apartó su mirada de la de Gonzalo y se dirigió a Alonso que seguía abrazado a ella - Alonso cariño, anda, que se va a hacer tarde para la escuela.
Alonso levantó la carita y miró a su tía – Tía, es que hoy... hoy, no quisiera ir a la escuela.
- ¿Cómo que no quieres ir a la escuela? – de nuevo Margarita miró a Gonzalo, éste al escuchar a su hijo arrugó el entrecejo.
- Es que... es que quisiera estar contigo, que me contaras cosas...
- Contarte cosas... ¿De qué Alonso? No te entiendo hijo, anda explícate – Margarita no intuía nada de lo que pudiera referirse el pequeño.

- Tía, pues, pues que me digas si mi padre y tú... bueno, ¿si os vais a casar y cuando?
Margarita y Gonzalo se volvieron a mirar y sonrieron. Gonzalo se acercó a su hijo.
- Alonso para eso no hace falta dejar de ir a la escuela, yo te lo digo hijo... Claro que si, tú tía y yo ya tenemos fecha para la boda, será dentro de un mes. ¿Contento?
- ¡Si padre! ¡muy contento! ¡Estoy tan, tan contento!... - se abrazó de nuevo a Gonzalo y entonces se fijó en el colgante - ¿Y esto? ¡qué bonito!
- Este colgante lo hizo tu tía cuando era una niña, incluso más pequeña que tú... Fue nuestra prenda de amor, ahora ella me lo ha vuelto a entregar.
- Tía Margarita, cuando puedas ¿me vas a hacer uno?
- Claro cariño, en cuanto pueda te hago uno para ti.
- Bueno, entonces, a lavarte y a vestirte... ¡Anda, que se hace tarde!... - Gonzalo apremió a su hijo.

Alonso se apartó de su padre. Margarita acompañó al pequeño para ayudarle a arreglarse. Gonzalo y Sátur se quedaron solos.

- Amo, que el chiquillo está loco de contento... – la voz de Sátur sonó toda emocionada.
- Si Sátur, se ha puesto feliz al escuchar la noticia... Bueno pues ahora sólo queda esperar... Esta tarde cuando vuelva Catalina de Palacio no vamos un rato a la taberna y les damos la sorpresa a Cipri y a Cata de que ellos son los padrinos - Gonzalo se volvió hacia Sátur y le puso sus mano en el hombro – Sátur, no me cansaré de decirte que te honra el dejarle tu sitio de padrino a Cipri... Eso tan sólo lo hace un buen amigo.
- Amo por Dios, que sus palabras me emocionan, ya no me lo diga más... ¡Pero eso sí! ya que el Cipriano es el padrino... ¡Esta tarde las rondas corren a cargo de él!

Gonzalo asintió con la cabeza. Sus ojos estaban anegados de lágrimas y abrazó a su buen amigo y escudero.




Lucrecia pasó al comedor. Nada en su rostro reflejaba el malestar del día anterior. Se sentó y en seguida llegó Nuño. Se acercó a su madre y la besó en la mejilla.
- Madre ayer no pude verte... Catalina no quiso que entrara en tu alcoba – lo dijo mientras ocupaba su sitio en la mesa.
- Nuño, hijo, ayer me encontraba enferma y no quería que nadie me molestara, solo quería dormir.

Catalina, entraba detrás de Marta que portaba en una bandeja las últimas viandas del majestuoso desayuno. La joven criada enseguida dejó el comedor y la doncella de confianza y ama de llaves de la Marquesa de Santillana, comenzó a servir a su señora y luego lo hizo con Nuño. Unos pasos fuertes se escuchó entrar el suntuoso comedor.

– Buenos días - Hernán fue a ocupar su lugar en la mesa - Veo que ya te encuentras mejor – lo dijo con cierta ironía en sus palabras.
Lucrecia no se dio por aludida - ¿Y tú esposa? ¿No desayuna con nosotros? – a la misma vez que preguntaba había tomado entre sus dedos la copa de fino cristal de bohemia y cuyo contenido era un exquisito zumo de pomelo.
- No querida Lucrecia, a Irene le duele la cabeza y prefiere desayunar en su alcoba...
Lucrecia no echó cuenta al comentario de Hernán y si a Nuño, que más que desayunar parecía entretenerse con el vuelo de una mosca - Nuño, terminas de desayunar que vas a llegar tarde a la escuela...
- No quiero más madre, mejor me voy... – se limpió los labios con la fina servilleta y se levantó. Lucrecia le hizo señas moviendo sus delicados dedos para que se acercara a ella.

Nuño así lo hizo dándole un beso a su madre. Cuando se volvió se acercó a Hernán – Hasta luego Comisario, luego tenemos que seguir con las clases de esgrima.
- No te preocupes Nuño, seguiremos con esas clases.
El crío salió de la lujosa estancia. Lucrecia se dirigió a Catalina que durante todo el tiempo se había mantenido alejada de la mesa pero dispuesta para lo que su señora deseara de ella
- Catalina, ve tras Nuño por si necesita algo y no te preocupes en volver que si te necesito ya te llamo con la campanilla.
- Cómo quiera la señora... – haciendo una leve reverencia retrocedió unos pasos y salió del comedor.

Hernán y Lucrecia se quedaron solos. La Marquesa de Santillana dio un pequeño sorbo al zumo y dejando la copa sobre el mantel, se dirigió a Hernán sin siquiera posar su mirada en él – Sabes que no me gusta que Nuño se emperre en esas clase de esgrima,  sólo tiene diez años Hernán.
El Comisario de la Villa ni se inmutó ante el comentario de Lucrecia – Te preocupas que Nuño se emperre en algo que el día de mañana puede servirle a hacer el mejor esgrimista de la nobleza, y no te preocupas en emperrarte tú, en algo que nunca podrá ser.

Se lo dijo masticando cada palabra, cada sílaba. Lucrecia sintió que la ira se le subía a la garganta pero no iba a darle el gusto de verla airada, eso nunca – Preguntarte por qué me dices eso, sería absurdo ¿verdad? pero quiero que sepas que hace mucho que dejé de emperrarme cómo tú dices querido.
- Pues tu malestar de ayer dice lo contrario Lucrecia... No te saliste con la tuya con el maestrito. Nunca te hizo caso Lucrecia ¡nunca! y tu forma de vengarte de él no te salió como esperabas ¿verdad?

Lucrecia se sintió palidecer ante lo dicho por Hernán pero no iba a perder los papeles - Te equivocas Hernán... Quien ríe el último ríe mejor y esto no ha terminado aún... No ha nacido todavía quien humille a la Marquesa de Santillana sin pagar esa osadía y Gonzalo de Montalvo no va a hacer la excepción.
Hernán Mejías sonrío - ¿Y se puede saber de qué forma vas a hacerle pagar esa osadía?
Lucrecia se levantó de la mesa. Con paso lento se dirigió al ventanal, la suave brisa de la mañana le revolvió un poco el cabello que le caía suelto sobre sus hombros en delicadas ondas - Nunca te lo diría Hernán, pero para matar tu curiosidad te diré que todavía no lo sé. Pero estoy segura que se me presentará la ocasión, tan sólo me queda esperar y yo sabré cual será el momento... No hay nada más dulce que el sabor de la venganza.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Vie Mayo 13, 2016 12:29 am

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.5

El día había ido avanzando. Margarita hizo lo que tanto ansiaba. En cuanto Gonzalo se fue a la escuela, se marchó al mercado a buscar la tela para su vestido de novia y luego fue al ver al padre José para darle la fecha de la boda. Sátur, pensando en esa próxima boda, pensó en darle una lengua de gato a la casa, cosa que le llevaría más de un día pero era algo que había que hacer.

Catalina le había dado a Margarita un juego de llaves para que entrara y saliera de la casa según le conviniera a ella. Nada más tener la tela, la joven sacó del arcón el vestido de novia que vistió su hermana y con el cual ella debió de casarse con Gonzalo si la vida no hubiera sido tan cruel con ellos. Pero en aquel momento ya no debía de pensar en el pasado. Ahora tenía que vivir el presente. Un presente lleno de felicidad y que nada ni nadie iban a impedir, que así fuera. Tomó el vestido envuelto en un lienzo y el paquete donde le habían liado la tela y saliendo de su cuarto bajo hasta la planta baja. Sátur trajinaba haciendo limpieza general.

- Sátur, tenemos limpieza ¿no?
- Si señora Margarita... Voy adecentar la casa pa’ cuando llegue el día de su boda.
- Pero Sátur, todavía falta un mes...
- Ya... ya sé que falta un mes pero la casa es grande y esto se va a llevar su tiempo.
Lo dijo mientra separaba de la pared unos de los muebles de la sala...
- Me gustaría ayudarte Sátur pero tengo mucha costura que preparar. Aparte del arreglo del vestido, quiero hacerle a Alonso un juego de ropa... Para no entorpecerte me voy a casa de Cata, allí montaré mi taller de costura... – lo dijo con una sonrisa en los labios.
- Pues me parece muy bien aunque a mí no me molesta ¡faltaba más! pero sé que allí estará más tranquila.

Margarita se dirigió a la cocina cogiendo su costurero que había dejado a primera hora de la mañana en una silla. Se volvió hacía el buen criado - Sátur, la comida sólo tienes que darle un par de vuelta y la apartas... No creo que tarde mucho en volver, la hora del almuerzo está encima y Gonzalo y Alonso enseguida estarán aquí... Sólo voy y planteo lo que tengo que hacer y ya estoy aquí.
- Vaya tranquila mujé, vaya, que pa’ eso estoy yo aquí.

Margarita sonriéndole se dirigió a la puerta y abriéndola salió dejándola entornada.




Alonso traspasó el umbral de la puerta seguido de su padre. Gonzalo fue a cerrar pero Sátur lo detuvo con un ademán – No amo, no cierre, que Margarita no tarda en regresar.
Gonzalo detuvo su intención de cerrar con el pestillo - ¿Margarita no está?
- No amo, ya hace rato que se fue pa’ casa de Catalina. Se ha ido a coser allí pero me dijo que no tardaría mucho...
- ¿Por qué se ha ido a coser a casa de Cata? – lo preguntó un poco consternado.
- Amo, las cosas de las mujeres. Que no querrá que usted vea cómo hace el arreglo del vestido.

Alonso que en cuanto había llegado se había sentado ante la mesa y que se le veía carita de aburrimiento se levantó de un salto – ¡Voy con la tía!
Gonzalo lo detuvo con un ademán – No Alonso, deja a tu tía tranquila.
- ¡Uff! pero padre si yo no voy a molestarla...

Con la mirada de su padre sabía que no había nada que hacer. Se volvió a sentar pero muy enojado.




Margarita terminó de recoger y salió de la habitación de Cata bajando la escalera. Catalina estaba poniendo la mesa - ¿Te quedas a comer?
- No Cata, me estarán esperando. Ya me voy que me he retrasado más de la cuenta pero he adelantado bastante, al menos ya está cortado.
- Lo que yo te digo, ¡eso está chupao pa’ ti! En cuanto cojas la aguja te lo bebes ¡Murillo a comer y qué no te lo tengas que decir dos veces! ¡Ay Margarita, cuando tú tengas un hijo vas a saber lo que es bueno! ¡Por qué miran que son trabajosos! aunque por Alonso ya sabes algo...
- Cata, ni siquiera me lo había planteado ¿No vas muy ligera? – preguntó Margarita algo azorada.
- Pues hija, eso es lo más normal que te suceda y de ligera na’ de na’ ¡Ya te lo diré yo a ti cuando Gonzalo te coja por su cuenta!
Margarita fue a decir algo cuando la media hoja de la puerta de la calle se abrió dando paso a Juan.

Las dos amigas se miraron. El médico se acercó a ellas – Buenas... Cata, Margarita...
Las dos mujeres contestaron al saludo. Margarita más que nunca quería salir de casa de su amiga – Bueno Cata, ya me voy – se volvió a mirar al recién llegado – Juan, a más ver.

Juan de Calatrava le respondió con un hasta luego y la vio perderse por la puerta a la calle. Luego miró a Catalina - ¿Le pasa algo a Margarita? parece que tenía prisa.
Catalina no sabía que decir – ¡No! ¡qué va! ¿Qué va a pasarle?... Es que ha estado charlando conmigo y se le ha hecho tarde – es lo único que en aquel momento se le ocurrió decir. Luego volvió la mirada a la escalera -¡Murillo! ¡¿Quieres bajar ya?!
Juan había depositado el macuto en una silla – Bueno, parece que llego en el momento perfecto, el de la comida.

- Perdona Juan, ahora te pongo el plato.

Catalina fue para la cocina y trajo con ella un plato y una cuchara más. Se sentía un poco incomoda, no esperaba la vuelta de Juan tan pronto. Le apartó un buen cucharón de migas. Murillo llegaba en aquel momento. Saludó a Juan y se sentó ante la mesa antes de que su madre volviera a gritarle. Catalina se sentó junto a ellos y procedieron a degustar el almuerzo.




Margarita empujo la puerta al verla entreabierta. Sátur ya estaba poniendo la mesa. Gonzalo, sentado ante la mesa la vio llegar con cierto azoro. Margarita sintió la mirada de él, clavada en ella.
- Perdonad... Si me he retrasado algo es que con Cat...
Gonzalo no la dejó terminar – Margarita no pasa nada, anda, siéntate.
Margarita se fue en busca de Alonso y lo besó cariñosamente en el cabello, luego ocupó su sitio en la mesa. Sátur fue apartando los platos. Margarita notó que el pequeño estaba muy callado.

- Alonso, mi niño ¿te pasa algo? – se lo preguntó intentando de verle la carita.
- Es que padre no quiso que fuera a casa de Cata – lo dijo sin levantar apenas la cara para mirar a su tía.
Margarita miró a Gonzalo - ¿Por qué Gonzalo?
- Margarita por nada en particular. No quería que te molestara, simplemente eso.
- Gonzalo, a mí, el niño no me molesta para nada.
- Está bien, a lo mejor me precipité pero si has decidido irte a coser a casa de Catalina es porque deduzco que quieres estar tranquila.

La joven apreció que en el tono de Gonzalo había algo de enojo - ¿Estás molesto por qué me he ido a casa de Cata a coser?
- Yo no te he dicho eso – Gonzalo a la misma vez que lo decía hacía un gesto con la cabeza negando.
- ¡No! ¡no me lo has dicho! pero por la forma en que lo has hecho, me parece que si...
Pues quiero dejarte claro que hasta que no termine todo lo que tengo entre mano, me quedo en casa de Cata a coser ¡Así que ya tienes más motivo para enojarte!

Gonzalo fue a decir algo pero Sátur prefirió intervenir a su manera – Amo, que digo yo, que no se le habrá olvidao que mañana habíamos quedao en ir a cazar unas liebres...
Gonzalo lo miró. Sabía que Sátur había comentado aquello para evitar una posible discusión - No Sátur, no se me ha olvidado – le sonrío al decirlo.
Alonso no quitaba ojo a uno y a otro y con su inocencia hizo su propio comentario – ¡Uff! todavía no estáis casados y ya empezáis a discutir...

Ninguno esperaba el comentario de Alonso, con lo cual hizo que todos rompieran a reír. Margarita se arrimó a él y cogiéndole la carita le habló con mucha dulzura – No cariño, no estamos discutiendo, sólo es cuestión de opinión ¿verdad Gonzalo? – al decirlo se volvió hacia su prometido.
Éste afirmo – Claro Alonso, con tu tía sería imposible discutir... De alguna manera ella siempre lleva la razón... – lo dijo con cierto tono burlón y mirándola a los ojos.
Margarita lo miró con el ceño fruncido pero no dijo nada, sabía que él lo que quería era enojarla para que saltara pero no iba a darle ese gusto.

Siguieron deleitando el humilde almuerzo y la tarde, fue transcurriendo apaciblemente...




Añoranzas... Recuerdos...

La Villa estaba envuelta en las sombras de una noche templada y de un cielo cuajado de estrellas. Salían de la taberna de Cipri. Se despidieron de él y junto a Catalina emprendieron la marcha calle abajo. Todos irradiaban felicidad. Habían pasado una velada agradable donde se brindó por los futuros novios y los padrinos. Se despidieron en el portal de Catalina, cuando ella con el pequeño Murillo entraron y la puerta se cerró detrás de ellos, se dirigieron hacia su casa. Nada más entrar, Margarita llevó a Alonso a acostar. Lo desvistió y lo arropó con todo cariño, en seguida el pequeño se quedó profundamente dormido. Lo besó con suma delicadeza en la frente y salió cerrando la puerta. Se dirigió a la sala. Gonzalo estaba sentado ante la mesa ojeando el libro para la materia del día siguiente.

Sátur entraba del establo de dar agua a los caballos y se despidió de su amo - Amo, si no me necesita yo me retiro a mi jergón, estoy agotao.
- Puedes irte a descansar Sátur, hasta mañana.
- Gracias amo – y dirigiéndose Margarita – Buenas noches señora, que descanse.

Margarita que estaba colocando parte de la loza que había dejado escurriendo antes de salir para la taberna encima de las repisas, se volvió hacia él – Lo mismo te digo, yo en cuanto termine de recoger las ropas que están tendida, también me voy a la cama... Prefiero recogerlas esta noche que están casi secas antes de que el rocío de la madrugá me la moje toda.
- Eso lo hago yo en un momento señora.
Sátur hizo intención de dirigirse al patio pero Gonzalo lo detuvo con un ademán y levantándose de la silla - No Sátur, tú te vas a descansar que yo ayudo a Margarita a recoger la ropa.

Sátur comprendió a su amo, quería quedarse a solas con su amada. Sonrío y se dirigió a la habitación donde acostumbraban a guardar aperos de labranza, enganches de animales y algunas otras cosas que aunque estaban en desuso, podían servir en un momento dado y que a él, aquel pequeño cuarto le servía de dormitorio. Se sentó en el jergón, por un momento pensó en su amo. Se le veía feliz, veía a su amo feliz como nunca lo había visto, pero al pensar en ello se preguntaba ¿Hasta cuando podía durarle esa felicidad? Ese secreto que no había querido desvelar de momento a la que iba a ser su esposa, a la que era ya su mujer, ese secreto, podía romper esa dicha.




Margarita se había dirigido al patio y comenzó a quitar las ropas de los cordeles. Gonzalo, habiendo salido tras ella comenzó a ayudarla. Al ver que algunas prendas a la muchacha le costaba más trabajo descolgarlas por estar más alto el cordel, se apresuró a hacerlo por ella - Mañana te bajo las cuerdas para que no te cueste tanto trabajo.
Margarita lo miró con el ceño fruncido y con las manos puestas en el cuadril - ¿Me estás llamando bajita?

Gonzalo volvió la cabeza hacia ella y al verla de la forma en que lo miraba y la postura aquella donde dejaba ver una provocación arrolladora, dejó caer la prenda que tenía entre las mano en el cesto de mimbre y fue hacia ella. Sin que a la muchacha le diera tiempo a decir nada, la tomó en sus brazos levantándola del suelo como si de una pluma se tratara y la besó apasionadamente sintiendo el calor de los labios de ella en los suyos. Sin dejar de besarla se fue arrodillando hasta depositarla en el suelo, sentándola en él.

Dejó sus labios para recorrer con los suyos su cuello y su escote. Margarita se sintió turbada y con dulzura lo apartó – Gonzalo, no... Ya hablamos de eso.
Él la miró como al niño que le quitan un dulce de la boca – Pero Margarita...
- Ni Margarita, ni nada y no me has contestado a mi pregunta ¿te parezco bajita?– se lo preguntó rozando con sus labios el oído de él.
Gonzalo, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared, la atrajo de nuevo hacia él pasándole sus brazos por debajo del busto y en un susurro contestó a su pregunta - Yo no te he dicho que seas bajita pero para ser sincero no eres muy alta. Espero que no te enfades, pero que sepas, que a mí me encanta que seas así ¡Me vuelves loco! - diciendo esto volvió a rozar con sus labios el cuello de la muchacha.

- Gonzalo... - Margarita volvió a llamarle la atención, luego, se deslizó de entre los brazos que la retenían y se tendió en el suelo sin importarle que la tierra  manchara la falda. Descansó la cabeza sobre las piernas del hombre amado. Sus ojos miraron el cielo estrellado - Está hermosa la noche ¿verdad? y no hace frío alguno... El cielo está tan cuajado de estrellas que por un momento...
Se quedó callada. Gonzalo percibió algo de tristeza en su voz - ¿Qué ibas a decir? ¿Por qué te has quedado callada?
- No, no era nada Gonzalo... No tenía importancia...

Gonzalo no quiso insistir, pero sabía que por un momento algo le había pasado por la mente y que no quería compartir con él pero no se lo dio a entender. No quiso que ella supiera que él, apreció un toque de tristeza en su dulce voz. Quiso romper el silencio de la joven.
- ¿Sabes? Ante que nos demos cuenta ya tenemos el verano encima y lo más maravilloso de ello, que ya seremos marido y mujer – mientras lo decía, le acariciaba el cabello enredándolo entre sus dedos.

- Si Gonzalo, ya seremos marido y mujer, ¡Tú mujer! – lo dijo buscando los ojos de él bajo la tenue luz del patio, luz que desperdigaba la vela de un farol.
Gonzalo bajó la cabeza y depositó un dulce beso en la frente de ella. Luego habló con mucha ternura en su voz – Margarita, no tendría que decírtelo pero tú vas a ser mi esposa, la dueña de esta casa y puedes hacer y deshacer a tu forma lo que quieras de ella.

Margarita se giró un poco y jugando con los botones de la camisa de Gonzalo le contestó sin mirarlo a los ojos - No Gonzalo, yo nada tengo que deshacer, esta casa se queda tal y como la encontré cuando volví a la Villa.
- Pero algo te gustaría cambiar o poner a tu gusto, eso es muy normal en las mujeres...
Os gusta dar vuestro toque personal.
Margarita por un momento quedó en silencio cómo pensando lo que Gonzalo le acababa de decir. Él, lo percibió - ¿En qué piensas? – lo preguntó acunándola en sus brazos.
- ¿Sabes? hay algo que me gustaría hacer, o mejor dicho poner pero... pero seguro que te ríes...- lo dijo poniendo sus jugosos labios cómo en un puchero. Gonzalo los volvió a besar.
- ¿Por qué me iba a reír? ¡A ver! ¿Qué es eso que te gustaría poner? – la incorporó sentándola sobre sus piernas.

- Si te ríes me enfado – al mirarlo, puso carita refunfuñada.
- Margarita, que no me río... Te doy mi palabra...– al decirlo levantó su mano derecha.
- Quiero... Quiero unas macetas – Margarita lo soltó esperando la reacción de su prometido.
- ¿Unas macetas? pero Margarita... - la risa de Gonzalo no se hizo esperar.
- ¿Lo ves? Te has reído...- Margarita hizo por soltarse de él y levantarse pero Gonzalo la retuvo.
– Espera mosqueona, me he reído porque no me esperaba una cosa así, pero si tu quieres unas macetas ¿por qué no la habrías de tener y ponerla dónde quieras? Pero si me gustaría saber qué es lo que hay detrás de ello, porque haberlo lo hay y me gustaría que me lo contaras - Gonzalo no sabía por qué, pero aquello quizá tenía que ver con lo que “no tenía importancia”.

La joven notó la sinceridad de él en sus palabras. Volvió a su postura anterior y descansó de nuevo su hermosa cabellera en sus piernas - Puede que te parezca mentira después de todo lo que pasé en Sevilla, pero hay cosas en la vida que no puedes olvidar, cosas que añoras y que no puedes encontrar en ningún otro sitio y una de esas cosas son los olores... Sevilla está llena de aroma Gonzalo... Cuando ahora miro el cielo de la Villa y veo que está tan fluido de estrellas, está hermoso pero le falta algo a la Villa en esta noche de primavera y es eso, el olor a flores... Allí, se extiende por la noche como un manto impregnándolo todo, es un conjunto de esencias, azahar, jazmín... claveles... Allí, la gente puede no tener algo que llevarse a la boca pero no le falta una maceta cuajada de flores en sus ventanas, en sus balcones, en sus patios...

- ¿Sabes? yo vivía en un cuarto de una casa de vecindad, el patio estaba lleno de macetas con flores de todas clases, allí vivía Concha, era una anciana que había criado a su nieta ya que los padres habían muerto siendo la niña muy pequeña. Rosita, que así se llama aquella chica, tenía la misma edad que yo cuando llegué a aquella casa... Tenía dieciocho años cuando puse un pie en aquel lugar. Concha para sacar a su nieta adelante había hecho de todo, sobre todo coser, coser hasta deshoras de la noche... Ella terminó de enseñarme todo lo que sé de costura hasta ahora...

Por un momento la voz se le quebró. Gonzalo se había mantenido en silencio sin interrumpirla, sólo se había limitado a escucharla acariciándole el cabello. Nunca la había escuchado hablar de aquella forma pero al ver que se emocionaba no pudo reprimirse - Sssssh, ya Margarita, no tienes porque seguir contando nada si vas a sentirte mal, no quiero que te entristezca – se lo dijo mientra la incorporaba y la estrechaba contra su pecho.
- No Gonzalo, estoy bien... Es sólo la emoción al recordar ciertas cosas... Cosas que en ese tiempo de alguna manera me hicieron bien...

Gonzalo, limpió con su dedo alguna lágrima que se escapaba furtiva de sus hermosos ojos negros. Margarita se acomodó entre las piernas de él, y recostó la cabeza en su pecho. Gonzalo volvió a pasar de nuevo los brazos bajo el busto de ella. Margarita suspiró y siguió contando...

- Concha era mi consuelo, ella me daba fuerza... Era muy ocurrente, graciosa,  a pesar de todo lo que había pasado siempre tenía una sonrisa en sus labios. Cuando Rosita creció quiso ayudar a su abuela y ¿sabes cómo lo hizo?
Gonzalo, aunque Margarita por la postura no lo veía negó con la cabeza. La muchacha se giró un poco y alzó la mirada – Gonzalo ¿me escuchas?
Gonzalo le sonrío – Te he dicho que no con la cabeza.
- Ya, pero yo no te veo y cómo no dices nada...
- Si me mantengo en silencio es porque me tienes embelesado al escucharte hablar.
- Adulador – le sonrío y volvió a su postura añorando lo vivido tiempo atrás.

– Concha, tenía un hermoso jazmín en el patio, entonces cogía los jazmines en flor pero los que estaban todavía cerrados... Los cogía en la mañana, así por la noche estarían abiertos y con una horquilla abierta o un alfiler de costura de lo más largo, los iba engarzando uno a uno, hasta hacer una moña de jazmines, y después, hacía otra y otra... Las iba colocando en una canastilla de mimbre y cuando ya tenía muchas, Rosita se dedicaba a irse por las calles a venderlas... Casi siempre eran los caballeros los que solían comprarla para regalárselas a sus damas, para que ellas, la lucieran en el pelo o en sus vestidos... De esta manera Rosita ayudaba a su abuela... A mí me enseñaron a hacer esas moñas y las ayudaba a su vez. No tenía mucha oportunidad de estar con ellas todo lo que yo quería pero en cuánto Víctor se alejó de mí, hice de Concha y Rosita mi familia, la única que tuve en aquellos momentos...  

Su voz se apagó al llegar a este punto de su historia.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Vie Mayo 13, 2016 10:32 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.6

Gonzalo cerró los ojos al apreciar la gran tristeza de su prometida. La apretó con más fuerza contra su pecho. Iba a decirle que no siguiera pero de nuevo la voz de ella, lo contuvo de hacerlo.



- Llegando el anochecer, me bajaba al patio y me sentaba al fresquito con los demás vecinos... Había, quien acariciaba las cuerdas de una guitarra y me dejaba envolver por aquellos sones y la coplilla que lo acompañaba... ¡Si vieras Gonzalo cómo se inundaba la noche con el olor penetrante de la dama de noche y de los jazmines!... ¡El aroma se esparcía hasta el último rincón de aquellos humildes cuartos!... ¡Hasta el cantar de los grillos en esas noches de verano sonaba diferente!... Un caldo de puchero, y al que tan sólo se le podía agregar un trozo de tocino, sabía de lo más exquisito y aromático porque se le echaba una ramita de hierbabuena... Cuando atrás quedaba la primavera, el verano y con ellos esos olores que te embriagaban los sentidos y llegaba el invierno, se encendían los braseros para paliar el frío y se acostumbraba a echar a las ascuas una poquita de alhucema... Estas hierbas se echan secas y al contacto con la candela, el olor que desprendían aromatizaba toda la vecindad... Pero todo esto Gonzalo, todo lo que esa ciudad me ofrecía, todo lo que la gente me daba sin pedir nada a cambio, sólo lo descubrí cuando ya estuve sola... Mientras Víctor estuvo conmigo, era imposible percibir nada de todo eso...

Gonzalo no podía dejar de emocionarse al escucharla y una pregunta asomó a sus labios - ¿Por qué no contaste a tus padres la verdad sobre Víctor? ellos te hubieran ayudado... Yo conocí a tu padre y aunque era muy estricto, él no hubiera permitido que llevaras la vida que Víctor quiso para ti.

Margarita por un momento guardo silencio, luego, sus manos agarraron las de Gonzalo y las apretó con fuerza. Él besó el cabello de la joven. Ella no se había vuelto hacia él y habló con la voz algo quebrada - No pude hacerlo, Víctor supo engañarnos a todos... Cuando llegamos a Sevilla y nos bajamos de la diligencia, él se ofreció a ayudarnos a buscar hospedaje... Durante todo el viaje había sido muy cortes con todos nosotros aunque yo, durante todo el trayecto estuve ausente, apenas escuchaba lo que aquel hombre contaba... Mi mente estaba muy lejos de allí, tan lejos, que no sabía en qué lugar, porque Gonzalo, no sabías en donde tú podías estar...– en esta ocasión,  fue Margarita quien sintió el apretamiento de las manos de él en las suyas y su voz llena de ternura.

– Margarita si todo eso te hace sentir mal no lo cuentes... Yo sólo te hice una pregunta. Quizá no debí hacerla...
Margarita giró su cuerpo y alzó sus ojos para mirarlo. Sintió clavada la mirada miel de Gonzalo en la de ella – Gonzalo, hay cosas que no sabes de mí y quizá sea el momento de que sepas de ello... No quiero que haya ningún secreto entre nosotros, quiero ir limpia de ellos a nuestro matrimonio... Quiero sacar de dentro de mí, todo lo que no pude sacar en su tiempo.

Gonzalo, tragó saliva. Le había emocionado de tal manera las palabras de la joven que sus ojos brillaron por unas lágrimas que querían aflorar en ellos. ¡Qué valiente era! La valentía que le demostraba ella era la que le faltaba a él para afrontar delante de la mujer que más amaba la realidad de su doble vida. Por un momento se sintió mezquino, ella no se merecía su silencio pero sólo se limitó a abrazarla sobre su pecho y besar de nuevo con suavidad sus cabellos. Margarita suspirando profundamente prosiguió con sus recuerdos...

- Nada nos hacía creer que todo la que había hablado sobre él podía ser mentira... ¡Comerciante de ganado y que venía de Salamanca de hacer unas ventas! Mi padre aceptó su ofrecimiento y nos buscó alojamiento. Era una vivienda en el mismo edificio dónde él vivía... Con lo que mi padre había obtenido con la venta de la herrería podíamos tirar unos meses, el alquiler no era muy caro, pero pasados esos meses el dinero se terminaría y había que pensar en trabajar en algo... Cómo a mi madre se le daba bien la costura, se lo comentó a Víctor y éste nos proporcionó cierta clientela. Mi hermana y yo ayudábamos a mi madre en este menester... Mi padre, buscaba por otro lado cualquier empleo pero a él le costó y no llegó a encontrarlo porque fue cuando tuvo el accidente al caerse de aquel caballo y terminó por enfermar... Víctor desaparecía de de vez en cuando, según él, iba a hacer negocios y tenía que salir fuera de Sevilla...

- Su presencia se hizo cada día más habitual en la casa con el pretexto de la enfermedad de mi padre...Un día, Cristina me dijo si no había observado de cómo me miraba. Yo le contesté que no me importaba de cómo lo hiciera, a mí no me importaba él... Una mañana, acodada en el poyete de la ventana y viendo discurrir el río frente a mis ojos, no pude retener mis lágrimas. Me imaginé que estaba frente al lago y que tú me susurrabas cosas bonitas al oído... Mi madre se dio cuenta y vino hasta mí, me hizo sentarme... Escuché de ella los reproches de siempre, que si ya estaba bien, que así ya no podía seguir, que esperaba un imposible... Que había pasados unos meses y de ti, no había recibido ninguna carta y quien sabía donde tú podrías estar, porque a la Villa seguro no podías haber vuelto, que pensara en ellos, que podía ser un poco más cariñosa con Víctor, que él parecía muy interesado en mí... Le dije que nunca aceptaría lo que todos pretendían...

- Una tarde que regresó de uno de sus viajes, vino a casa y después de hacerle un poco de compañía a mi padre que se debilitaba cada vez más, me llevó a parte y me entregó un cofrecito. Me pidió que lo abriera, lo abrí, su contenido, una pulsera de oro...Se la devolví, le dije que le daba las gracias pero que no podía aceptar aquel regalo... Su voz sonó dulce al decirme que me quería, que eso, ya yo lo sabía, que me dejara conocerlo y que luego mi corazón escogiera, que él quería casarse conmigo... Le contesté que mi corazón ya estaba escogido y nunca podría querer a nadie más. Eso le sorprendió y le noté cierta consternación pero eso no le importó, parecía que aquello que le dije hizo que se obstinara más y ya no me dejó tranquila... Yo le rehuía, no quería encontrarme a solas con él...

- Mi padre iba a peor... Una mañana que estaba sentada junto a él poniéndole paños de agua fría para que le bajara la fiebre, mi madre también estaba junto a nosotros, me cogió de la mano y me dijo que lo mirara... Lo hice, vi con gran dolor que mi padre se me iba. Me habló con las poquitas fuerzas que le quedaban... Me dijo que se moría y que se quería ir tranquilo y esa tranquilidad sólo yo podía dársela, que pensara en mi madre y en mi hermana, que aceptara a Víctor, que era un buen hombre y con su posición no tendríamos problemas alguno... ¡No sabes Gonzalo lo que se siente, cuando...! Cuando sabes que la muerte está tan cerca de ese ser querido y te piden una cosa así...

Gonzalo estaba impresionado por todo lo que estaba escuchando de boca de la joven, no sabía que decir ante todo aquello - Margarita no sigas, sé que recordar todo esto te hace daño, déjalo estar...
- ¡No Gonzalo! He comenzado y voy a terminar – lo dijo negando con la cabeza y sin volverse a él.

- Le dije que no me pidiera una cosa así, que yo no amaba a aquel hombre, que nunca podría querer a nadie más... Mi madre, que hasta ese momento no había hablado se levantó y llegando hasta mí y abrazando mis hombros, me dijo que el amor viene con el roce, que no podía dejar morir a mi padre con esa pena, que lo dejara irse en paz al ver que con mi aceptación a Víctor nuestras vidas estaban protegidas... Me sentí morir con él, pensé en ti. ¡No podía hacerlo! ¡No podía!...No sabía nada de ti, pero mi corazón me decía que no, ¡que no lo hiciera! pero mi mente no quiso escuchar a mi corazón y con todo el dolor les dije a mis padres que sí, que aceptaba a aquel hombre... Cuando Víctor llegó aquella tarde, las tres estábamos alrededor de la cama, mi madre me hizo señas y como si plomo llevara en mis piernas me levanté y le dije a Víctor que quería hablar con él... Nos apartamos del cuarto de mis padres y en la sala, sin mirarlo le dije que aceptaba su proposición pero que le pedía algo a cambio, que me diera tiempo de asumir que era su esposa, que no hiciera uso de sus derechos para hacerme su mujer, que no estaba preparada. En contra de lo que pudiera creer, él no puso objeción ninguna...

- Víctor se apresuro a arreglar todo el papeleo y a explicarle al párroco de la iglesia del barrio como era la situación en casa... En siete días estuvimos casados... Víctor quiso regalarme un vestido de novia pero le dije que no, que me casaba con un vestido cualquiera. Me dejó hacerlo... Cristina fue la única que asistió a una ceremonia sencilla cómo la madrina y un amigo de Víctor fue el padrino, ese padrino era Iñigo. Cuando regresé a casa y me acerqué a la cama, mi padre me esperaba con una sonrisa, tomó una de mis manos y se la llevó a los labios depositando un beso en ella... Aquella noche mi padre falleció...

- Después del entierro y la vuelta a la casa, recogí mis pertenencias para irme a la casa que debía de compartir con mi esposo, pero él, muy amable y muy considerado me dijo que no hacía falta, que mi hermana y mi madre me necesitaban en aquellos momentos cómo yo a ellas... Los días que siguieron fueron un suplicio. Mi madre estaba hecha polvo y se le metió en la cabeza de volver a la Villa... Para ella, el haber pisado aquella ciudad le había traído la desgracia de haber perdido a mi padre, que sin él, ella no quería seguir viviendo allí... Al estar yo casada, me debía a mi marido y que ella se volvería con Cristina a la Villa. Me sentí desolada... Me sacrifiqué por ellos y me dejaban a mi suerte con un hombre que no amaba y que las circunstancias me habían obligado a casarme con él. Por más que Cristina y yo intentamos de convencerla, fue imposible. Partieron para la Villa en una semana... Víctor fue generoso y les dio una cantidad de reales para que en un tiempo no pasaran ningún tipo de necesidades...



