La Guarida de los Lemures

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 LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)

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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Nov 05, 2016 7:42 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,24


Se revolvió en el lecho. Sentía la garganta seca y un fuerte dolor en la cabeza. Quería abrir los ojos, sin embargo la claridad que entraba por la ventana se lo impedía. Se pasó la mano por la frente. Tenía la cabeza vendada. ¿Por qué? Intentó recordar la noche anterior, pero sólo ponía en pie que echó mano a una jarra de vino y que bebió algo. Gonzalo se fue incorporando. Le dolía un poco el cuerpo y estaba vestido. ¿Qué había ocurrido? Recordaba que subió a la guarida pero por más que intentaba hacer memoria su cabeza no daba para nada más ¿Qué pasó en la guarida?

- Sé... sé que Sátur estuvo allí pero no recuerdo que pudo ocurrir.

No dejaba de preguntarse a sí mismo cuando la puerta de la alcoba se abrió dando paso a Sátur con la jarra de agua del aseo en una mano y toallas en la otra – Vaya amo, ya despertó. Si no le abro las contraventanas seguro que le coge la hora del almuerzo todavía dormío.
- Sátur, ¿qué pasó? ¿Por qué tengo la cabeza vendada?
El fiel criado se lo quedó mirando mientras colocaba cada cosa en su sitio – No se acuerda, pues mejor que sea así.
- Sátur, ¿qué ocurrió? y no quiero rodeos. Ya bastante me duele la cabeza y el cuerpo para tener que insistirte, así que al grano.

Sátur se plantó delante de su amo – Con que quiere saberlo, pues sepa que si le dijera todo lo que hizo, se echaría las manos a la cabeza y todavía le dolería más.
- Sátur, ya vale. ¿Qué pasó?- aparte de preguntar con las palabras lo hizo con la mirada, cosa que para el buen hombre ya sabía lo que quería decir.
- Amo, ¡que me cogió una borrachera de padre y muy señor mío! y al bajar por la escalera resbaló y se golpeó en la frente haciéndose una brecha.
- ¿Tanto bebí que no recuerdo nada de eso? Sólo recuerdo que subí a la guarida y que tú estabas allí pero nada más.

- No amo, yo no estaba allí. Yo llegué después de usted y evitar que hiciera polvo todo lo que se encuentra arriba. ¡Si parecía que se hubiera vuelto loco!
- Sátur, baja la voz, la cabeza parece que me va a estallar.
- ¿Le duele? ¡¡pues poco es!! Ahora le preparo esa infusión para que se alivie.

Gonzalo se giró para tomar la jarra pero Sátur se adelantó y tomándola él, le echó agua en un vaso, se lo entregó a su amo. Éste bebió el agua con ansia.

- Pedazo de resaca la que tiene amo.
- Sátur déjate de ironías, no estoy para eso – al decirlo, se dejó caer en los almohadones.
- Si ya me lo imagino y menos mal que hoy es domingo y no abre la escuela qué sino... Bueno, que voy a prepararle eso.
Sátur fue a salir pero la voz de Gonzalo lo detuvo – Espera Sátur, dices que me caí al bajar por la escalera ¿De dónde venía? ¿Qué hacía yo arriba?
El fiel postillón se sintió cogido de momento. No podía decirle la verdad. Para su amo eso sería hacerlo sentir de lo peor. Tuvo salida para ello – Pues venía del tejao. Después del casi desaguisao que hizo arriba quiso “despejarse” y no se le ocurrió otra forma de hacerlo que subiendo al tejao. Después de mucho convencerle que podía pillar una pulmonía al fin se decidió a hacerme caso, pero ya estaba bajando los últimos escalones cuando dio un traspié y cayó rodando.

- Margarita... Margarita no se enteró de nada de esto ¿verdad?
- ¡Qué va! La señora na’ de na’. Se quedaría dormía profundamente que no se enteró de lo que pasó.
Sátur apreció el alivio de su amo al creer que su esposa nada sabía – Que digo yo, que voy a prepárarle esa infusión, que a este paso se le pasará hasta el dolor, de camino le pongo el agua al fuego porque me imagino que querrá bañarse.
- Si Sátur, necesito bañarme, por cierto, Margarita ya se habrá levantado ¿no?
- Pues no amo, ella tampoco se ha levantao y que yo sepa su esposa no tomó na’ anoche pero no está mal que descanse todo lo que pueda.
- Anda Sátur, ve a preparar esa dichosa tisana a ver si me alivia este maldito dolor.




Acababa de bañarse, lo hizo en el patio sin importarle el frío que pudiera hacer. Se envolvió en una toalla de cintura para abajo y con el torso desnudo y descalzo, se dirigió a la alcoba pero entrando por la sala en el momento en que Margarita bajaba el último peldaño de la escalera. Sus ojos se encontraron.

Buenos días Margarita. ¿Cómo te encuentras? - se había acercado a ella y con sus dedos le apartó parte del cabello que le caía sobre la cara, al hacerlo, rozó la piel de ella, cosa que hizo, que la muchacha diera un paso atrás. No quería sentir su contacto.

- Bien, creo - sólo pudo decir aquello.

Le había cogido desprevenida la presencia de él y de aquella forma. Desvió su mirada. Por la manera de hablarle comprendió que con referente a lo que intentó la noche anterior no se acordaba de nada. No sabía lo que hubiera podido decirle Sátur, pero ella se sentía obligada a preguntar ya que la pequeña brecha estaba visible. Gonzalo había notado el rechazo de ella, le dolió. Sin decir nada más  decidió seguir su camino cuando escuchó la voz de ella.

– Tienes la frente lastimada.
Se volvió al escucharla – Es algo que no tiene importancia, me di un golpe anoche y ahora disculpa, voy a vestirme.
Se alejó de ella. Margarita notó cierta sequedad en sus últimas palabras. Suspiró y se dirigió a la cocina. La puerta de la calle se abrió dando paso a Sátur - Buenos días o mejor dicho buenas tarde ya. Hoy se le han pegao las sábanas, es ya mediodía - mientras hablaba, envolvía la hogaza de pan en un paño.

La joven se había sentado ante la mesa – Me costó quedarme dormida Sátur.
- No me extraña, después del mal rato de anoche, sin embargo él, ni se acuerda. Me ha preguntado cómo se hizo la herida de la frente, busqué una salida para no decirle la verdad, le dije que ante lo que había bebío y en la forma en que lo hizo, le provocó esa caída. Me preguntó si usted se había enterao de algo, yo le he dicho que no, que usted na’ de na’

Margarita se levantó y se acercó al hogar. Sus ojos cómo tantas veces se quedaron mirando fijamente las diminutas chispas que saltaban sobre el fuego.

- Prefiero que no lo sepa Sátur, porque de esta manera no sabrá que con lo que pretendió anoche, ha hecho que le rehúya aún más.
- No diga eso señora. Sé, que él no la hubiera tomao a la fuerza y que conste que no lo justifico, que el haber bebío no le quita culpa ninguna pero de hecho, él mismo se dio cuenta de lo que iba a hacer, por eso iba cómo loco por la escalera. No le rehúya e intente ir acercándose a él, acuérdese de lo que hablamos anoche.
- Sé lo que hablamos Sátur pero no es tan fácil las cosas...
- Sé que no tiene que ser na’ fácil pero ponga de su parte y ahora dígame... ¿Qué quiere de almorzar? porque hablarle del desayuno a esta hora, cómo que no.

- En estos momentos no se me apetece tomar nada, ya es tarde y en cuanto al almuerzo, lo que tú quieras hacer. Con esto de que no está Alonso, lo tienes más fácil.
- ¡Y tanto! ¡Cómo no se queja na’ de las comidas! Por cierto, hoy ya ha bajao arreglá. No ha debido lavarse con agua fría.
- No importa Sátur, por un día más o menos que me asee así, no pasa nada, lo que no he bajado han sido las aguas.
- Y ni lo intente, en un momento subo y las bajo yo - mientras hablaba con la muchacha, Sátur iba preparando todo lo necesario para el almuerzo - Hoy hace un día soleado ¿Va a ir a dar su vueltecita?

- Puede que lo haga, aunque hay un paseíto me ayuda a recuperar las fuerzas de mis piernas, además me gusta ver la puesta de sol en la laguna.
Ninguno de los dos se percataron de Gonzalo, éste, se acercó al hogar - Pienso que no deberías de cansarte, quiera o no es un paseo – su tono de voz era el mismo que notó la muchacha momentos antes.
Margarita no hizo por mirarlo - Procuro cansarme sólo lo necesario, me hace bien ir hasta allí.
- No quiero decir con eso que no vayas, sólo que veo que te estás precipitando en esforzarte, no quiero que recaigas.
- No voy a recaer y ahora disculparme, tengo que hacer ciertas cosas.

La joven, con cierta incomodidad por la sequedad de él, prefirió dejar por terminada la conversación y dirigirse a la escalera. Sátur la vio marcharse y miró a su amo que no había hecho el intento de volverse para verla ir. Cuando la muchacha terminó de perderse escalera arriba, el fiel criado soltó el cuchillo con mal gesto sobre la mesa de la cocina. Gonzalo no se inmutó ante la reacción de su postillón.

- Pero... ¿pero se puede saber qué le pasa? ¿Por qué esa forma tan seca con la que se dirige a ella? ¿Es así cómo quiere volver a recuperarla? pues me parece que ha cogío un método un poco raro.
- Sátur, nada de reproches. En cuanto a volver a recuperarla, sólo vivo para eso, para recuperar el amor de mi mujer y su confianza.
- Ya se nota, ya. Pues el modo que está usando con ella no es el más adecuao y en cuanto a nada de reproches... ¡Muchas cosas tendría que reprocharle! ¡Muchas!
- Quizá he sido algo brusco con ella, pero es que desde que ayer decidió de nuevo cambiarse de habitación, ¡es que no lo soporto Sátur! No soporto el saber que se aleja cada vez más de mí. Si acabo de encontrarla al bajar la escalera y porque la he rozado el rostro sin intención alguna, se ha echado para atrás. Se aleja Sátur, no hace por un acercamiento ¡No lo hace!

- Pero amo, cómo va intentar un acercamiento si usted no busca la manera ¡leñe! Que tiene que tener uno la boca prestá.
Gonzalo lo miró con cierto entrecejo – Sátur no sé qué me quieres decir.
Sátur intentó hacer cómo el que no lo había escuchado y siguió cortando la verdura pero Gonzalo poniendo su mano en la suya detuvo que siguiera haciéndolo - Sátur, ¿qué me has querido decir?  y no lo intentes eludir.
El buen amigo de nuevo soltó el cuchillo – Mire que no quería que se enterara ¡pero es que usted hace hablar a un muerto!
- Sátur, estoy esperando...
- Pues ahí va y acate las consecuencias. Amo, pues si no quiere que esa preciosidad de mujer que tiene no se aleje todavía aún más de usted, intente buscar otra forma porque la de hoy y la de anoche, no han sido las más correctas.

Gonzalo no comprendía – Sátur, lo de hoy, sé que he sido algo brusco al hablarle, ya te lo he dicho ¿pero lo de anoche? Anoche que yo sepa nada le dije, es verdad que me dolió que se subiera a la habitación de la buhardilla pero de mi boca nada salió.
- Si ya lo sé, yo sé que nada le dijo, en ese momento...
Gonzalo intentaba adivinar por donde iba su escudero. Su rostro se crispó al pensar en algo – Sátur, de lo que no recuerdo de anoche no me lo has dicho todo ¿verdad?
- ¡Pues no amo! ¡pues no!
Gonzalo se echó para adelante apretando el brazo de su amigo y escudero – ¿Qué es lo que pasó y no has querido enterarme? y no quiero que te dejes nada atrás, así que cuenta.

- Amo, lo que voy a decirle no le va a caer na’ bien.
- Cuenta Sátur - con los ojos se lo dijo todo a su escudero.
- Pues ahí va... Lo que le he contao hasta ahora está dentro de la verdad, lo único que cuando se cayó de la escalera, no venía del tejao – al decirlo miró a su amo.
Gonzalo esperaba con la crispación reflejada en su rostro y sus ojos, echaban chispa por lo que el fiel criado siguió contando - Venía... venía de la habitación de la señora.
Gonzalo aflojó la presión de su mano. Tragó saliva y buscó la mirada de Sátur - ¿Qué pasó Sátur? ¡¿Qué pasó?!
- Cálmese, sino, no se lo cuento.

Gonzalo apartó su mano del brazo de Sátur y se levantó. No era fácil serenarse, quería recordar por él mismo lo que pasó en la habitación ¡Quería recordar!

- Al parecer, después de estar en el tejao fue en busca de la señora... Yo llegué un poco más tarde y ya usted había recapacitao pero usted intentó... - Sátur no se atrevía a decirlo.
Gonzalo que estaba de espalda lo dijo por él, pero su voz estaba llena de amargura, de vergüenza – Dilo Sátur, intenté tomarla a la fuerza.

- Amo, ¡amo ha recordao! - Sátur no salía de su asombro.
Gonzalo se dejó caer en la silla y ocultó el rostro entre las manos – Si Sátur, tenía que forzarme a recordar a lo que había ido a la habitación, tenía que hacerlo por mí mismo y todo ha ido pasando por mi mente cómo algo confuso pero no hay tal confusión ¡Fue real! Pero... ¿Pero en qué clase de hombre me estoy convirtiendo? ¿Cómo pude llegar a eso? - Gonzalo levantó la mirada donde afloraban unas lágrimas - Y... ¿y Margarita? Después de salir de la habitación, ¿qué pasó con ella? ¿Cómo se encontraba?

Sátur había cogido una silla sentándose en ella frente a su amo – Bueno amo, no fue plato de buen gusto pa’ la criatura, estaba asusta’. Según ella, la hizo revivir cosas que ya tenía olvidá.
- Lo que he hecho con ella, ¡sólo lo hace un canalla! Le hice pasar un mal momento. ¡¡Otro error más en mi vida!! ¡Tengo que hablar con ella! ¡Tengo que pedirle perdón otra vez! aunque no merezco el perdón de mi esposa, al menos sabrá que he recordado lo que pretendí con ella y que me siento de lo peor. Ya es mucho el peso que llevo encima Sátur para llevar otro más.

- Si eso lo va a hacer sentir mejor, hágalo, pero déjeme decirle, su esposa lo pasó mal, pero no sé de dónde saca fuerza para demostrar todo lo que vale por muy mal que sea ese momento que haya pasao... Cuando usted salió de la habitación como un loco y rodó por la escalera, ante el ruido, su esposa salió de su cuarto y me preguntó. Le dije que había resbalao pero que no era na’ de importancia. Sin embargo, ella no se quedó tranquila, bajó y se encontró con que usted sangraba por la frente y que no intentaba de levantarse del suelo. Entre Margarita y yo lo llevamos hasta la alcoba y lo tendimos en el lecho. No quiso marcharse, se quedó junto a usted hasta bien avanzada la noche.

- Su postura ante lo que me cuentas, hace que me avergüence aún más de mí mismo.
- ¿Sabe amo? El tiempo que estuvimos velando su sueño hablamos. Esa criatura está tan confundía que sus sentimientos están encontrados. Han sido muchas cosas las que le han pasao en muy poco tiempo y no sabe qué hacer ante ellas, ¡no sabe cómo afrontarlas! ¿pero que lo ama? lo ama, sólo que todo esto llevará su tiempo para ir asumiéndolo.
- Sátur, con todo lo que has contado soy yo, el que la amo más aún, por ella estoy dispuesto a todo. Ahora más que nunca debo hacer lo que tengo en mi mente y que llevo varios días queriéndote decir pero nunca he encontrado el momento, aunque no es de extrañar... Lo mío es nunca encontrar el momento adecuado, Sátur, se acabó...

Sátur se quedó mirando a su amo –  Amo, perdone pero no le entiendo. Se acabó, ¿el qué?
- Se acabó el héroe Sátur, Águila Roja deja de existir.
- ¡¡¿Quéeee?!! Amo, ¿sabe lo qué dice?
- Sé lo que digo y lo tengo más que decidido.
- ¡Amo por Dios! Usted está ofucao. Sé que en estos momentos sólo lucha por recuperar a su esposa pero la gente... La gente del pueblo necesita la lucha del héroe, él, es el único que puede poner justicia en sus desdichadas vidas. Usted no puede hacerles eso, ni a mí tampoco.

Gonzalo se levantó y dio varios pasos dándole la espalda a su escudero, su mirada se perdía entre las llamas del hogar – Sé que Margarita nunca va a aceptar a Águila, esa parte de mí, ella no la quiere, ni siquiera sé si quiere al maestro. He com...
Sátur interrumpió a su amo - Ella si lo quiere amo. Su esposa lo ama, nunca dejó de hacerlo, ya se lo he dicho.
Gonzalo giró la cabeza y miró a su escudero con cierto entrecejo – Estás muy seguro Sátur - lo dijo sin preguntar, con amargura, con incredulidad.
- Bueno amo, su esposa siempre lo amó y no se deja de querer de la noche a la mañana...
- Sátur, he cometido muchos errores y uno de ellos es este, el de mi doble personalidad y ocultársela a ella, por eso...

De nuevo el fiel postillón lo interrumpió – Amo, espere a hablar con ella, quizá cuando usted le cuente las cosas, ella no rechace al Águila.
- Sátur, ella, nunca me va a dar esa opción y si un día decide a hacerlo, si decide a escucharme, prefiero haber dejado al héroe fuera de mí y sólo ser el maestro, el hombre con el que se casó y al que amó desde niña - se levantó de la silla – Voy a subir a verla Sátur. Sólo te dejo dicho que esta tarde tenemos que dar una vuelta, tengo algo que hacer y no lo quiero retrasar.

Diciendo esto, Gonzalo se dirigió a la escalera. Mientras subía los escalones no dejaba de pensar en la noche anterior y lo que había intentado hacer con la persona que más amaba. Se sentía de lo peor. Bastante dañada estaba ya por su causa para agregarle un daño más. Se sentía un miserable. Había llegado ante la puerta de la habitación, estaba sólo entornada. Llamó con los nudillos y empujó la hoja. Margarita sentada en la banqueta cosía una prenda, iba a contestar al escuchar la llamada cuando su marido hizo su aparición. Gonzalo apreció la palidez del rostro de su esposa al verlo.

- Que... ¿qué haces aquí? – se había levantado dejando la prenda en el asiento.
Gonzalo intentó tranquilizarla – No, no te asustes, no voy a hacerte nada - su voz aunque titubeante, era dulce.
Margarita no comprendía ¿Por qué le hablaba de aquella manera? Aunque en parte llevaba razón no podía dárselo a entender - ¿Por qué? ¿Por qué tenía que estar asustada?
Gonzalo se acercó a su esposa, ella retrocedió un paso. Gonzalo al ver su reacción no dejó de sentir una gran desasosiego. Le costó hablar – Margarita, si estoy aquí es por lo de anoche. Me comporté... Me comporté cómo un cobarde, cómo un canalla.
La muchacha lo escuchaba y no podía comprender del todo – Sabes... ¿sabes lo que ocurrió anoche?

- Si Margarita, lo he recordado. Al parecer, por todo lo que bebí en mi mente se creó un vacío, pero hace poco lo he recordado todo. Sé que no merezco tu perdón pero quiero que sepas que estoy de lo más avergonzado. Ten... ten por seguro que nunca ¡Nunca! volveré a tocarte, si tú no lo quieres.
- Déjalo estar Gonzalo, ya no sigas - se apartó un poco de él intentando de doblar unas prendas encima de la cama.

- Debo seguir. No te merezco Margarita, sé que a pesar de lo que intenté hacer, estuviste pendiente de mí durante parte de la noche, eso... Eso que tú hiciste, otra mujer no lo hubiera hecho y hubiese hecho bien. No merecía que tú estuvieras desvelada por mí, por alguien que no deja de hacerte daño.
- ¡Ya Gonzalo! ¡Olvídate! Olvídate de lo que pasó anoche porque es lo que intento yo, ¡olvidarlo! y ahora, me gustaría seguir con lo que estaba cosiendo.
Ante el comentario de Margarita, fue cuando Gonzalo se percató de ello - ¿Por qué coses aquí? Aquí tienes poca luz y la habitación es fría, al pie de la chimenea siempre estarás mejor.
- A veces quiero estar a solas. Quizá no lo comprendas pero es así - lo dijo con apena un eco de voz y la mirada baja.

Gonzalo fue a rozar su cabello pero se contuvo. No podía hacerlo pero en su voz, llevaba toda la emoción – Si, claro que te comprendo y si te encuentras a gusto aquí haciendo tus cosas, pues nada, cómo tú quieras pero voy a prepararte un brasero, así estarás más confortada con el calorcillo que desprende sus ascuas.
- No hace falta que te moleste, estoy bien así.
- No importa lo bien que puedas estar y no es molestia ninguna, pero necesitas calentar esta habitación. Te lo subo en un momento.

Gonzalo, muy a su pesar porque hubiera deseado que ella en aquel momento le hubiese dado esa oportunidad que tanto deseaba fue a salir de la habitación, pero la voz de Margarita lo detuvo.

- Déjalo, en todo caso más tarde. En cuanto almorcemos voy a dar una vuelta, no voy a tardar mucho ya que quiero estar aquí para cuando regrese Alonso.
- Como quieras, pero procura no ir muy lejos, no conviene que te canses mucho.

Diciendo esto, Gonzalo salió perdiéndose escalera abajo. Cuando se quedó sola se dejó caer toda abatida en la cama. Las lágrimas afloraron a sus ojos negros. Estaba desconcertada ante la presencia de él. Hubiera querido echarle en cara todo lo que sintió la noche anterior ante lo que pretendió hacer con ella pero no pudo. Al escucharlo hablar, no pudo hacerlo.






Una decisión sin vuelta atrás.


Sentada en una roca miraba esconderse el sol por el horizonte. Aquel atardecer se dejaba ver los tonos más dorados en las tranquilas aguas del lago. A pesar que era un gran paseo, decidió estirar un poquito más las piernas y se dirigió a Laguna de Piedra, ya cortaría el camino de vuelta a la Villa por la parte del bosque, pero desde allí, desde el lugar donde se encontraba el atardecer era más hermoso aún. Su mirada se perdía en aquel maravillo paisaje, allí encontraba el sosiego, allí encontraba refugio a su soledad igual que en un tiempo no muy lejano, lo hacía en el tejado pero ya allí no podía ser, ya en el tejado no llegaría quien la escuchó, quien la aconsejó, donde tanta veces se vio envuelta en la magia que escondía el embozado. Ya aquella magia desapareció cuando él, quedó al descubierto.

No podía evitar las lágrimas, no podía evitar todo lo que había pasado en tan poco tiempo. Ella no podía dar marcha atrás en el tiempo, pero de ella dependía que el presente, el futuro, fueran más llevadero, sólo era cuestión de escuchar pero no por hacerlo sería más feliz. Para ella, la felicidad ya no existía, ni en el presente y tampoco la tendría en el futuro. Su felicidad se truncó aquella tarde cuando decidió subir al palomar y con ello, la pérdida de su hijo. Quería buscar el momento de escucharlo. De escuchar de él, todo lo que tuviera que decirle, de oír de él tantos silencios que había seguido guardando y que tanto daño habían hecho, debía darle esa oportunidad que tanto esperaba de ella. Suspiró profundamente. El sol ya se había ocultado y comenzaba a hacer algo de más frío, se arrebujó en su toca. No se había dado cuenta que la tarde había ido decayendo. Tenía que volver si no la cogería por completo las sombras de la noche. Se limpió el rostro de llanto y se levantó para ponerse en marcha. Lo hizo por el borde de la planicie evitando algunas rocas y piedras calizas, el terreno era muy igualado y no había mucho desnivel. Era una vista preciosa el ver que a muy pocos metros de ella, iba abriéndose el lago.

Algo la detuvo en seco. Eran cascos de caballos y al parecer se acercaban hasta el lugar donde ella se encontraba en aquel momento. Por un instante el miedo la invadió, no sabían quienes podrían ser porque parecía que era más de un caballo. Pensó que podían ser maleantes, su corazón comenzó a latir con fuerza. Cada vez los escuchaba más cerca de ella, tenía que esconderse hasta que pasaran de largo. A toda prisa volvió sobre sus pasos bajando por un declive y corriendo por la orilla fue a buscar refugio entre las grandes rocas que abundaban en torno al lago. Encontró una oquedad e introduciéndose se resguardó en ella. El silencio era absoluto, ya ni siquiera el trinar de los pájaros se dejaba oír, sólo los cascos se escucharon encima donde ella se ocultaba. Escuchó voces, al parecer eran dos hombres, aunque tenía miedo buscó postura para escuchar algo. Por un momento sintió que el corazón se le paralizaba al reconocer una de aquellas voces. ¡Era la voz de su marido! ¿Pero qué estaba haciendo allí? No creía que fuera en busca de ella, por un instante estuvo por salir pero de nuevo se quedó paralizada.




Gonzalo había bajado del caballo. A pesar de las protestas de Sátur que intentaba que recapacitara hizo lo que había ido a hacer allí. Tomó el envoltorio donde guardaba la katana y desliándolo, lo sacó de la funda. Su mano tiró de la empuñadura, el arma, cuyo acero a pesar ya de la poca luz que quedaba del atardecer, brillaba ante sus ojos, las plumas, que en aquel momento parecían más rojas que nunca se movían cómo una caricia por el airecillo que se iba levantando. Dejando caer el lienzo que había envuelto la katana, Gonzalo se acercó al borde del montículo. Sátur ya se había bajado del caballo acercándose a su amo.

- Amo por Dios, recapacite, piense en lo que va a hacer. Si tira la katana al fondo del lago para enterrar a Águila, se entierra usted mismo, ella es parte de usted. Usted se formó como guerrero y no podría vivir sin la parte que le falta. Mire, espere que la señora decida a escucharlo, luego, haga lo que crea conveniente, ¡pero antes no!
- ¡No Sátur! Para mí, ella, mi esposa, si es parte de mí y si tengo que enterrar a Águila para que mi mujer vuelva a mí, no hay nada que me impida a lo que he venido hacer aquí. En estos momentos mi familia está por encima de todo.
- Su familia, ¡pues no ha pensao en Alonsillo! ¿No se pone a pensar que dirá el chiquillo cuando vea que Águila a desaparecío? Que cuando suba al tejao esperando verle aparecer, pase el tiempo y no llegue, ni un día, ni otro... Para el niño Águila es su héroe, será una gran desilusión ver que su héroe se esfumó como el humo.

- Sátur, los niños tienen la gran facilidad de olvidar pronto. Para él, sólo habré sido un mito que igual que apareció un día, se esfumó sin más como tú dices.
- Amo, ¡en cabezonería nadie le gana! ¡¿Pero qué puedo decirle para hacerle cambiar de su idea por Dios!!? Amo, ¡sus orígenes! ¿Qué va a pasar con ellos? porque ponerse a averiguar como maestro, no puede.
- En estos momentos no me importa mis orígenes, siempre viví sin ellos. Para mí, mis padres seguirán siendo con los que me críe y que de ellos recibí su gran amor y sus cuidados, en parte a ellos les debo el hombre que soy, con mis virtudes y con mis errores.
- Pero amo, piense por Dios, ¡piense!
- Nada, Sátur, nada de lo que me puedas decir me va a hacer cambiar, así, que voy a hacer a lo que he venido aquí y no hay nada más que hablar.

Gonzalo, apretando la empuñadura desplazó su brazo hacia atrás, tomando impulso alzó con su mano derecha la katana a la altura de la cabeza. Con fuerza, la arrojó hacia la parte donde el lago más se abría y donde sus aguas eran más profundas. Sátur, en silencio y reprimiendo las lágrimas que querían aflorar a sus ojos, vio como la katana iba cayendo.

Margarita había escuchado todo lo que habían hablado y tenía el corazón sobrecogido. Desde su escondite, sus penetrantes y grandes ojos como la noche vieron cómo la katana volaba por el aire cayendo ante sus ojos, poco a poco, lentamente, cómo si se resistiera caer al agua que esperaba para engullirla. Tras chocar contra aquellas doradas aguas, la katana se hundió en ellas levantando con su hundimiento un torrente, como si de las profundidades naciera un hermoso manantial. Luego, todo volvió a la calma, las aguas del lago volvieron a hacer lo que eran, tranquilas, sólo eran mecidas por un dulce vaivén causado por el aire que cada vez era más frío. La joven, con lágrimas en sus bellos ojos dejó de mirar el lugar donde la katana se había hundido y quedado para siempre. Se cubrió el rostro con las manos ahogando un sollozo.




Gonzalo no dejaba de mirar a Sátur – Me extraña que todavía no haya vuelto, salió antes que nosotros y ya es noche cerrada.
Alonso salía de la habitación – ¿A dónde fue la tía? – se había acercado a la mesa y se acodó en ella poniendo la barbilla en sus manitas.
- Hijo, fue a pasear como últimamente suele hacerlo, a la laguna pero a tu tía no acostumbra que le coja la noche, tú no te preocupes, espero un poco más y salgo en su busca.
En esto, la puerta de la calle se abrió dando paso a una Margarita algo pálida. Alonso salió corriendo hacia ella abrazándola con fuerza – ¡Tía, ya estás aquí!
- Claro mi niño, ya estoy en casa. Sien... siento no haber estado aquí a tu vuelta pero no me di cuenta que el tiempo pasaba - besaba el cabello del pequeño pero a la misma vez sentía la mirada de Gonzalo en ella. Se incorporó pasando dentro de la sala.

- ¿Te ha ocurrido algo Margarita? – Gonzalo se había levantado y le salía al encuentro.
- ¡No! Es... es que como le he dicho a Alonso, no me di cuenta del paso del tiempo - apenas podía hablar. Sentía una gran congoja el ver frente a ella a su esposo - Me vais a disculpar pero voy a acostarme. Creo que tenías razón, todavía no estoy lo bastante fuerte para dar esos paseos un poco largo.
Gonzalo se había acercado más a ella - ¿Te encuentras mal?
- ¡Claro que no! Estoy un poco cansada sólo eso.
- ¡Pues vaya y descanse señora! que ya le subimos la cena ¿verdad amo? – A Sátur como a Gonzalo no le pasó desapercibido que había algo más que cansancio.

- Naturalmente Margarita, si estás cansada ve y te acuestas, ya te subimos la cena.
- No os preocupéis, no tengo mucho apetito, sólo quiero dormir.
- Todavía falta un poco para la cena, ya más tarde quizá se te apetezca tomar algo - Gonzalo intentaba adivinar que podía pasarle.
- O sino un tazón de leche calentita con una de mis ricas tortas ¿Qué le parece?
Para Margarita tanta consideración por parte de uno cómo de otro todavía la hacía sentirse  peor. Sólo contestó con un eco de voz – Como queráis.
Se arrebujó en su toca y tomó dirección de la escalera. Fue cuando Gonzalo se dio cuenta que el bajo de la falda estaba todo mojado – Margarita...

La muchacha se volvió – Dime.
- Tienes la falda toda mojada - se lo dijo señalando el bajo de ella.
No creía que él pudiera darse cuenta. Intentó contestar con naturalidad – Me puse a pasear por la orilla y cuando me di cuenta, el vaivén del agua me mojó un poco.
- Me imagino que los zapatos como las medias también los tendrás mojados... Cámbiate cuanto antes, puedes enfriarte - en su voz, no había aspereza ninguna, al contrario, estaba llena de ternura.
- Si claro, en cuanto suba.

– Está rara ¿verdad amo?
- Si Sátur, no sé por qué, pero me da la sensación cómo si ocultara algo.
Alonso se acercó a su padre – Padre, ¿por qué la tía ha subido a la habitación de arriba? ¿Ya no duerme contigo?
A Gonzalo le cogió desprevenido la pregunta de su hijo. Miró a su fiel criado, luego la mirada la dirigió hacia el pequeño – Verá hijo, es un poco complicado para un niño de tu edad pero yo te lo explico para que lo entiendas. Tu tía está pasando un mal momento, sabes que estuvo muy malita. Ese malestar que tuvo le impide ser mamá o sea, tu hermanito no va a venir por ahora.

- Entonces, ¿ya no voy a tener un hermano? – había una gran tristeza en la voz de Alonso.
Gonzalo no pudo reprimir las lágrimas – No Alonso, de momento no puede ser, por eso tú tía lo está pasando muy mal, está muy triste y necesita estar sola. Todos nosotros tenemos que comprenderla y apoyarla y yo necesito que tú me ayudes.
- ¿Yo padre? ¿y en qué puedo ayudarte?
- Pues que no le hagas muchas preguntas, eso la agobiaría. Ese deseo de ella por estar sola, tú, lo tomes con naturalidad y que tú, con tus cosas, la animes lo más que pueda... De esta forma, ella se irá recuperando del todo para ser la de siempre ¿Me ayudarás a ello?
- ¡Claro padre! Sabes que yo te ayudo en todo.

Gonzalo sabía, que para Alonso, eso que contara con él le hacía sentirse útil y más mayor. De esta forma, también pretendía que sus ansias por saber, su curiosidad infantil, no le diera por pensar tanto y darle vuelta a su cabecita.

Mientras, Margarita había entrado en la habitación dejando la vela a la altura de la cama. Se dejó caer en ella y fue a desatarse los cordones de los zapatos, el agua había empapado el cuero de ellos, sin embargo, no se dio prisa en hacerlo. Su mente la dejó en el lago, allí, su marido dejó enterrado una parte de él, y ella se quedó con una sensación extraña. Él había sacrificado su esencia de guerrero por ella, sólo por ella. Sin embargo, ella, ni siquiera hacía el intento de escucharlo. De nuevo las lágrimas volvían a sus ojos. Debía sentirse bien porque Águila había desaparecido, ya no habría de tener temor alguno, pero no, no se sentía bien, al contrario, se sentía mal. Mal porque se daba cuenta, que nadie podía vivir a medias y una parte de él, del hombre que amaba, reposaba en el fondo del lago.

Continuará...


Última edición por Mari carmen el Sáb Nov 12, 2016 12:47 pm, editado 2 veces
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Nov 06, 2016 11:06 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,25


En la cocina de Palacio, aquella mañana no había otro tema de conversación que la marcha de Loreto. A pesar que sus compañeros se alegraban por ella, ya que quizá a donde iba a servir iba a estar mejor que allí, al menos aseguraban que la señora no tendría el mal genio y el despotismo que tenía la Marquesa, Loreto no participaba de la alegría de ellos. Al día siguiente, en la tarde, había quedado con Margarita en la laguna y para ella era muy difícil decirle aquello que llevaba varios días abrumándola pero tenía que hacerlo. Margarita no podía estar ignorante de lo que la Marquesa de Santillana había urdido en torno a ella y que había dado su fruto.

- Loreto, hija, yo comprendo que estés algo triste porque aquí has conocido a gente maravillosa, porque lo somos ¿verdad chicos?
Los componentes del servicio y que se encontraban en ese momento en la cocina asintieron con una sonrisa abierta, confirmando lo que había comentado Catalina, ésta, no dejaba de mirar a Loreto - Pero de eso a que tengas la cara que tienes...
Loreto alzó la mirada del plato que estaba preparando – Bueno, es que aparte de que os voy a echar de menos, también pensad que dejo a mi madre y a mi hermano aquí.
- Ya, pero según tú, en cuantos estéis acomodados tirareis de ellos ¿no? ¡pues ya está! Eso sólo será un poco de tiempo nada más y otra vez la familia junta cómo debe ser, así que alegra esa cara.

- Claro, tienes razón Cata, volveremos a estar juntos, otra cosa Catalina, no se te olvide pedir la referencia a la señora, la necesito.
- No te preocupes, en cuanto suba se lo hago saber... Espero que esta mañana esté de mejor humor porque últimamente ha vuelto a las andadas. Ya me parecía que le estaba durando mucho ese cambio que durante unos meses había experimentado. Cómo dice el dicho, lo bueno dura poco.
En eso, el tintineo de la campanilla interrumpió la conversación de la servidumbre. Catalina hizo una señal a Marta – Marta termina esto, voy a ver que necesita la señora y a la misma vez le pregunto dónde quiere desayunar, porque eso otra, un día en la cama, otro en el comedor...

El ama de llaves y doncella de confianza de la Marquesa de Santillana limpiándose las manos en un paño se dirigió a la escalera y desde allí, al piso superior, cruzando el pasillo se dirigió a los aposentos de su señora. Abrió la puerta.

- Buenos día señora - fue hacia el ventanal dispuesta para abrir las contraventanas pero la voz de Lucrecia la detuvo.
– No las abras.
Catalina se volvió hacia la cama – Pero señora, ya es hora de...
- ¿De qué Catalina? Sólo te he llamado para que me des algo para el dolor de cabeza.

Catalina dejó el ventanal y se acercó al lecho, la puntera de su zapato tropezó con algo que rodó sobre el suelo. La mujer, en la penumbra de la estancia vislumbró lo que era. Una botella de vino vacía se hallaba sobre el pavimento.

- Pero señora ¿ha bebido esta noche? – mientras lo decía, se había agachado y recogido aquella botella. La depositó en la mesita comprobando que también había una copa.
- Cata, ya te he dicho mil veces que no te pago para que me cuestiones.
- Lo sé señora y le pido perdón por ello. Voy a prepararle la infusión para ese dolor - fue a salir pero se acordó de la petición de Loreto – Señora, en cuanto se encuentre algo mejor tiene que escribir una reseña para Loreto, cómo sabe usted, deja sus servicios.
- Será desagradecida, pero para lo que sirve mejor que se vaya, dile que tendrá esa referencia.

Catalina salió cerrando la puerta. Iba muy contrariada por el comentario de Lucrecia, de alguna manera u otra siempre buscaba la forma rebajar a las personas que estaban a sus  órdenes. Al menos no se había negado a darle el documento. Bajó a la cocina, por su cara casi todos comprendieron que la Marquesa no se había levantado de buen humor.

- Por tu cara Cata, como que no tiene muy buen día ¿no? – lo preguntó Luisa que ayudaba a la cocinera a despellejar una liebre.
- Voy a prepararle una infusión, anoche volvió a darle a la botella y hoy, claro, aparte de que no va a desayunar, le duele la dichosa cabeza.
Catalina puso un  cazo de barro con agua en el fuego, luego buscó en un saco unas hierbas y nada más comenzar a hervir el agua las echó en ella removiendo con una cuchara de madera. Loreto se acercó a ella - ¿Le has dicho lo de mi informe?

