La Guarida de los Lemures

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 LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)

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Mari carmen

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Mensajes : 217
Fecha de inscripción : 25/11/2015

MensajeTema: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Lun Ago 15, 2016 8:41 pm


Gracias Tan

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,1

Su mirada seguía perdida en la inmensidad de la noche pero no dejaba de aflorar las lágrimas de sus hermosos ojos negros. Su corazón seguía latiendo con fuerza. No sabía qué hacer. No sabía cómo reaccionar ante lo que había descubierto, se sentía muerta. Muerta de dolor, de engaño, de miedo... Sin pretenderlo, de nuevo su mente volvió a aquellos días. Aquellos días que estuvieron tan llenos de luz...




Entre las luces y las sombras.


La tarde avanzaba a pasos lentos. Escuchó sonar las campanas de la iglesia, que con sus seis toques le dijo la hora en que vivía en aquel momento. De nuevo, una voz, la misma que escuchó en la mañana entraba en aquella habitación de costura.

- ¡Hola Margarita! ¡Mira lo que te traigo para que meriendes! - Loreto dejó sobre la mesita una bandeja con una copa de leche y unas pastas.
- Pero Loreto, yo no acostumbro a merendar esto.
- Pues al igual que en la mañana, lo ha preparado Catalina por orden de la Marquesa.

Margarita estaba consternada por la gentileza de Lucrecia. La muchacha no estaba acostumbrada a tanta amabilidad.

- ¡Anda, tómatelo ya!
- Loreto, es que no se me apetece nada, en todo caso la leche que parece fresquita.
- Pues la leche aunque sea pero el caso es tomarte algo. ¿Sabes?, me pregunto ¿por qué la Marquesa tiene contigo esta distinción?
- Yo tampoco lo sé, bueno, puede que sea por algo que pasó y de alguna manera quiera congraciarse conmigo.
- Bueno, te dejo y tú aprovechas todo lo que te venga de manos de la señora, cosas como éstas poco se ven.

Loreto salió del gabinete y Margarita de nuevo se enfrascó en la costura. Le dolía la cintura y la cabeza pero quería antes de irse a su casa terminar aquellas dos faldas. Ya le había hecho la prueba a Lucrecia nada más llegar en la tarde y en aquel momento, ya ultimaba los pespuntes del frunce de una de ellas.




Irene, después de dar un paseo por los jardines decidió dirigirse a sus aposentos. Empujó la puerta y entró en la estancia cerrando tras ella. Se encaminó al vestidor y procedió a buscar en un arcón el vestido que quería que Margarita le arreglase. Escuchó la puerta de su alcoba abrirse. Dejó lo que estaba haciendo saliendo del vestidor. Hernán acababa de entrar. Se veía cansado, la muchacha se acercó a él.

- Te ves cansado Hernán, anda siéntate y tomate algo - le señaló una tumbona.

Hernán, quitándose la chaqueta de cuero la dejó sobre el mismo diván. Se sentó dejándose caer en él y alargando la mano agarró una botella de cristal tallado. La destapó y volcó el incoloro líquido en un vaso. De un trago tomó aquella bebida que quemó su garganta al deslizarse por ella. Depositó el vaso en la mesita recostando su cabeza en el respaldo.

- Ha sido un día duro de trabajo ¿verdad? - la muchacha se había sentado junto a él.
- Si Irene, ha sido un día duro de trabajo, como todos - levantó su cabeza y miró a la muchacha – ¿Y a ti, cómo te ha ido?
- Bueno, me he mantenido aquí en mis aposentos lo más que pude, luego, esta tarde he salido a dar una vuelta por los jardines. También esta mañana me enteré que Margarita había vuelto y fui a verla para sal...
Hernán no dejó que terminara - ¿Me estás diciendo que la costurera ha vuelto a Palacio?
- Si Hernán... llegó esta mañana y he hablado con ella. ¡Si vieras lo feliz que se ve! pero hay algo que no entiendo... - por un instante Irene quedó en silencio pero Hernán la apremió con su pregunta
- ¿Qué no entiendes Irene?

- Al despedirme, yo le dije que me alegraba de verla pero también le dije que no esperé volver a verla de nuevo por aquí... Me dijo, que se lo imaginaba pero que nunca es tarde para rectificar y que ella creía en las personas. Hernán no lo comprendo ¡Me dio a entender que Lucrecia había cambiado! y aquí es mi duda ¿En qué ha cambiado para que esa muchacha después de lo que pasó aquella tarde con Lucrecia y con el que es ahora es su esposo y después de un tiempo, decida volver a Palacio para seguir trabajando para la Marquesa?

Hernán estaba contrariado por lo que estaba escuchando de Irene, pero algo se iba aclarando en su mente. En aquel momento comprendía lo que pretendía Lucrecia. Ya sabía a que se debía ese cambio con la servidumbre. Era de alguna manera para hacer volver a Margarita, y por supuesto no podía ser otra cosa que a base de artimañas. Pero tampoco entendía, cómo el maestro había permitido que su esposa pisara de nuevo el Palacio de la Marquesa de Santillana. Lucrecia quería vengarse a toda costa de él y en aquel momento se daba cuenta que la costurera era parte de esa venganza. Qué mejor la esposa del maestro para desquitarse de él. ¿Pero cómo? ¿De qué manera quería utilizar a aquella muchacha para su venganza?

- Hernán, ¿qué pasa?

El Comisario de la Villa salió de sus pensamientos al escuchar la voz de Irene – No sé qué pasa Irene, sólo te voy a pedir que cuando vuelvas a hablar con Margarita intentes saber de que forma la ha convencido Lucrecia para volver a Palacio y que piensa su marido de esto - al ver la preocupación de Irene reflejado en su rostro, intentó tranquilizarla tomando una mano de ella y apretándosela con afecto – Tú no te preocupes, es más bien para asegurar que todo está bien... Quizá sea verdad que Lucrecia a cambiado algo y estamos ignorante de ello, sabes que es muy reservada cuando quiere y lo que haya pasado con esa muchacha no lo sabemos, por eso, el que tu hables con ella... Margarita nos sacará de dudas.

- Así lo haré Hernán. ¿Sabes? ¡Qué verdad es que nadie conoce a nadie! Nadie te conoce Hernán, nadie, solamente yo. Te escondes detrás de un hombre duro, despiadado y sin embargo, eres todo lo contrario...

- ¡No Irene! ¡Soy un hombre duro, despiadado, cruel! ¡Esa es mi realidad y no me escondo detrás de ella! ¡Soy así, porque la vida me hizo así! Sólo ante ti, no puedo ser esa realidad... Tú, con tu dulzura sacas lo poco bueno que tengo dentro y que mi madre pudo dejarme antes de morir. Quizá, porque me recuerdas a ella, no pude entrar en el juego de Lucrecia y tu tío el Cardenal aunque al principio yo estuviera decidido a ese pacto por mi dichosa ambición, pero ese vago recuerdo de mi madre me retuvo. No podía hacerte daño, por eso, ante tu mirada suplicante y que me hizo evocar por un momento la de ella, no pude obligarte a que fueras mi mujer.

- Y yo Hernán, siempre te estaré agradecida por ello pero sé que para ti no es fácil... Tú necesitas una mujer que...
- Irene, para satisfacer mis deseos de hombre no me faltan mujeres, por eso no te preocupes. Lo que me preocupa, es que un día se descubra que estamos viviendo una mentira, que a cara de todos parecemos un matrimonio perfecto y no somos nada y no me inquieta por mí, yo estoy a vuelta de todo, me preocupas tú, y lo que te pueda acarrear la verdad ante tu tío si se descubre todo esto.

- No te aflijas Hernán, si un día se descubre ya lo sabremos sortear pero pase lo que pase, siempre te estaré enteramente agradecida, y ahora creo que debes irte a descansar, te veo agotado.
- Si, me iré a descansar, ya mañana hablamos - Hernán se levantó y cogiendo su chaqueta se dirigió a la puerta que se comunicaba con los aposentos de Irene. Puso la mano en la manilla e inclinandose sobre la muchacha la besó cariñosamente en el cabello – Hasta mañana Irene - empujó la puerta, pero antes de cerrarla, escuchó la voz de la joven.
- ¿Quieres que te suba algo de cenar?
Hernán Mejías se volvió con una sonrisa –  Gracias Irene pero creo que la cama será mi mejor alimento.

Se volvió a despedir de la joven y cerrando la puerta se dirigió a la cama dejándose caer en ella extenuado. El sueño lo invadió sin siquiera despojarse de sus ropas.




Mientras iban de vuelta para la Villa, Margarita le fue contando a Catalina como fue llevando la tarde y su encuentro con Irene en la mañana.

- Es una buena muchacha ¡Pena que se haya casado con ese hombre! pero yo creo que esa boda ha sido algo forzada, me da no se qué... Yo pienso que ha sido una boda de intereses.
- No sé que decirte Cata porque que yo sepa, el Comisario no tenía título ninguno cuando se casó con ella.
- Ya, pero es un hombre importante en la Villa ¡Nada más y menos que la autoridad! ¿Te parece poco? ¡Vete tú a saber que hay detrás de esa boda! ¡Porque haberlo lo hay!

Habían llegado a la casa de Catalina y ésta, se dispuso a abrir la puerta – Don Jeremías habrá salido, por cierto Margarita, que hombre más competente y amable...
- ¿Todavía no tiene su casa disponible?
- Está a punto pero me ha dicho, que aunque se vaya a vivir a su casa, que me sigue pagando el alquiler por la botica, que esto, no le sirve solamente para investigar o hacer algún preparado, sino que le va a servir de dispensario, así, que para mí es un alivio.
- Bueno Cata, que yo me voy... ¡Que tengo un dolor de cintura que  para mí queda!
- ¡Hija, es qué te has dao un lote de coser! Échame a mí Murillo pa’ la casa.

Se despidieron. Margarita se dirigió hacia la suya. Subió la escalera empujando la puerta, estaba cerrada. Se subió el bajo de la falda un poco y sacando las llaves de la faldriquera la introdujo en la cerradura abriendo con ella. La casa parecía solitaria, al parecer no habían vuelto de la laguna. Se sentía agotada y lo que tenía era ganas de acostarse. Fue para su alcoba y sentándose en la cama se dejó caer de espalda en ella. Le parecía mentira estar en su hogar, suspiró profundamente. Sabía que si se quedaba mucho tiempo de aquella postura se quedaría dormida.

Se incorporó y fue a desnudarse pero se acordó de sus macetas. Se fue para el patio y cogiendo la regadera la introdujo en el barreño sacándola llena de agua. Se acercó a la repisa donde las había colocados regando sus claveles rojos, sus gitanillas, sus geranios... Estaban preciosas, luego, volviéndola a llenar otra vez, se fue al rincón donde se alzaba aquel hermoso arbusto que era su jazmín, casi sobresalía del muro del patio. Introdujo su mano entre sus hojas y flores, la imagen de su esposo vino a ella.



Sonrió imaginando que estaba tras ella, diciéndole palabras hermosas, camelándola como sólo él sabía hacerlo. Sin dejar de sonreír esparció el agua por todas aquellas frondosas hojas verdes y sus blancas florecillas. La casa se impregnaba todas las tardes del aroma que desprendía aquel majestuoso arbusto y cómo disfrutaba ella, estar entre sus flores.

Dejando la regadera, volvió a la habitación y cogiendo lo que le era necesario volvió al patio para asearse antes de que vinieran todos. Así lo hizo, y lavando luego las prendas intimas las tendió recogiendo las que había tendido al medio día y que estaban más que secas. Dejando todo en condiciones regresó a su habitación. Ya llevaba el camisón puesto, por lo que colocó su ropa en una silla bien puesta sobre el respaldo de ella, la que había recogido del cordel y no era de planchar las dobló y las guardó en el arcón. Se sentó ante el peinador y quitándose la cinta que sujetaba su cabello procedió a peinarlo y trenzarlo. De nuevo sintió las punzadas en las sienes, otra vez volvía el dolor de cabeza. Se levanto en el momento que daban ocho toques, parecía que aquella tarde Gonzalo estaba tardando más que otros días. Ella se iba a echar, necesitaba descansar su cuerpo. Encajó un poco la ventana que estaba más directa a la cama y echando la sábana para abajo se tendió en el lecho. Cuánto alivió sintió al hacerlo. Estaba rendida.




Ya la tarde estaba a punto de dejar paso a las sombras de una noche cuajada de estrellas y a una hermosa luna resplandeciente de luz, cuando Gonzalo y Sátur después de dejar a cada niño en su casa llegaron a la suya con Murillo y Alonso. A Gabi lo dejaron con Estuarda, ya que ésta, ya había regresado del trabajo. El maestro abrió la puerta y entraron todos. La sala principal estaba en penumbra. Gonzalo le extrañó que Margarita no hubiese llegado. Encendió la vela que se encontraba encima de la mesa y luego fue encendiendo las que se encontraba en algunas de las repisas. Sátur fue al establo y los pequeños se dirigieron a la habitación de Alonso, aquel día habían encontrado una nueva mascota, una pequeña tortuga. Gonzalo fue en dirección a su alcoba pero antes llamó la atención a Alonso.

- Alonso, desnúdate que el calzón tiene que estar húmedo. Déjale uno a Murillo.
Diciendo esto se fue a su habitación dispuesto a entrar pero la voz de Catalina desde la puerta de la calle se hizo escuchar - Me cuelo...
Gonzalo le salió al paso. Cata venía algo enfadada - ¿Qué pasa? ¡Qué tengo que venir por mí Murillo! ¡Dónde está éste, qué ya le digo yo!
- Cata, tranquila, nosotros acabamos de llegar... Lo que no sabía que vosotras ya estabais de vuelta. ¿Dónde está Margarita?
- ¡Mira éste! ¿Dónde está Margarita? Si no lo sabes tú... - Catalina al ver la extrañeza de Gonzalo, intentó de quitarle la preocupación que en ese momento se le reflejaba en su rostro.
- ¡Venga hombre! ¿Has entrado en tu alcoba? ¡Pues seguro que tu mujer se ha quedado frita! La pobrecica se ha dao un lote de coser que venía echa polvo con la cintura.

Ya el rostro de su vecino y amigo se relajó – La verdad que me extrañaba que no hubierais regresado, pero pasa Cata, tu hijo se encuentra con Alonso en la habitación... Hoy se han encontrado una tortuga y ya tienen juego para largo.
- Pues dile que salga que ya tengo la cena lista.
Los dos pequeños salían en ese momento del cuarto de Alonso y con la tortuga en la mano de Murillo – Mira madre, mira qué bonita...
- ¡Murillo, no me enseñes eso y suéltalo ahora mismo! - Catalina puso cara de asco.
- Pero madre... - el pequeño puso carita de fastidio ante la reacción de su madre.
- ¡Ni madre ni na’ y venga pa’ la casa! – lo dijo señalando con un dedo la puerta de la calle.

Murillo le entregó la pequeña tortuga a Alonso y subiéndose las gafas pasó por delante de su madre con la cabecita baja.

Sátur entraba en ese momento del establo. Miró a su amo haciéndole un guiño – Te digo una cosa Catalina... ¿Te acuerdas del gorrión y todo lo que armaron con el dichoso pajarillo? pues si yo veo sólo una cacarruta de la tortuguita, tú vienes a recoger la parte que corresponda a tu hijo, así que ve dejando el asco a un lado.

- ¡Mira éste! ¡pues va tu apañao si yo tuviera que venir a quitar la porquería que eche este animal! ¡y ahí te quedas que yo, ya me voy! - Catalina se volvió para mirar a Gonzalo – Gonzalo, que si está dormida, déjala que descanse, eso le va a venir mejor que cualquier cena.
Él, asintió con la cabeza y acompañó a su vecina y comadre hasta la puerta. Nada más salir, la cerró por dentro, luego, se dirigió a su hijo - Venga Alonso, mete esa tortuga en un cacharro con agua y te lavas las manos.
- ¿Y dónde la meto?
- Vamos Alonsillo, que ahora te busco yo ese cacharro.

Sátur se llevó al pequeño para el patio mientras Gonzalo se dirigía a su habitación con una palmatoria en la mano. Abrió la puerta despacio y entró cerrando con cuidado. Dio unos pasos y se quedó lleno de ternura mirando su esposa que dormía profundamente. Puso la vela en su mesa escritorio acercándose a la cama. Se inclinó y besó dulcemente su frente. Margarita ni siquiera se movió. Una suave brisa entraba por las ventanas y por la puerta del patio y que con su airecillo, esparcía el aroma del jazmín por la estancia.

Subió las sábanas y le cubrió las piernas a su amada esposa, luego, cerró media hoja de la puerta del patio. Abrió su arcón con sigilo sacando ropa para cambiarse. El calzón, había traspasado la humedad al pantalón y se sentía incomodo. Se desnudó vistiendo ropa limpia. Cogiendo las botas y las prendas que se había quitado, salió con ellas con el mismo sigilo con el que había entrado en la alcoba.




Sátur, había buscado un cacharro de latón algo mayor que el tamaño de un plato hondo y echando agua en él, introdujo la tortuguita en el recipiente. Luego, ayudó a Alonso a cambiarse de ropa poniéndole un calzón seco y poniéndole ya la camisola.

- ¡Ea listo! Ahora voy a poner la cena ¿Qué quieres Alonsillo? Sé que la sopa de tomate que ha sobrao del almuerzo no la vas querer, ¿quieres mejor un tazón de leche con las tortas qué hice con las gachas en el desayuno?
- ¡Si Sátur! ¡Mejor eso que la sopa de tomate!
Salieron del cuarto del niño. Gonzalo estaba sentado en el banco de madera poniéndose las botas - ¡Vaya, ya estamos cambiado para irnos a la cama!
- No padre, todavía no...  Es muy temprano...
- Pues en cuanto cenes a la cama, que hoy te has bañado bastante y tienes que estar agotado y ya sabes lo que pasa en la mañana, no hay quien te levante.
- Pero padre...
- Alonsillo, tu padre tiene toda la razón, que por la mañana te cuesta la misma vida levantarte, así que  a cenar y a la cama - Sátur le puso por delante un tazón de leche tibia y unas tortas.

Puso el azucarero y Alonso se echó varias cucharadas. Gonzalo lo detuvo – Ya basta Alonso, no quiero que te tomes el azúcar como el que tomas agua, luego, te frota los dientes con las hojas de salvia y te lo enjuagas con la infusión.
¡Uff padre!... ¡Qué agobio!
- Por cierto amo, una mañana con la fresquita tenemos que salir por hojas, que de la infusión de menta y salvia ya queda bien poca.
Gonzalo lo miró algo sorprendido - Sátur, se preparó hace tres días e hice una buena tinaja.

- Ya, pero en esta casa parece que no se enjuaga, se bebe... ¡Vamos! qué si el barbero tuviera que comer por los dientes que tuviera que sacarles a ustedes, ¡se moría de hambre!
- Pues Sátur, muchas enfermedades se evitarían si la gente se cuidara más su dentadura con una buena higiene aunque el barbero se muriera de hambre.

El fiel escudero mientras hablaba con su amo puso encima de la mesa un trozo de queso, unos choricitos que se habían traído de la taberna de Cipriano y media hogaza de pan.

- Me acuerdo mucho de Floro padre... ¿Ya nunca va a volver de las Américas?

Gonzalo y Sátur cruzaron sus miradas ante la pregunta de Alonso. Gonzalo fue el que decidió a hablar – Alonso hijo, a veces no sabemos que puede pasar con una persona...  Desde que se marchó no hemos sabido nada. Catalina nunca tuvo noticias de él y ya ha hecho un año de ello. No sabemos si alguna vez tendremos noticias de él pero bueno, eres muy pequeño para pensar en eso y ponerte triste, así, que si has terminado con la cena haz lo que te he dicho sobre los dientes y a la cama.

El crío, a regañadientes se levantó y se dirigió a una estantería de la cocina e empinándose, cogió un recipiente de barro. Lo destapó y extrajo de él unas hojas frescas de salvia. Colocó de nuevo el recipiente en su sitio y cogiendo un vaso, de una vasija de barro como una pequeña tinaja, levantó su tapa de madera. Con un cazo, sacó el oscuro y oloroso líquido echándolo en el vaso. Dejando la tinaja cubierta, se dirigió a su cuarto.

- Te frotas fuerte Alonso - le dijo Gonzalo al pasar su hijo por la vera de él.
Cuando el chiquillo se perdió en su habitación, Sátur y Gonzalo se miraron. Ésta vez, fue el postillón quien habló – Amo, que digo yo que había que hacer algo, que ya ha pasao un año...
- ¿Y qué se puede hacer Sátur? No puedo hacer nada ante eso.
- Amo, ¡qué na’ se le resiste! Que pienso yo, que algo debe haber...
- No lo sé Sátur, no sé qué podría hacer... Hay cosas que son imposibles.
- Amo, cómo maestro podría haber cosas imposible ¡pero cómo Águila, no! Que hay que hacer algo por esos dos ¡Qué na’ más hay que ver como se miran!
- Lo sé Sátur. Sé cómo se miran Cata y Cipri, pero no sé Sátur, no sé...

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Miér Ago 17, 2016 12:40 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,2





La comprensión de un hombre.


Entró en la alcoba portando otra vela, la que dejó en la mesa escritorio se había extinguido prácticamente. Se acercó a su mesita y la colocó sobre ella. Una suave brisa, hacía que las puertas del patio que se encontraban abierta chasquearan, se dirigió a cerrarlas. Escuchó que Margarita se movía en la cama. Se volvió a mirarla para invadirse de una gran ternura al verla entre un rebujo de sábanas. Parecía inquieta y se pasaba la mano por la cabeza. Gonzalo puso una rodilla en la cama y se inclinó sobre ella pasando su mano por el rostro de su esposa.

- Margarita, Margarita...– le habló con voz dulce, queda pero que hizo que la muchacha abriera los ojos pero con cierta pesadez – Gonzalo, me... Me quedé dormida pero no sé cuánto tiempo he...
- Has dormido, pero por tus ojos creo que no lo suficiente ¿Te traigo un vaso de leche? Debías de tomarlo.
- No, no se me apetece... Me duele mucho la cabeza y no podría tomar nada ¿Sabes la hora qué puede ser?

- No hace mucho han dado las once... No quería acostarme sin que tomaras algo pero si te duele la cabeza mejor deberías tomarte una tisana de azahar y manzanilla. Voy a preparártela, eso te relajará y te ayudará a quitarte ese dolor de cabeza.
Gonzalo fue a retirarse pero Margarita lo detuvo cogiéndole la mano – Déjalo y acuéstate... Ya se me pasará.
Su marido le apretó la mano llevándosela a sus labios – Me acostaré pero cuando te haya preparado la infusión... Ahora vuelvo.

Gonzalo se retiró de la cama saliendo de la habitación. Margarita estaba incómoda, necesitaba ir al establo. Necesitaba evacuar la orina ya que el aguantar le hacía tener más molesto el bajo vientre. No le gustaba hacerlo en la habitación y más en las circunstancias que estaba. Se levantó poniéndose las zapatillas y cogiendo del arcón unas toallitas íntimas salió de la habitación con la vela que había dejado su esposo en el dormitorio. Cruzó el patio no sin antes pararse ante su hermoso jazmín y aspirar su aroma, luego, se dirigió a la puerta que comunicaba el patio con la cuadra. Abriendo ésta, pasó al interior del establo. Los caballos se inquietaron algo y comenzaron a bufar. Margarita se dijo para sus adentros, que ni siquiera en el establo tenía intimidad. Aunque en el habitáculo que tenían para su privacidad, para sus necesidades había una puertecita, entornó la puerta que daba acceso a la sala principal.

Gonzalo escuchó el resoplar de los animales pero no le dio mayor importancia, apartó el cazo y coló en un tazón la tisana. Poniéndolo encima de un plato, cogió un recipiente de barro que se encontraba en el estante, lo destapó echando una cucharadita de miel a la infusión. Dejando cada cosa en su sitio, cogió una servilleta de uno de los cajones y tomando el plato se dirigió a la alcoba, al pasar se dio cuenta que la puerta de la cuadra estaba semicerrada, en aquel momento comprendió el porqué de los bufidos de los caballos. Sonrió y cogiendo una vela siguió su camino. Entró dejando el tazón en la mesita de su esposa y la vela en la suya. Se sentó en la cama quitándose las botas y las calzas.

Se puso de pie y desabrochándose un par de botones de la camisa se la quitó dejando su fuerte torso al desnudo, el cual, en los últimos días había tomado un tono tostado debido al sol. Soltó la camisa  en la cama y procedió a quitarse el pantalón quedando en calzón. Cogió las ropas poniéndola en el brazo de la silla. Por la puerta del patio apareció su mujer. Margarita, dejando la vela en la mesita la apagó subiéndose al lecho. Gonzalo rodeando la cama, acomodó los almohadones detrás de la espalda de su esposa para que estuviera más descansada. Luego, cogió el tazón y se lo puso en sus manos.

- Anda, tómatelo, verás cómo te cae bien ¿Te sigue doliendo?

Margarita afirmó con la cabeza. Gonzalo buscó su sitio en la cama y se tendió en ella mirando hacia su esposa. Ella bebía a pequeños sorbos aquel líquido caliente.

- Sé que está caliente, pero es mucho mejor que te lo tomes así.
- Ya, pero me van a entrar unos sudores... En invierno se apetece, pero ahora, como que no pega...
Gonzalo acariciaba con sus dedos el brazo de ella. Margarita tomó el último sorbo y dejando el tazón en el plato acomodó el almohadón para descansar sobre él. Gonzalo la atrajo hacia su cuerpo y la rodeó con sus brazos haciendo que la muchacha apoyara la cabeza en su torso – Te amo – se lo susurró al oído - Esta tarde no te lo pude decir porque me encontré que mi amada esposa dormía plácidamente.

- Fui solamente a echarme un rato mientras volvíais pero me dormí... Me encontraba muy cansada – Margarita, mientras hablaba se había cobijado en sus brazos y lo miraba fijamente
– Yo también te amo y hoy, ¡me tienes encandilá! ¿Te has visto el color de tus mejillas?
Gonzalo la miró extrañado y algo burlón – No sé a qué te refieres...
- Tienes la piel tostada por estos días de sol, pero hoy te has quemado algo más y tienes las mejillas enrojecidas... Pareces un niño grande.
Gonzalo se echó a reír - ¡Vaya con mi esposa! ¡Piropeando a su marido! - entre risas le besó el cabello, luego, la volvió a rodear con sus brazos. Quería tocarle el tema, quería hablar con su mujer de lo que la abrumó en la mañana pero quería ser delicado con ella.

- Cariño, ¿qué te parece si hablamos? - su pregunta sonó de lo más distendida.
- ¿Hablar? ¿De qué Gonzalo? ¿Pasa algo? - la muchacha le extrañó la pregunta de su marido.
- Pasa, que yo quiero que mi preciosa esposa se sienta bien, que nada la inquiete.
- Gonzalo, no entiendo, no se a que te refieres... - Margarita buscó postura para mirar a su esposo.
- Cariño, sé que eres decidida y abierta para muchas cosas, pero también sé que eres muy reservada para ciertas otras... Cosas que te guardas para ti pero piensas, que somos esposos y cómo dijo el padre José entre otras cosas, para compartir lo bueno como lo malo, pero también pienso que no quieras compartir esas cosas conmigo... Que quieras tener tus secretillos y yo...

Margarita había comenzado a escuchar a su marido sin saber a que se estaba refiriendo pero ante su comentario último se inquietó – Gonzalo, ¿por qué dices secretillos? ¿Qué quieres decirme con eso? - en aquel momento se sentía desorientada, ya que aquel comentario con el que se había dejado caer su marido le hizo recordar sus mismas palabras que le dijera a Águila.

Gonzalo percibió la inquietud de ella y se dio cuenta que había cometido un fallo como un chiquillo. Cerró los ojos y se mordió el labio inferior. De la forma en que estaba su esposa no pudo percibir su gesto. Intentó arreglar la cosa utilizando la naturalidad en sus palabras cuando habló - Margarita, sé que vosotras, las mujeres, no todas las cosas las soléis contar... Os gusta guardaros vuestras cositas y yo respeto todo eso, nunca te obligaría a que me contaras nada que tú no quisieras pero hay cosas en las que yo querría ayudarte, por eso te pido que me dejes hacerlo.

Según iba hablando, Gonzalo percibió que su esposa se relajaba, que ya no estaba tan tensa. Se sintió aliviado. Al parecer, pudo salir de aquella metedura de pata ya que ella pareció no darle más importancia, pero si notó la turbación de ella ante su forma de hablar.

- Gonzalo, no sé qué me quieres decir con eso... ¿En qué quieres ayudarme? - la muchacha se sintió algo cohibida al preguntar.
- Margarita, sé que esta mañana noté en tu mirada un halo de tristeza cuando descubriste que te había venido esos días.
- Gonzalo, por favor... - se sintió avergonzada al saber que él se había dado cuenta en la mañana.

Su esposo la estrechó en sus brazos fuertemente - No debes avergonzarte de saber que yo me di cuenta... Soy tu marido y compartimos alcoba, sino me hubiese dado cuenta en la mañana, me hubiese dado cuenta en otro momento, de hecho, esta tarde me lo diste a entender. Tu mirada habla mucho Margarita, ¡siempre lo ha hecho! Ya el mes pasado, a los pocos días de casados pasó lo mismo, entonces no te dije nada, quizá era pronto pero ya no... Ya no, porque no quiero que cada vez que llegue estos días te desilusiones... Margarita, mírame - Gonzalo la obligó a mirarlo.

- Cariño, acabamos de casarnos, ya habrá tiempo para que vengan los hijos. No quiero que te obsesiones con ello. No quiero que por el hecho de decirte en un momento, que un día podríamos ver a una niña correr por la casa, sólo pienses en eso... Si la vida nos concede el tener hijos ya llegara su momento pero mientras, no te ofusques, no te inquietes, que nada de eso te abrume... Si tiene que ser, será...

Margarita no pudo evitar que en sus ojos afloraran las lágrimas. Al escucharlo hablar de aquella manera, la conmovió. Lo conocía, sabía cómo era él, dulce, tierno, amoroso, comprensivo, pero en aquel momento se lo estaba demostrando todo a la vez.

Se abrazó a él escondiendo su rostro en el pecho desnudo de su marido - Ya lo sé... Ya sé que no debo obsesionarme. Cata, también se dio cuenta y estuvimos hablando... Gonzalo, sé que tienes razón pero ahora, mi mayor ilusión sería esa, darte un hijo. ¡Sería lo más maravilloso que pudiera pasarme!
- ¿Y crees qué yo no lo deseo? Tener un hijo tuyo y darle un hermano a Alonso sería sentirme más orgulloso aún de mi esposa, y eso, ya vendrá cuando menos se espere para alegría de los dos, pero en éste tiempo de espera quiero que me hagas caso, nada de darle vuelta a esta cabecita... - al decirlo, Gonzalo le dio unos toques con sus dedos en la frente de su esposa.
- Desde ahora, yo te prometo que no voy a tener eso en cuenta... No quiero que tú te preocupes por mí, por esa causa.

Gonzalo volvió a buscar su mirada levantando su barbilla – No Margarita, no me tienes que prometer nada, ni tampoco dejar de pensar en eso por mí... ¡Tienes que hacerlo por ti! ¡Sólo por ti! De esa forma, si me sentiré yo bien.
- Lo haré por mí, puedes estar tranquilo de ello... Habrá tantos maridos que traerán a sus mujeres por la calle de la amargura al censurarles su falta de maternidad y yo... Yo me siento llena de orgullo por tener a mi lado, al más hermoso de todos y porque en comprensión no le gana nadie... Gracias mi amor por ser como eres...

Gonzalo la abrazó. La enredó en sus brazos fuertes, poderosos y en donde ella se perdía como una niña. Él, buscó los labios de su esposa y los besó llenos de ternura.
- Y ahora, a dormir... Debes descansar para que ese dolor vaya cediendo ¿A qué te sientes mejor?
- Si Gonzalo, me siento mejor y gracias a ti.
- Anda, acomódate y cierras lo ojos.

Gonzalo apagó la vela y pasó su brazo por el cuerpo de su esposa pegándola a él. Sus piernas se entrelazaron, Margarita se acurrucó en el cuerpo de su marido poniendo su mano en el torso de su esposo. El silencio y una suave penumbra los envolvió. La suave brisa de la noche trayendo ya un aroma inconfundible que ya se hizo parte obligatoria de ella, les dio las buenas noches inundando aquella estancia con su frescor, para hacer más placentero el sueño reparador de los durmientes




La deferencia de Irene.


La mañana se iba desarrollando apaciblemente. Margarita no tenía a penas tiempo de bajar a la cocina a echar una mano a sus compañeros y tampoco a ayudar a arreglar los aposentos. Había mucha costura atrasada. No sólo los vestidos de Lucrecia era prioridad, había que repasar mantelerías, sábanas... A media mañana tuvo la visita de Irene. La muchacha traía entre sus brazos el vestido que quería que le arreglara.

- ¡Hola Margarita! mira, aquí te traigo el vestido del que te hablé.
La muchacha se levantó con una sonrisa tocando la tela de aquel elegante vestido - ¡Qué bonita tela! Quería decirle que me ha sido imposible ir a sus aposentos como me dijo... A ver, dígame qué tipo de arreglo quiere.
- De momento, no tienes que pedir disculpa por ello y en cuanto al tipo de arreglo, yo te  digo pero tú me das tu opinión.

Irene le dijo a Margarita el arreglo que quería. La muchacha estuvo escuchando detenidamente, luego, cogiendo el vestido lo extendió en una mesa larga y que la usaba precisamente para medir las prendas. Con el vestido extendido, Margarita le dio su parecer sobre dicho arreglo y cómo podía quedar mejor bajo su punto de vista. Irene ante la explicación de la costurera y su convencimiento de que tenía razón, accedió al arreglo cómo Margarita había expuesto.

- ¡Ay Margarita, cómo sabes tú oficio!

En ese momento entraba Loreto portando una bandeja con dos copas de fino cristal lleno de rico zumo y unos entremeses.

- Como sé que a esta hora sueles tomar algo, pues me he permitido acompañarte si no te importa.
- ¡Claro que no señorita Irene! puede acompañarme ¡Faltaba más!
- Como hoy tienes compañía yo me voy, luego paso a recoger la bandeja - la joven criada hizo una leve inclinación ante Irene saliendo del gabinete.
- Anda Margarita, vamos a sentarnos en el diván.

La joven costurera se sentó junto a Irene. La esposa del Comisario cogió una copa y se la ofreció a Margarita. La muchacha la tomó entre sus dedos. Irene se fijó en la alianza - ¡Qué bonita se te ve la mano con ese aro! ¿Está grabado por dentro?
- Si señorita, está grabado. Espere, ahora se lo enseño.

Margarita dejó la copa encima de la mesa y deslizado la alianza de su dedo se la dio a enseñar a Irene. La muchacha la tomó entre sus dedos leyendo el interior de ella - ¡Margarita, que palabras más emotiva! ¡Cómo debe quererte el maestro!
- Si señorita Irene, es mucho el amor que me tiene pero yo a él, lo amo aún más... Para mí lo es todo... No concebiría mi vida si él.

Irene le devolvió la alianza a la muchacha, Margarita se la volvió a colocar en su dedo anular. La esposa de Hernán la observaba admirada - ¿Te puedo preguntar algo Margarita? Tengo tan poca oportunidad de hablar con muchachas de mi edad, que hablar contigo me hace sentir bien pero siento cierta curiosidad, si quieres me contesta y si no, no pasa nada... Cuando decidiste volver a Palacio, ¿tú esposo no te puso pega ninguna?
Margarita sonrío tomando un sorbo de zumo – Me la puso señorita Irene, me la puso...
- Entonces, ¿cómo qué cedió a que volvieras? - Irene aunque de alguna manera estaba haciendo lo que Hernán le pidió, también ella tenía interés en saber. Sentía la curiosidad propia de mujer.

- La verdad que lo tenía muy complicado, no lo tenía fácil el volver aquí... De hecho, ni yo misma pensé que volvería pero la tarde antes de la boda, Lucrecia apareció en mi casa con el consiguiente desagrado de quien iba a ser mi esposo. Ella vino a pedir perdón por todo lo que había hecho... Lucrecia y yo fuimos amigas de niñas y cuando yo entré a trabajar para ella me di cuenta del cambio que había experimentado en esos años que dejamos de vernos. Por eso, cuando ella llegó pidiendo perdón la creí  porque para Lucrecia no tenía que ser fácil hacer aquello... Tuvimos una pequeña conversación, por supuesto Gonzalo no intervino en ningún momento y ahí me dejó dicho que deseaba que volviera a trabajar para ella, que de alguna manera era devolverme lo que me quitó por las circunstancias que se rodeó, que lo pensara...

- Creo entender, que tú la creíste y tú esposo no ¿Es así?

- Así es, Gonzalo no la creyó pero yo de momento no dije nada al respecto, dejé pasar el día de la boda y dos días después se lo dije... Le dije que quería volver a trabajar en Palacio y me encontré con el no por respuesta. ¿El motivo de mi marido para negarse? el mismo, que no creía en el arrepentimiento de ella. Lo dejé por imposible pero yo quería trabajar señorita Irene, quiero ayudarlo. Él, cómo maestro no gana mucho... Algunos padres de sus alumnos les cuestan pagarle, y él solo para llevar la casa llegamos justito al mes y si llegamos y con mi ayuda, al menos es un alivio.
- Pero te dio su permiso porque aquí te encuentras - la curiosidad de Irene iba a más.

- Esa misma noche, después de venir de la laguna de celebrar la noche de San Juan, quiso que habláramos, sabía que me encontraba molesta con él por lo sucedido en la tarde... Mi esposo me dio su parecer y yo le di el mío pero pesar que no estaba muy confiado dio su brazo a torcer y aunque no me dice nada, sé, que sigue sin estar conforme. Es como si temiera algo ¡pero es absurdo!... Yo creo que las personas tienen derecho a cambiar ¿Comprende ahora por qué lo amo tanto?

- Si Margarita, comprendo tu amor hacia él pero también comprendo el amor que el maestro te tiene, ya  que a pesar de sus temores, que serán infundados pero que no dejan de ser temores, te ha dejado venir a trabajar para complacerte... ¡Qué amor tan bonito el vuestro!
- Lo es. A mí, me parece que estoy viviendo un cuento, un sueño en el que puedo despertar de un momento a otro, pero esta alianza me dice que es verdad, que no es un sueño sino la más bella realidad.

Irene estaba emocionada al escucharla – Margarita me alegra haber hablado contigo. Me has enseñado mucho con tu contestación, porque esa contestación a una pregunta por simple curiosidad, me ha hecho ver lo maravilloso que es vuestro amor... El maestro pensando en ti y en ese temor... Tú, queriendo trabajar para ayudarlo para que no sea él solo quien lleve el peso de la casa... ¡Cuánto amor y cuánta complicidad debéis tener!

- Gracias señorita por verlo así ¡Pues si! Entre nosotros hay mucha complicidad, sólo con mirarnos a los ojos sabemos lo que queremos uno del otro, a veces no hacen faltas las palabras para entender... Pero me imagino que entre usted y su esposo existirá un amor y una complicidad igual, porque para que exista todo esto, hay que dar una de cal y otra de arena, o sea,  hoy por ti, mañana por mí.... Que en esto las mujeres salimos ganando y tampoco es justo. Nosotras tenemos que ceder también cuando llega el caso...
- ¡Cuánta verdad dices Margarita! y cuánto estoy aprendiendo contigo. Cuanta lección nos podéis dar a nosotros, los nobles, gente sencilla como tú.

Irene se puso de pie – Margarita seguiría hablando contigo y no me cansaría pero sé que tienes que seguir y no quiero retrasarte... Con mi arreglo no te apures, cuando lo tengas, bien estará - Irene le tomó las manos a la muchacha - Cuando tenga un ratito ya me pasaré para charlar contigo, así no nos aburriremos ninguna de las dos.
- Cuando quiera la señorita.
- Quiero que me hagas un favor... Cuando estemos a solas, llámame sólo Irene... ¿vale?

Margarita sonriendo asintió. Irene se despidió de ella saliendo de la estancia. La joven costurera se sentó de nuevo en su taburete y prosiguió con la costura que tenía entre sus manos cuando llegó la esposa del Comisario. No llevaba mucho enfrascada cuando escuchó unos pasos. Se volvió y vio que era Nuño. El pequeño se quedó en la puerta.

- Pase señorito Nuño ¿Quiere algo? – la muchacha le hizo un ademán para que se acercara. El pequeño así lo hizo.
- ¿Otra vez estás aquí? - el chiquillo preguntó con curiosidad.
- Si, otra vez estoy aquí y con usted quería hablar. A ver, ¿cómo es qué no ha habido una tarde que no haya querido ir a la laguna con los demás compañeros de la escuela? Lo hubiera pasado muy bien - se lo dijo con amabilidad, con interés.
- Mi madre no ha querido que lo hiciera.
- ¿Y se puede saber por qué?
- Porque dice que no tengo que codearme con niños muertos de hambre.

Margarita por un momento sintió una gran rebeldía al escuchar aquello pero ante Nuño, intentó controlarse – Nuño, ninguno de tus compañeros son muertos de hambres y aunque así lo fuera, no se debe discriminar a nadie por ello... Nadie es culpable por no poder llevarse nada a la boca.

- Nuño querido, ¿nos deja a solas a Margarita y a mí?

La voz de Lucrecia se hizo oír entrando en la estancia. Nuño miró a su madre y salió a paso ligero del gabinete. La Marquesa de Santillana se acercó a Margarita – He escuchado lo que les has dicho a Nuño, por lo que entiendo, que mi hijo te ha dicho el porqué de no ir con sus demás compañeros a la laguna.
- Si Lucrecia y no lo entiendo... ¿Por qué le niegas a tu hijo que juegue y lo pase bien con los demás niños? Aquí, en Palacio no tiene la oportunidad de ello porque los pocos niños que hay también son niños muertos de hambre porque son hijos de criados  ¿no?
- Margarita no quiero que pienses mal, ya debías de saber que esto es antiguo, siempre inculqué a Nuño esos prejuicios y mi hijo lo tiene muy latente y ya es difícil que piense de otra manera.

- ¡Lucrecia, que es un niño! A un niño de esa edad es fácil de hacerle ver la verdad de las cosas, e inculcarle otra forma de entender que no hay diferencia entre él y los demás críos.
- Ya... ya lo sé pero no sé si sería conveniente que fuera a la laguna, sé que no se lleva bien con la mayoría, tu sobrino está entre ellos, eso lo deberías tú saber ¿y para qué buscar problema?
- ¡Claro que lo sé! pero son niños y los niños raro son los días que no se pelean o se dicen cosas, pero eso no quiere decir nada.

Lucrecia poniendo sus manos en los hombros de Margarita se mostró conciliadora - Querida vamos a dejarlo, no quiero que te enfades por algo que no tiene mayor importancia... Las madres a veces cometemos errores, eso ya tú lo sabrás el día que lo seas, porque me imagino que desearás ser madre ¿no?
- Claro que sí. Es mi mayor deseo en este momento, pero bueno, habrá que esperar hasta que Dios quiera.
- Claro Margarita, sólo hay que esperar. Hay que tener paciencia pero todo llega, de eso te puedo yo hablar un rato querida - Lucrecia mientras lo decía, sonreía y daba palmaditas a la muchacha es sus hombros – Bueno, pienso que ya debes dejar la costura por esta mañana e irte a casa con tu esposo, que me imagino que estará deseando verte.
- Él no se encuentra en casa a esta hora, está en la escuela. Siempre suelo llegar yo antes que él y yo soy, la que la espero ansiosa de verlo.

- ¡Qué importa quién espere a quien! Lo que importa es el amor que os tenéis, así, que nada más que hablar, te levantas y te vas a tu casa, ya luego seguirás - hizo que la muchacha se levantara y soltara la prenda que estaba cosiendo.
- Como quieras Lucrecia, me llevo para la cocina... – fue a coger la bandeja que dejó Loreto con las copas de los zumos pero la Marquesa la detuvo.
- No Margarita, para eso está cualquier otra criada, tú, ya te puedes marchar.
- Entonces hasta luego, me voy a llevar el vestido de la señorita Irene y se lo puedo ir arreglando en casa, así no entorpezco nada de lo atrasado.
- No sabía que Irene hubiese requerido tus servicios.

- Si, ayer vino a verme y me dijo que quería que se lo arreglara – dijo señalando el vestido que ya tenía entre las manos – Y hoy me lo ha traído.
- Pues nada querida Margarita, ¡más trabajo para ti! Vas a llegar a caer tan rendida que no vas a tener tiempo para tu Gonzalo.
- Te equivocas Lucrecia, para él, siempre tendré todo el tiempo del mundo y ahora, ya me voy. Hasta luego.

Lucrecia dijo un hasta luego que apenas le salió de la voz. Cuando la muchacha se perdió de su vista se sentó en el diván. Estaba que se comía por dentro de la ira. Si durante aquellos años atrás le tuvo envidia, en aquel momento la odiaba con todas sus fuerzas por tener al hombre de sus sueños, al hombre que nunca pudo ser de ella y sin embargo era de aquella insignificante muchacha que un día fue su amiga y que comenzó a odiarla por lo mismo, porque él sólo tuvo ojos para ella, para su amada y adorada Margarita, sin embargo para ella, sólo tuvo su humillación y su desprecio y eso, era lo que nunca podría perdonarle... ¡Nunca perdonaría a Gonzalo de Montalvo!




Estaba a punto de acostarse cuando escuchó los golpecitos en la puerta. Sonrío y contestó – Entra Hernán.
Hernán, abriendo la puerta que correspondía a su dormitorio pasó a los aposentos de Irene. La muchacha no por eso desistió de meterse en la cama. Hernán se acercó a ella e inclinándose besó la frente de Irene con gran cariño. La joven se acomodó en los almohadones – Has regresado muy tarde esta noche.

- Si Irene, he tenido mucho trabajo y no todo de mi gusto – lo dijo mientras arrimaba el diván a la cama - Y a ti, ¿cómo he ha ido el día?
- Bueno, más o menos como todos ¿Has cenado?
- Si, lo he hecho, me han llevado la cena a los Calabozos y tú, ¿lo has hecho con Lucrecia?
- No Hernán, prefiero hacerlo aquí, en mis habitaciones, lo hago más tranquila, por cierto, hablé con Margarita.

El Comisario pareció poner interés ante el comentario de Irene. Se acercó un poco más a la cama – A ver, ¿qué te dijo ella?
Irene, le contó a su esposo todo lo que habló con Margarita. Cuando terminó de hacerlo, Hernán se quedó muy pensativo, cosa que apreció la muchacha - ¿En qué piensas?
Hernán, suspiró y miró a Irene - En nada en particular, pienso en lo que me has contado, quizá no tenga mayor importancia... Puede que Lucrecia haya recapacitado y se diera cuenta hasta donde llegó con ese engaño por lo que los remordimientos no la dejarían tranquila... Por eso, quizá prefirió ir a pedirles perdón por todo lo que hizo.
- Puede que tengas razón pero según Margarita, su esposo no confía y si la dejó a última hora es porque quiso complacerla.

- Pero el maestro también puede estar equivocado, aunque no es de extrañar que no crea en Lucrecia después de lo que tuvieron aquella tarde... Pero pensemos como la joven costurera, que todo el mundo tiene derecho a cambiar, y ahora descansas, yo también me retiro – Hernán se levantó besando la mejilla de la joven.

Se retiró de la cama y antes de pasar a sus habitaciones se giró para mirar a la muchacha con una sonrisa.



Puso su mano en la manilla de la puerta abriéndola. Entró en sus aposentos. Se quitó la chaqueta dejándola caer en el diván, se dirigió al mueble y cogiendo una botella echó un poco de su contenido en un vaso. Con él, se dirigió a la cama sentándose en ella. Un candelabro en la mesita con sólo un par de velas encendida alumbraba el rostro de Hernán. Sus facciones no eran las mismas que cuando estuvo frente a Irene. No había querido preocupar a la muchacha pero con lo que le había contado más claro tenía lo que pretendía Lucrecia.

Se había ganado a través de embustes a su costurera con un arrepentimiento que no sentía para llevarla de nuevo a Palacio y hacer uso de su venganza. ¿Pero qué clase de venganza? ¿Qué pretendía de la joven costurera para hacer daño al maestro? ¿De qué forma iba a utilizar a aquella muchacha para resarcirse de la humillación que recibió de su marido? Hernán tomó de un trago el líquido de aquel vaso. Se levantó y dejándolo en el mismo mueble se acercó al ventanal. La brisa de la noche refrescó su rostro sudoroso. Muchas preguntas eran las que se hacía Hernán Mejías pero no tenía respuestas para ninguna de ellas.




Estaba terminando de repasar los cuadernos de sus alumnos. Por un momento levantó la cabeza y se quedó pensativo. Su mirada traspasó el umbral de la puerta de la alcoba. Se levantó de detrás de su mesa y con pasos pausados salió de la habitación. Detuvo su paso y se paró a contemplarla. Allí estaba, sentada en el poyete de la ventana, hermosa como siempre, con su camisón de dormir ya puesto y cosiendo a la luz de las velas que tenía sobre la mesa. Desde que llego en la tarde no había dejado de coser aquel vestido que se había traído de Palacio. Vio como se pasaba la mano por el cuello. Gonzalo movió la cabeza y se acercó a ella. Sin decir nada, le quitó aquella prenda de las manos colocándola en la mesa.

- ¿Qué haces Gonzalo? – lo preguntó extrañada.
- Por hoy ya está bien, debes irte a la cama - le puso sus fuertes pero delicadas manos en los hombros y la levantó ante la consternación de su esposa.
- Pero Gonzalo, yo quería se...
Gonzalo no la dejó terminar – Debes descansar Margarita, ya tienes bastante con lo que tienes en Palacio para que también tengas que trabajar en casa y más a la hora que es.

Gonzalo apagó las velas y se llevó a su mujer a la alcoba cerrado la puerta, Margarita se desprendió de sus brazos y fue a ocupar su lugar en la cama. Se tendió en ella suspirando con alivio. Su esposo notó el consuelo de ella al tenderse en el lecho.

- Estás agotada cariño – lo dijo mientras él se iba desvistiendo.
- Ya, pero quería adelantar el vestido de la señorita Irene  – lo dijo mientras giraba su cuerpo hacia su marido.
Gonzalo no tardó en tenderse al lado de ella. La cobijó entre sus brazos besando su mejilla – Pero debes pensar en ti. Cómo te encuentras? ¿Te duele la cabeza?
- Esta tarde no me ha molestado tanto pero el cuello me tiene bastante fastidiada.

- Te molesta – no preguntó al decirlo.
- Si, un poco.
Gonzalo se incorporó – A ver qué le pasa a este cuello tan precioso – hizo que Margarita se incorporara y se sentara en la cama. Le pasó la trenza hacia adelante y con sus acariciantes dedos comenzó a masajear el cuello de su esposa - Lo tienes muy tenso Margarita, ¿te duele?
- Según donde me toques.

Gonzalo con sus dedos intentaba relajar el malestar de ella. Margarita cerraba los ojos al encontrar consuelo ante aquella presión que su marido ejercía sobre la parte dolorida. Sonrío al sentir el roce de los labios de él en su hombro desnudo, ya que se le había deslizado una de las tirantas del camisón pero él no se conformó con eso, siguió besando su espalda. Rozaba con sus ardientes labios la piel de su amada esposa.

Margarita sentía un cosquilleo que la hacía estremecer – Gonzalo, no sigas... No seas malo...
Gonzalo había detenido sus dedos en el cuello para bajar con ellos por la espalda de ella
- ¡Con qué soy malo ¿no?! – la tomó entre sus brazos echándola sobre la cama.

Sus hermosos ojos color miel se posaron en la mirada de ella, tan profunda, tan brillante como la más hermosa noche llena de luceros. Gonzalo se inclinó y comenzó a saborear los labios de su mujer que se abrieron para acoger los suyos. Se besaron dulcemente. Se acariciaron con ellos, sintiendo que sus cuerpos se estremecían al contacto de aquellas caricias. Gonzalo volvió a mirarla con su penetrante mirar. Margarita sabía lo que quería decirle con aquella mirada. Con una sonrisa ella negó con la cabeza. Vio como su marido ponía cara de fastidio. Se apartó de ella dándole la espalda.

Margarita arrugó el ceño e incorporándose se acercó a él - No me dirás que te has enfadado pero... ¡Gonzalo, no me seas niño! Yo qué quisiera, pero hay cosas que no depende de una...  Anda vuélvete, no te me enfades por favor...

Gonzalo la escuchaba e intentaba ocultar la risa al verla tan apurada. Sentía las manos de su esposa acariciando su cabello. Al no tener respuesta de él, Margarita se apartó de su marido y se recostó sobre las almohadas mirando al otro lado. A Gonzalo se le borró la sonrisa de los labios ante el silencio de su esposa y al no notar su contacto. Pensaba, que lo que al principio fue una broma por parte de él, para ella no lo fue. Se volvió rápidamente. Margarita estaba de espalda a él. Gonzalo se incorporó y le puso una mano en el hombro.

- Margarita vuélvete, no pensarás que yo estoy enfadado ¿verdad?

Su esposa no decía nada por lo que Gonzalo hizo que se volviera. Suspiró profundamente cerrando los ojos. La muchacha tenía los ojos arrasados por las lágrimas. La tomó entre sus brazos sin dejar de besar su cabello.

– Cariño, perdona por hacerte creer que estaba enfadado. ¡Era una broma Margarita! ¿Cómo puedes pensar qué yo me puedo enfadar por una cosa así? Perdóname mi amor, perdóname... - la mecía entre sus brazos, la acunaba en ellos- No sabía que por gastarte una simple broma tan sólo por escucharte, por ver por dónde me saltabas te iba acarrear estas lágrimas.

La joven, toda apenada escondía su rostro en el pecho desnudo de él. Lo escuchaba, escuchaba sus palabras y aunque él se lo estaba aclarando todo ya había dado rienda a su llanto y no era tan fácil pararlo. Poco a poco y ante las palabras de su esposo que se sentía culpable de haber provocado tal equivoco, se fue calmando. Gonzalo sin apartarla de él, alargó el brazo y sacó un pañuelo del cajoncito de su mesita, le limpió el rostro con toda delicadeza y amor. Margarita no decía nada, se dejaba hacer. De nuevo Gonzalo hizo que apoyara la cabeza en su pecho y se recostó en la almohada con ella entre sus brazos. La mano que tenía libre, acariciaba el rostro de su esposa que se mantenía en silencio.

Gonzalo percibió que suspiraba profundamente - ¿Te sientes mejor?
- Te habré parecido una tonta- lo dijo con un hilo de voz.
- ¡No, claro que no! Mírame mi vida - tomó el mentón de su esposa y levantó su rostro.
Todavía aquellos hermosos ojos negros brillaban por causa del llanto de momentos antes. Gonzalo se miró en la profundidad de ellos – Para mí, eres la sensibilidad convertida en mujer ¡y amo esa sensibilidad! ¡La adoro! Te quiero  tal y como eres.
Margarita tragó saliva ante las palabras de su marido. Se desprendió de sus amorosos brazos – Bueno, mejor será echarnos a dormir...

Gonzalo puso un beso en sus labios confiando, fue entonces, cuando Margarita cogiendo uno de los almohadones se lo estrelló en pleno rostro – ¡Esto, para que otra vez te lo pienses antes de hacerme una broma de ésta clase! – diciendo esto, de nuevo se volvió dando la espalda a su esposo y ahuecando la almohada buscó postura para dormir.

Gonzalo se quitó de su rostro el almohadón con una sonrisa. Lo tiró a los pies de la cama y se acercó a su esposa pasándole su brazo por la cintura – No sé que amo más, la sensibilidad anterior o el genio que acabas de sacar.
Aunque se sentía enojada no pudo más que esbozar una sonrisa ante el comentario de su marido – ¡Tú, ríete! ¡Que todavía no me has visto enojada de verdad!
- Te conozco como a la palma de mi mano y sé cómo te enojas. ¿No lo voy a saber? pero si todos los enojos fueran como éste, no me importaría verte enfadada siempre - a la misma vez que lo decía, Gonzalo la acariciaba con sus labios y ella, no ponía resistencia.

Se volvió hacia su marido cobijándose dentro de sus brazos y descansado la cabeza en el pecho varonil. Con una de sus manos acariciaba el brazo derecho de su amado hombre. Al llegar a la altura de la cicatriz, sus dedos se detuvieron e hizo un comentario un poco extrañada. – Veo la cicatriz de tu brazo y me parece algo singular...
Gonzalo frunció el ceño, con cierta perplejidad le preguntó - ¿Por qué te parece singular?

- Porque da la sensación como si te hubieras hecho una sutura. La herida no tenía que ser muy grande pero te ha cicatrizado de una forma que me da esa sensación.
Gonzalo tragó saliva, pero cuando habló su voz sonó con toda naturalidad - ¿Y se puede saber por qué a mi mujercita le da esa impresión?
Margarita alzó su mirada para mirarlo a los ojos – Gonzalo, Víctor no era la primera vez que venía a la casa con alguna herida que otra, ya que sus ajustes de cuenta en el último tiempo que estuve con él eran muy frecuentes y las heridas de navajas a veces habían que coserlas para contener la sangre.

- ¿Se las cosiste alguna vez? - la pregunta se la hizo con cierto temor.
- La mayoría de las veces se la cosía él pero a veces tenía que hacerlo yo ¡y no sabe, que trabajito me costaba! No podía ver la sangre y más coserle la herida. Por eso, me da esa impresión al ver tu cicatriz y si te fijas bien, tiene cierto parecido con la cicatriz del hombro, la que te dejó esa herida causada por aquel disparo, la mañana que fuiste a cazar con Sátur y que Juan te cosió al extraerte la bala... - según iba refiriéndoselo le rozó con sus dedos la cicatriz del hombro izquierdo.

Gonzalo la estrechó contra él cerrando los ojos con fuerza – Aquella mañana me sentí morir pero sólo tus ojos me hicieron volver a la vida y en cuanto a lo otro, no piense más en ello, no me gusta que recuerdes cosas que te hicieron daño.
- Tienes razón Gonzalo, no quiero recordar cosas que me hicieron tanto daño, además, ya debía echarme a dormir que la mañana está al venir como aquel que dice.
- Claro cariño, ya tenías que estar más que dormida – Gonzalo se giró y con un soplido apagó la vela – Buenas noches mi amor, que descanses – la besó dulcemente en los labios y la acomodó en su cuerpo.

La alcoba, había quedado envuelta dentro de una dulce penumbra ya que la luz de la luna, parte de su luminiscencia penetraba por una de las ventanas abiertas. De alguna manera, con esa tenue claridad quería impedir que las sombras invadiera el espíritu de uno de los esposos, para que con ello, se sumiera en un sueño libre de pesares y desasosiegos.


Continuara...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Jue Ago 18, 2016 4:14 pm

Luces y sombras. Segunda Parte.

Capítulo,3




Un bonito juguete.


Los días iban transcurriendo por un mes que estaba a punto de finalizar. Para Margarita esos días corrían demasiado. Lucrecia la tenía absorbida con costura que sólo era por capricho, como el haber cambiado la colcha y las cortinas del dosel de la cama de su recámara, por lo que tuvo que dejar algunas otras labores a un lado. La joven se dirigía a toda prisa a los aposentos de Irene. En uno de sus brazos llevaba el vestido ya arreglado de la esposa del Comisario. En toda la tarde no la había visto, Irene no se había pasado por el gabinete de costura. Estaba a punto de irse y quería dejárselo en sus manos. Llegando a sus aposentos llamó con los nudillos, la puerta no tardó en abrirse apareciendo en el umbral la muchacha en camisón de dormir.

- Siento haberla importunado si estaba ya acostada - lo dijo con cierta timidez.
- ¡Oh no! No te preocupes Margarita, estaba echada solamente, me dolía un poco la cabeza, por eso no he podido pasarme por tu cuarto de costura y poder hablar un poquito contigo, pero pasa mujer, no te quedes en la puerta.

Margarita pasó e Irene cerró la hoja de madera – Ya veo que traes mi vestido  – lo dijo con una sonrisa en sus labios.
- Hubiera querido tenerlo mucho antes pero me surgieron otras cosas de “precisión” por eso del retraso, pero vea... A ver si le gusta como ha quedado.
La muchacha tendió el vestido en la cama. Irene contemplaba extasiada el arreglo que le había hecho - ¡Margarita, qué bonito lo has dejado! ¡Está precioso!
- Me alegro que le guste señorita Irene y de verdad que siento no haberlo tenido antes.

Irene se volvió hacia ella – No tienes que disculparte Margarita, sé, que Lucrecia te ha tenido demasiado ocupada, y ahora, recordarte que te dije que me tutearas cuando estuviéramos a solas, me hace sentir un poco más cerca de ti. Ya te dije que no tengo mucha ocasión de hablar con muchachas de mi edad y tú, me has llenado mucho Margarita con tu sencillez, con tu entusiasmo... Me gustaría que llegáramos a ser amigas.

- Señ... Irene, ¡pero tú y yo, somos diferentes! Tú eres la sobrina del Cardenal Mendoza y la esposa del Comisario de la Villa y yo... Yo solamente una plebeya, una criada de Palacio.
- Sólo somos dos mujeres... Para mí, nunca han existido las clases sociales aunque me impusieran el “saber” diferenciar entre ellas... Así, que nada, yo te considero una buena muchacha y para mí, es lo más importante en una persona. Bueno, yo aquí hablando y ya tendrás prisa por volver a tu casa junto a tu esposo.
- No te preocupes, voy con tiempo pero mi esposo viene a recogerme esta tarde y no quisiera hacerlo esperar, prefiero hacerlo yo.
- Te entiendo.

Fue en ese momento cuando los ojos de Margarita se fijaron en algo que se encontraba encima de la chimenea - ¡Qué bonito! – se acercó a él, y rozó con sus dedos la caja que encerraba la esfera de un reloj y que con su tic tac, hizo que la muchacha pusiera atención toda entusiasmada igual que una niña ante un juguete.

- Te gusta... ¿verdad?
- ¡Es precioso! Es la primera vez que veo una cosa así... En la Villa no tenemos la oportunidad de tener relojes de cuerdas, ni siquiera aquí, en Palacio, Lucrecia lo tiene.
- Me lo regaló mi tío... Se lo trajo de Londres un amigo por encargo de él a poco de dejar yo el convento, y si no lo has visto antes es porque lo dejé en casa de él... En el tiempo que estuviste ausente, estuve por allí y entre algunas otras cosas me lo traje conmigo.

Margarita la escuchaba pero no quitaba sus ojos del reloj y sus dedos seguían acariciando aquella bonita caja. La caja del reloj chapada en ébano y de unos veinticinco centímetros de altura por unos veinte de ancho, se componía de elementos arquitectónicos. Tenía cuatro pilares de esquina superiores y cuatro capilares corintios. En el frontal, la esfera era de tono dorado y plateada con manecillas de metal en color negro. Las esquinas de la esfera, estaban decoradas con cabecitas de querubines en bronce dorado fundido. En la parte delantera del reloj, un cajoncito situado convenientemente y donde  guardaba la llave para darle la cuerda.

La joven estaba extasiada comprobando aquel bonito artilugio y atenta a la explicación que Irene le estaba dando.

– ¡Es que es precioso! Es cómo un bonito juguete - sus ojos se volvieron hacia Irene que la miraba a su vez con una sonrisa – Nosotros sólo podemos conformarnos con el de arena o con los toques de las campanas, que si vieras lo que a Gonzalo le fastidia escuchar sus toques a una hora poco adecuada.
- Un día Margarita, todo el mundo podrá acceder a este tipo de relojes, ya verás.
La joven suspiró y se apartó de la chimenea – Pues me voy, que éste... - dijo señalando el reloj - ... por lo que me has explicado, me está diciendo la hora que es y no quiero hacer esperar a mi esposo, que a este paso...
Margarita fue a despedirse, pero Irene la detuvo con un ademán – Espera, que te vas sin que te pague el arreglo.

La joven costurera frunció el entrecejo – Irene, ¡no! Yo cobro un sueldo.
- Tú, recibes un sueldo por trabajar en Palacio a la orden de Lucrecia, ella te paga para servirla a ella, pero la Marquesa no va a pagar lo que yo quiera de ti, así que esto es tuyo - mientras hablaba con Margarita, había cogido de unos de los cajoncitos de su secreter una bolsita de terciopelo negro y cogiendo la mano de la joven se la puso en su palma.
- Pero yo no puedo aceptar esto, no podría... – la muchacha se negaba a tomar aquello.
- Claro que si Margarita, tú has hecho un trabajo y yo te pago por ello - Irene cerró la mano de la muchacha dejando dentro de ella aquella bolsita que la costurera se negaba a coger.

Margarita un poco turbada, cuando habló lo hizo muy emocionada – Te lo acepto con una condición, que para una próxima vez no tendrás que pagarme arreglo alguno.
- Bueno, eso ya se verá, ¡y ahora vete que te espera tu esposo!
Margarita abrió la puerta y girándose  miró a Irene agradecida – Gracias Irene por todo.
- Gracias a ti Margarita y ¡hala! que se te va hacer tarde.

La muchacha enfiló los pasillos a toda prisa y cuyos suelos relucían como un espejo. Antes de bajar al piso inferior, se levantó el bajo de su falda metiendo aquella bolsita en la faltriquera. Luego, bajó la escalera que conducía a las dependencias de la cocina. Sólo estaba la cocinera que terminaba de fregar los fogones. Cuando la vio aparecer la mujer movió de un lado a otro su cabeza.

- ¿Todavía estás aquí Margarita?
- Me he entretenido un poco Micaela, ya se han ido todos ¿no?
- ¡Claro muchacha! y oye, con eso de que Catalina ha salido antes te tienes que ir sola ¿es así?
- Mi esposo me pasa a recoger... Voy al cuarto y recojo mis ropas, ni siquiera voy a quitarme el uniforme, sólo los zapatos, ¡qué me duelen los pies!
- Anda, ve ya y descansas muchacha, que se te ve hasta malita cara.

Salió de prisa dirigiéndose al cuarto de la servidumbre. Se quitó los zapatos calzándose las zapatillas. Tomó sus ropas del  perchero colgándosela del brazo y con los zapatos en la mano salió igual de rápida de aquella estancia.




Se adentró en los jardines y dirigió sus pasos por la senda que la conducía a la cancela donde uno de los guardias le abrió la verja. Se alejó unos pasos de aquella entrada pero no divisaba a Gonzalo, por la hora, ya debía estar allí. Pensó que era mejor, que los hombres eso de esperar como que no estaba hecho para ellos. Se sentó en un pedrusco junto a una arboleda. Ya el sol había terminado de ponerse.

Se entretuvo viendo pasar a las pocas personas que solían transitar por aquel camino, la mayoría de ellos, labriegos que ya volvían de preparar las tierras para la tan cercana sementera. El trinar de los pájaros revoloteando hacia las copas de los árboles para refugiarse en sus nidos, fue un canto para sus oídos, los veía como se cruzaban entre ellos hasta perderse entre las verdes ramas. No se dio cuenta del tiempo que pasaba hasta que escuchó las campanas de la iglesia de la Purísima que con sus toques, le dijeron que eran las nueve de la noche. Sonrío al recordar aquel juguete, el reloj de Irene, pero a su vez se inquietó por la hora que era y se puso en pie. Necesitaba irse. Ya eran poca la gente que pasaba por allí y la sombra de la noche se iba llevando la claridad todavía de un verano que no quería fácilmente dejar pasar a un otoño que poco a poco se iba acercando. Agosto, avanzaba a pasos agigantados haciendo que las tardes fueran algo más corta pero dejando ver, la más hermosa luna que en aquel momento parecía sonreírle, y que su blanca luz, era lo único que la alumbraba en aquel lugar.

No sabía que podía haber pasado con su marido. Apretó el paso y recorrió aquel camino que la llevaría a la Villa y a su casa. Tenía ganas de estar en ella, se sentía más que cansada. Al mirar al frente lo vio venir corriendo hacia ella. Se tranquilizó en parte. Ella no detuvo el paso y salió al encuentro de su esposo. Cuando Gonzalo estuvo a su altura comprobó que llegaba todo acelerado.

– ¡Margarita! ¡Margarita! perdona, se... Se me ha pasado la hora con la corrección de las tareas de los niños... Perdona cariño - se inclinó y la besó con dulzura. Ella correspondió a aquella caricia.
- Ya lo veo... Ya veo que para ti es lo más importante ¡porque para que se te pase que tienes que venir a recogerme! - mientras lo decía, le iba poniendo bien el cuello de la camisa pero luego sus ojos se posaron en toda ella – Gonzalo, ¿tú, te das cuenta de cómo vienes? ¡Tienes la camisa coja! ¿Cómo te has abrochado?  A ver que te la ponga bien... ¡Desde luego los hombres sois...! - le fue abrochando correctamente la camisa mientras movía la cabeza.

Gonzalo se dejaba hacer. Sentía que su corazón latía con fuerza. La misión le había llevado más tiempo de lo que pensaba, por lo que cuando se internaron en el bosque, desnudó su espíritu de guerrero para vestir su corazón de maestro. Sátur se llevó su corcel con él y en su apresuramiento no se dio cuenta ni siquiera como se había puesto la ropa.

Margarita notó su acaloramiento - ¿Te ocurre algo? Te noto nervioso ¡y mira que para que tú estés nervioso! - lo dijo mientras le quitaba sus prendas que le había puesto en las manos a su marido, mientras le abotonaba la camisa.
Gonzalo intentó sosegarse – Margarita, ¿por qué iba a estar nervioso?
- Yo no lo sé, dímelo tú...

La apretó contra él. Mientras prosiguieron el camino intentó tranquilizarla – Margarita, lo único que pasó, es...  Es que cuando escuché las campanadas y me di cuenta de la hora que era, pues no sé de qué forma me puse la camisa, sólo es eso cariño. No soy de las personas que fácilmente me puedo dejar influir por los nervios.
- ¡Qué me lo digas a mí! ¡Tu tranquilidad me ponía mala!
- Pero ahora de esa tranquilidad a la que te refieres queda bien poco ¿no? - se lo dijo al oído, bajito, en un susurro – Ahora, si me pongo nervioso tú tienes la culpa, sólo tú y por eso te amo tanto, porque me hiciste despertar de aquel letargo en que estaba sumido.

- ¡Ay Gonzalo! Cuando te escucho hablar así me parece mentira... ¡Qué trabajito te costó! Que trabajo te costó dejar tus silencios, pero fíjate que a pesar de que ya dejaste de guardarte cosas, percibo a veces que algo te abruma y no me digas que la causa es el no saber nada de tu madre... Me da la impresión, que el encontrarte tantas veces pensativo, esas veces que te hablo y no me escuchas, incluso cuando te miro a los ojos y los veo con una sombra de tristeza, es que hay algo más, algo que yo no sé que será, pero por lo que sea, no lo quieres compartir conmigo.

Gonzalo la escuchaba y no podía reprimir un sentimiento de culpa. Cuánta verdad decía ella y cuánta necesidad sentía él, de contarle su secreto, de compartirlo con ella. Qué mejor que con su esposa amada pero el miedo a no saber su reacción, su sentir ante esa verdad, el temor a un rechazo, hacía que callara y se invadiera de aquel pesar que ella percibía.

Con serenidad le habló amorosamente – No dejes que esta cabecita te haga ver cosas que no son... Es verdad que a veces puedes verme preocupado pero todo está relacionado con mi verdadero origen, con mi madre. El no saber nada de ella, el no encontrar pistas, me tiene atado de pies y manos por qué no sé por dónde buscar.
Margarita lo interrumpió – ¿No te has puesto a pensar que tu madre no se encuentre en la Villa y haya vuelto a Francia?
- Si, lo he pensado en más de una ocasión, pero algo me dice que después de lo que tuvo que sufrir, el de estar muerta ante los ojos de los demás sólo para proteger a sus hijos y sin saber realmente que pudo pasar con nosotros, no creo que se haya podido ir sin procurar buscarnos... Por eso creo que ella no ha llegado a marcharse y que de alguna manera nos hará saber que está viva y donde poder encontrarla.

- ¿Por qué siempre hablas en plural? Según me dijiste, del paradero de tu hermana no sabías absolutamente nada, que todo era conjeturas, que ignorabas si estaba viva.
Gonzalo no tuvo más remedio que sonreír, a su esposa no se le iba una – Bueno, pues si lo hago así, es porque prefiero pensar que ella, mi hermana vive y que al igual que yo, esté donde esté, pueda saber algo relacionado con nuestro origen y también esté buscando por su lado.
- ¡Ojala sea pronto ese final de tu búsqueda! porque cuando te veo que está tan lejos, tan ensimismado en ti mismo, me pongo a pensar y no paro.
- Pues no pienses, no dejes que esa cabecita le de vuelta a cosas que no son, ya te lo advertí no hace mucho.

- Está bien, no le daré vuelta a mi cabecita – se quedó pensativa por un instante - ¿Sabes una cosa? Hoy he visto un bonito reloj pero un reloj de cuerda, es de la señorita Irene... ¡Me he encantado! Parece un juguete.
- Vaya, esos relojes no se ven mucho por aquí.
- Se lo trajeron a su tío de Inglaterra pero es precioso... Con su tic tac, tic tac...

Sin apenas darse cuenta, habían traspasado las puertas de la Villa. Ya la noche había terminado de caer y ya muchos comerciantes habían retirados sus puestos, aunque algunos de ellos todavía querían tirar un poco más del tiempo manteniéndolos abiertos. Llegaron a su casa y subieron la escalera que les separaba de la puerta. Cómo la mayoría de las veces, estaba entornada. Gonzalo sólo tuvo que empujarla y darle paso a su esposa. Margarita suspiró al verse en su hogar. Dejó sus ropas y zapatos de momento en una silla, dejándose ella caer en otra.

- Estás cansada ¿no? - preguntó Gonzalo acariciándole el rostro.
- La verdad que si, y eso que me llevo todo el día sentada.

Del patio entraron Alonso y Murillo. Alonso se fue para su tía echándole los bracitos al cuello y sentándose encima de ella. Margarita le dio varios besos en la mejilla.
- ¿Qué estáis haciendo? Creo que la pregunta sobra, estáis jugando con la tortuguita.
- Si Margarita, aquí es en el único sitio que lo podemos hacer porque con mi madre no podemos hacerlo en mi casa. Mi madre me ha advertido, que si se me ocurre aparecer con la tortuga, que tanto ella como yo salimos de la casa.
- Alonso quítate encima de tu tía. Viene muy cansada como para tenerte encima de ella y ya no eres tan pequeño - Gonzalo cogió al niño por el cuerpecito y lo retiró de su tía.

Margarita se levantó – Murillo, tu madre habla mucho pero luego, nada de nada... Bueno, voy a preparar la cena.
Sátur entraba en la sala en ese momento, venía del establo de darle de comer a los caballos. Miró de refilón a su amo a la misma vez que se dirigía a la joven - Déjelo señora, usted descanse que yo en un momento me pongo con ello.
- Pues Sátur te lo agradezco, porque me siento de lo más floja y tampoco tengo ganas de quitarme el uniforme para ponerme otra ropa, ya lo haré en cuando me vaya a la cama...
- Descansa cariño yo voy a seguir con las correcciones de estos tabardillos – se inclinó poniendo un dulce beso en los labios de su esposa y fue en dirección a la alcoba.

Alonso y Murillo se dirigieron de nuevo al patio. Eso hizo, que la muchacha recordara que tenía que regar sus macetas. Se levantó y dirigió sus pasos hacia allí. Sonrió al ver de la forma en que jugaban con la pequeña tortuguita pero la sonrisa se le borró de los labios cuando se fijó en una de sus macetas, la de claveles rojos. Tenía tronchado uno de sus tallos.

- ¡Alonso! ¡Murillo! No os habéis dado cuenta ¿verdad?
Los pequeños, miraron hacía donde señalaba la muchacha. Alonso miró a su tía – Tía, si lo hemos hecho nosotros, no nos hemos dado cuenta - puso carita de asombro encogiendo sus hombritos.

Dando un suspiro, Margarita se acercó a la maceta y cogiéndola por el borde, la puso en la mesa de lavar. Con cuidado terminó de cortar con sus dedos el tallo tronchado con sus dos claveles Luego volvió a poner la maceta que estaba cuajada de claveles reventones en su sitio. Tomó la regadera y llenándola de agua se dispuso a regar sus flores incluyendo su majestuoso jazmín, y que a aquella hora de la noche aquel aroma que desprendía, impregnaba todos los rincones de la casa. Luego, cogiendo sus dos claveles entró en la sala. Fue para la cocina, cortó un poco el tallo de los claveles  y los introdujo en un vaso con agua colocando éste, encima de la mesa dándole cierto colorido a ella.






La resolución de Gonzalo.


Gonzalo se dispuso a seguir corrigiendo la tarea de los chicos, pero hubo algo que le llamó la atención y que supuso que había sido Sátur quien lo había dejado allí. Era unos pliegos, una crónica de sociedad y que no solamente se dedicaba a hablar de las últimas novedades producidas entre la nobleza, sino que a veces, comunicaba algún acontecimiento que podía ser importante para los habitantes de la Villa. Se dispuso a ojearla. Había pasado un par de páginas y hubo algo que le llamó extremadamente la atención. Se puso a leer con mucho interés.

“Se pone en conocimiento, que hace unos días se ha recibido en el Edificio Gubernamental de la Casa de Contratación de Indias, el libro de Registro de las personas fallecidas por el escorbuto durante la travesía en el Navío “Esperanza”, que zarpó del puerto de Sevilla el día 9 de Julio de 1661 rumbo a las Indias y cuyos cuerpos, reposan en las profundidades del mar. En cuestión de siete días se pondrá en conocimiento de los habitantes de la Villa, dicho registro para confirmar el fallecimiento del familiar en cuestión.
                                                 
                                       
                                           Villa de Madrid  Año del Señor 1662  23  de Agosto

                                                                          Don Julián de Orozco y Urquijo
                                                   
                                                Secretario de La Casa de Contratación de Indias”



Gonzalo terminó de leer la fecha del comunicado. era del día anterior a la fecha de la publicación de la gacetilla. Habían pasado cuatro días de la notificación. Por un momento se le pasó por la mente algo fugaz. Aquello que había leído podía dar la solución a tanto desespero y aliviar la incertidumbre de una esposa y de unos hijos.

Continuará...


Última edición por Mari carmen el Sáb Ago 27, 2016 12:08 pm, editado 1 vez
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Ago 20, 2016 2:53 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,4


El silencio y las sombras era lo que tenía como compañía en aquel momento. Sus pasos ágiles sobre los tejados de la Villa, ni siquiera rompían ese silencio. Quizá, en un momento determinado, esa quietud era interrumpida por el ladrar de algún perro. Sus pasos se detuvieron. Se agazapó y escudriñó a su alrededor. Se asomó a la calle y vio que su escudero ya se encontraba allí. Sátur lo buscaba pero entre las sombras de la noche no era fácil que lo viera a aquella altura. Se puso de pie dirigiéndose a la claraboya. Soltó la cuerda que llevaba con él y agachándose, tanteó con sus manos la vidriera circular. Sacó de la bota su daga y fue rascando con ella las juntas del cristal por el contorno que lo rodeaba. Fue cuestión de unos minutos pero que a él, se le hicieron interminable. Cuando percibió que la vidriera estaba suelta, con sumo cuidado la extrajo de su orificio poniéndola sobre el tejado.

Gonzalo tomó la cuerda y sujetó el anclaje a unos de los castilletes que tenía el tejado, luego, tirando de ella para reafirmar que estaba bien sujeta, la arrojó por el hueco abierto. Sujetando entre sus piernas la gruesa cuerda y agarrándose a ella con sus mitones de cuero, se deslizó por el cable hasta posar sus pies en el suelo de aquel salón principal. Todo estaba a oscura. Sólo la luz blanca de la luna alumbraba un poco aquella estancia. Encima de un mueble, encontró una candileja y metiendo su mano en el chaleco sacó el mechero de yesca encendiendo la vela. No se veía guardia en la estancia. Se movió con cuidado y con sus ojos fue buscando algo. Con su mirada, recorría las diferentes puertas que se encontraba en aquel gran salón pero él, buscaba una en concreto.

Divisó la puerta y se dirigió a ella. La abrió entrando en aquella sala. Era una especie de biblioteca. En sus estanterías, libros de registros. Con rapidez, comenzó a recorrer con sus ojos las fechas que se encontraban en el canto de cada uno de ellos. No sabía que tiempo se llevo con ello. Al fin sus ojos se posaron en una fecha. ”De 1 de Mayo A 1 de Julio  de 1661. Embarque del Navío “Esperanza” Sus manos ávidas extrajeron aquel libro de la estantería.

Cuando lo tuvo en las manos se dirigió a una larga mesa que tenía otros libros de registros, papeles, mapas, tinta... Rebuscó entre aquellos libros de registros y encontró lo que buscaba, el libro donde constaban los nombres del embarque fallecido en el “Esperanza”. Sabía que aquel libro no podía encontrase en las estanterías. Se sentó en el sillón, deslizándose el embozo y echándose la capucha hacia atrás se dispuso a lo que había ido hacer allí, resolver la incertidumbre de una familia. Quitándose los mitones, abrió el libro que tomó de la estantería y buscó las páginas que correspondían a la fecha 29 de Junio de 1661. Allí, ante sus ojos estaba la lista de todos los nombres de los que se registraron aquel día para su embarque a las Indias. Repasó con su vista todos los reglones y encontró lo que buscaba. Había dos nombres en la misma página que constaba, como “cancelado” Cogió su daga y con la punta de ella, fue rascando con sumo cuidado la tinta con la que estaba escrito uno de aquellos nombres.

Sabía, que lo que estaba haciendo no era ético como maestro, pero como Águila no podía pensar si era correcto o no. Tenía que procurar no romper el papel. Al menos, el papel era de cierta textura y le facilitaba lo que estaba haciendo. Cuando el renglón quedó limpio de los trazos de tinta, su mirada fue a los apartados de “Edad” y “Ocupación”, e hizo lo mismo. Rascó y rascó con sumo cuidado hasta que consiguió borrar los rasgo de tinta. Deslizó su mano dentro del chaleco y sacó miga de pan, tomando un trocito de ella la amasó con sus dedos, luego, se la pasó a los renglones frotando con cuidado donde había rascado la tinta para que no quedara vestigio alguno. Luego, sopló el polvillo que había soltado la tinta al ir arrastrándola con la punta de su daga.

De pronto percibió algo. Unos pasos parecían que se acercaban hasta aquella estancia en la que se encontraba él. Apagó de un soplo la vela y dirigiéndose a la puerta se puso alerta. Poniéndose el embozo y la capucha decidió esperar. Alguien quería entrar. A través de la vidriera del ventanal, se filtraba algo de claridad que la luna dejaba pasar a través de los cristales para que él apreciara, que la manilla de la puerta se movía ligeramente. La puerta se fue abriendo sigilosamente. Gonzalo, detrás de ella esperó a que la persona en cuestión terminara de hacerse visible y con rapidez, rodeó con su brazo fuertemente el cuello del intruso y le puso la daga en su garganta.

- No pretendo hacerte daño, sólo voy a dejarte dormido por un buen rato.
Antes de que Águila golpeara la nuca con su puño cerrado al recién llegado, aunque ahogada, la voz del intruso se hizo escuchar - ¡A... ¡Amo por... ¡Por Dios!... ¡Que... ¡que soy... yo!
Gonzalo dejó caer un improperio - ¡Sátur! ¡¿pero se puede saber qué haces aquí?! - ya había bajado la presión de su brazo e increpaba a su escudero - ¡Te dije que vigilaras por lo que pudiera pasar! ¡Pero no!

Hablaban en voz baja. Gonzalo se dirigió de nuevo a la mesa y volvió a sentarse. De nuevo se echó para atrás la capucha y se deslizó el embozo. Volvió a encender la vela y prosiguió con lo que estaba haciendo antes de que llegara el improvisado Sátur.

- Amo, es que todo parece tranquilo y no me pregunte por donde me he metío para subir aquí, porque no sabría explicarle.... Lo que no sé quien guarda esto, porque no se ve a nadie.
- Pues algún guardia tiene que haber, es un edificio oficial Sátur.
- Bueno, ¿y esto cómo va? ¿Lo está consiguiendo? – preguntó intrigado Sátur al ver lo ocupado que parecía su amo.
- Lo estoy intentando – Gonzalo terminó de pasar la miga de pan y acercándose el tintero y la pluma tomó uno de los papeles en blanco que se encontraba en aquella mesa. Introdujo la pluma en la tinta y la pasó por el papel para quitar exceso de tinta.

Luego, en el renglón que había dejado en blanco, procedió a escribir imitando el trazó del escribiente que rellenó aquel registro y fue poniendo un nombre...”Floro Cervera” De la misma forma, escribió en el apartado de la edad, “42” y en el de la Ocupación... ”Barbero” Seguidamente, escribió imitando la letra de su amigo Floro en el apartado donde debía de constar, firmando con el nombre de aquel que fue para él, como un hermano mayor

Sátur tenía los ojos como platos de ver lo que estaba haciendo su amo. Gonzalo apartó aquel libro y se acercó al que ponía... ”Nombres del embarque fallecido en el Navío “Esperanza”. Buscó las fechas de los embarcados fallecidos. Encontró una página con la fecha que correspondía con la misma de registro del 29 de Junio de 1661. Repasó la página. De esa fecha, no había muchos muertos. Revisó los renglones con los nombres, hizo una exclamación de alivio.

- ¡Bien!
- Amo, ¿a qué viene esa exclamación de alegría? - al escudero le era difícil de entender esa supuesta alegría de su amo.
- Hay un espacio libre entre dos renglones Sátur, lo suficiente para poder escribir un nombre. Con esto es más fácil la cosa.
- Y digo yo amo, si Floro desapareció el día 29 de Junio y el barco zarpó el día 9 de Julio, ¿cómo se comprende esto? ¿Dónde se supone que estuvo durante esos días?
- Sátur, muy fácil. El día 29 de Junio se registró pero tenía que marchar para Sevilla, se supone, que podía ir en diligencia o buscándose la vida, pero que tenía que estar antes del día 9 de Julio, tenía que estar y embarcarse días antes de la salida. ¿Comprendes ahora?
- Amo, ¡cuándo yo digo que es usted mi ídolo! que por cierto amo, el nombre del barco se las trae... ”El Esperanza”... Pa’ esos pobrecitos no hubo esperanza alguna para encontrar una vida más deseable.

Gonzalo movió la cabeza afirmando el comentario de Sátur y tomando de nuevo la pluma, hizo lo mismo, la humedeció en la tinta y le quitó resto de ella en el papel pero al iniciar a escribir se dio cuenta que la tinta tenía que perderse un poco más, por lo que procedió a quitar más aún. Probó de nuevo en el pliego y consiguió el efecto deseado. Siguió escribiendo en el renglón libre del registro de los nombres de los fallecidos el nombre de su querido  amigo Floro, como su edad y ocupación, simulando el mismo trazo. También, en el apartado del día en que se produjo su muerte tuvo que poner una fecha. Puso la misma de unos de los embarcados que fueron pasto de la enfermedad, “Día 18 de Agosto de 1661” Desde aquel momento, el que fue su amigo Floro, a todos los efectos yacía en las profundidades del mar.