- Esa noche, cerré aquella vivienda que durante casi un año nos cobijó a nuestra llegada a Sevilla y me fui a vivir a la de Víctor una escalera más arriba...Nada más puse un pie en la que iba a hacer mi nueva casa sentí un escalofrió recorrer mi cuerpo... Mis ojos no dejaban de fijarse en la alcoba principal y un ahogo subió por mi garganta... Víctor apreció mi angustia y me tranquilizó diciendo que no me preocupara, que había otra habitación con una cama y que allí, dormiría él... ¡Que él cumplía sus promesas! que me daría ese tiempo... Quise seguir con la costura, no es que tuviera mucha habilidad con ella pero me defendía al menos, pero Víctor no quiso que cosiera, que con él, no me iba a faltar de nada... Sus marchas eran frecuentes, me quedaba sola entre aquellas cuatro paredes y me sentía morir... No me preocupaba su marcha, me preocupaba su vuelta, porque sabía que tarde o temprano haría uso de sus derechos...

- ¡No sabes como hubiera querido regresar con mi madre y Cristina a la Villa! ¡y cuánto te echaba de menos Gonzalo! ¡No sabes cuánto! A pesar que creía que nunca me perdonaste algo de lo que yo no fui causante y quizá por eso dejaste de amarme, no pude odiarte, en ese momento no pude guardarte ningún rencor Gonzalo, lo que no sabía, que si lo haría... Te odié Gonzalo, ¡te odie por una sola vez en mi vida!
- ¡Ya Margarita! ¡Ya!... No tienes que decirme nada – Gonzalo hubiera dado cualquier cosa porque no siguiera con sus recuerdos, pero sabía que la negativa de ella iría por delante. Se estaba levantando algo de fresco. Gonzalo hizo que se volviera hacia él y la cobijó entre sus brazos como si de una niña se tratara.

- Una noche, ya estando acostada, escuché la llave de la puerta... Volvía de uno de sus “viajes”. No hice intención de levantarme pero un porrazo en la sala hizo que saltara de la cama... Cogí la palmatoria y salí a la sala. Con la tenue luz de la vela vi que Víctor estaba incorporándose del suelo, al parecer había tropezado con una silla. Le pregunté si estaba bien, no me pareció escuchar su respuesta... Me acerqué porque parecía que le costaba trabajo levantarse, dejé la palmatoria en la mesa e intenté ayudarlo... Cuando él sintió mis manos se revolvió apartándome con fuerza como si le hubieran pinchado, casi perdí el equilibrio pero pude agarrarme a la mesa... Le pregunté asustada que era lo qué le pasaba, Víctor ya se había incorporado y me miraba. Su aspecto daba que desear, estaba descuidado, sus ropas en desorden, su cabello... Estaba desconocido pero al escucharlo hablar fue cuando me di cuenta que estaba borracho... Le pregunté que porque venía así... Que era lo que le había ocurrido para beber de aquella manera...

- Más vale que no le hubiera preguntado. Me contestó que yo no era nadie para querer saber... ¡Qué solo era una niña tonta que no sabía nada de la vida y que no sabía lo equivocada que estaba con él!.. Ante la forma en que me lo estaba diciendo me asusté, nunca lo había oído hablar así. Le dije que me iba a la cama, que no estaba dispuesta a escuchar sus incoherencias... Cogí la palmatoria y me fui al cuarto, me volví a meter en el lecho e intenté cerrar los ojos y olvidarme de Víctor pero él apareció dando tumbos, le grité que saliera del cuarto... Me dijo que no, que ya era hora de hacer uso de sus derechos cómo mi esposo que era, que él se encargaría de convertirme en una mujer. Estaba aterrada, así no, así no quería ser su mujer... Se lo grité a la cara, pero él estaba como loco... De nada valieron mis gritos, ni mis llantos ¡De nada valieron mis súplicas! de nada... Él tomó por derecho lo que le pertenecía y de la forma más cruel...

Se quebró. La voz de Margarita al llegar a este punto de sus recuerdos se quebró por el llanto y rompió a sollozar. Gonzalo cerrando los ojos la apretó contra él. Se sentía tan impotente ante aquello. Cuánto había tenido que sufrir – Sssssh, ya, ya no llores... ¡Cálmate por Dios! Dejas ya esos recuerdos ¡Olvídate de ellos! – mientras le hablaba la mecía entre sus brazos.
Margarita se fue calmando pero no se despegó de los brazos de su prometido como tampoco dejó los recuerdos atrás...

- A la mañana siguiente, me encontraba mal, física y moralmente. No quería, ni podía levantarme de la cama, solo quería llorar mi desesperanza, mi vergüenza, mi dolor, el del cuerpo y el del alma... Él no estaba en la casa, lo había escuchado salir... Pensé en salir de allí y tomar la primera diligencia que saliera para la Villa... Me levanté como pude, sentí una gran punzada pero no quería estar allí ni un minuto más... Con trabajo llegué hasta la puerta y la cerré por dentro. Me dejé caer en una silla, apenas me podía mantener en pie, no dejaba de sangrar... Hice un esfuerzo y llegué a la cocina, encendí la lumbre y puse a calentar agua, mientras, preparé lo necesario para llevarme. Cuando estuve lista tomé mis cosas y estaba dispuesta a salir cuando escuché la llave... Sentí que las fuerzas me flaqueaban. Me senté, no podía estar de pie... Estaba aterrorizada... En ese momento odie a mi madre, odié a mi hermana y te odie a ti Gonzalo ¡Te odie en ese momento con todas mis fuerzas!

Gonzalo cerró de nuevo los ojos. ¡Cómo no odiarlo! Un gran nudo apretó su garganta. Hubiera querido convencer a su prometida para que dejara por terminado todo el pesar por el que estaba pasando al ir rememorando parte de aquel pasado pero también sabía, que necesitaba echarlo fuera. Se limitó a callar y seguir escuchando.

- Al ver... al ver que la puerta no se abría, comprendió que yo había echado el cerrojo por dentro. Detrás de la puerta se escuchó la voz de él, pero no sonaba airada, al contrario, se escuchaba serena, dulce pero con cierta preocupación... Me dijo que le abriera, que teníamos que hablar, que lo perdonara, que lo que había hecho no tenía nombre, que había bebido demasiado y eso hizo que perdiera la cabeza, pero que por favor que le abriera, que quería saber cómo me encontraba... Según él, si no lo hacía echaría la puerta abajo y eso llamaría la atención de los vecinos y eso yo no querría que sucediera... Sentí temor ante eso, lo último que hubiera querido era aquello. Me levanté atemorizada y me fui a la puerta. Me apoyé en ella, las fuerzas me fallaban... Apenas podía hablar, pero le dije que si me prometía que no iba a volver a tocarme que le abriría...  Me dio su palabra y descorrí el cerrojo... Me aparte de la puerta y me dejé caer en el asiento. Víctor entró cerrando tras él...

- Sentía su mirada en mi, por un momento no intentó acercarse... De pronto se arrodilló ante mí cogiendo una de mis manos y sollozando como un niño me pidió perdón. Sin dejar de llorar, me decía que me amaba, que había sido un loco en hacer lo que hizo, que él no hubiera deseado que pasara, que él me recompensaría cuidándome como lo que era, una niña que él había lastimado... Me pidió que le diera otra oportunidad de enmendar su error, que me juraba que si en otra ocasión pasaba algo parecido, que se iba de mi lado para no hacerme más daño... Y creí en él, creí en sus palabras y lo perdoné ¡Tenía tan sólo poco más de dieciséis años Gonzalo! Sólo dieseis años...

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Mayo 15, 2016 9:28 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.7

- Fueron pasando los días y él se mostró de lo más solícito. Dejó que retomara la costura. El coser me distraía y lo poquito que me daban por mi trabajo tenía para mis cosas, con él no me faltaba de nada pero yo no quería depender de él... Por su trabajo, era el día que no tenía que salir fuera de Sevilla pero procuraba volver en el mismo día aunque fuera a deshora de la anoche. Siempre sus vueltas me causaban pavor, con solo pensar que pudiera venir bebido cómo aquella noche... Una de esas noche, todavía no me había acostado cuando él llego, venía cabizbajo y muy raro, le pregunté que le ocurría. Se sentó ante la mesa junto a mí y me cogió las manos. Sin mirarme, me dijo que tenía cierto problema pero que no sabía cómo planteármelo... Le pregunté si estaba en algún lío metido, que de su vida sabía lo que él había querido contarme pero no sabía con quien se codeaba, que aparte de Iñigo que era al único que conocía ya que era su socio, de los demás no sabía nada...

- Me dijo, que debido a una apuesta de juego debía cierta cantidad de dinero... Lo miré extrañada, no sabía que él se dedicara a jugar y más a apostar, tampoco comprendía el porqué debía esa cantidad de dinero cuando él por su trabajo económicamente no estaba mal... Todas esas preguntas salieron a borbotones de mis labios, Víctor me contestó que la mayoría de los hombres se dedicaban una vez más que otra a juntarse con los amigos en las tabernas y jugar a las cartas y no siempre tienen la suerte de ganar... Debido a que una de las ventas no le había salido como él hubiera querido, no le llegaba a pagar esa apuesta de juego... Según él, yo podía ayudarle. Le pregunté de que manera, ya que con lo que me daban por mi costura no creía que fuera suficiente para liquidar aquella deuda... Me contestó que no era eso, que sólo tenía que acompañarlo al otro día a un lugar y hacer lo que él me dijera... Que no me preocupaba, que no era nada que tuviera que avergonzarme... Le miré desconfiada, él a su vez me miró y percibí que era sincero...

- Me levanté para retirarme y me retuvo cogiéndome las manos, me dijo que me necesitaba, que era su mujer, que no iba a hacerme daño, que tan sólo me dejara querer... Me sentí morir por dentro. Sabía que eso tenía que llegar, que no siempre podría eludir ese momento... Fui clara con él diciéndole que no podría amarle nunca, que mi corazón pertenecía a otra persona. Me contestó, que él haría lo imposible para que yo olvidara a esa persona. Me llevó hasta el cuarto e hizo uso de su “obligación” como marido. Mi cuerpo fue suyo pero mi alma nunca la tuvo... Al otro día en la mañana salimos para ese lugar al que se refirió la noche anterior. Cogió el carro y salimos unas leguas fuera de la ciudad... Durante el camino le pregunté... Quería saber a dónde me llevaba. Me dijo que sólo era para realizar un trabajo en una taberna, que parte de esa taberna era de Iñigo, que con mi trabajo quedaba saldado ese dinero que debía. Se detuvo a la altura de una venta. “El Paso” así se llamaba aquella cantina y en ella entramos...

- Estaba algo asustada. Había gente, casi la mayoría eran caminantes que habían hecho un alto en aquel lugar para descansar... Nos salió al encuentro un hombre de aspecto que no me gustó nada y saludó a Víctor con mucha confianza. Se llamaba Pancho, era gordinflón y algo bajito. Se dirigió a mí como si ya me conociera y alabó a Víctor la esposa que tenía, pero ese halago no me gusto por la forma en que lo dijo. Este hombre me explicó en qué consistiría mi trabajo en aquella taberna... Consistiría en fregar los cacharros y en servir las mesas y por supuesto ser amable con la clientela. Miré a Víctor y le pregunté que había querido decir con ser amable... Según él, solo era una manera de hablar pero que siempre se debe ser agradable con respecto al público... Al fondo de aquella estancia y sin dejar de mirarme estaba Iñigo... ¡Y allí empecé mi trabajo! Fregaba, servía las mesas, intentaba sonreír a las personas a las que atendía... Así fueron pasando los días y nunca le veía el final a aquello. No sabía qué tiempo tenía que pasar allí para que la deuda de mi marido quedara saldada...

- Una tarde, la taberna estaba casi vacía, Víctor solía pasar a recogerme en las noches por lo que aún no se hallaba en la cantina, había entrado un hombre de buen porte y sentándose en una de las mesas hizo señal al tabernero... Éste a su vez me hizo señas de que me acercara al recién llegado. Me acerqué a la mesa y pregunté a aquel señor qué deseaba. Pidió un buen vino y algo para llenar el estómago. Iñigo se acercó a mí y me dijo que con aquel cliente tenía que ser algo más amable, no le entendí o quise no entenderlo...



- Había ido a la trastienda para llenar la jarra de vino e Iñigo se vino tras de mí... Me cogió de mala manera por el brazo y me dijo que ya era hora que realizara el trabajo que había ido a desempeñar allí... Lo miré extrañada, él se echo a reír. Me dijo que era muy inocente, tan inocente que llevaba casada con Víctor ocho meses y todavía no había descubierto la verdad de todo... Dejé la jarra encima de una mesa y le pregunté de qué estaba hablando... ¡A Iñigo le encantó aclararme las cosas de una vez por toda!... Mi marido no era comerciante de ganado, sino simplemente un vulgar ¡ladrón!, ¡estafador! y no sé cuantas cosas más! y yo, estaba allí para hacerle el trabajo sucio mientras él, iba a llevarse luego las ganancias... Estaba aterrada de escuchar todo aquello.

- De momento no le creí, Iñigo nunca me inspiró confianza pero había cosas de Víctor que no comprendía y eso me hizo dudar si su “amigo” estaba mintiendo o no... Fui a coger la jarra y de nuevo Iñigo me cogió bruscamente por el brazo. Me dijo lo que tenía que hacer... Mi cometido era entretener a aquel cliente, tenía que coquetear con él, que aquel hombre quedara prendado de mí y entre coqueteo y coqueteo tenía que ir llenando el vaso de vino hasta que quedara completamente borracho... Moví la cabeza negando pero él me amenazó diciéndome que si no lo hacía, me podía ver envuelta en algo peor... No sabía lo que quiso decir con eso pero sentí tanto miedo que accedí a hacer a lo que me pedía... Con esfuerzo tremendo y con asco de mí misma hice mi papel lo mejor que pude. Cuando aquel hombre estaba completamente borracho y se quedó dormido encima de la mesa. Iñigo salió de la taberna mientras Pancho vigilaba al hombre y algún cliente que otro que andaba por allí. Íñigo entró al poco con un envoltorio entrando en la despensa...

En aquel momento yo no sabía que era aquello que llevaba en sus manos. Cuando Iñigo regresó me dijo que me quitara de en medio y se fue para el hombre e intentó despertarlo. Con trabajo, aquel hombre fue abriendo los ojos e intentó levantarse pero no se podía mantener de pie. Iñigo le dijo que había dos cuartos arriba, que durmiera la borrachera y luego prendiera el camino. El hombre aceptó y con la ayuda del propio Iñigo subió hasta el cuarto... Cuando el socio de Víctor bajó se metió de nuevo en la trastienda, entonces, yo le seguí... Abrió aquel envoltorio y me quedé consternada de lo que vi... ¡Eran joyas! Joyas de un gran valor me imaginé... Las llevaba en las alforjas e Iñigo las robó cuando quedó completamente borracho. Pregunté angustiada que iba a pasar. Me dijo que no me preocupara, que antes de que el forastero se le pasara la borrachera pasaría unas horas y que en ese tiempo, yo ya estaría con mi marido en mi acogedora casa, cuando el hombre se diera cuenta de la falta de sus joyas y si pensaba que yo podía tener algo que ver, yo ya estaría lejos...

- La angustia no cedía y pregunté si no temían que les culpara a ellos... Me dijo que no, que aunque los culpara del robo, no había nada que lo probara, ya que las alhajas, las pruebas, nunca la encontrarían allí, ya que mi marido y yo nos las llevaríamos con nosotros... Sentí que me moría, pero no... No morí aquel día, ni el otro, ni el otro... ¡Y así fue mi vida con él!... Hoy una estafa, mañana otra. Hoy aquí, otro día allí. En más de una ocasión tuvimos que cambiarnos de casa... Cuando escribía a la Villa para hacer saber a mi madre y a mi hermana del cambio de domicilio, siempre me escudaba que él ¡era tanto lo que me amaba! que quería cada vez algo mejor para mí... Y me inventaba una hermosa casa llena de jardines y yo, con preciosos vestidos... Cuando me decían que iban a ir a verme por unos días, nos cambiamos a casa de uno de los tantos amigos de Víctor y les hacía ver que aquella casa era la mía... Esa era la casa que ellas conocieron... ¡Una casa adornada de mentiras!

- En unos de esos cambios forzosos de domicilio, es cuando pisé por primera vez la casa de vecindad donde vivía Concha con su nieta. Ella en seguida me abrió sus brazos y su corazón... A ella yo no pude ocultarle por lo que estaba pasando, de todas maneras era visible cuando me levantaba ciertas mañanas llena de moretones por no querer acceder a esa vida de engaños y mentiras... Al año de estar viviendo allí, recibí una carta de Cristina. Cuando leí el contenido de aquella carta mi mundo terminó por derrumbarse. Tú, habías regresado a la Villa...

- Tú, habías regresado y yo no era libre, era una mujer casada... Lloré hasta la extenuación. Cuando Víctor regresó en la noche, la cosa no le había salido muy bien por lo que venía que echaba chispa, me notó que tenía rastro de llanto... Me preguntó muy airado que era lo que me pasaba. Le contesté que nada de lo que él no supiera. Le oculté la verdad pero él descubrió la carta y la leyó... Comprendió el porqué de mi llanto... Partió la carta en mil pedazos por más que intenté que no lo hiciera... ¡Estaba furioso! Me dijo que él era mi marido y sólo debía tener pensamiento para él y no para otro hombre, y más sabiendo todo lo que me quería... Que cómo podía pensar en otro y que ya hacía tiempo que se suponía debía de haber salido de mi vida... Le contesté que yo a él nunca le había mentido, que nunca le podría amar y más después de la vida que me estaba dando, si no pensaba, que un día podía pasarle a él lo mismo que a Iñigo que ya llevaba un año en la cárcel... ¡Pero no! ¡Él, estaba seguro que nunca caería en manos del alguacil... Los días siguieron pasando y con ellos, sufrimiento, desazón, angustia...

- Hacía un tiempo que no recibía cartas de la Villa. Después de la última carta de Cristina donde me comunicaba tu regreso, yo les había escrito dos veces pero a ninguna tuve respuesta... Me parecía extraño que no me respondieran a ellas, pero una mañana el cartero me trajo noticias... Si para mí fue un mazazo el saber que habías vuelto a la Villa, aquello que mi hermana me escribía en esa carta rompió mi corazón en mil pedazos. En ella me comunicaba vuestra boda. En ese momento fui yo quien rompió esa carta. Aguanté las lágrimas que querían aflorar a mis ojos. ¡No, no debía de llorar! ¿Qué podía esperar? Era normal. ¡Vosotros erais libres! ¿Qué os podía censurar? Me tragué mi dolor y me dije que no me dejaría vencer por él...

- Siguieron pasando los días, las semanas, los meses y con ellos, gritos, maltratos, llantos... Volví a recibir carta de Cristina diciéndome que iba a ser madre, que estaba a punto de dar a luz. ¿Sabes Gonzalo? después de mucho tiempo me sentí feliz... ¡Iba a ser tía! Pensé, que bonito debía sentirse ser madre pero a la misma vez que lo pensaba, un frío recorrió mis venas... Yo no debía pensar en eso, yo no podía ser madre, porque un hijo mío no podía tener un padre como Víctor... Durante el tiempo que iba transcurriendo esperaba con ansias que mi hermana o mi madre me escribieran para decirme que ya era tía... A los dos meses recibí la noticia ¡Había sido niño y era precioso!... Que estabais muy orgullosos de él y que le habíais puesto de nombre Alonso, que no me habían podido escribir antes por unas cosas y otras... Tenía ganas de conocer a mi sobrino pero no se me presentaba la ocasión de comentárselo a Víctor, sabía que no iba a ser fácil que viajáramos a la Villa...

- Por fin me decidí y como esperaba me dijo que ni lo pensara, que con el pretexto de ver al niño tendría la oportunidad de verte a ti... Le dije que era un celoso enfermizo, que estaba loco si podía pensar que podía aprovechar algo que ya no existía entre tú y yo... El tiempo fue pasando cuando un día recibo la carta en la que Cristina me avisaba que mi madre se encontraba muy enferma, que ya llevaba algún tiempo pero que no había querido preocuparme pero que en las últimas semanas había empeorado, que si podía, que volviera a la Villa antes de que pasara lo peor... Sin consultarle nada a Víctor preparé lo necesario para salir cuanto ante... Cuando él llegó me preguntó extrañado que a donde iba... Le dije lo que pasaba, pero que no iba a esperar que me diera su consentimiento, que mi madre estaba mal y que me iba, que si quería acompañarme que lo hiciera, pero que si no, me iba sola...

- Me dijo que sentía lo que pasaba pero que tenía algo entre mano y no podía dejarlo... Preferí, que así fuera y esa misma tarde salí en dirección a la Villa después de casi ocho años de ausencia... Fue un viaje muy pesado y extenuado. Llegué dos días después, al atardecer... Me bajé a la entrada de la Villa. Cogí lo poco que llevaba, una cesta con lo preciso y me dirigí a vuestra casa... Conocía el barrio de San Felipe. Aunque habíamos vivido en las afuera del pueblo, aquí, nos veníamos a jugar con nuestros amigos... Enfile la calle y cuando me di cuenta me encontré con la posada de Cipri. Se me hizo un nudo en la garganta. Iba a pasar de largo, cuando escuché su voz... Me detuve y me volví, era la primera cara amiga que me encontraba después de tantos años... Me abrió sus brazos y me refugié en ellos. Fue una emoción muy grande la que sentí. Después de unos minutos le pregunté que cómo estaba la situación... Me dijo que estaba la cosa mal, que sería cuestión de horas... Aunque conocía la dirección porque no podía olvidar que allí mismo vivía Catalina con Floro, quise asegurarme y le pregunté...

- Cipri me señaló con el dedo... Me despedí de él y me dirigí hasta aquí, a tu casa... Subí con gran pesadez las escaleras y me encontré con la puerta entornada... Fui a llamar pero sin embargo la empujé y entré... Lo que creí que era la sala principal estaba en penumbra y la chimenea encendida pero con poca lumbre ¡Olía a hogar!... Me pareció escuchar hablar en la planta de arriba. Un nudo me apretó la garganta y el corazón me comenzó a palpitar con fuerza... Llamé a Cristina, casi no me salía la voz, lo hice por dos veces acercándome a la escalera que conducía a la planta de superior... Mi hermana apareció en el rellano, casi tiré la cesta y subí aprisa abrazándome a ella... Lloramos abrazadas durante un tiempo que no podría decirte, luego, me llevó hasta el cuarto donde mi madre parecía descansar... Me acerqué a ella y la besé en la frente. Cristina me dijo que estaba mal, que el doctor os había dicho que solo quedaba esperar... Que aunque estaba dormida ella le hablaba, le contaba cosas del niño...

- Sentí que me ahogaba. Me senté junto a ella y le cogí su mano pero ella no notó mi contacto. Cristina me dijo que por qué no me iba a refrescar y a descansar al cuarto de Alonso... Le dije que no, que de momento me quedaba allí. Le pregunté por el niño, me dijo que Catalina se había hecho cargo de él para quitarlo de allí, que no eran momentos adecuados para un niño tan pequeño... No pregunté por ti pero me imaginaba que todavía estarías en tu escuela... En la escuela que abriste cuando regresaste después de esos años tan lejos de aquí... Como era natural, mi hermana me preguntó por Víctor y como era que había llegado sola. Le mentí como siempre... Le dije que era un hombre muy ocupado y que no podía dejar el negocio en esos días por lo que yo me había decidido a viajar sola... En ese momento escuché que alguien subía por la escalera y miré a Cristina. Ella me afirmó con la cabeza. Tú apareciste en el umbral de la puerta... Te quedaste clavado en ella... Supe leer en tu mirada Gonzalo y hubiera querido que el suelo se hubiera abierto bajo mis pies...

Gonzalo que se había mantenido en silencio y conmocionado por todo lo que estaba escuchando de la mujer amada, en aquel instante, sintió una gran desazón al escuchar de ella aquella parte de sus recuerdos al volver de nuevo a la Villa, y él mismo, fue rememorando paso a paso el momento que pisó el umbral de la puerta de su casa y todo lo que aconteció en las siguientes horas...

Continuara...
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Glauka



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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Miér Mayo 18, 2016 8:17 pm

Mari Carmen, aqui estoy poquito a poco leyéndome tu historia....me queda la parte final....miedito me esta dando esa Lucre en modo Revenge affraid affraid affraid
Gracias guapa kissing
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chiribitas

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Jue Mayo 19, 2016 2:05 pm

Guau, Mari Carmen... impresionante...

_________________


Este Jamie no se mueve, pero, ¡cómo me mira...! blush-anim-cl
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Mayo 21, 2016 2:48 am

Glauka,Chiribitas hola!!! Very Happy Pues si, a Lucrecia siempre habrá que temerle, con ella, no se puede bajar la guardia Evil or Very Mad  Las gracias, a vosotras kissing kissing

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.8



La vuelta a la Villa.

Gonzalo había traspasado el umbral de la puerta de su casa y al ver una cesta con ciertas pertenencias al pie de la escalera se quedó inmóvil en el centro de la estancia. Sabía que iba a llegar, sabía que tarde o temprano tenía que regresar a la Villa, sabía que no iba a dejar morir a su madre sin verla por última vez pero el intuir que estaba allí, porque su corazón le decía que aquella cesta le pertenecía a ella, sintió una gran punzada dentro de él y el rencor afloró minando su ser. No debía, no era momentos de rencores. Era momentos de estar unidos por las circunstancias que se presentaba y se odió así mismo por sentir en aquel momento ese resentimiento hacia ella. Tomó la cesta que estaba en el suelo y la colocó encima de una silla. Luego, tomando aire se dispuso a subir la escalera que conducía a la buhardilla. Se detuvo por un instante antes de llegar a la habitación donde agonizaba María.

Cuando llegó al umbral se quedó sin dar un paso adelante. Margarita tenía la mirada fija en él, parecía que esperaba su presencia. Todo pasó con una velocidad vertiginosa por delante de sus ojos. Ya no era la niña que dejó al pie de la laguna aquella tarde, llorando por él, pidiéndole que se marchara y que nunca, lo dejaría de amar. Aquella Margarita que en aquel momento tenía enfrente, se había convertido en toda una mujer y más hermosa aún si cabía, sólo el brillo de sus ojos había cambiado. Ya no tenían la alegría de antaño.

La joven a su vez, no dejaba de quitarle la mirada de encima, pero en los ojos color miel de él ya no había esa dulzura al mirarla de entonces, sólo apreció rencor. Sintió un gran dolor dentro de ella. Ya no era el muchacho que arrebatado se retó en duelo aquella mañana en la laguna y que ella misma incitó a que huyera, ahora, se encontraba frente a un hombre en toda su plenitud y de una belleza poco común. Parecía mucho más alto, tenía el cabello algo más corto, en cambio, su bigote y su barba algo más poblado. Todo pasó en un instante, ni siquiera Cristina se percató que por un momento el tiempo se detuvo para ellos.

- Mi amor, ya estás aquí... – Cristina se acercó a su esposo y lo besó en la mejilla - ¿Has visto a quien tenemos aquí?
- Sí, claro... ¿Cómo estás Margarita? – su voz sonó forzada pero se acercó a ella.
Margarita se había puesto de pie pero sus piernas parecían no querer sostenerla. Gonzalo había llegado a su altura y le tendía la mano. La joven, le entregó la suya y sintió el leve roce de la de él entre sus temblorosos dedos.
- Bien... Estoy bien... - apenas le salió la voz del cuerpo.
- Le he dicho que descanse un poco, el viaje ha sido muy largo y tampoco sabemos lo que se puede alargar todo esto - dijo Cristina agarrándose al brazo de su marido.
- Tu hermana tiene razón, mejor será que descanses porque pueden quedar horas muy largas.
- Quizá... quizá tengáis razón. Mejor me voy y descanso un poco – necesita quitarse de la vista de su cuñado, no quería apreciar la mirada de él. Miró a su hermana - ¿Me dices dónde se encuentra la habitación de Alonso?

- Claro Margarita, anda vamos, verás que cuando descanses te sentirás mucho mejor. Te voy a preparar agua para que te asees y te voy a preparar una tisana, eso te ayudará a dormir más relajada - la había tomado por los hombros mientras hablaba y salieron de la habitación.

Bajaron la escalera llegando a la sala principal, Margarita cogió su cesta de la silla, comprendió que Gonzalo la había puesto allí, y con ella en su mano, acompañó a su hermana que la llevó hasta la habitación del pequeño Alonso.

- Esa de ahí es mi alcoba, como verás está al lado de la de Alonso, así lo controlamos, es muy pequeño aún y a veces tenemos que levantarnos más de una vez en la noche porque se despierta asustado, y allí tienes el establo – dijo señalando con el dedo.
- Bueno, ya mañana te enseñaré el resto de la casa... Anda entra, acomódate como si estuvieras en la tuya, bueno, eso no... En esta casa no encontrarás las comodidades a la que estás acostumbrada.

Margarita sintió una gran congoja al escuchar las palabras de Cristina. ¡Su casa! Si su hermana supiera... Puso la cesta en la cama y fue sacando sus pertenencias dejándolas en una silla. Dejó el capazo en un rincón del cuarto y se sentó en la cama mientras Cristina había ido a prepararle el agua. Recorrió su mirada por aquel cuarto. Dentro de su tristeza sonrío. La habitación aunque sobria y de muebles austeros, tenía el toque infantil. Había un caballo de madera que era un balancín, algunos juguetes pequeños esparcidos por el suelo, cómo un muñeco de trapo, unos cubos que pertenecían a un rompecabezas y que estaban pintados con colores muy alegres... Sabía que todo aquello lo había hecho Gonzalo. Sus pensamientos quedaron interrumpidos por la llegada de Cristina portando un balde de agua tibia, una palangana, jabón y unas toallas.

- Aunque hace calor te la he calentado un poco, eso te relajará y mientras te aseas voy a prepararte la tisana... Esta palangana es un poco más grande ¿Necesitas algo de ropa?
- Gracias, pero no. Creo que he traído lo necesario pero si quisiera algo, tengo la boca seca, casi mastico el polvo del camino... ¿Sigues haciendo las infusiones para los enjuagues?
- ¡Si claro! Bueno, ahora no soy yo las que los hago, de eso se encarga Gonzalo pero lo hace de menta y salvia, quizá no te parezca tan suave como la manzanilla, y aunque la menta al principio te puede resultar algo fuerte, luego notarás que te deja la boca mucho más fresca, ahora te lo traigo. Aunque no hay pestillo por dentro por temor a que Alonso se pueda quedar encerrado, puedes estar tranquila que nadie irrumpirá en la habitación.

Margarita asintió con la cabeza y cuando su hermana salió cerrando la puerta, procedió a desnudar su cuerpo extenuado y echando agua en la palangana accedió a su aseo. Lo deseaba con ganas, no sólo como un alivio a su cuerpo sino también a su alma mortificada.




Cuando Gonzalo se quedó solo, se sentó en el mismo asiento que Margarita había dejado. No dejaba de pensar en ella. Su mente quería desechar el rencor en aquellos momentos pero su corazón le decía lo contrario. Los recuerdos vinieron a su mente. Nunca olvidaría encontrarse a su vuelta a sus padres muertos y ella, Margarita, fue la causante de ello. Escondió la cabeza entre sus manos y un sollozo salió de su garganta. Solo fue un momento, un momento donde dejó fluir la amargura que le embargaba al volverla a ver después de tantos años. Se pasó la mano por su cara y puso su mirada en el rostro de María. Le pasó una mano por la frente echándole un mechón de cabello para atrás. Sentía una gran tristeza al verla así, apagándose poco a poco. Percibió un roce en la puerta. Levantó su mirada y vio que Cristina lo estaba observando.

- ¿Se ha movido? – lo preguntó mientras se acercaba a él.
Gonzalo le apretó la mano que ella había puesto sobre su hombro y negó con la cabeza
- No, no se ha movido... Se está yendo Cristina – se había levantado y la atrajo hacia él meciéndola sobre su pecho.
- Lo sé Gonzalo... Sé que mi madre se nos va, no creo que pase de esta noche - se apartó de su marido y lo miró a los ojos – Gonzalo, quiero pedirte algo...
Gonzalo la apretó contra su pecho y cerró los ojos, sabía de ante mano lo que iba a pedirle – Dime, ¿qué quieres de mí?
- Lo sabes Gonzalo... Quiero que dejes por estos momentos tus rencores atrás. No quiero que Margarita se sienta violentada... Aunque siempre le echaste la culpa de todo, ella no fue culpable de nada, nadie pudo impedir la muerte de ellos...

Gonzalo la apartó con suavidad – Cristina, ya hemos hablado de eso y ya dejamos zanjado el tema, y si lo que quieres de mí es que sea amable con ella, lo siento pero no podría...
- Gonzalo, a veces no te comprendo... Eres un hombre justo, lo veo en el día a día... Veo como intentas ayudar con tus palabras el desaliento de los demás, como les haces ver que el odio no conduce a nada, ¡sin embargo no te lo aplicas a ti!... Viene sola Gonzalo y aquí sólo nos tiene a nosotros, creo que no te pido mucho...

Gonzalo percibió en él, el dolor de su esposa a través de sus palabras. Ella fue a retirarse de su lado para dirigirse a la puerta pero él la retuvo – Espera, no te vayas - le pasó la mano por debajo del ondulado cabello acariciando su nuca – Lo intentaré mi amor, lo intentaré...




Margarita había terminado de asearse y estaba recogiendo sus ropas cuando escuchó unos toques en la puerta y ésta se abrió dando paso a Cristina.

- Ya veo que has terminado... Aquí te traigo la infusión y estas hojas frescas de salvia, con ellas te puedes frotar los dientes. Es más cómodo que usar el lienzo para ellos, verás que suave te quedan.

Mientras Margarita se refrescaba la boca, Cristina se sentó en la cama a que terminara. Cuando la joven acabó, Cristina cariñosamente le quitó un trocito de hoja que se le había quedado adherida la altura del labio superior. Le sonrío - Ahora te acuestas que te traigo en seguida la tisana – mientras hablaba le había destapado la cama.
- Déjame que te recoja todo esto Cristina.
- No hace falta Margarita, ponme las ropas en la palangana que yo me las llevo al patio que ya se lavarán... Ahora traigo una algofifa y limpio el suelo de agua – se quedó mirando a su hermana – ¡Qué camisón tan bonito! ¿Te lo has hecho tú?

Margarita afirmó con la cabeza – Si, sabes que suelo hacerme la ropa, eso me distrae...
- Madre siempre dijo que tú si servías para coser, en cambio yo, sólo me defiendo...
Cristina se había puesto la palangana con las ropas en el cuadril y con la mano libre cogió el balde del agua – A acostarse se ha dicho y ahora regreso.



- ¿Tanto es lo que me odia? – ella misma se sorprendió de la pregunta.
Cristina que estaba a punto de salir de la habitación se detuvo en seco. Se volvió lentamente hacia su hermana. Dejando de nuevo la palangana encima del mueble y el balde en el suelo, se acercó a Margarita abrazándola con fuerza - ¡Cariño, no! No pienses en eso. Él no te odia ¡claro que no!... – mientras lo decía cerró con abatimiento sus hermosos ojos pardos.
- No mientas Cristina ¡Lo he visto en sus ojos! – Margarita se apartó de su hermana y se sentó en la cama – ¡No me extraña que él me crea culpable y me odie por ello!... Cuando yo misma llevo sobre mis espalda esa culpabilidad y no puedo desprenderme de ella.

Cristina se arrodilló tomando las manos de su hermana – ¡No Margarita! Aquello pasó y nadie pudo hacer nada... No lleves sobre ti ese peso, ya han pasado muchos años de eso y debes olvidar...
- Acaso ¿lo va a olvidar él? ¡No Cristina!... Gonzalo nunca me va a perdonar lo que pasó y siempre me creerá culpable de todo.
Cristina se levantó e incitó a su hermana a que se acostara – Anda, acuéstate y descansas, cuando duermas un poco verás las cosas de otra manera... El cansancio hace que te ofusques y pienses cosas que no son.

Cubrió sólo con la sábana las piernas de la muchacha ya que hacía calor y se fue a la ventana dejándola abierta del todo. Ya el sol se había escondido y la noche estaba al caer.

- Ahora vuelvo – le sonrío y cogiendo todo lo que soltó salió de la habitación.

La sonrisa de Cristina desapareció nada más salir del cuarto. Se había dado cuenta ¡Su hermana se había dado cuenta del rencor de Gonzalo hacia ella! Dejó en el patio la palangana en el lavadero y el agua del balde la arrojó sobre el suelo. Luego, entró en la sala y se dirigió a la cocina poniendo un cazo de barro con agua en la lumbre. Cuando ésta comenzó a hervir echó unas hierbas y dejó que cociera un poco. No se percató que su marido no dejaba de observarla. Él se acercó por detrás rodeándola con sus fuertes brazos.

- ¿Se puede saber qué te pasa? y no me digas que nada porque este ceño fruncido es de que algo te ronda por la cabecita y no es precisamente agradable ¿Me equivoco?
Cristina se desprendió de sus brazos y apartó el cazo colando el líquido en un tazón. Gonzalo la veía hacer y esperaba que ella le dijera algo. Sin levantar la mirada, Cristina le comentó su pesar - Se ha dado cuenta Gonzalo. Mi hermana sabe que le guardas rencor, lo ha leído en tus ojos.
Gonzalo fue quien esta vez frunció el ceño – ¡Vaya! ¡No sabía que tu hermana tuviera tan buena apreciación!

Por la forma de decirlo, Cristina notó cierta ironía en sus palabras - Gonzalo, no seas sarcástico, no te va, además tú mejor que nadie conociste a Margarita y sabes que tiene un sexto sentido para apreciar las cosas.
- Puede que tenga un sexto sentido para apreciar las cosas pero te equivocas al decir que yo mejor que nadie conocí a tu hermana... ¡No Cristina! ¡Nunca conocí a Margarita!
La joven había cogido el plato donde llevaba el tazón y al pasar por delante de su esposo se dejó caer - No es Gonzalo de Montalvo el que habla, ¡sino ese maldito resentimiento que llevas dentro de ti!

Gonzalo fue a decir algo pero nada salió de sus labios. La vio dirigirse al cuarto de Alonso. Se pasó con cierta desesperación y rabia la mano por el castaño cabello.