- Si hija, si se lo he dicho y si no hace su comentario, como que no se queda tranquila pero no te preocupes, me ha dicho que te lo va a dar.
- ¿Qué comentario te ha hecho? – la joven quería saber.
- Nada que no sepamos... Para ella, toda su servidumbre es una desagradecida y no servimos para nada pero que eso no te quite el sueño, que tú aunque tienes tus cositas, vales mucho. Lo que yo no sé cómo te vas a valer ahora que te vas, sin subir a la atalaya para ver la laguna.
- ¡Ay Cata! Eso lo voy a echar mucho de menos, mi laguna no voy a encontrarla en ningún otro sitio... Es tan hermosa, con ese paisaje que tiene a su alrededor...

- Loreto, baja de las nubes, al menos mañana te podrás despedir de ella ya que te vas a reunir con Margarita allí. ¡Vaya dos! Las dos sois iguales de soñadoras con respecto a ella, yo no veo lo que vosotras apreciáis... Es bonita y para los enamorados no deja de ser un lugar con cierto encanto, pero nada más.
- Cata, si vieras Laguna de Piedra, al estar el terreno más elevado se ve un paisaje precioso... Allí, el lago se abre, se extiende dejando ver sus rocas y piedras calizas, las grutas que suelen haber en su entorno y que algunas ni siguieran se aprecian porque las ocultan la maleza que nacen por esa zona, le da un toque de ensueño... Todo eso, allí en Ciudad Real no lo veré.

- Pero verás y conocerás otras cosas mujer. En todo lugar hay cosas preciosas – el comentario lo había hecho María que preparaba el desayuno de los demás componentes de Palacio. El hecho de que la Marquesa no quisiera desayunar, los demás, no tenían porque no hacerlo.
Catalina había terminado de preparar la infusión y colocando la taza en una pequeña bandeja se dispuso a subir – Subo esto y vosotras daros prisa con el resto del desayuno, en cuanto baje, nos ponemos con el almuerzo. Aunque hoy Micaela, por parte de la señora no va a probar esa exquisitez que vas a preparar, pero sabe lo que te digo, ella se lo pierde.




Unos toques en la puerta, hizo que Sátur fuera abrir. Era Cata – Buenas Sátur.
- ¿Qué hay Catalina?
Cata pasó al interior y el buen criado cerró la puerta mientras se dirigía a ella – Si buscas a la señora Margarita, se encuentra arriba, en el cuarto de la buhardilla.
La mujer lo miró un poco extrañada - ¿Y qué está haciendo allí? no me dirás que está haciendo limpieza, pues no creo que todavía esté lo bastante fuerte para eso.
Un movimiento de cabeza de Sátur hizo que no siguiera con su comentario – No es limpieza lo que está haciendo. Sube, sube y ya sabrás el porqué de estar allí.

Catalina, más confundida aún fue hacia la escalera pero antes de subir se volvió hacia el buen sirviente y amigo de los Montalvo – Si viniera Cipri, le dices que espere, que no voy a tardar, sólo el tiempo de recoger la ropa.

Subió los peldaños hasta llegar ante la puerta de aquella habitación. Estaba sólo entornada por lo que la empujó y sólo tuvo que recorrer sus ojos para poder comprender algo de lo que veía. Margarita notó la presencia de alguien, giró su cuerpo. Se hallaba sentada en la sillita baja y se dedicaba a coser, junto a ella, a sus pies, un brasero que la mantenía calentita y la pequeña habitación caldeada.

- ¡Ah Cata, estás aquí! Ya te tengo preparado casi todo, sólo me queda esto que estoy cosiendo pero pasa mujer, no te quedes ahí.
- Margarita, ¿me quiere decir que estás haciendo aquí?
La muchacha dejó un momento su costura y se levantó dejando la prenda en su asiento – Sé que todo esto te coge de sorpresa, no hemos tenido tiempo de hablar. Cuando anoche volví de la laguna, tú ya habías pasado por casa para dejar a Alonso y nada pude contarte y durante el día de hoy, no ha habido lugar.
- Es cierto, pero creo que ahora si hay lugar para hacerlo.
- Siéntate Cata.

Catalina se sentó en la cama y Margarita lo hizo en la sillita poniendo la prenda por coser encima de la canastilla de mimbre que tenía para ello. La joven miró con tristeza a su amiga – Cata, durante un tiempo éste es de nuevo mi cuarto... Por ahora no puedo compartir alcoba con Gonzalo, me imagino que al saberme junto a él y no poder acercarse, debe ser una situación nada agradable.
- Pero... pero ¿qué es eso de no poder acercarse? Pero vamos a ver Margarita, si don Jeremías te dijo que tu organismo ya se había recuperado antes de lo previsto, y que incluso podías hacer vida marital, que sólo dependía de vosotros el cuándo y cómo... ¿Cómo me dices esto?

- Cata, nada es fácil para mí... No... no quisiera volver a quedarme embarazada.
Catalina no comprendía - ¿Temes volver a quedarte preñá? ¡Si ante lo que te ha pasado es lo mejor que te pudiera pasar criatura! Eso te ayudaría a recuperarte de esa frustración.
- ¡No Cata! ¡No quiero pasar por lo mismo!
- ¿Por qué no lo hablaste con el doctor? Él te hubiese aconsejado.
- Porque no lo creí oportuno. Es algo que sólo debía quedar para mí.
- Ya, y me imagino que Gonzalo no sabe lo que te dijo don Jeremías ¿no?
- Bueno, él me preguntó claro, y lo único que le dije que el doctor me había encontrado bien, sólo eso ¿Cómo crees que le iba a decir lo otro? si lo que quiero es...

- Si, que no te toque ¿Qué piensa tu marido de todo esto? porque me imagino que no debe de estar muy de acuerdo con tu decisión.
- No... no está muy de acuerdo, es lo normal pero no se ha opuesto.
Catalina la escuchaba y no podía entender – No se ha opuesto ¿Sabes por lo que él tiene que estar pasando? ¿Sabes lo que es para un hombre tener a su mujer en el piso de arriba cuando el sitio de ella es estar compartiendo lecho con él?

Margarita con la cabeza inclinada escuchaba lo que para ella era una reprimenda de Catalina. Lo que no sabía su amiga y no lo podría saber nunca, que aquello, no era sólo lo que la hacía poner distancia entre ella y su marido. Eso sólo quedaría para él y para ella. Miró a su amiga intentando que comprendiera.

– Cata, necesito tiempo... Necesito asumir la pérdida de ese hijo que con tanta ilusión esperaba. Si me alejo de él es porque no quiero volver a vivir la experiencia de un embarazo. No quiero volver a ilusionarme para que de nuevo ese embarazo no se logre. ¡No quiero!
Catalina movió la cabeza – Margarita no puedes obsesionarte con eso, el que te haya pasado una vez, no quiere decir que vuelva a suceder y a tu marido no puedes tenerlo a pan y agua... Él es un hombre y para él no tiene que ser fácil todo esto.


Margarita se había vuelto a sentar para seguir cosiendo, se giró un poco para mirarla - ¿Y para mí es fácil? ¿Es fácil todo esto que ha pasado?
- ¡No Margarita! pero nadie ha provocado esta situación, las cosas han venido así y nadie tiene la culpa pero lo que tú estás haciendo con Gonzalo y contigo misma, si. Tú puedes poner remedio a eso, no te apartes de él, refúgiate en tu marido, conozco a Gonzalo y yo sé que él sabrá esperar y tú, poco a poco lo irás buscando y sin temor alguno pero no te apartes de él. ¿Qué quieres? ¿Que ese alejamiento que tú estás provocando con tus miedos haga que Gonzalo busque consuelo en otra mujer? ¡pues eso es lo único que vas a dar a lugar!

La muchacha miró consternada a su amiga, en ningún momento se le había pasado por la mente una cosa así – Cata no digas eso... Yo... yo sólo quiero un poco de tiempo nada más y él debe comprenderlo.
- Gonzalo debe comprender y ¿tú? ¿Por qué no comprendes tú, que tu marido te necesita como esposa y como mujer?
Margarita con gesto huraño dio la última puntada. Puso la aguja en la almohadilla quitándose el dedal, luego cogió la prenda y la dobló sobre su regazo. La colocó en la canastilla con las demás ropas. Preguntó a su amiga pero sin mirarla - ¿La planchas tú?

Catalina se levantó – Estás enfadada ¿no? Tú quieres que yo te dé la razón ¡pues no te la doy porque no la llevas! ¡así que ya tienes más que motivos para enfadarte! y no te preocupes, ya las plancho yo - cogió la canastilla y fue a salir de la habitación no sin antes hacerle un recordatorio – Loreto me ha dejado dicho que no te olvides de lo de mañana, que te espera en el sitio acordado - diciendo esto salió del cuarto bajando la escalera hasta la sala principal.




Gonzalo, sentado ante la mesa junto con Cipri y Sátur conversaba con ellos cuando vio bajar a Catalina, apreció que algo le pasaba, lo confirmó al llegar ésta a la mesa.

– Cipri, cuando quieras nos vamos.
- Cata, ¿pasa algo? - preguntó con cierta preocupación.
- Pasa, que si a tu mujer no se le da la razón no está contenta, eso es lo que pasa... Venga Cipri que tengo que planchar esto y quiero que me arregles esa balda que se me ha caído. ¡Murillo, que nos vamos!
Al momento el pequeño salió de la habitación de Alonso seguido de éste. Catalina levantó la carita de su hijo. Sacó un pañuelo del bolsillo del delantal limpiándole a Murillo la nariz – A ver si aprendes a limpiarte en condiciones los dichosos mocos, que una tiene que estar en todo.

Cipri se levantó y haciendo un gesto a Gonzalo esperó que Catalina decidiera a marcharse. Cata, cogiendo de nuevo la canastilla que había depositado en la mesa y poniéndosela en el cuadril se volvió hacia su vecino y amigo – Ahí te quedas... Tienes el cielo ganado con la que te ha tocado en suerte – lo dijo haciendo un gesto hacia el piso de arriba.
Gonzalo sonrió, más que una sonrisa fue una mueca – Quizá, lo que me gane sea el infierno.
- ¿Tú? Si yo no te conociera, pues ahí te quedas y paciencia, no te queda otra. Hasta mañana, esto también va por ti Sátur, que luego dices que no te digo nada.

- Hasta mañana y espero que entonces estés de mejor humor.
- ¿Yo? ella, la que está arriba y que ni siquiera ha hecho por bajar.
- Catalina, me metiste prisa y ya ves, todavía estamos aquí.
- Perdona Cipri, anda vamos... Venga Murillo, tira pa’ lante.

Gonzalo se levantó y acompañó a sus amigos hasta la puerta. Ellos salieron dando de nuevo las buenas noches, Gonzalo cerró la puerta y volvió sobre sus pasos, de nuevo se sentó ante la mesa. Sátur no dejaba de mirarlo - ¿Qué habrá pasao entre las dos?
- Cualquier cosa, basta que una y otra no hayan estado de acuerdo en algo, pero no te preocupes, la sangre no llegará al río.
- Bueno amo, voy a preparar la cena.
- Y yo voy a seguir con la temática de mañana que a este paso no voy a conseguir repasar nada de ella - cogió el libro entre las manos y comenzó a ojearlo pero su mente estaba en el piso de arriba.

Gonzalo si intuía lo que podía haber pasado. Estaba más que seguro, que él, era parte del conflicto entre las dos amigas.

En la habitación de la buhardilla, Margarita se debatía ante lo que le había expuesto Catalina y lo que ella sentía al alejarse de su marido. Lágrimas rebeldes y de celos se deslizaban por sus mejillas sólo de pensar que él, su esposo, buscara refugio en los brazos de otra mujer.







Catalina terminaba de recoger la mesa, ya Murillo se había retirado a su dormitorio a descansar y Cipri daba los últimos toques a la repisa para asegurarla. En el tiempo que había durado la cena, Cata apenas había hablado. Cosa que en ella no era normal por lo que al parecer, el enfado con Margarita era más serio de lo que se podía suponer.

- Mujer, cambia esa cara, no creo que lo que ha pasado sea para tanto.
- Es para eso y más. ¡Si es que lo que hace esta criatura no es normal! Cipri, yo lo único que quiero es su bien, el de ella y el de Gonzalo pero con esa aptitud lo que va a lograr es hacerse más daño, eso es lo que va a pasar.
Cipriano, a la vez que estaba en lo suyo. escuchaba a Cata y la indignación de ella ante la reacción de Margarita era visible. Quiso quitar aspereza a la situación – Catalina, en estos momentos la criatura no tiene cabeza para mucho. Siempre ha sido muy impulsiva y cuando se le mete una cosa en la mollera como que no ve más allá de sus ojos.

- Ya Cipri, pero esto que le está pasando cómo que no. Ella no debe obsesionarse con esa idea, eso no es bueno... Porque eso de ella acostarse en una habitación y su marido en otra, no está nada bien por muchos miedos que tenga, Margarita debe vencer esos miedos e intentar olvidar la desgracia por la que ha pasado. Ella más que nunca debe buscar el apoyo de su marido, de buscar su cariño, no de rehuirle como lo está haciendo.
- De una manera u otra, todos rehuimos en un momento determinado - Cipri se había acercado a la mesa limpiándose las manos del polvillo de la madera.
- ¿Qué me quieres decir con eso? - Catalina alzó la mirada hacia él con el ceño fruncido.

El buen posadero se sentó junto a ella y le tomó las manos, se las apretó con cariño entre las suyas – Al poco de recibir la noticia de que Floro había muerto, pude comprender tu alejamiento, de hecho lo hablamos, yo también me sentía culpable pero los día han ido pasado, hace dos meses de eso y tú no haces por volver a acercarte a mí, me rehúyes, en cambio, yo he perdido el sentimiento de culpabilidad que tuve al principio y se me hace muy cuesta arriba no poder acariciarte, besarte... amarte...

Catalina lo escuchaba conmovida, sabía que tenía razón, también por parte de ella debía dejar de sentirse culpable ante sus sentimientos. Tenían derecho a hacer felices. Con lágrimas en los ojos puso el dedo índice en los labios de él – Calla, no sigas, déjame a mí decirte...

Quitando su dedo de los labios del hombre, Catalina buscó la boca que deseaba amar. Acarició con sus labios los de él. Cipri sintió un gran gozo al ver que ella se estaba entregando a través de aquel beso. La mano del hombre buscó su nuca y la besó apasionadamente a lo cual, Catalina correspondió llena de amor. Por un momento el tiempo de detuvo para ellos. Cuando Catalina se apartó de Cipri, sus rostros irradiaban felicidad. Cata se levantó y tomando la mano de Cipriano hizo que él hiciera lo mismo. Tirando del hombre se lo llevó a la escalera incitándole a subir, a subir con ella a su alcoba, a culminar, lo que había iniciado con aquel beso.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Nov 12, 2016 1:44 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,26


La tenue luz del nuevo día entraba por la pequeña ventana de su cuarto. No había podido conciliar el sueño. Toda la noche se había llevado dando vuelta en la cama. Lo que le dijo Catalina la dejó demasiado abrumada. Habían pasados cosas que la habían hecho rehuir de su marido pero a pesar de esa cosas, no había dejado de amarlo por más que lo intentó pero estaba demasiado dañada para que su vida con él fuera normal. Eso no podía evitarlo, pero no le quitaba el sentir dolor al imaginarlo que pudiera estar con otra mujer, buscando lo que ella en aquel momento no podía darle.

Apenas en la noche anterior habían cruzado palabra. Cuando bajó después de irse Catalina, lo hizo a punto de la cena. Apreció la mirada de Gonzalo puesta en ella como queriendo adivinar que podía haber pasado entre ellas dos. Sólo Sátur hizo referencia al enfado de Catalina y como se marchó a su casa. Ella se limitó a callar, no sabía qué explicación dar, por eso prefirió mantenerse al margen. Luego, poco más. Gonzalo se enfrascó en la lectura, ella ayudó a Alonso a acostarse y estar junto a él hasta que se quedó dormido, después, se retiró a su cuarto y en aquel momento estaba como se acostó, con los ojos de par en par pero más cansada si cabía.

Los toques de las campanas le dijeron en la hora que vivía. Fueron ocho toques. Decidió levantarse, le dolía el cuerpo de dar vuelta en el lecho. Puso sus pies en el suelo de madera, cogiendo su toca se la echó por los hombros. Se quedó mirando un punto fijo. ¿Qué iba a ser con su vida? ¿Hasta cuándo no intentar escucharlo? Gonzalo, por recuperarla, había sacrificado parte de él. Una parte, que ella quizá no sabía cuanta falta podía hacerle. No sabía que alcance pudiera tener para él, haber dejado de ser Águila Roja por amor a ella y sin embargo, ella, no hacía nada. Nada por un acercamiento, nada por escucharlo, nada... ¡No hacía nada!

Se pasó abatida sus manos por el rostro. No quería pensar ¿Para qué? Sus pensamientos no la llevaban a nada en concreto, sólo a seguir sufriendo. Se levantó y paseó la habitación. Suspiró profundamente y se dispuso a hacer la cama pero primero abrió la puertecita de la ventana haciendo que un airecillo helado entrara por ella. Noviembre se hacía notar, dentro de nada, el aire, el viento, arrastrarían de la sierra del Guadarrama sus primeros copos, sus nieves para dejarlos caer sobre la Villa y con ello, un invierno crudo, frío y lleno de  sombras como envuelta estaba su propia esencia.




Catalina llamó a los aposentos de su señora abriendo la puerta. Lucrecia, sentada ante la mesa escribía en aquel momento. La doncella esperó. La Marquesa, terminando de escribir dobló el pliego y lacrándolo, se lo entregó a su sirvienta.

– Ten, aquí tienes, puedes dárselo y le pagas lo que le corresponda, ni un maravedí de más.
Catalina lo tomó – Así será señora - intentó que no se le notara la indignación – Si no me necesita me retiro.
- Puedes hacerlo.
El ama de llaves haciendo una leve reverencia se dispuso a salir pero la voz de su señora la detuvo – Espera Cata ¿Qué sabes de Margarita? Según tenía entendido ya se iba a incorporar a sus quehaceres en Palacio.

- Si señora, ya está más recuperada y su idea es hacerlo en uno de estos días. La pobrecica le ha costado salir adelante pero ya parece que va a mejor.
- Yo me alegro, al menos ha podido recuperarse, pena hubiese sido lo contrario, que su hijo hubiera tirado de ella
- ¡Por Dios señora! Dios no ha querido que fuera así, aunque con cierto trabajo y sobre todo con los cuidados de su marido, ha podido restablecerse.
- Bien Cata, bien, ya puedes retirarte.

Catalina salió cerrando la puerta. El comentario de Lucrecia la desconcertó por la forma en que lo hizo. ¿Pero qué podía esperar de su señora si estaba que no se aguantaba así misma? Se dirigió a las dependencias de la cocina. Loreto estaba disponiéndose para subir a limpiar una de las alas de Palacio.

- Ten Loreto, aquí tienes el informe y lo que te corresponde de este mes - con el documento, Catalina le entregó unas monedas. Luego pegando sus labios al oído de la muchacha le dijo en voz baja – Aunque me dejó claro que no te diera más de lo que te pertenecía, ahí van unas monedas de más... A ella, le sobran.
- Gracias Catalina, voy a subir a limpiar y luego ya me voy... Tengo que preparar con mi hermana algunas cosas que tenemos que llevarnos, así, cuando mañana pase mi cuñado por nosotras, sólo estaremos listas para marchar.
- Como quieras pero si tienes que irte, te vas y punto, ya lo hará alguna de las muchachas.
- No me importa hacerlo, de verdad, tampoco me llevará mucho tiempo y la mañana acaba de comenzar. Voy a dejar esto en el vestuario y ahora vuelvo por el cubo.

Loreto se dirigió al vestuario de la servidumbre. Se acercó donde estaba su ropa y guardó tanto el documento y las monedas en la faldriquera que luego llevaría puesta sobre la enagua. Miró a un lado y a otro y volviendo a introducir su mano en ella, sacó un pliego doblado, lo miró y mordiéndose el labio inferior con cierta satisfacción, se lo introdujo en el escote procurando que no se viera.






La laguna. Tarde de tormenta.


Margarita miraba al frente, no muy lejos de donde se encontraba, sólo dos días atrás, su marido enterró dentro de las aguas del lago aquella parte de él, esa parte que ella no sabría si hubiera podido amar, sin embargo, él, su esposo por amor a ella, no dudó en dejar atrás a su otro yo. Sintió un apretamiento en su garganta. Suspiró profundamente girando su mirada hacia el camino que debía tomar Loreto hasta llegar donde se encontraba ella. Le extrañaba la tardanza de la joven criada. De la ermita más cercana, la de la Caridad, escuchó dar cinco toques. Se cruzó la toca sobre el pecho, hacía frió y el aire que se estaba levantando traería la lluvia. Las nubes ya habían ocultado el sol y las sombras de un atardecer gris y tormentoso hicieron acto de presencia. Pensó, que si de un momento a otro no aparecía se volvería a su casa. Unas gotitas comenzaron a caer. No lo pensó y se levantó para marcharse. Estuvo a punto de iniciar su camino cuando una voz infantil se escuchó a su espalda.

- ¡¡Margarita!! ¡¡Margarita!!

La joven se volvió y vio a un chico poco mayor que Alonso y que llegaba corriendo hasta donde ella se encontraba. Manuel, cuando estuvo a la altura de la muchacha intentó relajarse un poco ya que la carrera lo había dejado exhausto.

- Vaya, parece que has venido corre que te corre.
- Un poco. ¡¡Uff!! Eres... eres Margarita ¿verdad?
- Lo soy pero yo no sé quién eres tú - sonrió al chiquillo con cierto desconcierto.
- Soy Manuel, el... El hermano de Loreto.
- ¡Pues esto, sí que es una sorpresa! Esperaba verla a ella y me encuentro con un guapo muchachito. Te conozco a través de Loreto, ella habla mucho de ti. A ver, ¿cómo es qué estás tú aquí y ella no? Has venido a avisarme que tu hermana no puede venir, ¿a qué es eso?

- Bueno, algo parecido. Mi hermana ha tenido que marchar antes de lo que tenía previsto, mi cuñado ha llegado esta mañana y han salido poco después del almuerzo para Ciudad Real, le ha sido imposible avisarte pero me ha dejado esto para ti... Me dijo que era muy importante.
Manuel, a la misma vez que hablaba, se había sacado de su bolsillo con cierto trabajo un saquito de arpillera entregándoselo a Margarita, ésta lo tomó y lo miró extrañada - Que... ¿Qué es esto?

El muchachito se encogió de hombros – No lo sé, sólo me dijo que tuviera cuidado... ¡Ah! también me ha dado esto para ti - de nuevo se introdujo la mano en el otro bolsillo y sacó un papel doblado dándoselo a la muchacha. Margarita cada vez comprendía menos.
- Bueno, me voy, que mi madre me dijo que no tardara mucho en regresar, que la tormenta me podía coger por el camino y a ti te digo o mismo ¡Date prisa en volver a tu casa ya está comenzando a llover! ¡Adiós Margarita!
- Adiós Manuel y gracias.

El chiquillo salió corriendo y la joven se quedó mirando lo que tenía entre las manos. En aquel momento sólo chispeaba, Margarita con mano temblorosa abrió el saquito e introduciendo sus dedos sacó el frasquito de cristal. La muchacha lo miró sin saber que era aquello. Hizo un gracioso mohín y sentándose en la roca deslió el pliego de papel y comenzó a leer...

“Querida Margarita, tengo que salir de inmediato, no puedo verme contigo como quedamos. No sólo quería despedirme de ti sino que hay algo que debes saber... No hace mucho que lo descubrí pero el temor ha hecho retenerme a decirlo. Ante tu próxima vuelta a Palacio no podía mantenerte al margen... No puedo ser más explícita, ya que me da miedo que esta carta por las casualidades de la vida pueda caer en manos de cualquiera, por eso, mi hermano no sabe de su contenido. Sólo te hago saber, que ese frasco que te mando es el causante de que perdieras a tu hijo. Tu aborto no fue algo natural, alguien te quiere mal y lo provocó. Perdóname por no decírtelo antes pero tenía mucho miedo, sólo una última cosa... No vuelvas a Palacio ¡No vuelvas!
                                               
                              Te deseo toda la felicidad Margarita. Cuídate. Un abrazo...
                                                                                                           
                                                                                                     Loreto



Según había ido leyendo, Margarita sintió una gran opresión en el pecho. Su corazón comenzó a latir con fuerza. ¿Pero qué era aquello? Miró con ojos incrédulos aquel frasquito, aquello, según lo que había leído de Loreto era el causante de la pérdida de su hijo, el causante de que ella no fuera madre. ¿Por qué? Algo se le cruzó por la mente llenándola de horror. ¡No podía ser lo que estaba pensando! Quería desechar la idea que le había pasado por la cabeza pero Loreto le hablaba de que alguien la quería mal y le pedía que no volviera a Palacio. Sintió que se ahogaba. Con dedos temblorosos tiró del pequeño tapón y aspiró el contenido del frasco. Era un olor penetrante, desagradable, pero a ella nada le decía. Volvió a tapar el botecito.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Si ella comprobaba que era lo que contenía aquel frasco saldría de dudas, tenía que estar segura de ello. Sólo una persona pudo desear que ella no lograra su embarazo, sólo una. Una persona a la que creyó. Creyó en sus mentiras cayendo en su tela de araña. Por su mente pasó la mañana anterior a la frustración de su embarazo, aquella mañana Lucrecia tuvo mucho interés que ella tomara aquel zumo de naranjas... Un zumo, cuyo sabor no era el habitual. Margarita se cubrió el rostro con las manos. Un sollozo escapó de su garganta. Él, su marido, se sentía culpable de la pérdida de su hijo y ella también lo sentía así. Lo culpó con el pensamiento, con su mirada mil veces, cuando la única culpable fue sólo ella, ella por no tener en cuenta a Gonzalo y su petición de que no volviera a Palacio. ¡Cuántas veces le dijo que Lucrecia mentía! ¡Cuántas! y ella, no quiso creerlo. ¡No quiso!

Un trueno retumbó en el silencio de la tarde y una ráfaga de aire frío hizo que la lluvia cayera con gran fuerza. A la joven la cogió desprevenida. En un momento el agua la caló, no podía quedarse allí. Apresuradamente se guardó el saquito con el bote y la carta en la faldriquera. La tormenta la tenía encima y la lluvia caía con gran fuerza. El viento le impedía seguir. Pensó en refugiarse hasta que pasara, de aquella manera era imposible volver a la casa. Las lágrimas se fundían con el agua que le caía por el rostro abajo. Cómo pudo, corrió varios metros bajando un desnivel.  

Con toda la prisa que le permitía el azote del viento y el agua, fue sorteando las rocas que se encontraba a su paso, tenía que llegar a una de aquellas grutas para poder refugiarse. En su prisa y por causa del fuerte aire al pasar por una maleza que sobresalía de la pared rocosa de la loma, su toca quedó enganchada entre aquellas ramas. No se preocupó en recogerla, después de una carrera que no le veía final, halló lo que buscaba con ansia. Se refugió en ella acurrucándose y metiendo la cabeza entre sus piernas. La luz de los rayos iluminaba el interior de aquella cueva. Estaba asustada, muy asustada, por la tormenta y por lo que guardaba en su bolsillo. Más que asustada, estaba aterrorizada de pensar la de veces que lo había culpado en silencio y su marido, sólo era una víctima más de la crueldad de Lucrecia. Un nuevo relámpago iluminó el interior de la gruta, el fuerte viento hacía impulsar el agua del lago dentro de la oquedad. Margarita necesitaba quitarse  de la entrada.

Se incorporó, con pasos lentos y cautelosos se adentró un poco más. No sabía que grande o pequeña podía ser, sólo quería alejarse un poco de la entrada pero a oscuras no sabía donde pisaba, sólo las luces de los relámpagos le daba la luz necesaria para ver por un instante. Avanzó sujetándose a las paredes rocosas pero su pie encontró el vacío. Había una especie de escalón o socavón pero la muchacha no lo pudo apreciar por lo que perdió el equilibrio cayendo al suelo golpeándose con fuerza el hombro. El dolor fue intenso.

Durante unos minutos se quedó en la misma postura que cayó ya que el dolor le impedía moverse, pero comprendía que no podía quedarse de bruces, tenía que hacer un esfuerzo para al menos poder quedar sentada. Con mucho trabajo y utilizando sólo el brazo derecho, fue intentándolo como pudo para quedar sentada en el suelo y apoyada en la rocosa y húmeda pared. Lloraba por el dolor que sentía y por la soledad en que se hallaba. Desde donde se encontraba no podía ver la entrada de la gruta pero hasta ella llegaba el resplandor de los relámpagos y el ruido de los truenos. Sentía frío, y lo peor que aunque la tormenta amainara ella no podía moverse, no podía salir de allí sola.

- ¿Qué voy a hacer Dios mío? ¡Ayúdame! Ayúdame a salir de aquí.




Catalina con la toca echada por la cabeza entró y Sátur cerró la puerta - ¿Cómo tú por aquí y tan temprano?
- Me sentí indispuesta y tuve que venirme de Palacio. Me eché un rato y parece que me he puesto algo mejor... ¡Vaya cómo se ha puesto la tarde!
Gonzalo iba de un lado a otro bastante airado - ¿Cómo se le ha ocurrido salir con la tarde que se presentaba? ¿Cómo se la ha ocurrido?
- Vaya, ya veo que estás que te subes por las paredes, por lo que comprendo que tu mujer no ha vuelto todavía... Gonzalo, cálmate, nadie podía imaginar que fuera a caer una tormenta como esta. La criatura quedó con Loreto y cuando se fue no daba a entender que iba a ponerse la tarde cómo se ha puesto, que podía llover puede, pero lo que está cayendo, cómo que no - Catalina se había sentado ante la mesa.

- Catalina, que si no es por una cosa es por otra le ha dado por ir al lago... Pienso en la que le puede estar cayendo encima, acaban de dar las siete y ya es noche cerrada Cata.
- Pienso amo, que a lo mejor se ha podido guarecer en algún sitio hasta que pase la tormenta...
- Pero Sátur, ¿dónde? Desde la laguna hasta aquí no hay nada, todo es bosque y campo a través - Gonzalo se detuvo – No espero más, voy en busca de ella.
- Gonzalo,  piensa que ella tire por un sitio y tú por otro... Vamos a esperar un poquito y si vemos que no aparece ya se sale en busca de ella, quizá en este tiempo amaine el temporal.

Unos toques en la puerta hicieron que Gonzalo se diera prisa por abrir, pensaba que era Margarita pero su rostro demostró la desilusión al ver que no era ella.

- Gonzalo, no esperaba que me recibieras de esta forma, por tu cara diría que no soy bien recibido.
- No hombre, no...  Anda, pasa, esperaba que fuera mi mujer.
Cipri, traspasó el umbral quitándose la capa y dejándola en el perchero que había junto a la puerta. El buen tabernero se volvió hacia su amigo – ¿Margarita está en la calle con este tiempo?
- Si Cipri, salió esta tarde y aún no ha vuelto. Estoy preocupado por ella, ya debería estar aquí - mientras hablaba, había cerrado la puerta.
Cipri se acercó a la mesa donde Catalina estaba sentada – Buenas Cata.
- Hola Cipri y a ver si le quitas a este hombre el temor que tiene.
Cipriano se sentó junto a ella – Bueno, hay que comprenderlo... Con este tiempo y que esa criatura esté en la calle con la que está cayendo, yo estaría igual que él.

Catalina le sonrío con los ojos y cuya sonrisa no pasó desapercibida para Gonzalo y Sátur. La luz de un relámpago iluminó toda la estancia seguida de un fuerte trueno. Los niños salieron corriendo de la habitación de Alonso y buscaron refugio en brazos de los mayores.

- ¡No espero! ¡Voy en busca de ella! Alonso, hijo, voy a salir, anda, ve con Cata... Sátur tú te vienes conmigo, coge dos antorchas - mirando a Catalina preguntó - ¿Sabes más o menos en qué lugar quedaron?
- Pues según le dije a tu mujer, Loreto me hizo saber que quedaban en Laguna de Piedra, a la altura de la ermita, Gonzalo, que te conozco, no la riñas, sé que estás muy preocupado pero no le digas nada.

Gonzalo no contesto al comentario de Catalina pero no sabía cómo podía reaccionar ante lo que él creía una irresponsabilidad por parte de su esposa.

Cipri se había levantado – No me dejes fuera, si somos tres, mucho mejor, ¿no crees?
- Yo veo mejor que te quedes con Catalina y los niños.
- No Gonzalo, por mí, no... Yo nunca le he temido a los temporales y por los niños no te preocupes, ellos van a estar bien, prefiero que Cipri vaya con vosotros.
- Pues entonces no esperemos más.

Gonzalo, cogiendo algunas cosas que podían necesitar se fue hacia el perchero y tomando su capa se dirigió a la cuadra seguido de Sátur que ya había cogido las antorchas. Cipri después de dirigir una mirada de amor a Catalina salió tras ellos.

– Mientras preparáis los caballos, voy por el mío, os espero en la puerta de la cuadra - lo dijo mientras se abrochaba la capa y echaba una mirada al cielo - Ya parece que llueve menos, la tormenta se aleja Gonzalo.
- No importa, de todas maneras voy en busca de mi mujer - lo dijo en tono bastante preocupado y mientras preparaba a Minero.
- Y nosotros contigo hombre, ya verás que nos la encontramos bien. Bueno, os espero en mi puerta.

Cipri salió de la cuadra y se dirigió con paso presuroso a la taberna. Aquella noche, había optado por cerrarla antes ya que debido al mal tiempo no esperaba que se pasara mucha clientela. Nada más entrar, se dirigió al establo ensillando su caballo. Lo hizo con prisa y cuando estuvo listo salió de la cuadra cerrando la puerta. Esperó a Gonzalo y a Sátur al pie de ella.




En la gruta, Margarita estaba aterida y con el fuerte dolor causado por la caída. No sabía que podía pasarle en el brazo pero no lo podía mover. Se sentía angustiada, la noche avanzaba. Hacía poco que parecía que la tormenta había cesado por lo que estaba completamente a oscuras, ya no había ningún relámpago que la alumbrara en la soledad de aquella cueva. Tenía la boca seca y sin embargo estaba muerta de frío. Quiso moverse porque estaba cansada de la misma postura pero el dolor se acrecentó y no pudo hacerlo, Dejó caer la cabeza sobre aquella pared abrupta y exhaló una petición.

- Ven Gonzalo, ven a por mí... Ya... ya no puedo aguantar más... Tú... tú, eres el único que puedes sacarme de aquí... Por favor, no me dejes... Ven, te necesito...

Rompió a llorar amargamente su soledad y su miedo.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Nov 13, 2016 2:52 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,27


Habían llegado a la altura de Laguna de Piedra. Durante el trayecto no vieron rastro de Margarita. Allí, en Laguna de Piedra, Gonzalo podía intuir donde podía haber quedado su mujer con Loreto si tomaba como referencia la ermita que se alzaba encima de ellos. Más o menos, era donde ellos habían ido en el verano y también donde habían solido pasear a comienzo de otoño.

- Si ante la tormenta ella ha buscado un refugio, sólo puedo pensar que haya optado por guarecerse en una de las grutas de las que abundan alrededor de la laguna.
Cipri se lo quedó mirando - ¿Y en cuál de ellas? porque haber, hay más de una cómo tú dices.
- Mira, esa zona que ves ahí, es donde creo que Margarita haya podido estar. Si ha buscado refugio en una de esas grutas, lo lógico que se haya resguardado en la primera que haya encontrado, sólo hay que buscar esa gruta... Más adelante hay un declive, bajaremos por él y seguiremos por la orilla del lago.

- Gonzalo, ¿por qué piensas que haya buscado refugio por este lado? De todas maneras Laguna de Piedra está rodeada de esas cuevas y ella haya podido ir por el otro.
- No Cipri, Margarita habrá cogido el camino más corto hacia la Villa, no iba a retroceder, no sería normal que hiciera eso.
Sátur portando la antorcha le hizo una pregunta a su amo – Amo, digo yo... Si ya la tormenta ha pasao, ¿cómo es qué no la hemos encontrado?
- No lo sé Sátur y eso es lo que más me preocupa, ya que hemos venido por el camino que más cerca queda de la Villa... No esperemos más e intentemos dar con ella, es lo que más deseo.

Gonzalo, impulsó a su caballo a seguir y los demás hicieron lo mismo. Llegaron a la altura del declive y con sumo cuidado incitaron a los animales a bajar por ellos. A trote lento tomaron la orilla del lago. Los cascos de los caballos se introducían en las aguas y cuyos jinetes les ayudaban a seguir ya que algunas rocas calizas les entorpecían seguir con normalidad. Gonzalo miraba con atención la pared rocosa de la loma, cualquier cosa podía indicarle que Margarita podía haber pasado por allí. Su corazón lo intentaba sosegar pero estaba que no vivía. Fue un camino dificultoso, ya que lo mismo se ensanchaba cómo se estrechaba. Algo hizo que Gonzalo detuviera su corcel. Entre unas malezas que sobresalían del montículo rocoso vislumbró una prenda, hizo que su caballo se girara un poco y alargando el brazo, su mano cogió aquella prenda de grueso paño y de color rojizo.

- Es la toca de Margarita, pienso que no tiene que estar muy lejos. Estad pendiente de cualquier concavidad por muy pequeña que sea al pie de la loma.
Sólo tuvieron que seguir poco más. Sátur que iba delante detuvo su caballo y con la antorcha alumbró una oquedad - ¡Amo, aquí hay algo!
Gonzalo llegó a su altura desmontando, Con la antorcha que él portaba alumbró el interior de la pequeña cueva – De momento no se ve más que lo que es, pero entremos, no sabemos lo profunda que puede ser.

Tanto Cipri como Sátur habían ya desmontado de sus respectivos caballos siguiendo a Gonzalo que había tomado algunas de las cosas que se había llevado con él, como unas cuerdas y la bota de agua. La gruta era estrecha y no de gran altura, tanto Gonzalo como Cipri, en algún momento que otro tenían que inclinar la cabeza porque rozaban con el techo de ella. Sólo habían traspasado unos metros, cuando algo apreció Gonzalo. Alumbró el frente de la cueva y se volvió hacia sus amigos.

– Parece que el camino se corta ahí - dijo señalando el frente – Pero parece que hay una oquedad o socavón... Sigamos, pero tened cuidado al pisar no...
No siguió hablando, su oído escuchó algo. Los tres hombres se miraron. Fue Cipri quien habló – Me ha dado la sensación de escuchar a alguien llorar o gemir...
- Y a mí también Cipri, a mí también - diciendo esto, Gonzalo apresuró el paso hasta el borde de la oquedad.

