La Guarida de los Lemures

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 LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)

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Mari carmen

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Mensajes : 217
Fecha de inscripción : 25/11/2015

MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Jun 25, 2016 5:02 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.19

Margarita estaba terminando de regar las dos macetas que tenía en el patio. Una era de claveles rojos y la otra de geranios blancos. No se había percatado que Gonzalo la estaba observando con cierta sonrisa pícara – Lastima que se te rompiera la que compraste esta mañana.
Al escuchar su voz, la muchacha se giró un poco - A mí no se me rompió, se me cayó por causa del tirón que Hortensia me dio y eso, fue lo que me hizo saltar.
- ¿Y los jazmines? No te lo terminan de traer ¿no? – lo preguntó con cierta curiosidad “maliciosa”.

- No... No sé cuándo podrá ser pero bueno tampoco me va a quitar el sueño y aunque sé que no me va a costar mucho, tampoco estamos para hacer muchos gastos.
Gonzalo se había acercado a ella - ¿Damos una vuelta? Aprovechemos que hoy no estás cosiendo... La tarde parece que no está muy calurosa - le quitó la regadera de la mano dejándola en la mesa de lavar - se la quedó mirando fijamente – ¿Te he dicho hoy lo hermosa que estás? – se lo dijo rozando con sus labios el oído de la muchacha.
- Si... si me lo has dicho... Fue esta mañana después de echarme la bronca – ella le había devuelto su mirada llena de amor.
- Pues si esta mañana te lo dije con lo desaliñada que te encontrabas, ahora que estás acabada de bañar, con tu cabello oliéndome a flores frescas, con este corpiño que te resalta el blanco de tu blusa y algo más... - según iba hablando, Gonzalo con sus labios iba recorriendo su cuello, bajando poco a poco hasta el escote de la muchacha.

- Gonzalo, no sigas.

Pero él, no la escuchaba. Margarita tenía a la vista la regadera. Alargó el brazo y con la mano izquierda la cogió. Gonzalo seguía acariciándola – Contigo, se le sube a uno la temperatura y no es por el calor precisamente...
- Pues para que te enfríes un poco... ¡Qué mejor que esto!
Antes de que Gonzalo se diera cuenta de lo que pretendía, Margarita se apartó de él y le volcó el agua sobre el pecho abajo.
- Margarita, mujer... ¿Por qué me haces esto? - había levantado las brazos sacudiendo sus manos. Toda el agua había empapado parte de su camisa y pantalón.

La muchacha reía al verle en aquella guisa pero no tardó en cambiar la risa por súplica. Antes de que ella se diera cuenta, Gonzalo la levantó en vilo y acercándola al barreño lleno de agua, hizo el impulso de meterla dentro.

- ¡No Gonzalo! ¡Te lo suplico! ¡No lo hagas! – pataleaba y se agarraba a su cuello.
Su prometido disfrutaba al verla de aquella manera – Si, ahora suplicas pero no voy a tener piedad de ti... Vas a probar el agua como tú, has hecho conmigo.
- ¡Gonzalo por Dios Santo no lo hagas!... Yo te prometo... ¡Te lo prometo que no lo vuelvo hacer!

Casi el bajo de las ropas de ella tocaba el agua. Vio como Margarita cerraba los ojos apretándolos. Ella presentía que la metía dentro de aquella tina.

- No soy tan malo como tú - de nuevo se lo dijo en un susurro, luego, besándola con apasionamiento la depositó en el suelo sin dejar de disfrutar por lo arrebolada que estaba por el pequeño susto que le había dado, y a pesar que los ojos de ella querían en aquel momento fulminarlo no dejó de decirle con una sonrisa – Me cambio y nos vamos.




No hacía mucho que se había ido la pareja cuando Sátur dio por terminada el arreglo de aquella habitación que servía de trastero y dormitorio suyo. Desde que Margarita expuso su idea de hacer del palomar un trastero o desván, no había dejado de darle vuelta a la cabeza. De momento se habían librado de una buena con la explicación de su amo, ya que al parecer la joven se había quedado convencida pero al no haber podido tener un momento a solas con él, no habían podido hablar del asunto y de lo que podía acaecer de aquello. Intentó olvidar el susto que se le metió en el cuerpo y decidió darle de beber a los caballos y apilar la paja. No hizo más que entrar en el establo, cuando escucho un portazo. Volvió sobre sus pasos y vio a un Alonso que casi corriendo iba en dirección a su habitación. Frunciendo el entrecejo, fue tras el chiquillo que había entrado cerrando la puerta. La abrió y vio a Alonso sentado en la cama con la cabecita baja y las manos entrelazadas. Sátur se acercó a él.

- ¡Pero bueno! ¿Se puede saber qué te pasa a ti? – se había sentado junto al niño y le pasó el brazo por el hombro – No creo que haga falta que me lo digas, te has enfadao con uno de tus amigos ¿verdad?
Ante el silencio del pequeño, el buen criado y amigo levantó la carita del niño para que lo mirara - ¡Alonso ¿Te has pegao?! ¡Pero chaval ¿en qué piensas?! ¡Anda, anda!... Ven que te lave esa cara antes de que vuelva tu padre y te vea así.

Se lo llevó junto a la palangana y echando agua de la jarra, procedió a limpiarle con la toalla la cara de churrete y sangre seca. El labio de Alonso estaba un poco amoratado. Al llegar aquí, el niño se quejó quitando la mano de Sátur que pretendía limpiarle la herida.
- ¡No Alonso! Si te duele, ¡te aguantas! Porque si te has considerao un hombrecito para pelearte de esta forma, ahora como tal, tienes que aguantar que te limpie esta herida
Alonso aguantó como pudo. Cuando Sátur terminó, lo cogió por el brazo y lo sentó de nuevo en la cama – Y ahora, me cuentas lo que ha pasao ¡y no te me quedes callao qué no te va a servir de na’!

Alonso levantó su mirada que en aquel momento estaba llena de tristeza- Sátur, es que no sé por dónde empezar...
- ¡Pues por el principio Alonsillo! ¡Por el principio!
- ¡¡Es que hay cosas que yo no sé y no sé cómo explicarte!!
- Alonso, pregunta... Si no preguntas, ni tú vas a saber ni yo tampoco, ¡así que andando!
- ¿Qué es poner los cuernos? – Alonso lo soltó de golpe.
- Pero, ¡bueno!, ¡bueno! – ante la pregunta sorpresiva de Alonso, Sátur se había levando y se puso las manos en la cabeza. Le había cogido desprevenido y estaba algo consternado - Pero vamos a ver Alonsillo, vamos a ver ¿Cómo se te ocurre una pregunta así?
- ¿Lo ves? Dices que pregunte y cuando lo hago, parece que no te gusta que lo haga.

Intentando calmarse un poco, Sátur consiguió hablarle con tranquilidad – Vamos a ver, vamos a ver... No, no es que no me guste, es que me extraña pero si tú quieres que yo te conteste, yo lo hago... El problema puede venir luego con tu padre pero antes de contestarte... ¿El porqué de esa pregunta Alonsillo? - Sátur no sabía por dónde podía salir el chiquillo.
- Es que de ahí viene todo... Yo no sé lo que realmente quiere decir eso pero Sabino sí.
- ¡Vaya! ¡Salió la madre del cordero!... De tal palo tal astilla.
- Sátur, ¡qué no te entiendo! – Alonso lo dijo con un ademán.
- ¡Pero yo si me entiendo Alonso! ¡Yo si me entiendo!.. ¡A ver! ¿Qué es lo que te dijo tu “amigo” Sabino?

- Empezó a decirme que mi tía esta mañana en el mercado le pegó a su madre porque ella, o sea la madre de Sabino le dijo la verdad sobre una cosa...  Me dijo, que mi tía hace tiempo le puso los cuernos a mi padre, que lo engañó con otro hombre.

Sátur cualquier cosa se hubiera esperado, pero aquello que estaba escuchando de Alonso le estaba poniendo las carnes de gallina. ¿Cómo le explicaba a un niño la verdad de una historia que pertenecía al pasado y qué tampoco le correspondía a él contarla?

Alonso no se percató del mutismo de Sátur y siguió hablando – Me dijo también, que por culpa de eso... Que por culpa de eso, mi padre tuvo que salir de la Villa huyendo como un cobarde - los ojos de Alonso, volvieron a llenarse de lágrimas.
Ante lo último contado por el niño Sátur reaccionó como si mil demonios tuviera en el cuerpo - ¡Eso no Alonso! ¡Tu padre nunca ha sido un cobarde! – se levantó y poniendo sus manos en los hombros del niño, incitó a que el chiquillo lo mirara - Alonso, la gente a veces se confunden y se inventan cosas que pueden dañar a otras personas, por eso, tú no debes hacer caso a lo que Sabino te ha contao.

- Sátur, ¿hay algo de verdad en eso?... Si es verdad que mi tía engañó a mi padre cuando eran novios, porque eran novios ¿verdad?... – Alonso se quedó como pensando - ¡Claro! Ahora entiendo ¡Por eso no llegaron a casarse!
- Alonsillo para, creo... Creo que te estás adelantando – la aptitud del chiquillo hacía temer a Sátur que no lo estaba viendo como una invención de la gente.
- Sátur, si mi tía engañó a mi padre con otro hombre, ¿no teme mi padre que de nuevo lo vuelva a hacer? ¡¿Por qué se casa con ella?! – Alonso estaba dolido y así se lo demostraba al fiel criado pero éste, estaba indignado con el pequeño.

- ¡No Alonso! ¡Tu tía no engañó a tu padre! y creo que estás haciendo muy injusto con ella al pensar así... Tu tía no se merece esto por parte tuya y espero que tu padre no se entere de todo esto por qué no sé lo que pasaría – Sátur intentaba por todos los medios de hacer entrar en razón al chiquillo Escúchame Alonso... Estás ofuscao por lo que te ha dicho Sabino pero eso no puede afectar tus sentimientos hacia tu tía, ella es una preciosidad de mujer en todos los aspectos y os quiere mucho a los dos ¡A ti y a tu padre!
- ¡Pero si un día lo hizo ¿por qué no puede hacerlo otra vez?! ¿Por qué no puede dejarnos un día a mi padre y a mí solos para irse con otro hombre? También iba a casarse con Juan cuando estaba casada con Víctor ¿no? – las lágrimas resbalaban por sus mejillas y aunque intentaba retenerlas ya era imposible.



Sátur se conmovió al verlo. Se lo acercó a él y lo arropó con sus brazos. El pequeño se dejó abrazar llorando entre ellos. Sátur emocionado no pudo dejar de sentir un nudo en su garganta al hablar – Alonso, sabes que tu tía creía que Víctor estaba muerto, sino hubiera sido así, ella no se hubiera comprometío con Juan ni con otro hombre... ¿Sabes lo que te pasa? Es tanto lo que la quieres, que temes perderla... Temes que alguien te arrebate su cariño pero Alonso, ¡eso no va a pasar!... No va a pasar porque ella sin ti y sin tu padre, no podría vivir... Los dos sois para ella, su razón de ser.

Sátur se detuvo porque escuchó la puerta – Alonso, creo que tu padre y tu tía acaban de llegar, es preferible que no te vean así. Si tu padre pregunta que te ha pasao en el labio le diremos que has tropezao jugando – mientras hablaba, había compuesto un poco al chiquillo limpiándole la lágrimas y pasándole las manos por el cabello para peinarlo.

Luego, apartó la silla del escritorio e hizo que se sentara poniéndole el cuaderno de los deberes por delante. Levantó el brazo y encendió una vela que se hallaba en una repisa y la puso en la mesa para que Alonso pudiera ver mejor.

- Alonso, yo salgo ahora y voy entretener a tu padre hasta que te tranquilices un poco.

El pequeño asintió con la cabecita y Sátur haciendo un guiño salió del cuarto entornando la puerta.




Los dos enamorados acababan de entrar y lo hacían de lo más risueños – Buenas noches Sátur – saludó Gonzalo al ver al fiel amigo y escudero.
- Buenas amo y a usted también señora... Por lo que veo, el paseo les ha ido muy bien.
- Si Sátur, nos ha ido muy bien, hemos hablado de todo. Poco a poco Gonzalo me va poniendo al tanto de todo lo que concierne a su origen, bueno, lo que sabe de él claro. Lo que no me hago a la idea todavía que quien va hacer mi marido pueda pertenecer a un marquesado - lo dijo mirando a su prometido a los ojos y con su brazo cogido al de él.
- ¡Y la creo señora! ¡Si se lo diré yo!... Si a mí todavía no me entra ni eso, ni otras tantas cosas. Por cierto amo tiene un momento.

- Si Sátur, claro – se volvió a Margarita – Ahora regreso.
- No te preocupes, mientras, voy preparando la cena.
Los dos hombres se dirigieron a la alcoba. Gonzalo preguntó por Alonso, Sátur le dijo que el niño estaba en su cuarto haciendo los deberes. Pasaron a la habitación y el fiel escudero cerró la puerta. Gonzalo lo miró algo preocupado - ¿Pasa algo Sátur?

- Como pasar, pasa... Lo que yo no sé porque usted pregunta eso, cuando más que nadie sabe que esta tarde hemos estado en un pelín de vernos, o mejor dicho, verse en un aprieto ¡pero de los gordos!
- Lo dices por esa idea de Margarita ¿no?... No te preocupes, ella quedó convencida, ni siquiera en el paseo lo ha vuelto a mencionar.
- ¿Está seguro? ¡Mire que las mujeres cuando se le meten una cosa en la cabeza...!
- Sátur, tranquilo, que no va a hacer así.
Sátur se encogió de hombros – Si usted lo dice...

El buen hombre pareció dar por terminada la corta conversación pero no hizo intención de salir. Gonzalo advirtió que estaba algo inquieto – Sátur, creo que hay algo más a parte de lo que has querido saber sobre la idea de Margarita, ¿me equivoco?
El fiel escudero miró a su amo con cierto recelo. Gonzalo se cruzó los brazos sobre el pecho y se dejó caer sobre la mesa – A ver Sátur, ¿qué pasa?
- Amo, no debía decírselo pero tampoco creo que usted deba estar ignorante de las cosas que... - al buen criado le costaba abordar el tema.
- Sátur, sin rodeos, al grano – de alguna manera a Gonzalo la aptitud de Sátur le resultaba extraña.
- Amo, es que a veces las cosas no resulta tan fácil de decir pero se trata de Alonso... ¡Ya está! ¡ya lo solté!

Gonzalo frunció el ceño con cierta preocupación - ¿Qué le ocurre a Alonso Sátur?
- ¡Qué está muy ofuscao amo! ¡Qué el chiquillo tiene una en la cabeza qué no le deja ver las cosas!
- Sátur, ¿qué es lo que pasa con Alonso? y no de más vuelta para decirlo - Gonzalo había dejado la postura relajada que tenía anteriormente y su voz al hablar sonó con cierta inquietud.
- Pues ¡qué Alonsillo ha tenido un encontronazo con su amigo Sabino! Éste le ha contao lo que pasó esta mañana con la señora Margarita y su madre ¡pero claro! a Sabino se le ha ido un poco la lengua y le ha contao ciertas cosas...
Sátur, le fue refiriendo a su amo todo lo acaecido desde la llegada de Alonso a la casa desde que el niño dejó a sus amigos.




Margarita había ido preparando la cena y luego se dispuso a recoger la ropa que había dejado planchada en la tarde. Cogió la ropa que pertenecía a Gonzalo y se dirigió a la alcoba, fue a poner la mano en la manilla pero algo la retuvo. Las voces de Gonzalo y Sátur se escuchaban algo alteradas. Fue a retirarse pero al escuchar su nombre no pudo más que poner atención. En la alcoba Gonzalo estaba de lo más irritado por lo que le había contado Sátur.

- ¡Escúchame Sátur! ¡Margarita no debe de enterarse de esto!... Yo intentaré hablar con Alonso y hacerle entrar en razón.
- ¿Cómo amo? ¿Contándole toda la verdad de lo que pasó? Tampoco lo entendería, es muy pequeño para abarcar ciertas cosas... No será fácil para él comprender que su padre tuvo que salir de la Villa porque mató en duelo a un hombre, y que la causa fue por el amor a la mujer que estaba comprometido.

- ¡Lo sé Sátur! ¡Sé que no es fácil! ¡Pero algo tengo que hacer!... No puedo dejar que crea lo que Sabino le ha contado ante la pelea de su madre con Margarita. ¡No puedo dejar que piense que su tía me engañó con aquel hombre!
Sátur intentó calmar un poco el ánimo de su amo – Amo, amo no se me precipite. Espere a ver cómo reacciona Alonso después de haber escuchado a este simple criado.
Gonzalo le puso una mano en el hombro con gran afecto – No Sátur, tú no eres un simple criado, eres mucho más que eso y lo sabes... Te haré caso, esperaré a ver cuál es la reacción de Alonso después de que tú has hablado con él, ahora, salgamos y no demos a entender de momento lo que aquí hemos tocado, ni a Alonso ni a Margarita.

Salieron de la alcoba y se dirigieron a la sala. Margarita estaba liada con la ropa apartando en la mesa la que correspondía a cada uno para ir recogiéndola en sus respectivas habitaciones. Gonzalo se sentó y alargó el brazo para coger el libro. De refilón observó que la muchacha no había hecho ademán de levantar la cabeza y ni siquiera intentó hablar al sentarse él.

- Margarita, ¿te pasa algo?
La muchacha parecía no haberle escuchado. Gonzalo insistió – Margarita, te estoy hablando - alargó su mano y cogió la de ella, fue entonces cuando ella pareció reaccionar.
- Gonzalo perdona, es que... Es que estaba tan abstraída que no me daba cuenta de que me hablabas.
- Ya lo veo. ¿Y se puede saber qué es lo que te ocupa esa cabecita que no está dónde debes? – se lo dijo con infinita ternura y sonriéndole con sus labios y su mirada.
- Ya sabes, todo... Todo lo que en unos días se avecina y yo hoy... Hoy no he podido coger la costura.
- No sé qué estarás cosiendo pero desde que se puso fecha no has parado ¿Te duele la mano?

Ella, negó con la cabeza pero sin mirarlo y en su “preocupación” de poner la ropa bien. Sentía una gran congoja después de haber escuchado detrás de la puerta lo que había ocurrido con Alonso. Gonzalo apreció que algo no iba bien. Se levantó y rodeando la mesa se acercó a la joven e hizo que desistiera de seguir con las prendas. Le levantó la barbilla para que lo mirara. En sus inmensos ojos negros las lágrimas intentaban aflorar.

- Margarita, ¿qué pasa? ¿Qué tienes?
- No... No es nada Gonzalo. No sé lo que me pasa, quizá sea los nervios por la boda.
Gonzalo acarició una lágrima que se desprendía de sus ojos – Puede que sea eso. Yo también quiero que termine todo y que descanses, que ya no estés tan ocupada... Que sólo tengas tiempo para mí – la atrajo hacia él y la rodeó con sus fuertes brazos meciéndola con ellos.

Sátur, que estaba dando vuelta a la cena no dejaba de mirarlos con una sonrisa en sus labios y con una gran emoción – Bueno, pues esto ya está – comentó mientras se limpiaba con el brazo alguna lagrimita que se le escapaba mejilla abajo.

Margarita se apartó de Gonzalo – Pues ya pasó... Ya me siento mejor, voy a recoger la ropa y pongo la mesa.
- Yo te ayudo.

Ante el ofrecimiento de él, la muchacha le dio la ropa que le correspondía a él como las de  Alonso, mientras tanto,  ella subió a llevar la suya.

Gonzalo se dirigió a la alcoba y dejando su ropa en el arcón correctamente recogida, fue a la habitación de Alonso. Antes de entrar suspiró profundamente y empujó la puerta.
– Hijo, ¿todavía estás con los deberes? Ya es la hora de la cena – le hablaba a la misma vez que colocoba las ropas del chiquillo en su sitio.

Se incorporó y dirigió su mirada hacia el pequeño. Éste, no había dicho nada y tenía la cabeza vuelta por lo que Gonzalo no podía verle la carita. Tragó saliva y le puso las manos cariñosamente en sus hombros – Alonso, hijo ¿te ocurre algo? – se inclinó al preguntar.

Alonso intentó ocultar el rostro. Gonzalo le obligó a mirarlo. El labio de Alonso estaba bastante inflamado. Hizo como el que no sabía nada - ¿Qué te ha pasado Alonso? Tienes el labio con una herida y está bastante hinchado. No te habrás peleado...
- No padre... No me he peleado... Me caí... Me caí y me di el golpe en la boca.
- Deja de hacer los deberes y vamos a curarte ese labio para que no vaya a más – cogió a Alonso del brazo e hizo que se levantara. Salieron del cuarto.

Gonzalo se dirigió al patio y se trajo algodón y alcohol. Sátur se acercó – Alonsillo, esa caída te ha dejado el labio un poco fastidiao - Sátur le hizo un guiño al pequeño.

Alonso se manutuvo en silencio y se sentó en la silla ante el gesto de su padre.

- Esto te va a escocer pero hay que desinfectar esa pequeña herida – Gonzalo empapó un trozo de algodón y sujetando a Alonso por el hombro se lo aplicó en el pequeño corte. El chiquillo se revolvió al sentir la quemazón, pero no pudo escabullirse ya que la mano de su padre lo sujetaba fuertemente.

- ¡¡Padre, qué duele!!- apartó con sus manitas la mano que de alguna manera le hacía daño.
- Alonso, no lo vas a poder evitar. Eso es lo que tienen las caídas, vuelvo a ponerte otro poco y ya está... Ahora sentirás menos el escozor - Gonzalo volvió a pasar un nuevo algodón ya empapado en el labio de su hijo. El pequeño cerraba con fuerza sus ojitos para aguantar aquel ardor que sentía.
- Ya está Alonso y procura no tocarte.
Alonso se levantó rápido y fue a encaminarse a su habitación pero Gonzalo lo detuvo - Alonso, vamos a cenar.
- Es que no... No he terminado la tarea - no la había terminado, era cierto, pero aunque la hubiera hecho, hubiese puesto esa excusa. No quería ver en él, los ojos de su padre ni encontrarse con los ojos de su tía.

- Pues tiempo has tenido para terminarla, así que ahora no tengas prisa por ello.  Gonzalo señaló a Alonso su sitio en la mesa. El chiquillo a regañadientes no tuvo más remedio que hacer lo que su padre le indicaba.
Sátur ya estaba poniendo la mesa cuando Margarita bajó. La muchacha se acercó a Alonso y lo abrazó con el mismo cariño de siempre dándose cuenta de la herida que el pequeño tenía.
- Pero mi niño ¿cómo te has hecho esto? – con sus manos cogió la cara del pequeño.
Margarita se dio cuenta que evitaba mirarla.
- Me he caído, igual que te pasó a ti.

Para ninguno pasó desapercibido la forma en que lo dijo, con la diferencia, que Gonzalo cómo Sátur ignoraban que Margarita estuviera al tanto.
- Claro mi amor... Hoy parece que nos ha mirado un tuerto a los dos. Bueno, voy a ponerte la cena – se incorporó dirigiéndose a la cocina.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Jun 26, 2016 6:43 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.20

Sátur ya iba para la mesa con la olla de barro con una humeante sopa de verdura. La muchacha no tardó en regresar con los platos y los cubiertos. Colocó cada plato en su sitio y sirvió la sopa a cada uno. Cuando vertió el caldo en el plato de Alonso, éste se echó para atrás.
- ¡¡Uff!! ¡qué caliente! Yo no la quiero tan caliente... Hace mucho calor.
Gonzalo y Sátur se miraron. Fue el fiel criado y escudero quien habló – Alonsillo, hay algo que se hace y se llama soplar, ¡así qué andando!... Come que estás encanijao y a este paso no vas a terminar de crecer.
- Es que no tengo ganas... No tengo hambre.

- Alonso come y no me hagas repetirlo – Gonzalo lo dijo con severidad y cierto enojo.
El crío con desgana cogió la cuchara y la metió en el plato moviendo ésta alrededor de la sopa. De nuevo Gonzalo le llamó la atención – Alonso no juegues ¿y quieres meterte de una vez la cuchara en la boca?

Alonso, con desgana fue a hacer lo que su padre dijo pero al contacto de la cuchara sobre el labio, soltó con rabia el cubierto en el plato, lo que hizo, que el caldo salpicara la mesa y a Margarita en el brazo.
- ¡Alonso! ¡Qué modos son esos! – Gonzalo dio una palmada con fuerza en la mesa.
- ¡Me duele! ¡Me duele! - lo dijo alzando la voz a su padre.
- No alces la voz Alonso, sabes que no me gusta que lo hagas y si no quieres comer, ¡te vas ahora mismo a tu cuarto y no salgas de allí!
- ¡Pues sí, mejor me voy! - fue a levantarse pero Margarita hizo intención de que no lo hiciera.
- Cariño, no puedes irte sin com...
- ¡Déjame! – con un mal gesto se desprendió de las manos que querían retenerlo y se levantó de la mesa.

Gonzalo también se levantó con aire de no dejar pasar aquello - ¡Alonso! ¡No te voy a permitir que trate a tu tía de esta forma! – tiró la servilleta sobre la mesa y fue a por su hijo pero Margarita lo detuvo cogiéndole el brazo.
- ¡No Gonzalo! Ni se te ocurra, con una cachetada no se consigue nada, déjalo estar, ya se le pasará... Quizá la molestia que tiene lo hace actuar así...
- Pero ¿es qué no te das cuenta? Si le dejamos pasar todo, hará lo que le venga en gana y eso no Margarita ¡Eso no!
- Amo, la señora dice bien... El que le dé una cachetada no va a servir de mucho, lo único que va a ocurrir, es que él se ponga más rebelde y usted, pasar un mal rato...

Margarita se había levantado e intentaba que Gonzalo volviera a sentarse. Muy contrariado su prometido volvió a ocupar su sitio en la mesa pero ya no le pasaba la comida. Sátur y la muchacha le pasaban un tanto de lo mismo. Lo que quedó de la cena lo hicieron en silencio. Luego, Gonzalo se levantó y se fue al patio mientras Margarita y Sátur quitaban la mesa y recogían la cocina.




Gonzalo sentado en el suelo y su espalda apoyada  en la pared no dejaba de pensar en su hijo. Quizá, si hablara con él referente a lo ocurrido aquella tarde, pudiera que el niño se relajara al saber la realidad de cómo fueron las cosas. Pero ¿Comprendería? o quizá el saber la verdad pudiera afectarle más que la propia mentira.

- ¿En qué piensas? - la dulce voz de Margarita lo sacó de sus pensamientos. La muchacha se sentó junto a él.
- En mi hijo. A veces pienso que se me escapa de las manos y no sé... No sé cómo actuar ante tanta rebeldía.

- Es muy pequeño aún Gonzalo. Todos hemos sido críos y todos hemos sido rebelde ante ciertas cosas pero Alonso es un buen niño y hoy está en un mal día, sólo es eso ¿Quién no tiene un mal día? - enseñó su mano vendada al hombre amado – Si yo me hubiera controlado y no hubiera sacado mi rebeldía ante la provocación de Hortensia no hubiera pasado nada... Yo no me hubiera lastimado la mano ni Alonso estaría pasando un mal rato por mi culpa y tú tampoco.

- Pero, ¿de qué hablas? – Gonzalo se había girado hacia ella sorprendido por lo que estaba escuchando.
- Si Gonzalo, lo sé todo... Os escuché a ti a Sátur hablar. Iba a entrar en la alcoba cuando lo escuché todo... De cómo está tu hijo, sólo yo  soy la culpable.
- Margarita, ¡no! Tú no tienes culpa de nada, las cosas han pasado así, lo que pasa... ¿Cómo le dices a un niño la verdad de lo que pasó sin que le afecte esa realidad?
- No Gonzalo, Alonso nunca debe de saber cuál fue la causa por la que tuviste que dejar la Villa... Habrá alguna manera de hacerle entender que lo que le dijo Sabino no llevaba nada de verdad, ya buscaremos una forma... Si me gustaría, que tú te mantuvieras al margen. Yo comencé este entuerto, yo intentaré arreglarlo.

- Pero Margarita, ¡eso no es justo! Todo esto nos concierne a los dos, no voy a consentir que tú batalles con Alonso intentando convencerle cuando yo sé cuál va a hacer su reacción, y no me gustaría que volviera a tratarte como lo hizo antes.
- Gonzalo, prométeme que no vas a intentar nada hasta que yo hable con él... Si no consigo que razone ya eres tú el que decide como tratar el tema pero mientras tanto, déjame a mí intentarlo.
- Margarita, eres increíble... A pesar de que sé que estás afectada por ello, porque ahora sé, que el venirte abajo esta noche fue por eso ¿verdad? y todavía, te atreves a intentar solucionar el problema - la atrajo hacia él rodeándola con sus brazos y apretándola contra su pecho le susurró unas palabras al oído.

- Cuando yo digo que me caso con la mujer más maravillosa del mundo, no miento. Me siento lleno de orgullo porque me llenas de él – buscó sus carnosos y sensuales labios y los besó deleitándose en ellos. Luego la miró penetrando en sus hermosos ojos igual que luceros en la noche – Te quiero y te amo tanto...
Ella se abrazó en un impulso – Yo también Gonzalo, yo también te amo ¡y si pasara algo, no sé...!

- ¡Eh! Margarita ¿qué pasa?... Dijimos que nunca hablaríamos de nada negativo y hasta ahora te he sentido de lo más feliz, nada ha enturbiado esa felicidad y esto que ha pasado hoy no tiene mayor importancia, así que nada de venirse los ánimos abajo ¿vale?... Te quiero radiante de dicha los días que no quedan para la boda, que luego yo haré que esa dicha sea aún más hermosa y ahora vayamos a descansar, tú lo necesitas... Mañana será otro día.

Ella asintió con la cabeza y Gonzalo la ayudó a levantarse del suelo entrando los dos en la sala principal.

- Antes de acostarme quiero llevarle un vaso de leche a Alonso.
- No se preocupe señora, que yo ya se lo he llevado y ya descansa... Es mejor dejarlo dormir, eso le sentará más que bien.
- Sátur tiene razón, mejor dejarlo descansar... Te acompaño a la escalera y prométeme que tú también vas a descansar.
- Te lo prometo. Buenas noches y a ti también Sátur - buscó con la mirada al buen criado.
- Que descanse y si mi amo no me necesita yo también me iré a mi jergón.
- No Sátur, puedes irte a descansar... Hasta mañana.
Gonzalo le entregó la palmatoria a la muchacha y ésta, subió escalera arriba perdiéndose de la vista de él.

Gonzalo se dedicó a ir pagando velas, dejando solo la que necesitaba para su alcoba y la poca lumbre que quedaba en el hogar, regalaba una dulce penumbra a la estancia. Dirigió los pasos a su habitación pero antes se detuvo en la de Alonso. Abrió la puerta y desde el umbral miró a su hijo que de espalda a él parecía dormir plácidamente. Gonzalo cerró la hoja de madera sin hacer ruido y se retiró a su dormitorio.

Se desabrochó la camisa y quitándosela la arrojó a una silla. Se dejó caer en la cama sin desvestirse del todo. Por las ventanas y la puerta del patio abiertas penetraba una dulce brisa que agradecía. Cerró los ojos. Su pensamiento lo ocupaba el bellísimo rostro de su prometida y al pequeño rostro de su hijo. Dejó que lo invadiera una dulce sensación de placidez y sus parpados se fueron cerrando quedando completamente dormido.






Cómo un cuento.

No podía dormir, estaba inquieta y sentía algo de calor aunque entraba una poca de brisa por la ventana. Cambió de postura pero por más que cerraba los ojos e intentaba pensar en cosas bonitas, no cogía el sueño. Se sentó en la cama y se pasó la mano por el cabello trenzado, se lo enrolló de una manera muy hábil en la cabeza y cogiendo un pasador de madera que había en la mesita se lo sujetó con él. Se quedó algo pensativa y saltó de la cama. Se puso las zapatillas en chanclas y tomando la palmatoria en la mano salió de su cuarto procurando no hacer ruido. Se dirigió pasillo adelante hasta llegar a la altura de la ventana. Soltó la vela en la mesita y subió los tres escalones que la separaba del portillo. Apoyó las manos en el marco y pasando primero una pierna y luego la otra, pisó con mucho cuidado al tejado para no resbalar. La suave brisa de aquella noche la reconfortó. El verano estaba a punto de comenzar y se vislumbraba que se presentaba más que caluroso. Una luna resplandeciente dejaba extender su plateada luz y alumbraba parcialmente el tejado. Fue avanzando lentamente pero su avance lo detuvo en seco, casi pierde el equilibrio al hacerlo.

No se encontraba sola, alguien más no podía dormir aquella noche. Suspiró profundamente y con sigilo se acercó a quien sentado sobre las tejas pareció no apreciar su presencia. Con el mismo sigilo se sentó junto a aquella personita que miraba un punto fijo en la inmensidad del firmamento y donde algunas estrellas destacaban por su fulgor.

- ¡Vaya! Creí que sólo era yo quien no podía dormir.
Alonso se sorprendió al verla, no se había percatado hasta que ella habló. Pero no dijo nada, siguió mirando al frente.
- Veo que estás muy entusiasmado viendo algo que yo por más que intento no logro ver.
Esta vez Alonso si habló pero sin mirar a su tía – Nadie, nadie puede ver lo que yo veo y oigo.

Margarita sabía por dónde iba y un nudo le apretó la garganta – No todo el mundo tenemos ese privilegio de ver y oír lo que otros si pueden... Pero bueno, a ver... Si estás aquí es que no puedes dormir y si no puedes dormir, quiere decir que algo te inquieta... Si yo puedo ayudarte Alonso, ya sabes que puedes contar conmigo... Mi niño, yo creo saber lo que te preocupa.
Alonso giró la cabeza para mirar a la muchacha – No... No creo que sepas lo que me preocupa porque no me pasa nada – su voz sonó dolida, sin la dulzura que solía tener. Su tono de voz se escuchó a la defensiva.

Para Margarita no iba a ser fácil todo aquello pero ya que se habían encontrado allí, quería intentarlo, quería que el niño escuchara una verdad que ella iba a intentar de adornar para que fuera más fácil que Alonso lo pudiera entender.

- Alonso, cariño, el evadir los problemas no hace que se vayan de uno. Te voy a hacer una pregunta pero me tienes que contestar sinceramente, siempre hemos sido muy buenos amigos y ha habido mucha complicidad entre nosotros, por eso creo que me vas a contestar con sinceridad.
Alonso, aunque seguía mirando al frente escuchaba a su tía pero no comprendía que quería decir con aquello.
- Alonso, ¿tienes algo en contra mía? Si tú crees que yo he cometido alguna falta o he hecho algo indebido, dímelo... Dime lo que te abruma y yo te aclaro lo que sea.
- Por... ¿Por qué quieres saber si yo tengo algo en contra tuya? – esta vez, la voz de Alonso sonó cohibida.

- Porque sabiéndolo, te ayudaré a despejar las dudas que tengas sobre mí. Alonso voy a ayudarte, ¿Ves esto? – Margarita le enseñó su mano vendada – Esto no me lo hice con una caída, al igual que tú, mentí... Esto me lo hice por golpear a alguien por decir una cosa que no debía y no quiere decir que estuvo bien lo que hice... Debí controlarme pero la rebeldía me salió a flote al igual que a ti y ahora, estoy fastidiada porque tengo que tener la mano inmovilizada y tú, pues ya ves como tienes el labio. En lo rebelde nos parecemos ¿no crees?... Yo pegué a Hortensia y tú te pegaste con su hijo por hacer callar una mentira y defender a una familia, la nuestra.

Margarita tomó la carita de Alonso entre sus manos – Pero ¿sabes? hay una diferencia, que tú tienes tus dudas. Piensas, que puede ser verdad lo que te dijo Sabino y eso te mortifica, piensas que puede ser verdad que yo engañé a tu padre con otro hombre ¿A qué es así?
Alonso se desprendió de las manos de su tía y agachó la cabecita sobre su pecho. La muchacha tragó saliva. Se sentía angustiada pero tenía que seguir - El quedarte callado no va a solucionar nada, dime lo que piensas... Dime si crees que yo pude engañar a tu padre.
- ¡¡No lo sé!! ¡No lo sé! – Alonso rompió a llorar.
Margarita lo cobijó entre sus brazos y lo estrechó contra su pecho – Ya mi niño, ya... Yo sé que eres muy pequeño para poder entender ciertas cosas pero yo te lo voy a contar de forma que te sea más fácil comprender... La cosa es más sencilla de lo que se pueda pensar.

- Tú padre y yo éramos unos niños cuando nos hicimos novios. A veces hay cosas que no se pueden evitar porque no depende de uno... Había un joven, algo mayor que tu padre que intentaba pretenderme. Para que tú lo entiendas, quería también ser mi novio... Lo conocí casual, al visitar una casa para saber de una persona... Comenzó a rondarme pero yo lo evitaba, no me gustaba que me persiguiera pero él insistía... Tu padre por entonces era un arrebatado muchacho con aires de héroe, quería enrolarse para marchar a luchar con el ejército a Flandes y por un tiempo estuvo tomando clases de esgrima para formarse. El maestro de esgrima era quien por entonces en la Villa era el alguacil y el hijo de éste, era el mejor amigo de tu padre por lo que siempre estaba más en casa del alguacil que pendiente de su novia, me entiendes ¿verdad? ¡Vamos, qué tu padre por esas clases de esgrima me tenía apartada un poquito!

Margarita quiso dar a su historia un aire distendido. Apreció que Alonso se iba calmando pero no hacía intención de levantar la cabeza de su pecho. Lo apretó con más fuerza contra ella.

- Aquel año, en unas de las verbenas que se suele hacer por la Villa, había quedado con tu padre para que me llevara a la romería pero al muchacho se le olvidó de hacerlo y me dejó compuesta y sin novio ¡Yo me enfadé cómo tú no te puedes imaginar! Pero no me iba a quedar en  casa y me fui con Inés que tampoco Cipri podía acompañarla... Ya Catalina estaba casada, se debía a su marido y a Bruno, que entonces era muy pequeño... Así, que cogimos las dos y nos largamos a disfrutar de la fiesta, de alguna manera queríamos dar un escarmiento a nuestros novios...

Alonso se incorporó y se echó el cabello hacía atrás mirando a su tía - ¿Y padre no se enteró que tú te fuiste sin él?

Aquella pregunta con cierto toque de inocencia y curiosidad hecha por Alonso, hizo que el espíritu de Margarita se relajara y pudiera seguir adornando aquella parte de la historia.

- ¿Cómo qué no se enteró? ¡Pues claro que se enteró! pero eso fue unos días después... Te cuento... En esa fiesta, nos encontramos al joven que me pretendía y nos invitó a sentarnos en una mesa, a mí no me hizo mucha gracia pero por Inés lo hice. Unos conocidos de Inés que no vivían en la Villa y que se habían acercado para pasar la fiesta necesitaron de ella y tuvo que ausentarse por algo de tiempo dejándome sola con aquel muchacho... Aquello, fue lo que desató tanta habladuría porque siempre está mal visto que una mujer comprometida esté a solas con otro hombre que no sea su novio o marido... Sentía sobre mí, todos los ojos de las chismosas de la Villa. Cuando apareció Inés decidí dejar la fiesta y volví para mi casa. Sabía que había hecho mal, que por darle a tu padre en la cabeza, estaba en boca de todo el mundo y que aquello a él podía afectarle de una manera u otra pero claro, la inexperiencia, los pocos años, hace que se hagan cosas que no debes y que luego te arrepientes de ello pero a veces ya es tarde...

Alonso se acomodó mejor sobre las tejas. Ante un momento que Margarita detuvo su contar para tomar aire, el chiquillo la miró - ¿No me cuentas más? – lo preguntó con interés y sin dejar atrás la curiosidad de niño pero su voz ya no tenía la aspereza con la que había hablado anteriormente.  
- Si cariño, claro, lo que pasa que me he tenido que tomar un poco de respiro... Es que si sigo hablando tan seguido, ¡me va a dar algo!

Un chasquido, como el pisar algo o rodar cualquier pequeño objeto, hicieron que se miraran. Fue la muchacha quien habló – Se habrá desprendido un pequeño trocito de teja, bueno, sigo... A la mañana siguiente muy temprano, tu padre se presentó en mi casa. Yo estaba todavía acostada y durmiendo los vasos de vino que me metí por el cuerpo por culpa de aquel joven... - al llegar aquí, le habló al pequeño de quedito – Alonso, que esto quede pa’ ti y pa’ mí, que tu padre nunca se enteró que yo me había hartado de vino... Creo que desde entonces no quiero ni probarlo.... Fue tu madre quien me despertó diciéndome que tenía visita. Me encontraba tan mal, que maldecí el día anterior y a quien acababa de llegar a aquellas horas de la mañana. Me levanté, tenía un horrible dolor de cabeza y lo menos que quería era ver a nadie. Cuando me vestí, salí al comedor y vi tan tranquilo a tu padre sentado ante la mesa y a mi madre y a mi hermana poniendo el desayuno, tu abuelo, ya había marchado a la herrería, cosa que agradecí, porque al ser tan estricto, de la bronca, estaba segura que no me hubiera librado... Al ver a tu padre allí, en aquel momento desee que me tragara la tierra...

- Venía a pedirme disculpa por el olvido del día anterior pero era tal el coraje que sentía, que no le acepté esa disculpa y me mostré muy arisca con él. Tu padre nunca tenía una mala contestación y aguantó todo lo que yo quise decirle... De los dos, yo era la que tenía más genio. Él se levantó y muy cortes me dijo que volvería cuando me calmara, que cómo yo estaba no se podía hablar conmigo... Me perdí... Me perdí Alonso al decirle que no se preocupara en volver, que lo nuestro se terminaba allí... Me miró muy desilusionado y sin decir palabra salió de mi casa. Mi madre como la tuya, recriminaron mi conducta. Cuando me di cuenta, comprendí que había hecho una tontería muy grande pero yo sabía que tu padre me daría mi tiempo para recapacitar...

Alonso busco de nuevo postura mirando de frente a su tía – Tía Margarita, pero si mi padre se fue, no llegó a enterarse que tú, te fuiste a esa verbena y estuviste con aquel muchacho ¿no?
- No Alonso, no se lo dije y otra cosa que me perdió... Hubo alguien, que supongo que calentó a tu padre con respecto a ese joven y sobre mí... Una persona que no fue contando la verdad del todo y si encima se le agrega lo de la fiesta pues ya te puedes imaginar. Mi pretendiente no dejaba de insistir, no dejaba de perseguirme. Uno de esos días, tu padre vino a intentar averiguar que pasó realmente en la verbena y olvidar ese enfado de enamorados. Cuando vino a buscarme se encontró con aquel joven, hubo un enfrentamiento entre los dos y se enzarzaron en una pelea, pero ya tu padre se sentía muy molesto y no quiso de momento hablar conmigo y no darme a mí la opción de hacerlo...

- En parte lo comprendía porque yo tuve la mayor culpa de ello. En un arrebato, decidió irse en el primer barco que salía para Flandes y se marchó sin más, y no se marchó por huir de los comentarios o porque creyera que le había engañado, no Alonso... Simplemente porque estaba enojado y en un impulso hizo lo que tanto deseaba, lo que tanto ansiaba... Ser un soldado y luchar cómo un héroe... Pasados unos días de su marcha, mis padres decidieron que teníamos que irnos a Sevilla y dejamos la Villa... Hubo unas cartas de tu padre de por medio que se perdieron por lo que ninguno supimos del uno y del otro...

Alonso interrumpió a su tía – Tía, ¿qué paso con ese muchacho? con tu pretendiente...

Margarita sintió una punzada en su pecho. Temía que esa pregunta pudiera llegar y aquí si tenía que callar. Ante esa pregunta tenía que evadir la contestación porque ella no sabía cómo adornar esa parte de la historia pero algo tenía que decir.

- Pues... Pues Alonso, con ese joven, pues nada que... que ya no volvió a molestarme y cómo no era de la Villa, pues se marchó y ya no volvió nunca más.
- ¡Claro tía! ¡Si yo creo que con los golpes que le daría mi padre se le quitaría las ganas de volver a molestarte! – lo dijo con entusiasmo, con cierto orgullo de saber que su padre había sabido defender a su tía.
- Si Alonso, tu padre supo defenderme y es una cosa que debes tener presente, tu padre nunca fue un cobarde... Quizá, en aquel entonces era muy impulsivo pero eso lo da la juventud ¡pero nunca fue un cobarde! - la voz de la muchacha se quebró por un momento pero reponiéndose prosiguió.

- El tiempo fue pasando... Yo conocí al que fue mi marido. Las circunstancias que me rodearon por entonces hizo que tuviera que casarme y tu padre, ¡después de luchar cómo un valiente en Flandes! decidió conocer China y allí, se llevó unos años... Unos años que le sirvieron de mucho, ya que se llenó de sabiduría... Cuando volvió a la Villa, supo guardar su espada y en su lugar sacó sus libros y su enseñanza. En su regreso, se reencontró con mi hermana que junto con mi madre o sea tu abuela María, habían regresado a la Villa y lo demás, ya lo sabes... Tus padres se enamoraron, se casaron y tuvieron el tesoro más preciado que fuiste tú... - al decirlo le cogió la carita con sus manos - La gente se inventaron miles de cosas cómo la que te contó Sabino pero eso, pasará siempre Alonso y no sabes el daño que pueden causar con las mentiras... Nunca debes de creer en cosas que tú mismo no veas con tus propios ojos ¡y a veces ni siquiera eso!  Yo lo que quiero, es que te quede claro que nunca engañe a tu padre ¡Nunca hubiera podido hacerlo! y si tienes temor a que pueda hacerlo ahora, quieres decir que no conoces a tu tía... Yo nunca podría abandonaros ni por un hombre ni por nada. ¡Vosotros sois mi razón de existir! Sois quienes llenáis mi vida, haciendo que olvide tantas cosas que por el camino me fui encontrando, sobre todo un camino de muchos espinos...

Por un instante el silencio se paseó por aquel tejado envolviendo a las dos figuras que sentada en él, miraba al frente de aquel inmenso espacio que era el cielo infinito, pero ese mismo silencio, también envolvía otra figura vestida de negro cómo la misma noche y que agazapada en unos de los diferentes recodos que componía el tejado, había sido testigo silencioso de aquel contar y que lo había llenado de una infinita emoción.

Margarita cogió las manos de Alonso – Bueno, ya te he contado toda la verdad sobre aquello que acaeció ya hace unos años, ahora soy yo, la que necesito escuchar de ti lo que piensas de ello y si aún tienes dudas al respecto.
Alonso dejó de mirar el frente y volvió sus picarones ojos hacia su tía. Un reflejo de lágrimas estaba a punto de aflorar en ellos. Fue a decir algo pero en un impulso se abrazó a la muchacha.

- ¡No tía! ¡No tengo dudas! ¡Lo siento! ¡Perdóname tía!
Margarita sintió una gran emoción al escuchar a Alonso y lo apretó contra ella con todas sus fuerzas – Ya, ya  mi niño, cálmate, no me llores... Lo importante es que ya no hay confusión alguna y todo está bien... Anda mi amor, mírame a la cara.
Alonso se despegó algo de su tía y la miró con sus ojitos arrasados de llanto. Margarita conteniendo su propia emoción con sus manos fue limpiando su carita – Alonso, cariño no tengo pañuelo aquí... - sonrió entre sus propias lágrimas.
- Ya lo sé tía y los dos lo necesitamos - el chiquillo rió con una risa nerviosa.

- Alonso, eres muy pequeño para querer abarcar ciertas cosas... Cosas que están fuera de tu tiempo, que están fuera de tu alcance y eso hace que tu cabecita no deje de dar vuelta ante una situación un poco, digamos embarazosa...Tú sólo tienes que preocuparte de estudiar, jugar, de ser feliz pero de lo que digan los demás, nada de nada... Estamos rodeados de un mundo que se mueve por las mentiras y no hay que echar cuenta de ello porque eso, puede hacer que tengamos una vida desgraciada y una cosa te digo, mañana en la escuela, nada de llamarle la atención a tu amigo Sabino, quizá ni él comprendía lo que te dijo y no me extraña que sus padres le hayan reñido por todo este alboroto, ya que si les dijo el motivo de pelearse contigo, no creo que le hayan hecho mucha gracia, así, que tú, te limitas a lo que te he dicho, a estudiar, jugar y ser feliz, lo demás, vendrá por sí sólo, No te precipites por querer saber.

- Tía, ya tengo nueve años... Mis amigos con la misma edad saben ciertas cosas que yo todavía no las puedo entender y el querer saber no es nada malo.
- Mi amor, ¡claro que no es malo el querer saber! pero todo a su tiempo y ya sé que tienes nueve años ¡Si lo acabas de cumplir! Para mayor exactitud... - Margarita se puso como a pensar y hacer cuentas – Pues si los cumpliste el tres de mayo y estamos... ¡Ya está! Hace ¡un mes y diez días! ¡así que fíjate si sé, que tienes nueve años!
Alonso se echó a reír – Tía, ¡qué te estás quedando conmigo!

Los dos rompieron a reír y Margarita lo volvió a abrazar besando el rubio cabello del pequeño. Fue la muchacha la que decidió dar por terminada aquella improvisada velada en el tejado – Cariño, más vale que nos vayamos para dentro de la casa y nos retiremos a descansar, sobre todo tú, que mañana tienes que levantarte temprano para la escuela y si tu padre supiera que estamos aquí ¡pa’ que decirte! Espero, que no nos haya escuchado reír... ¡Anda, vamos!

La joven se había puesto de pie con cuidado alargando su mano al pequeño. Alonso le dio la suya y se levantó. Poniendo su mano en el hombro del niño y pisando con sumo cuidado para no resbalar se acercaron a la ventana. Primero pasó Alonso y luego fue a hacerlo ella pero una percepción extraña la hizo detenerse. Sus hermosos ojos hicieron un recorrido a su alrededor. Tenía la sensación de que no habían estado solos, como si alguien más les hubiera hecho compañía en todo aquel tiempo.

Una suave brisa se levantó en aquel momento haciendo revolotear algunos rizos rebeldes que le caían en desorden por el rostro. Sus ojos en su recorrer se posaron en el firmamento y en una de su estrellas, la que más fulgor irradiaba. Sus ojos se humedecieron. Quizá aquella estrella estuvo velando por ellos todo el tiempo que estuvieron en el tejado. La voz del pequeño la hizo volver a la realidad.

- Si Alonso, ya voy - pasó con soltura por la ventana perdiéndose su grácil cuerpo entre las sombras del interior. El tejado pareció quedar completamente desierto.

Cuando vio que la silueta de su amada se perdía en el interior de la ventana, Gonzalo suspiró profundamente saliendo de su escondite. ¡Cuánta emoción sentía en su interior! ¡Qué maravillosa mujer era la que iba a hacer su esposa! Se dejó caer apoyando su espalda en la pared lateral donde se encontraba la ventana que daba acceso a la casa, y deslizándose el embozo dejó al descubierto su hermoso rostro de hombre anegado por la emoción. No creía que al decidirse a subir se la iba a encontrar a ella. No ponía en claro lo que pudo despertarle, pero lo hizo sobresaltado, pensó en Alonso y se levantó yendo hasta la habitación del pequeño. Descubrió que no se encontraba en la cama por lo que comprendió que sólo había un sitio donde podía estar. Sabía que su cabecita no dejaría de estar dándole vuelta y con el único que podía confiarse era con Águila.