Cristina entró en la habitación que ya estaba en la más completa penumbra. Depositó el tazón en la mesita y se fue a una repisa cogiendo una palmatoria, salió de la habitación y no tardó en volver con ella encendida. La dejó en la pequeña mesita escritorio y se fue a la cama. Margarita tenía los ojos cerrados y parecía dormir.

Cristina la tocó con suavidad uno de sus brazos – Margarita, anda tómate esto y descansarás mejor. La muchacha abrió los ojos y se incorporó tomando la taza que su hermana le tendía. Bebió el líquido a sorbo y luego le entregó el tazón a Cristina que no dejaba de acariciarle el cabello.
- Siempre me gustó tu cabello... Estos rizos me traían de cabeza cuando me decías que te lo peinara. Hace calor ¿por qué no te  recoges el pelo?
- Sí, mejor sería – se terminó de sentar en la cama y fue trenzando su larga y rizada cabellera – Prométeme que si madre se despertara o hubiera algún cambió me avisarás...
- Claro Margarita ¿cómo no voy avisarte?... Ahora, intentas descansar.

Margarita se tendió en el lecho y buscó postura. Cristina se inclinó y besó la mejilla de su hermana. Salió del cuarto cerrando la hoja de madera.

Acababa de salir cuando llamaron a la puerta de la calle. Gonzalo dejó el libro que estaba leyendo y fue a abrir. Era Catalina con los niños. Alonso venía en brazos de ella. Era un pequeño de unos tres años poco más, rubio y cabello en media melenita. Venía llorando, cuando vio a su padre le echó los brazos. Gonzalo lo cogió y el pequeño apoyó la cabeza en su hombro.

- ¡Pero bueno! ¿qué ha pasado? – lo preguntó en tono cariñoso e hizo señal a Cata a que pasara al interior.
- Estos dos que se han peleao ¡Hay que ver la que arman cuando uno quiere lo que tiene el otro! – Catalina tiraba de Murillo que no quería entrar.
Cristina se había acercado a ellos, extendió los brazos a su hijo y éste no titubeó en irse con su madre – Mami, Murillo no me quiere dejar el carro.

- Bueno Alonso, pero eso no es para que os peleéis. Sois amiguitos y los amigos no se pelean y menos se pegan, porque os habéis pegado ¿verdad? - Cristina se había sentado con su hijo en su regazo y a la misma vez que le hablaba le limpiaba la nariz y los churretes de la cara, a lo que el pequeño se rebelaba.
- ¡Vamos que si no llego yo a tiempo tu hijo le arranca a mi Murillo los rizos!
Al alzar la voz Catalina, Cristina le llamó la atención – Sssssh, Cata, baja la voz que hay alguien durmiendo – dijo señalando la habitación de Alonso.
- ¿Tenéis visita? - ante el silencio de los dos esposos Catalina adivinó - ¿No me digáis qué...?

Cristina no la dejó terminar – Si Cata, mi hermana está aquí y te pido por favor que el tiempo que ella se vea obligada a quedarse, que no le des la espalda. Siempre fuisteis buenas amigas, sin embargo cuando nos marchamos a Sevilla ni siquiera te despediste de ella.
- Cristina, sabes que pasaron cosas.
- Sé las cosas que pasaron Cata pero todos fuisteis muy injusto con ella. A nadie dije nunca nada pero ante la presencia de mi hermana en mi casa por la circunstancia que ya sabemos, no puedo dejar de decir lo que pienso - mientras hablaba, le ponía al pequeño las zapatillas, ya que había llegado descalzo.

- Por mí no te preocupes, que ya intentaré que la estancia de tu hermana aquí por mi parte no verá alterada, pero dime, si ella va a ocupar la habitación del niño...
- El niño se acuesta con nosotros... De todas maneras en estos últimos días uno de los dos se queda velando a mi madre, así que con eso no hay problema.

Mientras los mayores hablaban, el pequeño Alonso se había escurrido de los brazos de su madre y junto a Murillo se fueron al patio a jugar aunque ya la noche había caído. La tenue luz de una vela en un fanal alumbraba el patio.

Catalina preguntó por María - ¿Cómo ves esta tarde a tu madre?
- No sé Cata que decirte. Hoy no ha abierto los ojos para nada, ni siquiera se ha enterado que Margarita está en la casa, ayer por lo menos los mantuvo abiertos casi todo el día aunque hablar, habló bien poco... Ya me dijo don Jeremías que se encuentra en muy mal estado...Hace ya tanto tiempo que padece de su corazón, que no sé cómo está aguantando tanto...
- ¿Y no crees conveniente llamar al médico?
- Ayer cuando vino a verla me dijo que sólo era cuestión de tiempo. Sólo nos queda esperar Cata, sólo eso.

En el patio los dos pequeños jugaban con una carreta tirando de una cuerda, una parecida por la que se habían peleado en la casa de Catalina.
- ¿Jugamos a los rompecabezas y hacemos una torre con los cubos? –preguntó Murillo. Era un chico de la edad más o menos que Alonso, rubio también pero con el cabello lleno de rizos, se veía algo más tranquilo que su amiguito.
- Vale, voy a por los cubos.

Alonso, se dirigió a su habitación sin que ninguno de los mayores se percatara. Se empinó para coger la manilla de la puerta y poder abrirla, cuando lo consiguió entró en su cuarto pero se quedó parado y algo confuso cuando vio que alguien dormía en su cama. Frunció el ceño de la misma forma que lo hacía su padre, estuvo por salir corriendo pero la curiosidad pudo más que el temor y sigiloso a la vez, se acercó al lecho. De forma instintiva se acodó con cuidado en la cama y observó a la joven que parecía dormir plácidamente.

Sonrío algo nervioso, le pareció una niña grande pero en su mente infantil se preguntaba quién sería aquella niña que dormía en su cama. Alargó su manita y con sus deditos acarició los negros rizos que se desperdigaban por la almohada, ya que el cabello se había destrenzado en parte. La boquita del pequeño volvió a sonreír, de pronto se asustó. Aquella niña se había movido y sin pensarlo salió corriendo de la habitación todo azarado y llamando a su madre.

- ¡Mami! ¡mami! ¡mami!

Al escuchar la voz del pequeño algo alterada Cristina y Gonzalo les salieron al paso. Alonso se refugió entre las faldas de su madre.
- Alonso ¿qué tienes hijo?- preguntó Gonzalo algo preocupado.
- ¡Mami, la he visto! ¡la he visto!
- Vamos a ver Alonso, ¿a quién has visto? - Cristina se había arrodillado y miraba a su hijo intentando saber.
- ¡A la niña! ¡a la niña grande! ¡La que está!... ¡La que está en mi cama dormida!

Cristina, al igual que su marido dirigieron sus miradas hacia el dormitorio del pequeño. Al ver la puerta abierta comprendieron. Fue Cristina la que habló sonriendo – Alonso, mi niño, esa niña grande como tú dices es tía Margarita... ¿Entiendes? ¡Es la tía que está aquí! ¡En casa!... Ha venido a pasar unos días con nosotros y a conocerte a ti cariño.
El pequeño miraba incrédulo a su madre - ¿La que... la que me escribe cuentos? – lo preguntó con su sonrisa abierta y sus ojitos asombrados por la sorpresa.
- Si cariño, quien te escribe cuentos a través de las cartas que nos envía pero ahora está dormida y no puedes hablar con ella, pero en cuanto despierte lo podrás hacer ¿vale?
- ¡Vale mamá! - Alonso asintió a la misma vez con su cabecita.

Gonzalo se mantenía callado y con el ceño fruncido. Alonso había salido corriendo para el patio y se sentó en el poyete al lado de Murillo que estaba arrancado tierra del suelo y echándola en el carrito.
- ¿Sabes Murillo? ¡Tía Margarita está aquí! - el crió no podía dejar de demostrar su alegría.
Murillo se encogió de hombro. Para él, esa persona a la que se refería su amiguito no le decía nada, no la conocía. A pesar de ser tan pequeño, Alonso apreció el gesto de su amiguito y vecino - ¡Ella es la que me manda los cuentos! Es la hermana de mi mamá.

Gonzalo, apoyado en el marco de la puerta que daba acceso al patio y con los brazos cruzados sobre el pecho escuchaba a su hijo. El frunce de su ceño no había desaparecido.

Catalina creyó conveniente marcharse – Cristina cariño, yo me voy. Tengo que preparar la cena, cualquier cosa ya sabes... Me llamas sin importar la hora.
Cristina asintió y Cata le dio una voz a su hijo - ¡Murillo que nos vamos y no me hagas repetirlo!




Gonzalo acababa de bajar de ver a María. Cristina estaba recogiendo los platos de la cena y Alonso jugando en el suelo con los cubos del rompecabezas. La joven esperó que su marido se acercara a ella. Buscó su mirada.

Gonzalo la estrecho entre sus brazos - Tiene el pulso muy débil Cristina, debes ser fuerte... No creo que tu madre pase de esta noche.
Ella asintió apretándose con más fuerza contra él – Quiero serlo Gonzalo... Ya llevo tiempo asumiendo esto pero no sé mi hermana... Ella prácticamente se acaba de enterar y será un golpe muy duro.
- Tendrá que saber asumirlo... A todos de alguna manera, antes o después pasamos por lo mismo, al menos ella, estará al pie de su madre... ¡Yo no pude estar al lado de los míos cuando les vino la muerte de esa forma tan cruel!... – lo dijo con rencor, con rabia.
Cristina, se apartó dolida al escucharlo - ¡Por Dios Gonzalo! ¿Ni siquiera en estos momentos?... Me prometiste que lo ibas a intentar ¡y ya ves!

Gonzalo se la quedó mirando – No te lo prometí, sólo te dije que lo iba a intentar...
- ¡Pues inténtalo! ¡Procúralo al menos por mí! – su voz se quebró.
Gonzalo la tomó de nuevo en sus brazos – ¡Perdóname Cristina! No debí hablar así, perdóname mi amor... Lo voy a intentar... ¡Lo voy a intentar de verdad! y esta vez, esta vez te lo prometo. Créeme cariño - le acaricio el rostro con sus manos y depositó un dulce beso en sus cálidos labios.
Ella apoyó su cabeza en su hombro – No me pongas estas horas más difícil de lo que ya serán Gonzalo... No lo resistiría.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Mayo 21, 2016 9:48 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.9

Gonzalo la apretó contra él cerrando sus ojos. Cristina no pudo percibir que unas lágrimas furtivas se escapaban de los ojos de su marido. Tragando saliva y recuperando su compostura, Gonzalo la apartó con dulzura - ¿Tu hermana no va a cenar nada?
- No quiero despertarla, creo que el sueño le vendrá mejor que un plato de sopa... Al que le voy a dar su vaso de leche para que ya se acueste es a tu hijo. Fíjate, el sueño que tiene.

Gonzalo dirigió su mirada hacia Alonso comprobando que su mujer llevaba razón. El pequeño se restregaba los ojitos con sus manos y bostezaba sin cesar.
- Anda, prepárale la leche mientras yo voy por la camisola – mientras lo decía, Cristina se dirigió a la habitación de su hijo.

Sin hacer el menor ruido para no despertar a Margarita, cogió algunas ropas de Alonso y salió con el mismo sigilo que entró. Se fue en busca del pequeño e hizo que se levantara del suelo - ¡Venga Alonso! Ya es hora de dormir – se lo llevó hasta una silla y lo subió a ella. Lo desnudó poniéndole la ropa de dormir pero Alonso no estaba por la labor.
– Todavía no mamá.
- ¿Cómo que no? Ya es muy tarde para ti. Alonso dame la manita para meterte la manga, así... y ahora mi niño se va a tomar su leche para ponerse ¡grande! ¡grande!

- ¡Leche no! - lo dijo moviendo la cabeza de un lado a otro.
- Leche si y sin rechistar – su padre se había acercado portando un vaso de barro con leche tibia azucarada.
- ¡Qué no quiero! – casi se lo gritó a su padre.
- Alonso, no vayamos a empezar ¿Es qué todas las noches, sino es por una cosa u otra te tienes que acostar con un aperreo?



- No papá, esta noche mi niño va a ser bueno y se va a tomar la leche enterita ¿Verdad que si cariño? – Cristina quería evitar el “enfrentamiento” que casi todas las noches tenían padre e hijo.
Alonso se había sentado en la silla y luego se resbaló hasta quedar de pie en el suelo - Voy a ver a la abuela María mami.
Hizo ademán de salir corriendo pero Gonzalo lo cogió por el cuellecito de la camisola - ¿A dónde vas tabardillo? La abuela está dormida.
- ¡¡Uff!! Siempre está dormida... ¿Por qué no puedo subir?
- No puedes Alonso, la abuela necesita descansar. Está, está algo enfermita.

- Pero vosotros, si subís - miró a su padre al decirlo. Para un niño de su edad era imposible comprender porque los mayores hacían cosas que a ellos no se les permitían.
Cristina lo volvió a sentar y le dio a tomar el vaso de leche – Venga, poquito a poco...
Alonso fue tomando la leche mientras su madre sostenía el vaso. Alonso en un momento con su manita apartó el vaso – Pero a tía Margarita si puedo ir a verla ¿verdad mami? - al preguntar buscó los ojos de su madre.
- Cariño, la tía también está dormida... Ha sido un viaje muy largo y debe descansar, ya mañana podrás hablar con ella.
- ¡Pero yo quiero verla ahora!... – frunció su ceño cruzando sus bracitos sobre su pecho en un gesto muy habitual en su padre.
- Alonso, no empecemos otra vez... Hoy no puedes ver a tu tía ¡y ya está todo dicho!

Ante la negativa y firmeza de su padre el pequeño no pudo reprimir un puchero y sus ojitos se llenaron de lágrimas. Cristina dejó el vaso encima de la mesa y cogiéndolo en brazos lo sentó en su regazo apretándolo contra ella – Ya mi vida, no me llores. Mira, estás que te caes de sueño, cierra tus ojitos y verá que pronto viene la mañana, entonces podrás ver a tu tía y ella te contará esos cuentos tan bonitos que te manda en sus cartas.

Alonso se acurrucó entre los brazos de su madre escondiendo su carita en el pecho de ella, quería evitar mirar a su padre. Gonzalo se había sentado con cara de enfado y cogiendo el libro que tenía en la mesa procedió a leer o hacer el que leía. No pasado mucho tiempo Cristina lo llamó en voz baja. Alonso se había quedado dormido. Gonzalo se levantó y cogiendo con mucho cuidado al pequeño para que no se despertara se dirigió a su alcoba seguido de su esposa. Cristina destapó la cama y Gonzalo tendió al pequeño en ella. Le cubrió sólo las piernecitas con la sábana y después de poner un beso en su frente los dos salieron de la alcoba entornando la puerta.




Gonzalo entró en la habitación. Cristina sentada junto a la cama donde reposaba su madre daba algunas cabezadas. Sintió una gran ternura al verla así. Estaba tan hermosa... Tenía el camisón de dormir puesto y el cabello recogido atrás con un lazo blanco. Se acercó a la mesita y cambió la vela, la otra se había extinguido en su totalidad. Luego le puso las manos en los hombros a su mujer e inclinándose le habló bajito.

– Cristina, anda, vete a la cama y descansas. Yo me quedo...
La joven se espabiló al escuchar su voz – No... no Gonzalo... Si... si estoy bien...
- No, no puedes estar bien. Estás incómoda y sería conveniente que te echaras, yo voy a estar pendiente. Me he subido unos libros.
La verdad, es que le dolía el cuello. Se pasó la mano por él – Bueno, sólo un rato, que tú tienes que abrir temprano una escuela.
Fue a levantarse pero antes rozó con su mano la de su madre, se inquietó - Gonzalo, mi madre ha movido su mano.

Gonzalo se inclinó sobre María y cogiéndole unas de sus manos le habló – María, María ¿me escucha usted?... Ande, abra los ojos.
La mujer pareció escucharlo y con mucho trabajo abrió sus ojos ya sin brillo alguno – Gon... Gon... zalo.
Gonzalo miró a Cristina, luego volvió su mirada al rostro de su suegra que estaba muy pálido - ¿Cómo... Cómo se encuentra?
- Me... me siento... muy... muy cansada y tengo... tengo dolor aquí...– apenas pudo levantar su mano para posarla en su pecho.
Cristina sintió una gran congoja - ¿Avisamos al médico Gonzalo?
Su marido se incorporó – Creo que será lo mejor... Voy a por él, tú tranquila ¿vale?




Margarita abrió los ojos con dificultad. Al principio se sintió desorientada, luego recordó. Estaba en casa de Cristina. La habitación estaba a oscura, la vela que su hermana le dejó se había extinguido en su totalidad. No sabía qué tiempo había dormido pero por el dolor de cabeza que tenía pensaba que sí, que tenía que haber dormido varias horas. Fue a incorporarse cuando escucho llorar a un niño. Sólo podía ser Alonso, su sobrino. Se levantó a prisa pero con cuidado ya que no veía nada. Calzándose las zapatillas en chancla y palpando entre sus ropas que había dejado en una silla, consiguió dar con un chal de verano que se echó encima de sus hombros saliendo de la habitación. El llanto venía de la habitación contigua, de la alcoba de matrimonio. La puerta estaba entrecerrada y la empujó con cierto cuidado. La luz de una vela en la mesa escritorio alumbraba tenuemente aquella alcoba.

El pequeño aunque dormido lloraba sin consuelo, estaba solo en la cama. Se acercó presurosa y se sentó en el lecho atrayendo al pequeño a sus brazos.
– Sssssh, ya, ya, Sssssh, ya pasó cariño, ya...– mientras le susurraba, lo mecía apretándolo contra su pecho y le besaba el rubio y lacio cabello. Sentía una sensación extraña pero hermosa al tenerlo allí, con ella.

Gonzalo entraba en su casa en ese preciso momento seguido del médico. Al entrar le pareció escuchar a Alonso llorar – Doctor suba usted, me ha aparecido escuchar a mi hijo llorar y...
- Ve Gonzalo, ve y atiende a tu hijo. Ya subo yo...
Don Jeremías comenzó a subir la escalera y Gonzalo presuroso se dirigió a su alcoba. La vio por completo abierta y pensó que Cristina estaba con el niño. Fue a entrar y se detuvo en seco, instintivamente retrocedió un paso atrás. No era Cristina quien estaba con Alonso. Lo que veía era como una alucinación. Margarita, sentada en la cama tenía a su hijo en su regazo y lo acunaba con sus brazos susurrándole bajito para calmar su llanto. No supo por qué, pero en aquel momento sintió que un ahogo le subía a la garganta.



Era una hermosa estampa la que contemplaba. Para un pintor hubiera sido su mejor obra. ¡Qué hermosa estaba! Siempre lo había sido pero ahora era ya una mujer, una mujer bellísima y que en aquel momento mostraba todo sus encantos sin siquiera saberlo. El cabello destrenzado le caía casi en una cascada rizada sobre una parte de su pechera, donde a través del blanco camisón que llevaba puesto se traslucía la turgencia de sus senos sin ser nada exuberantes. El camisón, al no ser largo del todo, dejaba ver unas piernas morenas y bien formadas, los brazos desnudos acunaban a su hijo en un vaivén que parecía producirle una sensación de vértigo. Gonzalo echó de nuevo un paso atrás y se apoyó en la pared pasándose la mano por la cara y por el cabello. ¿Pero qué le estaba pasando? ¿Qué estaba ocurriendo con él? ¿Por qué se había quedado parado observándola de aquella forma? No quería respuestas. Respiró profundamente y sin más entró en la alcoba.

Margarita al percibir que alguien entraba levantó el rostro. Se azoró bastante al ver que era su cuñado – Perdón... perdón por estar aquí... Es, es  que escuché al niño...
Gonzalo la interrumpió cogiendo a su hijo de los brazos de ella – No tienes que decir nada, el médico está arriba... Tu madre despertó y hemos visto conveniente de llamarlo - mientras le hablaba, intentó no mirarla a los ojos.

La muchacha se levantó a toda prisa y cogiendo el chal que lo tenía sobre la cama, salió corriendo subiendo la escalera hasta el cuarto de su madre. Gonzalo todavía con Alonso en brazos, el cual ya se había calmado, levantó la cabeza cerrando sus ojos. Luego volvió a tender al niño en el lecho y se dejó caer en la cama cubriéndose el rostro entre las manos.




Margarita llegó en el momento en que don Jeremías terminaba de auscultar a su madre. Se acercó a Cristina toda angustiada cogiendo las manos de su hermana. Ésta se las apretó con cariño. El médico se volvió, al ver a Margarita le sonrío con cierta tristeza.

– Muchacha ¡cuánto tiempo! pero siento de veras volverte a ver en estas circunstancias.
- ¿Cómo ve a nuestra madre? – fue Cristina quien preguntó.
El médico le hizo señas y la joven desprendiéndose de las manos de su hermana fue a donde estaba el hombre guardando en su maletín el estetoscopio.
- Qué pasa doctor?- lo preguntó en voz baja y con la angustia atenazándole la garganta.
- Cristina, el momento ha llegado. Quizá os de tiempo de despediros de ella, yo no puedo hacer más, sólo queda en manos de Dios, me quedaré hasta que ocurra... Espero en la sala, sed fuerte – el médico le apretó el brazo y cogiendo el maletín salió cabizbajo de la habitación.

Margarita se había arrodillado ante la cama cogiendo una de las manos de su madre – Madre, soy yo, Margarita... He... he venido a verte... Ábreme los ojos por favor... Sé, se que te vas a pones bien, ya... ya verás... Háblame, necesito escucharte... Necesito escuchar tu voz y que tú... y que tú me escuches a mí.... – apena podía hablar. Sintió las manos de Cristina en sus hombros.
- Hermana, tenemos que ser fuerte... Madre se nos va...

Margarita no quería escuchar a su hermana, ella seguía hablándole a su madre. Seguía acariciando su mano y susurrándole al oído palabras de cariño. La mano de María pareció buscar la de su hija, la joven se la apretó con fuerza. María con un gran esfuerzo abrió sus opacos ojos buscando la procedencia de la voz que le hablaba – No... no te veo pero sé... Sé que eres mi... mi Mar... garita... Mi pequeña... Mar...
- Si madre, soy yo y... y estoy aquí contigo – la muchacha intentaba aguantar las lágrimas. No debía llorar, delante de ella no.

Gonzalo acababa de entrar, Cristina se abrazó a él ahogando contra su pecho los sollozos que se agolpaban en su garganta. Él, invadido por la emoción le acariciaba el cabello – Llora mi amor, esto tenía que llegar, llora...

Margarita seguía hablándole a su madre y seguía teniendo su mano entre las suyas. Los ojos de María se habían cerrado y tampoco intentaba por querer hablar. Gonzalo apreció esto y apartando a su esposa se acercó a la cama e inclinándose sobre su suegra, le puso los dos dedos en el cuello comprobando que no tenía latidos. Cristina notó el pesar del rostro de su marido y rompió en sollozos. Gonzalo salió aprisa de la habitación y sin bajar, desde la escalera llamó al médico. Éste en cuanto subió, sacó un espejito y lo colocó a la altura de los labios entre abiertos de María, confirmando lo que Gonzalo ya había percibido. María acababa de fallecer.

El médico salió en silencio de la habitación, Gonzalo de nuevo abrazó a su esposa consolándola en su dolor que era el suyo. Él, había querido a María, ella con Cristina le ayudó a salir adelante cuando el mundo se le vino encima al volver a la Villa. Ella había sido una buena madre para él en todos los aspectos.

Margarita parecía estar ajena a todo. Ella seguía hablando con su madre, aunque la voz se le quebraba por momentos.

Gonzalo conteniendo la emoción que se agolpaba en su garganta le habló dulcemente a su esposa – Cristina, cariño, voy a llevarme a Alonso a casa de Catalina y Floro. No quiero que se despierte y se encuentre con todo esto.
Cristina asintió y miró a su hermana que se había dejado caer sentada en el suelo y que tenía la cabeza apoyada en el lecho con la mano todavía cogida de su madre entre las suyas.
- Gonzalo, mi hermana parece no darse cuenta, todavía le sigue hablando...
Gonzalo, apretando las manos de su mujer se apartó de ella y se fue al otro lado de la cama por donde estaba su cuñada, se inclinó sobre la muchacha – Ya no te escucha, todo ya se acabó Margarita – en su voz no había frialdad pero si sintió una sensación extraña al dirigirse a ella. La joven no hizo intención de moverse, pero su voz al hablar incluso conmovió el corazón de Gonzalo.

– No, ella sólo se ha quedado dormida... Mi madre y yo tenemos mucho de qué hablar... Ella, ella no puede irse sin escucharme... No... no le he podido contar nada...
Gonzalo, con mucho pesar separó las manos de la joven de la de su madre y agachándose intentó levantarla del suelo – Vamos, no puedes quedarte aquí.
Margarita se aferró a la colcha – No... no quiero... Déjame... Quiero... quiero estar con ella – lo dijo sin fuerza alguna.

Gonzalo miró a Cristina que tenía los ojos arrasados por las lágrimas. De nuevo volvió a insistir, no podía permitir que Margarita se quedara allí – No puedes estar con ella, de momento no, más tarde quizás pero ahora vas a acompañar a tu hermana... Anda vamos... – le aflojó con delicadeza las manos de la colcha y tomándola por los brazos la levantó del suelo. Sosteniéndola la llevó hasta Cristina.

Ésta la arropó entre sus brazos y fue cuando la joven rompió en sollozos. Gonzalo, esperó en silencio, luego hizo una señal a Cristina para que salieran de la habitación y bajaran hasta la planta baja. Cuando se quedó solo se acercó de nuevo a la cama y tomando las manos de María se las cruzó sobre el pecho. Sus ojos se llenaron de lágrimas, le rozó con sus dedos el cabello y depositando un beso en su frente, salió de la habitación dejando la puerta cerrada.

Cuando bajó, don Jeremías estaba consolando a las dos hermanas. Gonzalo llegó hasta ellos. Cristina y Margarita se hallaban sentadas. Margarita tenía la cabeza baja y no le veía el rostro ya que el cabello le ocultaba parte de él. El médico sacó un papel de su maletín y lo puso sobre la mesa, luego miró a Gonzalo.

– Aquí tienes el certificado de defunción, sólo quiero que me des pluma y tinta para dar testimonio de ello y firmarlo.
Gonzalo asintió y fue a una de las repisas de la sala donde habitualmente tenía pluma y tintero. Se acercó con ella a la mesa y se la ofreció al doctor. Don Jeremías escribió en aquel papel y firmando el documento se lo entregó a Gonzalo – Te he puesto la hora del fallecimiento a las dos, cuando estaba esperando aquí abajo después de reconocerla, la ermita de la Caridad dio dos toques de campanadas... Deciros que si necesitáis algo, sólo tenéis que avisarme...
- Gracias doctor, lo acompaño a la puerta...

Gonzalo se despidió del médico y cerrando la puerta volvió a la sala – Cristina, me llevo al niño... Prepárame algo de ropa para la mañana.
Cristina se levantó y fue a seguir a su marido pero se quedó mirando a su hermana – No te quedes aquí sola Margarita, acompáñanos.
- No te preocupes, me quedo aquí... Estoy bien – lo dijo con un hilo de voz y no intentó levantar la cabeza.
- Vuelvo en un momento ¿vale? – a Cristina le preocupaba su hermana, la veía muy afectada.

Siguió a Gonzalo hasta la alcoba. Éste ya había cogido a Alonso en brazos descansando la cabecita del pequeño en su hombro. Cristina le echó al niño una toquilla por encima para protegerlo de la humedad de la noche, luego salió seguida de Gonzalo y del cuarto del crío sacó una muda de ropa entregándosela a su marido. Gonzalo cogió las prendas y apresurando el paso se dirigió a la puerta de la calle. Al pasar por delante de la mesa no pudo de dejar de mirar a su cuñada. Margarita seguía sentada ante la mesa, se había apartado el cabello de la cara y dejaba ver un rostro lleno de dolor pero sin llanto alguno. Cristina le abrió la puerta a su marido. Gonzalo salió y la muchacha la dejó entornada, luego volvió junto a su hermana. Se sentó al lado de ella cogiéndole las manos.

- Margarita, cariño, vamos a cambiarnos... En un momento llegarán Catalina y Floro, será mejor que nos vistamos, anda, yo te acompaño ¿Te trajiste contigo ropa negra? sino, yo te dejo algo mío.
- La traje conmigo pero tenía la esperanza de no tener que usarlas ¡Tenia tanto todavía que hablar con ella! ¡Tenia tanto qué decirle!... Tenía tanto que escuchar de ella pero se fue... Se fue y no pude decirle todo lo que la necesitaba.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Mayo 28, 2016 1:40 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.10

Cristina aguantó como pudo las lágrimas que intentaban aflorar a sus ojos - Anda Margarita, vamos a vestirnos... – pasando su brazo por la espalda de su hermana hizo que se levantara, con trabajo lo consiguió.

Cogiendo la palmatoria cuya vela estaba encendida se dirigieron a la habitación de Alonso. Allí, Cristina la ayudó a buscar entre sus pertenencias las ropas a elegir. La ayudó a desvestir del camisón y le pasó por la cabeza la camisolita y la enagua, luego la ayudo a abotonarse una blusa negra de medias mangas de borde fruncido. El escote cuadrado de la blusa sólo dejaba ver el principio del seno y era ajustada al talle. La falda igual de negra era entallada a la cintura y a las caderas donde se abría en vuelo. Fue a ponerle el corpiño pero Margarita le dijo que no, que no iba a ponérselo, que era tal la angustia que la atenazaba que sentirse tan oprimida haría que le faltara el aire.

- Ven, vamos a mi alcoba, que voy a peinarte – la empujó con suavidad y la llevó hasta el dormitorio. La sentó delante del peinador y con sus dedos terminó de destrenzar el cabello. Cogió un peine de púas abiertas y comenzó a peinar los largos rizos de Margarita. La muchacha se mantenía en silencio y dejaba a su hermana hacer. Cristina la observaba. Tenía que tocarle un tema, era algo que no debía retrasar.

- Margarita, sé que ahora no querrás escuchar nada, ni siquiera pensar en ello pero es algo que nos concierne a las dos. ¿Qué vamos a hacer con la casa de nuestros padres? Me gustaría que esto se arreglara antes de que vuelvas a Sevilla.
- Lo dejo a tu elección... Lo que hagas estará bien – lo dijo con desgana.
- ¿Te parece que la ponga en venta? No se sacará mucho, la casa ya es vieja pero lo que se saque es para las dos.
- No Cristina, no pienses en mí... Puedes venderla pero lo que te den por ella, que sea para ti.
- ¡No Margarita! - se había arrodillado ante su hermana cogiéndole las manos – Esa casa es tanto tuya cómo mía, te corresponde tu parte.
- Cristina por favor, no quiero hablar de ello, ahora no.

Cristina comprendió que no tenía que haber tocado el tema en aquel momento. Su hermana estaba bastante afectada como para pensar en la venta de la casa. Comenzó a trenzarle el cabello, cuando terminó de hacerlo, buscó en una caja de madera que tenía encima de la mesa del tocador una cinta negra y se la ató al cabello con una lazada.

- Ya estás y ahora voy a vestirme yo - dejó a su hermana sentada en el mismo sitio y ella comenzó a vestirse.

También escogió una blusa negra pero sin botones y cuyo escote era de pico. Las mangas cortas por encima del codo y la falda al contrario de la de Margarita, era fruncida desde la cinturilla. Margarita se levantó para dejar su sitio a su hermana. Cristina se peinó y se recogió el largo y ondulado cabello sólo con la cinta. Las dos hermosas pero diferentes. Cristina, un año menor que su hermana, de tez más blanca y también más alta que Margarita. Su cabello, castaño oscuro  y de un ondulado suave. Cristina, de belleza dulce que inspiraba la tranquilidad, el sosiego. Margarita, un torbellino de rebeldía, de esencias... La belleza exótica que inspiraba la intranquilidad y el desasosiego en los hombres sin ella pretenderlo. Ni siquiera aquella ropa de luto y la palidez de su rostro le restaban belleza alguna.

Cristina terminó de ponerse el corpiño - ¿Me ayudas a tender la sábana y la colcha?

Sin decir nada, se puso al lado contrario de su hermana y la ayudó a colocar las ropas de la cama. Terminando de recoger algunas cosas de la habitación, Cristina incitó a Margarita a salir de la alcoba. Se dirigieron a la sala.

Se sentaron y Cristina acarició con ternura el rostro de su hermana – Margarita, te veo muy decaída... Sé que todo esto es muy duro cariño pero debemos ser fuertes. Ella ya descansa, no podía seguir sufriendo.
- Quisiera... quisiera estar con ella.
- No sé si sería conveniente, lo estás pasando mal y no deberías recordarla así... Es preferible que la recuerdes como cuando éramos niñas y nos reñía por robar gallinas.
- Pero yo quiero estar con ella... Quiero hablarle aunque ella no me oiga... Quizá se me quite esto que tengo aquí, que me aprieta y me ahoga - lo dijo poniendo su mano sobre el pecho.

- ¿Por qué no lloras? No te contengas Margarita, si te desahogas te sentirás mejor, se te quitará esa presión que tienes en el pecho – se lo dijo acariciándole el cabello.
- Ya lo hice...
- Pero a veces no se llora lo bastante y es necesario echarlo todo afuera.
- Es que no puedo... Quisiera llorar, gritar pero, pero no puedo hacerlo...




El chirriar de la puerta se hizo sonar y Gonzalo apareció en la sala. Se dirigió a la mesa besando en la mejilla a su esposa y sentándose junto a ella le cogió las manos - ¿Cómo te encuentras?
- Apenada Gonzalo, pero esto lo esperábamos y lo he ido asumiendo en estos días ¿Cómo has dejado al niño?
- Ni siquiera se ha despertado, Catalina y Floro se acercarán en unos momentos. Nada más despunte el día voy a ver al padre José y hago los trámites necesarios para el entierro.
- Gonzalo, quisiera que no se demorara mucho la hora del sepelio - hizo señas a su marido mirando a su hermana.

Él levantó la mirada y puso sus ojos en Margarita. Ésta, mantenía la cabeza inclinada y se mantenía en silencio. La actitud de ella le impresionó. No había intentado mirarla desde que entró pero en aquel momento en que tenía puesto los ojos en ella, al verla enlutada y la palidez de su rostro, la notó tan frágil, tan débil... tan niña...

Volvió su rostro hacia su mujer – Creo que debéis tomar algo que os relaje un poco.
Cristina agradeció el gesto de él y con una mirada asintió - En el estante de la cocina hay un cacharro donde están las hierbas de azahar, calienta agua bastante y cuando hierva, echa cierta cantidad... Creo que hoy necesitaremos tomar más de un vaso.

Gonzalo ya se había levantado y se iba para la cocina cuando la puerta de la calle terminó de abrirse dando paso a Catalina y a Floro. Cristina cuando los vio llegar se levantó y les salió al paso abrazándose a Cata - Cata, se nos fue... Ya se nos fue...
- Cristina mi vida, cuánto lo siento pero ha sido lo mejor... Ya ella estaba muy malita...

Floro se acercó a las dos mujeres y poniendo una mano en el hombro de Cristina hizo que ésta se volviera y se refugiara en él. Floro con palabras cariñosas intentó consolar su pena. Pasaron adentro de la sala y fue cuando se dieron cuenta de la presencia de Margarita, ésta parecía no haberse enterado de la llegada de los recién llegados ya que no hizo intento de levantarse.

- Margarita, mira quienes han llegado - Cristina cada vez se sentía más angustiada por la aptitud de su hermana.

La muchacha levantó la cabeza y miró a los recién llegados, se levantó y salió de detrás de la mesa. Fue Floro quien tomó la iniciativa al ver que Catalina se retraía a dar el paso. Se acercó a la joven y la abrazó con infinito cariño – Muchacha, sé que para ti ha tenido que ser un golpe muy duro enterarte, así de repente... Lo siento mucho mi niña.

Margarita movió afirmando con la cabeza las palabras de Floro. Éste besó la frente de la joven y se volvió a su mujer haciéndole señas con la mirada.



Catalina sabía lo que quería decirle su marido. Con trabajo se acercó a Margarita y alargando sus manos tomó las de la joven que estaban heladas y se las estrechó musitando sólo unas palabras - Te acompaño en el sentimiento Margarita.
- Gracias Catalina - lo dijo con un eco de voz. Luego volvió a su sitio y se sentó de nuevo.

Gonzalo mientras estaba pendiente del hervor de la infusión, no dejó de presenciar el encuentro de sus amigos con Margarita. Notó la frialdad de Catalina con la muchacha. Catalina y su marido se sentaron ante la mesa acompañados de Cristina que lo hizo al lado de su hermana. La amiga y vecina se dirigió a Cristina.

– Antes de venir para tu casa nos hemos llegado a casa de Cipri e Inés y le hemos informado de lo que hay, ellos ya vienen para acá... Cristina ¿te parece que avise a Amparo y a Dolores? Como sabes ellas son las que se dedican a amortajar en el barrio, porque no creo que vosotras lo debierais hacer y tampoco se debe dejar pasar mucho tiempo.

Cristina miró a su hermana y luego miró a Gonzalo que se había acercado ya con dos vasos de aquella humeante y olorosa infusión – Pienso Cristina que Catalina tiene razón, será mejor que esas dos mujeres vengan y hagan lo que tienen que hacer. Sería  mucho mejor así - lo dijo mientras le ponía a ella y a Margarita los vasos por delante.

Cristina le acercó a Margarita el vaso – Anda, toma esto. Verás cómo te cae bien.
- Es que no se me apetece tomar nada.
- Margarita, tienes que hacerlo aunque no tengas ganas... Esto te relajará y verás como esa sensación de ahogo desaparece – insistió Cristina.
Margarita tomó con mano temblorosa el vaso y comenzó a beber a pequeños sorbos. Catalina se levantó – Bueno, yo voy a casa de Amparo y Dolores y las aviso – se volvió hacía su marido - Floro me acompañarás ¿no?
- Si mujer, claro que te acompaño... Anda vamos – se levantó y junto a Catalina salió de la casa.