- Esto ya está – Gonzalo se levantó y cogiendo el libro de registro del embarque no sin antes de comprobar que la tinta estaba seca, lo cerró llevándolo a la estantería de donde lo había tomado dejándolo en el mismo sitio y lugar.

Volvió a la mesa y haciendo lo mismo con el libro de registro de los fallecidos y después de comprobar que ya la tinta también estaba seca, lo cerró y lo puso entremedio de los demás libros que se encontraba en la mesa. Repasando con su mirada que todo estaba correcto y en su sitio como cuando llegó, dio por terminado su misión allí. Salieron con sigilo a la sala principal cerrando aquella puerta.

- Sátur, vas a tener que salir por dónde has venido... Si vieras a un guardia intenta de evadirlo como sea, yo tengo que salir por el mismo sitio - dijo señalando la claraboya en el techo.

Gonzalo apagó la vela dejando la candileja en el mismo sitio que la encontró. Esperó que su escudero saliera en dirección a la escalera por donde había subido y entonces, se dirigió raudo de donde colgaba la cuerda. Se puso los mitones y agarrándose más con habilidad que con fuerza, trepó cable arriba con gran destreza y premura. Nada más tocar el tejado, recogió la cuerda y volvió a poner la vidriera circular en su lugar. Tomó el anclaje enrollando el cable. Cuando estuvo listo, salió todo veloz a través de los tejados que lo habían llevado hasta allí.




No podía dormir. Gonzalo había salido casi entrada la noche diciendo que tenía que salir con Sátur, por lo que comprendió que sólo podía ser por causa de saber sobre su madre, pero se preguntaba lo de siempre... ¿Por qué a esas horas? No era la primera vez que lo hacía de noche, eso ya ella lo sabía pero aquella noche estaban tardando demasiado y no tenían que haber salido de la Villa, ya que los caballos no se lo habían llevado con ellos. Ya hacía algún tiempo que las campanas de la iglesia de San Felipe habían dejado de tocar y tenía que estar pendiente del sonar de las de la ermita de la Caridad, que era la más cercana a la Villa. Estaba cansada, pero la inquietud que tenía no la dejaba cerrar sus ojos. La luz de la vela casi la tenía extinguida, sólo la tenue luz de la luna y que se filtraba por la ventana abierta que tenía frente a su cama, alumbraba la pesadumbre que la embargaba. De pronto algo la sobresaltó. Se sentó en la cama y se puso a la escucha. Por un momento pareció percibir como un roce en el techo de la alcoba. Miró hacia arriba. Su mirada se encontró sólo con el techo del dosel de la cama. Se sintió ridícula, era absurdo, allí arriba no había nada. ¿Qué había qué temer?

Estuvo atenta por si volvía a escuchar algo, pero no, no se escuchaba nada en absoluto Volvió a reclinar la cabeza en la almohada suspirando profundamente. Pensó que quizá un gato estuviera por el tejado, pero entre el tejado y el techo de la alcoba, estaba el palomar, era imposible sentir cualquier roce que pudiera hacer el animal, a no ser, que hubiera alguna abertura y se hubiese introducido por ella, así, si tenía explicación esa sensación de haber percibido algo. La inquietud que tenía, la hacía escuchar cualquier cosa y asustarse. Un suspiro de alivio brotó de su pecho al escuchar la puerta de la calle. Ya habían regresado. Buscó postura dando la espalda a la puerta de la alcoba y cerró los ojos. No quería que su marido supiera que estaba todavía despierta y angustiada. No tardó en escuchar abrirse la puerta de la alcoba con sigilo y cerrarse de igual manera.

Gonzalo había entrado procurando no hacer ruido. Llevaba las botas en las manos y ni siquiera llevaba una vela con él. Con la tenue claridad que entraba por la ventana, comenzó a desnudarse. Con sumo cuidado fue a ocupar su lugar en la cama no sin antes echar una hermosa mirada de amor a su esposa. Hubiera querido besar su cabello, pero el temor a despertarla hizo que se contuviera.

Margarita, cuando lo percibió a su lado, abrió sus hermosos ojos como la misma noche. Se sentía más sosegada, pero ¿hasta cuándo? ¿Cuándo volvería a salir cómo aquella noche? No quería pensar, ya quería dormir y descansar. Descansar sabiendo que su esposo ya estaba de vuelta y acostado junto a su cuerpo, junto a ella.





Día de conmoción en la Villa.


Margarita se levantó a toda prisa y recogiendo su plato y tazón lo llevó a la cocina. Gonzalo no dejaba de observarla – Tienes prisa esta mañana y no te has tomado entero el desayuno...
- La tengo Gonzalo, que últimamente es Catalina la que me espera siempre... En cuanto al desayuno, ahora no tengo muchas ganas, luego tomaré algo más en Palacio.
Sátur entraba en ese momento del establo – Pues no, no tendría que tener tanta prisa y comer el desayuno más tranquila, ¿así cómo va a tener gana? Si cualquier día le va a caer hasta mal lo poco que come.

El sonar de la campana del pregonero, hizo que las miradas de Gonzalo y su fiel escudero se cruzaran. Era el día. Gonzalo fue hacia la puerta abriéndola. La voz fuerte y potente del que anunciaba cualquier acontecimiento en la Villa y que la mayoría de las veces no era para nada bueno, se hizo escuchar por el barrio de San Felipe.

- Se hace saber y se pone en conocimiento a los habitantes de la Villa de Madrid, que aquel que tenga un familiar del que no haya tenido noticias desde hace un año y que se embarcara en el navío “Esperanza”, se puede pasar por “La Casa de Contratación de Indias”...  Allí, recibirá todo tipo de información.

Margarita miró a su marido - ¿Qué habrá querido decir con eso Gonzalo?
- No sé Margarita, sólo lo sabrán cuando vayan a la Casa de Contratación - Gonzalo no siguió hablando ya que Catalina acababa de salir de su casa junto con Murillo. Nada más cerrar la puerta se dirigió a la escalera.
- ¿Habéis escuchado? A mí eso me da mala espina - miró a su hijo – Anda Murillo, ve en busca de Alonso.
Murillo se apartó de su madre y subió los escalones. Al pasar junto a Gonzalo éste le acarició los rizos – Anda, ve y despierta a Alonso que todavía está dormido.

Cuando el pequeño se perdió dentro de la casa, Catalina habló con cierta preocupación - Gonzalo, ¿tú crees qué sea conveniente que vaya y me entere? Ya sé que me vas a decir que ya fui en una ocasión para saber y no saqué nada en claro, pero por intentarlo...
Gonzalo bajó los escalones junto a Margarita, Sátur iba tras ello. El maestro le puso las manos en los hombros a su amiga – Cata, si tú lo crees conveniente, hazlo, siempre es bueno salir de cualquier duda antes que quedarse con ella... Si tú quieres yo te acompaño y...
- ¡No! No hace falta, gracias Gonzalo... En todo caso cuando esta tarde salgamos de Palacio, nos llegamos hasta allí ¿no Margarita? – se lo preguntó mirando a la muchacha.

- Claro Cata, esta tarde vamos y te quedas tranquila.
Gonzalo miró a Sátur y luego volvió la mirada hacia su esposa y  Catalina – Yo pienso que es mejor que os acompañe... Nunca se sabe lo que se puede encontrar uno allí Cata.
- ¡¿Qué me puedo encontrar Gonzalo?! ¡¿Qué me puedo encontrar?! Prefiero encontrarme con cualquier cosa por muy mala que sea, antes de seguir con esta incertidumbre, con este desasosiego...
Ante la aptitud de Catalina, Gonzalo intentó tranquilizarla – Está bien Cata, está bien, si queréis vais solas... Sé que eres una mujer fuerte y con lo que puedas encontrarte, sabrás sobrellevarlo.

Catalina por un momento se sintió mal por la forma en que había reaccionado – Perdona Gonzalo pero es que todo esto me pone de los nervios. Yo te agradezco que quieras acompañarnos, pero es absurdo que lo hagas cuando nosotras nada más salir de Palacio nos encajamos allí en un santiamén y tú, no tienes que dejar la escuela ni por un momento, prefiero que me vigiles a mi Murillo.

- Cómo quieras Cata, así será.
- Bueno, nosotras nos vamos... Anda Margarita, que vamos a llegar tarde – Catalina tiró del brazo de su amiga.
Margarita se volvió hacia Gonzalo  – Hasta luego – se empinó y recibió un tierno beso de su marido.
Cuando las dos amigas enfilaron calle arriba, Sátur se dirigió a su amo muy apurado - Amo, que lo que se van a encontrar cuando vayan hasta allí, no es na’ agradable...
- Ya lo sé Sátur pero no he querido insistir, ya has escuchado a Catalina.
Los dos hombres subieron la escalera. Sátur no pudo menos que preguntar – Amo, ¿por qué de tanta tardanza en poner en conocimiento a las familias de la muerte de los suyos?

- Sátur, las cosas no es tan fácil... Un viaje hasta las Américas puede durar de dos a tres meses. Si sucede una cosa así, como una epidemia de escorbuto... ”La peste de las naos” como la llaman los navegantes, no es fácil que el barco tome tierra hasta que no haya pasado la cuarentena. Luego, los navíos tardan en regresar como seis meses y el poner en orden el registro de los embarcados fallecidos, eso, se lleva su tiempo... Sátur, un papeleo de esos requiere mucha atención, no debe haber equívocos, por eso de tanta tardanza. A eso se le llama burocracia.

- Otra pregunta que me corroe... ¿Y si un día sale al descubierto los restos del pobre Floro? ¿Usted está seguro que no llevaba algo que lo identificara?
A Gonzalo se le enturbió la mirada – No Sátur, antes de enterrarlo me aseguré de que no llevara nada encima que lo identificara, sólo la alianza de boda era lo que llevaba con él y se la quité, la arrojé al fondo del lago. Si un día sus restos salieran a la luz, nadie podría identificarlos... A partir de esta tarde para todo el mundo, Floro descansará en paz en el fondo del mar.




Catalina preparaba la merienda de Lucrecia cuando Loreto bajaba del piso superior.

- ¿Se puede saber dónde te metes muchacha? Seguro que fisgoneando, pues como la Marquesa se entere, no creo que te deje por mucho tiempo aquí, en su Palacio.
- No Catalina, no estaba de fisgoneo... Es que subí arriba, a la atalaya, se ve tan bonito el paisaje de la laguna desde allá arriba, sobre todo ahora en el atardecer, con su toque dorado sobre el agua...
- ¡Loreto ¡Qué tú estás aquí para trabajar y no para mirar paisaje ninguno! ¡Vamos con esta chica! Toma, llévale esto a Margarita y le dices que se lo tome todo, que en estos últimos días la veo muy desganá.
- Es que la pobre se da un lote de coser, bueno, le subo esto y bajo - la muchacha cogió la pequeña bandeja donde llevaba una copa de zumo y unas pastas apresurándose a subir de nuevo al piso superior.

Nada más llegar al gabinete de costura, entró haciéndose notar con su desparpajo y naturalidad - ¡Hola Margarita! Mira lo que te traigo aquí... De parte de Catalina que te lo comas todo que últimamente te ve muy desganá.
Margarita giró la cabeza para mirarla y sonrío - ¡Vaya! esto si es que la cuiden a una pero Loreto, si es que no tengo muchas ganas, el zumo no te digo que no, pero las pastas... - movió negando con la cabeza.
- Pues tú te tomas lo que quieras y me voy porque sino otra vez Catalina me va a llamar la atención.
- ¿Te ha llamado la atención? ¿y eso? Algo habrás hecho Loreto. ¿Estoy equivocada?

- No he hecho nada malo Margarita, sólo que he subido un poquito a la atalaya para ver el atardecer sobre la laguna. ¡Es que se ve tan bonita!
- Es verdad Loreto, se ve muy bonita... Algunas tardes que salgo más temprano, me espera mi esposo a la salida de Palacio y paseamos por ella. Nos vamos a uno de los tantos lugares que tiene tan hermosos, a Laguna de Piedra... Allí, las piedras y sus rocas toman un color diferentes al recibir el color dorado del atardecer al igual que sus aguas... Nos sentamos y contemplamos tanta belleza a la misma vez conversamos, claro.

- ¡Ay Margarita! ¡pero qué enamorada se te ve del maestro!
- Lo estoy Loreto ¡Estoy muy enamorada de mi esposo y él de mí! ¡Es tanto lo que nos amamos!
- Me estaría toda la tarde hablando contigo pero tengo que irme, sino Catalina me va a echar otra vez la bronca...  Tómate eso, ya luego subo a por la bandeja.
- No te preocupes, ya la bajo yo al irme.
- Entonces, hasta luego.

Loreto salió y Margarita movió la cabeza sonriendo. Miró el zumo y no con muchas ganas cogió la copa entre sus dedos llevándosela a los labios bebiendo un poco de ella. La dejó sobre la bandeja, no se le apetecía seguir tomando.

No sabía qué le pasaba en los últimos días pero no tenía mucho apetito y sobre todo se sentía muy cansada y con mucho sueño, sólo tenía ganas de dormir. Por eso, cuando Gonzalo se retrasaba en regresar de esas salidas imprevistas, ella no podía quedarse dormida por la preocupación hasta no sentirlo llegar pero cuando cogía el sueño, no había manera de despertarse por lo que en las mañanas le costaba tanto trabajo levantarse.

Había reanudado la costura. A través del ventanal, abierto de par en par llegó hasta ella las campanadas de las seis de la tarde. Unos pasos inconfundibles se escuchó en la estancia. Sabía que era Lucrecia. Giró la cabeza.

- Margarita querida, venía a decirte algo...
- Tú dirás – dejó de coser por un momento.
- Mañana, no vas a dedicarte a la costura... Tengo invitados, ha sido un imprevisto y quiero que ayudes en la cocina, no te importa ¿verdad? - mientras lo decía le sonreía y se enroscaba con su dedo el tirabuzón que le caía por la pechera abajo.
- ¡Claro que no! Yo vengo a trabajar y no importa lo que tenga que hacer.
- Pero tú eres la costurera de Palacio y tu sitio es este - lo dijo mientras le indicaba con su delicada mano la estancia donde se encontraban.

- Lucrecia, yo soy una sirvienta como las demás y si mañana hago falta en la cocina, allí estaré para ayudar en lo que haga falta.
- Gracias Margarita... ¡Ay, como me alegro que hayas vuelto! Sé, que mañana mis invitados se irán satisfechos...  Creo, que por hoy deberías ya de dejarlo e irte a tu casa ¿no crees?
- No Lucrecia, voy a terminar esto, me queda ya muy poco.
- Como quieras querida pero deberías irte, te veo algo cansada y mañana es un día de mucho ajetreo, pero tú decides... Pues nada, si no nos vemos antes de irte, hasta mañana. Voy a la cocina a dar las últimas órdenes para el almuerzo de mañana.
- Hasta mañana Lucrecia.

La Marquesa de Santillana, con movimiento grácil salió arrastrando la corta cola de su hermoso vestido de satén azul. Margarita, suspiró siguiendo con su costura.






Pesar y sosiego.


Salieron de Palacio acabando de dar las siete de la tarde las campanas de la iglesia de la Purísima. Como pensó Catalina en la mañana, se dirigieron a “La Casa de Contratación de Indias”. Durante el trayecto, Catalina no podía disimular su impaciencia.

– Margarita, te juro, que ojala hoy supiera algo de Floro, es que así no se puede vivir... No me importa encontrarme con lo que fuera, pero encontrarme con algo.
- Tranquilízate Cata que te veo muy alterada, quizá, hubiera sido mejor que Gonzalo hubiera venido. Los hombres para estas cosas son más echados pa’lante que una.
- ¡Qué no Margarita! Que yo aguanto lo que venga y  tu marido no tenía porque dejar la escuela, además, así está pendiente de mi Murillo.

Habían llegado a la explanada que había ante el edificio gubernamental. Era mucho el movimiento de gente entrando y saliendo de él. Algunos rostros, sobre todo de mujeres, estaban arrasados por el llanto. Por aquella puerta, estaba visto que entraba la esperanza y salía la desolación. Margarita y Catalina se miraron algo angustiadas. La joven costurera apretó la mano de su amiga.

- Cata, ¿todavía quieres entrar? - lo preguntó nerviosa, un poco asustada.
- Claro cariño, claro que quiero entrar, pero si tú no quieres pasar un mal rato, te quedas en la puerta y esperas a que yo salga porque por lo que veo, aquí precisamente no están dando muy buenas noticias.
- Por eso Cata, ¿no es mejor decírselo a Gonzalo y qué venga él?
- ¡Margarita, ya basta! ¡Que no mujer! Que yo entro ahora mismo ahí y me entero de lo que sea, bueno, suponiendo que sepan algo, que ya viste lo que pasó la vez anterior, que nadie supo decirme nada. Anda, vamos.

Sus pasos lo dirigieron a la entrada del edificio. Ante la puerta había un guardia. Catalina se dirigió a él - Buenas oficial, mire, venía por lo del comunicado de esta mañana.
- Su familiar, ¿iba embarcado en el navío “Esperanza”? – el guardia preguntó con sequedad.
- Pues mire usted,  es que no lo sé...  Mi marido desapareció un buen día y ya ha  pasado un año de eso y no he tenido noticias de él, pero yo sabía que él quería marcharse a las Indias, me lo dijo un día antes.
- Lo suyo es un poco complicado... El hecho de que desapareciera y no haya tenido noticias en este tiempo, no quiere decir que se embarcara.
- Ya, ya lo sé pero intento saber algo... Si doy los datos de él, quizá pueda despejar mis dudas.

- Esta bien, pasen por allí... En aquella mesa la informarán pero como ven, tendrán que esperar un buen rato, es mucha la gente que está esperando lo mismo. Si quieren pueden pasar otro día, entonces, estará más despejado.
- Si claro, pero ya que estamos aquí esperaremos ¿no Margarita?
- Si, si, ya esperamos.
- Mira Margarita, allí hay sitio en un banco, vamos a sentarnos pero primero pediré la vez.

Así lo hicieron. Mientras Catalina pedía la vez al último de la cola, Margarita fue a sentarse. Estaba agobiada y un poco mareada pero no quería decirle nada a su amiga porque era capaz de volver sobre sus pies y salir de allí. Catalina en seguida estuvo con ella – Bueno, ahora a esperar, quiera Dios que no sea mucho.

Catalina, se volvió al acompañante que tenían sentado en el banco junto a ella. Era un hombre de cierta edad, estaba cabizbajo y sus manos entrelazadas.

- Perdone, ¿usted sabe el motivo del porqué han citado a los familiares de los embarcados en ese barco, en el “Esperanza”? – sentía curiosidad, inquietud. No quería esperar a saberlo al llegar a la mesa.
El hombre, levantó el rostro ajado por la edad y el sufrimiento – Si, si señora... Al parecer, los embarcados en el barco “Esperanza” sufrieron la peste de las naos... El escorbuto hizo mella en ellos.
Catalina palideció y miró a Margarita, ésta, estaba tan pálida como ella – Cata, ¿qué quiere decir con eso?

Catalina la tomó de las manos – Cariño, que si han llamado a los familiares de los embarcados es porque ellos están muertos.
- ¡Ay Cata no digas eso! ¡Es horrible!
- Ya lo sé Margarita pero ahora más que nunca necesito saber si mi marido está entre esos muertos.

Por los toques de campanas, supieron el tiempo que estuvieron allí, sentadas en aquel banco. Dejadas caer en la pared, sujetaban su propia angustia y la de todos los que iban pasando a la vista de ellas con el corazón desgarrado por lo que le comunicaban al pasar por aquella mesa. Una hora había pasado cuando Catalina se levantó.

- Me voy a poner ya en la cola, me queda una persona. Tú te quedas aquí.
- No Cata, yo voy contigo.

Las dos se dirigieron a la cola. El guardia que estaba a la altura de la mesa, hizo señal a la persona que iba delante de Catalina. Era una mujer e iba acompañada de una niña de corta edad, más o menos de la edad de Murillo y Alonso. La mujer pasó hacia la mesa  sentándose en la silla. El oficial que se encontraba detrás de aquella mesa, procedió al parecer a hacerle preguntas y a rebuscar en aquellos libros que tenía ante él. Catalina al igual que Margarita no perdía detalle de lo que se estaba desarrollando no muy lejos de ellas, lo único, que no escuchaban nada de lo que estaban hablando. Pasado un buen rato, la mujer se levantó y su cara demostraba una gran alegría, cuando pasó por delante de ellas, escucharon lo que le decía entre lágrimas a su pequeña hija.

- Cariño, tu padre está vivo ¡Está vivo!

- Ya pueden ustedes pasar.
La voz del guardia las hizo reaccionar ante la emoción de aquella mujer. Catalina y Margarita se dirigieron a la mesa. Catalina ocupó la silla. Quería serenar su corazón, no podía flaquear en aquel instante. La voz de aquel oficial se hizo escuchar grave – Ya me imagino que ya saben ustedes por lo que se ha avisado a los familiares de los embarcados en el navío “Esperanza”.
- Si, si señor y yo quisiera saber si mi marido está entre ellos.
- Dígame la fecha en que su marido se registró para su embarque.

Catalina alzó la mirada y miró a Margarita. De la joven sólo encontró una mirada algo asustada y un rostro muy pálido. La muchacha apretó sus hombros. Catalina volvió su mirada a la del oficial que estaba esperando su respuesta.

– Pues mire, ahí está el problema, que no lo sé... Mi marido me había hablado de irse a las Indias y aquella misma noche, él no durmió en la casa... Al principio pensé que se había ido de taberna con un amigo pero no, y desde entonces no supe nada más de él... Pensé que igual se había marchado sin despedirse para no hacernos sufrir y ya ha pasado un año de eso.
El oficial la miró con cierto entrecejo – Usted aporta poco señora... ¿Sabe cuántas personas hace lo que su marido hizo sin tener que irse a la Indias?

- Ya, ya lo sé y al poco tiempo de pasar aquello vine para saber si podía sacar algo en claro pero nada pude averiguar pero quiero intentarlo otra vez oficial ¡No me niegue ese derecho a saber! Le puedo dar la fecha en que dejé de ver a mi marido y su nombre,  todo lo relacionado con él... ¡Pero por Dios, mire esos libros!
- Está bien señora, dígame la fecha en que vio usted por última vez a su marido y el nombre de él.
- Mi marido se llama Floro Cervera, y la última vez que lo dejé de ver fue la noche del 28 de junio del año pasado.

El oficial tenía entre abierto el libro de registro de embarque y buscó la página que correspondía a esa fecha. Mientras lo hacía, Catalina de nuevo levantó su mirada y buscó la de Margarita, esta, seguía muy pálida pero le sonrió cogiéndole una mano y apretándosela con fuerza. La voz del oficial hizo volviera la mirada a él.

– De esa fecha no hay registrado nadie con ese nombre.
- ¿Y si busca en la del día 29? Quizá fue ese día cuando se registró.

El oficial dando un suspiro, buscó las páginas que correspondían a esa fecha. Recorrió con su mirada los diferentes renglones, su dedo se paró en uno de ellos. Levantó la mirada y miró a aquella mujer que tenía delante y que esperaba con ansia noticias de su marido – Señora, aquí está... “Floro Cervera” edad “42” y ocupación “Barbero”...
- ¡Ay me parece mentira! ¡Por fin sé algo de él! ¡Ay Margarita, al menos sé que se embarcó!
- Cata, tranquila - Margarita sujetaba la mano de su amiga y a la misma ves se sujetaba ella - se sentía mal, quizá era debido a que aquel lugar la impresionaba y cuya atmósfera estaba muy cargada.

De nuevo la voz del oficial se hizo escuchar – Señora, tengo que decirle, que su marido consta como registrado y que embarcó en el barco “Esperanza”, pero no quiere decir que esté vivo... No quiere decir que se escapara del escorbuto.
- Si claro, eso ya lo sé.
El oficial cambió de libro y miró de nuevo a Catalina – Si en este registro, que es donde constan los nombres de los fallecidos, el nombre de su esposo no se halla, su marido sigue vivo, al menos, no murió en esa travesía ¿de acuerdo? pero de lo contrario...
- Si señor oficial, le entiendo y estoy preparada para lo que venga.

El hombre pasó varias páginas llegando a la fecha que le interesaba. De nuevo recorrió con su vista los pocos renglones que había en ella. Su dedo, de nuevo se detuvo en un determinado renglón. No tuvo que leer mucho. Catalina percibió el mutismo del oficial, pero no preguntó nada, espero a que él hablara.

- Lo siento señora, pero su marido consta como fallecido, murió el 18 de agosto.

Catalina se tapó la boca para ahogar un grito que quería salir de su garganta. Se aferró a las manos de Margarita, que se sentía peor cada vez y más, al enterarse de aquella noticia.

- Cata.... Cata lo siento, todo... ¡Todo esto es terrible!
- ¡Ay Margarita! tanto tiempo para esto ¿y cómo le digo a mi Murillo que su padre ha muerto? ¡Ay Dios mío! ¡Dios mío, cuánto pesar!
- Lo siento señora, pero tengo que seguir informándola...
Catalina se limpio con sus propias manos la cara llena de llanto e intentó serenarse - Per... Perdone oficial... Siga...
- Dentro de unos días, recibirá un documento de “La Casa de Contratación de Indias” donde constará el fallecimiento de su esposo durante la travesía y que usted, es su viuda... Deme su nombre y dirección – mientras le hablaba, había cogido otro libro de los que se encontraban en la mesa y se dispuso a escribir.

-  Mi nombre es Catalina Velarde, vivo en el barrio de San Felipe número 45 pero con que sólo pregunten por la casa del barbero Floro, no tiene pérdida.

El agente escribió el nombre y la dirección en aquel libro. Luego colocando la pluma en su lugar levantó su mirada hacia ella – Como es natural, usted guardará su luto pero tengo que decirle, que a todos los efectos usted ya lleva viuda hace un año y eso constará en el documento que recibirá en su casa...  De nuevo decirle, que lo siento.
- Gracias señor.

Catalina se levantó y apoyándose una en la otra, dirigieron sus pasos hacia la salida. La puerta ya tenía media hoja cerrada. El  guardia que vigilaba aquella entrada, ya no dejaba entrar más gente por aquel día. Salieron, la brisa de la noche alivió un poco el malestar de Margarita.

- ¡Ay Margarita! ¡Con las de veces que hablé mal de él, y mira tú dónde se encuentra! debajo agua. Ni siquiera puedo hacerle un entierro decente y yo... Yo poniéndole los cuernos...
- ¡No Cata! No digas eso... ¿Quién iba a suponer una cosa así? No te martirices por favor... Piensa, que de alguna manera te sientes liberada al saber de él, aunque haya sido de esta forma tan terrible... Anda, tranquilízate y vamos para la casa.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Ago 27, 2016 12:10 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,5


Gonzalo y Sátur esperaban impaciente la llegada de Catalina y Margarita. Gonzalo no dejaba de salir y entrar de la casa.

– ¡Tenía que haber ido con ellas Sátur! No tenía que haber tomado en cuenta la opinión de Cata y haberlas acompañado, tú podías haberte quedado con los niños... Ya sé que hay mujeres que tienen fortaleza para aguantar lo que venga y Catalina es una de ellas, por eso me retuve pero con todo y eso no ha debido ser agradable lo que hayan visto allí... Desde esta tarde ya se ha ido escuchando por el barrio la verdad de lo ocurrido en ese navío.
- Bueno amo, ya no se puede hacer na’ y por la hora que es, ya tendrá que saber lo que le “pasó” a su marido, así, que lo único que podemos hacer, es esperar.

Una de las veces que salió a la puerta, las vio venir. Un nudo se le hizo en la garganta al ver el rostro de las dos. Por el dolor reflejado en ellos comprendió que todo había salido como él lo había planteado. Sintió una gran punzada en su pecho. Bajó con rapidez y les salió al paso. Su esposa como Catalina se refugiaron en sus brazos. Gonzalo las arropó en ellos.

- ¡Ay Gonzalo! Mi marido está... Está entre los fallecidos, el... Él murió por caus...
Gonzalo no la dejó que siguiera – Sssssh, lo sé Cata, lo sé... Por el barrio se ha ido corriendo cual ha sido el motivo del comunicado... Al parecer han sido muchos los que han caído por la enfermedad... Lo siento Cata, lo siento... - al decirlo, cerró los ojos para evitar que la congoja resbalara por sus mejillas.  
- Anda, vamos para la casa – Gonzalo las incitó a subir. Catalina se volvió a mirarlo - Gonzalo, mi Murillo ¿se encuentra arriba?

- Si, se encuentra en la habitación de Alonso y si quieres que te diga la verdad, no debes de retrasar el decírselo... De todas maneras el niño va a apreciar que algo te pasa ¿Para qué alargar la situación?
- Tienes razón Gonzalo... Contra más pronto lo sepa mejor, por qué no sé cómo podría aguantar delante de mi niño todo lo que yo siento en estos  momentos ¡No sé cómo!
Subieron la escalera. Sátur lo había presenciado todo desde la puerta. Cuando Catalina pasó junto a él, sólo pudo decirle - Lo siento Catalina.

Entraron en la sala y Catalina se sentó ante la mesa. Margarita seguía con el malestar pero no dijo nada. Se limitó a sentarse junto a su amiga e intentar consolarla. Sátur se dirigió a preparar un buen cazo de infusión.

Gonzalo se sentó junto a ellas y cogiendo con las suyas una de las manos de Catalina, le habló con mucha dulzura – Cata, sé que no estás para mucho hablar, pero quisiera que me dijeras como fue todo.

- No Gonzalo, no te apures... Pues cuando llegamos... - Catalina le contó en pocos trazos lo que aconteció desde que las dos pusieron un pie en el edificio gubernamental.
Sátur se acercó a la mesa llevando dos vasos de humeante infusión – Aquí tienen las señoras, verá como esto les caen bien ¡Qué lo que habrán visto allí...!
- Si Sátur, ha sido horrible - a Margarita le temblaba la voz al decirlo.

Las voces infantiles saliendo de la habitación de Alonso acalló la de los mayores. Murillo al ver a su madre corrió hacia ella. Al acercarse le pareció extraño verla con los ojos enrojecidos.

- ¿Te pasa algo madre? ¿Estás llorando? – su carita la volvió a unos y a otros - ¿Qué le pasa a mi madre?
Catalina ahogaba el llanto. Los ojitos de Murillo tras sus gafas se posaron en el maestro – Gonzalo, ¿qué le pasa? – dijo señalando con su dedito a su madre.
Gonzalo, suspirando profundamente se levantó y cogiendo a Murillo lo sentó en la mesa. Obligó al pequeño a mirarlo – Murillo, ha pasado algo por lo que tu madre está muy afectada, sé... Sé, que todo esto es muy difícil para un niño tan pequeño como tú, pero hoy... Hoy ha habido noticias sobre tu padre.
- ¿Sobre mi padre? Madre, ¿padre te ha escrito? – había vuelto la carita para mirar a su madre con los ojitos chispeante de alegría, pero al ver que su madre rompía en sollozos se asustó y de nuevo miró al maestro – Gonzalo, ¿por qué mi madre llora así?

A Gonzalo se le apretaba la garganta al hablar – Murillo, escucha... No son buenas las noticias que tu madre ha tenido sobre tu padre, en... En el barco en que viajaba enfermó y no llegó a recuperarse, murió.
El pequeño sacudió la cabecita de un lado para otro negando lo que había escuchado de Gonzalo, del maestro - ¡No! ¡no! ¡Eso no es verdad! ¡Mi padre no puede haber muerto! Dime... ¡Dime que no! - sus manitas se agarraron con fuerza a la camisa de Gonzalo.
Éste, ocultando su propio dolor atrajo hacia él al pequeño y lo apretó contra su pecho.
- Murillo, qué más quisiera yo decirte que no, que no es cierto pero... Pero es verdad Murillo, tú... Tú padre murió en ese barco.

El pequeño rompió a llorar sobre su pecho. Lo sentía sacudirse por los sollozos. Gonzalo le acarició el rizado cabello, a la misma vez, escuchó el llanto de Alonso que era consolado por Sátur. Gonzalo cogió en brazos a Murillo y se lo llevó a su madre. Catalina abrió sus brazos para acoger a su hijo y llorar con él. Aquel hombre joven abatido por la emoción, fue a tranquilizar a su propio hijo.

– Ya Alonso, son cosas que ante ellas no se puede hacer nada, cálmate... Debes ser fuerte para poder consolar a tu amigo, él te necesita más que nunca.

El pequeño se fue calmando. Gonzalo se incorporó y se llevó a su hijo a una silla sentándolo en ella. Se sacó un pañuelo y limpió la carita de Alonso, luego, se inclinó y depositó un beso en su mejilla. Sátur se acercó a ellos.

- Amo, creo que se debe avisar al Cipriano.
- Si Sátur, acércate tú y lo pones al tanto... Ten cuidado con lo que hablas.
El fiel postillón echó una mirada a su amo – Amo, parece mentira que me tenga que advertir...
Gonzalo le hizo una señal mirando a Alonso – Anda ve, y no tardes.

Sátur se alejó de ellos y se dirigió a la puerta saliendo a la calle. Gonzalo se apartó de Alonso y se acercó a su esposa. Desde que regresaron la veía muy pálida. Le puso una mano en el hombro, la muchacha se giró al sentir el contacto de su mano.

- ¿Te encuentras mal?
- En estos momentos todos nos encontramos mal Gonzalo – al decirlo apretó con su mano la de él.
- Es que te veo muy pálida, anda tómate la infusión, te caerá bien - luego miró a Catalina – Cata, a ti te digo lo mismo.

Sátur no tardó en regresar, le hizo señas a su amo. Gonzalo se acercó a la cocina.

- Amo, si viera como se ha puesto el Cipriano. Está muy afectao, dice que cierra la taberna y que en seguida se viene pa’ la casa.
- Es normal que esto lo afecte, han sido muchos años juntos...  De los tres, ellos, al ser más o menos de la misma edad, tenían más cosas en común y de alguna manera han sido los hermanos mayores que nunca tuve.
- Bueno amo, que usted tiene uno pero claro, eso y na’ es lo mismo.

Gonzalo vio que Margarita se levantaba. Su esposa se pasaba la mano por la frente y por el rostro y se apartaba de la mesa dirigiéndose al establo. Presuroso salió tras ella. Cuando llegó, se encontró con su mujer dando arcadas. Estaba doblada sobre sí misma y vomitaba lo poco que había tomado de la infusión.

- ¡Margarita! ¡¿Qué tienes? - le puso la mano en la frente para poder ayudarla en su malestar - ¡No debí dejaros ir solas! ¡No debí! Me imagino lo que tienes que haber visto allí para ponerte así...
La muchacha se incorporó tomando el pañuelo que le ofrecía su esposo. A pesar de la poca luz, Gonzalo comprobó que su hermoso rostro estaba pálido como la cera y perlado de sudor. Margarita se limpió los labios y miró a su marido - Que mala me he puesto Gonzalo... Que mala...
- Ya, ya lo sé cariño pero eso se te pasa ¿Se te han quitado esas arcadas? si es así, vamos y te echas un rato, además tienes que aflojarte el corpiño.

Le puso la mano en el hombro y la llevó a la alcoba entrando por la puerta del patio. Entornó la puerta de la habitación y sacando el mechero del bolsillo encendió una vela que tenía en su mesa. Luego procedió a ayudarla a quitarse las cintas del corpiño dejando éste en una silla. Margarita se sentó en la cama y siguió limpiándose el rostro de sudor. Gonzalo echó un poco de agua en el vaso y se lo dio a tomar.

- Bebe un poco de agua te aliviara esas náuseas.

La muchacha tomó el vaso con mano temblorosa y bebió un poco. Le entregó el vaso a su marido. Gonzalo lo colocó encima de la mesita y destapó la cama. La ayudó a tenderse, luego, le quitó las zapatillas cubriendo sus menudos pies con la sábana. Cerró una de las hojas de la ventana que estaba frente a la cama y se sentó junto a su esposa. Le pasó la mano por la frente quitándole unos cabellos rebeldes que le caían en desorden.

- ¿Te sientes mejor? - le habló con toda dulzura, con amor.
Margarita movió afirmando con la cabeza. Tendió su mano y él se la tomó llevándosela a sus labios – No debí dejar que fueras allí.
- Gonzalo, ninguno sabíamos lo que íbamos a encontrarnos.

Su esposo bajó la cabeza. Él si sabía lo que iban a encontrarse allí, él si lo sabía. A Margarita no le pasó desapercibido el abatimiento de su marido.

- ¿Qué te pasa Gonzalo? Sé, que estos momentos son muy duros, Floro fue una parte muy importante en tu vida, fue como un hermano mayor para ti... Incluso pienso, que en más de una ocasión te aconsejaría hasta como un padre, pero sé, que aparte de todo esto, hay algo más... Sobre eso, ya te lo he dicho en más de una ocasión y que por lo que sea, te cuesta hablarlo conmigo. Algo te abruma Gonzalo, y es lo que veo en tu mirada en este momento.

Gonzalo suspiró y miró a su esposa. ¡Cómo lo conocía! ¡Cómo se conocían los dos! Sus miradas siempre lo dijeron todo pero en aquel momento esa mirada tenía que fingir, tenía que hacerle ver que aquella vez se había equivocado, que había confundido su mirar – Cariño, ¿cómo piensas que tengo algo que no quiero hablarlo contigo? ¡Claro qué no! ¿Quién se resiste a no compartir con su esposa y más si esa esposa es la más bella de todas? No pienses cosas que no son, eso también te lo digo yo muchas veces.

Margarita sabía que de alguna manera quería eludir aquello que lo abrumaba. No quiso insistir. Esperaba que un día se decidiera a confesárselo a ella. Fue a incorporarse pero Gonzalo la retuvo – No Margarita, no debes levantarte aún.
- Gonzalo me siento mejor y no debemos dejar a Cata sola... Voy a estar sentada y no creo que me vuelva ese malestar.

Gonzalo no tuvo más remedio que acceder. La ayudó a calzarse y poniéndole la mano en el hombro salieron de la alcoba. Catalina estaba acompañada de Sátur. Alonso estaba de lo más silencioso sentado en la mesa junto al fiel escudero y tenía los ojos enrojecidos. Catalina tenía a Murillo en brazos, se había quedado dormido encima de ella. El llanto lo había agotado.

Margarita se sentó junto a su amiga – Siento que por un momento te hayas tenido que dejar sola pero me sentí indispuesta Cata.
- Criatura, no me tienes que decir nada... ¿No vas a ponerte mala? Si con lo que se ha visto allí... - Catalina miró a sus amigos - Yo me voy a ir, mi Murillo se me ha quedado dormido y prefiero que descanse en su cama.
Gonzalo intervino – No Cata, esta noche te quedas aquí, no creo que sea conveniente que debas estar en tu casa sola... A Murillo lo acostamos con Alonso y tú, puedes descansar en el cuarto de arriba, ahora te preparo la cama para que lo acuestes.

Gonzalo cogiendo una vela se dirigió al cuarto de Alonso destapando la cama. Cerró una de las hojas de la ventana y cogiendo del arcón una camisola de dormir de Alonso, la dejó encima del lecho saliendo de la habitación. Se acercó a la mesa.

– Cata ya tienes lista la cama, vamos a acostarlo.

Gonzalo quitándole las gafas, las dejó encima de la mesa. Cogió con cuidado al pequeño para evitar que se despertara y poniendo su cabecita sobre su hombro se dirigió a la habitación de Alonso seguido de Catalina. Entre los dos, con sumo cuidado despojaron al pequeño de sus ropas y lo vistieron con la camisola. Gonzalo lo acomodó en el lecho.

- No te preocupes Cata, el niño descansará. Si en todo caso se despertara, estaremos pendientes.
- Gonzalo, no sé como agradeceros todo esto... La verdad que esta noche, no me hubiera gustado quedarme sola en casa con mi Murillo.
- Lo sé, por eso me he adelantado, porque sé también que no lo hubieras pedido.
- Gonzalo, no me lo tomes a mal pero no quiero que os sentáis mal por todo esto...
Gonzalo le puso las manos en los hombros – Cata, ¿para qué están los amigos? Son muchos años que nos conocemos, somos una familia... Eres mi madrina de boda, ¿lo has olvidado? – sonrío al decirlo.

- Claro que no... ¡Cómo olvidarme! ¡Porque mira que te ha costado llegar al altar! Bueno, tanto como llegar al altar no, pero decidirte a dejar tus silencios y abrirte a Margarita, ¡tela!... Que me tenías a la pobre criatura echa un lío pero ¿sabes? el veros todo lo felices que sois, hace olvidar todo lo que habéis pasado  - mientras hablaba no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas.
A Gonzalo se le hizo un nudo en la garganta al hablar – Mejor que nadie yo lo sé pero ahora  voy a hacer lo imposible para que esa felicidad no le falte... Ella, es mi razón de ser y a ti te digo, que también un día tú volverás a hacer feliz... Estos momentos por lo que estás pasando quedarán atrás.
Catalina bajó la mirada – Mejor sea que salgamos, no vaya a hacer que el niño se despierte...

Gonzalo comprendió que se había turbado ante su comentario. No dijo nada y siguió a Catalina hasta la sala en el momento que la puerta principal se abría y daba paso a Cipri. Fue un momento muy emotivo. Cipri se acercó presuroso a Catalina y los dos se abrazaron llorando.

- Catalina, lo siento... Lo siento de veras.
- Lo sé Cipri... Sé que lo sientes...

Gonzalo muy emocionado miró a Sátur. Éste intentaba controlarse. Margarita tenía a Alonso en sus brazos y en sus hermosos ojos afloraban las lágrimas, hacía un gran esfuerzo para que no terminaran por resbalar por su pálido rostro. El pequeño se abrazaba fuertemente a ella.

Cipri ayudó a sentarse a Catalina y se acercó a Gonzalo – ¡Qué fatalidad de vida! - le puso una mano en el hombro a su amigo.
Gonzalo le devolvió el gesto, Su voz sonó ahogada – Así es, Cipri... La vida no deja de darnos estas desagradables sorpresas.
Se sentaron junto a los demás. Sátur se levantó – Sé que ninguno vamos a tener ganas de cenar pero algo hay que echarle al estómago. Voy a calentar el caldo que sobró del almuerzo.
- Yo te ayudo Sátur.

Margarita fue a levantarse, pero antes de que lo hiciera, Gonzalo la detuvo con un ademán - No Margarita, yo ayudo a Sátur en lo que haga falta.
- Pues usted también se puede quedar sentao porque pa’ calentar un caldo, no creo que haga falta más que uno, así que siéntese que pongo la olla en el fuego y ahora regreso.




El tiempo de la cena transcurrió en el más completo silencio. Ninguno de ellos, tuvieron muchas ganas de tomar ese caldo. Alonso tomó un vaso de leche con unas tortas y en seguida se lo llevó su padre a la cama acostándolo junto a Murillo que seguía dormido plácidamente. Gonzalo se quedó junto a su hijo, hasta que se les cerraron los ojitos. Cuando salió de la habitación y cuya puerta entornó, Cipri ya se despedía de Catalina.

- Gracias Cipri por acompañarnos en estos momentos - en sus ojos, al mirarlo, a parte de tristeza había una sombra de culpabilidad. Para Cipri, no pasó inadvertido.
- No tienes por qué dármelas Catalina... Floro fue mi amigo - se volvió hacia Gonzalo - Gonzalo cualquier cosa que necesitéis, nada más tienes que pedirlo.
- Así lo haré Cipri, no te preocupes.

El buen tabernero, despidiéndose de los demás, salió de la casa. Gonzalo después de darle las gracias cerró la puerta por dentro, luego, se dirigió a su esposa y a Catalina.
– Creo que vosotras ya debéis iros a descansar... Una cosa Cata, mañana no deberías de ir a trabajar, no creo que tengas cuerpo para ello.
- No Gonzalo, mañana hay un día movido en Palacio, la Marquesa espera invitados y todas las manos serán pocas.

- Bueno, pues entonces a descansar, subo contigo para ayudarte con las sábanas.

Margarita se había acercado y ante el comentario de su amiga, la empujó suavemente hacia la escalera. La joven miró a su esposo con todo amor, él lo hizo de la misma forma. Margarita cogió una palmatoria y junto con Catalina subieron la escalera entrando en el cuarto que había ocupado la muchacha hasta que se casó. Margarita se agachó y abriendo la tapa del arcón sacó unas sábanas. Volvió a cerrarlo.  Se levantó y con la ayuda de su amiga vistieron la cama.

La muchacha se sentó en el lecho junto a su amiga - ¿Cómo te encuentras?
- Rara, me siento rara y triste Margarita. Durante un año pensé barbaridades de Floro y sin proponérmelo, me enamoré de Cipri sabiendo que era consciente de que estaba haciendo mal, sin embargo, no quería dejar lo que estaba sintiendo por él pero ahora, al saber que mi marido nunca me engañó, que murió en ese barco, me siento tan culpable... Me siento como una put...
- ¡No Cata! ¡No digas eso por Dios! ¿Quién iba a imaginar lo ocurrido? y ante los sentimientos no se puede hacer nada... Ahora, ves las cosas así porque todo está reciente pero debes de pensar en el futuro y hacer que ese amor que sientes por Cipri se haga realidad.

- No sé Margarita, no sé si quiero seguir adelante con esta relación... Con lo que me he encontrado hoy, me ha dejado demasiado dolorida.
- Cata, escúchame... - Margarita se había arrodillado ante su amiga y le cogió las manos - Es natural que estés dolida, que te duela la muerte de Floro... Él fue tu marido por muchos años y fue un buen esposo y un buen padre, pero eso no te debe dejar abatir... Tienes dos hijos maravillosos de él pero Bruno, cualquier día de estos se casará, que importa que esté lejos, lo haría igualmente si lo tuvieras en la Villa, la vida es así pero todavía te queda Murillo... Él, es todavía muy pequeño y tanto tú como él, necesitáis la protección de un hombre... Un hombre que sepa amaros a los dos y nadie mejor que Cipri... Si él te ama, no debes rechazarlo, no sería justo, ni para él, ni para ti.

- ¡Ay Margarita!... ¡si es que estoy hecha un lío! - Catalina se cubrió el rostro con las manos rompiendo a llorar.
Margarita se incorporó. La abrazó llena de ternura y de una emoción que quería contener aunque las lágrimas, ya afloraban a sus hermosos ojos negros - Cálmate Cata, cálmate e intentas dormir anda... Si mañana piensas ir a Palacio debes de descansar, ¡sino a ver cómo vas a estar mañana para que todo esté a la altura que quiere la Marquesa!

Catalina se desprendió de los brazos de ella y con sus manos se limpió la cara. Margarita fue al cajoncito del peinador y sacó un pañuelito. Con él limpió el rostro de su amiga.

- Menos mal, que no todo me lo llevé para abajo, sino, ahora no tendría pañuelo que darte - sonrió al decirlo.
- Gracias Margarita, no sé que sería sin ti, sin vosotros...
- Pues lo mismo que nosotros sin ti. Somos una familia Cata, eso no debes olvidarlo.
- Lo sé Margarita. y ahora ya debes irte a descansar que yo ya me la avío sola - se había puesto de pie e incitaba a la muchacha a salir de la habitación.
- Cuando te vea acostada entonces me voy, así, que a desnudarse – la joven, con un ademán hizo que comenzara a desvestirse ayudándola ella a hacerlo.

- Mañana, antes de irme a Palacio me asearé y ya me cambio de ropa interior.
- ¡Ay Cata! que si tú y yo al menos tuviéramos las misma chicha, yo te dejaba algo de mi ropa pero eso, por más que se quiera, como que no.
- Margarita me quedarían como si se me hubiese encogido de tanto lavarla... No eres más chica porque no se puede.
- ¡Cata! ¿Cómo me dices eso? ¡Me estás faltando!
Las dos se miraron y rompieron a reír. Catalina atrajo hacia ella a la muchacha y la abrazó llena de ternura – Sé que no te enfadas cariño, era una broma.
- Ya lo sé, pero bueno, no me estás diciendo nada del otro mundo pero ¿sabes? Cada uno es como es y tenemos que aceptarnos tal y como somos y más, si te quieren y te aman así...

- Gonzalo está que se muere por tus huesos Margarita. Nunca lo había visto tan feliz.
- Y yo también me siento así Cata... ¡Es tanto lo qué él llena mi vida!
Catalina acarició el rostro a la joven - No te va a llenar criatura si ha sido tu amor desde niña - al ver que Margarita se emocionaba al escucharla, la buena mujer decidió dar por terminada la conversación - ¡Se acabó! Ya no hablamos más por esta noche que ya está bien de lágrimas, así, que me meto en la cama y tú te vas con tu esposo que ya te estará echando de menos - se sentó en la cama y desatando las cintas de sus zapatillas se las quitó metiendo las piernas dentro de la sábana.

Margarita se acercó y le puso un beso en la frente - Hasta mañana Cata, que descanses... Ya las noches están más frescas ¿Quieres que te eche la colcha?
- No cariño, estoy bien... Anda, vete ya.
- Entonces hasta mañana, pero mejor te cierro la ventana - Margarita, empinándose alargó su brazo cerrando la ventana.

Antes de salir volvió a darle las buenas noches y cerró la puerta. Nada más perderse la muchacha, Catalina rompió en sollozos ahogándolos con la almohada. Había intentado aguantar todo lo que pudo pero su pecho no había quedado limpio de angustia y al verse sola, dejó salir todo su pesar.




Gonzalo y Sátur conversaban en la mesa. Cuando vio a su esposa bajar se levantó y le salió al paso - ¿Cómo la has dejado?
- Aparentemente tranquila, pero creo que nada más he cerrado la puerta se habrá echado a llorar... Pienso, que a solas se desahogará mejor, espero que al menos eso la ayude a descansar.
- Tú también ya debes irte a descansar Margarita... Ha sido una tarde dura y no tienes muy buena cara.
- La verdad es que estoy deseando meterme en la cama, me siento muy cansada y es lo que voy hacer ¿Tú te quedas?
- Voy a estar un poco más repasando el tema de mañana y enseguida ya me acuesto.

- Pues entonces yo me retiro, hasta mañana Sátur.
- Hasta mañana señora, que descanse.
Margarita se volvió a su esposo – No te quedes hasta muy tarde, tú también has pasado muy mal trago con todo esto.
- No te preocupes cariño, no voy a tardar mucho – se inclinó y la besó con ternura en los labios, a lo que ella correspondió de la misma forma.

Margarita se dirigió a la alcoba entrando en ella, cerró la puerta. Puso la vela en su mesita y procedió a desvestirse. Se deslizó el camisón sobre su hermosa desnudez y se sentó ante el peinador soltándose la trenza, peinó su cabello sin prisa. Su imagen se reflejaba en el espejo que estaba colgado en la pared. Se veía pálida, ojerosa, pero después de lo dura que fue la tarde, no era para menos. Se recogió el largo y rizado cabello con una cinta y se levantó. Se dirigió a la puerta del patio cerrando sus hojas no sin antes de impregnarse del olor que desprendía su jazmín y que lo inundaba todo. Luego, volvió sobre sus pasos cerrando la ventana que se encontraba frente al lecho, la otra la dejó abierta corriendo las cortinas.

Pensó que ya debía sacar las colchas. A falta de nada el otoño estaría encima y ya en las noches se notaba. Lo haría al día siguiente. Echó la sábana a un lado y se sentó en la cama quitándose los pendientes que los colocó en la mesita, se descalzó las zapatillas y subió sus piernas cubriéndose con las cálidas sábanas. Sopló la vela y acomodándose en el lecho, buscó postura para intentar dormir.




Gonzalo había vuelto a sentarse con Sátur. Tenía el libro ante él pero lo menos que hizo fue cogerlo para leer. Estaba muy pensativo. Sátur sabía que algo se le pasaba por la mente.

– Amo, ¿le ocurre algo?
Gonzalo levantó la mirada hacia su fiel escudero y amigo – Me pasa todo y nada Sátur. En su voz se denotaba cierta tristeza.
- Pues amo, como no se explique...



- Sátur, no puedo esperar más... He decidido contarle a Margarita la verdad.
Sátur se quedó de lo más sorprendido ante lo que le había dicho su amo - ¿Está seguro de querer hacerlo?

- Si, no puedo alargar más el tiempo... Ella, me conoce bastante bien con sólo mirar mis ojos y sabe que algo me apesadumbra. Esta tarde me lo ha vuelto a decir, sabe, intuye que le oculto algo... Algo que no quiero compartir con ella. Me lo dijo sin reproches y aunque intenté que creyera que mis ojos la habían equivocado, sé que Margarita no lo vio así... Ella espera paciente a que yo me decida a contarle lo que sea.
- ¡Pues cuénteselo de un vez amo! ¡Cuéntele de una puñetera vez quien es usted! Que no sabe lo tranquilo que se va quedar usted, y yo también.

- Aunque estoy decidido, no puedo de dejar de sentir temor... No sé cuál será su reacción ¡No sé cómo reaccionará al conocer esa otra parte de mí!
- Pues sólo lo sabrá cuando se lo cuente, pero si le digo, que esté preparao pa’ lo que se pueda encontrar, porque no es moco de pavo lo que su esposa va a escuchar de usted.
Al ver que Gonzalo movía afirmativamente la cabeza, quiso darle ánimo – Pero también le digo, que esa preciosidad que tiene por esposa por mucho que le pueda afectar lo que usted le cuente, sabrá comprenderlo... Es mucho el amor que le tiene pa’ no apoyarlo y comprender el motivo de su silencio hasta ahora.

- Eso espero Sátur, eso espero – se levantó – Creo que será mejor que nos vayamos a descansar, ya es muy tarde y todos estamos muy agotados.
- Váyase usted, que yo apago las velas e intente descansar.
- Hasta mañana Sátur - cogió una de las velas dirigiéndose a su alcoba. Entró con sigilo.

La estancia estaba a oscura y la luz de su vela disipó las sombras de ella. La dejó en la mesita. El cuerpo de su esposa estaba vuelto hacia él. Veía su hermoso semblante bajo el efecto del sueño. Parecía dormir con tranquilidad, con sosiego.

Sus rizadas pestañas, eran una belleza que incitaba a besarlas en aquel momento pero si lo hacía, podía despertarla y no quería interrumpir la paz de su sueño después de la mala tarde que había pasado. Sin hacer ruido comenzó a desvestirse, luego, con mucho cuidado se deslizó bajo las sábanas. Apagó la luz de la vela y se acomodó en el lecho. Quizá su esposa lo percibió, se movió en la cama.

- Gon... zalo.
- Sssssh, sigue durmiendo cariño. Descansas...

Margarita buscó los brazos de su marido y él la arropó en ellos. La besó en el cabello. Percibió que volvía a conciliar el sueño. Escuchaba su respirar acompasado. El aroma de su cabello lo envolvió en un dulce vértigo que lo fue adormeciendo dejando atrás tantos temores que lo envolvían para hacer que a su vez, su alma se llenara de calma para conseguir ese sueño reparador que tanto necesitaba.




La cocina era un traer y llevar de bandejas con las más exquisitas viandas. Catalina daba órdenes a unos y a otros. En su rostro se apreciaba el malestar de la tarde anterior. Por más que intentaron Gonzalo y Margarita de que no fuera a Palacio, no hubo manera de convencerla. El ambiente estaba muy cargado en aquella estancia, el calor de los fogones y los olores hacía que Margarita se sintiera algo agobiada pero no dijo nada. Seguía sin comprender que le estaba pasando desde hacía unos días, pero la verdad era, que no se sentía nada bien a ratos. A cada momento tenía que estar entrando y saliendo de la cocina, ya que la Marquesa había decidido que el almuerzo fuera en el cenador y se sentía muy cansada. Una de las veces que iba portando una bandeja con unas de las tantas ambrosías, al cruzar el pasillo que conducía desde las dependencias de la cocina hasta los jardines, casi se tropieza con Marta.

Ésta, se dio cuenta de la palidez de la muchacha – Margarita, ¿te ocurre algo?
- No sé Marta pero no... No me encuentro muy bien... - se había agarrado a la pared. Marta le quito rápidamente la bandeja de la mano.
- ¡Ven Margarita! siéntate un momento... – se llevó a la muchacha a un banco de madera e hizo que se sentara – Seguramente te has mareado... Es que este ir y venir marea a cualquiera. Voy a dejar esto aquí, llevo lo tuyo y ahora regreso.

Marta dejó en el banco la bandeja que traía vacía con ella y se llevó la de Margarita. La muchacha apoyó la cabeza en la pared cerrando los ojos. Se sacó un pañuelo de dentro del pecho enjugando el sudor que perlaba su rostro. Marta no tardó en regresar.

- ¿Se te pasa?
Margarita abrió los ojos y se incorporó – Creo que sí, pero tengo la boca seca.
- Tú quédate aquí, por aquí entra algo de aire. Yo voy a la cocina y te traigo algo de beber, ya está todo listo, así que tú tranquila ¿vale?
La joven asintió y Marta cogiendo la bandeja que dejó anteriormente en el banco, se apresuró a dejar aquel pasillo entrando en la cocina – Catalina, Margarita no se encuentra muy bien, voy a llevarle algo de beber.

Catalina, que estaba ultimando una macedonia de frutas en un cuenco de cristal tallado miró con cierta preocupación a Marta y preguntó apremiante - ¡¿Dónde está Margarita?!
- Catalina no te preocupes., ya está mejor...  Se encuentra afuera, sentada en el banco.
Mientras hablaba, Marta asió una jarra de zumo de melocotón y cogiendo una de las copas que había en la mesa volcó algo de jugo en ella - Se lo voy a llevar... - fue a dar la vuelta, pero Catalina la detuvo con la voz.
- ¡Marta! termina aquí, yo le llevo el zumo a Margarita.

Prácticamente le quitó la copa a la muchacha saliendo a toda prisa. Enfiló el pasillo dirigiéndose a donde se encontraba la joven. Ésta, había vuelto a recostar la cabeza en la pared. Al escuchar pasos se incorporó.

Catalina se había acercado sentándose junto a ella ofreciéndole la copa con el zumo - Margarita anda, tómatelo. Todavía te sientes mal por lo de ayer ¿verdad? Es qué lo que se vio allí es pa’ poner malo a cualquiera... Quizá si yo no hubiera sido tan machacona, Gonzalo hubiera ido y tú, no hubieses pasado un mal rato por acompañarme.
- Cata, ninguna sabíamos lo que íbamos a ver allí, pero no te preocupes ya me siento mejor... Yo... yo soy la que me tengo que preocupar por ti porque sé que estás pasando un mal día.
- Cariño no me queda de otra, hoy no podía faltar pero anda, tómate esto... - con gran ternura Catalina le pasó la mano por la frente echándole un mechón hacia atrás.

Margarita tomó algo de zumo. No es que se le apeteciera mucho pero al menos se le quitaría esa sequedad que tenía – Ya no quiero más y vamos pa’ dentro, que si Lucrecia nos viera aquí a las dos...
- Vamos, pero tú te mantienes al margen de hacer nada, te sientas y espera que se te pase el malestar del todo.




Gonzalo con Alonso y Murillo entraban en la casa. Sátur, estaba terminando de poner la mesa.

– ¿Qué hay amo?
- Pues ya lo ve Sátur, aquí estoy ya con estos diablillos – Gonzalo buscó a Margarita con la mirada – Sátur, ¿no ha venido Margarita todavía de Palacio?
- Pues no amo, la señora todavía no ha venío.
- Quizá se quede hoy a almorzar en Palacio  – en su tono de voz, había cierta desilusión, cosa, que Sátur apreció.
- Amo, que no es la primera vez que usted le dice que es mejor que se quede allí por no pasar el camino.

- Ya Sátur, lo sé... Yo soy el primero en decirlo, pero el no verla.
El criado miró todo emocionado a su amo - ¡Cómo la quiere amo! ¡Cómo quiere a esa criatura que tiene por esposa!
- Si Sátur, la amo tanto que el hecho de no verla aunque sea por unas horas, mi corazón pareciera que dejara de latir, pero si se ha quedado allí, es mejor para ella, el camino pesa lo suyo, y ahora, a ver ¿Qué tenemos de almorzar?
- Pues amo, ¡he hecho unas patatas guisá que quita el sentío!
- Por lo bien que huele, ¡deben de estar riquísimas!

Gonzalo llamó a los niños que nada más llegar se habían ido derecho al patio a jugar con la tortuguita. Les dijo que se lavaran las manos y se sentaron todos a almorzar, después, el maestro ayudó su fiel escudero a recoger la mesa, a secar la loza y colocarla en la estantería.

- Amo, dentro de dos días es su cumpleaños y la verdad, es que no sé que regalarle, ya la funda de novillo la tiene... A ver, piense, piense...
- Sátur, no me tienes que regalar nada hombre, ya te lo dije el día de mi boda, que con tan sólo tenerte como mi amigo, ese, era mí mejor regalo.
- Y yo me siento orgulloso que me vea así, pero ya buscaré algo, aunque no se lo pueda dar ese mismo día... - por un momento Sátur se quedó pensando – Amo, ¿por fin está decidío hablar con su esposa?

Gonzalo dejó el paño de secar en la mesa de la cocina y dio varios pasos hacia la mesa de la sala sentándose en una de las sillas – Si Sátur, estoy decidido, esta tarde voy a ver si consigo llevármela al lago y allí hablaremos... No puedo tenerla por más tiempo ignorante de ello, y espero, que pueda comprender mi silencio hasta ahora.
- ¡Claro que sí! La señora lo ama tanto, que ella sabrá comprender el porqué de haberlo mantenío callao...

- Bueno Sátur, voy a repasar los cuadernos de los alumnos.
- Vaya amo, vaya, que ya estoy yo pendiente de esos dos que están en el patio, que me parece que dentro de na’ se van a tener que meter pa’ dentro porque veo que la tarde se está estropeando... Me da, que el otoño va a entrar antes de tiempo.
- Eso parece, el airecillo que se está levantando es de agua y el sol ya lo ha ocultado las nubes... No lo digo más, voy a repasar las tareas que se me va a venir el momento de irme a la escuela.

Gonzalo se dirigió a la alcoba. Cerró las ventanas ya que el aire que entraba era algo molesto. Se sentó ante su escritorio y procedió a ir repasando las tareas de los pequeños. De momento hizo un alto. Se recostó en el respaldo, pensó en su esposa. Sonrío con cierto rictus amargo ante su imagen hermosa, ante su forma de ser, su carácter tan impredecible, tan sorprendente... Recordó la noche de semanas atrás, su sensibilidad ante una simple broma de él y que la hizo llorar. Recordó como pocos días después, al mirarla y besarla para desearles buenas noches, su esposa, acarició su pecho desnudo, rozando con sus dedos la prenda de amor que pendía de su cuello... Lo miró con la inmensidad de sus negros ojos y con su dulce voz, le habló...




¿Esta noche tus ojos no me piden amor?
Ya estoy limpia de cuerpo como de alma.
Ya no hay obstáculo que lo impida.
Esta noche ya puedo darme entera a ti.
¡Ámame! para amarte en toda su intensidad.
Ámame mi amor como nos juramos en el altar.
Ámame, por y para siempre. ¡Para toda la eternidad



Sintió una gran congoja al recordar las palabras de ella. Él, no estaba limpio de alma, de espíritu. Él siempre tendría un obstáculo en su vida para poder amarla sin miedos. Él no era libre para entregarse a ella con esa limpieza de corazón como ella lo hacía. Quería quedarse libre de pesares, por ella, por él... No quería esperar más, quería deshacerse de aquella losa que llevaba encima. ¿Cómo reaccionaría ante lo que iba a decirle aquella tarde? ¿Lo comprendería? Sabía que no iba a ser fácil para ella encontrarse con esa verdad y él, tendría que estar preparado ante la respuesta de ella, fuera la que fuese.




Las dos apresuraban el paso por temor a que la lluvia hiciera su aparición. Habían salido antes de Palacio ya que al haberse quedado en la hora del almuerzo, hizo que adelantaran las faenas y dejaran preparada la cena de la Marquesa. Catalina no tuvo objeción por parte de Lucrecia para que se marcharan antes, cosa que les sorprendió a ambas. Según Lucrecia, nos las iba a necesitar ya que a ella, la había dejado muy cansada el ser la anfitriona de aquel almuerzo y se iba a retirar a descansar toda la tarde.

- ¿Te queda mucho de la capa Margarita?
- No Cata, no me queda apenas nada, sólo ponerle las cintas. Eso, mañana mismo está terminado, espero que le guste - sonrío al decirlo.
- Mujer, ¿no le va a gustar? y más viniendo de tus manos.
- Sabes que hace un poco de frío – al decirlo, la joven se frotaba los brazos con las manos.
- Como que ya vamos a tener que coger las toquillas Margarita.

El aire que se había levantado hacía que sus faldas se liaran en sus piernas haciendo más trabajoso el andar.

- ¡Pues si qué ha llegado el otoño con ganas! ¡Con lo bonito que es el verano! Aunque hay que reconocer que este año ha hecho calor y bastante.
- Si Cata, pero el verano siempre tiene más luz, más alegría... Este tiempo que viene ahora no me gusta nada, pero claro, eso una no lo puede cambiar, así, que aguantaremos unos pocos de meses ¡Qué se le va a hacer! - Margarita se detuvo en seco.
Catalina se la quedó mirando – Margarita, ¿qué pasa?
- Cata, es que... me tengo que parar... Me... me siento algo ahogada. Será, que el ir tan de prisa y con este aire... - la muchacha se había puesto muy pálida.
- Pues vamos más despacio no te me vayas a poner mala otra vez.

La muchacha tomando aire se agarró al brazo de su amiga y prosiguieron su caminar algo más pausado. Habían entrado en la Villa cortando por diferentes calles para llegar al barrio de San Felipe. Al estar más en el interior, el aire parecía que era más soportable. Para Margarita fue un alivio entrar en el barrio. Suspiró al pisar el primer escalón de su casa. La puerta estaba cerrada. La muchacha sacó de su faltriquera las llaves y abrió con ellas. Entraron dentro de la estancia, el calorcillo que desprendía la poca lumbre del hogar la reconfortó un poco. Sátur entraba del establo.

- ¡Vaya, que temprano están de vuelta hoy!
- Si Sátur, hoy hemos podido venirnos antes - lo dijo sentándose en la silla. Catalina hizo lo mismo y preguntó por su hijo.
- Está con Alonsillo en el cuarto. Les he tenío que convencer pa’ que se metan dentro ¡pero mira qué son cabezones! ni siquiera el dichoso aire les hacía moverse del patio.
Gonzalo las había escuchado llegar y salía de la alcoba. Se acercó a su esposa poniendo un beso en sus labios pero no le pasó desapercibido la palidez de ella - ¿Estás bien?
- Sí, claro lo que pasa que con el aire que se ha levantado hemos venido muy forzada y me he sentido algo agobiada, pero sólo ha sido un momento.
Gonzalo le acarició el cabello, luego se volvió hacia Catalina - ¿Y tú cómo te encuentras?
- Bien Gonzalo, no queda otra, las cosas han venido así ¿y mi Murillo? ¿Cómo ha pasado la mañana?

- Lo he visto algo triste al comienzo de las clases pero luego, al parecer, se ha ido animando y ha compartido con sus compañeros sin problema ninguno... Cata, los niños a veces tienen más facilidad de dejar la tristeza atrás ante una cosa así que los adultos, así que no te preocupes.
Catalina se levantó – Yo me voy, que voy aprovechar que nos hemos venido antes. Quiero escribirle a Bruno, él debe saber lo que ha pasado con su padre... Será un duro golpe pero a la misma vez, también será un sosiego. Ojala un día pueda regresar y estar con nosotros... - la voz de Catalina voz se escuchó llena de tristeza.
- Un día puede que regrese Cata.
- Si las cosas no cambian por aquí, que difícil lo veo Gonzalo... Bueno, voy a ver a mi Murillo por si se quiere venir a casa.

Catalina se dirigió hacia la habitación de Alonso. Gonzalo se sentó junto a su esposa.
– Esta tarde quería pedirte que fuéramos a dar una vuelta por la laguna, quiero contarte algo pero parece que la tarde no se ha puesto para salir y cuando cierre la escuela por muy pronto que venga y si sigue este aire, no creo que sea lo más conveniente.
Margarita lo había escuchado sin volverse. Lo miró con cierto entrecejo - ¿Tan importante es lo que me tienes que decir que para ello tenemos qué ir a la laguna?
Su marido le cogió las manos – Es importante Margarita, muy importante.
- De la forma en que me lo estás diciendo voy a tenerme que asustarme - puso una sonrisa en los labios – Pero si es tan importante, también podemos hablarlo aquí, en casa ¿no te parece?
Gonzalo le apretó las manos – Llevas razón, también podemos hablarlo aquí.

Sátur, que estaba echando algo de leña para avivar un poco más el fuego, no dejaba de mirar a los dos esposos. Si su amo aquella tarde decidía hablar con su esposa, cualquier cosa podía pasar en aquella casa rompiendo la paz de ella.

Catalina apareció por la sala con Murillo seguido de Alonso – Me lo llevo hasta que te vayas a la escuela Gonzalo.
- Está bien, yo paso a recogerlo dentro de un momento.
Alonso se había ido a brazos de su tía, Gonzalo se levantó para acompañar a Catalina y cerrar la puerta tras ella. Cuando volvió a la mesa hizo que Alonso se quitara encima de Margarita – Alonso, ¿no ves que lastimas a tu tía? Ya estás muy grande para que tu tía te cojas en brazos.

- Gonzalo. Alonso no me lastima, además no pesa nada ¡Si es que no come cómo debiera! - lo dijo sonriendo y cogiendo la carita de Alonso entre sus manos y besando su mejilla.
- Tía Margarita, si que como... Lo que pasa, que algunas cosas cómo que no me gustan mucho...
- Pero cariño, ya sabes que debemos de comer de todo aunque no nos guste.
Las campanas de San Felipe daban cinco toques. Gonzalo se levantó – Anda Alonso nos vamos – se dirigió a la alcoba para coger un libro.  
No tardó en regresar y de nuevo, se acercó a su esposa depositando un beso en su mejilla - Hasta luego, cuídate, no tienes muy buena cara.
- Estoy bien Gonzalo, eso es el cambio tan brusco de tiempo.

Gonzalo mirándola lleno de amor se dirigió acompañado de Alonso hacia la puerta. Margarita los siguió despidiéndose de ellos a la altura de la escalera, luego, cerró la puerta. Había intentado disimular delante de su marido, pero no se sentía nada bien. Pensó, que quizá había cogido algo de frío por eso de sentirse algo mareada. Se acercó al patio y se recreó en sus macetas. Todavía estaban cuajadas de flores al igual que su jazmín y que en aquel momento, se balanceaba por el movimiento que hacía el aire sobre aquel hermoso arbusto. Tomó la regadera y llenándola de agua se dispuso a regar todas sus flores.

Sátur hizo su aparición - Regando sus macetas ¿no?
- Si Sátur, ya dentro de nada el agua de la lluvia se encargará de ello, por cierto Sátur, me gustaría ir sacando las mantas, ahora mismo todavía con las colchas es suficiente, pero dentro de nada tendremos que hacer uso de ellas y me gustaría orearlas un poco antes de ponerlas en las camas.
- Pues ahora mismo cojo la escalera, me subo y se las saco de los altillos.
- Te lo agradecería... Si no se decide a llover las tiendo en un momento y antes de la noche las recojo.
- También puede dejarlo para mañana, quizá esté mejor el día y así no tiene el temor que pueda caerle la lluvia, porque no sé qué decirle... Por las nubes que se hacen ver, como que no se escapa la tarde de que caiga algo de agua.

- Llevas razón Sátur, mejor sea que lo deje para mañana. Bueno, esto ya está - dejó la regadera en la mesa de lavado y se metió dentro de la sala. Fue derecha a sentarse, sentía cierta debilidad.
Sátur que había entrado detrás de ella apreció el malestar de la joven – No se encuentra bien ¿verdad?
- La verdad que no me siento muy bien, puede que haya cogido algo de frío.
- Pues échese un rato y descanse un poco, verá como se pone mejor.
- Creo que te voy a hacer caso, pero prométeme que nada le vas a decir a Gonzalo.
- No sé por qué el amo tiene que estar ignorante de su malestar, pero ya sé lo que me va a decir, que no quiere preocuparlo.
- Sátur... - Margarita esperaba una respuesta.
- Está bien, váyase a descansar tranquila que nada le voy a decir al amo.

Margarita le sonrío dirigiéndose a su alcoba. Dejó la puerta entornada y se dispuso a quitarse el corpiño, se sintió liberada cuando se vio suelta de él. Fue a cerrar una de las contraventanas para dejar un poco en penumbra la estancia y destapando la cama se sentó en ella para quitarse las zapatillas. Luego, suspirando profundamente se acostó cubriéndose sólo los pies con las ropas. Se acomodó cerrando los ojos. Quería dormir un poco, quizá le vendría bien hacerlo, por un momento se le vino a la mente lo que su marido quería contarle  ¿Qué sería tan importante aquello qué tenía que decirle?

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Ago 28, 2016 2:59 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,6


Un malestar, una buena noticia.


Gonzalo abrió la puerta dando paso a Alonso. Los dos venían algo mojado. Casi al final de la tarde había comenzado a llover.

– Alonso, ve y sécate la cabeza.
- Pero si apenas estoy mojado - al decirlo el pequeño se pasó la mano por el cabello.
- Alonso, si estás mojado y también te quitas esa blusa - Gonzalo había dejado el libro en la mesa e impulsaba a su hijo a ir a su habitación.
Sátur entraba del establo – Al final no se ha escapado de llover... He dejado los caballos a cubierto.
- Bien Sátur - miró a un lado y a otro - ¿Y Margarita?
- La señora... la señora se acostó, estaba algo cansá, seguramente se quedó dormía.
Gonzalo se extrañó que Margarita estuviera acostada, más cuando él notó que parecía no encontrarse nada bien - ¿Se ha encontrado mal Sátur?
- No amo, sólo me dijo que se iba a echar un ratito - le pareció mal mentir a su amo pero se lo había prometido a ella.

Gonzalo tiró de Alonso y se metió en la habitación con él. Tomó una toalla y procedió a secarle el cabello.
- ¡Uff! padre no me des tan fuerte.
Luego, fue hasta el arcón sacando de él, una blusa – Ten, póntelo, voy a ver a tu tía.

Salió del cuarto de Alonso entrando en el suyo. Se acercó a la cama. Margarita parecía dormir tranquila. Le puso una mano en la frente comprobando que no tenía fiebre. Pensó que quizá sería eso, cansancio. Su esposa se movió en la cama y abrió sus hermosos ojos. Le tendió una mano y él, sentándose junto a ella se la tomó acariciándola

- Pareces que has dormido.
- Eso parece, me eché para descansar un ratito y ya ves, me quedé dormida – se había incorporado. Al hacerlo percibió que la habitación le daba vuelta. Fue un momento, por lo que intentó que su marido no se diera cuenta - Pues...  pues voy a levantarme para prepararle la merienda a Alonso.
- Deja, ya lo hago yo... Quédate un poco más.

Gonzalo se levantó y después de rozar con sus dedos la mejilla de ella salió de la alcoba.
Para Margarita fue un alivio. Se dejó caer de nuevo en las almohadas y cerró de nuevo los ojos. Tenía que esperar un poco antes de levantarse para evitar otra vez que el mareo volviera. Cuando sintió que estaba segura, se incorporó lentamente para depositar sus pies en el suelo. En esta ocasión no la invadió el malestar. Su cabeza en los últimos días le daba vuelta a una cosa pero a la vez que la inundaba de una gran alegría, tampoco quería hacerse ilusiones, por eso, ni siquiera se lo comentó a Catalina. Prefería pensar que el malestar que tenía era debido a un simple enfriamiento. Se calzó las zapatillas y se puso de pie. De momento se sentía firme. Se arregló el cabello con las manos saliendo de la alcoba. Gonzalo ya estaba poniendo la merienda a Alonso. El niño nada más verla salió a su encuentro rodeándola con sus bracitos.

- ¡Hola mí niño! – lo besó llena de ternura – ¡Anda, a merendar! que hoy Sátur te ha hecho las tortas que tanto te gustan.
- ¡Y qué lo diga señora Margarita! Que mis tortas le gustan a todo el mundo, por cierto, que ya he bajao las mantas.
- Gracias Sátur, ya mañana se orearán, suponiendo que luzca el sol - se había sentado junto a Alonso que con ganas se comía las tortas y bebía un vaso de leche.
Gonzalo no dejaba de observar a su esposa - ¿Se te apetece tomar una Margarita? – le preguntó acercándole una torta en un plato.
La muchacha lo miró con sus hermosos ojos y le sonrío con ellos pero apartó el plato que su esposo le ponía por delante – Gracias Gonzalo pero no... No se me apetece.

- No veo que comas mucho últimamente, estás desganada, es así ¿verdad? – Gonzalo se había sentado junto a ella y comenzó a comer la torta que ella había rechazado.
- Creo, creo que si... Sabes que tengo esa flaqueza. A algunas personas los cambios de estaciones pueden afectarnos más que a otras.
Alonso había terminado con la merienda y se levantó limpiándose la boca con el dorso de la mano. Gonzalo no pudo más que reñirle – Alonso eso no se hace ¿Para qué están las servilletas?
- Padre, que no pasa nada... Bueno, me voy con Murillo.
- Sabes que tienes que hacer las tareas.
- Yo lo sé padre pero cuando vuelvas las hago, palabra... – lo dijo levantando la manita derecha.
Gonzalo no tuvo más remedio que sonreír - Está bien, pero no tardes.

El crío salió corriendo y de igual forma salió a la calle hasta la casa de Catalina. Sátur fue a cerrar la puerta pero tan sólo la dejó entornada.

Margarita nada más salir el niño, se volvió hacia su esposo.- Ahora que no está Alonso podemos hablar de eso que parece tan importante - había cogido las manos de su marido por encima de la mesa.
Por unos segundos las miradas de Gonzalo y Sátur se cruzaron. Gonzalo sabía que ese momento tenía que llegar, y ya él, no quería esperar más – Si Margarita, vamos a hablar pero... Pero hagámoslo en la alcoba ¿te parece?
- Si claro... - fue a levantarse, pero una sensación extraña la invadió y tuvo que agarrarse con fuerza a la mesa.

Gonzalo se había levantado ya pero percibió el malestar de su esposa – Margarita, te has puesto muy pálida... - la tomó por el brazo. Ella fue a decir algo, pero la oscuridad se hizo en torno a ella y su cuerpo hubiese caído al suelo sino hubiera sido por su marido que la sostuvo en el último momento.

- ¡Margarita! ¡Margarita! – Gonzalo se agachó con ella entre sus brazos y comenzó a darle cachetadas en las mejillas pero la muchacha no reaccionaba. Sátur había soltado un cacharro que tenía en las manos y se acercaba a ellos todo presuroso. Gonzalo ya se levantaba con su esposa en los brazos.

- ¡Sátur, trae el alcohol! ¡Date prisa! – Gonzalo todo raudo se dirigió a la alcoba depositando a su esposa en la cama. Volvió a darle cachetas todo angustiado - ¡Abre los ojos por lo que más quieras! ¡Ábrelos!

Sátur hizo su aparición con el bote del alcohol en la mano. Gonzalo casi se lo arrebató de ella. Extrajo el tapón y empapó bastante un pañuelo. Le pasó el brazo a su esposa por la espalda incorporándola un poco y poniéndole el pañuelo sobre la nariz.

- ¡Aspira Margarita! ¡Aspira! - a Gonzalo apenas le salía la voz.

Después de unos instantes de angustias, la muchacha parecía que reaccionaba ante aquel fuerte olor que penetraba por sus sentidos. Aún con los ojos cerrados quería deshacerse de aquello tan molesto que la ahogaba. Gonzalo le apartó el pañuelo y dejó que la cabeza de su esposa descansara sobre la almohada. Sentado en la cama, intentaba que su esposa abriera los ojos. Le había cogido las manos.

- Margarita, ¿me escuchas? Anda, abre los ojos - con una mano fue acariciando el pálido rostro de ella.
Poco a poco, la joven fue abriendo sus ojos. Se sentía aturdida - ¿Qué... ¿qué me ha pasado? - se pasó la mano por la cabeza.
- De pronto te desmayaste ¿No recuerdas nada?- Gonzalo le apartaba el cabello que le cubría parte de su rostro, luego, le quitó las zapatillas cubriéndola un poco con la ropa de la cama.
- Sólo...  sólo recuerdo que... que fui a levantarme y lo vi... lo vi todo negro.
- No estás bien Margarita... Desde hace unos días no te encuentras bien, así, que voy a llamar a don Jeremías y que venga a verte.
- Gonzalo, sólo habrá sido un simple mareo... No... no hace falta que vayas en busca del médico.

- No Margarita... Lo voy a llamar y si es un simple mareo nos quedamos tranquilo y punto, pero es él quien tiene que decir - Gonzalo se volvió hacia Sátur - Sátur, ve en busca de don Jeremías y le dices que venga en cuanto pueda... Si no estuviera, se lo dejas dicho a Catalina, que en cuanto llegue, que venga a la casa.
- Si amo, ahora mismo voy.
El fiel criado, salió a prisa de la habitación dejando a los dos esposos a solas. Gonzalo no dejaba de acariciar las manos de ella. Margarita le sonrío – Te has asustado ¿no?
- ¿Cómo no iba a asustarme? Todo lo que a ti concierne, puede o no asustarme pero ya vas recuperando un poco de color, te pusiste tan pálida...
- Sólo fue eso, un desmayo sin mayor importancia - a la misma vez que hablaba, acariciaba el brazo desnudo de su marido - ¿No tienes frío? Deberías ponerte una camisa de manga larga.

Gonzalo negó con la cabeza – No, no tengo frío - se inclinó y besó con ternura los cálidos labios de su esposa. Luego, se la quedó mirando - ¡Eres tan bella!
Margarita no pudo menos que sonreír – Pues en estos momentos no debo de estar muy bella que digamos...
- Tú siempre estarás bella - su voz se escuchó llena de emoción al decirlo – Bueno, y ahora ¿por qué no te desnudas y te pones cómoda? Creo, que si va a venir el doctor, mejor que no estés vestida, aparte, que yo no voy a permitir que te levantes en lo que queda de tarde.
- Si te digo que no, tú vas a decir que si, así, que haré lo que me dices... Anda, ayúdame.
Gonzalo la ayudó a incorporarse, notó que ella cerraba los ojos – Te mareas ¿verdad?
- Un poco.

Gonzalo la ayudó a quitarse la ropa y a ponerse el camisón. Cuando su esposa ya estuvo de nuevo cobijada entre la ropa de la cama, le colocó los almohadones de forma que la cabeza la tuviera reclinada. Unos toques en la puerta que en ese momento estaba cerrada, hicieron que Gonzalo fuera a abrir. Era Sátur.

- En un momento viene el doctor... Se encuentra en la botica pero está atendiendo a un pequeño...
- Gracias Sátur.
- ¿Cómo se encuentra la señora?
- Se marea un poco pero aparte de eso, parece que bien.
- Pues yo voy a seguir con lo que estaba haciendo. Si me necesita amo, ya sabe...

Gonzalo asintió y después de recoger la ropa de su esposa, decidió encender un par de velas. Ya la claridad que entraba a través de los cristales de las ventanas era poca. La tarde iba declinando. Luego se acercó de nuevo a la cama sentándose en ella, junto a su esposa. La muchacha en aquel momento tenía los ojos cerrados. Sus rizadas pestañas, era una hermosa visión ante los ojos embelesados de su amante esposo.

- ¿Sigues mareada? – lo preguntó en un susurro.
Margarita abrió con pesadez su oscura pero brillante mirada – Tengo sueño y quisiera dormir hasta hartarme.
- Pero si últimamente duermes como un lirón, pero si tienes sueño, duerme... Yo velaré tu sueño para que nada te turbe.

De nuevo unos golpes en la puerta hicieron que Gonzalo se levantara para abrirla.

- Amo, que ha llegado el doctor...
Gonzalo salió de la habitación y se dirigió al médico que esperaba junto a Catalina.
- Buenas, doctor – le ofreció la mano y don Jeremías se la estrechó con afecto.
- ¿Qué hay Gonzalo? Aquí estamos a ver qué le pasa a tu linda mujercita.
- Ya le habrá dicho Sátur que ha sufrido un desmayo, pero la llevo observando estos últimos días y no la encuentro muy bien.
- Pues nada, pasaré a verla, a ver, a que puede ser debido ese malestar.
- Acompáñeme – Gonzalo le dio paso hacia su alcoba.
Catalina los siguió. Entraron en la habitación. El médico dejó su maletín encima de la mesa escritorio del maestro y se acercó a la cama sonriendo a la joven - Hola Margarita, parece que no te encuentras bien ¿no? Al menos tu esposo se nota muy preocupado por ti.

- Doctor, es que Gonzalo es muy exagerado.
- Un desmayo puede ser nada, como puede ser mucho, así, que a ver si intentamos de saber a que es debido - don Jeremías se volvió hacia Gonzalo - No me lo tomes a mal Gonzalo pero en este momento prefiero quedarme a solas con tu esposa – se lo dijo con una sonrisa.
Gonzalo frunció el ceño - Está bien, si así debe ser...
Gonzalo se dispuso a salir seguido de Catalina pero el médico con un ademán y con su voz, la detuvo – No Catalina, quédate.

Catalina hizo lo que don Jeremías le pidió y Gonzalo salió de la habitación cerrando la puerta. Sátur esperaba afuera. Al ver el rostro contrariado de su amo, se acercó a él.
- Amo, no se preocupe, que lo de su mujer no es na’, ¡seguro!
- Si no digo que sea nada importante pero podía haberme quedado dentro ¿no? Soy su marido.
- Ya, pero usted sabe como son los médicos, ellos quieren hacer su trabajo sin familiares de por medio.
- Pero a Cata le ha pedido que se quede.
- Capricho de médico y como es una mujer...

Gonzalo se había sentado en el banco que estaba junto a su cuarto y esperaba impaciente que don Jeremías saliera de reconocer a su esposa.



En la alcoba, don Jeremías Andrade después de hacerle varias preguntas a Margarita y auscultarla, guardó su estetoscopio en el maletín. La joven al igual que Catalina, esperaba impaciente que el médico hablara.  El médico se volvió hacia la muchacha.

- Bueno, pareces que estás ansiosa por saber qué te pasa - lo dijo con una sonrisa.
- Si claro ¿Qué tengo doctor?
- Pues después de tantos años ejerciendo mi profesión, no creo que me equivoque en mi diagnostico y creo, que Catalina se huele cual es.
- Vega doctor, dígaselo ya... - Catalina apremió al médico.
- Margarita, el malestar que tienes es muy normal en tu estado. En unos siete u ocho meses vas a hacer madre. Estás embarazada.
Margarita se incorporó – Doctor... Doctor ¡¿está seguro de lo qué me dice?! – las lágrimas estaban a punto de aflorar a sus hermosos ojos.