Por eso decidió subir a la guarida y transformar su espíritu para que su hijo desahogara el suyo. Lo que no se imaginaba que al abrir la trampilla iba a escuchar la voz de Margarita como el más bello canto para sus oídos. Sigiloso cómo siempre terminó de salir cerrando la puerta con sumo cuidado, buscando un sitio apropiado en el recodo pudo contemplarlos y escuchar lo que hablaban. Su emoción se fue acrecentando según iba escuchando a su prometida. A veces de la emoción pasaba a la sonrisa cuando ella decía algo con aquella gracia natural. Fue en uno de esos momentos, al intentar acomodar mejor su cuerpo tenso por no ser descubierto, pisó una teja rota y un trozo de ella rodó tejado abajo. Por un momento contuvo la respiración hasta que comprendió que no había peligro alguno, seguidamente volvió a relajarse para seguir observando y escuchando, embelesado por aquella dulce voz que adornando una historia que para ellos fue de lo más cruel, hizo que pareciera un cuento ante los oídos de su hijo hasta conseguir que Alonso recapacitara en su aptitud.

En aquel momento que ya se encontraba solo, no podía dejar de pensar que algo muy grande había puesto de nuevo en su vida a aquella preciosa mujer para que fuera el sosiego de él y de su hijo. Pero una pregunta no dejaba de hacerse ¿En verdad él había encontrado el sosiego? ¡No! Él, nunca podría encontrar sosiego hasta que él le contara a ella, a su mujer, su verdad. Una verdad que aunque la vistiera de maestro ante ella, estaba ahí, y él no podía engañarse ni engañar, porque de esa verdad sólo podía depender la felicidad de los dos.

Continuará...
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chiribitas

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Lun Jun 27, 2016 12:20 pm

¡Uy, uy, uy! que se pone cada vez más interesante... Eres una artisa, Mari Carmen.

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Este Jamie no se mueve, pero, ¡cómo me mira...! blush-anim-cl
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Jue Jun 30, 2016 10:50 pm

Gracias Chiribitas por tus cumplidos  Embarassed  Embarassed   kissing


Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.21

De nuevo el toque de las campanas hizo que Gonzalo fuera a llamar a su hijo - ¡Alonso, hijo levanta! – desde la puerta llamó al crío y volvió a sentarse.
Sátur había terminado de hacer las gachas y la llevaba hacia la mesa – Parece que no es sólo Alonsillo quien se queda dormío porque la señora Margarita todavía no se ha levantao tampoco ¿Se encontrará mal amo?
Gonzalo movió negando con la cabeza y con una sonrisa – No Sátur, seguro que no se encuentra mal.
- Amo, ¿pasa algo que yo no sepa? porque usted está de lo más risueño... No me dirá que la señora y usted, esta noche...
- ¡Sátur, no! No pienses lo que no es  – Gonzalo con la mirada censuró a su escudero.
- Amo, que se me está poniendo de lo más quisquilloso, tampoco sería na’ extraño, digo yo...

- Ya Sátur, pero no va por ahí la cosa. Tú mismo te darás cuenta de ello - a la misma vez que le hablaba a su fiel amigo se levantó de la silla - Voy a levantar a Alonso, porque a este paso vamos abrir la escuela a la hora de cerrarla.
De nuevo se fue a la habitación de Alonso pero esta vez entró y zarandeó con suavidad a su hijo que dormía profundamente - Alonso, despierta, anda, que llegamos tarde – su voz apacible y sus cariñosas manos hicieron que Alonso se moviera en la cama.
Gonzalo le despejó el cabello de la carita. El chiquillo fue abriendo los ojitos y lo primero que vio fue la mirada y la sonrisa de su padre.
- Tenemos sueño ¿no?

Alonso afirmo con la cabeza bostezando.
- ¿Cómo te encuentras? ¿Te duele el labio? Parece que está menos inflamado - lo tomó por los hombros y lo incitó a levantarse – Dime ¿te duele?
- Un poco - le contestó el pequeño mientras se restregaba los ojos.
- Bueno, pero eso se te irá pasando... Ahora te levantas que ya está el desayuno puesto en la mesa...- Gonzalo besó la frente de su hijo y se levantó de la cama – Te espero, no tardes...

Salió de la habitación y Alonso, volviendo a bostezar sacó las piernecitas de la cama poniéndose de pie. Con paso vacilante salió de su cuarto a la sala, dirigiéndose a la mesa. Apartó su silla y se sentó en ella.

- Buenos días Alonsillo, ¿cómo va ese labio?
- Buenos días Sátur, el labio me duele un poco menos.
Sátur le acercó el plato de gachas mirando a su amo extrañado por el comportamiento tan moderado del pequeño.
Alonso miró a un lado y a otro - ¿Y tía Margarita? – preguntó extrañado al no verla.
- Tú tía todavía duerme, está agotada y eso que ayer no se quedó cosiendo hasta tarde.

Alonso disimuló ante el comentario de su padre – Padre, tienes toda la razón. Casi en todo este mes apenas hemos hablado con ella, a no sé en las horas de las comidas.
Sátur se fue a meter una cucharada de gachas en la boca y al escuchar de nuevo al chiquillo, se quedó con el cubierto en el aire y la boca abierta. De nuevo miró a su amo, que todo relajado en la silla asintió con la cabeza y con los ojos.

Gonzalo se levantó recogiendo su plato. Sátur se dirigió a él – Amo, deje eso que yo ya lo recojo. Usted siéntese, que le quedan unas horas de lucha con esos diablillos y con el que tiene aquí.
- Alonso, date prisa que todavía tienes que vestirte – Gonzalo apremió a su hijo porque el niño parecía no tener prisa. El crío, se tomó la última cucharada y se levantó yendo para su cuarto.
- Alonso, sabes que no quiero verte descalzo, cualquier arenilla que puede desprenderse del enlosado puede dañarte.
Nada más desaparecer Alonso en su cuarto, Sátur se arrimó a su amo – Amo, ¿qué pasa con Alonsillo? porque algo le pasa, ya que ayer cuando se acostó no estaba así...

- Anoche subió al tejado y tuvo un encuentro que le hizo recapacitar – Gonzalo habló en voz baja.
- ¡Acabáramos! Así que anoche se tuvo que vestir de pajarraco para hacer entrar en razón al zagal ¡Ahora comprendo la postura del chiquillo! ¡Lo que no haga el Águila!
Gonzalo movió negando con la cabeza.
- ¿Cómo que no?... Amo, no le entiendo, si me dice que tuvo que subir...
- Sátur, no fui yo... Es verdad que cuando noté la falta de Alonso, supe que estaría en el tejado y sabía, que con quien se desahogaría sería con Águila y me vestí para ello pero cuando subí ya había alguien que había ocupado mi sitio, y no sabes cómo bendije aquel momento.
- Pero amo, sigo sin entender... ¿Quién estaba con él?

- Margarita ¡Estaba Margarita! Ella sabía lo que había pasado, nos escuchó a los dos. Me lo dijo en el patio anoche y me dejó dicho que la dejara a ella intentarlo ¡y lo hizo Sátur! Si vieras como le habló, como adornó una historia que para nosotros dos nos resultó tan cruel y Margarita, con sus palabras, la transformó por completo... Nada más descubrir que ella se encontraba con mi hijo, me mantuve oculto todo el tiempo y lo escuché todo... Fue una gran emoción escucharla y ver la reacción de Alonso.
- Amo, ahora comprendo su estado de ánimo y también el sueño de la señora, tiene que estar rendía... Amo, permítame decirle ¡qué tiene una mujer que vale un imperio!
- Si Sátur, lo sé  mejor que nadie y yo, no estoy a su altura - en su voz había un toque de tristeza.
- Amo, no diga eso... Lo que pasa, que si usted se liberara de ¡una puñetera vez de ese peso! pues ya la cosa la vería de otra manera.

Dejaron la conversación porque Alonso hizo su entrada - ¡Ya estoy listo padre! ¿Puedo subir a ver a tía Margarita?
- Mejor no Alonso, deja que descanse... Igual no ha tenido una noche muy buena ¿no crees?
- Si padre, quizá sea eso – no miraba a su padre. Temía que él pudiera leer en sus ojos.

Gonzalo cogió el libro y junto a su hijo salió de la casa en busca de Murillo. Nada más hicieron bajar, Catalina y su hijo salían de la casa – Buenos días Gonzalo.
- Buenas Cata.
Catalina se acercó a él - ¿Y Margarita, cómo tiene la mano?
- Si te dijera que no lo sé, todavía duerme.
- ¡Qué a la hora que es Margarita todavía duerme? Oye ¿no estará mala?

- No Cata, no creo, date cuenta que últimamente se acuesta muy tarde y se lleva muchas horas cosiendo, me imagino que eso tiene que cansar mucho y debe estar extenuada.
- ¡Uy! ¡no lo sabes tú bien!... Bueno, que yo me marcho, le dices que luego a la tarde la paso a ver, si no se pasa ella antes por el “taller” – lo dijo señalando su casa.
- No creo que lo haga, ya le dije que al menos por dos días debe tener inmovilizada la mano.

- Pues conociéndola no sé qué decirte, bueno, no lo digo más... A más ver Gonzalo.
- A más ver Catalina... Venga niños, nos vamos – empujó a los chiquillos y enfiló la calle abajo. A la altura de la iglesia se encontró de cara con Juan.
- Buenos días Juan - detuvo su paso al verlo.
- ¿Qué pasa Gonzalo? Buenos días.
- Ahí vamos con estos diablillos a ver como resulta el día, por cierto ¿no has recibido todavía notificación alguna?

- No Gonzalo, todavía no y la verdad que ya se está haciendo esperar. Esos días de seminario me los trabajé bastante y creo que salió bien pero también son muchos los médicos que se presentaron para esa especialidad de neurología y me imagino, que también estarían bien preparados, sólo me queda esperar.
- No te preocupes hombre, verás cómo lo consigues... Bueno, me marcho que hoy voy tarde. A más ver Juan.
- A más ver y gracias Gonzalo.



Prosiguieron cada uno su marcha. Para cada uno de ellos como para la mayoría de los habitantes de la Villa comenzaba un nuevo día. El barrio de San Felipe, ya con sus tenderetes puestos y sus comerciantes ofreciendo sus productos daba un toque pintoresco pero a la vez cotidiano, con aquel pasaje donde aquellas mujeres, algunas muy jóvenes aún, casi niñas, paseaban sus cuerpos para atraer la lascivia de algunos hombres, unas, por vicios, otras porque la necesidad las obligaban y era la única manera de hacerse de unos maravedíes para poder comer aquel día. Algún borracho, que a aquellas horas todavía no se había recogido en su casa y todavía daba tumbos con la botella en la mano o alguien, que por no tener un techo donde cobijarse dormía aún a pesar que ya despertaba un nuevo día, ante el portón de cualquier casa.

Así, comenzaba una nueva mañana en el barrio de San Felipe. Pero a pesar del apretamiento de unos, la escasez de otros y la pobreza de muchos, no por eso, aquel barrio dejaba de tener vida propia.




Lucrecia, aún se encontraba en sus aposentos acostada en su lecho cuando entró Catalina con la bandeja del desayuno – Buenos días señora ¿Cómo se encuentra hoy?
- Todavía me duele algo la cabeza - se incorporó para que su doncella le colocara la bandeja. Su voz sonaba distinta cuando se dirigía a Catalina, ya hacía un tiempo que no usaba su tono agrio y altivo.

Catalina fue a descorrer las cortinas para que la luz de la mañana inundara de claridad la estancia. El ventanal se había mantenido abierto durante toda la noche, ya que el verano había entrado antes de tiempo y con fuerza, por lo que la noche había sido calurosa.
Catalina esperó en el sitio de siempre por si su señora necesitaba algo de ella. Quería preguntarle algo aunque no sabía si sería acertado, pero las demás sirvientas esperaban de ella esa contestación.

- Señora, tenía que preguntarle algo.
- Dime Catalina, te escucho – lo dijo mientras tomaba un sorbo de refrescante jugo de manzana.
- Verá señora... Algunas de las criadas me pidieron que le preguntara si podía ser posible que el día de la boda, las dejara salir solamente para la ceremonia... Más que todo, las que son más amigas de Margarita. A la hora que es la ceremonia, algunas pueden ya estar fuera de Palacio pero Luisa le gustaría ir para poder peinarla, entonces ella si tendría que salir algo más temprano... Sólo esto es lo que quería preguntarle señora - Catalina miraba de soslayo a su señora y esperaba más que su contestación, su negativa.

- Catalina, coge la bandeja, no tengo más apetito - lo dijo con un gran desánimo.
- Pero señora, si apenas ha tomado nada... Últimamente come poco y cómo siga así va a ponerse enferma – mientras le recriminaba con afecto, Catalina le quitó la bandeja y la colocó en la mesita.
- No Cata, no voy a caer enferma, no temas, sólo son etapas pero bueno, no hablemos de mí... Me has hecho una pregunta y tengo que contestarte a ella.

Lucrecia se había levantado y calzándose las zapatillas se dirigió al diván que estaba al pie del ventanal sentándose en él. La suave brisa de la mañana removió sus ondulados cabellos – Catalina, es normal que las amigas de Margarita quieran ir a su boda ¿Sabes? puede que te parezca extraño ¡pero no sabes cómo me gustaría ser una de esas amigas! - por un momento pareció que su voz se quebraba.
- No se ponga así señora, usted siempre fue su amiga – Catalina se sintió conmovida ante la forma de hablar de Lucrecia.

- Tu misma lo has dicho Cata, fui siempre su amiga pero yo destruí esa amistad. Cómo no comprender que ya no quiera seguir trabajando en Palacio ¿y sabes? Es una buena costurera y echo de menos su trabajo... Nadie la supera cosiendo. De alguna manera, ahora estoy pagando todo el daño que le hice porque mi remordimiento es muy grande pero el consuelo que tengo, es que ella a pesar de todo ese daño, va a conseguir su felicidad – se pasó unos de sus delicados dedos por la mejilla para limpiar unas lágrimas que resbalaban por ellas. Luego volviendo su rostro hacia Catalina lo hizo con una sonrisa – Cata, perdona pero me he desviado de nuevo. Puedes decirle a la servidumbre, que quien quiera ir a la boda que no hay impedimento por mi parte, y que tienen la tarde libre pero eso sí, que se aprieten en la mañana.

- ¡Ay señora! ¡gracias! ¡No sabe cómo se lo van agradecer las chicas! y no se preocupe, que esa mañana todos nos vamos apretar para no dejarla desaviada.
- Lo sé Cata... Sé que os apretaréis pero anda, ve y se los comunica que me imagino que estarán ansiosos por saber.
Catalina rebosante de alegría, cogió la bandeja e inclinándose con una leve reverencia salió de los aposentos de su señora cerrando la puerta.

Nada más salir su doncella, la ternura que había experimentado su rostro mientras Catalina estuvo en la alcoba desapareció y en su lugar, una gran tensión se reflejó en los músculos de su hermosa cara. Se levantó y se echó el cabello para atrás. Sus ojos en aquel momento tenían un brillo de satisfacción. La satisfacción de conseguir lo que se había propuesto y eso, estaba a falta de unas horas.

- De algo me tiene que servir todo este tiempo que llevo fingiendo ¡Ya estoy harta de ello! No me gusta ser la Marquesa abnegada, deprimida ¡Quiero ser yo! Lucrecia de Guzmán ¡La  Marquesa de Santillana!




Sátur daba vuelta a los huevos y miraba a Margarita que acaba de llegar y se había sentado masajeándose el cuello.
- Se nota que está cansada, menos mal que ya le quedan tres días.
- Si Sátur, ya sólo faltan tres días, me va a parecer mentira ¡Tengo unas ganas de dormir a pierna suelta...!
- Pues no sé qué decirle pero creo que ahora es cuando menos va a dormir - al decirlo no intentó ocultar la intención que llevaba.
- ¡Sátur! – la muchacha se sintió toda azorada.
- No se me ponga así, llevo razón ¿o no? – el buen hombre disfrutaba con la turbación de la muchacha.

- Mejor no hablemos Sátur porque sé que me quieres poner toda colorada. Dime, ¿dónde está Alonso? No ha ido a verme a casa de Cata.
- No tardará en volver, fue con Gabi y Murillo a casa de Manolo, con esto de que hoy es domingo aprovechan bien el día.
Margarita se levantó y fue poniendo la mesa – Sátur, ¡qué bien huele esos huevos revueltos! y te vas a librar porque Gonzalo no se encuentra, sino te lo vuelve recriminar cómo siempre.
- Pero cómo el amo no está, pues ni se va a enterar y cómo tampoco usted no se lo va a decir...

La muchacha sonrío y colocó los platos y cubiertos – Sátur, ¿crees que Gonzalo tardará en volver de Toledo?
- Ya lo echa de menos ¿verdad? ¡Eso otra! ¿Cómo se le ha ocurrido dejar las alianzas para última hora? Si sabía que el joyero no podía hacerle la inscripción, ha tenido un mes para llevarlas y no que lo ha hecho a tres días de la boda.
- ¿Crees qué no he batallado con él al respecto? pero sabes lo tranquilo que es para ciertas cosas, pero yo se lo he dicho, que si no le hacen la inscripción hoy, que se las traiga tal y como están y ya más adelante se le pondrán la fecha – la muchacha se quedó por un momento pensativa - Dime Sátur, ¿crees que Mariana vendrá con él?

A Sátur la pregunta de Margarita le cogió desprevenido – Pues... pues no sé... Pienso que no. No creo que ella, ahora que ustedes van hacer unos recién casados pues quiera venirse a la casa.
- Pero Gonzalo tiene un compromiso con ella hasta que aparezca su marido, además yo ya lo hablé con él y le dije que en cuánto creyera conveniente que se la trajera. Yo no puedo oponerme a ello, eso no sería justo Sátur.
- No, no sería justo ¡pero ya debería aparecer el marido y llevársela con él! Porque mientras ella esté aquí, no estaremos tranquilos.
- Sátur, no me asustes.
- Perdón, no quería asustarla pero la cosa es así.

La puerta se abrió dando paso a Alonso. Venía todo acalorado y chorreando de sudor. Se dejó caer todo exhausto al lado de su tía.
- ¡Pero Alonso! ¡mira cómo vienes! Te va a dar algo pero mi niño ¿no ves que hace mucho calor? Te puedes poner malo mi vida.
- Tía... tía no... No te enfades... Es que... no nos hemos dado cuenta.
- Anda vamos a refrescarte antes de la comida – cogió al niño de la mano y se lo llevó al patio.

Metió un balde en el barreño y lo sacó lleno de agua, lo colocó en la mesa de lavar y comenzó a mojar la cabeza del pequeño y a la misma vez su carita. Le quitó la camisa dejando su torso al descubierto y refrescándolo con su propia mano.
- Tía ya está... Ya no tengo tanto calor... ¡Tía por favor - Alonso casi suplicaba, pero Margarita ni escuchaba.
- Ahora espera, que te traigo una toalla y una blusa limpia – entró en la sala y no tardó en regresar con un lienzo y una blusa. Le secó el cabello y su cuerpecito. Le puso la blusa y solamente le abrochó un par de botones y lo empujó hacia la sala - ¡Hala, a comer!




La tarde fue transcurriendo apacible. Después de ayudar a Sátur a recoger la cocina Margarita se fue para casa de Cata a dar los últimos toques a lo que estaba pendiente. Catalina todavía no se había ido a Palacio por lo que tuvieron tiempo para hablar.

- Pues lo que te digo, si vieras lo rara que está, me da una cosita verla.
- Ya... ya me lo has ido diciendo en este último mes y la verdad que tiene que estar de lo más rara para dejar libre a la servidumbre para la boda – Margarita hablaba con su amiga sin levantar la vista de lo que estaba haciendo. Cosía en ese momento unos botones sobre una camisa de seda en tono gris.
- Yo creo, que de alguna manera tiene su corazoncito y ahora se está dando cuenta de todo lo que hizo... Si vieras la de veces que la he escuchado decir, que ha perdido a la mejor costurera que ha pasado por Palacio, sobre todo cuando le han entregado algún arreglo y que a ella, no le ha gustado como ha quedado... Hoy precisamente me lo ha vuelto a decir.
- Ella perdió una costurera y yo perdí un sueldo, porque fíjate Cata que desde que Gonzalo me colgó el tablón en la puerta, nadie ha venido a traerme trabajo.

- Pero bueno mujer, si lo miras por el lado positivo ha sido hasta mejor, porque yo no sé cómo te las hubieras aviado, porque con lo tuyo, que no ha sido poco y el trabajo de la calle, no hubieras dado abasto ¡Porque hay que ver el lote que te has pegao de coser! pero ¡hija! ¡cómo te ha quedado todo!... Verás cuando Gonzalo vea la camisa que le tienes preparada para la boda. Bueno, si fuera eso nada más, ¡porque mira que te ha quedado bonito el vestido! El vestido, la ropa interior, esas sábanas, ese camisón... ¡Ay Margarita! ¿no piensas en esa noche cuando Gonzalo te vea con ese camisón?
- Cata, ¿tú crees qué me va a dar lugar a ponerme el camisón? - lo dijo con una sonrisa en los labios pero con cierta turbación.
Catalina se quedó pensando – Pues como lo has dicho, me parece que no... Que tú, esa noche no te da lugar a estrenar el camisón... ¡Oye, por cierto! que detalle el de Rufina.

- Si Cata, ha sido más que un detalle... Ya de por sí, la tela del vestido me la dejó a muy buen precio ¡y mira que es bonita! Es una mezcla de algodón y seda, y sobre todo que viene muy bien para este tiempo... Luego cuando fui a comprar la tela para la camisa de Gonzalo, aparte de aconsejarme, también me costó menos de lo que pensaba y encima me encuentro con la sorpresa que me regala la tela del camisón. Es que si no fuera por eso, no hubiera podido estirar los maravedíes que tenía ahorrado... - la muchacha hizo un alto en su comentario.

- Cata, desde hace días quiero preguntarte pero entre una cosa y otra se me ha olvidado. El otro día estuve recogiendo ya todo el tinglado que te tenía aquí montado y fui recogiendo todos los trozos de tela, pero echo en falta un trozo grande de la tela del vestido... No lo encuentro por ninguna parte ¿Tú no lo habrá visto por casualidad?
- ¿Yo? No, claro que no lo he visto ¡Pero vamos Margarita! no creo que te haga falta. A ver ¿para qué te va a hacer falta un trozo de esa tela? - Catalina al hablar parecía que no quería darle la cara a su amiga.
- Hacerme falta no me hace pero era un buen trozo y no se sabe en qué momento puede servirte para algo, pero bueno, tampoco tiene la mayor importancia ¡Bueno, pues esto, está ya!

Había pinchado la aguja en la almohadilla y soltando el dedal, tomó con suavidad la camisa por la parte de los hombros y la levantó entre sus dedos - ¿Te gusta Cata?
- ¡Pues no me va a gustar alma mía! ¡Si es qué tienes unas manos! y dime ¿cuándo se la vas a dar?
- Se la daré en la mañana de la boda ¡Estoy deseando verle la cara! Bueno, y vérsela puesta claro - se había levantado y colocó la camisa encima de la cama, la dobló con sumo cuidado y la recogió en un mueblecito –¡Cata terminé! ¡Me parece mentira! Creí que no me iba a dar lugar - se pasó la mano por la nuca – Ahora, que tengo el cuello hecho polvo.

- ¿Qué no te iba a dar lugar? ¡Qué poca fe tienes en ti misma! Pues yo sabía de sobra que podías con todo lo que te has echao encima pero claro estás hecha polvo cómo tú misma dices y cambiando el tema, que me tengo que ir, que hablando, hablando, llego tarde a Palacio...
- Yo también me voy, ya mañana paso a recogerte todas las cosas. Es que quiero arreglarme antes de que regrese Gonzalo.

Salieron de la habitación y bajaron a la sala principal. Murillo estaba terminando los deberes que tenía que presentar al día siguiente en la escuela.

- Murillo, vete con Margarita que yo me voy a Palacio...
Murillo se levantó sin prisa alguna y fue guardando sus cosas de la misma forma en el zurrón.
¡Murillo, que es pa’ hoy! ¡¿Pero quieres darte prisa?! ¡La madre que te parió!
El chiquillo terminó de guardar sus cosas y colgándose el zurrón miró a su madre – Ya estoy listo madre.
- ¡Anda, y tira pa’lante! – le dio una colleja y abrió la puerta. Salieron a la calle. El sol caía con fuerza a aquella hora de la tarde.

- Menos mal que la hora que habéis escogido para la boda no está mal.
- Es que si no era a las siete de la tarde, tenía que ser a las diez de la mañana y a mí, cómo que no me gustaba a tan temprana hora. Bueno Cata,  hasta luego. Vamos Murillo.
Fue a cruzar la calle cuando vio aparecer a Juan. Se detuvo y esperó que él llegara a la altura de ambas. Juan las saludó con un ademán – Cata, Margarita...
- Mala tarde para tener que ir a visitar a enfermos ¿no? – comentó Catalina.

- La verdad que si y lo peor que con este calor los enfermos no progresan satisfactoriamente como debieran, ¿y tú Margarita? Ultimando ¿no?
- Si Juan, ya queda menos - siempre se sentía cohibida ante él. Juan lo sabía e intentaba hablarle de lo más distendido para que ella no se sintiera incómoda.

La calle estaba en el más completo silencio, todavía ningún comerciante se había atrevido a abrir su tenderete, por eso, en ese silencio fue más apreciable los sonidos de unos cascos de caballo viniendo de calle arriba. No tardó en aparecer un jinete y al parecer venía buscando alguna determinada casa. Estuvieron expectantes hasta que el jinete llegó a la altura de ellos. Era un hombre joven y saludó con el ala de su sombrero.

- Buenas tardes, creo que he encontrado lo que buscaba, lo digo porque en esta puerta hay un cartel que indica que hay una botica.
- Si, así es pero ¿qué desea? – fue Catalina quien preguntó con curiosidad.
- Traigo una misiva para Juan de Calatrava – mientras lo decía, sacó de su alforja una carta.
- Yo soy Juan de Calatrava – Juan tendió su mano y aquel joven le entregó la misiva no sin dejar de advertirle,
– Tengo la orden de decirle que se tiene que incorporar lo antes posible, y ahora me pueden decir si podría encontrar libre alguna habitación en la posada.
- Si, seguro que si... Me imagino que al pasar ya habrá visto donde se encuentra.

Catalina le indicó señalando con su dedo. El joven asintió y con un saludo se despidió de ellos. Catalina volvió sus ojos y con Margarita no dejaron de estar pendiente de Juan y de lo que pudiera estar leyendo, pero comprendieron que no tenía que ser nada malo ya que su rostro no reflejaba malestar alguno, sino al contrario.

- ¿Qué pasa Juan? ¡Qué nos tiene en ascuas! – preguntó ansiosa Cata.
- ¡Qué soy unos de los elegidos para especializarme en neurología!

Margarita y Cata felicitaron a Juan haciéndole preguntas y preguntas. Juan intentó contestar a cada interrogante por orden - De momento tengo que irme lo antes posible a Salamanca, pero no creáis que os vais a quedar sin médico en el barrio. Al parecer mañana regresa en diligencia la persona que va a ocupar mi sitio aquí... Esa persona lo ha pedido al colegio de médico. Quiere volver y quedarse definitivamente, por eso he dicho que regresa... Se trata de don Jeremías Andrade.
- ¿Don Jeremías? – las dos mujeres preguntaron al unísono.
- Si, al parecer es él el que viene a ocupar mi sitio. Aunque en la misiva no me dan muchos detalles, sólo me da el nombre de la persona que va a ocupar su puesto aquí como médico, yo sé que él, así lo deseaba. Cuando hemos tenido ocasión de hablar en la facultad, siempre me ha dicho que si había una posibilidad de volver y seguir ejerciendo como médico aquí, en la Villa, lo haría, que eso sería su mayor ilusión, ya que aquí vivió durante muchos años. Que esos tres años de profesorado ya dio su fruto y que quería estar al lado de los enfermos y que mejor que aquí, donde conoce y dejó tantos amigos.

- ¡Pues sí que es una sorpresa! La verdad que también era muy buen médico mejorándote a ti Juan... También el pobre tuvo mala suerte, no acabó de llegar a Salamanca y se le murió su esposa.
- Lo sé Cata... También le costó trabajo salir pero ahora la vida le da la oportunidad de estar con antiguos amigos y eso le hará la vida más apacible. Yo, sólo deciros que allí me llevaré algún tiempo hasta que termine de especializarme pero de vez en cuando me pasaré para visitaros y espero que no me olvidéis  – al decir esto, miró a Margarita que se había mantenido muy callada.
- No Juan, sabes que no te olvidaremos y yo te deseo de corazón que te salga todo muy bien, que todo a lo que aspiras, se cumpla... Sé, que así será, llegarás a hacer un buen neurólogo – la voz de Margarita sonó apocada pero llena de dulzura.

- Yo me voy Juan, que llego tarde. Ya a la noche hablamos, hasta luego Margarita.
Catalina se alejó dejando a Juan y a Margarita solos. Murillo ya hacía tiempo que había subido a la casa de Gonzalo.

- Juan, yo también tengo que irme.
- Lo sé... Sólo decirte que no creo que esté aquí el día de tu boda, por eso, te lo digo ahora... Te deseo una inmensa felicidad, deseo que tus sueños también se cumplan. Vas a tener a tu lado un buen hombre. Gonzalo lo es, y él sabrá cómo hacerte feliz.
- Yo también te lo deseo en ese aspecto... Ojalá encuentres una mujer que llene tu vida de esas cosas que la medicina no puede darte – en esta ocasión sus palabras estaban llenas de sonrisas - Y ya no lo digo más, ya nos vemos. A más ver Juan.
- A más ver Margarita.

Margarita cruzó la calle y recogiéndose la falda subió aprisa la escalera. Juan se la quedó mirando hasta que la perdió de vista dentro de la casa, luego, volviendo a releer aquella carta entró en la vivienda de Cata, cerrando la puerta.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Vie Jul 08, 2016 7:25 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.22

Las inscripciones.

Se había arreglado y a pesar de lo caluroso que había estado el día, la tarde estaba agradable. Puso una silla en el patio y fue a sentarse a doblar la ropa que había quitado de los cordeles, pero antes quiso regar sus macetas. La señora Luisa le había traído la maceta de gitanillas y de flores rojas cómo ella la había querido desde primera hora, pero de los jazmines nada, no le podía confirmar si se los traería. Se quedó mirando con los brazos en jarras sus tres macetas y  aunque sólo eran tres, le daba cierta alegría al patio ¡A su patio! Se sentó y comenzó a doblar la ropa. No llevaría mucho en ello cuando escuchó el portón de la cuadra abrirse. Dejó aprisa lo que estaba haciendo y se dirigió al establo. Gonzalo entraba tirando de la rienda de su corcel y a la misma vez la hablaba al animal.

- Ya Minero... Sssssh, tranquilo. Sé que tienes calor, ahora te doy de beber - Gonzalo no se había percatado de la presencia de la muchacha que lo observaba desde el umbral de la puerta de la sala.
- Le susurras a él con el mismo cariño que lo sueles hacer con una persona, como sueles susurrarme a mí.

Gonzalo ya estaba quitando la montura de encima del animal y se volvió con ella en la mano al escuchar la voz de la joven. Suspiró de gozo al verla y dejando la montura en su sitio, introdujo la mano en la alforja sacando algo que se guardó en uno de los bolsillos del pantalón, se acercó a la muchacha. La miró profundamente a los ojos.

- ¿No tendrás celos de mi caballo por susurrarle? A ti te susurro de otra manera, suelo hacerlo así - se acercó más a ella y la rodeó con sus poderosos brazos. Sus labios casi se posaron en su oído y en un susurro le dijo todo lo que sentía – Te amo, te quiero, eres mi mujer y estás preciosa - se apartó de ella con toda delicadeza - Y no sigo porque estoy todo sudoroso del camino y lo que quiero es darme un baño.
- Vienes cansado ¿verdad? – se agarró de su brazo y entraron juntos en la sala.
- La verdad que si... Ha hecho bastante calor pero bueno ha merecido la pena el viaje - se deslizó la mano en el bolsillo sacando la cajita de las alianzas. Se la entregó a la muchacha. Margarita la abrió. Los dos aros parecían resplandecer aún más. Tomó el que le pertenecía a ella y miró la inscripción interior leyendo – "M.G  21 de Junio de 1662 Por Siempre y para Siempre"

A la muchacha se le humedecieron los ojos - ¡Qué bonito Gonzalo! ¡Qué bonito! ¡Es lo que dejaste dicho en tu carta!
Gonzalo le puso una mano en el hombro – Le pedí que borrara los nombres completos y en su lugar que grabara sólo las iniciales para poder incluir la frase. Espero que no te haya importado.
Margarita lo miró con sus ojos arrasados por lágrimas de felicidad - ¡Cómo me va a importar! – se empinó y besó dulcemente los labios de él. La emoción de ella se la traspasó a él.
Gonzalo se apartó – No te muevas de aquí... Me baño y ya estoy contigo.
- ¡Espera loco! Tengo que recoger las prendas que estaba doblando en el patio... Mientras vas en busca de tu ropa, yo las meto dentro que no quiero que me la mojes.

Mientras Gonzalo iba a la alcoba a buscar lo que necesitaba, Margarita salió al patio recogiendo el canasto de ropa y la silla metiéndolo todo dentro de la sala. Gonzalo salía de su cuarto portando las prendas que necesitaba y echándole una mirada de amor, salió para el patio cerrando la puerta. Margarita volvió a mirar aquellos aros dorados que para ella significaban tanto. Cerró la tapa de aquella cajita y se la apretó contra su pecho.

La puerta de la calle se abrió dando paso a Sátur y a los niños que cómo siempre entraron corriendo.
– Pero bueno, ¿qué manera es esta de entrar?
- ¿Ya ha venido mi padre tía Margarita? - Alonso lo preguntó deseoso que así fuera.
- Si, ya he venido pero ahora se está dando un baño, así que a sentarse los tres y poneos a jugar a algo – se volvió a mirar a Sátur que había ido directamente a beber agua y fue entonces cuando cayó, que Gonzalo se le había olvidado darle de beber agua a su caballo.

Sátur se dio cuenta que algo se la había venido a la mente de la muchacha - ¿Pasa algo señora Margarita?
- ¡Qué voy a darle de beber a Minero! Nada más llegar Gonzalo, él lo iba a hacer pero entre unas cosas y otras se le ha pasado y ahora me he acordado, así que voy ahora mismo.
Sátur la detuvo con un ademán – Pa’ eso estoy yo aquí ¡Ahora mismo refresco a ese caballo y al mío que también le hará falta ¡Van a quedar cómo nuevo! y ahora dígame, ¿A traído las alianzas cómo debía?
- ¡Si Sátur, y están preciosas! ¡Mira! - se las enseñó con gran regocijo al buen hombre.
- ¡Si qué están preciosas! y preguntarle a usted si está feliz, está de sobra... ¡Na’ más hay que verla!
- Si Sátur, ¡estoy de lo más feliz! pero anda, ve a darle de beber al caballo.

Sátur se fue para el establo y Margarita comenzó de nuevo a doblar las ropas. Los niños se entretenían en la mesa jugando a las canicas. Ya la tarde había caído por completo y por las ventanas abiertas de par en par entraba algo de brisa que hacía un poco más llevadera la tarde noche. La joven se dispuso a ir encendiendo las velas y luego fue a la alcoba de Gonzalo guardando con una sonrisa la cajita de las alianzas en el cajón de la mesa escritorio. No lo sintió llegar. Sólo cuando sitió sus brazos rodeándolas y su cabeza metida en su cuello besando su piel en un roce suave, supo que estaba allí, con ella, sintiendo su cuerpo y el aroma a jabón que desprendía su cabello mojado y todo él.

Se volvió sin dejarse soltar – Estás de lo más tentador, ese olor que desprendes me embriaga de una manera que en este momento me olvidaría de que no estamos solos y dejaría que me hicieras el amor.

Gonzalo sintió un inmenso orgullo escuchar aquello de ella pero sabía que aunque lo hubiera dicho, porque al igual que él lo deseaba... Deseaban con todas sus ansias tocarse, amarse, sentirse uno dentro del otro, ella, esperaría esos tres días que faltaba para ser su esposa. La miró a los ojos y se vio en la profundidad de ellos.

- No me tientes mentirosilla, que si yo hiciera caso ahora mismo de tus palabras y te cogiera en mis brazos para depositarte en la cama, te llenarías de pavor y saldrías corriendo como alma que lleva el diablo - la atrajo hacia él y ella descansó su cabeza en el pecho varonil cerrando los ojos y suspirando profundamente.
- ¡Cómo me conoces! No soy todavía muy echada pa’lante en ese aspecto ¿verdad?
- Me gustas así y te quiero así... Con tu pavor, tu pudor, tu vergüenza pero yo sabré como irte quitando todo eso - se lo dijo en su oído dulcemente, con mucha ternura.
- Por eso te quiero y te amo, por lo paciente que eres pero aquella noche no lo hice tan mal ¿no?

Gonzalo se echó a reír – Mi amor, ¡claro que no! Estuviste maravillosa y me hiciste el hombre más feliz ¡Me hiciste vibrar cómo nunca lo hubiera pensado!
- Y tú a mí Gonzalo... A pesar, a pesar que he sido una mujer casada, nunca había percibido nada de eso que tú me hiciste sentir y temía... Temía no saber corresponderte y darte lo que ansiabas.
- ¡Me lo diste Margarita! Me lo diste y ¿sabes una cosa? ahora te admiro más aún. Porque después de contarme tu relación con él y que no tuviera aquella noche un momento de rechazo por tu parte, sólo puedo pensar que eres sorprendente, excepcional, ¡y simplemente ¡maravillosa! y en lo que respecta a mí, decirte, que me siento lleno de orgullo de haber sido yo, quien haya despertado en ti todas esa sensaciones - la voz de Gonzalo se escuchó de lo más emocionada. Besó con ternura el cabello de la muchacha. Ella se apretó aún más contra su cuerpo.

- ¿Sabes que me quedaría dormida ahora mismo aquí, sobre tu pecho? Sería la mejor almohada que pudiera tener para descansar.
- Estás agotada ¿verdad? Si es que no has parado en todo este tiempo criatura.
- Pero ya hoy lo he dado por terminado ¡todo!... Creo que ha merecido la pena tanto desvelo - seguía con su cabeza apoyada en él y el mecer de los brazos de su prometido, hacía que se sumiera en un amodorramiento placentero.
- Siento tener que romper este momento de magia - la voz de Sátur interrumpió a los dos enamorados.
Gonzalo giró la cabeza pero no soltó a Margarita – No rompes nada Sátur.

- Si me he atrevió a interrumpir es porque la puerta estaba abierta – el hombre sonreía con los ojos al verlos tan amartelados.
- Sátur, ya ha dicho Gonzalo que nada interrumpes – Margarita había abandonado los brazos del hombre amado.
- Sólo era para decirle a la señora Margarita, que Estuarda acaba de llegar a recoger a Gabi y no quería irse sin verla.
- ¡Si Sátur, claro! - miró a Gonzalo y sonriéndole salió de la alcoba.

Gonzalo se dejó caer en la mesa y cruzó sus brazos sobre su pecho de aquella forma tan habitual en él - Hoy no hemos tenido tiempo de hablar Sátur.
- Ya amo, pero si usted se fue en la mañana y no ha regresao hasta hace poco, pues la verdad que no ha dao pa’ mucho... Por cierto ¿se ha acercao a la vuelta por el  Pozo del Infierno?
- Si Sátur, pero estoy en las mismas, no hay nada.
- ¿Y si está equivocao? ¿Y si no es ese el sitio donde su madre dejaría algún mensaje?
- Sátur, algo me dice, que es ahí donde mi madre dejaría algo pero por buscar por otro lado que no quede... La próxima vez lo intentaré por otro sitio. Sátur no he podido meter el fardo ni la alforja porque Margarita estaba en el establo... Siempre pongo una excusa cuando ella me pregunta si es necesario cuando salgo a caballo llevar todo lo que llevo encima, pero hoy prefería que no me lo preguntara... En cuanto puedas lo subes a la guarida.

- Ya me di cuenta amo, la señora fue a ir a darle de beber al caballo y me adelanté a hacerlo y ya vi que sólo había quitado la silla para liberar al animal de peso... Lo he dejado todo en un rincón a bien resguardo y en la mínima se lo subo arriba.
- Gracias Sátur, y ahora dime ¿Ha habido alguna novedad en estas horas por la Villa?
Sátur por un instante se quedó callado pero sólo fue eso, un instante – No amo... Que yo sepa no ha habido ninguna novedad.
Pero para Gonzalo ese instante no pasó desapercibido – No sabes mentir Sátur ¿Qué me ocultas? – Gonzalo puso sus manos en el cuadril y no dejó de mirar a su fiel escudero. Sátur miró a su amo pero enseguida esquivó la mirada de él.
- Sátur, estoy esperando...

- ¡Amo, con usted no se puede! ¡Qué yo no debía decírselo! ¡Que está a tres días de su boda y usted sólo debe de pensar en eso y cada cual, se la avíe como pueda!
Gonzalo cerró la puerta y se volvió hacia su fiel amigo con ceño fruncido – A ver Sátur, ¿qué pasa? y nada de rodeo.
- ¡Está bien! pero que quede que por mí no se lo hubiera dicho ¡Qué usted tiene que tener la cabeza en otro sitio y...! - se detuvo al ver la mirada de su amo, por eso decidió ir al grano.
– Ha sido cuando he ido con los chicos a dar una vuelta. Me he enterao, que mañana... Mañana a primera hora, a la altura de los Calabozos, van ejecutar a uno de tantos desgraciaos que tienen que robar pa’ llevarse un trozo de pan a la boca.
Gonzalo escuchó a su escudero, luego dio un par de pasos y se detuvo pasándose la mano por la barba – Ya me parecía que llevábamos unos días muy tranquilos, hasta pensé que estas calores habían afectados al Comisario pero he visto que no - se volvió contrariado hacia Sátur - ¿No pensabas decírmelo Sátur? ¿Desde cuándo te callas cosas como estas?

- Amo, yo lo único que quería era evitarle en vísperas de su boda, pues eso, que no tuviera más cabeza que para pensar en usted y en esa preciosidad que va a ser su esposa... Yo no quería que nada enturbiara estos días.
Gonzalo se sintió conmovido por las palabras de su escudero. Le puso las manos en los hombros – Lo siento Sátur. Creo que he sido un poco duro contigo y llevas algo de razón, nada debe enturbiar estos días pero la injusticia no conoce de días y para ese hombre, al que van a ejecutar si no hay alguien quien lo impida, no volverá a tener días ni malos ni buenos en su vida. Así que mañana tú y yo tenemos algo que hacer muy temprano, y ahora salgamos que nuestras mujeres pueden estar echándonos de menos...
- La suya a usted si pero la Estuarda a mí, ¡no me quiere ni en pintura!




- Entonces, ¿cómo la has encontrado? – lo preguntó reposando la cabeza en su brazo.
- Bien, está bien pero con la necesidad de saber de su marido. Le insistí para que regresara y me dijo que allí se encontraba bien, que aquí podía correr peligro continuo y exponer a los demás. Allí ha encontrado una ocupación, ayuda a Alberto en la posada y parece que no se le da mal, aunque por parte de Alberto... - Gonzalo detuvo su comentario muy pensativo.
- ¿Pasa algo? – preguntó Margarita buscando los ojos de su prometido bajo la tenue luz del patio.
Gonzalo le apretó la mano – Presiento que Alberto está enamorado de Mariana. No debe ser nada fácil para él sabiendo que es una mujer casada y que cualquier día, ella se irá. Él siempre ha sido un hombre solitario, no tuvo suerte con las mujeres y se dedicó a su posada, siempre fue un gran amigo. Cuando nos conocimos rumbo a Flandes, él me brindó su apoyo, quizá el ser algo mayor que yo, le dio esa necesidad de protegerme... Nadie pensó que aquello iba a terminar en la amistad que hoy todavía tenemos.

- Dime Gonzalo ¿Crees que el marido de Mariana puede estar vivo?
- Si me lo hubieras preguntado hace unos meses, te hubiera asegurado que sí, pero el pasar del tiempo y que Richard no haya aparecido, me hace dudar si puede estar vivo o muerto, la verdad es que no lo sé.
Margarita sintió la tristeza en la voz de él - Bueno, pero no te pongas triste, lo que haya de ser, será.
- Tienes razón Margarita, de nada nos sirve apesadumbrarnos antes de saber ¡y ahora ven aquí! – la tomó por la cintura y la sentó encima de sus piernas - ¿Te he dicho todo lo que te quiero? – le apartó unos rizos rebeldes que le caían por la frente abajo.
- Me lo has dicho, pero no me importaría que me lo volvieras a repetir a cada momento ¡Me encanta oírtelo decir! – buscó la mirada miel de Gonzalo y entre abriendo sus labios rozó los de él con cierto temblor en ellos.

Gonzalo pasó su mano por debajo del cabello de ella acariciando su nuca, con la otra, acarició el rostro de ella y tomando la barbilla de la muchacha salió al encuentro de aquellos labios entreabiertos que le pedían sentir el calor ardiente de los de él. Testigo, la luna de aquella noche de verano. Lugar, un patio, donde últimamente se refugiaban para compartir confidencias, risas, caricias y apasionados besos para desahogar el fuego abrasador de sus almas enamoradas.






Alma de guerrero.

Todavía, la oscuridad de la madrugada no se habían diluido del todo para dar paso al nuevo día y el silencio reinaba aún en las calles de la Villa pero sobre los tejados, una sombra con capa al viento saltaba de un tejado a otro con una habilidad poco común, parecía que apenas rozaba sus pies sobre ellos. Lo hacía veloz y sentía el palpitar de su corazón, ya que de él dependía, que aquella mañana la vida de un hombre no fuera segada por la mano cruel de la injusticia. Pasado un tiempo, sus ágiles piernas detuvieron su paso. Se agazapó escudriñando con sus ojos a un lado y a otro. Se puso en pie con la ballesta en una de sus manos y con una agilidad increíble se dejó caer flexionando sus piernas.

Sus pies se posaron en el tejado de unos de los pabellones que pertenecían a los Calabozos. Su mirada la dirigió hacia abajo. Una tarima colocada a una determinada altura estaba preparada cómo si de un altar de sacrificio se tratara. El patíbulo, se erguía en el centro, una soga pendía de él. Alzó su penetrante mirada. La luz del día se hacía visible. A la misma vez recorrió con sus ojos los obstáculos que podía encontrar en su escabullida y como debía de sortearlos. Un murmullo lo puso alerta. Dirigió su mirada al frente.  Algunas personas ya se acercaban. Unas, con el morbo de la curiosidad fueron buscando el lugar apropiado para ver mejor lo que para ellos podía ser una diversión. Cada vez se acumulaba más gente. Gonzalo descubrió entre el gentío a su fiel escudero. Éste parecía otear con sus ojos la figura de su amo.

No se había hecho más que escuchar las campanas de la iglesia más cercana con sus siete toques, cuando el gentío se fue apartando dejando paso a la comitiva. El reo con las manos atadas, arrastraba con sus pies descalzos una cadena que la llevaba cogida con grilletes a sus tobillos. A un lado y a otro, un guardia custodiando al preso. Detrás de ellos el Comisario seguido de un pelotón de hombres, entre ellos su lugar teniente. Gonzalo contó ocho hombres sin contar con el Comisario. Recorrió con sus ojos las ventanas superiores del edificio que tenía a la derecha, eran cuatro. Había apostado un hombre en cada una de ellas y sus armas preparadas. Parecían que lo esperaban para darle la bienvenida. Al pie de la escalerilla, los guardias cogieron al reo y casi lo arrastraron para subir aquellos escalones de madera hasta pisar la tarima. El joven suplicaba y no dejaba de buscar con su mirada ávida al gentío. Una muchacha se abría paso cómo podía y gritaba desesperada el nombre de quién podía ser su esposo o su prometido, ya que la joven  no dejaba de decirle entre sollozos todo lo que lo amaba. Gonzalo sintió un apretamiento en la garganta. Su pensamiento sin poderlo evitar, le trajo a su mente el rostro hermoso de su amada. Sacudió su cabeza. ¡No! En aquel momento no podía pensar en ella. En aquel momento no, cualquier distracción podría ser fatal. Preparó la ballesta.

Los guardias dejaron al reo en manos del verdugo y bajaron de la tarima. El verdugo cubrió el rostro aterrado de aquel joven con una especie de saco y le pasó la soga por el cuello. Las voces del gentío comenzaron a alzarse con fuerzas. Algunas, de acuerdo con la ejecución, otras, en contra pidiendo justicia. Sátur, buscando con su mirada a su amo por aquellos tejados, preguntándose donde se habría metido. Sus ojos, a la misma vez miraba la mano del verdugo que ya pulsaba la palanca para abrir la trampilla y que se abriría debajo de los pies de aquel pobre desgraciado. Cuando agarró la palanca con firmeza, algo silbó por el aire y fue a clavarse en la mano del verdugo que soltando la palanqueta cayó de dolor intentado sacarse la flecha. Todos miraron hacia arriba. Una figura de negro con su capa revoloteando en el aire se dejaba caer desde el tejado sobre aquella plataforma con una rodilla al suelo. Por un instante todo quedó en silencio, Águila parecía no moverse pero lentamente levantó su mirada y al igual que el ave rapaz que llevaba su nombre, no parecía presagiar nada bueno.

Levantó lentamente su brazo derecho y agarrando con su mano la empuñadura de su katana la desenvainó y antes de que el Comisario diera la voz de alarma y el gentío aplaudiera la llegada del embozado, éste, haciendo un giro con su cuerpo y de un corte limpio cortó la soga que el reo tenía rodeando su cuello. Luego, con la misma destreza  y evitando a la misma vez alguna bala que otra que era disparada por la guardia desde las ventanas, cortó la cadena con un golpe de espada y que sujetaba los pies del muchacho. Guardando con su cuerpo el del joven y con una ligereza inusitada, tomó la ballesta que la había soltado en el suelo y colocándosela en posición de disparo fue soltando sus flechas una detrás de otra en dirección a los guardias que se encontraban en las ventanas y que a su vez, no dejaban de disparar sobre él. Gonzalo seguía esquivando aquellos proyectiles con ágiles movimientos. Las flechas de Águila hicieron diana en cada uno de ellos. Un sexto sentido hizo que se volviera con una gran rapidez para parar con su katana el choque de acero de otro de los guardias. Se entabló una lucha entre ambos, pero Águila sabía frenar la impetuosidad de su adversario. Haciendo una pirueta le asestó el golpe sorpresa segando su vida con un corte en el cuello.

Esquivando otra bala, se dejó caer a la misma vez que daba un fuerte impacto con la pierna derecha al rostro de otro de los hombres del Comisario. Se incorporó de un salto y paró de nuevo un choque de espada. Su adversario, a su vez paraba bien sus golpes. Parecía un hombre adiestrado en ese tipo de arma por lo que aquella lucha podía ser desenfrenada. El chocar de las hojas de acero se escuchaban ante el murmullo de la gente y la estupefacción de Sátur que no comprendía porque su amo no ponía fin a aquello. Águila sujetaba con ambas manos la empuñadura de su katana y asestaba un golpe tras otro. Su adversario retrocedía pero no vacilaba. De pronto, Gonzalo sintió el impacto y el dolor en el brazo derecho lo que hizo que por un instante perdiera el control de la lucha. Tropezó cayendo al suelo fuera de la tarima y perdiendo su arma. La gente retrocedió, sabían que de un momento a otro podía decidirse el vencedor de la pelea. El Comisario detuvo a sus hombres con un ademán, quería y sabía cómo podía terminar aquella lucha. Aquel hombre de su guardia podía poner fin al mito, a la leyenda que la gente había creado en torno a aquel embozado y él, quitarse de en medio a su peor enemigo.