Cuando estuvieron en la calle Floro no pudo de dejar de recriminar a su esposa – Podías haber sido algo más cariñosa con la pobre de Margarita.
- ¡Floro! si lo que vas hacer es reprocharme, ¡te vuelves que yo voy sola! ¡Vamos, hasta ahí podía quedar la cosa!
- Pero Catalina mujer, ¿a ti que más te hubiera dado ser un poquitín, sólo un poquitín más agradable? – lo dijo juntando dos de sus dedos.
- Floro, sabes todo lo que pasó por culpa de ella.

- ¡No! ¡Yo no sé lo que pasó!... Sé lo que cada uno de vosotros y la gente quisieron decir que no es lo mismo. A Margarita no le distéis opción a defenderse y sobre ella cayó todo el peso, hasta el de la muerte de los padres de Gonzalo.
- Lo siento Floro pero yo no lo veo así, y tú lo sabes...
- ¿No lo voy a saber? Si llevo viviendo contigo quince años y sé lo cabezona que eres.
- ¡Floro que te vuelves!
- Si vamos a volver juntos cariño ¿No es ésta la casa de esas dos solteronas?

Habían apresurado tanto el paso por la calle arriba, que Catalina ni siquiera se había dado cuenta que habían llegado hasta la casa de las dos hermanas, ya que Amparo y Dolores eran hermanas de mediana edad y solteras. Catalina con cierta duda miró la fachada.

- Pues sí, es ésta – cogió el oxidado llamador de hierro y dio varios golpes en la desvencijada puerta.
No esperaron mucho, enseguida se escuchó una adormecida voz de mujer desde la ventana del piso superior - ¡¿Quién llama a estas horas?!
- ¡Soy la mujer de Floro el barbero! Ha pasado una desgracia y necesitamos de sus servicios
- Espera, que ahora abro.





El último adiós.

Las horas iban transcurriendo lentamente. Desde la madrugada, la casa era un continuo entrar y salir de gente. María Hernando había sido una persona muy querida en el barrio aunque ella había vivido casi toda su vida en las afueras del pueblo, pero al enfermar, Cristina no quiso que se quedara sola y se la llevó con ella por lo que María, tuvo más contacto con el vecindario. En la sala principal habían improvisado el humilde altar y en la mesa del comedor habían colocado el ataúd con el cuerpo de María, el cual era velado por sus hijas y lo más allegados a la familia. Por decisión de Gonzalo y aceptación de Cristina se optó que el ataúd estuviera cubierto con la tapa. En algún rincón que otro, un grupo de mujeres enlutadas rezaban el rosario o cuchicheaban entre ellas.

Para Margarita aquello era un tormento. No había tenido la oportunidad de quedarse con su madre a solas ni un momento. No había podido hablar con ella como hubiese deseado, no la dejaron que lo hiciese. Le mareaba todo aquello, aquel ir y venir de gente dándole el pésame y que ella sabía que la mayoría ni siquiera sentía ese pesar. Sabía también, que la presencia de ella allí, en la casa, era tema de conversación, de chismorreo. Quería que todo terminara ya. Ella no podía más, le faltaba el aire, ni siquiera había conseguido echar fuera de ella todo el pesar que la embargaba.

Inés se acercó a Cristina – Cristina, Alonso dice que no come si tú no vas con él.
- Voy a ver... Inés quédate junto a Margarita, estoy muy preocupada por ella, está rota y no ha echado ni una lágrima.
- Ya lo veo, vete tranquila.

Cristina se levantó y se dirigió a la puerta. Gonzalo que estaba conversando con Cipri y Floro en la entrada del patio al observar que su esposa se iba para la puerta salió tras ella - ¿Pasa algo Cristina?
- Voy a casa de Cata, tu hijo dice que no come sino voy yo.
- Déjalo cariño, yo mismo voy.
- ¿Qué quieres que la arme y no coma? Mejor te quedas tú aquí – lo dijo con una triste sonrisa y salió de la casa dirigiéndose a la de Catalina.

Gonzalo volvió dentro y dirigió sus pasos hasta donde se encontraban sus amigos. Al pasar por el lado de su cuñada no pudo dejar de observarla. Sabía que lo estaba pasando mal y sabía que podía romperse de un momento a otro. Vio que a su lado estaba Inés, al menos por parte de Inés, Margarita se sintió arropada en todo momento. Él no tenía por qué preocuparse si su cuñada se sentía arropada o no por los amigos. No debía importarle cuando él mismo pasaba del tema ¿o quizá no era así? Quizá le preocupaba más de lo que debía. Se sentía agobiado por momentos, también él quería que aquello terminara cuanto antes.

Margarita por un momento la invadió una sensación de mareo. Se pasó las manos por la cara, sentía calor y todo parecía dar vuelta en torno a ella. Inés apreció el malestar de la joven.

- ¿Te sientes mal Margarita?
- Estoy... estoy un poco mareada... Siento tanto calor, dame... Dame tu abanico...
Inés no le dio el abanico sino que ella misma comenzó a echarle aire con él - Es que hace mucho calor y el ambiente está algo cargado Margarita.
Gonzalo se dio cuenta que algo pasaba y presuroso se dirigió hasta donde se encontraban las dos muchachas. Se inclinó sobre su cuñada - ¿Te sientes mal?
Fue Inés la que habló – Dice que se siente mareada. Es que es mucho el calor que hace Gonzalo.

- Anda, vamos. Mejor te echas un rato.
Gonzalo la tomó por los hombros con intención de levantarla pero la negativa de ella fue rotunda - ¡No! ¡no me muevo de aquí! Ya... ya se me está pasando.
Inés y Gonzalo se miraron – Entonces te voy a por un poco de agua – Gonzalo se alejó y no tardó en volver con un vaso de agua que le ofreció a Margarita. Ésta lo cogió apenas sin fuerza y tomó pequeños sorbos, luego le volvió a entregar el vaso a su cuñado.
- ¿De verdad se te ha pasado el malestar? – lo preguntó preocupado
Ella afirmó con la cabeza a la misma que vez que se dirigía a él - No te preocupes... Ya me siento mejor - no lo miró al decirlo.




Poco antes de las cinco de la tarde, después de la llegada del padre José, salía la comitiva para el cementerio. Gonzalo quiso convencer a Cristina que tanto ella como su hermana se quedaran en la casa pero lo único que encontró fue su negativa. Cipri ofreció su carro para portar el ataúd y él mismo lo condujo hasta la última morada. Había cierto trecho desde la casa hasta el cementerio ya que quedaba en las afueras. El sol pegaba fuerte a aquellas horas y ni siquiera corría un poco de brisa. Gonzalo que vestía camisa negra tenía cogida a su mujer por la cintura, ella, le pasaba el brazo por la de él. Detrás, Margarita acompañada de Inés, que en ningún momento la dejó sola. Catalina, Floro y demás convecinos les seguían en silencio y cabizbajos. Se les hizo eterno y angustioso el trayecto hasta llegar a la entrada del cementerio. Uno de los sepultureros ya estaba esperando. Entre varios hombres, unos de ellos Gonzalo, bajaron el ataúd del carro y lo cargaron sobre sus hombros siguiendo al enterrador hasta el lugar donde esperaba su otro compañero, el cual, se apoyaba en el mango de la pala junto a la fosa ya abierta. Los hombres dejaron el ataúd en el suelo. Gonzalo se acercó a su esposa y la abrazó acariciándole el cabello. Inés tenía sujeta a Margarita y la abanicaba continuamente, parecía que de un momento a otro podía caerse.

El padre José ofreció un corto responso y seguidamente los dos hombres procedieron a hacer su cometido. Pasaron por debajo de aquella caja de madera una soga por los dos extremos y cogiéndola en peso por la gruesa cuerda, la fueron bajando poco a poco hasta depositarla en el fondo de la fosa. De un tirón, soltaron las sogas y procedieron con las palas a echar la tierra sobre el ataúd. Gonzalo los interrumpió.

- Esperen, por favor - se acercó con Cristina y ésta, arrojó sobre la tapa una rosa roja después de besarla, luego escondió su rostro en el pecho de su esposo llorando sin consuelo.
Margarita llevaba otra rosa entre sus dedos pero no hizo intención de acercarse. Los trabajadores del camposanto volvieron a su trabajo. El ruido de la tierra sobre la tapa ensordecía los oídos de la muchacha, sentía que las fuerzas le flaqueaban pero no, en aquel momento no podía dejarse vencer, todavía no. Los hombres iban terminando su trabajo y todos los que se habían congregado a dar el último adiós a María fueron abandonando el lugar tras el maestro y su esposa.

Poco a poco aquello fue quedando desierto, sólo Margarita acompañada de Inés se encontraba en aquel lugar y no parecía tener intención de marcharse. Cipri se acercó a ella – Margarita debemos irnos.
- Marchaos vosotros... Yo quiero quedarme un rato con mi madre, quiero darle mi último adiós a solas – no titubeó al decirlo.
Inés y Cipri se miraron algo consternados – Pero... pero Margarita no puedes quedarte sola, anda vamos mujer - la cogió del brazo pero la muchacha se revolvió - ¡No Cipri! ¡Me voy a quedar! pero sola ¿Es... ¿es tan difícil de entender? – en aquel momento si le temblaba la voz.

Cipri e Inés sabían que nada iba a convencer a la muchacha – Está bien, nosotros nos vamos pero prométenos que no vas a tardar en volver... Piensa en tu hermana...
Margarita sólo asintió con la cabeza ante el comentario del amigo y posadero. Ya no podía hablar, el ahogo le subía a la garganta. Cipri e Inés se alejaron dejándola sola. Tomaron el carro y dejaron el cementerio atrás.

Para Margarita fue una liberación verse sola. Se desplomó sobre aquella tierra que cubría el cuerpo de su madre y todo su dolor salió de su pecho como el cristal que se rompe. Estalló en sollozos, lloró sin consuelo hablando a la misma vez a su madre.

-¿Por qué madre? ¿Por qué te has tenido que ir cuando... cuando yo todavía te necesitaba? ¡Tenía tanto que decirte! Tanto...  tanto que contarte... Tú... tú, eras la que sólo me podías aconsejar... Ya no quería seguir con mis mentiras... Porque ¿sabes madre?... ¡Mi vida es una sarta de mentiras!... Una vida llena de engaños, una vida que yo no busqué... No lo busqué y me obligaron a ello... Me sentí tan desamparada cuando me dejasteis sola y ¡te odié madre! ¡Os odie por dejarme allí con él!... Con un hombre que era mi marido pero... pero al que no podía amar... También... también ¡lo odié a él!... Odié al hombre que más amaba y que aún sigo amando con todo el alma... ¡Todavía lo amo madre!... Sin embargo... sin embargo de él sólo tengo su rencor por aquello... Por algo... por algo de lo que yo no fui culpable... Yo no fui causante de nada madre... ¡No lo fui!

Su cuerpo se estremecía por los sollozos. Sus manos arañaban la tierra donde la rosa roja que tenía entre sus dedos había ido desgranando sus pétalos. Sólo el sol que derramaba sus rayos con fuerza todavía a aquellas horas de la tarde, era testigo mudo de su dolor, de su desesperación...

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Mayo 29, 2016 5:17 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.11

En la puerta de la casa ya se despedían los últimos vecinos cuando llegaron Cipri e Inés. Gonzalo y Cristina los miraron extrañados.

¿Y mi hermana? – preguntó la joven toda angustiada.
- Cristina, tu hermana se ha querido quedar sola en el cementerio – lo dijo mientras bajaba del carro y ayudaba a su esposa a hacerlo.
- Pero... ¿Pero cómo lo habéis permitido?
- Cristina, intentamos de que no lo hiciera pero ya conoces a Margarita. Siempre le ha pasado lo mismo, testaruda cómo ella sola y en estos años, en ese aspecto tu hermana no ha cambiado mucho.
- Pero Cipri, ella... Ella, está llevando todo esto muy mal.

Gonzalo intervino – Cipri, déjame el carro, voy en busca de ella – se volvió a mirar a su mujer – No te preocupes, nada le va a pasar, lo único que ha querido es quedarse a solas con ella... De alguna manera nosotros somos los culpables por no permitírselo aquí, en la casa.

Se subió al carro de un salto, y tomando la rienda incitó al caballo a ponerse en marcha dirigiéndose en busca de su cuñada.




Margarita no se había movido. Seguía llorando absorta a todo, no sabía ni el tiempo transcurrido. Se sentía cansada, le dolía la cabeza y quería dormir. Dormir allí, junto a ella, junto a su madre.
- Madre, perdóname... ¡Perdóname por odiarte aquel día! pero estaba loca... ¡Loca de dolor! ¡de miedo! ¡Perdóname madre! perdóname...

Gonzalo detuvo el carro ante la entrada y de un salto puso pie en el suelo. Presuroso se adentró en el cementerio y se dirigió a donde acababan de enterrar el cuerpo de María. Se detuvo en seco. Lo que veía sus ojos impregnó su alma de desconsuelo. Por un momento su corazón olvidó su rencor y sintió un gran dolor al verla de aquella forma. Deshecha, rota, vencida... Se fue acercando poco a poco, no quería asustarla. Según iba acercándose escuchaba las palabras entrecortadas de la muchacha. ¿Qué tenía que perdonarle su madre? Se estremeció al oír de ella la palabra odio. Un nudo le apretó la garganta. Ella, ni siquiera se había percatado de la presencia de él. Se agachó ante el cuerpo acurrucado de la joven. Le costó hablarle.

- Margarita, vamos... Ya, ya has podido hablar con ella, ahora hay que volver a la casa.



Le pasó instintivamente la mano por el cabello en desorden. Notó el calor que desprendía aquellos rizos negros. La joven seguía llorando ocultando su rostro sobre sus brazos llenos de tierra. Gonzalo se arrodilló y poniéndole las manos en los hombros tiró de ella a pesar de la rebeldía de Margarita.
- ¡Déjame! ¡No tienes ningún derecho! Déjame sola con mi dolor.
- No Margarita, no puedo dejarte...– le habló con dulzura, limpiando su rostro de tierra y llanto. Atrayendo a la muchacha hacia él, la estrechó contra su pecho. Ella se derrumbó rompiendo en sollozos. El verla de aquella forma hizo que el corazón de Gonzalo se inundara de un gran desaliento.

- Vamos, vamos para la casa - con sumo cuidado se fue levantando y con él, a Margarita procurando no soltarla.

La fue alejando de la fosa donde sólo quedó en la tierra removida por el cuerpo de la muchacha, los pétalos de aquella rosa roja que ella sin querer, fue desgranando con todo el dolor que llevaba dentro. Gonzalo la llevó hasta el carro, allí, sin esfuerzo alguno la tomó en sus brazos y la sentó en el pescante. Sujetándola por temor a que perdiera el equilibrio, él se subió por el mismo lado de ella sentándose en el tablero. Tomó las riendas del caballo con una mano poniendo el carro en marcha, con la otra, sujetaba fuertemente el cuerpo de su cuñada contra el suyo.




Ante la casa, Cristina y sus amigos esperaban ansiosos. Cuando vieron aparecer el carro respiraron aliviado. Gonzalo detuvo el carro saltando de él y cogiendo a Margarita en sus brazos. Cristina estaba angustiada.

- ¡¿Qué le pasa a mi hermana?!
- ¡No te asustes! ¡Cámbiala de ropa y refréscala!... Le ha caído mucho sol encima - mientras hablaba, cruzó la casa a toda prisa entrando en el dormitorio de Alonso y depositando a la joven en la cama. Margarita seguía llorando pero ya su llanto apenas tenía fuerza.

- Yo te ayudo Cristina – Inés se apresuró a tender su mano.

Gonzalo salió de la habitación. Se sentía abatido, contrariado... Él también necesitaba refrescarse. Tenía la camisa negra empapada de sudor. Fue a su habitación y tomó otra camisa, en esta ocasión cogió una de color azul oscuro y con ella salió al patio. Echó agua en una palangana y se desabrochó la camisa que llevaba puesta quitándosela y arrojándola con cierto coraje al lebrillo de lavar las ropas. Metió las manos en el agua y comenzó a refrescarse desde la cabeza hasta terminar en su fuerte y varonil torso.

La voz de Cipri sonó desde el umbral de la puerta del patio – Mal día ¿no Gonzalo?

Gonzalo levantó la cabeza que la tenía inclinada sobre el agua y lo miró. Se terminó de refrescar y cogiendo un lienzo se secó el cabello pero no el cuerpo. Cogió la camisa limpia y se la puso abrochándosela dejando parte de su pecho al descubierto.

– Mal día Cipri, mal día – se pasó las manos por el cabello húmedo entrando en la sala donde se encontraba Cata y Floro recogiendo el comedor y poniendo todo en orden. Cipri siguió a su amigo.
- Cata, ¿y el niño?
Catalina dejó lo que estaba haciendo y contestó a Gonzalo – No te preocupes hombre, Bruno está al cuidado de tu hijo y de su hermano. Bruno ya tiene catorce años y es muy responsable, eso lo sabes tú.
- Lo sé, pero tampoco quiero abusar, que Alonso cuando se emperra hay que temerle.

Inés salía en ese momento de la habitación de Alonso con la palangana camino del patio. Gonzalo salió tras ella - ¿Cómo se encuentra? – lo preguntó con cierta inquietud.
Mientras echaba agua de un barreño en la palangana contestó a Gonzalo – Se ha calmado algo pero le duele la cabeza... Voy a llevar el agua y ahora le llevaré un vaso de infusión, quizá eso la calme un poco más.
- No te preocupes, llevas el agua que yo me haré cargo de la infusión...
- Gracias Gonzalo pero no la calientes. Conviene que la tome fría aunque con este calor... - Inés cogió la palangana llena de agua y se dirigió de nuevo hasta la habitación donde se encontraba las dos hermanas.

Entre Inés y Cristina ya le habían quitado toda la ropa y puesto el camisón. Se veía extenuada y se pasaba inquieta las manos por la cabeza. Inés colocó la palangana sobre la mesita, Cristina introdujo un lienzo en el agua pasándole éste por el rostro, escote y brazos, a la misma vez le iba restando la tierra que manchaba su hermosa piel.

- Me duele... Me duele la cabeza... – su voz sonó sin fuerza alguna.
- Ya cariño, ya se te quitará... Es que ha sido mucho el sol que te ha caído encima, ahora te pongo paños de agua fría en la frente, Inés, si no te importa, te llevas este agua y tráete agua limpia pero no la cojas del barreño, esa resulta algo caliente, cógela de la cantara que hay en la cocina que está algo más fresca.

Inés hizo lo que Cristina le dijo y salió de nuevo con la palangana en la mano. Al salir casi tropieza con Gonzalo que estaba a punto de entrar.
- ¿Puedo pasar?
- Si Gonzalo, ya puedes pasar... Ya está cambiada de ropa, voy a por más agua.
Gonzalo entró en la habitación. Se acercó a la cama y le puso una mano a su esposa en el hombro. Ella se volvió y levantó su mirada llena de amor. Cogió el vaso que él le tendía – Ojala se lo tome - volvió su rostro hacia el de su hermana que en ese momento tenía los ojos cerrados - Margarita, anda, tómate esto. Te conviene beber y te sentará bien.

La muchacha se revolvió inquieta en el lecho. Abrió pesadamente sus hermosos y brillante ojos negros. Para Gonzalo aquel brillo de sus ojos fueron como dos luceros que se le clavaron en el alma.

- Tengo... Tengo mucha calor... y me duele... - volvió a pasarse la mano por la frente.
- Tómate la infusión, ya verás cómo te alivias - insistió Cristina.

Margarita haciendo un esfuerzo se incorporó y tomó el vaso que su hermana le entregaba. Lo bebió poco a poco y con mucho trabajo. Luego se dejó caer nuevamente en la almohada y cerró los parpados. Cristina le pasó una mano por la mejilla y el cuello. Miró a Gonzalo - Está muy caliente Gonzalo – había mucha preocupación en la voz de la joven.

Gonzalo se acercó un poco más y puso su mano en la frente de su cuñada frunciendo el ceño – Tiene fiebre Cristina y bastante, hay que bajársela como sea.
Inés entraba en ese momento y colocó la palangana en la mesita. Con ademán presuroso Gonzalo introdujo el paño en el agua y exprimiéndolo sólo un poco, se lo puso a su cuñada en la frente - Voy en busca de don Jeremías... ¡Refrescadla continuamente! No tardo en regresar.

Diciendo esto salió de la habitación. Catalina que estaba terminado de recoger, al verlo salir a toda prisa le preguntó algo curiosa - ¿Pasa algo Gonzalo?
- Voy en busca del médico, mi cuñada no está nada bien.
Catalina fue a decir algo pero Gonzalo no le dio tiempo a hacerlo ya que salió lo más rápido de la casa.
– Bueno, bueno... Ya lo que nos hace falta, que se nos ponga mala y retrase su vuelta a Sevilla.
Inés salía en ese momento de la habitación y escuchó el comentario de Cata - ¿Por qué le tienes tanta mala uva a la pobre de Margarita?

- ¡Mira ésta! No me vas a decir que vas a defenderla y ¿de pobre?... Que yo sepa, supo con quien casarse ¡Anda que la niña no nos salió lista! que por cierto, ¿por qué no habrá venido el marido con ella?
Floro se levantó algo fastidiado por los comentarios de su esposa – Mejor me voy y abro la barbería, porque si sigo aquí la voy a tener contigo Catalina – dicho y hecho, salió de la casa y se dirigió a la suya.

Cipri, se acercó a su mujer – Inecita, yo también mejor me voy. Seferino lleva casi todo el día con la taberna acuesta y ya es hora que retome mi sitio.
- Ve Cipri... Yo me quedaré un rato más por si Cristina me necesita.
Cipri besó cariñosamente a su esposa y salió de la casa dirigiéndose a la taberna.

Catalina con los brazos en jarras miraba a Inés – ¡Pero bueno! Parece que las verdades no le gustan oírlas a nuestros hombres.
- ¿Qué verdad Cata? La que mucho de vosotros creéis ¿no?... Lo que no comprendo, que siendo tan buena amiga de Margarita como lo eras, le dieses la espalda como lo hiciste y mira, ya no quiero hablar de ello... Han sido ya muchas las veces y siempre terminamos mal y ahora perdona, vuelvo con Cristina y Margarita.




Gonzalo y don Jeremías habían salido de la casa de éste y enfilaron calle abajo. La tarde iba avanzando, ya el sol iba ocultando sus rayos lo que hacía que la atmósfera se hiciera más liviana. Algunos comerciantes aprovechaban la caída de la tarde para abrir sus tenderetes y hacer algunas ventas ya que en las horas anteriores era imposible por el calor tan tórrido que estaba haciendo en aquellos primeros días de Julio.

- Has hecho bien en avisarme Gonzalo, esas calenturas con las calores que están haciendo, pueden debilitar mucho a una persona.
- Creo que por parte de nosotros nos confiamos, debimos estar más pendiente de ella... Teníamos que suponer que de alguna manera buscaría la forma de quedarse a solas con su madre...
- No os culpéis, nadie puede prever lo que va a pasar, además, que yo recuerde esta niña siempre ha sido muy terca ¡Cuántas veces venía María con ella de la mano a mi consulta!... Parece que la estoy viendo, la traía de la mano toda lastimada ante una de las travesuras que había hecho a pesar de las advertencias de sus padres ¡pero nada!

Gonzalo por unos momentos recordó su niñez con ella... Si, era terca, muy terca pero era tan adorable. Un nudo se le hizo en la garganta al recordar aquellos años que ya tan lejanos quedaban.




Cristina e Inés intentaban a base de lienzos empapados en agua, tanto en su cabeza y en los brazos bajarle de alguna manera la fiebre a Margarita. También el abanico con su aire aplacaba un poco el sofoco de su rostro marcado por el rubor de la calentura. La muchacha parecía dormir, pero no dejaba de estar inquieta, se quejaba o hablaba sin poderla entender por el delirio. A Cristina, se le hizo eterno la llegada de Gonzalo con el médico. Cuando los vio aparecer respiró algo aliviada.

– Gracias a Dios, estaba ya toda angustiada.

Se levantó de la cama y le dio paso a don Jeremías. Le pasó el brazo a su marido por la cintura y se recostó en su costado. Gonzalo beso dulcemente el cabello de su esposa. El médico examinó a Margarita. La auscultó y le tomó el pulso. Tocó su frente y comprobó la inquietud de la joven que en su semiinconsciencia tenía momentos de llanto.

Se volvió mirando a los jóvenes esposos – Pues sí, parece que el sol ha hecho mella en ella pero también quiero deciros que esta fiebre puede ser debida a la tensión de estas últimas horas ante la pérdida de vuestra madre... El cuerpo de cada persona responde de diferente manera ante una situación, sea dolorosa o no y lo acusa de un modo u otro, la fiebre puede ser debido a ello también.

- ¿Y qué hacemos doctor? – apremió Cristina.

- Tiene que beber mucho, si puede ser tisana mucho mejor, pero procurad que no esté caliente y siempre a pequeños sorbos... Mantenedla ligera de ropa, como está en estos momentos, el camisón y nada más, no la tapéis, en todo caso las piernas que es lo que se suele enfriar más, a no sé que la misma fiebre le provoque algo de frío y entonces sí, con cubrirla con la sábana es suficiente. Refrescarla continuamente y para el dolor de cabeza yo os voy a dar un remedio... - se acercó al maletín y sacó de él un bote de cristal con unos polvos blancos – Tomad... De estos polvos, coged media cucharada pequeña y lo disolvéis en un poco de agua y se lo hacéis tomar mientra persista el dolor de cabeza... Se lo dais cada tres horas.

Cristina cogió el frasco que le entregaba don Jeremías – Gracias doctor, espero que todas las indicaciones que usted nos ha dado haga su efecto inmediatamente.
El médico sonrío – Poco a poco Cristina, este malestar le va durar a esta niña algunas horas, así que a ser paciente... De vez en cuando, podéis darle fricciones de alcohol en las muñecas y en los tobillos, eso hace que ceda un poco la fiebre y ante un imprevisto me avisáis.

El médico cogió su maletín y despidiéndose salió de la habitación seguido de Gonzalo. Inés que esperaba afuera, nada más salir el galeno entró en el cuarto ansiosa de saber que había dicho el médico.




Alonso entró como una tromba en la casa, casi estuvo a punto de caer sino es por Gonzalo que lo cogió a tiempo - ¿Pero a dónde vas con tanta prisa?
El pequeño se soltó pronto de las manos de su padre y corrió para su habitación pero antes de llegar, de nuevo su padre lo detuvo. Gonzalo movió la cabeza – No Alonso, a tu habitación no puedes entrar de momento.
Alonso miró contrariado a su padre - ¿Por qué no puedo entrar?
Gonzalo fue a decir algo pero la voz de Cristina se hizo escuchar – Yo te lo digo cariño - lo dijo mientras cerraba la puerta de la habitación de Alonso. Se acercó a su hijo y se agachó para poder mejor hablar con su pequeño – Mira mi niño... La tía Margarita sigue en casa ¿Te acuerdas que vino ayer?

Alonso abrió sus labios en una sonrisa y afirmó con su cabecita.

- Pues la tía está un poco enfermita y no se puede molestar y como ella está en tu habitación dormidita, no queremos que la despiertes ¿Entiendes cariño?
- ¿Está enfermita igual que la abuela María? – el pequeño frunció su entrecejo.

Cristina levantó su mirada y buscó la de su marido. ¿Cómo le decían a un niño tan pequeño que ya su abuela no se encontraba ni volvería a verla? La joven se incorporó y cogió a Alonso en brazos sentándose en una silla con él.

– Alonso, eres muy pequeño para entender algunas cosas pero se trata de la abuelita María... Ella... ella se ha ido a... a hacer un viaje muy largo... - según le iba hablando al pequeño, la voz se le iba quebrando.
El chiquillo levantó sus picarones ojitos y miró a su madre – Mami ¿por qué lloras? ¿Por qué se ha ido la abuela a ese viaje?
Cristina no pudo aguantar más y abrazando a su pequeño estalló en sollozos. Gonzalo se acercó presuroso y le quitó al niño que estaba asustado ante la reacción de su madre – ¡Papá! ¡papá! ¿Qué le pasa a mami?

- Nada hijo... Solo que está un poco triste pero ya se le pasa ¿Verdad Cristina? – con gran dulzura le acarició el cabello intentando consolarla.
La muchacha ahogando los sollozos se limpió la cara e intentó sonreír a su pequeño – Mami, es tonta Alonso, no te preocupes. ¿Ves? ya mami no llora – le echó los brazos a su hijo para que se fuera con ella, pero el niño se agarró al cuello de su padre moviendo su cabecita diciendo que no.

Gonzalo con la mirada le dijo a Cristina que comprendiera también la reacción del niño. Ella asintió en silencio. Se levantó y enjugándose todavía alguna lágrima que se escapaba de sus hermosos ojos pardos, se dirigió a la cocina para calentar un poco el caldo que le había dejado preparado Catalina. Lo puso en la lumbre y le dijo a Gonzalo que estuviera pendiente de él, que iba a darle una vuelta a su hermana.

Margarita se movía inquieta en la cama. El lienzo que tenía puesto en la frente se lo quitó inconscientemente, se veía muy angustiada. Cristina intentó despertarla.
- Margarita, cariño tranquilízate... Todo va a pasar – mientras le hablaba, volvió a colocarle el lienzo empapado en agua. Por un momento la joven abrió los ojos con cierta pesadez –Cristina, Cristina... ¿Por qué... ¿Por qué no me pongo bien?
- Don Jeremías nos dijo que estarías algunas horas así, con este malestar pero tú, no te preocupes, te pondrás bien cariño.
- Es que... Es que tengo mucho calor y la cabeza parece... parece que me va a estallar - se sentía tan mal, que no podía evitar las lágrimas.

- No llores Margarita... Sé que te duele pero todavía no ha hecho las tres horas y no puedo darte la medicina. El calor que sientes es que apenas te baja la fiebre.
- Es que yo... Yo tengo que regresar mañana a Sevilla ¡Tengo que hacerlo!
- Margarita, no puedes hacerlo ¿Cómo vas a irte mañana si estás enferma?
La muchacha rompió a llorar – Tengo que regresar ¡Tú no entiendes! - sentía una gran congoja.
- Cálmate, estás muy nerviosa... Voy a darte un poquito de infusión, te relajará. Ahora vuelvo.

Salió y se dirigió a la sala. Gonzalo jugaba con Alonso a hacer una torre con los cubos del rompecabezas. Vio el rostro preocupado de su esposa. Dejó al niño sentado en la silla y fue tras ella hasta la cocina - ¿Pasa algo?
- Gonzalo no sé qué decirte, está igual, la fiebre no termina de bajarle, la cabeza le sigue doliendo pero quizá eso ahora no me preocupa tanto...
- No te entiendo Cristina...

- Está angustiada, porque según ella mañana tiene que regresar a Sevilla, le he dicho que no puede hacerlo, que está enferma y me ha dicho que tiene que regresar, que yo no entiendo y se ha echado a llorar con una gran desesperación.
Gonzalo frunció el ceño – Pero tendrá que comprender que por ahora no puede regresar.
- Tendrá que aceptarlo, es que no tiene otra la criatura... Voy a llevarle esto para que se lo tome. Ve poniendo la mesa que Alonso ya debería estar acostado - tomó el vaso entre sus manos - Regreso en un momento.




Alonso le costó trabajo coger el sueño. Cristina tuvo que acostarse con él hasta que se quedó profundamente dormido. Luego se levantó y cambiándose su ropa negra por su camisón salió de su alcoba entornando la puerta. Gonzalo leía a la tenue luz de la vela que tenía en la mesa.

- Quiera Dios que la noche refresque un poco – lo dijo mientras se recogía el cabello en una trenza y se acercaba a la mesa - ¿Qué lees?
- La temática de mañana. Voy a tratar algo de historia, esto le llaman mucho la atención a los chicos.
- Y más como tú lo cuentas... - se había acercado a él y se lo susurró al oído.
Gonzalo sonrío con una sonrisa pícara atrayéndola hacia él – Cristina sabes lo que siento cuando me susurras al oído de esa forma y esta noche, esta noche tenemos compañía en la cama – se lo dijo bajito, sólo para ella y para él.

Cristina cogió entre sus manos el rostro de su marido y buscó sus labios. Gonzalo la besó con ternura pero de esa ternura pasó a una pasión desenfrenada, apretándola contra él con todas sus fuerzas que la hizo temblar de emoción pero que a la misma vez la hizo sentir una sensación extraña. Se apartó de su marido con delicadeza.

Gonzalo la miró extrañado - ¿Te ocurre algo?
- Cómo tú dices, esta noche no estamos solos en la cama y ese beso tan apasionado dice querer mucho - le esbozó una bonita sonrisa y se desprendió de sus brazos - Gonzalo ¿por qué no te acuestas ya?... Mañana tienes escuela, yo de momento prefiero quedarme un poco más y estar pendiente de mi hermana.
- Pero Cristina... ¿No pensarás quedarte toda la noche en vela? Llevas muchas horas que no descansas.
- Sólo un poco Gonzalo, cuando la vea tranquila ya me acuesto – depositó un beso en su dedo y se lo puso a su marido en sus labios, luego, con la misma sonrisa se dirigió al cuarto donde se encontraba su hermana.

Sólo allí, su sonrisa desapareció en una mueca triste y el brillo de sus ojos marrones tuvo un toque de melancolía. Suspiró y olvidando el sentimiento que por un momento la invadió se sentó en la silla junto a la cama. Tocó la frente de Margarita. Parecía que tenía algo menos de fiebre pero no le bajaba mucho. Volvió a humedecer el lienzo y se lo colocó de nuevo. Al sentir el contacto, la muchacha se movió inquieta quejándose. Sólo fue un momento y de nuevo volvió a sumergirse en aquella postración causada por la calentura. Cristina tomó un cuaderno de la mesita escritorio de Alonso. Sonrío al ir pasando aquellas hojas llenas de garabatos y también llena de sus primeras vocales que iba aprendiendo a través de lo que le iba enseñando su padre, o palabras, cómo mamá, papá... También sus primeros números... Los ojos de Cristina se iban cerrando y sin darse cuenta el cuaderno se le escurrió de las manos.




La noche hacía avanzar sus sombras y en la casa todo era silencio. Un movimiento brusco de Alonso hizo que Gonzalo abriera los ojos. Se movió con cuidado ya que el pequeño casi lo tenía debajo de él – Pero qué manera de dormir la tuya...– se dijo para sí apartando a su hijo con sumo cuidado y colocándolo bien.

Le extrañó no ver a Cristina. ¿Qué hora sería? Ya tenía que ser bien tarde. Como respuesta a su pregunta, en la lejanía, las campanas de le ermita de la Caridad daban las tres de la madrugada. Saltó de la cama y poniéndose el pantalón salió de la alcoba y se dirigió al cuarto de Alonso. Antes de entrar comprobó que la habitación estaba toda oscura. Volvió sobre sus pasos y encendió una vela de las tantas que tenía en una de las repisas de la sala y con ella volvió al cuarto. Entró y la habitación cobró algo de vida ante la tenue luz de la vela.

Se enterneció al ver a su esposa dormida. Su cabeza descansaba sobre su propio pecho. Dejó la palmatoria encima de una balda y se acercó con sigilo a Cristina. Con sumo cuidado tomó a su esposa en sus brazos y fue a salir con ella cuando escuchó a Margarita quejarse. Volvió su rostro hacia ella. La muchacha se movía inquieta en la cama. Sus labios parecían querer decir algo. Hablaba en sueño pero era difícil poder entenderla. Los ojos color miel de Gonzalo iban de una a otra. Miraban a su esposa dormida en sus brazos y miraban a su cuñada inquieta por la fiebre. Movió la cabeza de un lado a otro con cierto desasosiego y salió con Cristina de la habitación entrando con ella en su alcoba. La tendió suavemente en el lugar que anteriormente él había descansado y besó con ternura la frente de su mujer. Le cubrió las piernas con la sábana y salió de nuevo de la habitación con la camisa y las botas en las manos.

Se sentó en una silla de la sala y se calzó las botas, luego poniéndose la camisa que se la dejó abierta volvió al cuarto donde se encontraba su cuñada. Se acercó a la cama poniendo la mano en la frente a Margarita. Seguía con fiebre. Cogió de nuevo el lienzo y fue a meterlo en el agua pero comprobando que el agua no estaba nada fría. Soltó el lienzo encima del mueble y cogiendo la palangana salió al patio donde arrojó el agua al suelo. Introdujo la mano en el barreño y confirmó que el agua que contenía estaba algo fresca, cogió un balde y sacó un poco de agua con el que llenó la palangana y se dirigió presuroso hasta el cuarto. Empapó el paño y se lo colocó de nuevo a la muchacha en la cabeza. La joven seguía inquieta y de sus labios salían palabras ininteligibles.

Gonzalo con las manos en el cuadril no dejaba de observarla desde su altura. No sabía qué hacer. No sabía qué hacer ante ella. Desde que volvió a aparecer en su vida sólo hacía unas horas atrás, sus sentimientos estaban encontrados. Se debatían entre el rencor de tantos años y la necesidad de cuidarla, de protegerla...

- ¡No! ¡no quiero hacerlo!... Déjame... Madre... madre ¿dónde estás? - la muchacha deliraba toda angustiada.

Gonzalo dejó sus pensamientos y se sentó arrimando la silla a la cama. De nuevo empapó el paño y se lo puso en la frente intentando calmar el desasosiego de la joven - Sssssh, tranquila, tranquila... Todo está bien, cálmate... – tomó el alcohol y vertiendo un poco en su mano frotó con él, las muñecas de la muchacha.
- Tengo... tengo que regresar... Por... ¿por qué...me odia?... Él... él me odia madre...