- Muchacha, si con los años no he perdido facultades, estoy seguro de ello.
- ¡No me lo creo! ¡No me lo creo! - se volvió hacia su amiga – Cata, ¡voy a ser madre! ¡Estoy embarazada!
Catalina se había acercado a Margarita y sentándose en el lecho la abrazó con fuerza y muy emocionada – Claro cariño, claro que lo estás pero no llores.
- Es... es de felicidad... En... en estos días pensaba en ello pero... Pero no quería ilusionarme por eso no te dije nada... ¡Ay Cata! ¡Qué alegría más grande!
- Os habéis olvidado de mí y todavía no he terminado.
- Perdón doctor - Catalina se levantó enjugándose las lágrimas.

- Margarita, mañana te pasas por la botica que te doy un preparado para las náuseas y también quiero decirte, que aunque no tengas apetito debes intentar comer, sino, te puedes debilitar y eso también te pude causar mareo o un desmayo... Tampoco te aprietes mucho el corpiño... Bueno, de momento nada más, cualquier cosa que notes fuera de lo normal, me lo haces saber y ahora, más vale hacer entrar a tu marido, porque seguro que estará más que preocupado, además, me imagino que estarás deseando darle la alegría de que va a hacer de nuevo padre - el médico puso una mano en la manilla de la puerta pero la voz de Margarita lo detuvo.

- ¡Doctor espere! Tengo unas tremendas ganas de decírselo pero voy a esperar dos días para hacerlo... Pasado mañana es su cumpleaños y me gustaría darle esta noticia como regalo. ¿Puede inventarse algo? Cualquier cosa que no le preocupe, claro.
- Pues no sé qué decirte, la verdad que va a hacer un pedazo de regalo el que va a recibir, y si es eso lo que quieres, por mí no hay problema... Le diré, que esos mareos y ese desmayo se deben al cuello y que por causa de tu trabajo es muy común, eso también te puede acarrear las náuseas que sueles tener... Esperemos que lo crea porque tu marido es muy incrédulo.

- ¡Uy, lo sabré yo!
- Entonces, ¿lo hago pasar ya?
- Si doctor, puede hacerlo pasar – se limpió la cara con las manos el rastro de lágrimas. Luego, se dejó caer en la almohada.
Don Jeremías salió de la alcoba. Catalina se sentó junto a la muchacha - ¡Ay Margarita! me parece mentira que dentro de unos meses te veré con tu niño en brazos.
- No sigas Cata, no me quiero emocionar, que cuando entre Gonzalo no me note que he llorado.
- Perdona cariño, pero sé como debes estar y eso me emociona a mí.
Escucharon pasos. Catalina siguió la conversación por otros derroteros – Si es que te das un lote de coser, ¡así, cómo no te va a dar lata el cuello!

Gonzalo entraba en ese momento – Yo también se lo digo Cata pero ella no echa cuenta, si hasta se trae trabajo a la casa - Gonzalo se había sentado en el sitio de la cama que había dejado Catalina que al verlo entrar se había puesto de pie.
- ¿Ya se ha ido el doctor? – preguntó Margarita.
- Si, ya se ha marchado. Me ha dicho que intentes no hacer movimientos bruscos con el cuello...
- No te preocupes cariño, lo haré – había tomado las manos de su esposo entre las de ellas. Percibía, el calor, la dulzura, el amor a través de aquellas manos de hombre, de su hombre.

- Bueno, yo ya me voy ¡Ahí os quedáis! Que te alivies Margarita... – al decirlo, le hizo un guiño a la muchacha. Gonzalo al estar de espalda a Catalina no se percató de ello.
- Cata, dile a Alonso que se venga para la casa que todavía tiene que hacer los deberes.
- Se lo digo Gonzalo, no te preocupes – diciendo esto, salió de la habitación.
- Sátur está preparando la cena, debes tomar algo Margarita – se lo dijo lleno de ternura.
- Ya, pero es que no se me apetece mucho comer.
- Margarita, no quiero ponerme serio contigo pero tienes que hacer un esfuerzo... Acuérdate de hace unos meses,  por no comer en condiciones te viniste abajo.

- Está bien, pero no te enfades, intentaré tomar algo y ahora, quiero levantarme.
- Margarita, debes guardar reposo durante unas horas. Tienes que tener el cuello relajado...
Su esposa lo miró con el ceño fruncido – Gonzalo, no voy a hacer ningún esfuerzo, además, necesito ir al establo.
- Entonces, déjame que te ayude.
Margarita echó la ropa de la cama a un lado e intentó incorporase con la ayuda de su marido. Quedó sentada en la cama.
- ¿Te mareas? – mientras le preguntaba le ponía las zapatillas.
- De momento, parece que no... No sé cuando esté de pie, acércame un chal de verano, está en el arcón.

Gonzalo se dirigió al arcón. Levantó la cubierta y buscó con delicadeza entre la ropa de su esposa el chal que ella le pedía. Dio con él y cerrando el arcón se levantó yendo hasta donde esperaba su mujer. Le cubrió los hombros con él ayudándola a levantarse de la cama.

- ¿Te sientes segura? – se lo preguntó mirando sus brillantes ojos.
- Me parece que sí.
Pasándole la mano por la espalda salieron al patio por la alcoba. Al llegar al establo, Margarita lo detuvo con un ademán - No pretenderás entrar conmigo ¿verdad? - sonrío al decirlo.
Su marido le devolvió la sonrisa – No me importaría y lo sabes.

Margarita lo miró con cierto entrecejo y quitándose el chal se lo puso entre las manos. Abrió la puertecilla del cuartillo y entró cerrando. Gonzalo se pasó la mano por la barba sin dejar de sonreír. Minero relinchó en ese momento, parecía que se hubiera percatado de la presencia de su amo. Gonzalo se acercó a él comenzando a acariciar el lomo y sus crines. Minero correspondía a esa caricia metiendo los hocicos entre los brazos de su dueño. Moro, bufó, por lo que Gonzalo se vio obligado a acariciarlo también, comprendía que el caballo de su escudero no quería ser menos.

Escuchó la puertecilla del cuartillo. Su esposa acababa de salir. Margarita se acercó a su esposo y tomando el chal, se cubrió con él. Gonzalo la tomó por lo hombros - ¿Te encuentras bien?
- Si Gonzalo, de momento me siento más que bien y llena de felicidad - rodeó con sus brazos el fuerte pecho de su esposo apoyando su cabeza en él, suspiró profundamente.
- Bueno, ¿y ese suspiro?
- Necesitaba sacarlo mi amor.
Unas gotitas de lluvia hizo reaccionar a Gonzalo – Mejor nos metemos dentro.

Apretando a su esposa contra su cuerpo, entraron buscando el calor de la sala.






Dejó la costura en la mesa y procedió a ir recogiéndolo todo. Estaba deseando volver a su casa, siempre lo deseaba, pero aquella tarde más que nunca. En esos dos días había podido terminar la capa y hacer algo muy especial que sólo ella sabía y la llenaba de emoción. Comprobó que el gabinete quedaba en orden y salió de él cerrando la puerta. Cuando enfilaba el pasillo para tomar la escalera para ir al piso inferior, escuchó detrás de ella, la voz de Lucrecia.

- ¿Ya te vas querida?
Margarita se detuvo y se volvió – Si Lucrecia, ya me voy, hoy estoy deseando más que nunca llegar a mi casa.
- Me imagino. Es tres de septiembre, hoy es el cumpleaños de Gonzalo ¿no?
Sin saber por qué, a Margarita le dio cierta rabia que Lucrecia se acordara del cumpleaños de su marido. Procuró que al hablar no se le notara el coraje en la voz – Si Lucrecia, es su cumpleaños.
– Entonces, hoy le habrás preparado algo especial ¿me equivoco?

- No Lucrecia, no te equivocas. Le tengo preparado algo muy, muy especial, ¡el más hermoso de los regalos! Si no quieres nada más, me gustaría irme.
- Por supuesto Margarita, ya puedes marcharte y que lo paséis muy bien. Espero saber en qué consiste ese regalo tan hermoso.
- Puede que lo sepas, hasta mañana - Margarita se giró y avanzando por el pasillo se perdió escalera abajo.
Nada más verla desaparecer a Lucrecia se le borró la sonrisa de los labios – Ojala se os atragante la maldita tarta.

Margarita terminó de bajar la escalera. Catalina estaba acabando de dejarle dicho a la demás servidumbre lo que había que hacer al día siguiente. Nada más verla dio por terminada las instrucciones - ¿Nos vamos ya Margarita?
- Si Cata, cuando quieras pero voy a cambiarme en un momento.

La muchacha apresuró su paso y entrando en la habitación de servicio se cambió lo más rápida posible. No tardó en estar junto a Catalina y despidiéndose de los que todavía allí se quedaban, salieron de las dependencias de la cocina dirigiéndose a los jardines y de allí, fuera de Palacio. Aunque no llovía, la tarde estaba fresca y gris. Soplaba un airecillo frío que hacía que las hojas secas de los árboles fueran desprendiéndose de ellos para posarse en el suelo. El otoño se había adelantado nada más entrar septiembre, los caminos, ya eran una manta de hojas secas y ante el andar presurosos de ellas, hacían que crujieran a su paso.

- ¡Ay Margarita! Gonzalo ni se imagina que clase de cumpleaños es el que va a tener ¡Qué pedazo de regalo le tienes preparao!
- Si vieras las ganas que tengo de ver su cara cuando se lo diga...
- Pena, que no se lo vas a decir delante de nosotros, pero comprendo que se lo quieras decir a solas.
- Si, primero quiero hacerlo a solas, ya mañana se lo diremos a Alonso y a Sátur. Cata, quiero pedirte algo... De momento no me gustaría que se supiera en Palacio.
Catalina miró a su amiga algo extrañada - Pero Margarita, eso no es una cosa que se pueda ocultar por mucho tiempo, que en cuanto te des cuenta, tienes una panza...
- Ya lo sé, pero vamos a esperar un poco.
- Como quieras hija, pero ¿tú sabes la alegría que le vas a dar a las muchachas?

- Lo sé... Sé que se van a poner muy contentas ¡Ay Cata! estos meses se me van a hacer eternos. ¡No veo el momento de tener a mi niño en mis brazos! Bueno, a mi segundo niño porque para mí Alonso, seguirá siendo mi niño... ¿Se pondrá contento al saber que va a tener un hermanito?
- Claro que si Margarita, aunque conociendo a los niños es capaz de coger ciertos celillos, pero eso es muy normal... Cuando nació mi Murillo, Bruno no se libró de ellos, lo que hay que procurar es estar más pendiente del mayor que del pequeño, las cosas son así.

Habían llegado al barrio y enfilaron la calle hasta llegar a casa de Catalina. La puerta estaba cerrada por lo que pensaron que don Jeremías no se encontraba. Cata sacó la llave y abriendo con ella pasaron al interior. Catalina fue a la cocina mientras Margarita subía al cuarto de su amiga. Colgado de un perchero tenía la capa de su marido. Era de negro paño. La rozó con sus delicados dedos. Cuando Irene le pagó por el trabajo realizado en su vestido, fue en lo primero que pensó, en comprar un buen paño para hacerle una capa a su  esposo. La recogió del perchero y extendiéndola en la cama la dobló con sumo cuidado, luego, cogiendo un lienzo, envolvió en él aquella prenda que había hecho con tanto amor para él, para su marido, para el padre del hijo que esperaba.

Catalina ya tenía el bizcocho preparado en la mesa. Lo había hecho en el mediodía antes de que se marcharan a Palacio. Nada más bajar Margarita, Catalina tomó la bandeja y se dispusieron a salir. Después de cerrar la puerta, atravesaron la calle para subir los escalones que les separaba de la casa de Margarita. La muchacha empujó la puerta. Sátur las recibió con una sonrisa.

- Ya pensaba que el amo iba a llegar antes que ustedes, el Cipriano ha dicho que va a hacer una escapá, por cierto, que aquí tengo las velas ¡Anda que no me ha costao na’ encontrarlas! Es que tan pequeñas es muy difícil hallarlas – de dentro de un recipiente de barro había sacado unas velas de mucho menor tamaño que las que habitualmente usaban.

- Esas nos viene bien. Gracias Sátur.
- De na’ señora. Por el amo... ¡me recorro todo la Villa!
- Voy a guardar esto en la alcoba – Margarita dirigió sus pasos hacia su dormitorio.

Catalina, descubrió el paño de cocina que ocultaba el bizcocho y comenzó a colocar las treinta y dos velas. Luego, buscó en la cocina un rincón que no estuviera muy a la vista y escondió el bizcocho volviéndolo a cubrir con el paño. Margarita no tardó en regresar. Al momento se escuchó la llave en la puerta. Gonzalo hizo su aparición con los dos pequeños cerrando la puerta al entrar.

- Buenas... - se acercó a su esposa poniendo un beso en sus labios. Ella correspondió emocionada.
- ¿Cómo te encuentras? – lo preguntó acariciando el hermoso rostro de ella.
- Bien, no estoy mal.
- Hola Cata.
- ¡Menos mal que te das cuenta que tu mujer no estaba sola!
- Es que sólo tengo ojos para ella - lo dijo para picarla.
- ¡Hombre, no lo vas a tener pa’ mí!

Margarita con una sonrisa en sus labios se dirigió a la lumbre y fue a calentar algo de leche. Alonso fue tras ella, la rodeo con sus bracitos la cintura y le habló bajito al oído empinándose – ¿Le has traído el bizcocho con las velas?
- Si cariño, ya lo tenemos preparado... Esperaremos a Cipri y en cuanto venga, le damos la sorpresa.
Unos toques en la puerta, hizo que Gonzalo fuera a abrir. Le sorprendió ver a su amigo el posadero a aquella hora en su casa - ¿Pasa algo Cipri?
- Que yo sepa, nada Gonzalo, bueno, nada malo... Pienso que puedo entrar ¿no?
- Perdona Cipri, pasa... Es que no estoy acostumbrado a verte por casa a estas horas.

Cipri cruzó el umbral pasando a la sala. Margarita y Catalina ponían platos y vasos. Gonzalo frunció el ceño – Vaya, parece que aquí se va a celebrar algo...
Sátur miró a su amo socarrón a la misma vez que ayudaba a las mujeres. Fue Margarita la que habló pero sin mirar a su esposo – Aunque lo has mantenido callado durante todo el día, no creas que se nos ha pasado por alto que hoy es tu cumpleaños... Quizá es que no quieres que se sepa que ya pasas de los treinta y uno.

Gonzalo no pudo más que echarse a reír – Bueno, ¡pues si qué ha sido una sorpresa!  No pensaba que os acordarais después de los días bastante movidos que hemos tenido, y si no dije nada señora de Montalvo... - se había acercado a su mujer cogiéndola por la cintura y volviéndola hacia él – ...es porque no quería que esta cabecita se partiera pensando que podía regalarme.
- Pues esta cabecita como tú dices, no ha tenido mucho que pensar - le acarició la barba y se desprendió de él – Bueno, vamos a tomar la merienda - al ver que su marido no hacía por moverse, le apremió - ¡Venga Gonzalo!

Gonzalo se acercó a la mesa ocupando su lugar. Ya todos se habían sentado menos Margarita que había ido a la cocina. Quitó el paño que cubría el bizcocho y cogiendo uno de los palillos de cera lo acercó a la lumbre encendiéndolo, para luego a su vez, ir encendiendo las treinta y dos velas. Cuando todas las velas estuvieron iluminadas, portó la bandeja entre sus manos y muy despacio se fue acercando a la mesa. Gonzalo movió la cabeza sonriendo. Alonso y Murillo jalearon aquel bizcocho lleno de luces. Cuando la joven colocó la bandeja en la mesa, Catalina comenzó a cantar el cumpleaños feliz y todos los demás la siguieron. El maestro de San Felipe estaba todo emocionado, ya el verlos a todos juntos, era un regalo.

Margarita se acercó a su marido poniéndole una mano en el hombro – Ahora piensas que deseo quieres que se te otorgue antes de soplar, pero para que se te cumpla, ya sabes que no tienes que dejar ninguna encendida, así, ¡que sopla fuerte!
- Creo que todo lo que deseo lo tengo, pero por desear, que no quede... - Gonzalo le cogió la mano a su esposa y echando su cuerpo hacia delante sopló apagando todas las velas a la vez. Todos le vitorearon y aplaudieron la odisea. Margarita se sentó junto a él.

– Feliz cumpleaños mi amor – sus labios depositó un beso lleno de ternura en los labios de su marido.
- Gracias cariño, no sabes lo feliz que me hace todo esto... Sé, que todo lo has planeado tú, bueno, con la ayuda de todos vosotros, no quiero que os enfadéis – miró a sus amigos como pidiendo perdón.
- ¡Venga Gonzalo, parte ya el bizcocho! – apremió Catalina, que de vez en cuando no dejaba de mirar a Cipri, él, no le quitaba ojo de encima.

Gonzalo fue quitando las velas una a una y luego, cogiendo el cuchillo comenzó a partir el bizcocho poniendo cada porción en los platos. Los niños enseguida tomaron sus cucharas y comenzaron a saborear aquel delicioso manjar.

Sátur miró a su amo – Quien le iba a decir a usted que hoy iba a estar tan bien acompañao.
- La verdad que si... Estoy rodeado de mi mujer, mi hijo y mis amigos, entre los que te encuentras tú, eso lo sabes... Eres un buen amigo Sátur, el mejor.
- Gracias amo pero como se entere el Cipriano, ya la tenemos.
- Los dos... Los dos sois mi mejores amigos pero tú, eres especial y sabes el porqué...
- ¿Quién quiere leche?

Margarita había tomado la jarra y fue llenando los vasos de quien quería tomar el humeante líquido blanco. El vapor que se desprendía de la leche y su propio olor, hizo que la muchacha tuviera sensación de asco, quiso aguantar, no quería dar la nota aquella tarde.

Catalina se percató de ello y fue a echarle una mano - Déjame a mí Margarita y tú te sientas, que hoy también has tenido un día duro de costura y seguro que el cuello lo ha padecido.

La joven no dijo nada. No podía hablar de las náuseas que tenía en aquel momento. El día anterior fue a recoger en la botica el remedio que don Jeremías le había preparado, pero de momento no había hecho mucho efecto. Gonzalo le acercó un trozo de bizcocho y un vaso de leche que Catalina acababa de llenar. Cata fue a impedirlo, pero ya Gonzalo se le había adelantado.

– Anda Margarita, toma la leche.
Su esposa, retiró el vaso – No... no quiero leche.
- Bueno, pero este trozo de bizcocho, si... Es que apenas come Margarita...
- ¡Mira que sois los hombres pesao! ¡Gonzalo, déjala!... Que si la criatura no quiere tomar nada pues que no lo haga... Que por un día que se pase sin comer, nadie se muere por ello.
- Cata, es que no come nada.
- ¡Ya vale! Comeré algo. - con trabajo la muchacha tomo dos trocitos de bizcocho pero su estómago no se lo permitía. Su mano retiró el plato.
Catalina sabía que no aguantaría mucho – Margarita ven un momento quiero decirte algo... - lo dijo en voz baja pero de forma que lo escuchara Gonzalo.
Margarita se levantó. Gonzalo se dejó caer – Que estaréis tramando las dos...

La muchacha no dijo nada y siguió a su amiga hasta la alcoba. Catalina cerró la puerta con prisa y casi no le da tiempo de coger la jofaina. Margarita doblándose sobre si misma dio varias arcadas. Catalina la obligó a sentarse en la cama

- ¡Ay cariño! Esto es lo peor de un embarazo, las fatiguitas que se pasan.
Margarita se había puesto muy pálida y su rostro estaba impregnado de sudor y lágrimas - ¡Qué malo es esto Cata! Hasta las lágrimas se me caen.
- Lo sé cariño pero esto será los primeros meses, ya verás... Pero es que tiene un marido muy pesao... ¡Erre que erre!

Margarita cogió un pañuelo limpiándose la boca. Catalina había depositado la palangana en el suelo y la ayudó a empapar el sudor - ¿Te sientes mejor? – lo preguntó echándole el cabello para atrás.
- Creo que si... Ya... ya  no siento tanto asco.
Catalina le deshizo la cinta del corpiño quitándoselo, luego se levantó y echó en un vaso un poco de agua de la jarra – Bebe un poco.
La joven tomó el vaso y bebió algo, luego dejó el vaso en la mesita. Catalina cogió la jofaina– Voy a tirar esto, no te muevas.

Catalina se dirigió a la puerta que daba al patio y abriendo una de sus hojas salió dirigiéndose al establo. Mientras se quedó sola, la muchacha se echó sobre la almohada. Se quedaba extenuada cada vez que le daban aquellas arcadas, no quería pensar que estuviera todo el embarazo de aquella forma. Catalina no tardó en volver. Cerró la puerta del patio y colocó la palangana limpia en su sitio.

- Anda que se presenta una noche, veremos si no rompe en agua porque para colmo se está levantando un aire...
- Ya lo he observado cuando has abierto – Margarita se había incorporado – Mejor sea que salgamos pero voy a masticar un poco de salvia porque tengo la boca amarga...
Se dirigió al peinador. Destapó un tarrito de barro y sacando de él una hoja, la partió con sus dedos. Unos de los trocitos se lo introdujo en la boca dejando el resto en la pequeña vasija, la tapó de nuevo y se volvió hacia Catalina - Voy a coger la capa y ya tenemos un motivo del porqué hemos venido a la alcoba.

Se agachó, y de su arcón sacó lo que allí había guardado, la capa de su marido. Se incorporó, sus ojos se posaron en el espejo - ¡Qué mala cara tengo!
- Mujer, después del mal rato que has pasao no pretenderás estar como una rosa.
- Ya, pero es que Gonzalo seguro que se da cuenta.
- Bueno, pues ya nos inventaremos algo ¿Vamos?
- Si, vamos.

Salieron de la alcoba y se dirigieron donde estaban los demás. Gonzalo seguía sentado charlando con Sátur y Cipri, pero enseguida que vio llegar a Margarita apreció que su mujer no estaba bien. Cuando la muchacha llegó a su altura le puso por delante el envoltorio. Sátur apartó la bandeja y platos para que su amo desliara el lienzo.

Gonzalo no dijo nada al respecto de lo que había percibido en ella. Se mostró sorprendido ante lo que su esposa le ponía por delante – Vaya, ¿y esto?
- ¡¿Pues qué va hacer?! ¡Ábrelo ya! Que tu mujer a trabajao lo suyo para que tú lo luzcas - Catalina, lo azuzaba para que desliara el envoltorio.
Gonzalo miró a su esposa. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué la veía tan frágil? Pero nada le dijo de su apreciación, ya cuando estuvieran a solas lo haría, por eso, al dirigirse a ella, sus palabras estaban llenas de ternura - Seguro que lo has tenido que trabajar, todo te parece poco....
Margarita se inclinó y besó su mejilla – Nunca me parecerá suficiente todo lo que pueda hacer para ti, para vosotros, pero bueno, ¡ábrelo ya!

Gonzalo descubrió el lienzo y tocó el suave paño negro. Al principio frunció el ceño, pero después sus ojos buscaron los de su mujer. Ella asintió. Gonzalo tomó aquella tela con sus acariciantes dedos de hombre y levantándose de la mesa, dejó caer a todo lo largo aquella prenda de abrigo. Todos hicieron una exclamación. A él, no le salían las palabras.

- Espero que te guste. Aunque nunca te la he visto puesta, sé que tienes una, pero también sé que no las usado mucho... Espero que ésta, si te la pongas.
- No sé qué decirte Margarita... No... no te tenías que haberte metido en esto y más como estás con el cuello, así no me extraña que últimamente estés tan fastidiada con él...
- A ver Gonzalo, póntela, queremos ver cómo te cae –  Catalina casi se la quitó de las manos y abriendo la capa se la echó por los hombros.
Margarita comprobó que tenía el largo que debía, luego, fue a abrocharle el corchete interior que tenía en la tirilla y a atarle la cinta. Se lo quedó mirando – Yo te la veo bien, no sé tú ¿Te sientes cómodo con ella?

Gonzalo no le quitaba los ojos de encima. En ese momento deseaba abrazarla. Sólo se limitó a decir... - Cómo no me voy a sentir cómodo con ella si me la has hecho tú...
- Veamos cómo te queda la capucha - Catalina le echó la capucha hacia adelante y parte de su rostro ante la tenue luz de las velas quedó en sombra.

Margarita sintió un ahogo subirle a la garganta. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza. La palidez de su rostro se acrecentó teniendo que sentarse en una silla. Gonzalo inmediatamente se echó la capucha hacia atrás acercándose a ella presuroso - Te sientes mareada otra vez ¿verdad? - se había inclinado y le pasó la mano por el cabello.
Margarita asintió. No podía hablar en aquel momento. Catalina se acercó y con una base de esparto comenzó a echarle aire - La pobre mía lleva un día...
- ¿No será mejor que te acuestes?... – Gonzalo se había puesto en cuclillas y le tenía las manos cogidas entre las suyas.

Margarita reaccionó ante las palabras de su marido – No... no Gonzalo, ya... Ya me encuentro mejor... No sé lo que me ha pasado...
- Que trabajas demasiado cariño - Gonzalo se había incorporado y se quitó la capa dejándola en el respaldo de una silla. Sátur se acercaba con un vaso de agua.
- Tome señora Margarita, beba un poquito.
Gonzalo tomó el vaso que tendía su fiel escudero y se lo ofreció a su esposa – Anda bebe.
La muchacha cogió el vaso y bebió un poco – No quiero beber mucho no vaya a hacer que lo eche.

- Margarita escucha, no debes de dejar de beber por temor a las nauseas... Bebe lo que necesites, además, es bueno que lo hagas y si lo echas no pasa nada... Mañana de nuevo hablaré con don Jeremías, a esto hay que buscarle un remedio, llevas ya varios días así...
- ¡Y lo que le queda! - ante el comentario de Cata, Gonzalo la miró.
– Gonzalo, no me mires así...  Si su trabajo es de costurera, ¡pues fíjate si le queda que pasar a la pobre si coge esa flaqueza! pero eso en unos días se le pasa... Sólo hay que tener paciencia, ella y tú.
- Claro Cata, ya sabes lo que me dijo don Jeremías, que tendré rachas... A veces no sentiré molestia alguna y otras, como esta, pues me sentiré como ahora, bastante mal...

Al comentarlo, no dejaba de mirar a su marido. Mientras hablaba, no dejaba de acariciar el rostro de él y se preguntaba ¿Cómo podía haber sido qué por un momento, hubiera visto a Águila cuando Catalina le cubrió con la capucha? Recordó la noche de San Juan. Era absurdo el haber comparado a su amado esposo aquella vez y hacía sólo un instante con el embozado. No podía entenderlo, pero de nuevo había sido presa de un espejismo.

- Te has quedado muy pensativa - Gonzalo le acarició las manos.
- ¡Oh no! es que estaba pensando... Pensaba que la capa que no usas, le puedo arreglar el bajo que es lo que está más gastado y prepararla para Sátur - pudo salir airosa de lo que ocupaba su mente.
Catalina con ayuda de Cipri fue quitando la mesa y llevándolo a la cocina mientras Sátur iba fregando. Gonzalo que estaba en cuclillas ante su esposa, se levantó - Si no tenéis prisa podemos cenar todos juntos.
- Gonzalo, después de comer ese bizcocho, no podría meterme nada por el cuerpo... De aquí, mi Murillo y yo nos vamos a la cama.

Gonzalo miró a Cipri. Éste, movió la cabeza – Gonzalo yo te lo agradezco, pero pasé por un ratito y llevo toda la tarde y a quien he dejado al cuidado de la taberna estará que trina.
- Pues nada, que no quede que no os lo he dicho.
Catalina se volvió hacia su amiga – Nosotros nos vamos Margarita, creo que tú más que nadie debes de descansar. Aquí ya está todo recogido, así, que en cuanto nos vayamos, te vas a la cama y te echas a dormir, verás cómo se te relaja el cuello.

Llamó a Murillo y al momento el chiquillo salía con Alonso de la habitación de éste - ¿Ya nos vamos madre?
- ¿Todavía te parece poco el tiempo que llevamos aquí? -  lo cogió de la mano – Pues ahí os quedáis... Gonzalo, espero que tengas una buena noche, quizá, las sorpresas todavía no han terminado...
- ¡Ah! ¿no? Eso quiere decir que mi preciosa mujer esta noche me va a sorprender, pues yo estoy dispuesto.
- ¡Gonzalo, siempre serás igual - Margarita lo miró con cierto reproche.
Catalina le hizo un guiño a su amiga y se dirigió a la puerta pero Cipri la retuvo con un ademán – Espera Catalina, yo también me marcho – se volvió hacia Gonzalo poniéndole una mano en el hombro.

- Gonzalo, un año más que acabas de cumplir ¿te pesa?
- Para nada, lo llevo bien– dijo sonriendo.
- Ya no lo llevarás tan bien cuando llegues a los míos.
- No será para tanto hombre y gracias por haber venido... Gracias a los dos – Gonzalo apretando el hombro de Cipri con gran afecto dirigió su mirada de agradecimiento a Catalina.
- Venga Cipri, que ya me quiero ir, que a este paso, estos dos nos echan esta noche de su casa...
- Ya voy Catalina.

Los esposos les acompañaron a la puerta. Volvieron a despedirse y Gonzalo cerró la puerta. Por separados, los dos pensaron lo mismo. Sabían que Catalina y Cipri deseaban quedarse a solas, quizá, tan solo para hablar, para despejar las dudas, las culpabilidades que podrán sentir cada uno. En los los momentos que estaban viviendo, era imprescindible que lo hicieran.

Gonzalo se volvió hacia su esposa poniéndole las manos en sus hombros – Bueno, ha sido una tarde de sorpresas, la verdad que no me esperaba todo lo que me has montado... Es de alabar todo lo que has hecho y más, con el malestar con el que lleva varios días.
- Gonzalo, una cosa no quita la otra, además, Cata me ha ayudado, ella ha hecho el bizcocho, Sátur fue a buscar las velas, así, que todos hemos puesto un poquito.

- Pues si amo, que aquí todos hemos apencao... Que yo he tenío que recorrerme toda la Villa en busca de las dichosas velitas y usted es el único que no ha puesto na’
- ¿Cómo que yo no he puesto nada? ¿Te perece poco aportar un año más?
Sátur se le quedó mirando todo burlón – Amo, pues lleva toda la razón, creo que usted es el que aportao más que nadie.

Tanto Gonzalo como su escudero rompieron a reír. Margarita se había sentado junto a Alonso. El pequeño ya había posado su cabeza sobre sus bracitos en la mesa. La joven intentaba convencerle para que se fuera a la cama, pero el crío se negaba. Gonzalo se dio cuenta y enseguida se acercó a ellos.

- Venga Alonso, a la cama.
- Todavía no, un poco más padre - no hizo por levantarse.
Gonzalo movió la cabeza, cogió a su hijo en brazos echándoselo en el hombro como si fuera un pequeño fardo – Tú lo que quieres es que te lleves a la cama como a un niño pequeño ¡A qué si!
- Pero padre, ¡suéltame! ¡Tía Margarita, dile que me suelte! – Alonso reía con la ocurrencia de su padre.

Margarita sonría feliz al verlos así. Se imaginaba cuando lo hiciera con su otro hijo, el que ella llevaba en su vientre. ¡Qué hermoso sería ver ese momento!

El fiel criado se acercó a ella – Decirle si usted va a cenar como que no ¿verdad?
- Sátur, por favor, ni me hables de comida, pero ¿vosotros vais a cenar algo?
- Le preguntaré al amo, yo estoy harto, con el lote de bizcocho que me he metío por el cuerpo, pero no sé si el amo querrá tomar algo.
Las campanas de San Felipe daban diez toques. Margarita se levantó – Yo no sé si tu amo tendrá o no ganas de cenar pero yo me voy a la cama.
- ¡Y hace bien! Así descansa.

Cogió la capa y tomando una vela se dirigió a la alcoba, pero antes se pasó por la habitación de Alonso. Gonzalo estaba terminando de ayudar a su hijo a ponerse la camisola. Se acercó al pequeño - Vengo a darte las buenas noches que yo también me acuesto - meciéndolo en sus brazos le dio un beso en la frente – Que descanses mí niño. Luego, se volvió a mirar a su marido – Yo me acuesto Gonzalo pero voy a esperarte... Espero no dormirme pero si por casualidad me encuentras dormida, me despiertas, tengo algo que decirte y no quiero dejarlo para mañana - sonrío a su esposo y acariciando su hombro salió de la habitación.

Gonzalo miró a su hijo - ¿Qué crees qué tú tía quiere decirme?
- ¡Y yo qué voy a saber padre! - el pequeño encogió sus hombritos cosa que a Gonzalo le hizo reír.





Un cumpleaños, un hermoso regalo.


Nada más entrar en la alcoba, Margarita cerró la puerta dejando la vela en la mesita. Extendió la capa sobre la cama doblándola con esmero, después, fue al arcón de su marido y abriendo la cubierta la depositó encima de las ropas de Gonzalo. Cerró la tapa del arcón incorporándose. Se desvistió poniéndose el camisón y sentándose procedió a peinar su cabello, aquel día se lo había dejado suelto por lo que lo tenía más rebelde y necesitaba esmerarse más. Luego, fue entrelazando los mechones para convertirlo en una hermosa trenza.

Se sentía emocionada al saber que en un momento su marido sabría la verdad de su malestar. Se preguntaba cual sería su reacción al enterarse de que iba a ser de nuevo padre. Suspiró profundamente para intentar calmar los latidos de su corazón, parecía que quería salírsele del pecho. Se levantó de la banqueta dirigiéndose a la cama. En ese momento se escuchó llover y parecía que el aire soplaba con algo de fuerza. Se acercó a la ventana, a través de las vidrieras vio que el agua caía con ganas. Se retiró del ventanal y se dispuso a meterse en la cama. Destapó el lecho y sentándose en él, metió las piernas para después cobijarse debajo de las cálidas sábanas. Escuchaba el sonsonete de la lluvia sobre los cristales, lo que hizo que se fuera adormeciendo poco a poco hasta quedar profundamente dormida. Ni siquiera escuchó entrar a Gonzalo. Éste se la quedó mirando extasiado.

¿Qué tenía que decirle que no podía esperar a la mañana? Aquello, le hizo que le viniera a la mente que de nuevo su confesión a ella, quedaba demorada, quizá, podría hablarlo al día siguiente. Recordó también el comentario de Catalina antes de irse de la casa. La verdad que estaba intrigado ante lo que su esposa quería contarle. Se desnudó sin dejar de observarla.
No iba a despertarla. Debía dejarla descansar, ya al día siguiente sabría lo que fuera. Con sigilo se refugió bajo la ropa de la cama inclinándose para besar el cabello de su esposa, se volvió para apagar la vela cuando un trueno hizo retumbar la estancia.

Margarita se despertó sobresaltada. Gonzalo intentó tranquilizarla – No te asustes, hay tormenta, sigue durmiendo cariño.
La muchacha se removió en la cama poniéndose de costado mirando a su marido – No ibas a despertarme ¿verdad? – se lo dijo adormilada y acariciando con un dedo el torso desnudo de él.
- No... no lo iba a hacer... Tienes que descansar y tampoco creo que sea tan importante lo que me tengas que decir para que no pueda esperar a mañana.
Margarita seguía acariciando el cuerpo de su marido - ¿No tienes frío? Las camisetas ya las tienes listas.
- Me imagino que están más que listas, pero no, todavía no siento frío... Es imposible tener frío estando junto a la más bella de todas las esposas – Gonzalo le acarició el rostro.

Margarita se arrebujó entre sus brazos – Lo que te tengo que decirte no quería dejarlo para mañana, hoy es tu cumpleaños y quiero darte ese regalo esta noche, ahora.
Gonzalo frunció el ceño – Ya me has hecho un regalo ¿Tengo otro?
Margarita se apartó un poco de él para mirarlo – Tienes otro regalo ¡El más hermoso que puedas recibir! - en los ojos de ella, las lágrimas afloraron.
- Margarita, ¿qué pasa? ¿Por qué lloras? – Gonzalo se sentía contrariado ante la emoción de su esposa.
La muchacha  se separó de él y girando el cuerpo, extendió su mano abriendo uno de los cajoncitos de la mesita, sacó un envoltorio. Se lo puso a Gonzalo por delante - Aquí lo tienes. Mi más preciado regalo para ti.

Gonzalo miro aquel pequeño envoltorio. Era un fino lienzo con un encajito en la orilla y cuyas dos de sus puntas estaban atadas entre sí por una cinta estrecha y con una lazada. Parecía que dentro de él, guardaba algo.

- ¿Qué es esto? – lo preguntó mirando a su esposa extrañado pero con una curiosidad tremenda.
- Si no lo abres, no lo sabrás.

Gonzalo se acomodó en el lecho y tirando de la lazada deshizo la cinta. El lienzo no terminó de abrirse por lo que él, tomando las puntas extendiendo la fina tela sobre la colcha dejándose ver lo que guardaba dentro. Un nudo le apretó la garganta. Eran unos patucos de bebé tejido en fina lana en tono blanco. Levantó la mirada y buscó la de su esposa – Margarita ¿Qué... ¿qué quiere decir esto? ¿No será... ¿No será lo que pienso?
Margarita estaba emocionada al ver la conmoción de su marido – Si Gonzalo, es lo que tú piensas... Estos patucos... - la muchacha lo cogió entre sus dedos –...se lo verás puesto a tu segundo hijo, como en unos ocho meses...

Gonzalo no podía creer lo que estaba escuchando de su mujer, se pasó la mano por el cabello todo nervioso – Margarita, ¿sabes... ¿Sabes lo que me estás diciendo?
- ¡Cómo no saberlo con las fatiguitas que estoy pasando! - la muchacha ya no podía reprimir las lágrimas.
Gonzalo dejó la postura que había tenido hasta ese momento y poniéndose de rodillas en la cama cogió a su mujer por los hombros – ¡Margarita! ¡Margarita! ¡me vas a ser padre! ¡Padre de un hijo tuyo! ¡Un hijo tuyo y mío!
- Si Gonzalo... ¡Un hijo tuyo y mío! de los dos... ¡Fruto de nuestro amor! ¿No te parece maravilloso?

Gonzalo la atrajo hacia él y la abrazó con fuerza mientras sus ojos se llenaban de lágrimas por la emoción que lo embargaba – Me parece más que maravilloso mi amor... ¡No sabes lo feliz qué me haces con ello! ¡Me siento el hombre más dichoso del mundo! Pero... pero dime... ¿Tú cómo te encuentras? ¿Estás bien? ¿Te duele algo? - la había apartado un poco de él esperando su respuesta.
- Bueno, si quitamos el sueño, los mareos, las nauseas y el desmayo de hace dos días, pues sí, estoy bien... ¡Estoy feliz!  – se abrazó al cuello de su marido.

Gonzalo la estrechó con fuerza todo emocionado – Mírame...- de nuevo la apartó un poco de él y levantando la barbilla de Margarita se miró en la profundidad de sus ojos brillantes en aquel momento por las lágrimas que corrían por sus mejillas - Te amo, te amo por todo lo que me das ¡Es tanto! No estoy a tu altura Margarita, nunca lo estaré... - en su voz había un toque de amargura.
- Pero... ¿por qué me dices eso? Yo sin ti no sería nada Gonzalo, no tendría nada... Todo lo que soy, lo que tengo, te lo debo a ti mi vida y este hijo que llevo en mis entrañas, ¡me hace llenar de júbilo! ¡Me llena toda de ilusión! ¡Una ilusión plena!... El ser madre, sin ti no hubiera podido ser pero también eres el causante de lo mal que lo estoy pasando.

Gonzalo no pudo por más de sonreír – Me engañaste y bien, y don Jeremías...
- Es que yo se lo pedí... Le dije que en dos días era tu cumpleaños y que quería darte esta noticia como regalo.
- ¡Y me has hecho el mejor de los regalos! ¡El más hermoso!
- Pues fíjate, que con todo lo listo que eres y que vas por delante de una, pensé que eras capaz de descubrirlo antes de que te lo dijera, pero no, no ha sido así... Mi amor,  nuestra felicidad se ve completada con esto...
- Si Margarita, nuestra felicidad es ya un hecho y nada ni nadie dejará que eso deje de serlo... Como nos juramos en la iglesia, en el altar, como tú me dijiste noches atrás,  una noche más de amor... Será por y para siempre, para toda la eternidad...
- Y así será Gonzalo.

De pronto, una ráfaga de viento hizo abrir las puertas del patio de golpe embistiendo en la alcoba y trayendo el agua con ella, a la misma vez, un relámpago iluminaba toda le estancia seguido de un fuerte trueno. La luz de la vela se apagó, Gonzalo, salto de la cama presuroso cerrando con fuerza las puertas del patio, luego, cerró las contraventanas para que las luces de los rayos no penetraran a través de las vidrieras. Margarita estaba algo asustada. Parecía como si algo sobrenatural quisiera rebatir lo que ellos se acababan de decir, aquel juramento que se hicieron ante el altar. Gonzalo buscó a tienta el mechero volviendo a encender la vela. Luego, fue a ocupar su lugar en la cama, junto a su esposa, notando que su mujer estaba temblando.

- No Margarita, no temas, es una tormenta nada más y pasará pronto. Lo que ocurre es que la tenemos encima, pero conmigo estás segura ¿o no? – sonrío al decirlo y de nuevo la arropó entre sus fuertes brazos.
- Si Gonzalo, contigo siempre estaré segura - buscó los labios de su esposo y él, inclinándose la besó con ternura, dulcemente. Luego, sus labios la fue acariciando toda ella haciéndola estremecer de emoción. Gonzalo, sin soltarla de sus brazos dejó que el cuerpo de ella reposara sobre la cama.
- Te amo Margarita, ¡no sabes cómo te amo!
- Lo sé Gonzalo... Sé que me amas y me haces inmensamente feliz el oírtelo decir... Nunca me cansaría escucharlo de tus labios pero yo también quiero decirte... - con la suavidad de sus manos apartó el cabello de su marido y le susurró al oído -... que yo te adoro, te quiero, te amo mi amor...

Gonzalo la besó con gran pasión, a lo que ella correspondió llena de gozo. Las delicadas manos de él, subió el camisón de ella. Acarició su vientre y lo besó lleno de ternura. Margarita jugaba con el cabello de su esposo – Dentro de unos meses lo tendré abultado y me pondré hasta fea ¿Me amarás igual?
- Serás la futura mamá más linda que pueda haber y aún poniéndote fea como dices, nunca podré dejar de amarte... ¡Nunca!

Gonzalo no dejaba de rozar la piel de ella ni un sólo momento con sus delicadas manos, con sus labios ardiente de deseos, de pasión. Sentía en él la entrega de su esposa y su complacencia, su gozo a darse por completo a él. Sus cuerpos reaccionaron ante las caricias. Se amaron en toda su inmensidad, llenándose uno del otro, de todo el amor que cada uno llevaba dentro, y de una gran pasión desbordada.

Afuera, la tormenta seguía con gran estruendo, pero ellos, sólo escuchaban y sentían el latir de sus corazones  y el calor de sus cuerpos.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Vie Sep 02, 2016 10:44 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,7


Sátur, ya trajinaba en la cocina cuando Gonzalo apareció en la sala – Buenos días Sátur - saludó de lo más risueño.
- Buenas amo ¿Le caliento el agua?
- Si por favor... Está fría la mañana ¿no? – Gonzalo al decirlo se acercó a la chimenea frotándose los brazos.
- Pues si amo, hace algo de frió pero usted no hace na’ por no tenerlo.
Gonzalo había salido de la alcoba con el torso desnudo y en calzón – Sátur, ya quiero vestirme cuando me asee - Gonzalo miró a su fiel escudero – Sátur, ¡me siento feliz!
Sátur que estaba poniendo en el fuego la olla de agua, se lo quedó mirando – Amo, eso no es nada nuevo.
- Pero esta mañana lo soy aún más y ya sabrás el porqué... En cuanto se levante Alonso los dos lo sabréis y ya me dirás si no tengo motivo para ello. Ahora me vuelvo a la alcoba, cuando esté lista el agua me avisas.

Gonzalo volvió a su alcoba dejando a un Sátur de lo más intrigado. Entró en su cuarto cerrando la puerta. Margarita seguía dormida pero sabía que tenía que despertarla. Ya hacía un rato que habían dado las campanas siete toques. ¡La veía tan hermosa! Siempre la veía igual de hermosa pero aquella mañana más que nunca.

Se subió a la cama y acariciándola con su voz, decidió despertarla – Margarita, despierta...
Cómo tantas veces la muchacha buscó postura para seguir durmiendo. Gonzalo sonreía al ver que ella no hacía por levantarse. La besó en la mejilla dulcemente – Margarita, que cuando menos te des cuenta Catalina viene a por ti - comenzó a hacerle cosquilla en la nariz y puso un beso en ella.

La voz de ella, sonó adormilada - Por favor, un poquito más...
- Sabes que por mí, te quedarías y más, ahora - Gonzalo acarició el brazo desnudo de su esposa. Margarita suspirando se revolvió en la cama y se puso mirando hacia él.
- No tienes piedad de esta futura mamá ¡Quiero dormir!
- Sabes que la tengo y si en un momento no sales de la cama, ya no dejo que te vayas y lo digo en serio.

Unos toques en la puerta hicieron que Gonzalo saltara del lecho y fuera a abrir. Era Sátur que traía el agua caliente en un balde – Aquí tiene amo...
- Gracias Sátur – le cogió el balde y dirigiéndose al mueble donde tenía la palangana volcó algo de agua en ella. Luego, volvió a la cama – Margarita, el agua la tienes en la palangana, si no te levantas ya no te dejo ir.
- ¡Está bien! ¡Me levanto porque sé que eres capaz de hacerlo! - la joven, incorporándose en el lecho alargó la mano cogiendo el camisón que lo tenía de cualquier manera echado a los pies de la cama. Se lo puso con prisa y apartando la ropa del lecho saltó de él pero se tuvo que sentar porque por un momento se le fue la cabeza.

- Te has mareado ¿verdad? – Gonzalo en seguida se acercó a ella.
- Un poco, es que me he levantado demasiado ligera ¡Si es qué me pone de los nervios!
- ¡Ah! Con qué yo te pongo de los nervios... ¿Y si ahora te prohíbo qué vayas a trabajar?
Margarita lo miró con el ceño fruncido - ¿No lo dirás en serio? ¡Gonzalo, que ahora más que nunca necesitamos ese sueldo!
Gonzalo vio en el rostro de su esposa tal preocupación que le conmovió el verla así - Margarita, no lo he dicho en serio, no puedo prohibírtelo pero si quiero que sepas, que si no fueras a trabajar ya nos apañaríamos, y ten por seguro, que a nuestro hijos nada le iban a faltar - lo dijo acariciándole el vientre.

- Gracias mi amor... – Margarita se inclinó hacia su esposo que estaba agachado ante ella y besó sus labios – Bueno, que el agua se me va enfriar y a ahora te metes en la cama y te vuelves de espalda hasta que me asees.
- Pero que manía la tuya Margarita ¿Qué importa que te vea asearte si te tengo más que vista desnuda? y para mí, es un placer verte.
- Gonzalo, una cosa no quita la otra y con respecto a mi aseo, me gusta la privacidad... Ya lo sabes, y sino, me voy al patio pero no querrás que coja un enfriamiento ¿verdad?
- A eso se le llama chantaje, ¿lo sabías? – Gonzalo sonría casi en la boca de ella.

Dándole un beso fugaz, se metió en la cama volviéndose de espalda mientras su esposa procedía a su aseo.




Las campanas de San Felipe daban sus nueve toques cuando Sátur terminaba de poner la mesa para el desayuno. Gonzalo salía de su alcoba seguido de su esposa.

– Sátur que bien huele hoy tus gachas.
- Amo, pues son las mismas de todo los días, es que hoy parece que todo es diferente pa’ usted... Buenos días señora Margarita.
- Buenos días Sátur.
- Esperemos que sean buenos, porque la nochecita ha sido de miedo ¡Pedazo de tormenta! ¡Vamos de no pegar ojo!
- Si Sátur, teníamos la tormenta encima, pero parece que hoy el día amanecido mejor, al menos de momento no llueve - mientras comentaba con Sátur, Gonzalo ocupó su sitio en la mesa. Margarita ya lo había hecho.

- No pensarás irte a Palacio sin tomar nada, algo debes de comer - él mismo le apartó a su esposa un plato de gachas.
- Gonzalo, esto es mucho y no lo voy a poder pasar.
- Si te pones a pensar que no vas a poder pasarlo, no lo pasas, eso seguro.
Sátur miraba a uno y a otro – Yo no me quiero meter en na’ pero esta vez tengo que darle la razón al amo, es que últimamente apenas come na’
- Sátur, no le des la razón a tu amo que es lo único que le falta a él.
Gonzalo sonriendo le arrimó aún más el plato... – Anda, come, que voy en busca de Alonso - se levantó y fue a la habitación del crío, abrió la puerta y desde el umbral llamó a su hijo - ¡Alonso, levanta hijo que ya estamos desayunando! ¡Aligera que te vamos a dar una sorpresa!

Gonzalo volvió a la mesa. Margarita intentaba de comer las gachas pero era imposible tragarla. Gonzalo se dio cuenta del esfuerzo que estaba haciendo, pero algo se tenía que meter en el estómago.

Sátur le apartó las gachas a su amo – Amo, ¿de qué sorpresa habla? Ya esta mañana temprano me dio a entender algo y yo estoy de lo más curioso por saber.
- En cuanto aparezca Alonso, ¡lo sabrás!
- ¿Qué... ¿Qué pasa padre? – Alonso había aparecido en la sala dando tumbos y con los ojos casi cerrados.
- Vaya, hoy no te tenido que volver a despertarte.

Alonso se sentó y cómo siempre dejó caer la cabeza sobre sus bracitos que había apoyado en le mesa.

- Alonso...
Gonzalo fue a recriminarle, pero el pequeño antes de que siguiera se le adelantó - Padre, sé lo que me vas a decir, ¡pero si es que no he podido dormir con esa tormenta! Ha sido un agobio.
- Ya hijo, lo sé, no es fácil dormir con una tormenta encima, pero ya sabes lo que pienso sobre que te eches en la mesa.
Alonso levantó la cabeza – Bueno, ¿a qué sorpresa te refieres?
- Así Alonsillo, así, a ver si tu padre decide decirlo de una vez porque a mí ya me tiene de lo más intrigao.
Gonzalo miró a Margarita y luego al plato – Veo que no hay manera...
- ¡Gonzalo, qué cómo siga comiendo lo echo! – a la muchacha se le notaba cierto enojo.
- Está bien, no te voy a obligar pero ya hablaré con don Jeremías.

- Y te va a decir lo que a mí, ¡qué debo comer! ¡pero las náuseas las paso yo! y ese... Ese preparado que me ha dado parece que no me hace mucho efecto.
- Margarita, debes tener paciencia, poco a poco te irá haciendo su efecto, no te preocupes por ello cariño – al decirlo, le cogió una de sus manos y se la apretó con ternura.
- Bueno, ¿nos va a decir en qué consiste esa sorpresa ¿o no? ¡Porque vaya si se está haciendo de rogar amo!
- Si padre, ¡venga ya! Que yo también estoy deseando saberlo.
Gonzalo miró a los dos con una sonrisa en los labios sin soltar la mano de su esposa -  Bueno, ahí va.... Dentro de unos meses vamos a tener a otro miembro de la familia con nosotros.

Sátur miró a su amo contrariado – Amo, no me dirá que le ha salío otro hermano por ahí...
- No Sátur, claro que no... Se trata de la venida de un nuevo hijo y un hermanito para Alonso.
El fiel criado iba a meterse la cuchara en la boca y se quedo con ella en el aire – Amo, me está diciendo que... Que la señora Margarita, ¿está embarazá? ¡La madre que me parió!, ahora comprendo lo que feliz que se siente ¡El caso es pa’ menos!
- Padre, ¿qué voy a tener un hermano? pero ¿cómo?

Gonzalo se emocionó al decirlo – Si Sátur, Margarita está embarazada y tú Alonso, vas a tener un hermanito con el que podrás jugar pero eso sí, tú serás el mayor y más que jugar, tendrás que cuidar de él.
- ¿De verdad padre? Podré jugar y cuidar de él ¿cómo Manolillo hace con su hermano?
- Claro, igual.
Alonso se levantó y se abrazó a su padre - ¡Qué contento estoy! ¡Qué contento padre!
Luego, se fue a su tía y la abrazó cómo siempre lo hacía –  Tía Margarita, ¿cuándo me vas a traer a mi hermanito?
- Bueno Alonso, todavía faltan unos meses pero yo te lo voy a traer cariño. Si Dios quiere, yo te lo voy a traer.

Alonso besaba las mejillas de su tía. Se apartó un momento de ella y se la quedó mirando – Tía, la madre de Manolillo cuando le iba a traer a su hermanito se le puso la panza gorda pero tú no estás gorda.
Margarita buscó la mirada de Gonzalo sonriendo – Cariño, eso poco a poco, pero seguro que me pongo tan gorda como la madre de Manolo.
- Amo, ¡déjeme qué le dé un abrazo! – se había levantado y se acercó a Gonzalo que hizo un tanto de lo mismo. Los dos hombres se fundieron en un fuerte y emotivo abrazo.

- Y si me permite, me gustaría darle otro a la señora.
- Sátur no tienes que pedir permiso para darme un abrazo - Margarita se adelantó a su marido al decirlo y salió al paso de Sátur.
Éste abrió sus brazos y rodeó el cuerpo de la joven besándola en la frente – ¡Cómo me alegro señora! ¡Cómo me alegro!
- Lo sé Sátur ¿Cómo no te vas alegrar si eres parte de esta familia?
- Gracias señora Margarita, y ahora comprendo todo su malestar y sus pocas ganas de comer.

Unos toques en la puerta interrumpió el momento de felicidad que invadía a todos. Gonzalo se dirigió a la puerta y la abrió dando paso a Catalina y a Murillo.

– Buenos días.
Todos contestaron al saludo de la mujer. Catalina se quedó mirando a Gonzalo – Por tu cara de felicidad, veo que ya sabes que tu Margarita está preñá.
- Lo sé Cata, ¡lo sé! - lo dijo lleno de orgullo.
- ¡Pues ya sabes! ¡A mimarla, y mucho!
- Para mimar a mi mujer no hace falta que esté embarazada, pero por supuesto que en esta ocasión, la mimaré aún más.
Margarita se levantó – Mejor nos vamos, porque como siga aquí, no voy a dejar de emocionarme con las palabras de mi marido.

- Margarita, coge una toca que hace fresco y ahora no conviene resfriarte.
- Tienes razón Cata, voy a por ella.
Nada más la muchacha se perdió dentro de la alcoba, Catalina preguntó a Gonzalo - ¿Ha desayunado?
- Apenas lo ha hecho, tiene temor a las nauseas.
- No te preocupes, que ya en Palacio haré que tome algo.
- Catalina, quisiera pedirte algo... Me gustaría que estuvieras pendiente de ella, no quisiera que nada le pasara.

- Gonzalo, hombre... Ya sabemos que vosotros los hombres siempre teméis que algo pueda pasar y que el embarazo no se logre, pero eso no tiene porque pasarle a Margarita.
- Cata, si ese hijo no se lograra, me dolería, ¡cómo no dolerme! pero no me refería a eso... A mí me preocupa mi mujer y en su estado más... Sabes que si ha vuelto a Palacio no ha sido por mi gusto pero no podía prohibírselo... Yo nunca creí en el arrepentimiento de Lucrecia, por eso todavía tengo ese malestar... Comprendes lo que quiero pedirte ¿verdad?
- Si Gonzalo, ahora comprendo. Ten por seguro que estaré pendiente de tu mujer.

Margarita llegaba en ese momento – Cata perdona, pero estaba buscando una toca más liviana, todavía no hace tanto frío para ponerse una de más abrigo... ¡Ea! pues cuando quieras nos vamos - miró a su marido - Hasta luego – se empinó y puso un beso en los labios de su esposo.
Gonzalo le tomó la cara entre sus manos – Cuídate, e intentas de comer algo ¿De acuerdo?
- De acuerdo señor Montalvo - levantó su mano derecha al dirigirse a su marido.

Él, la volvió a besar con mucha emoción. Margarita con los ojos brillantes se desprendió de sus brazos y salió presurosa detrás de Catalina. Gonzalo, suspirando profundamente apremió a Alonso que jugaba con Murillo - ¡Venga Alonso! ¡A vestirse!




Habían pasado ya quince días de cuando enteró a su marido de la felicidad que llevaba dentro de ella, y ante la insistencia de Catalina había decidido a hacer partícipe a sus amigas y compañeras de la feliz nueva. Aquella mañana, antes de irse al gabinete de costura prefirió a ayudar a sus compañeros en la cocina a preparar el desayuno de la Marquesa. Catalina daba órdenes a unos y a otros.

- Luisa, termina con eso de una vez, no vaya a ser que la Marquesa le dé por avisarte para que la peines antes de pasar al comedor... ¡Marta, qué esos panecillos no van en esa bandeja! ¡María, dame esa jarra pa’ echar la leche que ya está caliente! por cierto Alfonso, ve al establo a ver si Ezequiel ha ordeñado a la vaca y me trae la leche que tenga para ir empezando el dulce que tengo en mente... ¡Pero date prisa!

Todos en general miraban a Catalina algo extrañados, fue Marta quien habló – Catalina, ¿te pasa algo? porque estás que pareces una carretilla dando las ordenes...
- ¡Ay Marta! ¿tanto se me nota? pero mira, no me pasa nada y me pasa de todo y toda la culpa la tiene Margarita.
La muchacha que estaba cortando unas rodajas de fruta y poniéndola en una bandeja, se quedó mirando a su amiga – Cata, ¿de qué tengo yo la culpa?
- Muchacha, déjame que te recuerde que hoy pensabas de decirles a estos, lo que tú ya sabes...
- Pero Catalina, la mañana está comenzando y de aquí a la tarde ¡fíjate si hay tiempo!

La curiosidad de Marta se hizo ver – Margarita, ¿qué nos tienes que decir? ¡Ay, no me digas que el maestro te ha hecho un regalo! ¿A qué es eso?
- Ella, es la que le ha hecho el regalo a su marido – Catalina le hizo un guiño a Margarita.
Las muchachas hicieron un corrillo alrededor de la joven preguntando esto y aquello. Catalina tuvo que intervenir – ¡Ya vale, que me la estáis mareando! Anda Margarita, ven a sentarte - prácticamente la obligó a hacerlo - ¡Si es qué sois! La pobre mía tiene hasta mal color.
Margarita sentía en ella los ojos de sus compañeros esperando de ella algo, así, que se decidió a hablar – Bueno, os lo digo ya... De todas maneras es una cosa que no se va a tener por mucho tiempo oculta, pero no me miréis así, que no es nada malo, sólo es que... ¡Que estoy embarazada!

Todas empezaron a gritar de emoción y alegría abrazándola y besándola, lo que hizo que la muchacha se abrumara aún más y comenzara a llorar.

- Pero bueno, es que con vosotras no se puede... Mirad como me la habéis puesto ¡Venga cada uno a sus quehaceres!
Las chicas se fueron todas emocionadas a continuar con lo que estaban haciendo. Loreto se acercó a la joven con un vaso de agua – Toma Margarita, bebe un poco.
- Gracias Loreto – tomó el vaso y bebió un poco, luego le volvió a dar el vaso a la joven criada.
- ¿Te sientes mejor?

- Si Cata, es que me ha emocionado la alegría de las muchachas y por más que he querido contener las lágrimas no he podido y ahora sí, ya me voy a mi gabinete de costura.
Se levantó y se dirigió a la escalera camino del piso superior, cuando se dispuso a subir Catalina la retuvo – Espera Margarita.
La muchacha se giró – Dime Cata.
- ¿Se lo piensas decir a la Marquesa? lo de tu embarazo, claro.
- Catalina no me preguntes el porqué, pero de momento no pienso enterarla.

Diciendo esto y recogiéndose un poco la falda comenzó a subir la escalera que la conduciría a su cuarto de costura.





Los muros de Palacio tienen ojos y oídos.



Septiembre quedó atrás, y los días primeros de octubre eran grises y fríos. Desde su lugar de costura Margarita escuchaba golpear la lluvia sobre las vidrieras de colores. A veces, como aquella tarde y a pesar que era hora temprana, tenía que encender algún que otro candelabro para poder dar las puntadas. Dejó por un momento lo que estaba haciendo y se quedó muy pensativa. Sus pensamientos siempre eran los mismos. Aquel pequeño ser que poco a poco iba creciendo en su vientre llenaba su mente y su corazón para invadirla de una emoción indescriptible. Quería que los días volaran y con ellos, los meses para poder acoger en sus brazos a su pequeño bebé y ponérselo a su vez, a su padre en los suyos para que con ellos, lo acunara. Veía el rostro de Gonzalo emocionado con su pequeño entre las acaricias de sus manos y no podía evitar que las lágrimas afloraran a sus ojos. Unos toques en la puerta y una dulce voz, la sacó de sus pensamientos para volverla a la realidad.

- ¿Puedo?
Margarita soltó la prenda y se levantó al reconocer a quien pertenecía aquella voz - ¡Irene! ¡pero qué alegría! - le había salido al encuentro y las dos jóvenes se abrazaron con mucho cariño.
- ¡Cuántas ganas tenía de verte Margarita! de verdad que sí.
- Y yo Irene, te he echado de menos estas semanas.
- Bueno, cuéntame ¿Cómo te va? Me imagino que bien.

Se habían sentado en el diván pero ninguna se había percatado que no estaban solas, las dos muchachas estaban ajenas que alguien las vigilaba. Había visto que Irene entraba en el gabinete de costura y la curiosidad maliciosa hizo que se apostara pegada en la pared a la altura del umbral de la puerta para estar pendiente de lo que hablaban las dos jóvenes.

Margarita sonrío ante la pregunta de Irene – Me va muy bien, ¡más que bien Irene! pero dime... ¿Cómo es qué has regresado un poco más tarde de lo que tenías previsto?
- No pensaba que el ir a casa de mi tío y poner cierto orden para cuando regresara de Roma iba a hacer que me llevara más días de lo que tenía pensado... El ama de llaves se puso enferma y prácticamente tuve que hacer su trabajo pero lo importante es que estoy de vuelta... Regresé esta mañana y cuando pretendí verte ya te habías ido a tu casa. Te gusta almorzar con tu marido ¿verdad?

- Si Irene, ¡me encanta hacerlo! Lo que pasa con eso, que al quedarse Catalina a almorzar aquí y al ver que tengo que venirme sola, de alguna manera obligo mi marido a traerme a caballo... Siempre me dice que es mejor a que lo haga andando pero me lo voy a tener que pensar el ir a casa porque así Gonzalo se quedaría más tranquilo... Ya que con las lluvias, y que dentro de nada me va a costar cierto trabajo el trajín de aquí para allá...

Ante las últimas palabras de Margarita, Irene no comprendía - ¿Qué me quieres decir con que te va a costar cierto trabajo?
Margarita le sonrío – Irene, ¡es que, voy a tener un hijo!
- ¿Qué me estás diciendo? ¿Un hijo? ¡Estás embarazada!
- Si Irene, estoy embarazada... ¡Estoy, de lo más feliz!
- Me lo imagino Margarita y también me imagino cómo debe estar tu esposo.
- ¡Está dichoso Irene! Cuenta el tiempo que queda y todavía nos queda unos cuantos de meses.
- Pero dime, ¿de cuánto tiempo estás? ¿y cómo lo llevas?

- Acabo de hacer los dos meses ¡Estoy entrando ya en el tercer mes de embarazo! ¡Es qué no me lo creo Irene! ¿En cuanto a cómo lo llevo? Los primeros días, ¡pa’ qué contarte! Ahora, aunque todavía tengo mareos y náuseas, lo llevo algo mejor, ya no son tan continuos.
- Pero, ¡qué alegría Margarita! Me voy por unos días y mira con lo que me encuentro al regresar... Me imagino que ya en Palacio todo el mundo lo sabrá.
- Bueno, todo el mundo no, sólo las chicas, ni siquiera Lucrecia lo sabe... Hay cosas que no siempre gusta contar de primera... Ya tendrán tiempo de saberlo, que esto no se puede ocultar... - al decirlo se acarició el vientre.

- Tienes razón, bueno, no te entretengo más que querrás terminar lo antes posible para irte a tu casa – la joven se levantó y Margarita hizo lo mismo. Irene la abrazó – Te felicito de corazón y por supuesto transmite esa felicitación a tu esposo.
- Así lo haré Irene, y gracias.
- No me des las gracias Margarita, y ya me pasaré por aquí para hablar contigo y me cuentes como sientes moverse a tu bebé dentro de ti.
- ¡Claro que sí! Ya te diré como son sus pataditas.
- Entonces, ya nos vemos y no trabajes mucho - Irene se despidió de la joven y girando su cuerpo se dirigió a la salida.

Lucrecia, echando paso atrás se volvió dejando su escondite y con un andar lleno de naturalidad se dirigió a sus aposentos. Empujó la puerta cerrándola. Con paso lento se fue en dirección al ventanal. Se sentó en el diván recostando la cabeza en el muro. Su rostro estaba iluminado y una sonrisa de triunfo entreabría sus labios.

- ¡Ay Margarita, Margarita! Sin siquiera suponerlo, mi venganza... ¡Mi tan esperada venganza me la has servido en bandeja de plata! ¡Qué poco os queda de disfrutar esta felicidad! ¡Qué poco!




La campana del pregonero se hizo sonar a aquella hora tan temprana. Gonzalo salía de la alcoba cerrando la puerta para que Margarita siguiera descansando.

– Buenos días Sátur.
- Buenos días amo, parece que hay noticias frescas – Sátur avivaba el fuego de la chimenea.
- Eso parece.
- Según he escuchado en la taberna del Cipriano cuando he ido por la hogaza de pan, anoche, se escucharon tiros en la puerta norte de la Villa, quizá lo que venga anunciando sea algo referente a eso.

- No se Sátur, quién sabe - abrochándose la camisa se dirigió a la puerta y abrió ésta.

Un aire frío le dio en pleno rostro. Sátur siguió a su amo. Ya algunos vecinos salían también de sus casas. La campana no dejaba de sonar y el pregonero seguido de dos guardias y con un bando entre sus manos, hacía público lo que allí estaba expuesto.

- Se hace saber a los habitantes de la Villa, que desde hace unos días se puso en conocimiento de la autoridad que había desembarcado en el puerto de Bayona un hombre con las mismas características que el pirata Richard Blake... Después de unos días de seguimiento a dicho hombre, en la noche de ayer después de un enfrentamiento con la guardia, fue traído hasta las dependencias de la autoridad competente de esta Villa, el cuerpo ya sin vida del que fuera el más sanguinario de los piratas... Para escarnio público, su cuerpo será expuesto en la plaza de la Justicia a partir de las doce del mediodía del día de hoy hasta mañana a la misma hora en que su cuerpo será quemado en una hoguera.

El rostro de Gonzalo según iba escuchando se había ido poniendo lívido. Sátur miraba a su amo. Éste, en ningún momento había hecho por hablar pero su rostro contraído decía más que las palabras. Cuando el anunciador público pasó de largo, Gonzalo entró en la casa y Sátur cerró la puerta. Gonzalo se había sentado pasándose las manos por el cabello en un ademán de desesperación.

- Amo, a lo mejor no es cierto... A lo mejor han cogido a cualquier infeliz y lo van a hacer pasar por él.
- No sé Sátur, pero algo me dice que puede ser Richard, y sólo lo sabré cuando vea su cuerpo.
- ¿Y si fuera él? ¿Qué va a hacer entonces?
Gonzalo se levantó y dio unos pasos por la sala – Si fuera Richard, ten por seguro que no voy a permitir que sirva de escarnio público y menos aún, que quemen su cuerpo.
- ¿Se lo va a decir a la señora Margarita?
- Hasta que no esté seguro que es Richard, no... No quiero que esto la inquiete de momento.

- Pero si es él, tendrá que ir a Toledo a comunicárselo a la esposa, ¿no amo?
Gonzalo volvió a sentarse. De nuevo se pasó la mano por el cabello – Si es él, tendré que ir a comunicárselo a Mariana, pero creo Sátur que me estoy adelantado... Espero estar equivocado y que esta sensación que tengo, sólo sea eso, un equívoco.

- Buenos días – la voz de Margarita saliendo de la alcoba les hizo callar.
Gonzalo se acercó a su mujer – Buenos días cariño ¿Cómo has amanecido?
- De momento no estoy mal pero quien me parece que no está muy bien eres tú, ¿no es así? - lo dijo mientras se cerraba la toca sobre el camisón.
Gonzalo se sintió cogido – Claro que no ¿Por qué iba a estar mal?
- Yo no lo sé, dímelo tú.

Gonzalo buscó la mirada de su fiel escudero. De la forma que Sátur le devolvió la mirada supo lo que quería decir. Suspirando profundamente puso sus manos en los hombros de su mujer y la llevó hasta una silla. Cogiendo otra, la arrimó y se sentó junto a ella. Tomó las manos de su esposa entre las de él.

- Margarita, iba a mantenerte al margen de momento hasta no estar seguro, pero parece que han terminado con la vida de Richard - sintió una gran congoja al decirlo.
- Pero eso... ¡Eso es horrible Gonzalo! y... Y si no tienes la certeza, ¿cómo lo vas a saber? - mientras lo decía algo abrumada no dejaba de acariciar el rostro de su marido.
- Este mediodía exponen el cuerpo en la plaza de la Justicia... Si quiero saber si es él, tendré que ir hasta allá. Sólo te pido que hoy no se te ocurra pasar por la plaza, el espectáculo que allí se verá no será nada agradable ya que el exponer su cuerpo, es para que sirva de vejación pública, y no quiero que presencies cosas como esas...

- Pero... ¡qué terrible resulta todo lo que me cuentas! – la joven no pudo reprimir las lágrimas.
- No te aflijas mi amor, aún no sabemos si es él, puede haber un equívoco, así, que alegra tu carita y vamos a desayunar que Sátur ya tiene las gachas listas.
- Gonzalo, no podría probar en estos momentos nada, ya lo haré en Palacio... Voy a asearme y a vestirme.

Sátur que había estado pendiente de la conversación pero que en ningún momento intervino, al ver que Margarita se levantaba se acercó a ella – El agua ya la tiene caliente pero sobre el desayuno, debería tomar algo, aunque sea un vaso de leche... Hágalo por el amo y por ese precioso niño que está creciendo dentro de usted.
- Sátur,  no me cameles... Sabes que cuando no puedo pasar nada, no hay forma.
El buen hombre insistía – Sólo un poquito - lo dijo poniendo dos de sus dedos juntos.
Margarita suspiró – Ya veré, pero antes me voy a arreglar.





La pérdida de un amigo.


Se iba acercando a la plaza de la Justicia, Gonzalo sentía que su corazón le golpeaba con fuerza. La gente iba y venía, pero ni siquiera escuchaba lo que decían. Sus ojos estaban pendientes de la aglomeración que se había formado en torno al entablado que habían levantado y del cuerpo de un hombre atado a un poste, y donde alrededor de él, se había alzado una pira. En aquel momento no podía verle bien el rostro. Se acercó abriéndose paso entre el gentío. Lo hizo pausadamente, sin prisa, como si temiera llegar ante el patíbulo. La mirada de Gonzalo se posó en aquel cuerpo ya sin vida. Su rostro se contrajo de dolor.

Sus hermosas facciones de hombre no pudieron contener la aflicción al comprobar que aquel hombre atado al poste y cuyo cuerpo tenía indicios de haber sido tiroteado sin piedad, era Richard Blake. Por un instante lo recordó cuando lo trajeron a la Villa hacía meses atrás dentro de aquella jaula, pero vivo, sin embargo en aquel momento, lo volvía a tener delante, pero muerto. Como pudo aguantó el sollozo que quería salir de su garganta, tragó saliva e intentó recomponerse. Suspirando profundamente reaccionó, su mirada la dirigió a un lado y a otro. Quería inspeccionar los obstáculos que podía tener al querer sacar de allí el cuerpo del que fue un gran amigo.

Al pie de aquella tarima se encontraban cuatro  guardias. Dos en la parte delantera y otros dos en la parte trasera. Gonzalo comprobó las dos fachadas que se encontraba a la altura del patíbulo. Una quedaba a la izquierda y la otra, un edificio gubernamental, detrás del tablado. En la puerta de dicho edificio, se apostaba un guardia. Las dos fachadas hacían esquina a una calle estrecha. Por allí podría salir con una carreta hasta las afuera de la Villa.

El murmullo de la gente increpando al hombre causante de tantos robos y tantas muertes en los mares a las naos españolas, hizo que Gonzalo dejara a un lado sus pensamientos. La muchedumbre estaba muy alterada y se podía esperar cualquier cosa y la guardia no haría nada para impedir que aquel cuerpo fuera respetado, de hecho, estaba expuesto para eso, para que el gentío desahogara su rabia. Tenía que darse prisa antes de que el cuerpo de Richard fuera pasto de aquellos enloquecidos. Se retiró de la misma forma que llegó y apresuó su paso cuando se vio fuera de la plaza. No tardó en pisar el barrio de San Felipe. Subió de tres en tres los escalones empujando la puerta.

Sátur atizaba el fuego de la chimenea. Cuando lo vio entrar dejó lo que estaba haciendo. Por la cara de su amo, no hizo falta que le preguntara para saber que aquel hombre era Richard Blake. Gonzalo se fue derecho a su alcoba, Sátur moviendo la cabeza siguió a su amo. Gonzalo se dejó caer en la cama cubriéndose el rostro con las manos.

- Es Richard Sátur... Es Richard... - su voz sonaba enronquecida por la conmoción que lo embargaba.
- ¿Y qué va a hacer amo?
Gonzalo levantó su rostro anegado por la emoción y se pasó las manos por él – Sacarlo de la Villa de momento. ¡No voy a consentir qué su cuerpo sirva de escarnio a nadie!
- Pero esperará a la noche ¿no amo? – Sátur lo preguntó incrédulo.
- No Sátur, no puedo esperar a la noche, ve preparando la ropa, en un momento subo y te digo lo que he pensado...
Sátur afirmó con la cabeza. Salió de la alcoba y no tardó en volver con la escalera.
– Esto de tener que ir ahora por la escalera al patio... y menos mal que su mujer no se encuentra que sino... ¡Vamos que me veo subiendo por el tejao!

Gonzalo que se mantenía en la misma postura no dijo nada ante el comentario de su escudero. Éste, subió por la escalera y abriendo la trampilla se perdió dentro de la guarida. Gonzalo seguía sumido en sus pensamientos, tenía que tener claro lo que iba a hacer, nada podía fallar. Se pasó la mano por el cabello y suspirando profundamente se levantó dirigiéndose al arcón, subió a él y de allí, a la escalerilla. Cuando traspasó el hueco tiró de la escalera hacia arriba cerrando la puertecilla.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Sep 04, 2016 5:18 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,8


La tarde iba declinando. La gente no dejaba de arremolinarse en torno a la tarima. Todos querían ver al pirata Richard Blake, la mayoría, para insultarlo y tirar piedras a su cuerpo ya sin vida. Desde que lo expusieron sobre las doce de la mañana no habían dejado de pasar gente. Unos, por curiosidad, otros, para hacer ver su indignación y dejar su vejación o burla arrojando sobre el cuerpo lo que pudiera caerles en las manos. Los cuatro guardias, se mantenían al pie del entarimado, ellos parecían disfrutar con todo aquello. Las campanas de la iglesia más cercana daban seis toques.

Un carro, hizo su aparición deteniéndose delante de la fachada principal, la que se encontraba detrás del patíbulo. El hombre que lo guiaba, cubierto con una capa se bajó de él metiéndose entre el gentío, al parecer, era un curioso más. De pronto, todos los presentes alzando sus ojos vieron algo volar desde los tejados del edificio gubernamental. Sus voces gritaron su nombre. Los guardias ante el murmullo de la gente levantaron sus miradas. Tanto los que se encontraban en la parte trasera como los que se encontraban delante del patíbulo ya preparaban sus arcabuces, pero antes que dispararan sus armas unos y otros, el embozado se había dejado caer desde el tejado al carro y desde éste, de un salto, golpeó con sus piernas a los dos guardias que tenía ante él.

No les dio opción a defenderse, desenvainó la katana y parando en seco el acero de ellos, con un volteo de cuerpo asestó un corte limpio en el cuello de uno de ellos. Mientras sorteaba los disparos de la guardia, con un shuriken hacía caer al segundo. Evitando con sus movimientos en zig zag los disparos de los dos que quedaban en pie, Águila hizo uso de aquellas estrellas punzantes arrojándolas sobre el cuello de aquellos dos hombres que cayeron heridos de muerte sobre el entablado. Un sexto sentido le avisó, y haciendo una cabriola esquivó la bala que había sido disparada por el oficial que custodiaba la puerta del edifico de gobierno, a la misma vez, su mano arrojaba con fuerte impulso otro shuriken sesgando la vida de aquel hombre. Ante los ojos expectantes de todos los que se encontraba en aquel lugar, envainó su katana. Subió a prisa por la pira y con la daga que había extraído de su bota comenzó a cortar las cuerdas que sujetaban el cuerpo del pirata Richard Blake.

El hombre encapuchado que había llegado hasta allí con el carro, se abrió paso entre el gentío y al igual que llegó desapareció por una de las calles colindantes.

Águila, según iba cortando las ligaduras con una mano, con la otra sujetaba el cuerpo inerte de su amigo. Cuando ya estuvo suelto de amarre y como si aquel cuerpo no le pesara al portarlo, se lo echó sobre los hombros y con la misma premura dejó la tarima para acercarse al carro dejando caer el cuerpo de Richard. Gonzalo temía que del edificio principal salieran algunos guardias más, eso le haría perder tiempo, como también sabía, que ya habían tenido que dar la voz de alarma y que la cuadrilla del Comisario no tardaría en llegar.

Cubrió el cuerpo con una loneta y subiendo al pescante de un salto, tomó las riendas. De pie, incitó al caballo a ponerse en marcha todo veloz por la calle que hacía esquina a las dos fachadas que rodeaban el patíbulo, se perdió en ella ante el estupor de unos, la indignación de otros y la admiración de muchos. Veloz como el viento salió de aquella calle embarrada por el agua caída toda la mañana saliendo de la Villa. Algunos convecinos se le quedaban mirando alucinados al ver quién era el loco que conducía aquel carro.

Había recorrido ya un camino, un buen trecho, lo suficiente para hacer que el caballo apaciguara su marcha. La noche estaba cayendo y tenía que llegar lo antes posible a su lugar de destino. Gonzalo con su mirada buscaba algo o a alguien. A unos metros una figura con capa y capucha cubriendo su cabeza salía de detrás de un árbol tirando de las riendas de Minero. Gonzalo hizo que el caballo que tiraba del el carro se detuviera a la altura del encapuchado. El hombre se echó la capucha hacia atrás.

– Amo, ¡que creía que le había pasao algo!
- Salir de esa dichosa calle me ha costado lo suyo, tan estrecha y tan embarrada no me dejaba correr demasiado  – lo dijo mientras se bajaba el embozo y saltaba del carro.

Con la ayuda de Sátur tuvo que realizar una tarea difícil y penosa. Descubrió el cuerpo de Richard y rebuscó entre sus ropas. No encontró nada, pero mirando sus manos comprobó que en la derecha, llevaba un aro en el dedo índice. Con trabajo lo extrajo y miró el interior. Había una inscripción, “Mariana” Un nudo le apretó  la garganta. Se lo guardó en el chaleco y de nuevo cubriendo el cuerpo con la loneta procedieron a atarlo con las cuerdas que llevaban en el carro.

- Sátur, tenemos que darnos prisa, quiero volver lo antes posible a la casa... El hecho que Catalina convenciera a Margarita para que la acompañara con los niños a casa de su hermana me ha ayudado bastante, pero quisiera volver antes de que ella regrese.
- No se preocupe amo, que lo más gordo ya a pasao, ahora cogemos el camino de Toledo y enseguida estamos en la gruta.
- Pues pongámonos en marcha - lo dijo mientras montaba a su corcel y Sátur, subía al carro jaleando a su caballo. Seguidamente, tomaron el camino de Toledo.

Fueron lo más de prisa que pudieron. Con los caminos llenos de barros era difícil tirar de un carro por mucho que se jaleara al caballo. Las ruedas se incrustaban en el lodo y dificultaba al animal a seguir. Se metieron por el bosque hasta salir de él y ya en espacio más abierto, localizaron un terreno elevado que se componía tanto de piedra como de tierra. Gonzalo llevaba una antorcha en su mano, enseguida consiguió ver lo que buscaba.

- Aquí es Sátur – lo dijo mientras se bajaba de su montura y se dirigía a la entrada de una pequeña gruta que se encontraba bajo aquella loma.
Sátur ya había detenido el carro bajándose de él – Mejor sea que nos aligeremos amo, que el camino nos ha entretenío bastante.

Gonzalo dejó la antorcha en el soporte del carro y con la ayuda de su escudero transportaron aquel cuerpo envuelto en la loneta y lo introdujeron en la gruta. Ésta no era nada profunda. Luego, Gonzalo cogiendo un machete comenzó a cortar ramas para ir cubriendo aquella entrada, mientras, Sátur había desganchado el caballo del carro y procedió hacer lo mismo. Cortaron grandes ramas de árbol para cubrir el carro, las suficientes, para quien pasara por allí pudiera confundirlo con la vegetación que abundaba por aquel lugar.

- No creo que pase mucha gente por aquí, no suele ser camino de paso... ¡Vámonos Sátur! Mañana a primera hora ya estaremos de vuelta por aquí.
- Espero que al carro no le pase na’, que por el alquilé que se ha pagao por él... Y ya me lo ha advertío el Ceferino, que lo quería de vuelta como me lo llevaba.
- No podía coger el nuestro Sátur... A Margarita podía extrañarle el no ver el carro en la casa.
- Ya amo, lo entiendo.

Tanto Gonzalo como Sátur ya se habían subidos a sus respectivos caballos y emprendieron la vuelta por el mismo camino que lo habían llevado hasta aquel lugar. Gonzalo se mantenía callado mientras cruzaban el bosque. Sátur no dejaba de observarlo.

– Amo, que está usted muy callao.
- Sátur, tengo tantas cosas en la cabeza que no dejo de darle vueltas...
- Pues amo, comparta todo eso que le da vuelta, aunque ya me imagino lo que es.
- No puedo dejar de ir a Toledo a llevarle el cuerpo de Richard a su esposa, pero por otro, no quiero dejar a Margarita sola y lo que me corroe, que de alguna manera no dejo de mentirle... ¡Cómo quisiera liberarme de este pesar Sátur! Cómo quisiera que ella supiera mi verdad y no tener que hacer nada a escondidas.

- Amo no se aflija... Usted iba a contárselo pero por unas cosas y por otras, pues no ha podío ser y como usted dice, en el estado en que está ella ahora, no creo que sea muy conveniente.
Habían salido del bosque, Gonzalo miró a su escudero – Tienes razón Sátur, de nada sirve afligirse, ya habrá un tiempo en que pueda hablar con ella, y ahora Sátur, apretemos a los caballos, quiero llegar cuanto antes.

Diciendo esto, Gonzalo azuzó a su corcel partiendo a galope seguido de un Sátur, que no tenía la soltura de su amo para mantenerse encima de su caballo.




Margarita traspasaba la puerta de su casa acompañada de Alonso. Le pareció extraño encontrarse la puerta completamente cerrada por lo que dedujo que ni Gonzalo ni Sátur se encontraban. Ya dentro comprobó que así era. Se quitó la toca dejándola en el respaldo de una silla. Se acercó a la chimenea, las brasas estaban a punto de extinguirse. Echó leña y procedió a avivar el fuego. Enseguida la estancia se fue caldeando. Alonso se había sentado con carita de cansancio, la joven se le acercó y sentándose junto al pequeño lo abrazó con mucho cariño y mimo.

- ¡Ay mi niño! ¡Si parece que tienes sueño! pero todavía es algo temprano para acostarse y además tienes que cenar... Descanso un poquito y me pongo en ello ¿Por qué no haces la tarea del colegio? así mañana que es domingo sólo te tienes que dedicar a jugar.
- ¡¡Uff tía!! Ahora no que estoy muy cansado - Alonso se arrebujó en los brazos de Margarita. De pronto dejó los brazos de ella para mirarla con sus ojitos picarones - ¡Tía! ¿te has dado cuenta de lo qué estaban hablando la gente al pasar por la taberna de Cipri? ¡Fíjate! ¡Dicen que Águila ha robado el cuerpo de ese pirata! ¡Uff! ¡cómo me hubiera gustado verlo! ¡¡Ha tenido qué ser fantástico!!

Al escuchar a Alonso la sonrisa de momentos antes se borró de sus labios. Claro que lo había escuchado y al hacerlo, pensó que si aquello era verdad, quizá Gonzalo no le habría dado tiempo de saber si realmente ese hombre era o no, Richard Blake.

Alonso esperaba una respuesta de su tía – Tía Margarita, que te estoy hablando... ¿Te pasa algo?
- ¡Oh no cariño! es que estaba pensando ¿Qué me decías?
- Que ¿por qué crees tú qué Águila se ha robado a ese hombre?
- Bueno, pues pienso que siendo él un hombre un tanto especial... Un hombre que protege al pueblo de las injusticias y ante lo que estaban haciendo con el cuerpo de ese hombre, no importa lo que hubiera hecho, nadie... Nadie tiene derecho a que ese cuerpo sirva de escarnio, de vejación después de muerto. A los muertos Alonso, hay que dejarlos descansar en paz y Águila, al robarlo, lo que ha impedido es eso, que nadie se burle, que nadie humille a alguien que ya no puede defenderse.

En eso, la puerta de la cuadra se oyó chirriar. Margarita se levantó y se dirigió a ella. Desde la puerta de la sala vio cómo su marido y Sátur entraban tirando de las riendas de sus respectivos caballos.

– ¿Pero se puede saber de dónde venís a estas horas?  La noche se presenta algo fría y por lo que veo Sátur, tú si te pones la capa que te arreglé pero mi marido como que parece que le cuesta trabajo hacerlo.
- Y no sabe el avío que me da... ¡No lo sabe usted bien! - le sonrío todo agradecido
Las miradas de Gonzalo y su fiel escudero se cruzaron por un momento. Le dio la rienda de su corcel a su escudero y se acercó a su esposa - Hola cariño, ¿cómo te encuentras? – la besó dulcemente en los labios.
- No estoy del todo mal, pero no me has contestado, o mejor dicho, ninguno de los dos me habéis contestado de donde venís.

- Ahora te contesto yo, pero me gustaría hablar contigo a solas... Me imagino que Alonso está en casa.
- Si, está sentado en la mesa, ¿pero pasa algo?
Gonzalo se volvió hacia Sátur – Sátur, libera tú a Minero de la silla, voy a hablar con Margarita - Gonzalo poniendo sus manos en los hombros de su esposa pasó dentro de la sala. Alonso estaba jugando en la mesa con unas canicas. Gonzalo se acercó a él y besó su rubio cabello - ¡Qué! ¿Cómo te has portado?
- ¡Pues bien padre! ¡A qué si tía Margarita!
- Claro que te has portado bien cariño, tú siempre te portas bien. Ojala algunos se portaran como tú - lo dijo sin mirar a su marido pero para él, no hacía falta que lo hiciera, recogió la insinuación.
- Ven, vamos a hablar y no tienes que andarte con indirecta. Yo voy a explicarte...