Todos los presentes sabían que Águila estaba en inferior condiciones. La caída había empeorado la situación de él. Sátur no comprendía porque su amo no reaccionaba, quizá al caer se golpeó porque parecía no moverse. Pero ante la sorpresa de todos con una rapidez casi desmesurada, el embozado rodó sobre sí mismo hasta hacerse de la katana y con la misma destreza se volvió. Cuando su adversario que ya había saltado de aquel entablado levantaba su espada y creía que ya Águila era hombre muerto bajo su acero, se encontró con la katana del enmascarado atravesando su pecho. Gonzalo no podía esperar más, se puso en pie rápidamente y con la misma agilidad y a pesar que su brazo le dolía y sangraba abundantemente saltó de nuevo al entarimado protegiendo la vida de aquel joven. Con rapidez introdujo la mano en su chaleco sacando algo de él y arrojándolo al suelo, hizo que una gran humareda se levantara ante el estupor de la gente. El Comisario estaba lívido y no cesaba de gritar a los hombres que le quedaban.

- ¡¡Buscadlo!! ¡¡Buscadlo ¡¡No puede desaparecer así porque sí!! ¡¡Traedlo vivo o muerto, pero traedlo!!

La humareda no tardó en disiparse, sólo vieron ante sus ojos cómo una pluma roja caía lentamente hasta posarse en las manos de un pequeño de corta edad, y que con una sonrisa, apretó aquella pluma contra su pecho cómo si de su más preciado tesoro se tratara.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Jul 09, 2016 7:03 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.23

Fue un alivio pisar el tejado de su casa. Con paso vacilante se dirigió a la trampilla. Le costó trabajo levantarla y bajó unos peldaños. Tiró de la argolla para cerrar la puerta pero su rostro se contrajo por el dolor. Consiguió hacerlo y terminó de bajar la escalerilla. Deseaba con toda su alma que Sátur no tardara. Dejó caer la vaina y la ballesta y se dirigió hasta la tarima dejándose caer en ella. El brazo le dolía bastante y seguía sangrando. Se deslizó el embozo y se echó la capucha hacia atrás. Su rostro contraído por el dolor manaba gotitas de sudor que se deslizaban frente abajo. Tenía que desnudarse. No sabía cuánto podía tardar Sátur y se tenía que hacer un torniquete. Se levantó y cómo pudo llegó al perchero. Comenzó a quitarse la capa y la arrojó de cualquier manera sobre el poste, luego, procedió a quitarse las muñequeras y seguidamente sacó del chaleco varios shuriken que arrojó sobre la mesa. Con trabajo se despojó del chaleco de cuero y seguidamente se desabrochó la camisa, quedando con el torso al descubierto.

Se miró la herida. Tenía un buen corte en el brazo derecho Con la misma camisa se apretó la herida y fue a buscar vendajes y alcohol. Con ello en la mano fue a dejarse caer en la tarima. Sabía que aquello le iba a doler más que la propia herida pero tenía que desinfectarla. Se echó sobre la herida un buen chorreón de alcohol. La quemazón que sintió le hizo apretar los dientes y dejarse caer a todo lo largo sobre la tarima aguantando el malestar que sentía. Sólo fueron unos segundos, como pudo se incorporó y procedió a hacerse un torniquete apretando el nudo con los dientes. Luego, sobre ese torniquete se hizo otro vendaje para cubrir mejor la herida pero esa herida no dejaría de sangrar si no se la cosía. Su desesperación era grande, ya que en aquel momento no tenía cabeza para pensar en que se iba a excusar para decirle a Margarita como se había hecho aquella lesión. Le pareció escuchar algo y puso atención. Si, no podía ser otro que Sátur.

El buen postillón apareció todo preocupado y cuando vio a su amo su rostro se demudó - ¡Amo! pero ¡¿cómo no dio por terminada esa lucha por Dios?! – se había inclinado hacia Gonzalo, éste, con un ademán le pedía que se calmara.
- Estoy... Estoy bien Sátur pero tienes que... Tienes que coserme la herida, aunque... Aunque me he cogido un torniquete no dejará de sangrar si no me la coses y debes hacerlo lo más pronto posible... Ya Margarita se habrá levantado y no quiero... No quiero que note por mucho tiempo mi ausencia.

Sátur se apresuró a coger todo lo necesario para suturar la herida del brazo. Volvió al lado de Gonzalo y con sumo cuidado fue quitando la venda y el torniquete dejando al descubierto la herida – Amo no parece que sea muy grande pero si es algo profunda por eso de tanta sangre, pero esto se la arreglo en un momento, aunque ya sabe, esto duele... - Sátur le enseñó le aguja.
Gonzalo cerró los ojos tragando saliva – Sátur, deja tus comentarios y date prisa...

El fiel escudero procedió a desinfectar la aguja con alcohol y miró a su amo. Éste, usando su camisa como mordedor asintió con un movimiento de cabeza y con sus ojos avisó a su escudero que estaba preparado. Sátur un poco vacilante tomó con una mano el brazo de su amo y con la otra procedió a ir cosiendo la herida. Cada puntada de la aguja sobre su piel, hacía que Gonzalo apretara fuertemente con sus dientes la tela de su camisa negra y cerrara los ojos por el dolor que sentía. El fiel postillón mientras se dedicó a cerrar la herida nada dijo de todo lo que tenía en su mente. Cuando terminó, limpió la sutura con alcohol y procedió a vendarle el brazo, luego, recogió todo lo que concernía a la cura.

Gonzalo echado sobre la tarima dejó su cuerpo descansar por un momento. Poco a poco se incorporó. Estaba pálido y su hermoso rostro de hombre estaba impregnado de dolor y sudor como todo su cuerpo. Se había sentado y Sátur lo hizo junto a él.

- Amo ¿qué pasó? Sólo tenía que tirar la bomba de humo y listo.
- A veces las cosas no es tan fácil... Intentaba deshacerme del guardia del Comisario para poder sacar la bomba pero fue un adversario difícil de quitármelo de encima, y ahora Sátur, ¿qué pasó con ese muchacho?
- Hice lo que usted me dijo... Lo llevé hasta la salida del pueblo y el chico me pidió que buscara a su esposa y que la llevara hasta allí para poder irse juntos... Me dijo donde podía encontrarla y fui en busca de ella procurando que nadie me viera y la dejé junto a él. La esposa está embarazada de cuatro meses... Al menos ese niño conocerá a su padre gracias a usted.

- Esperemos que puedan salir adelante y ahora a otra cosa Sátur ¿Qué excusa pongo ante esta herida?
- Amo, pues si usted no lo sabe que es el que encuentra las ideas pa’ to’... Pero bueno, puedo echarle una mano porque no creo que usted en este momento esté pa’ mucho pensar ¿Y si decimos que hemos salido esta mañana con la fresquita pa’ dar una vuelta por ver si su madre ha dejado un mensaje? Usted, se ha podido dañar al pisar malamente y clavarse algo punzante qué le ha rebañado un poco el brazo ¿no?
- Si Sátur, todo eso puede servir ¿pero cómo explicamos las suturas? A no sé, que intente no quitarme la venda de momento...
- Pues no le queda otra.

Gonzalo se levantó intentando guardar un poco el equilibrio. Se sentía con algo de mareo. Se dirigió al perchero y con la ayuda de su amigo procedió a vestirse con su ropa habitual, con su ropa de maestro. En ese momento las campanas de la iglesia daban diez toques.

- ¡Tenemos que bajar ya Sátur! Se supone que ya tenía que haber abierto la escuela.
- Y dígame, ¿por dónde bajamos? Porque igual su futura ha entrado en la alcoba para saber qué pasa con usted al no verlo levantao.
Se acercaron a la trampilla que conducía a su alcoba. Se pusieron a la escucha. No parecía oírse nada pero para Gonzalo no era fiable – Sátur, lo siento por ti pero creo que es mejor bajar por el tejado.
- ¡Hombre, amo! ¿y si entramos por la ventana?
- No Sátur, Margarita puede vernos bajar por la escalera, así, que andando.

Empujó a Sátur que no dejaba de protestar y subieron de nuevo al tejado. Procurando el momento que nadie podía verlos desde la calle, fueron pasando de un tejado a otro hasta llegar a uno de ellos, el cual,  tenía una altura asequible para poder saltar de allí a la calle sin impedimento alguno y sin ser vistos.




Margarita no dejaba de protestar mientras terminaba de ayudar a Alonso a terminar de vestirse - ¡Es qué no sé dónde habrán ido Alonso! ¡Vete tú a saber! Pero digo yo, ¿tanto trabajo cuesta avisar qué van a salir?
- No te preocupes tía Margarita, ya tenías que estar acostumbrada, sabes que mi padre lo hace muchas veces - Alonso intentaba aliviar un poco el coraje de su tía.
- Si mi alma, ya lo sé ¡pero mira la hora qué es!... Ya hace un tiempo que dieron las diez y habrá niños que ya estén esperando para entrar en la escuela.

Se escuchó la llave en la cerradura. Gonzalo y Sátur entraban en la casa. Por la cara de su prometida, Gonzalo comprendió que habría tormenta, la cual, no se hizo esperar.

- ¡Pero bueno! ¡¿Se puede saber de dónde venís a estas horas?! ¡Gonzalo, que tienes que abrir una escuela!
El maestro buscó una silla, sentía que todo le daba vuelta, lo que hizo que la muchacha se encendiera más – Pero, ¿qué te vas a sentar? ¡Vamos, como si fueran las ocho de la mañana! – no podía evitar controlarse ante la tranquilidad de su prometido, pero su forma de hablar cambió cuando observó que el brazo de Gonzalo parecía estar algo manchado de sangre seca - ¿Y esto? Esto parece sangre... – fue a levantar la manga de Gonzalo, pero él le detuvo la mano.

– No es nada Margarita, tan sólo... Tan sólo me he cortado pero no tiene mayor importancia.
Sátur fue a echar un cable a su amo – No se preocupe señora, que lo que dice el amo es así... Se ha cortao pero yo ya lo he curao.
- ¿Cómo qué lo has curado? ¿Cómo? ¿Con qué? – Margarita miraba a uno y a otro sin comprender - ¿Qué pasa? ¡Qué llevabais con vosotros todo lo necesario para una cura ¿no?! ¡A ver que yo te vea esa herida!
De nuevo Gonzalo la detuvo levantándose – Margarita, no... Ya te he dicho que no es nada, no debes preocuparte... Me... me he puesto un vendaje para proteger la herida, nada más. Ya luego hablamos, anda Alonso, vamos, que hoy, si que llegamos tarde.

Alonso que no había hablado desde que llegó su padre lo hizo en aquel momento - Padre, ¿tú te encuentras bien? – el chiquillo notó la palidez de Gonzalo.
- Claro hijo, vamos...
Ante el comentario de Alonso, la muchacha se fue para Gonzalo y procuró que él la mirara – Tú no estás bien, como dice Alonso, estás muy pálido.
- ¡Margarita, basta!  ¡Estoy bien! ¡Vamos Alonso!

Sin decir nada más, Gonzalo empujó suavemente a su hijo por la espalda y salieron de la casa. Margarita se sintió mal por la forma en que Gonzalo le había hablado. Sátur percibió el malestar de la muchacha.

- No se lo tome a mal señora, es que usted no sabe...
- ¡No Sátur! ¡No sé! Sólo sé que cuando hace esas escapadas para averiguar algo sobre su origen... por qué es a eso a donde habéis ido ¿no?
- Si, si claro, a eso hemos ido – a Sátur le sabía mal mentirle a la muchacha, tan mal como se debía sentir su amo, por eso de su reacción con ella.
- Sátur, yo no le suelo preguntar sobre ello. Yo no sé a dónde vais, sólo sé lo que Gonzalo quiere contarme pero... ¡pero es qué no es la primera vez que vuelve todo escalabrao! Sátur, que cuando no es por una cosa es por otra y hoy... Hoy lo he visto que estaba mal, aunque él no quiera reconocerlo.

- No se preocupe señora, que él es un hombre fuerte y sólo es un rasguño.
- Un rasguño, pues por el rastro de sangre en el brazo no creo que sólo sea un rasguño, pero tú no me vas a decir la verdad ¡Tú lo solapas en todo! Aunque no sé quien solapa a quien...
Sátur veía a Margarita muy dolida y enfadada, quiso darle ánimo – No se me enfade usted que se le va a poner su carita triste y tiene que estar de lo más alegre, que pasado mañana ya es su boda.
- Mi boda... Hoy no estoy para pensar en boda ni nada – por un momento pareció pensar en algo – Sátur, ¿le dijiste lo del pantalón?

- ¡Bueno, eso otra! ¡Claro que se lo dije! pero usted sabe lo testarudo que es... ¡Qué si a él no le hacía falta otro pantalón! ¡Qué no pensara que se iba a poner chaqueta!
- No Sátur, chaqueta no, pobrecito, que hace mucho calor ¿pero qué te dijo sobre el pantalón?
- Pues después de mucho dale que te pego pude convencerlo y me dijo que esta tarde cuando cerrara la escuela iríamos a verlo.
- ¡Bien Sátur! pero ya sabes, debes convencerle que sea de un gris oscuro.
- ¡Si, usted mucho que le convenza! pero sabe que no están fácil y digo yo, después de puesto ¿por qué no le animo también para una camisa?
- ¡No Sátur! de la camisa ya me encargo yo ¡pero ni se te ocurra decir nada!
Sátur se imaginó algo – Ya le tiene preparao algo ¿verdad? ¿y cuándo se lo va a decir? o mejor dicho ¿cuándo se la va a entregar? porque hacérsela, se la ha hecho usted.



Margarita se fue para la mesa de la cocina donde tenía una masa preparada. Comenzó a amasarla con sus manos – Hoy, si tuviera que decirle algo respecto de la camisa, no se lo diría. Hoy por mi parte y ante su forma de hablarme, hago voto de silencio.
- Pero mujer, no tome a mal la reacción del amo... Es que esto de estar buscando y desear saber algo de su madre pa’ no encontrar na’, pues ya se puede imaginar...
- ¿Ves? lo solapas cómo si fuera un niño chico... Sátur, una cosa no tiene que ver con la otra, como dice el dicho, lo cortés no quita lo valiente.
- Valiente, valiente... Si usted supiera la valentía del amo a donde llega.
- Sátur, no te entiendo...
- Mejor no me entienda señora, mejor no.

Ante la mirada de la muchacha algo extrañada por su comentario prefirió dar por terminada la conversación – Señora, que yo me llevaría todo el día hablando con usted y viendo como amasa con esas manos preciosas pero yo también tengo que hacer cosas, sobre todo voy a ver si hace falta algo para preparar el almuerzo y tiro para el mercao.
- Bien Sátur, yo termino de amasar y en cuanto lo ponga a reposar, hago el cuarto de Alonso y la alcoba de Gonzalo, luego, tiro para casa de Cata para ir recogiendo e ir planchando lo que tengo allí.
- Pues entonces lo dicho, miro lo que puede hacer falta y tiro pa’ el mercao.

Sátur se alejo del lado de ella y un suspiró brotó de los labios de la joven. No podía dejar de pensar en Gonzalo y en la forma que reaccionó con ella. Se sentía dolida pero no por eso, dejaba de estar preocupada por el malestar que pudiera tener a causa de aquella herida por muy leve que ésta fuera.




Antes de pasar por el mercado Sátur se llegó a la escuela. Quería saber cómo se encontraba su amo. Lo encontró sentado y muy pensativo y no estaría muy en lo suyo, porque los niños estaban todo alborotados. Sátur desde la puerta le llamó la atención. Gonzalo se levantó con cierta pesadez. Se acercó a la puerta no sin antes llamar la atención a sus alumnos por el desorden que tenían.

- ¿Pasa algo Sátur?
- No amo. Es que he aprovechao que iba pa’ el mercao para saber cómo se encuentra pero por su cara, como que no muy bien.
- Si te refieres a la herida, no estoy tan mal, podía estar peor pero me siento mal por la forma en que le contesté a Margarita, no se lo merecía, pero sabiendo que le estaba mintiendo mientras ella se estaba preocupando por mí, me hizo reaccionar así. Espero que no esté muy molesta porque conociéndola...

- Pues déjeme que le diga que no anda muy equivocao ¡Tiene un mosqueo...!
- Ya, lo raro hubiera sido que no lo tuviera ¿Has escuchado algo sobre el Comisario y sus hombres? – la pregunta la hizo en voz baja.
- No amo. Al parecer han desistio de buscar al Águila. Amo que me voy, si necesita algo de mí me lo dice.
- No Sátur, sigue con lo que tengas que hacer e intenta de ayudar a Margarita aunque ella se obstine en lo contrario. Sé que está muy cansada por todo este ajetreo de la boda.
- ¡Y qué lo diga amo! pero no se preocupe que yo la ayudo aunque ella no quiera.
- Gracias Sátur, ya nos vemos en casa.

Sátur se despidió de su amo y Gonzalo siguió con la clase poniendo orden en ella.




Ya estaba poniendo Sátur la mesa cuando apareció Margarita – Perdona Sátur, por dejarte solo pero ya lo he dejado todo recogido, la habitación de Cata parecía cualquier cosa, menos eso.
- No se preocupe usted, que esto ya está listo.
La joven se puso el delantal y se dispuso a ayudar. Cogió los platos de una de las repisas y se hizo de los cubiertos poniéndolos en la mesa, repartió cada plato en su sitio. Miró al fiel criado - ¿No están tardando mucho?
- Como ha comenzado las clases algo tarde y conociendo al amo, habrá preferio quedarse un poco más.
- Pero igual está molesto por causa de esa pequeña herida que se hizo y puede que no esté muy bien, no tenía que haber retrasado el cierre de la escuela.

No acabó Margarita de decir esto cuando la puerta de la calle se abrió dando paso  a Gonzalo y a Alonso que corrió a los brazos de su tía - ¡Hola tía Margarita! – la había abrazado con fuerza dándole un beso en la mejilla.
- ¡Hola mi amor! ¿Cómo te ha ido hoy?
- ¡Bien! cómo siempre – al decirlo se encogió de hombro en un ademán muy suyo.
Margarita no pudo evitar el mirar a Gonzalo - ¿Cómo te encuentras? – intentó disimular sus ansias de acercarse a él, de abrazarlo, de besarlo.

- Estoy mejor, gracias...– Gonzalo si se acercó a ella y puso un beso en su mejilla. Quiso buscar los ojos de ella pero no los encontró. Dando un suspiro se fue para el patio a refrescarse y regresó a la sala sentándose en la mesa.
Sátur ya estaba sirviendo la comida. Unas ricas sopas de tomate – Esto está pa’ chuparse los dedos.
- Sátur, para ti todas las comidas están para chuparse los dedos - río Alonso ante el comentario de Sátur.
- Y así es Alonsillo, así es, porque todas las comidas por muy pobres que sean tienen algo especial si están hechas con cariño.

Comenzaron a saborear la sabrosa sopa de tomates de Sátur intercambiando impresiones, pero Margarita se abstenía de comentar algo directamente con Gonzalo. Cuando terminaron el almuerzo, el maestro se retiró a su alcoba y Margarita y el fiel criado se pusieron a recoger. A Alonso se le veía carita de sueño. La muchacha le aconsejó que se fuera a dormir la siesta hasta que su padre decidiera marchar de nuevo a la escuela. A pesar de la negativa del niño, pudo convencerlo y el pequeño se retiró a su cuarto y nada más caer en la cama se quedó profundamente dormido.

Margarita después de terminar de recoger, se sentó ante la mesa a repasar varias prendas que tenía atrasadas. No era costura de gran envergadura. Simple descosido de las costuras o algún roto en el pantalón de Alonso. Al traerse de casa de Catalina ya su costurero y algunas otras cosas que allí ya no le hacían faltan procedió a arreglarlas en aquel momento y no dejar pasar más el tiempo. Al verla Sátur, la recriminó cariñosamente.

– Señora por favor ¿ahora se va a poner a coser esas prendas? Descanse un poco que va a acabar agotá...
- Ya Sátur, pero tengo que hacerlo y contra más pronto lo haga mucho mejor. La verdad que me gustaría echarme un ratito pero como me eche, luego no hay quien me levante.

La realidad era esa pero también quería entretener su mente. Gonzalo no había hecho el intento de disculparse con ella aún sabiendo que ella tenía que estar molesta con él. Eso le dolía, por eso prefería distraerse con algo y olvidar a veces la indiferencia de él. A veces esa indiferencia o despiste de Gonzalo, le hacía pensar que estaba abrumado por algo. Independiente de la búsqueda sobre su origen, ella intuía que había algo más ¿Pero qué podía ser aquello qué ella creía que lo abrumaba? Dejó sus pensamientos atrás y se centró en la costura pero según iba cosiendo, el cansancio fue haciendo mella por lo que no podía fijarse bien en lo que estaba haciendo, incluso se pinchó más de una vez. Pensó que si daba una cabezadita le vendría bien. Sólo eso, con una cabezada sería suficiente. Sin soltar la ropa que estaba cosiendo en ese momento, pinchó la aguja en la prenda y quitándose el dedal, dejó descansar su cabeza sobre sus brazos en la misma mesa.




Gonzalo echado en su cama y con la cabeza apoyada en sus brazos, no dejaba de pensar en Margarita. No había tenido un momento apropiado para quedarse a solas con ella y disculparse por su reacción en la mañana. Estaba molesta, eso se veía y él tenía que quitarle ese malestar, no quería que nada la turbara y menos por causa suya. La puerta se abrió y Sátur asomó la cabeza.

- Pasa Sátur, estoy despierto.
Sátur terminó de abrir la puerta entrando en la alcoba – Venía a saber cómo tiene el brazo...
- Me duele un poco pero si no hago esfuerzo lo llevo bien, lo que sí tenía que hacer es cambiarme la venda, la tengo manchada algo de sangre y no quiero que traspase la manga de la camisa.
- Voy ahora mismo por otro vendaje y se lo cambio. Ahora regreso.

Sátur salió no tardó en volver con todo lo que necesitaba. Gonzalo se incorporó quedando sentado en la cama. Tenía el torso al desnudo. Sátur procedió a quitarle la venda, la sangre algo seca sobre la piel hizo que Gonzalo contrajera su rostro por el malestar. El fiel escudero limpió la herida con agua y la secó con un lienzo.

- Amo, yo no sé la veo nada mal, quizá para pasado mañana pueda quitarse los hilos, no creo que la herida se le abra. Voy a echarle alcohol y de nuevo se la vendo.

Así lo hizo y al momento Gonzalo tenía una venda limpia puesta sobre su herida. Ante el silencio que notaba en la casa no tuvo más remedio que preguntar.

- Amo, si no oye ningún ruido es porque quien los causas está más que dormío, y mire que no quería irse a la cama pero su tía lo convenció y se quedó frito.
- ¿Y Margarita? - lo preguntó con cierto recelo.
- Amo, de la forma en que lo ha hecho parece que teme preguntar por ella... Es verdad que está enfadá, bueno, yo diría más que enfadá, dolida, pero ¿qué se preocupa por usted? ¡se preocupa! Ya estaba más que inquieta porque ustedes se estaban retrasando más de la cuenta y que usted, tenía que estar molesto por causa de la herida.
- Voy a hablar con ella ahora que Alonso no está de por medio y voy a disculparme por lo de esta mañana, no quiero que...

Gonzalo se detuvo al ver que Sátur movía negando la cabeza - ¿Qué pasa Sátur? ¿Por qué mueves la cabeza negando ?
- Amo, que me parece que ahora no va a poder ser, que la pobre criatura se puso a coser y se ha quedao dormía en la mesa ¡y mire que se lo advertí! que no se pusiera a hacerlo, que se echara un rato ¡y ella que no! pero el cansancio la ha venció.
- Pero ese no es sitio, lo que va a hacer con eso, es que le duela más el cuello.

Mientras lo decía se puso la camisa aunque sin abrocharla y salió de la alcoba. Según iba acercándose a la mesa, le iba invadiendo una gran ternura al verla de aquella postura. Se acercó a ella y le cogió la prenda que tenía sobre su regazo colocándola en la mesa.

Luego se inclinó y le habló con mucha dulzura – Margarita, anda ve a la cama – le puso sus manos en los hombros y la zarandeó con delicadeza pero ella sin abrir los ojos, quiso quitarse de encima aquellas manos que lo único que hacía era interrumpir su sueño. Gonzalo se puso derecho y puso sus manos en el cuadril mirándola embelesado. Sólo podía hacer una cosa. Se inclinó de nuevo y con sumo cuidado la tomó en sus brazos.

La escuchó protestar entre sueño e incluso quiso abrir los ojos pero no consiguió hacerlo. Estaba rendida. Subió la escalera con ella en sus brazos. La cabeza de la muchacha descansaba sobre su hombro. Estaba completamente dormida. Empujó la puerta con su cuerpo y acercándose a la cama la depositó con suavidad sobre ella. Desde su altura la contempló extasiado, nunca se cansaría de contemplarla. Le quitó las zapatillas pero comprendió que hacía demasiado calor para que estuviera tan vestida, podría sentirse agobiada. Se inclinó de nuevo hacia ella y le fue desatando el corpiño dejándola libre de él. Sintió el suspiro de ella. Con dedos hábiles buscó la abertura de la falda hasta dar con el cierre y con la misma sutileza, le deslizó la falda dejando a la vista la enagua.

La muchacha se movió buscando postura acurrucándose cómo solía hacer. Parecía una niña. Sonrío al verla de aquella manera. Gonzalo suspiró profundamente, la besó en la frente y se dirigió a la puerta. Dedicándole una de sus miradas, salió de la habitación.




Sátur estaba dando de beber a los caballos cuando escuchó la voz de la muchacha algo somnolienta  - Hola Sátur, no me quería echar y me quedé frita.
- Buenas señora ¿Qué si se quedó frita? Ni se enteró que el amo la subió a su cuarto pero eso es lo que se encuentra en el cuerpo ¡Qué falta le hacía!
- Ya, sólo él podía hacerlo.
- Por su voz, veo que todavía sigue enfadá pues sepa, que el amo iba a hablar con usted, se siente mal por lo de esta mañana y si no lo hizo antes es porque no tuvo un momento a solas con usted. Por eso, al decirle que Alonsillo estaba dormío quiso aprovechar para hacerlo. Yo le dije que estaba usted dormía pero él no creyó conveniente que lo hiciera en la mesa y aunque intentó despertarla fue inútil y decidió subirla a su cuarto.
- Bueno Sátur, voy a seguir con lo que apenas comencé.
- Bien señora Margarita, yo sigo aquí, voy a poner un poco de orden.

Los dos prosiguieron con sus quehaceres mientras Gonzalo terminaba el suyo.




Cuando el maestro dijo hasta mañana, los chiquillos se levantaron con mucho revuelo recogiendo sus cuadernos y saliendo de la escuela corriendo y saltando. Gonzalo movió la cabeza sonriendo. Cogió uno de los libros que tenía en la mesa y poniendo en orden las sillas, salió de la clase cerrando la puerta. Algunos chiquillos todavía se encontraban por allí, entre ellos Alonso que estaba esperando a su padre y que estaba pendiente de lo que estaba pasando con Gabi y Nuño.

- ¡A ver cómo lo pasas marquesita! porque cuando ya no tengamos clases por las tardes todos nosotros nos iremos al río o a la laguna para bañarnos... El maestro nos va a llevar ¡y lo vamos a pasar de miedo! mientras tú, te quedarás en brazos de mamá... Siempre en brazos de mamá tiene que ser algo aburrido ¿no?
- ¡Qué sabes tú! ¡Ninguno sabéis nada! – al decirlo, Nuño se dirigió a todos los chicos con mucha rabia.
Gonzalo tuvo que intervenir – ¡Ya basta!... Gabi, Nuño, ya vale y esto va para todos y que no lo tenga que repetir... No quiero que increpéis a ningún compañero por nada y menos burlarse de él ¿Lo entendéis?

No todos los niños asintieron al comentario del maestro, Gabi y Nuño no lo hicieron por lo que Gonzalo tuvo que dirigirse a ellos en particular – Y con vosotros ¿qué pasa? Que no queréis entender ¿no? No queréis escucharme, pues mañana me traéis escrito en vuestros cuadernos por cien veces, “Debo escuchar al maestro”
Nuño y Gabi no dijeron nada, pero el maestro todavía tenía que decir algo más – ¡Esto también va para todos! Si Nuño quiere, él también puede acompañarnos a bañarnos. La laguna, es lugar de todos.
Aquí los chiquillos parecieron no estar muy de acuerdos y levantaron un murmullo entre ellos, pero Gonzalo los mandó a callar - No quiero que se diga nada en contra de lo que he expuesto y ahora a casa todo el mundo. Alonso, Murillo, Gabi... - Gonzalo señaló con su dedo el camino a seguir y los chiquillos con la cabeza baja echaron andar camino de casa.

El barrio, a aquellas horas volvía a cobrar vida. El sol iba ocultando sus rayos y los comerciantes abrían sus puestos para intentar de hacer negocio en lo que quedaba de tarde. Gonzalo recordó que había quedado con Sátur para ver ese dichoso pantalón para la boda. Para él, todo aquello resultaba un fastidio, pero el convencimiento de Sátur de que sería una sorpresa agradable para Margarita el estrenar algo el día de su boda, le hizo ceder, pero antes de salir a buscar nada hablaría con ella de lo que pasó en la mañana. No quería que aquello se fuera alargando.

Llegaron a la casa acabándose la tranquilidad como decía Sátur. Los niños entraron soltando sus zurrones y sentándose en la mesa. Margarita había dejado la costura y se hallaba en la cocina terminando de poner en los platos un trozo de bizcocho para cada uno.

- ¡Bueno, al parecer aquí no hay nadie!
Alonso se levantó de lo más ligero y se fue para ella pasando sus bracitos por su cuello y posando un fuerte beso en la mejilla – Tía Margarita, es que hace tanta calor que estaba deseando sentarme ¿No te enfadas verdad?
¿Cómo me voy a enfadar mi niño? Contigo no podría enfadarme – sin poderlo evitar miró a Gonzalo. El último comentario no pudo de dejar decirlo por él.
Gonzalo que desde que había llegado quería decirle algo, recogió aquello y no pudo de evitar una sonrisa que todavía mosqueó más a la muchacha. Gonzalo por fin habló – Cuando tengas un momento quiero hablar contigo – lo dijo con toda dulzura.

Margarita al principio no supo que decir - Pues... pues ahora es un mal momento... Estoy... estoy poniendo la merienda a los niños.
- Déjeme a mi señora, déjeme a mí y vaya con el amo, vaya - Sátur pasando por el lado de su amo le hizo un guiño. Casi le quitó prácticamente el cuchillo de las manos a la muchacha. Margarita se limpio las manos en un paño y se acercó a Gonzalo - ¿Qué quieres hablar conmigo? – lo dijo algo cohibida.
- Vamos a la alcoba, allí estaremos más tranquilos – Gonzalo le puso una mano en su hombro y de esa forma la incitó a seguirlo.

Cuando pasaron a la habitación Gonzalo cerró la puerta. No se anduvo con rodeos, cogiendo a Margarita por los hombros la obligó a mirarlo – Quiero pedirte disculpas por la forma en que te hablé esta mañana, no estuve acertado... Creo que nada hay que lo justifique pero no quiero verte enojada conmigo ¡No sabes cómo me duele eso!
Margarita se desprendió de sus manos y se volvió de espada a él – Dices que te duele verme enojada ¿Cómo crees que me sentí esta mañana cuando escuché en la forma en que me hablaste?
- Sé que te dolió, claro que lo sé y ya te he dicho que no lo voy a justificar, pero no quiero verte así. No quiero que nada enturbie estos dos días que queda para la boda. No quiero que nada te abrume, que nada te haga sentir pesar... Quiero la sonrisa en tus labios - se había acercado a ella y la rodeó con sus fuertes y poderosos brazos - Perdóname amor, perdóname...

Margarita sintió un apretamiento en su pecho que le subía a la garganta ¿Cómo no iba a perdonarlo si él era lo que más amaba en la vida? Cerró los ojos y aflojando los brazos de él, se volvió y fue ella quien lo rodeó con sus brazos posando la cabeza sobre su pecho. Sintió la mano de él acariciar su cabello.

- ¡Ay Gonzalo, ¿cómo no perdonarte?! Aunque a veces me entre gana de matarte.
Gonzalo la apretó fuertemente contra él – Te creo... Creo que te entre ganas de hacerlo pero dame al menos tiempo de saborear que eres mi esposa.
La muchacha río la ocurrencia de él y levantó su mirada – Te amo tanto...
- ¿Y crees que yo no? Te necesito toda. Sin ti, mi vida no sería nada.
- Gonzalo, tienes un hijo, tu vida no estaría vacía – lo dijo tal y como lo sentía.

- ¡Claro qué tengo un hijo y lo adoro! y sólo de pensar que le pasara algo me siento morir, pero él no puede llenar lo que un hombre necesita de la mujer que ama... Mi hijo no puede llenar lo que siento por ti... Esa necesidad de compartir cosas contigo, de sentarnos como lo solemos hacer ahora, en el patio... Hablar y reír con pequeñas cosas. De pasear juntos al atardecer por la laguna y ver ocultarse el sol a través de sus laderas. De ver como introduces las manos en sus aguas simplemente por hecho de hacerlo...



- De tenerte como mi esposa, mi mujer, mi amante... mi compañera... De pensar que un día envejeceremos juntos, uno al lado del otro, eso... Eso sólo puedes llenarlo tú. ¿Me crees ahora todo lo qué te necesito y que sin ti mi vida no sería nada?

Lo preguntó emocionado y con vehemencia. Margarita estaba conmocionada por las palabras de su prometido. Cuando contestó a su pregunta lo hizo con un nudo en la garganta y en sus ojos, las lágrimas intentaban aflorar a ellos – Te creo Gonzalo, te creo porque... Porque es lo que yo también quiero y necesito todo eso de ti.
Se abrazó con todas sus fuerzas a él. Gonzalo la acunó entre sus brazos besando a la misma vez su cabello. Luego, con un acento más distendido le preguntó - ¿Lograste descansar? porque estabas completamente dormida cuando te dejé...
Ella asintió con la cabeza y luego miró aquellos ojos miel que la traían de cabeza – Pero me tenías que haber despertado, con una cabezada hubiera sido suficiente, tenía cosas que hacer y...

Gonzalo no la dejó terminar – Necesitas dormir. Quiero que estés descansada cariño. Te quiero despejada la noche de bodas, no quiero que te me quedes dormida... Esa noche te quiero despierta Margarita para amarte sin medida y con toda intensidad.

Margarita se sintió azorada y supo que el rubor se le subió a la cara. Gonzalo no pudo evitar echarse a reír al ver el azoramiento de la muchacha. Él, lo sabía, sabía que sus palabras causarían ese efecto y le encantaba verla de aquella forma.

- ¡Gonzalo! ¡Cómo eres! – la joven se sentía de lo más turbada.
- ¡Sabía que te ibas a poner así! ¡lo sabía! ¡pero me encanta verte así! Me encanta que todavía tengas pudor. Me fascina que seas tú.
- ¡Pues a mí no me gusta ser así y más si te ríes! – lo dijo muy enojada.
Gonzalo advirtió el enfado de la muchacha – Margarita no tienes porque enojarte por esto, no es malo sentir pudor, ya hemos hablado de ello. A mi me gustas y te quiero como eres y si me he reído es porque sabía de tu reacción pero no debes sentirte mal por ello, poco a poco lo iras perdiendo, sólo tienes que dejarte llevar como aquella noche en la qué estuviste maravillosa.

Margarita de nuevo buscó los brazos de Gonzalo – Ahora soy yo la que te tiene que pedir perdón, me he comportado cómo una niña pero a veces no puedo evitar sentirme azorada, cortada y yo quisiera que no me pasara... Me da la sensación que eso puede causarte malestar y tengas por mi culpa que controlar tus deseos.
- ¡Claro que no! ¡Para nada! Si hemos decidido esperar hasta la boda, es porque así lo hemos querido los dos. No tengas ese temor porque tú nunca  acortarás mis impulsos. ¡Todavía no sabes lo mucho mujer qué eres y todo lo que me puedes dar! – le apartó un mechón que le caía sobre la frente.
- Por eso te amo tanto, por todo lo comprensivo que eres.
- ¡Ah, nada más que por eso!... Yo pensaba que era por algo más.
- ¡Gonzalo, contigo no se puede!

- Hablando en serio Margarita. Eres lo más grande que me ha podido pasar. Nunca corresponderé a la vida lo suficiente para agradecerle que de nuevo te pusiera en mi camino, con tu genio, con tu rebeldía, con tus pudores... con tu amor ¿Qué puedo pedir más? – cogió el rostro de ella entre sus manos y fue acariciando su hermosa piel, hasta llegar a sus jugosos labios y los rozo con sus dedos, con suavidad, marcando cada línea de ellos.

Se inclinó y acarició con los suyos los labios de ella, sintió que temblaban bajo los de él. Él percibió que los entreabría. Su alma se llenaba de gozo cuando la muchacha se daba a él. Fue saboreándolos dulcemente haciéndola sucumbir, sintiéndola que temblaba entre sus brazos. Esa dulzura se convirtió en un apasionado beso. Sentían el calor mutuo, el calor ardiente que desprendían sus labios. Gonzalo la besaba sin control, con una pasión desenfrenada que a la misma vez, a él, lo hacía vibrar de una gran emoción. Era mucho el amor de hombre que guardaba aún para ella pero sólo lo desbordaría en su momento.




La víspera.

Se había levantado temprano. Iba a ser un día movido, era el día de la víspera de su boda y siempre habría cosas que hacer de última hora. Antes de que se levantara Sátur ya estaba trajinando en la cocina. Estaba preparando las gachas cuando el fiel criado apareció en la sala. Margarita le hizo señas. Sátur se acercó.

– Buenos días señora, se ha levantado temprano esta mañana.
- Si Sátur, creo que el dormir ayer tarde ha hecho que no pudiera quedarme más tiempo en la cama y me he levantado antes... Que te iba a preguntar... Anoche os vi llegar, Gonzalo traía un envoltorio, ¿se compró el pantalón?
- Con trabajo ¡pero se lo compró! y del color que usted me dijo. Me preguntó el porqué de mi obstinación por ese color, yo le dije que era el más apropiado para lo que era... También se compro un cinto pero eso salió de él.
- Gracias Sátur, no sé como agradecerte...
- Señora, nada me tiene que agradecer ¡Si yo soy quién tiene que agradecer todo lo que ustedes me están dando!
- Creo Sátur, que todos nos tenemos que agradecer mutuamente.

La voz dulce de Gonzalo se escuchó saliendo de la alcoba con ropa en el brazo - ¡Qué rico aroma a gachas recién hechas! ¡Esto sí es oler a hogar!
- Pues agradézcaselo a la señora, que ella es quien las ha hecho esta mañana.
- Pues por eso lo he dicho Sátur, por eso – Gonzalo le hizo un guiño a Margarita.
- ¡Con qué esas tenemos! Amo no sabía que usted fuera tan desagradecío después de todas las gachas que llevo a mí haber.
- Sátur, sabes que aquí todos sabemos valorar todo lo que tú haces – Gonzalo lo dijo con todo sentimiento.

- ¡Si ya lo sé amo! ¿Cómo no voy a saberlo? ¡Hasta ahí podía quedar la cosa!
Gonzalo se había acercado a Margarita y la besó en la mejilla. Sabía, que besándola así delante de Sátur no se sentiría tan violentada – Voy al patio a bañarme, regreso al momento.
- Amo ¿cómo tiene el  brazo?
- Bien Sátur. Ya cuando me asee, me cambio el vendaje.
- Yo puedo hacerlo Gonzalo.
Sátur y Gonzalo se miraron fugazmente. Fue Sátur, quien se adelantó a su amo – No hace falta señora... Usted siga haciendo sus quehaceres ¡qué del amo me ocupo yo! Que a partir de mañana, lo tendrá pa’ usted solita.
- Como quieras Sátur, por cierto Gonzalo, irás a cortarte esas greñas ¿no?

A Gonzalo se le cambió la cara – Margarita, mujer, no me hagas esto.
- ¡Gonzalo, si no vas a casa de Cosme el barbero, yo misma te lo corto y a Alonso también! – la muchacha cambió su forma de mirar y el tono de su voz, por uno más meloso – Gonzalo, si tan sólo es un poco, sólo un poquito.
- Margarita, no me mires ni me hables así que haces conmigo lo que quieres... - se volvió a mirar a Sátur  – Sátur ¿tan largo tengo el pelo?
- Amo, pues no sé qué decirle... Un poco largo sí que lo tiene ¡y qué conste que no es por quedar bien con la señora!
- Voy a asearme, porque mientras esté aquí, seguro que me sacáis algo más – se volvió a Margarita moviendo uno de sus dedos - Y no intentes convencerme...

Gonzalo se fue en dirección al patio y cerró la puerta algo enfadado. Sátur miró a la muchacha y ambos rompieron a reír.




La mañana comenzaba en Palacio pero no parecía un día cotidiano normal. En la cocina, la servidumbre estaba algo alborotada. Catalina tuvo que llamar la atención en más de una ocasión, sobre todo a María y a Marta.

- ¡Marta! ¡María! ¡ya vale! Muchachas que hay que preparar el desayuno de la Marquesa que en cuánto se despierte debe tenerlo listo, aunque desde hace un tiempo la verdad, es que no tiene prisa por nada, ni siquiera tiene apetito.
- Ya Cata pero es que de pensar en mañana me entra una cosita para arriba. Catalina ¿qué te vas a poner para la boda? porque como madrina del novio...

- Pues Marta, hija, la cosa no está pa’ comprarse nada, así que me tengo que aviar con un vestido que guardé para ciertas ocasiones y la verdad, que esas ocasiones no se me han presentado mucho, ese, es el que pienso ponerme para la boda.
- ¡Pues yo he pensado ponerme el que me hizo Margarita para la fiesta de la cosecha! ¡Es tan bonito! y muy apropiado, al ser blanco...
- ¡Pero Marta! ¿Tú no sabes que ninguna mujer debe ir vestida de blanco a una boda a excepción de la novia?
- ¡Ay Cata, yo no sabía nada eso! ¿y ahora qué me pongo yo?

Todas las jóvenes criadas se miraron ante el comentario de Cata y la desilusión de Marta. Catalina las miró a todas, luego, le dijo con una sonrisa – Chicas, cambiad esas caras, que parece que en vez de a una boda vais a un funeral. Marta, muchacha que te vas a poner ese vestido y te lo vas a poner porque el vestido de Margarita no es del todo blanco y aunque fuera blanco, nadie le haría sombra ¡Va a estar preciosa!
Las muchachas respiraron tranquilas sobre todo Marta, pero la curiosidad de ella se hizo visible – Cata, adelántanos como es el vestido...

- ¡Marta, no me tires de la lengua! Bueno, os adelanto sólo un poquito. Es de color marfileño. Se nota la diferencia con el que le pertenecía a la familia de Margarita, ese es muy bonito y estaba muy linda con él pero con el que se ha hecho, ¡parece una muñeca! Ese tono dulce de la tela realza más su piel morena ¡y eso que estaba sin peinar y sin sus escarpines... ¡Ay, si vierais el problema de los escarpines!
- ¡Cuenta Cata, cuenta! ¿Qué es eso de lo escarpines? – María apremiaba a Catalina a seguir.
- Yo sigo, si vosotras os apretáis un poquito. Pues mirad, Gonzalo me cogió una tarde, diciéndome que quería regalarle unos escarpines, pero que antes de hablar con el zapatero, ya que para él, o sea para Gonzalo, le era muy difícil saber qué color escoger que se pareciera al vestido, me pidió un trozo de tela, ya que para el maestro se supone que Margarita se ha arreglado sólo el bajo y podía haber cortado algo de tela... Me vi en un aprieto...

- ¡Porque claro! Gonzalo está ignorante que Margarita se ha hecho un vestido nuevo... Pero de un buen trozo de tela que le había sobrado, sin que Margarita se diese cuenta yo lo cogí y se lo di a él... Al principio me dijo que le parecía que aquella no era la tela. Yo le dije que llevaba razón, que no era la tela, que Margarita había agrandado un poco el dobladillo para no verse con la necesidad de cortar el vestido y que aquel trozo que yo le entregaba, era un retal que yo tenía guardado y que comparándolo con el color del vestido, no le venía malamente, sólo que los zapatos quedaría un poquito más claro... Tuve que medir la cuña de la zapatilla que Margarita cree que va a usar para la boda, que por cierto no la ha querido muy alta y para colmo, hace dos días la muchacha me pregunta que si había visto un trozo de tela del vestido, que lo echaba de menos, ¡pues nada, tuve que mentirle!

- ¡Ay Cata, si esto parece un cuento! ¡Qué bonito! ¡Cómo tiene que quererla el maestro! - Luisa había escuchado a Cata toda embelesada.
- Si Luisa, eso sí, ¡Gonzalo la quiere muchísimo y eso, que no lo sabéis todo! pero eso ya me lo cayo, ¡pero vosotras lo vais a saber antes que la novia! ¡Es qué son de admirar!... Hay que ver que cómo están las cosas y si vierais todo lo que han ido estirando sus pequeños ahorros para darse unas sorpresas el uno al otro... ¡Bueno, que me emociono! ¡Muchachas a seguir con el desayuno de la Marquesa!




Lucrecia entró en el comedor majestuosa como siempre, se abrió un poco el vestido y se sentó en su lugar ante la mesa. Nuño no tardó en aparecer a toda prisa. Dando los buenos días se acercó a su madre y la besó en la mejilla.

- Me he quedado dormido madre. Voy a tomar un jugo y ya salgo para la escuela...
- ¿No crees que eso es muy poco desayuno? ¿Y cómo es que te has quedado dormido?
Sabes Nuño que no me gusta que te acuestes fuera de tu hora, espero que no haya sido por culpa del Comisario, no me gusta que te quedes hasta tarde jugando al ajedrez...
Antes de que el niño pudiera contestar, la voz de Hernán se escuchó entrando en el comedor – No te preocupes Lucrecia, anoche Nuño no se quedó conmigo jugando al ajedrez ¿Verdad Nuño?
- Eso era lo que le iba a decir a mi madre antes de que usted entrara Comisario.
- Entonces, ¿qué pasó para que te quedaras dormido? porque de sobra sé, que eso es debido a que no te recogiste temprano.

- Es que... Es que tuve que terminar una tarea que nos puso el maestro y me llevó bastante tiempo.
- ¿Y se puede saber que tarea fue esa?
Nuño, no quería que su madre se enterara de que había sido un castigo. Lucrecia ante el silencio de su hijo, intuyó que éste le ocultaba algo – Nuño, estoy esperando ¿Qué tarea fue esa?
Hernán miró a su hijo – Nuño contesta a tu madre.
- ¡Está bien!... Estuve... Estuve escribiendo un castigo.
Lucrecia se pasó su mano por la frente y suspiró - ¡Ay Nuño! ¿Se puede saber qué hiciste?
Nuño contó la causa de aquel castigo. Lucrecia se sintió indignada pero lo supo disimular – Nuño, hijo, eso es lo que tiene no hacer caso a las palabras de un maestro.
- ¡¿No iras a darle la razón?! – el crío a veces no comprendía la aptitud de su madre.

- Nuño, un maestro siempre debe llevar la razón y si él creyó conveniente ponerte ese castigo, yo no voy a objetar nada... Sólo decirte, que no quiero que vuelva a pasar ¿Comprendes?
Nuño asintió con desgana y terminando su jugo se levantó. Se acercó a su madre despidiéndose de ella con un beso. Luego se volvió al Comisario – Hasta luego Comisario, luego nos vemos.
- Hasta luego Nuño y tranquilo – Hernán le puso una mano en el hombro dándole su apoyo.
Nada más salir el chiquillo, el Comisario miró a Lucrecia recriminándola - ¿Qué pasa contigo Lucrecia? ¿Cómo te puedes poner a favor de ese maestro después de ver cómo te trató?

La Marquesa de Santillana hizo sonar la campanilla, luego contestó a Hernán – Yo sé dividir las cosas Hernán y aunque yo pueda odiar a Gonzalo de Montalvo con toda el alma, no puedo dejar de alabar su trabajo cómo maestro, por eso mi hijo sigue bajo su enseñanza y si él ha creído conveniente de ponerle un castigo, yo no puedo rebatir nada al respecto.

En ese momento hacía su entrada Marta seguida de Catalina, ambas portaban unas bandejas. Una, de suculenta fruta y la otra, con una jarra de humeante leche. Marta, colocó la bandeja de fruta encima de la mesa y con una leve reverencia salió del comedor. Catalina procedió a servir la leche, luego, se retiró fuera de la mesa y esperó cómo siempre a que su señora necesitara algo de ella.

- Catalina, puedes retirarte, si yo te necesito te mando llamar. Si no te importa cierra la puerta al salir por favor – al decirlo, lo hizo con delicadeza, sin ningún aprecio de mando.
- Como desee la señora – la fiel doncella hizo una leve inclinación y se retiró cerrando la puerta del comedor.
Hernán miró a Lucrecia con cierta burla - ¿Desde cuándo tienes tanto miramiento con la servidumbre?
- ¡Ay Hernán! nunca entenderás nada, por cierto, últimamente tu esposa prefiere desayunar sola ¿Por qué Hernán? ¿Tan mala noche es la que le das qué teme que en la mañana se le vea en su bonita cara huella de ello?

- Mi querida Lucrecia ¡qué equivocada estás! pero te voy a dejar en la duda con respecto a lo malo o bueno que le pueda dar a mi esposa en las noches, eso, sólo a ella y a mí nos concierne, en cambio tú, ¿qué te traes? ¡Claro! ¡Cómo no había caído antes! Quizá todo esto tiene que ver con ese afán de venganza ¿no Lucrecia?
- Déjate de ironías Hernán, sabes que no puedo con ellas.
- ¿Tú hablas de ironías? Lucrecia te he estado observando... Todo este tiempo no he dejado de observarte y sé, que esos cambios que experimentas con la servidumbre, sólo es porque tienes algo entre mano y eso, sólo tiene que ver con el maestro, por cierto, ya se casa mañana con la costurera ¿no es así?... Dime Lucrecia ¿cuál es el plan qué tienes?

Lucrecia se levantó dando la espalda a Hernán – Ya te lo dije. No voy a compartir contigo lo que tenga pensado o no pero si te voy a decir, que desde esta tarde pienso dar el primer paso, el primero de muchos Hernán... El primero de muchos...

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Jul 17, 2016 10:17 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo. 24



Una visita... Un espejo roto.

La tarde ya iba siendo más liviana. Gonzalo hacía poco que había regresado de la escuela y se había metido en la alcoba a repasar unos cuadernos que no le había dado tiempo de hacerlo en la escuela. Margarita después de hacer que Alonso merendara, estuvo hablando con él. El chiquillo asintió con una sonrisa a la petición de su tía. La muchacha preparó una silla en el patio donde hacía sombra y cogiendo sus tijeras de costura, un peine y un lienzo, con un guiño, hizo que Alonso se sentara. Le puso el lienzo por delante y lo anudó por la parte de atrás y sin temor alguno comenzó a cortarle al pequeño un poco el largo de su cabello y el flequillo. Sátur, la veía hacer y no lo creía.

- Señora, déjeme decirle, ¡qué es usted más apañá qué un jarrillo lata! como dicen por ahí abajo ¡Madre del amor hermoso! ¿pero tú te has visto Alonsillo? ¡Pues anda que no te ha dejado guapo tu tía na’ ni na’!
- ¡Tía Margarita, yo me quiero ver!
- Espera Alonso, espera que me lo vas a poner todo perdido de pelo – retuvo al niño en la silla y abriendo el mueblecito que había colgado en la pared, sacó el espejo que Gonzalo utilizaba para afeitarse.