Con la antorcha alumbró y recorrió el fondo de ella. No tenía mucha altura, poco más de metro y medio. Sus ojos la buscaban, su corazón la sentía. La tenía tan cerca, que sólo tuvo que dejarse caer para correr y arrodillarse junto a ella. Dejando la antorcha en el suelo, sus manos acariciaron el rostro de la mujer amada y aunque ella tenía los ojos cerrados, sus labios pronunciaban su nombre llorando.

- Gon... Gonzalo... Gonzalo...
-¡Margarita! ¡Margarita!.. ¡Estoy aquí! ¡Abre los ojos!

Gonzalo sintió que la emoción lo embargaba. Se olvidó de su enojo. Sus manos acariciaban el rostro de ella, el cabello y que al igual que sus ropas se mantenían mojados. Se apresuró a quitarse la capa y la cubrió con ella. Alzó la mirada brillante por las lágrimas hacia Cipri y Sátur que estaban junto a él.

– Hay que sacarla cuanto antes de aquí, tiene la ropa toda empapada.

Fue a tomarla en sus brazos cuando la muchacha exhaló un quejido de dolor. Gonzalo la dejó de la misma postura. Margarita abrió los ojos, por un momento se le iluminaron.

- Estás aquí, has... Has venido a por mí - en aquel momento, sintió una inmensa alegría de verlo allí, con ella.
La joven rompió en sollozos. Gonzalo sintió que su esencia de hombre se derrumbaba ante aquel llanto. Ni siquiera podía hablar, un nudo le apretaba la garganta – No llores... Vamos a llevarte a casa pero tienes que contestarme. Te duele algo ¿verdad?
- Me caí y me golpeé el hombro... Me duele mucho y no puedo mover el brazo ¡No puedo moverme!

Gonzalo le apartó la capa y con su mano recorrió el brazo izquierdo hasta llegar al hombro, con cierta cautela al llegar a este punto lo apretó. Un dolor intenso hizo que la joven no pudiera contener un grito. Gonzalo de nuevo miró a sus amigos con preocupación.

- Tiene el hombro dislocado, hay que ponérselo en su sitio... ¡Cipri, voy a necesitarte!
- Tú dirás Gonzalo - el buen tabernero se arrodilló junto a sus amigos.
Antes de contestar a Cipri,  Gonzalo se volvió hacia su esposa que no podía contener el llanto. Acariciando su bello rostro contraído por el dolor, le levantó la barbilla y le habló lleno de ternura – Margarita escucha, vamos a ponerte el hombro en su sitio. Sólo tienes que dejarte hacer ¿vale?

La muchacha asintió con la cabeza. Gonzalo le sonrío – Siempre has sido muy valiente... Voy a intentar no hacerte mucho daño - sus ojos se posaron en el posadero y buen amigo - Cipri voy a apoyarla sobre ti.
Gonzalo con sumo cuidado la apartó de la pared y dejó descansar la cabeza de ella sobre el pecho de su amigo. Cipri la rodeó con su brazo - Aquí estás segura preciosa y como dice tu marido, valiente como ninguna, así que a aguantar sólo un poquito.

Gonzalo con cierto nerviosismo desató las cintas del corpiño dejándola libre de él. La cubrió con  la capa, apreció que tiritaba de frío. Acercó un poco más la antorcha, debía entrar en calor. Miró a Sátur – Sátur acerca lo más que pueda tu antorcha, tiene mucho frío - buscó la mirada de ella – Esto va a durar muy poco y ya vamos a estar en casa.
Margarita asintió con los ojos. Gonzalo volvió a acariciarla, luego su mirada fue hacia Cipri que esperaba impaciente – Cipri tienes que sujetarla de forma que quede inmovilizada, debes impedir que se mueva. Sujétala con fuerza por la cintura con una mano, con la otra, le sujeta el hombro derecho, yo le inmovilizaré las piernas.

Gonzalo, de rodillas, con sus piernas sujetó las de la muchacha. Su mirada llena de preocupación pero también llena de amor se encontró con la de ella, en su voz no hizo notar dicha preocupación. Gonzalo arrancó de la pared una rama partiéndola en dos. La envolvió en un pañuelo. Miró a la muchacha.

- Voy a contar hasta tres, a la que hace tres doy el tirón, es sólo un instante... Ten, muerde esto - Gonzalo se lo puso entre los dientes.

Margarita algo asustada asintió cerrando los ojos con fuerza. Gonzalo miró a Cipri haciéndole una señal. Sátur no pestañeaba de ver cómo su amo se desenvolvía cómo si de un médico se tratara.

Gonzalo, tomando con una mano el brazo lastimado de Margarita y con la otra poniéndola en el hombro dañado contó hasta tres. A la que hizo tres, giró el brazo tirando de él a la misma vez que con la otra mano hacía presión sobre el hombro. Sintió en él, el intenso dolor que ella reflejó en su rostro comprobando que el hombro recuperaba su sitio. Gonzalo le quitó de la boca aquel mordedor improvisado y dejó que ella dejara escapar su llanto. Él, con sumo cuidado de no lastimarla la atrajo hacia su pecho abrazándola con delicadeza.

- Ya... ya paso. Cálmate, ya lo más doloroso ha pasado, enseguida salimos de aquí.

Gonzalo había levantado parte de la falda y tomando el volante de la enagua tiró de él con fuerza rompiendo la tela. El trozo, algo ancho y de largo lo necesario se lo pasó a la muchacha por el cuello anudando los dos extremos, luego, con sumo cuidado de no provocarle mucho dolor, hizo que el brazo descansara en el cabestrillo.

- Podía dejártelo así solamente pero para ir a caballo no es lo mejor, el movimiento puede empeorar la situación, debes tener el brazo por completo inmovilizado así que voy a usar tu corpiño para evitar algún problema.

Tomó el corpiño y se lo pasó a la muchacha por debajo del brazo derecho y la espalda, haciendo que el brazo lastimado quedara pegado al pecho. No daba todo el largo pero atando las cintas con fuerza, al menos el brazo estaba protegido y no había temor que durante el trayecto a la casa pudiera verse perjudicado el hombro.

- Listo, y ahora no hay nada que nos impida irnos. ¿Cómo te sientes?
- Es... Es estoy algo mareada.
- Es normal que estés mareada pero eso se te pasa. Debes de tomar un poco de agua, Sátur...
- Si amo, tome.

Sátur le entregó a su amo la bota con el agua. Gonzalo la destapó y se la puso a la muchacha en los labios. Ella bebió algo. Gonzalo le devolvió la bota a su fiel amigo, luego, arropó con su capa a su esposa. Le habló con toda dulzura – Pásame el brazo por el cuello, de esta forma te hago menos daño al tomarte en brazos.

La joven así lo hizo, pasó el brazo derecho por el cuello de su marido y él, la levantó con más facilidad evitando dañarla más que lo preciso. Gonzalo se dirigió a Cipri - Cipri sube tú primero y te doy a Margarita.
- De acuerdo Gonzalo.

Cipri, buscó la forma de subir poniendo la puntera de la bota en un saliente y cuando ya estuvo arriba esperó que Gonzalo le entregara a la muchacha. Al tomarla en sus brazos Margarita lanzó un quejido.

- Te duele ¿verdad?
- Me duele Cipri, me duele – su voz se escuchó enronquecida y no pudo evitar las lágrimas.
- Cuando lleguemos a casa ya tu marido te dará algo para el dolor. No te apures mujer que en dos días estás como nueva.
Sátur también había subido y Gonzalo lo hizo tras él portado su antorcha. Se dirigió al amigo posadero  – Cipri llévala tú hasta que yo monte a Minero.

Se dieron prisa por salir de la gruta. Los caballos esperaban algo inquietos. Gonzalo intentó calmar al suyo. El corcel al escuchar la voz de su amo relinchó apaciguando su inquietud. Gonzalo guardó en la alforja lo que se había llevado con él y montando a Minero espero que Cipri le entregara a Margarita. Sin dificultad ninguna tomó de los brazos de Cipriano a su mujer y la acomodó delante de él. Los otros dos hombres hicieron lo mismo con sus respectivos caballos y juntos regresaron a la Villa.

Gonzalo sentía sobre su pecho la cabeza de su esposa. Margarita, quería cerrar los ojos y dormir. Dormir y olvidar el tiempo que había estado en aquella gruta, pero el dormir no haría que olvidara aquello que guardaba con tanto miedo en bolsillo interior de su enagua.




Catalina esperaba con gran ansia, ya habían dado nueve toques las campanas de San Felipe. Los niños ya habían cenados y aunque jugaban en la mesa a las canicas en más de una ocasión ya habían bostezado. Escuchó chirriar la puerta de la cuadra y voces. Se levantó y con paso ligero fue hacia la puerta del establo. Con gran alivio los vio entrar, pero su preocupación fue enorme cuando vio que Gonzalo entraba con Margarita en los brazos y con prisa. Al pasar junto a ella Gonzalo la apremió.

- ¡Cata, ayúdame a desvestirla! ¡Hay que cambiarla de ropa! Coge una vela.
- ¿Pero qué le ha pasado? – Catalina preguntaba mientras cogía una palmatoria y siguiendo a Gonzalo hacia la escalera.
- Ahora te cuento.

Subió a toda prisa los escalones entrando en la habitación, esperó que Catalina destapara la cama y depositó a su esposa en ella. Margarita parecía adormilada. Gonzalo le quitó el corpiño que le sujetaba el brazo y también el cabestrillo para que fuera más cómodo sacarle la ropa.

- Mientras tú la vas desnudando, yo voy a prepararle algo para el dolor, ten cuidado con el brazo, el hombro se lo ha dislocado y se lo he podido poner en su sitio, pero por unos días tendrá que tenerlo inmovilizado para evitar que vuelva atrás... Voy a preparar la medicina y en seguida estoy para ayudarte.
Gonzalo salió cerrando la puerta y Catalina procedió a ir desnudando a la muchacha. Ésta abrió los ojos - Cata...
- ¡Ay Margarita! Mujer, que no sales de una cuando te metes en otra... Anda cariño, que voy a desnudarte, que la ropa a este paso se te seca en el cuerpo. ¿Puedes levantarte?

La muchacha, con la ayuda de Catalina se incorporó y poniendo los pies en el suelo se mantuvo sentada en la cama. Poco a poco Cata, le fue quitando la ropa con mucho cuidado de no lastimar el brazo. Le frotó el cuerpo con una toalla para quitarle la frialdad que le había causado la ropa mojada. Luego le puso el camisón y unas calcetas cortitas. Con cuidado de no lastimar el brazo, hizo que se acostara de nuevo arropándola con las ropas del lecho.

- Voy  llevarme esta ropa para abajo.
- ¡No! – Margarita se había incorporado aguantando el dolor que le había causado el haberse levantado tan de prisa – No Cata, déjalo... Ya... ya la recogerá Sátur, si te pediría que me echaras otra manta, tengo mucho frío y me duele la cabeza.
- No me extraña con la que te habrá caído encima... Hija, parece que te han echado un mal de ojo - Cata se dirigió al mueble de dos puertas y sacó una manta. Se volvió a la cama para ver que Margarita aguantaba los sollozos.
- ¡Ay Margarita!, que soy una bocaza, no debí decirte eso, perdona mi vida pero tú ya me tenías que conocer. Anda, cálmate, que cómo venga Gonzalo y te vea así...

Catalina le echó la manta encima de la colcha y procedió a encender algunas velas más, luego, se acercó de nuevo a la cama contemplando a la muchacha que se pasaba la mano por la frente.



– Sé, que no es momento, y después de lo de anoche no debería de preguntar pero yo lo que quiero es lo mejor para ti y para Gonzalo, así que dime ¿Cuándo vas a cambiar de aptitud? Un hombre necesita a su mujer todas las noches.
- Cata, me duele la cabeza, el brazo y lo menos que quiero hablar es de eso, sólo necesito un tiempo, nada más.  
- Margarita, escucha... No eres la primera mujer ni la última que su embarazo no se ha logrado pero eso no puede causarte un trauma... Yo creo que por parte de Gonzalo es de valorar su paciencia contigo ¿No te pones a pensar que también la pérdida de ese hijo lo afecta a él como a ti?

- ¡Cata, ya basta! ¡No quiero hablar de eso! ¡No quiero! - rompió a llorar pero esta vez no ocultó su pesar.
- ¡Ay criatura! si es que no se te puede hablar siquiera - se sentó junto a ella e intentó consolarla - Perdona mujer, perdona...
La puerta de la habitación se abrió dando paso a Gonzalo con una bandeja y unos lienzos. Se preocupó al ver que su esposa era un mar de lágrimas - ¿Qué pasa? ¿Tan mal te encuentras?
Dejó la bandeja en el peinador y se acercó a la cama. Catalina alzó la mirada – Creo que he metido la pata, ¿para qué contarte? Pero muy bien no se encuentra, le he tenido que echar otra manta porque tiene mucho frío y también le duele la cabeza...

- Normal - al decirlo le puso una mano en la frente – Tiene algo de fiebre. Margarita, te he traído un tazón de leche caliente, debes tomarlo para que puedas tomar la medicina para el dolor del brazo, a la misma vez te aliviará el de la cabeza y te ayudará a descansar, voy a buscar un pañuelo para usarlo como cabestrillo.

Se giró hacia el arcón y agachándose ante él, levantó la cubierta rebuscando con delicadeza entre las ropas de su mujer. Dio con lo que buscaba, cerró la tapa e incorporándose, con una pañoleta entre sus manos se acercó a la cama. Con la ayuda de Catalina incorporó a la joven que se limpiaba las lágrimas con la mano. Pasando el pañuelo por el cuello de su esposa lo anudó, con gran cuidado para no lastimarla nada más que lo preciso, hizo que el brazo reposara en él, luego, le arrimó a los labios el tazón con la humeante leche.

– Esta noche no te conviene dormir tendida, debes hacerlo un poco incorporada, luego te subo algunos almohadones para que estés más cómoda – se giró hacia Catalina – Cata ya deberías irte, Murillo se estaba quedando dormido.
- La verdad que sí. Estando aquí, me olvido que tengo casa e hijo, bueno, me voy ¿Gonzalo, necesitas algo antes de irme? ¿Quieres que te suba los cojines?
- Gracias Cata, pero ya lo haré yo... Ya has hecho bastante, anda, vete que es tarde.

- Entonces hasta mañana, que descanséis lo que podáis. Ya mañana antes de irme a Palacio, me paso para saber cómo has pasado la noche Margarita.
La muchacha al escuchar la palabra palacio, se estremeció. Gonzalo lo percibió – Tienes escalofrío ¿verdad?
- Un... un poco - levantó su mirada hacia su amiga – Hasta mañana Cata, que descanses tú también y gracias.
- Adiós y me marcho.

Catalina salió de la habitación, dejando a los dos esposos solos. Él no dejaba de observar a su esposa. Estaba muy pálida y en su rostro se reflejaba lo dolorida que estaba. Con trabajo, hizo que se tomara la leche. Luego, le dio a tomar las gotas de láudano.

- Ya mañana hablaré con don Jeremías para que venga a verte - la ayudó a recostarse y la arropó con toda delicadeza – No te inmovilizo el brazo porque de noche no es conveniente, pero vas a estar molesta. En todo caso, según cómo estés, te vuelvo a dar las gotas, el caso, es que descanses - se levantó y fue a retirarse – Intenta dormir, estaré pendiente de ti por si necesitas algo - se retiró de la cama pero la voz titubeante de ella lo detuvo.
- No sé... no sé cómo darte las gracias.
Gonzalo se la quedó mirando - ¿Las gracias? ¿Por qué he ido en tu busca? No Margarita, no me des las gracias por ello... Por cualquiera se hace eso y tú, aunque no quieras nada de mí, sigues siendo mi esposa, más motivo para hacerlo ¿no crees? y ahora, intenta descansar. En un momento te subo los almohadones - diciendo esto, salió de la habitación entornando la puerta.

Nada más verse sola, Margarita rompió en sollozos. Su angustia seguía en aumento cada vez que pensaba en aquel bote y en la carta de Loreto. No quería pensar que todo aquello fuera verdad. Si fuera así, nunca se perdonaría así misma el haber culpado a su marido. ¡Nunca se lo perdonaría!






El anónimo.


Lucrecia cenó sola aquella noche. Esperaba una visita en la tarde, pero debido al mal tiempo le fue enviada una misiva disculpando la invitación hecha por ella por lo que estuvo toda la tarde sin compañía. Nuño cenó pronto y se marchó a sus aposentos para terminar los deberes que había postergado por causa de las clases de esgrima con el Comisario. Sola se encontraba en aquel suntuoso comedor, apenas probaba bocado alguno, sólo se limitaba a beber, aquello ya se estaba haciendo costumbre. Al menos, es lo que pensaba la sirvienta que aquella noche tenía a sus servicios mientras esperaba algo apartada de la mesa por si la Marquesa necesitaba de ella.

Lucrecia se levantó de la mesa y pasando por delante de su criada, sólo se dejó caer - Me retiro a mis aposentos y necesito de ti.
- Como mande la señora.

La Marquesa salió del comedor seguida de su sirvienta dirigiéndose a sus habitaciones. Estaba cansada y sólo quería dormir, dormir pero sin pesadillas. Últimamente sus sueños estaban llenos de ellas. La sirvienta abrió la puerta de los aposentos dando paso a su señora, después pasó ella cerrando la hoja de madera. Lucrecia se masajeó la nuca, la tenía dolorida. Con aspereza en su voz se dirigió a la doncella.

– Desvísteme y date prisa.
- Si... si señora, en seguida - la joven procedió a despojarla de sus elegantes atavíos dejando la ropa en el diván.

Lucrecia quedó desnuda al completo. Rosario, que así se llamaba la joven sirvienta y que aquella noche ocupaba el sitio de Catalina, le pasó el camisón por la cabeza vistiendo la insinuante desnudez del cuerpo de su señora con la sutil prenda. Luego, La Marquesa de Santillana se sentó ante el tocador y ofreció sus piernas para que le quitara las finas calzas y los altos escarpines. Rosario, arrodillándose ante su señora se dispuso a hacer aquel cometido. Después de quitarle los zapatos y las calzas, le colocó las zapatillas.

Aquella noche, Lucrecia no echaba de menos a su doncella y ama de llaves. Era lo mejor que había podido hacer, dejar que se marchara a su casa. De esa manera evitaba que pudiera hablarle de Margarita. No quería que le hablara nada de la insignificante costurera, a no ser que ella, preguntara para saber de lo que le convenía enterarse. Suspirando profundamente, la Marquesa se acomodó ante el peinador para que su doncella procediera a deshacer su peinado pero reaccionó de pronto.

– Déjalo, ya lo hago yo, puedes retirarte. Si te necesito ya te mando llamar con la campanilla, por cierto, tú sueles quedarte a dormir en Palacio ¿verdad?
- Si, si señora, suelo hacerlo.
- Bien, eso quiere decir que si te necesito a cualquier hora de la noche, procura estar al momento en mis aposentos y ahora, puedes marcharte, las ropas ya las recogerás mañana.
- Cómo desee la señora – Rosario, con una leve reverencia salió de la estancia cerrando la puerta.

Lucrecia comenzó a quitarse horquillas y prendedores dejando que su cabello sujeto por ellos, fuera cayendo sobre sus hombros y espalda en forma de bucles. Cuando su cabello estuvo suelto de amarres procedió a peinarlo. Fue a coger el cepillo cuando vio que debajo del cofrecito donde solía guardar ciertas joyas, sobresalía un papel. Soltó el cepillo y levantando un poco el pequeño arcón, vio que debajo de él, había un pliego doblado, parecía una carta. Extrañada, lo tomó entre sus dedos desplegándolo. Comenzó a leer...

“La maldad se paga y tú no te quedarás sin ello. Sé lo que hiciste, sé que fueron tus manos las causantes de que una de tus criadas perdiera a su hijo. Siempre hay quien ve, quien oye... Puede ser que a esta hora, ya tu criada y su marido sepan la verdad de lo que hiciste. Tu crimen Marquesa, no quedará impune.”

El rostro de Lucrecia se puso lívido al leer aquello. Estrujó el papel entre sus manos - ¿Qué es esto? Pero... ¿Quién se esconde detrás de esta maldita carta? ¿Quién puede saber lo que yo hice? ¿Quién?

Su cabeza comenzó a dar vuelta. Todo lo había hecho meticulosamente y pruebas no había ya que ella las tiró al balde de la basura. Sólo el cochero sabía que había salido aquella noche de Palacio, pero no creía que fuera él quien hubiera escrito aquello, porque quien había escrito aquel anónimo, no pedía algo a cambio de silencio. Pero no sólo el cochero sabía que había salido aquella noche, también Hernán y Hernán Mejías la acusó en la atalaya, él estaba seguro de que había cumplido su venganza. Por un momento una sonrisita entreabrió los labios de Lucrecia.

- ¡Ay Hernán! ¿A qué juegas? Creo que ya sé quién está detrás de este papelito.

Alisó el papel arrugado y se levantó sin soltar el pliego, se puso la bata y fue hacia la puerta abriéndola. Salió  de sus aposentos recorriendo el pasillo bajo la tenue luz de las velas que se encontraban en los apliques de la pared y cuyas llamitas, oscilaban al paso de ella. Se detuvo ante la puerta de las habitaciones de Hernán e Irene, alzando la mano llamó con los nudillos. No tardaron en abrir.

Irene miró sorprendida a Lucrecia - ¿Ocurre algo? No es hora para hacer visitas en alcobas ajenas.
- Quiero hablar con Hernán. ¿Puedo pasar querida? – Lucrecia no aparentaba la impaciencia que tenía.
- Lo siento, pero Hernán no ha vuelto de los Calabozos y como verás, yo estaba a punto de acostarme...

Lucrecia, mirando a un lado y otro del pasillo y antes de que Irene se diera cuenta, la empujó dentro de los aposentos cerrando la puerta.



- Pero... ¡¿Pero cómo te atreves a invadir mis habitaciones y de esta manera Lucrecia?!
- El derecho que me da el ser la dueña de este Palacio y tú, sólo una arrimada. Si Hernán no está, lo esperaré aquí. Es importante lo que tengo que hablar con él.
- Puedes esperarlo en tus habitaciones que cuando él venga yo se lo digo ¿no crees?  

Irene intentaba aparentar una tranquilidad que no sentía. La presencia de Lucrecia allí, en sus aposentos y esperando a Hernán, no era nada normal. Nunca lo había hecho desde que ella se casó con él

Lucrecia se había sentado en el diván y se recostó en el respaldo cruzando una pierna sobre la otra. Irene la observaba. A la joven todo aquello le parecía muy extraño y algo le decía que aquella visita de la Marquesa de Santillana no era para nada bueno. Se decidió a preguntar.

- ¿Puedo saber para qué quieres a mi marido?
Lucrecia se la quedó mirando – No Irene, no tienes porque saberlo. Eso es entre tu marido y yo.
- Pues no sé cómo lo vas a hacer... Te recuerdo que estás en mis habitaciones y por muy dueña que tú seas de este Palacio y yo sólo una arrimada, no pretenderás que me vaya mientras habláis.
- No querida, no hace falta que te vayas, para algo está el gabinete, ahí hablaremos.

Lucrecia dejó la postura que había mantenido hasta aquel momento y levantándose se dirigió a uno de los muebles destapando una botella de cristal tallado. Echó en unas de la copas que se encontraba en una bandeja un poco de aquel líquido color guinda. Tomó la copa entre sus dedos y se la llevó a los labios ingiriendo un poco de aquel licor.

Irene, acercándose a la chimenea miró el reloj, estaba a punto de ser las diez y media de la noche. Hernán no tardaría en llegar. Se sentía incómoda ante la presencia de Lucrecia. Al poco de casarse se dio cuenta de la clase de mujer que era, no porque Hernán le descubriera ciertas cosas, sino porque ella misma se fue dando cuenta quien era realmente la Marquesa de Santillana. La voz de Lucrecia y su pregunta la sacaron de su abstracción.

- Dime Irene ¿Por qué te caigo tan mal?

La joven, aunque le cogió desprevenida la pregunta, se volvió y se sentó en una tumbona frente a Lucrecia. No tardó en contestar haciéndolo con tranquilidad – Creo que no haría falta que te contestara, tú debes saberlo mejor que nadie, pero si así lo quieres, yo te contesto... Me confundiste Lucrecia, me confundiste cuando mi tío me trajo a tu Palacio. Al principio me sentí un poco desbordada ante tu forma tan, digamos, tan libre de prejuicios. Al fin y al cabo yo venía de un convento y del mundo fuera de aquellos muros, poco sabía... Me ayudaste a desenvolverme dejando atrás mis aires de monjas y me convertí en lo que soy, sólo una mujer, pero eso sí, no pudiste cambiar mis principios ante ciertas cosas... Fui descubriendo en ti, que no te mides en nada para conseguir tus deseos... Descubrí tú despotismo con la servidumbre, si puedes pisotear lo haces... Sé que tú, fuiste parte importante de mi boda con Hernán, un hombre al que yo admiraba pero no amaba, pero te venía bien a ti como a él esa boda, había muchos intereses de por medio. Tenía una buena dote y podías sacar beneficio de ello, ya que para ti, Hernán seguiría siendo el fiel amante con el que compartirías más que la cama, pero te falló la cosa Lucrecia, porque no pudiste compartir los beneficios de mi dote y Hernán dejó de ser tu fiel amante.

Lucrecia había escuchado todo aquello sin que un músculo de su rostro se contrajera por la ira pero por dentro se comía por dentro. Dejó la copa en la mesita pasándose uno de sus dedos por los labios, luego se volvió a recostar en el diván mirando a Irene.

– No has titubeado para nada al decirme lo que piensas de mí, y no voy a intentar convencerte que no estás en lo cierto, eso no va conmigo pero si tú crees que Hernán y yo pensábamos aliarnos para sacar beneficio de tu casamiento con él... ¿Por qué sigues junto a Hernán? Tú querido tío el Cardenal Mendoza hubiera sabido anular ese matrimonio.
- Pues la cosa en muy simple... Si sentía admiración por Hernán, ¿quién me decía que no podía quererlo con el tiempo y él quererme a mí? Y ya ves, así ha sido. Él me quiere cómo a nadie... Sólo yo, sé cómo es él realmente, sólo yo.

Lucrecia fue a decir algo cuando se escuchó una llave en la cerradura. La puerta se abrió dando paso a Hernán un poco contrariado – Creí que la puerta ya estaba cerrada por dentro ¿Qué haces todavía levantad... - no terminó la frase al percatarse de que Irene no estaba sola. Nunca se hubiera imaginado encontrarse allí a Lucrecia – Vaya, esto sí que es una sorpresa. Buenas noches Lucrecia ¿Cómo tú en nuestros aposentos y a esta hora? – mientras lo decía, se había acercado a Irene e inclinándose depositó un beso en la frente de la muchacha - - Buenas noches mi amor.
- Hola Hernán ¿Cómo te ha ido esta tarde?

- Más o menos cómo siempre... En mi trabajo pocos cambios suelen haber - Hernán se volvió hacia Lucrecia – Bueno, tú dirás que haces aquí.
- Necesito hablar contigo, ahora y no me iré sin hacerlo.
- Pues te escucho - lo dijo mientras se quitaba la capa dejándola en el brazo del diván.
Lucrecia se levantó – No, aquí no, lo haremos en tu gabinete y a solas.
Hernán dirigió su mirada hacia Irene, en los ojos de ella vio el consentimiento. Se volvió hacia Lucrecia – Cuando tú quieras... - lo dijo señalando la puerta de su despacho.

La Marquesa se dirigió hacia un pequeño saloncito. Hernán, después de dirigirle una mirada a su esposa de no saber de qué iba todo aquello, cogió un candelabro y siguió a Lucrecia. Ésta esperó que el Comisario le abriera la puerta. Él lo hizo y aguardó a que ella pasara al interior, luego lo hizo él cerrando la puerta, dejó el candelabro sobre su mesa escritorio. Lucrecia no le dio opción a nada, se había sacado el papel del interior de su bata y lo blandió ante él.

- ¿Qué pretendes con esto Hernán? ¿Crees que puedes asustarme? Sabes de sobra que nada me da miedo, por eso, no se a que juegas.
Hernán miraba a Lucrecia confundido, sin comprender nada. Sus ojos fueron hasta aquel papel que ella le ponía por delante. Alzó la mano quitándole el pliego, lo leyó a la luz del candelabro. Sus ojos miraron chispeantes a Lucrecia - ¿Crees que yo he escrito esto?
- ¿Quién sino? Hernán, nos conocemos de toda un vida... Hemos compartido de todo, bueno como malo. Nos hemos amado como nos hemos odiado y el odio nos ha llevado hasta hacernos daño, y esto, es una cosa más. Pero no creas que vas a amedrentarme. Sabes que conm...

- ¡Basta Lucrecia! ¡Basta! Hay alguien que puede hacerte mucho daño con esto, pero precisamente no soy yo. Yo no he escrito este anónimo ¡Yo no lo he hecho! Así que ve pensando cómo vas a salir de esta.
Lucrecia, ante la reacción de Hernán se puso pálida. Se acercó a él y lo cogió fuertemente por la chaqueta - ¡Júrame! ¡Júrame que tú no has sido!
- No Lucrecia, yo no he sido, te lo juro, pero que estás en un aprieto, lo estás... Si a estas horas, tu costurera como el maestro sabe lo que hiciste, estás perdida Lucrecia... ¡Estás perdida!

La Marquesa de Santillana apartó sus manos del Comisario y se volvió dándole la espalda – Yo no sé quien quiere hacerme daño, no lo sé pero yo nada tuve que ver con la pérdida del hijo de Margarita, Hernán, debes creerme.
Hernán sonrío con una mueca – Lucrecia de nada sirve engañar y engañarse, de nada sirve mentir y te valiste de mentiras para tus fines y ya ves, las mentiras tienen las patas muy cortas, y como dice este papel, siempre hay quien ve, quien oye...
Lucrecia se giró hacia Hernán Mejías – Nunca nadie podrá demostrar que yo tuve que ver con eso, no hay pruebas.

- ¿Estás segura de ello? Esa persona que ha escrito esto debe tener en sus manos esa prueba para implicarte Lucrecia. Eso, tenlo por seguro.
- ¡Pero eso no puede ser! ¡Esa prueba ya no existe!
- ¡Vaya! ya no intentas convencerme de que nada tuviste que ver.
- ¡Hernán, tienes que ayudarme si esto sale a la luz! ¡Tienes que hacerlo! - lo había vuelto a coger por la chaqueta y lo miraba suplicante.
Hernán Mejías le apartó las manos – No Lucrecia, esta vez no... Esta vez te verás sola para salir en donde te has metido. Quizá con tu astucia salga airosa y ahora, te pido que dejemos esta conversación por terminada, es algo tarde y tengo que descansar e Irene también.
- Eres un hijo de put. si me dejas sola en esto.

El Comisario no se inmutó. Quitó las manos de ella de su chaqueta – Tú solas lo has hecho, tú debes afrontar lo que te venga... En más de una ocasión te he sacado de más de un apuro y por una de las cosas que lo he hecho ha sido por Nuño, pero esta vez no... Si no salieras bien de esto, descuida que a nuestro hijo nada le va a faltar y por supuesto intentaré que no caiga sobre él, toda la inmundicia que dejes a tu paso.

Hernán se apartó de ella y abriendo la puerta salió del gabinete dejando a una Lucrecia hundida y desolada. Se dejó caer sentándose en el sillón, se cubrió la cabeza con las manos en un ademán de desesperación ¿Qué podía hacer? Si en aquellos momentos ya estaban enterado de la verdad de lo que había hecho, Lucrecia sabía, que a Gonzalo de Montalvo nada lo detendría para ir a buscarla y hacerle pagar de alguna manera su delito.  Tenía que pensar y de prisa, no podía venirse abajo, nunca lo había hecho.

Se levantó y tomando aquel dichoso papel salió de prisa del despacho y del saloncito. Llego a la estancia principal. Hernán estaba echando un trago e Irene se mantenía callada en el mismo sitio donde ellos la habían dejado. Echando una última mirada de rabia hacia Hernán abrió la puerta saliendo de las habitaciones. Tenía que actuar rápidamente. Con pasos apremiantes se dirigió a sus aposentos abriendo la puerta y cerrándola de golpe. Tenía que pensar, nada podía fallar. ¡Nada!




A varias leguas de la Villa, en una fonda del camino y en un cuarto humilde, una familia descansaba para poder seguir su viaje en la mañana. Sólo un componente de ella, no lo hacía. Sus pensamientos volaban a la Villa de donde improvisadamente había salido aquella tarde. Pero aquella noche, en el silencio de aquel cuarto no podía dejar de pensar en lo que había dejado aquella mañana en el tocador de la Marquesa, aquel pliego donde le dejaba claro que conocía su delito. Loreto se sentía satisfecha de saber que quizá a aquellas horas, aquella mujer se sabía descubierta y que el crimen que hizo nunca quedaría impune, pero por otro lado, algo le decía que había cometido una imprudencia al dejarle el anónimo. Aquello, sería poner en sobre aviso a Lucrecia de Guzmán, Marquesa de Santillana.


Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Nov 19, 2016 9:38 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,28


Margarita intentó calmarse, sus ojos se posaron en sus ropas que de cualquier manera estaban echadas en una silla, quiso levantarse cuando la puerta se abrió dando paso a su marido que llevaba con él, un par de grandes cojines y un libro en sus manos.

- ¿Intentabas levantarte? ¿Acaso necesitas algo? si es así, sólo tienes que decirlo pero no debes esforzarte sino es necesario - mientras lo decía le iba acomodando los almohadones a su esposa en la espalda.

La joven, ante las preguntas de su esposo no supo que contestar, sólo se echó a llorar con una gran congoja. Él, tragó saliva. Se sentó en la cama, junto a ella y le tomó la mano libre.

– Sé, que las cosas te están viniendo una detrás de otra y no te favorecen para tú ánimo pero debes tener paciencia, todo va a pasar. Lo del hombro sólo será cuestión de unos días, por supuesto vas a estar dolorida durante esos días, pero ahora, cuando la medicina te haga efecto sentirás alivio. Anda, relájate e intentas cerrar los ojos - la arropó como si de una niña pequeña se tratara - Me quedo aquí hasta que te quedes dormida, verás que el sueño te invade antes de que te des cuenta.
- Pienso que estoy llena de egoísmo... Por más que tú haces, no hago por corresponder, ni siquiera lo intento. No sé por qué, no lo sé y tengo... Tengo tanto miedo...

Gonzalo le conmovió la forma de hablar de su esposa, pero sus últimas palabras lo desconcertaron – Margarita, si tienes miedo, échalo fuera. Enfrenta ese miedo, tú lo sabes hacer.
- ¡No Gonzalo! ¡Tú no sabes! Tú no sabes el porqué de ese miedo - su llanto se hizo más intenso.
- Margarita, cálmate, estás muy nerviosa. Intenta no pensar por favor, serénate si no quieres pasar una mala noche – mientras le hablaba, quiso quitarle la mano a la muchacha del rostro donde ella ocultaba su llanto – Por favor no llores más y no pienses en nada.

Había conseguido apartarle la mano pero ella evitaba mirarlo, las lágrimas resbalaban por sus mejillas y no podía retenerlas. Él le pedía que no pensara y era lo único que podía hacer, pensar. Pensar en lo que había en aquel bolsillo cosido a su enagua. Por un momento, cuando el arrancó el volante de su ropa interior, temió que él pudiera darse cuenta de que algo llevaba en el saquillo y le preguntara, pero al parecer la faldriquera no quedó al descubierto. Su esposo de momento no podía enterarse de nada hasta que ella pudiera encontrar la forma de saber el contenido del frasco. Aquello iba por terminar de volverla loca.

- ¿Te sientes mejor?

La voz dulce, llena de ternura hizo que por un momento dejara sus pensamientos. Giró su rostro para mirarlo. Sus ojos se encontraron, fue un instante. Margarita desvió su mirada – Creo que si, aunque no sé si podré dormir, me duele todo el cuerpo.
- Es normal, has sufrido una caída y aunque no era gran altura, siempre el cuerpo queda magullado y más si te has dislocado el hombro... También ha sido mucha el agua que te ha caído encima, las ropas prácticamente se te han secado en el cuerpo.

Mientras hablaban, Gonzalo se dio cuenta que los ojos de su esposa querían cerrarse pero ella evitaba hacerlo ¿Qué la estaba inquietando en aquel momento? ¿Qué era lo que la angustiaba tanto que no quería quedarse dormida?

- Margarita, preguntarte esto es absurdo con todo lo te ha pasado y estás pasando, pero aparte de todo eso, hay algo más que te preocupa ¿verdad?
La joven no esperaba la pregunta de su marido. No esperaba que él se hubiese dado cuenta de que había algo más entre tantos pesares. De nuevo, las lágrimas afloraron a sus ojos. Tenía que mentir a medias - No... no sé por qué me dices eso. Las preocupaciones que tengo no las intento ocultar, eso, lo sabes tú mejor que nadie.

- Y es verdad, durante este tiempo no has intentado ocultar ningún malestar ante todo lo que te ha pasado por mi causa, pero si hay algo que he podido hacer o decir sin darme cuenta ya que lo mío es ir de error en error, dímelo por si puedo rectificar, por si puedo ayudarte en algo...

Margarita se sintió mal, tanto porque él creyera que era el causante del malestar que la embargaba como por la forma en que se lo dijo. Se le puso un nudo en la garganta – Puedes estar tranquilo, no se trata de nada de eso... ¡Y por favor, ya no me hagas más pregunta! – sus últimas palabras no pudo evitar decirla con cierta alteración.
- Está bien, tranquila. Quizá me has dado una impresión equivocada y sólo es el cansancio y lo dolorida que estás. Los ojos se te cierran...
La muchacha fue a decir algo pero Gonzalo no le dejó hacerlo – Sssssh, ya no hables y cierras los ojos, no luches contra el sueño.

La joven se limpió el rostro de llanto. Gonzalo se levantó y fue a por un pañuelo a uno de los cajoncitos del peinador. Abrió uno de ellos y fue a hacerse de uno de los pañuelos cuando sus ojos se posaron en aquella cajita que en un tiempo había guardado la prenda de amor. Él la perdió como había perdido a su esposa. Se le subió una gran angustia a la garganta. Cerrando el cajoncito volvió a la cama, fue a inclinarse para enjugar el llanto de ella cuando comprobó que se había quedado dormida. No quiso rozarla con el fino lienzo, no quería que nada pudiera alterar su sueño. Por el tono sonrosado de sus mejillas dentro de la palidez de su rostro, comprendió que la fiebre le había subido levemente. Apartó un poco la vela y una dulce penumbra envolvió a la muchacha.