Margarita se revolvía ante las manos que querían sosegarla. Gonzalo al escuchar sus últimas palabras sintió una punzada en su interior. La soltó ¿Por qué la vida lo había llevado hasta el odio? ¿Por qué si la amaba cómo lo hizo, nunca pudo perdonarla? Su mente sin querer volvió atrás en el tiempo. Si tan sólo hubiera contestado a su carta, quizá las cosas hubiera sido de otra manera... No, no quería pensar. No quería volverse a preguntar para no encontrar las respuestas de las que prefería mejor no saber. Se pasó la mano por el cabello y sus ojos miraron el bello rostro de ella. Se había sosegado algo pero su semblante estaba sudoroso. Volvió a ponerle la mano en la frente. La fiebre parecía que cedía. Una suave brisa se filtró por la ventana abierta. Se levantó y cerró parte de una de las hojas pensando que si estaba sudando la fiebre no convenía que se le cortara el cuerpo. Luego le subió la sábana un poco más, hasta la cintura. Ella se movió y abrió sus negros ojos, brillantes aún por la fiebre.

Gonzalo le preguntó - ¿Cómo te encuentras? – su tono de voz fue dulce.
- La... la cabeza me duele... - la voz de ella en cambio sonó toda temblorosa.
- Voy a darte la medicina, verás cómo te pones mejor... Ya la fiebre está cediendo.
Se había levantado y fue al mueble donde tenía el frasco de cristal y la cucharita, pero el agua de la jarra estaba algo caliente - Voy a traer agua más fresca.

Salió y no tardó en volver. Vertió un poco de agua en el vaso y del frasco sacó media cucharita de aquellos polvos blancos que disolvió en el agua, luego se acercó a la cama y se lo entregó a la muchacha que intentó incorporase. Gonzalo comprendió que no podía hacerlo sola. La debilidad se lo impedía. Le pasó su brazo por la espalda y la ayudó a hacerlo. Le dio a beber el líquido blanquecino y ella se dejó caer extenuada en la almohada.

- Intenta dormir, te hará bien.

Margarita cerró los ojos y enseguida pareció dormir más tranquila. Las gotas de sudor empapaban su hermoso rostro. Gonzalo se sentó de nuevo y con el lienzo exprimido de agua, limpió de sudor el rostro y el escote de la joven. Por un momento el tiempo pareció detenerse para Gonzalo. No supo el tiempo que transcurrió allí, con su cuñada, junto a ella, empapando su sudor y aliviando su malestar.

Estaba tan absorto en lo que estaba haciendo, que ni siquiera percibió que alguien desde la puerta de la habitación no dejaba de observar cada movimiento que hacía. Alguien cuyos hermosos ojos los cubría cierta sombra de tristeza pero nada había que reprochar.



Ella lo amaba, y él le había demostrado siempre todo lo que la quería. Pero también sabía, siempre lo supo, que el corazón de él no era totalmente de ella. Sin siquiera él saberlo, en una parte muy honda de su corazón aún guardaba todo el amor que le tuvo a su hermana a pesar que el resentimiento se anteponía a todo sentir. Igual que apareció, se retiró de la puerta y en silencio volvió a su alcoba y de nuevo se acostó junto a su hijo. El pequeño si... Su hijo era lo único que le pertenecía por entero de él, el hombre que más amaba... su marido.

Continuará...
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Glauka



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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Mar Mayo 31, 2016 7:25 pm

Que buena historia esta del pasado Mari Carmen. clapping clapping clapping La verdad es que menuda mujer la que se casa con el amor de su hermana. Por mucho que me lo intenten explicar, no lo entiendo...
y los Fan una delicia
Esperando la continuacion .... Gracias.
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chiribitas

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Jue Jun 02, 2016 11:19 am

Coincido con Glauka en todo. Más, más Mari Carmen clap clap clapping clapping

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Este Jamie no se mueve, pero, ¡cómo me mira...! blush-anim-cl
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Jun 04, 2016 12:13 pm

Hola Glauka, Ciribitas  clap Me satisface que os guste. Me gustaría ir publicando más rápido pero sólo en el finde estoy más libre. Esto de estar trabajando es una "suerte" pero te quita tanto tiempo... Y claro, para poder ir agregando las ilustraciones para que deciros, algunas me resultan un poco complicada ya que no hay capturas de ellas por lo que me parece que estoy haciendo un puzle, cojo, de aquí, cojo de allá...  Rolling Eyes  Rolling Eyes  Rolling Eyes

Muchísimas gracias a las dos  kissing  kissing  Sigo con el pasado...


Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.12

La luz tenue del nuevo día entraba tímidamente por la ventana. Se había quedado dormido en la silla y las campanas de la iglesia le despertaron con sus siete toques. Se pasó las manos por los ojos adormilados y miró con ellos a su cuñada que dormía tranquila, sosegada. Le pasó la mano por la frente y el cuello, confirmando que la fiebre le había cedido por completo, si acaso estaba sólo destemplada. Se levantó y la observó por un momento. El primer día que llegó a la casa, comprobó que se había convertido en una mujer, en una mujer más bella aún de lo que fue de niña. En aquel momento que la contemplaba, la veía como una niña otra vez, esa niña inocente, con esa dulzura y la candidez de aquello años, una niña que dormía sin pesadillas, sin nada que la turbara, sin que nada la inquietara... Era una niña como la vio Alonso al descubrirla en su cama. Sonrío al recordar a su pequeño. Se dispuso a salir, pero antes corrió las cortinas para que esa claridad que daba sus buenos días no interrumpiera su sueño. Con una última mirada hacia ella, salió de la habitación dirigiéndose a la suya. Entró con sumo cuidado. Su esposa y el pequeño Alonso dormían tranquilo. Hizo lo mismo, corrió las cortinas y la habitación quedó en penumbra. Con todo sigilo abrió el arcón sacando ropa limpia. Cerró con cuidado de no hacer ruido e igual de sigiloso salió dirigiéndose al patio.




- ¡Mami! ¡mami!...- Alonso se echaba encima de su madre llamándola.
Cristina pesadamente abrió los ojos – Alonso, por Dios, que tiene que ser muy temprano... - cogió la almohada y se cubrió la cara con ella.
Alonso, con las huellas en la carita que le había dejado el sueño miraba a su madre fijamente sentado en el lecho. Se echó encima de ella entre risas.

- ¡Alonso, no! Me lastimas cariño. A ver, espera...
Alonso se apartó un poco de su madre y esperó. Cristina se quitó la almohada del rostro y miró a su pequeño con una sonrisa picarona - ¿Y ahora qué te hago yo? ¡Pues esto!

Cogió a su hijo y lo revolcó en la cama haciéndole cosquillas. El crió no dejaba de reír. Su risa a carcajadas inundó la casa de luz y alegría.

- Pero bueno... ¿Qué pasa aquí? – Gonzalo entraba en ese momento en la alcoba secándose el cabello y completamente vestido.
Tanto Cristina cómo Alonso se quedaron mirando al recién llegado – Mira Alonso, tu padre ya está hasta arreglado y nosotros estamos todavía saboreando la cama.
Gonzalo se había acercado y se dejó caer en el lecho a todo lo largo – Todavía puedo saborearla con mi esposa y mi hijo – diciendo esto, besó los cálidos labios de su mujer y luego besó el rubio cabello de su pequeño - volvió su mirada hacia la de su esposa - ¿Cómo te encuentras? ¿Has descansado?

- He descansado, pero me gustaría saber cómo llegué hasta aquí... No creo que lo haya hecho sonámbula, mejor prefiero pensar, que un hermoso ángel me transportó entre sus alas para dejarme en los brazos de Morfeo.
- ¿Así me ves? ¿Cómo a un ángel? – lo preguntó mirándola y tomando las manos de Cristina, depositó en ellas un beso.
- Lo eres... Para mí siempre serás un hermoso ángel... Un ángel que en este tiempo en que yo he estado descansando, me imagino que ha estado en vela ¿Me equivoco?

- No tienes ya de que preocuparte. He estado pendiente de tu hermana y ahora descansa tranquila, la fiebre ha cedido.
Cristina se inclinó sobre su marido y besó sus labios. Gonzalo la atrajo hacia él y se la dejó caer encima – Te amo – se lo dijo mientras le acariciaba el cabello que lo tenía suelto en aquel momento.
- No más que yo - Cristina acarició el pecho de su marido a través de la camisa abierta depositando un beso en su ancho torso. La voz del pequeño rompió la magia del momento y que hizo suspirar a Gonzalo.

- Mami, mira.
Cristina miró a su hijo y lo que éste le enseñaba - ¡Alonso!

El pequeño le enseñaba el borde de unos de los almohadones y donde se había dedicado a tirar del hilo y toda la orilla adornada con un fino encaje había ido desapareciendo.

- ¡Alonso, esto no se hace! Ya eres muy grande para estas travesuras ¡Así estabas tan callado! - le arrebató el almohadón muy enojada.
Ante la reacción de su madre, el pequeño puso un puchero y se echó a llorar con coraje.
Gonzalo se incorporó – ¡Ya estamos! ¿Pero Alonso es qué no hay algo que no te haga coger un berrenchín? - Gonzalo tiró del pequeño y lo sentó encima de sus piernas. Alonso se acurrucó entre los brazos de su padre.

Cristina se había levantado de la cama al parecer muy enfadada. Se dirigió para las ventanas y descorrió las cortinas dejando que el sol de la mañana entrara a raudales por ellas iluminado de luz la estancia.

- ¡Si, ahora buscas los brazos de tu padre! ¡Cuándo él te riñe te vienes a los míos!
Estaba comenzando a hacer la cama, con lo cual, su marido no tuvo más remedio que levantarse e irse con Alonso al sillón de su escritorio - Mamá está enfadada y lo peor que se enfada con los dos ¿Por qué no le pides perdón y le dices que no vas a volver a hacerlo? – se lo dijo de quedito, bajito.

Alonso dijo que no con la cabecita. Cristina que de soslayo miraba la estampa del padre y del hijo, intentaba que no se le escapara nada. Ante la negativa de Alonso de pedirle disculpa no pudo reprimirse – ¡No! ¡Si encima cabezón que nos ha salido el niño! que por cierto, ¿a quién habrá salido?
Gonzalo se echó a reír. Cristina al escucharlo le tiró con rabia la almohada que tenía en ese momento entre las manos. Él, la cogió al vuelo - No te enfades mujer, al menos conmigo, yo no he hecho nada – intentaba controlar la risa para no sacarla más de sus casillas.

Alonso sacó la cabecita del pecho de su padre y se escurrió de sus brazos saliendo a todo correr de la habitación en camisola y con los piececitos descalzos.

- ¡Mira, la prisa que lleva! - diciendo esto Gonzalo se levantó y fue hacia su mujer. Se puso a la espalda de ella y la rodeó con sus brazos – No te mosquees, aunque me encanta que lo hagas porque sé como quitártelo – le levantó el cabello y la besó casi rozando la piel detrás de la nuca. Cristina sintió tal cosquilleo que se encogió sobre sí misma.
– Gonzalo, no. No sigas que te veo venir.

Pero Gonzalo no escuchaba. Seguía besando, seguía rozando la piel de ella. La necesitaba. La necesitaba como la noche anterior cuando la besó desenfrenadamente. Él sabía controlarse. Sabía que había ciertos momentos que había que tener autocontrol sobre los impulsos, pero no sabía que le estaba pasando, necesita tanto a su mujer en aquel momento y hacerla suya... De nuevo fue ella quien se desprendió de sus brazos.

- Gonzalo, ¿crees que yo no quiero lo mismo que tú? pero estamos en unas circunstancias... Entre ellas, que no es hora porque el niño está de por medio – lo dijo bajito y dándole con su dedo en la punta de la nariz – Ya tendremos nuestro tiempo cariño... Anda, ayúdame con la cama.

Gonzalo dando un suspiro y echándose el cabello para atrás con aire de fastidio fue a ayudar a su mujer. Por el momento es lo que podía hacer, sólo ayudarla a hacer la cama.




Asomando la cabecita Alonso miró hacia dentro de su cuarto. La habitación estaba en penumbra, pero sus ojitos podían distinguir lo que buscaba. Sonrío con la boquita y con sus picarones ojos. Si, ella estaba allí. Aquella niña grande seguía allí, dormida. Esa niña grande que era su tía Margarita. Se atrevió a entrar y con paso lento y sigiloso se acercó a la cama. Se acodó y se quedó mirando embelesado el rostro de su tía.  Cómo el día que llegó, su manita no pudo contener el impulso de rozar con sus dedos los rizos negros que se esparcían sobre la almohada y sobre la pechera de la joven. Luego en otro impulso sus deditos rozó la mejilla de la muchacha. Al contacto, la joven se movió en la cama. Alonso se asustó y apartó su mano de ella, su primer impulso fue salir corriendo pero los ojos de aquella niña se abrieron y se lo quedaron mirando algo sorprendidos.



- ¿Alonso? – la muchacha lo preguntó adormilada aún.
El pequeño se quedó mudo, no sabía que decir. De nuevo la joven habló – Eres ¡Alonso, mi sobrino! Yo soy... ¡Soy tu tía Margarita! – se había incorporado un poco aunque se sentía algo mareada. Tendió su mano y acarició el lindo rostro del pequeño.
- Alonso, ¡no sabes la alegría que siento al conocerte! Dime, tú sabes quién soy ¿verdad?
El pequeño asintió con la cabeza. Margarita intentó acomodarse mejor en el lecho, se sentía algo débil – ¡Pero bueno! ¿Te ha comido la lengua el gato?
Alonso negó con la cabeza. Margarita no dejaba de acariciar a su sobrino – Pues me parece que sí, que la lengua te la ha comido el gato.

- ¡No! ¡No me la ha comido el gato! – lo dijo frunciendo el ceño. De la forma en que lo hizo, a la muchacha le recordó a alguien.
- Bueno, pero no te me enfades... ¿Sabes? yo quiero ser tu amiga... ¿Me dejarás serlo?
- ¿Me contarás los cuentos que me escribes en las cartas que le mandas a mí mamá?
- Claro cariño ¡Claro que te contaré cuentos! Te contaré todo lo que quieras... – la muchacha no pudo evitar que se le llenaran los ojos de lágrimas.
- ¿Por qué lloras? – mientras preguntaba, Alonso no pudo evitar arrastrar con la yema de uno de sus deditos una de las lágrimas que resbalaban por el rostro de su tía.
- Lloro de alegría Alonso... No siempre se llora por tristeza pero a ver, cuéntame de ti... ¿Qué haces? ¿Vas ya a la escuela? me imagino que si ¿no?

Alonso con cierto trabajo, poniendo uno de sus pies descalzo en unos de los palos que atravesaba y servía de sujeción a la silla, puso una de sus rodillas en el asiento, luego lo hizo con la otra, hasta quedar sentado con sus piernecitas colgando fuera de ella.

- No voy a la escuela. Mi papá dice que me porto mal, que no dejo a los demás niños estudiar.
- Vamos, que eres una polvorilla y revuela a toda la clase ¿no?
Alonso se encogió de hombros. Luego hizo una pregunta a su tía - ¿Te vas a quedar a vivir aquí?
Margarita sintió un nudo en la garganta que la ahogaba – No cariño, no puedo vivir aquí... Yo... yo vivo en otro lugar y tengo que volver allá lo antes posible.
El pequeño se deslizó por la silla y de nuevo se acodó en la cama – Pero yo... Yo no quiero que te vayas, yo quiero que te quedes aquí y que me cuentes cuentos.

Haciendo un gran esfuerzo para no romper en sollozos ante el comentario de su sobrino, intentó explicarle – Cariño, tú tienes a tus papás que te quieren mucho y yo, aunque no viva aquí contigo, te seguiré contando esos cuentos a través de mamá, y seguiré queriéndote mucho ¡mucho!
- Mamá siempre me los cuenta. Cuando me entra sueño cojo esas cartas y voy a que mamá me los lea para quedarme dormido, pero cuando está haciendo cositas y no puede entonces voy a por papá, pero no sé por qué él nunca quiere leerme los cuentos.

Margarita sintió una gran punzada en el alma. ¿Tanto era el rencor que sentía hacia ella, qué no era capaz de leerle esos cuentos a Alonso? ¡No era capaz de leerle al niño nada que viniera de ella! Sintió un gran dolor, un inmenso dolor.

- ¿Qué te pasa tía Margarita? ¿Te duele algo?
Le dolía el alma en toda su intensidad. ¿Cómo explicarle a un niño eso? - No mi amor, no me pasa nada... Cosas de la tía...
Una voz se escuchó llamar a Alonso y seguidamente apareció Cristina ya vestida - ¡Con qué estás aquí! Por lo que veo, ya os conocéis los dos – se acercó a la ventana y descorrió los cortinajes inundando de claridad la habitación.

Aquella claridad de momento molestó los ojos de Margarita que se habían acostumbrado a la penumbra. Cristina apreció el malestar de su hermana - Perdona Margarita, te vuelvo a correr las cortinas un poco – así lo hizo y después se acercó a la cama - ¿Cómo has amanecido?... Espero que este diablillo no te haya dado mucha lata.
- No, claro que no... Ha sido la mejor y más hermosa compañía que he tenido en mucho tiempo.
- Bueno, pues ahora a desayunar los dos – miró a Alonso que había levantado su carita para mirar a su madre – Si caballero, eso también va por usted, así que al comedor y sin rechistar.
- ¿La tía Margarita no viene?
- La tía Margarita se queda en la cama y va a desayunar en ella, así que andando - lo dijo señalando con su dedo el camino de la sala.
- ¿Y por qué no desayuno aquí con tía Margarita?

- No señor, tu padre te está esperando y él se tiene que ir a la escuela, así que nada de hacerle esperar ¡Vamos! - apremió al pequeño dando dos palmadas y éste salió corriendo de la habitación.
Cristina se sentó dando un suspiro - ¡Ay Margarita! ni te imaginas la briega que da.
- Pero también te dará satisfacciones ¿no?
- ¡Todas! Es la alegría de esta casa a pesar de lo caprichoso y testarudo que es. Bueno, vamos contigo, voy a traerte el desayuno y...
Margarita la interrumpió – Cristina, quisiera antes levantarme y asearme. Creo que lo necesito.
- Claro Margarita, yo te ayudo. Te traigo todo lo necesario, voy a traerte una tina para que te bañes, te sentirás más relajada. Nosotros en verano lo solemos hacer en el patio, pero aquí en la habitación tendrás más intimidad... Ahora regreso con todo.

Se quedó a solas. Tenía que recuperar fuerzas para irse lo antes posible de allí, a pesar que eso, hiciera invadirla de una gran tristeza. Acababa de conocer a una personita que la inundaba de ternura, de una felicidad que hacía tiempo que no conocía pero eso no podía detenerla, porque era la única forma de olvidar a quien más amaba, de no sentir de él su rencor, su resentimiento, aunque sus pasos la llevaran a reencontrarse con el miedo, con los golpes y con los celos enfermizos de Víctor.




Estaba sentada ante la puerta del patio. Después del baño, ayudada por su hermana y haber desayunado más bien poco ya que le era imposible pasar nada, no había querido quedarse en la cama. Aunque se sentía débil, debía hacer que su cuerpo fuera cobrando fuerza y decidió vestirse con ropa ligera y salir de la habitación. Cuando lo hizo, ya Gonzalo se había marchado a la escuela por lo que se sintió aliviada de no encontrarse con sus ojos. Recordaba cómo en sueños, que él la cuidó en la noche, que escuchó su voz afable, hasta había percibido cierta ternura en ella, pero eso no quitaba que ese rencor le hubiera desaparecido de la noche a la mañana.

En aquel momento, allí sentada ante la puerta del patio viendo a su hermana lavar y escuchándola contar cosas de Alonso. Cosas de la casa, del barrio, de la Villa, se le hacía más cuesta arriba regresar a una vida de engaños, de mentiras pero su vida no podía volverla atrás en el tiempo.

- Margarita ¿no os habéis planteado traer niños?
Aquella pregunta de su hermana le cogió de sorpresa – ¿Niños? Pues... pues si claro... Lo... lo que ocurre es que no vienen... Eso, eso lo que pasa...
- Ya vendrán... Dime ¿sigue Víctor tan atractivo como siempre? ¡Mira la pregunta que te hago! ¿Qué me vas a decir tú? ¡Pues qué si! – Cristina se echó a reír echándose un mechón de cabello para atrás recogiéndolo con una horquilla.

El niño llegaba en ese momento tirando de una cuerda que estaba atada a un carrito con ruedas y donde unos soldaditos estaban apilados de cualquier forma. Margarita lo atrajo hacia ella - ¡Pero qué cosita más linda!- besó repetidamente los rubios cabellos del chiquillo.

Alonso se dejaba querer y se reía con las ocurrencias que le decía su tía. El pequeño se soltó y pasó al patio donde antes de que Cristina se diera cuenta, tiró al agua del barreño todos los soldaditos.
- ¡Alonso ¿qué haces?!
Alonso miró a su madre que con los brazos en jarras lo miraba recriminándolo.
- Mamá, es que van a nadar... Yo los voy a enseñar.
- Igual que hace tu padre contigo ¿no?

El pequeño afirmó con la cabeza. Cristina no tuvo más remedio que reírse por lo bajito. Margarita quería tocarle a su hermana su partida – Cristina, no voy a retrasar más mi vuelta a Sevilla, mañana quiero regresar...
Cristina se la quedó mirando muy seria – Margarita, no te encuentras todavía bien del todo, dejas pasar un par de días más.
- Cristina, no te preocupes... De aquí a mañana me sentiré más restablecida pero no puedo posponer más mi regreso, de verdad que no, piensa que Víctor está solo y los hombres no se valen cómo una, tú ya sabes... - volvió a mentir, volvió con sus engaños ¡Bastante le importaba a ella cómo estuviera su marido!

Alonso escuchó las palabras de su tía. Se acercó a ella y poniendo sus bracitos en su regazo levantó su mirada - ¿Ya te quieres ir? Yo no quiero que te vayas - giró su carita hacia su madre – Mami, tía Margarita no va irse ¿verdad?
La muchacha cogió al niño y lo sentó sobre regazo – Cariño, ya esta mañana hablamos de ello pero yo siempre voy a pensar en ti y te seguiré enviando esos cuentos que mamá te leerá, y cuando seas un poquito más mayor y ya tu sepas escribir, me contarás tus cosas en una carta que yo leeré para disfrutar de todo ello.

- Hermana, de la forma que hablas pareciera que nunca más vamos a volver a vernos... ¡Pues ya puedes ir pensando en convencer a Víctor para que paséis las Navidades de este año, aquí en la Villa con nosotros!
- Si claro, se lo diré pero tú ya sabes cómo es él... Esto de los negocios lo tiene muy ocupado y en los tiempos que vivimos hay que aprovechar todos los momentos...
- Pero él tiene un socio, Iñigo ¿no? pues esos días que sea su socio que se encargue de todo ¡Vamos que no tenéis excusa!

Su propia hermana planteando su vuelta a la Villa y ella no podía hacerle ese ofrecimiento. Ya su madre no estaba para acompañar a su hermana y sabía de antemano que Gonzalo no iba a hacerlo y dejarla sola con el niño, no lo iba a consentir. Aparte, ella misma tenía temor, siempre lo había tenido que en una de esas visitas a Sevilla descubrieran la verdad que ella tanto escondía.

- Margarita, se quedó una conversación pendiente ¿Qué va a pasar con la casa de nuestros padres?
- Cristina, haz lo que tú creas conveniente... Si logras venderla, que no te darán mucho por ella, olvídate de mi parte... Aquí os encontráis un poco más apretado que nosotros, así que considéralo un regalo para Alonso.
- Pero eso no debe ser... Todo el mundo estamos pasando escasez y aunque tú tengas más soltura también tu marido está harto de trabajar para darte una vida cómoda, por eso no puedo consentirlo.

Sintió que se ahogaba. Cómo hubiera querido decirle a su hermana la verdad. Se sobrepuso e intentó hablar lo más serena - Nada Cristina, lo dicho... Mi parte considerarla un regalo para el niño y usadlo cómo mejor lo veáis y no quiero tocar más el tema ¿vale?
Cristina secándose las manos en el delantal se acercó a su hermana y la abrazó – Claro que no voy a tocar más el tema cariño, sé que hablar de ello es recordarte que ella ya no está con nosotros.

Margarita se limpió de un manotazo las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. El niño, que seguía jugando con los soldaditos en el agua la observaba en silencio y con ese entrecejo tan suyo que era un calco del de su padre. Se fue hacia su tía y le tiró de la tela de la falda haciéndose notar.

- ¿Por qué lloras ahora?
- No cariño, no lloro... Es... es que se me ha metido algo de arenilla en los ojos y eso hace que se me salten las lágrimas.
- ¿Me cuentas un cuento?
- ¡Claro que sí! Anda, ven arriba de la tía – lo sentó de nuevo en su regazo y comenzó a contarle un cuento.

Cristina volvió a su quehacer observando a su hermana y a su hijo con cierta tristeza en sus ojos.




La casa olía a hogar. La olla puesta en la lumbre despedía un olor que se esparcía por toda la casa. Era un guiso sin muchos ingredientes pero el poco que tenía, desprendía el mejor aroma como si se tratara del más exquisito manjar. Entre las dos ponían la mesa. Gonzalo no tardaría en llegar y Margarita temía esa llegada. Para Gonzalo la situación era la misma. Durante el día de clase había estado ausente, no se había podido concentrar como era debido, tanto, que incluso en más de una ocasión, algún alumno que otro le había llamado la atención al maestro. De vuelta a su casa, sentía cierto desasosiego de pensar en encontrarse con ella. No quería verla, no quería mirarse en sus ojos, esos ojos negros que aunque él percibió a su llegada que estaban llenos de tristeza, no quería que lo confundieran.

Llegó a su casa y empujó la puerta que estaba sólo entornada. Entró en la estancia donde su esposa cómo su cuñada, terminaban de poner la mesa. Aunque lo temía, no esperaba verla levantada.

Cristina le salió al encuentro poniendo un beso en su mejilla ¿Cómo te ha ido hoy con esos diablillos? ¿Has pasado mucho calor?
- Bien, como siempre, en cuanto al calor, hoy está más llevadero el día pero tendría que ponerme a pensar en dejar de impartir las clases por las tardes hasta después del verano. Para algunos críos resulta agotador.

- Pues es lo mejor que podrías hacer, además, a ti también te vendría bien.
- Ya veré lo que hago.
Se habían acercado a la mesa y se vio obligado a saludar – Buenas Margarita, parece que ya te encuentras mejor – su voz no expresó nada al decirlo ni al mirarla.
- Buenas Gonzalo, si, ya estoy mejor, gracias – en cambio la voz de la muchacha sonó algo nerviosa y no lo miró al contestar.
Alonso llegaba corriendo y se abrazó a las piernas de su padre. Gonzalo lo levantó en brazos y depositó un beso en la mejilla de su hijo – A ver, ¿cómo te has portado hoy?

- Bien... He enseñado a nadar a los soldados - mientras hablaba, Alonso acariciaba la barba de su padre - Me hace... Me hace cosquillas... - se reía al decirlo.
- Con que te hace cosquillas, y ¿esto? – Gonzalo comenzó a hacerle cosquillas con sus dedos al cuerpecito de Alonso. El niño reía y se encogía en los brazos de su padre.
Cristina intervino con una sonrisa en sus labios – Gonzalo eres peor que tu hijo, anda, vamos a almorzar, para que te eches un rato y a ver si consigues que Alonso duerma la siesta contigo, que esta mañana se ha despertado muy temprano.



Se sentaron alrededor de la mesa y comenzaron a degustar el almuerzo. Quien parecía no degustar de la comida era Margarita. Aquella situación le parecía insostenible. Muy a su pesar intervenía en la conversación cuando su hermana se dirigía a ella pero de parte de su cuñado no tuvo nada, ni siquiera una mirada de odio. Ella se sintió menos que un mueble. No había nada peor para ella el haber compartido tantas cosas con él siendo una niña, y en aquel momento de él, tan sólo tuviera indiferencia y eso era peor que el propio rencor que pudiera leer en sus ojos.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Jun 05, 2016 5:19 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.13

Habían terminado de almorzar y para la muchacha fue un alivio. Ayudó a su hermana a recoger la mesa mientras Gonzalo se llevaba al niño con él a la alcoba. Cristina se dedicó a fregar la loza mientras Margarita la secaba con un paño y la iba colocando donde su hermana le iba indicando. Cuando la cocina estuvo recogida Cristina le dijo que se echara un rato, que intentara dormir y que descansara si al otro día quería partir de viaje. La propia Cristina le dijo, que en cuanto supiera que el niño se había quedado dormido, ella también se tendería un rato. Margarita no se negó a hacerlo ella, la cabeza le dolía pero nada le dijo a su hermana para no preocuparla. Se llevó para dentro de la habitación una cuchara pequeña y un vaso preparándose la medicina que don Jeremías le había recetado. Se la tomó y desvistiéndose, quedando sólo con la camisita y las enaguas, se acostó sin deshacer la ropa de la cama. Se sentía un poco débil, comprendió que fueron muchas horas de fiebre. Cerró los ojos e intentó no pensar en nada ni en nadie. Sólo quería dormir, descansar. La dulce penumbra de la habitación y su cuerpo agotado por la tensión y por el malestar de tantas horas, hizo que no tardara en sumirse en un sueño reparador.




Cristina se acostó con sumo cuidado para no despertar a su marido ni a su hijo. También se encontraba muy cansada pero sabía que le iba a costar trabajo quedarse dormida. Tenía muchas cosas en la cabeza, sobre todo el saber que su hermana se iba y por parte de Gonzalo no había habido intento alguno de dejar atrás sus rencores hacia ella, a pesar de esa lucha de sentimientos contradictorios que tenía consigo mismo. Cerró sus ojos e intentó liberarse de tanta presión y dormir, dormir antes de que su hijo se despertara y entonces sí, que no habría manera de hacerlo. Con sumo cuidado buscó postura para estar más cómoda cuando sintió la mano de su marido en su hombro. Gonzalo le habló bajito para no despertar al niño que dormía plácidamente entre los dos.

- ¿No puedes dormir?
- Gonzalo, acabo de acostarme y es lo que intento de hacer – su voz sonó extraña, cortante, hasta ella le pareció rara la forma en que le habló a su marido.
- Por tu forma de hablarme, es como si te pasara algo ¿Qué te ocurre?
- Perdona... perdona si te he hablado de una forma poco adecuada... No sé por qué lo he hecho, pero lo único que quiero es dormir, sólo eso.
- Está bien, duermes – Gonzalo apartó su mano del hombro de ella y se quedó muy pensativo.

Sabía que algo le pasaba y si no insistió, fue porque también sabía que cualquier malestar que fuera el que la turbara se lo haría saber tarde o temprano. Para él ya sería difícil coger el sueño de nuevo pero no hizo intención de levantarse. Su mente cómo su alma, eran invadido por el desasosiego desde que Margarita pisó la Villa. En esos dos días que llevaba en la casa, su tranquilidad, su paz interior habían desaparecido y una gran inquietud minaba su espíritu. Sólo recobraría su estabilidad cuando ella decidiera regresar a Sevilla. Se preguntó cuando lo haría. Esa respuesta no se hizo esperar en la voz de su esposa.

- Mi hermana regresa mañana a Sevilla – lo soltó así, de repente, sin volverse a mirarlo.
Gonzalo al escucharlo sintió una gran opresión en el pecho. Sin embargo al hablar lo hizo tranquilo como si nada le afectara - Eso quiere decir que se siente recuperada, además, ella no podía retardar mucho su regreso, piensa que allí la espera su marido.
Cristina se dio la vuelta con cuidado para no despertar al niño y acodándose en la almohada miró el perfil de su esposo - Gonzalo, mi hermana no está recuperada... Nadie se recupera de un día para otro después de tanta calentura como la que ella tuvo. Ella, si se va tan pronto es porque algo la inquieta, algo la turba y creo que la causa de eso, eres tú.

Gonzalo esta vez, si volvió el rostro hacia su esposa - ¿Yo?... Que yo sepa nada le he hecho - lo dijo algo confuso.
- Tú mismo lo has dicho, no has hecho nada... ¡Nada por dejar tu resentimiento atrás y tratarla con algo de cariño! En el almuerzo ni siguieras te has dignado a mirarla o dirigirle la palabra... Gonzalo te veo y no te reconozco – la joven movió la cabeza de un lado a otro – No te reconozco, de verdad que no.
Gonzalo se incorporó y alargando el brazo puso su mano en el hombro de su esposa - Cristina, las cosas a veces no es tan fácil como tú crees.
- Te equivocas Gonzalo, y tú cómo maestro deberías saber que las cosas pueden ser tan fácil o difícil cómo cada uno queramos que sean.

Gonzalo volvió a dejar caer la cabeza en la almohada y se pasó la mano por el cabello echándose éste para atrás - No es tan fácil olvidar el pasado Cristina porque mis padres están de por medio, y ella tuvo la culpa de lo que les pasó – su voz por un momento se quebró por la emoción.

- Gonzalo, en más de una ocasión intenté hablarte de ello pero no quisiste escucharme, nunca quisiste hacerlo. Después de que nos casamos no volvimos a tocar el tema pero sentí en mis venas tu rencor hacia mi hermana por estos años... Cuando el niño te lleva una carta de ella para que le leas el cuento que con tanto cariño le suele escribir, siento en mi alma tu rechazo a leerlo y nunca te lo he reprochado ¡Nunca te he reprochado nada! Pero no puedes culparla por vida de algo que ella no fue causante, sólo fueron las circunstancias... Yo mejor que nadie sé lo que mi hermana sufrió. Sé las horas que junto con mi padre pasó en los calabozos intentando que la escuchara el alguacil pero no pudo hacer nada, ¡nada! sólo llorar su dolor, su impotencia y apena acababa de cumplir quince años...

Gonzalo escuchaba a su mujer en silencio, mientras lo hacía, su alma se invadía de un cúmulo de sentimientos. Era verdad lo que ella le decía, nunca había tenido reproches por parte de ella, nunca habían tenido una discusión fuera de tono al respecto pero había algo que no quería ni debía decirle a ella en aquellos instantes. Su vida fue un infierno en el momento en que Margarita no contestó a su carta. Aquella respuesta a su carta hubiera cambiado su vida. Pero la falta de respuesta por parte de ella, la vuelta de él después de algunos años encontrándose a sus padres muertos y Margarita viviendo en Sevilla casada con otro hombre, fue lo que hizo de su vida el peor de los martirios hasta no desear vivir. Sólo aquella preciosa y delicada mujer que tenía junto a él le dio vida para mirar adelante, fue su bálsamo para tanta alma herida... Pero no era fácil olvidar, no lo era.

Gonzalo miró el reloj de arena. Había terminado de caer el último grano. Se levantó de la cama poniéndose el pantalón. Sentía en él la mirada de su esposa como esperando algo por parte de él. La miró y le enterneció su mirada llena de preguntas. Dio la vuelta a la cama y sentándose junto a ella la atrajo hacia su pecho.

– Cristina, mi amor, no quiero que te atormentes... No me perdonaría que por mi causa te sintieras apesadumbrada, deja las cosas correr. Sólo el tiempo puede que se encargue un día de calmar tantas desazones y tantos rencores.
- Pero al tiempo hay que ayudarlo Gonzalo – pronunció aquellas palabras casi en su boca, rozando sus labios con ellas.

Gonzalo tomó el rostro de Cristina entre sus manos y la besó con suavidad, degustando cada milímetro de ellos hasta que su boca ansiosa devoró aquellos labios apasionadamente.




Margarita salió de la habitación, se sentía descansada. Buscó a su hermana y la encontró en el patio dando vuelta a la ropa.
– Con esta calor, seguro que la pones en el suelo y se te queda de pie.
Cristina se echó a reír – La verdad que no te equivocas porque las que he recogido están más que tiesas, ahora las tendré que rociar para poder plancharlas ¿Has descansado?
- Si, si que he descansado

Había traspasado el patio y comenzó a ayudar a su hermana. Se había levantado algo de aire lo que hacía que las ropas revolotearan en sus cordeles. Una vocecita escucharon detrás de ellas. Asomaron sus bellos rostros a través de una sábana y vieron al pequeño Alonso todavía algo adormilado y restregándose los ojitos.

Margarita salió al encuentro de él cogiéndolo en sus brazos y poniéndoselo en el cuadril - Pero si todavía estás dormido... - con sumo cariño lo beso en el cabello. El pequeño puso su cabecita en el pecho de la muchacha.
- Nada más termine aquí te preparo el vaso de leche ¿vale cariño?
- No... no quiero leche mami.
- ¿Cómo que no quieres la leche?... Tienes que tomarla para ponerte alto y grande como papá ¿Verdad tía Margarita que se tiene que tomar la leche?
- Claro mi niño, la leche hay que tomarla. Todos los niños tienen que tomarla.
- ¿Tú también la tomas tía Margarita?
- Bueno, pues yo... Si claro, yo también la tomo... - Margarita tuvo que contener la risa al igual que Cristina.



Con un ademán, Alonso le pidió a su tía que lo dejara en el suelo. Nada más poner sus piececitos descalzos en él, se fue a entremeter entre las sábanas que revoloteaban en diferente compás. Alonso intentaba cogerlas al vuelo, esto hacía que al chiquillo le causara risa pero no tanto a su madre.

-¡Alonso, sal de ahí ahora mismo qué me vas poner las sábanas que las voy a tener que lavar de nuevo!
Pero Alonso no hacía caso a su madre. Cristina volvió a llamarle la atención  – ¡Alonso! Si no me haces caso, no te llevo esta tarde a casa de Cata para que juegues con Murillo. Se había acercado a su hijo con dedo amenazador. El pequeño, ante aquella amenaza de su madre pareció ceder en su empeño de revolotear con las sábanas ya que prefería mejor jugar con su amiguito.