Con él en la mano se lo puso por delante a Alonso para que se mirara en él. Para el chiquillo fue toda una sorpresa - ¡Tía, pero qué bien lo has hecho! ¡Mejor qué cómo me lo corta Cosme! ¡Verá cuando mi padre me vea!... Tía, ¿tú crees qué él se dejará qué tú le cortes el pelo?
- Ahí Alonsillo, lo va a tener más que difícil tu tía... No sé si tu padre confiará de ese aspecto de la señora y no porque lo haya hecho mal, al contrario, pero ya conocemos a tu padre, ¡desconfiao cómo él solo!
- Pues Sátur, no le va a quedar otra. O le corto el pelo yo, ¡o va a la barbería de Cosme!

Margarita le quitó el lienzo a Alonso y lo sacudió en el patio dejándolo luego en el respaldo de la silla. Con su propias manos, le quitó al niño algún cabello que otro que le había quedado en su carita - ¡Anda, ve a ver a tu padre y qué Dios nos coja confesao!




Gonzalo seguía repasando el trabajo de sus alumnos cuando Alonso entró en la alcoba. El pequeño se acercó a él con una sonrisa picarona – Padre, tengo algo que enseñarte...
- Espera Alonso – Gonzalo aunque le había contestado no había levantado la cabeza.

Alonso no se movió, pero tampoco dijo nada. Gonzalo seguía con el repaso, pero ante la presencia de su hijo por un momento levantó la cabeza.

- Alonso, ¿qué quieres? ¿No ves... - Gonzalo no pudo seguir hablando cuando vio a su hijo que lo miraba de lo más risueño y con aquel corte de pelo, que aunque no estaba muy corto, le daba a su carita un aire diferente, incluso parecía más pequeño aún. Sintió una gran ternura.
- Vaya, vaya... Con qué tu tía se atrevió...  – se reclinó en el respaldo y acodándose en el brazo de la silla se puso un dedo en la barbilla en un ademán muy habitual en él. No dejaba de observar a su hijo y de pensar, lo atrevida que era la hermosa mujer que iba a ser su esposa el día siguiente.
- Pero padre, ¡di algo! Sátur dice que estoy muy guapo pero yo quiero que seas tú... ¡Qué seas tú quién me diga cómo estoy!

Gonzalo sonrió lleno de cariño ante la espera de Alonso sobre su opinión y alargando su brazo, se trajo a su hijo hacia él. Poniéndole las manos sobre sus pequeños hombros, se inclinó para poder ver sus picarones ojitos - ¿De verdad quieres saber la verdad?

Alonso asintió con la cabeza pero con cierto entrecejo, ya que no sabía de qué forma iba a salirle su padre.

- Me parece, que tu tía tienes unas manos, ¡qué valen oro! y que Sátur, ha dicho mucha verdad ¡Estás guapísimo!
Al pequeño se le iluminó su carita según iba hablando su padre pero ya ante el último comentario saltó lleno de contento y se abrazó a él.
- Ya Alonso, que me lastimas el cuello, ya...
Alonso se apartó de su padre y lo miro fijamente – Ahora te toca a ti
Gonzalo se echó a reír moviendo la cabeza negando – No Alonso, eso no... Por ahí no paso.

- Pero padre, ¡tú mismo has dicho qué estoy bien! ¿Por qué no dejas que tía Margarita te lo corte a ti? ¡Si ella lo hace mejor qué el barbero!... Cosme siempre me lo deja más corto y no me gusta pero ¡la tía si! ¡La tía si ha sabido hacerlo! Padre por favor, que la tía puede enojarse... Va... va a pensar que no confías en ella...
Alonso tiraba de la mano de su padre para que se levantara. Gonzalo quería reprimir la risa que le causaba el ver a su hijo que con su corta edad, hacía todo lo posible para hacerle entrar en razón.
- Está bien... Está bien y voy a intentar de no salir corriendo cuando vea a tu tía con las tijeras en las manos.
- ¡Bien! ¡bien! – Alonso agarró la mano de su padre y salieron de la alcoba.

Sátur estaba recogiendo con la escoba los restos de cabello de Alonso del suelo del patio. La silla seguía en el mismo sitio. Cuando vio aparecer a su amo, el escudero no sabía cuál era la idea que llevaba.
- Amo, ¿ha visto lo guapo qué está Alonsillo?
- Ya, ya lo he visto, ¿y Margarita?
- Ha subido a su cuarto, no creo que tarde ¿y usted qué piensa hacer? Porque desde luego tengo que reconocer que su futura esposa tiene mano pa’ to’... Por lo visto no hay nada que se le resista con las tijeras ¡Vamos qué con ella se ahorran ustedes el dinero del barbero!
- ¿Hablabas de mí Sátur?

La voz de la muchacha se escuchó detrás de Gonzalo. Éste se apartó para darle paso. La joven dejó sobre la mesa el espejo que había bajado de su cuarto.

- Que le estaba diciendo al amo, que con usted se ahorran el dinero del barbero.
- No creo que tu amo sea capaz de ponerse en mis manos – lo dijo para pincharlo.
Gonzalo se la quedó mirando con el ceño fruncido y con una sonrisa - ¿Por qué crees que no soy capaz? ¿y si me atreviera?
Margarita lo miró algo sorprendida - ¿Serías capaz dejarte cortar el pelo por mí?
- Se lo has cortado a Alonso ¿no?
- Ya, pero esta mañana cuando te lo referí saliste casi huyendo ¡Me tuviste miedo!

Gonzalo río por la forma en que lo dijo – Bueno, pues ahora he perdido el miedo, así que estoy dispuesto a ponerme en tus manos pero eso sí, no me vayas a cortar hasta las ideas y otra cosa, no más que a Alonso, en todo caso algo menos.
- ¿Algo más desea el señor? – lo dijo mientras lo empujaba a la silla y lo sentaba. Le puso el lienzo y se lo anudó de la misma forma que hizo con Alonso y mirando a Sátur, se santiguó antes de comenzar a cortar el cabello de su prometido.

No fue mucho lo que tardó. Durante ese tiempo, tuvo que aguantar ciertas “impertinencias” por parte del que iba a ser su esposo. Cuando estuvo listo, dejó las tijeras sobre la mesa y cogió uno de los espejos dándoselo a él, luego, tomando el otro se lo colocó por la parte de atrás.
- ¿Cómo te ves? – lo preguntó un poco temerosa.
Gonzalo parecía que no tenía mucha prisa por contestar, lo que hizo que la muchacha se pusiera impaciente y no dejara de mirar a Sátur y a Alonso. Al fin Gonzalo se dejó caer con algo – No está mal, aunque podía estar algo mejor - observó por el espejo la desilusión de la joven. Se levantó dejando el espejo en la mesa y quitándose el lienzo. Se sacudió para quitarse algo de cabello de encima y entonces volviéndose a ella la miró – Todo lo que te propones lo haces maravillosamente.

Margarita arremetió contra él tirándole el lienzo encima - ¡Me sacas de mis casillas! ¡Pues no qué me has hecho pensar qué no te ha gustado!
Gonzalo reía el mosqueo de la muchacha. Sátur y Alonso disfrutaban de verlos a los dos de aquella forma. Margarita soltó el espejo que tenía en las manos y los echó a todos para dentro de la sala - ¡Anda! Tirad para dentro que voy a recoger todo esto.
- No, no señora, déjeme que ya lo hago yo.

Unos toques en la puerta se escucharon en aquel momento. Fue Sátur quien fue a abrir. Gonzalo intentaba quitarle el enojo a su prometida con palabras bonitas y Alonso reía con las ocurrencias de su padre y que hacía, que su tía tuviera que reírse aunque quisiera demostrar lo contrario. Sátur apareció en la puerta del patio.

- Amo, señora que... que tienen visita...
- ¿Visita? ¿Quién Sátur? – Gonzalo apreció que el rostro del fiel criado estaba contrariado. Lo apremió – Sátur, ¿qué pasa? – Gonzalo no esperó a que su escudero contestara y entró en la sala seguido de Margarita y el propio Sátur con Alonso.
El maestro al llegar a la sala se puso lívido - ¡¿Qué haces aquí?!
Margarita sintió una gran opresión en su pecho y apenas podía articular palabra alguna cuando vio a la recién llegada – Lu... Lucrecia...

La Marquesa de Santilla, elegantemente vestida aparecía en medio de la sala. Su voz, se escuchó apagada pero llena de dulzura - Siento molestaros y también comprendería que me echarais de vuestra casa... Estáis en vuestro derecho pero no quisiera que lo hicierais antes de escucharme...
- Lucrecia, debes saber que no eres bienvenida a esta casa y tampoco nos importa lo que vengas a decirnos, ¡así qué puedes marcharte por dónde has venido! - Gonzalo le señaló la puerta que no estaba cerrada del todo.

- Comprendo tu postura Gonzalo, la comprendo y la acepto pero yo sólo... Sólo quería venir a pediros perdón por todas las cosas que os he hecho, sobre todo a ti Margarita pero no os molesto más... Me hubiese gustado traeros un regalo, un presente por vuestra boda pero no lo creí conveniente... Creo que el mejor regalo era este, venir a pediros ese perdón pero ya me voy... Sólo... sólo desearos que seáis... - según iba hablando parecía sentirse algo mareada, se pasó la mano por la frente pero se tuvo que apoyar en la mesa porque parecía que podía caer de un momento a otro. Fue Margarita la que se apresuró a sostenerla.
- ¡Lucrecia ¿qué te ocurre?! Anda, siéntate aquí... Seguramente es el calor, te traigo agua fresca – la muchacha le había acercado una silla junto a la mesa.

Gonzalo estaba impasible. No se había movido del mismo sitio. Sátur tiró de Alonso y se lo llevo a su cuarto. Lo que tuvieran que hablar, no era cosa para un niño.

Margarita, le acercó el vaso de agua a los labios. Lucrecia bebió un poco – Gracias... Gracias Margarita, es el calor pero... pero ya no os molesto más...
Hizo intención de levantarse pero la muchacha la detuvo – No Lucrecia, espera un poco, espera que se te pase el malestar.
- Gracias de nuevo... Otra persona no le hubiera importado que me fuera en estas condiciones pero de todas maneras lo comprendería.

Margarita había cogido una silla sentándose junto a ella y comenzó a abanicar a Lucrecia con el mismo abanico que había traído con ella.

- No hables Lucrecia, eso no te puede venir bien.
- No Margarita, me hará bien... Yo... yo venía a hablar con vosotros dos. Venía a pediros perdón por todo el daño que os hice... No creas que no me ha costado hacer esto, tú, mejor que nadie me conoces y no era nada fácil que yo pudiera dar este paso pero desde que se descubrió la verdad, me he dado cuenta que he sido una egoísta toda mi vida. He, he estado ¡llena de soberbia!... No me he medido para pasar por encima de quien fuera para conseguir mis propósitos... He sido ¡déspota! ¡desagradecida! Nunca supe valorar la amistad que siempre tuve de ti... Tú si supiste ser mi mejor amiga y yo no supe valorarlo... Después de que quedó todo al descubierto y después de muchos días y de mucho pensar, me dije que tenía que tener valor para enfrentaros y deciros todo lo que siento... Todo lo que siento haber vivido ajena a todo lo que no era yo ¡y siempre yo!... El no haber sabido apreciar tu vuelta y haberte hecho pasar por ciertas humillaciones... De todo esto me arrepiento cómo tú no te puedes imaginar...

La voz de Gonzalo se hizo escuchar – Dime Lucrecia ¿Hasta cuándo vamos a tener qué seguir escuchando toda esa sarta de mentiras?
- ¡Gonzalo! – Margarita se volvió hacia él y le recriminó con los ojos.
- Margarita, no se lo tomes a mal... Es normal que crea que estoy mintiendo ¿Quién puede creer una cosa así después de todo lo que he hecho? ¡Me porté tan mal con los dos! y tan sólo por capricho porque no podía consentir que nadie pudiera hacerme sombra, ese fue el comienzo de todo, ese... Tengo remordimientos y es lo que no me deja vivir, por eso estoy aquí... Creo... creo que el venir a pediros perdón hará que me sienta un poco liberada de ellos pero sé, que nunca podré olvidar todo lo que os he hecho...

- ¡No Lucrecia! Un día olvidarás lo que has hecho si te conviertes en otra mujer... Olvidarás, si dejas atrás todo lo que provocó que te convirtieras en esa mujer de la que hablas y que te llevó a hacer cosas que no debiste... Cosas que no te importó hacer para causar el daño al que te refieres y que tanto Gonzalo cómo yo, fuimos victimas... Si te quieres quedar tranquila, no te guardo rencor Lucrecia. No podría hacerlo.
- Gracias Margarita, tú, nunca cambiaste... Para tu corazón nunca hubo cabida para el rencor y el odio, eso fue otra cosa que te envidié... - según iba hablando se le iba quebrando la voz.

- Lucrecia cálmate, ya pasó todo, no llores... Ya has visto que no hay resentimiento por mi parte, así que dejas esas lágrimas ¿vale? sino, me vas a hacer llorar a mí también y no querrás, que en la víspera de mi boda me eche a llorar para que mañana tenga huellas de ese llanto ¿no? - Margarita se sentía acongojada por todo lo que había escuchado de Lucrecia y al verla llorar se conmovió aún más.

En cambio Gonzalo, estaba que se comía por dentro. Había cambiado de postura y se había alejado algo de ellas dos. Algo en su interior le decía que mentía pero ¿Por qué? ¿Con qué fin?

Lucrecia se limpiaba con un pañuelito de sutil lienzo y rodeado en su orilla de un finísimo encaje las lágrimas que rodaban por sus mejillas – Margarita, ya... ya no quiero molestaros más pero... pero quería decirte, o mejor dicho pedirte una última cosa... Sé... sé que es muy difícil que aceptes después de todo lo que ha pasado y por mi parte lo comprendería, pero me sentiría muy feliz y con ello, sería como empezar de nuevo... - Lucrecia cogió entre las suyas las manos de la muchacha – Margarita, me gustaría que aceptaras de nuevo tu puesto de costurera en Palacio...

La joven fue a decir algo pero Lucrecia la detuvo con un ademán – No Margarita, no tienes que decir nada ahora, sólo piénsalo... Ya he visto que tienes un cartel en la puerta y eres demasiado buena en tu oficio para que te falte trabajo pero quisieras que volvieras, de alguna manera me sentiría mejor. Me sentiría satisfecha de saber que has vuelto a recuperar algo que perdiste por mi culpa pero no creas... - aquí Lucrecia sonrió - No creas que sólo lo hago por ti, también lo hago por mí... No he encontrado ninguna costurera a tu nivel Margarita y yo te juro, que si decides volver a Palacio, todo va a hacer diferente ¡Puedes creerme!

Margarita se sentía consternada – Lucrecia, no sé qué decir. Es una buena proposición pero no sé... Ahora mismo estoy algo aturdida, no podría contestarte.
- Margarita, ya te he dicho que no me tienes que contestar ahora, te tomas tu tiempo pero si decides no hacerlo, no te lo tomaré a mal, lo entendería, además me imagino que lo debes consultar con Gonzalo...

Gonzalo de espaldas a ellas, tenía el rostro crispado. ¡No la creía! ¡No podía creerla! y presentía que Margarita sí. Margarita estaba cayendo en sus mentiras.

Lucrecia se había puesto de pie. Se agarró tambaleante. Margarita en seguida intentó sujetarla – Si no te sientes bien del todo, espérate un poco más.
- No Margarita, me siento mejor, además no tengo muy lejos la silla donde me esperan mis lacayos, podré llegar bien, no te preocupes...
- Anda, yo te acompaño, no voy a dejarte sola...
- ¡No Margarita! Tú quédate, la acompañaré yo – Gonzalo se había vuelto y se había acercado a Margarita y a Lucrecia - Cuando quieras – Gonzalo con un ademán le señaló la salida.
Lucrecia se volvió a Margarita – Te deseo una gran felicidad Margarita, os la deseo a los dos de todo corazón y espero que pienses en lo que te he dicho...

Diciendo esto salió seguida de Gonzalo que no pudo de dejar de mirar a Margarita con un rostro muy contrariado. Nada más dejaron la casa Gonzalo increpó a Lucrecia - ¿Qué pretendes Lucrecia? A mí, no me engañas.
- No sé a qué te refieres Gonzalo – su voz sonó serena, pausada.
Gonzalo la cogió bruscamente por el brazo y la hizo detenerse - ¡Si lo sabes Lucrecia! Lo sabes muy bien pero lo que yo no sé, es lo que pretendes con ello... No sé qué es lo que te ha impulsado a venir a mi casa a decir esa sarta de mentiras y que Margarita se ha tragado, pero a mí no... ¡A mí, no me has engañado!
- Gonzalo...por favor, ¿puedes soltarme el brazo?... No creo que sea muy correcto que vean al maestro con estos modales y si no me crees, es tu problema Gonzalo. Siempre has sido muy incrédulo ¿por qué habías de cambiar ahora?

Habían llegado a la altura de la silla. Los lacayos esperaban y abrieron la puerta para que su señora entrara. Lucrecia cerró la sombrilla y puso un pie en el interior pero la voz de Gonzalo la detuvo – Sólo voy a decirte una cosa... No te atrevas a hacerle daño Lucrecia, ¡no te atrevas! Porque si intentaras tocarle una sola mota de su ropa, no voy a tener piedad de ti Lucrecia. ¡Esta vez no tendría piedad!

La Marquesa de Santillana terminó de entrar y mirando a Gonzalo corrió las cortinillas del vehículo. Los lacayos procedieron a salir de allí, de aquel humilde barrio. El barrio de San Felipe.




Margarita con la llegada y marcha  Lucrecia, había quedado aturdida por todo lo que había escuchado de ella. Sabía que Gonzalo estaba incomodo por la situación y el haber querido acompañarla, no hacía más que acrecentar su nerviosismo. Se fue para el patio a recoger todo lo que quedó interrumpido ante la llegada de la Marquesa. Abrió el mueblecito y colocó el espejo de Gonzalo, luego cogió las tijeras, el peine y el espejo que bajó de su cuarto. No supo cómo, pero el espejo se le escurrió de las manos cayendo al suelo y partiéndose. A la muchacha se le demudó la cara. El ver el espejo roto y con aquella improvisada llegada de la Marquesa de Santillana, le hizo que su cabeza le jugara una mala pasada. El rostro de Lucrecia se reflejaba en cada trozo de luna que se esparcía por el suelo. Recomponiéndose y aunque nerviosa, se agachó a recoger aquellos trozos. En esto, escuchó la voz de Gonzalo llamándola. Sintió que uno de los fragmentos le desgarraba la piel de uno de sus dedos a la altura de la uña. En aquel momento su prometido hizo su aparición en el patio.

- ¡Margarita! – Gonzalo la ayudó a levantarse y cogiendo el lienzo se lo puso sobre el corte.
- Se... se ha partido el espejo y yo... Yo iba a recoger los trozos y me he cortado pero no creo... No creo que sea nada...
Gonzalo la llevó hasta la silla, he hizo que se sentara. Le descubrió la herida. Parecía un corte sin mayor importancia pero manaba mucha sangre.
- Te voy a echar alcohol y te lo cubro con un trocito de venda, es que te ha cogido la yema y por muy pequeño que sea el corte siempre suele producir cierta hemorragia.

Gonzalo abrió el mueble y sacó el bote de alcohol, algodón y la caja donde tenía vendajes. Lo puso encima de le mesa y empapando el algodón con el alcohol, procedió a limpiar la pequeña herida. La muchacha se quejó al sentir la fuerte quemazón.

- No te preocupes, verás que pronto se te corta la sangre.
Gonzalo cogió una venda y con las tijeras que tenía a mano cortó un trocito de venda pequeña y se dispuso a vendarle el dedo a la muchacha. No dejaba de observarla - Estás muy pálida, no te irás a desmayar por una poquita de sangre – lo dijo por animarla un poco. Sabía lo que estaba pasando por su cabeza.
- No Gonzalo, claro que no... No es para mí un gusto la verdad. Tú mismo sabes que siempre me ha dado mucho reparo la sangre pero todavía no me he desmayado por ello.

- Bueno, pues entonces alegra esa carita que no ha pasado nada, mañana tendrás el dedo como nuevo.
Margarita se levantó y fue a comenzar de nuevo a poner orden pero Gonzalo hizo que desistiera – Deja eso, ya lo quito yo... Quédate sentada un rato.
- ¡Pero bueno! ¿Qué ha pasao aquí? – Sátur entraba en ese momento al patio.
- Nada Sátur, que Margarita iba a recoger esos trozos de cristal y se ha hecho un pequeño corte – con los ojos le dijo que no fuera a hacer referencia a nada concerniente al espejo.

- Pero si la escoba la tenía a mano... A ver, ahora arreglo yo todo esto. Váyase con la señora pa’ dentro, que esto lo pongo en orden en un abrir y cerrar de ojos.

Gonzalo tomó a Margarita del brazo y entraron en la sala. La muchacha se sentó. Aparte del malestar por haberse roto el espejo y las cosas que siempre hay detrás de las supersticiones, se sentía incomoda por qué no sabía que podía haber pasado entre Gonzalo y Lucrecia cuando él decidió acompañarla. Gonzalo en aquel momento parecía tranquilo. La muchacha decidió hablar.

- Gonzalo, sé que la llegada de Lucrecia te ha consternado, bueno, a los dos nos ha consternado pero yo sé que a ti....
Gonzalo la interrumpió con cariño y sentándose junto a ella le puso un dedo en sus labios – Sssssh, nada tienes que decir, nada tienes que saber... Vamos a olvidarnos de la visita de Lucrecia y de lo que aquí ha venido a contar... Si tú quieres creer en el cambio de ella, yo nada tengo que objetar a ello, así que olvidemos esto y pensemos en nosotros y en el día de mañana ¿vale? – con mucha ternura la besó en los labios.

Margarita mirándolo a los ojos asintió con la cabeza. Quizá sería lo mejor. Sería mejor no tocar tema ninguno con respecto a Lucrecia y centrarse solamente en ellos dos y en la felicidad que en aquello momentos albergaban es sus corazones.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Jul 24, 2016 9:49 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.25

A la misma vez que estaba planchando, le contaba a Cata todo lo relacionado con la visita de Lucrecia – Sé, que Gonzalo no cree en ella y de alguna manera yo lo comprendo después de todo lo que hizo y para colmo, ¡se me cae el espejo! Con todo lo que se dice de eso...
- Vamos mujer, que eso es sólo supersticiones de viejas ¡Lo único que faltaba que tú te comieras el coco con eso! pero con lo que me has contao, ¡vamos me has dejao! ¡Lucrecia pidiendo perdón! Si ya te dije que estaba rara, melancólica, desganá... ¡Vamos qué no era la Marquesa! ¡y claro a lo qué ha venido es a liberarse del peso que tenía encima!... Oye Margarita, y ante su proposición que te ha hecho de volver como su costurera...

-¡Ay Cata, pues no sé qué decirte! Para mí sería un alivio, pero ¿cómo lo aceptaría Gonzalo? Si ya con la visita de ella su cara lo decía todo, si le digo que no me importaría volver a Palacio, ¡pues imagínate!
- Mira Margarita, tú dejas pasar estos días y tú te lo piensas bien y cuando ya te hayas decidido, le tocas el tema a Gonzalo con tu tacto particular, porque tú, como todas las mujeres que queremos algo de un hombre, te buscará tus mañas y verás cómo él te lo deja a tu elección...

- Cata, ¡qué fácil lo ves todo! por cierto, ¿y Juan?
- Juan ha tenido que marchar a su palacio... Ya aquí, lo tiene todo recogido y ha ido a su palacio para traerse un carruaje que le lleve el arcón y todas sus pertenencias. Su deseo es salir mañana temprano para Salamanca, lo que me extraña es que don Jeremías no haya llegado aún.

Unos toques en la puerta entreabierta hicieron que miraran hacia ella. La cara de Cipri de asomaba entre las dos hojas - ¿Interrumpo?
- ¡Anda Cipri, pasa! – Catalina le alentó a que lo hiciera.
Cipriano pasó al interior de la sala – Hola Catalina, Margarita, venía a deciros, que haber si luego podéis ir a echar un ratito a la taberna pa’ tomarnos unos vinillos. ¡Hay que celebrar en la víspera! y ya que yo soy el padrino de esta preciosidad, pues tiraremos la casa por la ventana.
- Gracias Cipri, luego cuando ya termine aquí y vaya a casa se lo digo a Gonzalo, y ahora vuelvo, que subo a por unas prendas... Regreso en seguida.

Margarita subió al piso superior dejando a Cipri y a Catalina solos. Cipri se acercó a Cata y antes de que ella pudiera reaccionar la besó en la boca.

- ¡Cipri, qué nos puede ver Margarita! – la buena mujer le recriminó en voz baja algo azorada.
- Catalina, ¡es qué no me puedo contener! Que cada vez se me hace más cuesta arriba todo esto mujer.
Cata, intentaba de apartarlo con la mano en el pecho de él para que no intentara de acercarse más – Cipri, ¿crees qué yo no lo quiero? pero sabes que nuestra situación no es bien vista y además perseguida por la justicia, por eso tenemos que tener mucho cuidado cariño.

La caída de algo en el piso superior hizo que los dos guardaran compostura. Margarita venía bajando por la escalera – Ya estoy aquí... Termino de planchar la ropa de Alonso y ya me voy para la casa.
- Bueno, yo os dejo. Os espero. Margarita, no faltéis.
- Cipri, allí estaremos. Vete tranquilo.

Cipri dirigiéndole una mirada a Catalina terminó de salir. Margarita había seguido planchando y Cata, se había sentado junto a la mesa. Se había quedado muy pensativa. Margarita no dejaba de observarla de soslayo, suspiró profundamente antes de hablar.

- Cata, ¿tú me consideras tu amiga?
Catalina levantó la cabeza y miró a la muchacha con cierta sorpresa – Margarita ¿por qué me preguntas eso? ¡¿Cómo no voy a considerarte mi amiga muchacha?! La boda te está afectando...
- Yo también pienso así, que somos amigas, pero las amigas se cuentan las cosas... Comparten problemas, alegrías... Comparten los sentimientos que puedan guardarse hacia otras personas... - Margarita había dejado por un momento la plancha y se acercó a su amiga que la miraba consternada. Le cogió las manos y se la apretó con cariño – Cata, ¿cuándo me lo ibas a contar? y no intentes de convencerme que no hay nada porque no voy a creerte...

- ¡Ay Margarita! ¿Cómo te has podido dar cuenta? ¡Qué vergüenza!
- ¿Pero qué dices? ¿Vergüenza? ¡El amor puro no debe de dar vergüenza Cata! y yo sé, que el amor de Cipri y el tuyo, está lleno de verdad, de sentimiento... Me imagino por lo que debéis estar pasando. Una relación de este tipo no tiene que ser nada fácil, por eso os admiro... No te tienes que avergonzar de nada y quiero que sepas que tienes todo mi apoyo. Siempre lo tuviste aún estando tú ignorante que yo, ya lo había descubierto...

- ¡Ay Margarita! No sabes el bien que me haces con tus palabras, es que todo fue tan impredecible... No me preguntes como pasó, porque no sabía que decirte...
La muchacha acarició el rostro de su amiga que estaba lleno de llanto – Para el amor no hay explicación. Vosotros estáis solos y os necesitáis el uno del otro... La vida no siempre es injusta y puede que un día podías demostrar a los demás vuestro amor sin tener que ocultarlo, ¡ya verás que si! Así, yo no tendré que tirar una banqueta para llamaros la atención.

Catalina miró a Margarita con una súplica - ¡Prométeme qué no le vas a decir nada a Gonzalo! ¡Margarita, prométemelo!
- Tranquila Cata, tranquila, Gonzalo nada va a saber por mí... Bueno, y ahora voy a terminar de planchar para irnos a la taberna, sino, mi padrino va a pensar que no aceptamos su invitación.




Noche de vísperas en el tejado.  

Se desnudó y se colocó el camisón. Sonreía al recordar el buen rato que habían pasado en la taberna de Cipri. Se sentó ante el espejo de la pared y en su rostro veía su imagen reflejada en él. Comenzó a peinarse pausadamente, sin prisa. De la misma forma, fue entrelazando sus dedos en el cabello hasta recogerlo en aquella preciosa trenza que se solía hacer. Se sentía feliz, inmensamente feliz. Atrás quedó la visita de Lucrecia, el malestar de Gonzalo, el espejo roto, ya no se acordaba de nada de eso. Sólo pensaba que al día siguiente, a aquella misma hora, ella sería ya una mujer casada. Casada con el único hombre que había amado en la vida. Ya sería la esposa de Gonzalo de Montalvo.

Se fue en dirección a la cama y destapó la sabana que la cubría. Se sentó y se quitó los pendientes dejándolos en la mesita. Luego, subiendo sus piernas se tendió en la cama sin cubrirse, hacía calor. Esperaba que al día siguiente la temperatura fuera más liviana. Cerró los ojos para poder dormir llena de sueños. Sueños que al otro día se harían realidad.




Gonzalo sentado en su cama y quitándose las botas, le estaba contando a Sátur todas las mentiras de Lucrecia. Sátur lo miraba contrariado – Amo, ¿por qué está tan seguro de qué esa mujer miente?
- Sátur, por favor... Después de todo lo que tuve que escuchar de ella cuando fui a reclamarle tendría que estar ciego para creer en esa mujer, pero se lo he dejado claro... Le he dejado bien claro que si es capaz de hacerle daño a Margarita, no voy a tener miramiento alguno.

- Entonces, la señora no sabe nada de eso...
- No Sátur, cuando regresé Margarita quiso hablar del tema pero no quise tocarlo ¿para qué? ¡Ni siquiera sé lo que Lucrecia pretende con esta farsa! De ella, nunca sabremos nada hasta que haya hecho el daño.
- Bueno amo, mejor olvide a esa mujer e intenté descansar y sólo piense que mañana es un gran día para usted y para Margarita, y por supuesto para todos los que les queremos.
- Gracias Sátur, lo sé... Sé, que para todos mañana será un gran día.




Intentó de nuevo coger postura en la cama. No podía coger el sueño, aquella noche volvía a estar desvelada pero al contrario de otras, no era por pesar, sino por la felicidad que la invadía. Se incorporó y se sentó en el lecho, se echó para atrás el mechón rebelde y suspirando decidió levantarse. Estuvo paseando por la estancia de un lado a otro. Alzó su mirada hacia la ventana. Unos rayos de luna entraba a través de la celosía. Volviendo a suspirar se fue en busca de sus zapatillas y se las calzó. Cogió el fanal saliendo de su cuarto. Tomó pasillo adelante hasta llegar a la ventana. Subió los escalones que la separaba del tejado de la casa. Con sumo cuidado y agarrándose al marco de la puerta puso un pie en el tejado y luego puso el otro. Manteniendo el equilibrio y procurando no resbalar se dirigió al mismo sitio de siempre. No se dio cuenta hasta que miró al frente.

Se paró en seco. El tejado no se encontraba solitario, había alguien más. Alguien, que tan sólo de él en aquel momento, sólo podía ver su espalda pero que para ella no era un desconocido. Se encontraba sentado y no parecía haberse percatado de su presencia.

Se acercó sigilosa y le habló muy quedamente inclinándose hacia él – La Villa parece tranquila esta noche.
Gonzalo había estado tan abstraído que ni siquiera la oyó llegar. En aquel momento, al escuchar su voz se puso tenso y en alerta. Fue por un momento, procuró relajarse y cuando le habló a la muchacha, su voz era la que ella conocía de él - Si... si parece que está tranquila y lo que no me imaginaba que hoy, fueras tú quien me encontraras a mí aquí, en el tejado.

Águila no se había vuelto a ella. Margarita, se sentó junto a él dejando el candil sobre las tejas – Aquí, si se está bien, dentro de la casa hace calor y me es imposible coger el sueño.
Él, se volvió a mirarla pero evitando que ella no encontrara sus ojos – Estás desvelada ¿Te preocupa algo? Siempre que vienes aquí es porque buscas refugio a tu soledad, a tu pesar.
- ¡Oh no! Esta vez no vengo a refugiar mi soledad o a desahogar mis penas, al contrario, esta noche, ¡me siento feliz!... Quizá es lo que no me deja conciliar el sueño.

Gonzalo sintió un vuelco dentro de él al escuchar a Margarita  por el énfasis que puso al hacerlo. Tragando saliva preguntó  - ¿Y puedo saber a qué se debe esa felicidad?
- Claro, siempre es bonito compartir y si contigo he compartido más pena que otras cosas, porque no compartir el motivo de mi felicidad... ¿Sabes? mañana es el día de mi boda. Mañana me caso con el hombre que me llena toda.

- ¡Eso si qué es sorpresa! De verdad que me alegro mucho de ello ¡Al fin se decidió! -  Gonzalo intentaba de contenerse para no abrazarla, para no decirle que ya eso lo sabía. Que él, ¡era quien la llenaba toda!
- Quiero decirte, que quizá ya no suba tanto al tejado, también pienso que pueda no ser correcto encontrarnos aquí, tú y yo y hablar como lo hacemos.
- No hacemos nada malo con ello... Tú, te desahogas, yo te escucho y además me dejó embrujar por tu belleza - Gonzalo apreció, que al decir lo último hizo que la muchacha se pusiera roja como la grana – Veo que te has ruborizado, perdona si te he molestado.
- ¡No!... No tienes que pedir perdón, soy así de tonta pero gracias.

Margarita por un momento se sintió incomoda por el halago de Águila. Gonzalo se dio cuenta de ello y sonrió debajo del embozo. ¿Cómo no estar enamorado y orgulloso de ella?

- Dime Margarita, nunca le has dicho a él, ¿qué tú y yo hablamos aquí en el tejado?
La muchacha levantó la cabeza y la ladeó para mirar a Águila pero era imposible verle los ojos. Cómo siempre los mantenía en sombra. La muchacha negó con la cabeza - No, nunca se lo he dicho... Pienso, que a veces las mujeres tenemos que guardarnos ciertos secretillos para nosotras, además, estoy segura que si se lo dijera, sería capaz de no creerme... Me diría que lo he soñado ¡A veces es tan incrédulo!

Gonzalo por segunda vez tuvo que contener la risa pero para la joven no pasó desapercibida - ¿Te ríes? Es verdad lo que te digo. Si yo te dijera, que cuando ha habido alguna trifulca en la Villa en la que tú te has visto envuelto, nunca le ha cogido cerca... Bueno, ¡ni cerca ni lejos! y sabe que las plumas que tú usas son rojas, porque las ha visto en manos de Alonso, sino, tampoco...

El escuchar de la manera que hablaba, con ese desparpajo tan natural, tan inocente, le invadió una gran ternura que hizo que sus ojos se humedecieran, pero al hablar intentó contener esa emoción - ¡Eres increíble Margarita! pero eso ya lo sabes, te lo he dicho muchas veces.
Por un momento los dos se mantuvieron en silencio. Gonzalo fue quien lo rompió – Me has dicho que una mujer debe guardarse ciertos secretillos ¿Te has puesto a pensar que tu enamorado, que Gonzalo se guarde alguno?

La muchacha se mantuvo callada por un momento, luego, suspirando profundamente y mirando al frente de aquel firmamento lleno de estrellas contestó a la pregunta de Águila – No sé... Hace poco me descubrió algo que tenía guardado y que sólo él sabía pero no sé si puede haber algo más... No lo sé...
Gonzalo sintió una gran congoja en su pecho y al notar cierta incertidumbre en la forma de hablar de su prometida quiso dar por terminada aquella velada – Pienso, que ya es hora que te vayas a descansar. Si mañana es tu boda, o mejor dicho dentro de unas horas, debes estar despejada y no mostrar señales de cansancio... Según se dice, para una novia eso es esencial pero tú, estarás hermosa de todas las maneras.

- Gracias de nuevo Águila, pero la boda no es hasta la tarde pero si, ya me debo de ir... Pero déjame decirte algo... No sé si subiré más al tejado pero quiero darte las gracias por tus consejos, por aliviarme en tantas ocasiones de tantos pesares. Pienso, que esa mujer de la que me hablaste y que llena tu corazón debe estar muy orgullosa de tenerte a su lado pero no tardes en contarle tu verdad... Si tardas en hacerlo, si dejas pasar el tiempo, puede que sin querer la dañes, que os dañéis los dos.

Gonzalo tuvo que contener la respiración para no dar muestras del desasosiego del que se invadió su alma al escuchar las palabras de la mujer amada.

Margarita se incorporó – Me voy, sólo decirte que de alguna manera te echaré de menos... Si no nos volvemos a ver, te deseo mucha suerte Águila.
Fue a girarse para irse pero la mano de él la detuvo - ¡Espera! – percibió el estremecimiento de ella al cogerle la mano entre la suya – No te vayas aún... Quería decirte, que ante lo que te he dicho, de que el hombre que va a ser tu marido pudiera tener algún secreto, ten por seguro que si lo tuviera, él te lo contaría en un momento dado... Sólo debe darle tiempo y de lo que te cuente, que sepas comprenderlo y que lo aceptes con sus pros y sus contras. También quiero que sepas, que de alguna manera, siempre estaré contigo, de una forma u otra siempre te protegeré y si un día... Si un día, algún pesar te aflige, sube al tejado, seguro me encontrarás aquí.

La joven sintió una gran emoción al escucharlo y a pesar del desconcierto que sentía al contacto de la mano de él sobre la suya, no hizo en ningún momento por apartarla – Gracias por tus consejos, y lo haré Águila... Si un día me siento afligida no dejaré de subir al tejado.

El enmascarado no la soltaba y ante la sorpresa de la muchacha, a través del embozo, él depositó un beso en su mano. A Margarita la invadió una gran turbación. Se deshizo de su mano sin dejar de mirar su rostro en sombra, sabiendo en cambio, que él, si podía ver sus ojos emocionados. Cogiendo el fanal y con mucho tiento volvió despacio pisando las tejas con sumo cuidado. Cuando llegó a la ventana, antes de hacer la intención de entrar se volvió hacia el lugar donde había estado y dejado a Águila. El tejado ya estaba desierto. Ya él no se encontraba allí. Águila había emprendido su vuelo llevándose igual que siempre, toda la magia y aquel misterio que lo envolvía y que sin saber por qué, aquella noche, una parte de la esencia de ella se marchó con él.




Día de boda.

Las campanas de la iglesia de San Felipe despertaban al nuevo día. Sus toques de campanadas anunciaban a los vecinos de aquel barrio, aunque no para todos, que una mañana más comenzaba en la Villa. Gonzalo se movió en la cama y se cubrió la cabeza con la almohada para amortiguar el tañido de ellas con sus siete repiques. La puerta se abrió sigilosamente entrando Sátur en la alcoba. Creyendo que su amo seguía descansando corrió las cortinas para que la tenue claridad del día no interrumpiera su sueño.

- Sátur, ¿qué haces aquí? Deberías estar dormido.

Sátur escuchó la voz algo extraña de su amo. Se volvió a mirarlo y comprendió porque le resultaba tan poco inusual. Lo encontró con la almohada contra el rostro, por eso su voz resultaba amortiguada.

- Amo, que parece niño chico ¡Mire qué le tiene manía a las campanas! y no me vaya a decir que cualquier día le va a quitar el badajo... ¡Porque a mí cómo a la señora no nos va a ser gracia alguna! Que la señora respeta todo lo que a la iglesia concierne...

Gonzalo lo escuchaba pero no dijo nada ni se quitó la almohada de la cara.

- Amo, que se ha quedao muy silencioso.
- Sátur, quiero dormir y esas campanas me han despertado...
- Está bien, ya me voy para que siga descansando.
Sátur se dispuso a salir pero la voz de su amo toda adormilada lo detuvo – Espera, no te vayas.

El fiel escudero volvió sobre sus pasos y se quedó de pie a la altura de la cama, esperando a que su amo reaccionara. Gonzalo se retiró la almohada de la cara - Siéntate Sátur – con un ademán incitó al buen amigo que se sentara en el lecho.
Sátur se sentó – Amo, déjeme decirle que por la forma en que se ha despertao, cómo para que la boda se hubiera celebrao en la mañana. Está de lo más flojo.
- Anoche me acosté tarde Sátur.
- Cómo todos... Sé que nos recogimos algo tarde de la taberna pero tampoco era una hora mala, además, yo lo dejé a punto de acostarse.
- No me acosté. La verdad es que no tenía pizca de sueño y con lo que había pasado en la tarde con la llegada de Lucrecia, quería despejarme y me subí al tejado.

- ¿Qué se subió al tejado? pero ¿cómo? ¿Cómo el maestro o cómo el héroe?
Gonzalo se acomodó en la almohada – Cómo el héroe, me sentía más seguro así.
- Pues amo, con el calor que hace meterse en esa ropa así porque si, ¡ya es gusto!
- Sátur, sabes que para todos, supuestamente padezco de vértigo y sólo suelo pisar el tejado en contadas ocasiones, resultaría extraño que me vieran tan normal al borde del mismo ¿no crees?
- Pues pensándolo, lleva razón, resultaría extraño y bueno, ¿terminó de despejarse?
- Más que eso... Olvidé a lo que subí.
Sátur lo miró sin comprender – Amo, si no me aclara lo que me ha querío decir, como que me pierdo.
- Tuve la más hermosa compañía que podía soñar... Margarita me encontró en el tejado.
- Amo, ¿me está diciendo qué la señora también necesitaba despejarse y lo encontró allí, contando estrellas?



- Si Sátur, me encontró allí y ni siquiera me di cuenta hasta que ella me habló... Después de la primera sorpresa, fue una gran emoción tenerla allí, conmigo ¡Tan hermosa y tan llena de amor!

Gonzalo fue refiriendo a su fiel escudero como fue aquella velada en el tejado con la que iba a ser su esposa en la víspera de su boda.




- Alonsillo deja el juego y vente a tomar el desayuno. Sátur apremiaba al niño.

Gonzalo había salido un momento fuera de la casa y Margarita seguía en su habitación, por lo que el fiel criado comprendió que seguiría dormida. Alonso dejó el juego y fue a sentarse ante la mesa – Sátur, ¿y mi padre y tía Margarita?
- Tu padre ha tenío que salir un momento... Tú padre hoy tienes cosas pendientes y por eso ha decidío no abrir la escuela y tu tía sigue dormía, así que procuras hacer el  menos ruido posible.
Alonso jugaba más con la cuchara que intentar en metérsela en la boca. Sátur lo observaba – Alonsillo, que te veo.
Pero el chiquillo hacía oídos sordos. Sátur se acercó a él y levantando la mano le dio una buena colleja – ¡Pa’ que comas!

- ¡Ay Sátur! ¡¡Uff, qué me ha dolido!!
- Si para eso te he dao Alonsillo, para eso... Pero ¿tú crees qué es forma de comer así?
- ¡¡Uff!! Es qué no tengo ganas - el crío pudo cara de fastidio.
- ¡Pues Alonso es lo que hay! ¡Qué tienes que comer! Que si estuviera aquí tu padre ya lo hubieras hecho pero tú sabes mucho, aprovechas que no está para hacer lo que quieres.

La puerta de la calle se abrió en aquel momento dando paso a Gonzalo. A paso lento se dirigió hacia la mesa donde Sátur y Alonso parecía tener cierto debate y que él apreció en seguida - A ver ¿Qué pasa aquí?
- Nada padre – Alonso se adelantó a Sátur pero no le dio la cara a su padre.
- ¡Si que pasa Alonso! Amo, que el chiquillo no tiene ganas de comer y yo le estoy haciendo ver, que eso es lo que hay si quiere convertirse en un hombre grande.
- Claro Alonso, debes comer aunque no tengas ganas, eso te pasa muchas veces pero aún sin ganas lo has hecho, así, que adelante.

Con la mirada de su padre, Alonso ya sabía lo que tenía que hacer. Así, que cogiendo su cuchara y aunque todo refunfuñado decidió abrir su boquita y tragar las gachas aún no teniendo apetito.

- Amo, ¿le pongo las gachas? que hoy usted también va con retraso con el desayuno, aunque claro hoy en esta casa por unas cosas y por otra nadie ha tomado el desayuno aún.
Gonzalo miró extrañado a Sátur - ¿No se ha levantado Margarita?
- No amo, al menos todavía no ha bajado... Bueno amo, ¿qué ha pasado con eso?
- Todo bien Sátur, todo bien - al decirlo lo hizo con una sonrisa en los labios y en sus ojos.

En ese momento las campanas de la iglesia daban diez toques. Gonzalo se dirigió a Sátur. – Voy a subir. Si no has desayunado tú, hazlo Sátur – Gonzalo se volvió hacia su hijo – Alonso cuando bajes, quiero que hayas terminado el desayuno – el chiquillo miró a su padre con cara de pocos amigos.

Gonzalo cogió escalera arriba y subió hasta el cuarto de Margarita. Abrió la puerta con sigilo entrando en la estancia. Cerró la puerta a media y se acercó a la cama. La contempló desde su altura. Cuánta ternura sentía  al verla de aquella manera. Margarita seguía dormida plácidamente pero la postura es lo que hizo sonreír a Gonzalo. Dormía a los pies de la cama acurrucada sobre ella misma y con la almohada cogida entre sus brazos donde apoyaba su cabeza. El cabello destrenzado se esparcía por el rostro y por el mismo almohadón. Su blanco camisón en desorden dejaba al descubiertos sus bonitas y morenas piernas.

Para Gonzalo era todo un deleite contemplarla. Se acercó y sentándose en la cama le apartó el cabello de la cara. Al roce del tacto de él sobre su piel, hizo que la muchacha se moviera pero para continuar durmiendo. Él, rozó con su mano los delicados hombros de ella, acarició su mejilla y rozó con su dedo el contorno de sus labios. Ella se movió y se volvió para el otro lado. Él siguió sonriendo. Esta vez si le habló al oído.

- ¿No crees que ya has dormido bastante? – rozó su piel al decirlo, lo que hizo que la muchacha sintiera esa especie de cosquilleo que la sacó del sueño en que estaba sumida.

Al principio, esa sensación que sentía no sabía de dónde venía. Abrió sus ojos y los volvió a cerrar, pero la voz de Gonzalo fue para ella aún semidormida, el mejor sonido que podía escuchar en su despertar. Sonrío, lo sintió a su espalda y volvió su cuerpo para mirarlo.
Suspiró profundamente - ¿Así me vas a despertar todas las mañanas?
- Así y de muchas maneras – se lo dijo acariciando su mejilla. Gonzalo pasó el brazo por encima del cuerpo de la joven apoyando la mano en la cama. Se inclino y besó con dulzura los labios de ella – Te deseo unos buenos días llenos de todo mi amor.

Ella levantó sus brazos y rodó el cuello de su futuro esposo - ¿Sabes? Pienso que hoy comienza el primero de muchos días maravillosos, y como es un día de mucho ajetreo, te pido que salgas de mi cuarto para poder asearme y...

Gonzalo no dejó que siguiera. La besó. La besó con el deseo de sentirla, de saber, que la hacía temblar bajo sus besos ardientes y el gozo que a su vez él percibía, el de sentir los labios de ella en los suyos.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Vie Jul 29, 2016 8:04 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.26

Unos toques en la puerta, hizo que Gonzalo dejara el libro en la mesa y fuera a abrir. Ante el umbral se encontraba Juan.

– Buenas Gonzalo, venía a despedirme.
- Pasa Juan - Gonzalo hizo pasar afectuosamente a Juan de Calatrava dentro de la casa.
- Pues ya me voy y no quería irme sin despedirme de vosotros... La verdad que lo siento... Siento no poder estar para la boda.
- Lo sé Juan, no tienes que disculparte pero siéntate. Ahora llamo a Margarita.

Gonzalo iba a dirigirse al patio donde la muchacha se encontraba, cuando ella, ya entraba en la sala con el canasto de ropa entre las manos. No se había enterado que hubiesen llamado a la puerta, por eso, el ver allí al médico, la cogió desprevenida.

- Hola Juan – saludó depositando el canasto sobre la mesa.
- Margarita, Juan viene a despedirse.
- Ya Gonzalo... Ya me imagino que viene a despedirse.
Se había acercado a los dos hombres. Se dirigió al médico – Juan, no sé qué decirte... Sólo, que se te va a echar de menos.
A Juan le invadió una gran desazón pero supo disimularlo – No tienes... No tenéis que decir nada, en este caso soy yo quien tiene que deciros que seáis muy, muy felices. Os lo deseo de corazón.

Gonzalo supo que lo sentía, que decía la verdad - Gracias Juan, y por mi parte, también te deseo que te vaya bien en esta nueva etapa como médico.
Juan tendió la mano a Gonzalo y éste se la estrechó fuertemente. Luego miró a la joven. – Margarita, pues, bueno, ya lo he dicho... Os deseo...
La joven no lo dejó terminar y acercándose un poco más lo rodeo con sus brazos – Juan, te deseo lo mejor y la felicidad que tú nos deseas, te la deseo yo para ti, y sé... Sé, que un día la encontrarás.

Luego, empinándose besó le mejilla de él. Gonzalo presenciaba la escena con cierta complacencia. Juan se retiró de la muchacha y dando un último saludo retrocedió hasta la puerta saliendo de la casa del maestro. La pareja salió hasta la puerta y lo vieron alejarse con su macuto tras la espalda, camino de nuevas aspiraciones pero llevando con él, un corazón roto.




Sátur y Alonso entraron en la casa. Alonso se sentó con cara de enfado ante la mesa.

- Pero Sátur ¿por qué no me dejas?
- ¡Por qué no! Porque si yo te dejo con tus amigos seguro que se tiene que encartar algo para que termines en una pelea, y precisamente hoy ¡no! Hoy Alonsillo es la boda de tu padre y tu tía y no se la vas a aguar.
- ¡Pues qué aburrimiento! Mejor hubiéramos ido a la escuela.

- ¿Y a qué se debe tal aburrimiento? – la voz de Gonzalo se escuchó en la sala.
- Amo, que me lo he traído para la casa por evitar que termine peleándose o termine escalabrao ¡Hoy no!
- Sátur, que es un niño...

El fiel criado iba a contestar a su amo pero en ese momento entraba Margarita que llegaba de casa de Catalina. Traía en sus manos unos paquetes envueltos en unos lienzos. Se paró ante ellos un poco nerviosa – Bueno, pues ya no voy haceros esperar más.
Gonzalo y Sátur se miraron. No sabían a qué podía referirse Margarita. La muchacha le entregó a cada uno un envoltorio. Al entregárselo a Gonzalo no pudo reprimir sentir una gran emoción - No sé si será de tu agrado pero me gustaría que la lucieras esta tarde. Luego miró a Sátur – Sátur, lo mismo te digo. Lo que si os digo a los dos, que están hecho con mucho cariño.
- ¡Venga amo! ¡Ábralo usted primero!

Gonzalo depositó el envoltorio encima de la mesa y descubrió el lienzo dejándose ver la camisa hecha por Margarita. Volvió sus ojos hacia ella. La muchacha asintió con ellos. Gonzalo tomó entre sus dedos aquella prenda de sutil tela y la extendió ante la admiración de Sátur y el pequeño Alonso.

- ¡Qué preciosidad amo! ¡Anda qué pocos son los que le van a tener envidia cuando se la vean puesta!
Gonzalo no sabía que decir, sentía una gran emoción el saber que ella, sólo ella podía haberse partido la cabeza para hacerle una cosa así. De nuevo puso su mirada llena de amor en los ojos de la muchacha – Margarita, no sé qué decir...