Gonzalo tomó asiento en la sillita junto a la cama e intentó concentrarse en la lectura, pero no dejaba de pensar que algo preocupaba a su mujer y no tenía nada que ver con él, al menos no directamente. ¿Pero qué podía ser?




Irene escuchaba en la habitación contigua pasear a Hernán. En cuanto se fue Lucrecia él se despidió de ella y se retiró a su recámara, nada le dijo de lo que hablaron en el gabinete pero Irene estaba intranquila, quería saber a que había ido Lucrecia y lo que hablaron entre ellos ya que vio a Hernán bastante afectado, aunque él lo quiso disimular ante ella. En aquel momento que lo escuchaba ir de un lado para otro no lo pensó y saltó del lecho. Se puso la bata y calzó las zapatillas. Se dirigió hasta la puerta, aunque titubeó llamó con un toque y empujó la hoja de madera asomando el rostro. Hernán estaba de espalda y parecía que miraba a través del ventanal caer la lluvia sobre los cristales, pero ella intuía que nada de aquello veía.

- Pasa Irene, no te quedes ahí.

Irene traspasó el umbral cerrando la puerta. Hernán se volvió, llevaba un vaso en la mano. Su rostro reflejaba una gran desazón. Se dejó caer en el lecho y tomó un trago del vaso, luego miró a Irene que no dejaba de observarlo.

– Ven, siéntate aquí, junto a mí.
La muchacha lo hizo así. Se sentó junto a Hernán, le pasó su brazo por el de él apoyando su cabeza sobre el hombro de aquel hombre por el que siempre sentiría un gran cariño - Sé que no siempre me dices todo lo que te pasa... Tampoco yo suelo preguntarte, sólo tú sabes cuándo debes decirme esto o aquello, pero esta noche, después de la extraña visita de Lucrecia y ver, que lo que haya venido a decirte te ha dejado afectado, necesito saber... Necesito saber que le ocurre a mi protector, a mi amigo, a mi hermano...

Hernán no pudo evitar que unas lágrimas afloraran a sus ojos. Sonriendo con un rictus amargo apretó a la muchacha contra él - ¿Sabes? Eres la única mujer que puede hacer que unas palabras hagan que me emocionen ¿Es así cómo me ves? Me halagas en demasía. Tres calificativos que quizá no merezco.
- ¡Claro que sí! Me siento protegida por ti, compartimos una relación muy bonita y que sólo la puede dar un buen amigo. Me tratas y me das un gran cariño como si fueras el hermano que nunca tuve. ¡A ver si no llevo razón al darte esos calificativos!

Hernán la atrajo hacia él besándola en la frente. Irene lo sabía apesadumbrado. Ella esperaba que Hernán se decidiera a contarle. El hombre duro, el hombre implacable que todos conocían en aquel momento, sólo era un hombre abatido. El Comisario se levantó y volvió a llenar el vaso.

- Hernán, el beber no va a hacer que lo que te abruma desaparezca. Quiero saber qué es lo que ha pasado. Somos amigos ¿recuerdas? y los amigos comparten cosas...
Hernán volvió a sentarse junto a ella – Irene sabes que hay cosas de las que quiero mantenerte al margen de ellas, no quiero verte envuelta en intrigas pero en esta ocasión creo que debes saber lo que ocurre... Creo, que tienes derecho porque aparte de todo lo que has dicho, somos esposos y no debes estar ajenas a todo lo que pasa a tu alrededor. Se trata de la joven costurera y de la pérdida de su hijo. Te dije, que todo lo que supieras sobre ello me lo hicieras saber, pero no te hice partícipe de mis sospechas.

Hernán le fue contando todo, desde sus primeras sospechas, pasando por su encuentro en la atalaya con Lucrecia, hasta aquella noche y la conversación que había tenido con ella.

Irene no daba crédito a lo que escuchaba de boca de su esposo. Se sentía horrorizada - ¡Pero Hernán, eso es horrible! ¡¿Cómo ha podido hacer una cosa así por Dios?! ¡¿Cómo?! - Irene no podía evitar los sollozos.
- Cálmate, si te he dicho todo esto es porque tarde o temprano va a saberse la verdad y sé lo que sientes por esa muchacha.
- Pobre de Margarita cuando se entere de esta verdad cruel – alzó la mirada hacia él - Porque tú crees que ella y su esposo se enterarán de la verdad ¿es así?

El Comisario dejó el vaso en la mesita y levantándose se quitó la chaqueta tirándola sobre el respaldo de un sillón – En el anónimo lo deja claro, lo que no sé, si esa persona lo ha hecho a través de otro o ha podido hablar con ellos personalmente, pero si no quiere verse implicada, quizá no haya querido dar la cara, lo que si te digo, que Lucrecia está en un aprieto y bien grande. En cuanto el maestro lo sepa, no va a quedarse con los brazos cruzados. No sé cómo va a terminar esto Irene, ¡no lo sé!

- Hernán, si esto se llega a saber y el maestro denuncia a Lucrecia, ¿tiene alguna posibilidad de que se le escuche? Él, es plebeyo.
- Tengo un difícil cometido. Aunque sea plebeyo, si tiene en su mano prueba de que ella ha sido la causante, piensa que no sólo ha frustrado el embarazo, sino que ha podido matar a esa muchacha, entonces la denuncia ha de ser aceptada. Luego, habrá que seguir los pasos pertinentes pero algo me dice que Lucrecia estará maquinando algo. Ella no es fácil de vencer.
- ¿Por qué te has negado a ayudarla?

Hernán volvió a dejarse caer en el lecho – Porque ya estoy hastiado de muchas cosas Irene... Me he visto envuelto en muchas marañas de intrigas, unas por causa de ella, otras por mí propia ambición y no he respetado nada ni nadie para conseguir mis propósitos, pero ya llega un momento en que te preguntas, a dónde conduce todo esto  ¿y sabes cuál es la repuesta? a nada... No conduce a nada Irene y tú me lo has hecho ver. A veces quisiera irme lejos de aquí, sé, que mientras viva bajo este techo, estaré siempre atado de pies y manos a ella, a Lucrecia.

Irene le acarició el rostro – Sabes que por mí ya nos hubiéramos ido a una de las casas que mi tío me dejó como dote o incluso a la tuya... En ese aspecto no tenemos problema Hernán, tú lo sabes pero si no he insistido en ello es porque Nuño se encuentra aquí, y yo nada haría por alejarte de él y menos ahora... Si algo pasara con Lucrecia, el niño te necesitará más que nunca y yo estaré a tu lado para ayudarte en lo que esté en mi mano.

- Gracias Irene, gracias por tu apoyo. Eres hermosa, tanto por fuera como por dentro y ahora creo, que ya es hora que te retires a descansar... No sabemos que puede depararnos el día de mañana.
La joven se levantó – Yo me voy a descansar pero tú debes hacer lo mismo, ¿me lo prometes?
- Te lo prometo, palabra de Comisario - al decirlo, sonrío levantando la mano derecha.

Irene se puso de puntillas y depositó un beso en la frente del hombre. Luego se dirigió a la puerta saliendo de la habitación. Hernán, se quedó solo y comenzó a desnudarse. Sabía que por más que intentara descansar no podría. Estaba a punto de meterse en la cama cuando escuchó repetidamente el tintineo de la campanilla de Lucrecia.

- ¿Qué has planeado Lucrecia? ¿Qué cosa tendrás en mente para detener al maestro?




Noche de vigilia.


Rosario, la doncella de la Marquesa de Santillana escuchó en el silencio que en parte envolvía la habitación de servicio el tintineo de la campanilla de su señora. Se incorporó rápidamente.

– ¡Tengo que irme!
- Espera un poco - el hombre la quiso retener.
- No puedo Luís, tú lo tendrías que saber mejor que nadie - mientras lo decía había saltado al suelo y procedió a vestir el uniforme sobre la ropa interior.
- No ha dado lugar a nada - el hombre lo dijo con cierto fastidio.
- Lo que no va a dar a lugar, es lo que vamos a durar aquí como la Marquesa se entere de lo que hay entre tú y yo, aquí, y en su propia casa.

Se colocó el delantal y se recogió el cabello. Soplando un beso a su enamorado salió de la habitación. A toda prisa salió corriendo de las dependencias del servicio hasta el piso superior y de allí a los aposentos de su señora. Se recompuso un poco antes de entrar. Dio dos toques en la puerta y entró cerrando a su espalda.

- Has tardado.
- Lo siento señora, pero... pero me había quedado dormida profundamente.
Lucrecia sentada en el diván tomaba del contenido de una copa, en la mesita, una botella que sólo se mantenía llena por la mitad – Necesito que vayas en busca del capitán de mi guardia y le digas que venga inmediatamente, es urgente. Así que date prisa ¡corre!
- Si... si señora, ahora mismo voy en busca de él.

Rosario, sin siquiera hacer la reverencia acostumbrada salió corriendo de las habitaciones y volvió a bajar las escaleras en dirección a las dependencias de la cocina. Abrió la puerta de la habitación y se encontró que aquel hombre, aún joven y bien parecido, ya se estaba vistiendo.

- ¡Luís, date prisa! ¡La Marquesa desea verte! ¡Dice que es urgente!
La miró con curiosidad -  ¿Qué es urgente? ¿A esta hora?
- ¡Sí! ¡Date prisa por Dios! que esta noche lleva más de dos copas encima.
- Está bien, tranquila, anda, abróchame la casaca.

La joven le abrochó la botonadura y le pasó el cinto apretando la hebilla. El hombre envainó la espada en la funda. Cuando estuvo listo, recogió el sombrero y besando a la joven mujer salió de la habitación subiendo con premura la escalera. Cuando estuvo ante la puerta de la recamara de la Marquesa dio unos toques, al escuchar desde dentro que tenía concedido el permiso, empujó la puerta pasando al interior. Se cuadró ante la Marquesa y con el sombrero en la mano se inclinó levemente.

- Me han avisado que quería verme.
- Si capitán, es muy importante y urgente - Lucrecia se había levantado y dio varios pasos por la estancia – Necesito que se haga de todos los hombres disponibles que tenga y vigilen todos los accesos a Palacio día y noche.
El capitán de la guardia la miró consternado – Señora, necesitaría saber el porqué de esa vigilancia. No dispongo de muchos hombres, nunca se había terciado algo así. Si me dijera de que se trata podría ponerme en contacto con el señor Comisario para que me dejase varios...
- ¡No! Al Comisario ni molestarlo, con los hombres que tenga a su mando será suficiente para parar a un sólo hombre.
De nuevo el capitán la miró contrariado - ¿Un hombre?

- No puedo ser muy explícita, pero me ha llegado cierta información de que puedo verme sorprendida por la presencia de un hombre en mi Palacio en estos días, el cual, al parecer no trae muy buenas intenciones... Ante cualquier sospechoso, no importa quien sea, detengan su paso. No me importa como lo hagan pero que no logre llegar hasta mí y si tienen que usar sus armas, háganlo... Confío en usted y en sus hombres.

- Así será señora Marquesa. En estos momentos mis hombres se repartirán por los diferentes accesos al Palacio y lo vigilarán el tiempo que usted decida.
- Eso espero... Si todo sale como espero será recompensado.
- No hace falta señora, es mi trabajo y el de mis hombres ¿Desea algo más?
- Quisiera uno de sus hombres guardando mis aposentos.
- Dentro de un momento estará custodiando su puerta.
- Entonces puede retirarse y póngase manos a la obra lo antes posible.
- Así será señora - con una leve inclinación de cabeza, el capitán de la guardia salió de las habitaciones de Lucrecia.

Una sonrisa entreabrió los labios de la Marquesa de Santillana – Si te atreves a venir, vas a llevarte una gran sorpresa Gonzalo de Montalvo. No sabes con lo que te puedes encontrar, no lo sabes.




La puerta se abrió con sigilo dando paso a Sátur. Éste, se acercó a su amo que al escuchar la puerta había girado la cabeza. El fiel criado portaba una pequeña bandeja con un tazón de humeante caldo y una manzana.

– Amo, sé que me va a decir que no, que no se le apetece na’ pero algo debe tomar. Ya es tarde.
- Gracias Sátur, pero es la verdad, no me apetece nada.
- ¡Pues no! ¡Eso no! Que usted debe tomar algo y no me voy sin que lo haga, así, que aquí se lo pongo y se lo toma en un abrir y cerrar de ojos, ¡vamos con el hombre! Mucho hacer que su esposa coma esto o aquello y usted es peor que ella. Por cierto ¿cómo se encuentra? parece que duerme tranquila ¿no? - hablaba en voz baja.

- No creas Sátur, está muy intranquila... Tiene algo de fiebre y tiene que estar dolorida, las gotas no le quita el malestar del todo, además, habla en sueño, está como asustada pero no logro saber lo que dice – mientras hablaba, Gonzalo había soltado el libro y más por complacer a su amigo que por otra cosa, tomó el tazón y fue bebiéndolo poco a poco.
- Es normal amo, la criatura ha tenío que pasar su miedo mientras a estado en esa gruta, a oscuras y encima de lastimá, sin poder moverse.
- ¿Crees que no comprendo todo eso? pero algo me dice, que eso no es todo. Se le cerraban los ojos y no quería dormir, es como si temiera hacerlo. Percibo que tiene alguna  preocupación pero no he podido sacarle nada, no sé qué le puede pasar.
- Amo, eso de que tiene una preocupación no es nuevo. Desde hace cosa de un mes, su vida ha estao de preocupación en preocupación. ¿Le parece poco?

- No Sátur, no me parece poco, mejor que yo nadie lo sabe, pero lo que le he notado esta noche, no digo que no tenga que ver con todo lo que ha pasado, pero hay algo más que no logro intuir, algo que no puedo adivinar que es.
- Amo ¿tendrá que ver con lo de hace dos días? Cuando volvió de su paseo algo más tarde de lo normal y venía con ganas de acostarse.
Gonzalo se quedó muy pensativo – No sé Sátur, no sé... - había terminado de tomarse el caldo dejando el tazón en la bandeja – La manzana no me la tomo Sátur, eso ya no me entra y Alonso, ¿le fue difícil de que se quedara dormido?

- Pues se quedó esperando a que bajara usted pero el sueño lo venció antes de lo que se podía esperar, ahora duerme como un angelito. Bueno, antes de llevarme la bandeja pa’ bajo voy a poner en orden un poco esta habitación, todavía se encuentra aquí las ropas de su mujer, voy llevármelas y las dejo en el patio. Ya mañana las lavaré.

Sátur fue cogiendo las ropas de Margarita echándosela en el brazo. Tomó la bandeja e iba a salir de la habitación cuando la enagua se le resbaló del brazo cayendo al suelo.

Gonzalo se levantó adelantándose a él – Deja Sátur, ya la cojo yo.

Se inclino recogiendo la prenda interior pero algo se escurrió de la enagua. Gonzalo se quedó mirando aquello que parecía un saquito de arpillera. Sin soltar la prenda, se volvió a inclinar y tomó entre sus dedos la bolsita. Comprobó que dentro había algo. Sátur soltó de nuevo las ropas en la silla y la bandeja en el peinador mirando a su amo.

- Amo ¿Qué es eso?
- No lo sé Sátur, se comprende que lo tenía en la faldriquera - mientras lo decía, dejó la enagua en la silla y tiró de la cuerda del cierre abriendo la bolsa. Introdujo sus dedos extrayendo el frasquito de cristal. Lo miró algo extrañado. Miró a Sátur, que al igual que él no sabía que podía ser aquello.
- Es un bote amo, ¿de qué será?
- No sé pero aquí dentro hay un papel, quizá nos aclare algo - sacó el pliego doblado y buscó la luz de la vela.

- Tiene la tinta corrida, al parecer la humedad traspasó el papel... Hay palabras que se pueden leer aunque con cierta dificultad - Gonzalo buscó postura – Parece una carta y sólo se pueden leer algunas palabras suelta del final. Aquí creo que entender... No vuelvas... a... Palacio...

Gonzalo miró a Sátur, éste lo apremió - ¡Siga amo! ¡Siga!
De nuevo los ojos color miel de Gonzalo quisieron descifrar aquellas últimas palabras - Es muy difícil saber lo que quieren decir... Esto que creo ver aquí es como una despedida... Te... deseo... Lo que sigue no logro saber lo que es, luego, pone... Margarita... y más adelante... Esto, si se ve algo más claro... Cuidate... Un abrazo... Loreto... Loreto... - Gonzalo repitió el nombre – Esto... esto parece una carta de Loreto a Margarita... ¿Pero cómo? ¿Acaso Loreto no llegó a despedirse en la laguna y le dejó esta carta con alguien? ¿Y este bote que quiere decir? - se quedó muy ensimismado mirando aquel borrón de letras que tenía ante sus ojos.

- Amo, ¿qué mira con tanto detenimiento?
- Estas palabras Sátur, estas palabras me desconciertan... No vuelvas a Palacio... ¿Qué le quería decir con eso?
- Sólo la señora podrá sacarle de dudas. Ella si sabe lo que contiene o mejor dicho, lo que contenía esta carta y también le dirá que es este bote.

Gonzalo tomó el frasco destapándolo. Lo aspiró – Tiene un olor fuerte, como el de una pócima, una medicina - lo acercó a la nariz de su fiel criado - Y si te fijas Sátur, es el clásico frasco de cristal que usan los médicos para sus preparados, como el de las gotas de láudano – Gonzalo dio dos pasos y tomando el frasquito de las gotas de encima de la mesita, volvió sobre sus pasos y se lo enseñó a su fiel criado y amigo - La diferencia que hay, es que éste es un poco más pequeño - dijo refiriéndose al de las gotitas.

- Entonces, quiere decir, que lo que contiene este bote es una medicina.
- ¡Sátur, no lo sé! No sé qué quiere decir todo esto pero algo me dice, que lo extraña que encontré a Margarita esta noche, tiene que ver con esto, y tan sólo ella me lo puede aclarar, sólo ella.

Los ojos de Gonzalo se dirigieron hacia su mujer, que aunque dormida se movía inquieta en la cama. Dejó lo que tenía en la mano en el peinador y acercándose al lecho le puso la mano en la frente – La fiebre le ha subido y quizá el efecto del láudano se le haya pasado. Estas molestias las tendrá durante unos días mientras persista la inflamación. Nada más que amanezca voy en busca de don Jeremías, quiero que le vea el hombro.

Por un momento Gonzalo se quedó como pensando. Sátur apreció el gesto de su amo - Amo, no se me quede así, que cuando lo hace, le temo.



- Estaba pensando, que si por cualquier cosa Margarita no me aclara nada, el médico me puede sacar de dudas, él quizá me pueda decir que contiene ese frasco porque no dejo de preguntarme, que es lo que guarda este bote.
- Contando claro que eso sea una medicina, aunque por el olor, un perfume no es, eso seguro... Bueno, bajo todo esto.

Sátur tomó de nuevo todo lo que había soltado y procurando que no se le cayera nada salió del cuarto. Gonzalo se sentó de nuevo junto a la cama. No dejaba de darle vuelta a la cabeza a todo aquello. Se preguntaba si la carta tenía algo que ver con aquel frasco y si no era así, Margarita podía haberse hecho de aquello, de ese supuesto medicamento para cualquier malestar, pero ¿Por qué ocultarlo? Quizá no le había dado tiempo a contarle nada, ese tiempo en la gruta, su caída, todo eso pudo hacer que se olvidara de ello, o bien, lo quería mantener al margen a él de ese malestar que pudiera tener.

Pensaba, que aquello estaba más cerca de la realidad, el no querer decirle nada a él de lo que pudiera pasarle pero estaba lo otro, la carta. Esa carta donde al parecer Loreto se despedía de su esposa y que sólo pudo distinguir ciertas palabras del final de ella, pero sólo unas palabras lo desconcertaban... No vuelvas a Palacio... ¿Por qué le pedía que no volviera a Palacio? ¿Por qué? Un quejido de su esposa, hizo que levantara la cabeza. Margarita aunque mantenía los ojos cerrados intentaba quitarse el pañuelo que le servía de cabestrillo. Gonzalo se sentó en la cama sujetándole la mano derecha.

– No Margarita, no puedes hacerlo. Te duele ¿verdad?

Le hablaba con dulzura, en su voz no se apreciaba ningún tipo de enojo. Intentaba hablarle para ver si ella abría los ojos y saber si estaba dolorida. Pero el afán de ella era deshacerse de aquella mano que le impedía quitarse aquel estorbo que no le dejaba el brazo suelto.

- Margarita, no, no puedes hacerlo. Abre los ojos y dime que sientes para poder ayudarte.
Quizá el sentir la presión de la mano de Gonzalo en la suya, o su voz, hablándole en un dulce susurro, hizo que la muchacha con cierto trabajo abriera sus hermosos y febriles ojos – Me... me duele.
- No te preocupes, es normal... Voy a darte de nuevo las gotas pero no intentes quitarte el pañuelo, es así como debes tener el brazo aunque sea algo molesto – mientras aconsejaba a su mujer, preparaba unas gotitas en un poco de agua. Luego se giró hacia ella – Ten, tómalo, te volverá aliviar por unas horas.

Margarita tomó el vaso que le ofrecía su marido, lo bebió de una vez. Le devolvió el vaso. Gonzalo observó como su esposa buscó postura con la cabeza para mirar hacia la silla donde hasta hacía poco tiempo había estado su ropa. Notó reflejado el desconcierto en el rostro de ella. Gonzalo dejó el vaso en la mesita, le tomó la mano.

- Margarita, sé que en estos momentos no estás para mucho hablar y puedo comprenderlo. Tienes fiebre, te duele el brazo pero sé, que hay algo más que te abruma y quizá tú, por lo que sea no quieres compartirlo conmigo. No puedo repróchatelo después de todo lo que ha pasado, pero yo debo saber qué te pasa para poder ayudarte en lo que sea.

La joven no sabía cómo encajar aquello, no sabía que podía haber pasado con sus ropas y con lo que llevaba en su faldriquera mientras había estado dormida. Sintió una gran opresión en su pecho.

– No se... no sé por qué me dices eso otra vez.
- Si no lo sabes, yo te lo voy a decir.

Diciendo esto, Gonzalo se levantó y fue hasta el peinador cogiendo el frasco y la carta. Volvió sobre sus pasos. Desde su altura contempló el rostro conmocionado de Margarita cuando vio lo que llevaba en una de sus manos. Sus ojos brillantes por la fiebre hasta aquel momento, brillaron por unas lágrimas que estaban a punto de aflorar en ellos. Sin perder la tranquilidad, a pesar de saber que aquello estaba afectando a la mujer que amaba, Gonzalo volvió a sentarse en la cama.

- Estas dos cosas al parecer se encontraban en la faldriquera, se comprende que el cordoncillo del bolsillo se aflojó y se escurrió de él. Iban dentro de un saquito. Creo, que decirte como es la bolsa sobra, la tengo ahí - lo dijo señalando el pequeño tocador - ¿Qué es todo esto Margarita? ¿Qué es para que estés tan abrumada? Si te hago estas preguntas es porque sólo pretendo ayudarte.

Margarita sentía que se ahogaba pero tampoco comprendía. Si había leído la carta, debía saber que era aquello. No entendía  nada pero no iba a darle vuelta al asunto ya que todo estaba a la vista. Aguantando los sollozos que intentaban romper en su garganta habló con un eco de voz – ¿Por qué? ¿Por qué me preguntas? Si... si has leído la carta debes saber lo que me abruma, lo que me preocupa.

Por la forma de hablar su esposa, Gonzalo percibió que aquello que tenía entre las manos era más serio de lo que podía pensar en un momento. Comprendió que debía darle confianza no perdiendo él la serenidad. Soltó el bote y la carta en la mesita volviendo a cogerle la mano.

– No Margarita, no puedo saber lo que te abruma porque no he podido leer la carta. La humedad ha corrido la tinta, sólo he podido leer ciertas palabras al final de ella. Por ello he sacado en conclusión que es una carta de despedida de Loreto hacia ti... A pesar de la dificultad al leerlas, hay unas palabras que me desconciertan... No vuelvas a Palacio... Por eso, tú, debes aclararme todo esto que yo no sé de qué va, tampoco sé, si ese bote tiene algo que ver con la carta o no.
La muchacha no sabía si iba a poder hablar. La garganta le dolía de aguantar el llanto - Podría... podría decirte cualquier cosa ya que no las has podido leer, pero... Pero de nada sirve esconder la verdad de las cosas, a la larga todo sale a la luz.

Gonzalo sabía que de alguna manera aquello lo dijo por él. No hizo ningún comentario y esperó a que su esposa siguiera.

- Ante todo esto, yo estoy muy confundida y tengo miedo... Mucho miedo a que todo sea verdad pero algo de cierto llevará, sino Loreto no hubiera hecho a que me llegara esa carta con ese frasco  – se detuvo por un momento. Sentía que se ahogaba. Levantó su mirada hacia su marido. Vio que en sus ojos brillaba el desconcierto.

- Habíamos quedado en la laguna... En el tiempo que no voy por Palacio no hemos vuelto a vernos. Loreto no quería irse a Ciudad Real sin despedirse de mí, quería que nos encontráramos en la laguna y allí me encajé. Ante su tardanza decidí regresar, sabía que de un momento a otro descargaría la tormenta y no quería que me cogiera fuera de la Villa... Cuando... cuando fui a ponerme en marcha la voz de un niño poco mayor que Alonso gritó mi nombre... Era... era el hermano de Loreto, éste chico, me dijo que Loreto había tenido que salir antes de lo previsto y que no le había dado tiempo de avisarme... A través de él, me enviaba un saquito, al principio no sabía que podía ser aquello, cuando el pequeño se fue, no esperé y abrí esa bolsita viendo lo que guardaba en ella, aún comprendí menos... Fue al leer... al leer la carta cuando fui entendiendo aunque no daba crédito a lo que leía, aún ahora, en este momento, no puedo creerlo... No puedo creer lo horrible que resulta todo esto... ¡Es demasiado horrible si es verdad! ¡Demasiado horrible! - los sollozos que había aguantado hasta aquel momento se rompieron en su garganta.

Gonzalo no la había interrumpido pero según su esposa iba explicando todo aquello, se sentía de lo más consternado. No sabía en que podía terminar aquello. Al verla venirse abajo comprendió lo mal que lo estaba pasando. Un nudo le apretó la garganta. La atrajo hacia él y rodeándola con sus brazos intentó consolarla.

– Sssssh, ya Margarita... Si no quieres seguir contando, no lo hagas, ya habrá tiempo para ello.
La joven negó con la cabeza - ¡No! ¡no! Esto... esto no es cuestión de tiempo Gonzalo... ¡Esto no es cuestión de tiempo! Esto... esto no se puede dejar... Yo quiero saber ¡Saber la verdad! Quiero saber si me equivoqué al caer en el error de no querer escucharte en aquel entonces... - Margarita levantó su rostro anegado por el llanto aferrándose a la camisa de su marido – ¡Quiero saber! Saber si yo fui la culpable de que mi hijo no llegara a lograrse ¡Quiero saberlo!

Gonzalo cada vez comprendía menos. No sabía lo que quería decir su esposa con aquellas palabras - ¡Margarita, cálmate! Cálmate por favor... No sé... no sé de qué me hablas, no sé qué me quieres decir con que quieres saber si eres culpable de que nuestro hijo no llegara a lograrse... No sé qué es lo que te hace pensar eso, pero lo que sea, nunca serás culpable de ello ¡Nunca!
- Tú no sabes Gonzalo, tú no sabes... - lloraba con la frente apoyada en el pecho de su marido.
Gonzalo cerró los ojos abatido – Lo sabré si te calmas y me lo cuentas, sino, la conversación se queda terminada por el momento.
- Me calmo, te lo prometo pero... pero tienes que escucharlo ¡Tienes que escuchar el resto!

Gonzalo se ahogaba. Algo muy grande tenía que ser para que en aquellos momentos olvidara la distancia que había puesto entre ella y él y necesitara que la escuchara para desahogar aquel pesar que la estaba destrozando. No dijo nada, sólo dejó que ella fuera sosegándose, allí, en su pecho, sintiéndola buscar refugio en él. Cuando la percibió más calmada la apartó un poco e hizo que lo mirara.

- ¿Ya estás mejor?
Margarita afirmo con la cabeza. Gonzalo la recostó sobre los almohadones – Voy a decirle a Sátur que te prepare una infusión.
- ¡No! Ahora no, en todo caso más tarde... Quiero... quiero terminar con esto.
- Como quieras, pero si veo que te pones mal no se habla más por esta noche, además, debes descansar, el dormir es la mejor medicina... Mejor dejarlo para mañana ¿vale?
- ¡No! Después descanso todo lo que quieras... después...
- Bien, si así lo quieres, adelante, te escucho.

Tragando saliva Margarita procedió a seguir contando – En esa carta, Loreto aparte de despedirse de mí, me cuenta que descubrió algo... Algo que hizo que tuviera miedo por lo que no se atrevió a decirme nada, pero ante la próxima vuelta a Palacio por parte mía, no podía mantenerme al margen de lo que sabía. En... en esa carta me dice que alguien... Que alguien me quiere mal y que no vuelva a Palacio.
El rostro de Gonzalo ante las últimas palabras de Margarita se contrajo – ¿Te dice... ¿Te dice en la carta quien te quiere mal y cuál es el motivo?
- No... No me dice quien me quiere mal pero me deja dicho que... - rompió a llorar sin consuelo alguno

Gonzalo no sabía qué hacer ante tanto dolor que veía en su esposa, hubiera querido dar por zanjada aquella conversación pero ante lo que ya había escuchado de ella, quería saber el final de todo aquello. Margarita con el rostro ladeado seguía con los sollozos. Gonzalo le acarició el cabello – Debería dar por terminado esta conversación por esta noche,  pero lo que sea que fuere lo que te ha hecho saber a través de esa carta, te está haciendo demasiado daño y creo que lo debes echar a fuera... Cálmate y dime que te dejó dicho, te sentirás mejor.

Margarita abrió los ojos anegados de lágrimas – Nada... nada me hará sentirme mejor... Tú... tú no sabes, no puedes saberlo.
- Lo sabré si me lo dices pero tómate tu tiempo. Cuando te sosiegue, me sigues contando – le hablaba con toda dulzura pero dentro de él, algo se rompía al verla de aquella manera.
La voz de su esposa se escuchó enronquecida y quebrada por el llanto – Me dice, que... Que mi aborto no... no fue natural... Que fue provocado.

Gonzalo se puso lívido, por un momento pareció que la sangre no le corría por las venas - ¡¿Qué dices Margarita?! ¿Qué estás diciendo?
Gonzalo la había cogido con fuerza por los hombros. Al zarandeo la muchacha se quejó por el dolor causado - ¡Ay Gonzalo, el brazo!
– ¡Perdón! ¡perdón! No... no quise hacerte daño pero lo que me estás contando... - fue a acariciar su hombro dolorido pero sólo se quedó en un intento. Él le prometió que no volvería a tocarla. Se levantó y en un ademán de desesperación pasó sus manos por el cabello. Dio unos pasos y volvió junto a la cama – Te... ¿Te deja prueba de eso?

Margarita no quiso mirarlo – Ese... ese bote es la prueba. Yo no quería que tú lo supieras hasta averiguar que contenía ese frasco... ¡Quería hacerlo por mí misma! sin embargo, tengo miedo... Miedo a saber que eso pueda ser verdad.
Gonzalo se acercó presuroso y volvió a sentarse junto a ella. De nuevo la apretó con delicadeza sobre su pecho – No tengas miedo, yo... Yo voy averiguar cuál es el contenido de ese bote y si es verdad, ¡te juro que no voy a tener piedad de quien hizo esa barbarie!

- ¡No Gonzalo! Nadie puede pagar lo que hizo porque nada de eso es prueba suficiente... Decirte... decirte que no sé quién puede ser esa persona te mentiría... Al igual que tú, los dos sabemos que sólo puede haber una mano que haya podido hacer eso... Yo... yo no quise escucharte y caí en sus mentiras... ¡Volví a caer en ellas! - de nuevo rompió a llorar.
- Cálmate, ya no llores más... De nada sirve lamentarse cuando ya no hay remedio pero si te digo, que esto no se queda así. De alguna manera voy averiguar si ha sido Lucrecia quien está detrás de esto y si es así, nadie va a detenerme.
- ¡No! ¡No hagas nada por favor! Si ha sido ella, contra Lucrecia nada se puede hacer, ella es la Marquesa de Santillana y tú, saldrías perdiendo.
- Eso, ya se verá y ahora, voy a prepararte la infusión. Debes dormir.

Gonzalo, con los ojos llenos de llanto se levantó y salió de la habitación dejando a una Margarita deshecha, llena de temor, de angustia, al pensar, que si su marido daba con la certeza de que Lucrecia era la causante de la pérdida de su hijo, sabía que nada ni nadie lo detendría a que ella pagara por su delito. Él mismo se encargaría de ello. Un escalofrío recorrió su cuerpo.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Nov 20, 2016 7:49 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,29


Las sombras todavía caían sobre la Villa y el barrio de San Felipe. La mañana era fría y los indicios eran de seguir lloviendo cómo la noche pasada. En aquel momento, el agua había dado una tregua. Gonzalo no dejaba de estar pendiente de la puerta. Sátur, no quitaba ojo a cada movimiento de su amo, éste, iba y venía como alma que llevaba el diablo.

– ¡Amo por Dios, estese quieto que me está poniendo nervioso a mí!
- Sátur, ¿cómo quieres que esté? ¿Sabes lo que hizo esa mujer? ¡¿Lo sabes?! Destruyó las ilusiones de mi esposa, destruyó al hijo que esperaba, pudo haberla matado ¿y tú me pides calma?
- Amo, yo lo comprendo pero todavía no se sabe con seguridad que ella lo hiciera.

- ¡¿Lo pones en duda?! ¡Pues para mí no hay duda alguna! ¡y te juro que lo voy a averiguar, cueste lo que cueste! Yo estaba seguro que Lucrecia algo se traía, una mujer como ella no cambia de la noche a la mañana ¡Si hasta me sorprendió, que tuviera tanta condescendencia al querer seguir pagando a Margarita el sueldo sin trabajarlo! – su voz se escuchaba enronquecida y sus ojos, estaban rojos de la ira.

- Pero usted se negó a ello.
- ¿Cómo crees que yo iba a aceptarlo? ¡De ella nunca hubiese querido nada! – mientras lo decía todo airado, volvió a la puerta – ¡Acaba de llegar Sátur! Ya sabes, si Margarita despertara le dices que me eché un rato. No haga que se levante como no sea para algo preciso, no ha descansado nada y está destrozada. También, antes de bajar he comprobado que la fiebre le ha vuelto a subir, ahora hablaré con el médico.

Tomó el bote de encima de la mesa y apretándolo con furia en su mano salió de la casa atravesando la calle. Llamó quedamente a la puerta. No tardaron en abrir. Don Jeremías miró extrañado al maestro.

- Gonzalo, ¿pasa algo? Es raro que estés tan temprano por aquí.
- Quisiera hablar con usted un momento, si puede ser claro, quiero consultarle algo.
- Si hombre, claro, pasa, ¿y Margarita cómo se encuentra? Procura hablar en voz baja, que por aquí todavía están durmiendo.
- No se preocupe, me imagino que Catalina y Murillo todavía duermen, con respecto a mi esposa, también de ella quería hablarle. Anoche tuvo una caída y se dislocó el hombro, se lo coloqué en su sitio pero ha pasado la noche con molestias y no deja de tener fiebre.
- Si te ha pasado alguna vez, sabrás que eso es muy doloroso. Durante unos días estará dolorida por la inflamación, tiene que tener el brazo inmovilizado, me imagino que así lo habrás hecho ¿no?

- Si claro, así lo he hecho pero me gustaría que usted fuera a verla cuando pueda... Le estoy dando para el dolor las gotas de láudano, pero no sé si la fiebre puede ser de lo mismo o de un enfriamiento, le cayó la tormenta de anoche encima.
- No te preocupes, eso no será nada pero pasaré a verla. Bueno, ¿qué es eso que querías consultarme?
- Si mire, es sobre esto - Gonzalo le puso el bote de cristal sobre la mesa – Me gustaría que me dijera si puede, qué contiene este bote.

Don Jeremías tomó el frasquito en su mano y se lo quedó mirando, luego, su mirada la dirigió a Gonzalo – Tendría que analizarlo primero, pero con todo y eso, no te puedo asegurar si daré con lo que contiene.
- Lo entiendo doctor, esperaré esos analices.

Don Jeremías miró al trasluz de una vela el frasco, sacudió el bote haciendo que el poco líquido que contenía bailara dentro de él. Miró a Gonzalo que aún no había decidido a irse. El doctor Andrade tiró del tapón destapando aquel envase. Se lo llevó a la nariz aspirando su contenido. Una exclamación salió de sus labios.

- ¡Vaya!
- ¿Pasa algo doctor?
El médico lo miró detenidamente – Pasa Gonzalo, pasa ¿De dónde has sacado esto?
- Sería un poco largo de contar doctor, pero es urgente que sepa qué clase de líquido es el que esconde ese frasco.

- No hace falta analizar nada, por su olor sé lo que es. El olor que desprende es inconfundible. Por una de las cosas que se la caracteriza es por eso precisamente, por su olor algo desagradable... El contenido de este bote se llama Ruta Graveonlens, sobre esta planta se han creado muchísimas leyendas, historias... Unas son verdad y otras no tantas... En la antigua Roma, era una planta muy utilizada por los romanos, se escribía cosas sobre ella como... “Si la mujer conociese las virtudes de la Ruta, iría a buscarla a la luna”... y en parte es verdad, tiene  muy buenos atributos pero se olvidan que a pesar de eso Gonzalo, tiene propiedades muy nefastas.

- Ha dicho Ruta en latín, luego su nombre es Ruda. ¿Esas propiedades nefastas en qué consisten?
- Es una de las plantas abortiva más eficaz que existen, pero también la más peligrosa porque provoca unas grandes hemorragias que puede acabar con la vida de la mujer que la ingiere.
Gonzalo se estremeció. Su rostro pálido no pasó desapercibido para el médico - ¿Te sientes mal muchacho? Te has puesto blanco como la cal.
- No...   No se preocupe, estoy... estoy bien.