- Cristina, ¿la diligencia tiene mucho cambio en el horario?- sabía que el preguntarle eso a su hermana era entristecerla y entristecerse ella también, pero tenía que preguntarle.
Cristina la miró con una pinza de la ropa entre los dientes. Se quitó la pinza y la arrojó al canasto donde iba echando la ropa que iba recogiendo - Puedes cogerla más o menos a la hora que te trajo a la Villa pero si quieres nos informamos por si en la mañana sale una a primera hora.
- Si saliera una a primera hora, mejor sería.
- Bueno, contando que mañana salga alguna de la Villa.

Con eso, ella no contaba. Les pidió a todos los santos, que al día siguiente saliera una diligencia que la llevara a su pesar, de vuelta a Sevilla.
- Cristina, quería decirte otra cosa, esta noche puedo quedarme a dormir en la habitación de madre... No siento ningún temor ni reparo en hacerlo, así el niño duerme en su cama y vosotros descansáis sin ningún tipo de incomodidad.
- Eso ni lo sueñes, tú esta noche sigues ocupando el cuarto de Alonso que por nosotros no tienes que preocuparte por nada – mientras hablaba, había cogido el canasto con la ropa recogida y entraron en la sala.

Lo depositó encima de la mesa y fue a la cocina a preparar la leche a Alonso. Cogió una jarra y echó algo de leche en un vaso. Luego fue en busca de su hijo. Alonso jugaba con el agua del barreño y se estaba poniendo chorreando. Cristina lo cogió del brazo casi en volandas y lo sentó en una silla.
- ¡Pero bueno! ¿Tú has visto cómo te has puestos? Cuando vaya a bañarte me lloras, ¡qué ya te digo yo! - con el delantal le fue secando toda la carita y el pecho desnudo del pequeño,

Luego le fue arrimando el vaso a la boquita para que fuera tomando la leche. Con más trabajo que otra cosa Alonso se tomó la leche, luego, se fue en dirección a su cuarto trayéndose, el cuaderno y un carboncillo en la mano. Se sentó ante la mesa de la sala y comenzó a hacer garabatos.

- Alonso, en vez de hacer garabatos ponte a hacer las vocales que ya sabes que luego tu padre se enfada contigo.
- No me gusta...
- Yo quisiera saber lo que a ti te gusta, ya... – Cristina estaba pendiente de lo que hacía su hijo, mientras que ella y su hermana se dedicaban a doblar las ropas.
Cuando terminaron de hacerlo, Cristina fue a preparar la plancha y Margarita se sentó junto al niño poniéndole una blusita – Eso es, y ahora, vamos a hacer una cosa.

Convenciéndolo, le puso una hilera de vocales y que el pequeño poco a poco las fue copiando, aunque por supuestos no todas en la misma línea. Miró a su tía cuando terminó.
- ¡Muy bien Alonso! ¡pero si escribes muy bien! Ahora voy a ponerte otra muestra y la tienes que hacer tan bien como la primera ¿vale?
- Vale  – el pequeño lo dijo con mucha firmeza.

Cristina y Margarita cruzaron sus miradas y sonrieron ante la firmeza del niño. La joven le puso una muestra con diferentes palabras, cómo mamá, papá, tía... Le entregó el carboncillo al pequeño y él muy puesto, comenzó a escribirlas debajo de la hilera del muestrario.

La puerta se escuchó abrirse y Gonzalo apareció en el umbral. Cerró, y con un “buenas” se dirigió a la cocina besando a su esposa. No había terminado de hacer el giro para irse en dirección a la mesa cuando Alonso con el cuaderno en la mano iba todo presuroso hacia él - ¡Papá! ¡papá! ¡mira!... Lo he hecho yo solito - le enseñaba la libreta a su padre. Gonzalo se puso en cuclillas y le cogió el cuaderno.

- ¡Vaya! ¡Esto está muy bien! ¡pero qué muy bien! - lo besó con dulzura en la mejilla. De soslayo miró a Margarita que sentada ante la mesa tenía la mirada baja jugando con sus propios dedos. No tuvo que adivinar mucho que ella era la que había incitado al niño a escribir. Gonzalo miró a su esposa – Voy a refrescarme – lo dijo en tono cansado.
- Te he puesto una camisa ya planchada encima de la cama.

Cuando pasó ante la mesa se detuvo por un momento – Me ha dicho Cristina que mañana te marchas ¿Estás segura que estás lo bastante bien para emprender un viaje?
- Si... si estoy bien... No tenéis que preocuparos – ella levantó por un momento la mirada y se encontró con los ojos de él. Los ojos color miel la miraban fijamente pero ya no eran los ojos llenos de amor que hacía años la hicieron vibrar de emoción. Apartó la mirada de él.

Gonzalo sin decir nada más se dirigió a la alcoba y cerrando la puerta se dejó caer en la cama exhausto. Ocultó la cabeza entre las manos ¿Qué le pasaba? ¿Qué sentía cuando la tenía delante? ¿Qué clase de dolor era el que lo embargaba en aquel momento? Verla, tenerla frente a él, le hacía daño, mucho daño.




Cristina terminó de arreglar al niño y miró a su hermana – Entonces, ¿no quieres venirte?
- No Cristina. De verdad no me apetece.
- Bueno, no te preocupes. Aprovecho para enterarme si mañana hay diligencia y a qué hora sale. No tardo mucho.

Cristina salió de la habitación y se dirigió a la entrada de la casa con Alonso. Gonzalo que en ese momento parecía leer, cerró el libro y salió de detrás de la mesa - ¿A dónde vais?
- Voy a casa de Cata ¿Te vienes?
- No cariño, pensaba de apilar la paja – diciendo esto besó con dulzura a su mujer en los labios y dirigiéndose a Alonso... - y a ver cómo te portas tú pequeñajo...

El niño sonrío a su padre quitándose las manos de él, con las cuales Gonzalo le hacía cosquillas en la barriguita. Los vio salir y sonriendo se fue para el establo comenzando a apilar la paja. La tarde ya estaba declinando y corría algo de brisa por lo que pensaba, que la noche sería más liviana y no tan calurosa.

Continuará...


Última edición por Mari carmen el Lun Jun 06, 2016 8:54 pm, editado 1 vez
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Glauka



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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Jun 05, 2016 11:12 pm

Ummmmm, que interesante......mf_bookread  pero pobre Margui, lo que sufrió ...... ay que penita. Me gusta tu relato Mari Carmen. Vuelve pronto .... kissing y Gracias
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Lun Jun 06, 2016 9:26 pm

Hola Glauka Very Happy  Gracias a ti. Si, pobrecita de Marga, la criatura no puede sufrir más, esperemos que vengan días mejores Wink  Bueno, he vuelto pronto no?? Anoche terminé una ilustración y dejo un poquito más...

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.14



La necesidad de saber.

Margarita había terminado de arreglar las pocas pertenencias que trajo con ella. Esperaba que la suerte, si es que se podía llamar así, la beneficiara en ese aspecto y pudiera tomar una diligencia al día siguiente. La suave brisa que entraba por la ventana la reconfortó, pensó, que en el patio se estaría bien. Salió y comprobó que en la sala no había nadie. Respiró tranquila al pensar que Gonzalo se había marchado con su hermana y el niño. Fue a coger una silla pero escuchó cierto ruido que venía del establo. El corazón comenzó a latirle con fuerza. Su primer impulso fue volver sobre sus pasos y refugiarse en la habitación pero algo la detuvo. Siempre de niña fue de corazón rebelde y ante las injusticias se sublevaba aunque llevara las de perder. Esa rebeldía le salió a flote en aquel momento cómo una necesidad de querer saber. Con paso titubeante se dirigió al establo. Gonzalo estaba de espalda por lo que no la vio llegar, ni percibió su presencia. Margarita sintió que se le humedecían los ojos al contemplar la figura hermosa de aquel hombre que a pesar de su desprecio y su rencor no podía dejar de amar. Gonzalo seguía absorto en su quehacer. Seguía apilando la paja con habilidad y soltura.

- ¿Por qué me odias tanto Gonzalo? – la voz de la joven sonó lo más serena.

Gonzalo se quedó con la horca en el aire al escuchar su voz. Cerró los ojos y se mordió el labio inferior. Pausadamente dejó el tridente clavado en la paja y poco a poco se volvió hacia ella. Estaba frente a él, apoyada en el umbral de la puerta. Para la muchacha, era una manera de guardar el equilibrio, de sujetarse con algo. Las piernas parecían querer fallarle y tenía que parecer entera delante de él.

Gonzalo después del primer momento de impacto, habló con tranquilidad aparente y con cierta frialdad - ¿Por qué crees tú, que te odio? – había cruzado sus brazos sobre su pecho y se dejó caer en el quicio del muro.
- Porque tu mirada me lo dice - no titubeo al decirlo.
- ¡Pues tiene muy buena percepción! – Gonzalo lo dijo con cierta ironía.
- Siempre la tuve. Debías recordarlo pero claro, después estos años ¿cómo vas a acordarte de ello y de todo lo que vivimos y sentimos de niños? - sus palabras en esta ocasión no llevaban la serenidad anterior.
- Eso ya pertenece al pasado... Eso hace mucho tiempo que quedó atrás...
- Pero para ti no quedaron atrás otras cosas ¿verdad? – ella, no quería perder la serenidad. No quería venirse abajo.

Gonzalo dejó su postura y dio unos pasos alejándose un poco de ella. Le volvió la espalda. No podía mirarla, no podía mirar cómo aquella menuda y hermosa mujer sacaba coraje para enfrentarse a él y querer sacarle la verdad.

- Acaso ¿no tienes valor suficiente para responder a mi pregunta?
Aquello hizo que se revelara y se volvió con ímpetu hacia ella – ¡Te equivocas! Tengo valor para decirte porque te odio si quieres saberlo.
Margarita sintió cómo una puñalada atravesar su pecho – Por eso te he hecho la pregunta... Porque quiero saberlo a través de tus palabras y no sólo ver tu rencor a través de tu mirada.
- No haría falta que yo te lo dijera, más que nadie, tú sabes la causa de ello.
- Me guardas rencor por aquello... Nunca conseguiste olvidar Gonzalo, nunca conseguiste olvidar algo de lo que yo no tuve la culpa.
- ¡No Margarita! ¡Tú, fuiste culpable! Fuiste culpable de mucha cosas y no sólo arruinaste mi vida, ¡sino también la de ellos! ¡La de mis padres! - Gonzalo había perdido los papeles y no intentó simular su ira, su rabia, su dolor...

La joven se sintió morir al escucharlo hablar pero no iba a darse por vencida – Mañana dejo tu casa y no me gustaría irme con esa impresión que tienes de mí... Sólo te pido que me escuches, sólo eso - no sabía de dónde sacaba tanta fuerza para hablarle con la serenidad que lo estaba haciendo.
- ¿Escucharte? ¡No Margarita! Yo nada tengo que escuchar de ti... ¡Puedes ahorrarte tus palabras! ¡y si estás aquí, en mi casa, no es por mi gusto!
- Lo sé... sé que no quisieras tenerme aquí y en cuanto a lo de no escucharme, eso se llama egoísmo Gonzalo... Yo tengo que sentir sobre mí el rencor por tu parte y tú, ni siguieras me da la opción a que me expliques... A escuchar de mí, la verdad de lo que pasó y luego si quieres condenarme, hazlo, pero no me juzgue antes de saber.

Por un momento Gonzalo no supo que decir ante las palabras de ella, ante su forma de hablar. En ningún momento levantó la voz, ni se alteró ante la forma de él al increparle. Pero no, no podía caer en la confusión, no podía darle opción a nada - ¡No! ¡No voy a escucharte!... No quiero que me confundas y quedes como la victima... No... ¡Y no voy a seguir hablando más del asunto!

Gonzalo fue a pasar delante de ella y salir del establo pero de nuevo la voz de ella sonó a su espalda.

- Está bien, no me escuches, quizá no merezca la pena pero si déjame decirte algo... ¡Tienes miedo Gonzalo! ¡Tienes miedo a saber la verdad! Tienes miedo a saber que has podido estar equivocado en todos estos años, pero puede ser... Puede ser que un día, te arrepientas por todo el daño que me estás haciendo y que te estás haciendo a tu vez...

En esta ocasión, fue Margarita la que pasó por delante de él saliendo del establo. Se cobijó en la habitación cerrando la puerta y apoyando la espalda en la hoja de madera, se dejó caer hasta el suelo y toda la fortaleza que había demostrado ante su cuñado se derrumbó. Estallando en sollozos ahogados dejó salir toda la rabia y el dolor contenido.




Cristina en la puerta de su casa se despedía de Cata – Bueno, voy para dentro que voy a preparar la cena...
- Entonces, ¿tu hermana se va mañana?
- Al parecer sí. Mañana sale a primera hora una diligencia para Sevilla, ahora se lo diré.
- Pues entonces hasta mañana Cristina, que yo nada cenemos me voy a la cama, si Floro quiere apañar a sus hijos que lo haga, pero mañana tengo que levantarme temprano para ir a Palacio, que mi señora quiere que esté a primera hora...

Cristina terminó de subir los escalones y fue a empujar la puerta. Habían tenido tiempo de hablar, ella se había dejado ir un poco más por lo mismo, para darle margen a los dos para que pudieran arreglar sus diferencias, sus equívocos. Ansiaba que su hermana se fuera libre de aquella losa que llevaba sobre ella y deseaba con el alma, que su marido se quedara limpio de rencores, de todo lo que le atormentaba. Quería que fuera un hombre exento de resentimientos y sentimientos encontrados.

Empujó la hoja de madera y e hizo pasar a Alonso. Cerró la puerta con el pestillo. La sala se encontraba desierta, algunas velas encendidas y un poco de leña en la lumbre. Dirigió su mirada al fondo, la habitación de Alonso se hallaba cerrada, aquello le dio mala espina. Fue a dirigirse a ella pero al pasar por el establo escuchó algo y sus pasos la condujeron hasta allí. Su marido, se encontraba sentado en el suelo dejando caer su espada en la pared y tiraba alguna piedrecilla que otra dentro de un cubo de zinc. Estaba absorto y aunque no le veía muy bien el rostro por la poca luz que entraba hasta allí, apreció que su semblante estaba muy contrariado. Él no notó la presencia de ella por lo que Cristina volvió sobre sus pasos. Ella no podía dar a entender nada pero que había pasado algo, había pasado, pero no lo que ella hubiera querido. Suspiró con gran tristeza y poniéndose el delantal se dispuso a preparar la cena, luego iría a ver a su hermana. Buscó con la mirada a Alonso. Sonrío al verlo, él sí, que estaba ignorante de los problemas de los mayores. Se había sentado ante la mesa y había cogido de nuevo el cuaderno y el carboncillo y se había puesto a escribir a su modo y forma.

Gonzalo había entrado en la sala y acercándose a su mujer la rodeó con sus brazos. Cristina lo dejó hacer. Para Gonzalo, ella era su liberación, su sosiego, la paz que llenaba su alma y que tanto necesitaba en aquel momento.

- ¿Qué haces? – le preguntó por preguntar algo.
- Pues la cena ¿He tardado mucho?... Ya sabes cómo es Cata, que cuando nos ponemos a hablar, no nos damos cuenta...
- No... no tienes que decir nada pero te he echado de menos... ¡Te necesito tanto!
- ¡Uy, como está la cosa! - se volvió hacia él y cogiéndole la cara entre sus manos le dijo muy bajito – Yo también te necesito, lo sabes ¿verdad?

Gonzalo movió afirmativamente la cabeza.

- Anda, pon la mesa. Iré a buscar a mi hermana, seguro que se ha quedado dormida.
Gonzalo se estremeció. Verla otra vez... No sabía si podría resistir la mirada de ella después de lo que le dijo antes de irse de la vera de él.

Cristina entró en la habitación. Margarita estaba en la cama acurrucada. Se había quedado dormida pero Cristina apreció que en su rostro había huellas de llanto. Sintió una gran opresión en el pecho. Le puso una mano en el hombro y la zarandeó con delicadeza - Margarita, anda, despierta... Vamos a cenar.
La muchacha se revolvió en la cama – No, déjame Cristina... No tengo ganas de cenar, sólo... sólo quiero dormir.
- Bueno, está bien pero desnúdate y descansarás mejor... Yo te traigo un vaso de leche pero anda, desvístete.

Margarita se incorporó con trabajo y comenzó a desnudarse. Se puso el camisón y deshizo la cama. Se sentó en el lecho y comenzó a trenzarse el cabello. Su mirada estaba llena de tristeza y de un infinito dolor. Se tendió sobre la cama y se acostó de lado mirando hacia la pared. Cerró los ojos. La imagen de Gonzalo la tenía clavada en su mente y sus palabras tan hirientes martilleaban produciéndole una gran agonía.

Cristina se había dirigido a la cocina. Tomó un vaso de una de las estanterías y luego cogió la jarra de la leche llenando aquel vaso de barro.
Gonzalo no dejaba de mirarla, necesitaba preguntar - ¿No cena tu hermana?
- No, dice que no tiene hambre, que lo que quiere es dormir... Mejor que sea así ya que mañana sale muy temprano y le queda mucho viaje por delante - dejó la jarra encima de la mesa de la cocina.
– Lo que queda de leche es un vaso, la que se tomará tu hijo esta noche... Ya mañana cuando acompañe a mi hermana a la diligencia, me acerco a la vaquería cuando venga de vuelta.

Gonzalo no dijo nada ante el comentario último que hizo su mujer. Pero su mirada, su entrecejo y una sensación extraña dentro de él, hacía que su mente no dejara de repetirse... ¡Qué se iba! Que se iba en la mañana temprano y quizá ya nunca volvería a verla.




Cristina, puso su mano en el hombro de su hermana. Margarita percibió el contacto de ella. Limpiándose unas lágrimas rebeldes que se desprendían de sus hermosos y tristes ojos, giró su cuerpo. Se incorporó y tomó el vaso que le entregaba. Lo bebió con mucho trabajo. Era tal nudo que sentía en la garganta que no podía ni tragar. Cristina apreciaba todo esto pero no quería decir nada. No sabía lo que podían haber hablado pero lo que hubiera sido, los dos estaban igual de afectados.

- Margarita, en la mañana a primera hora, sobre las siete, sale a una diligencia pero...
No dejó terminar a su hermana – ¡En esa! ¡En esa me voy Cristina!
Cristina sintió una gran congoja al escuchar de la forma en que lo dijo. Daba la sensación que quería huir de allí. Y si, era eso... Quería huir de él. Huir de Gonzalo y del dolor que le producía sentir sobre ella, su desdén, su despecho...

Tomó el vaso que su hermana le devolvía e intentando que las lágrimas no afloraran a sus bellos ojos marrones depositó un beso en su frente. Le deseó buenas noches y salió cerrando la puerta.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Jun 11, 2016 3:43 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.15

Acababan de terminar de cenar y apenas habían tenido conversación a no ser por causa de Alonso, siempre se terciaba algo que comentar o reñirle. Gonzalo la ayudó a recoger la mesa y la cocina. El niño ya presentaba síntomas de sueños y aunque se encontraba todavía sentado en la silla ante la mesa, como una polvorilla se deslizó por ella y sin que sus padres se dieran cuentan se dirigió con paso vacilante al que era su cuarto. Empujó con suavidad la puerta y de manera instintiva la dejó como se la encontró al entrar. Con sigilo y entre la penumbra de la estancia se acercó a la cama donde su tía parecía dormir. Se acodó cómo en él era costumbre y de nuevo esbozó una abierta sonrisa. Con su manita acarició la piel de la muchacha y aquel cabello que le llamaba tanto la atención y que al estar ella de espalda, la trenza le caía como una cascada entrelazada sobre ella. El pequeño acarició su brazo desnudo y se empinó para ver el rostro de su tía. Algo percibió la muchacha que se movió en la cama dándose la vuelta.

Una gran ternura la invadió al ver la carita de su sobrino mirándola embelesado - Alonso, mi niño, ¿qué haces aquí? Ya debe ser muy tarde.
- Quería estar contigo ¿Ya te vas? – su voz estaba llena de tristeza.
- Si mi vida, mañana ya tengo que irme pero siempre... Siempre te llevaré en mi corazón.
- ¿Y a dónde vas? ¿A dónde se ha ido la abuela María? – en su inocencia, Alonso no supo todo el sobrecogimiento que en ese instante le hizo sentir a su tía.
- No cariño, no voy a donde se ha ido la abuela María... Allí, donde la abuelita está, no me importaría irme en estos momentos - sus ojos al decirlo brillaron de lágrimas - Pero no... No es allí donde mi viaje me llevará.

El pequeño bostezó y echó su cabecita sobre la cama. Margarita acarició el cabello de su sobrino. El pequeño levantó su catita y miró a su tía con sus ojitos picarones aunque caídos de sueño - ¿Me dejas que me acueste contigo y me cuentas un cuento?
Margarita titubeó pero apartándose a un lado le hizo sitio al pequeño que se subió a la cama y se acomodó junto a ella. La joven le pasó el brazo por su cuerpecito - Yo te cuento pero tú, no te vayas a quedar dormido ¿vale?
- Vale – lo dijo volviendo a bostezar.
- Pues esto era una vez, un niño muy, muy travieso... Tenía muchos animalitos a los...

Así, contando lentamente aquel cuento inventado por ella y abrazada a aquella ternura que la llenaba de paz, sus ojos poquito apoco se adormecieron sin saber que los del pequeño, ya se habían adentrado mucho antes en el hermoso y reparador país del sueño.




Ya habían terminado de recoger la cocina y Cristina ya llevaba el vaso de leche para Alonso. No les sorprendió no verle sentado, pensaron que estaría en el patio.

– Espero no cogerle con la mano en el agua, ¡porque si no me va oír pero bien!

Mientras Cristina se dirigía al patio, Gonzalo se sentó en la mesa cogiendo el libro, iba a intentar que su mente se refugiara en el tema que iba a dar el día siguiente en clase.

Cristina entró del patio – Tu hijo no está en el patio ¿Adónde se me habrá metido? Con tal de no tomarse la leche es capaz de haberse escondido. Voy a la alcoba – dirigió los pasos hacia allí donde comprobó que tampoco estaba. Salió presurosa y llevó sus pasos al establo. Gonzalo se levantó cuando ya Cristina volvía  - ¡Qué no está! ¿Pero dónde se ha metido? ¡Es que mi siquiera se oye!

Gonzalo, alzó su mirada hacía el piso superior e hizo señas a su mujer. Subió los escalones de tres en tres y abrió la puerta del cuarto donde durante el tiempo que duró la enfermedad, había sido de María. Allí sólo se encontró una habitación llena de un gran vacío. Salió y volvió a cerrar la puerta. Recorrió el corto pasillo que lo llevaba a la ventana que conducía al tejado de la casa. Subió unos escalones y miró al exterior, el tejado estaba desierto, la única compañía, cierta claridad que la luz de la luna dejaba caer sobre él. Puso sus pies sobre las tejas con sumo cuidado para no resbalar. No había rastro del pequeño. Inclinando el cuerpo hacia delante miró hacia la calle. Todo estaba desierto, aparte de un borracho que paseaba su borrachera, no había nada. Volvió sobre sus pasos y rebuscó por los diferentes recodos del tejado ya que al ser una casa grande, tenía más de uno y donde cualquiera podía ocultarse.

Sus ojos, se posaron en una trampilla muy difícil de vislumbrar ya que se encontraba oculta dentro de unos de los recodos más difíciles de acceder que solía tener el tejado. Aquello, daba acceso a lo que en un tiempo fue un palomar y que él decidió cerrar antes de nacer su hijo por evitar cualquier problema ante las enfermedades que podían acarrear estas aves. Se agachó y comprobó que seguía bien cerrada, tal y cómo él la dejó, con un candado y unas cadenas cogidos a dos argollas de hierro aunque ya oxidados por la lluvia y la humedad. Se incorporó y entró de nuevo a la casa por la ventana. Bajó de prisa la escalera.

- En la parte de arriba no está...

No siguió hablando, ya que su mujer con el dedo le indicaba silencio y a la misma vez con un ademán le pedía que se acercara hasta la entrada de la habitación de Alonso. Hizo lo que le pedía aunque algo desconcertado y se acercó al umbral de la puerta asomando su rostro por ella.



Si hermosa fue la estampa que vio de Margarita acunando a su hijo, aquella no era menos bella. Los dos dormían plácidamente. La cabeza del pequeño descansaba sobre la pechera de ella y uno de sus bracitos sobre la cintura de su tía. El hermoso rostro de la joven no tenía ni un ápice de dolor reflejado y con uno de sus brazos, abrazaba al pequeño contra ella.

- Tanto buscar y no nos imaginábamos que estaba aquí, con su tía – Cristina le habló en voz baja pero llena de satisfacción y ternura.
- Pero... pero no lo vas a dejar que duerma aquí ¿no?- preguntó algo ceñudo Gonzalo.
- Si no fuera porque mi hermana tiene que viajar mañana y es un trayecto muy duro, no me importaría pero sé que con él no va a descansar, así que no los llevamos y esperemos que no se nos despierte.

Fue a hacer el intentó de ir a coger al niño pero Gonzalo la detuvo con un ademán. Fue él, el que se acercó a la cama y con mucho cuidado apartó el brazo de Margarita que abrazaba a su hijo y cogiendo a éste con sumo cuidado lo tomó en sus brazos. Por un sólo momento sus ojos no pudieron evitar el mirar a la muchacha que se había movido en la cama. Un gran nudo le atenazó su garganta y se apartó rápidamente de allí. Salió de la habitación llevando a su hijo hasta su alcoba y lo tendió suavemente en medio del lecho.

Cristina cubrió al pequeño, luego miró a su marido – Bueno, ya es hora que nosotros también descansemos... Yo mañana me levantaré temprano para acompañar a mi hermana. Yo no sé tú, pero yo, ya me acuesto.
- Voy... voy a quedarme sólo un rato en la sala... Quiero leer un poco más el tema de mañana.

Diciendo esto, Gonzalo salió de la alcoba. Cristina comenzó a desvestirse. Sabía que quería quedarse a solas. Tenía que poner en orden sus pensamientos, sobre todo, tenía que luchar contra sus propios fantasmas. Fantasmas de los que nunca podría quedarse libre, si él mismo no ponía de su parte para desprenderse de ellos.




No sabía la hora que podía ser pero se imaginaba que ya tendría que levantarse. Había dormido y no sabía cómo había podido hacerlo después de la angustia de la tarde anterior. Si había podido conciliar el sueño, se lo debía a esa dulzura de pequeño que era su sobrino, ni siquiera se enteró cuando se marchó. Se incorporó en la cama y suspirando echó los pies al suelo. Se acercó a la ventana semicerrada y la abrió del todo. Una dulce brisa penetró haciendo que sus rizos bailaran al roce de ella. Buscó postura para mirar al cielo. Todavía las sombras de la noche no terminaban por irse y las estrellas con su fulgor destellaban allá arriba haciéndose notar. En las afueras de la Villa, la ermita de la Caridad con sus toques de campanadas la avisaban de la hora que era. Habían dado seis toques. Su corazón tan lleno de pesar latió a ritmo acelerado. Estaba a una hora de dejar de nuevo la Villa. Dejó la ventana y comenzó a recoger sus pertenencias dentro de la cesta dejando sólo lo que iba a ponerse, su ropa de luto, lo hizo sin prisa alguna, cómo si con eso quisiera alargar un poco más su estancia allí, luego, se dispuso a asearse.


Se encontraba sentada en la cama ya vestida, cuando su hermana entró en la habitación.

- ¡Pero si ya estás hasta vestida! Pero cariño ¿a qué hora te has levantado? – fue junto a ella sentándose a su lado. Le cogió las manos apretándoselas con cariño - ¿Has descansado?
- Si Cristina, he descansado. Ni siquiera me enteré cuando el niño se fue, él...
- El niño no se fue, Alonso se quedó dormido aquí, contigo y nosotros buscándolo por toda la casa.
Cristina le contó la cierta preocupación que tuvieron hasta que el niño apareció junto a ella, luego, abriendo una de las manos de Margarita, le puso una medalla de plata con la imagen de la virgen niña – Era de madre ¿te acuerdas? Quiero que tú la tengas, que sea para ti.

La joven no pudo reprimir sus lágrimas y llevándose la medalla a sus labios la besó. Cristina con una gran emoción se levantó y le dijo a la muchacha que se iba a vestir para acompañarla. Margarita se colgó la medalla, quizá le daría fuerza para salir de allí y fuerza para llegar a su destino. Tomó la cesta y volvió a recorrer con su mirada aquella habitación con todo el toque infantil que tenía a pesar de estar amueblada con sencillez. Ese toque que apreció nada más entrar en ella al llegar a aquella casa. Las lágrimas afloraron a sus ojos. No, no quería llorar, no debía hacerlo. Se dirigió a la puerta y echando una última mirada salió de aquel cuarto. Se dirigió a la sala y llevo sus pasos a la entrada del patio. Depositó la cesta en el suelo dejándose caer en el quicio de la puerta. La claridad del nuevo día ya se hacía entrever. La voz de su hermana se escuchó a su espalda.

- ¿Quieres tomar algo antes de irte?

Margarita negó con la cabeza, mientras, su hermana se había ido para la cocina. Sacó del estante un lebrillo con frutas, también queso y media hogaza de pan. Cogió un lienzo y le puso varias piezas de frutas anudándolo con sus cuatro puntas. Volvió a tomar otro lienzo y puso encima de él, un trozo de queso y  la mitad de la hogaza de pan e hizo lo mismo. Con todo ello y una jarra para traerse de vuelta la leche que necesitaban para el día, se acercó a Margarita y se lo metió en la cesta

- Prométeme que te lo vas a comer todo.
- Sabes que no soy de comer mucho – sonrío al decirlo.
Cuánta tristeza vio Cristina en aquella sonrisa – Pues cuando quieras nos vamos - le costó trabajo decirlo. Nadie sabía cuánto.

Margarita tomó su cesta y siguió a su hermana. Cristina abrió la puerta y salió al exterior. La muchacha antes de poner un pie en la calle volvió por un instante la cabeza para mirar lo que dejaba atrás. Dejaba un hogar una familia, y algo más...

Desde la alcoba, Gonzalo escuchó el cerrar de la puerta. Se incorporó en la cama y puso los pies en el suelo quedando sentado en el lecho. ¡Dios, que le estaba ocurriendo! ¿Por qué sentía aquello que le oprimía el pecho al saber que ella, ya se iba? ¿Por qué sentía ese desasosiego al saber que cuando se levantará no la vería? Recordó la tarde anterior, recordó sus propias palabras... Palabras llenas de odio hacia ella y recordó la palabras de ella, que ni siquiera en ningún momento alzó la voz al pronunciarlas... Volvió a ver sus ojos llenos de tristezas pero en ningún momento llenos de rencor. Se cubrió la cabeza con las manos y como un chiquillo meciéndose sobre sí mismo, rompió a llorar todo lo que llevaba dentro... Su rencor, su impotencia, su dolor y sobre todo... su miedo...






La despedida.

La diligencia estaba a punto de salir. Las hermanas se miraron. Fue Cristina quien habló intentando aguantar la emoción – Cuídate ¿vale? y ya sabes, me gustaría tenerte estas Navidades aquí, con nosotros ¿Se lo dirás a Víctor?
Margarita asintió en silencio, luego miró a su hermana con los ojos vidriosos por la lágrimas – Dile a Alonso que seguiré escribiéndole cuentos y que cuando aprenda a escribir, que me escriba... Siempre esperaré una carta escrita por él, ¡siempre!

La voz del cochero se hizo escuchar avisando que se ponían en marcha. Se abrazó a su hermana, Cristina la estrechó fuertemente besando sus mejillas, su cabello, luego la apartó y limpiándole el rostro la apremió – ¡Anda, que éste no espera!
Margarita se recogió la falda y subió el escalón del carruaje acomodándose en uno de los asientos. Sacó la mano por la ventanilla para apretar la que su hermana le tendía – Adiós hermana, ya nos escribiremos. No... no dejes de hablarle a Alonso de mí ¡No dejes de hacerlo!... Dile... ¡dile que le quiero mucho!

Cristina asentía a todo. Sólo cuando escuchó que el cochero incitaba a los caballos retiró la mano de Margarita y el carruaje se puso en marcha. Vio y sintió el llanto de su hermana en ella. Le subió una gran congoja que le atenazó la garganta. Las dos sabían que era una despedida pero ninguna de las dos, podían imaginar que aquello era una despedida definitiva, que el destino movería sus hilos para jugar a su antojo de la forma más inexorable y cruel. La joven vio alejarse la diligencia y con paso lento volvió el camino de vuelta. Tenía que serenarse antes de llegar a la casa, antes de presentarse delante de él. Gonzalo tenía que verla fuerte, ella no podía flaquear, porque ella era el sostén de su marido. Así la prefería él para refugiar sus desesperanzas y sus tormentos. Aunque él no le hablara de ello, ella sabía cuando él necesitaba de su fortaleza cómo de su amor, y ella, sentía a su vez el calor de su esposo, aquel fuego que desprendía su corazón donde el amor de su marido, estaba lleno de belleza y de momentos inolvidables, aunque supiera que una parte de ese corazón no le perteneciera a ella.


La diligencia había ya dejado atrás los alrededores de la Villa. Margarita se había enjugado las lágrimas. Sus manos apretaban el asa de la cesta que tenía sobre su falda. Se sentía rota. Rota de dolor, de amargura... Aunque sus ojos se mantuvieran secos, su alma siempre estaría anegada en llanto Su alma, siempre vestiría de luto igual que la ropa que llevaba puesta. Dejaba la Villa, pero no dejaba atrás el sentimiento de rencor y de odio del hombre que amaba. Ese sentimiento siempre estaría alojado dentro de su espíritu y viajaba como un equipaje más con todo su pesar, camino de un destino que no era mejor que toda la pesadumbre que llevaba acuesta.




Gonzalo volvió al presente. La apretó contra su pecho y cerró los ojos. A la misma vez que ella había ido evocando aquella parte, él lo había estado viviendo. ¡Qué cruel fue con ella! ¡Cuánto había sufrido por su culpa! Los ojos se le habían humedecidos al ir rememorando todo aquello. La besó en el cabello con toda ternura. Margarita, refugiada en su pecho seguía con aquellos recuerdos. Quería dejar su alma limpia de todo aquello que había llevado con ella como quien guarda un secreto, y que por mucho tiempo, le hicieron tanto daño.

- Cuando llegué a Sevilla, él no se encontraba. Según me dijo Concha, él había salido casi a la misma vez que yo y que no había vuelto en aquellos cinco días. El no encontrarme con Víctor a mi llegada fue un alivio... Estaba agotada y lo que quería era descansar. Nada más asearme me acosté y dormí durante varias horas. Cuando me desperté ya era madrugada pero él no había regresado. Volví a quedarme dormida hasta la mañana siguiente. Durante varios días no supe nada de él pero una noche volvió. Yo me encontraba en el patio con Concha y algunos vecinos más, me hizo un gesto con el cual, yo sabía que tenía que subirme a mi vivienda. Cuando estuvimos solos, me preguntó que había pasado, le dije lo que había ocurrido. Me dijo que lo sentía, que mi madre siempre le había caído bien, cómo él a ella. Le contesté, que si mi madre hubiera sabido la verdad sobre su vida y lo que me estaba haciendo pasar a mí, seguro que ya no le hubiera caído tan bien...

- Me cogió de mala manera y me dijo que había llegado muy gallita... Me solté de él y fui a preparar la cena. Me vino con la pregunta, la esperaba, pero no tan pronto y tampoco de la forma en que me lo dijo... Me preguntó, que cómo me habías encontrado, que tenías que haberte fijado que ya no era una niña, que ya era una mujer y que se lo debías a él... Que él, me había convertido en la mujer que era y no en la niña que tú dejaste de ver... Me preguntó si no habías hecho intento de algo en ese tiempo que estuve junto a ti. Sentí que la sangre me hervía en las venas y que el corazón se me quería salir del pecho. El que me dijera todo aquello no pude soportarlo y lo abofeteé con todas mis ganas pero no tardé en sentir por parte de él la réplica a ese bofetón. ¡Me lo devolvió y con saña! Decirte lo que seguí viviendo con él por lo que te he ido contando, creo que ya puedes imaginártelo. Durante un tiempo se llevó yendo y viniendo. No me importaba donde estaba, no me importaba a dónde iba pero si me importaba el desgraciado a quien estaría timando...

- Fui recibiendo cartas de mi hermana contándome cosas del niño... Que ya iba a la escuela todos los días, que le daba mucha lata con los cuentos que yo le escribía, que quería que se los leyera a cada momento... Hasta que poco a poco Alonso las fue leyendo por el mismo. Para mí, las primeras letras escritas por él en una misma carta de mi hermana, me emocionó hasta hacerme llorar...

- Mi vida con Víctor cada día era más difícil, era una vida de infierno Yo cada vez me rebelaba más, no quería seguir participando en sus estafas, en sus timos... Lloraba, le suplicaba pero nada... Una noche después de un día agotador en una venta y de estafar a un pobre comerciante de telas, casi nos coge la autoridad. Siempre vivía asustada, pero nunca sentí el miedo como aquella noche... Mi vida ya era una prisión, un encierro en todos los sentidos, pero verme encerrada entre barrotes y pensar en lo que podían hacerme ¡me aterraba! Se lo dije mientras él disfrutaba de las ganancias y entre vaso de vino. Me miró y me dijo que eso era lo que había y que fuera pensando en el día siguiente, que nos había salido un buen trabajo en Córdoba...