- Pues padre no digas nada ¡pero póntelo! ¿Verdad tía Margarita? – la ocurrencia del crío hizo que todos rompiera a reír.
Gonzalo se acerco a su amada y futura esposa – Gracias mi amor. Puedes estar segura que me la pondré  – se inclinó y la besó a la altura de la comisura de los labios.
- ¡Venga Sátur, abre lo tuyo! ¡Venga! – Alonso apremiaba a Sátur.
Sátur al igual que su amo, puso el envoltorio encima de la mesa y destapó la tela que cubría un bonito jubón.
- ¡Señora, qué cosa más bonita! – Sátur todo emocionado cogió la prenda y la estrechó contra su pecho - Nunca nadie en la vida me hizo un regalo como éste ¡Bueno, ni cómo éste, ni cómo ninguno! ¡Gracias señora Margarita! Gracias.

Margarita se desprendió de los brazos amorosos de su prometido y fue en busca de Sátur poniéndole una mano en el hombro – Sátur, eres parte de nosotros... No me tienes que dar las gracias por esto ni por cualquier otra cosa que se te haga - con mucha dulzura la muchacha puso un beso en la mejilla del buen hombre. Aquello hizo que Sátur se emocionara aún más.
- Señora, con este beso ha acabao conmigo.

Margarita fue la que intentó que las emociones nos les embargaran porque sabía que les quedaba una tarde llena de ellas - ¡Bueno, aquí ya se acaban las emociones porque me vais a contagiar a mí! y yo soy la novia. De momento no debo de hacerlo, ya tendré tiempo para ello - al decirlo lo miró a él. Al que iba a ser el causante de ellas.
La voz de Alonso se hizo oír - Tía Margarita, ¿a mí no me has hecho nada? – lo dijo con un toque de tristeza.

La muchacha se fue para él – Mi amor, ¡claro que sí! lo que pasa, que lo tuyo lo tengo en casa de Cata ¡Tú y yo nos vamos a arreglar allí! Así, que en cuanto almorcemos, nosotros dos tiramos para allá y no salimos hasta que nos vayamos para la iglesia donde tu padre nos estará esperando.

De nuevo volvió su mirada hacia su prometido que la miraba todo embelesado. Al igual que ella, él sabía que la tarde estaría llenas de emociones pero lo que Margarita no sabía, que también estaría llena de sorpresas.






El arreglo de la novia.

La casa de Cata era un revuelo de prenda por aquí, prenda por allá, voces, exclamaciones, gritos por parte de ella - ¡Murillo! ¡Alonso! ¡Si nos os estáis quietos, os mando a casa con tu padre y que él se la apañe con los dos! – lo gritó mirando a Alonso.

Los dos pequeños se miraron y se sentaron en una silla cada uno. Ya estaban arreglados. De alguna manera era un decir, porque a un niño es muy difícil que se mantenga arreglado por mucho tiempo y más dos tabardillos como eran Alonso y Murillo, aunque éste fuera algo más tranquilo. El pequeño Alonso, se sentía muy orgulloso de la ropita que llevaba puesta. Blusita de la misma tela y color del vestido de la novia y pantalón de color más oscuro. Medias, zapatos... Todo lo que él vestía, iba conjuntado. Parecía un pequeño príncipe.

Catalina volvió a la habitación para que Luisa le diera el último toque a su cabello.
– Cata, yo creo que de alto está bien, ahora te pongo este peinecillo aquí y te queda el recogido muy bonito y elegante.
- ¡A ver que yo lo vea!
Luisa cogió el espejo de mano y se lo puso por detrás.
- Cata no le pongas falta qué está muy bonito – fue Marta quien había hablado y que estaba preciosa con su vestido blanco.

- Si, si está bien ¡Marta ayúdame a vestirme! Luisa tiene que ponerse a peinar a Margarita, que por cierto ¿dónde se ha metido?
La voz de la muchacha no se hizo esperar en contestar – Cata, aquí estoy, sentada en la cama ¡Pues no que estás tú más nerviosa qué yo!
- ¡Ya te diré lo nerviosa qué tú vas a estar! Ya te diré...

Catalina se había levantado para dejar su sitio a Margarita que ya bañada y con su ropa interior puesta, esperaba a que Luisa terminara con Cata. Se sentó en la banqueta y Luisa procedió a peinarla. Mientras, Catalina salió un momento de la habitación seguida de María con la que estuvo hablando y explicándole algo. La muchacha asintió con una sonrisa y bajando la escalera salió de la casa. Catalina volvió a entrar en su habitación e hizo señas a Marta para que la ayudara a vestirse. A su vez, Luisa se ponía de acuerdo con Margarita para el tipo de peinado que podía lucir.

- Margarita, yo creo que te puede quedar muy bonito el pelo flojito recogido atrás con un trenzado abierto, luego, para que no se note mucho la abertura, la cierro con las horquillas procurando que no se vean y queda una trenza ancha y frondosa... Te la adorno con los alfileres de cabecilla blanco... Como tienes muy largo el cabello, te tiene que caer con soltura y verse muy bonito por la espalda.

- ¿Crees que tendrás alfileres bastante? – preguntó la muchacha con cierta duda.
- ¡Tú no te preocupes! que si te faltan alfileres ya te buscaremos algo blanco para completar el adorno – Catalina lo dijo mirando a Marta y haciéndole un guiño.

Luisa estaba esperando a que Margarita se decidiera. Por fin la muchacha asintió y Luisa  comenzó a peinar el cabello de la joven. Cuando lo tuvo peinado, se lo recogió atrás provisional con una cinta. Margarita, en eso echó de menos a María - ¿Dónde está María?
- La he mandado un momento abajo para que le eche un ojo a los niños – dijo Cata terminando de retocarse.

Catalina casi estaba lista. Su vestido de dos piezas en un azul oscuro y de corta manga resaltaba sobre su piel blanca. Se puso alrededor del cuello un adorno, recuerdo de familia en plata, igual que el peinecillo del cabello y para que el vestido no resultara tan sobrio, tenía preparado un chal de maya en tono crudo.

Luisa estaba terminando de cerrar el trenzado de la novia con las horquillas que la propia Margarita le iba entregando. Marta miraba embobada – Margarita, que bonito te ha quedado, verás cuando te ponga los alfileres.

Catalina salió del cuarto y se asomó a la escalera preguntándose en donde se habría metido María. Por fin la puerta se abrió dando paso a la muchacha. Los niños quisieron subir pero Cata los detuvo con un ademán, de nuevo se tuvieron que sentar encogiendo sus hombritos. Luisa, ya le estaba colocando los alfileres de cabecilla blanca entre el trenzado. El cabello de Margarita parecía tener pequeñas y redondas perlitas. María entraba detrás de Cata que sonreía al entrar de nuevo en la habitación. María colocó encima del peinador un pequeño cuenco con un manojo de florecillas blancas.

- ¡Jazmines! – la sorpresa de Margarita emocionó a todas ellas – Pero ¿pero de dónde lo habéis conseguido?
- Esta mañana lo hemos cogido del jardín de la Marquesa. Cómo ya en este tiempo el azahar se ha perdido, pues pensamos en el jazmín y como a ti te gusta tanto, pues creímos que sería un adorno muy bonito para tu pelo, porque ahora te los entremeto con los alfileres, ¡y vas a quedar preciosa!
- Pero si la Marquesa se entera... - la muchacha sentía preocupación mientras sus dedos jugaban con una de aquellas diminutas florecillas. La estancia se había impregnando del olor que desprendían.

- Por la Marquesa no te preocupes... Ella no va a darse cuenta pero de todas maneras si así fuera, creo que no diría nada... La Marquesa parece muy cambiada.
- De verdad que no sé cómo daros las gracias... Yo le tengo encargado un jazmín a la señora Luisa pero aún no ha podido traérmelo. Me encantaría que mi patio oliera a estas flores.
- También vamos a hacer una cosa... En el ramito de margaritas le podemos pinchar algún jazmín que otro con los alfileres y te va a quedar un ramo de lo más bonito...
- ¡Luisa, termina ya que tengo que ir en busca del novio y no me voy hasta verla vestida!
- Un momento Cata, ya voy terminando... Un jazmín más... ¡y listo!

Margarita veía reflejada su imagen en el espejo de la pared y sólo se veía alguna florecilla que otra que Luisa le había incrustado desperdigada en el cabello, pero por detrás no sabía cómo había podido quedar. Luisa cogió el espejo de mano - ¿Lista para verte?

La muchacha asintió con la cabeza. Luisa le puso el espejo por detrás y Margarita comprobó cómo había quedado el peinado que le había hecho - ¡Luisa, qué bonito! ¡Qué bonito me lo has dejado! Es que no sé qué decirte... ¡Qué manos tienes!
- Las mismas que tú cosiendo Margarita, las mismas... Ahora te vendría bien unos pendientes de perlas.

- Luisa, pues eso no podrá ser, no los tengo pero prefiero ir sin ningunos porque los míos, los de margaritas no creo que me vaya.
- ¿Quién ha dicho que no te vas poner unos pendientes de perlas? – Cata se había acercado a ellas y cogiendo una de las manos de Margarita le puso en la palma unos pequeños pendientes de perlitas blancos en forma de lágrimas – Eran de mi madre y yo los llevé el día que me casé... Con esto, ya tienes una de las cosas que debes de llevar, algo prestado y que simboliza la amistad.

- Gracias Cata, son preciosos - Margarita muy emocionada se los puso.
- ¡Margarita, estás hermosa con ellos! Bueno, aunque tú, estás hermosa de todas las maneras - Luisa la miraba con una gran admiración.
- ¡Venga Margarita, a vestirte! - Catalina prácticamente había levantado a la muchacha de la banqueta – María, Marta vosotras me ayudáis a vestirla mientras Luisa prepara el ramo... Voy a por el vestido.
- ¡Ay qué gana tengo de verlo! Vas a estar preciosa ¿No estás nerviosa? – Marta se veía encantada con todo lo que estaba viviendo en aquella tarde.
- Marta, me siento rara... Parece que no me estuviera pasando a mí, es lo único que te puedo decir.

Cata entraba con el vestido en sus brazos y que lo había mantenido guardado antes de que llegaran las muchachas en la habitación de Murillo. Las chicas cuando lo vieron no pudieron dejar de exclamar y alabarlo. María ya le había anudado el corsét a Margarita.

Catalina obligaba a la muchacha a subirse a una banqueta algo más baja que la que usaba para sentarse ante el peinador, pero María detuvo a Margarita – Margarita, espera un momento, te falta algo – al decirlo, le entregó un pequeño envoltorio.
- ¿Esto qué es? – la muchacha no dejaba de estar sorprendida por todo.
- Margarita, ¡ábrelo ya! ¡Qué me veo al novio viniendo por mí! - Cata estaba de lo más nerviosa.

Margarita con mano temblorosa abrió el pequeño envoltorio. Sus ojos se iluminaron. Cogió entre sus manos aquella finas medias en tono blanco, venían con ligas del mismo color y también un trocito de lazo en azul – Pero... pero esto os ha tenido que costar mucho...
- No tanto Margarita. La hemos comprado entre las tres y en la tienda de Rufina, sabiendo que era para ti, nos la ha dejado a buen precio ¿Te gusta? El lacito es para que te lo ates a la liga, como dicen que hay que llevar algo azul porque significa la fidelidad de la pareja, pues ahí lo tienes. Por cierto ¿llevas algo antiguo? – María lo preguntó con una sonrisa.

- Si María, llevo cogido aquí, en la tiranta de la camisola una medallita que perteneció a mi madre cuando ella era una niña - por uno momento sintió una gran congoja, suspiró profundamente y luego volvió su mirada a las medias que tenía entre las manos - Son preciosas, ahora mismo me las pongo, yo que pensaba ir sin medias, porque no me iba a poner unas de algodón corriente pero un vestido de novia sin ellas no es lo mismo.

Se sentó y procedió a ponerse aquellas delicadas medias sujetándolas con las ligas y atándose a una de ellas el lacito azul. Marta, que era la que más preguntaba al fijarse en la ropa interior quiso satisfacer su curiosidad – Margarita, ¿también te has hecho la ropa interior?
- Esta ropa no la estreno. Es una de las últimas que me hice, lo único que he hecho es ponerles unas puntillitas en los bordes. En las otras, también le tengo puesto el mismo adorno pero claro, decidí ponerme la más nueva y lucirla con las puntillitas. Después de lo que he cosido ponerle un adorno, ¡era pan comido!
- ¡Hija! lo tuyo es de alabar... Donde pones las manos haces preciosidades - Marta alucinaba.

Mientras hablaba con Marta, se había subido a la banqueta que le señalaba Cata y entre todas, menos Luisa que seguía con el ramo poniéndole el lazo del mismo tono que el vestido de novia, las amigas la ayudaron a vestirla. Le metieron el vestido por abajo subiéndolo hasta arriba. Fueron ajustándoselo al cuerpo antes de abrocharlo.

- Ya te puedes bajar - Cata le ajustó el talle y comenzó a abrocharle los pequeños corchetes que llevaba en la espalda del vestido - ¡Anda qué lo tuyo! Esta noche, ¡chica tarea tiene Gonzalo desabrochándote el dichoso vestido!

Marta, Luisa, María, las tres, estaban asombradas al verla. No sabían que decir. El vestido era una preciosidad. Sencillo pero de una exquisitez extraordinaria. De escote abierto hasta el principio del seno y cuyas pequeñas mangas, dejaba al descubierto parte de los hombros. El talle ajustado a la cintura terminaba en pico y cuya falda también ajustada a las caderas se abría con gran amplitud y soltura dejando ver la gran caída de la tela. Marta la hizo volverse. El escote por detrás era de corte acentuado dejando ver parte de la espalda aunque por el cabello no quedaba visible del todo. Estaba abotonado con los corchetes que quedaban escondidos dentro de la tela hasta más abajo de la cintura, que igual que en la parte delantera, terminaba en pico pero algo más pronunciado. El largo del vestido terminaba en una corta cola.

- ¡Margarita, si pareces una princesa! ¡Cuándo te vea el maestro! - Marta estaba con la boca abierta.

María y Luisa no sabían que decir. Luisa estaba pendiente de Margarita que no dejaba de acomodarse las tirantas de la camisola para que no se le viera al llevar los hombros descubiertos – Espera Margarita, te voy a poner unos alfileritos para poderte sujetar las tirantas de la camisola con la manguita, así ya no tienes problema que se te vean.

Luisa así lo hizo y los hombros de Margarita quedaban al descubierto pero sin temor que se le vieran las tirantas de la ropa interior.

- ¿Habéis terminado ya? Bueno, para terminar el arreglo falta algo - Catalina estaba toda emocionada, aunque no quería que se le notara para que Margarita a su vez no se contagiara, porque la muchacha estaba intentando contener su propia emoción.
- Cata, las zapatillas las dejé en el cuarto de Murillo.
Catalina no fue al cuarto de Murillo, sino que debajo de su cama sacó un envoltorio y se lo entregó a la muchacha - ¡Qué zapatillas, ni qué zapatillas! Esto es lo que te tienes que poner.

A los ojos de Margarita afloraron unas lágrimas cuando miró a su amiga.
- ¡Margarita, no me mires así que yo no quiero verte llorar! Además, si lo haces ahora, ¿qué vas a dejar pa’ luego?

La muchacha desenvolvió el papel y se encontró con unos preciosos escarpines forrado de la misma tela del vestido y con un lacito en la parte superior del zapato. No pudo evitarlo y se sentó de golpe en la cama llorando toda emocionada. Unas y otras se miraron contagiadas por las lágrimas de la joven.

Catalina se acercó y la atrajo hacia ella – Cariño, yo sé que todo esto te tiene que parecer un sueño pero no llores... Anda, cálmate, que Gonzalo no te vea rastro de llanto y anda, póntelos... ¡Qué ya te contaré los quebraderos de cabeza que me dio los dichosos escarpines! ¡Porque esto!... Esto es un regalo de tu futuro marido. Gonzalo quería que usaras estos zapatos en este día... ¡Pero ya te contaré!

Margarita se secó las lágrimas con el pañuelo que le entregaba Catalina y calmándose se dispuso a ponerse aquellos preciosos escarpines. Cuando los tuvo puestos se levantó. De nuevo fue el centro de todas las miradas de sus amigas.

- Estás perfecta, el vestido tiene el largo que debe. Menos mal que no tomé mal la medida de la cuña de tu zapatilla... ¡Por fin! y ahora ya me voy yo... Margarita nada de llorar ¿vale? Me llevo a los niños ¡Qué no quiero pensar en cómo estarán...!
- No Cata, puedes irte tranquila... No voy a llorar – al decirlo sonrió.

Nada más salir Catalina, las amigas se hicieron un corrillo alrededor de Margarita. Hablando de esto, preguntando aquello... Margarita se sentía abrumada, se sentía como si estuviera flotando en una nube.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Sáb Jul 30, 2016 5:33 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.27




La espera del novio.

Gonzalo iba de un lado a otro...

- Amo, cálmese, que va a gastar las suelas de las botas de tanto paseo – Sátur veía a su amo hecho un manojo de nervios.
- No Sátur, no estoy nervioso ¡Qué voy a estarlo! ¿o si lo estoy? Sátur, que quiero ya terminar con todo esto.

- Pues no creo que la madrina tarde mucho... Amo, déjeme decirle que la camisa le sienta más que bien ¡Es qué tiene una mujer que es un pedazo de costurera!
- Si te dijeras una cosa, quizá te extrañe ¿Te has fijado en el corte? ¿Has tocado le tela de la camisa? Tiene el mismo tacto sutil que la camisa que lleva el héroe, es la misma seda... Creo, que ha sido el destino caprichoso que quisiera que hoy vistiera también con mi otra piel dándome a entender, que una piel no se puede desprender de la otra y que tenía que estar presente el día de mi boda cómo una misma y lo ha hecho... Lo ha hecho a través de esta prenda. No es nada fácil despojarme de mi otro yo, ni siquiera el día que contraigo matrimonio con la mujer que amo

Sátur miraba a su amo todo perplejo – Amo, ¿cómo puede apreciar todo eso qué me dice?... Cuando yo digo que usted aprecia, presiente, siente, lo que para otros nos pasa desapercibío, y en cuánto a despojarse de su otro yo, como que es difícil ¿no cree? Si al menos se hubiese liberado de ese peso contándoselo a su futura, quizá no le importaría que su otro yo, lo acompañara al altar.
- Si Sátur. Sé que he hecho mal no contándole a Margarita mi verdad, pero en estos momentos no quiero pensar si he hecho mal o no... Ya habrá un tiempo para echar fuera de mí y ante ella, este secreto, ahora, en estos momentos, sólo quiero ser inmensamente feliz y hacerla feliz a ella.

La puerta de la calle, entornada cómo siempre se abrió pero no era Catalina, sino Cipri quien entró por ella.

– Buenas ¿Cómo van esos ánimos Gonzalo? – se lo dijo sonriendo y dándole una palmada en la espalda.
- ¿Qué vas a preguntar cómo está mi amo? ¿Es qué no lo ves? Está que no para en un sitio quieto ni un momento.
- Ya lo veo, ya, pero eso es natural... Bueno, yo no creo que ya tarde Catalina, en cuanto ella venga ya voy por la novia, que me imagino que estará preciosa... Tendrás ganas de verla ¿no Gonzalo?
- Deseando verla Cipri, deseando - en su voz se apreciaba una gran emoción.

De nuevo la puerta se abrió y esta vez sí era la madrina quien entraba tirando de los dos niños - ¡¿Pero vosotros os creéis qué se puede ir a una boda de esta forma?!

Catalina pasó al interior de la sala y enseñó a los niños a los que allí se encontraban. Estaban de los más descuidados. Las blusitas fuera del pantalón, el cabello en desorden, las medias algo sucias de haberse tirado al suelo, sobre todo las de Alonso.

Gonzalo puso cara de enojo. Se fue para su hijo y comenzó a reñirle - ¡Alonso, ¿crees qué esto es normal?! ¡Mira cómo estás! – con cierto enfado comenzó a ponerle la ropa en condiciones. Le sacudió las medias, los zapatos, fue en busca de un peine y le repasó el cabello...

Catalina hacía un tanto de lo mismo con su hijo. Hicieron que se sentaran y que no se movieran bajo amenazas. Alonso y Murillo no dejaban de mirarse.

- Pues si todas las bodas son así, ¡qué aburrimiento! – Murillo lo dijo con tono decaído.
- Si al menos estuviera Gabi pero ni siquiera eso... Él me dijo que se iba con su madre para la iglesia y... - Alonso detuvo su comentario y se puso a pensar - ¡Murillo, ¿y si nos vamos para la iglesia?!
- ¡Es una buena idea Alonso! pero ¿crees que nuestros padres nos van dejar?
Alonso le hizo una señal a Murillo y luego dirigió su mirada a Gonzalo – Padre, ¿podemos Murillo y yo irnos para la iglesia?

Catalina se adelantó a Gonzalo - ¡Ni hablar! ¡Vosotros os quedáis ahí, hasta que todos salgamos para ella! y al que yo vea moverse, ¡de la colleja no se libra!
Los chiquillos no tuvieron más que obedecer. Gonzalo decidió que era hora de salir para la iglesia pero Catalina lo detuvo – Espera hombre, cuando repiquen las campanas nos vamos, por cierto, pero qué guapo estás... ¡Si es qué te llevas una mujer...! No te digo que vale su peso en oro porque pesar, cómo que no pesa mucho, y si guapo estás tú, ¡cuando la veas a ella...!

- He soñando tantas veces con este momento, que me imagino lo maravillosa que debe estar...
- No Gonzalo, ¡tú no te lo puedes ni imaginar! La pobre mía, cuando vio los escarpines se me echó a llorar, es que ya los nervios los tiene un poquito de punta.
Cipri hizo una observación – Aquí estamos hablando y todavía Gonzalo no me has dados las alianzas.
- ¡Cipri, qué se me olvidaba! – se fue para la mesa cogiendo la cajita que estaba sobre ella, la abrió y tomando entre sus dedos los dos aros volvió sobre sus pasos y se los entregó a Cipri – Ten, procura guardarlo ¡Que no se te pierdan! - lo dijo con una sonrisa nerviosa.

- No te preocupes hombre, que esto se guarda aquí – Cipri se guardó las alianzas en uno de sus bolsillos de la chaqueta, ya que a diferencia de Gonzalo, él si llevaba chaqueta puesta.
Las campanas de la iglesia de San Felipe daban los toques esperados y seguidamente un repiquetear continuo. Catalina miró a Gonzalo – Gonzalo, ahora si... - y volviéndose a Cipri – Cipri, procura tardar un poquito aunque Margarita quiera salir volando ¡La retienes cómo sea!

Salieron y Sátur fue el que cerró la puerta con las llaves. Cipri se despidió de ellos y se dirigió hacia casa de Catalina. Los demás se dirigieron para la iglesia. Algunos comerciantes ya levantaban sus tenderetes y el barrio a aquella hora de la tarde ya se inundaba de ambiente. Los convecinos no dejaban de mirarlos y comentar entre ellos, sobre todos las mujeres que suspiraban al ver pasar al maestro tan elegante y gallardo como iba.  Ante la puerta de la iglesia esperaba el padre José.

- Buenas tardes padre – Gonzalo ofreció su mano al sacerdote. El padre José apretó con sus dos manos la del maestro afectuosamente - Buenas Gonzalo, y la compañía por supuesto.

Catalina, al igual que Sátur se inclinaron para besar el rosario del sacerdote que pendía del fajín de su túnica. El sacerdote acarició las cabecitas de los pequeños – Hola Alonso, Murillo ¡cómo vais creciendo! ¡Vosotros nos hacéis viejos a los demás! - giró el rostro hacia Gonzalo - ¿Esperas aquí a la novia o la esperas al pie del altar?
La amiga y madrina se adelantó al novio - ¡No! no padre, mejor la esperamos al pie del altar ¿verdad Gonzalo?

Gonzalo sintió el apretón de Catalina al pasarle el brazo por el suyo. Se vio obligado a contestar - Si padre, la esperaré al pie del altar - al decirlo, miró a Cata, con cierta desaprobación. Él hubiera preferido hacerlo allí, en la puerta y entrar con ella, con Margarita.

Los niños fueron a adelantarse y Catalina casi tropieza con su propio hijo - ¡Murillo, qué me tiras! – no pudo contenerse y le sacudió el cabello al chiquillo, luego miró al sacerdote – Perdón padre, pero con estos niños es que sin querer se le va a una las manos.
- Ya veo, ya veo, pero hija mía hay que saber controlarse - el sacerdote mientras amablemente recriminaba la reacción de Catalina entraba en el templo.

El novio y la madrina terminaron de subir los peldaños entrando en el interior de la iglesia. Avanzaron por el pasillo central dirigiéndose hacia el altar. Catalina no pudo dejar de comentar con Gonzalo en voz baja – Desde luego la iglesia ha quedado preciosa... Es que esta Luisa tiene unas manos...

Los primeros bancos estaban ocupados. Alonso y Murillo ya habían encontrado su sitio al lado de Gabi y de su madre. Sátur al verlos se dirigió donde estaban ellos y se sentó junto a Estuarda. Al otro lado del pasillo central, en otros bancos, se habían unidos varios convecinos por curiosidad para presenciar la ceremonia, sobre todo, personas que frecuentemente solían escuchar a esa hora la misa de la tarde, pero por afecto y cariño a Margarita se encontraban Rufina y la señora Luisa que se abanicaban continuamente ya que se sentía mucho el calor dentro del templo. Las dos mujeres no habían abiertos sus puestos aún para estar presente en la ceremonia y ver a la novia. Ante el altar, Gonzalo y Catalina esperaban ansiosos la llegada de Margarita con el padrino.

- Gonzalo, le dije a Cipri que esperara un poco pero ya debían haber venido y lo que me extraña, que ninguna de las tres que he dejado con Margarita no hayan llegado ninguna de ellas.
Ante el comentario de Catalina, Gonzalo se puso más nervioso – Cata, si tarda algo más me voy en busca de ella  – lo dijo con firmeza.
- Gonzalo, contente por Dios ¡No vayas a dar la nota! - hablaban en voz baja, pero Catalina por un momento saltó un poco airada porque sabía que Gonzalo era capaz de hacerlo.

Abanicándose miró a los presentes, al parecer nadie se había percatado de su exclamación. Catalina giró la cabeza para mirar al sacerdote. El hombre en lo alto de la escalinata esperaba con los brazos introducidos en las mangas de la túnica, sonrío afablemente a la mujer. Por fin vieron entrar a Marta y Luisa que venían en dirección a ellos. Se sentaron en unos de los primeros bancos y sonreían arreboladas.




Cuando Margarita y Cipri salieron de la casa se encontraron con un grupo de vecinos. La mayoría mujeres que demostraron su asombro al ver aparecer a la novia. María cerró la puerta y se agachó a recoger el vestido de su amiga para que no rozara el suelo por el pisoteo de la gente comprando en los puestos. Margarita se agarró del brazo de Cipri y junto a María se dirigieron a la iglesia. Aunque había bulla en la calle, la gente dejaba espacio para no entorpecer a la novia y que a su paso, tenía que escuchar algún requiebro que otro, lo que la hacía tener que dar las gracias y a la misma vez azorarse toda.

- ¡Ay Cipri, qué largo se me está haciendo el llegar a la iglesia!- se sentía de lo más nerviosa.
- No te preocupes mujer, es normal que la gente te diga todas esa cosas bonitas, es que estás preciosa ¡Verá cuando te vea Gonzalo!
- Cipri, ni me lo nombres ¡Que soy capaz de dar la vuelta!
- ¿Qué eres capaz de dar la vuelta? ¿Es qué estás arrepentida?
- ¡Claro que no Cipri! Lo que pasa, que todo esto no creí que me sobrepasaría tanto y si tengo todas estas miradas puesta en mí y me siento de lo más nerviosa, dime cuando sienta la mirada de Gonzalo.
- No te preocupes Margarita, que cuando sientas la mirada de Gonzalo verás que te tranquilizas - María al decirlo le puso una mano apretándole el brazo con mucho cariño.

Habían llegado a la iglesia. También había gente allí. Margarita se soltó el vestido con la ayuda de María. La muchacha se lo colocó bien y se lo extendió para que luciera más hermoso. Margarita, dando un suspiro se recogió un poco el vestido por delante para poder subir los peldaños, María la ayudó a hacerlo.

Se detuvieron ante la puerta que daba acceso al interior del templo y de nuevo María le dio otro toque al vestido - ¡Venga Margarita, pa’ dentro! ¡Que mira quién te espera en el altar! – María al decirlo se le notó todo lo emocionada que estaba.

Margarita miró a Cipri y agarrándose muy fuerte a su brazo asintió con los ojos. Con paso lento entraron en el interior del templo, María, detrás de ellos.

Nada más la novia se hizo visible, una música venida de un laúd y de un clarinete hizo sonar una marcha nupcial antigua. Margarita sentía que el corazón se le quería salir del pecho. Según iban avanzando por el pasillo central apreció que todo el templo hasta el altar estaba adornado de flores blancas. No quería llorar, todavía no. Sintió la presión de la mano de Cipri sobre su brazo. Tomó aire e intentó calmarse. Sus ojos se posaron en la figura hermosa y gallarda que la esperaba al pie del sagrario y fue él, quien le dio fuerza para poder contener toda la emoción que la embargaba en aquel momento. Sus ojos le hablaban. Le decían que allí estaba él, esperándola, que se sosegara.

Gonzalo estaba asombrado al verla, era una hermosa visión la que contemplaba. Parecía un ángel envuelto en una aureola de blancura. Sus ojos se humedecieron, pero percibió que ella estaba muy emocionada y sólo él podía hacer que contuviera su emoción. Él mismo se recompuso y contuvo su propia emotividad para darle ánimo a ella para llegar al altar. Con sus ojos le decía que allí estaba él, ¡esperándola! para compartir lo más bello, su unión ante Dios cómo ella quería, porque para él, ya era su mujer.

- ¡Qué linda viene Gonzalo! – Cata estaba de lo más emocionada.
- Si Cata, es un ángel, el más precioso de todos ellos ¡Está hermosísima! ¡Cómo me habéis engañado! Está preciosa con ese vestido ¡Preciosa!
Gonzalo escuchó la voz del sacerdote – Ya la tienes ahí, y estarás orgulloso porque te vas a llevar una esposa muy bella.
- Si padre, muy bella y una gran mujer - lo dijo sin perder de vista a la que ya estaba a punto de llegar junto a él. ¡Allí la tenía! En ningún momento sus ojos dejaron de perderse.

Cipri la entregó a Gonzalo. Éste, tomó la mano de ella sin dejar de mirarla y la situó a su izquierda - Estás preciosa, ¡preciosa! - su voz contenía toda la exaltación que albergaba su corazón.
La muchacha le sonrió nerviosa – Tú... tú tampoco estás nada mal... Estás... estás muy guapo.

El cambio de los padrinos se produjo en aquel instante. Catalina se situó al lado de Margarita y Cipri se colocó al lado de Gonzalo. Hasta aquel momento la música no había dejado de sonar, en aquel instante la iglesia quedó en el más completo silencio. María, antes de ir a sentarse al lado de Marta y Luisa acomodó el vestido de la joven. En los bancos, todos hablaban bajito, emocionados a ver llegar a la novia. Alonso no salía de su asombro al ver a su tía.

- ¡Qué guapa está! ¡Qué guapa! - sus picarones ojitos brillaban y reían a la misma vez.




La ceremonia.

En el altar, el padre José comenzaba su homilía – Antes que nada, quiero daros las gracias a los que hoy os habéis reunidos aquí para acompañar a Gonzalo y a Margarita en el día en que su amor va a hacer bendecido por el Santo Sacramento del Matrimonio. Voy a intentar de no ser muy cargante, sobre todo por los novios y más por esta linda novia que la veo que está algo nerviosa y emocionada, por eso voy a ser benévolo y vamos a ir al asunto por lo que todos estamos reunidos aquí... Gonzalo y Margarita, sé, que hasta llegar aquí, habéis tenido que vencer muchos obstáculos. Os conozco desde niños, más a ti Gonzalo, sé, todo lo que has tenido que luchar y todo lo que has tenido que vencer... Eres un buen hombre y un buen padre y sé también que serás un buen esposo para Margarita.

El sacerdote giró sus ojos hacia la muchacha – Margarita, aunque te fuiste de la Villa casi siendo una niña, antes de marcharte te conocí lo suficiente para saber que te convertirías en una mujer que sería capaz de luchar por lo que querías. Esa rebeldía que dabas a demostrar, daba a entender también que no iba a ser fácil que la vida te hundiera y lo demostraste al volver después de algunos años fuera de la Villa... Has luchado y desvivido por quienes has querido sin preocuparte de lo que pudieran pensar o decir. Tu amor de niña es el mismo que tu amor de mujer. Eres fiel en tus sentimientos y sé que serás una buena esposa para Gonzalo.

Mientras el sacerdote se dedicaba a dirigirles palabras hermosas, Gonzalo y Margarita se miraban. ¡Decían tanto sus ojos! La joven a veces buscaba la mano de él y Gonzalo la estrechaba. La muchacha necesitaba sentir su fuerza para que la emoción que golpeaba su pecho no la traicionara. Estaban tan absortos mirándose que no se dieron cuenta que el padre José se dirigía a ellos para la parte principal de la ceremonia. Fue Cipri quien dando con su codo al brazo de su amigo le advirtió. Gonzalo levantó algo apurado su mirada al sacerdote.

- Ya veo que nada más tiene ojos para ella, no te sientas apurado hijo, es lógico. Bueno, llegamos hijos míos a la parte que más os concierne y que estáis deseando oír... Margarita Hernando, ¿tomas por esposo a Gonzalo de Montalvo cómo tu legitimo esposo para amarlo, consolarlo, honrarlo y respetarlo, compartiendo todo lo que la vida te ponga por delante para ofrecerle tus esperanzas y sueños, tus logros y decepciones junto a él, desde este día en adelante?

Margarita, alzó la mirada a quien por su corazón latía con fuerza antes de contestar, sus ojos estaban llenos de emoción y algunas lágrimas intentaban aflorar a ellos. La mirada de él sujetó esas lágrimas. La muchacha contestó al sacerdote sin quitar sus ojos del que iba a ser su esposo – Si padre, lo tomo por esposo.

El sacerdote se dirigió a Gonzalo que de nuevo sintió la mano de ella. Gonzalo se la volvió a estrechar con fuerza.

- Gonzalo de Montalvo, ¿tomas por esposa a Margarita Hernando cómo tu legítima esposa para amarla, consolarla, honrarla y respetarla, compartiendo todo la que la vida te ponga por delante para ofrecerle tus esperanzas y sueños, tus logros y decepciones junto a ella, desde este día en adelante?

Gonzalo sintió un nudo en su garganta al escuchar las palabras del sacerdote, miró a la muchacha que había levantado su mirada para buscar la de él. Al contestar, sintió que la emoción lo ahogaba – Si padre, la tomo por esposa.

Todos los invitados a la boda como los que se habían congregados a contemplar la ceremonia, mantenían un silencio expectante. Tan sólo era roto por algún ruido producido por el monaguillo encendiendo las luminarias que colgaban de las diferentes paredes de la iglesia y que por la poca claridad que ya entraban por las vidrieras de colores, se veía obligado a dar más luz al templo, o los niños, que ya cansados, de vez en cuando se escuchaban hablar o reír pero alguna colleja que otra que se escapaba de la mano de Sátur, los volvía a mantener callados y quietos. De nuevo la voz del sacerdote se alzó ante los presentes.

– Al reunirnos hoy para celebrar el matrimonio de esta pareja enamorada, pedimos las bendiciones sobre los anillos y también, que su matrimonio sea bendecido con paz, amor y felicidad en todos los momentos de sus vidas juntos.

Catalina miraba de soslayo a Margarita, veía que la muchacha se pasaba la mano por la frente. Abrió el abanico y comenzó a echarle aire con él. Temía que entre el calor y la emoción pudiera sufrir un desmayo. El padre José pidió los anillos. Gonzalo miró a Cipri, éste, con cierta rapidez sacó los aros de su bolsillo entregándoselos al sacerdote. El padre José bendiciendo las alianzas le entregó a Gonzalo el aro que correspondía a la novia.

Gonzalo tomó la mano de Margarita y mientras deslizaba la alianza en el dedo de ella, dijo unas palabras pero sin dejar de mirarla – Con este anillo, yo te desposo y te lo ofrezco cómo símbolo de nuestro amor, por siempre y para siempre, para toda la eternidad.

Margarita sintió que la emoción volvía a ella apretándole la garganta al escuchar las últimas palabras de él. Eran las que llevaban los anillos inscrito por dentro. Margarita entregando su ramo por un momento a Catalina, tomó la alianza de Gonzalo que el sacerdote le ofrecía con una sonrisa.

Mirando los hermosos ojos color miel y procurando que su voz se escuchara lo más serena posible, siguió con el ritual pronunciando las mismas palabras de Gonzalo al deslizar la alianza por el dedo anular de él – Con este anillo, yo te desposo y te lo ofrezco cómo símbolo de nuestro amor, por siempre y para siempre, para toda la eternidad.

El sacerdote prosiguió con la última parte de la ceremonia – Con el poder que me da la Santa Madre Iglesia y nuestro Padre y Señor Jesucristo, yo os declaro marido y mujer. Deseo que viváis juntos en la alegría y en la paz todos los días de vuestras vidas - el padre José miró a Gonzalo – Gonzalo, ya puedes besar a la novia – el sacerdote le sonrió a decirlo.

Gonzalo tomó el rostro de Margarita entre sus manos e inclinándose la besó dulcemente. Los labios de ella temblaban por la emoción, luego, se volvió hacia el sacerdote. El padre José abriendo los brazos sólo tuvo que decir – La ceremonia a terminado pero antes de abrazos, felicitaciones, etc... pasad por aquí que tenéis que firmar. Aparte de los novios, claro y los padrinos, necesito dos testigos.

Gonzalo se volvió y le hizo una señal a Sátur. Éste, se levantó y llamó la atención de Estuarda que estaba riñendo a Gabi. Los dos se levantaron y fueron hasta donde se encontraban los novios y padrinos acompañados del señor cura. Subieron los peldaños que les separaban del altar mayor siguiendo al sacerdote. Gonzalo y Catalina ayudaron a Margarita a recogerse un poco el vestido . Llegaron ante una mesa de piedra donde estaba preparado el libro de registro junto a un tintero y pluma. El padre José tomó la pluma y la humedeció en la tinta entregándosela a Gonzalo.

Gonzalo la tomó e inclinándose expuso su firma, luego, volviéndose a la que ya era su esposa se la entregó sin faltarle la sonrisa. Margarita tomó entre sus dedos aquella pluma y dejando el ramo sobre el mármol se dispuso a dejar constancia, que ya era una mujer casada. Luego, lo hicieron los demás mientras los dos recién casados se tomaron de las manos sin dejar de mirarse. Cuando terminaron todos de firmar, el sacerdote se dirigió a los recién casados afectuosamente.

- Muchachos, espero de corazón que seáis muy felices, os lo merecéis y tú Gonzalo que no me la abandones mucho... Dejas los libros en la escuela y en la casa, te dedicas a tu esposa. Decirte, que espero verte por aquí más a menudo sería caso perdido ¿no?
Gonzalo se sintió bastante comprometido ante el comentario del sacerdote – Padre, por favor, no me ponga en un aprieto - lo dijo con cierta sonrisa.
- No hombre, no te lo voy a poner y más hoy. Anda, ve... Ve con tu esposa, que vuestros amigos estarán deseando felicitaros, pero si un día necesitas de algún consejo o simplemente tengas dudas sobre algo, nada más tiene que pasarte por aquí... Este viejo sacerdote sabrá escucharte.

- Gracias padre, así lo haré - Gonzalo estaba un poco contrariado por la forma en que el sacerdote lo dijo. Para ser cortes ante las palabras del buen hombre le hizo una invitación – Padre, si tiene un momento puede pasarse por la taberna de Cipri y compartir algún vino con todos nosotros.
- No sé si podré hacerlo, tengo que visitar a un enfermo pero si al regreso os encontráis todavía allí, te acepto esa invitación pero no te aseguro nada ya que no sé que me puedo encontrar cuando vaya a casa de este hombre.

Se despidieron del sacerdote y bajando la escalinata se produjo un encuentro lleno de felicitaciones por parte de todos los que allí esperaban.

Los abrazos, los besos, las lágrimas se sucedían según iban pasando de unos a otros. Todos se veían felices y emocionados al contemplar a los novios. Sátur se acercó a su amo. En sus ojos estaban a punto de aflorar las lágrimas.

– Amo, que no sé qué decirle ¡Qué le deseo toda la felicidad del mundo! ¡De veras!
- Sátur déjate de palabras y ¡dame un abrazo amigo! – los dos se abrazaron con una gran alegría llena de emoción.

Margarita estaba que irradiaba felicidad pero la emoción la contenía porque no quería dar un espectáculo, pero quería llorar y llorar... Estaba acumulando mucha emoción dentro de ella y sentía un gran apretamiento en su pecho. Nunca pensó que podía llegar a sentir tanto en aquel momento. Ya era la esposa de Gonzalo de Montalvo, el hombre de su vida y creía que vivía un sueño. Ni siquiera los abrazos de sus amigas, de Cata, que cuando se abrazó a ella, se echó a llorar y fue ella quien tuvo que calmarla, nada de eso, le hacía pensar que estaba viviendo una realidad, sino que era un sueño y del que iba a despertar de un momento a otro.

Notó que le tiraban del vestido. Buscó entre el corrillo que se había formado alrededor de ella y vio que era Alonso, de alguna forma su niño le quería llamar su atención. Esta vez no intentó controlar las lágrimas que afloraban a sus ojos. Se agachó sin importar que el vestido pudiera mancharse y se abrazó a su niño, porque Alonso siempre sería su niño - Mi vida, ¡qué no te echaba cuenta ¿no?!

- Tía Margarita, ¡qué guapa estás! Tía, es que ¡pareces una princesa! – el niño lo decía todo emocionado.
- Mi vida... - lo abrazó contra su pecho sintiendo el cariño del pequeño en ella. Una voz llena de ternura y de felicidad se escuchó tras ellos.
- ¿Puedo compartir ese abrazo? – Gonzalo los miraba desde su altura con los ojos vidriosos por la emoción contenida.
Margarita apartó a Alonso de ella pero no lo soltó e incorporándose levantó su mirada hacia su esposo – Claro que te dejamos compartir nuestro abrazo ¿Verdad Alonso qué dejamos que tu padre lo haga?
- ¡Claro que sí tía Margarita!

Gonzalo cogió a su hijo en brazos. Sujetando al niño con uno de sus fuertes brazos, con el otro, abarcó a su esposa atrayéndola y apretándola contra él besando aquel cabello que desprendía un aroma embriagador - Sois lo que más amo en este mundo.
- Y nosotros Gonzalo. Tu hijo y yo, ¡te amamos intensamente! - la muchacha lo miraba llena de amor.
- ¡Claro padre! Tía Margarita y yo, ¡te queremos muchísimo! – Alonso se abrazó al cuello de su padre.
Gonzalo de Montalvo se sintió el hombre más afortunado, el más dichoso - ¡Os adoro a los dos! – diciendo esto, abrazó a su hijo y a su esposa con una gran emoción y todo el amor que sentía.




A la salida de la iglesia, esperaban Rufina y la señora Luisa. Cuando terminó la ceremonia decidieron salirse y dejar a los novios solos con sus amigos. En aquel momento al verlas allí en la puerta esperando, Margarita sintió una gran alegría y desprendiéndose del brazo del que ya era su marido se acercó a ellas.

- ¡Rufina! ¡señora Luisa ¡Cuánta alegría me da verlas aquí!
- Muchacha, no podíamos dejar pasar sin verte y decirte ¡qué estás preciosa! ¿Verdad Luisa?
- Si Rufina, está preciosa... Margarita, queremos que sepas, que te deseamos toda la felicidad del mundo y que cuando vayas al mercao, te pases por nuestros puestos y nos alegre con tu presencia, ¡aunque no nos compres na’!

- ¡Claro que sí, pero siempre tendré algo que comprarles! A usted Rufina, más de un botón seguro, y a usted señora Luisa, alguna macetilla que otra también y que conste, que está pendiente ese jazmín que le encargué.
Las dos mujeres se miraron con una sonrisa llena de picardía que no pasó inadvertida para la muchacha - ¿Y esa sonrisa?
- Esa sonrisa se debe, a que Rufina y la señora Luisa observan, que ese jazmín que tanto deseas, de alguna manera lo tienes contigo y que florece entre tu hermoso cabello - Gonzalo, se acercaba en el momento que escuchaba a la muchacha hacerles la pregunta a las dos mujeres – Tus cabellos, en estos momento es un jardín en flor ¿Me equivoco señora Luisa?

- Para na’ se equivoca maestro... Su esposa luce esos jazmines en sus cabellos como si florecieran en el más hermoso jardín, que por cierto, ¿cómo lo has conseguido Margarita?
- Me lo han conseguido mis amigas... Son de los jardines de la Marquesa - lo dijo en voz baja, temiendo que aparte de ellos alguien se enterara.
- Margarita, quería decirte que Luisa ha sido quien se ha encargado de arreglar la iglesia, aparte de que las flores casi me la ha regalado - dijo Gonzalo alabando el detalle de la buena mujer.

- Pero señora Luisa, ¡que la cosa está muy mala para ir regalando!... Que usted y su marido se tienen que levantar muy temprano para ganarse unos maravedíes.
- De to’ se sale Margarita y yo quería tener ese gusto contigo y por supuesto con usted maestro  – la mujer dirigió su mirada hacia Gonzalo que con la suya, le dijo algo más que el agradecimiento que sentía.

En aquel momento llegó Cipri – Gonzalo, que nos vamos para la taberna.
- Ya vamos Cipri  - Gonzalo se dirigió a las dos mujeres – Sé, que tendrán que abrir sus puestos pero si luego se quieren acercar a tomar algo, estaríamos encantados que lo hicieran.
- ¡Díganos qué si! ¡Qué van a ir a celebrar con nosotros nuestra felicidad! – Margarita les cogió las manos a las dos mujeres con gran cariño.

Las dos mujeres se miraron y asintieron gustosas a la invitación. Los dos recién casados se despidieron de ellas y se unieron a sus amigos para festejar en la taberna de Cipri, la dicha que los envolvía.

Continuará...
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Mari carmen

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Fecha de inscripción : 25/11/2015

MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Dom Jul 31, 2016 9:15 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.28

El padrino, a pesar de la situación en que se vivía en la Villa por la presión de las subidas de los impuestos y que hacían, que una minoría podría tener la posibilidad de que apretándose lograrían tener una vida más llevadera, aquel día no decidió apretarse el cinturón y no escatimó en nada para celebrar la boda de sus amigos.

Con la ayuda de Catalina había preparado un cordero asado y algunas otras viandas. Aquella tarde había cerrado al público para dedicarse plenamente a sus amigos y disfrutar de la fiesta. Habían preparados algunas mesas juntas para así todos gozar de la compañía mutua. Se sentía, se aspiraba la felicidad de todos. Compartieron risas, emociones... Aquella tarde en la taberna de Cipriano, una taberna de barrio humilde, se respiraba algo más que el olor de un vino cualquiera, se respiraba amor, el de los novios y el de los amigos.

Algo más tarde, se habían acercado por un ratito a la taberna, Rufina y Luisa, con las que Margarita no dejaba de hablar y contar sus impresiones de la boda y como se sintió cuando vio toda la iglesia llena de flores. Rufina le alababa el vestido y Margarita no dejaba de dar vueltas sobre sí misma abriendo el vuelo de él para que lo contemplaran mucho mejor. Su marido no perdía cada movimiento que hacía ella. Sonrío al ver como se levantaba el vestido y le enseñaba los escarpines. Cuando señaló hacia él, como diciéndoles quien se los había regalado, se encontró con sus ojos y eso hizo que se ruborizara, cosa que a Gonzalo le emocionó y le causó la misma ternura de siempre.




La tarde ya iba quedando atrás para dejar paso a una noche algo liviana y llena de ensueño, sobre todo para los enamorados que compartían su dicha con sus amigos. Los novios no dejaban de mirarse y con lo que no podían decirse con los labios se lo decían con sus miradas. Deseaban quedarse a solas. Todavía no habían tenido ni siquiera la oportunidad de hacerlo y lo deseaban con todas sus fuerzas.

Catalina le hizo señas a Margarita. La muchacha se levantó y fue a donde estaba ella. Las dos se apartaron de la vista de los demás.

- Margarita, creo que ya es hora que vayan a hacerte la cama, que en cualquier momento dice tu marido... ¡Ay Margarita, qué raro se me hace decir tu marido! ¡Es qué me parece mentira cariño!
- Y a mí, Cata, y a mí... ¡Mi marido!
Al decirlo, Catalina apreció con el orgullo que lo dijo – Bueno, a lo que te iba diciendo, que en cualquier momento dice tu marido de marcharos, así, que le voy a decir a María y a Luisa, que vayan a mi casa por las sábanas y que te vistan la cama.
- Si, pienso que sí, que será mejor... No se te olvide decirles que cojan el camisón.

- El camisón, pero mi vida ¿tú crees que te va a dar lugar de ponerte el camisón?
Margarita por un momento se sintió azorada – Tienes razón Cata, a veces no pienso las cosas...
- Pero Margarita, mujer ¿todavía te pones colorá? Ya sabes lo que es eso, ya tuviste una noche con Gonzalo y según lo que tú me contaste, fue lo más maravilloso que te había pasado en la vida, que nunca habías una conocido una cosa así y que te trató con tacto, con amor...
- Fue lo más hermoso que había vivido pero Cata, no por eso dejo de sentir un poco de vergüenza.

- Vergüenza, vergüenza... Nada más que te de un par de besos a solas, ¡verá la vergüenza a dónde va ir! Anda, anda... Bueno, vete para la mesa, que yo voy a llamar a estas dos, que veremos cuando mañana se tengan que levantar temprano estas tres para ir a Palacio...
Margarita se iba a retirar pero de nuevo la voz de Catalina la hizo detenerse – Margarita, yo quería decirte, que no he podido hacerte un regalo como te mereces... Tú sabes...

Margarita no la dejó terminar – Cata, calla... ¿Y esto no es un regalo? Esto que tú y Cipri nos habéis preparado es el mejor regalo que nos habéis podido hacer. Nunca te lo agradeceré bastante, ¡y qué no te oiga decir Gonzalo eso! porque se va a enfadar de verdad - acarició el rostro de su amiga y puso un beso en su mejilla - Cata, me has regalado mucho ¡No sabes lo qué es para mí tenerte a mi lado en estos momentos! Me entiendes ¿verdad? Aparte de Gonzalo y Alonso, sólo te tengo a ti, a vosotros... Todos vosotros sois la familia que no tengo, que me falta... - se le humedecieron los ojos.

- ¡No cariño! No te entristezca ¡y todo ha sido por mi culpa!
- No Cata, ¡no te culpes! Es que... Bueno, hoy es un día de mucha emoción y la verdad es que no las he dejado salir todo lo que yo quisiera ¡pero ya está! ¡Ya no hay lágrimas! - se pasó la mano por sus ojos y la cara – Y no me entretengas más, te mando a María y a Luisa...




Sátur pudo tener un momento a solas con su amo – Amo, ¡qué feliz lo veo! Su cara lo dice to’ y yo sólo de verlo, también siento esa felicidad.
- Sátur gracias por sentir esa felicidad, y cómo no sentirme feliz, si ella, llena mi vida. La veo tan linda envuelta en ese vestido... A veces, la siento, la veo tan niña aún, es como si el tiempo no hubiera pasado...
- Amo, quería decirle, que yo le tengo un regalo pero se lo doy mañana, no es plan que se lo de aquí... Es lo que pretendía regalarle para su cumpleaños el año pasado cuando fuimos a Valderrobledo y nos encontramos con lo que nos encontramos, pues he conseguido esa funda de novillo...