Don Jeremías había vuelto a tapar el botecito y se lo entregó al maestro. Mientras lo hacía, no pudo evitar un comentario – Gonzalo, no quiero ser indiscreto pero ante este frasco y su contenido quisiera hacerte una pregunta... ¿Tu esposa pudo haber tomado inconscientemente algo, cómo una infusión a base de esta planta en esos días anteriores al aborto? Te lo pregunto, porque los síntomas que presentó llevaban todos los indicios de haber tomado algo como esto. En aquel momento no comprendía el porqué de esas fuertes contracciones del útero y después, esas fuertes hemorragias... Temí por su vida Gonzalo, temí...

Gonzalo había escuchado al médico y sintió una gran opresión en el pecho. Un nudo en su garganta hizo que le costara hablar – Alguien, hizo que mi esposa sin saberlo ingiriera esto para que su embarazo no se lograra y lo consiguió... Esto que ve aquí, sólo hace unas horas que ha caído en nuestras manos, por eso el querer saber. Quiero dar con el culpable de ello.
- Esto que me estás diciendo es demasiado cruel Gonzalo. ¿Qué clase de persona puede hacer una cosa así?
- Alguien que no tiene escrúpulo ni se mide para conseguir sus fines. Dígame doctor, ¿es fácil conseguir esto?

- Gonzalo, es fácil conseguir eso... Las situaciones de muchas mujeres hacen que tengan que buscar ese remedio entre los curanderos, los matasanos... Hay demasiado pobreza en la Villa para que puedan cargarse de hijos y que mejor que eso, y si eso no hace efecto, aunque con temor acuden al aborto por intervención en la peores condiciones que te puedes imaginar y donde cogen infecciones que las lleva a enfermar, incluso a la muerte. Si no lo hace una cosa, lo hace la otra... ¿Has escuchado hablar de Fausto Expósito? al que llaman el “saca crío”

- Si, he oído hablar de él, incluso sé por dónde vive.

- Este hombre, tiene fama entre esa pobre gente. Esa gente, esas mujeres, necesitan de él para quitarse de encima un hijo no deseado, son muchas las mujeres que no han sobrevivido a sus pócimas y a sus “operaciones” pero ellas siguen buscándolo. Sólo él, puede quitarles el problema de encima y nadie puede hacer nada contra eso ya que la ley no lo prohíbe... Para las autoridades estas prácticas son totalmente legales, por lo que estas personas tienen libertad para ejercer su “cometido” Si eso estuviera perseguido y ese hombre u otros no pudieran ejercer su “profesión” la Villa estaría llena de hijos bastardos y eso Gonzalo, no conviene a cierta gente. Son los propios nobles quienes pagan los servicios de hombres como ese, para que a las criadas que han ultrajados, les haga desaparecer el fruto de su lascivia aún a costa de las vidas de ellas.

Gonzalo escuchaba en silencio a don Jeremías. Su corazón latía con fuerza ante lo que el  buen hombre le estaba contando.

- Gonzalo, no sé qué vas a hacer ahora al saber que eso que tienes en las manos es lo que causó que se frustrara el embarazo de Margarita, pero si lo que pretendes es buscar a la persona responsable de ello, sólo te digo que tengas cuidado, no es fácil probar una cosa así.
- Intuyo quién puede haber sido, sólo me queda saberlo con certeza y lo voy a averiguar. No puedo dejar pasar que esa persona que estuvo a punto de matar a mi esposa viva tranquila.
- Te comprendo, pero cuídate, tienes un hijo y una esposa.
- Más que nada pienso en ellos - Gonzalo le tendió la mano a don Jeremías – Gracias doctor por todo.
- De nada hombre y no me digas que soy pesado, pero ve con cuidado. Ya más tarde me paso para ver a tu esposa pero no te preocupes por la fiebre, si no es muy alta no es preocupante.

Don Jeremías acompañó a Gonzalo hasta la puerta. Gonzalo volvió a darle las gracias y atravesando la calle subió los escalones. Sátur asomaba la cabeza por la puerta, se apartó para que su amo entrara. Por su cara comprendió que no traía con él nada bueno. Gonzalo no se detuvo hasta llegar a la cuadra. Sátur lo miró con cierto entrecejo.

– Pero amo, ¿se puede saber dónde va?
Gonzalo ensillaba su caballo – Voy en busca de quien me va a decir a quien le vendió esto – al decirlo le enseñó el frasco.
- Entonces, ¿ya sabe lo que contiene ese dichoso bote?
- Si Sátur, esto acabó con el embarazo de Margarita y ella, estuvo a punto de morir por ello, don Jeremías enseguida me dijo de lo que se trataba.
- Pero... ¿pero ya sabe de dónde salió eso?
- Creo saberlo, sólo es cuestión de preguntar - mientras hablaba, terminaba de preparar a Minero - ¿Se ha despertado Margarita?

- No, todavía duerme, hace poco que subí.
- Si se despierta antes de que yo vuelva, no le digas nada sobre el contenido del frasco, yo hablaré con ella.
- Amo, que todavía no me ha dicho a dónde va.
- Sátur, te lo he dicho, voy en busca de quien me va a confirmar que Lucrecia le compró esta pócima.
- Amo que las cosas no es tan fácil. ¿Cree que esa persona le va a decir que fue a ella quien le vendió eso?
- Me lo dirá, claro que me lo dirá - lo dijo mientras tiraba de las riendas de su corcel y abriendo el portón de la cuadra.

- Amo, que por la forma en que lo dice ya me imagino lo que puede esperarle a esa persona si no quiere hablar ¡Amo, no se me vuelva loco! ¡Que el que va es el maestro y no Águila! A Águila lo dejó en el fondo del lago  ¿o no se acuerda?
Gonzalo se lo quedó mirando – Sátur, estás tú para recordármelo pero en estos momentos, sólo soy un hombre, un hombre loco por la rabia y el dolor - diciendo esto, montó a Minero saliendo a trote ligero bajo una fría llovizna.

La mañana, despuntaba al nuevo día dejando entrever un cielo con presagio de tormenta.






La rabia de un hombre.


Los toques fuertes en la puerta hicieron que abriera los ojos. Maldijo a quien lo hacía. Por la tenue luz que entraba por el ventanuco dedujo que todavía sería muy temprano. De nuevo los golpes hicieron que Fausto Expósito volviera a maldecir a quien llamaba con tanta premura.

- ¡Ya voy! ¡Ya voy! - apartó con desgana las ajadas mantas levantándose del camastro.

Se hallaba vestido, incluso tenía las alpargatas puestas, se rascó la cabeza revolviéndose el largo cabello y con paso tambaleante se dirigió a la puerta desvencijada. En su paso tropezó con una botella vacía que se encontraba en el suelo. Tuvo que guardar el equilibrio agarrándose a una silla, ante la insistencia de quien llamaba, la arrojó con coraje sobre la desconchada pared. Descorrió el cerrojo abriendo la puerta de golpe.

- ¡¿Pero se puede sab...

No pudo terminar la frase. Aquel hombre joven que tenía ante él, no le dio lugar a hacerlo. Cogiéndolo por la sucia camisa lo metió dentro de la sala de un empellón cerrando la puerta.

- Pero... ¿pero quién eres? ¿Que... ¿quieres de mí? – había caído hacia atrás e intentaba ponerse de pie.

Gonzalo con una ojeada apreció lo que había en aquella estancia. Un escalofrío recorrió su cuerpo al ver en las condiciones tan insalubres que se encontraba aquel lugar. El pensar que una mujer tuviera que acudir allí y exponer su vida en aquellas condiciones hizo que perdiera el control. La mesa donde se hallaba los utensilios e instrumentos, si a aquello se le podía llamar así, de una fuerte patada la volcó desparramándolo todo por el suelo, Fausto Expósito no daba crédito a lo que estaba pasando ante sus ojos.

- Pero... ¡por mil demonios! ¡¿Quién leche eres?!
Por respuesta, encontró, que aquel intruso lo levantaba por la camisa con fuerza arrojándolo sobre el camastro - No te importa quién sea yo, pero si debe importarte lo que yo quiero de ti... ¡Quiero esto! - Gonzalo sacó del bolsillo de la chaqueta el frasco y se lo puso por delante.
- No... no entiendo... Me quieres decir que quieres otro remedio como ese ¿no?
- No, no es lo que quiero decir, lo que quiero de ti ¡es que me digas a quien vendiste esta maldita pócima!
El hombre se terminó de incorporar y miró a Gonzalo incrédulo – Estás de broma ¿no? porque de otra forma no puedo comprenderlo.

Gonzalo lo cogió bruscamente por la camisa y lo obligó a mirarlo. Su voz sonó grave - Dime, ¿tengo cara de estar de broma?
- ¡¡Pero estás loco!! ¡¿Sabes a cuantas personas le vendo eso?! Lo que me pides... ¡Lo que me pides es imposible!
- No me importa seguir destrozando...
- No... no puedes hacer eso, es... es mi trabajo... Aquí vienen las mujeres que...
- Que necesitan de tus servicios, es eso lo que ibas a decir ¿no? ¡Pues por esos servicios, mi hijo nunca nacerá y mi esposa estuvo a punto de morir!

Gonzalo lo había soltado volviéndose por un momento de espalda. El hombre se levantó del camastro y mientras hablaba fue a poner la mesa de pie – Ellas... ellas saben a lo que vienen y si no siguen mis indicaciones es lo que les puede pasar... Si tu esposa se ha pasado de la dosis, sólo es culpa de ell...

No llegó a terminar de decirlo. Gonzalo volviéndose con furia golpeo con su puño derecho la mandíbula de Fausto. El hombre, debido al impulso del puñetazo cayó sobre la mesa haciendo que ésta volviera a caer al suelo.

- ¡¡Escúchame!! - Gonzalo lo tomó con fuerza por la camisa y lo obligó a mirarlo - Mi esposa nunca vendría a un lugar como este y si ha tomado esto, no ha sido por su voluntad. Alguien quiso provocar el aborto y lo consiguió, por eso, quiero que me digas, ¡¡a quien le vendiste esto!! y no tengo toda la mañana.
- Pero... pero yo te digo lo de antes... Son... son muchas las personas que vienen por ese remedio, es muy difícil averiguar eso...
Gonzalo lo soltó dejándole caer sobre la mesa – Si te dijera que esa persona puede ser una mujer y no una mujer cualquiera... No creo que muchas “damas” vengan a visitar tu casa, ¿o sí?

El curandero se fue levantando con cierto temor – Si... si te refieres a una noble, no son muchas las que suelen pasar por aquí... Algunas, pues por ocultar un desliz, otras, las de más edad, para hacer que su joven criada aborte el fruto de los deseos y la impudicia de su esposo - el hombre miró a Gonzalo – Me das muy poca pistas... Si al menos me dijeras el tiempo, quizá... Quizá así pueda.
- Mi esposa hace como un mes que abortó, pero no sé desde cuando esta persona pudo tener estos en sus manos... De unos tres meses atrás, intenta hacer memoria. ¿Quien visitó tu casa dentro de esos tres meses para hacerse de este maldito veneno?  

Gonzalo le volvió a enseñar el envase. Fausto tragó saliva. Sabía que aquel hombre no iba a darse por vencido, sabía, que era capaz de hacerle polvo la casa si no le decía lo que quería.

- Por.... ¿Por qué crees que fue una mujer? pudo haber sido un hombre.
Gonzalo lo miró. Su mirada estaba llena de ira – Porque sólo conozco a una mujer que no siente escrúpulo ante nada y si me atrevo a decir que fue una mujer la que vino, es porque ella no se vale de nadie, ni de mujer ni de hombre para hacer lo que pretende... ¡¡Piensa!!

El estruendo de una estantería contra el suelo hizo que el curandero se tapara la cabeza con los brazos. A pesar del frío que hacía dentro de la casa, ya que apenas había fuego en la chimenea, Fausto comenzó a sudar abundantemente, lo tenía muy difícil con aquel hombre, con cierto temor, sacó la cabeza de entre sus brazos. Sus ojos recorrieron la estancia. La madera ya vieja de la estantería se había resquebrajado partiéndose en dos y todo lo que se encontraba en ella, frascos con pócimas, tarros de barro, plantas, hierbas, ristras de ajos, todo, estaba hecho añicos y esparcidos por el suelo. Gonzalo esperaba con las manos en el cuadril.

Los ojos del matasanos se abrieron con espanto cuando vio que aquel hombre alto y fuerte dejaba aquella postura y sin dudar posaba sus manos sobre el costado de un estante.

- ¡¡No!! ¡Espera por favor!... No sé... no sé si será la mujer a la que te refieres... Dices que tu esposa abortó hace como un mes... Hace cosa de un mes más o menos vino una dama... Nada más llegar la reconocí.
Gonzalo dejó su intento de hacer caer el estante y se volvió hacia Fausto – Dices, que... ¿qué la reconociste?
- Si... No... no era la primera vez que la veía... Hacía unos meses atrás, recuerdo muy bien la fecha, fue... Fue cuando la viruela azotó la Villa, vino en busca de mis servicios, en aquella ocasión venía acompañada de su doncella, al parecer quería ayudar a su criada a quitarse la falta que había cometido pero... Pero momentos antes de irse, se echó la capucha de su capa hacia atrás y comprendí que por el malestar que reflejaba su rostro, la que estaba embarazada era ella.

A Gonzalo en seguida se le vino a la mente. En aquella fecha, Lucrecia cayó enferma de viruela, bien podía ser, que ante los síntomas que se le presentaron le diera a pensar que estaba embarazada y acudió a aquel hombre. Dejó sus pensamientos atrás para seguir escuchando a Fausto Expósito.

- Cuando... cuando volvió a buscar mis servicios, también recuerdo el día, era domingo y de noche, llovía, pero al parecer a ella nada de esto le importaba... Me dijo lo mismo, que venía por el mismo remedio que la vez anterior. Le pregunté si era también para una criada, que era una buena protectora de ellas... Sobre eso la mujer no dijo nada, le pregunté qué tiempo llevaba sin sangrar su doncella, según ella, su criada había hecho las dos faltas, le dije que tenía que haber acudido antes... Le di el frasco y le volví advertir lo de la vez anterior.
Gonzalo que no lo había interrumpido, preguntó - ¿Qué es lo que tenías que advertir?
- De ese frasco sólo tenía que poner cinco gotas, ni una más, que era muy peligroso y si en dos días no lo había echado que la trajera para sacárselo... Ella me pagó y sólo me dijo que no hacía falta que me dijera que ella nunca había estado aquí.

Gonzalo tuvo que contener su rabia, su impotencia ante lo que escuchaba de aquel hombre. Fausto se quedó mirando a aquel hombre joven y de muy buena planta pero cuya mirada estaba llena de furia como de una gran tristeza.

- No... no sé si esa será la mujer a la que te refieres pero sólo te puedo decir eso, no hay nada más.
- Si hay algo más. ¿Cómo era esa mujer?
- Pues... pues era joven y hermosa... Cabello castaño claro y con bucles... No es el tipo de dama que suelen venir por aquí. No es fácil olvidar un rostro así y aparte de hermosa, tenía algo muy peculiar en su cara, si, algo muy singular y que en vez de restarle belleza, al contrario, creo que le proporcionaba cierto encanto... Tenía lunares, muchos lunares...

Gonzalo cerró los ojos. ¡Por fin! Era lo que quería escuchar.  Él no podía adelantarse a facilitarle esa particularidad de Lucrecia, Fausto podía engañarlo con tal de quitárselo de encima. A pesar de toda la rabia que lo atenazaba, Gonzalo sintió alivio al comprobar que había sido ella, que ya no había dudas. A partir de aquel momento todo lo que acaeciera, sólo dependía de él. Tragando saliva, se dirigió a la puerta.

Fausto lo miraba sorprendido - ¿Te vas así?  No me has dicho si es o no, la mujer que buscas y ¿tampoco piensas pagarme todo el destrozo que me has hecho?
Gonzalo, ya con la puerta medio abierta se volvió – Con respecto a la mujer, no tienes porque saber si es ella o no y en cuanto a lo otro, no... No pienso pagarte por esos destrozos.
- ¡Pero yo me gano la vida con todo esto! ¡La gente necesita de mí!
- Yo no pago a ningún carnicero como tú... Considérate más que pagado con no haberte echado la casa  abajo. Ya le cobras demasiado a esas pobres mujeres y que muchas de ellas, mueren en el empeño y otra cosa, la próxima vez, asegúrate a quien le vendes esta ponzoña.

Diciendo esto, Gonzalo de Montalvo salió de aquella casa dirigiéndose donde se encontraba su caballo. Agarrándose a la silla y poniendo un pie en el estribo impulsó su esbelto cuerpo acomodándolo a la montura. Tomó la rienda y azuzando a su corcel, salió de aquel barrio de la Villa que ya iba cobrando vida bajo un día gris y lluvioso.




Abrió los ojos. Las campanas de San Felipe con sus ocho toques la habían despertado. No ponía en pie a qué hora pudo haberse quedado dormida pero no había sido un sueño reparador. Los acontecimientos que habían sucedidos el día anterior la había mantenido intranquila. ¿Qué pasaría? ¿Cómo saber la verdad del contenido del frasco? Le dolía la cabeza de pensar y también por aquella maldita fiebre que no desaparecía. Intentó de moverse en la cama pero el dolor del hombro se lo impidió.

- ¡Dios! Estoy fastidia por todos lados ¿Cómo voy a poder moverme?

Necesitaba ir al establo, le dolía el bajo vientre de aguantar la orina pero iba a costarle bajar y para colmo estaba lloviendo. Escuchaba el sonido del agua sobre las tejas. Con mucho cuidado intentó dejar la cama, echó las ropas hacia un lado y buscando postura logró sacar las piernas sentándose en el lecho. Fue un alivió dar ese primer paso y después de ese, intentaría ponerse de pie. Ya que le iba a ser difícil bajar e ir al establo, tendría que hacerlo en el orinal que solía tener en la habitación.

Con trabajo se levantó y agarrándose como pudo ya que se sentía algo mareada, llegó hasta la puerta cerrándola con el pestillo. El problema que tenía en aquel momento es que necesitaba de las dos manos, así que no lo pensó y se quitó con sumo cuidado la pañoleta que le servía de cabestrillo. Al dejar caer el brazo a lo largo del cuerpo, sintió un fuerte dolor pero sólo sería un momento, sólo un momento.




Sátur estaba impaciente, hacía como una hora poco más que su amo se había marchado y no había regresado. Temía lo que pudiera estar pasando, sabía que no miraría nada para sacar esa posible verdad a quien fuera. No se había decidido a preparar las gachas ya que no sabía a qué hora podía tomarse el desayuno aquella mañana, cuando volviera su amo, lo haría. Pensó en subir a ver si Margarita se hallaba despierta y necesitaba algo de él y así lo hizo. Le extrañó ver la puerta cerrada, fue a empujar la hoja pero se encontró con que estaba cerrada por dentro. Llamó con los nudillos dando unos golpecitos.

- Señora Margarita, ¿está bien?

La voz de la joven, un poco apurada se hizo escuchar dentro de la habitación - ¡Ay Sátur! que la cerré y se me ha olvidado abrirla, en un momento te abro.

El bueno de Sátur esperó. La puerta se abrió y una Margarita pálida y al parecer dolorida apareció ante él.

- ¡Pero bueno! ¿Cómo se le ocurre encerrarse?
- Sátur, ¿no crees que hay cosas que las mujeres las tenemos que hacer en privado? - lo dijo mientras se dirigía de nuevo a la cama.
- Si señora que lo sé, pero con que la hubiera cerrao sin el pestillo hubiera sido bastante. ¿No se pone a pensar que se hubiera mareao y hubiera caído al suelo?
- Pues no creas, estoy mareada y lo poco que he estado de pie, no me he mantenido muy firme.
- ¡Pues ande a la cama, que yo la ayudo! – cómo lo dijo lo hizo. Ayudó a la joven a acostarse y la arropó con gran cariño – Y ahora vuelva a dormirse que es muy temprano pa’ usted.

- Me es imposible dormir Sátur. Me imagino que Gonzalo te habrá contado...
- Sí, claro que me ha contao, ¡y lo que han hecho con usted no tiene nombre! ¿Pero cómo puede haber gente tan mala por Dios?
- ¿Comprendes por qué no me puedo quedar dormida? Tengo una gran incertidumbre ante todo esto... Me da miedo pensar que eso pueda ser verdad.
- No tenga miedo y enfrente lo que sea pa’ que esa persona no se quede tan pancha después de lo que hizo.

Margarita percibió el calor de la mano del hombre en la suya. Sintió una gran congoja subirle a la garganta – El miedo que tengo Sátur, es descubrir que he podido estar equivocada culpándolo a él... He culpado a Gonzalo mil veces, en silencio, pero lo he culpado de que mi hijo no llegara a lograrse y sólo yo, tengo la culpa de ello... Él me lo advirtió y yo no quise escucharle. ¡No quise!
Sátur no pudo de retener algunas lágrimas al escuchar a la joven – No se haga mala sangre señora... No piense que pueda tener la culpa cuando de todo esto, sólo hay un culpable y no es ninguno de ustedes dos. Ustedes son víctimas, ¡víctimas de esa mujer! Ande, no llore que se va a poner peor. ¿Quiere que le de algo a tomar?

Margarita se enjugó las lágrimas con un pañuelo que tenía debajo de los almohadones - Querría las gotas para el dolor. A veces me es imposible aguantar las molestias, además la fiebre no termina de quitárseme.
- Eso es por lo que le cayó anoche, seguro que se ha enfriao pero para eso también le sirve... Yo se lo doy en estos momentos y después le subo un tazón de leche calentita, que le vendrá más que bien, ya más tarde se toma las gachas.
- Sátur de momento no... No podría pasar nada.

- Bueno, de momento esto... - le había echado en un poco de agua las gotas y se la dio a tomar a la muchacha – Y ahora intente dormir, verá como se alivia.
Margarita suspiró profundamente. Sátur le pasó una de sus manos por la frente – Ya verá como la fiebre le baja y ahora, me voy que quiero ir preparando el desayuno – el fiel criado se dirigió a la puerta cuando la voz de la muchacha lo hizo detenerse.

– Sátur, la casa está llena de silencio. ¿Dónde?... ¿Dónde está Gonzalo?
Sátur tragó saliva antes de volverse hacia la muchacha – Pues... pues el amo después de que se quedara dormía estuvo un tiempo pendiente de usted y ya amaneciendo bajó diciéndome que se iba a echar un rato, pero se ha quedao dormío.
- Es normal, entre unas cosas y otras también debe estar agotado.
- ¡Y tanto! Bueno, me marcho, intente dormir y si necesita de mí, sólo tiene que darme un grito pero procure quedarse en la cama, no debe levantarse.
- No te preocupes, la verdad que el cuerpo no me pide otra cosa.

Sátur salió de la habitación dejando la puerta entornada. Margarita, al quedarse sola buscó postura pero le era imposible hacerlo con el brazo de aquella forma. Sólo podía estar dejada caer en los almohadones, ladeando el rostro cerró los ojos. Quería dormir y no pensar. No pensar en todo lo que podía venirse encima si Gonzalo descubría la certeza de que Lucrecia era la causante de todo aquello. No quería que nada le ocurriese, no podría soportar que el acusar a la Marquesa le ocasionara problemas y que serían muy graves, tanto, que lo llevaría incluso a verse encerrado por la autoridad o quizá algo mucho peor. Un sollozo ahogado escapó de su garganta.




Sátur no había hecho más que bajar del piso superior cuando llamaron a la puerta, supuso quien era y se dispuso a abrir.

– Buenos días Catalina
- Pues muy buenos para ti no serán porque tienes una cara... - mientras decía esto, Catalina había entrado dentro de la casa empujando a Murillo.
- No siempre se levanta uno con la misma cara ¿o a ti no te ha pasa?
- ¡Uy no lo sabes tú bien! Bueno, ¿y Margarita cómo ha pasado la noche?
- Nada bien, hasta hace poco no se ha quedao dormía.
Catalina miró a un lado y a otro – Gonzalo, ¿no está?
- Está, pero bien dormío... Se llevo toda la noche pendiente de su esposa.

La mujer se quedó muy pensativa – Que raro, si te dijera que antes de que amaneciera me pareció escucharlo en la botica hablando con don Jeremías y si no se le he preguntado al médico, es porque ya se ha ido.
- Habrás creído escucharlo porque mi amo no se ha separao de su mujer pa’ na’ y ahora, duerme como un bendito.
- Pues yo hubiera jurado que era él... Bueno, aquí se queda mi Murillo que hoy entro más temprano, espero que a quien dejé ayer en mi lugar no haya salido corriendo con los desplantes que tiene últimamente la Marquesa. A más ver...

- A más ver Catalina y reza porque te vaya bien el día.
Catalina que ya estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta se volvió extrañada por el comentario de Sátur - ¿Por qué me dices eso?
Sátur se sintió pillado - ¡Por ná mujer! pero cómo dices lo de la Marquesa...
- No, si pensándolo bien llevas razón, porque para torear a mi señora tiene una hasta que rezar... Adiós y no me entretengas más.

Catalina terminó de salir y Sátur cerró la puerta con alivio. Por momentos pensaba que su amo podía aparecer en cualquier instante y no se sabía en qué condiciones podía llegar de ánimo para dar ciertas explicaciones. El buen hombre se volvió hacia la sala. Se enterneció al ver que Murillo se hallaba sentado ante la mesa y habiendo acomodado su cabecita entre los brazos, se había quedado dormido.

– Pobre zagal, si esto de tener que levantarse a la par de la madre....

Se dirigió a la chimenea y echando más leño, avivo el fuego, fue cuando escuchó chirriar el portón de la cuadra. Soltó el atizador y salió presuroso hacia la puerta del establo, la empujó viendo entrar a su amo. Por su cara, el buen criado se dijo que podía haber pasado de todo o no había conseguido saber nada, o quizá sus sospechas se habían confirmados. Se adelantó a quitar la silla pero la voz de Gonzalo lo detuvo.

- No Sátur, no la quites, salgo en un momento, sólo he venido por unas cosas.
- ¿Cómo? ¿Qué va irse otra vez?

Gonzalo ya iba para dentro de la sala. Sátur movió la cabeza preocupado – Amo, ¿pero ha conseguido saber algo?
- Todo Sátur, todo... Fue ella... Fue Lucrecia quien lo hizo... ¡Lo sabía! Lo sabía, pero tenía que confirmarlo - bajó la voz cuando vio a Murillo dormido sobre la mesa.

Se dirigió a su alcoba y yéndose directo a la altura de la puerta que daba al patio, hizo presión con la palma de la mano sobre unos de los ladrillos que quedaba a la vista y el adobe dejó su posición habitual. Gonzalo tiró de él sacándolo por completo. Introdujo su mano sacando algo envuelto en un lienzo de color negro, luego, la volvió a introducir en el hueco trayendo con ella una bolsita que parecía contener pólvora. Colocó de nuevo el adobe en su sitio y mirando detenidamente aquello que tenía entre las manos comenzó a desenvolverlo. Sátur no quería pensar en lo que podía ser aquello, pero no se equivocó, era lo que pensaba. Gonzalo dejó caer el paño que lo envolvía y una pistola apareció en sus manos.

- ¡Pero se ha vuelto loco! ¡Por Dios amo, que así va empeorar más las cosas!

Gonzalo no escuchaba, se había introducido la pistola entre el cinto y el pantalón y el saquito en uno de los bolsillos de su chaqueta, luego, fue al arcón donde solía guardar sólo ciertos recuerdos levantando la cubierta, sacó el fardo que envolvía la espada que su padre o quien él creyó su padre le regalara apenas siendo un chiquillo.

- ¡Amo, por Dios! piense en la señora.
- En ella pienso y lo que le hizo Lucrecia no se va a quedar impune.
- Amo, en su hijo. Piense en Alonsillo - Sátur no sabía dónde acudir para que su amo desistiera de su empeño.
- En él también pienso... Quiero que mi hijo crezca sin gente malvada a su alrededor, y Lucrecia es una de ellas.
- ¡Pero bueno! ¡¿Es que tiene salía pa’ todo, leche?!

Gonzalo había dejado libre la espada del lienzo que la envolvía y con ella en la mano se dirigió a la cuadra. La lluvia seguía arreciando, Sátur iba tras su amo, pero al ver la que estaba cayendo, volvió sobre sus pasos y dirigiéndose a prisa tomó la capa de negro paño del perchero, con ella en sus manos fue hacia el establo donde su amo, ya estaba acomodando la espada entre los correajes y asegurándola a ellos.

- Al menos, póngase esto... Le protegerá del frío y el agua, aunque frió, como que no creo que tenga con lo caldeao que va... Amo ¿Qué le digo a la señora cuando despierte? porque decirle que sigue dormío, cómo que ya es mucho dormir ¿no cree?
Gonzalo miró a Sátur – Ya se te ocurrirá a ti algo, pero no sabes lo que daría por despedirme de ella pero no puedo hacerlo, tendría que mentirle y ella leería en mis ojos que algo le oculto y no quiero que sepa a dónde voy.
- ¡Y dale con ocultarle las cosas! ¡Cómo si ella no fuera a enterarse de lo que pueda pasar en el Palacio de la Marquesa! Que por cierto amo, yo sé que usted no usaría un arma con esa mujer ni con ninguna otra, ¿qué es lo que teme para ir armado?

- No lo sé Sátur pero ella es muy astuta y no sé que pueda encontrarme en Palacio si llegan a descubrirme... Sus guardias no me van a dejar que entre o me vaya así porque si, y aparte, está el Comisario, por ella, haría cualquier cosa... Al menos que pueda defenderme, ¿no crees?



Gonzalo le puso una mano en el hombro a su fiel amigo – Sátur, decirte que cuide de ellos sé que no hace falta, pero si por cualquier cosa no volviera, dile a ella, todo lo que la amo, lo que la siento, lo que la añoro y que perdone todos mis errores, si puede...
- Amo, por Dios, no diga eso... Eso se lo va a decir usted, que yo sé que ella desea escuchar todo eso de sus labios aunque le haga ver lo contrario... Vuelva sano y salvo, que aquí tiene quienes esperan por usted y es usted, el que tiene que velar por ellos, y mucho.

Gonzalo, con la emoción reflejada en sus ojos color miel dando un fuerte apretón en el hombro de su amigo tomó la rienda de Minero saliendo con él. Ya en la calle, montó a su corcel y sin siquiera girar la mirada hacia quien fue su escudero partió a galope hacia un destino, el Palacio de la Marquesa de Santillana.

Sátur, con el corazón sobrecogido al ver marchar a su amo cerró el portón de la cuadra. El relincho de Moro, su caballo, hizo que acariciara las crines del animal. Moro buscó el cuerpo de su amo metiendo el hocico debajo de su brazo. Sátur le habló – Echas de menos galopar junto a él ¿verdad? pues eso es lo que nos queda ya. Ni tú ni yo, ya nunca lo acompañaremos en sus misiones, ya eso quedó atrás y cómo el maestro, poco lo haremos.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Nov 26, 2016 3:16 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,30


Un golpe que venía del piso de arriba hizo que dejara de hablarle al caballo para entrar rápido en la sala y de allí, a la escalera en dirección a la habitación de Margarita. Empujó la puerta. La muchacha se hallaba sentada en la cama pero fuera de ella. En el suelo, la jarra del agua rota y su contenido esparcido por el pavimento de madera.

- ¿Pero que hace levantá? Ande, acuéstese, ahora le traigo el agua... Habrá querío beber y no ha podido coger la jarra en condiciones por lo que se le ha caído, ¿a qué es eso?
Al ver que Margarita no hacía por meterse en la cama, la miró con el ceño fruncido - Ande mujer, que va a coger frío.
La joven alzó la mirada. En sus ojos estaban a punto de aflorar las lágrimas - ¿A dónde ha ido Gonzalo, Sátur? ¡Y no quiero mentiras! - casi se lo gritó al buen hombre.
- No... no sé lo que me quiere decir... El amo est...

- ¡No! Si me vas a decir que sigue dormido, ¡mientes! He... he escuchado su voz... Oí el chirriar del portón de la cuadra hace un rato al poco de irse Catalina y os oí hablar pero no podía poner en claro nada y hace... Hace un momento sé que se ha vuelto a marchar. ¿A dónde ha ido Sátur? ¡¿A dónde?!
- No se me altere por favor, yo la comprendo ¿Pero qué hago yo ante lo que pide el amo?
- No me importa lo que tu amo pida o quiera de ti. ¡Soy yo la que quiero saber! ¡Quiero saber a dónde ha ido! ¡Sátur, olvida por un momento tanta fidelidad por Dios!

- Por favor tranquilícese, sino, no voy a poder decírselo, Debe tomarlo con calma... Si me promete que no se va a alterar, yo... yo se lo digo.
Margarita presentía que no iba a escuchar nada bueno pero tenía que aparentar tranquilidad si quería saber a donde había ido su marido – Está bien, te prometo que me calmo pero dime la verdad Sátur... No... no intentes engañarme.
- Por Dios señora, ¿cómo cree? Sé, que esto no va a gustarle al amo pero de todas maneras  usted tarde o temprano va a enterarse.
- Sátur, me duele el brazo, tengo fiebre, me duele la cabeza, no estoy para que le des muchas vuelta al asunto ¡Dímelo de una puñetera vez!

El hombre se sintió conmovido de la forma en que se lo pedía. Las lágrimas corrían por su rostro y no intentaba detenerlas, su voz, se escuchaba enronquecida cada vez que la alzaba. Aquella preciosa mujer estaba de lo más angustiada. El fiel criado ya no intentó dar larga a lo que no podía ser, a tenerla ignorante de algo que de alguna manera le concernía. Fue al grano.

- Va camino del Palacio de Santillana.
Margarita, aunque se imaginaba que no iba a escuchar nada bueno, aquello no se lo esperaba. Su rostro palideció de tal manera que Sátur con gran rapidez fue junto a ella temiendo que sufriera un desmayo - ¡Échese! Se ha puesto muy pálida.
- Estoy, estoy bien... No... no te preocupes. Si ha ido hasta allí, es... es que sabe con certeza que ha sido ella ¿no Sátur?
- Si, si señora... El amo no llegó a acostarse, desde muy temprano esperó que don Jeremías abriera la botica para que le dijera que era lo que contenía el frasquito.
- Y se lo dijo, le dijo lo que contenía.

- Si y después de eso fue en busca de quien creyó que podía haberle vendío eso a esa mujer. Sólo a través de ese hombre, de ese matasanos podía saber con certeza si había sido ella, y este hombre se lo confirmó.

Margarita por un momento se mantuvo callada, de sus ojos no dejaban de aflorar lágrimas tras lágrimas. Luego, con voz apagada le dijo algo a Sátur que éste se quedó perplejo.

- Ayúdame a vestirme, hay que impedir que Gonzalo cometa una locura.
- ¡¿Cómo?! ¿No pretenderá ir hasta Palacio?
- ¡Si Sátur, es lo que pretendo! así, que tienes que ayudarme. Dame cualquier blusa y falda de las que están dentro del arcón, no hace falta que me saque ropa interior, me las pongo encima del mismo camisón, tampoco me saques corpiño alguno.
- Pero señora Margarita, usted no está en condiciones, ¡está enferma!
- ¡¡Sátur, basta!! o me ayudas, o sales de mi habitación y me la apaño yo sola – mientras lo decía se quitaba el cabestrillo dejando el brazo sin sujeción alguna.
El buen criado sabía que ella sola no iba a poder - ¡Está bien! Es usted tan testaruda como el amo ¡Vaya par! Lo que yo no sé qué dirá el amo cuando la vea aparecer, de la bronca no nos libramos ninguno de los dos.

Mientras hablaba, ya había sacado la ropa del arcón y procedía a ayudar a la joven a vestirse. Veía el rostro de la muchacha contraído por el dolor cada vez que hacia un movimiento con el brazo, pero para que iba a decirle nada, iba a ser lo que ella pretendía. La vio atusarse el cabello con sus propias manos y hacerse un trenzado.

Por un momento Margarita se lo quedó mirando – Sátur, mientras termino, ve levantando a Alonso y con Murillo te lo llevas a la posada con Cipri, luego preparas el carro.
- Señora, ¿sabe lo que va a hacer?
Ante la mirada de la joven, el fiel criado no tuvo más remedio que aceptar sus órdenes – Bueno, pues voy a levantar a Alonsillo y a llevarlos con el Cipriano, otra cosa, ¿qué le digo al Cipri cuando me pregunte?
- Lo que se te ocurra, menos la verdad cualquier cosa, pero date prisa Sátur ¡Date prisa!

El hombre salió con premura del cuarto. Al quedarse sola, la entereza que había aparentado delante del buen criado y amigo se vino abajo. Se cubrió el rostro con las manos comenzando a llorar toda angustiada – ¡Dios mío dame fuerza! No puedo ni con mi alma, por eso te pido que me des fuerza para llegar junto a él e impedir que pueda hacer una locura... Sólo yo puedo detenerlo ¡Sólo yo!




No supo el tiempo que pasó hasta que escuchó la puerta abrirse. Sátur entró en la habitación.

– Cuando quiera nos vamos, tengo el carro preparao.

Con cierto trabajo se levantó del lecho. El dolor no cedía pero no dijo nada a Sátur, aunque para el buen sirviente no pasó desapercibido el gesto contraído de ella. Margarita se arrebujó en su toca de gruesa lana y se dispuso a salir de su cuarto.

- Cojo esta manta pa’ que vaya más abrigá. De momento se ha parao el agua – Sátur cogió la manta que estaba echada encima de la cama.

Bajaron la escalera, el buen hombre ayudaba  a su señora. La veía muy decaída, lo que no sabía de donde estaba sacando fuerza porque la fiebre no había cedido.

- ¿Te ha preguntado algo Cipri?
- Me preguntó si pasaba algo, le dije que el dejar a los niños es porque usted no estaba bien y el amo no iba abrir la escuela pero que él, había tenío que salir por unas hierbas y yo tenía que ir al mercao y como los niños estaban dando mucha lata, pues no quería dejarla sola con ellos... Claro, le extrañó que lloviendo se le ocurriera ir el amo en busca de esas hierbas pero yo le recordé que debía saber cómo era él de testarudo, lo malo que se le ocurra venir por aquí y vea que no hay nadie.
- Da lo mismo Sátur... Cuando ya estemos todos de regreso, todo se sabrá... Por... por qué regresaremos todos ¿verdad?
Sátur apreció en su voz una gran congoja. Aguantando la suya propia le apretó la mano - Pues... pues claro que vamos a volver todos. ¿Por qué no iba a ser así?