- Me sentí morir de pánico, le grité que no, que conmigo no contara... Que nunca volvería a participar en ninguna de sus andanzas, que se buscara a la otra, que yo sabía demás que la tenía. Me amenazó. Le dije que no me importaba sus amenazas, que ya no me importaba nada de la vida ya que la vida no me había dado nada bueno... Que prefería morirme a llevar esa vida de robos y miedos... Su idea era salir esa misma noche para Córdoba. Me dijo que me dispusiera. Ante mi negativa se puso violento. Le eché en cara muchas cosas que nunca antes me hubiera atrevido a decirle. Pero mi rebeldía me costó la peor de las noches...

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Jun 12, 2016 6:14 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.16

- Me arrastró por el cabello hasta la habitación y me tiró con violencia sobre el lecho. Me golpeó hasta el cansancio. Ya no tenía fuerzas ni para llorar, me quitó la ropa a tirones e hizo conmigo lo que quiso... Cuando se quedó satisfecho, me dijo que yo tenía la culpa que hubiera usado la violencia, que nunca me había dado a él cómo lo que era, su esposa, su mujer... Que yo sólo era un témpano de hielo. Según iba hablando su voz se fue quebrando y rompió a llorar diciéndome que me quería, que siempre me había querido y que de mí nunca había tenido más que rechazos, que cada daño que él me hacía, lo sufría en carne propia... Se levantó y fue por algodones y alcohol pero cuando se acercó a mí para curarme, con las pocas fuerzas que me quedaban le di un manotazo y le impedí que me pusiera una mano encima... Me incorporé y le dije que nunca más se acercara mí, que antes de que me volviera a tocar me mataba. Sin él darse cuenta yo había sacado unas tijeras del cajoncito de la mesita y me la puse en la garganta... Vería en mis ojos que estaba diciendo la verdad, que aquello, hizo mella en él....

- Me miró angustiado y arrodillándose me dijo que no pensara en eso, que él iba a cambiar, que me lo había prometido muchas veces y que era imposible que creyera en sus palabras porque nunca las había cumplidos, pero que me juraba en aquel momento que me estaba diciendo la verdad, que se iba... Que se iba de mi lado antes de que yo cometiera una locura, que por mí se convertiría en un hombre de bien aunque le costara la propia vida y que cuando volviera a mí vera, sería un hombre regenerado y que me sentiría orgullosa de él para amarlo como no lo podía haber hecho hasta aquel momento. Lloraba e intentaba cogerme la mano, pero yo no podía sentir el contacto de él, ¡no podía!... Se levantó y se fue para la puerta y desde allí llorando me volvió a decir... “Me voy de tu vera, pero te juro que cuando regrese a ti, seré un hombre distinto al que tú sabrás amar sin reparos y sin temor, igual que lo amas a él”... Aprecié que preparaba sus cosas... El tiempo me pareció interminable... Al fin escuché la hoja de madera cerrarse tras él. Me levanté toda dolorida y fui hasta la puerta corriendo el pestillo, me dejé caer en el suelo y lloré toda mi angustia, mi miedo, mi dolor... Al oír unos toques en la puerta me asusté, pero la voz dulce de Concha me pareció un bálsamo. Le abrí. Ella fue mi consuelo... Ella, curó las heridas del cuerpo pero no las heridas del alma, esas, nadie podría curármelas...

- Pasado unos días recibí una carta. En ella, me comunicaba que se alistaba en el ejército para combatir contra los portugueses... Pensé que era una de sus argucias, de sus engaños... Vivía con el temor de su vuelta pero fue pasando los día, los meses y nada supe de él. Mi vida fue transcurriendo más apacible, tranquila y aprendí a sobrevivir Gonzalo ¡Aprendí a sobrevivir! a pesar, de que mi alma estaba llena de vacío, de soledad y de nuevo supe lo que era sonreír o canturrear en las mañanas... Fue entonces cuando fui descubriendo todo lo que esa ciudad y sus gentes me ofrecían... Fui percibiendo sus olores y esa magia que tenía cada rincón de la ciudad. Aprecié esa diversidad de esencias, esa primavera donde se mezclan el olor del azahar y el olor del  incienso en sus iglesias o en las calles en semana santa, la familiaridad de su gente, que aunque no tenían para salir adelante te ayudaban a que tú salieras... Concha y Rosita fueron mi familia, por eso las ayudaba en todo lo que estaba en mi mano...

- Pero con el paso del tiempo Concha cada vez le costaba más trabajo coser, entonces yo la ayudaba en sus costuras para que tuviera sus entregas el día señalado. La ayudaba a lavar en aquellos lavaderos comunes y planchaba aquellas finas prendas para que las señoras ricas de Sevilla no tuvieran quejas de Concha pero ya iba a peor, casi estaba ciega a pesar, que ella hacía por no darlo a entender, ni siquiera atinaba con las agujas de tejer.



- Me conmovía observar su obstinación por no querer rendirse... Rosita estaba a punto de casarse con un muchacho de la casa, se llama Manuel, y siempre fue un buen chico, estaba colaito por ella, por lo que Concha se vio obligada a pedirme que yo me hiciera cargo de su trabajo, que ella ya no podía. Me hice cargo de él aunque pagaban una miseria pero algo había que llevarse a la boca y Conchita necesitaba unas medicinas. A los pocos meses de caer enferma murió dejándome un vacío más en el alma...

- Seguía recibiendo cartas de mi hermana y de Alonso. En una de sus cartas me pedía que hiciera lo posible en ir en las Navidades que estaban al caer. Siempre buscaba esa excusa perfecta pero temía que un día no pudiera mantener por más tiempo lo que le hacía creer, que era feliz y que no había nada que pudiera turbar mi felicidad... Pero sabiendo que Víctor marchó a la guerra y al suponer que estaba sola y triste, más me hacía hincapié en ello pero me era muy difícil aceptar su invitación. Pensaba, que quizá ya habría un día que ya no tuviera que valerme de mentiras e impedimentos, pero lo que no sabía, lo que jamás podía intuir, que nunca iba a producirse ese encuentro por Navidad junto a mi hermana... Le envíe una carta antes de las fiestas poniendo un pretexto como siempre, en esta ocasión, mentí a medias. Tenía costura que realizar ya que ante la falta de Concha y haber tomado su clientela, no podía dejarlo a un lado. Al mes tuve una carta de la Villa pero no era de Cristina, sino de Inés...

- Para mí resultó de lo más extraño cuando yo nunca me había escrito con ella. Cuando comencé a leerla creí que el mundo se acababa para mí. Aquello que leían mis ojos no podía ser cierto, mi hermana no podía haber muerto y aunque no me daba muchos detalles comprendí, que había sido de forma violenta... Me volví cómo loca. Durante varios días estuve enferma en la cama con mucha fiebre, cómo cuando pasó con la muerte de mi madre. Rosita y su marido me cuidaron sin descanso. Poco a poco fui saliendo de aquel letargo y se me metió la idea de volver a la Villa. Pero Rosita me quitaba la idea... Según en la carta, Inés me decía que tú no tenías intención de pedirme ayuda ninguna, que tú te bastabas solo para cuidar y sacar al niño adelante... Rosita me decía que yo aquí, en la Villa no hacía nada, que yo sólo podía venir cuando tú necesitaras de mí, lo único que podía pasar, es que de nuevo me sintiera herida por ti pero mi mente y mi corazón sólo pensaban en Alonso ¿Cómo un niño tan pequeño podría llevar esa pena tan grande? Él necesitaba al lado otra persona que lo liberara un poco de tanto dolor, ya que me imaginaba que para ti nada podía ser fácil... Pero no sabía qué hacer, estaba llena de un caos tremendo. Mi cabeza estaba llena de preguntas y respuestas que ninguna me ayudaban a decidir. Fue entonces cuando comencé a recibir las cartas de Alonso... Aquella primera carta me llenó de desesperación. En ella me comentaba su sentir, su necesidad de tenerme aquí, en la Villa con él y también contigo...

- Me decía, que estabas desesperado, que no atinabas a nada y que él no sabía cómo consolar tu dolor porque él se sentía perdido sin su madre... Una madre que la quería con él... Aquella carta la estrujé sobre mi pecho ¡Cómo deseaba en aquel momento estar con vosotros! No me importaba lo que pudiera ver en tu mirada o las palabras que pudieras decirme, sólo deseaba estar aquí apoyando vuestro dolor y a la misma vez consolar el mío... Tenía una difícil situación que no sabía cómo resolver... No había llegado a contestar aquella carta, cuando volví a recibir otra y detrás de esa, otra... No pude más... El niño me necesitaba y no lo iba a abandonar por temor a lo que me pudiera encontrar por parte tuya. Le comuniqué a Rosita mi decisión. Ella sólo me dijo que envidiaba mi coraje, que pocas mujeres se atreverían a hacer a lo que yo estaba dispuesta...

- No había diligencia en unos días para la Villa y tampoco dinero para pagar el viaje. Los poco maravedíes que había podido ahorrar, prefería no gastarlo por lo que se pudiera terciar al llegar aquí, pero eso no me causó pesar alguno, ya me las ingeniaría... Un vecino salía con su esposa para Fuentelabrada y le pedí que me llevaran hasta allí, que ya luego me la aviaria cómo pudiera y ya ves, me las ingenié para llegar... Pero a los pocos días de llegar y con idea de volver a Sevilla nada más que Alonso se recuperara, apareció en la Villa Íñigo y aunque sabes de lo que fue capaz, hay algo que no sabes Gonzalo, algo que entonces no te conté... Él me amenazó con hacerte conocer la verdad sobre mí y hacer daño a Alonso, me chantajeó con cierta cantidad de dinero, dinero que no tenía... Para tenerlo sujeto con algo y a la misma vez darme tiempo a pensar que podía hacer para quitármelo de encima, tomé el collar de Cristina y lo empeñé... Lo empeñé con todo el dolor de mi corazón y sabiendo lo que podía esperar de ti...

Gonzalo la escuchaba y sentía que se estremecía de pesar y angustia. La abrazó - No tienes que contar nada más... Ya, ya aquello pasó...
- Debes saberlo... ¡Debes saberlo todo! Hubo, hubo alguien que recuperó ese collar y me lo devolvió pero me dijo que no te lo hiciera saber, que quizás tú, no lo entenderías. Pensé que esa persona de alguna manera tenía razón y preferí callar...

- Cuando de nuevo me reencontré con mi familia al tener por tu parte tu perdón y olvido y me sentía al menos tranquila, sosegada a pesar de esos equívocos por parte de ambos y creyendo que él había muerto, que ya era parte del pasado, regresó a mi vida. ¡Regresó mintiendo cómo siempre! Temí por vosotros dos, por Juan y por ti... Pero él, pronto me dejó claro sólo por la forma de mirarte ¡que iba a por ti!... Víctor no tenía celos de Juan ¡Víctor volvía a tener celos de ti! Sabía, que la única forma de evitar cualquier tragedia, era irme con él, a pesar de saber que volvería a otra vez al infierno pero estaba de Dios que no me marchara con él. Cuando aquel día lo trajisteis tan mal herido, y te juro que no hubiera deseado eso para él a pesar de todo el daño que me hizo, estoy segura, que quien lo hirió se vio forzado a hacerlo...

Gonzalo no quiso que siguiera – ¡Ya basta Margarita!, déjalo ya. ¡No te martirices más!
- ¡No Gonzalo! ¡Si he llegado hasta aquí, quiero terminar!
Gonzalo la volvió a estrechar contra su pecho y no tuvo más remedio que acceder a lo que ella quería.

- Cuando me dejasteis a solas con él, intenté de que no hablara, de que no se agitara... Le enjugué el sudor que se confundía con mis lágrimas pero él quería hablarme y aunque le costaba hacerlo, conseguí apenas escuchar tu nombre... Le pedí... le pedí entre lágrimas que no dijera nada ¡pero él insistía! No podía dejar qué siguiera con su angustia porque esa angustia era la mía... ¡No sabía qué quería decirme sobre ti! pero lo que fuera, prefería no escucharlo. Casi sin fuerzas, mi mano se cerró en la empuñadura de la daga y la apreté, la apreté hasta terminar con su agonía, la mía y quizá, las de todos...



Margarita rompió en sollozos. Se había liberado de todo lo que había llevado guardado dentro de ella por mucho tiempo. Gonzalo la tranquilizaba, sentía su corazón palpitar con fuerza. Lo último contado por ella, lo desarmó. Nunca supo si Víctor logró decir algo. En aquel momento sus dudas se disiparon al conocer el testimonio de su amada mujer. Víctor, si logró decir su nombre pero Margarita no dejó que siguiera. Gonzalo la apretó todavía con más fuerza. Como hubiera querido decirle ¡Qué fue él! El fue quien se vio forzado a hacerlo. La estrechó y la meció entre sus brazos. Sus lágrimas se fundían con las de ella. Estaba admirado de la valentía de aquella preciosa mujer que iba a ser su esposa.

Al dirigirse a ella, lo hizo con acento distendido para quitar alcance a lo último contado por la muchacha... – No tienes que sentirte mal por algo que era irremediable, era imposible que él se recupera de aquella herida y para todo lo demás que me has contado, decirte, que tengo a la mujer más valiente y osada que cualquier hombre quisiera para esposa, pero esa suerte es sólo mía.

Le levantó el mentón y la traspasó con su mirada pero ya en su mirada no había ningún rencor hacia ella, ese rencor ya pertenecía al pasado. En aquellos momentos su mirada estaba llena de amor hacia ella. Una mirada llena de luz para alumbrarse de tanta belleza. La besó con dulzura y luego con apasionamiento a lo que ella correspondía sin reparo acariciando el cabello de su prometido. Después de esa entrega en cada beso, Margarita dejó de nuevo caer su cabeza en el pecho de él.

- Me siento liberada de tanto pesar que he llevado conmigo. Ahora sí... Ahora si voy limpia de todo para ser una digna esposa tuya - lo miró con picardía – ¿Tú, no tendrás algún secreto por ahí del qué te quieras liberar? Todavía tenemos tiempo antes de que amanezca - rió entre sus labios pero no pudo apreciar la gran tristeza de los ojos de Gonzalo al escuchar su pregunta.

¿Por qué él, no era tan valiente cómo ella para decirle su verdad? Una verdad que le pesaba cómo una losa por no confiárselo a ella, pero era mucho el miedo que le atenazaba al no saber cómo podía afectar a Margarita esa realidad. Tenía miedo a perderla cuando hacía tan poco que la había recuperado. Suspiró y besando el cabello de la joven expuso que ya era muy tarde para seguir allí.

- Más vale que terminemos de recoger la ropa sino le caerá el relente de la noche.
- Llevas razón Gonzalo, por un momento me había olvidado hasta de la ropa.

Se levantaron y procedieron a terminar de recoger la que se hallaba todavía tendida. Margarita le hizo una petición – Gonzalo, quería pedirte algo... Quisiera que mañana o cuando puedas, me hagas un tablón donde hagas saber que aquí en esta casa hay una costurera y que hace todo tipo de arreglo... Ya que no voy a ir a Palacio, quiero seguir con la costura y así ganar algo de dinero para poder ayudarte.

Gonzalo de nuevo la miró admirado – Sabes que no tienes que verte obligada a ello, ya nos aviaremos pero si a ti la costura te entretiene y te gusta, por mí no va a quedar... Mañana mismo tendrás ese tablón colgado en la puerta.

Habían terminado de recoger y Gonzalo cogiendo la canasta de mimbre, dejaron el patio para adentrarse en la sala. Dejó el cesto encima de una silla.
- Bueno, ya es hora de irnos a descansar - dijo poniéndole una mano sobre el hombro de la muchacha.
- Pues sí, yo me siento más que cansada ¡Cómo no he hablado nada!
- A mí me ha gustado escucharte. No todo lo que has contado ha sido triste. Esa añoranza por parte tuya me ha dejado embelesado y una cosa quiero decirte... Pon todas las macetas que quieras y te prometo, que un día volverás a Sevilla conmigo. En esa ciudad sólo estuve unas horas, por eso me gustaría conocer a través de ti todo ese encanto del que me has hablado.

Al escuchar aquello, Margarita se abrazó a él – Gracias por decirme eso, sería una hermosa ilusión volver allá y a mí, me encantaría enseñarte todo lo que aprecie de ella - luego mirándolo le dijo con una sonrisa picarona - En cuanto a las macetas, lo haré Gonzalo, lo haré - tomó una palmatoria y se dispuso a dirigirse hacia la escalera.

Gonzalo la acompañó y la besó nuevamente. Recogiéndose la falda, Margarita subió la escalera, luego, cuando llegó al primer descansillo se volvió soplándole un beso.

Gonzalo le sonrío hasta que ella se perdió escalera arriba. Suspirando con profundidad fue apagando algunas velas que se mantenían todavía encendidas, sólo dejó por apagar una, la cual la tomó y encaminó sus pasos a su alcoba no sin antes de echar una mirada a su hijo que dormía plácidamente. Cerró a media la puerta del dormitorio dirigiéndose al suyo. Dejó la palmatoria en la mesita y se dispuso a desvestirse. No dejaba de pensar en todo lo que su prometida le había contando. Había sido un cúmulo de sentimientos que había sacado de su alma. Un alma que estuvo llena de heridas durante mucho tiempo y que aquella noche, quiso quedarse libres de ellas y si él no era sincero con su preciosa mujer antes de que fuera pasando el tiempo, podía ser que su alma volviera a llenarse de amargura y de nuevo, causada por él.




Aquella mañana antes de que Juan saliera para visitar a ciertos enfermos, Catalina le estuvo dando vueltas a la cabeza si tocarle el tema de la boda de Margarita o no, pero sabiendo que tarde o temprano tendría que enterarse, prefería hacerlo en aquel momento, ya que para su amiga sería más llevadero la presencia de él si ya sabía su compromiso con Gonzalo. Juan estaba ultimando todo lo que tenía que llevarse cuando Catalina se sentó en la silla ante la mesa donde él preparaba las cosas.

- Juan, yo quiero decirte algo.
Juan de Calatrava la miró algo desconcertado por la forma en que le habló – Cata, ¿qué pasa?
- Mira Juan, de todas maneras te vas a enterar y yo te considero un buen amigo y quiero que lo sepas por mí, ya que vives en esta casa.
- Catalina ¿el porqué de tanto rodeo?
- Eso digo yo, pues ahí va... Margarita se ha comprometido con Gonzalo – al dejarlo caer no quitó los ojos de Juan. Apreció que el rostro de él se contraía pero al dirigirse a ella, no mostró su desaliento.

- Era de esperar... Creo que han tardado mucho en dar ese paso. Nunca me pasó desapercibido lo que Gonzalo sentía por ella y aunque no lo creas, me alegro por ellos.
- Gracias Juan, no espera menos por tu parte – le cogió las manos en agradecimiento -También quería decirte, que Margarita se va a venir aquí a coser su vestido de novia pero ella se va a mi habitación y...
Juan no la dejó terminar – Cata, no te preocupes. No pasa nada, demás tu sabes que yo me llevo casi todo el día afuera.
- Lo sé, pero era mi deber decírtelo.
- Y yo te lo agradezco pero tomemos esto cómo lo que es, algo muy natural.
- ¡Pues si! y ahora ya me marcho ¡qué la Marquesa se me puede poner por las nubes!

Se despidió del médico y éste, al quedarse solo se dejó caer en la silla abatido. Sabía que eso iba a pasar pero no tan pronto. La mujer que más amaba se casaba... Se casaba con el hombre  por el que verdaderamente había sentido amor.





La estrategia.

La cocina de Palacio era un hervidero de comentarios, de alegría. Catalina había informado a sus compañeros de trabajo que Margarita se casaba y que ella era la madrina de boda. Marta era la que más demostraba su alegría.

- ¡Ay Cata pero qué alegría! ¡Estoy deseando verla con su vestido de novia! ¡Tiene que estar preciosa! Va parecer una princesa y con ese esposo ¡tan guapo! porque mirad ¡qué es guapo el maestro de San Felipe.
- ¡Marta, ya te vale! Que con tanta alegría, se te está yendo el santo al cielo, ¡así qué mueve las manos y colocas esa pastas en ese plato! que la Marquesa ya estará más que impaciente... ¡María! en esa bandeja, la jarra del zumo y las copas... ¡pero ten cuidado con el cristal por Dios!
- Catalina ¿tú crees que la Marquesa nos dejará salir para ir a la boda? – Marta lo preguntó mientras colocaba las pastas en el plato indicado por Catalina.
- ¡Ay hija yo qué sé! A mí, no tendrá más remedio que dejarme salir ya que soy la madrina pero a vosotros, conociendo como es la Marquesa y más cuando Margarita ya no trabaja aquí, cómo que lo veo difícil.

En los aposentos de la Marquesa de Santillana, Luisa le daba los últimos toques al peinado de su señora. Luego se retiró y Lucrecia echando una última mirada a su imagen a través del  espejo, se levantó y con paso majestuoso salió de su alcoba dirigiéndose al comedor. La mesa ya estaba casi preparada, sólo a falta que ella a través de la campanilla pidiera subir lo que todavía faltaba por poner. Nuño entraba en ese momento.

- Buenos días madre – se acercó a Lucrecia y le dio un beso en la mejilla, luego ocupó su lugar en la mesa. La Marquesa tocó la campanilla y no tardaron mucho en aparecer Marta y Catalina portando cada una de ellas las últimas viandas para completar la mesa. Sirvieron a sus amos y Marta se retiró pero Catalina en el mismo sitio de siempre, esperaba  cualquier orden de su señora. Degustaron del desayuno entre las preguntas de Lucrecia a Nuño sobre la escuela, éste contestando a su madre hizo un paréntesis para comentarle algo que había llegado a sus oídos en el día anterior.

- ¿Sabes madre qué ayer me enteré por casualidad de algo al salir de la escuela? – lo dijo sonriendo, mientras se introducía un trozo de manzana en la boca con el tenedor de plata labrada.
- Nuño, limítate a comer... No me interesa saber los chismes de los plebeyos y menos si vienen de esos pequeños muertos de hambre que tienes por compañeros.

Catalina tuvo que morderse la lengua para no saltar y decirle a su señora lo que se merecía ante su comentario.

- Yo creo madre que a lo mejor si te interesa, ya que por lo que yo he visto, te une una amistad con el maestro.

Lucrecia dejó su tenedor suspendido en el aire y miró a su hijo. Introdujo despacio el tenedor entre sus dientes y con delicadeza  mordió el bocado de aquel trozo de exquisito melón. Luego, con la misma delicadeza se limpió los labios y se dirigió a su hijo con curiosidad que no pasó percibida para Catalina.

- A ver, a ver... ¿Qué tiene que ver el maestro con lo que escuchaste?
- Lo que escuché, fue a través de Alonso, el hijo del maestro... Él le estaba contando a sus amigos ya en la calle, que su padre se va a casar con su tía.

Lucrecia sintió que la sangre no le circulaba por las venas y aunque por un momento su rostro se demudó, logró reponerse ya que Catalina se encontraba en el comedor y no debía dar a entender que tal cosa le afectaba.

- Bueno, bueno... Gonzalo y Margarita se nos casa ¿Has oído Catalina?
- Señora, a mí no me pagan por oír.

Lucrecia se le subió a la cara la ofuscación por la insolencia de su ama de llaves, pero tampoco le convenía perder los papeles, lo que quería era saber qué tanto de verdad llevaba lo que su hijo le acababa de contar – Catalina, por favor, olvida eso... Tú sabes bien como suelo ser yo, ya me tendrías que conocer, llevas muchos años trabajando para mí. y te voy a decir algo y puedes que no lo creas, me alegraría que fuera cierto... Sé, que conoces muchas cosas de palacio y... - se detuvo por un momento y miró a Nuño suspirando – Nuño, hijo, si has terminado ya debes marcharte a la escuela.

Nuño se levantó y dando un beso a su madre salió del comedor mirando a Catalina con cierto desdén. La fiel sirvienta lo hubiera fulminado con la mirada. Nada más salir su hijo, Lucrecia procedió a seguir – Hay cosas Catalina que no me gusta hablarla delante de mi hijo. Cómo te decía, sé de sobra que para ti nada de lo que pueda pasar en Palacio te pasa inadvertido, como lo que pasó hace tres días... El enfrentamiento que tuvimos Gonzalo y yo. Sé, que para mí es muy...
Catalina la interrumpió – Señora, a mí no tiene que darme ninguna explicación de nada... Yo, de lo que pueda escuchar de Palacio, entre estas paredes quedan.
- Catalina, sé que eres una sirvienta fiel y por eso te cuento estas cosas... Hay veces que me siento tan sola y no puedo desahogarme cómo yo quisiera... Por eso me gustaría que tú me escucharas...

Lucrecia se levantó y se dirigió al ventanal arrastrando su hermoso vestido azul de tafetán y corsets del mismo color, tan ajustado a su talle que hacía que su busto pudiera resultar una desbordante provocación ante los ojos de cualquier hombre. Al darle la espalda a su sirvienta, ésta, sería imposible que le viera la satisfacción en su mirada y la sonrisa que entre abría sus labios. Si todo salía como ella esperaba, podía ser, que desde aquel momento ya podía comenzar a urgir el plan de venganza que tenía pendiente contra Gonzalo de Montalvo.

- Lo que pasó con Gonzalo no debió nunca de suceder si yo no hubiera obrado como lo hice. Desde niña siempre estuve enamorada de él, pero él sólo tuvo ojos para Margarita. Cuando me entregó aquella carta para que se la diera a ella, no pude contener las ansias de leerla y lo  hice pero después ya no tuve fuerzas para que llegara a ella... Nunca he leído algo tan intenso como aquellas sencillas palabras que él le escribió a Margarita, y soy consciente de todo lo que ese ocultamiento por mi parte trajo... Al sentirme descubierta después de tantos años, me defendí cómo sólo yo sé hacerlo, sin mirar el daño que puedo causar y soy consciente, que con mis palabras le dejé entrever a Gonzalo que soy una persona sin escrúpulo, sin corazón y en realidad Catalina, lo que intenté con eso, fue ponerme una coraza para no verme vencida ante la realidad... Pero no me daba cuenta que eso, me estaba perjudicando ante sus ojos y los de Margarita, porque me imagino que él ya le habrá contado toda la verdad...

- ¡No!... ¡No señora! Gonzalo no le ha contado toda la verdad a Margarita, él no quiere que ella sufra...
- Siempre fue un caballero - se volvió hacia Catalina limpiándose algunas lágrimas que intentaban rodar por sus mejillas – Dime Catalina, ¿qué de verdad hay en lo que dijo Nuño? ¿Es verdad qué se casan? – lo preguntó con dulzura, con ternura...
- Si, si señora... Se casan dentro de un mes y yo soy la madrina de boda.
- ¡Cata, pero qué bien! Para ti, ser madrina de ellos tiene que ser algo muy grande.
- Pues si señora... Cómo usted sabe, ellos siempre han sido muy buenos amigos.

Catalina no daba crédito al comportamiento de su señora. La veía emocionada y su voz parecía que podía quebrarse de un momento a otro.

- Me alegraría y de verdad, que al fin puedan encontrar la felicidad y ahora mejor me retiro Catalina... Voy a echarme un rato, me duele algo la cabeza.
- ¿Quiere qué le lleve algo para el dolor?
- No Cata, sólo con mantener los ojos cerrados y la habitación a oscuras se me pasará... Si te necesito ya te llamaré.
- Cómo quiera la señora.

Lucrecia pasó por delante de ella pasándose la mano por la frente. Catalina hizo una leve reverencia y procedió a recoger la mesa toda consternada por la reacción de la Marquesa de Santillana. Cuando Lucrecia llegó a su alcoba cerró la puerta y una gran satisfacción reflejaba su rostro. Se echó sobre el lecho y con sus dedos comenzó a jugar con el tirabuzón que le caía sobre su pechera – No lo sabes Catalina,  ni te lo imaginas, pero serás mi aliada en esta venganza... Ya falta menos para que regreses a Palacio Margarita, ya falta menos...


Continuará...
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chiribitas

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Vie Jun 17, 2016 12:26 pm

Esta Lucre... más peligro tiene que una piraña en el bidet... Besos, mari Carmen, eres genial. clapping clapping kissing

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Este Jamie no se mueve, pero, ¡cómo me mira...! blush-anim-cl
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Glauka



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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Jun 18, 2016 12:20 am

Pues si Chiri, que miedito da esa Marquesa en modo psicopata.holloween holloween holloween
Gracias Mari Carmen clapping clapping clapping flowers2
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Jun 18, 2016 6:31 pm

Chiribitas, Glauka hola!! Pues si, la marquesa más peligrosa que una caja bomba y astuta, como ella sola  Evil or Very Mad Evil or Very Mad Evil or Very Mad Gracias a vosotras por estar ahí, y por esos aplausos que me dedicáis  Embarassed  Embarassed

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.17

Margarita bajaba de la habitación de Catalina cuando se encontró con Juan que entraba. La muchacha se sintió un poco violentada – Hola Juan, ya... ya me iba.
- Buenas Margarita pero no te vayas con esas prisas mujer - la tomó por el brazo e hizo que lo mirara – Lo sé... Cata me lo dijo esta mañana y no pasa nada, lo vuestro tenía que lograrse.
Margarita se sintió toda azorada – Juan, pensarás que he ido muy ligera y...
- ¡No Margarita! Yo nada tengo que pensar, no te tienes que sentir mal por ello, es natural que haya ocurrido ¿Para qué vais a esperar más? Ya habéis esperado bastante  ¿no crees? – sonrío al decirlo y acariciando el cabello de la muchacha.
- Gracias Juan por verlo así, gracias – le apretó la mano y salió de la casa.

Intentó calmar un poco el azoramiento que tenía en ese momento y atravesó la calle subiendo los escalones hasta su casa. Empujó la puerta entrando en la estancia. Sátur estaba dando vuelta al guiso de la cazuela.
- ¡Qué rico huele!
- ¿A qué si? Esto va a estar pa’ chuparse los dedos - se incorporó y miró a Margarita - ¡Qué! ¿Cómo va esa costura?

- Bien Sátur, lo que pasa que termino con un dolor de cuello que para mi queda - se pasó la mano por la parte dolorida.
- Pues eso con un masaje se queda como nueva – al decir esto, iba poniendo la mesa.
Margarita se puso el delantal y comenzó a ayudarlo.
- ¡No! Usted se me sienta y se me relaja, que yo, ya termino de poner la mesa, que ya usted tiene bastante con tanto coser.
- Pero Sátur ¡Qué tú también tienes lo tuyo con la limpieza que le estás dando a la casa!
- Eso es cosa mía. Está quedando bien ¿verdad?

Margarita asintió con una sonrisa echando la cabeza hacia atrás en el respaldo de la silla y donde prácticamente Sátur, la había obligado a sentarse.

La puerta se abrió entrando Gonzalo con el niño. El pequeño enseguida se echó en brazos de su tía. Margarita no dejaba de darle achuchones y besando el rubio cabello. Gonzalo se acercó y con sus ojos se dijeron todo lo que sentían, luego, él se inclinó y besó la mejilla de la muchacha. Le entregó lo que traía en la mano.

- ¡Me lo has hecho! ¡Qué bonito ha quedado! Gracias Gonzalo - se quedó mirando con una gran sonrisa aquel tablón que ella le encargó el día anterior. Era un tablón de madera de pino y en donde su prometido había escritos unas palabras con tinte negro... "Costurera. Razón aquí. Se hacen todo tipo de arreglo"- volvió a mirar al hombre amado y con sus ojos de nuevo le dio las gracias.
- Luego te lo cuelgo en la puerta – al decirlo le acarició el hermoso rostro de ella – También quería decirte que voy a llevarle las alianzas a don Justino, a ver si él las puede grabar, si no pudiera ser, las llevaría donde las compré, a Toledo.

Margarita asintió cogiendo las manos que él le tendía para acariciar las suyas. Gonzalo se volvió hacía Sátur – ¡Vaya Sátur! Esto huele a las mil maravillas. Fue buena idea de ir esta mañana a cazar las liebres ¿no?
- Pues si fue buena idea ir a cazarlas, más buena va a ser catarlas.

Alonso rompió a reír con la ocurrencia de Sátur.

La mesa ya estaba lista y todos ocuparon sus lugares para saborear el exquisito guiso de Saturno García. Fue un almuerzo ameno donde hablaron de todo un poco. Haciendo planes, riendo los chistes del fiel criado y amigo, los comentarios inocentes del pequeño Alonso, que hacían que las miradas de Gonzalo y Margarita se cruzaran. Todo lo indicaba... Todo indicaba que en aquella casa humilde, la casa del maestro, había entrado el amor y con él, la felicidad.





Por una maceta de gitanillas.

Los días iban pasando lentos para algunos y demasiado ligeros para otros. Aquella mañana, Margarita había decidido ir al mercado porque tenía que ir al tenderete de Rufina para comprar unas cosas de última hora y que le hacían falta para terminar el vestido.

- Sátur, ¿necesitas algo del mercado? Tengo que hacer alguna compra y podía traerme para casa lo que se necesitara.
Sátur entraba en aquel momento del establo – No creo señora, ayer en la tarde yo me traje todo lo que podía hacer falta para hoy... De momento no creo que haga falta nada.
- Bueno,  pues entonces me voy que tengo una prisa...
-Ya, si ya se ve... ¡Si es que no para! Faltan pocos días para la boda y está ¡hasta falta de sueño! si na’ más hay que verla. Ese día es capaz de quedárseme dormida al pie del altar.
Margarita río - ¡Qué cosas se te ocurren Sátur! Bueno, me voy...

Sátur la vio salir. Qué hermosa estaba y qué feliz se la veía al igual que su amo, aunque a éste, se le olvidaba que había cosas que si se atreviera a confesárselo a ella, su felicidad sería más completa.

Margarita salió de la casa y enfiló el barrio de San Felipe en dirección al mercado. A pesar del poco descansó que había tenido en el último mes, su rostro no lo acusaba. Estaba hermosa, más si cabía. La felicidad que irradiaba la llenaba de luz y ante su paso por las calles sin ser consciente de ello, hacía que algunos hombres la miraran con  lascivia y deseo, y algunas mujeres, con cierta admiración y otras, con envidia.

Al estar cercana la época estival, vestía con ropa de tela ligera y más liviana que hacía que al andar, su cuerpo se moviera con una gracia natural. Su cabello recogido atrás y sujeto con una cinta le despejaba el rostro, dejando ver aún más su belleza de tez morena. Margarita nada más entrar en la calle principal se fue derecha al puesto de flores de doña Luisa.

- Buenos días señora Luisa - la saludó alegremente.
- ¡Hola Margarita! ¡Cuánto bueno por aquí! – la mujer correspondió al saludo muy amablemente y cordial.
- ¿No me ha traído las macetas que le encargué?
- Las macetas...- la mujer intentaba hacer memoria.
- Si, las de geranio y gitanillas.
- ¡Ah sí! pero sólo te he podido traer las de gitanillas. La maceta de geranio hasta que mi marido no vuelva a por los siguientes encargos no podrá ser.
- Bueno, no importa... Ya cuando me la traigan me la llevo...

La mujer asintió con una sonrisa y se metió dentro de tenderete. No tardo en salir con una maceta con frondosas hojas verdes y flores de color rosas que se la entregó a la muchacha – Te la he tenido que traer de color rosa porque en rojas no la había en ese momento.
- No importa, es igual de bonita, y dígame, de los jazmines ¿no sabe nada?
La mujer la miró - ¡No, todavía no sabe mi marido cuando se lo van a poder traer. Ya sabes que por aquí no es muy común, cómo no sea en casa de un noble o la de algún vecino que haya tenido esa suerte de caerle en sus manos una maceta de esas...
- De todas maneras gracias ¿Cuánto le debo?

La mujer le dijo el precio y la joven dejando por un momento la maceta en el mostrador, se inclinó y subiéndose un poco el bajo de la falda introdujo su mano en la faltriquera sacando unos maravedíes. Pagó a la florista y cogiendo su maceta se dirigió al puesto de Rufina. La calle principal cada vez estaba más abarrotada de gente haciendo sus compras y el sol a aquella hora de la mañana ya se hacía notar. Llegó al puesto de Rufina.

- Buenas Rufina.
- ¡Hola hija! ¿Cómo te va?... Espero que ya tengas tu vestido a punto.
- Siempre queda algún detalle a última hora. Quisiera unos corchetes en blanco, si los tuviera claro.
- Creo que tengo algo por ahí, yo te los enseño y tú me dices si te conviene – la mujer fue a buscar una caja.

Desde que llegó al puesto de las flores, dos mujeres más o menos de la edad de la joven no habían dejado de observarla y hablar entre ellas, sobre todo la más voluminosa - ¿Te has fijao en la Margarita? Se cree que es alguien desde que se va a casar con el maestro ¡Vete tú a saber de la artimaña qué se habrá valido para hacerlo caer!
- Hortensia, yo no lo veo así... Siempre de niñas supimos que el maestro y Margarita se atraían y bastante, así que esto ya es antiguo.
- Pero acuérdate lo que pasó por su culpa, que el pobre Gonzalo tuvo que salir de la Villa, ¡y de qué forma!... Francisca, vamos donde va ella ya verás!

Margarita seguía esperando en el tenderte de Rufina cuando escuchó una voz a su espalda.

- ¡Vaya con la Margarita! ¡Quién nos iba a decir que en unos días te nos casas!

La muchacha volvió despacio la cabeza y contrajo un poco el ceño pero no dijo nada. Se preocupó en ver lo que Rufina le ponía por delante pero Hortensia seguía con la idea de provocar a la joven – Cuando hace unos días vi en la puerta de la iglesia tus amonestaciones, ¡no podía creérmelo! pero ya veo que es cierto ¡Si todo el mundo en el barrio no habla de otra cosa! Pero dime ¿cómo te las ingeniao para atrapar de nuevo al  que ahora es tu cuñao?

Francisca quería parar a su amiga, ya algunas personas se paraban para ver cómo podía terminar aquello. Margarita se sentía apurada, no quería echarle cuenta. Hortensia desde niña siempre había sido así, de alguna manera u otra siempre había procurado sacarles de sus casillas. Desde que volvió a la Villa, en muchas ocasiones se la había encontrado por el barrio pero ni una ni otra nunca se saludaron ya que nunca fueron amigas. Margarita decidió pagarle su compra a Rufina y marcharse de allí. Cogió su maceta y se dispuso a dejar el puesto pero de nuevo la voz de Hortensia la detuvo.