La cogió con delicadeza por un brazo y se dirigieron a la alcoba. Cuando estuvieron dentro de ella, Gonzalo cerró la puerta y se quedó mirando a su esposa. Le puso las manos en los hombros e hizo que se sentara en la cama. Él se sentó junto a ella.

- Gonzalo, ¿me quieres decir de una vez que es lo qué está pasando?
Su esposo le tomó las manos – Margarita nada más irte con Catalina me acerqué a la plaza de la Justicia, era Richard.
Margarita palideció – Estás, ¿estás seguro?
- Si Margarita, es Richard... Sé, que no es el momento más adecuado porque no quiero dejarte sola, pero debo salir mañana a primera hora para Toledo para informárselo a Mariana... Si salgo temprano volveré lo más tardar en la noche. No quiero dejarte mucho tiempo sola.  
- No sé qué decirte, es todo tan raro, tan extraño, ¡tan terrible!... Sé que debes ir a enterarla... Por mí no te preocupes pero tiene que ser horrible para ella saber que su marido está muerto y no ver su cuerpo.

Gonzalo se estremeció. Margarita buscó sus ojos y con sus delicadas manos acarició el rostro de su marido – Va a hacer muy duro para ti, ¿verdad?
Gonzalo tomó las manos que le acariciaban y se las llevó a los labios posando un beso en ellas - Siempre es duro una cosa así pero Mariana es una mujer fuerte.
- Al menos le quedará el consuelo de saber que su marido no ha servido de escarnio a nadie.
Gonzalo se la quedó mirando con el ceño fruncido. Margarita contestó a su mirada – Gonzalo no me mires así... Yo no he ido para nada a la plaza de la Justicia pero todo lo que pasa aquí se corre como la pólvora. No se ha dejado de hablar durante toda la tarde en la Villa lo que ha  hecho Águila Roja, ¿o es qué tú no te has enterado?

Gonzalo tenía que contestar y rápido, no podía ni titubear al hacerlo – Si Margarita... Claro, claro que me he enterado, por eso de nuestra salida... Al escuchar lo que había hecho ese hombre, decidimos salir fuera de la Villa por si podíamos dar con el cuerpo de Richard pero no sé que habrá hecho ese enmascarado con él... Por más que hemos buscado no lo hemos encontrado.
- No te afijas por ello, ese hombre le habrá dado cristiana sepultura... Tu amigo, seguro que descansa en paz.

Gonzalo la atrajo hacia él y la abrazó apretándola con fuerza. Cerró sus ojos. Se sentía tan cobarde, tan mezquino al mentirle... Pero ¿cómo decirle en aquel momento la verdad? ¡No podía! Esa verdad podía causarle mucho daño en las circunstancias en que se encontraba. Sus pensamientos quedaron interrumpidos ante una pregunta de ella.

- Dime Gonzalo, ¿qué va a pasar con Mariana? ¿Crees que ella volverá con su familia a Vigo?
Gonzalo la apartó de él con suavidad y se levantó de la cama. Dio varios pasos por la habitación acomodándose sobre el borde de la mesa y cruzando los brazos sobre su torso.

– No creo... Cuando sus padres murieron en aquel naufragio y se casó con Richard, los tíos y demás familia le dieron de lado porque se casaba con el causante de la muerte de ellos. Mariana es orgullosa y no creo que vaya a pedir caridad a quien en un momento le dieron la espalda... Si no me equivoco, Mariana seguirá en Toledo... Ella se ha ido adaptando durante estos meses a la vida que lleva ahora, pienso, que tiene a su lado a alguien donde poder apoyarse... En Alberto, encontrará un buen refugio.

Margarita se levantó y fue a rodear con sus brazos el cuerpo de su marido apoyando la cabeza en su fuerte pecho. Gonzalo acaricio el cabello de su esposa – Hasta que mañana en la noche no esté de vuelta, no estaré tranquilo.
- Gonzalo, no soy una mujer enferma, soy una mujer embarazada - mientras lo decía, acariciaba con sus dedos la camisa y el tórax de su esposo.
Gonzalo sonrío ante el comentario de ella – Lo sé, pero no dejas de tener esos achaques.
Fue en ese momento, cuando Margarita acariciaba el pecho de su marido que se dio cuenta - ¿Te has quitado el colgante?

Gonzalo al principio no comprendía, una de sus manos se la pasó por su cuello y el pecho – No lo tengo... No, no me lo he quitado, quizá lo he perdido Margarita - lo dijo con una gran aflicción.
- A lo mejor se te ha caído aquí, en casa. No te preocupes, seguro que aparece.
- Sentiría mucho si se hubiera perdido, representa mucho para mí, para nosotros - tomó el rostro de su esposa entre sus manos – Lo siento cariño... Sé, todo lo que ese colgante ha significado para ti.
Margarita lo miró a los ojos – Gonzalo, seguro que aparece para que lo sigas llevando contigo, donde menos nos imaginemos ahí está... Ya mañana más tranquila lo busco y ahora, ¿piensas marcharte muy temprano?

- Antes de que amanezca pero tú no te preocupes... Tú te quedas en la cama y abrigadita que ya hace frío, tienes que velar por este - al decirlo le pasó la mano por el vientre.
- ¡Te voy a enseñar una cosita! - Margarita se dirigió a una canastilla que tenía depositada en una silla y cogiéndola por el asa la llevó hasta la cama. Sacó una linda camisita de interior en tono blanco. Se volvió a Gonzalo con ella entre sus dedos - ¿Te gusta? la terminé ayer.
- ¡Está preciosa! ¿Pero no crees que estás cosiendo demasiado? Todavía quedan unos cuantos de meses y ya tienes ciertas cositas hechas. En poco más de un mes no has dejado de tejer, de bordar... No deberías esforzaste en demasía Margarita, tómatelo con tranquilidad, esto también te debe marear bastante.

- Dice un dicho, que “sarna con gusto no pica”... Haciendo estas cositas es imposible que me siente mal. ¡Es tanta la ilusión que me hace coser esta ropita!
- Ya lo sé cariño, y a mí también me hace mucha ilusión verlas pero lo que quiero, es que te lo tomes con calma.
- Está bien, no te preocupes, me lo tomaré con calma - lo dijo mientras se volvía a colocar de nuevo la camisita en el interior de la canastilla. Luego, la llevó al sitio de donde la había cogido – Bueno, creo que ya es hora que vaya a preparar la cena... Me imagino que querrás acostarte antes si piensas salir temprano.

- Sabes que no me importa la hora. No soy perezoso a la hora de levantarme por muy tarde que me acueste, pero anda, Alonso ya debe tener sueño, por cierto, no te he preguntado por la hermana de Cata – lo dijo saliendo de la alcoba.
- Está algo mejor, mañana Catalina también va a ir a echar un rato con ella... La pobre de momento no se puede mover mucho con la pierna, esa caída la ha dejado fastidiada por unos días y aunque tiene la ayuda de sus hijos, Cata no quiere que todo caiga sobre los chicos.

Alonso tenía la carita apoyada sobre sus bracitos en la mesa. Sátur se encontraba junto él e intentaba con carantoñas hacer que el pequeño se distrajera y de alguna manera, también le sacaba una sonrisa. Cuando vio que su amo y Margarita salían de la habitación, se levantó – Amo, que voy un momento a casa del Cipriano, quedé en recoger una hogaza de pan y...
- No te preocupes Sátur, voy yo...  Tú, te quedas con Margarita y le ayudas con la cena - al pasar por la mesa le hizo cosquilla a su hijo en la cabeza – Despabila Alonso...

Gonzalo se dirigió a la puerta principal y abriéndola salió afuera, la entornó bajando los escalones que lo separaba de la calle. Mientras dirigía sus pasos a la taberna de Cipri no dejaba de sentirse mal. No quería ocultar más su verdad a su amada esposa pero las cosas se habían ido entrelazando de una manera, que en aquel momento le era imposible hablar con ella de ese secreto que lo embargaba llenándolo de un gran desasosiego. Intentó serenarse entrando en la taberna. Cipri le extrañó al verlo.

- ¿Cómo tú por aquí Gonzalo?
- Ya ves, me he cambiado por Sátur, él iba a venir por la hogaza pero he preferido que se quede ayudando a Margarita... Anda, dámela que ya me marcho.
- Espera hombre que te sirvo un vinillo – el tabernero y amigo le puso al maestro por delante un vaso.
- No Cipri, te lo agradezco pero no se me apetece.
Cipri se lo quedó mirando - ¿Te pasa algo? No tienes muy buena cara.
- ¡Ah no! Estoy bien, sólo algo cansado.
- Bueno, si sólo es eso... Anda, toma – Cipri le puso la hogaza de pan sobre el mostrador. Gonzalo la tomó y se despidió de su amigo – A más ver Cipri.
- A más ver Gonzalo y descansa hombre.

Gonzalo salió de la taberna y volvió sobre sus pasos en dirección a su casa. Iba tan absorto que no se dio cuenta que una persona que venía en dirección contraria al llegar a su altura, lo detuvo por el brazo.

- Buenas noches maestro.
Gonzalo se quedó consternado al ver al padre José – Padre, no... No lo había visto.
- Ya, ya me he dado cuenta. Si me llegas a ver, das la vuelta por la otra calle.
- Padre, no diga eso.
- Bueno, tengo que reconocer, que desde que te casaste no has intentado evitarme del todo pero a ver ¿Qué es lo que te tiene tan ensimismado que ni siquiera te has dado cuenta que casi tropezabas conmigo? Algo te preocupa ¿verdad? aunque sé, que no me lo vas a decir.
Gonzalo se sintió apurado – Padre, no sé cómo decirle que está equivocado... No hay nada que me preocupe, no sé por qué piensa eso.

- Gonzalo, aunque no solemos hablar, yo te conozco más de lo que tú crees... Aunque la mayoría de las veces intentas esquivarme, sólo con verte de lejos sé cuando algo te atormenta y hoy aprecio eso. Acaso ¿se encuentra mal Margarita?
- ¡Oh no padre! Ella está bien, bueno, quitando esos malestares propios de su estado claro, y quizá lo que usted aprecia en mí, es sólo que estoy algo cansado - Gonzalo quería que el padre José diera por terminada aquella conversación.
- Si tu esposa se encuentra bien, entonces tiene que ser otra cosa lo que te abruma, no creo que sea sólo sea cansancio pero bueno, tú sabrás... Pero déjame darte un consejo... Tienes una linda esposa y si algo te preocupa háblalo con ella, porque espero, que tú a tu esposa no le ocultarás nada ¿no?

Gonzalo no dejaba de mirar al sacerdote. No comprendía la forma de hablar del padre José con él – Padre, a mí esposa nada tengo que ocultarle... Entre nosotros hay la bastante confianza para...
- Yo me alegro de eso Gonzalo, porque para que un matrimonio funcione, lo principal es que ninguno de ellos tenga secretos para el otro.
- Padre no le entiendo... No sé porque me dice todo esto - aquello lo estaba sobrepasando. No entendía la postura del señor cura.
- No te preocupes hombre... No deja de ser un consejo de un viejo sacerdote. De sobra sé, que si algo te inquieta sabrás solucionarlo, nadie mejor que tú que eres un buen maestro... Bueno, y ya no entretengo más, que me imagino que los tuyos te estarán esperando para la cena pero ya sabes, para cualquier cosa, sólo tienes que buscarme y hablamos de lo que sea, maestro.

El sacerdote, dándole una palmada en la espalda se alejó de él dejándolo algo perplejo. Gonzalo lo vio perderse calle arriba. Luego, muy pensativo dirigió sus pasos hacia su casa.




La despedida.


Todavía no había amanecido cuando Gonzalo y Sátur prepararon los caballos. Hacía algo de frió y parecía que el cielo amenazaba lluvia. Procuraban hacer el menos ruido posible, no querían despertar a Margarita ni a Alonso. Gonzalo se había vestido en la sala por lo mismo, cuando se dispusieran a salir ya iría a despedirse de su esposa. Cuando todo estuvo listo. Gonzalo le pidió a Sátur que esperara un momento. Entró en la sala y cogiendo una vela se dirigió a la alcoba. Abrió con sigilo la puerta y entró cerrándola. Se acercó a la cama dejando la vela encima de la mesita. Miraba a su esposa que dormía tranquila, plácidamente. Le invadió una gran ternura el verla tan ajena a tantas cosas. Puso una rodilla en la cama y con suavidad le apartó el cabello de su cara. Con sus dedos acarició aquel rostro hermoso de ella. Al contacto de aquel roce, Margarita se removió en el lecho pero no abrió los ojos. Gonzalo se inclinó sobre ella y le habló en un susurro.

- Margarita cariño, me marcho... – le puso una mano en el hombro y la zarandeó con dulzura.

La muchacha con trabajo abrió sus penetrantes ojos negros.

- Perdóname por haberte despertado pero no quería irme sin despedirme de ti.
La joven se pasó la mano por los ojos y se incorporó en la cama – Por... ¿por qué no me has llamado? Os hubiera preparado algo.
- No había nada que preparar y tú, no tenías porque levantarte.
Margarita lo miró fijamente, alzó su mano acariciando el rostro de su marido – Todavía no te has ido y ya te echo en falta.
- Estaré de vuelta lo antes posible, cuidate ¿vale? – Gonzalo acaricio con su dedo índice el contorno de los labios de ella.

Se acomodó mejor en el lecho y la atrajo hacia él buscando su boca y donde ella, encontró refugio para corresponder al beso apasionado de su esposo. Fue un beso largo, prolongado, ardiente, donde a través de aquel beso, se dijeron todo el amor que sentían el uno por el otro.

Gonzalo la apretó contra su pecho – Te amo tanto... Si estuviera en mi mano no me iba... No quiero dejarte sola, algo me dice, que quizá cualquier cosa  puede pasar en este tiempo.
Margarita se apretó con más fuerza contra él - ¿Qué puede pasar Gonzalo? Nada mi amor. Yo voy a estar bien, aquí, esperando tu vuelta pero eso sí, no tardes mucho... Quiero quedarme dormida contigo, aquí, en nuestra cama.
- Claro que si cariño. Yo estaré de vuelta para que te quedes dormida en mis brazos después de hacerte el amor - las últimas palabras se lo dijo de quedito, en un susurro.
Margarita se apartó de él sonriendo – ¡No te cansas nunca! y eso, que ahora me quedo dormida antes de tiempo qué sino... Bueno, anda, que Sátur te estará esperando y pensará lo que no es.

Gonzalo volvió a acariciarla y poniendo un beso fugaz en los labios de su esposa se retiró de la cama. Se iba en dirección a la puerta cuando escuchó la voz de su mujer.

- ¡Espera Gonzalo! – la muchacha se levantó con cierta rapidez y poniéndose las zapatillas en chanclas se dirigió al arcón de su marido abriéndolo. Sacó la capa y cerrando el arca se levantó yendo hacia su esposo - Hace frío y creo, que ya es hora de que la estrenes... Voy a tener que pensar que no te gusta...
- Para nada, simplemente que todavía no había hecho bastante frío pero hoy... Hoy, si me la llevo puesta.

Margarita abrió aquella ropa de abrigo y empinándose sobre las puntas de sus pies, le pasó a su marido la capa por sus hombros abrochándole el corchete y luego atando las cintas de ella.

- ¡Listo! Pareces un marqués con ella, pero un marqués, ¡de lo más gallardo y atractivo!
- ¡Vaya! mi esposa siempre halagándome.
- Te lo mereces y lo de marqués, no voy muy mal encaminada ¿No crees?
- Margarita, no le des vuelta a esa cabecita... - Gonzalo cariñosamente le dio con el dedo dos golpecitos a la muchacha en la frente.
- Ya sé que no quieres que me comas el coco con tu historia, y no lo hago. Sabes que no suelo hacerte pregunta sobre ello, pero anda vete ya, que contra más pronto te vayas más pronto vuelves - lo empujó abriendo la puerta. Margarita cogiendo de la cama su toca, salió siguiendo a su marido.

Sátur esperaba a su amo al calor de la lumbre, la cual había avivado echando más leña a ella. Cuando lo vio aparecer se levantó saludando a la joven - Buenos días señora.
- Buenos días Sátur – lo dijo cubriéndose más los brazos con la toca y cruzándosela sobre el pecho.
Gonzalo se volvió hacia ella – No salgas, hace frío.
- La toca me abriga, quiero verte marchar.

Gonzalo la miró lleno de amor saliendo a la cuadra. Sátur siguió a su amo. Tomaron las riendas de sus caballos, Gonzalo abriendo el portón salieron a la calle. Todavía las sombras de la noche no dejaban ver la claridad del nuevo día. Margarita les siguió hasta la misma puerta, su marido se acercó a ella y la abrazó fuertemente. Sentía una sensación extraña, no era la primera vez que había tenido que salir hacia Toledo y nunca había sentido temor alguno como el que sentía en aquel momento.

- Cuídate cariño y con referente al colgante, no vayas a marearte buscando, ¿vale?

La besó con ternura, luego, se volvió hacia su caballo, poniendo el pie izquierdo en el estribo y su mano en la silla, impulsó su cuerpo acomodando éste a la montura. Al hacerlo, la capa hizo un revoloteo que hizo que Margarita sintiera de nuevo aquella extraña impresión. De nuevo en su mente se reflejó el rostro del embozado. Tragó saliva e intentó recuperar el aliento. No quería que Gonzalo apreciara el malestar que sentía en aquel momento. Él, con las riendas en las manos bajó su mirada para ver los hermosos ojos de su esposa que en aquel momento estaban clavado en los suyos.

- Espérame despierta - sonrío al decirlo.

Margarita, recobrando la lucidez y dejando atrás aquella dichosa sensación, alargó su mano. Gonzalo la tomó estrechándosela fuertemente. Con sus ojos, le dijo todo lo que la amaba. Ella asintió con los suyos desprendiéndose de su mano. Luego miró a Sátur - Cuídamelo Sátur - su voz se escuchó algo emocionada.
- No se preocupe, que conmigo al amo nunca va a pasarle de na’...

Gonzalo no quería alargar más la despedida y dejándole una última mirada de amor a su esposa espoleó a su corcel partiendo a trote lento. Sátur, siguió a su amo después de despedirse de la muchacha. Margarita los vio perderse calle arriba. Cuando las sombras los envolvieron cerró el portón de la cuadra entrando en la sala. Suspirando profundamente se dirigió a su alcoba entrando en ella. Cerró la puerta volviendo a la cama. Dejó la toca a los pies de ella y se deslizó bajo las cálidas sábanas. Buscó el sitio de su marido aferrándose a su almohada, aspiró el olor de él desechando la incertidumbre que le causó de nuevo al verle con la capa, y que no podía comprender el porqué de ello. Se abrazó a los almohadones pensando en su esposo y en el beso tan apasionado que hacía tan sólo un momento había recibido de él.



Todavía sentía en sus labios el ardor de su beso. Beso, que supo a menta y salvia... Beso que supo a amor, a entrega pero también a despedida, y aunque a él, a su amado hombre no se lo había dado a entender, percibía una sensación extraña, una sensación que hasta aquel momento no la había invadido nunca cuando él se había alejado de ella. Cómo si con aquella despedida, sus vidas se pudieran ver afectada por algo desconocido. Suspiró profundamente desechando todo aquello.

No había nada por qué temer. Intentó volver a conciliar el sueño pensando en la vuelta de su marido y que esa despedida, era sólo circunstancial. Él volvería cómo siempre y ella lo estaría esperando llena de amor para amarlo y ser amada. Sólo era cuestión de unas horas. Con el hermoso rostro de Gonzalo en su mente y el anhelo de su vuelta, Margarita volvió a quedarse plácidamente dormida.




Estaban a punto de entrar en Toledo. Sátur sentado en el carro no dejaba de mirar a su amo que cabalgaba junto a él. Desde que llegaron al lugar donde habían dejado la tarde anterior el cuerpo de Richard y volvieron a cargarlo en el carro, durante el trayecto hasta los aledaños de las puertas de Toledo, apenas había hablado. Sabía que no era fácil a lo que tenía que enfrentarse, no era fácil decirle a una esposa que le llevaba a su marido muerto, pero a Sátur no le pasaba desapercibido que había otra cosa que preocupaba a su amo, el haber dejado a Margarita sola era lo que le traía de cabeza. En parte lo comprendía, pero no quería que se obsesionara con algo que no tenía por qué pasar.

- Amo, sé que la cosa no está para tirar fuegos de artificios, pero es que hace ya un tiempo que no lo veía tan apesadumbrado, y no es sólo por lo que se va a enfrentar,  que la verdad no es moco de pavo, pero sé que le preocupa Margarita. Ella va a estar bien, no se encuentra sola, Catalina estará con ella y nosotros estaremos esta noche de vuelta, así que no piense nada negativo.
- Sátur, es que no sé cómo explicarte la sensación que siento, pero lo único que deseo es volver lo antes posible y estar con ella, con mi esposa.
- Y lo va a estar amo... En cuanto terminemos con esto emprendemos el camino de vuelta, así que anímese un poco.

Habían traspasado una de las puertas principales de la ciudad. Al ser domingo había bastante bulla en sus calles. El sol, entre nubes se dejaba ver y la gente, a aquella hora de la mañana se paseaba parándose en los tenderetes de los comerciantes que llegaban de otras localidades a ofrecer sus productos, sobre todo, telas de sutiles tejidos, esencias orientales, especias... Les costó pasar con el carro por una de sus calles estrechas. Después de un recorrido no muy largo salieron a una calle colindante algo más ancha, no muy lejos de la vista de ellos, se vislumbraba el edificio donde se levantaba la posada de Alberto de Avellaneda... ”El Cisne Negro”

Dentro de la posada había ambiente. Eran muchos los caminantes que solían pasar la noche o hacían un alto en el camino a descansar y tomar algo. Aquella mañana, ya se había corrido la voz de lo sucedido con el pirata Richard Blake el día anterior en la Villa de Madrid. Para Mariana el haberse enterado de aquello la hizo sumirse en una gran pesadumbre. Alberto intentó de animarla diciéndole que quizá podía ser un bulo, que si algo de verdad había en aquello, Gonzalo se lo haría saber. Pero el corazón de Mariana le decía que podía ser cierto. Ya hacía algunos meses que no sabía nada de su marido.

Por un momento se había retirado a su habitación, Alberto así lo había decidido, prácticamente la había obligado, por su malestar no estaba en condiciones de atender a la clientela. Alberto la dejó sola y él, bajando a la planta principal comenzó a dar órdenes a sus empleados y ayudar al igual que ellos, a que los caminantes tuvieran el acómodo correcto mientras estuvieran allí. Alberto Avellaneda, era un hombre de unos cuarenta y cinco años, afable y de buena presencia. Corpulento, de tez blanca, cabello corto, rizado, de color rojizo y barba muy poblada.

Estaba sirviendo una de las mesas, cuando una figura alta y gallarda apareció en el umbral de la puerta que daba al establo. El contraluz no dejaba ver su rostro, pero para Alberto no hacía falta, sabía quién era el recién llegado. Su rostro se puso lívido. Dejó la bandeja en la mesa y salió al encuentro de Gonzalo que ya había entrado dentro de aquella grande y acogedora estancia. Sus manos se unieron en un caluroso apretón cómo el abrazo que se dieron.

Fue Alberto el primero que habló – Creo, que sé cuál es el motivo de tu visita.
- Me imagino que por aquí se habrá corrido la voz - Gonzalo tenía la mirada vidriosa y su voz enronquecida.
- Si Gonzalo, ya a primera hora se sabía y creo que hay algo de verdad ¿no?
Gonzalo tragó saliva antes de contestar – Si Alberto, es verdad ¿y Mariana? no la veo.
- Está en su cuarto... Desde que se enteró, preferí que se retirara, le dije que si había algo de verdad en todo lo que la gente estaba comentando, que tú se lo harías saber.
- Lo he traído conmigo... El cuerpo de Richard lo he traído conmigo, Sátur espera junto al carro, lo hemos llevado hasta el establo.
- Pero... Pero no entiendo... Según lo que se ha escuchado, ese hombre, el Águila Roja, impidió que hicieran con él lo que pretendían y se llevó su cuerpo.

- No es fácil explicar ciertas cosas, pero Sátur y yo nos dedicamos toda la tarde a buscar cualquier indicio que pudiera llevarnos a ese hombre... Lo encontramos en el bosque a punto de darle sepultura y le pedí que me lo entregara, que tenía esposa y sólo a ella le correspondía decidir qué hacer con él... No se negó a entregármelo y aquí estoy... Alberto, quisiera ver a Mariana, quiero terminar con esto lo antes posible, por ella y por mí... Quiero regresar lo antes posible a la Villa.

Alberto había escuchado a Gonzalo. Le parecía tan extraño todo aquello. ¿Pero qué podía extrañarle? Todo lo que rodeaba a Gonzalo lo era. Era su amigo y sabía muchas cosas de él, pero a raíz de un tiempo atrás, desde que murió Cristina, comprendió que de Gonzalo no lo sabía todo, sólo lo que él quería contarle. Dejó sus pensamientos y se limitó a decir - Naturalmente Gonzalo, vayamos con Mariana.

Alberto, dejando dicho a uno de sus empleados que iba a estar ocupado por unos momentos se dirigió a Gonzalo y con un ademán hizo que aquel hombre joven y apuesto y que era pacto de muchas miradas, sobre todo de las mujeres que se encontraban en la posada, le siguiera escalera arriba. Después de recorrer un corto pasillo donde había varias puertas, el posadero se detuvo ante una de ellas que no estaba cerrada del todo. Alberto dio unos toques con los nudillos empujando dicha  puerta.

Mariana se encontraba echada en la cama. Cuando escuchó los toques en la hoja de madera se incorporó a la vez que la puerta terminaba de abrirse. Alberto hacía su aparición seguido de Gonzalo. Al ver a Gonzalo su rostro se demudó, se levantó rápida y se refugió en los brazos de él que la arropó en ellos.

Gonzalo cerró los ojos. Un nudo se le hizo en la garganta al hablar – Lo siento Mariana... Siento tener que decirte...
- No Gonzalo, no digas nada... Tu presencia aquí me lo dice - lloraba en los brazos de aquel hombre que nunca les dio la espalda.
Gonzalo no podía reprimir su emoción - Lo he traído conmigo...
Mariana levantó la cabeza – Lo... ¿Lo has traído contigo?
- Si Mariana, sólo tú tienes derecho a su cuerpo... Sólo tú debes saber cómo darle sepultura.
- ¡¿Dónde está?! ¡Quiero verlo! - se limpió con las manos su rostro lleno de llanto.

Gonzalo la tomó por los hombros – Escúchame Mariana, lo he traído conmigo pero debemos tener cuidado, no debemos levantar sospecha ninguna. Las autoridades de la Villa habrán ido corriendo la voz a las poblaciones cercanas a ella... Pueden pensar, que ese hombre, Águila Roja haya llevado su cuerpo a un lugar determinado y estén al acecho, así que yo te pido que te tranquilices y antes de bajar, me digas que quieres hacer con el cuerpo de Richard.

Mariana se desprendió de sus brazos y dio unos pasos por la habitación. Gonzalo y Alberto cruzaron sus miradas. La voz de Mariana se escuchó aparentemente serena – Él hubiera querido que su cuerpo descansara en el fondo del mar... Creo, que el lugar más adecuado para que sus restos descansen en paz, son las aguas del Tajo... Allí, allí llevaremos el cuerpo de mi marido.
Gonzalo se acercó a ella – Así se hará pero escúchame atentamente... Alberto te llevará hasta las Cárcavas del Burujón, nosotros, Sátur y yo llevaremos el cuerpo de Richard, saldremos ante que vosotros, no deben de vernos juntos ir hasta allí - Gonzalo se volvió hacia Alberto – Alberto cuento contigo... Esperas una media hora desde el momento  en que nosotros salgamos.

- Cuenta con ello amigo - Alberto apretó con su mano el hombro de Gonzalo.
Gonzalo buscó la mirada de Mariana – Sé, que eres fuerte pero son momentos muy duros Mariana, no quisiera que te vinieras abajo. Richard no lo hubiera querido...
- No te preocupes, no me vendré abajo... Algo me decía que esto tenía que pasar... Era ya mucho tiempo sin saber nada de él, creo que lo esperaba...
Gonzalo apartándose un poco la capa, introdujo sus dedos en uno de los bolsillos de su chaqueta. Sacó el anillo que llevaba Richard en uno de sus dedos – Mariana, esto es tuyo, Richard lo llevaba con él.

La muchacha tomó el anillo que le entregaba Gonzalo. Sus ojos se inundaron de lágrimas que se deslizaron por su pálido rostro – Era su anillo de boda, él mismo lo grabó, ¿recuerdas? Grabó el suyo y el mío – se miró el anillo que llevaba en su dedo anular y después alzó su mirada hacía el amigo - Gracias Gonzalo, gracias...
- No me las des... Hubiera dado cualquier cosa por no venir a traerte esta verdad, y ahora, no podemos perder más tiempo, me marcho, ya nos vemos allí - se inclinó y besó el cabello de la muchacha. Luego, se dirigió a Alberto – Tened cuidado.

Alberto asintió en silencio y lo vio salir de aquella estancia.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Sep 10, 2016 1:33 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,9


Catalina escuchaba a la Marquesa algo desconcertada.

– Puedes marcharte Catalina, podéis marcharos ya... Sólo acostada se me pasará este malestar, seguro que es solo un constipado.
- Pero señora, quizá necesite de mí, o mejor sea que avise al médico... Él sabrá...
- No Cata, seguro que mañana me encuentro mejor, si acaso sigo igual, ya avisamos al médico pero ahora lo que quiero es descansar, así, que puedes irte tranquila y aprovecháis el domingo. Lo que si te pido, que me cierres las contraventanas, hace un día gris y no quiero que esa tristeza entre por las vidrieras, también quiero que le digas a la servidumbre que no me molesten para nada, incluso se lo dices a Nuño, sólo quiero dormir - su voz sonaba enronquecida y con el pañuelo se limpiaba los ojos llorosos por lo que parecía un simple resfriado.

- Si señora, se hará como usted dice - mientras le hablaba, Catalina había cerrado las contraventanas cómo le había pedido su señora. Luego se acercó a la cama - Entonces si no me necesita, hasta mañana señora, que descanse.
- Gracias Catalina hasta mañana - Lucrecia buscó postura en la cama y pareció cerrar los ojos.

La fiel sirvienta tomó la bandeja e inclinándose levemente retrocedió hasta la puerta cerrándola al salir. De alguna manera el malestar de su señora le venía más que bien. Pocas veces un domingo salía temprano, así tendría más tiempo para estar con su hermana. Había bajado a la cocina y dando ciertas órdenes para el día siguiente se volvió hacia Margarita que aquella mañana había querido realizar su costura en las dependencias de la cocina.

- Recoge que nos marchamos.
- ¿Cómo qué nos marchamos? – la muchacha preguntó incrédula.
- La Marquesa nos deja salir antes de Palacio. Su malestar la ha hecho quedarse en cama y nos ha dado la tarde libre, así que recoge y ya estamos en la Villa.
Margarita se puso en pie y fue recogiendo todo lo concerniente a su costura. Catalina dio un último repaso a los que quedaban – Vosotros, nada más que terminéis os marcháis pero mañana os quiero temprano, a los demás, que nadie moleste a la Marquesa, ella sólo quiere estar en tranquilidad.

Después de decir esto, tanto ella como Margarita se dirigieron al cuarto de la servidumbre y se cambiaron de ropa. Nada más estar listas, salieron de allí. Catalina se había llevado aquel día el carro por lo que el camino a la Villa fue más llevadero. Catalina intentaba convencer a su amiga a que la acompañara a ver a su hermana.

– Vente mujer ¿Te vas a quedar sola toda la tarde?
- Cata, que no me importa, que me siento muy cansada y lo que quiero es ponerme cómoda.
- Está bien, pero dejas al menos que me lleve a Alonso, así te podrás echar un rato y descansar en condiciones.
- Sobre eso no voy a decirte nada porque sé que a Alonso eso le hará feliz pero procura que no de mucho ruido.
- Por eso quédate tranquila, que en cuanto se me encabriten, les meto una colleja, que los dejo sentao a los dos.

Habían llegado al barrio y se dirigieron a la taberna de Cipri. Bajaron del carro y entraron en ella. Cipri las recibió con una sonrisa - ¿A dónde irán las mujeres más guapas del barrio de San Felipe y de toda la Villa de Madrid?
- Te agradecemos el piropo pero sabes a que venimos. A ver, ¿dónde están esos dos? Esperamos que estén sanos y salvos – Catalina al preguntar se puso los brazos en jarras.
Cipri se echó sobre el mostrador – Sanos y salvos y enteritos para vosotras.
- Cipri, no se habrán portado muy mal, ¿no? – Margarita se sentía muy apurada.
- ¡Que no mujer! Que los niños se han portado más que bien... ¡Murillo! ¡Alonso! ¡qué ya vienen a por vosotros!

No hizo más que decir eso, cuando las caritas de Alonso y Murillo hicieron su aparición corriendo hacia las recién llegadas. Alonso se abrazó a su tía como solía hacerlo - ¡Tía, qué bien que estás aquí!
- ¿Has visto Margarita? Mi Murillo ni se altera... Anda y vamos - Catalina miró al posadero  – Ya nos vemos Cipri.
- Hasta luego preciosidades - al decirlo, le hizo un guiño a Catalina.

Cata se dirigió al carro. Margarita le preguntó a Alonso si quería irse con Catalina y Murillo. Alonso dijo que si con una gran alegría. Cata se dispuso a marcharse no sin antes volver a insistirle a Margarita – Entonces, ¡qué! ¿Te vienes o no?
- Que no Cata, que prefiero quedarme, además quiero buscar el colgante... Seguro que está en casa.
- Pues ahí te quedas.
Alonso besó a su tía y Catalina lo ayudó a subirse al carro al igual que a su hijo. Recogiéndose la falda se subió al pescante y sentándose en él, arreó al caballo – Hasta luego Margarita.
- Hasta luego ¡Ten cuidado con los niños!

Margarita los vio marcharse, luego, sus pasos la llevaron hasta su casa. Miró al cielo, por la negrura de las nubes, sería raro que no terminara el día lloviendo. Subió la escalera y tomando la llave de su bolsillo interior abrió la puerta entrando en su hogar. Se quitó la toca dejándola en el respaldo de una silla y procedió a avivar el fuego que había dejado encendido antes de irse a Palacio, después se dirigió a su alcoba. Se quitó el corpiño dejándose caer en la cama. Cerró los ojos y se pasó la mano por la frente echándose el cabello hacia atrás. Se preguntaba qué tan mal lo estaría pasando Gonzalo al llevar una noticia como aquella a Mariana ¡Cómo lo echaba de menos! Estaba deseando que pasaran las horas para volver a tenerlo con ella. Se acarició el vientre y sonrío, cuantas ganas tenía que pasaran los meses. Iba a levantarse cuando algo la hizo que se mantuviera a la escucha.

Era un maullido. Puso los pies en el suelo mirando hacia el techo. Un gato andaba por el tejado o se había quedado atrapado dentro del palomar. Se levantó y cogiendo el costurero salió de la habitación. Lo dejó en la silla junto al hogar y tomando el delantal se lo ató a la cintura. Cogió la escoba y procedió a barrer la casa. Recogió ciertas prendas de su marido que había tenido puesta el día anterior y eran para lavar. Las sacudió y miró sus bolsillos por si el colgante se le hubiese quedado enganchado, pero no tuvo éxito. Revisó la alcoba, incluso por debajo de la cama pasando la escoba pero no había rastro de la prenda de amor. Suspirando se dio por vencida de momento.

Se dirigió a la chimenea y cogiendo la silla baja se sentó en ella. Sacó un ovillo de hilo en blanco, unas agujas de labor y procedió a tejer con ellas. Las campanas de la iglesia, daban cuatro toques. Recordó el reloj de Irene, era tan fácil saber con él cómo pasaba el tiempo sin tener que esperar a que las campanas lo dijera a través de sus tañidos. De nuevo el maullido del gato hizo que detuviera sus manos. Al parecer no podía salir de donde estuviera atrapado. Siguió tejiendo pero de nuevo el maullido se hizo escuchar y en aquella ocasión se hizo más insistente. Margarita se levantó dejando la labor en la silla. Cogió la escoba y se dirigió a su habitación. Miró hacia la trampilla del techo. Estaba demasiado alto para llegar con ella. Buscó con la mirada y sus ojos se posaron en la banqueta del peinador.

La cogió poniéndola encima del arcón, luego, arrimó una silla y se subió en ella para desde allí posar sus pies encima de aquel baúl. Con sumo cuidado se subió a la banqueta y cogiendo la escoba que la había dejado a mano, la alargó todo lo que pudo golpeando con su palo la puertecilla de la trampilla. Ésta no cedía ante sus golpes, lo que comprendió que estaría pillada o quizá, ¿sellada por dentro? Sólo esperaba, que aquellos golpes hicieran que aquel gato intentara salir por donde suponía que había entrado. Bajó con el mismo cuidado y poniendo cada cosa en su sitio salió de la alcoba. Dejó la escoba en el patio para volver a sentarse frente al fuego a seguir con su labor. No llevaba mucho tiempo de haberla reanudado cuando los maullidos se escucharon de nuevo. Estaba segura que el pobre animal no saldría solo si alguien no lo ayudaba. Se preguntó qué podía hacer. Detuvo sus manos por un momento, quizá estaba en el tejado en cualquiera de sus recovecos. De nuevo soltó la labor y se dirigió a la escalera subiendo a la planta superior.

Recorrió el pasillo que llevaba a la ventana. Abrió ésta y agarrándose al bastidor, con sumo cuidado pasó al tejado. Esperaba que los maullidos la llevaran hasta el animalito. Hacía frío. Buscó entre los recodos pero no encontró nada. Estaba por desistir cuando el maullido se escuchó más cercano. Parecía que venía de detrás de la caseta de la buhardilla. Con sumo cuidado de no resbalar y agarrándose a los salientes de la pared dio la vuelta. Era un recoveco algo profundo, no conocía aquella parte del tejado. Avanzó unos pasos, por los maullidos comprendió que el animal se encontraba allí. Comenzó a llamarlo. Por un momento no escuchó nada. Avanzó unos pasos más cuando uno de sus pies tropezó con algo. Se agarró al pretil bajando su mirada hacia las tejas.

Había tropezado con lo que parecía una trampilla. Dedujo que esa sería la otra entrada al palomar. En aquel rincón se encontraba el gatito. Era pequeño, seguramente se habría perdido de su madre, fue a cogerlo pero el animal se asustó y antes de que pudiera rozarlo con sus manos se escabulló saliendo veloz de su alcance. Margarita sonrío, al menos había conseguido que saliera de su escondrijo. Fue a retroceder pero de nuevo sus ojos se posaron en aquella puerta que estaba bajo sus pies, se retiró un poco, se agachó.

La trampilla la cruzaba unas cadenas y estaban enganchadas a unas argollas con un candado. Si había un candado quería decir que había una llave ¿Por qué le dijo Gonzalo que no se podía acceder a él ya que estaba sellado? ¿Acaso la llave ya no existía? Sentía curiosidad por saber cómo era el palomar, quizá, si lo veía tendría más motivos para decirle a su marido que allí si se podría hacer un desván como Dios manda, pero para eso tenía que bajar hasta él, y si estaba cerrado... Los labios de la muchacha se abrieron en una sonrisa picarona. Se incorporó, y con el mismo cuidado salió del recodo volviendo pegada a la pared de la caseta hasta la ventana. Pasó adentro de la casa y presurosa bajó la escalera. Se puso la toca, hacía frío y no quería enfermar por una cabezonería, luego, yéndose directa a la silla donde había dejado su labor, sacó una de las agujas y rebuscando en su costurero sacó otra de menor tamaño, con ellas, se dirigió de nuevo hasta la escalera, fue a poner el pie en el primer peldaño y se detuvo.

Si lograba entrar en el palomar, aquello estaría oscuro como la boca de un lobo. Volvió sobre sus pasos y cogiendo un candil lo llevó hasta la cocina dejándolo encima de la mesa. Se introdujo las agujas en el bolsillo del delantal, tomó un palillo de cera, y acercándolo al fuego de la chimenea hizo que éste prendiera. Con él entre sus dedos, se acercó a la mecha de la vela encendiéndola. Apagó de un soplido el palillo y asiendo el candil dirigió sus pasos hacia la escalera, La subió con rapidez. Pensaba que si Gonzalo pudiera saber lo que pretendía, la reñiría como a una niña por lo empecinada que estaba en aquello, pero no podía evitar sentir esa curiosidad que no pudo satisfacer en su día al ponerle por delante a él lo que ella pensaba. Quería demostrarle que quizá, si se podía hacer ese cuarto trastero

Nada más estar en el tejado, con el mismo cuidado, ya que las tejas resbalaban muchísimo se dirigió al recodo. Sólo tuvo que dar unos pasos, puso el candil en el pretil y se puso de rodillas sobre el suelo de tejas. Sacó las agujas y procedió a lo que la había llevado allí de nuevo. Manipuló el candado con una de ellas, pero por más que lo intentaba el candado no se abría. Soltando la aguja, tomó la otra e hizo la misma operación. La introdujo en el orificio del candado y la fue girando con sumo cuidado de un lado a otro pero el candado no lograba abrirse. Estaba por darse por vencida cuando el sonar de un clic hizo que sus labios y sus brillantes ojos volvieran a sonreír. El candado había quedado abierto. Se guardó las agujas y con cierto nerviosismo separó el candado de las cadenas que cruzaba la trampilla. Las gruesas anillas quedaron sueltas. Se incorporó y tiró de la argolla de la puerta. Pesaba, con eso no había contado, pero si había llegado a hacer lo más difícil el peso no iba a hacer que desistiera Con sus dos manos tiró de la argolla y aquella puerta fue abriéndose. Cuando consiguió abrirla suspiró.

Miró hacia abajo. Una cornisa, lo suficiente ancha para poder plantar pie fue lo primero que divisó sus ojos, tras ella asomaba dos laterales que correspondían a una escalera pero no podía ver más que eso. Tomó el candil del pretil e intentó alumbrar el interior del palomar, algo percibía, pero no podía ver muy claro, dejó el fanal a la altura del hueco. La cornisa no quedaba muy alta por lo que no tuvo problema al poner pie en ella. Tomó el candil dejándolo en aquel suelo lleno de humedad. Con sumo cuidado pasó un pie y luego el otro al travesaño de la escalera, luego, asió la lamparilla con una mano, mientras con la otra, se agarraba al larguero para ir bajando cada peldaño de la escalerilla. Por un momento titubeó. Si al principio sintió esa curiosidad un poco infantil de descubrir cómo era lo que fue en un tiempo el palomar, en aquel momento, algo le decía que no debía estar allí, que volviera sobre sus pasos. Por un instante se detuvo en medio de la escalera. “Margarita ¿no tendrás miedo ahora que has llegado hasta aquí?”  Hablaba consigo misma... Ella misma se daba valor a seguir. Allí no podía haber más que suciedad y telarañas. Suspiró y siguió bajando, procuraba sólo estar pendiente de los peldaños, no quería perder pie y caer. Al fin, sintió que sus pies pisaban suelo, dejó de agarrase a la escalera retrocediendo un poco. Su cuerpo chocó con algo que la hizo asustarse.

Se volvió, la luz que se filtraba a través del fanal le hizo ver que había tropezado con una mesa, pero aquella mesa no estaba vacía. En ella había cosas... Levantó su mirada extrañada y poco a poco sus ojos se fueron habituando a la penumbra de aquel lugar y cuya luz de la vela dejaba vislumbrar. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Cerró los ojos. Sentía que las piernas no la sujetaban. Tomó aire y poco a poco fue abriendo de nuevo sus ojos. ¡Dios! ¿Pero qué era lo que tenía ante ella? ¿Qué era todo aquello? Se sujetó apoyando su espalda en la escalera, creía que iba a caer. Como pudo avanzó con paso vacilante levantando el brazo, con la tenue luz de la vela fue recorriendo toda la estancia.



Gracias Tan


Un secreto, una vida de engaño.


Comenzó a temblar, no podía ser cierto lo que contemplaba. Aquello que tenía ante sus ojos, ¡era un arsenal! ¿Pero quién había metido todo aquello allí?  Sintió un escalofrió atravesar todo su cuerpo. Sus ojos recorrieron todo lo que se extendía ante ellos.... Repisas con armas blancas de todo tipo y que a la luz de la vela, su acero destellaban haciendo que cerrara sus asustados ojos. La mesa con la que había tropezado tenía papeles, planos, armas en forma de estrellas punzantes... Al igual que sus ojos, su cuerpo lo fue girando, no podía creer lo que estaba viendo, era demasiado terrible todo aquello. El candil temblaba en su mano.

Sus ojos descubrieron un perchero, estaba vacío... Un entarimado, estanterías con libros, baúles, luego, se posaron en un caballete. Sin apenas fuerza en sus piernas se acercó a él. Había papeles con nombres, según iba leyendo su corazón palpitaba con más fuerza, parecía que quería salírsele del pecho. ¡No podía ser cierto lo que pensaba! ¡No podía creer lo que estaba viendo! Aquellos nombres, aquellos papeles... Sus ojos no dejaba de recorrer aquel tenebroso lugar, había velas alrededor de todo aquello, velas que en aquel momento estaban apagadas pero que el olor que solían desprender cuando estaban encendidas, impregnaba aquella estancia que para ella, estaba llena de espanto.

Sus ojos se posaron en unas cortinas, con paso vacilante se dirigió hacia ellas. Con mano temblorosa la descubrió un poco. Se encontró con un pequeño habitáculo para el aseo... Un lebrillo de barro, lienzos, jabón, un balde... No entendía nada ¡Nada! Retrocedió y sus pies tropezaron con algo. Se volvió y miró hacia abajo, era un brasero. De nuevo sus ojos asustados buscaban una explicación a todo aquello, a todo el pánico que iba descubriendo. Sus ojos se detuvieron en un punto, su corazón cada vez latía con más fuerza. Había un arcón grande pegado a la pared. No supo cómo se acercó a él. Se arrodillo sin dejar de temblar dejando el candil en el suelo. Sus dedos vacilantes rozaron la cubierta, con un gran apretamiento en la garganta fue subiendo la tapa lentamente hasta dejar al descubierto el contenido del arcón. Dejó caer la cubierta sobre la pared. La luz de la vela no iluminaba mucho el interior del arcón, o quizá, sus ojos anegados por las lágrimas que afloraban a sus ojos, no la dejaban ver.

Sus manos fueron a tocar lo primero que se encontraba dentro de él, lo sacó ante su vista. Era un chaleco de cuero rojo. Escuchaba a su corazón y los latidos de él, la ensordecían. Tomó entre sus dedos aquella prenda. Sus hermosos ojos se agrandaron. ¡¡No podía ser!!  Ella conocía bien aquel chaleco. Una de sus manos volvió al arcón y rozó algo más, con un gran temblor lo sacó ante sus ojos. Era una camisa negra. Lagrimas de dolor, de desengaño, de miedo corrían por sus mejillas. Por un instante sus ojos los apartó de aquellas prendas para posarlos en el suelo y fue cuando lo descubrió. Se sintió morir.

Si por un momento pensó que estaba equivocada, que su mente le estaba jugando una mala pasada, aquello que veía en el suelo se lo confirmaba. Era el colgante, la prenda de amor. Lo tomó entre sus dedos y la estrujó cerrándola en su mano. En aquel momento comprendía tantas cosas... ¡Tantas! ¡Había vivido un engaño! Su vida con él, ¡había sido una mentira! La verdad que tenía por delante se lo decía.

- ¡¡Nooooooooooo!! – gritó derrumbándose en el suelo como una muñeca rota.

Su cuerpo se estremecía por los sollozos y entre sus manos, junto al colgante, atenazaba aquella camisa negra y el chaleco rojo. Aquellas prendas sólo pertenecían a un hombre, a un guerrero, a ¡Águila Roja!

Lloró su angustia, su desengaño, su miedo, al descubrir que detrás del embozado se escondía, Gonzalo de Montalvo, ¡su marido!

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Sep 11, 2016 5:10 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,10




El adiós a un esposo... El adiós a un amigo.


En las Cárcavas del Burujón, Gonzalo y Sátur esperaban impaciente junto al carro donde el cuerpo de Richard estaba cubierto. Gonzalo había escogido aquel lugar porque era donde el río se ensanchaba y alcanzaba más profundidad. El rodar de las ruedas de una carreta rompió el silencio de aquel hermoso paisaje pero que en aquellos momentos parecía estar lleno de infinita tristeza, ni siquiera el trinar de los pájaros se dejaba oír. Eran Alberto y Mariana, ésta, cubría su vestido con una capa negra y entre sus manos llevaba un ramillete de flores. Alberto saltó de la carreta y ayudó a la muchacha a bajar de ella. Mariana corrió hacia el carro, antes de que Gonzalo pudiera impedirlo descubrió la manta que lo cubría. La joven sólo encontró el cuerpo de su marido envuelto en una lona y atado con cuerdas gruesas a un tablón.

- ¡Quiero verlo! – miró desesperada a Gonzalo.
Él, negó con la cabeza – No Mariana, no me pidas eso, porque en eso no puedo complacerte... Richard, no querría que lo vieras así, quédate con su recuerdo, con su sonrisa, lleno de vida.

Mariana rompió a llorar sobre el cuerpo de su marido. Los tres hombres respetaron el dolor de ella guardando silencio y conteniendo su propia emoción. Durante un tiempo, la joven se mantuvo abrazada a él, al hombre con el que compartió tantos momentos, tantas hazañas pero que nunca fueron suficientes. Poco a poco se fue sosegando apartándose del cuerpo del que fue su marido. Miró con suma tristeza a Gonzalo.

– Proceded con lo que tengáis que hacer.

Aquel hombre de mirada hermosa y que en aquel momento brillaba por las lágrimas que querían aflorar a ella, asintió con un movimiento de cabeza. Gonzalo se dirigió a Alberto señalando un lugar determinado del desfiladero – Allí hay un declive, podemos acceder fácilmente con el carro.

Sátur que se mantenía en silencio, se subió de nuevo al pescante del carromato y azuzó al caballo hacia el lugar que había indicado su amo.  Los demás, siguieron a pie al carro en silencio. Alberto intentaba consolar a Mariana. No fue mucho el trayecto a recorrer. Llegaron al declive y el carro no tuvo problema en bajar por él ya que la inclinación no era muy pronunciada. Había espacio suficiente para hacer que el caballo diera la vuelta con el carro. Sátur bajó del pescante y con la ayuda de su amo fueron a levantar la parte delantera del carromato para que éste, quedara inclinado y el cuerpo de Richard se deslizara hasta las profundidades de las aguas. Mariana los veía hacer con lágrimas en los ojos. Gonzalo la miró con infinita ternura Ante un movimiento de cabeza de ella, inclinaron más el carruaje. El tablón con el cuerpo se deslizó cayendo al vacío hacia las grises aguas.

Mariana se acercó al precipicio – Hasta siempre mi amor - con mano temblorosa arrojó el ramillete de flores sobre las revueltas aguas.
Un aire frío comenzó a levantarse. Gonzalo se acercó a ella – Será mejor que regresemos, este aire traerá agua y tormenta.

La muchacha se apartó del lugar cobijándose en los brazos de Gonzalo. Subieron el declive hasta donde quedaron la carreta y el caballo de Gonzalo. Alberto, la ayudó a subir al carro volviéndose hacia Gonzalo y Sátur – Sé que tienes prisa amigo pero no quisiera que os marcharais sin tomar algo... Habéis tenido que salir muy temprano y ya es un poco tarde, algo caliente os caerá bien.

Gonzalo miró a Sátur, éste, no pudo dejar de decir... – Amo, que nos vendrá bien tomar un buen caldo caliente, tampoco vamos a tardar mucho, digo yo.
Gonzalo se volvió hacia Alberto – Está bien, aceptamos tu invitación...

Alberto subió al pescante e incitó al caballo a ponerse en marcha, la carreta tomó el rumbo de vuelta. Gonzalo montó en su corcel y junto a Sátur que ya se había subido al carro, siguieron al carruaje de Alberto y Mariana.

Atrás se quedaban las Cárcavas del Burujón y sus tierras rojizas, cuyos desfiladeros rocosos se precipitaban sobre las aguas del río Tajo. Allí, en las profundidades de aquellas aguas ya descansaría para siempre, el cuerpo del pirata Richard Blake.




No sabía el tiempo que llevaba allí, en el suelo, sumida en el miedo y la desesperanza. Sin apenas fuerza se fue incorporando. Tenía que salir de allí, no quería seguir en aquel lugar, un lugar que sólo le indicaba que era vestigio de sangre y engaño. Su mirada contempló las prendas que todavía tenía entre sus manos. Las dejó caer y una estrella punzante se desprendió de uno de los bolsillos del chaleco. Instintivamente alargó la mano, la tomó apretándola con fuerza, se puso de pie tambaleándose. Con el miedo en sus ojos y arrasados por el llanto retrocedió hasta la escalera.

Lo hizo a ciegas, ni siquiera se preocupó de coger el candil. En su aturdimiento, su cuerpo tropezó de nuevo con la mesa. Se apartó de ella con coraje, con rabia, llena de dolor. Cómo pudo subió aquellos peldaños, antes de llegar a la salida tuvo que hacer un alto apoyando la frente en los travesaños. Los latidos de su corazón eran tan fuertes que le impedía seguir subiendo. Recuperando un poco el aliento, terminó por hacerlo. Puso el pie en la cornisa y de allí al tejado, no hizo por cerrar la trampilla. Sin preocuparse de resbalar, casi corrió hasta llegar a la ventana. Pasó dentro de la casa y corrió escaleras abajo saliendo de la casa. Quería huir... Huir de todo aquello, de todo lo que su vida había estado rodeada. Una vida rodeada de engaños, de secretos...

No le importó que la gente la vieran correr, ni siquiera sabía donde sus pasos la llevaban. En aquel momento no le hubiera importado morir. Bajó el ritmo de su carrera, se sentía agotada. Sus pasos se hicieron más pausados, más vacilantes. Sin darse cuenta había salido de la Villa, por un momento ni siquiera sabía dónde se encontraba.

Sus ojos, anegados por las lágrimas miraron al frente. Delante de ella se extendía el lago. Sin saber cómo ni por qué, sus pasos la llevaron a Laguna de piedra. Se dejó caer extenuada rompiendo en sollozos. ¿Por qué tanto horror? ¿Por qué tanto engaño? Preguntas que se hacía y a las cuales no tenía respuestas. Se incorporó, casi arrastrándose se sentó en una roca, se arrebujó en su toquilla. Sentía un escalofrío recorrer todo su cuerpo. Cómo hubiera dado que todo aquello hubiese sido una pesadilla. ¡Pero no! Estaba bien despierta cuando descubrió el secreto mejor guardado de su marido. Su mirada brillante por las lágrimas se perdía en la inmensidad de la laguna. Momentos vividos no hacía mucho tiempo atrás vinieron a ella... No supo cuanto tiempo pasó... No supo cuanto tiempo estuvo sumida en aquella evocación...

Su mente perdida en los recuerdos volvió al presente. Ya nada había que recordar, los momentos felices habían quedado atrás, pero todos aquellos recuerdos, todos aquellos momentos vividos, habían sido una quimera, un sueño que se esfumó al saber que todo fue una gran mentira. Una mentira al descubrir la cruel verdad en que había vivido rodeada.

Ya se había hecho de noche por completo y la llovizna no dejaba de caer, ni siquiera se había percatado de ello. Sus manos cruzaron la toca sobre su pecho, fue cuando una de sus manos la sintió dolorida. La abrió y contempló que en ella tenía la estrella punzante. A pesar de las sombras de la noche, comprobó que la palma de su mano la tenía dañada y ensangrentada por causa de aquellas puntas. Sin dejar de mirar aquel tipo de arma, con ademán involuntario se la introdujo en el bolsillo del delantal. Abrió su otra mano y el colgante se hizo visible ante sus ojos llenos de llanto. Un sollozo se escapó de su garganta a la misma vez que introducía la prenda de amor en su escote. No podía quedarse allí, tenía que enfrentar la realidad, aunque en ello le fuera la vida, pero no sabía cómo. ¿Cómo enfrentar una realidad cómo aquella? ¿Cómo?

Se levantó y sin prisa ninguna dirigió sus pasos de vuelta a la Villa. Allí tendría que enfrentar esa realidad. ¡Esa cruel verdad qué había descubierto!




Días de Sombras.


No podía poner en pie que tiempo echó en llegar a la Villa. Ni siquiera veía con quien se encontraba en el camino. Maquinalmente llegó a la casa, con una gran pesadez fue subiendo los escalones, la voz de Catalina la detuvo en seco haciendo que se pusiera tensa.

- ¡Margarita! ¡Margarita!
Antes de volverse intentó de recuperar una compostura que no tenía. Luego, apoyándose en la pared, se volvió - ¡Ah Cata! no... No te había visto.
- Margarita, ¿pasa algo? No hace mucho que he vuelto y me he encontrado que no estabas y la puerta me la he encontrado abierta - Cata se había acercado, debido a la poca luz de la calle no podía ver al completo el rostro de la muchacha, por lo que no apreció el rostro contraído y la palidez de él.
- No... No sé qué pudo pasar Cata para dejarme la puerta abierta... Tuve, tuve ganas de dar una vuelta por la laguna pero al parecer no... No cerré bien la puerta ¿no? - mientras hablaba, con más fuerza se sujetaba a la pared. Las piernas apenas la sostenían.

- ¡Pues hija menos mal que no ha entrado nadie en la casa y te la ha desvalijao! En cuanto a esa vuelta, ya se nota, debes de haber cogido algo de frío porque se te nota en la voz, la tienes algo ronca... Ahora más que nunca debes de cuidarte Margarita, bueno que voy a preparar la cena... Ahora te mando a Alonso.
- Está bien Cata - fue a subir pero se detuvo. De nuevo se volvió llamando a Catalina.
- ¡Cata!
Catalina se giró – Dime Margarita...
- Te... ¿te importa qué esta noche Alonso se quede en tu casa?

- Mira tú, ¿qué va a importarme mujer? ¡Qué quieres estar a solas con tu marido ¿no?! Aunque a solas, a solas no vas a estar, porque con ese Sátur, pero para ese no tengo sitio.
- No Cata, por él no te preocupes... Bueno, te dejo, ten... tengo algo de frío... Dale un beso a Alonso.
- Yo se lo doy, ¡y tómate algo no vayas a ponerte mala! A más ver...

Margarita no correspondió al adiós de su amiga. Ni siquiera le preguntó por su hermana. Terminó de subir y empujó la puerta que aunque Catalina se la había cerrado, no le había echado la llave. La cerró al pasar el umbral de ella. Por un momento se quedó clavada en el suelo. Miraba a su alrededor, sólo la luz que desprendía la chimenea, alumbraba algo la sala. No pudo evitar que las lágrimas corrieran por su rostro, miraba a su alrededor y sentía que aquella casa no era la suya, porque todo lo que se encontraba allí, ¡todo! había estado envuelto en una maraña de engaños.

De pronto reaccionó. Tomó una vela y la encendió acercándola a la lumbre. Con paso veloz se fue hacia la alcoba. Dejó la vela en la mesa sacando de los cajones del peinador y de su arcón lo que podía necesitar, lo más necesario, tomando la vela salió de la misma forma. Subió aprisa la escalera metiéndose en el cuarto que había ocupado a su llegada a aquella casa al regresar a la Villa, y que salió de él, para ser la esposa de Gonzalo de Montalvo, el hombre que más amaba y él que más daño le había hecho con aquel engaño tan cruel... ¡Con aquel secreto!

Arrojó la ropa encima de la cama y ella, se  dejó caer sin fuerzas rompiendo en sollozos. Su cuerpo se estremecía por todo el dolor que sentía. ¡Cómo no se había dado cuenta! ¡Si estaba a la vista! ¡No podían existir dos personas tan iguales! ¡Cuántas cosas comprendía en aquel momento! ¡Cuántas! Levantó su rostro anegado en llanto y posó sus ojos turbios por las lágrimas en la mesita. Se limpió la cara con las manos, se levantó, rodeó la cama acercándose a la mesita de noche. Abrió el cajoncito e introdujo su mano en ella buscando algo. Sus dedos dieron con lo que buscaban. Entre sus dedos tenía las dos plumas rojas de Águila y el pequeño pliego que él le escribiera. Sus ojos los miraron fijamente. Con rabia los estrujó fuertemente entre su mano. Se desplomó sentándose en el lecho.

- ¡Dios, dame fuerza para enfrentar todo esto!¡Por qué no sé si podré con ello! ¡¡No sé si podré!!




La puerta de la cuadra se abrió dando paso a Gonzalo y a Sátur llevando de las riendas a sus caballos. Venían algo mojados por la lluvia, ya que poco antes de entrar en la Villa la lluvia se hizo más persistente. Gonzalo quitó la silla de montar de su corcel y la dejó en su sitio.

– Sátur lo demás te lo dejo a ti, déjalo a buen recaudo, ya mañana se sube a la guarida... Voy ver a Margarita.
- Vaya amo, que esto ya es cosa mía.

Gonzalo, quitándose la capa entró en la sala. Le sorprendió ver la casa en penumbra, sólo estaba encendida la chimenea y apenas le quedaba poco para extinguirse. Se acercó a la puerta y después de sacudirla de agua, colgó la capa en un perchero que había en la pared. Ante la chimenea, estaba la silla pequeña con una labor y el costurero. Pensó que Margarita estaría en casa de Catalina.

- ¡Sátur, voy a casa de Cata!

Gonzalo abrió la puerta y salió dejándola entornada. Atravesó la calle llamando a la casa. Catalina no tardó en abrir – ¿Qué tal Gonzalo? Ya estamos de vuelta ¿no?
- Ya estamos de vuelta Cata... Anda, dile a Margarita y a Alonso que ya estoy aquí.
Catalina lo miró extrañada – Gonzalo, Margarita no está aquí, yo la vi entrar en vuestra casa, es más, me dijo que si me importaba que Alonso se quedara en mi casa esta noche... Creo, que hoy por parte de ella, tienes sorpresa – se lo dijo con una sonrisa.

- Es que acabo de llegar y al ver la casa en penumbra, pensé...
Catalina lo interrumpió – Me imagino que no has entrado en tu alcoba ¿verdad? Quizá se ha quedado dormida, acuérdate que ya pasó una vez y no te diste cuenta de ello.
- Tienes razón Cata, no he llegado a entrar en la alcoba... Me gustaría ver a mi hijo.
- Pero pasa, ¿te vas aquedar ahí? ¡Alonso, tu padre!

Gonzalo había pasado al interior, enseguida apareció Alonso seguido de Murillo.

-¡¡Padre!! – Alonso se colgó del cuello de Gonzalo. Éste, lo aupó y lo besó en la frente.
– Por lo que veo ésta noche te quedas a dormir con Murillo.
- Si padre y te prometo que me voy a portar bien.
Gonzalo no pudo por menos que echarse a reír – Ya no hace falta que te llame la atención - lo dijo mientras le alborotaba el cabello – Bueno, yo me marcho, así que hasta mañana, espero que no te recojas muy tarde.

- No te preocupes, que estos dos ya se van a la cama, de eso, me encargo yo.
- Entonces Cata, hasta mañana.
- Adiós Gonzalo, que descanséis - al hacer el último comentario, lo dijo con cierta sorna. Gonzalo movió la cabeza sonriendo y saliendo de la casa de Catalina se dirigió a la suya.

Subió aprisa la escalera y empujó la puerta cerrándola por dentro. Sátur estaba avivando el fuego. Ya la sala principal estaba más iluminada, Sátur se había encargado de ir encendiendo las diferentes velas.

Gonzalo miró hacia la alcoba, apreció que no estaba cerrada - ¿Se ha levantado Margarita?
- No amo, a la señora no la he visto. Creí que estaba con Catalina.
- Eso creí to también, se habrá quedado dormida y como no he llegado a entrar en la alcoba... Prepara algo para la cena Sátur, estoy en mi habitación.

Gonzalo se dirigió a su cuarto, al no estar la puerta del todo cerrada, apreció algo antes de entrar en su alcoba por lo que apresuró su paso y entró todo contrariado por lo que sus ojos estaban contemplando. Margarita no se encontraba y los dos cajones del peinador se encontraban abiertos, en ellos, la ropa estaba en desorden. Había ciertas prendas en el suelo y el arcón de ella también se encontraba con la cubierta abierta, la ropa estaba revuelta. No comprendía. ¿Qué estaba pasando? ¿Dónde estaba su esposa? Salió a toda prisa de la habitación.

Sátur preparaba la cena y al ver a su amo con el rostro contrariado, se preocupó – Amo. ¿qué pasa?
- ¡No sé Sátur! Margarita no se encuentra en la alcoba y sus ropas están revueltas... ¿Pero dónde está? ¿Qué...

Algo que escuchó en el piso de arriba hizo que no siguiera hablando. Mirando a Sátur se dirigió a la escalera subiendo los escalones de tres en tres. Se paró ante el cuarto que ocupó su mujer antes de casada. No estaba cerrada del todo, terminó de abrir aquella hoja de madera. La tenue luz de una vela alumbraba en parte aquella pequeña estancia. Desde el umbral vio que su esposa estaba sentada en la cama de espalda a la puerta. En el lecho, en desorden, había ropa de ella. Una gran incertidumbre inundó el alma de Gonzalo.

Escuchando los latidos de su corazón dio unos pasos adelante acercándose a la cama - Hola Margarita, ya estoy de vuelta... Ya... ya estoy contigo mi amor pero dime, ¿qué haces aquí? ¿y estas ropas? - Gonzalo intentó hablar con calma pero el silencio de su esposa lo confundió más aún - ¿Pasa algo Margarita?

La muchacha tragando sus lágrimas se levantó de la cama y lentamente se volvió hacia su marido. Sus ojos se encontraron, él dio unos pasos. Gonzalo le desconcertó verla con los ojos enrojecidos y la palidez que cubría su rostro -  Pero, ¿qué tienes cariño? ¿Te sientes mal?  – fue a  acercarse a ella todo angustiado pero se detuvo al ver que ella daba un paso atrás.

- Esto te pertenece ¿no Gonzalo? - la muchacha intentó aguantar la rabia que salía de sus labios y levantando las manos las abrió para dejar caer el shuriken y las plumas rojas con el papelillo – Me... me imagino que... Que para Mariana habrá sido un consuelo... Un consuelo que le llevaras el cuerpo de su marido ¿no?

Gonzalo se puso lívido. No podía creer lo que estaba viendo y escuchando de su esposa. Su mirada fue de las manos y lo que había dejado caer, a los ojos de ella, vio tantas cosas en aquel momento. Fue a decir algo pero el arranque de Margarita lo detuvo.

- ¡¡Cuándo!! ¡¿Cuándo ibas a decírmelo?! - se había acercado a él y alzando la mano, abofeteó con fuerza el atractivo rostro pero conmocionado de su marido.



A Gonzalo no podía dolerle aquella bofetada, se merecía esa y todas las que le pudieran caer, pero si le dolía el dolor que veía en los ojos de su esposa. Pero no era sólo dolor lo que veía en ellos, también veía, el desengaño, el miedo...

- ¡¿Hasta cuándo ibas a tenerme ignorante de ello?! - estaba fuera de sí, ya no intentaba ocultar su rabia, su dolor...
- Mar... Margarita, escucha... - Gonzalo fue a sujetar a su esposa por el brazo, pero ella se soltó violentamente.
- ¡¡¿Qué te escuches?!! ¿Ahora, qué te escuches? ¡¡¿Qué me vas a decir?!! Que nunca encontraste el momento adecuado, o quizá, que tenías miedo a decirme quien se escondía detrás de la fachada de maestro, ¿no? ¡¡No Gonzalo!! ¡¡No tengo nada que escuchar de ti!! ¡Nada!

Lloraba, lloraba sin consuelo. Gonzalo se sentía desorientado, se sentía impotente ante tanto dolor y lo peor, que él, era el causante de ello. Margarita se había dejado caer en la cama cubriéndose la cara entre las manos ahogando los sollozos.

Gonzalo, tragando saliva se acercó a ella. Se agachó, quiso apartarle las manos de la cara – Vamos, vamos a nuestra alcoba... Allí hablamos... Por favor...
Margarita se revolvió - ¡¡No Gonzalo!! ¡No quiero que hablemos! y en cuanto a la alcoba, este, es de nuevo mi cuarto - se había levantado del lecho alejándose de él.
Gonzalo se incorporó contrariado – Eres... eres mi esposa...
La muchacha se volvió hacia él - ¡¡No Gonzalo!! no soy tu esposa. ¡Para ti nunca existió ese vínculo porque siempre mi vida contigo fue un engaño! y ahora... Ahora, te pido que me dejes sola ¡¡Vete!!

Él, no quería, él, no podía permitir que se quedara allí, sola en las circunstancia en que estaba – No Margarita, no puedes quedarte sola... Debes tranquilizarte por favor... En tu estado no es bueno que te alteres... Anda vamos...
De nuevo fue a tomarla del brazo, pero de nuevo ella se deshizo de sus manos - ¡¡Quiero estar sola!! y en cuanto a mi estado, no tienes por qué preocuparte de mí... Nada te debe preocupar ¡¡Sal de aquí!! ¡¡Vete!! pero antes... Antes, te llevas eso, quizá, quizá esta noche te haga falta - se lo dijo señalando el arma punzante y las pluma rojas.

Gonzalo tenía que intentar convencerla. Se había acercado a ella y tomándola por los hombros la sujetó fuertemente – ¡Cálmate y escúchame!... Nada, nada que pueda decirte sé, que no va a paliar el daño que sientes, pero si me dejaras hablar...
- ¡No! ¡No quiero oírte!! ¡¡No quiero dejarte hablar!! ¡Me has engañado bastante para creer nada de lo que me digas!! Lo que quiero... Lo que quiero,¡¡es qué te vayas! ¡¡No quiero verte!! - a la vez que lo gritaba, intentaba soltarse de sus manos.

Gonzalo estaba impresionado por la reacción de ella. Sufría como nadie verla de aquella manera pero la vio tan alterada que prefirió ceder de momento – Está bien, está bien, cálmate, ya me voy pero... Pero cuando te tranquilices tenemos que hablar - se apartó de ella, y se inclinó recogiendo los objetos que estaban en el suelo cerrándolos en su mano con fuerza.

Muy a su pesar, dio la vuelta dirigiéndose hacia la puerta, cuando llegó al umbral se giró para mirar a su mujer. Ella parecía esperar que él saliera del cuarto. Con los ojos brillantes por las lágrimas Gonzalo salió de la habitación pero no hizo intento de bajar la escalera. Margarita se apresuró a cerrar la puerta con gran ímpetu. Gonzalo se dejó caer en la pared hasta llegar al suelo y arrojando con rabia lo que llevaba en su mano, ocultó la cabeza entre sus brazos sollozando como un chiquillo.

Sátur se encontraba en la planta de abajo. Lo había escuchado todo y en ese momento sufría por los dos, por su amo y por aquella preciosa mujer que era su esposa. Subió la escalera, se conmovió al ver a su amo de la forma en que estaba. Gonzalo se estremecía por el llanto. Sátur se acercó a él y le puso con gran cariño una mano en su hombro.

– Amo, por favor cálmese... Ya na’ se puede hacer, las cosas han querío que fueran así... Ahora ella está muy ofuscá, asustá por todo lo que ha descubierto, pero sé que entrará en razón y lo escuchará.
- Sátur, ¡¡yo soy el único culpable!! ¡¡Yo tenía que haberle hablado claro desde un principio!! y ahora... Ahora no sé qué va a pasar... La veo tan desesperada, ¡tan llena de dolor! ¡tan llena de miedo! - Gonzalo había alzado su rostro anegado por el llanto hacia su fiel postillón.

- Amo es normal, pero ahora no es cuestión de sentirse culpable... Ahora es cuestión, de que usted más que nunca no se venga abajo para poder ayudar a su esposa... Sé, que ella no se lo va a poner fácil pero usted debe tener paciencia y no dejarse vencer.
- Quizá tengas razón Sátur, las cosas han  pasado así y no puedo dejarme vencer.
Gonzalo se pasó las manos por la cara limpiando de llanto toda ella. Luego se incorporó suspirando profundamente – Voy a entrar e intentar de que...

Sátur interrumpió a su amo - ¡No amo! Deje que ella se desahogue, que vaya asumiendo lo que ha visto, que vaya asimilando quien es usted y eso, sólo lo puede hacer sola...
- Pero Sátur... ¡Yo no quiero que esté sola! Yo... yo quiero abrazarla, decirle, que si callé fue por ella... Por protegerla primero y por no hacerla sufrir después, que... Que estuve en muchos momentos de contarle la verdad pero siempre hubo algo que lo impidió, algo que me retuvo a hacerlo.
- Amo, escuche, todo eso se lo dirá pero ahora ella no lo va a escuchar, está demasiado herida para ello, déjelo pasar de momento... Ya mañana se verá...

Gonzalo se dejó caer de nuevo al pie de la puerta. Sentía como si una losa hubiese caído sobre él. Apoyó la cabeza sobre la pared – Algo... algo me decía que no debía dejarla sola, temía por ella... ¡Temía por ella! y ya ves, así ha sido.
- Pero amo, ¿cómo ha podido descubrirlo? Todo se quedó bien cerrao.
- ¡Qué importa cómo haya sido Sátur! El caso es que lo ha descubierto, y lo ha descubierto sola y es a lo que siempre tuve miedo.
Sátur que se había sentado junto a su amo, se incorporó – Ahora regreso amo.

Diciendo esto, Sátur  se encaminó pasillo adelante hasta llegar a la ventana que daba al tejado comprobando que estaba abierta. Con sumo cuidado pasó al exterior. Mientras, Gonzalo no dejaba de estar pendiente de cualquier ruido que se escuchara en la habitación. Sentía una gran opresión en su pecho. ¡Cuánto hubiera dado por estar con ella! Sólo de pensar lo que estaba sufriendo por su culpa, nunca se lo iba a perdonar. Nunca se perdonaría a sí mismo todo el dolor que le estaba causando.





Con la venganza en su mano.


La lluvia no dejaba de caer y un aire frío comenzaba a levantarse. Pero ni el agua, el aire, ni las calles embarradas impedían que aquella figura envuelta en una capa negra se deslizara entre las sombras de la noche. Procurando sortear lo mejor que podía los charcos y el lodo, sus escarpines abotinados se dirigían con paso seguro a un determinado lugar. Sus ojos ávidos casi cubierto por la capucha que cubría su cabeza, buscaban la casa. Sabía que era por allí, recordaba aquel lugar, aquel barrio de casas desconchadas y puertas desvencijadas. De vez en cuando miraba hacia atrás.

Todo estaba solitario, apenas algunos mendigos que buscaban un refugio en la calle para pasar la noche y que se quitaban el frío, al pie de los braseros que situados en diferentes puntos también servían de luminarias, pero temía que pudiera salirle al paso algún desaprensivo o algún borracho. No había querido que ninguno de sus lacayos la acompañara, no quería testigos, por eso, había dejado el carruaje con el cochero en una zona cercana, en unos de los barrios pudientes haciéndole ver, que iba a hacer una visita.

Al fin llegó ante la casa. No titubeó al llamar. Sólo tuvo que esperar un poco y aquella puerta destartalada se abrió. Ante ella, apareció aquel hombre al que llamaban “el saca crío” Llevaba una botella en su mano. Al hablar le echó el aliento oliendo a alcohol.

- ¿Qué quiere?
- Necesito de sus servicios – lo dijo con seguridad.
- Pase – el hombre la hizo entrar y cerró la puerta. Se volvió hacia la mujer – Creo, que por su voz y la ropa que trae puesta, usted hace unos meses ya estuvo por aquí, pero en aquella ocasión venía acompañada de una sirvienta ¿Me equivoco?
- ¡Vaya! parece que tiene muy buena memoria.

Lo dijo mientras recorría con su mirada aquel lugar que desprendía un olor nauseabundo a sangre seca. Sus ojos se posaron en aquel camastro cuyo lienzo no dejaba de estar sucio, en aquellos “instrumentos” que hizo que un escalofrío recorriera su cuerpo. Apartó la vista de ello. Todo aquello la repugnaba pero nada de eso la iba a hacer detenerse.

- Nunca se debe de perder la memoria cuando de por medio hay una bolsa de dinero.
Al escuchar la voz del hombre, Lucrecia se retiró la capucha dejando ver su rostro al completo – Pues tendrá esa misma bolsa si me da el mismo remedio que la vez anterior.
El curandero se alejó un poco de ella volviendo con el frasquito entre sus dedos - ¿También es para una criada? Veo que es una buena protectora de sus sirvientas ¿Cuánto tiempo lleva sin sangrar?
- Mi criada ya ha hecho las dos faltas... Está entrando en el tercer mes.
- Debía haber venido antes, pero tome y le digo lo mismo que la vez anterior, sólo cinco gotas, ni una más, y si a los dos día no lo ha echado, la trae por aquí que se lo saco.

Lucrecia tomó con su mano enguantada el frasquito de cristal y se lo guardó en su faltriquera de mano, a la misma vez, sacó una bolsita negra de terciopelo entregándosela al hombre – Aquí tiene y decirle que yo no he visitado este lugar, creo que no hace falta.
- No se preocupe... Yo a usted no la conozco, nunca ha pasado por mi casa - se había dirigido a la puerta abriéndola.

Lucrecia poniéndose la capucha salió de aquella casa y se perdió entre las sombras de la noche tomando el camino de regreso. Apresuró el paso lo más que los charcos y el lodo se lo permitían. Le pareció interminable el tiempo que echó hasta pisar aquel barrio. Un barrio donde sus casas señoriales y palacetes la hicieron respirar con tranquilidad. Por aquellas calles era más fácil de caminar, ya que algunas de ellas estaban adoquinadas. No había muchas calles empedradas en la Villa.

Ya hacía un tiempo que algunas ciudades de Europa optaron por adoquinar sus calles, precisamente para evitar el embarrado en las épocas de lluvia. Paris y Londres, fueron las primeras ciudades que tomaron la iniciativa para ello. En la Villa, sólo ciertas calles podían tener ese privilegio y eran donde se levantaba los edificios de los nobles. En el interior, algunos barrios lo más a lo que podían acceder era a una calle cementada, entre las que se encontraba el barrio de San Felipe.

Lucrecia llegó a la altura de su carruaje. El cochero esperaba abajo del pescante, nada más la vio llegar le abrió la puerta. Recogiéndose el vestido subió el escalón y se introdujo dentro acomodándose en el asiento. El cochero cerró la puerta y esperó a que su señora le diera la orden de ponerse en marcha.

– A Palacio y ya sabes, esta noche no he salido de él, me encuentro enferma - sacó su mano por la ventanilla entregándole una bolsita. El hombre la tomó, haciendo un ademán con su sombrero se retiró subiendo al asiento del vehículo. Tomó las riendas e incitó a los caballos a dirigirse al Palacio de Santillana.

Lucrecia apretaba con fuerza la faltriquera entre sus manos. Una sonrisa entre abría sus labios. Sabía que estaba a punto de cumplir su venganza, sólo era cuestión de horas. Mientras, el carruaje había salido de la Villa y ya recorría el camino hacia los aledaños del Marquesado pero no tomó el camino de la entrada principal sino que haciendo un rodeo, el carruaje se detuvo en la parte trasera de Palacio. El cochero se bajó y se dirigió a la ventanilla. Lucrecia le entregó una llave. El hombre la tomó y acercándose a la gran verja, introdujo la llave en la cerradura de la cancela. La abrió, luego, volvió al pescante y condujo el carruaje hasta el interior.

Lo detuvo y saltando de él, fue hasta la cancela cerrando ésta con la llave. Volvió sobre sus pasos entregándole la llave a su señora por la ventanilla. Lucrecia la guardó en su bolsito. El hombre condujo el vehículo hasta la entrada de las dependencias de servicio. La Marquesa de Santillana no esperó a que el cochero le abriera la puerta. Bajó del coche y se dirigió dentro de aquellas estancias. Todo estaba a oscura, pero a tientas entró en la cocina y de allí, subió la escalera hasta el primer piso.

Algunos apliques de las paredes, alumbraban con sus velas parte del pasillo. Recorrió lo que la separaba de sus aposentos. Sacó la llave y la introdujo en la cerradura de la puerta. Cuando fue a empujarla, una mano agarró la suya sobre la manilla. La voz, aunque baja se hizo escuchar en el silencio de aquella galería.

- ¿De dónde vienes a estas horas Lucrecia?

Por un momento Lucrecia se sintió pillada, pero en seguida se recompuso y levantando su rostro puso sus ojos en los de Hernán que la miraba fijamente y algo burlón.

- No soy nada tuyo para decirte de donde vengo Hernán.
- Según tenía entendido te encontrabas enferma, pero por lo que veo no es así, sino, no entendería que salieras con este tiempo y volvieras tan tarde.
- No voy a darte ningún tipo de explicaciones Hernán y si me permites, quiero entrar en mis aposentos, ya es hora de descansar y a ti, te digo que hagas lo mismo... Quizá tu esposa te esté echando de menos. Puede que le hagas falta para que le calientes la cama, hace una noche muy fría, querido.

Hernán se apartó y Lucrecia entró en su recámara cerrando la puerta. Hernán Mejías se quedó muy pensativo. Acababa de llegar de los Calabozos cuando la vio bajar del carruaje y la esperó entre las sombras, quería sorprenderla y estaba seguro que lo había hecho, pero ella sabía cómo no darlo a entender. ¿De dónde vendría? ¿Por qué había fingido qué se encontraba enferma? Preguntas que se hacía y cómo siempre, en aquel momento no tenía respuestas, pero algo le decía, que aquella salida no era una salida cualquiera.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Sep 17, 2016 3:02 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.


Capítulo,11


Noche de incertidumbre.


No sabía el tiempo transcurrido desde que Sátur se había ido. Todo estaba en silencio, sólo el silbar del viento rompía aquella angustiosa paz. En ese tiempo, nada había escuchado detrás de la puerta que lo separaba de su esposa. Ya no la escuchaba llorar, pero tenía que saber cómo se encontraba, no podía estar lleno de incertidumbre sabiendo que estaba sola con todo su dolor, con tanto daño... Tenía la cabeza apoyada en sus rodillas y sus brazos rodeando sus piernas. Un roce hizo que levantara la mirada. Era Sátur, éste, se sentó junto a él.

- ¡Vaya nochecita que hace! Amo, algo tuvo que hacerla subir al tejao y descubrió la trampilla, quizá tenía en mente lo del dichoso desván y la curiosidad pudo con ella... Tuvo que utilizar algo para abrir el candao. Amo, tuvo que ser muy fuerte para ella, porque no se ha preocupao en dejar nada recogió, hasta el candil se lo dejó abajo... Ya lo he puesto todo en su sitio y he vuelto a cerrar la trampilla, sólo he dejado abierto el pestillo del acceso a su alcoba... En cuanto baje, le subo sus cosas a la guarida.


- No me importa Sátur... No me importa nada que tenga que ver con la guarida, sólo me importa ella ¡Sólo ella! – Gonzalo miró a Sátur – Tengo que entrar Sátur, tengo que saber cómo está. No sé si se ha tranquilizado o no... No puedo estar sin saber...
- Si eso, a la vez lo sosiega a usted, entre, pero no intente de hacerla entrar en razón, eso ya vendrá poco a poco.

Gonzalo se levantó poniendo la mano en la manilla. Lentamente fue abriendo la puerta. La habitación estaba casi a oscuras, la vela se había ido extinguiendo. Pudo percibir el cuerpo de su esposa acostado en la cama. Sintió que la garganta se le apretaba de tal forma que parecía que el nudo lo ahogaba. Entornó la puerta y se acercó a la cama rodeándola. Le invadió una gran desesperación al verla de aquella forma. Se había quedado dormida sin siquiera cobijarse debajo de la ropa de la cama. Estaba arrebujada en su toca. A pesar de la penumbra de la habitación, pudo apreciar el rostro hermoso de su esposa. Un rostro con las huellas de todo lo que había vivido y guardaba dentro de ella. Todo su dolor lo reflejaba en él.

Aguantando su propia congoja, se acercó al mueble y abriendo una de sus puertas de celosía, sacó una manta. Con sumo cuidado se la echó por encima, luego, le quitó las zapatillas, terminó de cubrirla procurando que no se despertara. El sueño lo tenía inquieto. Recogió algunas prendas del suelo, quizá al acostarse se habían deslizado de la cama, las llevó hasta el peinador. Abrió uno de los cajones guardándolas con delicadeza, rozando con sus manos cada prenda que colocaba dentro de él. Cerró el cajón. De nuevo volvió junto a la cama, iba a quedarse con ella, iba a velar su sueño. Fue hacia la puerta y terminó de abrirla saliendo al pasillo. Sátur esperaba.

- ¿Qué ocurre amo?
- Se ha quedado dormida pero está muy inquieta, voy a quedarme con ella Sátur... Tú puedes cenar e irte a descansar.
- Pero amo, usted también debe tomar algo.
- No podría pasar nada Sátur, si te pediría, que hicieras algo de infusión. Si se despertara, intentaré que pueda tomarla, eso le calmará los nervios... Ni siquiera sé si habrá comido.
- Bueno amo, no se preocupe, todo se andará... Le hago la infusión y se la tapo para cuando le haga falta pero no me diga que me vaya a descansar. Yo me quedo aquí por si usted necesita de mí.
- ¡No Sátur! ¿Cómo vas a quedarte aquí toda la noche? Ve a descansar, si te necesito, yo te llamo.

- ¡Amo, qué no! Yo me subo una cobija, me siento en este rincón y me echo mis cabezaditas ¡pero a usted no lo dejo solo con este percal! Ni a usted ni a su preciosa esposa, así, que voy a poner la infusión a hervir y voy por mí cobija ¡y no me lleve la contraria porque no voy a hacerle caso! De camino le subo una vela, que veo que hay poca luz en el cuarto.
Gonzalo se emocionó al escucharlo – No sé qué decirte Sátur... Gracias por no querer dejarme solo en estos momentos. Gracias por mí y por ella.
- Pues nada, que bajo y subo en un abrir de ojos.

Sátur fue a retirarse cuando se dio cuenta que en un rincón, estaba lo que Gonzalo había arrojado al suelo. No hizo pregunta alguna, no hacía falta, se limitó a recogerlo bajando rápido la escalera. Mientras bajaba, no podía evitar las lágrimas que afloraran a sus ojos. Sentía un gran dolor por su amo y por su esposa. Deseaba que todo se solucionara y llegara a buen fin. Se lo pedía con gran fe al Dios Todo Poderoso.

Gonzalo había vuelto a la habitación. Cerró la puerta y cogiendo la silla se sentó junto a la cama. No se había movido, seguía en la misma postura pero no tenía un sueño sosegado. ¿Cómo iba a tenerlo? Se inclinó sobre el mismo ocultando la cabeza entre las manos. ¡Tenía que escucharlo! Tenía que escuchar de sus labios la verdad. Tenía que saber  por qué le ocultó esa realidad que ella había descubierto. Sólo lo hizo por amor a ella. Por temor a perderla. Unos toques suave en la puerta, lo sacó de sus pensamientos. Se levantó y abrió.