Habían llegado ante el portón de la cuadra, Sátur, dejando un momento a solas a la muchacha fue a tomar su capa que tenía colgada junto a la puerta principal cuando unos toques algo imperiosos, se escucharon tras de ella. El hombre alargó la mano abriendo la puerta. Una joven, envuelta en un manto y algo mojada por la lluvia caída momentos antes se encontraba ante él.

- ¿Deseas algo?

- Si... Quisiera... Quisiera ver a Margarita, es urgente por favor. Tú eres Sátur ¿verdad?
El hombre la miró algo extrañado – Si, lo soy pero yo a ti no te conozco.
- Mi nombre es Loreto y soy amiga de...
Sátur no la dejó terminar, la había tomado de la mano y la metió dentro de la casa cerrando la puerta - Pero muchacha, ¿qué haces tú aquí? Anda, ven conmigo que Margarita está en la cuadra ¡Ya te dirá la que tenemos encima! - Sátur cogió la capa e impulsó a la joven ir hacia el establo.

Margarita que había escuchado los toques de la puerta iba a retroceder hasta la sala cuando vio aparecer a Sátur acompañado de Loreto. La muchacha palideció aún más de lo que estaba – Loreto... Pero... ¿pero qué haces aquí? ¡¿Qué ocurre?!
La que fue criada del Palacio de Santillana se acercó a ella y la abrazó - ¡Margarita! ¡Margarita! Es... es que tú no sabes...
La muchacha apartó a Loreto de ella y se la quedó mirando – Que... ¿Qué no sé yo Loreto?

Loreto miró a uno y a otro – Es... es que cometí una torpeza... Una torpeza que puede traer consecuencias, por... por eso me he llevado toda la noche viajando. Después de que hicimos parada en una fonda del camino para hacer noche y cuando ya estaba acostada, pensaba en la cara que iba a poner la Marquesa, pero luego fue cuando comprendí... Comprendí que aquello que le dejé, os podía complicar las cosas ya que a ella, eso, le puede servir para ponerla sobre aviso... Por eso... por eso a pesar que mi hermana no quería que volviera, viajé toda la noche con un buen hombre que venía para la Villa en su carromato y aquí... Aquí estoy.

Margarita no comprendía – Loreto, no sé qué me quieres decir. ¿Qué es eso de que dejaste algo a la Marquesa y que la puede poner sobre aviso?
- Es... es que le dejé un anónimo.
- ¿¿Quéeee?? – la sorpresa de Sátur fue mayúscula.

Margarita sólo cerró los ojos por un momento, luego, cogiendo a la muchacha por el brazo la obligó a salir a la calle – ¡Sube al carro y por el camino me sigues contando! ¡pero todo Loreto!... Todo lo que sepas y que no pudiste decirme en la carta, y pídele a todos los santos, que ese anónimo... Ese anónimo que todavía no sé qué escribiste en él, no perjudique a Gonzalo ¡por qué no sé qué haría! - se volvió hacia el criado – ¡Sátur, nos vamos! Ya hemos perdido demasiado tiempo.

Sátur la ayudó a subir al pescante, él hizo lo mismo y tirando de las bridas de su caballo hizo que el carro se pusiera en camino a un destino algo incierto, ya que podía ser de ida pero no se sabía si sería de vuelta. Nadie podía prever que podía ocurrir en el Palacio de Santillana.




El Palacio de Santillana.


En la cocina no se dejaba de hablar. Aquella mañana todo parecía algo raro en Palacio, sobre todo de lo que más se comentaba era los cambios producido en la guardia. De alguna manera, todos estaban protegiendo los diferentes accesos de Palacio por los cuatros costados de él. Pareciera que esperaban que sucediera algo de un momento a otro.

Catalina los tuvo que mandar a callar - ¡Ya vale! Lo que ocurra en Palacio y no nos concierne a nosotros directamente es algo que no nos importa... Si hoy hemos apreciado algunos cambios, es algo que no tenemos que tener en cuenta y seguir con nuestro trabajo ¡así, que a lo vuestro!
- Pero Cata, es que todo es muy raro, si hasta en la puerta de los aposentos de la Marquesa hay un guardia apostado.
- ¡Marta! ya he dicho que nada de eso nos incube, así, que a lo tuyo y que no tenga que volverlo a decir.

Aunque Catalina les reprendía, ella estaba preocupada por lo que apreciaba a su alrededor. Algo pasaba y lo que fuera tenía que ser muy serio. No era muy normal que la Marquesa de la noche a la mañana pusiera guardia por todo alrededor de Palacio. Ya Rosario le había explicado cuando la Marquesa tomó aquella decisión. Era muy raro que a media noche decidiera aquello y si así lo había determinado, era porque algún imprevisto había surgido y no tenía que ser nada bueno y lo que más le extrañó aún, es que no veía a ningún hombre del Comisario entre la guardia de la Marquesa.

Terminó de preparar el desayuno de Lucrecia y con la bandeja entre sus manos se dirigió a la escalera que daba acceso al piso superior. Antes de subir se volvió hacia sus compañeros de trabajo – Subo esto, pero vosotros a seguir con lo vuestro, que cuando baje no me encuentre ningún corrillo hablando de lo que no debéis.

Subió la escalera recorriendo el pasillo principal. Algunos sirvientes comentaban entre ellos el cambio inesperado en Palacio y que guardaron silencio al paso de ella. Catalina había llegado ante la puerta de los aposentos de la Marquesa. El guardia abrió la puerta y la doncella de confianza de la dueña de Palacio cruzó el umbral cerrando de nuevo el guardia la puerta de aquella estancia. Catalina puso la bandeja en la mesita. Lucrecia se hallaba sentada en el diván. No se hallaba arreglada, sólo la bata encima del camisón era lo que vestía en aquel momento.

- Aquí tiene la señora, ya el señorito Nuño ha tomado el desayuno en su cuarto cómo usted ordenó, también se le ha comunicado que hoy no va a ir la escuela y que no salga de sus aposentos hasta que usted ordene lo contrario.

Lucrecia no dijo nada. Su mirada muy pensativa se perdía en el fuego de la chimenea. Catalina fue a retirarse pero antes de de salir quiso preguntar pero sabía también lo que podía encontrarse de su señora – Señora, sé que no es cosa mía pero es apreciable que algo está pasando en Palacio, eso, está a la vista... Al ser su doncella de confianza y si la señora quisiera decirme que ocurre para tanta vigilancia, podría ayudarla en lo que fuera.

Lucrecia dejó a un lado su abstración y sin volverse se dirigió hacia su sirvienta. Aunque su voz se escuchó apagada, no por eso estaba falta de un gran despotismo.



- No pretenderás saber lo que se cuece en Palacio ¿verdad Catalina? ¿Cuántas veces te he dicho que te pago por servirme y no para cuestionarme o para querer saber tanto como yo?
- Muchas veces señora y perdone si ha creído que ha sido una indiscreción por mi parte, muy lejos de eso... Sólo pretendo ayudarla.
- ¡Basta Catalina! Puedes irte, si te necesito ya te llamo.
- Como quiera la señora.

Inclinándose levemente Catalina volvió sobre sus pasos abriendo la puerta. El guardia le dio paso y el ama de llaves salió de las habitaciones, otro guardia llegaba en ese momento para hacer el cambio con el que se hallaba guardando la puerta. Entre los dos hombres hubo un cruce de palabras que ella pudo escuchar.

- ¿Hay alguna novedad? - preguntó el que hasta aquel momento había custodiado la entrada de los aposentos.
- Nada, nadie ha entrado en Palacio pero si ese hombre aparece se va a ver en un buen aprieto... La Marquesa bien claro le dijo al capitán Trujillo que no vaciláramos en usar las armas.

Mientras caminaba con paso presuroso en dirección a la escalera, Catalina se preguntaba quién sería aquel hombre a quien se había referido el guardia, pero quien fuera, al parecer le esperaba un buen recibimiento.




Rabia, dolor... Afán de justicia.


Antes de llegar a los aledaños del Palacio de Santillana hizo que Minero bajara el ritmo de su galope y con un trote más pausado, recorrió con su mirada sagaz el entorno. Todo era silencio, un aire frío le azotó en pleno rostro. A lo lejos, divisaba las torres y sus atalayas. Se fue acercando, cuando llegó a una altura donde ya era visible la gran cancela que precedía la entrada a Palacio desmontó sujetando las riendas de su corcel a una rama de un árbol. Se acercó sigiloso por entre la maleza avanzando unos pasos. Con sumo cuidado apartó con las manos ciertas ramas y desde donde se encontraba, divisó la gran verja.

Sus ojos recorrieron a través de los barrotes lo que se extendía ante ellos. Como siempre había dos guardias. Por allí no podía pasar como si tal cosa, le preguntarían el motivo de su visita. Gonzalo pensó que quizá lo mejor que podía hacer era rodear los altos setos y muros de Palacio y saltarlos por uno de sus costados. Fue a dar un paso atrás cuando algo hizo que se detuviera. En dirección a la verja venían otros dos guardias, pensó que era cambio de relevo pero hubo algo que le llamó la atención. Uno de ellos, parecía verificar que su arcabuz estuviera en condiciones de tiro. Los dos hombres llegaron a la altura de los guardias apostados en la verja. Intentó acercarse un poco más para ver si podía escuchar algo. Procurando pisar con cuidado y evitando que ellos apreciaran que algo se movía entre los arbustos quedó más cerca de la verja. Agazapado se puso a la escucha. El eco de las voces llegó hasta él.

- No... todavía nada, estamos esperando - quien lo dijo, fue uno de los guardias que acababan de llegar.
- Pues por aquí todo ha estado muy tranquilo... A lo mejor ese hombre ni aparece.
- Mejor sería, porque si llega a entrar en Palacio no va a tener una buena bienvenida. Anda marchaos, esperemos que antes del siguiente cambio de guardia ese tipo aparezca y que esta noche, al menos podamos descansar los que no tengamos que hacer cambio de cuerpo.
- Bueno, ahí os quedáis, ya sabéis, cualquier intruso que veáis llegar, disparar sin preguntar, es orden de la Marquesa.

El relevo del cuerpo de guardia se produjo y los recién llegados ocuparon su sitio.

Gonzalo con el mismo sigilo volvió sus pasos atrás. No cabía duda, el hombre a quien se referían no podía ser otro más que él. ¿Pero cómo se había enterado Lucrecia de lo que él pretendía? Para qué preguntarse, cualquier cosa por mínima que fuera podía haberla asustado y ponerla en alerta pero lo que no sabía, que ni toda la guardia en pie y armados hasta el cuello,  iba a ser que él desistiera. Era mucha su rabia, su dolor, para que todo el daño que había hecho aquella mujer quedara sin castigo.

Había llegado junto a su caballo, quitó las bridas de la rama y montando de nuevo en Minero hizo que éste partiera a trote lento rodeando los aledaños del Marquesado. Se introdujo por entre unas arboledas y uno de los costados de Palacio se hizo visible ante él. Ese costado, pertenecía al ala donde se hallaban los aposentos de la Marquesa de Santillana.

Desde su montura examinó el muro que estaba ante él. No sería difícil trepar y las rejas que se hallaban encima de él, no serían obstáculo alguno. Desmontó volviendo a sujetar las riendas de su corcel a unas ramas. Tomó la espada con su funda y con el mismo sigilo que lo caracterizaba se acercó a través de la maleza hasta el pie de la tapia. Apartándose un poco la capa se pasó por la cintura la cinta de la vaina atándosela a ella. Se aseguró la pistola y sacándose de uno de sus bolsillos de la chaqueta unos guantes de piel procedió a colocárselos, luego, puso la puntera de su bota en un saliente impulsando su cuerpo, de un salto se aferró a la reja que adornaba y que a la misma vez servía de protección a aquella muralla de poca altura.

A través de la reja y alzando un poco la cabeza ya que los grandes y altos setos detrás de ella le impedía ver con comodidad, oteó lo que tenía ante sus ojos. Los jardines de Palacio parecían desiertos. Sabía, que si esperaban su llegada, los guardias estarían colocados en puntos estratégicos como los accesos principales a Palacio. Esas entradas estarían cubiertas por ellos, incluso pensó, que no le extrañaba que los aposentos de Lucrecia estuvieran custodiados. Si no podía acceder a esas habitaciones por la puerta, sólo tenía un camino por donde acceder a esa estancia y seguro nadie lo estaría guardando, el ventanal. Poniendo el pie en uno de los travesaños, pasó con cuidado una pierna y luego la otra, ya que los terminales de la reja eran puntas como lanzas. Sin terminar de soltarse de los barrotes de hierro sus botas pisaron los setos selváticos y de allí, se dejó caer flexionando las piernas hasta pisar el empedrado de los jardines. Por un momento se escondió entre los arbustos.

Desde allí pudo contemplar con facilidad la entrada a las dependencias de la cocina. Había un guardia ante la puerta y en ese momento, otros dos salían de aquellas estancias, seguramente iban a hacer el relevo. Tenía que andarse con cuidado, no quería tener tropiezo con ninguno de ellos si podía evitarlo, ya que por muy sigiloso que fuera al quitarlo de en medio, no podía entretenerse en esconderlo, eso le llevaría su tiempo por lo que si hallaban el cuerpo del guardia, lo único que haría es ponerlos a todos en alerta, y él, no podía permitirse eso hasta que no hiciera a lo que lo había llevado ir hasta allí. Prácticamente los guardias pasaron casi por delante de él, contuvo la respiración. Cuando pasaron de largo y los perdió de vista, se puso la capucha y salió corriendo atravesando la explanada de los jardines hasta la fachada de Palacio que se encontraba el ventanal que le interesaba.

Al pie de aquella delantera, se alzaban árboles de hojas perennes y arbustos trepadores, por allí subiría hasta el ventanal, la contrariedad que se podía encontrar era que estuviera cerrado por dentro.

- ¡Maldita sea, en eso no había pensado! Si sólo estuviera cerrada la vidriera no tendría problema pero si las contraventanas están cerradas, ¡cómo lo hago sin hacer mucho ruido? No te puedes poner a pesar Gonzalo, no tienes tiempo, así que adelante y lo que haya de ser, será.

Fue a comenzar a subir a través de las ramas de uno de los árboles cuando escuchó voces de mujeres. Desistió agazapándose entre los arbustos. Según se iban acercando reconoció una de las voces. Era la de Catalina.

- No sé Luisa pero todo está muy raro. En la cocina no quiero darle importancia al asunto, pero entre la postura de la Marquesa y el haber escuchado a los guardias ante la puerta de sus habitaciones, pues la verdad, es para preocuparse.
- Pero Cata... ¿Quién será ese hombre?
- ¡Y yo qué voy a saber! Cualquiera sabe lo que la Marquesa se ha traído con él, y ahora por lo que sea, lo quiere quitar de en medio y punto. Vamos digo yo, no quiere decir que sea eso.

Habían detenido su paso donde Gonzalo se hallaba escondido, por lo que él, escuchaba lo que hablaban. En ese momento comenzó a llover.

- ¡Vaya, ahora vuelve a llover! Cata dame el balde, yo voy a aligerarme en ir al establo y ya me llevo la leche para la cocina, tú te vuelves y ves preparando todo lo necesario para el postre.
- Mira ella, como si las piernas de una ya no sirvieran.

Ya Luisa había echado a correr en dirección al establo, Catalina hizo intención de volver hacia la cocina pero sólo dio un paso cuando alguien por detrás le tapó la boca con fuerza y la inmovilizó con su brazo tirando de ella hacia los matorrales. Por más que intentaba zafarse de aquellas manos, se vio sentada en el suelo entre ramajes y con aquel desconocido encapuchado casi encima de ella. En sus ojos, Gonzalo vio lo asustada que estaba.

- Sssssh, Cata, tranquila, tranquila, soy yo, Gonzalo. Si me prometes que no vas a gritar, te quito la mano de la boca - mientras hablaba, con la mano libre Gonzalo se había echado la capucha hacia atrás. Al reconocerlo, Catalina, con los ojos le dijo que sí. Gonzalo le apartó la mano.

- Pero... pero... ¡¿Se puede saber que haces tú aquí y de esta forma tan misteriosa?! ¡Pues no que me has dado un susto de muerte! Si hasta la cara me duele de la forma en que me las apretado - con la mano se aliviaba la molestia causada por la presión.
- Cata lo siento y por favor habla más bajo, nadie debe saber que estoy aquí.
Catalina lo miró intentando comprender – Gonzalo... Gonzalo, no serás tú el hombre al que la guardia está esperando por orden de la Marquesa, ¿verdad?
Gonzalo se mantuvo callado por un momento. Catalina se revolvió entre las ramas - Gonzalo, dime que no... ¡Dime que tú no eres ese hombre!

Gonzalo en un impulso volvió a taparle la boca – Baja la voz por favor... ¡Y sí! yo soy ese hombre y necesito que me ayudes - Gonzalo aflojó la presión de su mano.
Catalina no podía dar crédito a lo que escuchaba – Pero... ¿pero por qué? ¿Qué haces tú aquí y la guardia esperando que llegues?
- Cata, todo es muy largo de contar y no hay tiempo para ello, lo que si te digo, que si estoy aquí es por algo que hizo esa mujer y no me voy sin que eso quede sin castigo... Pero no sé por qué, la Marquesa sabía que yo iba a venir y la cosa se me ha puesto algo difícil, por eso necesito que me ayudes... ¡Que me ayudes a llegar a los aposentos de Lucrecia!

A Catalina se le agrandaron los ojos – Pero... pero eso no puede ser... Sus... sus habitaciones están vigiladas y aunque no se que pudo hacerte, sabes que lo tienes muy difícil Gonzalo. No va a dejar que salgas vivo de aquí. ¡No te va a dejar!
- Voy a luchar por salir vivo de aquí Cata pero si no es así, al menos me quedará la satisfacción de que ella, Lucrecia, nunca volverá a hacerle daño a Margarita. ¡Nunca más Catalina!
La mujer, llena de temor procuró hacerle entender – Gonzalo, por favor, piensa en Margarita, piensa en ella antes de cometer una locura.

- ¡En ella pienso! Por ella estoy aquí, sólo por ella - las lágrimas afloraron a sus ojos y su voz se escuchó ahogada – Tú no sabes... ¡No sabes lo que esa mujer fue capaz de hacer y mira que te lo pedí! Te pedí que estuvieras pendiente de ella, que cuidaras de mi esposa, pero nada... Esa mujer supo buscar el momento para hacer uso de su daño.
Catalina lo miró toda extrañada – Gonzalo, no entiendo nada... No sé a qué daño te refieres, no sé qué daño ha podido hacer la Marquesa a Margarita ¡No lo sé!
- Ella... ella fue la culpable de que el embarazo de Margarita no se lograra. ¡Ella impidió que nuestro hijo no viera la luz!

- Pero... ¡¿Pero qué dices por Dios?! – Catalina estaba consternada y asustada ante lo que había escuchado.
- Cata ahora no puedo contártelo todo pero si quiero saber si me vas a ayudar, sino, ya me la aviaré solo.
Catalina se recompuso y poniéndose de rodillas sobre las ramas contestó - Dime qué quieres que haga.
A Gonzalo se le iluminó el rostro – Gracias Cata... Mira, no sé si las contraventanas de las habitaciones están abiertas, si no es así, debes ir a los aposentos y abrirlas, voy a entrar por el ventanal. También quiero que entretengas de cualquier forma al guardia que custodia sus aposentos, el caso es, que durante un tiempo se alejé de allí, de lo demás, me encargo yo.

- Por las contraventanas no te preocupes, yo las abrí esta mañana pero con disimulo te dejaré las vidrieras abiertas... Lo del guardia es lo que tengo más complicado pero ya veré que se me ocurre.
- ¡Pues date prisa Cata! Aquí espero el tiempo que puedas tardar en subir.
Catalina fue a salir de entre los matorrales pero la voz de Gonzalo la detuvo – Un momento Cata... ¿Sabes si Lucrecia se encuentra en estos momentos en sus habitaciones?

- Por eso tampoco te preocupes, si pretendías mantenerte escondido hasta que ella acudiera a sus aposentos, no va a hacer falta... La Marquesa ha dejado dicho que hoy no va a moverse de su recamara, que ante alguna novedad, que se lo comuniquen allí.
- Bien, ahora vete y por favor, ten cuidado.
Catalina puso la mirada en él – Margarita no sabe que te encuentras aquí ¿verdad?
- En... en este momento no lo sé pero me vine sin decirle nada, ni siquiera me despedí de ella.
- Una sola cosa te pido Gonzalo... Antes de cometer una locura, piensa en ella, piensa en tu mujer.

Diciendo esto, Catalina, mirando a un lado y a otro salió de entre los arbustos y se encaminó a toda prisa bajo la lluvia hacia las dependencias de la cocina. Gonzalo, siguió agazapado entre los matorrales pensando en las palabras que ella le acababa de decir.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Nov 27, 2016 2:50 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,32


Catalina llegó ante la puerta de Lucrecia. El guardia sin preguntar le dio paso abriéndola. La sirvienta pasó dentro de la estancia.

– Señora con su permiso...
Lucrecia sentada en el mismo sitió que Catalina la dejó, seguía con la mirada fija en el fuego que crepitaba en la chimenea. Sin levantar la mirada preguntó a su doncella - ¿Qué quieres Catalina?
- Vengo... vengo a llevarme el servicio del desayuno - se acercó a la mesita a la misma vez que se frotaba los brazos – Parece que entra algo de frío.

Sin esperar contestación de su señora se dirigió al ventanal y simuló que se aseguraba que estaba bien cerrada cuando lo que hizo, fue girar la manilla dejando las puertas suelta de cierre – Esta puerta es menester que la vea el carpintero, ya he notado estos días atrás que no encaja bien - se volvió tomando la bandeja - ¿Quiere algo antes de que me marche? ¿Le preparo el baño?
- Catalina, ¿cómo te digo que no quiero nada? Sólo quiero, que nadie me moleste.
- Cómo quiera la señora y perdone otra vez, si eso es lo que quiere, así será.

El ama de llaves se dirigió hacia la salida pero la voz de la Marquesa de Santillana la hizo detenerse.

– Tan sólo estoy para el capitán Trujillo.
- Así será señora - lo dijo sin volverse saliendo de la recámara.

A partir de aquel momento tenía que poner su plan en marcha. Les pedía a todos los santos que todo saliera bien y que María no se echara para atrás. Nada más salir de los aposentos, el guardia cerró la puerta cuando María hizo su aparición. La muchacha se acercó a Catalina con paso vacilante.

- Cata... Cata, no me encuentro muy bien.
- ¿Cómo que no te encuentras bien? Anda vamos para abajo y te tiendes un poco.

El guardia, un hombre joven, no pudo dejar de escuchar el comentario y observar a las dos mujeres que se dirigían hacia la escalera. A punto de bajar el primer escalón, María se sujetó a la pared – Cata, me mareo... Todo... todo me da vuelta.
- ¡Ay María, que con una mano no te puedo coger! ¡¿Pero muchacha que tienes?!

María no pudo contestar, se fue resbalando intentado sujetarse a la pared. El hombre uniformado apreció lo que estaba pasando y presuroso llegó en el momento en que la joven prácticamente caía al suelo.

- ¡¿Qué tiene?! ¡Abra los ojos! – el oficial comenzó a darle cachetadas en la cara.
- ¡¿Pero qué te pasa María?! ¡¿Qué tienes?! - Catalina dejando la bandeja en el suelo se veía toda angustiada arrodillada al pie la muchacha y que junto con aquel hombre, intentaba de hacerla volver en sí.
- No la escucha, se ha desmayado, llevémosla a una cama ¡De prisa!
- ¡Vega por favor a las dependencias de servicio! - Catalina le indicó la escalera.

El joven, tomó a María en sus brazos bajando con rapidez la escalera y con una Catalina detrás que no dejaba de palpitarle el corazón con muchísima fuerza.




Sátur arreaba a su caballo, la lluvia no cesaba y el camino se hacía intransitable debido al barro, además, temía por Margarita que cobijada bajo la manta se mantenía callada después de haber escuchado todo lo que Loreto le había contado. A pesar de la palidez, sus sonrojadas mejillas daban a entender que la fiebre le había aumentado. Loreto detrás de ellos también se mantenía callada. El saber que el maestro se había dirigido a Palacio la hacía sentirse culpable por haber dejado a la Marquesa aquel anónimo, eso le podía acarrear un problema muy grande al esposo de Margarita. Se arrodilló en el carro y le puso una mano a la joven costurera en el hombro.

- Margarita, no sabes cómo lo siento, de veras. No pensé lo que hacía, sólo quería darle un susto a la Marquesa pero luego comprendí que eso la pondría en alerta y...
- Cállate Loreto ¡Cállate! por qué... Por qué no sé de lo que sería capaz ahora mismo de hacer... Pide... pídele a todos los santos que la Marquesa no haya tomado medidas si ha llegado a leer tu carta.
- No se preocupe señora, que al amo na’ va a pasarle - Sátur intentaba de animar a la muchacha pero él también se sentía más que preocupado.

- ¡Sátur, por Dios! ¿No puede ir este carro más ligero?
- El camino está muy malo, y pa’ el caballo es difícil tirar de las ruedas cuando se incrustan en el barrizal pero ya estamos llegando, esté tranquila que yo sé bien lo malita que va aunque quiera aparentar que no siente malestar alguno.
- No... no estoy tan mal Sátur, de verdad... El... el brazo es lo más molesto.

Sátur sabía que no era cierto pero no quiso llevarle la contra. Sus ojos no dejaban de mirar el frente. Por fin, sus ojos divisaron las torres de Palacio.




Implacable.


Lucrecia seguía en el mismo lugar, sus ojos no dejaban de mirar las llamas bailar ante sus ojos. Sin saber por qué, a través del fuego vio pasar su vida... Su niñez, cuando sólo era la hija del cuchillero. Su adolescencia, cuando sólo siendo una sirvienta supo lo que eran las ansias de poder, de ser alguien a costa de lo que fuera... Su boda con el Marqués y la posición que tomaba desde aquel momento, sin embargo, nada de eso le dio el amor que tanto anheló, ese amor sólo podía llegar a través de una persona, de un hombre que nunca puso sus ojos en ella y que en aquellos momentos, por causa de ello, de ese desamor podía caer muerto a manos de su guardia. Se suponía, si tanto lo había amado, debía sentir algo de desolación ante lo que podía pasar, sin embargo no. Ella no podía dejarse vencer por el sentimentalismo. Era él o ella, y a ella, a la Marquesa de Santillana nunca nadie la pondría en evidencia, aunque ese alguien fuera Gonzalo de Montalvo.

Las campanas de la iglesia de la Purísima daban en ese momento doce toques. Aquellos toques hicieron que Lucrecia dejara la postura que había tenido desde hacía un buen rato. Parecía haber escuchado aquellos toques más cerca que nunca, a la misma vez, percibió algo de frío, quizá la ventana se había vuelto a abrir. Fue a dejar el diván cuando una voz a su espada la dejó clavada en el asiento.

- Buenos días Lucrecia, o quizá, buenas tardes.

A pesar que Lucrecia se hallaba de espalda a él, apreció la tensión de ella - Parece que te ha cogido de sorpresa mi visita. Un poco extraño ¿no crees? cuando tienes a toda tu guardia esperándome y no precisamente para darme la bienvenida.

Lucrecia intentando aparentar serenidad se levantó y se fue volviendo lentamente hacia el ventanal. Allí estaba, alto, esbelto, envuelto en una capa negra mojada por la lluvia. Su rostro en sombra no se dejaba ver.

- Te equivocas, no me ha cogido de sorpresa, te esperaba... Sabía que de alguna forma ibas a eludir a mi guardia pero no pensaba que fueras a hacerlo por la ventana. Según tenía entendido, siempre padeciste de vértigos.
- Pues ya ves, por unos momentos me he olvidados de ellos o bien, con los años, dejaron de existir - mientras hablaba, se echó la capucha hacia atrás dejando ver su rostro de hombre al completo y su cabello algo desordenado. Sin quitarle la mirada de encima, Gonzalo cerró las vidrieras.
Lucrecia dio unos pasos por la estancia frotándose las manos – Otra vez no encontramos solos, cómo hace unos meses y cómo entonces, para reclamarme.



- Creo que la palabra reclamo queda corta en esta ocasión ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Por qué?! - a la misma vez que lo preguntaba con los ojos chispeantes de rabia, de dolor, Gonzalo había sacado el frasco del bolsillo de la chaqueta y lo blandía ante la mirada vacía de Lucrecia.
- Podría decirte que nada de eso es cierto, que alguien, quizá por envidia y a través de un anónimo como él que yo recibí, quiere haceros creer que yo tuve algo que ver con lo que le pasó a Margarita, pero no, no voy a hacerlo. No voy a intentar negarlo ¿para qué? - esta vez, lo miró. Lo miró a los ojos pero en esta ocasión, su mirada no estaba vacía, sino llena de un gran desafío. Se acercó a él - Pero también te digo, que nunca podrás demostrar que yo lo hice... Nadie me vio echar esa pócima en aquella copa de zumo de naranja. Lo hice aquí Gonzalo, en mis aposentos y como comprenderás lo hice con la puerta cerrada - lo dijo masticando cada palabra que decía y rozando con el dedo el borde de la capa que él vestía.

El rostro de Gonzalo se puso lívido por la rabia. La cogió bruscamente por el brazo - ¡Escúchame Lucrecia! Esta vez no vas a salir airosa... Puede que no tenga pruebas suficiente para demostrar ante la autoridad lo que hiciste pero no me importa, yo lo sé y me basta ¡Eres malvada Lucrecia! muy malvada... Acabaste con las ilusiones de mi esposa al no dejar que nuestro hijo naciera, ni siquiera llegó a sentir a su hijo moverse en su vientre ¿Qué clase de mujer eres? ¡¿Qué te hizo ella para que la hicieras sufrir de esa manera?! Nada Lucrecia, nunca te hizo nada y aunque algo te hubiera hecho, no hay nada que pueda justificar tu daño. Nada puede justificar la clase de criminal que eres... ¡Eres peor que una víbora! ¿y sabes lo que se hace con las víboras? pisarla... Pisarla para que no segreguen más su veneno.

Lucrecia se deshizo de la presión de su mano de un tirón - ¿Y cómo lo piensas hacer? ¿Cómo vas a hacer para que todo el veneno que llevo dentro deje de fluir? Nada de lo que puedas hacerme va a enmendar lo que hice, tú hijo no nacerá y sin embargo, tú si te puedes ver en un aprieto... No va a hacer fácil que salgas vivo de Palacio.
- Puede que no, pero al menos me iré de este mundo sabiendo que he dejado una ponzoña menos.

Gonzalo según iba hablando, sin perder la mirada de Lucrecia se fue acercando a la puerta de la recámara y antes de que ella pudiera evitarlo, la cerró por dentro con la llave que estaba puesta en la cerradura, luego, arrojó ésta al fuego.

Ella movió negando con la cabeza – No, no creas que porque cierres la puerta te va a resultar fácil salir de esta habitación... Antes de que saltes por esa ventana mis guardias habrán disparado contra ti, sólo tengo que gritar para que acudan y echen la puerta abajo, caerán sobre ti y nada podrás hacer ante eso... ¿No piensas en tu amada esposa? más sufrimiento para ella querido Gonzalo. Después de la desilusión de no ser madre, la pena de quedarse viuda recién casada... La verdad, que pensando, está visto que si no es por una cosa es por otra, vuestro amor nunca se logrará.

Disfrutaba diciendo todo aquello y quería seguir hablando para ganar tiempo. No comprendía porque el guardia que había en la puerta no había hecho el intento de abrirla. Las voces de ellos debían escucharse a través de la hoja de madera.

Y así era, parte de la servidumbre se hallaba junto a la puerta. Quienes se encontraban en aquel piso, al escuchar voces alteradas se habían acercado a los aposentos de la Marquesa preguntándose quién podía estar con ella. Ante el no saber que podía pasar, una de las criadas fue en busca de Catalina. No tardó en volver con ella. El ama de llaves, intentando controlar su nerviosismo y el temor les dijo que guardaran calma, que no había nada por lo que preocuparse, pero la pobre mujer temía lo que pudiera pasarle a Gonzalo cuando llegara la guardia. Por un tiempo habían tenido ocupado al agente que custodiaba la puerta pero ya el capitán le había llamado la atención por dejar su puesto advirtiéndole que de un castigo no se libraba. En aquel momento los dos se hallaban en el despacho del superior. Catalina le pedía a todos los santos que si llegaban, que ya Gonzalo hubiera desistido de lo que tenía en su mente. Tan sólo pensarlo, hizo que su cuerpo se estremeciera y no era precisamente de frío.

Dentro de la recámara, Lucrecia se recreaba al contar - ¿Sabes por qué lo hice? Por venganza Gonzalo, por venganza hacia ti. Nadie, nadie me ha humillado como tú lo hiciste aquella tarde... Esas palabras que me dijiste se me clavaron en el alma y nadie humilla a la Marquesa de Santillana sin pagarlo - se había separado de él dando unos pasos hacia la chimenea.
Gonzalo la escuchaba trémulo, su mano apretaba la empuñadura de su espada a través del paño de la capa. Al hablar, su voz se escuchó enronquecida – Y sólo tuviste que esperar ¿no Lucrecia?

- De alguna manera así fue... No sabía cómo hacer uso de mi resarcimiento, de mi desquite pero poco a poco fue surgiendo la idea al enterarme de vuestra boda. Tuve que hacer dotes de actriz... Fui cambiando mi postura ante la servidumbre, me comporté más moderada con ellos, más delicada... No sabes cómo odié ese “papel” Luego, me convertí en la Lucrecia arrepentida, ¡la que los remordimientos no la dejaban vivir!
- Y fue cuando viniste a la casa. ¡Cómo sabía que algo te traías entre manos! Te conocía Lucrecia, te conocía...

- Si Gonzalo, me conocías pero eso no te sirvió de nada ya que lo que pretendía al ir a tu casa era que tu Margarita volviera a Palacio, ese fue el primer paso importante hacia esa deseada venganza y ya ves, a pesar que tú no creíste en mis palabras, ella sí y conseguí que regresara a Palacio, Margarita sería a quien utilizaría para mis fines porque lo que le hiciera a ella, a ti te podía doler más que lo que te hiciera a ti mismo - al decir esto último, se había vuelto hacia él viendo como se crispaba el rostro de Gonzalo.
- Cuanta crueldad por tu parte Lucrecia, cuanta...- apenas le salía la voz.

- Teniéndola a ella cerca Gonzalo, siempre habría el momento propicio para ello y ya ves, ella misma me puso la venganza en bandeja de plata. Aunque me ocultó su embarazo, pienso, que si lo hizo fue porque quizá del todo no confiaba en mí y la pobre no iba mal encaminada, pero nada se puede mantener oculto... Las paredes de Palacio tienen oídos Gonzalo y a través de estos muros, no sabes de todo lo que te puedes enterar... Nada más saberlo puse en plan mi venganza hacia ti. Quería que sufrieras Gonzalo como nunca lo habías hecho y no sólo intenté que no naciera tu hijo, sino que con una sola gota más de esa pócima, tu querida esposa hubiera podido acompañar al engendro que llevaba en su vientre.

- ¡Basta Lucrecia! ¡Basta! ¡Mil veces malditas seas!

La entereza de Gonzalo hasta aquel momento dejó paso a la ira, a la rabia y como un loco la cogió bruscamente del brazo arrojándola sobre la cama. Sus ojos enrojecidos por la furia y las lágrimas le dijeron a Lucrecia que en aquella ocasión llevaba todas las de perder. Se sintió acorralada ante los brazos que la sujetaban.

- ¡¡A mí la guardiaaaaaaaa!! ¡¡A míiiiiiiiii!!
- Gritas, gritas todo lo que quieras ¡¡de nada va a servirte!! Antes, antes de que tu guardia entre por esa puerta ya habrás dejado de hacer daño en esta vida porque voy a hacer implacable Lucrecia ¡¡Implacable!!

Lucrecia forcejaba para deshacerse de los brazos que le impedía quedar libre. En el forcejeó intento empujar a Gonzalo con sus piernas, con sus manos. Fue cuando una de sus manos tocó la pistola que llevaba entre el cinto, con gran agilidad se hizo de ella poniendo el cañón en el pecho de él. Gonzalo percibió que ella accionaba el martillo. Sólo sería cuestión de segundos. Lucrecia estaba segura que tenía el triunfo en sus manos pero cuando ya creía que Gonzalo podía ser hombre muerto, éste, la tomó violentamente por la muñeca haciendo que apartara la pistola de su pecho mientras que con la otra, le arrebataba el arma arrojándola al otro lado de la estancia. Al golpe con el suelo, el arma se disparó con gran estruendo.

A través de la puerta, los que se encontraban allí, al escuchar el estallido del disparo enmudecieron. Catalina estaba angustiada, ella tenía las llaves pero no sabía si con abrir podía empeorar la situación. Tampoco sabía que podía haber pasado con aquel disparo. Irene acababa de salir de sus aposentos y se unió al grupo llena de temor. Un pequeño murmullo que procedía de la escalera hizo que la doncella de confianza de la Marquesa de Santillana volviera su rostro. Se contrajo de angustia al ver llegar a Margarita acompañada de Sátur y también de Loreto, esto la extrañó, no comprendía que hacía aquella muchacha allí. Salió al encuentro de su amiga abrazándola.

- Margarita, mi vida, ¿qué estás haciendo aquí? No debías de haberte movido de la cama, mira cómo estás, toda empapada. Anda, quítate esta toca que de nada te sirve, tan sólo para que cojas más frío - Catalina le quitó la toquilla dejándola en unos de los brazos de un sillón del pasillo.
- Cata, tú lo sabes ¿verdad? Tú sabes que él está aquí, ahí dentro y se ha escuchado un disparo.
Catalina afirmo – Si criatura, está ahí con la Marquesa... Intenté quitarle la idea pero no hubo forma de que entrara en razón y tampoco sé que ha podido pasar con ese disparo.
- Yo... yo voy a hacer que entre en razón... Tengo que intentarlo Cata, ¡tengo que hacerlo! - rompió a llorar llena de angustia.
- Cálmese señora que se nos va a poner peor – Sátur, con el rostro contrariado por lo que pudiera pasarle a su amo intentaba calmarla, junto con Loreto la ayudaba a mantenerse en pie. Margarita apenas tenía fuerza para ello.

Mientras, dentro de las habitaciones Lucrecia intentaba deshacerse de los brazos que la inmovilizaban sobre el lecho pero Gonzalo sabía cómo evitarlo, impidiendo con sus propias piernas que las piernas de ella no tuvieran movilidad. Sus manos fueron al cuello de Lucrecia. Gonzalo vio el terror de ella en sus ojos.