- Margarita, ya he visto que has colgao un tablón en la puerta de tu casa para seguir con tu costura en ella, quizá el maestro prefiere montar el taller en su casa antes de que sigas trabajando en Palacio... ¡No vaya a hacer que aparezca un duque y se la vuelvas a pegar con él cómo ya hiciste en una ocasión!

Aquello demudó el semblante de la muchacha. Rufina y todos los presentes se miraron unos a otros ante el comentario de Hortensia - ¡Hortensia! ¡Deja a la moza, que na’ te ha hecho mujé! - Rufina intentó ayudar a Margarita y Francisca, le pedía a su amiga que no insistiera más.
Margarita ante el comentario no pudo quedarse callada pero intentó tener serenidad al hablar – Hortensia por mí puedes pensar lo que quieras y los presentes también pero no voy a caer en tu provocación, ¡así qué ahí te quedas! – diciendo esto, la joven decidió proseguir su marcha.
- ¿Pero te vas así? Hace unos años te hubiera salido lo salvaje y te hubieras defendido con uñas y dientes pero ya se sabe lo que dice el dicho... ”El que calla otorga” luego tiene que ser verdad ¿no Margarita?... El maestro quizá tema que se la vuelvas a jugar otra vez y por eso callas.

Hortensia con los brazos en jarras y luciendo una exuberante delantera cuyo mantoncillo anudado le quedaba por encima del exagerado busto, rompió a carcajadas que contagió a algunos presentes. Lo intentó, intentó pasar de Hortensia pero hasta allí llegaba. Con cierta tranquilidad soltó su maceta en el mostrador de Rufina y volviéndose a la mujer, levantó la mano y con todas sus fuerzas dio una sonora bofetada en la cara rechoncha de Hortensia, cosa que hizo, que ésta se tambaleara y perdiera el equilibrio rebotando en el suelo. Aquello hizo que todos los convecinos que estaban expectantes para ver como terminaba la cosa, volvieran a las carcajadas pero en esta ocasión al ver como había quedado Hortensia.




Sátur, después de irse Margarita se acordó que necesitaba unos clavos para los percheros. Decidió el mismo ir en aquel momento ya que le hacían falta, así que salió de la casa cerrando ésta con la llave y dirigiéndose al mercado. Después de comprar lo que necesitaba y ya se retiraba del puesto del ferretero cuando escuchó barullo varios puestos más adelante. Su curiosidad hizo que se dirigiera hacia allí. Por las risas de la muchedumbre parecía que no lo estaban pasando mal. Se abrió paso cómo pudo entre el mogollón de gente para ver en el preciso momento en que Margarita descargaba su mano en la carota de aquella mujer.

- ¡Madre del amor hermoso, qué guantazo! ¡Señora! ¡señora! ¡pero dejarme pasar!
Sátur a empujones se abrió paso hasta llegar a la altura de Margarita. La muchacha se sacudía dolorida la mano derecha por el impulso de la bofetada.
- ¡Vamos señora! ¡Vamos pa’ la casa! que yo no sé lo que habrá pasao pero pa’ qué usted se haya atrevió con esta mujer... - el buen amigo intentaba convencerla.
- ¡No ¡Ésta no se va sin yo darle su merecido! – Hortensia intentaba ponerse de pie pero su gordura no la ayudaba tan fácilmente a hacerlo, lo que todavía acarreaba más carcajadas.

Margarita, de nuevo tomó su maceta y poniéndosela en el cuadril fue a prender su camino junto a Sátur, fue cuando Hortensia consiguió ponerse de pie y agarrando a la joven por la corta manga de su blusa la hizo volverse de golpe, con lo cual, a parte del desgarro de la manga y arañarle el brazo, hizo que la maceta se le escapara del mismo y se le cayera al suelo haciéndose añicos.

A Sátur se le salían los ojos de las orbitas. ¡Allí se iba a armar la gorda! Veía el rostro contrariado de la muchacha mirando el tiesto roto en el suelo con la planta desperdigada por él y como apretaba los dientes de rabia.
- Venga señora, que sólo es una maceta... No le de importancia, ande...

Pero Margarita no le escuchaba. Se echó un mechón de cabello hacia atrás y miró desafiando a Hortensia – Me estabas buscando ¿verdad? pues lo has conseguido, pero si no has tenido bastante con una, ¡aquí tienes otra! – la joven volvió a levantar la mano y a pesar que la tenía dolorida, de nuevo la dejó caer con fuerza en el rostro de aquella masa de carne.

En aquella ocasión la bofetada no dejó caer a Hortensia directamente al suelo pero si sobre Francisca que a duras penas pudo mantener el equilibrio. Sátur no sabía qué hacer, aquello se podía convertir en una batalla campal entre mujeres. Margarita no lo escuchaba, sólo podía hacer una cosa, correr en busca de quien podía hacerla entrar en razón.




Gonzalo estaba impartiendo una de sus lecciones cuando de refilón vio a Sátur llegar a través de los barrotes de madera de la ventana. Al verlo tan apurado dejó el libro en la mesa. Sátur entraba todo ahogado por la carrera y le hacía señas de que se acercara a la puerta. Gonzalo así lo hizo.

– Sátur ¿qué pasa?
- ¡Amo!... ¡amo, que hay una pelea en el mercado y...!
Gonzalo lo interrumpió – Sátur, que todos los días hay pelea en el mercado.
- ¡Amo no!... Bueno si, pero la pelea de hoy no es cualquier pelea...
Gonzalo lo miraba extrañado – Sátur, no te entiendo.
- ¡Amo, qué quien se está peleando es la señora Margarita!
- ¡¿Qué?! – el asombro de Gonzalo fue mayúsculo.
- ¡Si amo! y si usted no pone remedio lo veo solo en el altar.

El maestro se volvió hacia los niños - ¡Niños que salgo un momento! No quiero jaleo, Alonso a ti te hago responsable de lo que pase – salió a toda prisa seguido de Sátur.
- ¡Amo he intentado convencerla! ¡pero na’! y lo peor que es la mujer del Sabino con la que se está peleando...
- ¡Pero esa mujer es una mole! - la contrariedad de Gonzalo era preocupante.
- Amo, será una mole pero su cuñá, bueno, su futura ¡le ha dao dos guantazo qué la ha dejao...! Una, sentá en el suelo y la otra, caída de espalda.

- ¡Sátur, no me cuentes los detalles! ¡¿Sabes, lo que puede pasar si se entera la autoridad que hay una pelea en la calle?!
- Ya, ya lo sé amo, por eso he venío por usted y no me pregunte por qué ha sido la pelea, porque no lo sé...
- Por cualquier cosa... Desde que eran niñas, Hortensia siempre de una manera u otra provocaba a Margarita pero ella no se dejaba avasallar, aunque la otra, en volumen la rebasaba en todo.

Habían llegado a la calle principal del mercado y a Gonzalo no le hizo falta que lo guiara Sátur. Por la movida y el barullo que se veía comprendía donde estaba el conflicto.






Margarita, con los brazos en jarras quería fulminar a Hortensia que se hallaba sentada en el suelo con la cara toda enrojecida y los cabellos en desorden como su ropa.

- ¿Todavía quieres más? ¡No vuelvas a meterte conmigo ni con nada que tenga que ver con mi familia, y si quieres que te quede más claro...! - de nuevo levantó la mano para dar la cuarta bofetada cuando otra mano agarró fuertemente la suya, a la misma vez que la sujetaba rodeando fuertemente su cintura con el brazo. Se revolvió para soltarse de la presión que la mantenía sujeta.

- ¡Pero, suelte! ¿Quién se cree que es? ¡Suélteme! - intentó zafarse de aquellas manos que no querían dejarla libre.
- Ya, ya...cálmate – Gonzalo le habló rozando con sus labios el oído de ella. Notó que el cuerpo de Margarita dejaba de bregar para ponerse tenso.

Al escuchar su voz, la muchacha de momento palideció para luego ponerse roja como la grana. Lo último que hubiese querido era que él la hubiera visto de aquella manera. Notó que las manos de su prometido bajaban su presión pero haciendo que se volviera hacia él. Margarita levantó los ojos poco a poco para mirarlo. Se sentía como una niña cogida en una falta. Vio en la mirada de Gonzalo el enojo, fue a decir algo pero la voz de él la detuvo.

- Vamos para la casa – mientras lo decía, la miraba. Estaba bellísima. Las mejillas arreboladas, su cabello en desorden, la manga de la blusa rota dejando su hombro al descubierto y aquellos ojos que lo miraban pidiendo que no se enfadara. Gonzalo volvió a la realidad mirando a la gente que estaba arremolinada.

-¡Mejor será que se vayan a sus casas! Si la autoridad se entera que aquí hay o ha habido indicios de pelea, ya saben lo que puede ocurrir.
- Tiene toda la razón maestro y perdone lo que ha pasao... Mi mujer... ¡Mi mujer cualquier día me busca la ruina con sus arranques! Espero que con lo de hoy, haya escarmentao – quien habló era Sabino, el marido de Hortensia que ayudaba a su esposa a levantarse con la ayuda de Francisca.

Poco a poco la gente se fue retirando. Gonzalo no había soltado a Margarita del brazo e hizo que iniciara el paso. La muchacha lo detuvo con un ademán y buscó con la mirada algo en el suelo. En su pelea se le había caído el pequeño envoltorio donde llevaba liado los corchetes.

- ¿Has perdido algo? – la voz de él sonó grave.
- Creo... Creo que sí pero no... no es importante – casi estaba a punto del llanto, pero sus ojos ya brillantes por las lágrimas se le iluminaron al encontrar el pequeño envoltorio entre las flores pisoteadas. Agachándose lo recogió. Se incorporó y volviendo su rostro a Rufina con su mirada le dijo adiós.

- ¡La moza no ha tenido culpa de na’ maestro! ¡No se lo tome usted a mal! - la buena de Rufina quiso echarle una mano a Margarita con su futuro esposo, ya que por su entrecejo comprendió que tenía que estar muy enojado. Gonzalo no dijo nada. Todavía quedaban algún grupo que otro comentando lo ocurrido.

Al pasar por el tenderete de las flores, la señora Luisa se echó sobre su mostrador – ¡No te preocupes Margarita, que en cuanto pueda te traigo otra maceta cómo esa!
Las miradas de Gonzalo y Luisa se cruzaron por un instante, la mujer le hizo un guiño.  
- Gracias señora Luisa pero no importa - la voz de la muchacha sonó con tristeza.

Sátur no decía nada, sólo se limitaba a seguirlos en silencio pero veía a su amo muy contrariado. Entre uno de los grupos que no dejaban de hablar de lo sucedido, un convecino con dos vasos demás se hizo escuchar acercándose a Gonzalo con paso vacilante y echando una ojeada con su turbia mirada a la muchacha.

- Maestro... maestro... Sólo le digo que... que va a tener usted.... Que va a tener que montar a esta yegua más... más  de una vez si... si quiere domarla por... porque está salvaj...
No terminó la frase. Gonzalo levantando el brazo derecho le asestó un puñetazo en la mandíbula dejándolo caer hacia atrás sobre unos sacos de granos. Luego lo cogió por la camisa con fuerza – ¡Escúchame! Nadie habla así de una mujer delante mía y menos de la mujer que va hacer mi esposa ¡¿Entiendes?! - lo dijo conteniendo su rabia pero con firmeza. Lo soltó y prosiguieron la marcha.

Prosiguieron el camino a la casa con el asombro de muchos, la satisfacción de Sátur y una Margarita asustada que se sentía culpable por la reacción de él.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Jun 19, 2016 8:54 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.18

Gonzalo abrió la puerta y dio paso a Margarita, ella paso en silencio. El maestro tiró las llaves en la mesa y se fue al patio a refrescarse. La muchacha quería subir a su cuarto a quitarse la blusa pero no quería hacerlo sin antes hablar con él. Lo esperó de pie apoyada en la mesa. Se sentía mal por lo que había pasado, pero ella no fue la que empezó, eso tendría que comprenderlo él. Gonzalo entró en la sala secando su cabello con la misma camisa que se había quitado, con paso ligero se dirigió a su alcoba para coger otra camisa limpia y volviendo a la sala poniéndosela. Lo peor para Margarita era su silencio, prefería que su coraje lo sacara por su boca a que se mantuviera callado. Gonzalo pasó por delante de ella y fue a beber un vaso de agua. Si él no hablaba, ella lo iba a hacer.

- Estoy esperando que me digas algo – le costó hacerlo pero ya había dado el paso.
Gonzalo la miró y soltó el vaso con fuerza en la mesa - ¿Qué te diga algo? ¡¿Sabes a lo que has estado expuesta?! ¿Sabes lo que hubiera pasado si la guardia del Comisario se llega a enterar que había tal barullo en el mercado? ¡Sin preguntar te hubieran llevado a los calabozos por escándalo público! ¡¿Pero se puede saber en qué piensas?!

La mano de Gonzalo golpeó con tal fuerza la mesa que que todo lo que había en ella hizo que saltara. Margarita, dio un respingo cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior. Se sentó y con un nudo en la garganta se decidió a hablar.

- Yo... yo no tuve la culpa, fue Hortensia la que empezó... Yo no...
- ¡Tú no ¿qué?! ¡Siempre has sabido cómo es Hortensia! ¡Siempre has sabido que buscaba cualquier ocasión para provocarte! pero ya no sois unas niñas y esto Margarita... ¡Esto, te podía haber acarreado un problema pero muy serio!
- ¡Está bien! ¡¿Cuántas veces me lo vas a decir?! ¡¿Cuántas?! pero te digo que no tuve la culpa... Intenté... intenté no echarle cuenta pero cuando por su agarre vi la maceta en el suelo rota...
- ¿Por una maceta? ¡Por una maceta te podías haber buscado algo muy gordo! ¡A veces eres muy inconsciente Margarita!
- ¡Ya vale! ¡Si me dejaras decirte cual fue la causa! - a la muchacha se le fue quebrando la voz hasta que rompió a sollozar.

Gonzalo cerró los ojos suspirando. Pensó que quizá estaba siendo demasiado brusco, ya que ni siquiera le había dado opción a que se explicara. Tragando saliva se acercó a ella.
- Margarita... Margarita, quizá he sido algo duro contigo... Antes, antes de recriminarte te tenía que haber escuchado... Margarita mírame – Gonzalo se había puesto en cuclillas e intentaba con dulzura de quitarle las manos del rostro.

La muchacha se sacudía en sollozos. Gonzalo consiguió que su rostro quedara al descubierto y levantando el mentón de la joven vio sus ojos arrasados por las lágrimas y que ella, quería ocultar ladeando la cabeza. La levantó de la silla y la estrechó contra su pecho.

- Ya Margarita, ya... Perdona si he sido algo brusco pero entiéndeme tú a mí. Hasta que no te he traído a casa no he respirado tranquilo - la mecía entre sus brazos y la mecía con sus palabras.

Poco a poco la muchacha se fue calmando  Gonzalo sacó un pañuelo de su propio bolsillo y le limpió el rostro. Ella se dejó hacer pero todavía su pecho se encogía. Se sentó y Gonzalo lo hizo delante de ella cogiéndole una mano.

-¿Te encuentras mejor? – lo dijo con la dulzura que lo caracterizaba cuando no estaba enojado y apretando su mano con cariño fue a depositar un beso en ella, pero el rostro contraído de dolor y la queja de la muchacha hizo que se detuviera.
- ¡Me duele! La mano me duele - había apartado la mano de él y con la suya, la izquierda, intentaba calmar un poco el dolor de la mano dolorida.

Gonzalo tomó la mano de Margarita e intentó moverla a partir de los dedos, al hacer esto la joven se quejó.

- Creo que tienes una luxación, voy a inmovilizártela con un vendaje, así se evitará que se te inflame pero no te preocupes, esto no es nada, también voy a por alcohol, tienes un rasguño en el brazo.
- Déjalo Gonzalo, yo me la avío cómo pueda... Vete ya a la escuela que Sátur estará de niños...
- No Margarita, no voy a dejarte así... Si no regreso, ya Sátur cerrará la escuela – se levantó y se dirigió al patio donde en un mueblecito colgado de la pared, tenía todo lo necesario para cualquier emergencia de poca importancia... Algodón, vendas, alcohol...
Volvió al lado de Margarita que no dejaba de masajearse la mano. Se sentó ante ella y procedió a vendarle la mano – En dos días ya te sentirás mejor
- ¡¿Dos días?! ¡¿Has dicho dos días?!

- Si claro... Por lo menos dos días tienes que tenerla  inmovilizada.
- ¡Pero Gonzalo, yo necesito mi mano! La necesito para terminar lo que tengo que coser ¡Así no puedo coger una aguja!
- Haberlo pensado antes de golpear la cara de Hortensia – lo dijo sin mirarla, limitándose a ir vendando poco a poco la mano de ella.
- ¡Otra vez me lo hechas en cara! ¡Qué! ¡qué cada vez que pueda me lo vas a refregar ¿no?! – estaba airada y su coraje se le subió de nuevo a la cara embelleciéndola más aún - ¡Pues tú, no te has quedado atrás, porque a ese hombre se le habrá  quitado las ganas de volver a decir palabra alguna!

- Ese hombre te estaba faltando y no iba a permitirlo y si no te estás quieta no voy a poder terminar - lo dijo con tranquilidad, sin afectarle que ella le hiciera referencia al puñetazo cómo al propio enojo de la muchacha -  Y no quiero echarte nada en cara, sólo pretendo hacerte vez lo que has conseguido con esa pelea.
- ¡Sí, lastimarme la mano! Si ya lo sé ¡Te tengo a ti, para que me lo recuerdes! pero ¿sabes? Hortensia de los tres guantazos no se ha librado.
- Cuatro, podían haber sido cuatro sino llego a tiempo – esta vez Gonzalo no pudo reprimir la risa mirando a su prometida – Creo que esa fue una de las cosas que me enamoró de ti, tu carácter rebelde y un poco salvajilla.

Se lo dijo buscando su boca y besando sus labios carnosos y apasionados que correspondieron a los de él. Por un instante el mundo se detuvo para ellos. Luego mirándola a los ojos recorrió con sus dedos el rostro de la muchacha - ¡Qué hermosa eres! Es tanto lo que te amo que me moriría sino te tuviera.
Margarita se sintió emocionada al escuchar las palabras de él y al hablar se notó dicha emoción – Sabes que a mí me pasaría lo mismo... No concibo mi vida sin ti y estos días que faltan para sellar nuestro amor, se me están haciendo eternos.
Gonzalo volvió a acariciarla y suspirando profundamente prosiguió a terminar con el vendaje - Bueno, pues esto ya está... Ya sabes, ni se te ocurra quitarte el vendaje a mis espaldas – se lo dijo amenazándola con el dedo – Y ahora, vayamos con el brazo.

Tomó el bote del alcohol y empapó un poco el algodón, luego, sujetó el brazo de Margarita y pasó el algodón por el rasguño. La joven se quejó por el escozor producido e hizo intención de retirarlo, pero la presión de la mano de Gonzalo la retuvo.

- Escuece ¿verdad? pero te lo tengo que desinfectar, te ha dado un buen zarpazo - de nuevo pasó el algodón, pero seguidamente sopló sobre el rasguño aliviando un poco la parte dolorida - Esto no hace falta que te lo vendes... Anda ve a cambiarte esa blusa.
Margarita tomó de la mesa el pequeño papelito donde iban liado los corchetes y fue a retirarse pero se volvió hacia él – Gonzalo, yo quería decirte que me siento muy, muy avergonzada por lo sucedido... De verdad que no hubiera querido que pasara una cosa así... Si me dejaras contarte...

Gonzalo se acercó poniéndole una mano en el hombro y agachándose un poco para mirarla a los ojos – Margarita, olvídate de lo que ha pasado y no tienes que avergonzarte, tampoco tienes que contarme nada pero si eso te hace sentir bien, yo te escucho pero antes sube y te cambias, yo te espero - le acaricio el cabello y dando un toque con su dedo en la punta de su nariz, dijo riñéndola con ternura – Y a ver si duermes más que te noto cansada... Voy a tenerme que poner serio contigo y prohibirte que no cosas tanto. Yo quisiera saber qué es lo que estás haciendo en casa de Cata.

- Pues... pues ya sabes, preparando ropa para la boda... Es que hecho un juego para Alonso - se sintió tan apurada que no sabía que decir.
- Anda, ve, que aquí te espero.
- Ahora bajo... Tengo que darme prisa para preparar la comida y me parece que alguien no le queda más remedio que ayudarme – le sonrío, mientras le enseñaba la mano vendada, luego subió aprisa los escalones. Gonzalo con una sonrisa entre los labios se dedicó a recoger todo lo relacionado con la cura.

Margarita nada más llegar a su cuarto se dejó caer extenuada en la cama. Qué cansada se sentía. Tenía tanto sueño atrasado. Gonzalo como Sátur decían  la verdad, pero tenía que dedicar todo el tiempo máximo a sacarle provecho a las horas del día, y parte de la noche si quería tenerlo todo listo para su boda y para colmo, lo sucedido con Hortensia terminaba de rematar el cansancio que sentía pero ya quedaba poco y entonces dormiría... Dormiría todo lo que le hacía falta.




Gonzalo lo había recogido todo y mientras esperaba a Margarita fue a su alcoba y tomó un libro volviendo a la sala. Se sentó y comenzó con la lectura centrándose en ella. No sabía qué tiempo llevaría leyendo pero dejando el libro en la mesa, se levantó. Era raro que Margarita no hubiera bajado todavía. Subió a prisa la escalera. La puerta sólo estaba entornada y la empujo despacio.

- Margarita...

No tuvo contestación y termino de abrirla. Se conmovió al verla. Comprendió que se habría echado por un momento y el cansancio la había vencido. Dormía plácidamente, ni siquiera se había cambiado la blusa. Se acercó con sigilo y con sumo cuidado le quitó las zapatillas. Se acercó a la ventana y para que el sol con sus rayos de luz no interrumpiera su descanso, corrió las cortinas dejando la habitación en una dulce penumbra. Depositando un beso en la frente de la muchacha se retiró del lado de ella. Salió de la habitación cerrando la puerta y procurando no hacer ruido al hacerlo.




Alonso entró como siempre en la casa como una tromba. Sátur, detrás de él llegaba refunfuñando – Es que no hay manera de que hagáis caso, tu padre bien claro lo dijo ¡pero vosotros pasáis del asunto!
- ¿Qué pasa Sátur? - lo preguntó a la vez que cortaba la zanahoria.
Sátur se lo quedó mirando – Amo, ¿usted cocinando? - con los ojos buscó a la muchacha.
- ¿Y la señora Margarita?
- Se ha quedado dormida Sátur... Está tan rendida que se ha quedado dormida al subir a la habitación a cambiarse la blusa y no he querido despertarla.
- ¡Ha hecho bien amo! que la criatura está que no descansa de tanto coser... Hasta por la noche en su habitación se queda de madrugá dándole a la aguja y si encima se lleva el sofocón de esta mañana... Bueno, no sé preocupe que yo ahora me pongo con el almuerzo.

Alonso, después de dejar el zurrón en su cuarto volvió a la sala sentándose ante la mesa - ¿Qué sofocón es el que ha tenido tía Margarita Sátur? – lo preguntó con la curiosidad que da la edad.
Sátur y Gonzalo se miraron. Fue el fiel escudero quien se adelantó a su amo – Nada Alonsillo, que ya sabes cómo son las mujeres... Que por cualquier cosa se enfadan y cogen un sofocón por na’ y eso es lo que le ha pasao a tu tía... Que por no salirle una cosa bien al coser, pues eso, que se ha llevao ¡el sofocón padre!

Alonso sonrió con su boquita abierta – Sátur, ¡qué yo no sé cómo son las mujeres!, soy un niño, por eso no entiendo porque mi tía ha podido coger un sofocón por salirle mal una cosa al coser - lo dijo encogiendo sus hombros.
- Alonsillo, no te partas la cabeza en querer entender, ya tendrás tiempo de hacerlo. ¿Es así amo?
Gonzalo que estaba dando vuelta al guiso con el cucharón ladeó la cabeza para mirar a su hijo sonriendo – Si Alonso, cuando llegue tú tiempo ya entenderás muchas cosas.
Sátur terminó en preparar el almuerzo. Gonzalo fue a su alcoba y de allí se trajo otro libro. Se sentó junto a su hijo. El pequeño bostezaba.

- ¿Tienes sueño ¿no?
Alonso asintió y acodando sus brazos sobre la mesa descansó la cabecita en ellos - Padre, ¿cuándo vamos a dejar de ir a la escuela por la tarde? Es que hace tanto calor...
- Lo sé Alonso, pero ya después de la boda nos tomaremos ese descanso y cuando afloje el calor volveremos a tener las clases completa... Ya falta menos para ello - acarició la naricita de Alonso con su dedo haciendo sonreír al chiquillo.
¡¡Bien!! ¿Y nos iremos a la laguna a bañarnos? ¡Di qué si padre! ¡Di qué si!

- Alonso, lo haremos como siempre lo solemos hacer en estas fechas... En esta ocasión tu tía nos acompañará y un secreto entre los dos... – al llegar aquí, le habló en voz baja y con cierto misterio - Enseñaremos a tu tía a meterse debajo agua. Siempre le tuvo miedo a hacerlo pero entre los dos se lo quitaremos, pero eso sí, ni se lo digas ¿De acuerdo?
- ¡Claro padre! Yo no le voy a decir nada pero entre los dos le vamos a quitar ese miedo, ¡ya verás que si! – Alonso no podía experimentar mejor gozo que el que su padre contara con él para lo que fuera.





La muchacha entre sueño, sentía que alguien la zarandeaba con suavidad y que una voz dulce, casi angelical le susurraba al oído. No quería abrir los ojos, sólo quería escuchar a aquel ángel susurrador que hacía que la invadiera una sensación de duermevela apacible, tranquila...

- Margarita, despierta... Anda, vamos a almorzar - Gonzalo intentaba que la muchacha se espabilara. Le hablaba dulcemente pero ella parecía no querer despertar. Él insistía amorosamente – Después sigues durmiendo pero ahora debes comer algo. Anda despierta.
Poco a poco, la muchacha fue abriendo sus penetrantes ojos para luego volver a cerrarlos con una sonrisa en los labios – Creí... creí que estaba en el cielo y que un bello ángel sobre un hermoso corcel alado me susurraba con mucho amor pero ya veo que no estoy muy lejos de ese cielo -  había terminado por abrir sus hermosos ojos negros y miraba los de su amado que inclinado hacia ella la miraba embelesado.

- Te quedaste dormida. Si es que estás agotada cariño pero ahora tienes que comer algo, así, que a levantarse...
La ayudó a incorporarse dándole la mano. Los ojos adormilados de ella no dejaban de mirar los de él - Si todos mis despertares fueran como el de este momento, no me importaría estar dormida todo el resto de mi vida.
Gonzalo se había sentado en la cama y cogió entre las suyas las manos de la muchacha - Tendrás mejores despertares, de eso me encargo yo... Sólo faltan unos días para ello.
Se inclinó buscando los labios de su prometida y los besó pausadamente, sin prisa. Sus besos eran dulces, tiernos, delicados. De la misma forma se apartó de ella – Te espero abajo y no tardes porque si lo haces, me verás obligado a subir otra vez y entonces mis besos no serán tan delicados – le hizo un guiño y una amenaza con el dedo. Con una sonrisa salió del cuarto.

Margarita apoyó su cabeza en sus rodillas. Sus piernas las tenía encogida encima de la cama y sus manos se entrelazaba sujetándolas a través de la tela de la falda. Con una sonrisa y un profundo suspiro dejó la postura que tenía y bajando las piernas del lecho se levantó de él y se dispuso a retocarse un poco que buena falta le hacía.




Acababan de regresar de la escuela. Gonzalo se fue derecho al patio metiendo prácticamente la cabeza en un balde con agua. Se había quitado la camisa y se refrescó todo el torso, el cual, no hizo intención de secarse. Mientras lo hacía con el cabello que se lo había puesto chorreando, entró en la sala. Margarita le estaba poniendo de merendar al niño.

- ¿Cómo te notas la mano?
- Me molesta sólo un poco, quizá no haga falta que la tenga dos días vendada ¿no crees?
Gonzalo movió negando la cabeza – Tienes que tenerla dos días, ni uno más ni uno menos.
- Tía, tienes que hacerle caso a padre, él sabe más que nadie y si te lastimaste al tropezar con el escalón de la calle... ¡Uff me imagino cómo te debió de doler!

Gonzalo y Margarita se entrecruzaron sus miradas y con ellas se sonrieron ante la inocencia del niño. Cuando Alonso preguntó que por qué tenía la mano vendada, Margarita se inventó ese tropezón con uno de los escalones.

- Cuando me termine la leche y la torta ¿puedo irme a jugar con mis amigos?
Lo preguntó mirando a su padre. Gonzalo se había acercado a la mesa – Si me prometes que no irás muy lejos y que cuando vengas te pondrás a hacer la tarea sin rechistar, si.
- ¡Si padre, te lo prometo! Sólo hemos quedado en ir a la plaza.
Gonzalo asintió y echando una mirada de amor a Margarita se dirigió a su alcoba a ponerse otra camisa.

Alonso estaba a punto de terminar su merienda cuando la puerta de la calle que estaba sólo entornada, se terminó de abrir dando paso a Gabi y a Murillo. Margarita les preguntó si habían merendado, los chiquillos respondieron al unísono que sí, que ya lo habían hecho. Alonso se dio más prisa en terminar y los tres pequeños salieron de la casa antes de que Gonzalo saliera de su alcoba. Margarita se puso a recoger el vaso de la leche y el plato que había servido para poner la torta.

Gonzalo, se sentó y se puso a ojear el libro que había dejado en la mesa al entrar en la casa al venir de la escuela, por un momento levantó la cabeza - ¿Todavía está Sátur liado con su cuarto?
Margarita sin dejar de fregar con la mano izquierda asintió – Todavía... Creo que ya es lo único que le queda. Desde luego ha dejado la casa como una patena.
- ¡Y que lo diga señora! ¡Porque mire amo lo que hay en esa habitación! - Sátur acababa de salir y había escuchado las palabras de Margarita.
- He dejado algunas cosas fuera para que le eche un vistazo y lo que no sirva, ¡a tirarlo!

Margarita, secándose con el delantal la mano se acercó a la mesa – Estoy pensando... Ya hace tiempo que le estoy dando vuelta a la cabeza a eso... Yo no sé cómo tú Gonzalo lo verás.
Éste no sabía por dónde iba ella - A ver ¿Qué es eso que has pensado? - lo preguntó con curiosidad.
- Bueno, pues para que Sátur tenga una habitación más cómoda, pienso, que por qué todo lo que de momento no hace falta y que tampoco se sabe cuándo puede servirnos, meterlo en otro lugar... Un lugar que sirva de trastero.
- Margarita, es que aquí no tenemos otra habitación libre para ese menester.

- Ya lo sé Gonzalo... Sé que no hay otra habitación libre en la casa pero yo no he pensado en una habitación, sino en algo parecido a un soberao... – la muchacha se interrumpió al ver las caras de ambos mirándola - ¡Bueno, no me miréis así! He querido decir un soberado. Es que me es imposible perder el acento y me como ciertas letras... ¡A lo que iba! Eso se podía conseguir, si se pudiera adaptar lo que fue el palomar de la casa – lo dijo señalando con su dedo el techo.

A Gonzalo se la cambió la cara y Sátur que en ese momento estaba bebiendo agua, se le atragantó de tal manera que echó agua hasta por la nariz. Sátur fue a hablar pero le era imposible hacerlo, Gonzalo tuvo que levantarse para darle algunos golpes en la espalda a su amigo y a la misma vez darse tiempo para contestar a la idea de Margarita. Tragando aire y recomponiéndose un poco se dirigió a la muchacha.

- Margarita, tu... Tu idea no estaba del todo mal pero... pero es imposible... Cuando cerré el palomar lo hice a conciencia... Lo cubrí rodeándolo todo de tablones y sellando los accesos a él, tanto por fuera como por dentro... No es posible hacerlo pero tu idea era buena, hubiera venido bien.
- Bueno, pues nada, que se le va a hacer... Sátur, que vas a tener que seguir durmiendo entre trastos.
- No me importa señora, no me importa... ¡Si usted supiera lo bien que duermo yo con tantos trastos alrededor!

Sátur miraba de reojo a su amo. Al parecer la palidez de éste causado por el momento había ido desapareciendo y Margarita al parecer ni se percató. La muchacha volvió a sus quehaceres y el fiel criado moviendo la cabeza se retiró a seguir con lo que estaba haciendo.




En la plaza donde Alonso y todos sus amigos habían quedado parecía que la cosa no estaba nada bien.

- ¡¡Eso no es verdad!! – Alonso se lo gritaba a Sabino todo irritado.
- ¡Puedes creer lo que quieras pero es la verdad! ¡Tu tía pegó a mi madre en el mercado esta mañana! ¡y le pegó porque mi madre le dijo verdades como puños!
Los demás amigos estaban callados sin dejar de observar a uno y a otro. Sabino no estaba dispuesto a callar lo que sabía por su madre al discutir ésta con su padre - ¡Tu tía le pegó a mi madre, porque al parecer hace tiempo tu tía le puso los cuernos a tu padre con otro hombre!

Alonso no era tan despiertos en algunas cosas como algunos de sus amigos, por eso no sabía que quería decir con que su tía había puestos los cuernos a su padre. Se acercó a sus amigos que estaban expectantes – Sabéis alguno ¿qué quiere decir lo que me ha dicho éste?
Murillo y Manolillo se encogieron de hombros, sólo Gabi se atrevió a hablar – Parece que tu tía engaño a tu padre con otro hombre.
- ¿Engañar? ¿En qué sentido?

- ¡Tu tía se acostó con ese hombre y tu padre tuvo que irse como un cobarde de la Villa por algo que hizo! – Sabino no esperó que los demás contestara a Alonso y él, adelantándose a los demás le soltó aquello enmudeciendo a todos ellos.
Pero la reacción de Alonso no se hizo esperar, se abalanzó sobre Sabino cayendo los dos al suelo enzarzándose en una pelea - ¡¡Eso es mentira!! ¡¡Eso es mentira!!

Alonso le propinó con el puño cerrado un golpe en la nariz, lo que hizo que la nariz de Sabino comenzara a sangrar. Los demás amigos intentaron separarles como pudieron. Alonso se revolvía entre los brazos de quienes lo habían apartado de Sabino, el cual se  incorporó al momento y enfrentándose a Alonso que seguía agarrado por los demás no dejó de decirle...

- Si no me crees pregúntale a tu padre y a tu tía... A ver si ellos son capaces de decirte la verdad... ¡Qué te digan lo que hizo tu padre para tener que salir corriendo! - diciendo esto dio media vuelta y se alejó de los demás chicos limpiándose la nariz ensangrentada con la mano.

Cuando vieron que ya habían perdido de vista a Sabino, los amigos de Alonso aflojaron sus brazos y dejaron al chico suelto de su presión. Alonso se revolvió hacia ellos - ¡¡No os voy a perdonar que me hayáis sujetado!! – las lágrimas estaban a punto de aflorar en sus ojitos, pero de un manotazo no dejó que resbalaran sobre sus churretosas mejillas. También tenía algo de sangre en ellas debido a que en el labio inferior tenía una herida abierta de la cual manaba un hilillo de sangre.

Se despegó de sus amigos y a paso ligero enfiló el camino de vuelta a su casa. Los tres chicos se miraron entre sí y todos a la vez salieron detrás de Alonso.
- Alonso, no te pongas así... No puedes saber si lo que te ha dicho Sabi, puede ser cierto - Gabi intentaba de alguna manera de consolar a su amigo.

Pero Alonso no quería escuchar. Él no sabía ni comprendía nada, no sabía qué tipo de engaño por parte de su tía le había hecho a su padre... Pero para que ese engaño llevara a su padre a huir de la Villa como un cobarde, eso tenía que ser muy grande. Se serenó como pudo y miró a Gabi.

– Gabi, Sabino me ha tirado a la cara que mi tía le puso los cuernos a mi padre, que se acostó con otro hombre ¿Me puedes decir si tú sabes a qué pudo referirse?
- Bueno Alonso, yo no sé mucho de estas cosas pero por lo que yo escuchaba cuando mi madre tenía el otro trabajo, pues... Pues el estar casado con una persona y acostarte con otra pues eso, es ponerle los cuernos. Dicen que eso es faltarle el respeto y que pueden traer muchas consecuencias.

- ¡¡Pero mi padre y mi tía nunca estuvieron casados!!... A no sé qué... - al pequeño se le vino algo a la mente - ¿Eso también sirve cuando dos personas son novios?
Ante el silencio de su amigo, Alonso insistió – Gabi, ¡te estoy preguntando!
Gabi miró a su amigo. En sus ojos vio que estaba esperando esa respuesta – Si Alonso, creo que sí.

El pequeño Alonso se mordió el labio inferior lleno de rabia provocando que de nuevo sangrara la pequeña herida. En sus ojitos volvieron a aflorar las lágrimas, pero de nuevo se las limpió de un manotazo.

Manolillo que desde que empezó la trifulca no había comentado ni dicho nada, al llegar a la altura de su casa se despidió - Ya me voy... Alonso, no eches cuenta de nada, no siempre todo lo que nos dicen debemos creerlo... Eso es una cosa que nos dice tu padre mucho en clase.

Alonso asintió con la cabeza. Manolillo con un además se despidió de los tres y se alejó en dirección a su casa. Murillo y Gabi mirándose entre sí, Alonso cabizbajo y pensativo, de esta forma, los tres amigos procedieron a seguir su camino.

Continuará...
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