– Tome amo, le traigo la vela y esta manta. Que en una silla se va a quedar helao ¿Cómo sigue?
- Sigue dormida. Gracias Sátur por la manta.
- Pa’ eso estamos, bueno, me voy a mi rincón... Ya la infusión está hecha para cuando la necesite. También he subido lo suyo - lo dijo señalando la guarida.
- Gracias de nuevo.



Gonzalo volvió a entrar en el cuarto con la angustia atenazando su pecho. Dejó la palmatoria en el peinador y de nuevo volvió a la silla sentándose en ella. Se echó la manta por encima. No dejaba de mirar a su esposa, unos cabellos se habían desprendidos y le caían por su frente abajo. Con sumo cuidado, sin querer rozar con sus dedos la piel de ella para no turbarla, se los apartó. Unas lágrimas resbalaron por sus mejillas, se las limpió con cierta rabia. No debía de llorar. Él ni siquiera tenía derecho a eso. ¡Él no tenía derecho a nada! Se incorporó y suspirando profundamente se dejó caer en el respaldo de la silla. El silencio era absoluto, sólo la respiración entrecortada de la muchacha se escuchaba en la habitación. La desesperación, el cansancio hizo mella en él y sin apenas darse cuenta, sus ojos poco a poco se fueron cerrando pero sólo había dado una cabezada cuando escuchó a su esposa. Margarita comenzó a moverse inquieta en la cama.

- ¡¡Noo!! ¡no! – se revolvía en el lecho y lloraba temblando.

Gonzalo abriendo los ojos vio lo agitada que estaba su esposa. Se levantó de la silla para sentarse en la cama, cogiéndola por los hombros intentó despabilarla - ¡Margarita, despierta! Sólo es una pesadilla cariño ¡Despierta! – la zarandeó. Margarita no abría los ojos pero había roto en un llanto desgarrador.

Gonzalo, abriendo los ojos vio lo agitada que estaba su esposa. Se levantó de la silla para sentarse en la cama, cogiéndola por los hombros intentó despabilarla - ¡Margarita, despierta! Sólo es una pesadilla cariño ¡Despierta! – la zarandeó. La joven no abría los ojos pero había roto en un llanto desgarrador.

Su mente confusa por el sueño la hacía revivir de alguna manera lo que había vivido aquella tarde. Se veía rodeada de sombras pero entre ellas destacaban las armas cuyo acero la deslumbraba cegándola. Quería huir de ellas y de aquella bruma que la rodeaba pero no encontraba la salida. Se veía envuelta por la espesa niebla donde vislumbraba dos rostros, los cuales no alcanzaba a distinguir. Sentía miedo. La niebla se disipaba en torno a ellos dejando entrever el rostro embozado de Águila y el rostro de Gonzalo. Por vez primera, veía claramente los ojos del enmascarado. Eran los mismos ojos que los de su marido La bruma de nuevo fue cercando aquellas dos caras pero fundiéndolas en una sola, en el rostro de su esposo.

¡No! No quiere verlo. Intenta abrirse paso entre la niebla llegando a una escalera que flota en el aire, sube por ella... Siente que unas manos la sujetan., no la dejan que siga su ascenso... Vuelve la cabeza para desasirse de aquellas manos que sujetan su cuerpo... No ve a nadie. Llora y suplica, sólo quiere salir de allí. Sin saber cómo, se ve en el tejado, alguien la lleva hasta él... Escucha su dulce voz como en un susurro... ”Tranquila, todo va a pasar”  Siente el calor de sus manos... ¡Pero ¡no! Ella ya no quiere sentir sus manos, no quiere escuchar su dulce voz ¡Ya no! El embozado también la ha engañado... El enigma, la magia que lo rodeaba se esfumó llevándose su sosiego, sus ilusiones, sus sueños... ¡Todo en su vida es una mentira! Sigue escuchando su dulce voz... Siente el contacto de sus caricias... Se rebela... Intenta deshacerse de aquellas manos...

Gonzalo se le partía el alma verla así. La incorporó estrechándola contra su pecho – Despierta cariño, despierta. Tranquila, todo va a pasar - sus ojos se arrasaban por las lágrimas. Su esposa lloraba asustada sobre su pecho, y aún dormida intentaba quitarse las manos de él que querían mantenerla calmada. Gonzalo le hablaba, le susurraba, le acariciaba su cabello – Tranquila, todo pasó... Sssssh – a la misma vez que le hablaba, percibió que se sosegaba un poco.

Margarita fue abriendo los ojos. Al principio no comprendía, estaba aturdida, pero al momento apreció que estaba sobre el pecho de su marido, y éste, aparte de hablarle con dulzura, le acariciaba su cabello. De nuevo la congoja le subió hasta su garganta, no había despertado de una pesadilla, seguía en ella.

- ¡No! ¡no quiero qué estés aquí! – se apartó de él bruscamente dejándose caer en la cama de bruces ocultando el rostro entre las almohadas – ¡Vete! No te quiero conmigo - ocultaba su llanto mordiendo la almohada.

Gonzalo la cubrió con la manta. Sabía que no iba a hacer fácil pero no iba a intentar que razonara, todavía no. Como le dijo Sátur, ella tenía que asimilar todo aquello y él, acarrear con lo que viniera. Él, sólo él, era el culpable de todo. Lo que si iba a intentar era de calmarla.

– No tengo derecho a pedirte nada pero debes serenarte... Puedes ponerte enferma, si no lo haces por mí, hazlo por nuestro hijo... Piensa en él.
- ¡Es mi hijo! ¡Sólo mío! ¡y pienso en él! Más que nunca pienso en él porque es lo único... Lo único que me da fuerza para seguir mirando adelante - lo dijo entre las lágrimas que ahogaban su voz.
Gonzalo sintió una gran opresión en el pecho a escuchar aquello – No puedo tomarte en cuenta lo que acabas de decir porque sé lo herida que estás - mientras lo decía, Gonzalo se levantó de la cama – Voy a traerte una infusión, eso te relajará los nervios, también creo que deberías meterte bajo la ropa de la cama, de ésta forma, sólo puedes coger frío.

- ¡Qué puede importarte a ti! - lo dijo con rabia, dolida, con amargura.
- ¡Mucho Margarita! ¡Sabes cómo te amo! – la voz de Gonzalo se escuchaba con una infinita tristeza.
Pero la muchacha ante el comentario de él, se incorporó de lado y lo miró con los ojos arrasados por las lágrimas - ¿Qué yo sé cómo me amas? ¡No Gonzalo! Yo no sé cómo me amas ¡porque nunca me amaste!
El rostro de su marido se contrajo por el dolor, se acercó a la cama – No digas eso. Mi amor por ti es inmenso... Siempre lo fue.
- Gonzalo, el amor no se forja con mentiras ni con secretos ¡y eso es lo que tú has hecho! ¡Me usaste Gonzalo! Me utilizaste... Te aprovechaste de mi confianza y yo ilusa de mí, creí en ¡el Águila!
- ¡No Margarita! Yo nunca te usé... Si me dejaras hablar sabrí...

La muchacha no lo dejó terminar - ¡No! ¡no voy a dejarte hablar! Más mentiras ¡no! Ya no te creería... Envuelto en las sombras, por mí supiste todo lo que sentía por ti... Todos mis anhelos, mis deseos... Debías intuir mi desconcierto ante la presencia del embozado, de lo que me inquietaba su presencia y lo dejaste pasar... ¡Yo creía que era una obsesión! Era tanto lo que te ansiaba, que en ese hombre te sentía a ti ¡Cómo te habrás reído! Dime, la noche que me besaste en el tejado no te daría lugar a desvestirte... Me imagino que estabas bajo la ropa de la cama vestido ¿no?... ¡Qué pena! ¡Tan valiente con la espada y tan cobarde para no enfrentar tu verdad de frente! ¡El maestro! Un maestro cuyas armas creí que eran sólo los libros y sin embargo, sigues empuñando una espada... ¿Cuál de esas armas enseñas a tus alumnos? Dime ¡¡Cuál!!

No supo cómo sacó fuerzas para decirle todo aquello. Se ahogaba, se dejó caer en la almohada rompiendo en sollozos. Gonzalo aguantó todo lo que ella le dijo. Su corazón palpitaba fuertemente. Dolía, como le dolía que ella pensara y hablara todo eso de él, pero de momento no podía hacer nada. Tenía que dejar que echara afuera todo su pesar, todo el dolor que la embarga, luego esperaría a que lo escuchara, que escuchara la verdad de sus labios.

- Voy a por la infusión, debes tomarla, algo te calmará - Gonzalo se apartó de la cama,  pasándose las manos por su rostro anegado de lágrimas. Abrió la puerta de la habitación. Sátur parecía que esperaba.
- No has podido dormir ¿verdad?
- Si amo, algo he dormío pero me desperté al escuchar la voz de su esposa algo alterá... No está mejor.
- No Sátur, no está bien... Por favor, bajas y subes un tazón con la infusión, caliéntala un poco, también tráete una vela, esa está casi extinguida.
- Ahora mismo amo y no se preocupe, es normal que esté así, necesita su tiempo... Bueno voy a  por eso - arrebujándose en la manta Sátur bajó la escalera.

Gonzalo volvió a la habitación entornando la puerta. Las botas se hacían sonar sobre el suelo de madera. Margarita de espalda a la puerta escuchó los pasos de él – Te he dicho que no te quiero aquí ¡Quiero estar sola!

Gonzalo intentó controlarse, costaba mantenerse sin hacer nada. Necesitaba poder abrazarla y decirle todo lo que él sentía en aquel momento. Necesitaba consolarla y acariciarla, besarla... Pedirle perdón por su silencio y por todo lo que estaba sufriendo por su culpa pero nada de eso podía hacer, porque de ella sólo encontraría rechazo. Volvió a ocupar la silla.

La muchacha volvió la cabeza para el otro lado, no quería verlo – Te he dicho que quiero estar sola.
- Me he enterado pero me iré cuando te hayas tomado la infusión y te vea más tranquila, mientras no... Aunque sé lo que piensas de mí, te amo demasiado para no preocuparme de ti.
- ¡Cállate! ¡¡No quiero seguir escuchándote! ¡No quiero! - Margarita se cubrió los oídos con sus manos.

Gonzalo cerró los ojos abatido. Unos toques en la puerta, hizo que se levantara. Aunque estaba sólo entornada, el bueno de Sátur no vio conveniente ni siquiera de asomar su cabeza. Gonzalo se levantó y se acercó a él.

– Tome amo, está caliente.
Gonzalo tomó primero la vela dejándola en el peinador, luego tomó el tazón que su fiel criado le ofrecía – Gracias Sátur y por favor vete a descansar.
- Amo, es que no quiero dejarlo solo.
- Sátur, eres el mejor de los amigos por querer estar a mi lado en estos momentos y apoyarme, pero no me va a pasar nada porque ya me pasó todo, así, con que uno pase mala noche es suficiente, además Sátur, no sé cómo va a estar la situación en la mañana... Según como vea la cosa, iré a la escuela o no y si no voy, tú serás quien la abra y esté pendiente de los alumnos, así, que tienes que descansar para que estés despejado para bregar con esos tabardillos.

- Amo si me lo trata de esta manera, pues sí, es mejor que me vaya a mi jergón, porque bregar con esos zagales tiene lo suyo, pero eso sí, me voy con la condición de que si necesita algo de mí, que me avise...
- Lo haré Sátur y entro porque si no se va enfriar la infusión... Que descanses.
- Gracias amo y suerte.
Gonzalo lo miró con tristeza en sus ojos, luego volvió a entrar en el cuarto cerrando la puerta. Se acercó a la cama – Aquí tienes la tisana, tómatela, está caliente... Te caerá bien...
- Nada me puede caer bien - al decirlo no se volvió. Seguía dándole la espalda a su marido.

- Margarita, ni siquiera me imagino por lo que estás pasando y de sobra sé que todo es por mi culpa, pero no voy a dejar que te hundas... Como has dicho, tienes algo que te da fuerza para seguir mirando adelante ¡Pues demuéstralo! Demuestras que vas a luchar para que ese hijo que llevas en tu vientre nada le pase y para eso, tienes que poner de tu parte, así que tómate esto.
- Deja... déjalo en la mesita y vete.
- No... No lo voy a dejar en la mesita y me iré cuando te lo hayas tomado.

La muchacha guardó silencio, sabía que no iba a irse. Sabía que de alguna manera con respecto al hijo que llevaba en su seno llevaba razón, y ella no quería que a su hijo le pasara nada. Se incorporó sentándose en el lecho. Gonzalo le puso por delante el tazón. Sin mirar a su marido lo tomó entre sus manos y lo fue tomando. Mientras, Gonzalo le fue acomodando las almohadas en la espalda, luego, se sentó a esperar a que ella terminara. La contemplaba y sentía que se ahogaba. Estaba demacrada, el cabello revuelto cayéndole como una frondosa cascada, los ojos enrojecidos y aunque ella evitaba mirarlo, sabía que en la profundidad de ellos, la luz que habitualmente brillaba como el más maravilloso lucero, no existía en aquel momento.

- Cuando termines de tomarte la infusión, te desvistes y te metes bajo la ropa de la cama, descansarás mucho mejor.

Gonzalo estaba echado para adelante y le hablaba con toda dulzura. Margarita no quería escucharlo, no quería escuchar su voz, no quería tenerlo allí. Se tomó el último sorbo dejando el tazón en la mesita. De nuevo se volvió al otro lado arrebujándose en la manta. Gonzalo se incorporó suspirando. Se levantó y fue hasta el peinador. Abrió uno de los cajones y sacó el camisón que él mismo había guardado unas horas antes. Cerrando el cajón, se volvió a ella poniendo la prenda encima de la cama.

- Aquí tienes, será mejor que hagas lo que te he dicho, las medias no es bueno que te las dejes puesta en tu estado... Espero que mañana me dejes hablar, es necesario que me escuches. Procura descansar, cualquier cosa, estoy afuera, aunque tú no quieras no voy a dejar de estar pendiente de ti - Gonzalo tomando la manta que había usado y el tazón, se encaminó a la puerta. La abrió, pero antes de salir se volvió de nuevo a ella. Su esposa no había hecho intención de moverse. Con gran desasosiego salió entornando la hoja de madera.

Margarita sintió que de nuevo la invadía la congoja. Estaba llena de vacío, de amargura por tanto desengaño, de miedo, ante lo que había visto, ante lo que era su marido. Era difícil para ella enfrentar una cosa así. En aquel momento se daba cuenta que no conocía a Gonzalo, no sabía quién era su marido. ¿Con quién se había casado? ¿Quién era realmente Gonzalo de Montalvo? Las lágrimas volvieron a sus tristes ojos, no hizo por retenerlas, las dejaba escapar para liberarse, para liberar su corazón de tanto dolor. Daría tanto por alejarse de allí, de aquella casa, de él...

¡Cómo deseaba volver en aquellos momentos a Sevilla! Quizá sería la mejor solución. Ella crearía a su hijo sola, con ella no iba a faltarle de nada, trabajaría en lo suyo, de costurera y sino, en lo que fuera, pero era lo mejor, irse de la vera de él era lo que más deseaba. Pero al igual que lo pensó lo desechó. No podía irse, no podía dejar la Villa sin tener que dejar a una personita que todavía le hacía mucha falta. Su niño, Alonso, todavía era muy pequeño y él, aunque estaba ajeno, ella le hacía más falta que nunca después de saber la realidad cruel que los rodeaba.

Pensó en el hijo que llevaba en sus entrañas y pensó en lo que su marido le dijo. Tragó saliva al recordar en la forma en que lo hizo. Con cierto trabajo se levantó. Comenzó a desvestir su cuerpo extenuado poniéndose el camisón. Quitó la cobija de encima de la cama dejándola en la silla. Destapó el lecho cobijándose entre las sabanas y mantas, encontró alivio al hacerlo. Se sentía tan cansada... Sólo quería dormir, dormir y despertar... Despertar descubriendo que todo lo que había vivido había sido sólo una pesadilla.




Apenas despuntaba el alba cuando Sátur salía de su cuarto. Hacía frío y el hogar estaba casi extinguido. Fue a echar leña para avivarlo. La casa estaba en penumbra. Su mirada la dirigió a la alcoba de su amo. ¿Habría llegado a acostarse? Terminó de avivar el fuego y se dirigió a la habitación. La puerta estaba abierta tal como se quedó la noche anterior. No llamó, sino que asomó la cabeza para comprobar que la cama estaba intacta. Su amo no había llegado a acostarse. Movió la cabeza, procedió a recoger las prendas de Margarita que se hallaba en el suelo guardándola en su sitio, luego salió y se dirigió a la escalera subiendo por ella.

Cuando llegó al primer descansillo, volvió a mover la cabeza. Gonzalo estaba junto a la puerta del cuarto donde se encontraba Margarita. Estaba dormido en la silla baja donde su esposa acostumbraba coser, tenía la manta echada por el cuerpo y descansaba su cabeza en un almohadón. Sátur subió los cuantos escalones que lo separaba de su amo. Le puso una mano en el hombro, le habló bajito.

– Amo, amo...
Gonzalo abrió los ojos de golpe - ¡¿Pasa algo Sátur?! – lo preguntó con cierta angustia e incorporándose en la silla.
- Tranquilo amo, todo está bien, bueno eso creo... Lo llamo pa’ que se acueste como Dios manda. Ande váyase a la cama, que yo estoy pendiente.
- No Sátur, no podría irme a la alcoba sabiendo que ella está ahí... No sé a qué hora pude quedarme dormido.

Un chasquido en el interior del cuarto hizo que Gonzalo se levantara de lo más ligero y terminara de abrir la puerta. Había poca luz ya que la vela estaba casi apagada. Margarita estaba sentada en la cama y el vaso del agua roto en el suelo. Gonzalo se había acercado a la cama – Tenías sed ¿verdad? Ahora te traigo otro vaso - se volvió hacia Sátur que se había quedado en la puerta – Sátur, sube un vaso y una vela.
- Ahora mismo amo.

Gonzalo se quedó mirando a su esposa. Apenas apreciaba su rostro - ¿Cómo te encuentras? – se había sentado en la cama.

Margarita se había vuelto a echar sobre las almohadas. Hacía poco que había abierto los ojos, el agotamiento y la infusión había hecho que durmiera algo pero no fue un sueño reparador. Sentía la boca seca y fue a beber pero al coger el vaso sintió la mano dolorida y se le escurrió de ella. Sabía que su marido esperaba una respuesta. De nuevo la congoja le subió a la garganta. No quería contestarle. ¿Qué podía importarle como se encontraba?

- Margarita, nada de esto es fácil para ti, ni para mí... El único causante de todo esto soy yo, más que nadie lo sé, pero déjame ayudarte, no te encierres en no querer saber. No es bueno para ninguno de los dos.
- ¡No me importa lo bueno o malo que sea para ti! - lo dijo llena rabia y de una gran amargura.

Gonzalo sintió una gran desesperanza. No iba a ser fácil a que se viniera a razones pero no iba a darse por vencido, tenía que luchar porque ella lo escuchara y lo iba a hacer, aunque le costara tiempo y dolor. Los toques en la puerta hicieron que Gonzalo se levantara. Sátur esperaba con el vaso y la vela. Con un ademán, el buen hombre quiso saber cómo estaba la situación. Con un movimiento de cabeza de su amo, Sátur comprendió. Gonzalo volvió junto a su esposa. Puso la vela en la mesita y echó de la jarra algo de agua en el vaso. Se lo entregó a su esposa.

– Ten, aquí tienes.
La muchacha se incorporó, al hacer el esfuerzo con la mano sobre la cama no pudo de dejar de contraer su rosto por la molestia. Gonzalo apreció esto frunciendo el ceño – ¿Te duele algo?

No contestó a su marido pero al ir a tomar el vaso que él le entregaba, Gonzalo se dio cuenta de que algo le pasaba en la mano. Ella cogió el vaso y bebió de él, luego lo dejó en la mesita. Fue a acostarse de nuevo pero la detuvo la voz de su marido.

– Enséñame la mano Margarita.
Por un momento miró el rostro de Gonzalo – No sé... No sé por qué había de enseñarte la mano.
Gonzalo no esperó, tomó la mano de ella comprobando los cortes que había en su palma. Supo de donde provenían aquellos cortes – Anoche no aprecié nada de esto ¿Por qué no me lo has dicho? Aunque son superficiales tenías que haberte curado, además tienes la sangre seca y eso hace que te estire más la piel por lo que eso hace que estés más molesta... Voy a limpiarte y a echarte alcohol.
- No creo que haga falta.
- ¡Si hace falta Margarita! ¡Y te guste o no lo voy a hacer! – esta vez Gonzalo no ocultó su irritación.

De igual modo salió de la habitación. Al quedarse sola la joven apretó los dientes conteniendo las lágrimas que querían aflorar en ellos. Se limpió la cara de un manotazo. No iba a llorar, ya no. Le iba a demostrar que ya nada de él le podía afectar.

Gonzalo no tardó en regresar. Puso el frasco del alcohol, algodón y unas vendas en la mesita y fue a echar agua en la palangana. Con ella en la mano se acercó en la cama dejándola en la silla. El lienzo que trajo con él lo introdujo en el agua escurriéndolo lo más que pudo. Se sentó en la cama cogiendo la mano de la muchacha.

– Te va a doler un poco, tengo que quitar los restos de sangre seca.

Margarita no dijo nada, sólo se dejó hacer. Gonzalo la miraba de soslayo. Sabía que le dolía sin embargo ni una queja salió de sus labios. Terminó de limpiar los cortes y procedió a pasarle con un algodón impregnado en alcohol, ante esto, si percibió que su mujer se retraía pero no hizo por retirar la mano.

- Ya está, ahora te la vendo y verás que sientes alivio - Gonzalo comenzó a vendarle la mano. No dejaba de mirarla. Tenía la cabeza vuelta para el otro lado y en ningún momento hizo por cambiar de postura.

Para Gonzalo aquello era un infierno. Tenía que aparentar delante de ella tranquilidad pero para él, era desesperante tenerla tan cerca y no poder acercarse a ella y acariciarla. Hacerla sentir todo lo que la amaba y todo lo que le dolía el haberla causado tanto daño, pero nada de eso podía hacer, sino tan sólo esperar. Se levantó y recogiendo todo fue a retirarse, pero antes se dirigió a su esposa,

– Intenta dormir de nuevo.
Por parte de Margarita no tuvo nada. El corazón de Gonzalo habló por él – Te amo, no lo olvides - diciendo esto fue hacia la puerta, salió entornándola solamente. Una gran desazón lo invadía. Bajó la escalera.

Sátur estaba atizando el fuego, cuando lo vio bajar dejó lo que estaba haciendo y le salió al paso - ¿Qué pasa amo? ¿Cómo está la cosa?
- Igual Sátur, no me dirige palabra alguna y evita mirarme... No quiere nada que venga de mí.

Gonzalo había soltado la palangana y todo lo perteneciente a la cura en la mesa. Se sentó ante ella cabizbajo y con la mirada perdida. Sátur no encontraba las palabras para consolar a su amo – Amo, no sé qué decirle... Sé, que lo está pasando mal pero esto no puede durar mucho, no deje que la aflicción haga mella en usted, su esposa ha pasao por muy malos momentos es su vida y a salío adelante, pero esto amo, no es un dulce, a la criatura le costará asumir quien es usted.

- Lo sé Sátur ¡Claro que lo sé! ¡¿Cómo no saberlo?! Pero si me dejara que le hablara, si me dejara decirle todo lo que la amo, que por todo ese amor que siento por ella tuve que callar, ¡pero no me deja! Según ella, no quiere escuchar más mentiras... ¡Tengo miedo Sátur! Miedo por ella, por mí... No quiero perder el amor de mi mujer, no podría vivir sin su amor Sátur ¡No podría!

Nada más salir su marido, Margarita dio rienda a su llanto. Delante de él se contuvo, pero en aquel momento dejaba fluir todo su desengaño y su miedo. En su cabeza no dejaba de darle vuelta a tantas cosas... Cosas que nunca comprendió de Gonzalo y ante lo que había descubierto se habría ante ella como la más terrible realidad. ¿Qué iba a hacer? Lo de irse a Sevilla, no podía hacerlo por Alonso. Para su niño, sería fácil aceptar a su padre como el héroe de la Villa pero todavía era muy pequeño para saber todo lo que esa verdad podía implicar. Su padre podría ser el héroe del pueblo, ¡su héroe! pero no dejaba de ser un perseguido de la justicia, de la Autoridad. Un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar en esto.

- ¡¿Dios mío qué puedo hacer?! ¡Ayúdame! Ayúdame a saber qué camino tomar ante todo esto ¡¡Yo sola no puedo!! ¡No puedo!- se cubrió el rostro con las manos estallando en convulsivos sollozos.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Sep 18, 2016 10:27 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,12





La decisión de Margarita.


Abajo, ajeno a la desesperación de su esposa, Gonzalo sufría la suya propia. A pesar del consuelo de Sátur y el consejo de que se aseara, que eso lo relajaría y que se echara en la cama aunque sólo fuera para descansar el cuerpo, él no podía remediar la pesadumbre que lo embargaba. Se sentía impotente ante la situación. Se repetía a sí mismo, que sólo él tenía la culpa, que sólo él con sus silencios había llevado a su esposa al sufrimiento, a la desconfianza, a no creer en él. No pudo estar mucho en el lecho y se paseó por la alcoba angustiado, su pensamiento estaba en el piso de arriba. ¿Cómo estaría? ¿Habría conseguido quedarse dormida? ¿Y si ya estaba despierta?

- Si estuvieras despierta, intentaría convencerte a que me escucharas ¡Tienes qué hacerlo Margarita! ¡Tienes que escucharme!- golpeó con fuerza su puño sobre la mesa.

En sus ojos, las lágrimas afloraban de tanto desespero. Pasándose la mano por el cabello rebelde salió de su habitación para dirigirse a la escalera. Sátur trajinaba en la cocina preparando las gachas, ya su olor se esparcía por toda la casa. Cuando notó la presencia de su amo se volvió. Con el cucharón de madera en la mano se acercó a él con un ademán.

- Va a subir a verla – lo dijo sin preguntar.
- ¡Si Sátur! ¡Voy a subir a verla e intentar que me escuche! No me lo impidas.
- Amo, yo no puedo impedirle na’... Sólo me limito a darle mi parecer y por intentarlo, que no quede, pero tenga tacto con ella.
- Lo tendré ¡Cómo no tenerlo!

Las campanas de la iglesia de San Felipe con sus ocho toques, despertaba al nuevo día.

Gonzalo, dejando a su fiel criado subió los escalones pesadamente, nunca le habían pesado las piernas tanto como en aquel momento. Se paró ante la puerta entornada y poniendo su mano en ella la empujó. La tenue luz de la mañana se filtraba a través de las cortinillas de la pequeña ventana. En contra de lo que esperaba, halló a esposa levantada y sentada en la cama de espalda a la puerta. Tragó saliva cerrando la hoja de madera.

- Buenos... Buenos días Margarita... ¿Cómo te sientes? - mientras lo preguntaba, se había acercado a la cama.
De momento no tuvo contestación de ella pero cuando fue a decir algo, su esposa se levantó hablando con aparente tranquilidad pero sin mirarlo - Bien, dentro de lo que cabe - mientras hablaba, comenzó a alisar las ropas de la cama con intención de hacerla.
A Gonzalo, aquella aparente tranquilidad de su esposa le inquietó. Él también intentó aparentar sosiego – Pues, pues entonces, ¿qué te parece si hablamos? y si no, mejor lo dejamos para después que hayas desayunado ¿Te lo subo aquí?

- No tengo apetito, ya tomaré algo en Palacio.
Gonzalo frunció el ceño - ¿Piensas ir a Palacio? Creo que no deberías, no estás en condiciones de hacerlo.
- Y yo creo, que tú precisamente eres el menos indicado para cuestionarme nada - la muchacha seguía haciendo la cama sin dirigirle una sola mirada.

Gonzalo no sabía que decir ante la postura de su esposa ¿Pero qué podía esperar? Margarita rodeó la cama y procedió a terminarla de hacer. Él, la observaba detenidamente. A pesar que apenas le veía el rostro ya que ella lo evitaba, ¡la veía tan hermosa! Todavía tenía el blanco camisón puesto y se cubría con su toca. ¡La tenía tan cerca! Sería tan fácil tocarla... No pudo evitarlo. Sólo tuvo que dar un paso y sus manos se posaron en los hombros de su esposa. Ella estaba inclinada cuando sintió las manos de él. Se puso tensa. Gonzalo percibió la reacción de su mujer pero no hizo por retirar sus manos de ella. La incorporó y la volvió hacia él.

- Margarita mírame, es necesario que hablemos. Sólo hablando se pueden arreglar las cosas.
Gonzalo sintió que ella temblaba entre sus manos. Margarita sin levantar la cabeza le habló entrecortadamente – Su... suéltame y si quieres hablar, lo haremos, pero... Pero seré yo quien lo haga, pero antes quiero que me sueltes.
Gonzalo se sintió herido ante la petición de ella, a su pesar, apartó sus manos de los hombros de su esposa – Ya estás libre de mis manos y ahora hablemos... Margarita, en ningún momento... En ningún momento pretendí engañarte y menos hacerte daño... Sólo calle y si callé, sólo fue por protegeros... Primero a Alonso y con tu vuelta a la Villa, también a ti. No ha sido fácil para mí...

La voz de Margarita hizo que no siguiera – ¡Para Gonzalo! No me has entendido... Te he dicho que si querías hablar lo haríamos, pero sería yo quien lo hiciera... De ti, no quiero escuchar nada. Si no hablaste cuando debiste ¿para qué hacerlo ahora?
- Pero Margarita, debes escucharme, debes dejar que me explique...
- ¡No! ¡No quiero más mentiras! así, que déjame a mí hablar - la muchacha se había apartado del lado de él dándole la espalda. Se cruzó la toca sobre el pecho cobijándose en ella – Cómo debes suponer, ante lo que he descubierto, ante el engaño en que mi vida se ha visto envuelta... Porque todo lo que he vivido contigo Gonzalo, sólo ha sido eso, ¡un gran engaño!

- ¡No Margarita! ¡No ha sido un engaño! ¡Yo te amo! ¡Siempre ha sido así!
Gonzalo fue hacia ella intentando que se volviera a mirarlo pero la joven se deshizo de sus manos – ¡He dicho que no me toques! y si no me dejas seguir, te puedes marchar por dónde has venido.
Gonzalo se le hizo un nudo en la garganta. Se apartó de ella – Está bien, está bien... Sigue...

- Durante mucho tiempo mi vida fue una gran mentira, las circunstancia me obligaron a ello, cuando... Cuando creí que todo aquello había quedado atrás, de nuevo la vida me da un zarpazo aún más grande. ¡Mi marido! ¡El hombre del que siempre estuve enamorada desde que era una niña no es quien yo pensaba! Es difícil, muy difícil asumir una cosa así... No es fácil vivir con quien no conoces, con él que es el causante de que tus ilusiones se hayan visto truncadas y tus sueños pisoteados... Por más que se llore, no te liberas de tanto pesar...

Margarita suspiró profundamente. Le faltaba el aire, intentó controlar el ritmo de su corazón que latía con gran rapidez. Se sentó en el borde de la cama pero siempre dándole la espalda a su marido.

Gonzalo, a su misma vez intentaba guardar calma ante lo que ella le estaba exponiendo. Se sentía de lo peor. No sabía cómo consolar todo el pesar que ella llevaba sobre si por su causa. Hubiera dado cualquier cosa por acercarse a su mujer y abrazarla, decirle todo lo que la amaba, todo lo que su corazón siempre había atesorado para ella, pero no podía. No podía hacerlo por temor a que ella lo rechazara y dejara la conversación por terminada. No sabía de qué forma podía acabar aquello pero prefería seguir escuchándola a interrumpirla con su deseo de estrecharla entre sus brazos.

Después de un instante de silencio que a Gonzalo se le hizo interminable, Margarita prosiguió, ya su voz sonó enronquecida – Son muchas preguntas las que me hago y a las cuales no tengo respuestas... Mi cabeza es un caos, sólo sé una cosa... Quisiera huir de aquí, de ti... Irme muy lejos para dejar atrás tanto vacío en el que me has dejado, sólo hay un sitio donde podría ir... Volver a Sevilla sería...
Gonzalo, al escuchar esto último se puso lívido y se incorporó del mueblecito donde estaba echado. Dio un paso – Margaritas no pensarás...
- Gonzalo, no he terminado...

Él, se detuvo en seco. Esperó a que ella continuara con una gran opresión en el pecho.

Su esposa no tardó en continuar - Volver a Sevilla, sería lo mejor... Trabajaría en lo que fuera para que a mi hijo nada le faltara, sé, que saldría adelante. Este pequeño ser que crece en mi vientre me daría fuerza para ello. Lo pensé Gonzalo, pensé en hacerlo, pero sería una egoísta si lo hubiera hecho porque también pensé en mi otro niño, en Alonso. No podía irme y dejarlo aquí... Es todavía demasiado pequeño para comprender ciertas cosas y aún sabiendo, que si él se enterara quien se esconde detrás del embozado sería de lo más feliz, no puedo abandonarlo cuando ¡su héroe!, no deja de ser un perseguido de la autoridad... Sólo por Alonso he tenido que desistir de volver a Sevilla... Por él, estaré amarrada a ti, aquí, en esta casa... De nuevo viviré una vida llena de mentiras. Parece que mi sino es ese, y si me quedo... Si me quedo, quiero que tengas una cosa presente, a efecto de los demás nada habrá cambiado entre nosotros... Para todos, seguiré siendo tu amante esposa pero a solas Gonzalo, a solas, tú y yo no seremos nada... ¿Lo entiendes Gonzalo? ¡Nada!... ¿Comprendes lo qué quiere decir eso – le costó el alma decir aquello. No sabía de donde estaba sacando fuerzas para tanto, por momentos, sentía que la abandonaban.

Gonzalo no daba crédito a lo que estaba escuchando y ante la pregunta de su mujer, negó con la cabeza acercándose a ella – ¡No Margarita! ¡No puedes pedirme eso! Somos marido y mujer... ¡Eres mi esposa!
- ¡No Gonzalo! Te lo dije anoche, para ti nunca existió ese vínculo... A una esposa no se la engaña ¡cómo tú me engañaste a mí! - en aquel instante, Margarita levantó la negrura de sus grandes y tristes ojos para fijarlos en los de Gonzalo que brillaban de desconcierto.

- Margarita, por favor, escucha... - se había puesto en cuclillas y aunque deseaba cogerle las manos se retuvo – Sé... Sé, que estás muy herida pero si me dejaras hablar... ¡Si me escucharás!
- ¡Te he dicho que no! ¡No te escucho Gonzalo! - se levantó dejando a su marido completamente desolado.
Éste se incorporó y se la quedó mirando con gran tristeza en sus ojos – Yo habré cometido el error más grande de mi vida al mantenerte ajena a mi secreto pero quizá tú, también estés cometiendo un gran error al no darme la oportunidad de explicarme, y si esa es tu decisión, así será, pero quiero que te quede claro, que no voy a dejar de estar pendiente de ti y de nuestro hijo.

- ¡Mi hijo Gonzalo! ¡Sólo mío! - se había vuelto hacía él y lo miraba desafiante.
- No Margarita, ese hijo, es de los dos ¡Metete eso en la cabeza! y ahora, si no hay nada más que me tengas que decir me marcho - Gonzalo dio media vuelta dirigiéndose a la puerta, pero la voz de ella lo detuvo.
– Dile... dile a Sátur que... - no pudo seguir. Todo daba vuelta a su alrededor, se agarró a la mesita.

Gonzalo al notar que ella no seguía hablando, se volvió para comprobar que su esposa se sujetaba a la mesita llevándose la mano a la cabeza. Con rapidez se acercó a ella - ¡Te sientes mal ¿verdad?! Anda, tiéndete en la cama - con cierta angustia sujetó a su esposa con una mano, mientras con la otra destapó el lecho – Vamos Margarita - la ayudó a tenderse. Le quitó las zapatillas y la cubrió con la ropa de la cama. La joven estaba muy pálida y mantenía los ojos cerrados. Gonzalo cogió la jarra echando algo de agua en el vaso, luego se sentó en la cama – Ten, bebe un poco.

La muchacha abrió los ojos, e intentó incorporarse pero tuvo que dejar caer la cabeza sobre la almohada y cerrar de nuevo los ojos.

- ¿Llamo al médico? – Gonzalo lo preguntó preocupado.
- ¡No!, sólo es un mareo... Todo me da vuelta pero se pasará.
- Eso puede ser por no haber comido nada... Voy a esperar que se te pase el malestar y te subo el desayuno.
- Ya te he dicho que no quiero tomar nada.
- Lo sé, pero no voy a darme por enterado... Necesitas tomar algo y lo vas hacer y en cuanto ir a Palacio, por hoy, olvídate.
Margarita abrió los ojos mirando a su marido – Te he dejado bien claro, que a solas entre tú y yo no habrá nada.
- Me lo has dejado claro y así será pero también yo te he dejado claro, que no por eso voy a dejar de estar pendiente de ti... Anda, toma algo de agua.

A pesar suyo, no podía rechazarle el agua, tenía la boca seca. Se incorporó despacio y tomó el vaso que Gonzalo le ofrecía. Bebió unos sorbos y se lo devolvió dejándose caer de nuevo en la almohada. No se encontraba nada bien, pensó que quizá sería mejor quedarse en la casa, pero eso era superior a sus fuerzas ya que él no dejaría de estar encima de ella.

- Si te encuentras mejor, bajo y te subo el desayuno.
- Tengo nauseas.
- Sabes que te tienes que tomar la medicina para ello, te la subo, verás cómo se te pasa. En un momento regreso.

Margarita no dijo nada. Quería que se marchara, que se quitara de su vista. Tenía un gran ahogo que le atenazaba la garganta y sólo quería quedarse a solas para dar rienda a su pena, a su amargura, Nada más lo escuchó salir rompió en sollozos. Le había costado decidirse pero por Alonso no tuvo más remedio que desistir de su marcha, pero por más que amara a su marido, se encargaría de levantar un muro entre él y ella. Gonzalo no se merecía su amor. Ya nada le unía a él ¡Nada! ni siquiera el hijo que llevaba en sus entrañas. Ese hijo era tan sólo suyo.




Gonzalo nada más bajar le dijo a Sátur que preparara un desayuno ligero para su esposa, mientras el hombre se dispuso a hacerlo, él se dirigió a la alcoba tomando del peinador el frasco de jengibre, salió de la habitación todo presuroso. Ya Sátur preparaba en una bandeja un tazón de humeante leche y una manzana que la había cortado en trozos.

- Aquí tiene amo, esperemos que coma algo, por cierto no me ha dicho na’ de la conversación con su esposa.
- Sátur, ahora no puedo pararme... Quiero que se tome la medicina e intentar de que coma algo - Gonzalo cogió la bandeja y tomó la dirección de la escalera. Se detuvo por un momento volviéndose hacia su postillón – Sátur, no voy a ir a la escuela. Voy a prepararte unas tareas y haz que los niños las hagan, no quiero moverme de aquí, no estaría tranquilo.
- Bien amo, voy preparando el almuerzo para que usted no se preocupe de ello.

Gonzalo asintió y se encaminó a la escalera subiendo los escalones de ella. Llegando ante la puerta del cuarto, empujó ésta entrando en él. Margarita seguía de espalda. La muchacha tenía los ojos cerrados pero no dormía, lo escuchó entrar pero no hizo por abrirlos ni por darse la vuelta. Gonzalo se había acercado a la cama. Con la bandeja en la mano la observó desde su altura. Una gran tristeza embargaba su mirada. Al hablar, intentó que su voz se escuchara con toda naturalidad.

- Aquí tienes Margarita, anda, come algo, pero primero te tomas la cucharadita de jengibre.
La voz de ella se hizo escuchar – Déjalo ahí, ya me lo tomaré.
Gonzalo cerró los ojos por el desánimo pero en aquella ocasión su voz sonó algo grave - No Margarita, no voy a dejarlo ahí... Te incorporas y te pongo la bandeja en el regazo y si has tomado una decisión, yo la acepto, pero no voy a dejar que actúes como una insensata y dejar que te descuides... Debes comer y lo vas hacer aunque te cueste trabajo.

Margarita lo escuchaba, se tragó las lágrimas que de nuevo volvían a sus ojos. Con rabia se limpió con las manos sus mejillas, no quería que él la viera de aquella forma. Se incorporó con cuidado ya que todavía se sentía algo mareada. Gonzalo le acomodó las almohadas en la espalda y le puso la bandeja en el regazo. Apreció con el asco que Margarita miró la leche.

- Tómate la cucharadita y verás como las nauseas desaparecen pero la leche debes tomarla - en esta ocasión, no había gravedad en su voz sino que lo dijo lleno de dulzura.

Margarita no quería escuchar aquella voz. Con tal de que se fuera lo antes posible procedió con trabajo a intentar de comer algo. Destapó el frasco del preparado y metiendo una pequeña cuchara de madera se la llevó a la boca injiriendo aquella sustancia algo melosa de olor agradable y un poco picante. Sabía que tenía la mirada de su marido en ella. ¿Cómo no saberlo?

Gonzalo había arrimado la silla a la cama sentándose en ella. Aunque su mujer evitaba mirarlo, no le pasó desapercibido que el rostro de su esposa tenía rastro de llanto reciente. De nuevo le invadió una gran zozobra. Se inclinó hacia delante y le habló casi en un susurro – No me vas a dar ninguna opción ¿no?
Margarita detuvo su intención de beber un sorbo de leche. Sin levantar su mirada contestó a su pregunta – Si te refieres a dejarte hablar, ¡no! Ya no quiero saber nada de ti. Nada de lo que me digas me va a hacer cambiar sobre lo que pienso de ti y por favor, me entraría mejor lo que como si no estuvieras delante.
- Sé, que quisieras que no estuvieras aquí pero me obligas a ello, es la única forma de que comas algo.

- ¡Pues ya he terminado! Coge la bandeja y vete - Margarita terminó de limpiarse los labios e hizo un ademán de levantar la bandeja.
Gonzalo la detuvo – No te has terminado de tomar la leche.
- ¡Ni me la voy a tomar! Así que ya te puedes llevar esto y no vuelvas por esta habitación ¡No quiero verte! ¿Es qué no lo comprendes? – su voz sonó enronquecida,
Gonzalo sabía que estaba a punto de echarse a llorar - Está bien, ya me voy y me llevo esto - se levantó e inclinándose fue a tomar la bandeja. Tenía tan cerca el rostro de ella, su cabello en desorden, su respiración agitada. ¡Cuánto el deseo de abrazarla! Pero no podía hacerlo ¡No podía! Se incorporó y de dispuso a salir.

Margarita se tendió en la cama. Ya creía que él había salido cuando escuchó su voz.

- ¿Qué es lo que piensas de mí?

A Margarita le cogió de improviso, no esperaba esa pregunta tan directa de él. Cerró los ojos y mordiéndose el labio inferior se volvió incorporándose un poco en el lecho. Apartándose el cabello que le caía rebelde por el rostro lo miró a sus ojos. Por un momento sus miradas se encontraron. Miradas llenas de tristezas, de dolor, de daño...

- ¿Quieres saberlo? Yo te lo digo... Pienso que no te conozco Gonzalo... No sé cuál de los dos hombres eres. No sé quien se esconde detrás de quien, no sé quien prevalece sobre el otro... Simplemente, ¡no sé quién eres! ¡No lo sé! - no ocultó su pesar y se derrumbó.

Gonzalo soltó la bandeja en el peinador y se acercó presuroso sentándose en la cama. En aquel momento ni ella le impediría que la tomara entre sus brazos - Cálmate por favor, cálmate - la había tomado entre sus brazos haciendo que la cabeza de ella descansara sobre su pecho. Margarita lloraba y aunque quería deshacerse de los brazos que la sujetaban, su esposo se lo impedía meciéndola en ellos – Sssssh, ya mi amor, ya... Cálmate.

- ¡Déjame!, déjame... Quiero... Quiero estar sola ¡Vete! vete...
- Me iré... Me iré pero cuando te tranquilices, mientras no - Gonzalo seguía acunándola entre sus fuertes brazos a pesar de la negativa de su esposa a estar entre ellos.

Unos golpes en la puerta entre abierta hicieron que Gonzalo aflojara sus brazos y Margarita se escabullera de ellos para refugiarse entre las sábanas. Era Sátur.

– Amo, que Catalina se encuentra abajo preguntando por la señora.
Gonzalo se pasó la mano por la barba como pensando. Miró a su esposa. Margarita cuando escuchó esto, se volvió encontrándose con la mirada de él. Fue ella la que se adelantó – Dile... dile que no me encuentro bien... Que ayer... Que ayer cogí algo de frío. Tampoco... Tampoco quiero que sepa que estoy aquí.
Gonzalo asintió con la mirada. Se volvió hacia Sátur – Ve para abajo y no digas nada, enseguida voy yo.

Sátur, que no había pasado de la puerta, asintió y volviendo sobre sus pasos bajó la escalera. Gonzalo se levantó – No te preocupes... Catalina no sabrá que te encuentras aquí - fue a coger la bandeja, pero desistió de ello y echándole una mirada a su esposa salió de la habitación cerrando la puerta. Suspirando profundamente comenzó a bajar la escalera.

Catalina esperaba con los niños en la sala – Buenos días Gonzalo ¿y Margarita? Que a este paso vamos a llegar tarde.
- Buenos días Cata, Margarita no va a ir a Palacio... No ha pasado muy buena noche, parece que ha cogido algo de frío, ahora duerme.
- ¡Vaya!, ya se lo dije yo anoche cuando regresaba de su paseo por la laguna. Al parecer no habéis tenido la noche que ella hubiera querido, porque tú tampoco tienes muy buena cara. Bueno pues yo me voy, dile que luego paso a verla y que se cuide... ¡Ah! que a Alonso le he puesto una blusa de mi Murillo, Margarita no me dejó nada y no me resultaba traerlo con la misma blusa manchada. ¡Qué yo no qué hacen estos niños pa’ ensuciarse tanto! por cierto, vaya el aire de esta noche...

- Si Cata, ha soplado con fuerza, precisamente vengo de arriba de arreglar la ventana del tejado, con la fuerza del viento se ha abierto de golpe y a saltado el pestillo y por la blusa no te preocupes, ya se te devolverá.
- Hombre, tampoco hay tanta prisa. No lo digo más, me voy... A más ver Gonzalo.
- A más ver Cata.

Catalina se dirigió a la puerta saliendo de la casa. Sátur que en ningún momento había dejado de estar pendiente, se apresuró a cerrar la puerta - ¡Por Dios cómo habla esta mujer!

- Sátur, ya tenías que conocer a Catalina, y es parte de la familia, no lo olvides... Bueno, me pongo en un momento a prepararte las tareas y te va con los niños, por el almuerzo no te preocupes, ya lo hago yo.
- No amo, si ya está casi listo, usted sólo tendrá que darle alguna vuelta y apartarlo.

Alonso que jugaba con Murillo, al escuchar esto se dirigió donde su padre y Sátur hablaban - ¿Qué Sátur va a estar en la escuela con nosotros?
- Si Alonso, hoy Sátur estará al cuidado de vosotros, tú tía no se encuentra bien y yo quiero estar pendiente de ella, así, que a obedecerle y a hacer los deberes que os voy a poner.
Alonso frunció el ceño - ¡Voy a ver a la tía! –  fue a salir corriendo pero la mano de su padre lo detuvo por la tirilla del chaleco.

– No Alonso, tú tía duerme en estos momentos y no debes despertarla. Ya cuando vuelvas podrás verla.
- ¡Uff padre, siempre lo mismo!
- Alonsillo, sin rechistar y no entretengas a tu padre que tiene que preparar vuestras tareas, así que sigue jugando con Murillo y en cuanto tu padre termine ya estamos en la escuela ¡y a ver cómo os portáis! porque yo no voy a dejaros pasar ni una.

Gonzalo fue hacia su alcoba y abriendo la puerta entró en ella cerrándola. Sentándose ante su mesa preparó la tarea para los pequeños. Le costaba concentrarse, había momentos que tenía que soltar la pluma y dejarse caer en el respaldo del sillón completamente abatido. No sabía de qué forma iba a terminar aquello. No sabía cómo devolverle a su esposa la confianza para con él, ni siquiera sabía, si ella volvería a mirarlo con su mirada llena de amor y no como en aquellos momentos, con el temor y el desengaño en sus ojos.




Catalina, entró en los aposentos de su señora. Se dirigió al ventanal y abriendo las contraventanas dejó que la tenue claridad inundara la habitación. Lucrecia se movió en la cama. Catalina se acercó junto al lecho y le habló en voz baja a su señora.

- Señora, señora, ¿cómo se encuentra?
Lucrecia abrió los ojos – Catalina, quiero dormir.
- Señora es que ya es mediodía y debe de tomar algo, que desde ayer después del almuerzo no ha comido nada.
Lucrecia se movió en la cama y buscó postura – Si Cata, me encuentro mucho mejor pero estoy muy cansada.
- Si quiere mando llamar al médico.
- ¡Oh no Cata! Quizá sea eso, que no he probado nada desde ayer en el almuerzo... Anda ponme la bandeja – al decirlo se incorporó en el lecho.

Catalina le acomodó los almohadones en la espalda, luego fue hasta la mesita por la bandeja y se la puso a su señora por delante - Haga un esfuerzo e intente comerlo todo. ¿Le voy preparando el baño? Eso la relajará.
- Si Catalina, voy a bañarme, con eso quizá me despeje. ¿Cómo está el día?
Catalina estaba dispuesta a salir y se volvió a su señora – Gris y muy frío, no creo que tarde en llover, no sé si se habrá enterado del aire de esta noche.
- La verdad que no... Parece ser que he tenido un sueño muy profundo.
- Pues, mucho mejor señora, porque en el barrio parecía que se nos iba a caer el tejado encima, por cierto, Margarita no ha venido a Palacio, no se encontraba muy bien, parece que está algo resfriada.

- ¿Tan fuerte es ese resfriado para no venir a trabajar? Pues que yo sepa no está para presumir mucho. Solo con el sueldo de Gonzalo le costarán llegar a final de mes.
Catalina frunció el ceño. No le gustó la forma de hablar de su señora. Hacía tiempo que no lo hacía de aquella manera. No pudo mantenerse callada - En los tiempos que vivimos, de alguna manera a todos nos cuesta llegar a final de mes, pero pienso que lo de Margarita será algo pasajero, seguro que mañana la tiene usted aquí.

Lucrecia se dio cuenta que había cometido un error al hablar con el despotismo que lo había hecho, y ante el comentario de su sirvienta y ama de llaves quiso recomponer su comentario – Cata, no sé si habrás mal interpretado lo que he dicho, pero en ningún momento ha habido mala intención y si se encuentra mal, debe de tomarse los días que le hagan falta, nada le voy a descontar de su sueldo.
- No se preocupe la señora, no deja de ser un comentario sin importancia y ahora, con su permiso voy a prepararle el baño.

Catalina haciendo una leve reverencia abrió la puerta saliendo de los aposentos de la Marquesa cerrando la alcoba. Algo le decía que aquel comentario estaba lleno de veneno. Si saber por qué, más que nunca se alegraba de que Margarita todavía no le hubiera dicho a Lucrecia nada de su embarazo.

Al quedarse a sola. Lucrecia no pudo dejar de emitir una sonrisa - ¡Ay Margarita! tómate los días que necesites con tranquilidad porque luego te queda lo tuyo... ¡A ti y a él!


Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Sep 24, 2016 5:38 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,13





Para Gonzalo era insufrible la situación. Durante la mañana, Margarita se había levantado y por más que él insistió que se quedara en la cama, ella no aceptó escucharlo, ni siquiera le pidió que le subiera agua para su aseo. Fue ella misma quien lo hizo a pesar de que su marido quiso quitarle el balde de las manos.  A aquellas horas del medio día, Gonzalo intentaba concentrarse leyendo un libro para la tarea del día siguiente pero era imposible hacerlo. No podía estar quieto un momento, se paseaba por la sala de una punta a otra, de vez en cuando iba a darle la vuelta a la comida pero su mirada siempre estaba puesta en la escalera, su deseo era subir, subir para hablar con ella para hacerla entrar en razón, pero no quería escuchar la negativa de su esposa a no querer saber nada de él. Le dolía, le dolía su rechazo pero era lo que se merecía por tantos silencios guardados. Su vida con ella siempre había sido así y así le iba en aquel momento, pero más que su propio dolor, le dolía el sufrimiento de ella.

Estaba sentado en la mesa, cabizbajo cuando la escuchó bajar. Sus ojos la esperaron verla aparecer. A pesar de lo demacrada que estaba, la veía igual de hermosa y esa hermosura no la podía tocar, no la podía besar, no la podía amar... Sólo con el alma podía hacerlo. Margarita bajaba con la palangana en el cuadril. La llevaba con ropa y con ella se dirigió al patio. La dejó en la mesa de lavado, miró al cielo. Si no se daba prisa no podría lavarla allí.

Sus triste y negros ojos recorrieron el patio. El viento de la noche había hecho estragos en sus macetas, alguien había procurado dejarlas en su sitio pero por lo que ella apreciaba y por la rotura de parte del tiesto, alguna de ellas había tenido que rodar por el suelo cementado. Se acercó a las plantas, parte de sus tallos estaban tronchados y ya de sus flores apenas quedaban nada. Sus ojos buscaron algo más, su jazmín. La congoja la invadió de nuevo. Allí estaba, pero no como aquella noche de ensueño, ya no se veía majestuoso, sus verdes hojas habían perdido su esplendor y sus florecillas blancas, las pocas que ya le quedaban, se habían desprendidos y se hallaban en el suelo esparcidas. Su jazmín estaba como ella, muerto... Había perdido vida.

En un impulso se acercó a él. Sus manos acariciaron aquellas hojas ya marchitas por el frío. También se había tronchado parte de sus ramas pero de nuevo alguien, se había encargado a que no terminaran de partirse al sujetarlas entre sí con una cuerda a una caña para ponerlas tensa, y luego, agarrarlas a un clavo en el muro. Recordó a Concha. Ella acostumbraba a hacer aquello, de alguna manera se evitaba que aquellas ramas y sus hojas no se perdieran. En sus ojos afloraron las lágrimas. ¡Cómo la necesitaba en aquel momento! ¡Cómo necesitaba sentir sus palabras de alivio! En ella, encontró lo que no pudo encontrar en su madre. Cuánto hubiera deseado a tener a su madre en tantos momentos vividos, sin embargo, aquello nunca pudo ser.

- No te preocupes, para el verano próximo tú jazmín florecerá con el mismo esplendor que lo ha hecho este verano pasado.

La voz de Gonzalo hizo que por un momento sus manos estrujaran aquellas hojas que tenía entre ellas. Percibió los pasos de él acercándose. Su corazón comenzó a latir con fuerza. La voz de él se escuchó a su espalda. Gonzalo se contuvo de poner sus manos en sus hombros, pero le habló con toda dulzura – No debes quedarte a lavar en el patio, hace frío y no creo que tarde en llover, aparte, la mano la tienes dolorida, no debes de hacer ningún esfuerzo con ella. Ya cuando venga Sátur lo hará él.

- Mis ropas me las he lavado yo siempre, y en cuanto a la mano, no debes preocuparte, no me impedirá hacer nada - lo dijo con apenas un eco de voz y sin volverse hacia su marido.
- Margarita, sé que no debería de insistir. Sé cuál es tu postura, pero si me dieras la oportunidad de hablar, de explicarte el porqué de mi silencio ante lo que has descubierto, ante... Ante esa doble personalidad...
- ¡No! ¡No quiero escuchar nada! - se sacudió las manos de las hojas y fue a dar media vuelta pero Gonzalo la detuvo por un brazo.
- ¡No Margarita! El hecho de que no quieras escucharme no va a cambiar las cosas, al contrario, la va a empeorar.

- ¡¿Qué la va a empeorar?! Peor no se pueden poner las cosas Gonzalo ¡Ya peor no se puede!- fue a desasirse de la mano que la sujetaba pero su marido no la dejó, sino al contrario, la sujetó fuertemente con la otra.
- ¡Suéltame!
- ¡No! ¡No voy a soltarte antes de que me escuches! Hace unos años, ahí... - Gonzalo le señaló el establo - ... Ahí, tú quisiste que yo te escuchara... Que escuchara la verdad de tus labios y yo no quise hacerlo, no quería escuchar tus “mentiras” y te herí como no creí que pudiera hacerlo y tú... Tú aguantaste todo lo que te dije. Te humillé sin compasión y ni siquiera te rebelaste, sin embargo, me dijiste una gran verdad, que quizá tenía miedo a saber que había vivido equivocado pero que un día, me arrepentiría de ello por todo el daño que te estaba haciendo y el que me estaba haciendo a mí mismo...

- Por... ¿por qué me cuentas eso? No tienes derecho a contarme algo... Algo que ya es pasado - la voz le tembló al decirlo.
- Sí, si tengo derecho a hacerlo porque viví con mucho miedo... Miedo a descubrir que tenías razón. Ni siquiera te di la oportunidad de hacerlo cuando volviste a la Villa hace algo más de un año, y ya ves, descubrí que tenías toda la razón y eso, me costó muchísimas lágrimas. Si te hubiera dado la oportunidad de hablar y yo de escucharte, mi vida no hubiera sido un infierno como lo fue.
- No quiero seguir escuchando, no sigas - la voz se le quebraba. Sentía el ahogo que le subía a la garganta.

Gonzalo sabía que hacerla recordar aquello le afectaba pero era la única manera de que reaccionara – Con lo que te estoy contando, lo que quiero hacerte ver, es que no quiero que caigas en el mismo error que yo caí por no escucharte en su tiempo... Eso te va mermando y te va destruyendo por dentro hasta convertirse en un resentimiento con uno mismo y con los demás, ¡y tú lo sabes mejor que nadie!
- Ya no sigas, no sigas...

Gonzalo sabía que estaba a punto de derrumbarse. La tenía agarrada por los brazos y la sentía temblar entre sus manos. Margarita tenía la cabeza inclinada y en ningún momento lo miró a los ojos. Sentía que ya las lágrimas no podía contenerlas y el ahogo se le rompió en la garganta en un sollozo. Gonzalo cerró los ojos y la atrajo hacia él. En aquel momento ella no intento huir. Lloraba con una gran congoja sobre el pecho de su marido. Él, la abrazaba entre sus fuertes brazos y la acunaba entre ellos.

- Lo siento. Siento haberte hablado de algo que como tú dices pertenece al pasado, pero era necesario... Sé, que todo lo que estás viviendo en estos momentos no es fácil y sé que te acostará asumirlo, pero si me das la oportunidad de hablar, podré ayudarte a que puedas comprender muchas cosas... Cosas que se te escapan en estos momentos. Sé que necesitarás tiempo y yo sabré esperar lo que haga falta pero sólo te pido una cosa, escúchame... Escúchame por favor...

Margarita no dejaba de llorar, su cuerpo era sacudido por los sollozos, su marido la estrechaba aún con más fuerza. Sus labios rozaron el cabello de su esposa embriagándose del aroma que se desprendía de ellos. ¡Cómo la amaba! Su vida hubiera dado porque aquello no hubiera ocurrido de aquella forma, ya que lo único que le importaba en su vida, era que ella,  su amada mujer no sufriera por nada. Un aire frío se hizo notar.

-  Anda vamos para dentro, no quiero que cojas frío – sin soltarla se la llevó dentro de la sala.

Nada más entraron la lluvia comenzó a caer con fuerza. Gonzalo llevó a Margarita hasta la chimenea e hizo que se sentara, luego, él volvió sobre sus pasos cerrando la puerta del patio ya que el aire impulsaba el agua dentro de la estancia. Cuando se acercó al hogar, la muchacha, se secaba con las manos la cara. Gonzalo se sacó un pañuelo agachándose. Margarita seguía con la cabeza inclinada, su delicado busto oscilaba considerablemente. Gonzalo la tomó por la barbilla e hizo que levantara su rostro anegado por el llanto. Ella cerró sus ojos. Gonzalo limpió de lágrimas su hermoso rostro.

- Cálmate ¿vale? Todo va a pasar, sólo quiero que te tranquilices y cuando tú estés dispuesta a escucharme yo hablaré. Lo único que quiero con eso, aparte de que conozca esa verdad, es... Es que vuelvas a confiar en mí.
- ¿Crees qué es fácil volver a confiar en ti después de todo lo que he descubierto?

Fue la primera vez que los ojos de Margarita se encontraron con los de su marido. Cuántas cosas vio Gonzalo en ellos. Le invadió un gran desasosiego, un gran pesar. Gonzalo le cogió las manos, sintió como temblaban dentro de las de él – Sé que no es fácil que confíes en mí después de todo lo que han visto tus ojos y de todo lo que piensas de mí. Crees, que yo te utilicé y eso está muy lejos de la realidad... Nunca hubiera podido hacer una cosa así ¡Nunca!

Margarita se estremeció y se desprendió de las manos de él arrebujándose en su toca, ya Gonzalo había apreciado el escalofrío de su esposa – Sientes frío, voy avivar el fuego, puede que se te haya cortado el cuerpo - se incorporó y procedió a echar más leña al hogar avivando el fuego de éste. Se volvió hacia su esposa – Bueno, esto ya está, en seguida la casa volverá a tomar calor... Tú mantente aquí, cerca del fuego, verás como en nada se te quita el frío.

Margarita se dejó caer en el respaldo de la silla cruzando sus manos sobre la toca. La mirada la mantenía baja. No dejaba de pensar en lo que Gonzalo le había dicho en el patio. Recordaba demasiado bien aquel momento. Anheló tanto saber de él, el porqué le guardaba tanto rencor. Cuánto fue su deseo de que él la escuchara, que escuchara su verdad y no lo que él creía de ella. Recordó sus propias palabras dirigida a él. Las mismas que hacía un instante, Gonzalo había pronunciado. Sentía una gran opresión en el pecho, no sabía qué hacer, estaba demasiado confundida, demasiado herida. También había algo que hacía que se retuviera a escuchar, ¡el miedo! Miedo a lo que pudiera encontrarse ante lo que él le contara y ya tenía demasiado pavor dentro de ella para acumular más. No sabía qué hacer, no lo sabía.

Gonzalo mientras apartaba la cazuela del fuego no dejaba de observarla. Sabía que estaba librando una batalla consigo misma ante decidirse a escucharlo o no. Al hablar lo hizo con aire distendido – Pues la comida ya está lista, no creo que Sátur y los niños tarden mucho en llegar pero van a venir calado hasta los huesos. ¡Qué manera de llover!



Margarita movió sus manos sobre su toca y la deslizó hacia atrás. Sabía que él esperaba algo de ella. Sin alzar la mirada lo dijo – Sé que estás esperando una respuesta. Sólo te diré que... Que te escucharé pero no ahora, en este momento no... Quizá mañana, no... No lo sé...
Gonzalo se acercó y volvió a ponerse en cuclillas tomando sus manos, De nuevo sintió que temblaban entre las suyas – No importa cuando sea, yo esperaré pero en este tiempo, no me rehúyas por favor.
Esta vez Margarita lo miró desprendiéndose de sus manos – Me pides mucho Gonzalo... En este momento te veo como a un extraño, es como si no te conociera. No hace mucho te dije algo así y tú me contestaste que sólo eras un maestro y no... No eres sólo un maestro Gonzalo ¡No eres sólo eso!

Se levantó dejando a un Gonzalo muy abatido. Éste se incorporó y la vio alejarse en dirección a la escalera. Suspiró profundamente pasándose la mano por la cara. Al menos había conseguido algo, que de un día a otro lo escuchara y eso, ya era un gran paso.




Cerró la puerta con prisa. Estaba deseando volver a la casa. En la tarde decidió ir a la escuela. Durante el almuerzo Margarita se había mostrado más serena, y como ella mismo dijo, ante los demás no dio a entender nada de lo que ocurría entre ellos aunque evitó hablarle, al igual que a Sátur. Había sido amorosa con Alonso y Murillo como siempre, dedicándose a los pequeños en cambiarles las ropas, ya que habían llegado a la casa mojados por causa de la lluvia. Después del almuerzo y mientras los niños se dedicaban a jugar con la tortuga y Margarita se retiraba a su cuarto de la buhardilla, Gonzalo se retiró a su alcoba seguido de Sátur.  El fiel criado estaba deseando saber todo lo ocurrido en la mañana, ya que en ningún momento tuvo ocasión de hablar con su amo. Ante lo que Gonzalo le contó, tanto la decisión de su esposa de vivir de apariencias y luego decidirse a escucharlo, Sátur, a pesar de lo distante que pudiera estar con los dos, con su amo y con él, estaba confiado en que Margarita reaccionaría antes de tiempo animando a su amo. Esto hizo, que Gonzalo decidiera seguir aquella tarde con su tarea de maestro.

En aquel momento que cerraba la escuela, sólo pensaba en llegar a su casa para verla, para saber cómo se encontraba y si se había producido algún cambio en ella. Su corazón latía con fuerza según se iba acercando a su casa. Como siempre, durante el corto trayecto en más de una ocasión tuvo que llamar la atención a los niños, ya que jugaban a sortear los charcos pero con el consiguiente riesgo de que en alguna ocasión no lo sorteaban, sino que se metían dentro. A aquella hora de la tarde no llovía pero el cielo no dejaba de amenazar lluvia. Los pocos tenderetes que habían sido levantados aprovechando el cese momentáneo del agua, ya iban siendo recogidos por sus dueños. Las sombras de la noche ya se dejaban caer sobre el barrio de San Felipe.

Por el camino se encontraron con Estuarda. Gonzalo la invitó a subir pero ella prefirió no hacerlo por temor a la lluvia, así que cogiendo a Gabi se despidió del maestro no sin antes preguntar por Margarita. Gonzalo, sólo pudo contestar un “está bien”. La vio alejarse con Gabi a toda prisa y alzando la mirada hacia su puerta suspiró profundamente e incitó a subir a  Alonso y a Murillo. La puerta no estaba cerrada del todo, la empujo y los niños entraron como una marabunta corriendo hacia el cuarto de Alonso. Gonzalo entró cerrando la puerta. Nada más volverse, la vio. Su corazón latió con más fuerza. Se encontraba al calor de la lumbre tejiendo ropita para su bebé. Qué bella la veía. Cuánto deseaba estrecharla entre sus brazos, besarla ¡Cuánto lo anhelaba!

Margarita había escuchado la puerta pero no hizo intención de girar la cabeza. Su corazón también latía con fuerza. Necesitaba sosegarse, a veces, cuando le palpitaba de aquella forma parecía que iba a desmayarse. Respiró hondo y volvió la cabeza buscando a los niños pero la voz de su marido se escuchó junto a ella.

- ¿Cómo te encuentras?

La joven retomó su postura anterior y procedió con cierto nerviosismo a seguir con su labor, ante la pregunta de su marido sólo pudo decir - Tirando.
Gonzalo fue a decir algo pero la llegada de los pequeños no dejó que siguiera hablando. Alonso fue en busca de su tía – Tía Margarita perdona pero teníamos que ir a ver a “Torcuata”... Es que no sabíamos si la habíamos dejado en su cacharro.
- No te preocupes mi niño, de todas maneras “Torcuata” se sale cada vez que quiere, ¡y se da cada paseo por la sala! ¡Anda! Dame un beso.

Margarita le puso la mejilla al pequeño. Alonso, en seguida le pasó los bracitos por el cuello y la besó repetidamente.

- ¡Uy! ¡pero qué cariñoso está mi niño! Bueno, voy a levantarme a poneros la merienda.
- Déjalo Margarita, yo mismo lo hago, quédate sentada - Gonzalo la detuvo con un ademán, por un momento sus ojos se encontraron.
La muchacha fue la primera es desviar su mirada. No hizo caso del comentario de su marido levantándose de la silla  – No te preocupes, necesito estirar las piernas – dejó la labor en el asiento y se dirigió a la mesa de la cocina.

Puso unas tortas en los platos y acercándose a la mesa del comedor se los puso a los niños por delante con dos vasos. Luego, fue por la leche llenando aquellos vasos de barro. Gonzalo no quitaba sus ojos de ella. Sabía, lo duro que tenía que ser para su mujer demostrar tranquilidad, demostrar que estaba bien ante los demás cuando era lo contrario, porque nadie podía estar bien en las circunstancias de ella.

Sátur entraba del establo y se acercó a la mesa, miró a su amo de soslayo – Bueno, ya estamos todos aquí... - lo dijo sacudiendo los rizos de Murillo - Espero amo que se hayan portao mejor esta tarde que esta mañana porque a mí, me faltó na’ para darles una colleja a cada uno de sus alumnos, empezando por estos dos.
- No se han portado muy mal Sátur, sólo es cuestión de tener un poco de paciencia, aunque a veces, crea uno perderla. Bueno, voy a mi habitación, voy a preparar la tarea de mañana - se volvió hacia los niños – Os lo coméis todo y en cuanto terminéis os ponéis con vuestros deberes.

Antes de echar andar hacia la alcoba giró la cabeza. Margarita de nuevo se había sentado ante la chimenea y había proseguido con su labor. Gonzalo miró a Sátur moviendo la cabeza en señal de abatimiento y dirigiendo sus pasos hacia la alcoba. El fiel criado lo siguió cerrando la puerta. El maestro se quitó la chaqueta y la tiró sobre la cama. Se dejó caer sobre el respaldo de su sillón cerrando los ojos.

Sátur se dirigió a su amo - Amo no se venga abajo, que ya verá que sólo es cuestión de na’.
Gonzalo abrió los ojos – Sátur, ¿no la ves? Esperaba al volver encontrarla más comunicativa pero ¡no! sigue igual, y yo no soporto verla así Sátur ¡No lo soporto! Dime, ¿te ha dicho algo? ¿Te ha dirigido la palabra esta tarde para cualquier cosa?
Sátur se rascó la barba – Amo, la verdad que no. Hasta poco antes de venir usted, se ha mantenío en el cuarto de arriba, sólo bajó un momento, estuvo aquí en la alcoba, quizá necesitaba algo, y no sé si será mejor, porque conociéndola, me la veo venir y echarme la bulla por guardarle su secreto... Lo que no sé, como no lo ha hecho ya.

- Sátur, no va a hacer fácil que ella recobre la confianza en mí. ¡Nada más tengo que mirarla para saberlo! No es fácil encontrarse de la noche a la mañana que el hombre con la que está casada no es el hombre que ella creía que era... ¡No me conoce Sátur! No sabe quién soy, no sabe cuál de los dos se impone sobre el otro... ¡Tiene miedo Sátur! Tiene miedo y sólo yo soy el culpable de ese pavor - escondió la cabeza entre las manos lleno de desesperación.

- Pero amo, su mujer tendrá que reaccionar ¡No pierda la esperanza hombre de Dios qué la esperanza es lo último que se pierde! Ella lo va a escuchar, se lo ha dicho ¿no? pues sólo tiene que esperar ese momento.
- ¡¿Pero hasta cuándo?! ¡¿Hasta cuándo tendré que esperar?! Si al menos me dejara que me acercara a ella, que la abrazara, pero me rehúye ¡Huye de mí Sátur!
- Amo, todo eso desaparecerá, ya lo verá ¡Cómo que se lo dice Saturno García! y yo, me equivoco poco.
- Ojalá no te equivoques. ¡Ojalá!




Margarita seguía con su labor pero no podía concentrarse como debía, tuvo que deshacer en varias ocasiones lo ya tejido al haberse equivocado. Su cabeza sólo podía pensar en todo lo vivido horas atrás, no era fácil asumir quien era su marido. Aparte de su desengaño de saber que él le había mentido, que le había ocultado todo aquello, sentía la angustia de lo que él representaba. A pesar de que en aquel momento no quería saber nada de él, no dejaba de amarlo, no era fácil dejar de amar a una persona de la noche a la mañana, lo amaba con todas sus fuerzas y no podría dejar de amarlo nunca, por eso le dolía más su engaño, y por ese amor que sentía, tenía miedo, miedo a saber que él, era un perseguido, un hombre que estaba expuesto a muchas cosas. Un hombre que hacía su propia justicia sesgando la vida de unos para defender la de otros. Un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar en esto. Tenía que dejar de pensar porque se iba a volver loca. Sin darse cuenta unas lágrimas afloraron a sus ojos resbalando por sus mejillas. Sentía una gran opresión en el pecho, pero no quería llorar, en aquel momento no, tenía que aguantar todo su pesar, sólo a solas lloraría hasta el cansancio.

Se limpió con cierta rabia las lágrimas que sentía deslizarse por su rostro y se levantó, sería mejor recoger la labor ya que no tenía cabeza para nada. Escuchó unos toques en la puerta principal. Dejó lo que estaba haciendo y fue a abrir. Era quien pensaba.

- Hola Cata.
- ¿Qué te pasa? ¿No estás mejor Margarita? - lo preguntó mientras entraba dentro de la casa.
La muchacha cerró la puerta – Si Cata estoy algo mejor, lo que pasa es que me lloran mucho los ojos, es del mismo resfriado.
- Tienes mala cara, debes cuidarte criatura... Me ha dicho la Marquesa que te tome los días que hagan falta, que no te lo va a descontar del sueldo.
- No Cata, no me encuentro del todo mal, mañana voy a Palacio, por cierto ¿qué es ese papel? - hasta aquel momento, Margarita no se había fijado que Catalina llevaba un papel entre sus manos.
- Cuando llegaba de Palacio me encontré que un oficial llamaba a mi puerta. Es de la Casa de la Contratación de Indias, es el certificado de defunción de Floro.

- ¡Ay Cata! lo siento, pero de todas las maneras lo esperabas, al menos ya tienes el papel que certifica su muerte. Eso también debe darte cierta tranquilidad, aunque sea de una gran tristeza.
- Si Margarita, me da cierta tranquilidad pero la verdad sea dicha, me resulta muy penoso todo esto... ¿Está Gonzalo? quisiera que él lo viera. Él, de estas cosas sabe más que una.
- Sí, claro que está, anda, siéntate, voy a buscarlo.
- Dile a mi Murillo que ya estoy aquí.
- Hace un momento estaban merendando, estarán en la habitación de Alonso. Voy... voy en busca de Gonzalo.

Con cierto trabajo dirigió sus pasos hacia la alcoba, antes de entrar, echó una mirada a la habitación de Alonso, desde la puerta le dijo a Murillo que su madre estaba allí. Suspirando profundamente dio unos pasos y se plantó ante la puerta de la alcoba, sería absurdo si llamaba con los nudillos para entrar, si Catalina veía aquello le extrañaría. Puso la mano en la manilla y la impulsó hacia abajo abriendo la puerta.

Gonzalo sentado ante su mesa, estaba cabizbajo, Sátur intentaba darle ánimo. Al escuchar que la puerta se abría los dos hombres dirigieron su mirada hacia ella. A Gonzalo le extrañó la presencia de su mujer allí - ¿Pasa algo Margarita? - lo preguntó con cierta inquietud.
- Es que... Es que Catalina quiere enseñarte una cosa - lo dijo desde el umbral.
- Voy ahora mismo.

Margarita volvió sobre sus pasos, Gonzalo como Sátur la siguieron hasta la mesa del comedor. Catalina esperaba junto a Murillo que con Alonso, jugueteaba con la tortuga con el consiguiente asco de ella - Pero bueno, ¡¿no tenéis otro sitio que jugar con ese bicho que a mí lado?!
- Alonso, Murillo, ya os podéis llevar esa tortuga a su sitio y lavaros las manos - ante la poca escucha de los niños, los apremió – Pero vosotros ¿no escucháis? No lo digo más, sino os la lleváis de aquí no la vais a ver más.
- ¡¡Uff padre, como eres!! Anda Murillo, vámonos de aquí. Los mayores siempre llevan las de ganar.
- Alonso... - Gonzalo miró a su hijo recriminando su protesta.

- Deje amo, que ya me encargo yo de estos dos - Sátur siguió a los niños no sin antes darle una colleja a cada uno.
Gonzalo con el ceño fruncido miró a Catalina – Me ha dicho Margarita que querías enseñarme algo.
- Si Gonzalo, esto me lo acaba de entregar un oficial. Es el certificado de defunción de Floro, quiero que tú lo leas por si hay algo que no estuviera bien.

Gonzalo miró el papel doblado que le tendía Catalina sobre la mesa. Por un momento se quedó vacilante, luego, tomó el documento y lo desdobló. Se sentó comenzando a leerlo, según lo iba haciendo, comprobó que todo estaba correcto con referente a lo que él había ideado. En aquel documento oficial se certificaba la muerte de su amigo Floro.

Levantó su mirada hacia Catalina – Todo parece correcto Cata, las fechas coinciden con las que te dijeron al parecer en la Casa de Contratación. Con este certificado, eres una mujer viuda.
Catalina tomó aquel documento que le devolvía el maestro – Me parece mentira tener esto en mis manos, ni imaginarme podía que esto podía suceder... Floro muerto y yo pensaba...
- Ya Cata... Nadie, como tú dices, podía imaginar una cosa como esta. Así que ya no te partas la cabeza en lo que pensabas, sino que tienes que mirar adelante. La vida sigue y tienes un niño pequeño por el que si tienes que pensar – Margarita, sentada junto a Catalina intentaba dar ánimo a su amiga.

Gonzalo la observaba y no podía dejar de preguntarse de dónde sacaba fuerza para dar ánimo a Catalina cuando ella estaba hundida. Por eso la amaba tanto, porque sacaba fuerza de donde no las tuviera. Porque podía estar muriendo de pena pero ante nadie lo daba a demostrar. Sabía que le quedaba un camino difícil que recorrer con ella, pero de lo que estaba seguro, que por parte de su esposa su gran secreto estaba bien guardado.

Catalina hizo por levantarse. Margarita la detuvo cogiéndole la mano - ¿Por qué no te quedas a cenar?
- No Margarita, gracias cariño. Estoy muy cansada, voy a preparar una sopita de ajo y mi Murillo y yo, ya estamos en la cama y tú deberías hacer lo mismo, te veo muy demacrada y si mañana quieres ir a trabajar... Mira, te tomas algo calentico, te acuestas lo antes posible y estos, que se la apañen como puedan.

- Creo, que Catalina tiene razón Margarita, deberías tomar algo y acostarte si mañana quieres ir a trabajar, nosotros nos apañamos, tú sabes que es así - Gonzalo le apretó la mano con dulzura.
-  Es que... Es que no suelo acostarme tan temprano. Ya lo haré cuando prepare la cena - con disimulo Margarita se desprendió de la mano que sujetaba la suya y se levantó a la par de Catalina – Entonces, nos vemos mañana Cata.
- Ya paso por ti, que seguro te quedas dormida... ¡Murillo que nos vamos!

Al momento, el pequeño salía de la habitación de Alonso seguido de éste y siguiendo a su madre, salieron los dos de la casa. Margarita cerró la puerta. Gonzalo no se había movido de su asiento y su rostro contrariado, era un fiel reflejo de lo que sentía interiormente ante la reacción de su esposa al estrecharle la mano.

Margarita fue a terminar de recoger lo que estaba haciendo cuando Catalina llegó. Alonso se había sentado ante la mesa comenzando a jugar con las canicas.

Gonzalo puso sus ojos en su hijo y con cierta aspereza en su voz le hizo una pregunta - ¿Has hecho las tareas?
- No padre, todavía no - le contestó sin mirarle y siguiendo con lo que estaba jugando.
- Dejas ahora mismo lo que estás haciendo y ponte con los deberes.
- Pero padre, todavía es temprano. Déjame jugar un...
Gonzalo dio una palmada con fuerza en la mesa - ¡Ya basta Alonso! Te vas a tu cuarto ahora mismo y no salgas de allí hasta que hayas cumplido con lo que tienes que hacer.

La reacción de su padre no la esperaba el crío. Mirando a su progenitor con los ojitos donde ya unas lágrimas afloraban, cogió con rabia las canicas y salió corriendo para su cuarto. Margarita como Sátur no esperaba que Gonzalo saltara de aquella forma. La muchacha se quedó clavada en su sitio y Sátur que entraba del patio se quedó mirando a su amo con gesto de desaprobación. Gonzalo sintiendo en él las miradas de ambos, se levantó todo airado y en dos zancadas se dirigió a su alcoba cerrando la puerta con ímpetu.

Margarita terminó de recoger y aguantando su propia congoja fue en busca de Alonso. Pasó por delante de Sátur que no se había movido, sus ojos por un instante se encontró con los del fiel criado donde se reflejaba el desconcierto. Sin decir nada, la muchacha llegó a la habitación y abriendo la puerta entró en su interior cerrando tras de sí. Alonso lloraba echado en la cama. Margarita se sentó en ella, con su mano comenzó a acariciar el rubio cabello.

- Cariño no llores, anda, ven aquí conmigo - con sus manos intentó levantar al pequeño que se refugió en ella.
– Tía...  Tía no sé... No sé, por qué... Por qué mi padre se ha puesto así.
- Ya mi niño... A veces, no sabemos por qué una persona puede reaccionar de una manera o de otra. Los adultos somos muy complicado Alonso, incluso nosotros mismo, no sabemos cómo reaccionar ante ciertas cosas, a veces, nos sobrepasan y nos duelen tanto que no sabemos por donde tirar y sin querer podemos hacer daño a quien más queremos... Quizá tu padre está teniendo un mal momento y lo ha pagado contigo, sólo puede ser eso cariño, sólo eso y sé, que en este momento, él lo está pasando muy mal por cómo te ha tratado.

Alonso levantó su carita anegada por el llanto - Pero qué... ¿Qué le puede estar pasando a mi padre tía? Si... si él no debe tener problema, él... Él, ahora es feliz contigo, lo tiene todo... ¿Qué es lo que hace sentirle tan mal para pagarlo conmigo? y si algo le pasa, tú... Tú, deberías saberlo ¿no?
Margarita intentando ahogar su llanto, lo abrazó con todas sus fuerzas – Claro cariño... Si a tu padre algo le pasara yo tendría que saberlo. Quizá, sólo es que ha tenido un mal pronto, si, seguro que es sólo eso. A ver, mírame...

Alonso levantó su mirada brillante por las lágrimas. La muchacha le tomó la carita entre sus manos - ¿Tú nunca has tenido un mal pronto y lo has pagado con alguno de tus amiguitos?
- Bueno, eso sí.
- ¡Pues ya tienes ahí! A veces un pronto como el que acaba de tener tu padre no es tan anormal y eso no debe hacerte llorar, así, que a limpiarse estas lágrimas y hacer los deberes - sacando un pañuelo del bolsillo de su delantal limpió el rostro de Alonso.
- ¡Ea ya está! Ahora a sentarse a hacer las tareas y cuando salgas de la habitación que todo esté terminado. Voy a encenderte otra vela que ésta ya se está extinguiendo. Ahora regreso.

Margarita salió y cogiendo una de las palmatorias que se mantenía encendida en la mesa fue a volver a la habitación de Alonso. Sátur que trajinaba en la cocina, no pudo dejar de preguntar – ¿Se le ha pasao el sofocón a Alonsillo?

Margarita no esperaba que Sátur le preguntara nada. Durante todo el día ella lo estuvo evitando y si lo había evitado era porque no sabía cómo podría reaccionar ante alguna pregunta de él, pero en aquel momento no tenía más remedio que contestarle.

- Está más tranquilo y como me imagino que hablarás con tu amo, le dices, que la próxima vez su malestar lo pague con él mismo, porque nadie tenemos que pagar y menos su hijo, la culpa de sus errores.

Sátur sabía que tarde o temprano Margarita soltaría contra él toda la rabia que llevaba dentro, y se lo había soltado a la misma vez que lo hacía servir de recadero. La vio irse camino de la habitación de Alonso.

– ¡Madre del amor hermoso que coraje lleva! pero esto lo veía venir y esto no acaba aquí, porque si el amo no se sabe contener... ¡Esto, va a hacer Troya!

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Sep 25, 2016 6:03 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,14


La tarde se había quedado atrás y las sombras de la noche ya invadían cada rincón de la casa. Sólo las luces de la velas, con su tenue luz disipaba el pesar de cada uno de ellos. Alonso había terminado de hacer los deberes y en la mesa, jugaba con unas cartas haciendo torres con ellas. Margarita preparaba la cena, Sátur se dedicaba a recoger ropa de su amo que había planchado y que había colocado en una silla. Gonzalo en ningún momento había salido de la alcoba.

El buen criado terminó de recoger la ropa y se dirigió a la habitación. Iba un poco confundido, no sabía cómo podía recibirle su amo, pero tampoco podía quedarse sin saber, con el pretexto de la ropa, lo sabría. De lo que estaba seguro, es que estaría arrepentido de su arrebato. Llamó y empujó la hoja de madera. La estancia estaba a oscuras, ni siquiera había encendido las velas. Sólo una tenue claridad entraba desde el patio a través de los cristales. Vio su silueta echada en la cama. Sátur soltó la ropa en la silla y cogiendo el mechero que se encontraba en la mesa escritorio, procedió a encender la lámpara y una palmatoria que dejó en la mesita de noche. Se giró hacia su amo.

Gonzalo tenía los brazos cubriéndole los ojos, pero su voz se escuchó en el silencio de la habitación - Quiero estar solo Sátur.
- Si, si ya me lo imagino pero yo tengo que colocar la ropa en su sitio.
- Lo puedes hacer en otro momento.
Sátur movía la cabeza de un lado a otro - ¡Pero bueno ¡¿Se puede saber qué le pasa a usted?! ¡Pues no que se está portando como un crío! ¡Vergüenza debería sentir de ver cómo ha reaccionao con Alonsillo! El chiquillo no tiene culpa de sus problemas y de esa forma, si que no va a conseguir na’ con la mujer de usted, lo único que va a hacer es que ella se ponga más rebelde y no quiera escucharlo.

- ¿Cómo crees que me siento? Mejor que nadie sé que no debí hablarle a Alonso en ese tono... No sabes cómo me arrepiento.
- Pues ahí, echao no va a conseguir mucho, sólo coger un resfriao porque ni siquiera se ha preocupao en taparse.
Gonzalo se apartó los brazos del rostro e incorporándose sacó las piernas de la cama quedando sentado en ella. Miró a su escudero - ¿Y ella, ha dicho algo?

- ¿La mujer de usted? Hablar, ha hablao poco, pero con lo que ha dicho, ha dicho más que bastante... Me ha dao hasta un recado pa’ usted, con eso se lo digo todo.
Gonzalo frunció el ceño, no sabía que quería decir su fiel amigo. Sátur aprecio la extrañeza de su amo – Amo, sé que no me entiende, pero yo le cuento... La esposa de usted estuvo con Alonso durante un rato, luego salió por una vela, yo le pregunté si el crío estaba mejor y aparte de decirme que estaba tranquilo, me dijo que yo le dijera a usted, que su mal humor no lo pagara con nadie y menos con su hijo, que lo pagara con usted mismo que es el único culpable de todo lo que pasa.

- Te dijo eso... - lo dijo sin preguntar, como si esperase aquel comentario por parte de su esposa.
- Amo, parece que no le coge de sorpresa lo dicho por su mujer.
- Sátur, es lo menos que merezco. Voy de error en error y de esta manera va a llegar a odiarme.



- No amo, no diga eso, la mujer de usted nunca podrá odiarle, lo quiere demasiao pa’ eso... Pero eso sí, cambie su modo de proceder, sino, lo va a tener todavía más difícil con ella y ahora, debe salir de aquí y enfrente lo que tiene afuera.