- No has conseguido matarme Lucrecia, esta vez, no has podido salirte con la tuya ¿Tienes miedo Lucrecia? Lo veo en tus ojos y quizá sea la primera vez en tu vida que lo tienes pero quiero recordarte, que siempre tuviste deseo de que te acariciara, que rozara tu blanca piel y mis manos ahora, están en tu hermoso cuello.
- Gon... Gonzalo por favor... Si lo haces, no... no vas a salir vivo de aquí... Si... si no me haces daño podrás salir...
- ¡¡No me importa!! No me importa si salgo vivo o no de aquí pero tú no vas a verlo Lucrecia, ¡¡tú no vas a verlo!! ¡¡Eso, te lo juro!!
Ella sabía que nada iba a hacer que Gonzalo desistiera. El terror la invadió volviendo a gritar con fuerza – ¡¡A mí la guardiaaaaaaaaa!! ¡¡Socorr...

Su grito quedó ahogado al quedar su garganta aprisionada por los dedos de aquel hombre que ya loco de desesperación por todo lo que había escuchado de ella, seguía apretando el cuello de la mujer. Ella se aferraba a las muñecas de él en un ademán de zafarse de aquellas garras que apretaban y apretaban cada vez más y que la dejaban sin respiración, que la ahogaba.

-Por... por fa... vor... Pie...dad...
- ¿Piedad? ¡¿Tú me pides piedad?! ¡¡¿La tuviste tú con mi esposa?!! ¡¡No Lucrecia!! Tú no tuviste piedad de ella, ni de mi hijo, y yo... Yo no la voy a tener contigo ¡¡No la voy a tener!!

Estaba tan ciego por la ira, por el dolor que ni siquiera escuchó que la puerta de la recámara se abría con ímpetu.

- ¡¡No Gonzalo!! ¡¡No lo hagas!! No te manches las manos por causa de ella... Esa mujer... esa mujer ni siquiera se merece eso... Pien... piensa en tu hijo... Alonso te necesita y yo... Yo... también.

Gonzalo, confundido al escuchar la voz de Margarita bajó la presión de sus manos pero sólo fue un instante porque en seguida con más rabia siguió apretando el cuello de la Marquesa de Santillana.

- Por... por favor Gonzalo... No lo hagas... no lo hagas - apenas tenía ya fuerza para hablar, para pedirle. Su cuerpo extenuado se fue resbalando por el dintel de la puerta abajo.

Gonzalo al escuchar de nuevo la voz de su esposa volvió la cabeza en el momento que la veía caer. Sus ojos inyectados en sangre miraron con furia a Lucrecia, sus dedos dejaron de aprisionar el cuello de la Marquesa de Santillana. Se incorporó con premura y en dos pasos estuvo en el umbral la puerta. Se arrodilló y tomó a su esposa estrechándola en su pecho.

- No debías haber venido. No estás bien y este lugar, este lugar no es para ti ¿Por qué... ¿por qué lo has hecho? - las lágrimas resbalaban por su rostro.
- Tenía... tenía que impedir una locura... Tenía que hacerlo.
- Amo, amo no hubo manera... No hubo manera de retenerla en la casa – Sátur, todavía conmocionado por la escena que había visto sólo un momento antes apenas podía hablar.

Gonzalo levantó por un momento la mirada, fue cuando se dio cuenta que no estaban solos – Hay que salir de aquí como sea, la guardia no creo que tarde en llegar - giró la cabeza dirigiendo su mirada hacia Lucrecia que se iba incorporando en la cama, y se pasaba las manos por el cuello dolorido - Por más años que puedas vivir, no serán suficientes para agradecer que si estás viva, es gracias a ella, a mí esposa, porque por mí, hubiera seguido apretando tu cuello hasta verte exhalar el último suspiro.

- Vámonos... Vámonos de aquí - era una súplica la forma en que la joven lo pedía aferrada al cuerpo de su marido.
- Ya... ya nos vamos.

Antes de que tomara a Margarita en sus brazos, el ruido de pasos y voces se escucharon subir por la escalera. Un pelotón de hombres uniformados con arcabuces en sus manos, hicieron su aparición.  


Gracias Sueña

Gonzalo dejando a su esposa al cuidado de Catalina, se había puesto en pie sacando su espada. Fue rodeado por la guardia de la Marquesa y apuntado con sus armas en disposición de disparo.

- No intentéis detenerme...Voy a salir de aquí con mi esposa, ella necesita un médico con urgencia y si alguien intenta detener mi paso no sé lo que pueda pasar.
- Tenemos orden de la Marquesa que podíamos usar las armas sin necesidad de preguntar. No nos lo pongas más difícil y entrégate.
Gonzalo movió negando con la cabeza y alzando su espada, con sus dos manos apretó su empuñadura con fuerza – No... Ya le he dicho que nadie va a impedir que yo salga de aquí con mi esposa y si tengo que llevarme a alguien por delante, lo hago.

- ¡No Gonzalo! Por favor, no... no hagas uso de tu espada... Si... si tienes que entregarte hazlo – mientras se lo pedía, la joven se agarraba a sus piernas a través de su capa.
- ¿Entregarme? ¡No Margarita! Ellos no saben escuchar... Antes de que llegue a los Calabozos soy hombre muerto, prefiero ser hombre muerto luchando.

Lucrecia, después de unos instantes que necesitó para recuperarse se levantó del lecho y con paso tambaleante se dirigió hacia la puerta dando órdenes a su guardia - ¿Qué esperáis? ¡Acabad de una vez con este hombre! ¡Ha intentado matarme!- sus ojos se clavaron en el capitán Trujillo.
El capitán de la guardia miró a aquel hombre joven y que estaba dispuesto a morir antes de entregarse  - Lo siento, tendremos que utilizar las armas.

Todos los presentes estaban expectantes ante lo que pudiera pasar. El capitán de la guardia levantando el brazo fue a dar la orden de disparo.

- ¡Alto capitán!

Todos los ojos se volvieron hacia donde procedía la voz. Hernán se abrió paso entre los hombres de la guardia de Palacio – Hay un equívoco capitán. Este hombre no es el que ustedes esperaban... Ese hombre ya nunca vendrá.
- Pero Comisario. la señora Marquesa acaba de darme una orden...

- Capitán Trujillo, la señora Marquesa está algo afectada por la supuesta llegada del hombre que se esperaba y que irrumpiría la armonía de Palacio... Ante eso y la presencia del maestro de la Villa que sólo ha venido a hablar con ella de cosas personales, habrá equivocado cierta postura de este caballero. Quizá, la señora Marquesa quiera poner en conocimiento aquí, en este momento, ante los presentes la conversación que ha mantenido con el maestro de la Villa, de esta manera, conoceremos a que es debido tal confusión, pero estoy seguro de  lo que haya surgido de ese diálogo, por parte del maestro no habrá habido intención alguna de molestar a la señora. ¿No es así Marquesa? – miró a Lucrecia que estaba lívida pero de ella no tuvo contestación.

Hernán volvió su mirada hacia el capitán - Ante el silencio de la señora Marquesa y que parece que con ello quiere dejar zanjado el asunto, quiere decir que este hombre es libre para salir de Palacio.
- Señor, respeto su opinión pero como capitán de la guardia de Palacio, debo  dec...
- ¡Capitán! ¡Yo soy el que debo recordarle que soy el Comisario de la Villa! ¡La autoridad! y si yo digo que este hombre puede salir libremente de Palacio, ¡ni usted ni nadie debe cuestionar mis órdenes!

Hernán, al hablar usó un tono autoritario, un tono donde no cabía lugar a dudas que nadie debía rebatir sus exigencias como lo que era, el máximo mandatario de la autoridad competente en el ejercicio de su profesión. El capitán Trujillo sentía sobre él la mirada de sus hombres esperando su orden de disparo. Se dirigió a su guardia,

- Depongan sus armas y retírense. Este hombre es libre para marcharse.

Lucrecia echando una mirada de odio a Hernán Mejías, dio varios pasos atrás cerrando la puerta de sus aposentos.

Todos los que allí se encontraban respiraron con alivio. Gonzalo desconcertado bajó poco a poco su espada. Catalina y Loreto  abrazaban a Margarita que toda asustada no dejaba de llorar. Irene aliviada y orgullosa de Hernán se arrodilló para consolar a la muchacha y animarla. Los demás sirvientes se fueron retirando no sin comentar los momentos que habían vividos. Sátur por su parte no dejaba de observar a su amo y al Comisario. Por un momento los dos hombres se miraron fijamente, en silencio. Fue Gonzalo de Montalvo quien rompió aquella tensa calma.

. ¿Por qué has hecho esto?
- ¿Por qué lo he hecho? Buena pregunta... Quizá, porque a veces vivo la injusticia demasiado cerca y sé, que al igual que tú maestro, hubiera obrado de la misma manera y creo, que es mejor que te marches, veo que tu esposa necesita de cuidados.
Gonzalo desvió su mirada. Era cierto, Margarita se veía mal. Le entregó la espada a su fiel amigo y se arrodilló junto a su esposa – Tranquila, ya nos vamos a casa.
Catalina lo miró angustiada – Gonzalo, tiene mucha fiebre la criatura y no deja de tiritar.
- Lo sé Cata y no puedo cubrirla con mi capa porque también está muy mojada.
Gonzalo tomó a su mujer en los brazos. Irene se levantó de prisa – Espera, ahora te traigo una para que puedas cubrirla – nada más decirlo salió corriendo hacia sus aposentos.

Mientras, Loreto que también se había puesto de pie hizo detenerse  al Comisario que ya iba camino de sus habitaciones – Comisario, quisiera hablar con usted, necesito contarle algo...
- ¿Es importante?
- Si señor, es muy importante, usted podrá juzgarlo.
Gonzalo con su esposa en los brazos observaba a uno como al otro. Irene llegaba en ese momento. Cubrió a Margarita con la capa – Al menos esto la protegerá del frío y evitar que se ponga peor.
- Gracias Irene, gracias por todo.
- No tienes porque darlas maestro, Margarita es una buena amiga. Deseo que se ponga bien lo antes posible y anda, vete ya... Es mejor que llegue a tu casa cuanto antes.

Gonzalo hizo un movimiento de cabeza y volviéndose tomó el pasillo dirigiéndose a la escalera seguido de Sátur y Catalina.

Bajaron a toda prisa, sobre todo Gonzalo que estaba deseando sacar a Margarita de aquel maldito lugar. Se dirigió a su fiel amigo – Sátur, ¿cómo habéis venido?
- En el carro.
- Minero se encuentra frente al muro que da a la fachada izquierda. Dejo a Margarita un momento en los vestuarios y salgo en busca de él, irá más cómoda que en el carro.
- Pues si amo, que entre los saltos que pega y el camino embarrao... Si quiere salgo yo en busca de su caballo.
- Mejor lo hago yo... Voy a salir por donde he entrado y hago saltar a Minero, así no tengo que rodear el Palacio.
Catalina se adelantó a Gonzalo abriendo las puertas del vestuario. Entró en el pequeño cuarto destapando la cama – Tiéndela aquí.

La buena mujer le quitó a la muchacha la capa de encima. Gonzalo tendió a su esposa que mantenía los ojos cerrados. La arropó con ternura. Apartó unos rizos que le caían sobre el rostro. Unas lágrimas afloraron a sus ojos pero reaccionando se volvió.

– ¡En un momento regreso!
Salió dejando a su esposa al cuidado de Catalina y Sátur. Cata se sentó junto a la muchacha – Pobre criatura, cuánto daño ha sufrido por causa de la Marquesa.
- Pues si Catalina, así son muchas personas... Mucho empaque pa’ luego esconder toda la maldad que llevan dentro, entre bonitos vestidos.
- Lo que me ha parecido raro y de admirar y mira que no es santo de mi devoción, ha sido el comportamiento del Comisario me he quedao de piedra.
- Catalina, si él se olía algo de lo que hizo la Marquesa, quién sabe si eso lo ha hecho actuar así y no de otra manera.

- A mí ya me parecía raro no ver entre la guardia de Palacio ninguno de sus hombres... Siempre el Comisario y la Marquesa han sido más que uña y mugre. Algo no tiene que ir muy bien entre ellos para ver lo que se ha visto hoy aquí.
- Lo que sea, ha servido pa’ que mi amo haya salío bien librao, que ya lo veía repartir mamporro a diestro y siniestro.
- Oye, eso otra... Yo nunca había visto a Gonzalo tan bien plantao con esa espada dispuesto a todo.
- Catalina, te podrías asombrar de todo lo que mi amo puede dar de sí ¡No lo sabes tú bien!




Gonzalo había salido de las dependencias de la cocina y se dirigió corriendo hacia el muro por donde había saltado a los jardines. Se encaramó a los setos y de allí a la reja, Pasó una pierna y luego la otra quedando en el borde de la tapia. Flexionó las piernas dejándose caer. Mientras hacía esto, alguien lo observaba desde una de las ventanas de Palacio. Hernán Mejías no pestañeaba al verlo hacer.

Gonzalo, llegando hasta su caballo le acarició el lomo, quitando las bridas de la rama lo montó. Comenzó a susurrarle al oído. Tomó las riendas e hizo que su corcel retrocediera unos metros entre la maleza. Frente a él, la tapia y setos que lo separaba de los jardines de Palacio. Sabía que Minero podía hacerlo. Espoleó a su caballo y éste, saliendo a galope alzó sus patas delanteras y como un rayo, pasó por encima del muro dejándose caer para que sus cascos pisaran con suavidad el empedrado del suelo.

Gonzalo le dio unas palmadas en el cuello al animal felicitando su osadía. Condujo a Minero hasta la puerta de las dependencias de la servidumbre y donde se encontraba el carro. Desmontó y con gran premura recorrió el trayecto que lo separaba de los vestuarios. María, Luisa y Loreto también se encontraban allí.

Gonzalo  se acercó a ellos - ¿Cómo está? – lo preguntó mientras le ponía la mano en la frente a su esposa.
- No ha abierto los ojos, sigue adormecida.
- Ya lo veo Cata y la fiebre no le ha cedido. ¡Nos vamos Sátur! En estos momentos no llueve, esperemos que no lo haga hasta que lleguemos a la casa.

Echó para atrás las ropas de la cama y cubriéndola con la capa tomó de nuevo a su esposa en sus brazos y se dispuso a salir. Se volvió hacia las mujeres – No sé como agradeceros vuestra ayuda, nunca lo olvidaré.
- Gonzalo, hombre ¿pa’ que están los amigos? Además, esto nos ha servido, para saber, que María aparte de ser una criada, es una muy buena actriz. ¿A qué si chicas?
- Catalina tiene razón maestro. Hemos descubierto que María tiene dote para eso y para mucho más porque hay que ver que el guardia no te quitaba ojo de encima.
- Chicas dejaros de broma, que cuando me lo encuentre de cara no sé cómo voy a mirarlo, que después que pretendía socorrerme, chica bronca se llevó de su capitán. Menos mal que no pasó de un simple castigo, sino en mi conciencia llevaría esa mentirijilla.

Gonzalo no pudo por menos de sonreír – Espero que todo esto no os traiga problema.
- ¡Uy, tú no te preocupes! que nosotras tenemos salía para todo, así, que vete tranquilo, que después de lo que se ha visto hoy, no creo que la Marquesa tenga ganas de buscar culpable entre la servidumbre – Catalina, mientras hablaba le acomodaba la capa a Margarita.
- Hay os quedáis y gracias de nuevo.
- Espera Gonzalo, te acompañamos.

Así lo hicieron pero no esperaban encontrarse con el Comisario que venía en dirección a ellos. Catalina hizo señas a María y a Luisa – Nos vamos Gonzalo, luego ya me paso para ver cómo está Margarita -  tiró de las dos jóvenes hacia dentro de las dependencias.
- ¿Os importa dejarme en la Villa? - Loreto preguntó tímidamente.
- No sabía que fueras para allá, claro que puedes venirte.

Mientras le hablaba a la muchacha, Gonzalo fue a entregarle a Margarita a Sátur hasta que él montara a Minero pero ante la sorpresa de todos, el Comisario que se había detenido al llegar junto a ellos, se interpuso entre el maestro y su criado.

– Yo la sostengo mientras te subes a tu caballo.

Gonzalo sin dejar de mirarlo le puso en sus brazos a su esposa, luego montó en su corcel. Extendiendo sus brazos el Comisario le entregó a Margarita. Gonzalo la acomodó en la silla con sumo cuidado. Hernán acarició el cuello de Minero sin dejar de hacer un comentario.

– Conozco un buen caballo cuando lo veo y el tuyo lo es... Nunca te he visto montarlo.
Gonzalo echó una mirada a Sátur – No suelo montarlo dentro de la Villa, es muy raro que lo haga, sólo en contadas ocasiones...
- Pues no lo diría... Este corcel parece muy adaptado a su dueño, además, se ve que es un caballo dócil, que lo puedes llevar por donde quiera uno - levantó la mirada hacia Gonzalo – Perdón, comprendo que estás deseando marcharte.

Gonzalo se veía obligado a mostrar su agradecimiento – Hernán, sé que entre nosotros siempre ha habido y habrá ciertas diferencias pero no puedo marcharme sin darte las gracias, sobre todo por ella, por mi esposa.
- No tienes porque darlas... Aquí, en Palacio, sólo hemos sido dos hombres y cada cual ha defendido lo suyo. Cuando salgas de Palacio, cuando cruces la verja, tú seguirás siendo el maestro y yo el Comisario de la Villa y lo que ha ocurrido hoy aquí, se quedará entre estas paredes... Intenta no olvidarlo.
- Así será - diciendo esto, Gonzalo espoleó a su caballo y con un trote pausado dejó atrás aquel maldito lugar seguido del carro tirado por Sátur y sentada junto a él, la joven Loreto.

Hernán Mejías los vio marchar. Una leve sonrisa entreabrió sus labios – Buen corcel el tuyo maestro, y nada fácil que un caballo así pase desapercibido, nada fácil.




Dejaron a Loreto en la puerta de su casa. La muchacha saltó del pescante y alzó su mirada hacia Gonzalo que apretaba contra él, el cuerpo de su esposa.

– De... de nuevo le pido disculpa maestro, si no hubiera sido tan imprudente no le hubiera puesto en peligro.
- No te disculpes, si no hubiera sido por ti nunca nos hubiéramos enterado de la verdad y quién sabe a lo que Margarita hubiera estado expuesta al lado de Lucrecia... Soy yo quien te tiene que dar las gracias por esto y por contarle al Comisario todo lo que sabías.
- Tenía que hacerlo... Él tenía que saber que yo lo escuché todo en la atalaya y que fui yo quien vio a la Marquesa tirar el frasco a la basura... Bueno, no lo entretengo más, Margarita necesita de cuidados, también puede llover de un momento a otro... Gracias por traerme a casa y dígale a Margarita que deseo que se reponga lo antes posible.
- Así lo haré y de nuevo gracias.

Loreto dio media vuelta dirigiéndose a su casa, mientras Gonzalo y Sátur tomaron la dirección de una de las puertas de la Villa.

Continuará...
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chiribitas

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Jue Dic 01, 2016 5:24 pm

Guau!!!!!!! sin palabras, Mari Carmen. Además muy chulo el gif del reencuentro. flowers2 flowers2 fear

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Este Jamie no se mueve, pero, ¡cómo me mira...! blush-anim-cl
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Dic 03, 2016 1:34 pm

Gracias a ti, Chiribitas!! kissing kissing


Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,33


De vuelta a casa.


Le parecía mentira el haber llegado. Durante el trayecto de Palacio hasta la Villa temía que pudiera llover, el verse ante la puerta de su casa hizo que respirara con alivio. Ya Sátur había abierto el portón de la cuadra. Desmontó sujetando el cuerpo de su esposa y con cuidado de no lastimarla la cogió en sus brazos cruzando el establo con ella.

– Deja de momento los caballos Sátur, ve en busca del médico ¡Rápido!
- ¡Ahora mismo amo! - Sátur salió todo veloz.

Gonzalo subió aprisa la escalera entrando en la habitación. Depositó a Margarita en la cama, se quitó la capa arrojándola a la silla y buscó ropa de ella. Quitándole la prenda de abrigo que la cubría procedió a desnudarla. La muchacha abrió en ese momento los ojos brillantes por la fiebre. Miró a un lado y a otro. Gonzalo percibió la confusión de ella y sonrío.

– Estás... estás en casa, ya todo pasó. Si puedes incorporarte un poco más, me sería más fácil quitarte las ropas, las tiene muy húmeda y no conviene que las tengas tanto tiempo puestas.
- Si... si claro... Ayúdame, sola no puedo... El brazo me impide... me impide moverme con facilidad.
-Naturalmente - Gonzalo le puso una mano en la espalda y con la otra, tomando su mano derecha hizo que quedara sentada en el lecho - Voy a quitarte las botas, las tienes muy mojadas.

Se arrodilló y fue desatando los cordones de las botas tobilleras que ella solía usar en la época de lluvias. Margarita se dejaba hacer, no tenía fuerza para nada y sentía una gran opresión en el pecho, no era fácil olvidar los momentos vividos en Palacio. Sintió en ella la mirada de su esposo.

– Esto ya está.

Sin violentarla y procurando ser delicado, le quitó las medias. Tomó unas calcetas cubriendo los pequeños pies con ellas. De la misma manera, le fue quitando las demás prendas. Lo hizo con tacto, procurando que ella no se sintiera incómoda. Margarita lo ayudaba, haciendo que su cuerpo no quedara al desnudo por completo. A Gonzalo no le pasó desapercibido la angustia de ella. La muchacha continuamente suspiraba y eso, sólo era debido a la congoja que no había dejado salir de ella. Cuando su esposa ya estuvo cambiada, la ayudó a acomodarse y la cubrió con las ropas de la cama.

– Voy a ponerte el cabestrillo - le pasó a pañoleta por la cabeza, haciendo que el brazo reposara en ella. Le puso la mano en la frente - No dejas de tener calentura, estoy esperando al médico, Sátur ha ido en busca de él.

Margarita no dijo nada, se limitó a cerrar los ojos. Quería dormir y olvidar todo pero no sería fácil hacerlo. En aquel momento, se daba cuenta de que su marido estuvo a punto de morir a manos de aquellos hombres y ella, se sentía culpable de ello como de que su hijo se malograra. Nunca debió pisar de nuevo el Palacio de Santillana, ella tuvo que escucharlo a él y no a Lucrecia y si hubiera sido así, entonces nada de aquello hubiera pasado. Su hijo seguiría creciendo en su vientre y Gonzalo no hubiera estado a punto de matar y de ser muerto a manos de la guardia.

Gonzalo echó agua en la palangana y mojando un lienzo se lo puso en la frente - Esto te aliviará - se sentó en la silla junto a ella, la observaba, sabía que aunque tenía los ojos cerrados no dormía. Esa angustia que apreciaba en ella no dejaría que se relajara y así no iba a hacer fácil  que pudiera descansar en condiciones.

Unos pasos subiendo la escalera hizo que volviera la cabeza. Don Jeremías entraba en la habitación seguido de Sátur. Gonzalo se levantó rápido – Doctor gracias por venir tan pronto.
- No tienes que darlas Gonzalo... Me pasé esta mañana para ver a tu esposa pero me encontré que no había nadie... Pienso que habéis tenido una mañana movidita, ¿no es así?
Al ver que Gonzalo miraba a Sátur, el buen médico no pudo por menos de sonreír – No te preocupes hombre, aunque Sátur nada me ha dicho, me imagino que esa ausencia y más en el estado en que se suponía que estaba tu esposa, tiene que ver con lo que fuiste a llevarme esta mañana a la botica.

- Tiene razón doctor, a eso se debe pero Margarita salió detrás de mí y se ha puesto algo peor... La fiebre no cede y aunque se queda adormecida, no hace un sueño reparador.
- Es normal Gonzalo mientras tenga fiebre y si ha pasado algún mal rato, que me imagino que así ha sido, pues no la favorece en nada, pero vamos a reconocerla y descartar cualquier otra cosa.
El médico puso encima del peinador su maletín sacando el estetoscopio. Con él en la mano se acercó a la cama, le quitó el lienzo y  le puso la mano en la frente hablándole a la joven – Margarita, ¿me escuchas? Abre los ojos que tu marido está más que preocupado, además, debo hacerte algunas preguntas - destapó un poco a la muchacha y comenzó a auscultarle el pecho.

La joven fue abriendo los ojos. El médico se la quedó mirando – Nada más quiere tener los ojos cerrados ¿verdad?
La muchacha asintió con un movimiento de cabeza. El médico seguía reconociéndola - Margarita, a ver si puedes volverte un poco, quiero auscultarte la espalda, quizá el brazo pueda hacer que te dificulte un poco el movimiento.
Gonzalo se apresuró a ayudar a su mujer – Espera yo te ayudo.

Con la ayuda de su marido, ella pudo ponerse de espalda a don Jeremías. El médico pudo reconocerla sin dificultar alguna. Cuando termino de hacerlo, le dijo a la muchacha que ya se podía echar sobre los almohadones. Procedió a quitarle el cabestrillo y le examinó el brazo y el hombro. La muchacha no pudo evitar quejarse.

- Te duele... Lo tienes todavía muy inflamado y es natural que te duela - se volvió hacia Gonzalo – Lo hiciste muy bien. El hombro lo tiene en su sitio pero le queda unos días de recuperación, hasta que la inflamación no le baje seguirá dolorida. Síguele dando las gotas, eso también le servirá para la fiebre. Tiene un poco de enfriamiento, eso no debe preocuparte y ahora salgamos, dejemos que duerma un poco. Estás deseando quedarte a solas, ¿a qué si?
- Quiero... quiero dormir... Descansar...
- Pues nada, te dejamos sola e intenta dormir... Salgamos Gonzalo - el médico le hizo a una señal.

Sátur tomó la capa de su amo y las ropas de Margarita siguiendo a su amo y al médico. Los tres hombres salieron de la habitación dejando Gonzalo la puerta entornada.

- ¿Ocurre algo doctor?
- Aparte de lo que te he dicho, físicamente no tiene nada más pero ese comportamiento que muestra, no me gusta Gonzalo.
Habían terminado de bajar la escalera, Gonzalo miró al médico preocupado - ¿Qué es lo que quiere decir doctor?
Don Jeremías había colocado encima de la mesa el maletín y le puso una mano en el hombro al maestro – Gonzalo, ¿desde cuándo tu esposa ocupa esa habitación?

Gonzalo le cogió desprevenido la pregunta de don Jeremías, miró a Sátur. Éste comprendió la mirada de su amo y le hizo un movimiento con la cabeza, el médico nada apreció.

- Bueno, voy a dejar esto en el patio y me pongo a preparar algo para el almuerzo porque por la hora que es, nos va a coger la hora de la merienda – al decir esto, el buen sirviente se alejó de ellos.

Gonzalo le ofreció una silla a don Jeremías sentándose él también. Cuando habló, su voz se escuchó enronquecida – Hace unos días... Nada más sentirse recuperada de su aborto me dijo que prefería estar sola durante un tiempo - aquello era una verdad a medias, sólo que al médico no podía contarle todo.
- ¿Te ha dicho en algún momento que no quiere volver a quedarse embarazada?
Esperaba que le preguntara aquello. Ante aquella pregunta, no había respuesta a media. Tragando saliva contestó – Si... si me lo dijo doctor.

- Hay casos, que ante un embarazo frustrado a ciertas mujeres puede resultarle un trauma hasta tal punto que temen volver a quedarse embarazada. A veces, es sólo cuestión de tiempo pero ante como se ha producido el aborto, esto puede implicar más... Tiene que ser muy doloroso que su hijo no llegara a nacer por culpa de una mala persona... Creo, que intenta no pensar en lo que ha ocurrido, quiere olvidarlo todo para no sufrir más, pero eso será imposible si no acepta como han sido las cosas y echa afuera todo el dolor y la rabia que lleva dentro... La fiebre puede ser causa de eso también.

- Cuando hemos vuelto se ha mantenido callada con respecto a ello, pero me he dado cuenta de la angustia que la invade ¿Qué puedo hacer ante esto? Temo forzarla a esa situación que ella quiere evadir.

- Gonzalo, debes intentarlo... Debes hacer que ella reaccione, que grite, que maldiga, lo que sea, pero es lo único que puede aliviarla, luego, lo demás vendrá por sí solo... Sólo tienes que tener un poco de paciencia y tu esposa volverá a la alcoba contigo, y ahora, ya me voy, tengo que hacer unos preparados en la botica - don Jeremías se levantó y Gonzalo le precedió. El médico tomó su maletín dando una palmada al maestro en el hombro – Si necesitaras algo sólo tienes que pasarte y lo que te he dicho anteriormente, paciencia Gonzalo, la vas a necesitar pero ten seguro que tu esposa volverá a ser la de antes.
- No sabe como lo deseo.

Gonzalo acompañó al doctor hasta la puerta. Al volver a la sala, Sátur apreció el rostro de preocupación de su amo - Amo, no se me aflija, que ya ve lo que le ha dicho el médico. Su mujer volverá a ser la de antes.
- Sátur, no digo que no, pero ¿y mientras? ¿Qué le digo? ¿Cómo le hablo para que saque de ella todo eso que siente? ¿Sabes lo qué ella piensa en estos momentos? Se siente culpable Sátur, estoy seguro de ello... Anoche me dijo que quería saber si ella era la culpable de que su hijo no se lograra.
- Esta mañana, cuando usted fue en busca del curandero me dijo que no quería pensar que a usted lo ha estao culpando durante este tiempo de ello aunque fuera en silencio, y que quizá lo única causante era ella por no haberle hecho caso en su tiempo. Puede que piense, que ahora, usted la responsabilice de no haberlo escuchao y la criatura está que no vive después de lo que vio esta mañana en el palacio de esa mujer.



- ¡No Sátur! ¡Nunca la culparía! Por más que intenté que viera que esa mujer no era de fiar, no podría hacerla culpable de eso... Ni de eso, ni de nada, ¡nunca lo haría! y si es eso lo que siente, tendré que hacerla entrar en razón. Ya hay demasiadas culpas en nuestras vidas, ¡demasiadas para agregar una más! y ahora Sátur, prepara algo ligero que voy a subirlo para que lo tome, pero antes voy a cambiarme, la ropa se me está secando en el cuerpo.

- Pues vaya a cambiarse que con uno que esté en la cama ya es bastante... Por cierto, ¿qué me dice del interés que puso el Comisario en su caballo?
- Sátur, caballo como el mío o parecido, hay montones en la Villa, así, que nada hay que hablar sobre eso y ahora, si voy a cambiarme.




Empujó la puerta entrando en la habitación. La vela había terminado de extinguirse y era muy poca la claridad que entraba por la ventana por lo que la habitación se hallaba en una suave penumbra. Dejó la bandeja en el peinador y tomando otra vela que se hallaba en una repisa procedió a encenderla con el mechero. Acercándose a la cama dejó la palmatoria en la mesita. Margarita con el rostro ladeado parecía dormir, por la frente abajo gotitas de sudor perlaba su piel. Gonzalo le puso la mano en la frente y comprobó que la fiebre iba cediendo. Estaba sudando la calentura, supuso que era porque estaba demasiado abrigada y eso tampoco era favorable, le apartó la colcha y una de las mantas. Sentándose en la cama, con el pañuelo le enjugó el rostro y el escote de sudor. A su contacto la muchacha fue abriendo los ojos.

- Vaya, me has horrado de llamarte, es hora de que comas algo, ya es tarde.
- No tengo hambre - lo dijo desviando la mirada de la de su marido.

Gonzalo sabía que nada iba a ser fácil. Intentó darle a su voz un aire distendido – Eso ya lo sé pero aunque no tengas hambre algo debes comer - se levantó y cogiendo la bandeja fue a ponérsela a la muchacha en el regazo - ¿Te incorporo más o estás bien así?
- Te... te he dicho que no tengo ganas, no podría pasar nada... Déjame dormir por favor. Es lo único que quiero.
Al escucharla, Gonzalo sintió un gran abatimiento. Dejó la bandeja en la mesita y se sentó en el lecho. Le tomó la mano – Margarita, no puedes llevarte la vida durmiendo para evitar sufrir más dolor. De sobra sé, que el enterarte de todo esto debe ser muy difícil para ti pero...
- ¡No Gonzalo! ¡Tú no puedes saber! Nadie puede saber lo que se siente, lo que siento yo en estos momentos. ¿Es qué no te das cuenta? ¡Fui yo!... Fui yo la única culpable de... de...

Gonzalo no la dejó terminar - ¡No Margarita! Ni se te ocurra decir eso. Tú, no eres culpable de nada, ¿lo oyes? ¡De nada! – mientras lo decía, buscaba los ojos de ella.
Margarita lo miró fijamente – Te... te estuve culpando durante todo este tiempo... Te culpé a ti de la pérdida de ese hijo, en silencio lo hice. ¡Mil veces lo hice! Es... es que eso... Eso  para ti ¿no significa nada?
- No Margarita, ¡no! No me importa si me culpaste o no ¡No me importa! sólo quiero que estés tranquila, que poco a poco todo esto lo vayas olvidando, sólo eso es lo que me importa ¡Tan sólo eso!

- Gonzalo, no te escuché. Me advertiste, me advertiste sobre ella, me dijiste que mentía, que no creyera ¡pero no! No te escuché ¡No te escuché y caí de nuevo en su trampa! ¡ Caí de nuevo! y mi hijo, nuestro hijo pagó... Pagó mi inconsciencia, él lo pagó ¿Por qué? ¿Por qué él? Él... él no tenía culpa de nada... de nada...

Gonzalo sentía su alma llena de congoja al escucharla hablar, un escalofrío recorrió su cuerpo al oírla decir “nuestro hijo” Después de aquella noche fatídica al volver de Toledo, era la primera vez que la escuchaba decir “nuestro hijo” y aquello hizo que un halo de esperanza se albergara dentro de él a pesar de la circunstancia en que aquellos momentos los envolvía. Veía que estaba a punto de romperse y así fue. Su esposa ya no pudo soportar más todo lo que llevaba dentro de ella y se vino abajo rompiendo en sollozos.

La atrajo hacia él estrechándola fuertemente en sus brazos. Cerró los ojos reprimiendo sus propias lágrimas. Ante tanta desesperación, ante tanto dolor, nada de lo que le dijera paliaría su sufrimiento. La dejó llorar, dejó que desahogara todo su pesar, sólo así, podría escucharlo, sólo así podría hacerla entrar en razón para que aquel sentimiento de culpa no lograra apoderarse de ella.




Los días pasaban muy lentamente sobre todo para Gonzalo, pero poco a poco Margarita fue recuperándose y aunque no olvidaba fue dejando atrás aquel sentimiento de culpa. Fue una tarea ardua por parte de él. Durante días, la muchacha se negaba a escuchar más que lo que le dictaba su corazón, ni siquiera quería salir de la habitación, se limitaba a estar sentada en la mecedora que él mismo le había subido para que estuviera más cómoda. Hubo momentos en que sus nervios saltaban por los aires y lo echaba del cuarto. Gonzalo salía de momento y no pasado mucho tiempo volvía, el tiempo que dejaba que ella se calmara por sí sola. Fue echado muchas veces de la pequeña alcoba pero no se rendía. Recordaba las palabras de Lin-Chen, su maestro en China... ”Si no te esfuerzas hasta el máximo ¿cómo sabrás dónde está tú límite? “ Y se esforzó hasta el cansancio, a veces caía extenuado y era Sátur quien lo animaba a seguir, diciéndole que en peores circunstancia se había visto como Águila, que una mujer, no iba a poder con él. Gonzalo se limitaba a sonreír y movía negando con la cabeza.

– No Sátur... Cuando a una mujer se le mete una idea no es fácil sacarla de ella y mi esposa, me resulta peor que cualquiera de las circunstancias en que me haya podido ver como guerrero pero aunque sea lo último que haga, la hago desistir de esa culpabilidad que no la deja vivir.

Cuando ya ella dejó de echarlo del cuarto, Gonzalo respiró tranquilo para poder hablarle sin alterarse ni uno ni otro. Así, después de un día y otros que siguieron, ella fue escuchándolo hasta ir comprendiendo paso a paso y sentirse liberada de aquel sentimiento que la ahogaba. Todos en la casa, cada uno a su manera, intentaba de hacerle la vida más agradable aunque ella se decía, que ya nada podría ser igual.

Aquel día, 25 de noviembre, tanto Gonzalo de Montalvo como su fiel sirviente y amigo querían que fuera un día especial. Hacía bastante frío y el buen criado ya tenía más que pensado que preparar para el almuerzo, un buen caldo con un buen trozo de tocino y unas verduras que le agregaría pero echándole algo más que hasta aquel momento no lo había utilizado en ningún tipo de guiso. Gonzalo, por su parte, había salido algo temprano aquella mañana para volver a buena hora de abrir la escuela. Se había dirigido al bosque por unas hierbas determinadas. Regresó a la casa a punto, ya Alonso lo estaba esperando.

- ¡Uf padre, que llegamos tarde! ¿A dónde has ido?
- He tenido que ir al bosque por estas hierbas - buscó con la mirada a Sátur.
El fiel criado salía en aquel momento de su cuarto trastero - Vaya amo, ya está de vuelta. ¿Encontró eso?
- Si Sátur, aquí están, cada una en su saco. Guárdalo para que no lo vea ¿Se ha levantado ya?
- No amo, aún no... Hoy parece que está durmiendo algo más.

- Eso es buena señal, eso da a entender que está más relajada sin la necesidad de tomar medicina ni infusión alguna... Tampoco tiene la incomodidad del brazo, ya puede buscar postura en la cama, eso también la ayuda a descansar, aunque procura que todavía no haga mucho esfuerzo Sátur.
- Eso téngalo por seguro. En estos días ha mejorado y mucho, y cuando perciba esos olores, mucho mejor que se va a poner, sobre todo con las flores que le ha traído.
- Es poca cosa... Ya Luisa tenía abierto su puesto y aproveché, quiero dejársela antes de irme a la escuela.

Alonso miraba a uno y a otro – Padre, ¿pasa algo? Andáis de un misterioso los dos ¿Qué es eso que traes en esos sacos? ¿y esas flores?
- Alonso, son nada más que eso, unas hierbas y que a tu tía le gustan mucho por el olor que desprenden, pero es una sorpresa.
- ¿Una sorpresa? – el crío preguntaba con curiosidad y cierto asombro.
Gonzalo se sentó y tiró de su hijo. Se inclinó y se lo dijo al oído - ¿No recuerdas el día que es hoy? aunque no me extraña, en un año es fácil que a tu edad no estés tan pendiente de ello.