- Sátur, no te tenías que haber molestado. Tampoco tú, estás muy boyante...
- Amo, ¡me ofende!... Es broma amo pero yo tenía que hacerle ese regalo.
- Gracias Sátur, gracias – Gonzalo le apretó el hombro afectuosamente.
- Lo malo que dentro de na’ es su cumpleaños y ahora no sé que regalarle.
- Nada Sátur, nada... Con tenerte cómo amigo, ese es mi mejor regalo – luego, le preguntó con cierta curiosidad y picardía – Y esta noche... ¿dónde la pasas?

- Pues no se lo va a creer amo, porque yo sé por dónde va usted pero no, ¡hoy no! Esta noche no voy a llevar “mi soldadito al frente”... Estuarda, me ha dicho que me puedo ir a su casa, que puedo dormir con Gabi y yo amo, prefiero dormir junto a mi hijo.
- ¡Bien hecho Sátur! Eso habla mucho de la clase de hombre que eres... Para un padre no hay tiempo suficiente para estar junto a su hijo, que por cierto no veo a los niños...
- No se preocupe, están en la calle jugando, ellos no pueden estar quietos y sentaos por mucho tiempo.

En ese momento entraban María y Luisa, sus rostros demostraban una gran satisfacción. Se sentaron junto a las mujeres que habían vuelto a hacer un corrillo entre ellas. Cipri que había subido de la bodega llamó a Catalina, ésta, se levantó y fue tras él. Sátur y Gonzalo se miraron. Por un momento los ojos de Gonzalo tuvieron una sombra de tristeza, pero sólo fue un momento.

Estuarda se había acercado a donde estaba Sátur sentado junto a Gonzalo. La mujer había cambiado mucho desde que trabajaba con la condesa de Vallarta. Se arreglaba con recato. Su rostro estaba limpio de pintura y su cabello como lo llevaba en aquel momento, con un recogido atrás en la nuca pero dejando caer unos bucles, le daba un aspecto más juvenil.

- Sátur, yo no me quiero ir muy tarde porque el niño tiene que levantarse temprano para el colegio... Date cuenta que a mí me gusta dejarlo preparao antes de irme al trabajo.
- Estuarda, ¡no te preocupes por eso mujer! ¿No voy a estar yo allí? ya me encargo yo de eso, ¡así qué no tengas tanta prisa!
- ¿Quién habla de tener prisa? – Catalina entraba con una tarta que depositó encima de la mesa.

Las muchachas dejaron el corrillo y salieron a prisa para ver el trabajo que había hecho la madrina. La exclamación de Margarita no se hizo esperar - ¡Cata, una tarta de boda!
- Margarita, una tarta nupcial no puede faltar en una boda y vuestra boda no iba a ser menos.
- Pero ¿de dónde has sacado los ingredientes? porque el chocolate...
- Margarita, ¿tú me preguntas de dónde he sacado los ingredientes?
- No Cata, no hace falta que te pregunte... Me imagino de donde los has sacado.

Los niños desde la calle escucharon la palabra tarta y entraron como una tromba.

- ¡Qué tarta! ¡Qué rica! – Murillo fue a meter el dedo pero se encontró con un cate de la madre - ¡Murillo, ni lo intentes! ¡Ahora mismo te sientas ahí, qué ya te lo pongo en un plato y vosotros dos lo mismo! Para el que no se porte bien, que sepa, ¡que no hay tarta! ¡Bueno con los novios! ¿Qué pasa con vosotros? ¿Qué no pensáis cortar la tarta?
Sonriendo, Gonzalo se levantó y se acercó a su esposa. Cipri llegaba con un cuchillo y platos - Tened cuidao, no vayáis a cortaros.
Gonzalo miró a Margarita sonriendo - ¿Por dónde cortamos, por tu nombre o por el mío?
- Para que ningunos nos enfademos, procuremos cortar por los dos.

Gonzalo tomó el cuchillo de encima de la mesa y esperó que Margarita pusiera su mano encima de la de él, luego, hizo un triangulo de forma que cogiera parte de los dos nombres con el consiguiente aplauso de los presentes. Puso la porción de tarta en un plato y le entregó el cuchillo a Cipri – Ahora sigues cortando tú...
Gonzalo tomó el plato y una cuchara, cogiendo un trocito de tarta se la dio a probar a su esposa - ¡Ummm! ¡Está riquísima!

Sin que ella se percatara, con su dedo tomó un poquito de merengue y antes que su esposa pudiera evitarlo, se lo puso en la punta de la nariz.

- ¡Gonzalo, qué me pringas!
Gonzalo, enseguida cogió una servilleta y tomando la barbilla de la muchacha le limpió la nariz de merengue. Fue en ese momento, en el que todos estaban pendientes de la tarta, le dijo lo que todavía a solas no había podido hacer - Te amo Margarita y ¡me siento tan orgulloso de ser tu esposo! - lo dijo sólo para ella y para él.
Casi fue un susurro la voz de ella - Yo también te amo Gonzalo y también, estoy dichosa y llena de orgullo de ser tu esposa, tu mujer...

La voz de Catalina volvió a sobre salir rompiendo la magia de los dos enamorados  - Y hay algo que tampoco puede faltar en una boda, ¡el brindis final!
- ¡No Cata! ¡Yo más vino no! Sabes que no me gusta y si he bebido algo es para no haceros el feo pero no sería capaz de seguir tomando – Margarita negó con la cabeza.
- ¡Mira ésta! El brindis final no se hace con un vino cualquiera, Cipri... - hizo una señal al dueño de la taberna y dueño de su corazón y éste, sacó de detrás de un barril una botella del más exquisito vino francés.

A Margarita, sus ojos se le agrandaron mucho más al ver aquella botella – Cata, no me digas...
- Si Margarita, si te digo... La Marquesa no va a echar de menos una botella entre tantas que tiene en su bodega.
La joven esposa se sentó – Hoy, hoy habéis desvalijao a Lucrecia en todos los sentidos... Flores, ingredientes para la tarta y para ultimar, ¡vino francés! ¡Estáis locas!

Cipri había descorchado la botella y se dispuso a llenar los vasos de barro de aquel líquido dorado y suave.

- ¡Hombre, lo suyo hubiera sido unas copas de cristal! pero hasta ahí, como que no - dijo Catalina con cierto fastidio.
- Por ella se la hubiera traído Margarita, menos mal que la pudimos convencer – Marta al hablar lo hizo con un bostezo, la muchacha no estaba acostumbrada a estar a aquellas horas despierta por lo que acusaba el cansancio.
Catalina cogió un vaso y se lo llevó a Margarita – ¡Venga Margarita, el último brindis de esta noche!
- Cata, ¡qué no! - lo apartó con su mano.
- ¡Venga muchacha!... Sólo mojas los labios y nada más ¡pero brindas mujer que es tu boda!
- Está bien, pero sólo eso.

- ¿Nosotros no podemos brindar? - preguntó Alonso con el deseo que así fuera.
- Vosotros sois unos mocosos, esto es sólo para mayores.
Cata se dispuso a alzar su vaso pero la voz de Luisa la detuvo – Espera Cata ¿Quién dice que el brindis es sólo para mayores? Los niños brindan con agua ¿Verdad qué lo queréis hacer con agua?

Los tres al unísono dijeron que si. La propia Luisa echó de una jarra, agua a tres vasos y se los puso delante a cada uno – ¡Ahora sí, ya podemos brindar todos!
De nuevo Catalina alzó su vaso – ¡Brindemos por los novios y por su felicidad! Estamos seguro que siempre irá con vosotros... Por ti Margarita, por ti Gonzalo.

Chocaron sus vasos de barro como si del mejor cristal se tratara. El brindis estaba hecho. La felicidad irradiaba en los novios que después de tomar algo de aquel suave líquido, se besaron delante de los presentes lo que hizo, que todos los jalearan y aplaudieran y sobre todo, para que los pequeños saltaran de júbilo al verlos hacer.




Habían salido ya de la taberna. Cipri cerró la puerta. Margarita se volvió a sus amigas - Bueno, llegó el momento de tirar el ramo, así que los hombres os retiráis y vosotras juntaron y a ver a quien le toca.
Los hombres se hicieron a un lado. Cuando ya Margarita las vio unas junto a otras., Catalina al ser la más alta de todas se fue a la parte de atrás con María, dejando a Marta con Luisa y Estuarda delante de ellas, Margarita se volvió y avanzó unos pasos, giró su cabeza – Lo lanzo ¿vale?

Todas contestaron al unísono que sí. La joven tomó impulso haciendo ver que lanzaba el ramo y todas levantaron sus brazos, pero no cogieron nada porque nada voló por el aire.  Margarita reía al ver que se había quedado con sus amigas.

- ¡Margarita, venga ya mujer! ¡No nos haga esto! ¡Suelta el ramo ya de una vez!

Todas apremiaban a Margarita y ella no dejaba de reír nerviosa. Gonzalo la observaba, sentía el nerviosismo de ella. ¡La veía tan hermosa! El cabello en desorden, de donde ya se habían desprendidos algunas florecillas, el vestido arrugado, una tiranta de su ropa interior se dejaba ver, pero nada de eso le restaba belleza, al contrario...

- Está bien, ahora lo hago en serio – la muchacha reía al decirlo. Se puso de nuevo de espaldas a ellas y entre risa hizo escuchar su voz – ¡Lo tiro a la que hace tres! ¡Venga, ahí va! ¡Una! ¡dos! ¡y tres!

Según iba contando, tomó de nuevo impulso y levantando sus brazos por encima de su cabeza arrojó el ramo. Al instante de hacerlo se volvió para darle tiempo de ver que el ramo caía en manos de Catalina. Sintió una gran emoción de saber que su ramo de novia fuera a parar a manos de ella.

- ¡Cata, te ha tocado a ti! Ya sabes lo que quiere decir eso - había ido acercándose al grupo. Catalina se la veía muy emocionada
- ¡Ay Margarita! ¿De qué me va a servir a mí este ramo tan precioso? si yo, ya estoy casada aunque no sepa nada de mi marido.
- Cata, nadie sabe lo que puede pasar en esta vida... Yo sé que este ramo te va a traer suerte, ¿verdad muchachas?

Todas animaron a Catalina, ésta, abrazó a Margarita – Gracias cariño, ¡y claro qué me va a traer suerte!
Con la emoción en sus ojos, Margarita se volvió a las demás amigas - Bueno, y para que ninguna de vosotras os vayáis de vacío, aquí os dejo esto para cada una, un jazmín pinchado en un alfiler - se los fue quitando de su cabello y le entregó uno a cada una de ellas.

Cipri, se acercó a aquel corrillo de mujeres hermosas dejando a Gonzalo y a Sátur por un momento a solas, de nuevo los ojos de los dos hombres se encontraron.

Cata escuchó la voz de Cipri – Catalina, es tarde y estas tres preciosidades se tienen que levantar temprano al igual que tú. Acompañamos todos a Gonzalo y Margarita a su casa y luego nosotros “escoltamos” con Sátur y Estuarda a estas mozas. Por la hora que es, no convienen que anden solas por estas calles.

Así lo hicieron, echaron a andar en dirección a la casa de los recién casados. Gonzalo le pasó el brazo a su esposa por el hombro apretándola contra él. Ella se detuvo un momento – Espera, ya no puedo más... - se descalzó y cogiendo los escarpines inició de nuevo la marcha junto a su marido. Los niños iban delante saltando, brincando,  riendo, eran incansables. Hablando animadamente llegaron a casa del maestro.

Con abrazos y besos se despidieron de los novios. Catalina llamó a parte a Margarita - Cariño, ¿quieres qué entre y te ayude a quitarte el vestido?
- Gracias Cata pero no... No hace falta de verdad, vete tranquila, todo va a estar bien - se abrazó a su amiga – Gracias por todo Cata, gracias.

Luisa llamó la atención de Margarita para decirle la forma más cómoda de ir desasiendo su peinado, cosa que aprovechó Catalina para tener un momento a solas con Gonzalo.

- Gonzalo, creo que no hace falta que te diga esto, pero ten tacto con ella. Lleva acumulado mucha emoción que no ha podido echar pa’ fuera y ahora cuando entre en la casa ¡ya me dirás! También está lo otro, ya sabes que no deja atrás esa cortedad tan suya ¡Vamos que para ella es cómo si esta noche fuera su primera vez!

Gonzalo sonreía ante la preocupación de Catalina – No te preocupes Cata, todo lo que me dices lo sé... Conozco a Margarita como la palma de mi mano pero es tanto lo que la amo, que no haría nada que la incomodara.
La muchacha se acercaba a ellos. Catalina cambió de conversación – No te preocupes Gonzalo, que Alonso no es la primera vez que se queda a dormir y poniéndome a pensar... Mañana bien podías abrir la escuela un poquito más tarde, ¿no crees?

- Ya veré Cata y anda, marchaos que ya es tarde - Gonzalo llamó a su hijo. Alonso llegó corriendo. Gonzalo se inclinó - ¿No le das un beso a tu padre y a tía Margarita?
- ¡Claro padre! ¿Creíais qué me iba a ir sin hacerlo? – se abrazó a su padre y puso un beso en la mejilla de Gonzalo. Éste, lo estrechó con toda su fuerza.
Luego, el chiquillo desprendiéndose de sus brazos se fue para los de su tía que lo acogió en los suyos con todo su amor besando el cabello del pequeño, lo apartó de ella con los ojos emocionados – Pórtate bien, no hagas rabiar a Cata ¡Qué entre tú y Murillo!
- No tía Margarita, me voy a portar bien.
- Anda Margarita, vayamos para dentro que si no, estos no se van - Gonzalo lo dijo con una gran sonrisa. Con un saludo de mano subieron la escalera que conducía a su casa.

Gonzalo sacó las llaves del bolsillo del pantalón e introdujo la llave en la cerradura. Empujó la puerta para que su esposa entrara. Desde la puerta Margarita sopló un beso a todos lo que habían compartido con ellos la más hermosa velada. Volvió su mirada turbada hacia su marido y entró en aquella casa cómo ya esposa de Gonzalo de Montalvo. Gonzalo, después de dejar un último saludo de agradecimiento a sus fieles amigos, entró detrás de su esposa cerrando la puerta tras él.




Un regalo, una noche de ensueño.

La oscuridad dentro de la estancia no era absoluta. Alguien se había encargado de encender un par de velas, lo suficiente para poder moverse con facilidad. Gonzalo y Margarita se miraron, ella encogió sus hombros. Sabía que Luisa y María habían estado allí para hacerle la cama, pero no se había hablado de dejar nada encendido. Pero sólo ellas habían podido hacerlo. Gonzalo dejó las llaves encima de la mesa y se acercó a su esposa que esperaba con los escarpines entre sus manos.

Gonzalo le cogió los zapatos y los soltó encima de una silla, luego, levantando el mentón de ella la miró a sus brillantes ojos – Algunos de nuestros amigos ha querido que no entráramos a ciegas y que nos envolviera esta suave penumbra para poder ver mejor tus hermosos ojos que hoy brillan ¡cómo el más maravilloso de los luceros! Ya estamos solo Margarita ¡No sabes cómo lo deseaba! No nos han dejado hacerlo y yo necesitaba decirte tanto... - mientras le hablaba, acariciaba todo el rostro de ella hasta llegar a sus labios - Te amo mi amor y verte llegar vestida así, me has llenado de una gran emoción... ¡No lo esperaba!

- Aquella tarde, nos dijimos que íbamos a dejar el pasado atrás y con ello todos sus fantasmas, por eso no quise ponerme el vestido... Ese vestido que debía lucir al casarme contigo pero que nunca pudo ser por todo lo que la vida entonces nos negó y decidí hacerme éste... Con éste, quiero simbolizar lo nuevo y la esperanza de iniciar una vida juntos y llena de felicidad - en su voz se notó la gran emoción que sentía al decir aquellas palabras.
- ¡Y lo vamos a conseguir Margarita! Esta vez, nuestras vidas van a estar llenas de esa felicidad a la que te refieres y que has querido simbolizar con este precioso vestido ¡Cómo te amo! ¡Cuánto te necesito!

Acarició sus labios con los suyos y los besó. Los besó, dulce y pausadamente y que fueron correspondidos por los de ella. Gonzalo sentía palpitar su corazón con fuerza al apretarla contra él, al sentir el frágil cuerpo de ella tan pegado al suyo. Se separó de ella con trabajo y la contempló embelesado – No me cansaría de contemplarte así, con este vestido pero sé, que ya debes tener ganas de ponerte cómoda, así que ve a cambiarte, yo espero aquí.

Margarita lo miró llena de amor – No Gonzalo, tú no tienes que esperar aquí... Tu sitio está allí, en nuestra alcoba. Yo... yo voy a necesitar que me ayudes, yo sola no me puedo desabrochar el vestido y... - la muchacha hizo un alto. Gonzalo la miró expectante.
- ¿Te ocurre algo? – intentó disimular su interés.
- Me ha parecido... Gonzalo ¿tanto huele los jazmines que llevo en el pelo?
- Sí, claro que huelen ¿Por qué?
- No, por nada. Anda, vamos, quiero quitarme ya este vestido y ¡el corsé que llevo puesto!

Gonzalo tomó una de las velas y atravesaron la sala. Por la puerta del patio que daba a la sala principal entraba una suave brisa que se agradecía, al parecer, la noche no se presentaba tan calurosa. La puerta de la alcoba estaba cerrada. Gonzalo puso su mano en la manilla y la giró levemente abriendo la puerta. La habitación no estaba a oscuras y al igual que al entrar en la casa, a ambos les sorprendió la tenue de luz de la alcoba.

Gonzalo hizo pasar a su esposa y luego entró él. Un nudo le apretó la garganta. Al igual que él, en parte Margarita estaba sorprendida y una gran emoción la invadió. Percibió de nuevo el olor, estaba allí dentro. Sus ojos buscaron algo. Gonzalo aprecio el gesto de ella pero no dijo nada. El lecho, vestido con las sábanas y los almohadones que la muchacha había hecho y que ella misma había bordado con las iniciales de ellos, estaba inundado por la luz que las velas disgregaban y que estaban colocadas en las mesitas y en el escritorio de Gonzalo. Las cuatro columnas que sujetaban el dosel de la cama están adornadas por blancos lazos. Gonzalo buscó la mirada de ella.

- Gonzalo, no me mires... Yo... yo de esto nada sabía, bueno, lo de las sábanas si pero de lo demás, no... ¡Estoy tan sorprendida como tú! - se había acercado al lecho para rozar con sus dedos los lazos que colgaban de las columnas, fue entonces, cuando apreció que encima de las sábanas había jazmines desperdigados por todas ellas. Se inclinó y tomó algunas florecillas entre sus delicados dedos. Su corazón comenzó a acelerarse.

- Esto no es normal...

Apenas podía hablar. No sabía que estaba pasando. De nuevo percibió una oleada de fragancia en la alcoba y no era la que se encontraba ya en la estancia cuando había entrado en ella. Aquella fragancia la traía con ella el airecillo que entraba a través de las ventanas abiertas. Giró su cabeza y dirigió su mirada hacia el patio. Las puertas de la alcoba al patio estaban cerradas. Le extrañó.

- Hace... Hace calor para tener la puerta cerrada del patio.
- Cuando no estamos en casa no me gusta dejarlas abiertas, las de la alcoba no - la voz de Gonzalo sonó con toda tranquilidad.

El corazón de la muchacha no dejaba de latir inquieto. Sabía que eso no era verdad. No quería mirar a su esposo, no quería creer en lo que estaba pensando.

- Te has quedado muy callada - Gonzalo le acarició el cabello.

Fue a mirar a su marido, pero en un impulso se desprendió de los brazos que la tenían sujeta y se dirigió casi corriendo a abrir las puertas que daba al patio. Lo buscó. Lo buscó entre las sombras de la noche y lo encontró bajo la luz de la luna. ¡Allí estaba! Hermoso, grande ¡Majestuoso!... Cuajado de aquellas blancas y olorosas florecillas entre sus hermosas verdes hojas y que de alguna manera, le hacía saber ¡qué estaba allí! no sólo por su fragancia, sino que la misma brisa hacía que sus ramas se movieran en un suave balanceo haciendo que se inclinara levemente hacia ella.


Gracias Tan.

Temblando de una emoción desbordante, rozó con sus manos aquel hermoso arbusto que un día, lejos de la Villa, supo apreciar en todo su esplendor porque entre sus olores aprendió a sobrevivir y apreciar lo que sus gentes y aquella ciudad le ofrecían, y que en aquel momento, la persona más amada, la más adorada, su esposo, se lo ponía entre sus manos para poder seguir apreciando todo aquello que un día dejó atrás... Aquello que estaba viviendo sólo pasaba en los cuentos y en los sueños y ella, sin embargo sentía entre sus dedos el tacto de aquellas hojas y el olor de sus flores.

No pudo más, era mucho para un sólo día. Se derrumbó al pie de aquel arbusto y dejó escapar toda la emoción contenida y acumulada durante toda la tarde estallando en sollozos. Gonzalo la contemplaba lleno de emoción. Se acercó y se agachó junto a ella. La muchacha no podía contener las lágrimas y la gran opresión que sentía en su pecho Sintió los brazos de su marido que la abrazaban fuertemente.

- Sssssh, si yo sé que te vas a poner así, no te lo regalo... Quería que fuera mi regalo de bodas - él quería ocultar su emoción para no acrecentar más la de ella. La muchacha seguía llorando ocultando su rostro en el pecho de él. Gonzalo besaba su cabello y la mecía entre sus brazos - Anda cálmate y mejor vamos para dentro, debes descansar - con mucha ternura la levantó del suelo y la sacó del patio entrando en la alcoba – No llores más mi amor, sino, voy a sentirme mal. Sólo quería darte la sorpresa.

- Y... y no sabes... No sabes cómo me la has dado... - se lo dijo con el corazón encogido e intentado limpiarse la cara con las manos.
Gonzalo había hecho que se sentara en la cama e introduciendo su mano en el bolsillo sacó su pañuelo limpiando el rostro de ella - Cálmate ¿vale? - la voz de él sonaba dulce, llena de ternura.
Margarita poco a poco se fue sosegando. Gonzalo la miraba lleno de amor y cuando le preguntó, lo hizo con voz emocionada ¿Te sientes mejor ya?- se había puesto en cuclillas cogiendo sus manos.

- Creo... Creo que todavía no he llorado lo bastante porque... Porque tengo aquí un nudo en el pecho...
- Es normal, has acumulado mucha tensión y emoción por todos lados, pero poco a poco irá desapareciendo y ahora dime, ¿te ha gustado? – al decirlo le apartaba el cabello rebelde que le caía por el rostro.
- ¡Cómo no va a gustarme! pero yo quería una maceta pequeña y eso es ¡el más hermoso arbusto qué podía imaginar! Gonzalo, no debías haberte gastado tanto dinero en ese jazmín... Hay que apretarse y tú te gasta en mí... ¡quién sabe lo qué te habrá costado! - todavía las lágrimas corrían por sus mejillas – Pero, ¿por qué lo has hecho?

- Porque simplemente te amo ¿No es motivo suficiente? – Y ahora, Sssssh, ya mañana hablamos de todo lo que tú quieras pero ahora sólo deseo que te sientas bien, que te calmes... Te voy a traer algo de agua – Gonzalo se levantó y salió de la habitación.  

Margarita miraba a su alrededor, todo parecía un sueño y no podía de dejar de repetírselo. Sólo en los sueños pasaba todo lo que ella estaba viviendo. Gonzalo no tardó en volver y le puso el vaso en sus manos. La muchacha bebió un poco y dejó el vaso en la mesita. La muchacha suspiró profundamente.

- Mañana Catalina me va a escuchar... ¡Es qué entre todos me habéis puesto los nervios de punta y para colmo estas ligas qué me aprietan!

De la forma más natural y que hizo sonreír a Gonzalo pero que no le dijo nada para no turbarla, se levantó las ropas y comenzó a quitarse las medias.

Gonzalo se había sentado junto a ella y no dejaba de observarla – Ahora, debes de pensar en descansar, verás cómo te sientes mejor - mientras lo decía, se quitó las botas y las calzas, luego, poniéndose de pie se despojó del cinto de cuero.
Margarita intentó aguantar un bostezó -¡Estoy muerta! - se quitó los pendientes dejándolos en la mesita.
- Es normal Margarita, han sido días de muchos nervios y de mucho trabajo para ti.

La muchacha se fue desprendiendo de las florecillas. Echaba de menos tener un espejo a mano – Gonzalo, si no te importa ¿por qué mañana o cuando puedas bajas mi peinador? A veces, una necesita un espejo.
- No te preocupes, ya mañana tendrás tu peinador aquí - estaba sentado junto a ella y no dejaba de mirar cómo a tienta, ella iba quitándose todo el adorno del cabello.

Gonzalo se puso de pie y tomó las manos de ella. Con delicadeza hizo que su esposa se levantara. Margarita se dejó llevar por sus manos sin dejar de mirarlo. Gonzalo sin soltarla le dio la vuelta y la rodeó con sus brazos musitando bellas palabras de amor a los oídos de ella – Creo, que ningún esposo se puede sentir tan orgulloso de su esposa cómo yo de ti ¡Es tanto lo que te amo Margarita, tanto! - besaba su cabello, su piel...

Levantando el frondoso trenzado, besó su nuca, su cuello... Dejó caer el cabello de ella y sin prisa fue quitando cada flor prendida en su pelo, cada alfiler, cada horquilla... Luego, con toda delicadeza pasó su cabello hacia delante y fue desabrochando su vestido, corchete por corchete, uno a uno. Al hacerlo, no dejaba de acariciar su espalda y besar su tez morena. Margarita sentía una oleada de sensaciones y dejaba hacer a su marido. Cerraba sus ojos y lo escuchaba, lo sentía. Sentía como acariciaba su espalda, su piel. Los dedos de él, terminaron de desabrochar el último corchete. Comprendió, que una de las manguitas del vestido estaba cogida a la tiranta de la ropa interior. A la misma vez que seguía besando su cuello, con sus dedos palpó aquel obstáculo que impedía que el vestido no quedara suelto.

Dio con el alfiler y lo extrajo de la tela poniéndolo encima de la mesita. Si dejar de acariciarla, sus dedos deslizaron las manguitas y con ellas, todo el vestido se escurrió a lo largo del cuerpo de su esposa cayendo al suelo. Besó los hombros de ella, más que besar era rozar con sus labios, haciendo que la muchacha sintiera una especie de cosquilleo que la hizo temblar toda. Sin dejar de acariciarla un sólo momento Gonzalo con dedos ávidos pero a la misma vez sin perder su delicadeza, fue quitando las cintas del corsét que sujetaba el frágil y hermoso cuerpo de su esposa liberándola de su presión y que él mismo, dejó caer.

Acariciando con sus manos aquellos brazos desnudos, rodeó a su esposa hasta tenerla de frente. Con sumo cuidado le quitó la medallita que pendía de una de las tirantas de la camisola y la introdujo dentro del cajoncito. Levantando la barbilla de la joven buscó sus penetrantes ojos negros. Nunca los había visto brillar de aquella manera cómo aquella noche. Tomó entre sus manos amorosas el rostro de ella y fue depositando pequeños y dulces besos alrededor de su bello semblante.

- Te amo... Te amo y no podría vivir sin ti mi amor ¡No podría!
La voz de Gonzalo la hacía transportarse. Era como sentir que estaba entre nubes – Yo... Yo también Gonzalo... Yo también te quiero, te amo, ¡te necesito! – mientras le hablaba casi sin fuerzas, sus manos pequeñas, delicadas, fueron acariciando, primero su camisa, para luego sus manos introducirse a través de la abertura de ella para tocar el pecho de su marido, acariciando su piel, su torso...

Gonzalo al sentir el contacto de ella, hizo que sus caricias a su mujer fueran más apasionadas. Margarita, a tientas prácticamente fue desabrochando la camisa de él, consiguiendo abrirla del todo. Gonzalo se deshizo de la prenda tirándola al suelo y dejando su fuerte pecho completamente al denudo. El esposo, fue besándola despacio, saboreando cada parte de sus labios, cada milímetro de ellos. Ella, le correspondía. Sus labios temblorosos se entreabría para acoger los de su marido y con ese beso, se iban convirtiendo en una llamarada ardiente cada parte de sus cuerpos anhelantes por ser amados.

Gonzalo la sentía sucumbir bajo sus besos y aquella preciosa mujer, sentía sobre ella, sus manos ansiosas que buscaban y acariciaba su cuerpo bajo la camisola. Las manos del amado hombre, buscaban aquella turgente transparencia que atisbaba a través de la tela sutil de la ropa interior, a su vez, sentía sobre él, las caricias de ella sobre su torso y que sus maravillosos y carnosos labios besaban cada poro de su piel desnuda. Gonzalo se sentía enfebrecido al contacto de ella. Con soltura  y sin dejar de acariciarla se fue desabrochando el pantalón dejándolo caer y quedando en calzón.

Él sentía vibrar su cuerpo de hombre lleno de deseos. Sentía las manos de ella sobre su pecho, acariciándolo con fuerza al sentir que él, llegaba con sus manos al sitio deseado y que suavemente, con sus dedos y labios, jugaba con ellos... Jugaba con aquellas bolitas haciéndola estremecer toda y haciendo que sus senos se pronunciaran aun más. Gonzalo estaba ebrio de pasión. Percibió, que las lágrimas de ella corrían por su hermoso rostro por las sensaciones de gozo que su cuerpo recibía. Sin dejar ni un instante de besarla la tomó en sus brazos.

Su voz, sonó dulce acaramelada como sus intensos ojos miel que relucían de amor y placer - Mi amor, te amo tanto, tanto... - Gonzalo con sumo cuidado depositó a su preciosa esposa sobre aquel tálamo de amor – Tranquila mi amor, ya lo sabes... Sólo déjate llevar, déjate amar...

Ella, asintió ante las palabras de su esposo. Estaba sumida en una impaciencia maravillosa. Quería cerrar los ojos y dejarse llevar cómo él le decía, para dejarse amar y amarlo en toda su intensidad. Sintió de nuevo el roce de él  acariciándola toda. Gonzalo, entre caricias buscó por debajo del cuerpo de su mujer el cierre de la enagua. Cuando comprendió que ya estaba abierta, la deslizó hacia abajo dejando al descubierto las bonitas piernas de su esposa que estaban dispuestas para ser acariciadas y amadas.

Aunque sus cuerpos se tocaban, la muchacha no sentía el peso de él, sin embargo estaba encima de ella. Sin dejar de acariciarla con sus manos, de rozar con sus dedos toda ella, el hombre, el esposo, volvió a bajar por su cuerpo subiendo con delicadeza la camisola y besando su suave vientre. Siguió bajando hasta llegar a sus pequeños calzoncitos, cuya prenda acarició con mucho tacto, con suavidad, con sutileza. Siguió bajando, acariciando sus proporcionados muslos. Ella se movía inquieta. Gonzalo gozaba el sentirla de aquella manera.

Besó sus cabellos, que seguían desprendiendo aquel aroma cautivador que lo enardecía aún más. La besó con gran apasionamiento en su cuello, en su escote... De nuevo sus manos rozó aquellas turgencias a la misma vez que buscaba la miel de sus labios y los besó con ímpetu. Ella sentía las manos de él, en sus senos y se aferraba a su torso varonil al sentir una oleada de calor dentro de ella. Aquel hombre, joven vigoroso, sentía arder todo su cuerpo al contacto de aquellos labios sensuales y ardientes. Gonzalo la sentía toda entregada. Sus manos ávidas, con gran destreza, la despojó de la camisola dejando libre sus turgentes y sugerentes senos. Los besó y acarició a la misma vez que con una de sus manos bajaba hasta su prenda más intima y de la misma forma, la deslizó con la misma habilidad y delicadeza. Percibió el pudor de ella.



Buscó sus ojos tan llenos de amor cómo ardiente era el deseo de él. El deseo de poseerla, el de hacerla suya... De amarla sin medidas cómo aquella noche, cómo la primera vez. Margarita le acarició el cabello, el rostro, su torso desnudo fuerte, varonil.... Lo deseaba ¿Cómo no desearlo? Necesitaba sentirlo dentro de ella. Sus dedos temblorosos y sin dejar de corresponder a sus besos, sin dejar de sentirlo, acarició su bajo vientre desatando la cinta que sujetaba el calzón. Olvidando su pudor, su vergüenza, buscó su virilidad.

Gonzalo no tardó en deshacerse de aquella prenda que era un obstáculo para darse libre a ella. Escuchó latir a su corazón con fuerza desbordada. Su cuerpo ya había reaccionado pero ante las caricias continuas que ella le prodigaba, sintió que todo su ser se estremecía de gozo y de pasión desenfrenada. Sus dedos buscó la intimidad de ella. Margarita ésta vez no hizo por guardarse. Gonzalo percibió la humedad de ella y sabía que su esposa, su mujer, estaba preparada, dispuesta a acogerlo dentro de ella. Ya sus cuerpos agonizaban de impaciencia.

Ante sus besos, sus caricias y su propio deseo, Margarita le entregó su intimidad abriéndose a su esposo sin reservas como una hermosa flor, para cobijar en ella, el cuerpo viril de su amado hombre para luego encerrarlo con sus acariciantes pétalos. Él, percibió que todo su cuerpo saboreaba el más maravilloso de los néctares despertando sus sentidos en un escalofrió de placer que hizo perderse dentro de ella. Reaccionó ante aquella extraordinaria sensación de excitación y como si de una danza se tratase, su cuerpo se lanzó a un suave balanceo, tomando y apretando a su esposa contra él, vibrando los dos al unísono.

Los dos tomaron aquel ritmo, despacio, recreándose en el gozo, en el placer que percibían. Sus cuerpos se entrelazaron, se enredaron el uno con el otro en uno solo, derramando el agua que de sus poros manaban entre sábanas blancas con aroma a jazmín. Ella bebía de su boca y él de la suya. Bebían de sus lágrimas, sus cuerpos temblaban de un placer continuo. Gonzalo la sentía, percibía que ella estaba al límite de la exaltación, pero él quería alargar aquel maravilloso balanceo y que él, iba aumentando poco a poco en su impulso.

Alargó sus poderosos brazos y buscó las manos de su esposa. Margarita encontró sus manos y se aferró a ellas. Él se las apretó con fuerzas. La besaba con gran apasionamiento sin soltarla, sujetando sus manos sobre la almohada para que llegara hasta el final de aquel hermoso y frenético compás, Quería que tocara el cielo y él con ella. Gonzalo sentía una inmensa felicidad, estaban al borde del delirio y gozaba al sentirse dentro de ella, llenándose y llenándola de un placer infinito, de un desbordado regocijo hasta llegar al éxtasis.

Al igual que sus cuerpos, sus lágrimas de fundieron juntos a sus jadeos, sus gemidos... Se amaron. Se amaron con locura desmedida, dándose el uno al otro... Se hablaron con sus cuerpos lo que en aquel momento no podían decirse con palabras, ofreciéndose mutuamente todo el amor, la pasión, el gozo, que llevaban dentro de ellos... Sus almas enamoradas, vibraron con ellos.

El suspiro de ambos se hizo profundo, intenso... Gonzalo, por un momento dejó reposar su cabeza en el pecho de su esposa, cuyo corazón escuchaba palpitar con gran fuerza. Separó su cuerpo de ella suavemente y exhausto, se dejó caer en la almohada. Margarita se acurrucó y Gonzalo la encerró entre sus brazos. Sintió que ella temblaba. Buscó la sábana y la cubrió con ella. Sus cuerpos estaban empapados de sudor y la extenuación no los dejaba hablar. Gonzalo besó el cabello de su esposa. Ella, no dejaba de temblar y sus lágrimas, por todo lo que había sentido, por todo esa felicidad que él la hizo sentir, no dejaban de correr por sus mejillas.

- Ya... ya mi amor - le pasó la mano por el cabello húmedo – Tranquila cariño, intentas descansar, de dormir...

Margarita no decía nada, se limitaba a llorar escondiendo su rostro en el pecho de su marido.
Gonzalo intentó de que alzara el rostro – Mírame, quiero ver tus ojos, quiero ver esa felicidad en ellos... Esa felicidad que te hace llorar - levantó su barbilla y vio sus hermosos ojos negros brillantes por las lágrimas y su corazón encogido por tanta emoción vivida.

- Te quiero, te amo – su voz sonó tan dulce, como el propio néctar que lo había hecho vibrar de gozo momentos antes. Gonzalo besó los ojos de su esposa arrasado por las lágrimas - No quiero tener una esposa llorona por cada emoción que sienta, porque entonces no vas a dejar de llorar en toda nuestra vida juntos... Ya que nunca voy a dejar de hacerte feliz - le sonrío y la besó en los labios dulcemente. Ella no dijo nada, sólo volvió a refugiarse en él.

Gonzalo la acarició de nuevo y la apretó contra su pecho. Los hermosos ojos de él, irradiaban la misma felicidad que los de ella. Suspiró nuevamente y besó de nuevo el cabello de su esposa apretándola contra él. Sin apenas darse cuenta, el cansancio les venció y sus cuerpos, envuelto en la penumbra de la habitación ya que las velas se habían ido extinguiendo poco a poco para hacerle más apacible su descanso, se vieron sumidos en un sueño profundo y lleno de paz después de todo aquel derroche de amor que habían dejado fluir.




En una de las atalayas más alta del Palacio de la Marquesa de Santillana, a aquellas horas de la madrugada, Lucrecia, enfundada en su bata se encontraba al pie del balcón. Desde aquel mirador, entre las sombras de la noche divisaba los tejados de la Villa. Su cabello, se revolvía alrededor de su cara debido a la brisa, y que maquinalmente se lo apartaba de su rostro.

Un rostro impenetrable en aquel momento, pero su mente y su corazón sentían la ira que la había mantenido despierta y que la había obligado a subir hasta allí y sólo un pensamiento martilleaba dentro de ella. Un pensamiento que hizo que hablara en voz alta.

– Disfruta Gonzalo, disfruta de tu noche de bodas junto a tu amada Margarita pero espero que no olvides, que no hay felicidad completa... ¡Y por mi vida, qué yo me encargaré qué así sea!

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Mar Ago 02, 2016 11:41 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.29



La claridad del día entraba en la estancia. Gonzalo se movió en la cama, le costó abrir sus ojos adormilados. Buscó con la mirada a su esposa. Era un dulce y maravilloso despertar encontrarla a su lado. Esbozó una sonrisa de satisfacción y orgullo. Margarita se había desprendido de sus brazos y se encontraba de espalda a él, dormida profundamente. Aunque parte de su cuerpo lo cubría la sábana, su espalda y piernas se dejaban ver entre ellas.

La claridad era molesta. Se levantó procurando ser sigiloso para no despertar a su esposa. Corrió los cortinajes y cerró la puerta que daba al patio. La alcoba se sumió en una suave penumbra. No sabía qué hora podía ser pero ya se encargaría las campanas de la iglesia en hacérselo saber. Volvió a acostarse y se acomodó junto a ella pero no hizo intención de despertarla. Quería que durmiera. Estaría agotada. El día anterior fue un día de grandes emociones y la noche... ¡La noche fue maravillosa! ¡Plena!... Nunca había vivido momentos como el que vivió la noche anterior. Su esposa lo hizo vibrar de una forma que lo hizo llorar por todo lo que recibió de ella. Recibió todo su cuerpo y todo su amor.

La contemplaba extasiado. No pudo evitar acariciar su largo cabello que le caía cómo una cascada frondosa sobre la espalda desnuda. Con sumo cuidado, puso un beso en su hombro desnudo. Le hacía gracia la forma en que solía dormir a veces, hecha un ovillo sobre sí misma. En ese momento, las campanas de la iglesia daban nueve toques. Gonzalo soltó un improperio entre dientes ante aquellos tañidos. Margarita se removió en el lecho buscando postura. Se volvió hacia Gonzalo y siguió durmiendo apaciblemente. Al tenerla de frente, Gonzalo no pudo reprimirse y comenzó a acariciar con sus dedos el hombro de su esposa,  después, recorrió con ellos todo el brazo.

Aún dormida, esa especie de cosquilleo que percibió hizo querer desprenderse de él y de lo que lo producía sacudiendo su brazo. Gonzalo sonrió picaron y siguió haciéndolo, pero esta ocasión lo que rozó fue su hermoso rostro. De nuevo ella quiso quitarse de encima aquello y se restregó la  cara volviéndose al otro lado. Gonzalo no iba a desistir. Esta vez fueron sus labios, con ellos y con esa suavidad que era más que un roce cualquiera, recorrió su espalda descubriendo parte de la sábana. De nuevo volvió a subir por ella y a meterse en su cuello. Apartándole el cabello hacia un lado y aspirando aún su perfume embriagador la besó con dulzura, acariciando el lóbulo de su oreja con sus labios y mordisqueándolo con sus dientes. Ésta vez, Margarita se removió entre las sábanas algo furiosa.

Gonzalo no podía reprimir su risa. Le susurró al oído sin dejar de acariciar su espalda - Me he casado con la más linda mujer pero aún dormida es una mosqueona.
La muchacha pareció escuchar una voz entre sueños. Intentó abrir los ojos, le costó trabajo pero consiguió hacerlo. Estaba boca abajo en la cama y sentía el roce de unos dedos recorrer su espalda. Sonrió - Quiero dormir... Necesito dormir ¿Puedes entenderlo?
- ¿Puedes entender qué te necesito despierta? Que necesito de ti - se lo dijo al oído.

Antes de que ella pudiera decir algo, Gonzalo le dio la vuelta, encontrándose con su  hermoso rostro y que ni siquiera las huellas dejada por el sueño le restaban belleza.

- Buenos días señora de Montalvo – Gonzalo se inclinó y la besó dulcemente en sus labios.
Los ojos adormilados de ella lo miraba embelesado. Levantó sus brazos y rodeó su cuello – Buenos días Gonzalo de Montalvo pero ¿sabe? Todavía no asimilo que sea su esposa, es como si aún creyera que estuviera viviendo un sueño maravilloso - mientras lo decía se miraba la mano derecha moviendo sus dedos y mirando aquella alianza dorada que llevaba puesta en su dedo anular.
- ¡Pues no! no es un sueño, es una realidad maravillosa y aunque te parezca mentira, eres mi esposa, ¡mi mujer! y me siento lleno de orgullo de qué lo seas.
Margarita tragó saliva al escucharlo hablar – Y yo me siento orgullosa de que seas mi esposo, mi marido, mi hombre...

Gonzalo todo emocionado, buscó sus labios y los besó apasionadamente, la muchacha lo correspondió, pero de pronto se soltó de él, dejando a un Gonzalo perplejo e intentando liarse mejor en la sabana para salir de la cama, casi lo gritó - ¡Mi jazmín!
Gonzalo, riendo tiró de ella dejándola caer de nuevo sobre el lecho - ¡Quieta loca! El jazmín está en el mismo sitio que lo dejaste anoche y él puede esperar, pero tu marido no.
A Margarita se le puso los ojos más grandes aún – Gonzalo, ¿no pretenderás lo qué pienso?

Ante la mirada afirmativa de él y su sonrisa llena de picardía, la muchacha cogió la almohada y se cubrió la cara con ella - Gonzalo estoy agotada, tengo agujetas por todo el cuerpo ¿y tu pretendes otra vez...?
Las manos de su marido le quitó el almohadón – Si mi amor, pretendo otra vez hacerte el amor y sentirme dentro de ti como esta noche pasada ¿o no te gustó? y en cuanto a las agujetas, eso irá desapareciendo con las practicas...
La muchacha se incorporó toda arrebolada - ¡Gonzalo, cómo eres!... – y fijándose en cierta parte... - Creo... creo que deberías cubrirte.
Gonzalo volvió a reír - ¿Por qué crees qué todavía estoy denudo?

Se había acercado más aún a su esposa y aunque ella se agarraba a la sábana, Gonzalo supo soltar sus manos de ella y fue deslizando el blanco lienzo hasta la cintura. De nada le sirvió protestar y querer deshacerse de los brazos del hombre amado. Él sabía cómo hacerla callar y como hacer que correspondiera a sus caricias y besos. De nuevo, al igual que en la noche, fueron dos cuerpos llenos de pasión fundidos en uno solo.




La negativa de Gonzalo.

Margarita escuchaba a Catalina.

– ¡Hija yo no sé qué decirte! pero si no lo tocas con Gonzalo, no vas a saber cuál va a ser su reacción.
- Ya Cata, es que temo tocárselo, pero es que sería lo mejor... Si yo volviera a Palacio sería una gran ayuda.

- Mira cariño, tienes un factor muy importante de tu parte. Lleváis dos días de casados y en los primeros días, el marido ¡enamorao! ¡enamorao! come de la palma de la mano de la mujer, le de ésta, lo que le de y tu marido ¡más que ninguno! ¡Si no hay más que verlo! Esta noche, cuando vengamos de vuelta de la hoguera y estéis solicos los dos, lo engatusas y se lo dices, ya verás cómo ese no te dice que no ¡Lo sabré yo!

- ¡Cata! ¡Qué yo no engatusaría a Gonzalo! Eso sería como engañarlo y yo... ¡Yo lo que quiero es ayudarlo! - la muchacha se veía enojada.
- ¡Vamos a ver Margarita! ¡No eres más tonta porque no se puede! Si tú, sin hacer absolutamente nada, sólo con un volteo delante de él, ¡ya lo has engatusao sin saberlo!
- Yo no me voy a valer de nada Cata... Yo voy a intentar a hablar con él de la única forma que sé, de frente, aunque sé que me va a acostar trabajo.

Unos toques en la puerta interrumpieron a las dos amigas. Catalina fue a abrir la media hoja que estaba entornada. Se llevó una sorpresa al ver ante la puerta a don Jeremías Andrade – ¡Doctor Andrade, cuánto tiempo! Pase usted, pase... Lo esperábamos hace unos días.
- Pues sí, pero me salió un imprevisto y me fue imposible llegar antes y si, ya hace algún tiempo que nos dejamos de ver ¿Y por aquí cómo anda la cosa?
Había entrado dentro de la casa. Margarita se puso de pie. Don Jeremías al verla la reconoció en seguida – Muchacha, sabía de tu vuelta a la Villa. Sentí mucho lo de tu hermana.
- Gracias don Jeremías, lo sé... Sé que lo sintió. Yo también me enteré de la muerte de su esposa.
- Si hija, nada más llegar a Salamanca se me fue pero bueno, aquí estamos sobrellevando la pena con lo único que sé hacer, ejercer mi profesión y llevar el alivio al enfermo.

Don Jeremías se volvió a Catalina – Unos asuntos de última hora a hecho que retrasara la vuelta y quería pedirte un favor Catalina.
- ¿Usted me dirá?
- He estado en mi casa, y la verdad que está más que descuidada, mientras busco a una mujer que me la adecente, ¿podría alojarme aquí? Además, me vendría muy bien hacerme de la botica que dejó el doctor Juan de Calatrava y creo que a ti, no te vendrá nada mal llevarte unos maravedíes.
Catalina con la propuesta del médico, vio el cielo abierto - ¡Ay doctor! ¡pues claro qué sí, me vendría más qué bien! ¿Cuándo se viene?

El doctor Andrade sonrío ante lo apremiante de la pregunta de Catalina – Si no hay ningún problema para que lo haga ahora, pues desde éste mismo momento.
- ¡Naturalmente! ¿Ese, es su equipaje? – le señaló la valija que llevaba en la mano.
- Esto es lo preciso, ya mañana me traen un arcón.
- Pues acompáñeme que le enseño su habitación... Era la que ocupaba Juan de Calatrava Se volvió a Margarita – luego ya nos vemos cariño.

- Hasta luego Cata, y me alegro de verle de vuelta por la Villa don Jeremías.
- Yo también me alegro de verte muchacha y dale recuerdo a tu cuñado.
La muchacha ante el comentario del médico se sintió algo turbada – Bueno, ya no es sólo mi cuñado... Desde hace dos días, es mi marido.
- ¡Vaya pues sí que es una sorpresa! Aunque sorpresa, sorpresa... Si te dijera mi verdad, no lo es ¡Qué mejor qué tú para ser su esposa! Gonzalo es un buen hombre y merecía rehacer su vida y tú, siempre estuviste enamorada de él desde que eras muy pequeña... Pues os deseo una gran felicidad a los dos. Se lo haces saber de mi parte a tu marido, aunque ya haré por verlo.

- Gracias por sus palabras doctor... Le haré transmitir a Gonzalo su felicitación y si quiere acompañarnos esta noche a la hoguera de San Juan en la laguna, puede hacerlo.
- Lo voy a pensar. Me gustaría ir y pasar un buen rato.
- Bueno, pues ya me voy. Hasta luego Cata y doctor, piense lo de esta noche...

Margarita despidiéndose con una sonrisa salió de la casa de su amiga dirigiéndose a la suya. Empujó la puerta entrando en ella. Sátur estaba dando vuelta a la comida.

– Ya estoy aquí ¡Qué bien huele las migas!  - se acercó y aspiró el olor que desprendía la cazuela - Qué buenas manos tienes para las migas Sátur! Bueno, para las migas y para otros guisos, pero lo que veo es que has hecho mucha cantidad.
- Gracias señora, eso en una alabanza para mí, en cuanto a la cantidad, he hecho un poquito más para llevarnos lo que sobre esta noche pa’ la laguna.
- Me parece muy bien esa idea, también echaremos, queso, choricito... La hogaza de pan que no se nos olvide... Bueno, si algo se nos olvida, seguro que Cipri se encargara de llevarlo.
- Es que lo que no se le ocurra llevar al Cipriano... Pues esto ya está, lo aparto y lo dejó aquí reposando, el amo no tardará en llegar, mientras, pongo la mesa.
- Voy a peinarme un poco y ahora te ayudo – tal como lo dijo se levantó y se dirigió a la alcoba.

Sátur la vio irse con una sonrisa. Cómo todos los días iba a acicalarse para su amo.

Margarita entró en la alcoba que estaba algo en penumbra ya que los cortinajes estaban echados para impedir que entrara el sol. Los descorrió un poco y se sentó ante el peinador. Rozó con sus dedos el tocador. Recordó la primera vez que se sentó ante él y fue su hermana quien la peinó en aquella ocasión. Fue el mismo día en que murió su madre. Ante la petición que le hizo a Gonzalo de que le bajara el peinador de su habitación, su marido le preguntó si le importaba que le pusiera el tocador de Cristina y que él quitó y recogió en el cuarto trastero cuando ella murió... ¡Cómo iba a importarle si era de su hermana! No pudo evitar que algunas lágrimas afloraran a sus ojos pero en seguida se recompuso. Se soltó la trenza y comenzó a peinar su cabello con esmero.

Mientras lo hacía, no dejaba de recordar lo que le dijo su marido el día anterior y que la hizo sonreír llena de ilusión... “Piensa que no es conveniente dejar esa habitación sin peinador, ya que cualquier día de esto vemos por esta casa correr y reír a una niña tan preciosa y parecida a su madre”

Lo escuchó tan emocionado al decirle aquello, que para ella, en aquel momento, su mayor ilusión era esa, ser madre para darle un hijo a él, a su esposo y un hermanito a Alonso. Por eso, su deseo de volver a Palacio a seguir con su trabajo de costurera para no tener que apretarse tanto ante la posible venida de ese hijo. Escuchó las voces que rompieron el silencio de la casa. Terminó de recogerse otra vez la trenza y mirándose al espejo por última vez, salió de la alcoba a toda prisa.