Pasándose las manos por el cabello, Gonzalo se levantó y suspirando profundamente dio unos pasos hacia la puerta, por un momento quedó quieto ante ella, pero luego poniendo la mano sobre la manilla la impulsó para abrir saliendo de la alcoba.

Margarita ponía la mesa en ese momento cuando escuchó la puerta y los pasos de Gonzalo sobre el enlozado. Por un instante se quedó tensa. Alonso recogió las cartas y estuvo a punto de levantarse pero un gesto que su tía le hizo con la mirada lo retuvo de hacerlo. Gonzalo se había acercado a la mesa, la joven siguió con lo que estaba haciendo, puso los platos en sus correspondientes lugares volviendo a la cocina.

Gonzalo apartando la silla se sentó junto a su hijo. Alonso con la carita de enfado jugueteaba con las cartas. Gonzalo se inclinó sobre su hijo - Alonso hijo, sé, que esta tarde no estuve correcto contigo, de vez en cuando, los mayores cometemos errores y pasan cosas que no nos gustarían que ocurrieran, eso es lo que me pasó a mí... No siempre estamos pasando por un buen momento y lo pagamos con quien no debemos. ¿Me entiendes hijo? ¿Entiendes lo que quiero decirte?

Alonso escuchaba a su padre, por un momento levanto su mirada y buscó la de su tía que desde las cocina estaba pendiente de ellos. Margarita asintió con un movimiento de cabeza, con eso, Alonso sabía que quería decir. Sin dejar de mover la baraja entre sus manitas afirmó con la cabeza – Si padre, sé... Sé, lo que me quieres decir - su voz sonó apocada, triste.
- Entonces, no me tomes a mal lo ocurrido, te prometo que no volverá a pasar. Te lo prometo hijo.
El crío miró a su padre – Lo que no comprendo es por qué estás mal... Tía Margarita me dijo, que no te pasaba nada, sólo que has tenido un mal pronto como lo puedo tener yo con cualquiera de mis amigos. ¿Es eso padre?

A Gonzalo se le humedecieron los ojos. Los alzó y buscó a su esposa, ésta, al ver que él la buscaba con la mirada se apresuró a seguir con la cena. Gonzalo se sentía empequeñecido ante tanta mujer. Todavía sacaba la cara por él ante su hijo cuando ella estaba sufriendo lo indecible por su causa.

Al escuchar de nuevo la voz de Alonso reaccionó – Si Alonso, claro que es eso hijo... ¿Qué otra cosa podía ser? Anda, ven aquí - Gonzalo tiró de su hijo y se lo sentó en sus rodillas haciendo que el pequeño lo mirara - ¿Me perdonas?
- Claro padre ¡Claro que sí! - Alonso le echó los brazos al cuello – Padre yo te quiero mucho.
- Y yo hijo, y yo - al hablar, se le notó toda la emoción que lo embargaba.

Sátur desde la cocina no dejaba de observarlos emocionado. Al menos con Alonsillo la cosa se había podido arreglar. Con cierto disimulo miró a Margarita que apartaba en ese momento la olla de barro con la sopa de verduras. Ella, parecía estar ajena a la reconciliación entre padre e hijo, en aquel momento es lo que daba a entender, pero el fiel criado sabía que no existía tal indiferencia por parte de la muchacha.

Margarita había tomado con dos paños las asas de la olla dirigiéndose a la mesa - ¡Ea! ya está la sopa lista, Alonso, nada más cene te vas a la cama que por la mañana te cuesta trabajo levantarte cariño - mientras decía esto, introdujo el cazo en la sopa y lo volcaba sobre el plato poniéndoselo al niño por delante, luego procedió hacerlo con los demás.

Gonzalo no le quitaba ojo de encima a su esposa. Alonso escurriéndose de los brazos de su padre ocupó su silla. Gonzalo le acercó el plato deslizándolo por la mesa. Margarita puso ante su marido el plato de aquella humeante y olorosa sopa y luego le apartó a Sátur que ya ocupaba su lugar ante la mesa. Ella, sólo se apartó un poco sentándose en la silla. Su marido frunció el ceño.

- ¿Sólo eso vas a comer? ¿No crees, que estás comiendo muy poco? - la voz de él, sonó sin aspereza alguna, al contrario, su voz era dulce, llena de ternura.
- Es que tengo algo de náuseas y no se me apetece comer nada - lo dijo sin levantar su mirada.
- ¿Te has tomado la medicina?
- Me la he tomado, como todos los días.
- ¡Pues tiene que hacer usted un esfuerzo señora! Que se nos va a quedar encanijá... Además, tiene que pensar en ese hijo que lleva en su vientre.

Margarita en esta ocasión miró a Sátur – En él pienso Sátur, sólo en él, bueno, y en mi niño - diciendo esto, cogió una de las manitas de Alonso.
- Lo que dice Sátur es verdad tía Margarita, tienes que comer porque sino, la barriga no te va a crecer como le pasó a la madre de Manolo.
- Me crecerá Alonso, sólo hay que esperar cariño - sonrío al pequeño cogiéndole la barbilla y poniendo un beso en su mejilla.
- Pero si no comes, ¿cómo?
- ¡Ay Alonsillo! ya tu padre te podía ir explicando ciertas cosas, ¿no amo?
- Sátur, todo a su tiempo...

En eso, un fuerte trueno rompió la armonía aparente y una ráfaga de viento hizo que una de las hojas de la puerta del establo se abriera con ímpetu. Margarita sintió la misma sensación de la noche del cumpleaños de Gonzalo. Éste, que ya se había levantado para cerrar la puerta advirtió el malestar de su esposa – No te asustes, ya ha pasado otras veces, la tormenta la tenemos encima.

Sátur también se había levantado, se adelantó a su amo cerrando la puerta con los dos pestillos – Vaya noche que se presenta. Por los caballos no se preocupe amo, ya los puse esta tarde debajo del cobertizo na’ más que se fue el sol y vi que las nubes volvían a cubrirlo todo.
- Lo sé Sátur, por cierto, hay que reforzar ese techado, que con estos vientos y el agua, puede venirse abajo.
- No se preocupe, ya mañana lo refuerzo yo.

Se habían vuelto a sentar y prosiguieron con la cena. Alonso había terminado y no dejaba de bostezar pasándose las manos por sus ojos picarones.

- Anda Alonso, ven a acostarte - Margarita se había levantado e hizo que el pequeño hiciera lo mismo.
- ¡¡Uff, tía Margarita!! Todavía es muy temprano...
- No Alonso, ya las campanas hace rato han dado las nueve, así que a la cama y sin rechistar. Si te caes de sueño mi amor, anda, sé bueno, sino, me voy a enfadar yo...
Alonso miró a su tía con sus ojitos dormilones – Pero si tú no te enfadas conmigo tía. Bueno, algunas veces si - sonrío al decirlo.
- Pues si no quieres que esta noche sea una de esas veces, ¡a la cama! – lo dijo señalando con el dedo el cuarto del pequeño.

- Está bien, pero quédate conmigo hasta que me duerma.
- Claro mi amor... Yo me quedo contigo todo lo que haga falta, anda, vamos.
El crío retiró la silla arrastrándola poniéndose de pie – Hasta mañana padre.
- Ven aquí hijo - Gonzalo tiró de Alonso poniendo un beso en su rubio cabello – Que descanses.
Alonso se fue a retirar pero Sátur lo detuvo – ¡Pero bueno! ¿es qué yo estoy pintao Alonsillo?
- No me había dado cuenta, hasta mañana Sátur – Alonso, puso un besó en la mejilla del fiel criado y amigo.

Margarita esperaba sin decir nada. Se sentía muy cansada y estaba deseando que Alonso se durmiera para ella poder ir a recogerse a la habitación de la buhardilla. Estaba deseando quedarse a solas. Sentía una gran opresión en el pecho. Ni ella misma comprendía cómo había podido tirar el día intentado aparentar tranquilidad cuando no la sentía. ¿Cómo iba a sentirla?  Estaba desesperada ante el miedo que sentía. Un miedo que no podía sacarse del cuerpo de saber quién que era su marido y del engaño a la que había sido sometida por causa de sus malditos silencios. Esos silencios a los que él estaba acostumbrado y que ella creyó que habían quedado atrás, pero no, él había seguido con ellos a expensas de que ella era su esposa y se suponía que nada debía ocultarle. Suspiró profundamente y siguió a Alonso a su habitación.

Gonzalo la vio alejarse, luego miró a Sátur – No sé como aguanta Sátur, me da miedo esa aparente entereza.
- Amo, no se inquiete... Esa entereza ya sabemos que sólo es fachá, la preciosidad de su mujer aguanta sólo por Alonsillo pero no debe preocuparle, espere a hablar con ella y verá que poco a poco va aceptando y asumiendo quien es usted.
- No sabes cuánto lo deseo Sátur, no sabes cuanto...
- Bueno amo, hablando de otra cosa, es sobre el certificado de defunción de Floro... Entonces, ya Catalina es oficialmente viuda ¿no amo?
- Así es Sátur, ya Catalina es una mujer viuda.

- Y dígame amo, ¿no hay una remota posibilidad que un día se descubra la verdad por muy pequeña que sea?
- No Sátur, no hay posibilidad de ello, donde únicamente Floro no consta como tripulante del navío “Esperanza” es el registro original. Éste se encuentra en la sede principal de la Casa de Contratación de Sevilla, pero allí nadie va a ir a preguntar por él para saber si está vivo o muerto ¿no crees?
- Amo, la idea de usted fue genial, así al menos Catalina y el pobre del Cipriano podrán tener una relación sin andar a escondidas.
- Ni se te ocurra hacer mención de eso a Cata o a Cipri, ni siquiera Margarita me ha hablado de ello, así,  que mantén la boca cerrada.

- Amo, ¿cómo cree? Su desconfianza me ofende.
- Sátur eres como un crío, no puedes tener nada callado.
- ¿Usted me dice eso? pues no será por lo que llevo callao lo suyo.
- Si eso lo has mantenido callado hasta ahora, sabes porque fue... Te amenacé con cortarte la lengua ¿Lo recuerdas? - lo dijo echándose hacia delante para que sólo su escudero escuchara aquello.
- Amo, como pa’ no acordarme, pero yo nunca lo hubiera delatao.
Gonzalo le apretó el hombro –  Es una broma Sátur. Yo sé de más, que nunca lo hubieras hecho.

El roce de una puerta hizo que detuvieran la conversación. Margarita salía de la habitación de Alonso. La joven se acercó a la mesa, se retorcía las manos algo nerviosa – Se ha quedado pronto dormido... Yo también me retiro.
Cogiendo una vela se dispuso a tomar la dirección de la escalera pero Gonzalo levantándose la detuvo sujetándola por un brazo – No Margarita, no tienes porque quedarte arriba. Por favor...

Sátur se levantó y llevándose con él parte de la vajilla se dirigió a la cocina. Ellos necesitaban hablar a solas.

Margarita levantó la mirada pero sin mirarlo directamente a los ojos – Gonzalo, sabes demás lo que te puse por delante, íbamos a vivir de apariencias y yo no busqué esta situación. ¡Yo nunca hubiera querido esto!
- ¡Lo sé Margarita! ¡Lo sé! Sé, que el único culpable soy yo ¡pero déjame rectificar! Dame esa oportunidad de saber el porqué de mi silencio.
- Te dije que iba a escucharte pero esta noche no, estoy cansada y mañana tengo que ir a Palacio... Así, que te pido que me sueltes, mi sitio está arriba.

Gonzalo no sabía de qué manera hacerla entrar en razón – Pero no debes estar sola allí arriba. Es  noche de tormenta y arriba lo percibirás más, te da cierto temor y...
- ¡No Gonzalo! no insistas - se desprendió de la mano que la sujetaba y fue a dar la vuelta - se detuvo girando su cuerpo – Sólo una cosa... Tengo arriba lo preciso, mañana me subes mi arcón cuando puedas. Mientras has estado en la escuela he tomado lo más necesario, quedan algunas cosas en los cajoncitos pero de eso puedo ocuparme yo... Sólo te pido eso, que me subas el arca.

Diciendo esto, se dirigió a la escalera comenzando a subir los peldaños de ella. Gonzalo se quedó completamente desolado. Sátur lo había escuchado todo. Se acercó a su amo que se había dejado caer en la silla visiblemente abatido.

- Amo, no se ponga así. Ya mañana cuando hablen verá como la cosa cambia, mejor se acuesta y descanse, que lo necesita... Yo en cuanto termine de recoger la cocina me voy a mi jergón. Ande, váyase a descansar.
- ¿Crees qué puedo descansar Sátur? ¿Lo crees? No descansaré hasta que recupere a mi mujer, porque la he perdido Sátur, ¡la he perdido!
- Hombre de Dios, ¡no diga eso! Usted no la ha perdío porque su mujer de usted lo ama por encima de todo, lo que pasa, pues que bueno, lo que se ha encontrao así de pronto, pues no es precisamente para tirar fuegos de artificios, así, que váyase a la cama e intente dormir.

Gonzalo se levantó, cogió una palmatoria y como si plomo llevaran en sus piernas se encaminó a su alcoba. Entró cerrando la puerta. Dejó la vela encima de la mesita y comenzó a desnudarse. Pensaba en ella, en como estaría. Aunque la tormenta se alejaba todavía se escuchaba con cierta fuerza. Se puso una camiseta y retirando la ropa de la cama se dispuso a acostarse.



Sus ojos fueron al arcón de Margarita. Una gran congoja le invadió de nuevo. Se acercó a él y poniéndose en cuclillas levantó la cubierta. Sus manos acariciaron las prendas de ella, maquinalmente tomó un camisón, el camisón de hilos de Holanda, el que estrenó el día de San Juan. Una triste sonrisa dibujó sus labios al recordar aquella noche. Lo rozó con sus manos y se lo llevó al rostro aspirando el aroma de jabón que desprendía. Olía a ella.

Cerró el arcón y con el camisón en la mano se refugió entre las sábanas. Acarició el lugar vacío de su esposa, nunca le pareció tan frío aquel lecho como aquella noche. Apagó la vela y apretando el camisón contra su pecho, lloró toda la amargura que albergaba su alma, sin saber, que arriba, en la habitación fría y sombría de la buhardilla, el alma de su esposa también desahogaba todo su pesar, todo el dolor que había ocultado durante todo el día en un desgarrador sollozo.




Abrió los ojos, sabía que era temprano, apenas había dormido y tenía un fuerte dolor de cabeza. Todavía tenía entre sus manos el camisón de su esposa. Se lo acercó a los labios besando aquella sutil prenda. Suspirando profundamente, se incorporó en el lecho acomodando las almohadas y dejando caer la cabeza en ellas. El aquel momento no se escuchaba llover pero hasta que se quedó dormido estuvo lloviendo con fuerza. Pensaba en Margarita, su mente sólo la ocupaba ella. Se preguntaba cómo podía haber pasado la noche. La inquietud por ella, hizo que echara las ropas del lecho a un lado y saltara de la cama. Se acercó al arcón de su esposa levantando la cubierta. Doblando con delicadeza el camisón y después de volverlo a besar, lo depositó entre las ropas y las pertenencias de ella. Bajó la tapa y procedió a vestirse sólo con el pantalón, sin calzarse siquiera salió de la alcoba. Encendiendo una vela, la tomó subiendo escalera arriba.




Margarita llevaba ya un tiempo sentada en la cama, en toda la noche no había podido dormir y no sólo por causa de la lluvia caída, sino que  su cabeza no podía dejar de pensar en todo lo que la abrumaba. Había llorado desconsoladamente. En muchos momentos pensó si su marido habría salido aquella noche bajo la identidad de Águila. El pensar en aquello la estremecía de pavor. Se sentía engañada, utilizada pero sólo pensar que pudiera pasarle algo se moría por dentro. Sufría por el daño que le había hecho con su silencio, había sentido el horror al ver lo que escondía el palomar, pero no podía dejar de sentir temor de saber todo el peligro que corría al ser quien era, porque a pesar de que quería odiarlo con todas sus fuerzas, era imposible dejar de amarlo.

Sentada en la cama y arrebujada en su toca, no podía dejar de repetirse que tenía que oírlo, que ella, más que nadie sabía lo que era el no ser escuchada y todo lo que sufrió por ello. Ella no quería que la invadiera el rencor, no quería que la invadiera para no llenarse de amargura, tenía que pensar en el hijo que llevaba en su vientre. Ese hijo tenía que tener una madre libre de pesares, libre de todo que pudiera enturbiar la sonrisa de su pequeño, pero no iba a hacer fácil, ya nada podría resultar fácil porque de lo que su marido le dijera, nada habría que pudiera volver a confiar en él.

Lágrimas rebeldes se desprendían de sus ojos. Se las limpió de un manotazo. Se levantó dando varios pasos por la habitación, sus manos se las pasó por su vientre. ¡Cuántas ganas tenía de sentirlo! De sentir que la vida de su hijo vibraba en sus entrañas. A pesar de la tristeza infinita que se veía a través de la negrura de su mirada, no pudo dejar de sonreír.
Qué maravilloso el día que lo tuviera en sus brazos. Suspiró profundamente. Una voz a su espalda la hizo detener sus pasos en el suelo de madera.

- No te creí levantada ¿Te encuentras mal?

No lo había escuchado llegar, ni siquiera había escuchado abrirse la puerta, pero que podía extrañarle, siempre el sigilo debía ser la característica más importante de Águila. Margarita se volvió. Allí estaba, en el umbral de la puerta, a medio vestir y con la vela en la mano, le parecía en aquel momento más alto aún. El contraste de luz que en ese momento se esparcía por la estancia le daba a su hermoso rostro un aire de misterio, el misterio que siempre ella vislumbró en el embozado. Un nudo le subió a la garganta, su pecho se aceleró.

Gonzalo tenía la mirada fija en ella. La había estado observando en silencio, recreándose en cada movimiento de ella, le enterneció el momento en que Margarita se acarició el vientre, apenas era perceptible su futura maternidad. Ante el silencio de ella de encontrarlo en la habitación, insistió.

- Margarita, ¿te pasa algo? No me has contestado, ¿te encuentras mal?
La joven reaccionó - ¡No! Estaba distraída... No, no me encuentro mal, sólo algo cansada.
Gonzalo se había acercado y puso la vela en la mesita de noche – No tienes buena cara, no has descansado ¿verdad?
- Si claro, algo he dormido - lo dijo seca, cortante.

Gonzalo sabía que no le estaba diciendo la verdad pero no se daría por enterado. El lecho los separaba, aunque ella se había vuelto al escucharlo no había hecho por moverse del otro lado de la cama.

- Si no has descansado no creo que debas ir a trabajar, dejas pasar unos días, sería lo mejor. Sé, que todo lo que has vivido en estas horas te ha dejado exhausta y necesitas tiempo para ir asumiendo todo lo que te has encontrado.
- Gonzalo, no es fácil asumir todo lo que me encontrado como tú dices, pero nada de eso debe repercutir en mi trabajo, y no puedo darme ese tiempo porque necesitaría todo el tiempo del mundo para asimilar lo que tú eres y un trabajo... Un trabajo no puede esperar tanto, así, que no hay nada más que hablar.

- Margarita, escúchame por favor... - Gonzalo dio unos pasos hacia ella.
- No Gonzalo, ahora no, quizá cuando regrese de Palacio. Voy a asearme para estar lista antes de que venga Catalina en busca mía, voy a bajar por el agua.
Fue a pasar por el lado de él pero Gonzalo la detuvo por un brazo – Margarita...

La muchacha levantó su mirada y se encontró con la de su marido, se sintió turbada ante la forma de mirar de la de él.

– Yo te amo Margarita... Te amo más que a nada en este mundo.
- ¡Pues bonita forma la tuya de amar Gonzalo! y ahora, si me disculpas tengo que bajar por el agua.
Gonzalo intentando reaccionar ante el comentario de ella le soltó el brazo y se adelantó a su esposa – No Margarita,  bajaré yo y te subiré el agua, ya debes saber que no es conveniente que cojas peso en tu estado, así, ¡que aquí te quedas y esperas que suba!

Su voz se escuchó airada, la muchacha no dijo nada y Gonzalo salió de la habitación enojado con ella y consigo mismo.




Durante el trayecto a Palacio, Catalina no dejaba de observar a la muchacha.

– Margarita a ti te pasa algo, estás muy callada, si no te encontrabas bien del todo deberías de haberte quedado en casa, hubiera sido lo mejor.
- No Cata, estoy bien, lo que pasa es que estoy muy cansada... Sabes que esto del sueño me trae de cabeza, para mí nunca es suficiente todo lo que duermo - intentó sonreír aparentando normalidad al hablar.
- Será eso hija, pero tienes una cara de haberte pasado la noche en vela.

Habían llegado a la altura de la verja, uno de los guardias abrió una de las cancelas. Las dos amigas tomaron el sendero que conducía a la gran explanada que se extendía ante los muros de Palacio. Tomaron la dirección de la entrada de servicio, Catalina se fue derecha a la cocina mientras Margarita, en el vestuario, se cambiaba la ropa de calle por la de uniforme. La muchacha nada más cambiarse se dejó caer en un pequeño banco y se cubrió el rostro con las manos. Estaba desesperada, no sabía cómo iba a ser la Margarita de siempre ante los demás cuando por dentro estaba rota. Rota por el desengaño, por las mentiras, de saberse utilizada por la persona que más amaba, rota por el miedo que atenazaba su alma de saber, que él, a pesar del daño que le había hecho podía estar en un continuo peligro y ella, de pensarlo moría por dentro.

- ¿Te ocurre algo Margarita?
La voz de Marta la sacó de sus pensamientos asustándola - ¡Ay Marta, me has asustado!
- Perdona Margarita, no pretendía asustarte, pero como te he visto con la cabeza entre las manos, pensé que estabas mala.
- No Marta, claro que no... Lo que pasa es que me duele un poco la cabeza, sólo eso.

Margarita, se levantó alisándose la falda. Se dirigió a un espejo que había colgado en la pared y procedió a recogerse el cabello con unos pasadores a ambos lados de su rostro.

Marta estaba terminando de cambiarse cuando llegaron María y Luisa, seguida de una Loreto que venía corriendo toda apurada de pensar que Catalina podía echarle la bronca por llegar tarde. Margarita contestó al saludo de buenos días de todas las chicas. Cómo ya estaba lista, fue una de las primeras que salió del vestuario dirigiéndose a la cocina por si Catalina necesitaba ayuda. No quería pensar, quería centrarse en su trabajo, pero era tan difícil.

Catalina ya estaba preparando el desayuno de la Marquesa con la ayuda de la cocinera. Los mozos iban y venían del establo para ver si la leche ya estaba recién ordeñada, todo en la cocina de Palacio se desarrollaba como un día más, como lo que era, un día cualquiera, en cambio, en la vida de ella todo había cambiado, toda la luz que alumbraba su vida hasta hacía tan sólo dos días atrás, se había convertido en sombras. Sombras en las que se veía envuelta, atrapada. Atrapada en aquella oscuridad y donde no encontraba la salida  por dónde escapar.




Las campanas de la iglesia de la Purísima daban en ese momento diez toques, Catalina abrió las contraventanas y la tenue luz de un día nublado se filtró a través de las vidrieras. Lucrecia se movió en el lecho.

- Catalina, ¿te he mandado que me despiertes?
- No señora pero por la hora que es, usted ya suele estar levantada, a no ser que se encuentre enferma.
- Catalina, mil veces te he dicho que no te pago para que pienses, sólo para que me sirvas.
- Lo sé señora, pero ya el desayuno está preparado y va a enfriarse... Si no va a levantarse se lo traigo aquí.
- Quiero dormir Catalina ¿Lo entiendes?
- Como quiera la señora, volveré a cerrar las contraventanas.

El ama de llaves y doncella de confianza de la Marquesa de Santillana se dirigió de nuevo al ventanal no sin dejar de hacer un comentario – Por cierto señora, Margarita ha venido a trabajar, al parecer ya se encuentra bien.
Lucrecia que había vuelto a buscar postura para seguir durmiendo, al escuchar el comentario de su doncella se incorporó de un salto en la cama - ¡No Cata! No cierres las contraventanas, mejor desayuno pero prefiero hacerlo aquí, ya más tarde me levanto. Me has dicho que ya Margarita se encuentra aquí...

- Si señora, ya se encuentra en el gabinete de costura.
- Bien Cata, bien... Eso quiere decir que ya se encuentra mucho mejor. No sabes lo que me alegro, anda Cata, ve por el desayuno, tengo apetito.
- Ahora mismo se lo traigo. Con su permiso.

Catalina, haciendo un leve movimiento de cabeza se dirigió a la puerta y abriendo una de las hojas salió cerrando moviendo la cabeza. No comprendía la aptitud de su señora, igual pensaba una cosa como de momento pensaba otra. Se apartó de la puerta de los aposentos tomando escalera abajo en dirección a la cocina.

En cuanto se quedó sola, Lucrecia se desperezó a sus anchas, una gran sonrisa de satisfacción dibujaron sus labios - ¡Ay Margarita! podías haberte quedado unos días más en tu humilde casa en compañía de tu maridito, pero así son las cosas... Con tu vuelta tan temprana has adelantado mis planes querida, cosa, que me satisface y mucho.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Oct 02, 2016 2:00 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,15


Margarita, en el gabinete de costura intentaba concentrarse en su trabajo pero la única verdad es que no podía, había tenido que deshacer más de una vez la prenda que estaba arreglando. Se levantó y dejando el vestido en el taburete se dirigió al ventanal. Abrió una de sus hojas, un aire helado le dio en pleno rostro. El día volvía a amenazar lluvia y el frío, era frío de invierno, de un invierno tan crudo como la realidad que la rodeaba. Se estremeció cerrando de nuevo el ventanal. Volvió a su asiento cuando escuchó la voz de Irene.

- ¡Hola Margarita! ¿ya te encuentras bien?
La muchacha levantó el rostro – Irene, hola, si ya estoy algo mejor.

Irene se había acercado a la joven costurera tendiéndole la mano, Margarita se la estrechó afectuosamente,  a su vez, era correspondida por la esposa del Comisario.

- Me alegro que ya estés de vuelta, ayer te eché de menos y sólo contigo me siento bien. Sabes que con Lucrecia tengo poca relación, la precisa y mucho es, pero dime, ¿qué te ocurrió? Me dijeron estabas algo resfriada.
- Si Irene, más que resfriada cogí algo de frío, pero un día en la cama hace milagros y ya estoy aquí - al hablar, intentaba hacerlo con toda serenidad. Nada ni nadie, debía apreciar todo el pesar que llevaba dentro de su alma.
- ¿Estás segura que estás bien? Es que te veo mala cara.

- Claro Irene, estoy bien, sino, no hubiera venido a trabajar, lo que pasa, que para mí no duermo tanto como yo quisiera... Ya ves, es lo que tiene un embarazo, que tienes sueño a todas horas.
- Dime, ¿te lo sientes ya? - se lo preguntó poniéndole una mano en el vientre.
- ¡Claro que no! Todavía no hago los tres meses, me faltan aún algunos días para ello pero a partir del mes que viene ya te diré, si vieras las ganas que tengo... - en esta ocasión, su sonrisa no tuvo que fingirla.
- Ya me dirás la de veces que te da patadita.
- ¡Ay Irene, que ganitas tengo de eso! pero fíjate, si ni siquiera apenas se me nota la barriga, sólo en ropa interior se me nota un poquito pero vestida, nada de nada.
- Ya se te notará y antes de que te des cuenta ya tienes a tu niño en los brazos.

- No veo llegar ese día. Es tanto el ansia que tengo, que los días se me hacen interminables y dime Irene, ¿tú para cuándo?
La esposa del Comisario se sorprendió ante la pregunta de la muchacha. Intentando disimular su sorpresa contestó a la joven – Bueno, pues eso no depende de uno, sólo cuando Dios quiera, pero no será porque no lo buscamos.
- Claro, me lo imagino, y sé que tú estarás como yo, que con tan sólo un mes de casada, me desilusioné porque me bajó... Tú que llevas más tiempo, estarás que te subes por las paredes.
- No Margarita, me lo tomo con tranquilidad, cuando tenga que ser, será.

- Y es lo mejor Irene, eso me tuve que decir a mí misma y fue cuando tuvo que ser, ¡y de lo más pronto!
Irene se levantó – Margarita, ya me marcho. Me gustaría seguir charlando contigo pero me voy a la capilla, dentro de un momento serán las doce del medio día y es la hora del Ángelus, no me acostumbro a dejar de rezar a esta hora.
- Claro Irene, te comprendo y sobre todo no tienes que saber por los toques de las campanas la hora que es, ese juguete que tienes contigo, se encarga de decirlo... Ya hablaremos en otro momento.
Irene sonrío – Me hace gracia como llamas al reloj, bueno, ya hablamos - apretó con cariño la mano de la muchacha y dando media vuelta salió del gabinete de costura.




Cumpliendo su revancha.


En la cocina, todo era un ir y venir. Catalina no dejaba de dar órdenes. Había terminado se exprimir unas naranjas volcando el contenido del cuenco en una jarra, luego, tomando dicha jarra echó un poco de zumo en una copa y la puso en un bandeja pequeña con un entremés y una servilleta. Buscó con la mirada a Loreto.

- ¡Loreto! llévale esto a Margarita y le dices que se lo tome todo, que no ha desayunado nada, ni en su casa, ni aquí.
- Pero Cata, sabes que si ella no quiere no hay manera de que coma.
- ¡Pues tiene que comer! Tú te limitas a decírselo.

La muchacha no dijo nada, cogió la bandeja dirigiéndose a la escalera que la conducía al piso superior. Mientras subía iba tarareando una canción, no imaginaba que alguien estaba a su acecho. Terminó de subir y enfiló el ancho pasillo en dirección al cuarto de costura. Las diferentes puertas que se encontraba a lo largo de aquella galería y que la mayoría de ellas pertenecían a los aposentos tanto de los que vivían allí como la de algunos invitados, se encontraban cerradas. Sólo en su recorrer se encontró con otra sirvienta que venía en sentido contrario y que con un balde en su mano y unos lienzos en la otra, daba a entender que ya había terminado su limpieza en aquel ala de Palacio.

Estaba a punto de pasar por los aposentos de la Marquesa cuando la puerta se abrió dando paso a Lucrecia que intentaba de colocarse un pasador en uno de sus bucles. Loreto se inclinó levemente y esperó que la Marquesa de Santillana pasara para ella continuar. Lucrecia pasó sin dirigirle mirada alguna. La joven criada fue a seguir cuando la voz de la dueña y señora de Palacio la detuvo.

- ¿Eso que llevas es para Margarita? - lo preguntó con suavidad en su voz.
Loreto se volvió – Si señora, es para ella.
Lucrecia se acercó a la sirvienta – Dame, yo se lo llevo y así charlo con ella, quiero saber cómo está ¡Anda, trae! Tú puedes volver a tus quehaceres, más tarde ya subirás por la bandeja.
- Como quiera la señora, pero dígale que se lo tiene que tomar todo... Me lo ha dejado dicho Catalina.
- No te preocupes, ya me ocuparé yo que se lo tome todo.

Loreto le entregó la bandeja, luego, volviendo a inclinarse tomó el camino de vuelta en dirección a la escalera. Hasta que no perdió a la joven criada de vista, Lucrecia se mantuvo sin moverse, luego se apresuró a entrar en sus aposentos cerrando la puerta con la llave.  Puso la bandeja en la mesita y se fue derecha a un cajoncito de su secreter sacando el frasquito de color marrón. Sin perder los nervios pero con premura quitó el tapón e introduciendo un cuentagotas extrajo parte de aquel líquido. Luego, fue goteando su contenido en la copa de zumo, contó cinco gotas, por un momento se quedó pensando y sin escrúpulo ninguno echó una gota más.

- Seis Margarita, seis... Quizá haya suerte y acompañes a ese hijo que nunca nacerá.

Lucrecia, recogió todo en el mismo lugar cerrando el cajoncito con una pequeña llave que la guardó dentro de su escote. Cogió la bandeja saliendo de sus aposentos no sin antes percatarse de no encontrarse con nadie. Con grácil movimiento dirigió sus pasos al gabinete de costura.

Margarita seguía cosiendo intentando concentrarse en su trabajo pero su alma llena de aflicción, hacía que la embargara una gran amargura y no podía evitar que de sus ojos se deprendieran lágrimas de dolor. Al sentir unos pasos, se limpió de un manotazo las gotitas que resbalaban por sus mejillas. Sólo al oír la voz de Lucrecia se volvió.

- Hola querida, aquí te traigo esto que subía una criada para ti. He aprovechado y lo he traído conmigo, ya que de todas maneras quería verte y preguntarte como te encontrabas - mientras hablaba, Lucrecia puso la bandeja encima de la mesita.
Margarita se había levantado – No tenías que haberte molestado Lucrecia.
- ¿Para qué están las amigas Margarita? Dime ¿cómo estás? No te veo muy buena cara, estás muy pálida y parece que los ojos los tienes lagrimosos. Le dije a Catalina que te tomaras los días que te hicieran falta, no te lo iba a descontar del sueldo.
- Me lo dijo Lucrecia, pero estoy mucho mejor, sólo es un simple enfriamiento. Gracias por tus atenciones.

- No tienes que darlas, pero anda siéntate y tómate lo que te manda Catalina... ¡Ah! y de parte de ella, que te lo tomes todo, me lo ha dejado dicho esta chica... – la Marquesa se quedó cómo pensando - A veces se me olvida su nombre... ¡Ah, sí! Loreto. Anda, ¡Venga! – la Marquesa apremió a la muchacha.
- Es que no se me apetece mucho Lucrecia.
- Por algo ha dicho Catalina que te lo tomes todo. Esa falta de apetito quizá es debido a ese malestar pero si no se te apetece tomar esos canapés, bébete al menos el zumo, eso te caerá bien.
Margarita se había sentado en el diván y Lucrecia hizo lo mismo. La Marquesa tomó la copa y se la ofreció a la joven con una sonrisa – Anda, toma...



La joven costurera tomó la copa por cortesía, ya que ni siquiera se le apetecía beber el zumo. Lucrecia no dejaba de observar a Margarita de soslayo, quería verla llevarse la copa a sus labios. Le pareció interminable el momento en que la muchacha tomó el primer sorbo. No pudo por menos de sonreír. Vio como la muchacha hizo cierto gesto al tomarlo.

- ¿Ocurre algo Margarita?
- Me sabe raro el zumo.
- Eso será tu paladar, sabes que cuando andamos resfriado perdemos el gusto por todo, o todo nos sabe mal. También puede ser que las naranjas estén un poco más ácidas.
- Si claro, eso debe ser.

Margarita a pesar que no hubiera seguido bebiendo, por estar Lucrecia junto a ella se veía de alguna manera obligada a no despreciar la delicadeza y el interés que ponía. Sin pensarlo, tomó de una vez el contenido de la copa. La Marquesa de Santillana respiró de satisfacción.

- Bueno querida, ya me voy, tengo que contestar varias cartas. Que pases un buen día.
Lucrecia se levantó y Margarita dejando la copa encima de la bandeja se levantó a la par de ella - Gracias Lucrecia, lo mismo te digo.

La Marquesa de Santillana, a pasos lentos y tirando con majestuosidad de su vestido de organza rojo, salió del gabinete de costura, llevaba una sonrisa triunfante. Su venganza se lograría en cuestión de unas horas.




Gonzalo estaba terminando de repasar las tareas de sus alumnos. En todo el día no había dejado de pensar en su esposa, era imposible no pensar en ella, ni siquiera había ido a almorzar a la casa. No quería verlo, eso le constaba. La entrada de Sátur hizo que por un momento interrumpiera sus pensamientos.

- Amo, que digo yo... No hemos subido el arcón de Margarita y ella, antes de irse se lo volvió a recordar.
El maestro dejó por un momento los cuadernos y dejándose caer en el respaldo habló con firmeza – No vamos a subirlo.
- Pero amo...
- ¡Sátur, es la única manera de ir alargando la cosa! Si lo subo, ella no tendrá motivo ninguno para entrar en esta alcoba, ¡y yo no quiero eso!
- Pero si no lo hace, ella recogerá la ropa de cualquier manera y se la subirá arriba. A ver que le dice cuando venga.
- Le diré que se me ha pasado y así iré alargando el asunto, lo que espero es no tener que hacerlo... Quizá cuando me escuche recapacite.

La puerta principal se escuchó abrirse. Gonzalo miró a Sátur, se levantó saliendo de la alcoba, Margarita acababa de llegar. Algo vacilante se acercó a ella - ¿Cómo has echado el día? No... no viniste a almorzar.
- Tenía mucho trabajo y preferí quedarme para adelantar algo – mientras hablaba, se quitó la toca y la dejó caer en el respaldo de una silla. Se la veía cansada - Voy al cuarto de Alonso, a Murillo lo espera su madre, me imagino que estarán allí.

Fue a pasar por el lado de Gonzalo pero este la detuvo por un brazo – Margarita, no me has contestado... ¿Cómo has pasado el día?
- ¿Tú cómo crees?
Gonzalo el que le contestara con otra pregunta lo sacaba de quicio, intentó disimular su enojo – Quieres decir que no muy bien...
- Dices bien y ahora si me sueltas el brazo, voy a avisarle a Murillo.
Gonzalo la soltó y la vio alejarse al cuarto de Alonso. Se volvió hacia Sátur que algo apartado había presenciado la escena entre los dos esposos - No hay forma Sátur. No hay forma que de verla más animada.
- Ya lo estará amo, es que usted tampoco tiene paciencia.
- ¿Cómo quiere qué la tenga? Si cuando está así es por mi culpa.

Margarita no tardó en regresar acompañada de los dos pequeños. La muchacha acompañó a Murillo a la puerta y hasta que no vio al niño meterse en su casa cuya puerta se encontraba con media hoja abierta, no volvió a la suya. Alonso que jugueteaba con una pelota nada más ver aparecer a su tía se fue para ella.

- Tía, ¿por qué no me coses la abertura de la pelota? Se ha descocido esta tarde y no hemos podido jugar mucho.
- Cariño, ¿te importa qué lo haga mañana? Es que estoy algo cansada y voy a acostarme.
- Claro tía Margarita, mañana lo haces y si tienes lanilla de las que te sobran me lo rellenas, que parece que está algo floja.
- No te preocupes, que mañana antes de venir para la casa, me paso por el tenderete de Rufina y le pregunto si tiene trozos de paño... Anda, sigue haciendo los deberes pero antes dame un beso.

Alonso le echó al cuello sus bracitos y con mucha efusividad besó a su tía en la mejilla, luego se dirigió de nuevo a su cuarto. Fue entonces, cuando Gonzalo que al igual que Sátur había estado pendiente de Margarita y Alonso se dirigió a ella con el ceño fruncido.

- ¿Te vas a acostar sin cenar? Debes tomar algo.
- No tengo gana de tomar nada. Me habrás subido el arcón ¿no?
Gonzalo se quedó como pensando – Margarita, lo siento, se me ha olvidado... Si quieres te...
- No Gonzalo, en este momento no, Alonso está en la casa y le extrañará que me subas el arcón, cogeré lo más preciso pero procura hacerlo mañana cuando el niño esté jugando con sus amigos, él, no debe saber lo que pasa entre tú y yo.
- ¿Crees que Alonso no se dará cuenta de que algo pasa? Nada más vea que el arcón no está en la alcoba y tú, subes y bajas vestida de arriba, puede preguntar.
- Lo sé, pero si llega ese caso le diré que necesito espacio en la habitación.

A Gonzalo lo desconcertó la naturalidad de la respuesta de su esposa, pero él no iba a dejar de insistir – Sabes que es un niño avispado, puede que en un momento determinado aprecie que tú no duermes en la alcoba.
Margarita suspiró – Gonzalo, si eso sucede yo hablaré con él, no será la primera vez ni la última que un matrimonio pasa por “ciertas rachas”... Yo sabré explicárselo de forma para que él comprenda y no le afecte nuestro alejamiento.
- Me lo imagino, tienes una gran habilidad para hacer que una dura realidad se transforme como un cuento ante los ojos de Alonso –  en su tono de voz había una gran tristeza.

La muchacha supo por donde iba pero le extrañó en parte. Ella no le mencionó a él, en ningún momento en qué forma le contó a Alonso en el tejado aquella historia y que se originó por causa de su pelea con Hortensia. ¿Acaso él, se encontraba en el tejado?

- ¿Te ocurre algo? – preguntó al verla tan ensimismada.
– ¡Oh no! Sólo decirte, que ten seguro que por mi parte el niño nunca va a sufrir.

Diciendo esto se encaminó a la alcoba principal y tomando ropa interior del  arcón salió cerrando la puerta. Al pasar por delante de Gonzalo no pudo dejar de alzar la mirada – Procura que la puerta de tu alcoba se mantenga cerrada, Alonso por el momento debe creer que estoy en esa habitación – desvió la mirada de la de él. Sintió un gran desasosiego al ver que en los ojos color miel, estaban llenos de reproches.

Margarita tomó una palmatoria y se encaminó a la escalera pero la voz de su marido la detuvo – No puedes acostarte sin tomar nada, en unos momentos te subo un tazón de leche caliente.

Margarita no dijo nada y procedió a subir los escalones hasta llegar a su habitación. Entró en ella cerrando la puerta y dejando la vela en la mesita de noche se dejó caer en el lecho. Se sentía muy cansada y tenía mucho frío. Respirando profundamente se levantó comenzando a desnudar su cuerpo, se puso el camisón que tenía debajo de la almohada. Dejó la ropa interior que había subido en una silla ya que se la pondría en la mañana después de asearse, ni siquiera hizo por trenzarse el cabello, destapó la cama y se cobijó entre sus sábanas haciéndose un ovillo. ¡Cuánta soledad desprendía aquella pequeña habitación de buhardilla! Nunca la había sentido así como en aquellos momentos. Las circunstancias la habían obligado a ocuparla de nuevo pero en ella, podía desahogar su aflicción sin que nadie la viera.

Su mente lo ocupaba él, siempre él. ¿Por qué? ¿Por qué su vida había dado un giro tan brusco? Tenía que escucharlo, no podía dejar de hacerlo. Ella más que nadie supo lo que sufrió por no ser escuchada por él, al menos, le demostraría, que ella si le daba esa oportunidad, pero de lo que él le contara nada le haría que cambiara de opinión. El daño estaba hecho y ella sufría por ello. Sin poder evitarlo, sus ojos de nuevo se llenaron de lágrimas. Sintió escalofrío y se arrebujó más entre las ropas del lecho.

Escuchó dos golpes en la puerta y ésta se abrió. Percibió los pasos de Gonzalo sobre el entablado del suelo. Su voz sonó con toda dulzura – Margarita anda, tómate la leche, hará que descanses mucho mejor.

La muchacha cerró los ojos al escucharlo. Estaba de espalda a él. Sintió la mano de su marido sobre ella. Se limpió de lágrimas las mejillas y se incorporó sentándose en la cama. A la luz de la vela, Gonzalo apreció el rostro de ella y las huellas de llanto. Un nudo le apretó la garganta.

- Has estado llorando ¿verdad?
- No, claro que no. Sólo que creo que me estoy resfriando de verdad, sólo es eso - lo dijo mientras tomaba el tazón que su marido le entregaba.

Gonzalo sabía que aquello no era verdad pero no quiso incomodar más la situación. Le acomodó las almohadas y cogiendo la silla la arrimó junto a la cama sentándose a la cabecera. Esperaría a que ella terminara. Para Margarita era un suplicio tenerlo allí, tan cerca. Sus sentimientos los tenía encontrados. Se sentía engañada y llena de miedo por lo que había descubierto de él, pero su corazón aunque herido no dejaba de latir lleno de amor. No quería mirarlo, sabía que los ojos de su esposo estaban puesto en ella, también sabía que él esperaba a que ella se decidiera a escucharlo. Pensó que debía decir algo.

- Sé que estás esperando que me decidas a oír de ti lo que tanto deseas y lo haré, al menos yo te voy a dar esa oportunidad. Tú, en tiempo no me diste esa opción, pero esta noche no, estoy muy cansada y quiero dormir.

El corazón de Gonzalo dio un vuelco al escucharla hablar, al menos se había dirigido a él sin que su voz resultara cortante.

- No te preocupes Margarita, yo sabré esperar y tienes razón al decir que yo no te di esa opción... No sabes lo que me arrepentí con el tiempo de no hacerlo, por eso, no quiero que tú pases por lo mismo, no quiero que te llenes de rencor... Sólo cuando me escuches, podrás juzgarme y no pretendo con esto justificar mi silencio, no podría...

Margarita tomó el último sorbo de leche entregándole el tazón. Gonzalo lo tomó levantándose. La muchacha se tendió en la cama acomodándose en ella.

- ¿Te apago la vela?
- No, no lo hagas, déjala encendida.
Gonzalo no pudo de dejar de rozar con sus dedos el cabello de ella – Que descanses.

Diciendo esto, encaminó sus pasos fuera de la habitación dejando la puerta tan sólo entornada.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Oct 02, 2016 8:31 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,16


Apenas la tenue claridad entraba por la pequeña ventana cuando Margarita abrió los ojos. No había dormido mucho, durante toda la noche estuvo dando vuelta en la cama y el frío no terminaba de quitársele. No se encontraba muy bien pero tenía que levantarse, no podía volver a faltar a su trabajo. Se incorporó en el lecho y con mucho trabajo echó la ropa hacia un lado poniendo sus pies en el suelo. Buscó la toca rebuscándola entre las ropas de la cama, se la puso abrigándose con ella, luego se calzó las zapatillas. Se puso en pie pero tuvo que sentarse de nuevo ya que sintió que la habitación daba vuelta en torno a ella. Esperó un poco, suspirando profundamente volvió a levantarse con sumo cuidado. Necesitaba ir al establo y poner agua a calentar. Terminó de abrir la puerta y salió de la pequeña alcoba bajando la escalera, por un momento tuvo que agarrarse a la pared. Cuando el malestar disminuyó terminó de bajar los escalones. Sátur estaba ya trajinando en la cocina. Hubiera preferido no encontrarse con nadie. El fiel criado se dio cuenta de la presencia de la joven.

- Buenos días señora ¿Quiere que le ponga el agua a calentar? - el buen amigo y sirviente quería mostrarse amable con su señora aunque estaba seguro que por parte de ella, seguiría enojada con él.
Margarita se vio obligada a contestar – Buenos días y si, ponme agua a calentar si no te importa.
- ¿Cómo va importarme señora? ¿Pa’ qué estoy yo aquí?
- Para servirle a tu señor, sólo él es tu amo - lo dijo sin rabia, tan sólo con un toque de amargura en las palabras que había pronunciado, luego se dirigió al establo.

Sátur se quedó algo perplejo ante el comentario de la muchacha. No sólo con lo que había querido decir, sino de la forma en que lo hizo, no había rabia en su voz, la notó triste, apagada como si ya se diera por vencida ante los hechos acaecidos.

La puerta de la alcoba de Gonzalo se abrió y éste apareció poniéndose la camisa – Buenos días Sátur, me ha parecido escuchar a mi mujer.
Sátur se volvió al oír la voz de su amo – Buenos días amo y si, ha escuchado bien, era su esposa, está en el establo.
- ¿Cómo la ves? - lo preguntó impaciente.
- Amo, pues no sé qué decirle... Por su bonito y demacrado rostro, como que no ha descansao mucho, por su eco de voz,  la he notao rara. Me ha dao los buenos días y me ha hecho un comentario pero no había rabia ni coraje al decirlo, la he notado triste, apocá y eso, como que tampoco es normal y con el carácter de ella...

- Ya te dije anoche que la vi algo más tranquila, quizá sea eso, que está más sosegada.
- Amo, no sé, pero ojala que sea eso... Bueno, a todo esto, ¿pongo el desayuno o espero a que su esposa se arregle?
- Mejor espera a que ella se arregle, porque me imagino que esa agua que está a punto de hervir es para ella.
- ¡Ay amo, menos mal que se ha dao cuenta! – Sátur, con un paño en una de sus manos tomó el asa del balde y lo apartó de la lumbre.

La puerta semicerrada del establo se abrió dando paso a Margarita. Por su rostro pálido Gonzalo comprendió que no estaba bien. Se levantó acercándose a ella – Te encuentras mal ¿verdad?
- Bueno, lo de todas las mañanas... He vomitado pero me duele un poco el estómago.
- Anda, ven y siéntate.
Gonzalo se dirigió a Sátur – Pon a hervir la infusión Sátur, eso le aliviara las náuseas y el malestar del estómago. Voy a por el jengibre.

Gonzalo se dirigió a la escalera subiendo los peldaños a toda prisa. No tardó en volver con la medicina en su mano. Sátur estaba terminando de dar vuelta a la infusión y enseguida la apartó colándola en una taza. Le echó dos cucharas de miel y se la puso a la muchacha por delante. Ésta, desde que se sentó no había dicho palabra alguna. Se sentía mal pero no quería decir nada, pensó que sería algo pasajero. Tomó la cucharita de madera y la introdujo en el tarrito meloso sacando con ella la dosis que tenía que tomarse. Luego de ingerir aquello, fue bebiendo a pequeños sorbos la infusión preparada a base de manzanilla y menta. El sentir pasar por su garganta el calor de la humeante y olorosa infusión la reconfortó un poco. Sentía sobre ellas los ojos de su marido como los de Sátur.

Gonzalo, se mantuvo callado sentado junto a ella hasta que terminó de tomarse la infusión. Luego le habló con toda dulzura intentando convencerla – Margarita, si no te encuentras bien, no creo conveniente que vayas a trabajar, deberías acostarte y descansar.
- No Gonzalo, esto es pasajero, casi todas las mañanas me pasa lo mismo... Con lo que me he tomado ya me siento algo mejor, lo que si pediría que tú o Sátur, me subáis el agua, sólo eso.

Se levantó, Gonzalo hizo lo mismo dando paso a su esposa, la cual se dirigió al arcón de la sala y levantando la cubierta sacó una falda con su correspondiente blusa. Con ello en su brazo se dirigió a la escalera y de allí a su habitación. Gonzalo y Sátur, se miraron con cierta preocupación.




Catalina no dejaba de hablar tirando de las riendas del caballo. Aquella mañana había decidido coger el carro ya que los caminos eran intransitables debido a las lluvias caídas desde días atrás y era imposible andar por ellos, a no ser que los zapatos se hundieran en el barrizal, aunque tampoco era fácil hacerlo con el carro ya que sus ruedas a veces se hundía en el barro con el consiguiente trabajo de sacarlas y seguir rodando con comodidad.

- Hija, estás últimamente de lo más mustia, ayer por una cosa y hoy... ¿Hoy por qué?
- Cata, ya te he dicho que hoy no me he levantado muy bien. He vuelto a vomitar en la mañana temprano y hasta dolor de estómago me entró, al menos con la infusión se me alivió un poco aunque no me ha desaparecido del todo.
- Margarita, si es que no comes nada muchacha... Aunque una tenga esas fatiguitas, hay que intentar de comer algo para que el estómago no se quede vacío. Pues te digo, que tu marido se ha quedado pero que muy preocupado por haberte venido sin desayunar, así, que en cuanto lleguemos a Palacio te comes lo que te prepare y sin rechistar.

A poco de llegar comenzó a lloviznar, Catalina arreó al caballo. Antes de llegar a la gran verja los guardias abrieron la cancela y el carro entro en la gran propiedad. Catalina rodeó los jardines hasta llegar a la altura de las dependencias del servicio. Allí detuvo la carreta, bajó de él ayudando a Margarita. Cuando se vio en el suelo a la muchacha le pareció mentira, el ajetreo del carruaje le había vuelto a revolver el estómago pero intentaba contener las náuseas.

- Yo me voy derecha a la cocina, tú vete a cambiar que yo mientras te preparo algo para que desayunes antes de que te subas al cuarto de costura.

Margarita no dijo nada dirigiéndose a los vestuarios. No sabía lo que le pasaba pero en los casi tres meses que llevaba de embarazo no se había encontrado tan mal como en aquel momento. Tenía mucho frío y el malestar del estómago había acrecentado. Cuando llego al vestuario ya se encontraban allí María y Luisa, las cuales ya estaban cambiadas de ropa. La joven dio los buenos días y sus amigas le contestaron pero también apreciaron la palidez de la muchacha. Fue María la que se acercó a ella.

- Margarita, ¿te encuentras bien? Estás muy pálida.
- María, no... No me encuentro muy bien, pero ya se pasará - mientras hablaba, fue a desvestirse, pero en aquel momento una gran punzada en el bajo vientre hizo que se doblara sobre ella misma - ¡Ayy!
- ¡¡¿Margarita, qué tienes?!! – María cómo Luisa que ya se había acercado a toda prisa, ayudaron a la muchacha a sentarse en uno de los bancos. Margarita en aquel momento tenía el rostro desencajado.

- He... he sentido una gran punzada, aquí... Aquí abajo pero ya parece que... que se me va pasando...
- Pero Margarita, así no puedes quedarte, debe irte a tu casa, no se sabe que puede haberte causado ese dolor, además tienes la cara impregnada de sudor. Anda María, dame esa toalla que está en el perchero.

María fue a buscar la toalla, en seguida volvió con ella. Comenzó a enjugar el rostro de Margarita que estaba blanco como la cal.

- Creo, que mejor voy en busca de Catalina.

María asintió con los ojos y Luisa salió rápida del vestuario. María, se sentó junto a su amiga cogiéndole las manos - ¿Te vas encontrando mejor?
Margarita con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados asintió levemente con la cabeza – Lo que tengo es mucho frío, dame la toca.

María fue por la toquilla y se la echó por los hombros cruzándosela en el pecho. En eso, un murmullo de voces y risas llenaron la estancia. Eran Marta y Loreto pero sus risas quedaron cortadas al ver que algo le pasaba a Margarita. Intentaron saber con preguntas, pero María con un ademán las mandó a callar. Unos pasos ligeros se escucharon llegar, Catalina seguida de Luisa apareció en la estancia. Catalina nada más ver el rostro de Margarita comprendió que algo no iba bien pero intentó no alarmar a la muchacha.

– Margarita, cariño, ¿qué te pasa?
- No sé Cata, de pronto he sentido una gran punzada en el bajo vientre pero sólo fue un momento, ahora... Ahora sólo tengo mucho frío, nada más.
- No te preocupes, que igual no es nada pero no debes quedarte, así, que voy a mandar que vayan en busca de Gonzalo y que él te lleve a casa.

La joven, al escuchar a Catalina reaccionó e incorporándose en el asiento le apretó las manos a su amiga - ¡No Cata! que nadie vaya a buscar a Gonzalo... No quiero que se preocupe, en todo caso yo me voy sola pero no mandes a buscarlo, por favor...
- Margarita, yo comprendo que no quieras preocuparlo, ¿pero tú irte sola? eso es imposible criatura, ¿y si en el camino te viene otra vez ese dolor?

- Catalina, ve tú con ella, nosotras nos sabemos apañar ¿Verdad chicas? – María miró a sus compañeras y amigas. Las muchachas asintieron azuzando a Cata a que acompañara a Margarita.
- Yo sé que puedo confiar en vosotras pero no hemos contado con la Marquesa, tengo que pedirle permiso para ello - se volvió hacia Margarita – Cariño, tengo que contárselo a la Marquesa para que me deje acompañarte y para eso tengo que hablarle de tu embarazo.

- Lo sé Cata... De todas maneras tarde o temprano se tiene que enterar, puedes hacerlo pero no tardes, quiero irme a casa, estoy muy asustada - rompió a llorar con una gran congoja.
- No cariño, no llores, verás que eso no es nada, quizá ha sido algo de gases, cálmate y en seguida regreso... María, quédate con ella y aflójale el corpiño, las demás ya os podéis cambiar,  las que estéis lista os vais la cocina, ya le digo a Micaela la orden del día.

Diciendo esto y después de volver a animar a Margarita salió del vestuario dirigiendo sus pasos a la escalera que la conducía al piso de arriba y de allí, a los aposentos de su señora. Estaba preocupada por su amiga, no quería pensar en lo que se le había venido a la mente, esperaba que ese dolor no le repitiera. Abrió la puerta de la alcoba de su señora. Lucrecia parecía dormir todavía. Catalina abrió las contraventanas y la tenue luz de un día nublado y lluvioso entró a través de las vidrieras. Lucrecia se movió en el lecho.

- Catalina, pienso que todavía es muy temprano para que vengas a interrumpir mi sueño. Cierra esas ventanas y sal de mi cuarto hasta que yo te mande llamar.
- Señora, es que tengo algo que decirle, es importante.
Lucrecia se dio la vuelta intentando buscar postura - ¿Tan importante es para que me despiertes Cata?
- Señora, se trata de Margarita, se siente mal y quiero acompañarla a su casa, claro, con su permiso.
La Marquesa de Santillana según había ido escuchando fue abriendo los ojos. Una sonrisa iluminó su rostro. Se volvió despacio y fue incorporándose en la cama - ¿Pero qué le pasa últimamente a Margarita?

- Señora, es que usted no sabe... Ella está embarazada y hoy, hace poco ha sentido cierto dolor y está muy asustada.
- ¿Margarita embarazada? No lo sabía.
- Lo sé señora, ella no quería hacerlo saber hasta que su embarazo no estuviera más avanzado, ya sabe, el temor que siempre se tiene a que pueda frustrarse, pero hoy no la veo bien y me preocupa ese dolor que ha sentido aunque yo delante de ella no le he dado importancia.

- Te entiendo Cata. Espero que ese malestar no sea nada serio y sólo sea un susto, y claro que tienes mi permiso para acompañarla... Si por cualquier motivo te ves obligada a estar más tiempo con ella, puedes hacerlo, no tengas prisa por volver a Palacio, me supongo que la demás servidumbre sabrá lo que tienen que hacer.
- Si señora, en cuanto baje ya le dejo a la cocinera la orden del día y si no me necesita, me gustaría irme lo antes posible.
- Si claro, ya puedes irte y espero que Margarita se alivie.
- Gracias señora.

Con una leve inclinación de cabeza Catalina retrocedió hasta la puerta cerrando una de las hojas. Se sentía en parte aliviada porque su señora había consentido que acompañara a Margarita pero una gran desazón la invadía.



Dentro de los aposentos, Lucrecia se dejó caer entre almohadones con suspiros de complacencia - Mi venganza está a punto de cumplirse... Lo siento Gonzalo, quien me la hace, me las paga y tú, vas a pagar muy caro tu humillación. ¡Pero que muy caro!

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Oct 08, 2016 6:40 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,17


Momentos de temor.


Catalina no dejaba de arrear al caballo, a la misma vez no dejaba de observar a Margarita. La muchacha se mantenía en silencio pero el movimiento del carro hacía que se sintiera algo mareada.

- Margarita no te preocupes mujer, ya verás que ese malestar no es nada, sólo tienes que acostarte nada más llegar y verá que pronto te recuperas ¿Acaso ahora sientes algún dolor?
Margarita negó con la cabeza – Sólo estoy algo mareada y tengo mucho frío.
- Toma mi manto y cúbrete con él – se lo quitó y con la mano libre cubrió a la muchacha parte de su cuerpo - Espero que no le dé por llover con fuerza hasta que estemos en casa, esta llovizna apenas cala.

Margarita escuchaba a su amiga pero no tenía ánimo para contestar. Tenía ganas de llorar y el camino se le estaba haciendo interminable. Al fin dejaron las afueras y se introdujeron por una de las puertas de la Villa, la que más cerca quedaba del barrio de San Felipe, a sus oídos llegaron las campanadas de la iglesia dando nueve toques.

- Tú marido todavía no se habrá ido a la escuela.
- Mejor sería que estuviera allí, así no me vería con este malestar y cuando volviera ya se me habría pasado. Porque se me pasará, ¿verdad Cata?
Ante la pregunta de la muchacha, a Catalina se le encogió el corazón. Cuando le contestó su voz sonó con toda normalidad – Claro Margarita, claro que se te va a pasar cariño... Piensa que eso ha sido algo sin importancia, de hecho, no te ha vuelto a dar esa punzada.

Habían entrado en el barrio. La bulla de las primeras horas de la mañana se hacía sentir en sus calles y los tenderetes ya abiertos ofrecían sus mercancías. Cata detuvo el carro a la altura de la casa – Espera Margarita, ya te ayudo yo.
Catalina bajó y se dispuso a ayudar a la muchacha. La joven se levantó del asiento y fue a poner un pie en el apoyo cuando de nuevo sintió el mismo pinchazo que hizo que se doblara por el dolor -¡¡Ayy! ¡¡Cata, otra vez!! ¡Cata, me duele! me... Me duele...
- ¡Margarita siéntate! ¡Siéntate que voy en busca de Gonzalo! Aguanta cariño, aguanta...

La muchacha como pudo volvió sentarse intentando aguantar aquel dolor que la partía por dentro. Catalina subió aprisa los escalones llamando a voces.

- ¡¡Gonzalo!! ¡¡Gonzalo!!

Dentro de la casa, Sátur estaba terminado de recoger la mesa y Gonzalo, sentado leía el tema que iba a tocar en clase mientras Alonso terminaba de vestirse, Murillo estaba con su amigo en la habitación de éste.

- Alonso, date prisa que últimamente abrimos más tarde la escuela - fue a seguir leyendo cuando escuchó la voz de Catalina.

Miró a Sátur que también se había quedado perplejo ante la forma de llamar de la mujer. Antes de que su escudero hiciera el intento de abrir, ya Gonzalo se había puesto en pie y en una zancada se fue hacia la puerta abriéndola en par en par. Catalina estaba ya a punto de llamar.

- ¡¡Gonzalo, Margarita!! ¡No se encuentra bien! Está, está en el carro, tiene...

El maestro no la dejó terminar, la apartó y bajó veloz la escalera a tiempo de ver a su esposa que sentada en el pescante, se doblaba sobre sí misma.

- ¡¡Margarita!! ¡Calma cariño! Vamos...
Gonzalo alargó sus brazos tomando a la muchacha en ellos. Ella no dejaba de quejarse - ¡Me duele! ¡Me duele mucho!
- Cálmate, no te asustes.

Sátur y Cata dejaron pasar a Gonzalo que fue raudo a la alcoba. Catalina se le adelantó y terminó de destapar la cama que todavía no estaba hecha. Gonzalo tendió a Margarita que se doblaba por el dolor cubriéndola con las ropas del lecho.

- ¡Sátur, ve en busca del médico de prisa! ¡Si no está en la botica lo busca por toda la Villa! – luego, su mirada fue hacia Catalina - ¿Qué pasó Cata?  

Catalina le refirió lo que había ocurrido desde que llegaron a Palacio. Gonzalo a la vez que la escuchaba atendía a su esposa. De nuevo el rostro de la muchacha estaba perlado por el sudor y su palidez preocupaba en demasía a su marido. Por un momento Margarita pareció calmarse un poco.

- ¿Se te ha pasado? ¿Te encuentras mejor?
- Creo... creo que sí pero estoy muy asustada... No voy a perder a mi hijo, ¿verdad que no?
Gonzalo miró a Catalina, ésta, con sus ojos se lo dijo todo. Gonzalo tragando saliva se volvió a mirar a su esposa que esperaba una respuesta. Tenía una mano de ella entre las suyas, apartando una de sus manos le acarició el cabello – No te preocupes, ya verás que no es nada, intenta descansar.

- Mejor sea que se desnude Gonzalo, la ropa debe agobiarla, anda, dame el camisón – al decirlo rebuscó por el lecho.
Margarita miró a su marido. Gonzalo la tranquilizó con su mirada. Se levantó y yendo hasta el arcón, sacó de él la prenda de dormir – El que te quitaste esta mañana lo recogí con mi ropa para lavarlo - al decirlo buscó con su mirada la de su esposa que comprendió dentro de su pesar.

- Anda Margarita, cariño, vamos a quitarte la ropa - Catalina se inclinó y con la ayuda de Gonzalo incorporaron a la muchacha que le costó trabajo de hacerlo sola. Una voz infantil algo asustada se escuchó en la habitación - ¿Qué le pasa a tía Margarita? ¿Por qué llora?
Gonzalo levantó el rostro contrariado - Alonso, sal de la habitación, ahora yo te explico.
- Gonzalo, mejor sal con él mientras yo la desvisto. Intenta no darle importancia.
- Está bien, regreso en seguida... Vamos Alonso, tú tía debe descansar.

Gonzalo salió de la alcoba con su hijo cerrando la puerta. Catalina ayudó a Margarita a desvestirse, la muchacha le costaba mantenerse en pie, no dejaba de tener mareo y su cuerpo tiritaba de frío.

- Cata, no puedo dejar de estar asustada ¿Qué me está pasando Cata? No quiero perder a mi niño ¡No quiero perderlo!
- Cálmate cariño, anda, tiéndete, apenas te puedes sostener.

Margarita se tendió en el lecho, Catalina la arropó echándole una manta más encima y que había encontrado a mano en una silla. Margarita tiritaba. El miedo que tenía hacía que una gran congoja se le subiera a la garganta en un sollozo. Catalina se sentó en la cama e intentó calmarla – No llores Margarita, eso no es bueno, los nervios no vienen bien, mantente tranquila... Ya cuando venga el doctor se sabrá el porqué de ese dolor que va y viene.

La puerta se abrió dando paso a Gonzalo. En su rostro se reflejaba la preocupación y el temor. Se había acercado a la cama, se estremeció al ver el desconsuelo de su esposa. Miró a Catalina, ésta, contestó a la mirada de él – Está asustada Gonzalo  y es natural que lo esté, pero tampoco es bueno que se altere de esta manera.
- ¿Crees qué sea conveniente de que se le dé una infusión?
- No sé Gonzalo, mejor esperamos al médico, él mejor que nadie sabrá que podemos darle.

Gonzalo rodeó el lecho y se sentó en él tomando la mano de su esposa entre las suyas. Se sentía muy afligido pero no podía dejar de animarla - No te alteres, verás que no es nada, quizá ha sido algo de espasmos o un simple dolor sin mayor importancia así, que sosiégate, ¿vale?

Ella, tenía oculto el rostro entre uno de sus brazos y la almohada. Su llanto era ahogado, apenas se la escuchaba llorar pero no por eso dejaba de pasar desapercibido por Catalina y Gonzalo. Éste, no dejaba de acariciar el cabello de su esposa esparcido por las almohadas y por sus hombros que en aquellos momentos quedaban al descubierto, le subió la ropa de la cama. Poco a poco la muchacha se fue calmando. Dejó la postura que había tenido hasta aquel momento limpiándose el rostro con sus manos.

Gonzalo se apresuró a buscar un pañuelo y él mismo enjugó sus lágrimas – Ya pasó ¿verdad? Nada más llegue el médico te quedarás más tranquila. ¿Sientes algún dolor ahora?
Margarita negó con la cabeza – Sólo tengo mucho frío... Desde anoche tengo mucho frío y no sé por qué no se me quita.
- Mujer, tendrás el cuerpecico algo cortao’ porque sigues resfriá... Tenías que haberte tomado unos días más Margarita.
- Me encontraba bien Cata, por eso decidí irme a trabajar.

Unos toques en la puerta hicieron que Gonzalo todo presuroso se levantara y fuera a abrir. Era Sátur. Éste, le hizo señas y Gonzalo salió de la habitación cerrando la puerta.
– Amo, que el médico viene dentro de un momento, está terminado una visita en el barrio de las Descalzas ¿Cómo está la señora?
- No sé qué decirte Sátur, estoy muy angustiado... Ahora mismo parece que no siente ningún dolor, pero está muy baja de ánimo.
- Es normal amo, la criatura pensará... Bueno, lo que pensamos todos.
- Que no lo sea Sátur, que no lo sea - el abatimiento se notó en el eco de su voz.

Un murmullo dentro de la alcoba hizo que Gonzalo se tirara hacia la puerta abriéndola de golpe. Su corazón volvió a encogerse. Margarita estaba de nuevo doblada sobre sí misma y una Catalina angustiada intentaba consolar el malestar de la muchacha.

- ¡Gonzalo, otra vez! Otra vez le ha vuelto el dolor - Catalina había vuelto la cabeza al escuchar la puerta abrirse.
Gonzalo casi se arrojó sobre la cama – Ya... ya va a pasar, tranquila - sus manos recorrían la espalda de la muchacha que se mordía los labios para aguantar las punzadas que sentía - ¡Ayy! Me duele... Me due... le tanto...

Su pálido rostro estaba impregnado por el sudor que emanaba por sus poros y por las lágrimas que afloraban de sus ojos. Gonzalo sentía que se le iba el alma al verla de aquella manera - ¡¿Pero por qué el médico no viene?! – estaba que no se controlaba.
- Amo, si quiere voy en busca de él.
- ¡Si Sátur! Ve en busca de él y le dices que es urgente ¡Date prisa!
- Margarita, cálmate cariño - Catalina, intentaba no demostrar su temor y sujetaba una de las manos de la muchacha que apretaba fuertemente la suya por causa del doloroso malestar.

Gonzalo intentaba que su esposa cambiara de postura - Margarita, Margarita, déjate caer en las almohadas, así va a lastimarte la cintura.
La muchacha estaba hecha un ovillo. Sólo de aquella manera podía aguantar aquel dolor que parecía que la atravesaba toda - ¡No puedo Gonzalo! El dolor, no... No me deja... No me deja estar de... de otra manera - ya no intentaba reprimir el llanto.

Gonzalo cerró los ojos. Sus brazos rodearon el cuerpo de su esposa que encorvada sobre sí misma soportaba el sufrimiento y la pena de saber que aquello podía terminar con su más grande ilusión, la de ser madre. Por un momento pareció tranquilizarse.

Gonzalo lo percibió e intentó que se echara sobre los almohadones. La respiración de su esposa era agitada, se la veía extenuada y mantenía los ojos cerrados. Recorrió con el pañuelo su rostro secando el sudor y sus lágrimas. La sintió estremecerse. La arropó lo más que pudo y miró a Catalina. Ésta, tenía los ojos llorosos e hizo un movimiento con la cabeza que Gonzalo supo interpretar para su desesperación. Volvió su mirada al rostro de su esposa, ella seguía con los ojos cerrados pero sus largas pestañas se movían inquietas. Se inclinó apartándole un mechón que le caía frente abajo. Aguantando su propia congoja le habló con toda la dulzura que desbordaba su corazón.

- Margarita, ¿me oyes? Dime qué sientes ¿Te encuentras mejor?
Para Gonzalo fue una eternidad hasta que ella, haciendo un esfuerzo abrió los ojos. Le costó hablar – No... no sé... Siento requemor y estoy cansada, muy cansada...

Gonzalo fue a decir algo pero de nuevo unos toques en la puerta hizo que fuera a levantarse pero Catalina al estar más cerca se adelantó abriéndola. De nuevo era Sátur pero acompañado de don Jeremías. Gonzalo se levantó nada más verlo.

El médico ya había entrado en la habitación – Gonzalo, ya me ha dicho Sátur lo que ocurre.
- Hace un momento le ha vuelto el dolor y dice que está muy cansada.
- Pues vamos a ver lo que le pasa a tu linda esposa pero para eso debes salir, sólo Catalina debe de quedarse.
La voz del médico sonó afable pero para Gonzalo no pasó desapercibido que había un toque de preocupación - Doctor, ¿qué es lo que ocurre?
- Gonzalo, comprendo tu inquietud y temor pero hasta que no le haga unas preguntas y un reconocimiento, no puedo adelantarme a decirte que es lo que tiene, así, que esperas afuera y ten tranquilidad.

Gonzalo titubeó antes de salir pero no lo hizo sin echar una mirada a su esposa que había vuelto a cerrar los ojos. Salió cerrando la puerta y dando unos pasos se dejó caer en el banco ocultando la cabeza entre las manos.

Sátur se acercó a él – Amo, no desespere... Verá que cuando el médico salga tendrá buenas noticias.
- Sátur, agradezco tus palabras pero la corazonada que tengo es que nos es nada bueno y no quiero ni pensarlo Sátur ¡No quiero pensarlo!

En sus hermosos ojos color miel afloraron las lágrimas. Todo era culpa de él, todo lo que le pudiera pasar a su esposa y al hijo que esperaba era por su causa, por todos los errores cometidos. Se levantó dando varios pasos por la sala, no podía mantenerse quieto. Sátur sentado en el banco no dejaba de observar la desesperación de su amo. En parte comprendía su desespero y todo lo que reinaría por su cabeza. La puerta de la habitación de Alonso se abrió dando paso a los dos pequeños.

Alonso se acercó a su padre – Padre, ¿no está mejor tía Margarita?
Gonzalo se puso en cuclillas y atrajo hacia él a su hijo apretándolo con fuerza – No te preocupes Alonso, el médico está con ella, él sabrá lo que tiene que hacer... Tú y Murillo os mantenéis en tu cuarto jugando ¿vale?
- Pero padre, ¡eso es como estar encerrado! Podemos irnos a la calle a jugar y...
- No Alonso, está lloviendo.
- ¡Qué no padre! que ya hace tiempo que ha escampado.
- ¡Alonso, no! La calle está llena de charcos y hace frío, no quiero que estés para arriba y para abajo... Según como esté la cosa, quizá os mande a los dos con Cipri a la taberna pero eso sí, os tenéis que portar bien.

- Claro padre, pero también podemos irnos a casa de Cata.
- Alonso, Catalina tendrá que volver a Palacio y vosotros solos en la casa no os quedáis... Bueno, todo es hablar por hablar pero de momento os recogéis en tu cuarto.
- Está bien padre... -  lo dijo con resignación. Fue a volverse en dirección a su habitación seguido de Murillo que se había mantenido sin decir nada, pero de nuevo se volvió hacia su padre – Padre, no va a pasarle nada a la tía, ¿verdad?
- No Alonso, a Margarita no va a pasarle nada, a ella no – le costó la misma vida decirlo, casi estaba a punto del sollozo.

Los dos niños, entraron en el cuarto de Alonso, el pequeño cerró la puerta. Gonzalo suspiró profundamente dejándose caer en una silla. Sus ojos no dejaban de mirar la puerta de la alcoba. Se le hizo interminable el tiempo que llevaba el médico dentro. De nuevo sintió un gran ahogo cuando a través de la puerta cerrada escuchó a su esposa volver a gritar de dolor, en un impulso fue directo a la puerta pero Sátur intuyendo lo que su amo pretendía, se adelantó y se puso entre la puerta y él deteniéndolo con sus manos puestas en el pecho de Gonzalo.

- ¡No amo, no! ¡Usted se espera aquí! Ahí dentro lo que va a hacer estorbar y poner más nerviosa a su esposa, así, que aquí se me queda.
- Sátur, ¿no la oyes? Quiero estar con ella... ¡Quiero saber que está pasando!
- Y lo sabrá amo pero cuando el médico salga y ahora, vuelva a sentarse. Venga, hágame caso.

Tiraba de Gonzalo cuando la puerta se abrió, don Jeremías apareció con las mangas de la camisa levantada y secándose las manos en una toalla. Por su cara, Gonzalo comprendió que no iba a recibir buenas noticias.

- ¿Qué pasa doctor?
- Gonzalo, no hubiera querido decirte esto, pero la cosa no está nada bien... Tu esposa está teniendo contracciones y aunque todavía no ha manchado, dudo que no se produzca.



- ¡Pero algo se podrá hacer! Usted es médico...
- Si Gonzalo, soy médico pero no Dios... Estoy intentando contener esas contracciones, estoy haciendo todo lo posible. Le he dado a tomar una medicina pero si el sangrado se produce, hay pocas posibilidades de que el embarazo siga adelante.
Gonzalo comprendió que había sido brusco con don Jeremías – Perdone mi reacción pero entiéndame... Comprenda lo que siento, me dolería perder a ese hijo pero más me duele ella, mi esposa, para ella, sería un golpe muy duro si ese hijo no se lograra.

- Lo sé Gonzalo y no tienes que disculparte muchacho, es normal tu reacción.
- Doctor, ¿Margarita lo sabe? ¿Sabe qué puede perder a nuestro hijo?
- No Gonzalo, tu esposa no sabe nada, se mantiene adormecida, sólo cuando siente dolor es cuando reacciona ante él, eso también me preocupa, la veo muy extenuada y ese frío constante que tiene no me gusta nada Gonzalo... La veo demasiado decaída.

- Yo también he notado ese decaimiento ¿Qué podemos hacer doctor? ¡¿Qué podemos?!
- Sólo esperar Gonzalo y que esa medicina haga su efecto, sólo eso... De vez en cuando puedes darle a beber en pequeño sorbos alguna infusión relajante, si no tienes, pasas por ella a la botica, eso le hará bien.
- No se preocupe, tengo esas hierbas - se volvió hacia su fiel escudero – Sátur, ve preparando esa infusión.
- Ahora mismo amo.

Las campanas de la iglesia en ese momento daban doce toques.

- Gonzalo, ahora mismo yo aquí no puedo hacer nada más, tengo que abrir la botica y atender a varios enfermos aparte de hacer varios preparados... Cualquier imprevisto como un sangrado, me avisas, de todas maneras a la tarde cuando cierre la botica me paso por aquí.
- Si claro, vaya tranquilo, sé que usted tiene que atender a sus enfermos y espero no tener que avisarle.
- Anda, ve ya con tu esposa. Yo voy a recoger mi chaqueta y el maletín.

Los dos hombres entraron en la alcoba. Sátur había estado presente en la conversación pero se había mantenido callado. Había visto reflejado el dolor en el rostro de su amo ante lo que el médico le había dicho y él, se sentía impotente por no poder ayudarlo, sólo le quedaba pedir al Altísimo que aquella medicina hiciera su efecto. Se dispuso a preparar las hierbas.

Gonzalo se había acercado a la cama. Catalina entraba en ese momento del patio de haber tirado el agua de la palangana. Gonzalo se sentó y acarició el rostro pálido de su esposa, la muchacha notó aquel contacto moviendo la cabeza pero no llegó abrir sus hermosos ojos negros. Gonzalo tomó el lienzo que estaba a mano limpiando con delicadeza el rostro de Margarita impregnado de perlitas de sudor.

Don Jeremías terminó de ponerse la chaqueta y guardando varias cosas en el maletín se despidió del maestro – Ya sabes, si hay un imprevisto, me avisas cuanto antes.

Gonzalo asintió en silencio.

- Le acompaño doctor - Catalina miró a Gonzalo mientras colocaba la jofaina en su sitio – Gonzalo voy un momento a cambiarme de ropa y ahora regreso.
- Cata, tú debes volver a Palacio.
- Gonzalo no te preocupes, la Marquesa al enterarse del malestar de Margarita me dijo que si hacía falta aquí, que no me preocupara en volver.
Gonzalo la miró extrañado - ¿Eso te dijo?
- Si Gonzalo, bueno, luego te cuento... Vamos don Jeremías que usted tendrá que atender su botica.
- Si hija, vamos.

Gonzalo, se quedó solo con su esposa, enjugando su sudor y acariciando su hermoso cabello revuelto en aquellos momentos. De vez en cuando la muchacha se movía inquieta y algún quejido que otro salía de sus labios.

Sátur hizo su aparición en la estancia – Amo, ¿quiere tomar algo? ¿Le preparo un vaso de esas hierbas? Le vendrá bien, le tranquilizará.
- Gracias Sátur, pero no hace falta,  sólo me tranquiliza estar con ella, sólo eso.




Desolación.


El tiempo pasaba lentamente, quizá demasiado lento. Sólo había pasado una hora desde que don Jeremías se había marchado. Margarita parecía algo más tranquila, en dos ocasiones había abierto los ojos lo que aprovechó Gonzalo para darle a beber la infusión a pequeños sorbos, sólo se mantenía despierta un poco para luego caer de nuevo en aquella postración que la mantenía adormecida. Catalina se encontraba junto a ellos.

- Parece que está más tranquila Gonzalo, hace ya un buen rato que no se queja, quizá la medicina ha hecho su efecto y las contracciones han desaparecido.
- Quizá Cata, pero la postración de ella no es normal... Se ve tan débil...
- Gonzalo, cada cuerpo es un mundo y cada uno reacciona diferente. Lo que a mí me puede doler mucho, otros ni se entera. Esos dolores por lo general son muy fuertes y ella así lo ha sentido, es  normal que esté algo débil.

Catalina, mientras hablaba había ido a cerrar parte de las contraventanas, ya que aunque estaba nublado, la tenue luz del medio día que entraba a través de los cristales podía turbar el sosiego que en aquel momento parecía inundar a la muchacha.

- Gonzalo, ¿por qué no te echas un rato? Todo esto te tiene que tener rendido y no sabemos cuánto puede durar, yo estoy aquí para algo ¿no?
- No Cata, no voy a hacer el intento de moverme de aquí, así, que si pretendes convencerme, no lo hagas - fue tajante en su forma de decirlo.
- No voy a pretender convencerte, sólo era una sugerencia, sé que estás hecho un manojo de nervios aunque intentes disimularlo.

- ¿Y cómo quieres que esté Cata? Si ella perdiera ese hijo, sería la más grande desilusión que pudiera tener. Su ilusión por ser madre está ahora mismo por encima de todo y no quiero ni pensarlo Cata ¡No quiero!
- Cálmate, y te entiendo Gonzalo pero Dios no va a permitirlo, ya verás que no.
Gonzalo se levantó pasándose la mano por el cabello, se dirigió a donde estaba la jarra de agua – Voy a por agua, apenas hay y tengo la boca seca.
- Ve tranquilo, que aquí me quedo hombre.

Gonzalo salió y Catalina se sentó en el lecho cogiendo la mano de su amiga. La tenía fría. La frotó con sus propias manos, luego, la cubrió aún más con las ropas de la cama. Margarita comenzó a moverse inquieta y sus labios parecían querer decir algo.

- Margarita, cariño ¿me escuchas? ¿Quieres algo?
La joven pareció escuchar la voz de Catalina e intentó abrir los ojos – Cata... Cata... ¿Qué me pasa? Me... Me siento mal...
- ¿Cómo qué te sientes mal? - Catalina no comprendía pero sintió un gran ahogo al escucharla.
- Es... es que no tengo fuerzas y siento... Siento tanto frío...

Algo se le vino a Catalina a la mente que la hizo reaccionar de inmediato. Levantó la ropa de la cama dejando a la vista el cuerpo de Margarita sólo cubierto por el camisón. En aquel momento comprendió a la muchacha. El camisón como las sábanas estaban manchados de sangre, tenía una fuerte hemorragia. Margarita observó la consternación de Catalina. Incorporándose un poco, dirigió su mirada a su propio cuerpo antes de que su amiga volviera a cubrirla. La angustia le subió a la garganta.

- ¡¡Nooooo!! ¡¡Cata no!! ¡Dime que no! que no... ¡Qué no he perdido a mi hijo!
- ¡Margarita, cálmate! ¡Voy a llamar a Gonzalo! ¡Hay que avisar al médico!

Antes de que Catalina se volviera hacia la puerta, ésta se abrió de golpe apareciendo un Gonzalo con el rostro desencajado y seguido de Sátur.

- ¡Gonzalo, tiene una fuerte hemorragia! ¡Sátur ve en busca del médico! ¡Date prisa por Dios!
Gonzalo con el rostro lívido levantó un poco la ropa de la cama comprobando la magnitud del sangrado. La voz de Alonso todo asustado se escuchó en la habitación - ¡¿Qué le pasa a la tía?!  ¡¿Por qué tiene la ropa llena de sangre?!
Gonzalo dejó caer la ropa y fue hacia su hijo – ¡Alonso, hijo, sal de la habitación! ¡No debes estar aquí!
- ¡¿Pero qué le pasa?! La escuché chillar padre ¡Dime qué le pasa a tía Margarita!

Gonzalo se sentía impotente ante las preguntas de su hijo – Alonso... Alonso hijo, ve a tu cuarto, en... En cuanto pueda yo voy y te explico, pero ahora tu tía necesita de unos cuidados pero no te asustes, se pondrá bien... Anda hijo, ve... - con su mano en la espalda de Alonso incitó a éste a salir de la habitación. Murillo esperaba afuera, en su carita se apreciaba el desconcierto al no comprender lo que ocurría.

Gonzalo cerró la puerta – En cuanto venga Sátur que se lleve a los niños con Cipri, no es momento para que estén aquí - se sentó en el lecho tratando de calmar a su esposa que toda asustada no dejaba de llorar  – Sssssh, ya, cálmate, todo va a estar bien... No te preocupes.

Ella movía negando con la cabeza - ¡No! no quieras engañarme, sé... Sé que no todo está bien. ¡Lo sé! - hablaba con dificultad.
Gonzalo notó que su respiración era agitada – Margarita, tranquilízate, estás muy nerviosa, tranquilízate por favor... –  al hablarle, él, intentaba reprimir su propia angustia.
La muchacha se sentía mareada y tuvo que cerrar los ojos. Mientras, Catalina había sacado de uno de los arcones sábanas y todo lo que se podía necesitar - Gonzalo, esperaré a que venga el médico para cambiarla.

Gonzalo asintió en silencio, sus ojos no dejaban de mirar el rostro pálido de su mujer, la cual seguía con los ojos cerrados. Le preguntó haciendo un gran esfuerzo para que su voz no delatara el temor que lo embargaba – Margarita, ¿sientes algún dolor?
- No sé... No sé lo que me duele pero me... Me siento tan mal...

Unos toques y la puerta se abrió dando paso a don Jeremías. Sátur se quedó afuera. Gonzalo se puso inmediatamente de pie – ¡Tiene hemorragia doctor!
- Me temía que eso pudiera pasar y decirte que salgas no creo que haga falta. Gonzalo sabes que  ahora no puedes estar aquí, y pon agua a calentar.
Gonzalo no puso objeción en salir, sabía que de nada iba a servirle negarse a ello, pero antes de salir tomó al médico del brazo – Doctor, haga todo lo posible.
- Gonzalo, ese es mi deber pero no todo está en mi mano.

Con toda la pena que lo embargaba se inclinó y puso un beso en la frente sudorosa de su esposa. Margarita mantenía los ojos cerrados y en su rostro, un gesto visible de dolor. Suspirando profundamente Gonzalo salió de la habitación.




El tiempo parecía que se había detenido. Sátur sufría de ver a su amo pasearse de un lado a otro sin decir palabra alguna. El cabello lo tenía en desorden de las veces que se había pasado la mano por él ante la angustia que sentía. Desde que salió de la habitación, sólo dos veces se había abierto la puerta de la alcoba para dar paso a Catalina que salía a por agua caliente. En las dos veces, nada le pudo sacar Gonzalo, sólo de ella escuchó lo mismo... ”El médico está haciendo todo lo posible Gonzalo”

Las campanas de la iglesia dieron tres toques. Gonzalo en esta ocasión dejó visible toda la desesperanza que lo invadía – Casi dos horas Sátur ¡Casi dos horas y no sé qué está pasando! – golpeó con fuerza la mesa de la sala.
- Amo, no se angustie. Lo que tenga que ser, será, sólo tenga paciencia.
- ¿Paciencia Sátur? ¿Me pides que tenga paciencia? Mi mujer se halla postrada en la cama a punto de perder a nuestro hijo por mi culpa ¿y tú me pides que tenga paciencia? Sátur, estoy desesperado  - lo último que dijo, lo hizo masticando cada palabra y lleno de una gran amargura.
- Amo, yo lo comprendo pero lo que yo quiero, es que no pierda la calma y por favor, no diga que tiene la culpa.
- Sátur, sabes que yo...

Gonzalo no terminó lo que iba a decir. La puerta de la alcoba se abrió dando paso a don Jeremías. Gonzalo percibió algo en sus facciones que hizo que el corazón se le encogiera. En dos zancadas llegó ante el médico. No tuvo que preguntar.

- Lo siento Gonzalo... He hecho todo lo que he podido pero ha sido imposible, ese hijo no ha podido lograrse.
Gonzalo se dejó caer en la pared - ¿Por qué doctor? ¡¿Por qué?! – lágrimas de dolor corrían por su rostro.
- A veces Gonzalo no hay una explicación para todo. La naturaleza es sabia, quizá la cosa no venía bien desde un principio y ha sido en este momento cuando la naturaleza ha actuado, quien sabe lo que hubiera pasado más adelante.
- ¿Y ella? ¿Cómo está mi esposa?

- No voy a mentirte, tu esposa ha tenido una gran hemorragia que ha costado mucho detener... De momento está controlada pero hay que estar pendiente, Gonzalo, Margarita está muy débil, tienes que tener mucho cuidado con su temperatura, no debe venirse abajo, procura tenerla abrigada.
- ¿Lo sabe? ¿Sabe que ha perdido a nuestro hijo? – se ahogaba al preguntarlo.
- No Gonzalo, ni siquiera se ha dado cuenta, la debilidad la he tenido al margen de lo que estaba pasando a su alrededor, ahora duerme, le he administrado unas gotas de láudano, eso la hará descansar durante unas horas. Cuando despierte, que no aguante las molestias que tenga. Le pones un par de gotitas en un poco de agua, eso la aliviará... Gonzalo, sé que va a ser duro tener que decirle que ha perdido a su hijo, pero tienes que ser fuerte muchacho. De verdad que siento todo esto, pero os queda una vida por delante para darle un hermanito a Alonso.

- Lo sé doctor... Sé que siente todo esto y que ha hecho todo lo posible, ahora... Ahora quisiera estar con ella.
- Claro Gonzalo, ya puedes pasar.

Gonzalo sólo tuvo que dar dos pasos para penetrar en la alcoba. Catalina estaba terminando de recoger sábanas y ropa de Margarita dentro de la palangana, tenía los ojos enrojecido por el llanto. Cuando vio a Gonzalo no pudo evitarlo y se abrazó a él con gran aflicción. Gonzalo, refugió su dolor en ella.

- Gonzalo, como lo siento. La pobrecica mía después de tanto sufrir, para nada ¡Ay cuando se despierte y se encuentre con todo esto!
- Va a ser muy duro para ella Cata, pero tenemos que ser fuerte y ayudarla a sobreponerse.
La voz del médico les hizo volverse, Estaba terminando de ponerse la chaqueta - Gonzalo, cualquier imprevisto nada más tienes que avisarme, no importa la hora que sea.
- Gracias doctor, lo acompaño.

- No Gonzalo, conozco la salida y de nuevo, lo siento... Si no hay cambio, mañana a primera hora me paso a verla – el médico le ofreció la mano.
Gonzalo se la estrechó –  Gracias don Jeremías.
-  De nada Gonzalo. Hasta luego Catalina.
- Vaya usted con Dios doctor.

Gonzalo ya se había acercado a la cama, se sentó con sumo cuidado por temor a despertarla. No quería que nada interrumpiera su sueño. Se estremeció el ver su hermoso rostro. Estaba tan demacrada, tan pálida. De nuevo las lágrimas afloraron a sus ojos y no hizo intención de retenerlas, se ahogaba al verla de aquella forma. Catalina se acercó a él.

– Dormirá durante unas horas Gonzalo y tú deberías de hacer lo mismo... Esta noche te quedarás en vela y es conveniente que descanses ahora que Margarita está tranquila.
- Cata, no podría dormir.
- ¡Bueno, pues si no puedes dormir descansas! Te echas en la cama de Alonso, que por cierto, debería de ir a darles una vuelta a la taberna y ver cómo está, el pobrecico buen susto que se llevó.
- Si Cata, se llevó un buen susto, por eso preferí que se quedaran con Cipri. Esta casa en estos momentos no es la apropiada para un niño, ni para nadie.

- Gonzalo, hombre, no digas eso... Ahora lo ves todo negro pero según vaya pasando los días, las cosas volverán a su normalidad. Sé que me vas a decir que a Margarita no le va a resultar fácil arribar pero no hay mal que cien años dure Gonzalo, y la criatura irá poco a poco asumiendo todo esto... Bueno, voy a dejar esta ropa en el lavadero y voy a ver a los niños.
 
Catalina cogió la palangana pero se detuvo – Gonzalo debes quitar de en medio la canastilla donde Margarita guarda las ropita, no debe haber nada que le recuerde lo que no pudo ser - abriendo la puerta del patio salió cerrando.

Gonzalo suspiró con profundidad. Puso su mano en la mejilla de su esposa, sintió la tibieza de su piel. Luego sus dedos rozó el cabello ensortijado que en aquel momento lo tenía sujeto con una cinta blanca despejando su hermoso pero pálido rostro. Su mirada la dirigió hacia donde estaba la canastilla. Se le hizo un nudo en la garganta. Se levantó y rodeando la cama, llegó a la banqueta donde encima de ella se encontraba aquel canasto de mimbre. Rozó con sus dedos los lazos blancos que sobresalían del fino lienzo que adornaba la canasta, dentro de ella, las ropitas... Batoncitos, camisitas, patucos, baberos... todo, en tono blanco. Cuántas ropitas tejió y cosió en tan poco tiempo ¡Cuánta dedicación para nada! Gonzalo tomó entre sus dedos un chalequito y se lo llevó a los labios, besó aquella prenda, una prenda que nunca la vería puesta en aquel hijo que ya nunca nacería. Un sollozo ahogado rompió en su garganta.


Catalina entraba en ese momento del patio. No pudo evitar las lágrimas al verlo. Dejó la palangana en su sitio acercándose a él – Gonzalo no desesperes, debes ser fuerte, tú mismo has dicho que hay que hacerlo para ayudarla a salir de esto, Margarita, necesita más que nunca de tu fuerza para que se la transmita a ella.
Gonzalo dejó el chalequito en su sitio pasándose las manos por el rostro - No es fácil ser fuerte en estos momentos Cata, no es fácil - cogió la canastilla saliendo de la alcoba.


Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Oct 09, 2016 9:45 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,18




Frustración, culpas...


Sátur trajinaba en la cocina cuando vio a su amo salir de la habitación, le salió al encuentro.

- Amo, que no he querido entrar pa’ no molestar pero siento... Siento lo que ha pasao.
- Lo sé Sátur, sé que lo sientes. Voy a guardar esto - lo dijo mientras dejaba la canastilla encima de la mesa, luego se dirigió al patio volviendo con la escalera y colocándola sobre una de las paredes de la sala.

Se dirigió a uno de los arcones que se encontraba en la sala y levantando la cubierta, sacó una sábana. Llevó de nuevo sus pasos a la mesa envolviendo la canasta en el lienzo. Subió los peldaños de madera hasta llegar al altillo. Apartó varias cosas, entre ellas varias mantas e hizo señas a Sátur para que le diera el canastillo. El fiel escudero así lo hizo. Gonzalo guardó, más bien escondió aquel envoltorio en el fondo del hueco. Luego, puso de nuevo todas las cosas en su lugar procurando que nada se viese de lo que allí quedaba guardado, toda una ilusión rota. En silenció, cogió la escalera volviendo al patio con ella. La dejó en su sitio. Sentía que se ahogaba, su pecho ya no podía aguantar más tanto pesar. Se derrumbó. Su esbelto cuerpo de hombre se dejó caer muro abajo hasta quedar en el suelo y ocultando su cabeza entre sus brazos, dejó escapar toda la angustia vivida, toda la pesadumbre que llevaba dentro. Lloró roto de dolor, de desilusión, de culpabilidad...

Sátur no podía reprimir las lágrimas al ver a su amo de aquella manera. Conteniendo su propia emoción se acercó y se arrodillo junto a él – Amo, no se ponga así por Dios... Sé, que todo esto es muy doloroso pero no debe venirse abajo.
- Sátur, ¿qué le digo cuando despierte? ¿Cómo le digo que ya su hijo no nacerá? ¡¿Cómo le digo todo esto?! Dime, ¿cómo se lo digo cuando yo soy el culpable de ello?
- ¡Amo no! ¡Eso no! Usted no es culpable de na’, las cosas pasan porque tienen que pasar, por... porque son los designios de Dios... Sólo Él sabe por qué pasan las cosas.

Gonzalo levantó el rostro. Su mirada anegada por el llanto ante el comentario de Sátur, reflejaba toda su rabia, movió la cabeza negando – No me nombres a tu Dios Sátur... Si según tú, él sabe porque hace las cosas, pues lo que hizo con mi mujer no habla muy bien de él ¿no crees? ¡Ella no se merecía esto! Ella como tú, cree en él y ya ves, nada ha hecho por evitar que pierda a su hijo, y si es por castigar algo, sólo a mí tenía derecho a castigar... Yo sólo me merezco todo lo malo que me venga, ¡sólo yo!

Se puso en pie y Sátur hizo lo mismo – Amo, yo sé que usted, como creer, cree poco, por no decir na’ ¡¿pero qué quiere que le diga?! Todo lo que pasa, Él lo rige y si Él ha querido que las cosas pasen así, usted no tiene culpa de na’ y no se merece na’ malo.
- ¡¡Sátur, basta!! - tal era su desesperación, que la rabia, el dolor, hizo que su puño cerrado arremetiera contra el muro.
- ¡¡Amo por Dios!! ¡¿Qué ha hecho?!

Gonzalo apoyó la frente en la pared de piedra apretándose la mano derecha con la izquierda.

Sátur le cogió la mano comprobando que sangraba por los nudillos - ¡La derecha amo! ¡la derecha! ¡A punto de habérsela partío! ¡Voy a curársela!
- Sátur, no hace falta, estoy... Estoy bien – mientras lo decía, intentaba aguantar el dolor.
- Amo, al menos tiene que liársela para que no se le inflame. Ande, vayamos pa' dentro.

El fiel amigo, tiró de Gonzalo hasta dentro de la sala haciendo que se sentara, luego, se dirigió a un cajón del mueble, rebuscó sacando un trozo de lienzo que partió en dos. Fue a la cocina mojando uno de los trozos en agua tibia y volvió donde estaba su amo. Le limpió de sangre la mano y con el trozo de lienzo seco, procedió a vendársela para evitar la inflamación.

- Gonzalo voy a darle una vuelta a los niños - Catalina acababa de aparecer poniéndose la toca, se quedó mirando la mano - ¿Qué te ha ocurrido?
- Nada Cata, me he dado un golpe sin importancia.
- Ya... ya me imagino cual ha sido la causa de ese golpe. Bueno, regreso lo antes posible.
- ¿No se ha movido Cata?
- No Gonzalo, sigue dormida y en la misma postura. El médico dijo que estaría dormida unas horas, sólo ha pasado poco más de una Gonzalo.
- Ya, ya lo sé, pero se me hace interminable esta espera.

Sátur intervino – Sé que en estos momentos nadie piensa en comer pero al estómago hay que echarle algo para mantenerse en pie, son las cuatro de la tarde y aquí nadie a probao bocao, así, que ¿por qué no piensan en comer algo?
- Sátur, yo no podría tomar nada.
- Eso no Gonzalo, algo debes de comer... Sátur, prepara un plato de esa sopa de verdura que va a tomársela aunque no tenga gana. Yo tomaré algo en la taberna mientras estoy con los niños. Espero que cuando regrese te lo hayas comido.

Al decirlo, rozó el hombro de Gonzalo y se dirigió a la puerta saliendo de la casa.




La tarde había terminado de declinar dejando paso a las sombras de la noche. Dentro de la alcoba el silencio invadía la estancia, sólo la tenue luz de una vela alumbraba la desolación que se respiraba en ella. Gonzalo, sentado en una silla a la cabecera de la cama donde su esposa todavía no despertaba, sentía que su desesperación iba en aumento al ver qué pasaba el tiempo y ella no hacía por abrir los ojos. Le impactaba verla de aquella forma, pálida, sin moverse, sólo el ver que su pecho a través de la ropa de la cama subía y bajaba acompasadamente, le decía que si, que estaba viva. De vez en cuando su mano tocaba la piel de ella para cerciorarse de que su temperatura estaba dentro de lo normal.

La puerta se abrió despacio, era Catalina – Ya he lavado las ropas, te las he tendido al pie de la chimenea Gonzalo.
- Cata no tenías que haberlo hecho, ya es muy tarde para que estuvieras en el patio y hace frío. Ya mañana lo hubiera hecho Sátur.
- Estoy acostumbrada Gonzalo... No se ha movido ¿verdad?
- No Cata, no lo ha hecho – se volvió hacia ella – Ya deberías irte, los niños ya deben recogerse. Mañana iré en busca de Julián, el hijo de don Francisco para ver si puede hacerse cargo de la escuela durante unos días... Ese muchacho siempre me ha dado confianza para ello.

- ¡Cómo para no dártela! Si hay que ver lo que tuviste que luchar para meterlo por verea, pero el padre sabía bien en qué manos lo ponía. Lo que yo no sé como tú empezando con una escuela te atreviste a hacerte cargo de él.
- Catalina, un maestro no puede rechazar a ningún alumno por muy rebelde que éste sea.
- Si claro, si tú lo ves así... Entonces me voy a por los niños pero en cuanto los deje dormidos, me acerco un rato.
Gonzalo se levantó – Espera, voy a darte ropa de Alonso.
Salieron de la habitación, Gonzalo entró en la de su hijo sacando del arcón ropa de él, se la entregó a Catalina – Toma, espero que no te de mucha lata y si te pregunta por Margarita, le dices que está mejor.

Catalina asintió. Se echó la toca y se dirigió a la puerta acompañada de Gonzalo. Cuando la mujer salió en dirección a la taberna de Cipri, Gonzalo cerrando la puerta volvió sobre sus pasos entrando de nuevo en la alcoba. Volvió a sentarse junto a la cama poniendo su mano en la frente a su esposa. Sus dedos acariciaron el rostro de ella. Necesitaba que respondiera a su tacto, necesitaba ver su mirada aunque estuviera llena de reproches, lo necesitaba tanto... Se le llenaron los ojos de lágrimas, fue a retirar sus dedos de la piel de ella cuando notó que las largas y rizadas pestañas de su esposa se movieron en un leve temblor. Gonzalo tragando saliva se inclinó. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza. Le apartó un poco la ropa de la cama y tomó la mano de ella apretándosela con fuerza.

- Margarita, Margarita, ¿me escuchas? – le hablaba dulcemente.

Gonzalo percibió que la mano de ella se movía entre las suyas. Dentro del pesar que lo abrumaba sintió un gran alivio. Su amada esposa parecía salir de aquel letargo. Volvió a acariciar su rostro, en esta ocasión Margarita movió la cabeza, fue sólo un poco, pero lo suficiente para que Gonzalo confirmara que sí, que ya estaba reaccionando. Los labios de la muchacha parecían querer decir algo pero apenas salía nada de ellos. No pasó mucho tiempo cuando se puso más agitada, parecía estar soñando, intentó sosegarla.

- Sssssh, tranquila, no te inquietes.

Quizá fue al escuchar su voz, pero Margarita pareció sosegarse algo. Apreció que ella quería abrir los ojos. Sátur entraba en ese momento con unas toallas que colocó en su sitio, luego tomó la jarra, fue cuando se dio cuenta – Amo, está reaccionando.
- Si Sátur, parece que ya se le está pasando el efecto del láudano.
- Voy a llenar esto, regreso en un momento.
Sátur salió y de nuevo Gonzalo siguió hablándole a su esposa – Margarita abre los ojos, ábrelos cariño - a la misma vez que le hablaba le acariciaba la mano.

No sabía que le pasaba, sabía que le hablaban pero no parecía reconocer la voz, la escuchaba lejana, quería abrir los ojos y tampoco podía hacerlo. Su mente estaba confusa. Margarita sentía que alguien acariciaba su mano, sentía el calor de ella. Parecía que había dormido una eternidad, pero ¿por qué? ¿Por qué había dormido tanto? Intentó moverse, al hacerlo un dolor punzante en la cintura hizo que de sus labios saliera un quejido.

Gonzalo dejó la silla y se sentó en el lecho poniendo sus manos en los hombros de su mujer – Margarita, ¿qué te duele? Por favor abre los ojos.

En la mente de Margarita la confusión iba desapareciendo para su desesperación. Los momentos de angustia volvieron a ella, se veía manchada de sangre y don Jeremías tratando contralar aquella hemorragia pero no recordaba nada más, no sabía que pasó después. Sintió una gran ahogo subirle a la garganta, quería abrir los ojos, quería saber que había pasado. Reconoció su voz. Aquella voz le pedía que los abriera, que abriera sus ojos. Sus ansias por saber hicieron que poco a poco lo fuera haciendo.

Gonzalo suspiró aliviado, notó que su esposa estaba algo desorientada – Margarita ¿Cómo... ¿cómo te encuentras?
La muchacha le costó hablar – No sé, me... Me siento muy cansada y no recuerdo... No recuerdo que pasó... ¿Qué... ¿Qué pasó Gonzalo? ¿Qué pasó con mi hijo? No... No lo perdí ¿verdad?
Gonzalo se le puso un nudo en la garganta que lo ahogaba. Le cogió las manos y cuando habló, su voz sonó enronquecida – Margarita, escucha cariño, tienes... Tienes que ser fuerte, tienes que...

La muchacha lo interrumpió angustiada – No, no lo perdí... Gonzalo, ¡dime que no lo perdí!
Gonzalo se ahogaba – Que... qué más quisiera decirte eso, pero no Margarita... Nuestro hijo no pudo lograrse, no pudo...
- ¡¡Noooo!! ¡¡No es verdad!! No puede ser verdad... ¡Dime que no! ¡Dime que no es cierto! – se aferró con desesperación a la camisa de su marido.
- ¡Cálmate Margarita! ¡Cálmate por favor! pero es así, el... El embarazo se frustró.

La muchacha cerró los ojos. No podía ser verdad, la vida no podía haber sido tan cruel con ella, pero si. Si era cierto, su propio cuerpo se lo hacía saber, lo sentía fluir ¿Por qué? ¿Por qué su vida en tan poco tiempo había dado un vuelco? Un vuelco lleno de desolación, de frustración, Ya no había ilusión alguna, la única que le quedaba para seguir mirando adelante se le iba con la fluidez que manaba de su vientre abajo, aquello se lo decía. A su hijo ya no lo sentiría moverse dentro de ella, ya nunca lo mecería en sus brazos, ya nunca nacería.

La opresión que tenía en su pecho rompió en su garganta en un sollozo desolador. Lloraba sin consuelo alguno, con sus manos cubrió su rostro anegado por el llanto. Su marido lloraba a la par de ella a la vez que le acariciaba el cabello. Se le partía el alma al verla así. La incorporó cobijándola en sus brazos, su esposa lloraba amargamente sobre él. Gonzalo sentía que su pecho se rompía al sentirla sacudirse por los convulsivos sollozos.

– Llora mi vida, llora...

Sátur, desde la puerta, contemplaba aquel momento tan desgarrador sin poder reprimir las lágrimas. El buen criado sentía suyo el dolor de sus amos y tragándose el nudo que le oprimía la garganta se retiró, ya más tarde dejaría la jarra, en aquel momento ellos debían estar solos, solos para desahogar todo la desolación que llevaban dentro.

Gonzalo apretaba con fuerza a su esposa. Margarita no dejaba de llorar, no dejaba de estremecerse por el llanto. Él quería contener su propio dolor para darle fuerza a ella. ¿Pero cómo podía contener su propio dolor cuándo él se sentía culpable de aquello? La pérdida de su hijo había sido por su culpa y esa culpa la llevaría con él siempre pero no quería pensar en él ni en su culpabilidad, en aquel momento no, su pensamiento sólo debía ser para su amada mujer e intentar que saliera adelante como fuera, sobre todo para que se recuperara. Sentía sobre él la debilidad de ella, la sentía sobre sus brazos desmadejada. Besó su cabello y la apartó de él con gran ternura y sentimiento.

- Tiéndete mi pequeña, apenas tienes fuerza - la dejó caer con suavidad sobre las almohadones cubriéndola bien con las ropas de la cama. Margarita escondió el rostro entre ellas. Ya apenas tenía fuerza para llorar. Gonzalo le pasó la mano por la cara comprobando con cierto recelo que su temperatura estaba por debajo de lo normal. Le cogió las manos, las tenía demasiado fría. Se levantó rápido y fue hasta el arcón cogiendo una manta. La echó encima abrigando el cuerpo de su esposa. Luego salió rápido de la alcoba. Sátur estaba junto a la lumbre.

- ¡Sátur, rápido! ¡Ve al trastero! Creo que hay dos braseros, échales bastante ascuas y me los traes a la alcoba ¡Margarita tiene la temperatura demasiado baja! ¡Tengo que hacer que entre en calor! ¡Date prisa!

Sátur asintió soltando lo que estaba haciendo y salió rápido a hacer lo que le había pedido su amo. Gonzalo entró con premura en la habitación. El llanto de Margarita cada vez iba a menos, le faltaban las fuerzas. La muchacha sentía tal languidez que apenas notaba su propio cuerpo, sólo sabía que tenía mucho sueño y quería dormir, dormir y olvidar todo el dolor que la embargaba. La voz de su marido la escuchó muy lejana.

Gonzalo se había vuelto a sentar en la cama cogiendo las manos de ellas entre las suyas, las friccionó con ímpetu para hacer que entrara en calor. Notó que Margarita no se movía – Margarita, Margarita, ¿me escuchas?
La joven apenas pudo decir algo – Déjame, quiero... quiero dormir... Tengo mucho sueño.
- ¡No Margarita! ¡Abres lo ojos, ¡ábrelos! – estaba angustiado, no podía dejar que se quedara dormida. La incorporó, sintió la falta de fuerza de su esposa.
La muchacha tenía los ojos cerrados y al hablar apenas se le escuchaba el eco de su voz – Por... favor, déja... déjame... Tengo frío y mucho... mucho sueño... Déjame...
- ¡No puedo! No puedo dejar que te quedes dormida por... porque sé que te pierdo.

Gonzalo se ahogaba de dolor al decirlo. La dejó caer sobre su pecho abrigándola con las ropas de la cama. No dejaba de frotar las ropas sobre el cuerpo de ella - ¡Tienes que entrar en calor! ¡Tienes que entrar! – fueron momentos de angustia para él y en los cuales, su esposa no dejaba de suplicarle que la dejara, que la dejara dormir.
Sátur entró en la habitación portando un brasero lleno de ascuas – Amo, aquí tiene, ahora le traigo el otro.
- ¡Ponlos en una silla y lo acercas a la cama!

El fiel amigo dejó por un momento el brasero en el suelo y cogiendo una silla la acercó a la cama. Luego colocó el calentador en el asiento saliendo lo más rápido por el otro. No tardó en volver e hizo la misma operación pero colocando la silla al otro lado del lecho. No pudo dejar de hacerle un comentario a su amo.

– Amo, ¿no estará muy cerca los braseros? el tufillo que suelta puede marearla.
- ¡Lo sé Sátur! pero sólo será hasta el momento que recupere la temperatura del cuerpo, pero no sé si esto será suficiente ¡No lo sé! Margarita ¿me escuchas? Por favor ¡contesta! - estaba fuera de sí.

Sátur se quedó perplejo ante la reacción que tomó su amo.

- ¡¡Sátur, quítame cualquier cosa que estorbe al pie de la chimenea y aviva el fuego!! ¡¡Date prisa!!

Mientras le daba la orden a su fiel criado, Gonzalo dejó reposar a su esposa sobre la cama levantándose rápido, cogió la manta que hacía poco le había puesto encima y echando las ropas de la cama hacia atrás, cubrió el cuerpo de Margarita con la manta, cogiéndola en sus brazos salió con ella atravesando la sala hasta llegar al hogar.

Se arrodilló con ella y la depositó sobre la alfombrilla – Reacciona por favor ¡¡Tienes que reaccionar!!
- De... jame... Estoy... cansada... Quie... quiero dormir.

- ¡No! ¡No puedo dejarte dormir! ¡Ahora no! ¡Tienes que mantenerte despierta! Abre los ojos por favor ¡Ábrelos! – le daba cachetadas para que la muchacha no cerrara los ojos. La languidez de su cuerpo era notoria, la debilidad extrema.

Apoyada la cabeza de ella sobre su pecho, Gonzalo frotaba su cuerpo a través de la manta. Fueron momentos de angustia, de desespero y que Sátur, cerca de ellos, los vivía lleno de temor. Veía a su amo que batallaba para que su esposa no se quedara dormida y a la misma vez para que su cuerpo entrara en calor. Gonzalo esperaba con ansia, con temor, Margarita pareció reaccionar, se removió entre sus brazos buscando postura y quejándose muy quedo. Gonzalo buscó los ojos de ella, estaban cerrados pero se movía inquieta en sus brazos. Con una de sus manos tocó la mejilla de ella, comprobó que había recobrado la tibieza de su piel como la de sus manos. Suspiró con alivio. Su cuerpo ya había recobrado la temperatura normal.

Gonzalo miró a Sátur con lágrimas en los ojos - Ha entrado en calor Sátur, la temperatura de su cuerpo se ha normalizado... Creí... creí que se me iba, que la perdía...
- Lo sé amo, sé lo que ha sufrido por hacerla reaccionar y yo he sufrido a la par suya, porque sé lo que usted y esta criatura están pasando y si estuviera en mi mano, mi vida daba porque así no fuera.
- Lo sé Sátur y por eso no puedo dejar de agradecerte todo tu cariño y tu fidelidad... Anda, ve y pasa el calienta camas por la sábanas, voy a llevarla al lecho.
- Ahora mismo amo – el buen hombre fue a hacer lo más rápido lo que su amo le había pedido.

Gonzalo después de depositar un beso en la frente de la joven, se levantó del suelo portando en sus brazos a su esposa y presuroso se dirigió a la alcoba. La depositó en el lecho cuyas sábanas acababa de calentar Sátur. Con sumo cuidado le quitó manta y la cubrió con la ropa de la cama, luego, se dejó caer en la silla extenuado.

- Está agotao amo.
- Si Sátur, el saber que podía perderla...
- No amo, no piense eso, lo que ocurre es que está muy débil, ha perdío mucha sangre. Por cierto amo ¿cómo tiene la mano?
- La tengo algo inflamada pero eso es lo de menos, lo que me importa es ella e intentar que salga adelante... Todavía no se da cuenta, no le ha dado tiempo asumir la perdida de ese hijo que esperaba con tanta ilusión y que sólo yo, soy el causante de ello.
- Amo, ¡otra vez no! No vuelva a decir eso, ya se lo dije... Usted no es culpable de na’, las cosas pasan porque tienen que pasar, no hay que darle más vuelta a la cabeza.

Gonzalo suspirando profundamente se levantó, asiendo el brasero que tenía por su lado lo tomó y lo puso en el suelo apartándolo algo del lecho. Sátur hizo lo mismo con el otro, luego colocó la silla en su sitio y se giró a su amo – Preguntarle que si se va a quedar toda la noche junto a ella sería absurdo, pero ahora que parece que duerme tranquila podría ir a echarse un rato a la cama de Alonsillo, al menos estiraría las piernas. Yo podría velar el sueño de su mujer mientras usted descansa un rato.

Gonzalo que se había vuelto a acercar a la cama y que no dejaba de contemplar todo afligido el rostro pálido de su esposa, movió negando con la cabeza – Te lo agradezco Sátur, pero no voy a moverme del lado de ella, quiero estar pendiente de cualquier cambio... Temo que pueda venirle otra hemorragia.
- No amo ¡Dios no lo quiera! Don Jeremías no se lo dijo con seguridad.
- Lo sé Sátur, pero prefiero estar pendiente por si acaso, además, si se despierta quizá necesite de ciertas cosas que sólo yo puedo ayudarla a ello.
- En eso tiene razón amo, entonces me voy pero para cualquier cosa estoy afuera. Si necesita de mí, ya sabe...
- Claro Sátur, vete tranquilo y gracias.

Sátur salió de la alcoba y Gonzalo cerró la puerta. Volvió sobre sus pasos y cogiendo otra manta del arcón tomó su sillón de la mesa escritorio, lo acercó junto a la cama dejándose caer en él. Se pasó la mano por el revuelto cabello en un ademán de desesperación dirigiendo la mirada hacia su esposa. Le tomó la mano, estaba templada, se inclinó depositando un beso en ella, la dejó reposar sobre el lecho y procedió a quitarse las botas. Tiró de la silla y tomando la manta que había dejado en la cama, se la echó por encima estirando las piernas sobre el asiento y descansando la espalda sobre el respaldo del sillón.



La tenue luz de la vela se iba extinguiendo pero no hizo por cambiarla. No quería que ni siquiera aquella dulce luz, turbara el sueño de su esposa. Debía dormir, descansar para que pudiera recuperar fuerzas. No le había desaparecido la angustia de los últimos momentos, creyó que la perdía, que se le iba, y él se hubiera vuelto loco de dolor. Sin su esposa, él no hubiera querido vivir ¿Por qué la vida había sido tan cruel con ella? Ella no se merecía aquello, si la vida tenía que castigar algo, que lo hubiera hecho con él pero no ensañarse con su mujer como lo había hecho. De alguna manera, él, sin proponérselo había ayudado a ello. Gonzalo no dejaba de pensar y de culparse. Su vida había estado llena de errores. Sus rencores por un lado, sus silencios por otro... Todo aquello lo habían llevado a equivocarse demasiado y en aquel momento, aquella preciosa mujer que era su esposa, sin tener culpa de nada estaba pagando por él.

Ya no tendría a su hijo. Ya su deseo de ser madre no se vería cumplido. Que mayor dolor para ella que eso. Mientras pensaba, las lágrimas no dejaban de correr por su rostro. Le dolía la pérdida de ese hijo ¿Cómo no dolerle? pero más dolor era el que sentía por ella, por todo lo que había sufrido horas antes y lo que le quedaba por sufrir cuando fueran pasando los días, cuando fuera asumiendo la realidad. Con la barbilla apoyada en el pecho ahogaba el sollozo que quería escapar de su garganta. Se cubrió el rostro con las manos dejando escapar en silencio toda la aflicción que llevaba dentro.




No supo qué tiempo pasó desahogando todo su pesar, sólo un roce en la cama le hizo volver a la realidad. Se apresuró a limpiarse el rostro con las manos y se giró poniendo las piernas en el suelo. Margarita se movía inquieta en el lecho y parecía quejarse. Gonzalo se inclinó pasándole la mano por la frente, estaba destemplada. Dejó el sillón sentándose en la cama.

- Margarita, ¿sientes algún dolor? Abre los ojos por favor, dime que te duele - su voz aunque angustiada, destilaba toda ternura.

Margarita escuchó muy lejana la voz de él. Intentó moverse en la cama pero su cuerpo parecía resistirse. Con trabajo consiguió abrir la inmensidad de sus negros ojos. Apenas podía ver, todo estaba en sombras, sólo sentía el calor de las manos que sostenían las suyas. Gonzalo, percibió que ella, en aquel momento no vislumbraba lo que tenía a su alrededor ya que la vela estaba casi extinguida. Se levantó y fue hasta su mesa. Levantó la tulipa del quinqué y con el mechero encendió la vela. Volvió a colocar el fanal y con la lámpara volvió a la cama dejándola en la mesita.

Al tener la luz tan cerca, la muchacha no pudo evitar sentir cierta molestia por lo que cerró los ojos volviendo la cabeza hacia el otro lado. Gonzalo lo apreció apartando un poco la lámpara – No te preocupes, ya puedes abrirlos, es una reacción normal al pasar de la oscuridad a la luz. He mantenido la habitación a oscuras, no quería que nada turbara tu sueño, pero dime, ¿qué te duele? Me ha parecido oír que te quejabas.

De nuevo se había sentado en el lecho, junto a ella. Margarita seguía con la cabeza vuelta. Gonzalo insistía – Si te duele algo dímelo, don Jeremía me dejó algo para el dolor, sólo son unas gotitas en un poco de agua... Si algo te duele, no lo aguantes por favor...
La voz de ella se hizo escuchar apenas sin fuerza – Esa gotas no me va aliviar el dolor del alma.
Para Gonzalo aquellas palabras fueron una puñalada. Cerró los ojos aguantando las lágrimas que querían aflorar a ellos. No supo cómo pudo hablar – Lo sé... Sé que esa medicina no te va a quitar ese dolor del alma pero debes ser consciente que tienes que arribar, que aquí no se acaba el mundo, que la vida sigue y tienes que recuperarte para seguir mirando adelante.
- Mi hijo... Mi hijo me iba a ayudar a mirar hacia adelante pero... Pero ya nada tengo por qué mirar, ya todo se acabó - la voz se le quebró rompiendo en sollozos.

Gonzalo se sentía desbordado por tanto dolor. La volvió con delicadeza hacia él, su esposa ocultó el rostro entre las manos. De nuevo su cuerpo era sacudido por los sollozos. Fue a incorporarla para estrecharla entre sus brazos cuando unos toques en la puerta se hicieron sonar y ésta, se abrió dando paso a Catalina envuelta en una capa encima del camisón de dormir.

A Catalina le conmovió la escena que tenía ante sus ojos – No podía irme a dormir sin saber si se había despertado... Ya me ha dicho Sátur, el mal rato que has pasado.
Gonzalo se había puesto de pie - Si Cata, creí que la perdía... Cuando conseguí que su cuerpo reaccionara se quedó dormida, hace poco ha despertado y ya ves como está, no tiene consuelo.
Catalina se había acercado a la cama, se sentó en el lecho - Margarita cariño, siento tanto por lo que estás pasando – le acariciaba el cabello aguantando la congoja que subía a su garganta.
La muchacha sin dejar de llorar abrió los ojos – Cata, ¡lo perdí! Perdí a mi hijo.

- Lo sé mi vida, lo sé – la buena mujer se inclinó y abrazó a su amiga que apenas tenía fuerza para levantar sus brazos y cobijarse en aquellos que la arropaban en aquel momento – Cálmate Margarita, cálmate cariño - Catalina aunque intentaba consolar a su amiga, no podía evitar sus propias lágrimas.

Gonzalo no podía contener las suyas, tenía una gran opresión en el pecho, se sentía impotente ante el dolor de su esposa. Cada vez se sentía más culpable. Dio varios pasos por la habitación, no podía estarse quieto e impasible ante aquel inmenso dolor, sólo podía desahogarse moviéndose de un lado para otro.

Después de un rato que se le hizo interminable, apreció que Margarita se iba sosegando, volvió sobre sus pasos acercándose a la cama. Catalina limpiaba de lágrimas el rostro de su amada esposa. Catalina buscó la mirada de él – Preguntarte si ha tomado algo, como que no...
- No Cata, no ha tomado nada, casi todo el tiempo lo ha pasado dormida. Poco antes de venir tú, la escuché quejarse y le estaba preguntando si le dolía algo y creo que sí, que siente algún dolor.

Catalina se volvió hacia Margarita, el pecho de la joven oscilaba todavía por la congoja – Margarita, cariño, dime ¿qué te duele? Hay que aliviar el malestar que tengas, para eso el doctor ha dejado una medicina y no me digas lo que pienso que yo sé que ese dolor no te lo quita ni medicina ni nada, pero el otro, si tiene alivio y no tienes que padecer cuando hay remedio para ello, anda, dime cariño - Catalina miró a Gonzalo que a su vez no dejaba de mirar tristemente a su esposa, de nuevo Cata, desvió su mirada hacia la muchacha – Venga cariño, déjanos aliviarte.

Margarita suspiró profundamente y con trabajo levantó la mano pasándosela por la frente echándose el cabello hacia atrás - Me duele todo Cata, pero sobre todo la cintura... Es como si la tuviera partida.
- Pues nada, eso en un momento se te va a quitar. Te vas a tomar la medicina con un vaso de leche pero antes debes intentar orinar, no debes aguantar, eso también te puede perjudicar - Catalina puso su mirada en Gonzalo – Gonzalo nos vas a dejar a solas un momento, mientras, ves preparando ese vaso de leche y esa medicina.

Gonzalo fue a decir algo pero Catalina lo contuvo con la mirada.

- Está bien Cata, voy preparando la leche - sin dejar de mirar a Margarita salió cerrando la puerta de la alcoba.
Sátur en cuanto lo vio se levantó del banco donde estaba echado apartándose la manta del cuerpo - ¿Pasa algo amo?
- Catalina me ha pedido que salga, mientras voy a prepararle un vaso de leche caliente, voy a darle la medicina que don Jeremías me dejó, le duele mucho la cintura.
- Deje amo, usted se sienta que está agotao, eso lo preparo yo en un momento.

Gonzalo se dejó caer apoyando la cabeza en el respaldo del banco. Mientras Sátur iba para la cocina no dejo de preguntar a su amo - ¿Cómo la ve amo?
- Mal Sátur, está deshecha y  tan débil...
- Es normal amo, después de lo que ha pasao la criatura como pa’ no estar débil pero ya se pondrá fuerte, que de eso nos encargaremos usted y yo. Yo con las comidas, que no sé cómo voy a aviármela, pero que su mujer come carne, ¡la come! y usted, con sus palabras de aliento, que ella sienta que tiene todo su apoyo.
- Sátur, ¿cómo no va a tener mi apoyo? lo peor, es que ella no quiera que se lo de.

El buen criado se acercó a su amo – No diga eso, ya verá que no es así. Sé que para ella, todo lo que ha acaecido en estos días no ha sido fácil y si encima se le añade esto, pues me imagino cómo debe estar la pobrecita ¡pues hecha polvo! pero no por eso, no va a dejar de sentir el cariño de usted, de sus palabras...
- Sátur no sigas... Soy el culpable de que su embarazo no haya seguido adelante ¿sabes lo qué es eso? ¿Sabes lo qué debe estar pensando?
El fiel escudero dio una fuerte palmada en la mesa – ¡Pero bueno! ¡Otra vez la burra la trigo! Amo, como le digo que usted ¡no es responsable de na’! que han sido las circunstancias, los designios de Dios.
- Sátur, no... No me vuelvas a nombrar a tu Dios - lo dijo moviendo la cabeza en tono de desaprobación.

- Perdón amo, no debería haberlo nombrao y no lo vuelvo a hacer porque es usted capaz de lastimarse la otra mano, no por otra cosa, que usted sabe como yo pienso sobre eso al respecto, ¡pero lo que yo quiero es quitarle esa manía de la cabeza de una puñetera vez! No quiero que se obstine en lo que no es.
- Sátur, mejor dejarlo. Tú ves las cosas de una manera y yo las veo de otra, y nada de lo que me digas va a hacer quitarme este sentimiento que me corroe.
- ¡La madre que me parió amo! ¡es más terco que una mula!
- Sátur, la leche...- con un gesto, Gonzalo le señaló que la leche había subido y rebosaba por el cazo afuera. De esa manera quería dejar zanjado el tema.

Sátur se dio prisa en apartar el cazo de la lumbre. Cogió un tazón y echó un poco de leche en él. Miró a su amo – Amo, ¿por qué no come algo? Tome algo de leche con un trozo de bizcocho.
- No podría pasarlo Sátur - mientras hablaba no dejó de mirar la puerta de la alcoba.
Sátur apreció el gesto de su amo – Piensa que Catalina está tardando en abrir, amo que su mujer en estos momentos necesita unos cuidaos que sólo se lo puede dar otra mujer, usted ya sabe por dónde voy.
- Sátur, yo puedo ayudar a mi mujer en todo lo que haga falta.
- Si amo, pero usted sabe lo reservá que es ella pa’ algunas cosas.
- Lo sé, pero en estos casos no hay reserva alguna... No va a quedarle más remedio hasta que se recupere que sea yo quien la ayude en todo. Catalina no estará siempre para echar una mano.

La puerta de la alcoba se abrió dando paso a Catalina, ésta, entornó la hoja de madera. Gonzalo ya se había levantado y en dos zancadas le salió al paso - ¿Cómo se encuentra?
- Está muy débil la pobre mía. El sangrado aunque no es poco está dentro de lo normal... Me ha costado mucho que orine pero al fin he conseguido que lo haga, estuve a punto de llamarte, casi se me escurre de los brazos.
- ¡No tenía que haberos dejado solas! - lo dijo con vehemencia, angustiado.
- ¡Gonzalo, cálmate! Lo último que ella necesita en estos momentos es que tu preocupación se las transmita. Escúchame, la ropa que le he quitado la he dejado en agua y mañana hago una escapada de Palacio y te la lavo.

Sátur intervino en ese momento - ¡Pero bueno Catalina! ¿pa’ que estoy yo aquí? No te preocupes por eso mujer, que esa ropa yo la lavo y queda blanca como la cal.
- ¿Sigue con el dolor?
- Si Gonzalo, le duele y bastante, así, que le das el vaso de leche y la medicina, eso hará que descanse y déjala llorar, deja que llore aunque a ti se te parta el alma.
- No sabes cómo se me parte Cata, no lo sabes... - lo dijo con la voz ahogada. Suspiró, e intentó sosegarse de momento, luego, se dirigió de nuevo a la buena amiga - No te he preguntado por Alonso.

- No te preocupes por él, el susto le ha durado todo el día y le ha costado quedarse dormido pero en estos momentos duerme como un bendito, lo que pasa que es un niño y no deja de hacer preguntas. Como he podido le explicado a mi manera las cosas para quitar importancia a lo que vio, ya cuando mañana esté la cosa más tranquila, tú ya hablas con él y sabrás que decirle. Bueno, voy a despedirme de Margarita y me marcho, que la mañana antes que nos demos cuentas se nos viene encima.

Gonzalo tomó el plato con el tazón de leche que Sátur le tendía y se encaminó a la habitación seguido de Catalina. Empujó la puerta, la habitación con la tenue luz que desprendía la vela y que se filtraba a través del fanal, inundaba de cierta paz aquella alcoba que estaba impregnada de tanto desasosiego. Margarita tendida en la cama tenía los ojos cerrados y donde unas sombras oscuras debajo de ellos se dejaban ver. Estaba tan pálida, tan débil... Gonzalo se le encogió el corazón y aguanto la congoja que le subía a la garganta. Se acercó al lecho.

- Margarita anda, tómate la leche, está caliente y te caerá bien, así te doy esas gotas que el médico te ha dejado. Tienes que aliviarte el dolor para que puedas descansar.

La muchacha pareció escucharle, con cierto trabajo abrió sus grandes y tristes ojos. Sus miradas se encontraron. Gonzalo sintió que el alma se le venía abajo. No hacían falta las palabras para entender lo que la mirada de ella quería decirle. No hacían falta las palabras para saber.

-  Margarita, tomate la leche cariño, es necesario que lo hagas - Catalina tomó el tazón de las manos de Gonzalo y sentándose en la cama se lo puso a la muchacha por delante – Venga mujer, que es tan sólo un poco de leche. No me voy hasta que te lo tomes, ya es muy tarde y los niños están solos, así cariño, que tú verás.
Margarita volvió la mirada hacia su amiga – Sabes que no se me apetece nada Cata, no sé si podré...
- Claro que podrás, anda, venga.

La muchacha cerró los ojos por un momento, luego intentó incorporarse, pero las fuerzas le fallaban y se dejó caer sobre la almohada - No puedo Cata, no tengo apenas fuerza.
- Si que puedes Margarita, ya verás – Gonzalo se había inclinado y pasándole el brazo por la espalda la incorporó suavemente. La muchacha no pudo dejar de emitir una queja.
- Te duele ¿verdad? No te preocupes en cuanto te tome la medicina verás como sientes alivio - con la ayuda de Cata le adaptó de manera los almohadones para que estuviera más cómoda y pudiera estar más descansada.

Margarita tomó con mano vacilante el tazón. Catalina se lo quitó de las manos – Anda, déjame que yo te lo de porque seguro que se te cae pero no te acostumbres, que mañana ya tienes que procurar ir levantándote y dar paseítos cortos para hacer cuerpo - Catalina intentaba darle a la situación un aire distendido pero contenía las lágrimas que querían aflorar a sus ojos. Le dolía el estado de su amiga y la frustración por la que estaba pasando.

Gonzalo, aguantando lo mejor que podía el desasosiego que sentía al ver a su esposa de aquella manera fue hasta su mesa y tomando la jarra echó un poco de agua en un vaso. Luego, tomando el frasquito de cristal echó unas gotitas en él. Con el vaso en la mano volvió a la cama sentándose en el otro lado del lecho – Ten, tómatelo antes de terminar con la leche.

Margarita apartó el tazón que sujetaba con la ayuda de Cata y tomó el vaso que su marido le tendía, intentó no cruzar su mirada con él. Ingirió el contenido del vaso y se lo devolvió, luego, con un ademán le dijo a Catalina que no quería seguir tomando la leche y hundió la cabeza en los almohadones. Cata no hizo por obligarla.

– Por hoy pase, pero mañana tienes que hacer por comer algo más fuerte, sino, no vas arribar y ya te quiero ver de aquí para allá, sobre todo te quiero ver en Palacio, que eres la alegría de todas nosotras cuando empiezas a canturrear en la cocina... Bueno, pues ya me voy que a este paso no voy a dar ni una cabezaita. Adiós cariño, que descanses.

Catalina se inclinó y beso la mejilla de la joven mientras apretaba sus manos enfundándole fuerza. Margarita comprendió el gesto de su amiga asintiendo con lágrimas en los ojos.

Catalina se levantó y se dirigió a la puerta. Gonzalo fue tras ella saliendo de la habitación. Dejando el tazón en la mesa, la mujer miró a su amigo y vecino – Gonzalo, Cipri se acercará en la mañana, esta noche no ha querido hacerlo porque sabe que lo único que tú deseas, es estar a solas con tu mujer.
Gonzalo asintió con la cabeza. Catalina se dirigió a la puerta -  Espero, que en lo que queda de noche no haya un cambio desfavorable, pero cualquier cosa ya sabes...

- Cata, espero que haya ningún cambio a peor, no lo resistiría y en cuanto a ti, preocúpate en descansar y cuidar de los niños que ya eso es más que suficiente.
- Entonces, hasta mañana Gonzalo.
- No vas a irte sola a estas horas, Sátur te acompañará.
- Claro amo, usted vaya con su esposa, vaya...

Catalina y Sátur salieron de la casa, Gonzalo dejó la puerta a medio cerrar volviendo con premura a la alcoba. Entró con sigilo.

Margarita tenía los ojos cerrados, Gonzalo levantó la lámpara de la mesita para que la luz de la vela no la molestara en su sueño pero al ir a retirarla, la voz de ella lo detuvo – No te la lleves, no quiero quedarme a oscuras.
Gonzalo la miró dejando la lámpara en su sitio, luego se sentó en la cama cogiendo entre sus manos la de ella – Sólo pretendía que la luz no te molestara y tampoco iba a dejarte sola.
- No hace falta que te quedes, tú también tienes que estar cansado. Puedo quedarme sola.
Gonzalo movió negando con la cabeza – No Margarita, mi sitio es estar aquí, contigo. Sé... sé que no hemos tenido tiempo de hablar y quisiera que supieras, que siento...
- No Gonzalo, por favor, no quiero saber nada, ahora no... Me siento agotada...

Gonzalo sintió una gran pesar pero no podía insistir, ya habría tiempo de hacerlo, se limitó a apretarle la mano – Descansa e intenta dormir - le subió un poco más la ropa de la cama -  Salgo un momento para avivar las ascuas de los braseros. La habitación debe mantenerse templada - se inclinó y besó la frente tibia de su esposa. Se levantó y tomando uno de los braseros salió de la habitación.

Nada más quedarse sola, Margarita rompió a llorar con un gran desconsuelo. Quería refugiarse en él, quería compartir con él aquel dolor tan grande que sentía pero había algo que se lo impedía. No quería hacerlo sentir culpable de lo que había ocurrido, no debía, pero todo el sufrimiento de los últimos días había provocado aquello hasta perder el hijo que esperaba y sólo él, el hombre que más amaba, su marido, era el causante de ello.


Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Miér Oct 12, 2016 9:00 pm

Hola!! Os dejo una información por si tenéis problema al ver los fans, ya que una de las chicas se ha puesto en contacto conmigo ya que no puede ver las imágenes desde el pasado mes de agosto. Antes era Picasa donde guardaba mis fotos pero ahora, el servidor es Google fotos, parece ser que Google ha cambiado de formato y puede ser que ahí radique el problema. Me he puesto en contacto con Tan, desde aquí, de nuevo le muestro mi agradecimiento y ella, me lo ha informado, también me ha dejado dicho, que quien pueda tener este problemilla que actualice sus navegadores o se descargue Croome o Opera, al parecer este navegador es bastante bueno y deja ver todo el contenido de Goolgle fotos. Bueno, pues ya está dicho. Espero que se solucione esta contrariedad y si alguna más de vosotras estáis copiando los relatos, no tengáis apuros en pedirme las ilustraciones, un MP, y listo. Besos kissing


Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo, 19


Las siete campanadas se hicieron escuchar dentro de la estancia. La penumbra como el silencio, eran completamente absolutos. Gonzalo abrió los ojos cuando apenas los acababa de cerrar. Giró la cabeza y buscó entre las tinieblas el cuerpo de su mujer. Durante todo lo que quedó de madrugada su sueño no fue nada profundo, estuvo inquieta en todo momento pero no la escuchó quejarse. En aquel instante estaba cambiada de postura, se hallaba de lado y parte de su cuerpo se encontraba destapado dejando ver sus brazos. Gonzalo, apartando a un lado la manta que lo cubría echó las piernas abajo de la silla y se giró completamente hacia la cama. Se inclinó y estiró las ropas cubriéndola. Le puso la mano en la frente, sólo estaba destemplada pero su respiración era agitada. Durante toda la noche estuvo pendiente de ella, de cualquier movimiento, de saber si podía haber tenido más sangrado del normal, de procurar que los braseros se mantuvieran encendidos para dar calor a la alcoba... Tan sólo hacía muy poco, que sus ojos se habían cerrados ya por el cansancio. Se pasó las manos por el rostro y levantándose se dirigió a uno de los ventanales.

Abrió las contraventanas y un poco la puerta de cristal. Hacía frío y bastante, buscó postura para mirar al cielo, parecía que estaba despejado pero todavía era pronto para saber si haría un buen día de sol. Cerró el ventanal y volvió sobre sus pasos. Con sigilo colocó las sillas en su sitio recogiendo la manta. Se dirigió a la puerta abriéndola un poco, luego procedió a sacar los braseros. Dejó medio cerrada la puerta de la alcoba y con uno de los hornillos fue a la chimenea. En el banco dormía Sátur todo encogido, con una manta cubría su cuerpo y roncaba como un bendito. Gonzalo se dispuso a echar leña en la chimenea e intentar que la casa cobrara un poco de vida con el calor que percibiera del hogar, luego volvió por el otro brasero dejándolo junto al otro. Removió la leña con el atizador avivando el fuego. Mientras el calor de las llamas iba templando las piedras de la casa, se dirigió al patio, abrió una de sus puertas y salió llenando un balde de agua del barreño. Entró cerrando de nuevo. Dirigió sus pasos al hogar poniendo el cubo en el fuego, fue al volverse cuando tropezó con un recipiente de metal que se encontraba en el suelo, cosa que hizo, que Sátur se sentara de golpe en el banco.

- ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué es ese ruido?!
- Tranquilo Sátur, he tropezado, todo está bien - Gonzalo se había acercado a él
transmitiéndole tranquilidad.
- ¡Amo, que me ha asustao!
- Sssssh, Sátur, baja la voz, Margarita debe descansar todo lo que más pueda.
Sátur puso los pies en el suelo - ¿Cómo ha pasao la noche amo?
- Dormida pero inquieta, parece que ahora duerme más sosegada. Sátur, voy a asearme en la habitación de Alonso, cualquier cosa referente a Margarita me avisas. Anda, prepárame la tina en el cuarto mientras yo voy por la ropa.
- Ahora mismo amo.

Gonzalo entró de nuevo en su alcoba con el  mismo sigilo que salió. Fue a su arcón y levantando la tapa sacó todo lo que necesitaba. Dejó caer despacio la cubierta mirando hacia la cama. Margarita seguía dormida en la misma postura. Cogió sus botas y salió de la estancia cerrando con cautela la puerta.




No tardó en asearse. En cuanto terminó recogió la ropa a lavar y se la llevó al lavadero, volvió a la sala cuando ya Sátur preparaba el desayuno.

– Hace frío ¿verdad amo?
- Sí, sí que lo hace. En cuanto se pase don Jeremías voy en busca de Julián a ver si se hace cargo de la escuela, los niños no deben de perder muchos días de clase - mientras hablaba, llenaba de rescoldo uno de los braseros. Terminó de hacerlo y cogiéndolo por las asas con un paño se dirigió al fiel criado - Sátur te dejo a ti que recojas la tina, voy a llevar esto a la alcoba y ver cómo está mi mujer, luego, vengo por el otro.
- Claro amo, vaya tranquilo, que eso lo quito yo en un santiamén.

Gonzalo se dirigió a su cuarto empujando la puerta con el hombro. Apenas entraba claridad del día entre las rendijas de las contraventanas. Gonzalo dejó el brasero en el suelo a la altura de la cama y fue a abrir unos de los tapaluces dejándolo semi abierto. La estancia se inundó de una tenue luz. Se acercó la cama. Su esposa seguía de la misma postura, Gonzalo le puso el dorso de la mano en la mejilla, la temperatura seguía dentro de lo normal pero el color no había vuelto a su rostro, estaba muy pálida. Volvió a salir de la habitación para subir la escalera hasta la habitación de la buhardilla, allí recogió las pertenencias de la muchacha que ella misma había subido. Con ropa de ella echada en los brazos y otras tantas cosas en sus manos, bajó de nuevo hasta la alcoba. Fue ocupando los cajoncitos del peinador con la ropa interior, la falda y blusa en el arcón, el tarrito donde ella guardaba las hojas de salvia encima del tocador, también el peine de púas abiertas que usaba para su cabello como el recipiente con su jabón personal.

Por un momento, al ver aquellos pequeños detalles en su sitio, le pareció que nada había cambiado pero sabía que la realidad era otra, y que esa realidad le decía que si, que algo había cambiado y que quizá ya nada sería igual. Sintió una gran congoja. Un leve suspiro hizo que se recompusiera volviéndose hacia la cama. Margarita se movía en ella. Se acercó con premura y sentándose le pasó la mano por la frente.

- ¿Estás despierta?

La muchacha aunque tenía los ojos cerrados, escuchó su voz. Su mente, algo confusa todavía por el sueño ante la voz que le hablaba le hizo recordar la realidad en la que vivía en aquellos momentos. No quería abrir los ojos, no quería enfrentarse a esa realidad cruel. Sentía el contacto de sus manos en ella, acariciando sus mejillas, su cabello y sobre todo, escuchaba su dulce voz.

- Margarita, si estás despierta abre los ojos y háblame, quiero saber... ¡Necesito saber cómo te encuentras!

Aunque le costaba moverse, la muchacha se volvió al otro lado ocultando su rostro entre los almohadones. Gonzalo cerró los ojos ante la reacción de su esposa, a pesar de eso le habló con toda ternura – De nada sirve esconder la cabeza ante la realidad de las cosas Margarita, sé que es duro pero tienes que mirar hacia adelante ¡Tienes que hacerlo!
- Dime... dime, ¿cómo se hace? Como se hace cuando... cuando tu más grande ilusión se ha esfumado, se ha quedado en... en el camino, y ya... ya no podrá ser...
Por su voz entrecortada y enronquecida, Gonzalo supo que estaba llorando. Alargó la mano y se la puso en el hombro – No escondas tu aflicción por favor, no la escondas.

Con suavidad la hizo volverse. Margarita tenía el rostro anegado por el llanto, quiso evitar mirar a su marido pero éste, inclinándose la incorporó abrazándola fuertemente sobre su pecho. La muchacha desahogó todo su pesar en él. Gonzalo no pudo evitar sus propias lágrimas.

- ¡Cuánto siento todo esto! Cuanto lo siento mi amor - lloraba a la par de ella.

Para Margarita era muy difícil todo aquello, ni siquiera comprendía... ¿Por qué? Por qué a pesar que Gonzalo era en parte el causante de la pérdida de su hijo, necesita de él, necesitaba sentirlo, sentir su consuelo, escuchar su voz... No quería pensar, sólo llorar, llorar hasta el cansancio, allí, en aquellos brazos fuertes que la arropaban y en ellos, lloró su desespero, su desilusión, su frustración... su miedo.





Las sospechas de Hernán.


Todo el jolgorio de voces, risas que se acostumbraba escuchar en la cocina de Palacio un día cualquiera, en aquella mañana todo era silencio, sólo el ruido de los cacharros o la voz de Catalina dando órdenes se hacían oír. Todos sabían lo que había ocurrido con Margarita y las muchachas sentían en ellas el pesar por lo que estaría pasando su amiga y compañera de trabajo.

- Anda Marta, llevemos ya el desayuno a la Marquesa que ya estará esperando – ni siquiera la voz de Catalina tenía el temperamento que solía usar con los muchachos.

Marta tomó una de las bandejas siguiendo a Catalina. Subieron la escalera y siguieron pasillo adelante hasta llegar al comedor. Aquella mañana Lucrecia era acompañada en la mesa a parte de Nuño, por Hernán Mejías. Catalina pidiendo permiso a su señora entró en el suntuoso comedor colocando la bandeja encima de la mesa, Marta hizo lo mismo con la suya. La muchacha con una leve reverencia salió de le estancia. La doncella de confianza de la Marquesa de Santillana procedió a servir el desayuno, mientras lo servía, observaba que entre el Comisario y Lucrecia no había mucha comunicación. Catalina tenía que decirle algo a su señora que Gonzalo le había dejado dicho.

- Señora, perdone, pero tengo algo que decirle son respecto al señorito Nuño.
Lucrecia cómo Hernán, alzaron su mirada hacia la doncella y ama de llaves de Palacio - ¿Qué pasa Catalina con Nuño? – lo dijo mientras bebía un sorbo de exquisito sumo.
- Verá señora, el maestro de momento hoy no va a abrir la escuela, él...
Lucrecia interrumpió a Catalina – Por cierto Catalina, no te he preguntado por Margarita ¿qué pasó con ese dolor? No ha sido nada ¿verdad?

Hernán no sabía por qué, pero no quitó ojo a Lucrecia al escucharla preguntar aquello.

- Señora, Margarita ha perdido al hijo que esperaba.
- ¡Cata, no me digas! ¡Pero eso es tremendo! Me imagino cómo debe estar la pobre de Margarita, claro, ella y su esposo... Ya me hago cargo como debe estar él también.

Hernán, sintió una sensación extraña dentro de él al ver como se le iluminaba la mirada a Lucrecia al recibir aquella noticia por parte de su sirvienta.

- Si señora, lo están pasando muy mal, el maestro ya no sabe como consolar a su esposa, por eso hoy no va abrir la escuela de momento... Quizá, durante unos días un muchacho del barrio se haga cargo de las clases hasta que Margarita se recupere un poco, y Gonzalo pueda incorporarse.
- Claro, es normal que él esté al lado de ella y ¿Margarita cómo está? Me refiero si ha tenido alguna complicación, tú ya sabes...
- Si señora, se puso muy malita, tuvo una gran hemorragia y está muy débil, no sé cómo va a recuperarse. Ha sido un gran golpe para ella y su marido.

Hernán no perdía nada de la conversación ni quitaba la vista a Lucrecia. Mientras, la Marquesa miró a Nuño que escuchaba embobado lo que allí se hablaba – Nuño si has terminado te retiras a tus aposentos y te pones a hacer cualquier cosa del colegio, pero lo que no debes hacer es escuchar lo que aquí se está hablando, no es para un niño de tu edad.
Hernán Mejías, en ese momento si habló – Anda Nuño, tu madre tiene razón, hazle caso.
Nuño se limpió los labios con la servilleta levantándose de la silla – Me voy madre, hasta luego Comisario.
- Adiós Nuño y estudias – se lo dijo mientras sacudía el rubio cabello del chiquillo.

Cuando Nuño salió del comedor Lucrecia se volvió hacia Catalina – Cata, de verdad que siento todo esto, se lo haces saber a Margarita y le dices también que tendrá su sueldo como si estuviera trabajando.
- Se lo diré señora pero no sé si su esposo aceptará eso. Usted sabe como son los hombres y sobre todo... – no llegó a terminar la frase.
- Me ibas a decir, sobre todo Gonzalo ¿verdad? No te preocupes Catalina, tú se los hace saber pero si él no lo acepta, yo no me ofenderé por ello.

- Así será señora y déjeme que le dé las gracias.
- No Cata, no tienes que darme las gracias. Siento todo esto y que menos que corresponder con algo, anda, puedes retirarte, si te necesito ya te mandaré llamar con la campanilla.
- Como quiera la señora – se inclinó levemente y cruzó el comedor saliendo de él.

Nada más salir Catalina, la Marquesa de Santillana procedió a seguir con el desayuno. Hernán la observaba con obstinación – Lucrecia, ¿de verdad has sentido lo que le ha pasado a tu joven costurera?
Sin levantar la mirada del plato Lucrecia contestó con otra pregunta - ¿Y puedo saber por qué me preguntas eso Hernán?
- Pues porque no me creo nada de ese pesar que has demostrado delante de tu doncella.
- Hernán, tú como últimamente sueles ser tan incrédulo...
- Lucrecia no lo creo. No creo nada de ese sentir, si hasta pienso, que la naturaleza te ha beneficiado.

En esta ocasión, fue la Marquesa quien puso su fija mirada en la del Comisario de la Villa jugando con una copa de zumo en su mano  – No sé lo que quieres decir con eso.
Hernán se levantó – Creo, que si sabes lo que quiero decir y ahora me despido, que tengas un buen día Lucrecia.

Diciendo esto, Hernán dio media vuelta saliendo del comedor. Lucrecia se quedó muy pensativa pero luego, una sonrisa dibujó sus labios y siguió desayunando con toda tranquilidad disfrutando del éxito de su venganza.

La ironía que Hernán había utilizado al hablar y que se reflejaba en sus facciones, desapareció nada más salir del comedor. No quería pensarlo, pero algo le decía que Lucrecia podía tener algo que ver con lo que le había pasado a la costurera de Palacio. ¿Pero cómo saberlo? Cuatro días atrás, ella salió en la noche cuando supuestamente estaba enferma ¿A dónde fue aquella noche y que al parecer no quería que nadie supiera de esa salida? Preguntas una detrás de otra pero de las cuales Hernán no tenía respuesta alguna. Nunca las tenía.

Se dirigió a sus aposentos, tenía que recoger algo y marcharse a los Calabozos, abrió la puerta entrando. Buscaba unos papeles cuando escuchó ruido en la habitación contigua. Sería Irene, se hizo de los papeles y yendo hasta la puerta la abrió, efectivamente era la muchacha, por las ropas, comprendió que llegaba de la capilla.

- Buenos días Irene - se acercó a la joven y la besó en la frente.
Irene correspondió a su saludo con una sonrisa – Te creí ya en los Calabozos.
- Me he entretenido más de la cuenta.
Irene mientras se quitaba el velo no dejaba de mirarlo - ¿Te pasa algo Hernán? te veo cara de enfado - sonrío la muchacha – No me digas que has desayunado con Lucrecia, si es así, ya sé porque tienes esa cara, te habrá amargado el desayuno.
El Comisario, soltando los papeles sobre la mesita le cogió una mano a la muchacha y se la llevó al diván, Irene le pareció extraña la actitud de él – Hernán, pasa algo ¿verdad?

El Comisario hizo que se sentara y él hizo lo mismo – Irene, ¿desde cuándo no ves a la joven costurera?
- Pues... pues desde antes de ayer. Ayer no llegué a verla porque se tuvo que ir indispuesta a su casa, me lo dijo una de las sirvientas. Con esto de las náuseas, la pobre no lo pasa nada bien pero como dice ella, por tener a su hijo en brazos, aguanta lo que sea... Si vieras lo ilusionada que está Hernán...
- Irene, esa muchacha ha perdido a su hijo - no pudo decirlo de otra manera.
La sonrisa de Irene desapareció de sus labios - ¿Qué dices Hernán? eso no puede ser cierto.
Hernán apretó con cariño las manos de Irene – Es cierto Irene, hace poco escuché a Catalina decírselo a Lucrecia.
- Pero eso, ¡eso es horrible! Pobre Margarita ¡cuánto debe de estar pasando! – la muchacha no pudo de reprimir las lágrimas.

- Sé lo que aprecias a esa muchacha.
- Y ella a mí Hernán. Las dos nos compenetramos mucho, hemos llegado a ser muy buenas amigas y siento esto muchísimo. Toda su ilusión perdida...
Hernán sacó su pañuelo y limpió de lágrimas el rostro de Irene – Cálmate ¿vale?
Ella asintió con la cabeza inclinada. Hernán quería preguntarle algo – Aparte de las náuseas, ¿tú crees que ella podía tener otro problema?
- Para nada Hernán, ella aparte de los problemas normales de un embarazo, no tenía nada más que indicara que pudiera perder a su hijo, pero sabes que estas cosas en los primeros meses es muy fácil que suceda, por eso, ella no quería que Lucrecia lo supiera.

- ¿Lucrecia no sabía de su embarazo?
- No, Margarita me dijo que no se lo había dicho, me extrañó que Lucrecia no lo supiera cuando casi toda la servidumbre sabía que ella estaba embarazada.
- ¿No te dijo por qué no quería que Lucrecia lo supiera?
- Bueno, me dijo eso, que hasta que no pasara un poco más de tiempo, mejor no enterarla - Irene levantó su mirada hacia Hernán - ¿Por qué de tantas preguntas Hernán? ¿Acaso hay algo que yo no sé?
El Comisario se levantó y acarició el cabello de la muchacha – Ahora tengo que irme, ya hablaremos, pero si quiero que estés pendiente de todo lo que se hable de Margarita.

Se inclinó y depositó un beso en la frente de la joven. Con una sonrisa, recogió los papeles que había dejado en la mesita y salió de los aposentos dejando a una Irene algo confusa.

Continuará...
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chiribitas

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Vie Oct 14, 2016 9:26 am

Mari Carmen, como siempre que bonito todo lo que escribes. Un beso, guapísima

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Este Jamie no se mueve, pero, ¡cómo me mira...! blush-anim-cl
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Oct 16, 2016 2:40 pm

Gracias Chiribitas por ver bonito todo lo que escribo. Eso la anima a una. Un beso también para ti.  kissing

Con respecto a los fans, los que vaya colgando ya no debe haber problemas para quien quiera copiarlos  Wink


Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,20


Gonzalo apresuró todo lo más que pudo el paso, quería volver lo antes posible a la casa. Había dejado a Margarita algo más sosegada después de la visita del médico pero como le dijo don Jeremías tendría momentos de angustia, que eso estaba dentro de lo normal pero que había que estar pendiente de ella, que no se sintiera sola en esas crisis. Había bullas en las calles. Era la hora de las compras y las calles principales del mercado estaban intransitables de gente y de barro por las lluvias caídas. Aquella mañana lucía el sol aunque hacía mucho frío. Gonzalo se fue derecho al tenderete de don Francisco el zapatero, el buen hombre estaba colocando sus mercancías en el mostrador.

- Buenos días don Francisco.
- ¡Gonzalo, muchacho que bueno verte por aquí! Desde las vísperas de tu boda que me encargaste los escarpines no te he visto el pelo y no será porque tienes poco.
- La verdad es que tengo que pasarme por aquí. Alonso no deja de crecer y las botas que tiene le vienen algo pequeñas... Don Francisco, me encantaría charlar con usted pero tengo mucha prisa por volver a mi casa, quisiera pedirle un favor.

Don Francisco, un hombre ya de entrada edad se quedó mirando al maestro – Muchacho por la forma en que me lo dices y por tu cara, parece que es algo serio. A ver, dime cual es ese favor que quieres pedirme, pero mejor entremos en la casa, anda...

El zapatero le hizo una señal a Gonzalo, éste, rodeó el tenderete y entró en la humilde vivienda. Allí el hombre le ofreció sentarse – A ver Gonzalo ¿qué quieres pedirme?
- Se trata de su hijo Julián... Yo sé que él le ayuda en su negocio pero por unos días me gustaría que estuviera pendiente de la escuela, no sé si usted podrá valerse sin él.

El hombre lo miró con cierta preocupación – Para tu necesitar a mi Julián quiere decir que hay algo bastante serio para que tú no te hagas cargo de la escuela ¿es así?
Gonzalo inclinó la cabeza – Si don Francisco, tengo algo muy serio en casa, se trata de mi esposa... Ella acaba de perder al hijo que esperaba.
- Vaya Gonzalo, no creí que fuera una cosa así, lo siento de veras.
- Gracias ¿Comprende por qué necesito a su hijo? – lo miró angustiado.

- Claro que te comprendo ¿Cómo no comprenderte? Más que nadie sé lo que es tener a una esposa enferma, con la diferencia, que yo a la mía ya no la tengo y claro que te puedes llevar a mi Julián, para eso tengo otros cuatros, ya alguno de ellos me echarán una mano si la necesito aunque tengan su propio negocio. Gonzalo, nunca te agradeceré bastante lo que hiciste por mi hijo, de los cinco, era el más rebelde y sin embargo tú, siendo tan joven y con una escuela recién abierta, no te importó hacerte cargo de él.

- Soy un maestro, era mi deber, y ahora, ¿dónde está Julián?
- Pues él, se encuentra ahora mismo en tu barrio y muy cerca de tu casa.
Gonzalo frunció el ceño – Cerca de mi casa... ¿dónde?
- Lleva unos días echando una mano al padre José, no se encuentra muy bien, parece que está algo constipado.
Gonzalo volvió a fruncir el ceño. Tenía que ir a la iglesia y precisamente era lo último que hubiera deseado. La voz del zapatero lo sacó de su abstracción - ¿Te ocurre algo?
- ¡No! claro que no - se levantó – Me voy don Francisco, ya nos vemos y gracias por todo.
- A ti hombre, y que se alivie esa esposa tan linda que tienes.

Dando de nuevo las gracias, Gonzalo salió de la casa y volvió sobre sus pasos en dirección a su barrio. Iba contrariado, lo menos que quería era encontrarse con el señor cura en aquellos momentos. Rodeo el mercado ya que tampoco quería encontrarse con doña Luisa y Rufina, ellas le preguntarían por Margarita y él no podría decirles la verdad sin venirse abajo. Aligeró su paso hasta pisar el barrio de San Felipe, a la altura de la iglesia se detuvo titubeando. Suspiró profundamente y subió los escalones que lo separaba de la entrada. Entró dentro del templo, apenas había nadie, alguna vecina que otra en diferentes bancos. Buscó con sus ojos, no veía a Julián, pensó que estaría en la sacristía. Se dirigió hacia allí. La puerta estaba medio cerrada, la empujó con la mano, vio a quien buscaba recogiendo varios libros en una de las estanterías.

Julián, un muchacho entre dieciocho y veinte años se volvió al percibir la presencia de alguien. Su rostro reflejó la sorpresa - Gonzalo, ¿tú por aquí?
Dejó lo que estaba haciendo y se acercó al maestro ofreciéndole la mano. Gonzalo se la estrechó afectuosamente – Ya ves, por ti estoy aquí.
- ¿Pasa algo?
- Ya he hablado con tu padre. Quiero que te hagas cargo de la escuela durante unos días, por supuesto cobrarás por ello.
- Y aunque no cobrara nada, sabes que te debo mucho Gonzalo. Tuviste mucha paciencia conmigo ¡y mira que te sacaba de quicio! Otro hubiera desistido.

-  Sabes que no soy de los que desisten fácilmente.
- ¡Y qué me lo digan a mí! pero dime ¿puedo saber el porqué de tu ausencia en la escuela?
- Se trata de mi esposa, su embarazo se ha malogrado y lo está pasando muy mal.
- Lo siento de veras, pues tú dirás cuando empiezo - mientras hablaba, Julián terminaba de colocar los libros.
- Bueno, no sé qué tiempo echas aquí ayudando al padre José, así que eres tú el que tienes que decir.

Una voz interrumpió a Gonzalo por detrás de él.

- No Gonzalo, soy yo el que tiene que decir y yo ya me encuentro lo bastante bien para que Julián se dedique por completo a tu escuela.
- Pero padre, ¿se ha levantado usted? – Julián se había acercado al sacerdote y lo ayudó a sentarse en el sillón.
- Estoy bien Julián, no te preocupes muchacho y por lo que he escuchado, Gonzalo te necesita más que yo.
Gonzalo no sabía que decir ante la presencia del cura. Julián se volvió hacia él – Pues entonces, comienzo en cuanto tú me digas.
- Esta... esta tarde puedes empezar, no quiero que los niños estén mucho tiempo sin pisar la escuela y tampoco sé los días que puede durar el malestar de mi esposa.

- Pues nada, empiezo esta tarde - se volvió hacia el sacerdote - ¿Quiere que le prepare el almuerzo?
- No Julián, es muy temprano, ya me lo preparará doña Matilde, así que ya puedes irte y descansa un poco, que para trabajar con esos diablillos hay que tener brazos de hierro, sino, que lo diga aquí el maestro ¿Me equivoco Gonzalo?
- No padre, claro que no.
Julián cogió su chaqueta de un perchero y se despidió del sacerdote – Padre, ya me pasaré por aquí a ver cómo le va ¿Te vienes Gonzalo?

Antes de que Gonzalo asintiera a la pregunta del joven Julián, la voz del padre José hizo que el maestro volviera a fruncir el ceño.

- No Julián, Gonzalo se queda, él y yo tenemos que hablar.
- Pues entonces, hasta luego.

El joven desapareció por la puerta y Gonzalo se volvió hacia el sacerdote – Padre, tengo prisa... Si ha escuchado algo, ya sabrá lo que le ha ocurrido a mi esposa y no quiero dejarla mucho tiempo sola.
- Lo he escuchado muchacho y lo siento de veras, me imagino por lo que tiene que estar pasando la criatura, y eso de querer estar al lado de ella, habla más que bien de ti, aunque no esperaba menos, te conozco desde que eras niño y sé cómo eres Gonzalo y también sé, que en estos momentos nada puede parecerte fácil pero en estos momentos es cuando más fortaleza hay que tener para afrontarlo todo... Tampoco busque explicación del porqué, las cosas simplemente pasan y hay que aceptar lo que Dios nos manda con resignación.

- Padre, sabe como pienso y por favor, no me pida que tenga resignación porque Dios lo manda... En esto, Dios nada tiene que ver y si lo tuviera, ¡¿por qué no ha hecho nada para que mi esposa no haya perdido a su hijo?! ¡¿Por qué?!
- Gonzalo, sólo Dios sabe porque hace las cosas.
- Padre, eso ya lo he escuchado y nada de lo que me pueda decir puede convencerme.
El padre José observaba fijamente a aquel hombre joven, al maestro y veía en la desesperación en que estaba sumido. Fue derecho a la pregunta - ¿Qué te mortifica Gonzalo?



La confesión del padre José.


Gonzalo, que tenía las manos apoyadas en la mesa y la cabeza baja, la levantó despacio mirando a aquel hombre ya mayor y que lo miraba con ojos cansados por los años pero llenos de sosiego, de paz... A Gonzalo se le puso un nudo en la garganta.

- Ya debe saber lo que me mortifica padre ¿Le parece poco lo que ha ocurrido?
- No Gonzalo, no me parece poco lo que ha ocurrido pero sé que hay algo más que te abruma, lo intuyo.
Gonzalo quería salir de allí cuanto antes – Padre, lo siento pero... Pero tengo que marcharme, mi esposa me...

De nuevo el clérigo no lo dejó terminar – De nada sirve huir Gonzalo y eso lo sabes tú mejor que nadie... Nadie puede huir de sus fantasmas.
Gonzalo que ya había hecho el giro de ir hacia la puerta se quedó clavado en el suelo. Cerrando los ojos y tragando saliva preguntó sin volverse - ¿Qué quiere de mí padre? ¿Qué quiere de mí?
- Sólo quiero ayudarte Gonzalo, sólo eso.

Las lágrimas estaban a punto de aflorar en los ojos del maestro, intentando recomponerse se volvió al sacerdote – Nadie puede ayudarme padre ¡Nadie!
- Te equivocas Gonzalo, siempre hay alguien dispuestos a escuchar.
- Usted - lo dijo sin preguntar.
El padre José se dejó caer en el respaldo del sillón – Si Gonzalo yo... Yo puedo escucharte, yo puedo escuchar eso que te abruma y te corroe por dentro.
Gonzalo movió la cabeza negando – Por mucho que escuche de mí no podrá ayudarme padre, porque ni usted ni nadie podrá quitarme este sentimiento de culpa que llevo dentro - lo dijo con la voz ahogada y con los ojos anegados de llanto.

El buen sacerdote se levantó, con paso vacilante se acercó a él y cogiéndole por el brazo hizo que se sentara en un banco junto a la mesa. Luego, fue hacia la puerta y cerró ésta con pestillo incluido.

- Así nadie nos molestará - se dirigió de nuevo a su sillón y se dejó caer en él. Cogió la jarra que tenía encima de la mesa, echó un poco de vino en un vaso y se lo puso por delante a Gonzalo - Toma bebe, te caerá bien.

Gonzalo, titubeando, tomó el vaso con la mano vendada y lo bebió de un trago sintiendo que el calor de aquel líquido oscuro y dulzón le quemaba algo la garganta al deslizarse por ella, luego, dejó el vaso en la mesa. Se pasó las manos por el rostro y miró al sacerdote – Padre, no me ha dicho qué quiere de mí.
- Quiero, que te desahogues. No sé qué clase de sentimiento de culpa es el que te abruma pero todos Gonzalo, todo el mundo siempre en la vida hemos tenido un sentimiento de culpabilidad alguna vez.
- No me importa la culpabilidad de los demás, me importa la mía padre ¡sólo la mía!
- Sé, que no va a hacer fácil sacarte lo que te ha causado esa culpa pero algo me dice, que tiene que ver con tu esposa.

Gonzalo que tenía la cabeza inclinada la levantó mirando al padre José, de nuevo sus ojos se llenaron de lágrimas – Padre no es fácil contar ciertas cosas, lo único que puedo decirle, que por mi causa, Margarita ha perdido a nuestro hijo ¿Comprende cómo me siento? ¡¿Lo comprende ahora?!
El sacerdote no dio señales de sorpresa y cuando habló, lo hizo con templanza – Pero como pienso, me imagino que no habrá sido intencionado ¿me equivoco?
- Pero para el caso es lo mismo.
- ¡No Gonzalo! No es lo mismo y no debes sentirte culpable de nada, quizá la casualidad haya favorecido a tener ese sentimiento por tu parte.

-¡No padre! ¡No! - Gonzalo se levantó dándole la espalda al padre José. Estaba que no se tenía a sí mismo, se pasó la mano por el cabello. Se volvió de nuevo al sacerdote –Padre, yo le oculté a mi mujer algo de mi vida. Algo... algo que yo pensaba contarle antes de casarnos pero ante un comentario de ella, tuve miedo y callé... Callé por temor a perderla... Según iba pasando el tiempo quise dejar mis miedos atrás y contárselo, pero fue cuando descubrí que estaba embarazada, entonces, por su estado no me atreví hacerlo y callé de nuevo. Hace unos días, tuve que ausentarme de la Villa, en esas horas de ausencia, ella... Ella  descubrió esa verdad que yo le había ocultado, eso la hizo entrar en un estado de nervios muy grande, tanto, hasta acarrear esto, el extremo de perder a nuestro hijo... ¿Qué me dice ahora padre? Tengo más que motivo suficiente para sentirme culpable ¿no cree?

El padre José había escuchado a Gonzalo sin inmutarse, sólo cuando él terminó se decidió hablar – Gonzalo, te digo lo de antes, igual que en un momento nos podemos sentir culpable por algo, todo el mundo ocultamos cosas por temor a perder a la persona que se ama pero no por eso te justifico... Tú, tenías que haberte abierto a ella desde un principio, decirle esa verdad que escondes.
Ante el último comentario del cura Gonzalo lo miró extrañado – Padre, no le entiendo... Ha... ha dicho esa verdad que escondo...

- Si Gonzalo, has escuchado bien, yo sé cuál es la verdad que escondes, que ocultas, lo sé desde el primer momento.
Gonzalo cada vez comprendía menos, su cabeza era un caos – Padre... padre no entiendo nada, no... No sé lo que me quiere decir ¡No lo sé!
- Siéntate Gonzalo, tengo que contarte algo, o confesarte algo, según como se mire.

Gonzalo se sentó mirando al sacerdote.

- Gonzalo, sé quien se esconde detrás del maestro.
El rostro de Gonzalo se demudó – Padre, no sé de qué me habla... No sé... No sé que me quiere decir con eso.
- Si lo sabes Gonzalo y es absurdo que lo sigas ocultando delante de mí, aquí, y en este momento... Para mí tampoco ha sido fácil saber una cosa como esta y hacer como el que no sabe nada. Desde que lo supe siempre he vivido y vivo con gran temor por ti, y por todos los que te rodean.
Gonzalo se pudo lívido, no daba crédito de lo que estaba escuchando del padre José. Sólo pudo decir – Cómo... ¿Cómo lo supo?

- No fue difícil Gonzalo. A los tres meses de morir Cristina fue cuando apareció Águila Roja, el defensor del débil. ¿Sabes? y puedes que no lo creas, pero bendije la llegada de ese embozado... A poco de aparecer él por la Villa, de la noche a la mañana, el maestro tiene criado, me pregunté qué hacías tú con un criado cuando a veces costaba que te pagaran los padres de tus alumnos. Una noche, acababa de llegar Margarita a la Villa, yo salía de visitar a un enfermo, aunque no era muy tarde, las calles estaban desiertas, percibí cierto roce de pasos, volví la cabeza, dos siluetas vi venir en la misma dirección que yo llevaba, me escondí, no sabía con quien podía encontrarme... Escondido en aquel portalón vi llegar a Águila pero no venía solo, pensé que sería alguien que lo ayudaba en su cometido. Cuando pasasteis cerca de mí, gracias a la luz que desprendía la antorcha que estaba más cerca de vosotros pude reconocer a quien te acompañaba, era Sátur...

- Fue entonces, cuando comprendí quién se escondía detrás del embozo. Sin daros cuenta, os seguí, de alguna manera llevaba el mismo camino y siempre fui curioso por naturaleza... Hicisteis un alto ante la puerta de la escuela, estuvisteis hablando y Sátur volvió sobre sus pasos pero tú seguiste, a la altura de esta iglesia, te encontraste con la que hoy es tu esposa que salía de ella y que un borracho intentaba abordar, sin más, la cubriste con tu capa y subiste por los salientes de la fachada hasta los tejados, ya no tenía dudas de quien era Águila Roja. Ante la muerte de Cristina, ante su ataúd te escuché gritar de dolor que harías lo imposible por vengar su muerte, y sólo podías cumplir tu venganza bajo otra identidad... Hoy, después de algo más de un año, sigues bajo ese embozo intentando consolar esas almas afligida por causa de la poca justicia que hay y cuyas únicas culpas, son las de haber nacido pobres...

- Consuelo a esas almas afligidas como usted dice, y no puedo consolar a la persona que más amo por causa de tantos errores como he ido cometiendo en mi vida.
- Gonzalo, si ella está dolida por tu silencio irá comprendiendo...
- Si lo mantuve callado es porque intentaba protegerles, quería evitarles cualquier riesgo, pero también comprendo que tenía que haberme sincerado con ella antes de casarnos ¡Pero no! tuvo que ir pasando el tiempo para que ella lo descubriera por si misma... Tuvo que ser muy duro padre, no tiene que ser fácil descubrir quién es en realidad tu marido... Hasta ahora ni siquiera me ha dejado explicarme. Iba a darme esa oportunidad pero ahora con la pérdida del niño, lo tengo muy difícil padre. Lo peor es que aunque no me lo ha dicho, sé que me hace culpable de esa pérdida, lo veo en sus ojos y de alguna manera tiene razón.

- Gonzalo, ahora mismo ella tiene que estar muy ofuscada, si todo se le ha venido encima, su cabeza estará llena de preguntas sin respuestas... En estos momentos tiene que estar muy confundida, debes darle tiempo.

Casi todo el tiempo que estuvieron hablando, Gonzalo mantuvo la cabeza baja, la levantó y miró al sacerdote – Padre, ¿usted sabe el peligro que corre al conocer la identidad de Águila Roja y más perteneciendo a la iglesia?
El padre José le contestó con toda tranquilidad – Gonzalo, lo sé, pero nadie tiene porque saberlo. En cuanto a la iglesia, es cierto, pertenezco a ella, pero eso no quiere decir que esté de acuerdo con todo lo que se practica, así, que puedes estar tranquilo y ahora si te digo, que creo que ya debes volver con tu esposa muchacho... Ella, te necesita más que nunca.

Gonzalo se levantó – Padre, no sé qué decirle ante todo esto...
- No tienes que decir nada Gonzalo. A mí particularmente me ha hecho bien hablar contigo, ya era mucha la carga el tener esto guardado. Con eso te quiero decir que me he liberado ante ti porque aparte de que ya me pesaba un poco llevar eso sobre mis espaldas, eso sirve también, para que cualquier cosa que necesites, que cuente con esta iglesia, ya sabes lo que quiero decir con eso.
- Si padre le entiendo y le doy las gracias por ello, espero no tener que necesitarla y ahora, ya me marcho. Gracias de nuevo padre – Gonzalo le tendió la mano al sacerdote.
El padre José que había salido de detrás de la mesa, le apretó la mano con gran afecto - De nada hombre y dile a tu esposa que ya iré a visitarla.
- Así lo haré.

Gonzalo descorrió el pestillo abriendo la puerta. Volvió la cabeza mirando al sacerdote, con un movimiento de cabeza el sacerdote se despidió de él. Gonzalo salió de la sacristía y recorrió el templo hasta salir a la calle. Por un momento se quedó en lo alto de la escalinata. Todavía estaba impactado por lo que acababa de descubrir, todavía no lo creía. Suspiró profundamente bajando a prisa los escalones y dirigiéndose a su casa con toda premura. Las campanas en ese momento con sus toques, le decían que eran las dos de la tarde.


Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Oct 22, 2016 1:41 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,21


Subió a prisa la escalera y empujó la puerta ya que sólo estaba entornada. El olor de un sabroso guiso que se desprendía de la olla puesta en la lumbre se esparcía por toda la sala. Escuchó voces en la alcoba, la puerta se encontraba abierta. La voz de Catalina sobresalió algo alterada – Margarita, por favor vuelve a la cama criatura ¡Vas a ponerte peor mujer!

Gonzalo escuchó acelerarse los latidos de su corazón, en dos zancadas se encontró en el umbral de la puerta. Se sobrecogió al ver la escena que tenía ante sus ojos. Margarita, se hallaba agarrada al respaldo de un silla y señalaba la banqueta donde no se encontraba la canastilla con las ropitas de su bebé. Catalina intentaba de hacerla volver a la cama y ponerle la toca por encima de los hombros.