Gonzalo y Alonso acababan de entrar. El pequeño nada más verla salió corriendo para abrazarse a ella - ¡Tía Margarita, ya hoy no tenemos clase por la tarde!
- ¡Pero qué bueno! pues ahora ya tienes para dormir la siesta - le besaba el rubio cabello mientras le hablaba.
- ¡No tía! ¡Por las tardes nos vamos a ir a bañar a la laguna!
- Alonso, puede haber para todo... Se puede dormir la siesta e ir más tarde a la laguna.
Fue Gonzalo quien habló a cercándose a su esposa y besándola dulcemente en los labios a lo que ella correspondió llena de amor - ¿Cómo te ha ido? - la muchacha le había pasado su brazo por la espalda agarrándose a su cinto.
- Bien, ¡aunque a veces me gustaría castigarlos a todos!  – le sonrío al decirlo.

Sátur interrumpió para decirles que el almuerzo estaba preparado. Gonzalo fue a refrescarse al patio y luego se dirigió a la alcoba a ponerse una camisa limpia. No tardó en volver sentándose en su sitio habitual y todos, procedieron a degustar las deliciosas migas de Sátur y a plantear la velada de la noche.




Había terminado de recoger la cocina con la ayuda de Sátur, luego, fue a darle vuelta a la ropa. Al ver que estaban seca, decidió recogerlas antes de que se le pusieran tiesas. De vez en cuando le echaba una mirada a su precioso jazmín que se alzaba majestuoso dentro de un barreño de latón, igual que lo tenía Concha en aquella casa de vecindad. Nada más llegar el atardecer, el aroma que desprendía se esparcía por toda la casa inundándola de toda su fragancia. Recogió la canasta y se adentró en la sala poniéndola encima de la silla. Pensó en ir doblando la ropa para más tarde plancharla pero mirando hacia la alcoba, se dijo que al mal paso darle prisa. Se dirigió a su habitación y suspirando, empujó la puerta. Gonzalo estaba ante su mesa repasando unos cuadernos.

Cuando la vio entrar, dejó lo que estaba haciendo. Margarita se acercó a su marido. Fue a hablar pero se detuvo. Gonzalo la miró con el entrecejo fruncido - ¿Te pasa algo Margarita? Parecía que ibas a decirme algo y por lo que sea te has arrepentido - le alargó la mano – Anda ven, dime lo que sea, que te conozco lo suficiente para saber qué me quieres decir alguna cosa.
La muchacha se acercó a él y le entregó su mano. Su marido comenzó a jugar con sus dedos y apartando la silla de la mesa, la sentó encima de él - A ver, ¿qué te pasa?

- Gonzalo, lo que pasa... Lo que pasa es que yo quiero hablar contigo de algo pero también sé, que puedes enfadarte - al decirlo, no lo miró a los ojos.
- A ver, a ver... ¿Qué yo puedo enfadarme? ¿y por qué crees que puedo enfadarme? Primero dime que es ello y luego se verá si me enfado o no, pero lo que sea, viniendo de ti, no me puede enfadar para nada... Es mucho lo que te amo para enojarme.
Le había cogido el rostro de ella entre sus manos y la besó con gran apasionamiento. Margarita le correspondió de la misma manera pero no podía sucumbir ante sus besos porque sabía que harían de todo menos hablar - Gonzalo... Gonzalo para... Para, que así no voy a poder decirte nada.

Gonzalo suspiró profundamente – Está bien, pero te buscas las mil maneras de evadirte de mí  – lo dijo en tono amenazador, luego sonriendo la apretó contra él - A ver ¿qué es eso?
- Gonzalo, yo quisiera... Que conste que has dicho que no vas a enojarte.
- Que no Margarita, que no me enojo... ¡Venga, qué me tienes de lo más intrigado! - Gonzalo la apremió sacudiendo con delicadeza su cuerpo.
Margarita haciendo un gran esfuerzo decidió decirlo de una vez – Gonzalo, quisiera volver a Palacio a seguir...
Su marido no la dejó terminar - ¿Qué quieres volver a Palacio? ¡No Margarita! ¡A Palacio no vuelves!

Apartó a su esposa de él y se levantó pasándose la mano por su castaño cabello. Se volvió mirando a su mujer - ¿Sabes lo qué estás diciendo? Porque no me dirás que de verdad creíste todo lo que Lucrecia te dijo.
- Si Gonzalo, ¡la creí! ¿Por qué no? Todo el mundo tiene derecho a cambiar.
- ¡No Margarita! ¡Lucrecia nunca cambiará! – lo dijo todo airado, casi enfurecido.
A Margarita la reacción de su marido la desconcertó. Sabía que podía no caerle bien, pero de aquella forma... Casi le costó hablar - Me dijiste... me dijiste que no te ibas a enojar y mira como te has puesto.
- ¡Porque no pensaba que me ibas a salir con esto! ¡Es qué ni siquiera estaba en mi mente pensarlo! Pensar que tú después de todo lo que te hizo... ¡¿quieras volver allí?!

Margarita intentaba aparentar tranquilidad ante la aptitud de su marido – Ya te he dicho que creo en el arrepentimiento de Lucrecia... Tú, estás en tu derecho de pensar lo que quieras pero no me puedes quitar a mí, el derecho de querer ayudarte trayendo un sueldo a la casa.
- Margarita, entiende esto... No me importa que quieras ayudarme trayendo un sueldo a casa, que quieras trabajar en lo tuyo, que quieras ser útil... ¡Todo eso lo entiendo! pero trabajar con Lucrecia ¡No Margarita! ¡Eso no! ¡y métetelo en la cabeza!

Gonzalo había dado un puñetazo en la mesa haciendo saltar varias cosas que había en ella. La muchacha dio un respingo. Aquello la sublevó, se sentía herida ante la forma en que su marido estaba reaccionado con ella.

- ¡Eres un egoísta Gonzalo! ¿Por qué yo tengo que acceder a lo que tu pretendes y metérmelo en la cabeza cómo tú dices, y tú, no eres capaz de meterte en la cabeza mi opinión de cómo yo veo las cosas?! y sólo, porque tú no crees en el arrepentimiento de ella...  ¡No es justo Gonzalo! ¡No es justo!

Sin decir nada más, salió de la alcoba cerrando con ímpetu la puerta. Gonzalo cerró los ojos. No esperaba aquella rebeldía de su esposa, pero ¿qué podía esperar? Ponerla sobre aviso de lo que él creía, no podía, porque ni siquiera sabía que se proponía Lucrecia. Sólo era un presentimiento y eso, no era suficiente prueba para hacerla entender.

Margarita salió furiosa de la alcoba y se puso a doblar la ropa. Sátur había escuchado la discusión de la pareja y al ver que su amo no salía de la habitación decidió entrar. Dio varios toques en la puerta y la abrió entrando en ella. Gonzalo estaba sentado en la cama, cabizbajo. Sátur se lo quedó mirando moviendo la cabeza.

- Sátur, si me tienes que decir algo, suéltalo ya.
- Amo, cómo decirle algo, había que decirle y mucho...
Gonzalo levantó la cabeza y se lo quedó mirando - ¿También me vas a decir tú qué no llevo razón? ¿Qué no es justo?
- Pues amo, ¿qué quiere qué le diga? que no... Que no lleva razón y que no ha sido justo con la criatura ¡leche! Que su esposa quiere ayudarlo, ¡y hay que ver cómo se ha puesto con ella!
- Sátur, temo por ella. Temo por mi mujer... ¡No me fío de Lucrecia Sátur! Algo me dice que ella no está arrepentida, que se está valiendo de alguna artimaña ¿Para qué? y ¿por qué? ¡No lo sé! pero que está mintiendo, ¡estoy seguro de ello!

Gonzalo se había levantado y no dejaba de dar paseo por la estancia. Estaba consternado, furioso consigo mismo y no podía dejar de sentir inquietud. Inquietud de ceder ante la idea de Margarita.

- Amo, a veces nos equivocamos y usted es una de las cosas que me ha dicho en alguna ocasión, que usted, es el que más se equivoca ¿No podría estar equivocado y su mujer tenga la razón?
- Ya quisiera yo estar equivocado, y ya no quiero hablar del tema Sátur... No voy a ceder. Margarita no irá a Palacio ¡No lo voy a consentir Sátur! ¡No voy dejar que vaya!





Noche de San Juan, noche de magia.

Muchos habitantes de la Villa se dirigían a la laguna. Se presentaba una noche de magia. Algunos carros iban repletos de leñas y enseres de maderas que ya no servían para que fueran pastos de las llamas, los cuales, según la tradición se llevarían los malos augurios. Cuando ellos llegaron, ya había mucha gente al pie del lago y cuyas aguas tranquilas no hacía mucho, se veía sacudida por la chavalería bañándose o jugando dentro de ellas.

Buscaron un sitio adecuado cerca de la orilla para acomodarse. Tendieron una manta donde fueron colocando las viandas y el vino que no podía faltar según Cipriano. Las mujeres se sentaron en el terreno arenoso, mientras los hombres iban descargando la leña y la fueron apilando introduciendo a su vez la yesca, para que llegado el momento prendiera sin dificultar. No muy lejos de ellos, los niños saltaban y brincaban alrededor de la pira que iban formando. Catalina no dejaba de mirar a Margarita.

- ¡Hija cambia esa cara! Hoy es noche de magia y todo puede pasar ¡Ese antes de las doce te pide disculpas!
- Cata, por favor, aunque me las pidiera sino me va a dejar que vaya a trabajar, ¿para qué las quiero?
Estuarda intervino – Los enfados de recién casados duran poco Margarita y sólo lleváis dos días... Na’ más que se te acerque y te sople algo bonito al oído, se te pasa el enfado mujer.
Pero la muchacha seguía en sus treces – No se me va a pasar Estuarda... Tendría él que cambiar de aptitud ¡Es que se puso muy terco!

No muy lejos de ellas, los hombres iban terminando de hacer la pira. En todo momento, Gonzalo no dejó de estar pendiente de su esposa. Desde que tuvieron la discusión, apenas rozaron palabra nada más que para lo preciso. Gonzalo sabía que su esposa lo evitaba, por lo que no pudo hacer el intento de arreglar las cosas entre ellos. Conocía demasiado bien a su mujer y el enojo de ella no le daría opción a nada. Pero mientras estaba apilando la leña, no podía evitar mirarla. ¡Estaba tan hermosa! Con aquella blusa blanca dejando ver su hermoso escote y sus brazos morenos, la falda del mismo tono, ajustándose a sus caderas para luego abrirse en un amplio vuelo y aquel corpiño en color rojo que realzaba su encantador busto. Estaba tentadoramente preciosa. Cipri lo sacó de su abstracción.

- Gonzalo... ¡Gonzalo, hombre que ya hemos terminado!
- Perd... Perdona Cipri, estaba distraído - se sintió pillado cómo un adolescente.
- Si no hace falta que lo digas... ¡Si no dejas de quitarle los ojos de encima! pero no te preocupes, que antes de las doce la tienes a tu lado cómo si nada hubiera pasado ¿o no Sátur?
- Pues no sé qué decirte Cipriano... Que aquí el amo cómo su señora son tal para cual... ¡Vamos! que no es fácil que ninguno de los dos den su brazo a torcer.

Gonzalo no quiso escuchar más y llamó a los niños. Juntos se unieron a las mujeres que ya estaban preparando los humildes manjares pero no por eso, menos exquisitos. Todos se prepararon a saborearlos y a esperar que la ermita más cercana comenzara a dar las doce campanadas.

La laguna presentaba un hermoso paisaje a aquellas horas de la noche. En aquel momento se alumbraba sólo con las luces que desprendían los faroles o candiles que los moradores que habían invadido aquel lugar, que por lo general se encontraba desierto cualquier noche, habían aportado a su llegada. La gente disfrutaba de la noche. Por unas horas querían evadirse de los problemas que no eran pocos y que volverían nada más que amaneciera el nuevo día. Fue un gran murmullo el que se escuchó, al oír la primera campanada. Los hombres se levantaron y procedieron a ir encendiendo las hogueras.

Gonzalo preparó un leño con algo de yesca en uno de sus extremos. Luego le pidió a Cipri que la encendiera con el mechero y en seguida aquello se convirtió en una antorcha. Se dirigió a donde se levantaba la pira y la introdujo entre uno de los huecos. Inmediatamente aquella pira prendió y su fuego fue avanzando hasta convertirse en una gran hoguera. Antes de que terminaran de dar los doce toques, todas las hogueras a lo largo de la laguna habían alcanzado su esplendor dando la bienvenida a la mágica noche de San Juan. Noche de invocaciones a Meigas y Chamanes donde muchas mozas pedirían en silencio un sortilegio de amor.

En seguida se escuchó sonar los primeros toques del laúd y el clarinete, lo que hizo que los mozos invitaran a las mozas a bailar. Lo hicieron con los pies descalzos dentro de las aguas. Aquellas aguas que habían tomado vida al tornarse dorada por el reflejo del fuego. Una dulce brisa que se había levantado, la incitaba a moverse en un suave balanceo. La gente compartía algarabía, risas, vino...

El doctor Andrade se acercó al grupo – Buenas noches, espero no interrumpir.
- ¡Claro que no! ¡Cuánto gusto me da verlo! - Gonzalo le tendió la mano al recién llegado. Éste se la estrechó afectuosamente.

El médico saludó a los demás y compartió la velada con ellos. La música no dejaba de sonar, al laúd y al clarinete se le unió el flautín. Catalina le hizo una señal a Margarita. La muchacha no quiso darse por enterada. No quería bailar, no estaba para bailes pero una voz dulce, amada, se escuchó dirigiéndose a ella.

- ¿Me concede este baile señora de Montalvo?

Margarita no se esperaba aquello. Su marido inclinándose ante ella le ofrecía su mano. Sabía que todos los ojos estaban pendientes de ella, más que ningunos los de él. Le hubiera dicho que no, pero no estaban solos y a ella no le gustaba ponerse en evidencia ni poner a nadie y menos a su marido. Le tendió su mano y Gonzalo la ayudó a levantarse. Margarita se quitó las zapatillas sin que en ningún momento su esposo le soltara la mano.

- Ya que veo que tu intención es bailar dentro del agua, me descalzaré yo también.

Se sentó en un pedrusco quitándose las botas y las calzas. Las dejó junto al árbol y cogiendo de nuevo la mano de su esposa la llevó a la orilla. Margarita sabía que todos sus amigos estaban pendientes de ellos. No quería demostrar a Gonzalo que estaba nerviosa, sino al contrario... Algo se le vino a la mente en ese momento, algo que le dijo Catalina aquel mediodía pero no sabía si podría hacerlo.

Tragó saliva y recogiéndose parte de su falda y enagua con el corpiño, entregó sus manos a su esposo, al hablar lo hizo con aparente tranquilidad – Sabes que este tipo de baile no se me da muy bien... Sé, lo que me enseñaste aquella noche en la cocina, y en la presentación de sociedad no bailé mucho.
Gonzalo movió la cabeza y sonrío – No importa, sólo déjate llevar, como en todo...

Gonzalo sabía que ese último comentario es lo que hizo que la muchacha se pusiera roja como la grana. Tomó las manos de su esposa con toda delicadeza y la fue llevando al ritmo de aquella dulce melodía. Sus piernas y pies se rozaban dentro de las cálidas aguas. Margarita cerró los ojos y se transportó a aquella noche en la cocina, con la diferencia, que entonces él, era aún su cuñado y en aquel momento quien la tenía entre sus brazos y la rozaba con su cuerpo era su marido.

Suspirando fue a poner su plan. Engatusaría a su esposo, lo seduciría... Gonzalo la sentía pegada a él, percibía el calor de su cuerpo, apreciaba el aroma de su cabello que recogido en una frondosa trenza llevaba prendida una moña de jazmín. Sentía el roce del danzar de ella sobre su cuerpo viril. Ella era demasiado inocente para un hombre astuto como él. Gonzalo se dio cuenta de lo que pretendía y sonrío. Le encantaba la adorable seducción de su esposa. Sin perder el compás la volvió hacia él buscando sus negros ojos.

- Pues no se te está dando nada mal. Fuiste una buena alumna aquella noche o yo, fui un buen maestro.

Ella, desvió su mirada y apoyó su cabeza en el pecho varonil apretándose contra su cuerpo, sintiéndolo. El corazón de su esposo latía con fuerza. La música seguía envolviéndolos en una nube, ni siquiera se habían dado cuenta que se habían quedado solos. Todos se habían retirados para mirarlos bailar admirados. Se veían hermosos, con aquel dulce balanceo que llevaba el uno al otro.

De nuevo Gonzalo la volvió con un juego de mano y la colocó de espalda a él metiendo la cabeza de ella dentro de su barbilla. Margarita percibía que aquella danza, aquel movimiento de su cuerpo pegado al de su marido, lo estaba encandilando. La voz de su marido le susurró al oído  - Me llevaría toda la noche así, me tienes fascinado, encantado... Es una noche de magia y veo que me estás embrujando, pero no te va a servir de nada esta maravillosa seducción, porque mi amor no vas a conseguir que acceda.

Margarita que tenía los ojos cerrados, cuando lo escuchó hablar y decirle aquello los abrió espantada. Quiso deshacerse de sus manos pero él, intuyéndolo, la sujetó fuertemente - No cariño, la pieza está a punto de terminar y todo el mundo nos está contemplando por si no lo sabes.

Gonzalo disfrutaba con todo aquello pero sabía que su esposa no. En eso, la música dejó de sonar y todos los espectadores aplaudieron a los danzantes alabando su baile. Margarita toda azorada desprendiéndose de las manos de él salió de las aguas, Soltándose la enagua y la falda se encaminó donde estaban sus amigos.

- ¡Ay Margarita, pero qué bonito! ¡Qué bien habéis bailao!

Catalina y Estuarda elogiaban a la muchacha que no les daba la cara para que no se dieran cuenta de que algo le pasaba.

- ¡Vamos, qué mi amo es capaz de hacer de to’! – presumió Sátur todo admirado.
Alonso se acercó a su tía y la rodeó con sus bracitos – Tía Margarita, ¡qué bien lo has hecho! Bueno, y mi padre también, ¡claro!
- Gracias ni niño, gracias - lo abrazó sentándolo encima de su regazo.
Gonzalo llegaba en ese momento y se sentó junto a ella. Alonso se echó encima de su padre – Padre, ¡yo no sabía qué supieras tan bien bailar!
- Tanto tu tía cómo tú, no conocéis muchas cosas de mí - al decir esto, miró a Sátur.

Gabi y Murillo llegaban en ese momento corriendo - ¡Venga Alonso! ¡Vamos!
- Un momento ¿A dónde vais con tanta prisa? – preguntó Gonzalo reteniendo a su hijo.
- Padre, que queremos bañarnos...
Gonzalo negó con la cabeza. Alonso se le vio la carita de fastidio – Pero padre, ¡todos nuestros amigos lo están haciendo! ¿Por qué nosotros no?
Catalina salió al quite de Alonso – Gonzalo, déjalo hombre, que no va a pasar nada... Todos estamos aquí y estaremos pendientes.
Alonso esperaba la respuesta de su padre. Gonzalo se hizo esperar - ¡Está bien! pero no os metáis mucho más de la orilla.

Los pequeños quitándose su ropita y sólo con sus calzones, salieron corriendo hacia el agua jugando en ella.




La noche iba avanzando. Gonzalo se mantuvo un buen rato conversando con don Jeremías, Cipri y Sátur, de vez en cuando se echaban un buen traguito. Catalina y Estuarda hablaban de alguna convecina que otra pero Margarita se mantenía al margen. Por ella, ya se hubiera vuelto a su casa, la noche de magia no existía para ella. Se sentía de lo más ridícula al haber querido embaucar a su marido de aquella manera y para nada. Él nunca daría su brazo a torcer. ¿Tan difícil era para su esposo comprender qué ella sólo quería trabajar para ayudar?

Las hogueras se iban extinguiendo. Cuando el fuego iba perdiendo fuerza y antes de que quedaran las ascuas, los mozos comenzaron a saltar sobre ellas. Era parte de la tradición. Los pequeños veían extasiados como lo hacían. Según iban haciéndolo los mozos, la gente, los jaleaban y aplaudían.

Alonso se acercó a su padre – Padre, ¿ves cómo lo hacen? ¡Es fabuloso!
- ¡Anda Gonzalo! demuestra a tu chiquillo como lo haces tú  - Cipri, azuzó a su amigo.
- ¡Ah no! ni hablar ¿Por qué no saltas tú?
- Gonzalo, yo no soy tan joven como tú... ¡No tengo mis piernas tan ágiles!
-¡Padre venga! ¡Yo sé qué tú puedes hacerlo! - Alonso al igual que Cipri incitaba a su padre.

Gonzalo miró a Margarita pero ésta tenía la mirada baja por lo que no pudo tener respuesta de ella. Ante tanta petición, el maestro accedió a ello.

Catalina hizo un comentario – Gonzalo, nuestra hoguera todavía no está lo bastante extinguida, las llamas todavía están muy altas.

Pero Gonzalo ya se había dispuesto a saltar. Todos estaban expectantes, sobre todo Alonso y sus amigos. Ante el comentario de unos y otros, fue cuando Margarita se dio cuenta de lo que pretendía Gonzalo. Se incorporó despacio sin quitar los ojos de su marido. Gonzalo, calculando la distancia a saltar, retrocedió uno pasos. Sabía que las llamas estaban todavía algo altas pero no encontraría problema para saltar y salir dañado. Algunos de los presentes viendo la dificultad del salto, dejaron otras hogueras para acercarse a aquella.

Cuando se dieron cuenta, la gente se habían arremolinado en torno a aquella grande fogata pero dejando espacio suficiente para el saltador. Margarita iba a gritarle que no lo hiciera, pero su gritó se ahogó en su garganta cuando vio que su esposo tomando impulso, volaba por el aire cayendo al otro lado de la hoguera flexionando las piernas y poniendo una rodilla en el suelo sin recibir daño alguno. Se apoyó sobre el tronco del árbol. ¿Qué le estaba pasando? ¡Parecía qué había visto una alucinación!

Mientras la gente aplaudía la hazaña de su marido, ella se restregaba sus ojos. Aquella noche la hacía ver cosas que no eran. Intentando apaciguar su corazón, se dijo que estaba loca, que cómo podía a ver visto por un momento volar a Águila Roja. No sabía en qué momento o en qué lugar, pero aquello que había hecho su esposo, incluso la postura en que cayó se lo había visto hacer al embozado ¿Por qué acordarse de él en aquel momento? ¿Por qué su marido con ese salto le recordó a Águila?

- Margarita, ¿te pasa algo? Estás muy pálida - la voz de Catalina la sacó de su aturdimiento.
- ¡Oh no Cata! Estoy, estoy bien...  Quizá el salto de Gonzalo...
- La verdad hija, que tu marido no tiene desperdicio ninguno... ¡Hay qué ver el salto que se ha atrevío a hacer!
Gonzalo ya se acercaba con su hijo en brazos. El pequeño se había abrazado a su padre en cuanto lo vio en el suelo - ¡Qué bien lo has hecho padre! ¡pero qué bien!
Gonzalo puso a Alonso en el suelo mirando a su esposa - ¿Te ocurre algo?
La muchacha negó – No Gonzalo, no me pasa nada... Sólo que estoy algo cansada.
- Ya nos vamos, también es muy tarde para los niños y tienen que levantarse temprano para la escuela.

Gonzalo se sentó en el mismo pedrusco y quitándose la arena de las plantas de los pies, procedió a ponerse las calzas y las botas, luego, ayudó a sus amigos a recogerlo todo y llevarlo a donde había quedado el carro de Cipri mientras las mujeres vestían a los niños. Cuando todo estuvo listo. Gonzalo cogió a cada uno de los pequeños y los subió al carro. Preguntó a las mujeres si alguna de ellas quería subir al carromato. Las tres contestaron que preferían caminar

Los convecinos ya habían hecho lo mismo. Los carros iban saliendo uno detrás de otro para rodear el bosque y dirigirse al centro de la Villa. En muy poco tiempo, todo el jolgorio y el fuego de las hogueras se habían ido extinguiendo. Ya todo era silencio en la laguna. Las ascuas se iban apagando poco a poco y la brisa que corría, hacía esparcir sus cenizas para no dejar rastro de las huellas de una noche que todavía estaba llena de magia, y que con sus llamas, por ese tiempo, dieron luz y vida a aquellas aguas. Ya no estaban doradas, en aquellos momentos, sólo la luna la alumbraba con su luz plateada y para no ser menos, las luciérnagas se hicieron visibles, ellas, quisieron ir dejando con su vuelo sus diminutas e intermitentes lucecitas al aletear sobre la blanca y tranquila fluidez del lago.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Jue Ago 04, 2016 1:47 pm

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.30



En la misma atalaya que hacía dos días Lucrecia miraba en dirección a la Villa, en otro punto de ella, apoyando sus manos y apretando con fuerza los barrotes del balcón, sus ojos observaba la extinción de las hogueras. Su cabello, cómo su bata abierta sobre el sutil camisón se movía causado por la brisa de la madrugada. Hasta ella, esa misma brisa, le llevaba el olor de las candelas. Aquellas candelas, que para muchos eran la salvación y donde quemaban los malos augurios para que la vida les fuera más benévola, para ella, para Lucrecia de Guzmán, Marquesa de Santillana, eran el presagio de lo que ella esperaba. Un vaticinio que deseaba con toda su alma. Un alma envenenada por un amor que nunca pudo ser de ella y que quien la despreció y humilló no debía disfrutar por mucho tiempo de la felicidad. Una felicidad que en ese momento tenía entre las manos como el amor que ocupaba su corazón desde que era un niño. Ella se encargaría de que ese amor se apagara cómo aquellas hogueras que habían acabado extinguiéndose y que sus cenizas, se las iba llevando la propia brisa.

Una voz irónica a su espalda se hizo escuchar. Apretó los dientes llena de rabia.
- ¿Invocando a la magia del fuego Lucrecia? Pues procura no hacerlo en voz alta, la Santa Inquisición podía tener represalia.
- Hernán, ¿qué haces aquí? - lo preguntó sin volverse y con rabia contenida.
Hernán se acercó al balcón – Lo mismos que tú, con la diferencia que yo no tengo que hacer ningún tipo de invocaciones o sortilegios... Simplemente he subido a apreciar un paisaje que no es habitual. A ver Lucrecia, ¿qué es lo que has deseado? aunque no creo que haga falta que me contestes, creo conocer esa respuesta
Lucrecia se giró y miró a Hernán. Sus ojos echaban fuego - ¡Qué sabrás tú!

- Lo suficiente...  Has deseado la infelicidad del maestro ¿Me equivoco? Según tengo entendido tienes una venganza entre manos ¿no? y la verdad, que con eso me tienes de lo más intrigado por qué no sé de qué te valdrá para llevar a cabo esa venganza.
- ¡Ay mi querido Hernán, nunca lo sabrás! Nunca te diré de qué me valdré para hacer que Gonzalo de Montalvo pague su osadía - ésta vez, a la Marquesa de Santillana le brillaron los ojos y su tono de voz, aparte de mordacidad, llevaba algo de coqueteo al acercarse a Hernán y rozar con sus labios los oídos de él.

Hernán no perdía su sonrisa a la vez - ¿No temes qué de nuevo salgas dañada? A veces, la venganza se vuelve contra de uno.
Lucrecia se sujetó el cabello ya que el airecillo hacía que no dejara de revolotear en torno a su cara. Miró fijamente a Hernán – No me importaría Hernán... No me importaría si con eso el maestro sale dañado y ahora disculpa, pero ya me retiro. Que disfrutes de lo agradable que está la madrugada.

Apartándose del balcón y echándole una última mirada a Hernán se alejó bajando la estrecha escalera. Cuando la vio perderse, la sonrisa irónica del Comisario de la Villa desapareció y su entrecejo daba a notar cierta preocupación. Le preocupaba la obstinación de Lucrecia. Le preocupaba por qué sabía, que cuando se proponía algo no le importaba llegar a donde fuera para conseguir lo que tanto ansiaba.




Gonzalo entraba en la casa que estaba sumida en una agradable penumbra, ya que las luminarias proveniente del exterior hacía posible que a través de las ventanas abiertas y del patio entrara una tenue luz. Alonso, dormido descansaba la cabecita en su hombro. Se dirigió al cuarto de pequeño y con sumo cuidado lo depositó sobre la cama, se dispuso a desnudarlo. Mientras, Margarita después de encender un par de velas ayudaba a Sátur a recoger las cosas. El fiel criado la veía cansada.

- Señora, váyase a descansar, que esto ya lo quito yo.
- Te lo agradezco Sátur. La verdad que estoy algo cansada, entonces, hasta mañana, que descanses tú también.

Margarita cogió una de las velas y se encaminó a su alcoba. Antes de pasar a ella, escuchó hablar a Gonzalo. Al parecer Alonso se había despabilado y su marido intentaba de qué volviera a dormirse. La muchacha entró en el cuarto y cerró la puerta dejando la vela en la mesita. Se desprendió de su ropa y buscó en el cajón del peinador un camisón. Sus dedos, rozó aquel camisón de hilo de Holanda que se hizo para su noche de bodas y que todavía no había logrado ponerse. Maquinalmente lo tomó entre sus dedos cerrando el cajón. Lo dejó sobre la cama y quitándose la camisola y la enagua se vistió con él anudándose en un lazo las tirantas del mismo. Se sentó en la banqueta y procedió a quitarse los pendientes y la moña de jazmín. Desasiendo su trenza comenzó a peinar sus rizos.

Luego, pasándose una cinta blanca por el cabello se lo anudó en la nuca dejando el cabello suelto y cayéndole por la espalda. Se levantó y destapó la cama. Se iba a meter en ella, cuando la brisa le trajo el aroma de su jazmín. Aspiró aquel perfume y desistiendo de meterse en el lecho sus pies descalzos la llevó hasta el patio. Se acercó al majestuoso arbusto y cogiendo entre sus manos sus hojas cuajadas de flores, se la arrimó para aspirar su aroma ignorante de que su marido no dejaba de observarla. Para Gonzalo, aquella visión era la más hermosa que podía contemplar aquella noche. Parecía un ángel lleno de luz con aquel camisón blanco de fino lienzo, largo hasta los tobillos dejando ver sus pies descalzos. Era una preciosa flor entre tantas... ¡La más hermosa de todas!

Margarita, dejando de acariciar aquellas hojas y sus flores se sentó en una mecedora y comenzó a balancearse en ella mirando el cielo estrellado. Detuvo el balanceo al escuchar la voz de su marido.

- ¿No vienes a la cama?
La joven no hizo por volverse. Sabía, que él estaba en la puerta de la alcoba – Voy a quedarme un poco más... Estoy a gusto aquí.

Escuchó los pasos de él acercándose. Ella siguió con el balanceo. La mecedora detuvo su vaivén. Gonzalo la detuvo y poniéndose en cuclillas miró a su esposa que evitaba mirarlo - ¿Podemos hablar? – se lo pidió de la forma más dulce.
Margarita sin mirarlo le contestó  - No sé...  ¿Tenemos qué hablar de algo?

Gonzalo buscó una pequeña banqueta que estaba a mano y cogiéndola se sentó en ella. Tomando la barbilla de su esposa hizo que ésta lo mirara – Si Margarita, sabes que tenemos que hablar. Quizá sea yo el que tiene que decir más... Sé que ésta tarde no estuve acertado pero debes de comprender que...
- ¿Qué tengo yo qué comprender Gonzalo? Que no aceptas que vaya a trabajar ¿no? Siempre pensé orgullosa que con el hombre que me iba a casar era diferente a los demás porque para él, no había desigualdad pero me equivoqué... ¡El maestro de ideas avanzadas en la época difícil en qué vivimos, no deja de ser un hombre más! ¡Un hombre qué quiere que su esposa haga lo que él decida sin importar lo que ella piense! ¡Las mujeres no somos nada! ¡Vosotros decidís por nosotras! Primeros son nuestros padres lo que deciden y luego nuestros esposos...

Gonzalo la dejó hablar. Cuando ella dejó de hacerlo lo hizo él - ¿Ya has terminado?... Sabes que lo que has dicho no lo sientes porque sabes que yo no soy así ¡Lo sabes Margarita! A mí no me importa qué vayas a trabajar ¡A mí no me importa qué decidas por ti misma! ¿Cómo va importarme? Lo que me importa es que vayas a realizar tu trabajo a Palacio... Sé, que me vas a decir que si no creo en su arrepentimiento es mi problema pero yo lo único que no quiero, es que Lucrecia te vuelva a hacer daño.
- Pero... ¡Es qué no comprendo esa manía tuya! ¡No es lógico qué pienses así! Dime... ¿Qué te hace creer que ella me quiere hacer daño? ¡A ver, dímelo!

Gonzalo no sabía que decir. ¿Qué le podía decir? ¡Qué era un presentimiento! Por un presentimiento, no sería lógico que le impidiera ir a trabajar a Palacio. Margarita ante el silencio de él volvió a balancearse en la mecedora. Gonzalo se pasó la mano por el cabello. Se levantó, dio varios pasos, volvió de nuevo atrás y se quedó mirando a su esposa que seguía balanceándose con los ojos cerrados.

Se puso las manos sobre el cuadril mirándola desafiante, con cierta rabia. Su enojo, lo hacía más atrayente aún, más irresistible... La camisa blanca  a medio cerrar enseñando parte de su varonil pecho, las piernas entre abierta, ocultas bajo un pantalón oscuro y descansando bajo sus botas llenas de arena. Aquella noche, parecía aun más alto. Su mirada retadora, obstinada desapareció y sus ojos de color miel, se sosegaron.

- ¡Está bien! ¡No te impediré que vayas a trabajar a Palacio! pero...
Margarita detuvo el balanceo y miró a su marido con cierto entrecejo - ¿Qué me dejas ir a trabajar? ¿A Palacio?
- ¡Si Margarita! ¡Sí!. ¿No es lo qué querías? ¡Pues ya lo tienes! pero si te advierto una cosa, no te confíes... ¡No confíes en Lucrecia

Dicho esto, se apartó de la muchacha y se dirigió a su alcoba. Margarita suspiró y volvió a balancearse. Había cedido, su marido la dejaba que fuera a trabajar a Palacio y sin embargo ella no saltaba de alegría. Quizá, porque aunque se lo había permitido, él, seguía sin estar de acuerdo. Seguía, con su mismo pensar sobre la Marquesa.




Se había desnudado y se echó en la cama recostando la cabeza sobre sus brazos. Estaba preocupado. Aunque había cedido no por eso dejaba de tener la misma inquietud pero como fuera vigilaría a Lucrecia, no iba consentir ningún daño sobre su esposa. No dejaba de pensar Margarita, era imposible no hacerlo, sonrió. Le emocionó el haberla visto como se balanceaba en aquella mecedora que acostumbró a usar María, la madre de ella, y que al igual que el tocador de Cristina, se encontraba guardado en el trastero pero en cuanto su esposa lo vio, decidido sacarlo de allí y en aquel momento, le estaba sirviendo a ella para deleite de él, ya que la veía preciosa, igual que si fuera una niña meciéndose en ella.

Le pareció raro que ya no hubiera dejado el patio. Se levantó y salió de la alcoba. Ya no se balanceaba. Rodeó la mecedora. Se la quedó mirando embelesado. Se había quedado dormida. Volvió a sonreír recordando el baile en la laguna. Se inclinó y la tomó en sus brazos. La muchacha se despabiló.

- Déjame... Quiero... quiero dormir aquí.
- Sssssh... Para dormir la cama, o para otras cosas - sintió que ella apoyaba su cabeza en su pecho cerrando de nuevo los parpados. Entró en la alcoba y poniendo una rodilla sobre la cama la dejó suavemente en ella, luego, buscó su sitio en el lecho. Se puso de costado contemplándola. La besó en la frente y se volvió para apagar la luz de la vela. La voz de su esposa lo retuvo.

- Gracias.
Gonzalo se giró. Margarita tenía los ojos abiertos aunque algo adormilados. Se acercó más a ella – No Margarita, no me tienes que dar las gracias, sabes que no estoy de acuerdo con ello y también sabes el porqué, pero tampoco puedo impedírtelo - según iba hablando le apartaba algunos rizos que le caían rebelde por la cara – Es mucho lo que te amo para prohibirte nada.
- Yo también te amo Gonzalo... Lo sabes, sabes cómo te amo.
- Lo sé mi vida, claro que lo sé - sus labios no sólo hablaban, sino que iban acariciando el hermoso rostro de ella. Margarita cerraba los ojos. Le gustaba sentir sus caricias.

Las manos de Gonzalo comenzaron a acariciar su piel. Margarita abrió sus penetrantes ojos. El brillo de ellos le dijo mucho a su esposo. Las manos de ella acarició el torso fuerte y varonil de su marido, sus brazos... Al acariciar el brazo derecho, detuvo sus dedos a la altura de la venda que cubría la herida - ¿No te duele?

Su marido, con una sonrisa negó con la cabeza – No, ya no me duele... Quizá, ya mañana no tenga que cubrírmelo más - se inclinó sobre ella buscando sus labios y ella entreabrió los suyos para acogerlos.

Gonzalo, los besó lleno de ternura primero y luego con gran apasionamiento, a lo que ella correspondía con placer infinito. Él, apartando su cabello acarició su cuello, lo que hizo estremecer a la muchacha. Mientras la besaba, sus manos acariciaron las turgencias de ella a través de su fino camisón. La sentía agitarse a su contacto. Gonzalo buscó sus ojos.

- Esta noche intentaste seducirme de una forma cautivadora... No sabía que mi mujer tuviera esa habilidad tan encantadora... No sabes cómo me gustaría qué me sedujeras de nuevo, ahora, en este momento, los dos solos pero sé que no te atreverías... Lo que querías con la seducción ya lo has conseguido.
Margarita se puso arrebolada y se incorporó en la cama apartándolo de ella – Pero... ¡¿Pero cómo me dices eso?!
Al ver que ella estaba a punto de saltar de la cama la retuvo entre sus brazos y riendo por la reacción de su esposa ante sus palabras - Pero Margarita, ¡es una broma! ¡Parece mentira qué no me conozcas! Sabes cómo me gusta verte enojada y sobre todo tan ruborizada como ahora.
Margarita quiso deshacerse de los brazos de él - ¡Eres...! – sus penetrantes ojos negros echaban chispas.

Gonzalo no la soltó y volvió a echarla sobre el lecho sujetando sus manos. De nuevo la fue acariciando con sus besos, dulcemente, con ternura, con amor... Cuando sintió que la presión de las manos de ella cedía ante aquellas caricias, la soltó para con sus manos volver a acariciar sus senos y percibir que volvía a estremecerse. Las manos de ella, acarició su torso, su pecho, bajando hasta su vientre, haciendo que su esposo sintiera un escalofrío de gozo. Las manos de él, fue bajando a través del camisón subiéndolo poco a poco hasta la altura de los muslos de ella. Acarició sus piernas y con sus labios la recorrió toda ella. De pronto algo sucedió que a Gonzalo lo dejó perplejo. Con una habilidad que él no podía esperarse, Margarita se incorporó haciendo que él quedara sobre la cama y ella prácticamente sobre él. En aquello ocasión, fue ella quien tomó la rienda de la situación.

- Querías seducción ¿no? Lo que no sé, si sabré hacerlo a tu altura... Tú, sabes cómo hacerme caer, sabes, como doblegarme con tan sólo rozarme...

Se inclinó sobre el hermoso rostro de su marido y lo fue acariciando con sus labios, besando cada palmo de él. Deshizo el nudo del cordoncillo del colgante y lo dejó sobre la cama. Quería el pecho de su marido sin obstáculo ninguno. Besó su fuerte torso a besitos cortos, con un suave roce de labios, lo que hizo que su esposo se volviera loco por la pasión. Sus manos de hombre, acariciaron de nuevo aquellos senos que casi tocaban su pecho varonil y que percibía el latir del corazón de ella con una fuerza desmesurada. Gonzalo alucinaba, por un momento la apartó.

– No pensaba que ésta noche iba a tener a mi vera a la más hermosa de todas las brujas... Una preciosa bruja, que hace que pierda hasta el sentido al hechizarme mi amor, de la forma en qué lo estás haciendo...

Margarita no dijo nada para de nuevo sorprender a su marido. Incorporándose, pasó una pierna por arriba del cuerpo de su esposo sentándose sobre él. Gonzalo vibro de regocijo al sentirla encima. No hablaban con palabras, sólo con sus miradas llenas de amor se lo decían todo. La joven, alzó los brazos para con sus dedos quitarse la cinta que sujetaba su cabello y que con una sacudida lo dejó suelto colgándole como una cascada sobre sus hombros y espalda. Estaba asombrada de sí misma, incluso estaba algo asustada y cohibida, pero no iba a dárselo a entender pero al igual que en la laguna, nada de eso pasó desapercibido para su marido, pero él no rompería esa magia y quizá le vendría a ella bien para que perdiera poco a poco el pudor, su vergüenza. ¡Aquella criatura era más que maravillosa!

Ante la mirada expectante de su esposo, tirando de los cabos de los lacitos que sostenían las tirantas del camisón, hizo que éste se deslizara por su cuerpo dejando su hermoso torso de mujer al descubierto y sus turgentes senos preparados para hacer acariciados. Aquello no se hizo esperar, las manos ávidas de Gonzalo pero llenas de delicadeza comenzó a acariciar aquella fruta deseable y que saboreaba con sus labios, estremeciéndose él y haciéndola estremecerse a ella.

Los dedos temblorosos de la esposa, desataron la cinta del calzón de su hombre tirando de él con toda suavidad. Ya había percibido con su tacto, que la virilidad tan deseada ya había reaccionado. Gonzalo estaba lleno de una gran fogosidad ante las caricias que le promovía aquella preciosa mujer que era su esposa. Con habilidad, el esposo, el  amante, terminó de deslizar el sutil camisón de su mujer y con él, su prenda más intima. Sus dedos buscaron la jugosidad recóndita de su esposa. Acarició aquella delicada zona y sintió que ella temblaba sobre de él. La sentía estremecerse de gozo ante sus acariciantes dedos.

Buscó los ojos de Margarita, y con ellos, su esposa, su mujer, asintió acomodando su cuerpo .Con sumo cuidado de no dañar la más hermosa flor que se abría para dar paso a su cuerpo viril, se cobijó pausadamente dentro de su impregnada y sedosa concavidad. La escuchó exhalar un gemido, agitarse y vibrar al sentirlo, al sentir que estaba dentro de ella. Aquel encanto de aquella noche de magia convertida en mujer, fue quien comenzó aquella danza que bailaran juntos entre las aguas de la laguna.



Los dos entregándose el uno al otro, amándose sin reparos, se vieron envuelto en una intensa oleada de placer. Sus cuerpos fueron una llamarada de pasión desenfrenada, de amor... Sus cuerpos, fueron candela viva cómo sus corazones, cómo sus almas. Sus cuerpos fueron más que una gran hoguera en aquella noche mágica de San Juan.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (1ªPARTE)   Lun Ago 08, 2016 1:56 am

Luces y Sombras. Primera Parte.

Capítulo.31

Días estivales.

Ante la petición de Gonzalo de que solo dejara pasar unos días, Margarita no pudo negarse y dejó pasar esos días antes de incorporase a Palacio para volver a realizar su trabajo de costurera. En los días que siguieron a aquella noche de magia, lo disfrutaron llenos de felicidad. Por las tardes, cuando ya el sol había perdido fuerza, se iban con los niños a la laguna donde los pequeños gozaban de sus aguas bañándose y jugando. Sátur los acompañaba, así, los enamorados aprovechaban para tener unos momentos para ellos solos, apartándose, aislándose de aquellos tabardillos para poder hablar y amarse con besos, caricias, risas, como si aún fueran novios. Pero para la muchacha, a veces esas tardes no eran tan maravillosas, ya que lo que le dijo Gonzalo en una ocasión lo cumplió. La estaba enseñando a perder el miedo a introducirse en las profundidades de las aguas de la laguna, pero a ella, eso se le resistía y cuando estaba muy al fondo le entraba tal agobio que su marido tenía que desistir pero sabía, que él, no se daría por vencida.

Aquella tarde, apoyada en una roca y bajo una arboleda de frondosas copas y cuyas verdes hojas hacían colgar de ellas unas hermosas flores amarillas, veía como Gonzalo disfrutaba como un niño más entre los pequeños. Ese día, casi se habían llevados con ellos a media clase. Cada tarde que decidían ir al lago, Gonzalo escogía un sitio diferente, incluso ella misma, no sabía todo lo que la laguna escondía y se quedaba maravillada. Aquel lugar donde se encontraban en aquellos momentos, estaba rodeado de una frondosa vegetación y sus piedras, al igual que las rocas, eran cómo la mayoría que existían por esa zona, eran calizas, aunque algunas, eran de una finura que parecían de cristal por la transparencia de ellas.

Margarita se había propuesto leer un libro de poemas pero no podía dejar de estar pendiente de su marido y de la chavalería. Ya se le acabaría de tener esas oportunidades de acompañarlos, ya que al día siguiente volvía a Palacio, ya no quería demorar por más tiempo su vuelta. Vio venir a su marido en dirección a ella acompañado de Alonso. Sátur se había quedado con los demás niños dentro del agua. Gonzalo y Alonso se dejaron caer junto a la muchacha. El crío ante un guiño de su padre se levantó y rodeó con un abrazo de cariño el cuello de su tía que se estremeció un poco al sentir sobre ella los bracitos mojados del pequeño.

- ¡Uyy! ¡qué cariñoso estamos!
- Tía Margarita, ¡es qué te quiero mucho! - Alonso miró a su padre, Gonzalo le hizo una señal con la cabeza que para Margarita pasó desapercibida.
- Tía, ¿por qué no te vienes a bañar con nosotros?
La muchacha miró a Alonso y luego a Gonzalo - ¡Ah no! ¡Ya sé lo qué pretendéis! pero ésta vez, ¡no!
- Tía Margarita, por favor... Ésta tarde es la última que vas a poder estar con nosotros y ya padre no te va a poder seguir enseñando ¡Si ya casi lo aguantas! Sólo te falta un poquito...  – el pequeño le puso los dos dedos juntitos.
- ¡Qué no! ¡Qué os digo qué no! ¡y no! - la muchacha se había levantado y les dio la espalda a los dos.

Gonzalo se puso de pie y le hizo otro guiño a Alonso. Se acercó a su esposa que había cruzado los brazos bajo el busto y tenía el entrecejo más que fruncido. Ella, sintió la mano de su marido en su hombro y su voz llena de dulzura.

– Margarita escucha, en estos días has conseguido mucho, has ido venciendo poco a poco el terror que tenía a las profundidades y lo...
La joven lo interrumpió - ¡No Gonzalo! ¡Sabes qué eso no es verdad! No he vencido ese terror... Siempre que ya me encuentro casi tocando fondo, siento... Siento que me ahogo...

Gonzalo la volvió hacia él – Tú misma lo has dicho, casi tocando fondo, antes no llegaba ni a ese casi, ahora si lo haces, lo que te debe dar a entender que has avanzado y bastante, sólo te falta ese poquito como dice Alonso... Ese poquito de miedo que tienes aún para conseguirlo. Lo mejor para vencer el miedo es enfrentarse a él y yo sé que tú puedes hacerlo... Me has demostrado con creces todo lo valiente que eres ¿No lo vas a hacer con esto? ¡Venga mujer! Hazlo por ti misma... Bueno, y por Alonso que está deseando ver a su tía como lo consigue.

- Y por ti también ¡claro!
- Pues si ¡Claro que quiero que lo consigas! Para sentirme orgulloso de una cosa más de ti.
- ¡Pero es qué me da miedo! No lo puedo evitar...
- Ya sé que no puedes evitarlo... Mira vamos hacer una cosa, hoy lo vuelves a intentar, que lo consigues, eso te encuentras, que no puedes, no pasa nada y ya no se vuelve a tocar el tema... De todas maneras, yo voy a sentirme orgulloso de ti ¡siempre!

Los ojos de Margarita, iban de Gonzalo a Alonso y viceversa. Suspiró profundamente - ¡Está bien! ¡Pero qué os conste a los dos que es la última vez que lo hago!
- ¡Bien! ¡Tía verás cómo puedes!
- Nos iremos al mismo sitio de siempre, tiene buena profundidad y siempre es más fácil para moverse bajo agua... Voy avisar a Sátur para que esté pendiente de los niños y de todo lo que se queda aquí.

Gonzalo se dirigió hacia donde estaba Sátur bañándose con los demás niños. Margarita tomó una de las toallas y esperó a que su marido regresara. Cuando él llegó, recogió su ropa y le pasó el brazo por el hombro a su esposa enfilando el camino seguido de un Alonso, que iba de lo más feliz. Salieron los tres de aquel bonito lugar para dirigirse a otro aún más bello.

Desde la altura donde estaban ellos, el lago se extendía ante sus ojos y se abría mucho más. Las arboledas y la vegetación quedaban algo más alejadas de sus aguas y en vez de abundar terreno más arenoso, era un camino de rocas calizas y hermosas piedras de diferentes tonos de color. Las mayorías de ellas, grandes y planas de una transparencia cristalina como las que habían dejado atrás. Era un lugar muy hermoso, e incluso existían pequeñas grutas de rocas calizas.

Gonzalo se volvió a su mujer – Bueno, ya estamos aquí, en Laguna de Piedra.
- Si, ya lo veo, no haces falta que lo digas  - la voz de la muchacha sonó con desgana.
- Padre, ¿por qué lo llaman Laguna de Piedra – preguntó Alonso con curiosidad.
- Su mismo nombre lo dice, porque aparte de ser un hermoso lugar, la laguna está rodeada de las rocas y de estas bonitas piedras y según desde donde se divise, por ejemplo, si nos subiéramos allí...  - Gonzalo señaló una loma – Al ser sus aguas tan transparentes, se reflejaría las que se encuentran dentro de sus aguas. Creo que no tiene más explicación que esa.

Gonzalo miró a la muchacha – Margarita, anda, vamos.
- ¿Desde aquí? ¡Ni muerta! Yo bajó la pendiente y si tú te quieres tirar desde aquí lo haces ¡pero yo no!
- Bueno, yo me tiro desde aquí y tú mientras te vas quitando la ropa.

Margarita echándole una mirada de pocas amigas bajó por el declive y procedió a quitarse la ropa. Lo hizo sin prisa alguna. Se quitó la falda y la blusa, no llevaba corpiño. Se sentó en una de las piedras y se quitó las zapatillas. Gonzalo se había tirado desde lo alto y después de nadar un poco volvió hacia la orilla. La muchacha dejó las zapatillas junto a su ropa y la de Gonzalo. Alonso se sentó a mirar y a esperar.

Gonzalo ayudó a su esposa a avanzar por aquel camino de piedras tirando de ella hasta donde ya las piedras eran cubiertas por aquellas aguas transparentes - Me zambullo yo primero y ahora vengo a por ti - Gonzalo se fue metiendo dentro del agua poco a poco hasta que llegado a un término, se zambulló impulsando su cuerpo debajo de agua. A Margarita se le hizo interminable ver a aparecer a su esposo.

Alonso se había acercado a ella – Tía, ¡qué no le va a pasar nada! - el chiquillo animaba a su tía mientras se sentaba en una de aquellas bonitas piedras.
- ¡Alonso qué me entra ganas de volverme! ¡Qué yo no sirvo pa’ esto!
- ¡Qué si tía Margarita! ¡Qué ya verás que hoy ya se te quita el miedo!
Gonzalo asomó la cabeza entre las aguas. Nadando se acercó a ellos - ¡Venga Margarita! Ten cuidado al pisar, las piedras resbalan bastante.

La muchacha mirando a su sobrino se santiguó  y girando su cuerpo, introdujo sus pies descalzos en el agua. Poco a poco fue avanzando, según iba haciéndolo, sus enaguas se fueron empapando de aquellas aguas cristalinas y algo frías.

- Está fría...
- No tanto, cuando ya te metas del todo, ya verás que no está tan fría - Gonzalo le tendió la mano.
A Margarita ya le cubría el agua a la altura del busto pero no soltaba la mano de su marido. Él percibió que temblaba un poco - Margarita ya puedes zambullirte, en cuanto lo hagas se te quitará el frío.

En ningún momento el tono de voz de Gonzalo sonó autoritario, al contrario, estaba lleno de ternura. Sabía que le estaba costando trabajo lo que estaba haciendo. Gonzalo le soltó la mano y le indicó el agua. Haciendo un esfuerzo sobre humano, la muchacha tomó aire y se zambulló en aquellas aguas, Gonzalo no la siguió porque sabía que no tardaría en aparecer.

Así fue, enseguida la muchacha apareció y él, en dos braceadas se apresuró a acercarse a ella - ¿Estás bien?
La muchacha asintió echándose el cabello hacia atrás. Gonzalo miró a su alrededor - Margarita ¿por qué no nadas un poco a tu aire? Eso te relajará.
La muchacha negó con la cabeza – Estoy bien, creo yo...
- Bueno, está bien, pues ahora, vamos a ir hasta allí nadando – Gonzalo le señaló un punto de la laguna.
Margarita sólo asintió con la cabeza. Su marido le depositó un beso en sus labios.

Gonzalo giró la cabeza para mirar a Alonso. Le hizo un saludo con la mano y el pequeño le contestó de igual manera. Luego miró a su esposa y la incitó a seguirlo.

Gonzalo, impulsando sus brazos a un ritmo moderado llegó a su destino. Tuvo que esperar a que la muchacha llegara hasta él - ¿No estarás cansada? Ha sido poco el trayecto.
- No, no estoy cansada... Es que tú tienes los brazos más largos y por eso has llegado antes.

Gonzalo le hizo gracia el comentario de ella, sobre todo en la forma en que lo dijo.

- Bueno, pues vamos a lo que nos importa... Ahora tomas aire bastante y cuando ya estés sumergida lo va exhalando por la nariz, eso tú ya lo sabes hacer, luego, te vas sumergiendo cada vez más, como otras veces... Ya sabes que yo estoy junto a ti y nada te va a pasar. Cuando veas que tocas fondo no sientas temor, piensa que estás a pocos metros de la superficie y que sólo te has desplazado muy poco de la orilla. Tampoco te asuste si algún pececillo te roza las piernas, son pequeños... Por esta zona no suele abundar mucho los peces ¿Dispuesta?
- Si, pero tú no te apartes de mí - mientras lo decía iba moviendo sus brazos para mantenerse a flote.
- Sabes, que nunca me aparto de ti... A ver, sumérgete ya. Yo voy detrás de ti.

La muchacha tomando de nuevo aire se sumergió en aquellas aguas. Gonzalo la siguió y enseguida se emparejó con ella. Gonzalo le indicaba que iba bien. Margarita con sus movimientos de brazos y pies iba adentrándose cada vez más hacia las profundidades. En su recorrido, las rocas calizas formaban extraños aspectos. De entre ellas, sobresalía una especie de vegetación. Un tipo de algas que se balanceaban con el vaivén del agua a su paso. Por un momento percibió que estaba sola, Gonzalo no estaba al lado de ella. Se volvió, su enagua se enredó entre sus piernas marcando la transparencia de su bonito y sugerente cuerpo y donde las turgencias de sus senos se pronunciaban debido a la frialdad del agua. Gonzalo se había retraído para ver la reacción de la muchacha. Le hizo señas de que todo estaba bien, que se tranquilizara. Enseguida estuvo al lado de ella. Margarita le hizo señal de que quería subir.

Gonzalo con un movimiento de mano, le dijo que esperara, que ella podía seguir, que no tuviera miedo. La cogió de la mano e hizo que siguiera sumergiéndose. Por un momento Gonzalo sintió la necesidad de enredarse en su cuerpo y los dos abrazados dieron vueltas por aquellas aguas transparentes y de azul verdoso. La joven, parecía una hermosa ninfa cuyo cabello se le enredaba sobre ella misma al igual que su ropa. Sus cuerpos se tocaban y las turgencias de uno y otros se translucían a través de sus ropas intimas.

Hubiera deseado besarla, pero ella no hubiera sabido ni podido hacerlo debajo de agua y no quería forzar una situación que lo único que hubiera conseguido es que su esposa se asustara. La soltó y le indicó que siguiera sola. Gonzalo sabía que estaban cerca del fondo pero no le indicó nada para no amedrentarla. Cada vez se encontraba con más rocas y vegetación. Ella buscaba sus ojos y siempre los encontraba. Su marido le indicaba que todo estaba bien. Gonzalo divisó el fondo de la laguna. Miró a la muchacha.

Ella se percató y se retractó a seguir. Gonzalo negó con la cabeza que no desistiera que estaba a punto de conseguirlo. Hubiera querido ayudarla a seguir, pero debía hacerlo sola. Ella le hacía señas con su dedo que quería subir a la superficie. Gonzalo le negaba con la cabeza. Él sabía por las burbujas que exhalaba por su nariz que aguantaba bien. Él, le indicó el fondo. Apreció el coraje y el malestar de ella pero también, poco a poco y girando su cabeza para mirarlo siguió sus indicaciones.

Estaba a un paso de tocar el fondo. Gonzalo percibió que titubeaba. Margarita buscó el cuerpo de su esposo. Gonzalo hizo que lo soltara haciéndola comprender que tenía que hacerlo sola. Ella movía la cabeza negando, que no podía. Casi estaba a punto de llorar. Gonzalo estuvo por subirla a la superficie pero si cedía, así no vencería ella su miedo. Por eso, le indicó que siguiera adelante ¡Qué podía hacerlo! Margarita sentía que las fuerzas le fallaban pero miró el fondo. ¡Estaba tan cerca de conseguirlo! Sin embargo estaba aterrada y quería salir de allí.

Hizo un último esfuerzo e impulso su cuerpo enredado en sus ropas. Sentía que su corazón latía con una fuerza desmesurada y que ya no podía contener más la respiración. Sin saber cómo, sus manos tocaron fondo introduciendo sus dedos en las arenas que se removieron con su contacto. Se agarró a unas rocas y giró la cabeza. Muy cerca de ella estaba su marido mirándola admirado por el esfuerzo que había realizado a pesar de su miedo. La entrelazó en sus brazos besando su cabello.

Margarita le indicaba que quería subir. Él, afirmando con un movimiento le dijo que sí, que ya podían hacerlo. Impulsaron sus cuerpos unidos en dirección a la superficie. Gonzalo notó que a ella ya le faltaba el aire, la notó nerviosa. Con una señal le dijo que se calmara, que aguantara un poco más que ya estaban a punto de llegar. Notaba que ya estaba demasiado cansada, Gonzalo impulsó su cuerpo con más fuerza pero sin dejar de soltarla. Él le indicó que mirara hacia arriba. Ella apreció a través de las aguas que había un círculo de luz. Se agarró fuertemente a su marido. Gonzalo hizo el último empuje logrando salir a la superficie.

Margarita comenzó a toser ya que en el último momento tragó agua. Gonzalo nadó hasta la orilla sujetando a su esposa. La dejó boca abajo sobre aquel terreno empedrado. La joven fue a decir algo, pero la tos no la dejó. Gonzalo se inclinó sobre ella – No hables, deja que se te pase.
Alonso se acercó - ¿Qué le pasa a tía Margarita?
- Que ha  tragado algo de agua pero eso se le pasa enseguida ¿Sabes Alonso? ¡Tú tía lo ha conseguido! ¡Ha tocado las arenas de las profundidades!
- A ti... A ti, si que te...  Si que te voy... a tocar... - la muchacha por fuerza quería decir algo pero las palabras se la quedaban engollipadas en la garganta.
- ¡Bien tía! ¡Lo sabía! ¿Ves qué lo conseguías?

Gonzalo intentaba que su esposa no hablara - No te esfuerce cariño, ya luego hablas lo que quieras – al decirlo le daba golpecitos en la espalda.
Poco a poco se le fue pasando e intentó incorporarse, Gonzalo fue ayudarla y ella se revolvió - ¡¿Qué...  ¿Qué querías ahogarme, ¿no?! ¡Sigue! ¡sigue! ¡Me estaba faltando el aire Gonzalo! y tú, ¡dale con el sigue! Nunca me han parecido tan interminable esos minutos debajo agua y tú, ¡dale que te pego!
Gonzalo se rascó la barba aguantando la risa – Margarita, no te estaba faltando el aire, te tenía bien controlada y exhalabas bastante bien, y si te animaba a seguir, es porque sabía que lo ibas a conseguir.

- ¡Claro, cómo  no! Contigo pendiente a que no volviera a la superficie ¡y encima, muerta de frío y miedo! – con la mirada quiso fulminar a su marido.
- Cálmate, ahora estás un poco ofuscada y lo ves así... Anda, tiéndete para que te dé el poco sol que ya queda y puedas secarte la ropa.
- Si tía, ven tiéndete aquí, esta parte del terreno es arenoso - el chiquillo le señalaba una superficie que estaba libre de piedras y rocas.

Margarita con un gran coraje, cogió el lienzo y se fue a donde le había señalado Alonso. Se sentó procurando ponerse de cara al sol, éste tenía poca fuerza pero algo secaría sus ropas. Con sus manos, escurrió lo máximo su largo cabello y luego con la toalla procedió a secárselo. Gonzalo se acercó y se sentó junto a ella. La muchacha le dio la espalda.

- No te enfades mujer... Verás como la próxima vez ya lo haces más suelta y sin temor alguno.



Margarita se giró despacio y la mirada que vio Gonzalo, precisamente no era de amor.
– Gonzalo, cállate porque me entra gana de matarte. No habrá próxima vez ¡Yo no vuelvo a meterme allí abajo ni por todo el oro de las arcas reales! ¡Ni loca!
- ¿Ni siguieras lo harías por mí? – Gonzalo le buscó la mirada algo burlón.
- Por ti, ¡menos aún!

Margarita quitó la mirada de él volviéndose de espalda. Se cubrió con la toalla la camisola. Aprovechando que Alonso se había apartado algo de ellos para coger piedrecillas de diferente tamaño, Gonzalo insistía en meterse con su esposa - ¿Por qué te cubres? Si vieras lo provocativa que te ves con la ropa mojada... No sabes lo que hubiera dado por hacerte el amor debajo agua.
- Si te hubieras atrevido a hacer sólo el intento, ¡entonces, soy yo la que te ahogo! - la voz de la muchacha se escuchó bastante enojada.

Gonzalo comprendió que estaba enfadada de verdad. Prefirió mantenerse callado hasta que se le pasara el malestar. Alonso no tardó en acercarse, enseñando las piedrecillas que había cogido - ¡Veras cuándo las vean mis amigos! ¿Padre cuándo nos vamos a ir?
- Cuando tu tía se seque un poco.
- Por mí no preocuparos, ya me he secado lo bastante para poder irnos, sólo el tiempo de vestirme - mientras hablaba se había levantado y fue en busca de su ropa.

Gonzalo fue a decir algo pero prefirió callar. Margarita comenzó a vestirse y sentándose en una roca se colocó las zapatillas. Luego miró a su marido de refilón - Cuando quieras nos vamos.
- Espera, me vestiré yo también... Creo que ya debemos de pensar en volver para la Villa, prácticamente el sol ya se ha ido y los niños no deben de estar mucho tiempo en el agua.

Así lo hizo. Gonzalo se vistió a faltas de sus botas, ya que éstas las había dejado con las demás cosas. Emprendieron el camino de vuelta. Margarita no habló en todo el trayecto, pero Alonso brincaba y reía con las cosas de su padre ignorante del malestar de su tía. No tardaron en llegar. Ya Sátur había hecho que los niños salieran del agua. Fue a preguntar cómo había ido la cosa pero ante un ademán de Gonzalo se limitó a callar.

Alonso les enseñaba a sus amigos las piedrecillas que había ido cogiendo. Gonzalo le dijo que se vistiera. Margarita lo ayudó a hacerlo y también lo hizo con otros pequeños. Cuando todos estuvieron listos, salieron de aquel hermoso lugar para adentrarse en el bosque y desde allí, al camino que los conduciría a la Villa.




La vuelta a Palacio.

Gonzalo ya llevaba un rato despierto cuando las campanas de San Felipe dieron siete toques. Giró la cabeza y vio que su esposa no había hecho ni el intento de moverse, estaba dormida profundamente. Durante la noche la había sentido dormir inquieta, quizá debido a lo ocurrido la tarde anterior, sonrió. En toda lo que quedó de la tarde noche no hubo manera de quitarle el enojo. Por eso cuando en la noche se acostó y ella ya estaba dormida, no hizo el intento de despertarla. Pero en aquella ocasión y muy a pesar suyo tenía que hacerlo. Sabía, que si no lo hacía podía darle otro motivo más para seguir enfadada.

Se acercó a ella y le puso una mano en el hombro hablándole con mucha ternura – Margarita, Margarita despierta... – la zarandeó con dulzura. La muchacha se movió en la cama pero para darse la vuelta al otro lado.
Gonzalo se incorporó y se inclinó besando su cabello, de nuevo le volvió a hablar – Margarita, te tienes que levantar cariño... Anda, que vas a llegar tarde a Palacio.

La muchacha entre sueño pareció escucharle e intentó abrir los ojos. Se pasó la mano por la cabeza - ¿Es... ¿es muy tarde?
- Han dado las siete... Por mí no te hubiera despertado, has pasado una noche muy inquieta...
- ¡¿Las siete?! ¡Si dentro de nada está Catalina en busca mía! - saltó de la cama y yendo a su arcón cogió lo que necesitaba, salió de la alcoba dirigiéndose al patio pero no tardó en regresar y volver a abrir el arcón para tomar algo. Salió de prisa. Gonzalo pensó que se le habría olvidado algo.

Gonzalo suspiró profundamente. Cogió la almohada de su mujer y aspiró el aroma que dejaba su cabello en ella. ¡Cómo la quería! La adoraba con sus enojos, su genio... Eso era parte de su encanto, la amaba y la aceptaba así, tal como era y el saber que desde aquel día volvía a trabajar para Lucrecia, no podía evitar tener temor por ella. Ese presentimiento anidaba dentro de él y no podía desprenderse por mucho que intentaba de hacerlo. Sus pensamientos quedaron interrumpidos ante la vuelta de su esposa. Ya se había aseado y cambiado el camisón de dormir por su ropa interior. Se vistió con el uniforme para no perder el tiempo de desnudarse y vestirse en Palacio. Gonzalo la observaba hacer. Le encantaba contemplarla.

Se había sentado ante el tocador y poniéndose un bonito peinador sobre sus hombros procedió a peinar su cabello. Luego echándoselo sobre su pechera, con sus delicados dedos fue entrelazando su pelo hasta convertirlo en su frondosa trenza. Al final de ella y para que el cabello no se le soltara se lo sujetó con una cinta azul, el mismo color del uniforme.

Gonzalo se quedaba extasiado viéndola. Buscó postura en la cama para poder ver su rostro a través del espejo. Ella no se percató, pero Gonzalo aparte de admirar su belleza, pudo percibir algo más. Había tristeza, desilusión en los ojos de ella. Se levantó y se sentó a los pies de la cama – Margarita, ¿te pasa algo? - se lo preguntó alargando el brazo y poniendo su mano en el hombro de su esposa. Percibió que Margarita se ponía algo tensa ante su pregunta.

– No, claro que no ¿Por qué había de pasarme algo?
- Puede que sea una apreciación mía... Quizá es que sigues enojada por lo de ayer tarde ¿no?
- Si, seguramente es eso  - la muchacha no le dio la cara.

Gonzalo sabía que no era eso y si no se equivocaba, podía intuir a que se debía esa tristeza de su esposa. Pero en aquel momento no le preguntaría, no le diría nada, no quería violentarla. Tenía que irse a trabajar y prefería que se fuera sin saber que él podía saber lo que le pasaba. En todo caso, a la noche él lo sabría con certeza y lo hablarían. No quería que ella se obsesionara con ello.

Margarita se levantó y cogiendo los zapatos se volvió a sentar para ponérselo más cómoda. Fue a abrochárselo pero Gonzalo se le adelantó – Espera yo te los abrocho, así no tienes que agacharte - Gonzalo poniendo una rodilla en el suelo, le abrocho las hebillitas de los zapatos de medio tacón. Luego, levantó la mirada hacia ella tomando sus manos.

Gonzalo se puso de pie e hizo que Margarita hiciera lo mismo. Tomando su barbilla le obligó a mirarlo - No parece que estés muy contenta de ir a trabajar.
Margarita evitó su mirada – No... no es eso... Es que después de este tiempo pues... Pues te acostumbras a muchas cosas y ahora... Ahora ya va a hacer diferente, pero yo lo he decidido y así debe de ser. Cuando ya empiece con la rutina, ya será más llevadero.
- Sabes que te puedes echar para atrás.
- Lo sé... Sé que me puedo echar para atrás pero quiero trabajar Gonzalo.

- Bueno, pues ya está, no se habla más de ello ¿No te irás sin tomar el desayuno? Ya huele a gachas, eso quiere decir que Sátur ya las está preparando. Anda, vamos a tomarlas juntos – Gonzalo mientras lo decía se fue poniendo el pantalón pero la voz de su esposa lo detuvo.
- No...  no tengo ganas. En todo caso ya en Palacio tomo algo más tarde.
- Margarita, no debes irte sin tomar nada – la voz de Gonzalo sonó de lo más dulce pero con firmeza.
- Sólo... sólo quiero una cosa - la voz de la muchacha parecía que de un momento a otro iba a quebrarse.
Gonzalo la miró extrañado terminando de ponerse el pantalón - A ver, dime...
- Que... que me abraces - lo dijo a punto de llorar.

Gonzalo soltó la camisa que estaba a punto de ponerse. Conmovido se acercó a ella y la atrajo hacia él – Pero, ¿qué tienes cariño? ¿Qué es lo que te abruma? - la apretó contra su pecho rodeándola con sus fuertes brazos.
Margarita se echó a llorar – No... no sé Gonzalo... No sé lo que me pasa, sólo... Sólo siento ganas de llorar... - se lo dijo entre sollozos.
- Pues llora mi amor si eso te hace bien,  llora... Eso es, que estás muy sensible...



La meció en sus brazos besando su perfumado cabello. Gonzalo cerró los ojos apretándola con todas sus fuerzas. En aquel momento, aquella aptitud de su esposa le confirmaba lo que él intuía. Percibió que ella poco a poco se serenaba. Gonzalo buscó la mirada de aquella preciosa y sensible mujer, su esposa, levantándole la barbilla para contemplarla - ¿Ya te sientes mejor?... Mira que si nos así, no dejo que te vayas.
- Ya... ya me siento mejor... Perdóname Gonzalo, es que... Es que no sé que me ha podido pasar...
- No me pidas perdón Margarita. Soy tu marido y quien mejor que yo, para que te refugies ante cualquier pesar o estado de ánimo.

En aquel momento se escuchó la voz de Catalina, lo que hizo que la muchacha reaccionara. Buscó un pañuelo en unos de los cajoncitos del peinador y se limpió la cara el rastro de llanto. Luego, cogió ropa de ella colgándosela en el brazo para ponérsela a la vuelta de Palacio.

- Bueno, ya me voy  - lo dijo mirando a su esposo.

Gonzalo tomó el rostro de su mujer entre sus manos y acarició los labios de ella con los suyos terminando en un dulce beso. Luego, miró sus penetrantes y brillantes ojos negros. – Anímate ¿vale? Luego en la tarde ya paso a recogerte pero te espero fuera de Palacio.
- Pero Gonzalo, si no vengo sola... Vengo con Cata, además, puedo salir antes según el trabajo que tenga.
- Vamos a dejarlo por ahora, pero me avisas con lo que sea y prométeme que en cuanto llegues, te tomas algo.

- Está bien, prometido... - esta vez Margarita le sonrió.
Gonzalo de nuevo le tomó la cara entre sus manos – Te amo, no lo olvides.
La muchacha se abrazó a él – Yo también Gonzalo... No sé qué sería de mi vida sin ti.
Gonzalo le costaba apartarla de él pero si no hacía, la retendría para que no se marchara – Anda ve... Ve, que Cata es capaz de entrar en la alcoba. Lo que no sé como no lo ha hecho ya.

Margarita se desprendió de sus manos y abrió la puerta de la alcoba dispuesta a salir pero no si antes volver su mirada hacia su esposo. Éste, le hizo un guiño animándola a seguir. La muchacha salió cerrando la puerta. Gonzalo se tiró en la cama boca arriba. Se sentía atribulado por el desasosiego y el sensible estado de su esposa. Debía hablar con ella. Intentaría hacerlo en la noche.




Todo el camino hasta Palacio, quien llevaba la voz cantante era Catalina. Desde que habían dejado la casa de Margarita no había parado ni un rato hasta que se dio cuenta, que perecía que hablaba sola.

- ¡Oye! Pues no que parezco que voy sola. ¿Y a ti qué te pasa? y no me digas que nada qué te conozco cómo si te hubiera parío.
- Nada Cata... No me pasa nada.
- ¿Qué no te pasa nada? ¡A otra con ese cuento! A ver, ¡desembucha!
- Cata, que no me pasa nada, de veras.
Catalina se detuvo y miró a Margarita –  Deja que te vea - levantó la barbilla de la muchacha y se quedó mirando sus ojos - ¡A mí me las vas a dar! Tienes ojeras como platos... ¡Vamos qué te ha bajao ¿no? y eso es lo que te tiene, cómo te tiene. Pero criatura, que no llevas dos meses de casada.

Catalina le puso la mano a su amiga en el hombro – Margarita, que aunque a veces digamos en broma las cosas, eso no es llegar y pegar cariño... Ya verás cuando menos te lo espere salta la liebre pero mientras llega, que eso no te afecte, que no te desanimes...
- Cata, es que no lo puedo evitar. A veces pienso que puedo tener problemas...  Sabes que no soy nada regular... En estos meses he tenido retraso de varios días o como en esta ocasión que me he adelantado... Bueno,  pues todo esto hace que me desilusione.

- Pero eso es muy común Margarita. Los adelantos y los retrasos son muchas mujeres los que lo tienen y no por eso dejan de ser madres, además, esas irregularidades también se deben a un estado emocional, de nervios, ¡y tú, has tenido poco con lo de la boda! Pero lo que no puedes ilusionarte por unos días de retraso ya que después te llevas el palo...
- Si yo sé que llevas razón y lo que tenga que llegar, llegará pero sería mucha desilusión para mí, no darle un hijo mío a Gonzalo.

- ¡Eso, ni lo pienses! Sólo que tienes que tener paciencia, así, que ya no se vuelve a hablar del tema y apretemos el paso que ya la Marquesa se estará despabilando o ya lo habrá hecho.
Al cruzar los jardines de Palacio, Margarita no pudo reprimir un escalofrío, Catalina se percató - ¿Te pasa algo?...
- No creo, pero he sentido frío de momento - lo dijo mientras se frotaba los brazos desnudos con sus manos.
- Eso es que tiene el cuerpo un poquito cortao, mujer.
- Claro Cata, no puede ser otra cosa.




La llegada de Margarita a Palacio fue la mejor acogida que la muchacha pudo tener por parte de sus compañeros de trabajo. Sobre todo por María, Luisa y Marta, que no dejaban de piropearla por lo guapa que estaba. Según ellas, el matrimonio le estaba sentando a las mil maravillas. Margarita se dirigió al cuarto de la servidumbre para dejar su ropa. Nada más terminó de hacerlo, volvió a la cocina, para ayudar a sus compañeras a preparar el desayuno de la Marquesa. Esperaría a que Lucrecia ya estuviera levantada para saber qué tipo de arreglo o costura tenía prioridad. Catalina lo primero que le puso por delante a la muchacha fue un tazón de leche y un trozo de rica ensaimada recién hecha.

- Cata, que no tengo ganas...
- Eso te lo comes, que no has desayunado nada en tu casa... No quiero que te pongas ahora flacucha, que los maridos lo que quieren es coger carnes.
- ¡Cata! - la joven, se puso de lo más azorada. Sus compañeros reían ante la ocurrencia de Catalina.
-¡Mira éstos! Como si no supieran que es verdad. A ver, Alfonso, Luís, ¿estoy diciendo mentira? ¡Anda, vosotros que sois hombres, atreveos a decirme que no estoy en lo cierto!

Los muchachos no tuvieron tiempo de contestar, la campanilla desde el piso superior se hizo escuchar en la cocina.

- ¡Ea, ya estamos todos! Marta, ¿ya tienes la bandeja lista?
- Si Cata, cuando quieras subimos.
- Pues, andando - Catalina se volvió a Margarita –  Ahora le digo yo que ya estás aquí.

Catalina seguida de Marta subió la escalera hasta el piso superior dirigiéndose hacia el comedor. Lucrecia esperaba sentada ante la mesa pero sin estar arreglada. Cubría su camisón con una bata de verano de sutil tela y su cabello lo mantenía suelto. Se encontraba sola.

- Buenos días señora, se ha levantado hoy muy temprano – mientras le daba el saludo de los buenos días a su señora, Catalina iba sirviéndole el desayuno. Marta, nada más poner en la mesa la bandeja que portaba sus manos, con una leve reverencia salió del comedor.
- Si Catalina, es que esta noche no he podido dormir muy bien. Lo único que he hecho es dar vuelta en la cama, así, que he preferido levantarme temprano a seguir en ella.
- Es que esta noche ha hecho mucho calor... Señora, quería decirle que Margarita se encuentra abajo esperando que la señora le diga porque costura o arreglo comienza.
- ¡¿Ya llegó?! Aunque ya me habías dicho que su pensamiento era incorporarse hoy, pensaba que podía tomarse unos días más. Hay que pensar que está recién casada y es normal que se deba a su esposo.

- Permítame decirle señora, que Margarita dice una cosa y se mantiene en ello  - la fiel sirvienta lo dijo con todo orgullo.
- Ya lo veo Catalina, ya lo veo... Si no te importa puedes retirarte y le dices a Margarita que si puede subir, la espero.
- Ahora mismo señora – Catalina, con una leve inclinación se retiró de la estancia.
Nada más desaparecer su doncella de confianza y ama de llaves por la puerta, Lucrecia sonrió con gran satisfacción - ¡Ay Margarita! Tu vuelta a Palacio será apacible hasta que yo lo crea oportuno.

Siguió saboreando el exquisito desayuno. Unos golpecitos en la puerta, hizo que levantara la cabeza. Margarita estaba en el umbral de ella.
- ¡Pasa Margarita! ¡Pasa! no te quedes ahí - se levantó para recibir a la muchacha saliéndole al encuentro. Le extendió sus manos. Margarita le alargó las suyas y Lucrecia se las estrechó cariñosamente.
- Margarita, gracias por considerar mi petición... Con ello siento, que de algún manera me perdonas todo el daño que te hice... Bueno, que os hice a los dos. ¡No sabes la alegría qué me das con ello!
- No tienes que darme las gracias Lucrecia... Ya te dije que no te guardaba rencor alguno y yo quería volver a trabajar, por eso lo pensé y bueno, ¡aquí estoy!

- ¡Claro qué si! pero ven, siéntate conmigo en la mesa y cuéntame ¿Cómo te va tu vida de casada? ¿Has desayunado? sino...
- No Lucrecia, gracias... Ya he desayunado y no me importaría sentarme contigo pero me imagino que habrá alguna costura atrasada y si empiezo antes con ello, mejor sería. Me entiendes ¿verdad?
- Claro querida... Contra más pronto empieces más pronto te irás a casa junto a tu marido, es que es normal... A veces no sé donde tengo la cabeza. Ven conmigo, te llevaré al vestidor, allí tengo varios vestidos que tienes que hacerles ciertos arreglos... El problema de siempre, se le sueltan los frunces y no creo haber engordado... Tú, te ves cómo siempre, quizá un poco más delgada pero eso se debe a los trajines que trae una boda...

Según iba hablando había salido del comedor seguida de Margarita. Llegaron a la habitación que estaba junto a su alcoba y que servía de vestidor. Allí, Lucrecia le enseñó a la muchacha varios vestidos de dos piezas y cuyas faldas se le habían soltado el frunce por la cinturilla. Margarita decidió comenzar lo antes posible y pidiéndole a Lucrecia su autorización para dirigirse al gabinete de costura se dirigió hasta allí con un par de faldas colgadas en sus brazos.

La Marquesa la acompañó y en la puerta, antes de que la joven entrara se dirigió a ella en un tono muy afectivo – Margarita, quiero que te sientas cómo en tu casa y de nuevo te doy las gracias por tu vuelta y ahora si... Ahora te dejo sola que tengo que arreglarme, cualquier cosa que necesites, sólo me lo tienes que decir o se lo dices a una de las criadas.

Margarita asintió y Lucrecia se alejó en dirección a su alcoba. La muchacha en seguida puso mano a la obra. Buscó el costurero y una bobina de hilo de tono blanco. Cuando estuvo ensartada la aguja, se puso su dedal de cuero y procedió a hilvanar el descosido para luego, después de la prueba terminarlo con el mismo color de la falda.





De la iglesia de la Purísima, la más cercana a Palacio escuchó tocar nueve toques. Se levantó dejando la prenda en el asiento. Se dirigió al amplio ventanal y se acodó mirando por él. Sus ojos iba más allá de los jardines, a un punto que no veía con sus ojos pero que con su mente si podía conseguir verlo, su casa. En aquel instante, en su casa, su marido ya tenía que está impecablemente arreglado para ir a la escuela, aunque cuando volviera, sería el irresistible desgarbado de siempre, el más encantador, el más maravilloso de los esposos. Suspiró profundamente dejando la ventana y sentándose, siguió con su costura. Quería terminar al menos aquellas dos faldas antes del medio día,  de esa forma, se iría lo antes posible para su casa y ayudaría a Sátur a preparar el almuerzo.

Sin darse cuenta, el tiempo iba pasando... Tan ensimismada estaba en lo suyo, que no escuchó que alguien entraba

- ¡Hola! Buenos días o ya casi buenas tardes.
Margarita se giró y vio ante ella una joven criada que no conocía - ¡Hola! Yo no te conozco.

La joven criada que tendría más o menos la edad de Marta, había colocado encima de una mesita un plato con una copa de rico zumo de melocotón. Tomó la copa entre sus dedos y se la entregó a Margarita.

– Sin embargo, yo si sé quién eres tú. Eres Margarita, la costurera de la Marquesa y yo me llamo Loreto, llevo poco tiempo aquí pero he oído hablar mucho de ti ¡Anda, tomate esto! Lo ha preparado Catalina por orden de la señora.
- ¡Qué detalle! y no voy a decir que no porque estoy muerta de sed, y el agua de la jarra tiene que estar algo caliente y por no levantarme... - la muchacha tomó la copa y se la llevó los labios bebiendo aquel dulce zumo de una sola vez.

- ¡Pues si que tenías sed! – la joven criada tomó la copa que le tendía Margarita y la colocó en el plato.
- Bueno, yo me tengo que ir pero si me necesitaras para algo, cuentas conmigo y me alegro de haberte conocido.
- Lo mismo te digo. Espero verte por aquí y charlar de vez en cuando contigo aunque sea poquito - Margarita se lo dijo con una sonrisa

Loreto asintió devolviéndole la sonrisa y dando la vuelta cruzó la estancia saliendo de la habitación. Margarita se quedó desconcertada por el desparpajo de aquella muchacha, pero le gustó saber que podía contar con ella para lo que se terciara. De nuevo de concentró en la costura de la segunda falda. Cuando regresara en la tarde se la probaría  a Lucrecia y según le quedara, procedería a coserlo definitivamente. Escuchó pasos y a la misma vez sintió una gran alegría al oír pronunciar su nombre en una voz  conocida por ella.

- ¡Margarita qué alegría verte por aquí!
La muchacha dejando la costura en el taburete salió al encuentro de Irene – ¡Señorita Irene! ¡La alegría es mía al volver a verla! - la joven tendió sus manos para apretar con cariño las que le ofrecía la sobrina del Cardenal.
Irene tiró de ella e hizo que se sentara en el diván – Ya sé que te casaste, preguntarte como te va, sería absurdo ¿no?
- ¡Estoy de lo más feliz! Nunca creí que mi vida estaría tan llena de luz, es algo que no ser como explicarlo señorita Irene pero usted debe de saberlo mejor que nadie, también es una mujer casada.

- Tienes razón Margarita, yo mejor que nadie debo saberlo - en la voz de la joven, había un halo de tristeza. Margarita lo apreció pero por supuesto no preguntó.
Recuperando de nuevo su alegría en la voz, le hizo una pregunta a la joven costurera.
– Quisiera algo de ti Margarita, mira, me gustaría que me arreglaras un vestido... Sé que ahora tienes que estar muy ocupada con los atrasos de Lucrecia pero cuando tengas un momento me gustaría que te acordaras de mí ¿Podría ser?

- ¡Claro que sí! Además se lo puedo entremeter con los arreglos de Lucrecia... Cuando usted quiera me dice lo que quiere y verá que enseguida lo tiene listo.
- Gracias Margarita, no sabes cómo te lo voy agradecer... Esta tarde o mañana en cuanto vengas, te pasas por mis aposentos y ya te digo lo que quiero y me dices tú parecer ¿vale?
- ¡Claro, qué vale!
Irene se levantó y Margarita la secundó. La esposa del Comisario de nuevo le tomó las manos – Me alegro de verte, aunque si te dijera la verdad, no esperaba volver a verte por aquí...
- Me imagino... Pasaron ciertas cosas, pero nunca es tarde para rectificar. Yo creo en el cambio de las personas y también me hacía falta el trabajo.

Irene escuchaba a la muchacha y no comprendía nada. Quería entender, que Lucrecia había cambiado ¿Pero en qué? No quiso preguntar a la muchacha sobre sus dudas. Se despidieron e Irene salió de la habitación de costura dirigiéndose a sus aposentos.




En las dependencias de las criadas, Margarita se cambiaba de ropa ante la insistencia de Catalina.

- ¿Pero por qué no te quedas mujer? Te evitas de pasar calor y siempre estarás más descansada.
- No insistas Cata, prefiero irme a mi casa – terminó de abrocharse la falda y se cambió los zapatos de tacón por unas zapatillas planas. Se puso el corpiño y pasándose la mano por el cabello miró a su amiga - Me voy. Me espera mi esposo – lo dijo con una sonrisa en los labios al pasar por delante de su amiga.
- ¡Ten amigas pa’ esto! Para refregarle a una lo que no tiene.

Margarita se detuvo en seco. Se volvió hacia su amiga y acercándose a ella la abrazó – ¡Cata, perdona! No quise refregarte nada. Ha sido una cosa involuntaria, me ha salido así.
- ¡Anda so’ tonta! ¡Qué te has creído que me ha molestado tu comentario ¿no?! ¡Anda y vete ya, que estarás deseando llegar a tu casa! ¡y que mi Murillo se lo coma todo que si no, me va a tener que oír!
- ¡Ay Cata que eres un caso! – la muchacha se empinó y poniendo un beso en la mejilla de su amiga salió de aquella habitación a toda prisa.

Catalina sonriendo y moviendo la cabeza volvió a los quehaceres de la cocina.




El camino de vuelta a la casa le resultó algo pesado. Hacía calor y al apretar el paso hizo que al subir la escalera se sintiera algo agobiada. Empujó la puerta. Sintió cierto alivio al entrar. Notó el frescor de la estancia en comparación con el calor de la calle.

Sátur, estaba dando vuelta al guiso de la cazuela. Cuando la vio entrar la recibió con una sonrisa abierta - ¡Vaya, ya estamos de vuelta! ¿Cómo le ha ido? – mientras lo preguntaba, no dejaba de observarla. Apreció que algo le ocurría al ver que se sentaba e intentaba quitarse las cintas del corpiño.

- ¿Se encuentra mal? – se había acercado a ella.
- Es que... Es que que he venido muy ligera y me siento algo mareada.
- Ahora mismo le traigo agua del cántaro que está fresquita...

Sátur todo presuroso fue a hacer lo que le había dicho a la muchacha y no tardó en traerle un vaso de agua. Margarita tomó el vaso y bebió a pequeños sorbos. Dejó el vaso en la mesa y poniéndose de pie terminó de quitarse el corpiño - Sátur, voy a refrescarme antes de que venga Gonzalo...
- ¿Ya se siente mejor? – preguntó el fiel criado algo preocupado.
- Si Sátur... Lo que me ha pasado ha sido eso, el venir tan ligera y el calor por otro lado...

Se dirigió a su alcoba. Se desnudó quedando sólo con la enagua y la camisola, cogió lo que necesitaba y se dirigió al patio cerrando la puerta que daba acceso a la sala principal. Mientras tanto, Sátur iba poniendo la mesa, ya no tardaría en llegar su amo y Alonsillo. La casa olía a hogar, ya que el olor del guiso se esparcía por toda la estancia.




Margarita había terminado de asearse pero antes de dejar el patio, lavó las prendas que acababa de quitarse tendiéndolas en uno de los cordeles que menos estaban a la vista. Luego, cogiendo el lebrillo, e igual que hizo con el agua de la palangana la arrojó tirándola al suelo del patio para refrescarlo. Miró sus macetas. Ya las regaría más tarde al igual que el jazmín, cuando ya se fuera el sol. Dejando todo recogido y abriendo la puerta que anteriormente había cerrado fue a la alcoba pero entrando a ella por el patio y volvió a vestirse con las misma falda y blusa que se había quitado anteriormente pero no se puso el corpiño. Se sentó en el tocador y desasiéndose la trenza, se peinó el cabello recogiéndolo con una cinta. Se levantó, pero antes de dejar el peinador, volvió a mirarse en el espejo rozando con sus dedos las marcas de sus ojeras como si con ello quisiera hacerlas desaparecer. Le dolía un poco la cabeza.

Salió de la habitación y poniéndose un delantal fue ayudar al fiel criado a terminar de poner la mesa. Nada más hacerlo, la puerta de la calle se abrió dando paso a su marido y los niños. Alonso corrió hacia su tía y se abrazó a su cuello dándole besos en la mejilla.

- Alonso, mi niño, que... que me ahogas... Que yo no soy tu padre.
- Mira, que se lo digo pero nada. Que a mí también me falta la respiración a veces. Alonso deja a tu tía - separó al pequeño de Margarita e hizo que la muchacha se incorporara para besarla dulcemente en los labios, a lo que ella correspondió igualmente pasándole su brazo por la espalda de él.
- Catalina no debe estar, me he traído a Murillo ¿Sabes si ella se ha quedado en Palacio?
- Si, ella ha preferido quedarse en Palacio a almorzar antes de pasar el camino con este calor.
- ¿Tú tienes qué volver a Palacio esta tarde?
- Si, lo tengo que hacer. Es que yo prefería venirme para casa antes de quedarme allí.

- Y es lo mejor que podía haber hecho, así no se hubiese puesto mala.
Gonzalo la miró preocupado – Lo que dice Sátur ¿es verdad? ¿Te encuentras mal?
Margarita miró a Sátur con cierto reproche, pero cuando le habló a su marido lo hizo quitándole importancia – ¡Gonzalo, claro que no! Sátur ha exagerado... Lo que pasó es que vine muy ligera y me agobié un poco, nada más...
- Yo creo que hubiera sido mejor que te hubieses quedado allí.
- ¡Gonzalo, no vayamos a empezar! ¡Me he venido y punto!

Margarita se volvió hacia los niños y Sátur se acercó a su amo – Amo, que cuando las mujeres están con esos días, no hay quien las entienda y su mujer está con esos días, ¡seguro!
-¡Sátur! que Margarita no se dé cuenta de que hablas de ello, ya sabes cómo es ella.
- Claro que lo sé, ¡y tanto! Desde que su esposa puso un pie en esta casa, hace algo más de un año... Pa’ ser más exacto, un año y cuatro meses, cuando estás con esos días, le cambia el carácter de una forma... Pasa de la dulzura a un genio de mil demonios en un chasquido de dedos.

Margarita no se había dado cuenta de lo que hablaban ya que había ido con los niños a que se lavaran las manos al patio. Nada más la vieron aparecer, cambiaron la conversación. Gonzalo decidió también ir a refrescarse. Mientras, Sátur les sirvió a los pequeños.

- ¡Puf! ¿Otra vez sopa de tomate? – Alonso puso carita de fastidio.
- Pues Alonsillo es lo que hay y hay que comer de todo. Claro, todo lo que el bolsillo pueda permitir que bien poco es y eso, que aquí, en tu casa, no podemos tener quejas. Los hay quien está en peores circunstancias, ¡así qué a comer y a callar!
- Alonso, mi niño, Sátur tiene mucha razón, hay que comer de todo o qué prefieres, ¿comer todos los días caldo con verdura? Mira cómo Murillo se lo está comiendo. ¿Está rico Murillo?
- ¡Si Margarita! ¡Está muy rico! - el chiquillo comía con gran apetito.

Gonzalo llegaba en ese momento con el cabello mojado y abrochándose una camisa en tono azul de mangas cortas pero dejando ver parte de su torso al denudo y el colgante pendiendo de su cuello - Alonso, es que si no es por una cosa es por otra, así, que ya puedes empezar a comer y sin rechistar y si lo haces, te quedas todo lo que queda de verano sin ir a la laguna, así que tú sabrás...

Alonso prefirió no rechistar y hacer lo que su padre decía. Mejor era comer la sopa de tomate que quedarse todo el verano sin ir a bañarse con sus amigos a la laguna.




Después del almuerzo, los niños se fueron a jugar a la habitación de Alonso. Gonzalo fue a su alcoba a repasar los cuadernos y Sátur con Margarita se pusieron a recoger la loza y la cocina dejándolo todo listo. El fiel criado decidió ir al establo a ponerle de comer a los caballos y refrescarlos mientras Margarita, quitándose el delantal y dejándolo en el respaldo de una silla se dirigió a la alcoba que compartía con su marido. Entró empujando la puerta que estaba sólo entornada.

Gonzalo estaba volcado en su trabajo. Margarita se sentó en la cama – Descanso un poquito y me voy.
El maestro levantó la cabeza y miró a su mujer - ¿No pensarás irte con este calor? Espera que avance la tarde y amaine esta temperatura.
- Contra más pronto me vaya, más pronto regreso.
Gonzalo se levantó saliendo tras de su mesa, se acercó a su esposa sentándose junto a ella – No me has dicho cómo te ha ido en Palacio.
- Tampoco tú, me has preguntado.

Gonzalo no pudo por menos sonreír ante el comentario de su esposa – Tengo una preciosa esposa que tiene salida para todo - Gonzalo rodeó con su brazo a Margarita y la echó sobre la cama - ¿No estás mejor así?
- Gonzalo, si me echo, luego no tengo manera de levantarme, así que déjame levantarme.
- No sí antes darte un beso... Necesito saborear tus preciosos labios - Gonzalo estaba echado junto a ella.
- Gonzalo, tengo mucha pris... - la muchacha no pudo terminar la frase. Gonzalo la calló con el ardor de sus labios provocando que su esposa abriera los suyos para sentir el deseo a través de ellos y el ansia de sentirse mutuamente.

La muchacha sintió que su corazón palpitaba con fuerza. Percibió que la mano de su marido buscaba debajo de su blusa. Con una gran agilidad se escurrió de los brazos de él levantándose de la cama. Se compuso la ropa y el cabello, su esposo se había incorporado y no dejaba de mirarla. La veía agitada y al hablar se le notaba.

- Ya... ya me voy y te advierto... Te advierto que durante unos días vas a estar a pan y agua... Así, que te vas tener que buscar un lago de agua helada, pero te las vas a ver y desear para ello, ya que por aquí, te va hacer difícil encontrarlo.
Gonzalo al escucharla rompió a reír. Margarita enarcó una ceja mirándolo. Gonzalo a su vez, estaba embelesado mirando a su esposa – Esperaba que me dijeras algo, pero no me esperaba con lo que me has salido, además de ser una preciosidad de esposa, tienes una gran ocurrencia al decir las cosas.

- Entonces, esperaba que te dijera algo ¿Me has provocado para qué saltara?
Gonzalo afirmó con la cabeza. Margarita furiosa fue a salir pero la mano de él la sujetó - No te enfades mujer, además voy a llevarte, voy a preparar a Minero... Al menos no caminarás con el peso del calor.
Antes de que la muchacha fuera a decir algo, Gonzalo salió dirigiéndose a la cuadra. Sátur se quedó extrañado al ver que su amo le ponía la silla al corcel – Amo, no me dirá que vamos de misión...
- ¡Sátur, habla más bajo! ¡No! no vamos de misión... Voy a llevar a mi mujer a Palacio.

Margarita hizo su aparición en la puerta de la cuadra– ¿Se puede saber qué cuchicheáis tan bajito? ¡Claro, si puedo enterarme!
Gonzalo y Sátur se miraron. Fue Sátur, quien se adelantó a su amo – Pues como enterarse, enterarse, ¡pues no! Hay cosas que una dama no debe saber.
- Sátur, por favor, que no soy ninguna mojigata cómo aquí algunos piensan – lo dijo mirando a su marido. Gonzalo le sujetó la mirada con aire burlón.
- A ver, ¿qué es eso que una dama no puede enterarse? – la muchacha esperaba una respuesta pero no confiaba en lo que pudiera decirle Sátur.

Gonzalo miraba a su postillón. No sabía por dónde podía salir su fiel escudero pero por donde saliera, que no se le ocurriera implicarlo a él.

- Pues usted, ya sabe...
- Sátur, ¿qué es lo que yo tengo que saber? ¡Venga, habla!
- Pues mire usted, que uno no es de piedra y tiene sus necesidades y le estaba preguntado al amo si me necesitaba esta tarde para algo y así yo, poder dar rienda... Usted ya me entiende ¿verdad?
- Ya te he dicho que no soy ninguna mojigata, ¡y claro que entiendo! pero mira tú, que algo me dice que no era eso lo que hablabas con mi marido. Pero no voy a pararme en averiguar lo que tú y mi querido esposo os traéis los dos - miró a Gonzalo – Si el caballo está listo, ya nos vamos que a última hora voy a llegar tarde.

Gonzalo echando una mirada a Sátur, abrió el portón y tirando de la rienda hizo que el caballo saliera de la cuadra. Cuando estuvo en la calle, Gonzalo acarició el lomo del animal y comenzó a hablarle, más que hablarle, susurrarle y cómo si Minero lo entendiera le correspondió con un relincho. Gonzalo asiéndose a la silla, puso el pie en el estribo e incitó a su cuerpo acomodarse encima del animal dejando espacio para su esposa. Alargó su mano a Margarita. La muchacha se aferró a la mano de su marido con fuerza poniendo un pie en el apoyo. Gonzalo la levantó como si de una pluma se tratara y la sentó delante de él. Rodeó con sus brazos el cuerpo de su mujer y espoleando a su corcel hizo que éste partiera a trote lento.

Gonzalo sentía un gran deleite llevar a su esposa de aquella manera. La sentía tan pegada a él... Percibía el aroma embriagador de su cabello y eso hacía que se enardeciera y sus manos ávidas, aunque agarraban las riendas con sus largos y acariciantes dedos no le impedía que a la misma vez acariciara la pechera de su esposa.

- Si no te estás quieto, me tiro del caballo.
- Te tengo aferrada lo bastante para que no lo hagas – reía metiendo su rostro en el cuello de ella. La besó en la mejilla.

Le encantaba mosquearla. Disfrutaba con hacerla enojar, siempre lo hizo desde que eran unos niños. Para Gonzalo, ella, su esposa seguía siendo aquella preciosa niña que en más de una ocasión hizo llorar y sólo por hacerla rabiar.




Los caminos estaban solitarios a aquellas horas de la tarde, tan sólo algún labriego que otro se atrevían a trabajar la tierra para tenerla preparada para la llegada de la siembra. A caballo, fue más llevadero el paseo hasta Palacio. En la lejanía, vislumbraron los muros y sus altas torres, sus atalayas...

- ¿Te vendrás a casa con Catalina? sino, vengo a por ti. No quiero que regreses sola.
- Me imagino que sí, que nos esperaremos una a la otra.

Se adentraron en las inmediaciones de los terrenos del Marquesado de Santillana. Las arboledas frondosas por sus copas, ya se apreciaba en ellas el color ocre ante las altas temperaturas y el verde reluciente de sus hojas en primavera ya lo iba perdiendo. La gran verja acordonada por los selváticos setos se extendía todo alrededor del Palacio de la Marquesa de Santillana. Dos guardias, siempre guardaban la entrada a los aledaños del Palacio día y noche. A las espaldas de ellos, a través de un camino que hacía poco tiempo estaba cubierto de verde césped, se extendía la entrada a los jardines con sus arcos llenos de flores y su espesa vegetación.

Gonzalo detuvo el caballo y de un salto bajó de él. Cogiendo a su esposa por la cintura la dejó en el suelo – Bueno, ya has llegado. Sé que puedo parecerte algo pesado, pero quiero que tengas cuidado - se inclinó y la beso lleno de ternura.
Margarita se abrazó a él – Te amo Gonzalo, te amo tanto...
Gonzalo cerró los ojos emocionados, la veía tan frágil – Yo también mi vida... Mírame...

Margarita levantó la mirada brillante por unas lágrimas que querían aflorar. Gonzalo le acarició su bello rostro – Sé, que estás muy sensible pero no pasa nada, sólo piensas que dentro de un par de horas o poco más, otra vez estaremos juntos pero si quieres volverte, ahora mismo te subo al caballo y volvemos los dos a la Villa. Sabes, que por mí no quisiera que estuvieras aquí, así que para mí sería un alivio.
- No Gonzalo. Mi costura me espera ahí dentro y cómo tú dices, en un par de horas volveremos a estar juntos, así que me voy... Hasta luego mi amor – la muchacha se fue desprendiendo de aquellas hermosas manos de hombre que la querían retener.

Uno de los guardias abrió la cancela dando paso a la muchacha. La cerró tras ella. Margarita caminó despacio por aquella senda de hierbas secas. A una altura se detuvo y se volvió. La alta figura de su marido seguía allí, tras la reja, junto a su blanco corcel. Los dos tan hermosos, tan briosos... No quiso seguir mirado aquella estampa, no quería seguir mirando aquellos ojos color miel porque era capaz de volverse. Recogió su falda y echó a correr por aquel sendero hasta llegar al primer arco. Apoyó su mano en él para recuperar un poco el aliento que le faltaba por causa de la carrera. Luego, ya más serena, se adentró en los jardines. De nuevo sintió el escalofrío de la mañana. Detuvo su paso ¿Por qué sentía aquel estremecimiento? ¿Quizá se sentía influenciada por el temor de Gonzalo? Pero no había nada que temer y a paso ligero se dirigió a la cocina por la puerta de servicio para seguir con lo que la había llevado de nuevo hasta allí, su trabajo de costurera al servicio de la Marquesa de Santillana.



Quizá, dentro de ella y sin saberlo presagiaba un cercano otoño. Un otoño, que con la llegada de sus lluvias y sus vientos, arrastraría los hermosos momentos vividos extinguiendo la luz que había alumbrado sus corazones, sus almas para dar paso a días llenos de sombras. Sombras, que envolvería sus vidas cómo antaño llenándolos de dolor y desesperanzas por causa de la venganza y de los secretos.


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