- Cata, donde... ¿dónde está? Necesito ver esas ropitas... Necesito tocarlas.
- Margarita por favor, eso te va a hacer más daño ¡Compréndelo!
Gonzalo reaccionó, dio varios pasos intentando guardar calma – Cata, estoy aquí... Déjame a mí.
Catalina volvió la cabeza al escuchar su voz – ¿Por Dios Gonzalo dónde te has metido?
Él no respondió, sólo miraba a su esposa, ésta, al verlo preguntó con más ansia - ¿Dónde...? ¿Dónde está la canastilla? Quiero que me la des.

- Margarita escúchame, eso... Eso, lo único que va a hacer es hacerte más sufrir, así que vamos a la cama, no debes estar levantada, ya escuchaste al doctor, necesitas unos días de reposo. Anda, vamos...
Catalina se apartó de su amiga dejándole paso a Gonzalo. Éste, puso sus manos en los hombros de su esposa – Anda, vamos a la cama.
- ¡No! ¡no quiero ir a la cama! sólo quiero que me la des... Que me des mi canastilla, mis ropitas... Por favor...

Para Gonzalo, las súplicas de Margarita hacía que su espíritu se invadiera de un gran desasosiego pero por mucho que le doliera, no podía ceder. Veía sus ojos llenos de lágrimas esperando, esperando de él lo que en ese momento tanto ansiaba y que él, a su pesar no podía darle.

– No puedo hacerlo. Me duele verte así pero no puedo darte lo que me pides... Vamos a la cama, no puedes ni siquiera mantenerte en pie.

Margarita se agarró con más fuerza al respaldo de la silla. Sentía una gran opresión en su pecho ante la negativa de su marido y un sollozo se escapó de su garganta. Gonzalo sabía que estaba a punto de derrumbarse, que sus pocas fuerzas estaban al límite. No quiso esperar más y a pesar de la negativa de ella, la tomó en sus brazos llevándola al lecho, le quitó la toca y la tendió en él arropándola. La muchacha no dejaba de llorar.

- ¡Ay Gonzalo! ¡Qué penita da verla así!
- Si Cata, pero ya el médico me lo advirtió esta mañana, que podía venirse abajo en cualquiera momento y tener crisis de llanto, que es algo muy normal, sólo que no hay que dejarla sola. Cuando me fui la dejé tranquila, junto a Sátur, pero me he entretenido algo más de la cuenta ¿Dónde está él?
- Cuando he regresado de Palacio le dije que fuera a por los niños a casa de Cipri... Mientras estaba en la cocina dando vuelta a la comida, ella se ha levantado, que todavía no sé cómo ha podido con las poquitas fuerzas que tiene y me la encontré buscando la canastilla ¿No te ha dado nada para estas crisis Gonzalo?

- Sólo me dejó dicho que si se ponía muy alterada que le diera unas gotitas de láudano, que eso aparte de tranquilizarla la haría dormir. Pero sólo en un caso extremo se lo daría Cata, mientras la mantendré con infusiones. Ya parece que se tranquiliza - mientras hablaba, Gonzalo ni un sólo momento dejaba de acariciar las manos y el rostro de su esposa. Tomó un pañuelo que se encontraba encima de la mesita y enjugó el rostro de ella. Margarita le quitó el pañuelo y se volvió de espalda a ellos.

Catalina se fue el otro lado de la cama, se sentó acariciando el cabello suelto de su amiga – Mujer, no nos haga esto, no nos des la espalda... Cariño, sólo queremos tu bien.
- Pues... pues si queréis mi bien, dejarme sola. Quiero dormir.
Gonzalo suspiró pasándose la mano por la nuca, le dolía de toda la tensión que llevaba acumulado, pero no por eso dejaría de desistir – No puedes mantenerte siempre dormida Margarita, eso no va a hacer que cambie las cosas. Debes de enfrentarlo, si no lo haces, cada vez se te costará más y nunca arribarás. Tienes que entender... Mira, Alonso está a punto de venir, él querrá verte. Si tú no pones de tu parte, no voy a poder dejarlo entrar, yo no quiero que Alonso te vea llorando y tan afligida. Para un niño ver a la persona que quiere de esta forma puede asustarlo, él, es tan sólo un crío por lo que se le escapa todavía muchas cosas que aún no puede comprender, así, que tú decides.

Gonzalo se levantó e hizo una señal a Catalina. La mujer supo recoger el mensaje.

– Cata, voy a darle una vuelta a la comida no vaya a ser que se queme.
- Ve Gonzalo, yo me quedo con ella.
Nada más quedarse sola con Margarita, Catalina intentó lo que pretendía Gonzalo que hiciera – Mujer, que Gonzalo tiene razón, que si viene Alonso y te ve así, el pobre va a coger un sofocón de padre y muy señor mío... A ver como se le explica a un niño de esa edad lo que tú sientes, él no va a comprender tu malestar, eso lo puede entender un adulto pero no un niño de nueve años y más sabiendo todo lo que él te quiere. Cariño hazlo por Alonso, que el niño cuando venga y quiera verte que su padre no se lo prohíba, sería mucha desilusión para él después del susto que se llevó ayer.

Margarita escuchaba a Catalina, todavía, lágrimas furtivas se escapaban de sus hermosos pero tristes ojos. Por un momento pensó en Alonso, ella no quería que su niño sufriera ¿Pero cómo evitarlo cuando su alma estaba tan llena de pena?

Unas voces infantiles llegaron hasta la alcoba. Catalina se sorprendió de la reacción de Margarita - ¡Cierra la puerta Cata! ¡No quiero que Alonso me vea así y dame el peine!

Catalina se levantó y fue a cerrar la puerta pero antes de hacerlo se encontró con los ojos de Gonzalo que desde la altura de la mesa del comedor estaba pendiente de la alcoba. Cata le hizo un guiño, lo que hizo que de momento el alma de Gonzalo se sosegara en parte.

Catalina fue a por el peine y volvió a la cama – Anda cariño voy a peinarte, a ti te costará trabajo hacerlo - ayudó a la muchacha incorporarse, le colocó los almohadones para que estuviera más cómoda. Margarita cerró por un momento los ojos.
- Estás mareada ¿verdad?
- Si Cata ¡es que no me encuentro bien!
- Ya cariño, eso lo sabemos ¡Cómo no saberlo! pero poquito a poco verás cómo vas recuperando tus fuerzas. Sólo tienes que comer, no debes negarte a ello, eso es lo principal para arribar.

- No tengo ganas de tomar nada, apenas pude pasar la leche del desayuno.
- Todo, poco a poco Margarita. Esta mañana te tomaste sólo un poco de leche y ahora, en el almuerzo comerás un poco más, ya verás - mientras hablaban, Catalina fue peinando el cabello de la muchacha para terminarlo en un trenzado que remató con una cinta blanca - Estás preciosa ¿Quieres un espejo?
- No Cata, no quiero un espejo... Si me he dejado hacer esto es por Alonso.
- Ya lo sé cariño, anda, recuéstate en condiciones.

Margarita dejó caer su cabeza sobre las almohadas. Catalina fue a dejar el peine encima del tocador, luego, fue hacia la puerta, la abrió. Gonzalo, en la sala intentaba de convencer a Alonso – Alonso, ¡no! De momento no puedes entrar a ver a tu tía, quizá un poco más tarde.
La voz de Catalina se hizo escuchar - ¿Quién dice que no puede ver a su tía? ¡Venga Alonso! ya tú tía se ha despertado, es que tu padre no lo sabía cariño - lo dijo mirando a Gonzalo con un gesto.

Gonzalo se levantó de la silla e inclinándose sobre su hijo, le dijo de quedito...– Pues si tú tía ya se ha despertado, ¡hale! ya puedes ir a verla, pero no la hagas hablar mucho.
Alonso se desprendió de las manos de su padre y corrió hacia la alcoba entrando en ella como un torbellino pero se detuvo en seco al ver la palidez de su tía. Margarita abrió los ojos al notar la presencia del pequeño, intentó sonreír – Alonso, mi niño, ven acércate, tenía muchas ganas de verte cariño.
Alonso se acercó receloso – Tía Margarita, ¿estás bien?
- Claro mi amor, ya... Ya me encuentro mucho mejor ¿No me das un abrazo?
Alonso reaccionó - ¡Claro tía! – se echó casi encima de ella abrazándola con fuerza.

Margarita cerró los ojos conteniendo las lágrimas que querían aflorar a ellos. Haciendo un esfuerzo besó el rubio cabello de Alonso – Mi niño, te he echado mucho de menos.
- Y yo tía pero padre no me ha dejado estar aquí, decía que podía molestarte, que tenías que descansar. ¿Sabes que me asusté mucho cuando te vi con tanta sangre? pero ya padre me dijo que es una cosa normal lo que te pasó, pero tampoco lo puedo comprender porque no me lo aclara mucho.
Margarita acarició la carita del pequeño – Un día comprenderás esas cosas que aún no están a tu alcance... Todo a su tiempo Alonso.

La voz de Gonzalo se escuchó desde la puerta de la habitación - Y así debe ser... Ya puedes irte a lavar las manos que hay que almorzar, y esta tarde hay escuela, además tu tía también tiene que comer algo.
- Pero padre, si apenas he estado con ella - se había vuelto hacia su padre con gesto huraño.
- Lo sé Alonso, pero ya luego cuando vengas de la escuela estarás un poco más con tu tía.
- Alonso mi amor, haz caso a tu padre, debes ir a almorzar, ya luego cuando regreses, podremos hablar un ratito.
- ¿Y me contarás un cuento de esos que tú sabes? – Alonso la miró con sus ojos picarones.
- Claro mi amor, yo te contaré todo lo que tú quieras - cada vez le costaba aguantar la serenidad que daba a entender.
Gonzalo lo apreció y por eso le dio un toque a su hijo - Alonso, que no te lo tenga que repetir.

- Está bien... - se apartó un poco de su tía – Tía hasta luego.
Margarita rozó con sus dedos la mejilla del pequeño - ¿No le das un beso a tú tía?
Alonso volvió a abrazar a su tía con un gran cariño besando la mejilla de la muchacha.
– Te quiero mucho tía, ¡mucho!
Gonzalo no pudo evitar la emoción, luego, hizo que Alonso se incorporara y se lo llevó fuera de le habitación. Nada más quedarse sola, Margarita dio rienda suelta a su amargura, de esta manera la encontró Gonzalo al regresar. Él cerró la puerta y se acercó a ella - Sé que has tenido que hacer un gran esfuerzo pero intenta calmarte, ahora te traigo algo de tomar. Debes de comer Margarita.
- No se me apetece nada, lo sabes.
- Lo sé, pero algo tienes que comer. Ahora regreso.




Gonzalo terminaba de recoger la mesa mientras Sátur fregaba la loza del almuerzo, ya Catalina se había tenido que ir a Palacio y los niños se encontraban en la habitación de Alonso esperando la hora de ir a la escuela.

– Amo deje eso y vaya con su esposa.
- Ahora está dormida Sátur.
- No ha comido mucho.
- Prácticamente nada, pero de momento no puedo obligarla.
Sátur dejó un momento de fregar y se quedó mirando a su amo – Por cierto amo, todavía no me ha dicho el porqué de su tardanza.

Gonzalo terminó de poner los últimos vasos en la mesa de la cocina y miró a su fiel escudero – Te dije que de momento no podía decirte nada, cuando se vayan los niños ya te contaré.
- Pues por su cara no tiene que ser muy agradable.
- Tú mismo sacarás tu propia conclusión cuando lo escuches.

Unos toques en la puerta de entrada hicieron que los dos hombres cortaran la conversación.

– Será Julián - lo dijo mientras iba a abrir.
Así era. Julián apareció ante el umbral, Gonzalo lo invitó a entrar – Pasa Julián, se me pasó dejarte las llaves.
- Ya, a ti se te olvidó y a mí de pedírtelas ¿Qué hay Sátur? - el joven saludó al fiel criado con un ademán.
- Aquí estamos ¿Estás preparao con lo que te vas a encontrar con esos diablillos?
- Aunque ya hace un tiempo que no piso la escuela en ese aspecto, otras veces se ha terciado y no se portan tan mal Sátur - mientras lo decía, tomaba las llaves que Gonzalo le tendía.
- ¡No, que va! se portan peor y esos dos que están por ahí, ¡peores que ninguno!

En eso Alonso y Murillo aparecieron en la sala. Los dos pequeños acogieron con gran algarabía la presencia del joven. Gonzalo les tuvo que llamar le atención - Alonso, Murillo, bajad la voz que Margarita está durmiendo.
- Mejor me los llevo, luego los acercó.
- No hace falta muchacho, yo paso a recoger a estos dos zagales.
- Como quieras Sátur ¿Nos vamos chicos?
Los niños asintieron cogiendo sus zurrones que se encontraban colgados del respaldo de una silla. Alonso se volvió hacia Gonzalo – ¡Adiós padre!
- Portaos bien.

Julián salió llevando a los niños por delante. Gonzalo cerrando la puerta volvió a la sala sentándose en una silla con aspecto cansado. Sátur apreció el gesto de su amo.

– Amo, si ahora Margarita duerme, ¿por qué no se acuesta y descansa? Debe de estar agotao y me imagino que esta noche volverá a pasarla en vela.
- Si Sátur, no me atrevo a dejarla sola.
- ¡Pues entonces descanse, que a este paso va a caer enfermo!
- No podría dormir Sátur. Son tantas las preocupaciones que no me dejarían cerrar los ojos.
Sátur limpiándose las manos en un paño se acercó a Gonzalo y se sentó junto a su amo - Amo, cuénteme eso que parece tan grave y que no tiene nada que ver con su mujer.



Gonzalo se acodó en la mesa ocultando la cabeza entre las manos – Sátur, si supieras...
- Pues eso es lo que quiero, saberlo amo, saberlo, así que desembuche.
- Se trata del padre José.
Sátur puso cierto entrecejo - ¿El señor cura? ¿Y qué tiene que ver el cura con lo que pueda pasarle a usted? Pues como no sea que le ha metío algún sermón cuando ha ido en busca de ese muchacho a la iglesia por lo que ya sabemos, porque por otra cosa no sé. Entre usted y él poco...
- Sabe quien soy Sátur.

Sátur miró algo perplejo a su amo – Que sabe quién es usted, amo eso no es nuevo, él lo conoce desde que usted era un niño.
Gonzalo volvió su mirada hacia su escudero – Sabe que soy Águila Roja.
Los ojos de Sátur parecían que iba a salírseles de las órbitas – Amo, si no supiera por lo que en estos momentos está pasando, diría que me ha dicho un chiste de muy mal gusto.

- Ni estoy para chiste ni para ningún tipo de broma, lo que te he dicho es cierto, el padre José sabe quien se esconde detrás del maestro. Sabe de mi doble identidad.
El fiel escudero y amigo se puso las manos en la cabeza - ¡La madre que me parió! pero... ¡¿Pero eso cómo puede ser?! ¿y desde...? ¿Desde cuándo lo sabe amo?
- Desde el primer momento Sátur, lo sabe desde el comienzo.
- Amo, ¡esto es inaudito! pero cuente, cuéntemelo todo.

Gonzalo le contó a Sátur todo lo que acaeció desde que puso un pie en la iglesia hasta que salió de ella. El buen hombre había escuchado a su amo sin interrumpir, no daba crédito a todo lo que había escuchado.

- Amo, es que no puedo creerlo, me ha dejao que no sé qué decir.
- Igual me pasó a mí Sátur, no supe que decir ante todo lo que escuchaba de él ¿y sabes? en ningún momento tuve una recriminación por su parte, al contrario fue benevolente, demostró una gran condescendencia Sátur. Sus palabras y el modo con que las dijo me aturdieron.
- Lo comprendo amo y más si viene de un clérigo ¿no?
Gonzalo cogió la indirecta de Sátur – Sátur, el hecho que yo tengas mis propios principios ante ciertas cosas, no quiere decir que no respete las convicciones de esas personas y reconozca su valía por lo que dan a demostrar, sea clérigo o no.

- Perdón amo, no quise ofenderlo y comprendo su aturdimiento, porque como está la iglesia y que el señor cura haya actuao con usted de esa forma, es para aturdirse y mucho más... Bueno amo, ¿y ahora qué va a hacer? porque eso de tener como aliado a un cura, aunque eso ya no debía de extrañarme, siempre estuvo protegido por uno de ellos.
- ¿No sé a qué te refieres Sátur?
- Hombre, amo, el que don José sepa que usted es el pajarraco pues puede resultarle un poco incómodo, ya no por los hábitos, sino porque alguien más conoce su secreto.
- No es cuestión de incomodidad Sátur, es algo más. Es temor, el temor del que todo el que sepa  de mi doble personalidad siempre correrá un riesgo, ¿te parece poco?
- No, la verdad que no amo.

Un leve gemido saliendo de la alcoba hizo que Gonzalo se levantara rápidamente seguido de Sátur y se dirigiera a la habitación entrando en ella. Margarita se movía inquieta en la cama. Gonzalo se sentó junto a ella tomándole una mano. La muchacha abría en ese momento los ojos.

- ¿Te duele algo Margarita - lo dijo mientras le echaba para atrás el cabello despejándole la frente.
- La cintura, he querido moverme y me siento muy molesta.
- No te preocupes, es normal, eso es de estar tanto tiempo tendida pero ahora te doy las gotas y verás cómo te alivias - Gonzalo se volvió hacia Sátur – Prepara un vaso de leche caliente.
- Ahora mismo amo - diciendo esto, Sátur salió de la habitación.
- Sabes que no puedo pasarla - no le dio la cara al decirlo.
- Lo sé Margarita, pero no tienes más remedio que tomarla. Si no comes o tomas nada, se te cerrará el estómago y entonces, sí que te costará ponerte bien. ¿Por qué no te incorporas? eso también te hará bien y te despejarás más y ya no debes quedarte más dormida, ya por hoy has dormido bastante. Si sigues durmiendo en la noche vas a estar desvelada.

- Sólo quiero dormir, es de lo único que tengo ganas.
- También lo sé, pero también sé el porqué quieres dormir y ya te lo dije esta mañana, que de nada sirve esconder la cabeza y no afrontar la realidad.
- Por favor, no vuelvas con lo mismo. No es fácil afrontar la realidad, al menos la mía.
- Tu realidad es la mía Margarita. En esa realidad lo dos estamos envuelto y quizá no lo creas, pero para mí tampoco nada de esto es fácil y más cuando...
- ¡No Gonzalo! ¡No quiero escucharlo! Ya te dije, que no puedo de momento escuchar nada de ti ¡No podría!
Gonzalo sintió una gran desazón pero ante la reacción de ella prefería no insistir - Está bien, está bien... No te alteres ¿vale?

Margarita había vuelto el rostro escondiéndolo en la almohada, no quería verlo como no quería escuchar sus palabras. No quería oír de él lo que en su cabeza le martilleaba constantemente y que no la dejaba ni un momento de sosiego. No quería escuchar de él, su culpabilidad ante la pérdida de su hijo y la frustración de ella.




Habían pasado siete días en los cuales, la recuperación de Margarita se produjo lentamente. La tenue luz de la mañana se filtraba a través de las contraventanas mal cerradas. La muchacha abrió los ojos con cierto trabajo causado por el dolor de cabeza. Quiso buscar postura y al hacerlo lo vio. Sin saber por qué, se le hizo un nudo en la garganta. Allí estaba, recostado en su sillón, con las piernas estiradas sobre una silla. Sólo una manta cubría parte de su cuerpo y su hermoso rostro lo descansaba sobre un almohadón.

Siete días luchando con ella, ayudándola a pesar de sus negativas, intentando que al menos escuchara a quienes venían a verla y le ofrecían su apoyo como la señora Luisa, Rufina y la propia Irene, incluyendo al padre José, pero se resistía a escuchar. Tuvo que ir cediendo ante ciertas cosas ya que sabía que sin él, no podía hacerlo sola, no siempre estaba Catalina a mano o Estuarda que alguna vez que otra hacía una escapada. No tuvo más remedio que rendirse ante la evidencia y dejarse hacer dejando atrás sus pudores, sus vergüenzas. Gonzalo la aseaba, la cambiaba de ropa al igual que cambiaba las de la cama con la ayuda de Sátur mientras ella, esperaba sentada en el sillón bien abrigada hasta que de nuevo, él volvía a tomarla en sus brazos y la depositaba en el lecho acomodándole la ropa con toda delicadeza. Siete días que no la había dejado sola, pendiente de ella en todo momento. Siete días con sus seis noches, sin importarle faltar a la escuela, sin importarle sus arrebatos, sus llantos... Allí estaba él, siempre él, para consolarla, para estimularla, para intentar que mirara adelante, siempre él... El esposo, el maestro... el Águila...

Ante esto último sintió un escalofrío correr por su cuerpo pero no quitó sus ojos de él. Desde que descubrió su gran secreto, se había negado a sí misma a ponerle el rostro del embozado. En aquel momento, en la penumbra y en el silencio de la alcoba, sus ojos miraban fijamente a su esposo que con el rostro ladeado sobre aquel almohadón parecía dormir sosegado. Su mente, en aquel momento intentó ponerle el rostro de Águila, quería y temía a la misma vez colocarle aquella máscara cubriendo parte de su cara, sin embargo, algo más fuerte le decía que no debía sentir pavor y que debía hacerlo. Su mente lo vistió. Le cubrió parte de su rostro dormido con el embozo, dejó caer su capucha sobre sus ojos, unos ojos que él siempre los mantuvo en las tinieblas, sabía que su mirada lo delataría ante ella.



Por un momento cerró sus ojos y escuchó la voz de Águila como un dulce susurro llenándola de paz, de sosiego... Llenándola de toda la magia que lo envolvía. Pero en su imaginación, también ve una lucha encarnizada, ve a Águila luchar cuerpo a cuerpo, lo ve herido, su cuerpo ensangrentado, sus ojos llenos de dolor, esos ojos que nunca pudo vislumbrar y que por fin lograba ver... Esos ojos son los de él, los de Gonzalo ¡su marido!

Reaccionó llena de horror cubriéndose el rostro con sus manos y dejándose caer en las almohadas. Había sido tan real lo que había vivido con su pensamiento que su corazón comenzó a latir violentamente. Un gemido salió de su garganta - ¡No!
Gonzalo escuchó algo y en seguida abrió los ojos, advirtió que Margarita parecía tener una pesadilla, se deshizo de la manta poniendo rápidamente las piernas en el suelo, se sentó en la cama intentando quitarle las manos del rostro – Sssssh, tranquila... Todo está bien, habrás tenido una pesadilla pero ya pasó, ya pasó...

La muchacha tenía los ojos llenos de llanto y su pecho oscilaba con gran agitación.

Gonzalo se giró y echó un poco de agua de la jarra en el vaso - Ten, bebe un poco – le pasó la mano por la nuca y la incorporó un poco acercándole el vaso a los labios. Aún temblando Margarita bebió un poco, Gonzalo dejó reposar su cabeza en los almohadones - Ya estás mejor ¿verdad? – le sonrío al decirlo mientras le acariciaba el cabello. Ella asintió con la cabeza.
- Si quieres contar lo que has soñado, te sentirás mejor.
La joven movió negando con la cabeza – No, no me acuerdo. No pongo en pie lo que he soñado, sólo sé, que... Que he sentido una gran angustia, sólo eso.
- Entonces, intenta relajarte y aparte de ese mal sueño, ¿cómo te encuentras?
- Me duele un poco la cabeza.
- Pues voy a prepararte una tisana para ese dolor, en un momento regreso.

Fue a levantarse pero la mano de ella en la suya lo detuvo – Gonzalo...
Él se giró para mirarla. Por un momento sus ojos se encontraron dentro de la penumbra y por un instante el silencio los invadió, fue Gonzalo quien lo rompió – Me ibas a decir algo...
- Si, yo... yo quería decirte que... Que en estos momentos nos separa unas circunstancias que yo no busqué, sabes que estoy reacia a escuchar nada de ti ni de nadie, ni siquiera del padre José quiero oír sus consejos pero de todos, es a ti a quién debería escuchar, sin embargo, algo... Algo me lo impide y sé todo el esfuerzo que tú estás haciendo a pesar de ello... Me cuidas, no duermes en condiciones, llevas todas estas noches sentado en ese sillón y ni siquiera te echas de día para descansar... Yo pienso, que estoy algo mejor, que ya no tienes que estar tan pendiente de mí, que...

- Margarita, ya... Mi deber es cuidarte, eres mi esposa y mientras no puedas valerte por ti misma, así será, en cuanto a lo de no dormir, duermo aquí, junto a la cama.
- Sólo das algunas cabezadas, eso no es dormir y tampoco una silla es el lugar adecuado.
Gonzalo tomó la mano de ella entre las suyas acariciándolas lleno de ternura – Sólo es cuestión de unos días. Hoy por lo pronto vas a intentar levantarte un poco más, aunque hace frío, bien abrigada puedes sentarte en la mecedora al calor de la chimenea, hoy vienen tus amigas a verte, les dará una gran alegría al encontrarte levantada. A parte de descansar de la cama, también ya vas haciendo cuerpo para irte moviendo poco a poco y ahora, voy a prepararte esas hierbas para el dolor de cabeza. Te sigue doliendo ¿verdad?

- Un poco, si quieres déjalo, ya se me pasará.
Gonzalo ya se había puesto en pie - No Margarita, si tienes algún dolor hay que atajarlo, ya sabes lo que dice don Jeremías. Voy a prepararte la infusión pero antes te dejo las contraventanas abiertas, que por cierto, anoche se quedaron mal cerradas.

Gonzalo terminó de abrir las contraventanas y la luz del nuevo día se filtró a través de los cristales, luego, salió de la alcoba dejando a una Margarita confusa, llena de un cúmulo de sensaciones y sentimientos encontrados.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Oct 23, 2016 9:15 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,22




La Atalaya, lugar de encuentros y recriminaciones.


Se sentó sobresaltada en la cama. Lucrecia se pasó la mano por su rostro perlado por el sudor y de nuevo se dejó caer extenuada sobre los almohadones. De nuevo había vuelto a tener una pesadilla, de nuevo había vuelto a escuchar lo que le dijera Gonzalo “Tú nunca serías el agua que saciaras mi sed Lucrecia. Nunca serías ese agua...” Aquellas palabras martilleaban en su cabeza. Aquella humillación de él, hicieron que cumpliera su venganza en su hijo. Un hijo que ya nunca llegaría a nacer y donde en sus sueños, aparte de escucharlo pronunciar aquello, veía sus propias manos manchadas de sangre.

Quería olvidar aquella pesadilla e intentar de nuevo conciliar el sueño. Buscó postura pero por más que lo intentaba no podía. Con rabia echó las ropas a un lado y puso los pies en el suelo. Se calzó las zapatillas poniéndose la bata, fue a abrir una de las contraventanas. La tenue luz de un nuevo día entró por las vidrieras. Abrió la puerta de cristal, un aire frío penetró por ella, la cerró de golpe. Se pasó la mano por el cabello, se sentía nerviosa y no dejaba de pasearse por la recamara. Sentía que allí dentro se ahogaba. Sus ojos se posaron en la capa que tenía echada en el respaldo del  pequeño diván, la cogió y se la echó por encima. Necesitaba respirar aire puro, necesitaba sosegarse.

Salió de sus aposentos y tomando pasillo adelante se dirigió a la escalera que conducía al segundo piso y luego al tercero. No se encontró a ningún miembro de la servidumbre por el camino. Todos estarían abajo, en la cocina. Recorrió otro largo pasillo hasta llegar a la altura de la estrecha escalera de caracol que conducía a la atalaya. Con lentitud subió aquellos peldaños hasta llegar al último de ellos. El frío le dio en pleno rostro. Se subió la caperuza y cruzo la puerta arco. En aquel espacio libre se sintió liberada de tanta pesadumbre. Se acercó al balconcillo contemplando un paisaje aún cubierto por algo de bruma y que no dejaba entrever la laguna en toda su extensión pero no por eso dejaba de ser bello. Suspiró aliviada. Una voz a su espalda se escuchó con cierta ironía.

– Buenos días Lucrecia, muy temprano para estar aquí arriba y con el frío que hace, ¿no crees?
Hernán no percibió el rostro crispado de Lucrecia al escuchar su voz. Ésta, recomponiéndose se volvió lentamente sujetando con sus dedos unos bucles que se revolvían rebeldes sobre su hermoso rostro - Mi querido Hernán parece que últimamente sigues mis pasos cada vez que subo a la atalaya, voy a tener que decir que me vigilas, pero ¿qué puede extrañarme de un comisario?
- Lucrecia te podía decir que es pura casualidad pero no, te he visto subir y quería saber qué es lo que te ha traído aquí a tan temprana hora y con un día que amenaza lluvia. Quizá los remordimientos no te dejan tranquila.

Lucrecia supo disimular el efecto que hizo en ella las palabras de Hernán Mejías – No sé de qué me hablas Hernán, creo que es muy temprano para ir diciendo estupideces.
- Lucrecia sabes que no estoy diciendo estupideces, algo te tiene que tener muy agobiada para subir hasta aquí con ropa de dormir debajo de la capa y con zapatillas, y creo adivinar lo que es.
Lucrecia se sentía desbordada por los comentarios del Comisario, pero no podía dar señal alguna de ello. No podía ponerse en evidencia delante de él - Hernán para escuchar tonterías mejor me voy.

La Marquesa de Santillana se giró apartándose del balconcillo con intención de marcharse pero la mano fuerte del Comisario de la Villa la tomó del brazo deteniendo su paso.

- ¿Hernán qué haces? - Lucrecia lo miró con un destello de rabia en sus ojos.
- Lucrecia cumpliste tu venganza ¿verdad?
A la Marquesa no le cogió de sorpresa la pregunta, se la veía venir, por lo que su rostro no reflejó ningún tipo de malestar sino al contrario, sonrío a Hernán - ¿Venganza? Hernán querido, no me hagas reír, ni siquiera sé a qué te refieres.

Ninguno de los dos, podían intuir que aquella conversación pudiera ser escuchada por otra tercera persona.




Loreto, haciendo una escaramuza y procurando que Catalina no se diera cuenta tomó a prisa el camino de la escalera. Subió los peldaños que la conducían a lo más alto de Palacio. Su deseo de ver la laguna desde la altura de la atalaya hacía que no le importara una reprimenda del ama de llaves o que la propia Marquesa la viera. Le gustaba aquella vista, incluso en día brumoso cómo aquel. Estaba a punto de llegar cuando unas voces la hicieron detenerse en uno de los escalones. Se preguntó quienes serían. En vez de dar la vuelta, su curiosidad pudo más y siguió subiendo los peldaños que le faltaban. Según iba subiendo reconoció una de las voces. Era la voz de la Marquesa. Pegando su cuerpo sobre el muro, buscó la forma de saber con quién estaba. Con mucho cuidado miró por la puerta arcada que daba entrada a la atalaya. La Marquesa se encontraba con el señor Comisario en uno de los balconcillos. Loreto estuvo por irse de prisa pero algo la detuvo, o mejor dicho, unas palabras en boca del Comisario hizo que se detuviera y se pusiera a la escucha bastante intrigada.  

- Sabes muy bien a que me refiero, conseguiste tu venganza ¿verdad Lucrecia? Era la única forma de vengarte del maestro y lo hiciste a través de su esposa, de Margarita ¿Sabes lo qué has hecho Lucrecia? ¡¿Lo sabes?!
- Por favor Hernán, no sé de qué  me hablas - el rostro de Lucrecia vuelto hacia la laguna no movió un sólo músculo ante la acusación del Comisario.
- ¡Si lo sabes! Yo sé que algo te traías entre mano porque nunca negaste ante mí tu deseo de venganza pero lo que si me dejaste claro que nunca me ibas a decir cuándo ni cómo ibas a hacer uso de ella, pero ante lo que ha pasado con tu costurera, no tengo dudas.

- Hernán, tienes una imaginación increíble, cómo si lo que le ha pasado a mi criada fuera algo anormal. ¿Sabes cuántas mujeres pierden a su hijo en el camino? ¡Montones! Son muchas las mujeres que no llevan a buen término su embarazo y mi costurera ha sido una de ellas, fíjate que simple - masticó cada palabra que dijo.
- No Lucrecia, te conozco demasiado bien y sé que eres capaz de eso y mucho más. Te he estado observando y esa salida de aquella noche cuando supuestamente estabas enferma me dio que pensar... Estoy seguro que saliste en busca de lo que necesitabas para hacer uso de tu resarcimiento ¿verdad?

Lucrecia dejó de mirar a la laguna y puso su mirada en Hernán – Dime Hernán, ¿no crees, que te has vuelto demasiado escrupuloso? ¿Desde cuándo te has medido tú para conseguir tus fines? ¡Nunca has mirado nada! Si fuera verdad lo que tú crees, ¿qué derecho tienes a reclamarme?
- El derecho que me da el saber, que la madre de mi hijo no tiene conciencia ninguna para rebatarle la vida al hijo de otra mujer.
- Por favor Hernán, todavía no era nada.
- ¡Lo era! Si a ti te hubieran hecho una cosa así me hubiera muerto de la pena y te juro... Te juro que no hubiera parado en encontrar al culpable para matarlo con mis propias manos, aunque éste, hubiera sido una mujer.

- ¿Me estás dando a entender, que si en un supuesto se descubriera que yo fui la culpable de que el hijo del maestro y Margarita haya desaparecido, no te importaría qué me mataran cómo tú lo hubieras hecho con esa imaginaria mujer?
- Lucrecia, procura que no se descubra la verdad porque si es así, no sé si me tendrías de tu parte.
-No te preocupes querido, que si yo hubiera tenido algo que ver con que mi costurera no haya podido seguir con su embarazo adelante, no habría prueba que lo confirme, de eso puedes estar seguro - lo dijo acariciando con su dedo índice el contorno de los labios de Hernán apartándose de él para tomar la escalera.

Loreto temblaba ante lo que estaba escuchando. ¡No podía creerlo! No podía creer que la Marquesa fuera la culpable de que Margarita hubiera perdido al hijo que esperaba, eso sería demasiado cruel. Sintió pánico y aunque vacilante bajó de prisa la escalera y corrió por los pasillos en dirección a las dependencias del servicio, tenía que serenarse antes de entrar en la cocina. Nadie, nadie podía darse cuenta de que algo le ocurría, nadie debía de saber lo que acababa de escuchar.







Se acababan de marchar, tenían que regresar a Palacio. Después del almuerzo decidieron hacer una escapada para verla pero tenían que regresar antes de que la Marquesa despertara de su siesta. La única que no había podido ir fue Loreto, al parecer no se encontraba bien. El tiempo que estuvieron a su lado, Margarita sintió el pesar como el cariño de todas ellas, sus amigas y compañeras de trabajo. Nada más cerrarse la puerta, aguantó como pudo la congoja que sentía. Gonzalo se acercó a ella y poniéndose en cuclillas, le tomó las manos.

- ¿Cómo te encuentras? Me imagino que un poco mareada.
- Bueno, un poco.
- ¿Quieres que te lleve a la cama?
- No, voy a quedarme un poco más, el calor del hogar me reconforta.
- Voy en un momento a prepararle las tareas de mañana a Julián y en seguida estoy contigo. Sátur no tardará en regresar y te prepararé la infusión.

Margarita no dijo nada, se desprendió con delicadeza de las manos de él y se arrebujó en su toca dejándose caer en el almohadón que tenía en su espalda. Gonzalo en silencio se levantó y con paso pausado se dirigió a la alcoba. Cómo deseaba abrazarla y decirle todo lo que la amaba. Decirle, todo lo que sentía que las cosas hubieran sido de aquella manera y no de otra, pero ella no quería escuchar nada, y él no podía insistir, no podía obligarla a escuchar lo que no quería de él.

La muchacha, al quedarse sola la invadió una gran angustia. Algo le decía que no estaba obrando bien, que no le estaba dando opción alguna cuando sabía que para su marido era lo que más deseaba, pero aún sabiendo que no estaba obrando bien, se anteponía el sentir de la frustración, el del desengaño, el del miedo. El miedo a lo que ella vio en su mente esa misma mañana. De nuevo un escalofrío recorrió su cuerpo. Comenzó a balancearse en la mecedora y su mirada fija la puso en las llamas del hogar donde diminutas chispas saltaban con el crepitar del fuego.

Suspiró profundamente limpiándose algunas lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Fue acomodar la cabeza en el almohadón cuando su mirada se fijó en su costurero que se encontraba en una de las repisas del mueble. Su corazón comenzó a latir con fuerza. Detuvo la mecedora y se inclinó hacia adelante, apartó la manta que cubría sus piernas y dejó caer la toca. Agarrándose con fuerza a los brazos de la mecedora intentó levantarse. Sentía que sus piernas no iban a ayudarla pero tenía que hacerlo, era una necesidad imperiosa que la obligaba a ello. Logró ponerse en pie y agarrándose a una silla dio dos pasos hasta que una de sus manos la puso en el saliente del mueble. Haciendo un gran esfuerzo alargó su mano y tomó el costurero estrechándolo contra su pecho.

De la misma forma volvió a la mecedora dejándose caer en ella exhausta. El costurero descansaba sobre su regazo. Sus manos acariciaron la tapa de él, luego, sus dedos fueron levantando aquella cubierta dejando ver el interior. En los ojos de Margarita afloraron las lágrimas. Sus dedos temblorosos tomaron una prenda de bebé a medio tejer, las agujas todavía las tenía entremetidas en aquel chalequito de fina lana. La congoja subió a su garganta. No pudo llegar a terminarlo y aquello la devolvía de nuevo a la realidad cruel. Se lo acercó a los labios besando aquella prenda. La angustia no pudo retenerla y estalló de su pecho en ahogados sollozos. Sus manos sujetaban aquel chalequito apretándolo contra sus labios y su cuerpo, se sacudía por el llanto. Ante aquellas sacudidas el costurero se fue deslizando de su regazo hasta caer al suelo esparciéndose todo su contenido por él.

Gonzalo, desde su mesa, escuchó cierto ruido y levantándose a toda prisa salió de la alcoba. Ya desde la puerta apreció que algo le pasaba a su esposa y con toda premura llegó a la altura de la muchacha. Sintió un estremecimiento al contemplar el estado de Margarita y lo que ella tenía entre sus manos. Él, había visto el costurero encima del mueble pero ni siquiera se le ocurrió mirar dentro de él. Por un momento se sintió conmocionado pero sólo fue un momento, reaccionando de inmediato se agachó y con delicadeza fue a quitarle a la muchacha la prenda que apretaba contra ella.

- Margarita, cariño, cálmate, anda dame esto... No te haga más daño por favor...
Sus manos quiso quitarle aquella ropita sin terminar pero ella se revolvió - ¡No! ¡no me lo quites! Es... es lo único me queda de esa ilusión... Déjamelo por favor ¡Déjamelo! - se ahogaba al hablar.
Gonzalo sentía un gran apretamiento en su pecho que le subía a la garganta pero no podía ceder – No Margarita, no puedo... Deja esto y vamos a la cama, anda...

La puerta principal se abrió dando paso a Sátur que traía un saquito de arpillera que contenía hierbas. Se quedó consternado al ver lo que contemplaba sus ojos. Cerró la puerta y dejando el saquito en la mesa de la cocina se acercó a sus amos.

- Amo, ¿qué ha pasao por Dios?
- Sátur, no se me ocurrió mirar en el costurero y ya ves... - a la misma vez que hablaba intentaba de quitarle la prenda a Margarita con cierto tacto – Anda cariño, dame eso - la atrajo hacia él abrazándola con fuerza – Dámelo, no quiero verte sufrir más.

Las manos de su esposa iban perdiendo fuerza, momento que Gonzalo aprovechó para apartarla con delicadeza de él y quitarle aquel chalequito inacabado arrojándolo sobre la mesa. Margarita se derrumbó sobre sí misma. Gonzalo la arropó entre sus brazos. Su esposa lloraba sin consuelo y él se  hundía al verla de aquella manera. No sabía cómo pudo hablar al dirigirse a ella,

- Vamos Margarita, vamos - la tomó en sus brazos y ella se refugió en el pecho de él sacudida por los sollozos.
Gonzalo con sus ojos llenos de lágrimas se volvió hacia Sátur –  Prepara una infusión y guarda esa prenda.

Se encaminó a la alcoba y tendió en la cama a su esposa cubriéndola con la ropa.
Descubriendo un poco de ella, le quitó las zapatillas dejándola sólo con las calcetas. Margarita no dejaba de llorar, tenía los nervios rotos. Gonzalo se sentó junto a ella intentando consolarla.

– Por favor, tranquilízate... Tranquilízate mi amor. No sabes cómo me duele todo esto, no lo sabes.

Se levantó en busca de un pañuelo volviendo a sentarse en el lecho. La muchacha encogida sobre sí misma ocultaba el rostro entre sus propios brazos. Gonzalo hizo que dejara aquella postura y comenzó a enjugar con el pañuelo el llanto del rostro de ella. El pecho de la muchacha estaba de lo más agitado, oscilaba con gran alteración. Gonzalo se sentía impotente ante el hecho de no poder calmarla, sólo podía hacer una cosa, giró su cuerpo y tomado con sus dedos el frasquito de las gotas, echó un par de ellas en el vaso con un poco de agua. Se volvió hacia su esposa .

– Margarita toma esto, estás muy nerviosa, anda cariño - la incorporó un poco e hizo que lo tomara.

La joven se dejó caer extenuada por los sollozos. Que difícil era para Gonzalo verla de aquella manera, su desesperación era tremenda y su culpabilidad se hacía más latente. Sátur entraba en aquel momento con una taza de humeante infusión. Se la entregó a su amo. Gonzalo tomó la taza y la dejó de momento en la mesita. Esperaba que se calmara algo para hacérsela tomar. El tiempo pareció pasar interminable hasta que al fin, la joven se sosegó un poco.

Gonzalo acarició el demacrado rostro de su esposa – Estás un poco más tranquila ¿verdad? pues ahora vas a tomarte la infusión, esto terminará de relajarte. Anda, yo te ayudo a incorporarte – le pasó la mano por la espalda alzándola un poco y colocándoles las almohadas para que estuviera más cómoda, luego fue a darle la taza, pero observando que sus manos temblaban por los nervios desistió y fue él mismo quien se la dio a tomar a pequeños sorbos.

Sátur en silencio observaba a su amo. Sabía la lucha interior que tenía consigo mismo. Lo que había pasado, habría hecho que de nuevo su ánimo se viniera abajo para sentirse más culpable si cabía. Cogió la taza que Gonzalo le entregaba.

- Dejo esto en la cocina y voy por los chicos.
- Sátur, procura que cuando vengan no hagan ruido, que se metan en el cuarto y hagan las tareas.
- Eso no hace falta que me lo diga amo - diciendo esto, el bueno de Saturno García salió de la alcoba.

Gonzalo con una gran tristeza en sus ojos no dejaba de mirar aquel bello rostro donde todavía por sus mejillas se deslizaban algunas lágrimas furtivas. Margarita se mantenía en silencio, todavía su pecho se veía algo agitado. Gonzalo le echó un poco el cabello hacia atrás - ¿Quieres tenderte o te encuentras mejor así?

Por un instante la muchacha lo miró. De nuevo Gonzalo sintió una punzada dentro de él, la mirada de ella volvía a decir lo que sus palabras no le habían dicho aún. Margarita, ante la pregunta de su marido se limitó a ladear la cabeza y cerrar los ojos. Gonzalo intentó reprimir su propia zozobra y tomarle la mano, ella no hizo por desprenderse del calor que le infundía, sólo quería dormir y no pensar en nada, tan sólo dejarse llevar por el sueño y que el tiempo pasara, que el tiempo pasara y con él, su dolor, su desilusión...




Lucrecia paseaba impaciente por sus aposentos, ya las sombras de la noche se filtraba por las vidrieras pero sólo una vela de uno de los candelabros era lo que la alumbraba, no quería más luz. Tenía que darse prisa en deshacerse de aquel frasco de cristal y era el día propicio. Sabiendo que a aquella hora ya en la cocina no habría nadie, decidió bajar. Tomó el frasco guardándoselo entre la cinturilla de la falda y el corsé. Salió de sus aposentos y recorrió el pasillo hasta la escalera que conducía a las dependencias del piso inferior. Comenzó a bajar los escalones entre las sombras de sus muros. Iba con cuidado ya que apenas veía, no había luminarias encendidas en todo el trayecto de la escalera.


Loreto, cuando estaba a punto de cruzar la verja de Palacio se acordó que no llevaba con ella el envoltorio que Catalina le había preparado antes de irse con frutas y algunas viandas. Despidiéndose de sus compañeras, decidió volverse ya que quizá sólo eso tendrían para la cena. Dando una carrera llegó hasta la entrada de la cocina. El envoltorio estaba sobre la mesa como ella lo había dejado. Sólo una tenue luz de una vela casi extinguida en uno de los muros alumbraba aquella estancia. Estaba por acercarse a la mesa cuando escuchó un roce por la escalera, no supo por qué, pero retrocedió sobre sus pasos resguardándose de ser vista. Con sumo cuidado asomó un poco la cabeza, se asombró de ver a la Marquesa en aquellas dependencias ¿Qué estaría haciendo allí? ¿Y qué era lo que buscaba?

Lucrecia buscaba la cubeta donde acostumbraban a echar la basura. Dando varios pasos encontró lo que tanto ansiaba, Suspiró algo aliviada porque no habían retirado los desperdicios del día. El porquero, acostumbraba cada unos ocho días a pasar por Palacio por los desechos para sus cerdos ya que el hombre se dedicaba a la cría de ellos. Era la única manera de que nada la implicara en lo que había hecho si aquello salía al descubierto, la prueba saldría de Palacio sin tener ella misma que hacerlo, Lucrecia miró a un lado y a otro, levantándose un poco el corsé sacó el frasco de cristal y alzando la tapa lo tiró sobre los restos de comida y desperdicios. Agitó la cubeta para que el frasco se mezclara entre la basura, después se sacudió los dedos y volviéndolo a tapar dio media vuelta comenzado a subir la escalera con el mismo sigilo que la bajó.

Loreto la vio perderse escalera arriba, esperó un poco para luego salir de su escondite, fue hasta la mesa y cogiendo el hato con sus viandas se dispuso a salir de la cocina pero se detuvo en seco. Se giró, su mirada la puso en el cubo de basura. ¿Qué habría tirado la Marquesa con tanto misterio? Soltó de repente de nuevo el envoltorio en la mesa y se fue derecha a la cubeta, había poca luz y no vislumbraba mucho. Tiró del balde y lo puso bajo la luz del aplique de la pared. Levantó la tapadera, a simple vista no se veía nada anormal, sólo había basura. Tomó las asas del recipiente y lo sacudió de un lado a otro volviendo a mirar, fue entonces cuando descubrió que entre los restos de comida, sobresalía el cuello de un frasquito taponado. Procurando no rozarse mucho con los restos de basura, cogió entre sus dedos aquel pequeño recipiente de cristal tirando de él, quedó entre sus dedos un frasco de cristal de color marrón y que todavía contenía algo de cierto líquido.

Por un momento, la joven sintió que un escalofrío recorría su cuerpo. Ella creía conocer aquel frasco. Con cierto temblor tiró del pequeño tapón de corcho, se arrimó el frasco a la nariz aspirando su contenido. Se lo apartó rápida, no había duda, ella conocía demasiado bien aquel olor. En aquel momento se daba cuenta de lo que había descubierto. Durante parte el día se sintió indispuesta, no fue capaz siquiera de ir a ver a Margarita. Con el paso de las horas intentó desechar lo que había escuchado aquella misma mañana en la atalaya, incluso se dijo, que su temor era una cosa infundada, que nada de aquello podía ser cierto por lo que dejó de pensar en ello y no dejar que la invadiera pesar alguno ya que quizá malinterpretó lo que hablaron, sobre todo la acusación del Comisario a la señora Marquesa, pero lo que tenía entre sus dedos, le decía lo contrario.

Lo que había escuchado aquella mañana en la atalaya entre la Marquesa y el Comisario ¡era verdad! El Comisario tenía razón, la Marquesa era la culpable de lo que le había pasado a Margarita, ella misma tenía en sus manos la prueba de su crueldad. A su mente le vino la mañana que la Marquesa de Santillana se ofreció a llevarle a Margarita el zumo de naranjas. El corazón se le sobrecogió. No sabía qué hacer, no dejaba de temblar por lo que había descubierto pero en aquel momento no podía pensar, tenía que salir de allí cuanto antes. Tapó el frasco y levantándose la falda se lo guardó en la faldriquera atando bien el bolsillo, luego, volvió a colocar la cubeta en su sitio y cogiendo el envoltorio con los alimentos salió de allí corriendo sin mirar atrás.

Continuará...
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chiribitas

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Lun Oct 24, 2016 12:39 pm

¡Será hija de ... la Marquesa!!!!!! blowup

Gracias, Mari Carmen por compartir tu arte con nosotras. flowers2 flowers2 fear fear

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Este Jamie no se mueve, pero, ¡cómo me mira...! blush-anim-cl
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Oct 30, 2016 5:35 pm

Hola Chiribitas. Muy mala la marquesa. verdad?? Más que mala, perversa  Evil or Very Mad
Gracias a ti, guapa  kissing  kissing


Luces y Sombras. Segunda parte.

Capítulo,23


La mejoría de Margarita se iba haciendo visible con el paso de los días pero su mirada ya no era la misma, ya no brillaba igual que un lucero, su mirada como su corazón estaban llenos de tristeza aunque ella lo intentaba disimular, pero para Gonzalo como para los demás era apreciable. Aquella mañana después de asearse, se sentó ante el peinador y procedió a peinar su cabello, después de hacerlo con esmero decidió a hacerse una trenza. La voz de su marido hizo que detuviera sus manos.

– Déjate el cabello suelto, estás tan hermosa así...
Margarita no se volvió y siguió entrelazando su cabello con un movimiento de dedos que dejaba a Gonzalo extasiado. La voz de la joven se hizo escuchar en la alcoba - Se me enreda demasiado, es mejor que lo tenga recogido.

Gonzalo se acercó y le puso las manos en los hombros. Advirtió que su esposa se puso tensa, aunque sabía que podía tener aquella reacción por parte de ella, le dolió en el alma. Haciendo un gran esfuerzo en disimular su malestar, se inclinó hacia ella – Da igual como te lo peines,  mi esposa me gusta de todas las maneras.
Margarita se levantó de la silla – Ya... ya terminé - lo dijo sin mirarlo a los ojos. Se alejó de él y fue a decir algo pero sólo pudo titubear.

Gonzalo la miró con el ceño fruncido – Me ibas a decir algo ¿Qué era ello Margarita?
La muchacha no se volvió hacia él. Se mordió los labios antes de seguir hablando – Que... que dentro de unos días ya regreso a Palacio, me encuentro ya mucho mejor.
Su marido se acercó a ella - ¿No crees qué es muy pronto? Todavía no creo que estés lo bastante fuerte, ni siquiera ha hecho un mes.
- Lo sé, pero me siento bien para ello, don Jeremías me encontró bastante mejorada, además, allí no hago trabajo forzado.

- Ya sé que el doctor te encontró bastante bien pero con todo y eso... Bueno, no voy a discutir eso contigo, si tú te encuentras lo bastante fuerte para ir a trabajar no seré yo el que te lo impida pero algo me dice que no era sólo eso lo que me ibas a decir, ¿me equivoco?
Por un instante el silencio inundó la estancia. Fue Gonzalo quien rompió ese silencio - ¿Qué pasa Margarita? - Gonzalo la volvió hacia él – ¿Qué es lo que te cuesta tanto decirme?
La joven bajó la mirada al hablar - A... a partir de esta noche dejo esta habitación, vuelvo...
Gonzalo no la dejó terminar - ¡No Margarita! ¡No! Esta habitación es la tuya ¡No tienes por qué dejar esta alcoba! Si temes que yo intente acercarme, despreocúpate, sólo lo haré cuando tú me dejes hacerlo - sus palabras estaban llenas de una gran desolación.

- Es mejor así Gonzalo, yo vuelvo a la habitación de arriba y tú vuelves a la tuya. De esta forma las cosas pasarán más desapercibido para los demás... Todos pensarán lo que es, que quiero estar sola, que no soy buena compañía después... Después de lo que ha pasado, a nadie puede extrañarle eso. Para los demás sólo será un tiempo que necesito para terminar de asumir la pérdida de...
- Para los demás sólo será un tiempo ¿y para ti?  ¡¿Cuánto tiempo necesitas tú?!

- No lo sé Gonzalo ¡No lo sé! Las cosas han venido una detrás de la otra, no me ha dado tiempo asumir una, cuando tengo que asimilar otra ¡Es mucho para mí! ¡¿Lo entiendes?! ¡¿Entiendes por qué no puedo decirte cuánto tiempo necesito?! – según iba hablando la voz se le fue quebrando hasta romper en sollozos.
Gonzalo la atrajo hacia él – Ya, ya, cálmate. Puedo entenderte pero si me dejaras ayudarte y no me rehuyeras, si me escucharas... Sé que tú intención era hacerlo pero la fatalidad se impuso y ante eso, ya nada se puede hacer, ¡pero yo necesito de ti para sentirme vivo! Necesito de ti para no sentirme tan culpable de que nuestro hijo se quedara en el camino, necesito tanto mirarte a los ojos y no ver que tú al menos no me acusas de ello.

Margarita se apartó de él dándole la espalda. Su voz sonó ahogada por el llanto – Yo... yo nunca te he culpado.
Gonzalo de nuevo se acercó a ella, le puso las manos en los hombros – Nunca me has culpado de palabra Margarita pero tus ojos me lo dicen, pero no te lo puedo reprochar porque yo mismo me culpo mil veces por ello, sé que sólo yo fui el único causante, ¡sólo yo!
- No... no sigas Gonzalo... no sigas - la muchacha sentía que se ahogaba.

- Margarita, apenas hemos hablado de ello. De alguna manera siempre has esquivado que toque el tema pero eso no hace que lo llevemos mejor. Sufrí y sufro la pérdida de ese hijo como tú, hubiera dado mi vida porque no hubiera ocurrido... Hubiera dado cualquier cosa para que todo ese sufrimiento que viviste días antes no hubiera terminado con todas tus ilusiones, con ese deseo tuyo de ser madre. Margarita, no puedo cambiar lo ya hecho, pero si me dieras la oportunidad... Si me dieras esa oportunidad de volver a confiar en mí al conocer el porqué de tantas cosas que aún no sabes, me daría la ilusión de ganarte otra vez, de que esta espera, este tiempo que te tomes me sea más llevadero... Que sienta en mí, la esperanza de volver a recuperarte, ¡de recuperar a mi mujer! la mujer que amo más que a mi vida y si ese día llega... Si ese día llega, volveremos a pensar en otro hijo que nos lle...

- ¡No Gonzalo! ¡Eso no! - se deshizo de sus manos y se volvió hacia él – No sé lo que pueda pasar con nosotros, ¡no lo sé! pero de lo que estoy segura es que no quiero pasar por lo mismo... No quiero volver a quedarme embarazada Gonzalo ¡No quiero!

Margarita salió corriendo de la habitación dejando a un Gonzalo completamente consternado.




Era noche de desvelos. Cómo en las últimas noches, no podía dormir. Lo que había descubierto días atrás hacía que no pudiera conciliar el sueño. Fuera de la Villa, en una humilde casa, Loreto, la joven sirvienta del Palacio de Santillana no dejaba de dar vuelta en su jergón. Echó las ropas de la cama a un lado y se levantó. Tomando la toca, se envolvió en ella y apartando la cortina salió de su pequeño cuarto. A la tenue luz de una vela en un aplique en la pared pudo comprobar que su hermano y su sobrino dormían plácidamente, sin embargo, su hermana se movía junto a ellos algo inquieta.

Loreto pasó por el lado del lecho con cuidado, no quería despertarlos. Fue hacía la pequeña cocina y tomando una jarra echó agua en un vaso. Tenía la boca seca. Bebió con ansia, fue a dejar el vaso de barro en la mesa pero midió mal la distancia y se le escurrió de la mano cayendo al suelo. El golpe hizo que Ana, la hermana de Loreto se sentara de golpe en la cama.

- Loreto, ¿qué haces? Vas a despertar a los niños - lo dijo en voz baja pero recriminándola.
- Lo siento, se me ha escurrido el vaso.
- Ya, ya lo veo pero a ti te pasa algo ¿verdad. Desde que te acostaste no has dejado de dar vuelta en la cama.
Loreto se acercó a ella – No, claro que no. Sólo me he levantado a beber.
Ana, con un ademán le pidió a su hermana que se sentara en el lecho. La joven así lo hizo. Ana le tomó las manos – Loreto, sabes que no me gusta que mientas. Desde hace varios días estás rara, ¡así que cuenta! Mejor será que me lo cuentes a mí y no a madre... Ella te lo sacaría de otra forma.

Loreto se mordió el labio inferior – Ana, no es lo que tú crees, no hay chicos de por medio, de veras.
- Pues si no es por un chico... ¿Qué es lo que te preocupa? – Ana había salido de la cama y sentada en el lecho esperaba una respuesta de su hermana.
Loreto sabía que con Ana podría confiarse, quizá ella podría aconsejarla a saber que debía hacer – Ana, hay algo que me trae de cabeza y no sé qué hacer, no sé cómo actuar con lo que he descubierto, tengo miedo pero este no es lugar para que hablamos, los niños pueden despertarse y madre también – esto último lo dijo señalando otra habitación que su entrada también estaba cubierta con una cortina.

- Pues vamos a tu cuarto y allí me cuentas - Ana se levantó y tomando su manto se lo echó por los hombros cruzándoselo sobre su pecho. Al ver que Loreto seguía sentada en la cama la apremió - ¡Venga! que a este paso nos amanece y todavía no sé eso que te da miedo.

Loreto se levantó siguiendo a su hermana hasta su dormitorio. Ana corrió bien la cortina y se sentó en el jergón, Loreto hizo lo mismo – Pues verá Ana, todo empezó a la semana de haber Margarita perdido al hijo que esperaba. Esa mañana como otras tantas subí a la atalaya de Palacio y allí....

Loreto le contó a su hermana todo lo acaecido desde que subió a la atalaya hasta que descubrió lo que la Marquesa había tirado a la basura. Ana la había escuchado sin interrumpirla, cuando Loreto terminó la miró incrédula – Loreto, ¿no crees que lees demasiadas historias de miedo?

La muchacha la miró con el ceño fruncido – No me crees... Crees que he exagerado y las cosas no son lo que parece ¿no?... Yo bien escuché cuando al Comisario la acusaba de ello y la recriminaba, que lo hacía con el derecho de ser el padre de su hijo... ¿Sabes?, desde que puse un pie en Palacio sólo hace unos meses, he escuchado en más de una ocasión que Nuño podía ser el hijo del Comisario y esa mañana lo escuché de él, pero en este caso no es lo que me importa. ¿Qué me importa a mí con quien se haya acostado la Marquesa? Me importa lo que le hizo a Margarita Ana, y no creas que es producto de mi fantasía.

Ana le tomo las manos – No Loreto, no es eso, pero lo que me has contado además de peligroso hay que tener pruebas en las manos para culpar a alguien y aunque se tuviera, nadie puede acusar a la Marquesa. Ella es una noble y ante eso, nosotros no podemos hacer nada.
- Puede que ni tú, ni yo pero el maestro quizá si. Él, aunque plebeyo tiene otra formación y por lo que yo sé, ya en una ocasión se enfrentó a la Marquesa. ¡No se puede quedar impune lo que ella ha hecho! El maestro y Margarita deben saberlo, ella no debe de volver a Palacio.

- Loreto, para eso, te sigo diciendo que hay que tener esas pruebas en las manos y como tú has dicho la Marquesa lo tiró a la basura, además, eso que tiró no asegura que contengan nada nefasto para provocar un aborto.
- Te equivocas Ana, eso que tiró si provoca un aborto.
Ana miró a su hermana con cierto entrecejo - ¿Por qué estás tan segura?
Loreto no contestó, se levantó y fue hacia los pies de la cama. Levantó el colchón de paja sacando un saquito de arpillera. Ana la veía hacer extrañada. Loreto se acercó a su hermana – Ten, seguro que esto no te es desconocido.

Ana tomó lo que su hermana le tendía. Abrió el saquito e introdujo sus dedos extrayendo el frasquito de cristal marrón. Su rostro se contrajo. Miró a Loreto que afirmaba con la cabeza. Ana tiró del pequeño tapón y se acercó la boca del bote a su nariz. El olor que desprendía era inconfundible.

- ¿Pero tanto odia a esa muchacha para haber hecho esto? – lo preguntó conmocionada, a la misma vez que volvía a tapar el bote y guardarlo en el saquito.

- Mucho tiene que odiarla Ana para esto. No sólo ha impedido que su hijo nazca, sino que a ella ha estado a punto de matarla. Cuando descubrí lo que contenía el bote ya que su olor me hizo recordar lo malita que tú te pusiste, es lo que hizo que me lo guardara. Esta es la prueba de lo que hizo la Marquesa con la pobre de Margarita... Lo que no sé cómo voy a decírselo a ella porque no puedo callarme esto ¡No puedo!

- No Loreto, no puedes callarte esto. Yo no tuve más remedio que recurrir a ese hombre, a ese carnicero. Yo no quería tener un hijo que no había deseado y que era fruto de la lascivia de un marqués pero ella... Ella desearía a ese hijo con toda el alma porque era fruto del amor – mientras hablaba, de nuevo tomó las manos de su hermana – Tienes que hablar con ella ¡Tienes que decirle todo lo que has descubierto! Margarita no puede volver a Palacio ignorante de todo esto.
- Lo sé Ana, pero lo que sea tengo que darme prisa. Según Catalina, los pensamientos de Margarita es volver a Palacio en unos días y nosotras en unos días nos vamos a Ciudad Real, así, que tengo que hacerlo y pronto. Lo que me gustaría es hablarlo con ella a solas, Margarita acostumbra a pasear por la laguna, puedo quedar con ella allí...

- Lo que sea, ¡hazlo ya! no vaya a ser que mi marido le dé por hacer que nos vayamos antes de lo previsto y ahora, a descansar que la noche se va más que pronto.

Ana se levantó besando la frente de su hermana menor, luego salió de la habitación. Loreto, mirando la bolsita que tenía entre las manos suspiró profundamente, luego volvió a levantar el colchón escondiendo aquella prueba debajo de él.




Beber para olvidar.


No quería retirarse a descansar, no podría dormir. No pudo impedirlo, después de lo que pasó en la mañana y ante el inesperado comentario de su esposa, aquella noche, Gonzalo la vio subir al cuarto de la buhardilla. Durante el día, y aprovechando que Alonso no se encontraba ya que se había ido con Catalina y Murillo a pasar la tarde del sábado y todo el día del domingo a las afueras, a la casa de la hermana de Cata, Margarita estuvo recogiendo sus pertenencias, ante esto, por mucho que le dolió él no pudo negarse. Con la ayuda de Sátur subió el pequeño arcón y él poco tuvo que bajar, ya que de sus cosas nada se había subido en los días que estuvo en aquella habitación, sólo había subido para dormir. Era una situación dolorosa para Gonzalo, cada vez sentía que ella se alejaba más de él.

Ya hacía tiempo que la noche había hecho acto de presencia. Margarita ya se había retirado a descansar. Sátur se había llevado parte de la tarde arriba, en la guarida, Gonzalo no sabía lo que allí pudiera estar haciendo ni le importaba. En un alto que hizo, el fiel criado le dijo que salía un momento a la taberna de Cipri y a la hora que era, no había vuelto. Gonzalo sentado ante el hogar, tenía la mirada perdida entre las llamas que bailaban frente a él. Sentía un gran pesar, un gran dolor que atenazaba su garganta. ¡Cuánto echaba de menos tenerla en sus brazos! La necesita, necesitaba ver su mirada llena de amor. Necesitaba escuchar su voz, su risa, necesitaba sentirla, amarla en toda su intensidad pero sólo con el pensamiento y el corazón, podía hacerlo.

Se pasó la mano por el castaño cabello en ademán de desespero. Se levantó dando unos pasos por la sala. Sentía una gran angustia, se apoyó en la mesa cabizbajo, no podía evitar que las lágrimas se desprendieran de sus ojos color miel. Por un momento, su mirada brillante por el llanto se posó en la jarra de barro que estaba encima de la mesa. Titubeó, tenía que quitarse aquel ahogo que sentía. Asió con mano temblorosa la jarra tomando un trago de ella. Sintió el calor del vino pasar por su garganta. La dejó de nuevo en su sitio y se alejó de la mesa limpiándose con el dorso de la mano los labios. Volvió a pasear como un animal enjaulado por la estancia. De vez en cuando, su mirada iba hacia la escalera. Se la imaginaba dormida, hermosa... Con el cabello desparramado por las almohadas. Su piel tersa, morena destacaría sobre el blanco de las sábanas. Gonzalo tragó saliva, no podía seguir pensando en ella, le hacía mucho daño. ¿Pero cómo no hacerlo? ¿Cómo evitarlo? ¿Qué cosa podía quitarle el pensar en ella, en su esposa?

De nuevo, sus ojos se posaron en la jarra de vino. Esta vez no titubeó, la tomó por el asa y arrimándosela a los labios dio varios tragos de ella. No estaba acostumbrado a beber, sólo lo normal en las comidas o algún vino que otro cuando pasaba por la taberna de Cipri pero de oída sabía, según el dicho popular, que el vino quitaba las penas y eso era lo que pretendía, que aquel líquido que le quemaba algo la garganta, le quitara el dolor que lo embargaba, la angustia que no lo dejaba vivir.

Con la vasija en la mano se fue derecho a la alcoba. Iba a sentarse en la cama cuando vio la escalera encima del arcón, sin saber por qué, puso un pie en él y comenzó a subir los peldaños de madera. Sus manos se posaron en la puerta de la trampilla abriéndola. Por un momento vaciló, pero en seguida reaccionó entrando en ella. Sátur había dejado varias velas encendidas. Le pareció extraño verse allí. Desde la tarde anterior a aquella noche aciaga que volvió de Toledo no había vuelto a subir. Aquel lugar, siempre le sirvió de paz para su desasosiego, pero en aquel momento no lo veía así. Aquel lugar y todo lo que contenía era el causante de sus desdichas.



Gonzalo se sentó ante la mesa y puso la jarra encima de ella. Dejó caer su cabeza entre las manos refugiando todo su pesar. Sentía un dolor inmenso, un dolor que sólo él se había hecho a sí mismo pero que a la misma vez había dañado a la persona que más amaba. Sus ojos arrasados por las lágrimas se posaron en la jarra, la cogió y tomó un buen trago de ella. Se puso de pie dejándose caer con sus manos sobre la mesa y con la cabeza baja. Su mirada la tenía puesta en un punto fijo y en su mente, un solo pensamiento.

– Volveré a recuperarte, no puedo perderte Margarita ¡No puedo!

Un sollozo escapó de su garganta...


Envuelto estoy entre las sombras que conmigo llevo.
Creíste que en mí estaba la esperanza y el sosiego.
Como en una nube de ensueños junto a mí te envolví.
Más sin pretenderlo, te enredé en una maraña de mentiras y silencios.

Tus ilusiones se esfumaron ¡Culpable me siento por eso!
¡No sé donde aferrarme! ¡No sé donde me sostengo!
Mi alma vaga sola, nada me queda dentro.
Tan sólo, tu desengaño, tus miedos, ellos, son mis compañeros.

¡Es tan grande mi dolor! ¡Es tan grande mi desespero!
Vivo estoy, sin embargo, poco a poco muero.
¿Quién vive con un corazón roto?
Yo te lo rompí y mi alma, ahora llora por ello.

¡Maldito silencio! ¡Maldito secreto!
¡Conmigo los llevé teniéndote ajena a ellos!
Me rehúyes. Siento que te alejas de mí por momentos.
Soy el causante de tu sufrimiento. ¿Qué hago ante esto?

¿A dónde quedó mi amor que me pudo más los silencios?
¿Quién soy? ¿A dónde quedó el maestro?
Soy guardador de secretos y entre libros escondí...
¡Desengaño! ¡Desgarro! ¡Sangre y acero!
Pavor tienes, al saber en qué se convirtió tu maestro.

Por ti, por mí, ya no me envolverán los silencios.
Por ti, por tu amor, atrás se quedarán los secretos.
Lucharé para que regreses a mí, más no necesitaré del acero.
Será mi alma la que te vuelva a ganar, ¡aunque tenga que enterrar al guerrero!
Me daré por entero a ti mi amor, tan sólo ¡Con corazón de maestro!



Sus ojos arrasados por el llanto se posaron en la jarra. Su mano volvió a tomarla y esta vez el trago se hizo más largo, sintió la quemazón resbalar por su garganta abajo, luego, fue otro y otro... Su mirada turbia por el alcohol se confundía con las lágrimas que brotaban de sus ojos. Una mirada que también contenía una gran rabia y que no dejaba de recorrer aquella estancia. La ira se apoderó de él y dejando escapar un grito de furia arrasó con sus manos todo lo que encima de la mesa se hallaba. Todo fue al suelo. Gonzalo estaba fuera de sí, se dirigió a una estantería donde varios ejemplares de espadas se hallaban bien colocadas es sus respectivos lugares desperdigando el resplandor de su acero y arremetiendo contra aquella estantería, hizo que se estrellara en el pavimento de madera esparciendo en su caída, todas aquellas armas y con ellas, el ruido de éstas al caer.

Una voz consternada y unas manos sujetaron su cuerpo impidiendo que siguiera destrozándolo todo - ¡Amo! ¡¡Amo por Dios!! ¡¿pero se ha vuelto loco?!
-¡¡Déjame Sátur!! ¡Déjame!- Gonzalo intentaba de zafarse de las manos que lo sujetaban.
- ¡No amo! ¡no lo dejo! – fue entonces cuando Sátur se dio cuenta - Pero amo, ¡está bebío! - Sátur no salía de su asombro.
- No... no estoy bebido, sólo... sólo he tomado un poco.
- ¿Qué no está bebío? ¡si se ha tomao casi toda la jarra! ¡y si no se la tomao entera es porque se le ha hecho añicos! Venga hombre de Dios, venga que tiene que acostarse.

- ¡No Sátur! No... no quiero acostarme... No quiero... Nece... necesito tomar aire fresco... Eso... eso es...  Eso es lo que quiero... Subo... subo al tejado...
- Pero amo, por Dios, si ni siquiera puede mantenerse en pie y encima, ¡qué me va a pillar una pulmonía! – Sátur intentaba por todos los medios impedirle que lo hiciera.
- No, déjame... Voy... voy a subir - Gonzalo se soltó y fue a tomar la escalera que conducía al tejado. Sátur movió la cabeza ante la terquedad de su amo.

Gonzalo, por un momento perdió pie al tomar el primer peldaño, pero se recompuso pronto y consiguió con cierto trabajo subir la escalera que lo conducía al tejado de la casa.




Margarita no sabía que podía estar pasando, pero aquel estruendo sólo podía venir de aquel lugar, del palomar. Se acurrucó sobre si misma tapándose los oídos para no escuchar. Algo le decía que Gonzalo tenía que ver con aquello. No supo qué tiempo pasó pero le pareció que todo volvía a quedar en silencio. Se puso a la escucha, y si, ya nada se oía. Respiró algo aliviada y buscando postura intentó conciliar el sueño. Sus ojos se fueron cerrando cuando escuchó que alguien abría estrepitosamente la puerta. Se sentó de golpe en la cama. Entre la penumbra de la habitación vislumbró la figura de su marido en el umbral de la puerta.

- ¿Qué quieres Gonzalo y qué forma es esa de abrir una puerta? Es ya muy tarde para que estés aquí. Quiero dormir y creo, que tú deberías hacer lo mismo.
Gonzalo, dio unos pasos vacilantes hasta la cama, se dejó caer sentándose en ella. Sus dedos temblorosos recorrieron el rostro de su mujer – Te... te quiero a ti... No me eches Margarita... Necesito de ti... Nece... necesito tenerte a mi vera... Deseo... Deseo tanto que todo... Que todo vuelva a ser como antes... Déja... Déjame tocarte... Déjame amarte, por favor...

- ¡No Gonzalo! ¡No! ¡Así que te vas por dónde has venido! – Margarita retiró la mano de él de su rostro.
- No Margarita, no... No voy a irme... No puedes.... No puedes echarme, soy... Soy tu marido - se le trababa la lengua al hablar.
Margarita lo miró con cierto desconcierto - Gonzalo, ¿se puede saber qué te pasa? ¿No pretenderás obligarme a lo que no quiero?
Él parecía no escuchar, se había acercado aún más e inclinándose, sus labios rozaron el cuello de su esposa que lo apartó violentamente al percibir el olor a alcohol - ¡Gonzalo estás borracho! Pero... ¿pero hasta esto has llegado? ¡Vete! ¡Sal de aquí ahora mismo! ¡Vete!

Pero Gonzalo hacía oído sordo ante la petición de ella - ¡No Margarita! No... no voy a irme... Com... compréndelo... Necesito amarte... Necesito sentirme dentro de ti y... y que tú me ames a mí.
- Así nunca Gonzalo ¡Así nunca!
Margarita intentó saltar de la cama pero la mano de su marido tiró de ella haciendo que con el impulso que lo hizo, se le desgarrara la tiranta del camisón. Gonzalo con la fuerza de sus manos la imposibilitó en el lecho - No... no huyas de mi por favor... Yo... yo nunca te haría daño... Sólo quiero amarte con... Con mi alma, con... con mi cuerpo... Es tanto lo que necesito de ti.

Los ojos de la muchacha estaban arrasados por las lágrimas y el miedo. Miedo a volver a vivir experiencias que ya tenía olvidadas. Su corazón latía con gran fuerza. Gonzalo sin aflojar la presión de sus manos intentó besarla pero la joven ladeó la cabeza esquivando aquel beso. Al hablar lo hizo entrecortadamente, los sollozos estaban a punto de romperse en su garganta.

- No... no lo hagas... No lo hagas Gonzalo si no quieres que... Que te odie para el resto de mi vida y mira, que con todo... Con todo lo que ha pasado por más que he querido hacerlo, no he podido.

Las últimas palabras las dijo mirándolo a los ojos. Gonzalo sintió que algo se le rompía dentro de él. Vio el miedo en los ojos de ella. En aquel momento se daba cuenta de lo que estaba a punto de hacer. Aflojó la presión de sus manos de las de ella y se incorporó.

-  Per... perdóname... No... no sé que me ha pasado, perdóname por... por favor... - se pasó las manos por el cabello impregnado de sudor en un ademán de desesperación, de indignación, asqueado consigo mismo.

En aquel momento, Sátur apareció con el rostro desencajado. Por la escena que tenía delante comprendió lo que su amo había pretendido - ¡Amo no! ¡Eso no! ¡¿pero se ha vuelto loco?! ¡Venga pa’ ca’ que como se me ponga muy tonto le arreo dos guantazos que se le quita la borrachera de golpe! – se volvió hacia Margarita que ya cubría su cuerpo con las ropas de la cama – Tranquilícese señora, que yo estoy seguro que... Que el amo no hubiera llegao a hacerle daño...
Gonzalo ya se había levantado de la cama y con paso presuroso salió de la habitación seguido de un Sátur con caras de pocos amigos – Pero amo, ¡¿usted sabe lo que ha podío hacer?! ¡¿Lo sabe?! ¡Apenas la criatura termina de recuperarse ¡¿y usted, pretendía...?!

Gonzalo bajaba de prisa la escalera, no quería escuchar los reproches de Sátur cuando él mismo se estaba maldiciendo por ello. Faltaba algo de tramo cuando perdió el equilibrio y por más que su fiel postillón intentó agarrarlo por la camisa, cayó rodando varios escalones.

Sátur bajó corriendo lo más que pudo - ¡Amo! ¡amo! – se tiró prácticamente sobre Gonzalo que estaba caído de bruces sobre el suelo. Lo volvió comprobando que estaba consiente pero con una pequeña brecha en la frente pero que sangraba abundantemente.
- ¡Amo, por Dios! Vamos, póngase de pie, hay que curar esa herida ¡Venga, vamos!
- Déjame, quiero... Quiero dormir.
- Si ya me imagino que quiere dormir esta borrachera, pero pa’ dormir la cama. Pero antes hay que curar esa herida. Venga hombre, ayúdeme un poco que yo solo no puedo hacer mucho.




Margarita que no pudo aguantar el llanto ante el miedo causado por su marido había escuchado algo de ruido como la voz de Sátur gritando. Reprimiendo su congoja, saltó de la cama cubriéndose con la toca y salió con gran rapidez del cuarto bajando parte de la escalera.

- ¡¿Sátur pasa algo?!
Sátur se volvió hacia la escalera - ¡No se preocupe señora y váyase a descansar! El amo que ha resbalao e intento de que se levante. No pasa na’, no se preocupe.

Ante lo que escuchaba de Sátur a la joven se le aceleró el corazón, no hizo caso al buen hombre y bajó más a prisa los escalones. En el descansillo se detuvo para ver como el fiel criado intentaba levantar a su marido pero éste, no hacía mucho por ayudar. La muchacha terminó de bajar la escalera.

- Sátur, yo te ayudo - fue entonces cuando vio que Gonzalo tenía la cara manchada de sangre - ¡Sátur, está herido!
- No se asuste mujer, sólo es una pequeña herida en la frente. Ande, cójalo por debajo del brazo y yo por este otro lado e intentemos levantarlo, porque él parece que no quiere ayudar mucho, por no decir na’.

Con trabajo consiguieron que Gonzalo se incorporara y llevarlo hasta la alcoba dejándolo caer en el lecho. En seguida Margarita echó en la palangana agua e introdujo un lienzo en ella, exprimiendo éste, se acercó a su marido y comenzó a limpiarle la cara dejando visible la herida de la frente de la que todavía seguía manando un hilillo de sangre. Presionó sobre la herida. Gonzalo no parecía enterarse, al parecer se había quedado dormido profundamente. Mientras, Sátur le quitó las botas y como pudo sacó las ropas de la cama debajo del cuerpo de su amo y lo cubrió con ellas.

- Ya apenas sangra Sátur pero mejor será vendarle la frente, eso le protegerá la herida.
- No se preocupe que eso lo hago yo, usted vaya y descanse que buena falta le hace.
Margarita dudó ante lo que Sátur le había dicho – No sé Sátur, mejor es estar pendiente de él,  ha tenido un golpe al caer y no sabemos si está lastimado por otro lado aparte de esa herida.

Sátur se la quedó mirando con unas tiras de lienzo en las manos. Aparte de preciosa por fuera, era preciosa por dentro. Con el mal rato que su amo le acababa de dar, sin embargo ella no podía evitar preocuparse por él.

- Yo estoy pendiente del amo, así que váyase tranquila.
- Podemos turnarnos Sátur, mientras yo me quedo un ratito tú te vas a descansar y luego ya me retiro yo.
- Pues mire, ni pa’ usted, ni pa’ mí, nos quedamos los dos y listo - mientras lo decía, terminaba de vendar la frente de su amo.



Margarita no dijo nada, se limitó a coger una silla y sentarse junto a la cabecera. Sátur no dejaba de mirarla, quería decirle algo pero no sabía cómo podía tomárselo. A la muchacha no le pasó desapercibido la inquietud del fiel criado – Sátur, si me quieres decir algo, hazlo, pero no me mires así.
- Señora, a usted tampoco se le escapa na'. ¡Pues si! si quiero decirle algo – Sátur arrimó otra silla sentándose junto a ella –  Mire, no quiero que me tome a mal lo que voy a decirle y tampoco intento disculpar al amo por ese comportamiento con usted, ¡Dios me libre! pero quiero que comprenda que el amo lo está pasando muy mal.
- ¿Y cómo crees que yo lo estoy pasando Sátur? ¿Cómo crees que yo llevo todo lo que me ha caído encima sin buscarlo?

- Lo sé señora, sé que todo esto es muy duro pero las culpas de todo eso, a él no lo dejan vivir. Esos errores lo está pagando con creces y sobre todo el que usted no quiera escucharlo lo hunde aún más, y hoy pa’ refugiarse en el vino ya tiene que estar desesperao, ¿me entiende? El amo la ama más que a nada en este mundo y yo sé, la de veces que intentó hablar con usted, de contarle todo sobre su doble identidad pero por un lado, el temor que no lo comprendiera y se alejara de él y por otro, cuando estuvo decidío a hacerlo fue cuando usted se quedó...

- Cuando me quedé embarazada, dilo Sátur, y por causa de eso silencios perdí a mi hijo - había una infinita tristeza en su voz.
- Eso, al amo lo trae de cabeza. No duerme en condiciones, no puede concentrarse en  la escuela... Su vida es un infierno señora, ¡un infierno!
- ¿Y para él no es un infierno empuñar una espada? - se lo preguntó mirándolo a los ojos y con lágrimas en los suyos.
Sátur por un momento desvió la mirada de Margarita pero en seguida la volvió hacia ella, le tomó las manos - Para él todo es un infierno. En todo este tiempo no ha querío saber nada referente a su otro yo, ni siquiera a saber de sus orígenes y ésta noche, hasta casi hace polvo todo lo que tiene arriba.
- En el palomar, ¿no?

Sátur en aquel momento no comprendió y miró a Margarita confuso - ¿El palomar?
- ¿Acaso tiene otro nombre? – preguntó la muchacha con cierta curiosidad e inquietud.
- ¡Ah claro! es que usted no tenía por qué saberlo. Si, si tiene otro nombre, se le llama la Guarida - lo dijo en voz baja, como temiendo que alguien pudiera escucharlo.
La joven, al escuchar aquel nombre sintió que su cuerpo se estremecía. Sátur apreció esto y le apretó las manos – Yo sé, que aunque no ha querío escuchar na’ del amo usted teme por él... Teme que pueda pasarle algo ¿verdad?

La muchacha se desprendió de las manos e intentó esquivar la respuesta recogiéndose el cabello en una trenza.  Sátur se dio cuenta del nerviosismo de ella - Yo sé cuanto lo ama. Sé, que a pesar de todo lo que ha pasao, usted lo sigue amando como el primer día y  quizá, no acepta esa parte de él porque le da miedo a perderlo.
Margarita lo miró con cierto entrecejo - ¿Por qué sabes qué yo no acepto su otra parte? Yo nunca he dicho nada al respecto.
- Porque no hay que ser muy listo para ello y el amo también lo sabe... Sabe que usted puede estar muy dolida por sus silencios pero también sabe que no acepta su doble personalidad, no acepta a Águila Roja.

Margarita bajó la cabeza – Sátur, todo esto es muy difícil para mí. Mi vida ha dado un vuelco muy brusco... Creía que tenía la felicidad completa y en poco menos de un mes todo se ha esfumado delante de mis ojos. El hombre al que amo, no es quien yo creía y el hijo que esperaba y por el que iba a mirar adelante, lo perdí... Intento ir asimilando cada cosa pero no sé si puedo con todo - miró al fiel criado - Intento ponerle el rostro del embozado y no puedo Sátur. No puedo porque miles de imágenes se me agolpan en la cabeza y siento que lo pierdo ¡Siento que lo pierdo Sátur! - un ahogado sollozo se escapó de su garganta.

El buen hombre intentó consolarla – Lo sabía, sabía que a pesar de todo temía por él... Déjeme que le diga algo, hable con él, o mejor dicho, escúchelo... Escuche de él todo lo que tiene que decirle. Las culpas de él serán menos, el rencor de usted también y su miedo, quizá no lo sea tanto.
- He querido odiarlo pero no he podido. Mi amor está por encima de eso pero duele su silencio, su engaño y que todo esto... Que todo esto Sátur, haya sido la causa de que mi hijo no se lograra y sí, si tengo mucho miedo. Miedo a que pueda pasarle algo, ¡si es qué todavía no puedo creerlo! Me pregunto tantas veces que es lo que le llevó a hacer quien es ¡Es tanto lo que me lo pregunto!

- Pues eso es fácil de averiguar, escúchelo, escuche de él todo y ya está bien de cháchara. Creo que ya es hora que se marche a la cama, ya ve que el amo descansa tranquilo, ni siquiera se ha movío y por la respiración duerme como un bendito, aunque mañana se va a levantar con un dolor de cabeza de muy padre y muy señor mío y no precisamente por el porrazo en la frente ¡Chica resaca es la que va a tener mañana! Quizá ni se acuerde de lo que intentó con usted. Mejor sería, porque se iba a sentir de lo más avergonzao.

- No me lo recuerdes Sátur... Creo que si se hubiera atrevido a hacerlo, entonces si lo hubiese odiado para los restos. Por unos momentos reviví cosas que ya tenía olvidadas.
Sátur se levantó – ¡Ea! ya no se habla más, así que váyase a la cama, se acuesta e intente olvidar ese mal rato que yo estaré pendiente de él.
Margarita suspiró levantándose de la silla, fue cuando Sátur se dio cuenta que estaba descalza – ¡Pero si ha estado descalza todo este tiempo!
- Sátur, tengo puestas calcetas.
- Pero eso y na’ es lo mismo. Hace frío pa’ andar por la casa sólo con eso, ya sería el colmo que se enfriara ahora que ya está más recuperá.

- No te preocupes, no creo que me enfríe – Margarita dirigió su mirada hacia Gonzalo que con el rostro ladeado dormía profundamente, luego se dispuso a salir. En el dintel de la puerta se detuvo, giró su cuerpo y miró a Sátur – Sátur, sé que en todo este tiempo te he esquivado y hasta no te he dirigido la palabra como debería haberlo hecho. De alguna manera también me he sentido traicionada por ti, quizá no comprendía que te debías a él, que tú le tenías que ser fiel. Si he sido injusta contigo, perdóname.
Por un momento Sátur se sintió conmovido – Pero, pero señora no hay na’ que perdonar, es normal que no quisiera ni mirarme, aunque si quiere que le diga, me dolía un poquito, así, que imagínese como le tiene que doler a él, pues lo mismo que me ha pedío perdón a mí, intente perdonar al amo, intento por usted y por él.

Margarita no dijo nada, sólo dio las buenas noches saliendo de la alcoba. Suponiendo que la vela que tenía en su habitación se habría extinguido, tomó otra de las que se encontraban encendidas en la sala y sin prisa se dirigió a la escalera comenzando a subir sus peldaños. Las últimas palabras de Sátur se le habían clavado en su mente. Que lo perdonara le había dicho el fiel criado. Ella quería perdonar y olvidar pero ¿cómo se llegaba a eso cuando su alma estaba tan herida? Entró en la habitación y fue hacia la cama. Dejó la vela en la mesita, se quitó la toca dejándola a los pies de ella.

Hizo el ademán de meterse en el lecho pero se detuvo por un momento. Giró su rostro y se quedó mirando hacia el peinador. Terminó de volverse y se dirigió a él. Abrió uno de los dos cajoncitos que componía el modesto mueble. Sus dedos rozaron la cajita forrada con las iniciales G.M., la tomó entre ellos. La abrió, sus dedos cogieron el colgante. Unas lágrimas resbalaron por sus mejillas. De alguna manera siempre la prenda de amor volvía a ella por causa de los pesares, de las frustraciones, de los sinsabores que la vida o el destino nunca querían dejarlos libre de ellos. La apretó con fuerza sobre su pecho y cerrando el cajoncito volvió a la cama. Se deslizó entre aquellas tibias sábanas. Se hizo un ovillo sobre sí misma apretando el colgante contra su corazón. Un corazón lleno de aflicción pero no por ello falta de amor, de amor a él.

Continuará...
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LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)
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