- Padre, no entiendo...
- Hoy es el cumpleaños de tu tía - lo dijo en voz baja.
- Pero, ¡eso es estupendo padre! ¡Yupiiiii!!!!!
- Alonso... Alonso, baja la voz,  tu tía no debe oírte.
- Claro padre, sino, no sería una sorpresa y por eso, lo de las flores -  le hizo un guiño al decirlo - ¡Qué contenta se va a poner tía Margarita! Habrá tarta ¿no?

Ante la pregunta del pequeño, Gonzalo se le ensombreció la mirada – No Alonso, no habrá tarta. Eso le traería ciertos recuerdos que la harían sufrir, sólo le hemos preparados pequeños detalles, que aunque no dejará de emocionarse por ellos, al menos la motivarán y la alegrarán un poco.
El rostro del pequeño reflejó la tristeza – Todavía mi tía no se encuentra bien ¿verdad?
Gonzalo le puso las manos a su hijo en los hombros  - Alonso, ya tú tía está mucho mejor, sólo que a veces, siempre hay algo que le recuerde a uno un mal momento, y hay que evitarlo si es posible. Lo entiendes ¿verdad hijo?

Alonso movió afirmativamente la cabeza. Gonzalo le revolvió el cabello – Anda, vete para casa de Cata, que me parece que esta vez, a Murillo o a Catalina se le han pegado las sábanas. Ahora voy para allá.
El pequeño tomó su zurrón y corriendo hacia la puerta principal la abrió saliendo de la casa. Sátur había salido tras él entornando la puerta – Este Alonsillo ni se preocupa de cerrarla.

Gonzalo se levantó y tomando el ramillete de flores se dirigió a su alcoba. Dejando el ramo sobre la mesa se sentó ante ella, cogiendo pluma y papel se dispuso a escribir. No le llevó mucho tiempo. Dobló el pliego y rozando a penas sus labios en él depositó un beso. Sus ojos brillaron por unas lágrimas que querían salir de ellos. Suspiró profundamente, tomando de nuevo el ramillete en una mano y en la otra el pliego doblado, salió de la habitación dirigiéndose a la escalera que lo conducía al cuarto de la buhardilla.

Empujó la puerta. La tenue luz de la mañana entraba por la ventana a través de la cortina que la cubría. Aunque ya la vela estaba completamente extinguida, percibía perfectamente el cuerpo de su esposa en la cama. Se acercó con sigilo, lo último que deseaba era despertarla. La contempló desde su altura. Cuanta hermosura tenía ante sus ojos y cuanta hermosura se escondía bajo aquellas sábanas. Cuanto su deseo de volver a besarla, de hacerla suya, de sentir su cuerpo dentro del de ella, de sentirla vibrar en sus brazos, de amarla en toda su intensidad pero sólo eso, dependía de ella, porque amarla con el alma, tan sólo dependía de él, y eso, ni siquiera ella podía impedírselo. Un nudo se le formó en la garganta.

Margarita, ajena a la presencia de su marido dormía tranquila, sosegada. Por la postura, Gonzalo comprendió que descansaba relajada, ni siquiera el brazo parecía molestarla. Hecha un ovillo sobre ella misma, reposaba la cabeza fuera de las almohadas esparciendo su cabello destrenzado por entre las sábanas blancas y parte de la espalda. Gonzalo la cubrió un poco más con sumo cuidado, luego, haciendo sitio en la mesita depositó el ramillete, entre sus tallos, introdujo el pliego doblado. Con el mismo sigilo que entró salió de aquella habitación.




Olores que impregnan los sentidos.


Los toques de las campanas la despertaron. Por un momento se quedó quieta, sin moverse. Hizo el intento de abrir sus ojos pero le pesaban tanto que no hizo intención de volverlo a hacer. No ponía en pie los toques que había escuchado por lo que no podía saber qué hora podía ser. Se le vino a la mente el reloj de Irene, sería tan fácil saber la hora sin tener que escuchar aquellas campanadas, pero que lejos estaba de tener un reloj así como de tantas cosas en su vida. Su mente confusa todavía por el sueño voló en busca de  él, siempre él. Sin moverse, abrió los ojos para volverlos a cerrar y seguir viendo el rostro amado del hombre, del maestro... Se preguntaba si habría podido llegar a amar al héroe. Nunca tendría la respuesta ya que el héroe ya no existía. Ella dejó al hombre que más amaba, sin esa parte de él. Por amor a ella, él dejó de serlo y sin embargo, todavía se resistía a escucharlo. Se resistía a comprender que aunque lo evitaba, deseaba sus besos, deseaba escuchar sus palabras de amor, necesitaba sentirlo, necesitaba de él para saber que aún estaba viva, que a pesar de tantas cosas, nunca pudo dejar de amarlo.

Se puso boca arriba y rozó sus labios con las yemas de sus dedos. Todavía sentía la quemazón en ellos al recordar aquel beso. El último que recibió de él antes de su partida a Toledo. Un beso que supo a despedida y que de alguna manera fue premonitorio, ya que desde entonces, ella levantó un muro entre él y ella. Después de noches pasadas que bebido intentó de forzarla, no volvió a acercarse a ella en ese sentido, sólo lo hizo para ayudarla, para hacerla ver que esa culpa que ella se echaba encima por haber vuelto a Palacio, no era razón de ser, que la maldad de Lucrecia no se hubiera detenido ante nada, que si no hubiera conseguido malograr su embarazo, lo hubiera hecho por otra forma, el caso era cumplir su venganza. Horas, días enteros intentando que entrara en razón, hablándole como sólo él podía hacerlo, haciéndola entender que de nada era culpable, soportando sus desplantes, su ira, su rabia. Cuántas veces lo echó fuera de la habitación y él salía sin objeción. Cuando se encontraba sola se venía abajo, sentía más que nunca el vacío que él dejaba cuando salía por la puerta. Cuando ya se calmaba, él volvía a entrar y sentía que de nuevo su alma se quedaba reconfortada. Así fueron pasando los días y con ellos parte de su pesar.

Suspiró profundamente y pensó que ya debía levantarse. Aquel día ella tenía que hacer por ver a Estuarda, quizá, el trabajar en el palacete de la condesa de Vallarta podía hacer algo por ella para poder desempeñar cualquier ocupación allí o en otra casa, bien de costurera o de lo que fuera, el caso era encontrar un trabajo, ya que el tener un tablón en la puerta hasta aquel momento no había tenido su fruto. No lo pensó más y echando la ropa de la cama hacia un lado fue a poner las pies en el suelo cuando se dio cuenta de lo que había en la mesita.

Se desconcertó al ver aquel ramillete de flores. Sin llegar a bajarse de la cama lo tomó entre sus manos. Eran margaritas y una rosa roja en el centro. Un nudo la ahogaba en aquel momento. Ni siquiera sabía el porqué de aquellas flores. Aspiró el perfume de la rosa impregnándose de él. Dejó las flores sobre la cama y abrió con dedos temblorosos el pliego doblado. Comenzó a leerlo...



“Unas flores para la más hermosa de todas ellas, tú, mi esposa.
Siento la necesidad, que por un solo día, después de un tiempo que cada vez se me hace eterno, verte sonreír. Espero, que ese día sea hoy. Anhelar que seas feliz es lo que más ansío para ti. ¿Podrá ser posible? Al menos, intenta de sentirte bien.

  Te deseo el mejor de los días de todos los que te han de venir... Felicidades Margarita.

                                                                               ... Te amo...  
                                                                                                 
                                                                                                     Gonzalo


Margarita no comprendía. Sentía una gran emoción al leer aquello pero no sabía el porqué de su felicitación, las flores por otro lado... Sus ojos se alzaron de aquel papel e intentó buscar una explicación dentro de su mente. De pronto, algo le vino a ella que hizo que sin soltar aquel pliego que apretaba contra sí, se levantara de lo más ligera de la cama y se dirigiera a su peinador, en la pared tenía colgado un calendario. Buscó con sus ojos y con el dedo índice las fechas. Su dedo se detuvo en el día 25... 25 de Noviembre.

- ¡Es mi cumpleaños! Hoy es mi cumpleaños y ni siquiera me acordaba. No sé en el día en que vivo, no lo sé... Para mí todos son iguales y sin embargo, él se ha acordado... Se ha acordado.

Las lágrimas afloraron a sus ojos. Volvió sobre sus pasos dejándose caer en la cama. Era el día de su cumpleaños y que diferente al de hacía algo más de dos meses, pero no quería recordar, no quería volver a lo que ya no podía ser. Tenía que mirar adelante e intentar lo que si estaba en su mano. Gonzalo, él no dejaba ni un momento de estar pendiente de ella, de hacerla sentir bien a pesar que por parte de ella, sólo había encontrado negativas, ni siquiera podía agradecerle lo que había hecho por amor a ella, dejar su vida como guerrero y dejar al pueblo sin el héroe.

Sentía que se había convertido en una egoísta, sólo le había importado su dolor, su daño. Su orgullo herido tampoco le había dejado ver más allá de sus ojos. Sabía que si seguía con aquella postura podría perderlo, podría perder, a su marido. Hasta aquel momento se había comportado como un hombre paciente pero la paciencia de un hombre tiene un límite. ¿Hasta cuándo podía serlo? Si ella no cambiaba su actitud ante él, lo perdería y eso no quería ni pensarlo, eso no podía pasarle. Sin él, sin Gonzalo, se moriría.

Mientras pensaba, no había intentado contener las lágrimas. Había dejado que resbalaran por sus mejillas, eran su escape, un escape que últimamente no podía retener tan fácilmente pero que le hacía bien dejarlas en libertar escapar de sus ojos. Tomó aire e intentó sosegarse. Se cubrió los hombros con la toca ya que de momento sintió frío cruzándosela delante del camisón, se puso las zapatillas en chanclas encima de las calcetas y tomando el ramillete, volvió a aspirar su aroma. Sus labios esbozaron una sonrisa, recogió el pliego yendo hacia el peinador y después de poner un beso en aquella hoja de papel, la introdujo en uno de los cajoncitos, en el que guardaba la cajita con la prenda de amor. Acarició con sus dedos la tapa de aquel pequeño estuche y cerrando el cajón del tocador, se dirigió a la puerta saliendo de la habitación.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Dic 04, 2016 2:28 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,34


Sátur trajinaba en la casa. Había terminado de arreglar la alcoba de su amo e iba para comenzar con la de Alonso cuando vio bajar a la muchacha. Salió al encuentro de la joven.

– ¡Vaya! Hoy se le han pegao las sábanas, eso es buena señal.
- Si Sátur, parece que ya voy durmiendo casi de un tirón. Escuché las campanadas pero no pude quedarme con la hora.
- Pues me imagino que escucharía dar las once, ya que dentro de na’ las doce están al caer.
- ¿Tan tarde?
- Según como se mire. ¿Acaso tiene usted que hacer algo de precisión?
- Bueno, como de precisión a una hora determinada no, pero quiero hablar con Estuarda.¿Crees que habrá problema que vaya a hablar con ella en horas de trabajo?
- No tiene por qué haberla, usted entre por la cocina y si no la ve, con preguntar a los demás criados por ella, pero bueno, de eso usted sabe más que yo.

- Llevas toda la razón Sátur, se me olvidaba que durante un tiempo serví en un palacio...
- Vaya hombre, metí la pata - lo dijo al ver que la voz de Margarita sonó apagada ante su comentario.
- Sátur, no has dicho nada del otro mundo... No has dicho más que la verdad, soy yo, la que a veces no termino de asimilar ciertas cosas – mientras lo decía, había cogido un jarrón de barro llenándolo de agua. En él, introdujo las flores.
Sátur no dejaba de observarla. Al ver que ella tomaba el tiesto entre sus manos y aspiraba el olor de las flores no pudo más que sonreír – Le ha gustao ¿verdad?

- Siempre unas flores resultan bonitas, sin importar el día que sea.
- Pues ya puesto, la felicito, puedo hacerlo ¿no?
- Claro Sátur, pero si te dijera que ni me acordaba del día que era hoy... Me extrañó ver el ramillete y pensando, pero vamos, que tuve que ir a mirar el almanaque.
- Margarita, perdón señora... El amo no sabe qué hacer para contentarla, para hacerla sentir bien... No sabes usted de lo que es capaz de hacer por amor a usted.

La muchacha supo a lo que se refería el hombre con sus últimas palabras sintiéndose mal por ello. Procuró que al hablar el buen sirviente no apreciara todo el malestar que la invadía - No tienes que pedir perdón por llamarme por mi nombre Sátur, muchas veces te lo he dicho, me gusta más que me llames Margarita que señora... Y si Sátur, sé todo lo que él hace por hacer que me sienta bien, soy yo la que no estoy a su altura. Nadie sabe como lo intento, nadie sabe como quisiera cambiar esa aptitud que tengo hacia él, pero no sé qué es lo me resiste a ello, ¡no lo sé!
- Bueno, no se preocupe, ya todo llegará, ya verá que si, y ahora, voy a ponerle el agua a calentar.
- Si Sátur, quiero ir en busca de Estuarda y volver antes del almuerzo... Subo esto al cuarto y preparo  mi ropa.

- Mejor se asea en su habitación que hace mucho frío en el patio. Ahora le subo yo el agua, pero antes de irse a la calle se tiene que tomar el desayuno aunque en el almuerzo coma menos, qué sino, luego hay que escuchar al amo.
- Eso del desayuno, ya se verá - lo dijo con una sonrisa.
- Y digo yo, ¿se encuentra lo bastante bien para salir? Que de aquí al palacete de la condesa de Vallarta hay un paseíto.
- Claro Sátur, me encuentro lo bastante bien para salir. Aunque esta última semana  ha sido también muy difícil, creo que estoy lo bastante recuperada para ir a dar un paseíto como tú dices... Tengo que pensar que aquí en casa, no me va a salir un trabajo, ya ves, ahí en la puerta tengo un tablón y como si nada, así, que voy a intentar de ver a Estuarda. Te espero arriba con el agua Sátur.

Diciendo esto, tomó la escalera subiendo a su cuarto con el jarrón de flores entre sus manos. Sátur la veía ir con una sonrisa de satisfacción, algo le decía, que muy pronto, su amo y su preciosa esposa se reconciliarían antes de lo que ellos se podían imaginar.




El desespero de Hernán.


Marta terminaba de acomodar las ropas de Irene en el baúl – ¿Y se va a llevar mucho tiempo fuera señora Irene?
La sobrina del Cardenal Mendoza que recogía varias pertenencias suyas del secreter, se apresuró en contestar a la joven criada – Si quiere que te diga, no lo sé, de momento voy a intentar darme un respiro. Aquí, en Palacio, la atmósfera es casi irrespirable, cada vez la situación para mí es más insoportable Marta y si me he mantenido aquí estos días, ha sido por mi esposo, por Hernán ya me hubiese marchado pero tengo que pensar en él.
Su trabajo lo tiene aquí, y el ir y venir desde nuestra casa en las afueras de la Villa de Madrid, sería un buen paseo, una cosa es que lo haga de vez en cuando pero todos los días, es mucho, al menos, le he podido convencer que los días que no esté conmigo, que se quede en su casa y así sale ya de este maldito infierno.

Marta se incorporó yendo a donde estaba Irene – La verdad, es que la situación aquí después de lo que pasó hace unos días no hay quien lo aguante... Usted al menos puede irse y evitar los desplantes de la Marquesa pero nosotros, los criados, no tenemos más remedio que aguantar porque no tenemos otra cosa.

- Lo sé Marta... Sé por todo lo que tenéis que pasar y lo siento también por Nuño, es demasiado pequeño y es cuando más se necesita a una madre, no sé de qué manera pueda afectarle todo esto... Hasta donde yo conozco, Lucrecia siempre lo ha sobreprotegido pero haciéndole ver a la misma vez que es un Santillana, lo ha criado a su imagen y semejanza haciendo que a pesar de su corta edad, sea altivo y orgulloso... Ahora, en estos días, para Lucrecia su hijo parece que no existe, evade la compañía de él.

- Es cierto señora Irene, sólo sabe del señorito Nuño a través de lo que le habla el tutor que le ha puesto al niño... Yo lo sé por Catalina, que la pobre está pasando con la Marquesa lo que no hay en los libros escritos. Dice, que ayer salió en la tarde y volvió bien entrada en la noche y de lo más rara.
- La escuché llegar Marta, pero mejor sea dejar esta conversación que de todas maneras no conduce a nada, sólo ella sabe lo que le pasa por su cabeza para actuar así.
La joven criada se dirigió a la chimenea y fue a coger el reloj pero la voz de Irene la detuvo – No Marta, el reloj no me lo llevo.

La sirvienta la miró un poco extrañada - ¿No se lo lleva? ¿Va a dejarlo aquí?
- Podría decirte que de alguna manera es así, pero...
No siguió hablando, la puerta se abrió dando paso a Hernán. Irene se volvió a Marta – Ya luego seguimos Marta.

La joven procedió a salir de prisa de los aposentos, la cara del Comisario no era precisamente de estar pasando una buena mañana. Nada más cerrarse la puerta, Hernán se quitó la chaqueta arrojándola con cierta rabia sobre el diván, luego, sentándose en él, se echó en un vaso alcohol de una de las botellas que tenía a mano. Lo tomó de un trago. Irene no dejaba de observarlo preocupada. La muchacha se acercó a él poniéndole las manos en los hombros.

- Vaya, parece que hoy tienes un mal día y eso que aún no termina... ¿Qué pasa Hernán para que estés así?

Hernán Mejías, antes de contestar se echó otro trago de una sola vez – Estoy... estoy asqueado de mi trabajo Irene... A veces odio con todas mis fuerzas ser el Comisario de la Villa, ¡lo odio y no sabes cómo!
Irene se sentó junto a él y le quitó el vaso apartando también la botella de cristal tallado - No debes beber de esta forma, lo que sea que te abruma, no lo vas a remediar bebiendo... Dime lo que te pasa, dime a que se debe esa desesperación que sientes, quizá, si lo hablas hará que te sientas mejor. Sabes que yo siempre te escucho, lo que no sé si podré ayudarte.

- Nadie puede ayudarme Irene... Yo tengo en mis manos unos decretos que tengo que hacer cumplir como la autoridad que soy pero a veces odio... ¡Odio tener que cumplir esas órdenes y más cuando se trata de un niño!
- ¿De qué estás hablando Hernán? no te entiendo.
- Mañana... mañana a las diez tengo que llevar a un niño de once años al patíbulo y hacer... Hacer que el verdugo le corte la mano derecha.
- ¡¡¿Quéeeee?!!... Hernán... Hernán, tienes que detener esa orden... ¡No puedes condenar a un niño!
- Hice un juramento y me debo a ello y aunque me repugne, tengo que hacerlo.

Irene no podía creer lo que estaba escuchando de su esposo – Hernán, algo debe haber que detenga esa sentencia.
- Sólo si retiran la denuncia, pero el niño le robó a un noble y es difícil que este hombre la retire ya que bien claro me lo dejó dicho. Quiere que se cumpla la condena para que otros se lo piensen antes de meter la mano donde no deben. Incluso lo quiere hacer en público.
- ¡Pero eso es muy cruel Hernán! Sólo es un niño ¡Un niño que si se ha visto con la necesidad de robar, es porque no le habrá quedado otra! Alguien debe ayudarlo ¡Alguien debe hacerlo!
- ¡Basta Irene! - se había levantado yendo hasta la chimenea. Puso sus manos sobre la repisa e inclinó la cabeza con gran abatimiento.
Irene se acercó a él - No he querido molestarte con mi insistencia.
- Irene, perdóname tú. Nunca, nunca te he había alzado la voz.

La joven rodeó con sus brazos la espalda del hombre, del amigo, apoyando su cabeza en ella – Nada hay que perdonar pero no te aflijas... Quien sabe lo que puede ocurrir de aquí a mañana.
- Sólo él puede evitarlo, sólo él.
Irene buscó el rostro de Hernán -  De... ¿De quién hablas? ¿Quién puede evitarlo?
Hernán Mejías se apartó del hogar y volvió a sentarse en el diván, tomó la botella y se llenó de nuevo el vaso. Bebió un trago - Sólo... sólo hay una persona en la Villa que puede hacer que la sentencia no se cumpla. Una persona que me causa algún problema que otro de vez en cuando - lo dijo sin levantar la cabeza y mirando fijamente el contenido del vaso.

Irene, en el mismo sitio no dejaba de mirarlo – Te... te refieres a ese hombre, al embozado ¿verdad?
- Al mismo. Sólo él puede conseguir que ese niño pueda conservar su mano... Pero fíjate, hace un tiempo no obstaculiza mi trabajo, no se deja ver, parece que se haya esfumado como tantas veces lo ha hecho ante mis narices pero esta vez, para siempre.
- Es la primera vez que te escucho hablar de él de esta forma. Si él aparece, ya no llevarás sobre ti ese peso en el alma si se llega a cumplirse la condena ¿verdad? Qué diferencia del hombre que conocí al venir a la Villa. Antes no hubieras tenido escrúpulo alguno para aplicar esa sentencia – al decirlo se había sentado junto a él.

- Fuiste tú Irene quien me hizo cambiar, te lo he dicho muchísimas veces, sólo tú pudiste sacar lo poco bueno que hay dentro de mí.
- No Hernán, yo no hice nada, fuiste tú... Tú quien quiso sacar esa parte y que no es poca, yo sólo tuve que empujarte un poquito - la muchacha le pasó la mano por el brazo apretándolo contra ella - ¿Sabes? Algo me dice que el embozado aparecerá mañana, así, que no debes preocuparte.

- No sé Irene, no estoy tan seguro como tú... Desde la tarde que robó el cuerpo del pirata Richard Blake no se ha vuelto a ver por la Villa. En más de una ocasión he esperado su llegada ante la aplicación de una condena, no han sido condenas que han llevado a la muerte, pero si han sido castigos severos y por menos que eso, ese Águila nunca ha dejado que se llevaran a cabo, sin embargo, ahora no hace su aparición... Por eso, no estoy seguro que mañana pueda encontrarme con él en la Plaza de la Villa.

Irene se levantó – Dejemos de pensar en eso, no quiero que te pongas triste, ya mañana Dios dirá y ahora dime, ¿vas a marcharte por fin a tu casa mientras estoy fuera de la Villa?
Hernán volvió a tomar un trago, luego se quedó mirando a la muchacha. Soltando el vaso en la mesita se levantó del diván – Si Irene, lo tengo decidido, esta tarde, en cuanto venga de los Calabozos preparo mis cosas y me marcho en cuanto tu lo hagas... Ya veo que lo tienes casi todo preparado.
- Bueno, siempre queda algo pero eso ya lo hago sobre la marcha... Sabes que pensaba irme mañana pero estando en la circunstancia que te encuentras, me iré más tranquila cuando pase todo... Que importa unas horas más en este Palacio - lo dijo con un toque de resignación.
- Por mí no lo hagas Irene.. Lo más pronto que salgas de aquí, mucho mejor. Ya debías haberlo hecho.

- Hernán, no me voy a ir hasta verte tranquilo pero si quiero saber qué va a pasar con Nuño. El niño te tiene un gran cariño aún sin saber que eres su padre. Para él va a hacer difícil no verte tan a menudo y para ti también.
Hernán suspiró profundamente – Lo sé, pero yo voy a seguir estando pendiente de él... Mi casa no se encuentra tan lejos de Palacio y los Calabozos tampoco, así, que no habrá día que no venga a verlo, además, tengo gran confianza en el tutor de Nuño, es un buen preceptor y ya le he dejado dicho que ante cualquier cosa referente a él, me tenga informado, también he pensado, que algún día de los que vaya a verte, puedo llevármelo conmigo y evadirlo de lo que tiene a su alrededor.

- ¿Crees que Lucrecia dejará llevártelo?
El rostro de Hernán se ensombreció – No creo que ponga impedimento, en estos últimos días parece que hasta la presencia de Nuño la fastidia... No sabes cómo me duele que se porte así con su hijo.
- Nunca dejarás de amarla Hernán, por más daño que pueda hacerte y hacerse a sí misma, nunca dejarás de amarla.
Por un instante El Comisario guardó silencio, luego su voz sonó apagada, triste – Yo siempre la amé y todavía me pregunto, si ella me amó alguna vez... A veces, pienso que ella nunca ha amado a nadie como no sea a ella misma. Todos los que ella ha querido que pasaran por su cama ha sido para su provecho, yo dejé de interesarle en el momento en que ya no quise participar en sus juegos. El interés, la ambición, ha sido parte de su vida y ellos... Ellos la han perdido.

Unos toques en la puerta interrumpió a Hernán. Irene fue a abrir, era Marta – Perdón señora Irene, pero como es la hora que usted acostumbra a almorzar, quería preguntarle si el señor Comisario va a hacerlo aquí, con usted.
Irene miró a Hernán - ¿Almuerzas conmigo?
- Se me ha venido la hora encima... Tenía que haber vuelto a los Calabozos pero ya que estoy aquí, prefiero hacerlo contigo que hacerlo allí y solo.
Irene con una sonrisa se quedó mirando a Marta – Ya has escuchado Marta, mi esposo prefiere almorzar conmigo.
- Si señora, ahora mismo subo los dos servicios.

La joven criada con una sonrisa se retiró de los aposentos, escuchó cerrar la puerta. Mientras se dirigía a la escalera, la joven pensaba que ya el señor Comisario no tenía la cara con la que llegó. Al parecer la señora Irene sabía cómo aliviar el carácter del Comisario de la Villa y esposo.






La angustia de Margarita.


Fuera de las dependencias de las cocina del palacete de los Vallartas, Margarita se despedía de Estuarda.

– Gracias por todo Estuarda, si pudieras hablar con tu señora todavía te lo agradecería aún más... No sabes lo que significaría para mí tener una ocupación.
- No te preocupes Margarita, mi señora es una mujer muy agradable y no habrá problema para que me escuche. No es una mujer con el carácter altivo, quizá sea la edad pero ella trata a la servidumbre con muy buen tacto... Ya luego, a la tarde me paso por tu casa y te digo ¿y sabes? me alegro mucho que te hayas decidido a salir, que entre unas cosa y otras...
- Si Estuarda, tengo que intentar volver a la normalidad. El estar encerrada no me va a devolver todo lo que se me ha quedado por el camino.

Estuarda hizo que Margarita la mirara a los ojos – En eso de “tengo que intentar volver a la normalidad” ¿está incluido Gonzalo?
La muchacha bajó su mirada, sintió que el rubor se le subía al rostro – Si Estuarda, a él, a él lo incluyo el primero en esa normalidad.
- Margarita, mujer, no te pongas colorá pero es lo más razonable que vas a hacer en todo este tiempo ¡Qué me lo tienes a pan y agua!
- Sabes... sabes el porqué quise estar a solas todo este tiempo.
- Lo sé Margarita y puedo entender que hayas tenido temor a quedarte embarazada pero pienso que el pobre de tu esposo no creo que lo esté pasando muy bien.
- Ya... ya lo sé y por eso voy a ir acercándome a él poco a poco. En estos momentos, para mí, me resulta un mundo arrimarme a él después de cómo lo he tratado.

- Normal que te cueste trabajo pero estoy segura, que él te lo va a poner fácil.
- Bueno, ya se verá y me voy, que a este paso va llegar él a la casa antes que yo... Te espero a la tarde y hablamos.
- Claro, ten cuidado al regresar, hay mucho barro y menos mal que hoy parece que puede escaparse el día sin llover.
– No te preocupes, sabré por donde piso. Hasta luego.

Estuarda se perdió dentro de las dependencias de servicio y Margarita atravesando los jardines señoriales de aquella hermosa casa, atravesó el umbral de la verja que un lacayo le había abierto. Un aire frío le dio en pleno rostro. Se arrebujó en su toca y se encaminó en dirección al centro de la Villa. El palacete se encontraba prácticamente en el barrio señorial pero fuera del centro, si tenía suerte de poder trabajar allí, al menos le cogería más cerca de su casa.  Dejó sus calles empedradas para ir sorteando el barro y los charcos de agua que se mantenían debido a los atascos de los alcantarillados.

Aligerando el paso todo lo que podía ante la dificultad del lodo, se adentró en la Plaza de la Villa, desde allí, acortaría por sus calles hasta llegar al barrio de San Felipe. Se detuvo por un momento. En medio de la Plaza estaban levantando un patíbulo. Unos hombres empleaban su tiempo en colocar un entarimado y la guardia del Comisario se mantenía presente. Algunos de los que por allí pasaban se quedaban mirando al igual que ella lo que aquellos hombres estaban haciendo. Se arrebujó todavía más en su toca y procedió a seguir su camino. Al pasar junto a un grupo formado por tres personas, se percató que estaban hablando de lo que se suponía para lo que iba a servir aquel entablado. Algo hizo que detuviera su paso. Giró la cabeza, se quedó mirando a las dos mujeres y al hombre que hablaban entre ellos. Volvió sobre sus pasos acercándose al grupo, casi tropieza con otra persona que iba en dirección contraria a ella y que también estaba pendiente de lo que los guardias estaban preparando en aquella plaza. Margarita se acercó a ellos.

- Perdonen ¿Saben para qué levantan ese patíbulo?
- ¡Ay hija! ¿es qué no lo sabes? Pues en toda la mañana no ha dejao de hablarse de otra cosa por toda la Villa.
- No, no lo sé señora... Van a ejecutar a alguien, es eso ¿verdad?
- Según como se mire... Se trata de un niño.
Margarita sintió que las piernas no la sujetaban – Dice... dice ¿un niño?
- Muchacha te has puesto muy pálida. No irás a desmayarte.
- No... no señora. Ha... ha sido la impresión.
- Natural, si es que hay cada cosa que claman al cielo. Al parecer, al pequeño lo acusan de haber robao anoche a un noble y mañana le cortan la mano a las diez de la mañana.

Margarita buscó apoyo en la pared. Sentía que su corazón le golpeaba fuertemente el pecho. La angustia atenazaba su garganta, cerró los ojos, pero a pesar de lo mal que se encontraba siguió escuchando hablar a aquellas personas entre ellos.

- Sólo una persona podría impedir eso. Al niño podría salvarlo ese hombre, al que llaman Águila Roja - lo dijo la mujer que había hablado con ella.
La segunda mujer que la acompañaba se puso las manos en jarras - ¡Pues anda tú lista si lo tiene que salvar ese! Según dice, hace ya un tiempo que no hace na’ por salvar a los pobres desgraciaos que caen en poder del Comisario. Ya nadie lo ve volar por la Villa y sus tejaos... Desapareció por arte de magia.
El hombre que hasta aquel momento no había hablado, lo hizo con una carcajada -¡¡Jajajajajaja!! ¿Sabéis lo que pienso? que ese ya no tiene gallina que desplumar y se ha quitao de en medio antes que lo desplumen a él.

Las dos mujeres rompieron a reír ante la ocurrencia del hombre. Margarita creía que se moría al escuchar hablar de él, de su marido de aquella forma. Ya ni siquiera se percataban de ella. Como pudo y agarrándose a la pared se alejó de allí. No dejaba de escuchar en su mente las palabras de ellos, martilleaban en su cabeza produciéndole un gran dolor. No supo cómo pudo llegar a su barrio, intentó respirar profundamente, nadie debía darse cuenta que un gran pesar volvía a inundar su alma ya tan castigada. Una voz amiga hizo que se detuviera. Cuando se volvió, nada en su rostro reflejaba la gran desazón que la embargaba.

- Margarita, que te estaba hablando y no me escuchabas ¿En qué estabas pensando preciosa?
- ¡Ay Cipri, perdona! Es, es que iba con la prisa por llegar que ni siquiera te oí.
- Ya veo, ya veo ¡Qué! ¿Cómo te encuentras? ¡No! no hace falta que me contestes, tú cara lo dice todo. Bueno, un poco pálida pero claro, todos estos días sin salir.
- Claro Cipri, sólo puede ser por eso ¡y si!! ya estoy mucho mejor.
- Que alegría oírtelo decir así. Bueno, un pajarillo me ha recordado que hoy es tu cumpleaños. ¿Puedo felicitarte preciosidad?
- Cipri, puedes hacerlo, no soy de las que van escondiendo los años.
El buen posadero la rodeó cariñosamente con sus fuertes brazos - ¡Cómo vas a ir escondiendo años si eres todavía una bebé!

- Cipri, que cosas se te ocurren - la muchacha intentaba ocultar por todos los medios la congoja que la invadía. Se apartó de su padrino de bodas  y con trabajo le esbozó una sonrisa - ¿Sabes si Catalina ha vuelto?
El hombre movió la cabeza negando – No creo, porque seguro que se hubiera pasado por la taberna a saludar.
- Ya la veré más tarde entonces, Cipri, me tengo que ir, quiero llegar a casa.
- Claro mujer y me alegra verte tan repuesta.
- A mí, a mí sí que me alegra tener los amigos que tengo - no pudo evitar que las lágrimas acudieran a sus ojos.
- Pero mujer ¿vas a llorar?
- Es... es que entre unos y otros hacéis que me emocione  - con las manos se limpió el rostro – ¡Ya está! y me voy, a ver si ayudo en algo a Sátur con el almuerzo.

Diciendo esto dio media vuelta alejándose del amigo. No sabía cómo podía haber aguantado de aquella forma su pesadumbre ante Cipri. Pensaba que le quedaba lo más difícil, disimular en su propia casa, ante los suyos y sobre todo, delante de él, de su marido. Subió los escalones y deteniéndose ante la puerta suspiró con profundidad, luego empujó la hoja de madera. Sátur que trajinaba en la cocina al escuchar chirriar la puerta levantó la cabeza de la olla.

– Vaya, ya estamos de vuelta. ¡Qué! ¿Cómo le ha ido?
- Bien Sátur. He podío hablar con Estuarda pero hasta que... - no siguió hablando. Algo que flotaba en el ambiente la hizo detenerse.
Sátur se la quedo mirando socarronamente - ¿Le pasa algo? Se ha quedao callá de repente.
- Hay... hay un aroma, un aroma en el ambiente y me parece conocido - mientras hablaba recorría con sus ojos la estancia y con el olfato intentaba encontrar el lugar de donde provenía.

Sin haber dado un paso, su mirada se detuvo en la lumbre y en la olla que había encima de ella - ¡El guiso! ¡Eso es! ¡proviene del guiso! - en dos pasos estuvo ante la vasija de barro e introduciendo el cazo, removió aquel exquisito y aromático caldo sacando un poco de él. Unas matitas verdes colgaban del utensilio de cocina - ¡Hierbabuena! ¡Has usado hierbabuena Sátur!
- Yo que creí que usted ya se había olvidao de cómo eran y el olor que tenían.
Margarita echó de nuevo en la olla lo que había sacado con el cazo y dejándolo en un plato se volvió hacia el bueno de Sátur con lágrimas en los ojos – Hay olores y sabores que no se pueden olvidar pero a veces, por lo que sea, no están en nuestras manos y hoy, en estos momentos, tú me lo has devuelto.

Se había acercado a Sátur abrazándole. El buen hombre se emocionó ante el gesto de ella - Pero bueno, si no es más que un simple caldo y unas hierbas - alguna lágrima que otra ya se escapaban de sus ojos.
La joven se apartó de él acariciando su rostro – Son más que un simple caldo y unas hierbas y te doy las gracias por ello.
- Pues me parece que va a tener que darle también las gracias a uno que yo me sé. Al fin y al cabo, del amo fue la idea.

- No podía ser de otra manera. A él, fue a quien le conté lo que significaba para mí los olores, allá, en Sevilla - mientras hablaba, se quitó la toca dejándola en el respaldo de una silla.
- Pues... pues todavía no ha terminao el día.
Margarita lo miró algo confusa – Sátur, ¿qué me quieres decir con eso?

El bueno de Saturno García comprendió que había metido la pata. Intentó arreglar la cosa como mejor pudo – Pues... pues como es un día especial nadie sabe lo que puede caer por otro lado ¡Catalina por ejemplo! Ella es su amiga, a lo mejor le tiene una sorpresa.
- No Sátur, ella no está en condiciones de hacerme un regalo, es más, ella sabe que me enfadaría si me comprara algo. Ella como yo, no nos hace falta tener un regalo de la otra, nos tenemos mutuamente. Para mí, Catalina es como una hermana mayor, como una madre, ella es la madre y la hermana que perdí - no pudo retener las lágrimas.

- ¡No! ¡Eso no! No se me ponga triste por Dios, que ya bastante tristeza es la que ha llevado sobre usted durante días y días, al menos hoy, alegre esa carita.
La muchacha se hizo de un pañuelo que llevaba entre el corpiño y la blusa enjugándose las lágrimas - Perdona Sátur, pero hoy me siento un poquito, digamos, sensible... Aunque últimamente, por cualquier cosa tengo el llanto a flor de piel.
- Es normal, pero verá que todo pasa y...
La puerta principal terminó de abrirse dando paso a Gonzalo con Alonso y Murillo. Alonso entró corriendo para echarse a los brazos de su tía - ¡Tía felicidades!
- ¡Vaya! parece que no se puede cumplir años sin que todo el mundo lo sepa. Gracias mi niño.

La joven correspondió a los besos del pequeño. Murillo también se había acercado a ella dándole un beso y felicitándola. Con cierto nerviosismo alzó su mirada hacia Gonzalo. Él tenía los ojos puestos en ella, aquellos ojos color miel en aquel momento brillaban de gran emoción contenida. Margarita se sentía obligada a darle las gracias, es lo menos que podía hacer.

- Gra... gracias Gonzalo, gracias por las flores y por darle la idea a Sátur de usar la hierbabuena.
Su marido se acercó a ella – No Margarita, no tienes que darme las gracias. Sé lo que para ti significan ciertos aromas y algún que otro de esos aromas, es muy fácil de hacer que lleguen a ti... Yo... yo también te deseo muchas felicidades - se inclinó y depositó un suave beso en una de sus mejillas, luego se apartó de ella sin dejar de mirarla. Se quitó la chaqueta dejándola colgada en el perchero – Sátur, ese caldo huele a las mil maravillas.
- ¡Y que lo diga amo! Esto va a estar de lo más rico, le he echao un buen trozo de tocino y unas verduras, además, para el que quiera, he frito unas rebanás de pan y se le puede agregar a la sopa.

Margarita todavía se mantenía en el mismo sitio. Sentía sobre su mejilla el beso de Gonzalo, los labios de él sobre su piel fue como un roce, un dulce roce que la desconcertó. Por un momento percibió que el rubor le subía a la cara y que él no tuvo más remedio que apreciar. Tenía que hacer algo, no podía quedarse quieta como quien recibe el primer beso de la persona enamorada y que no sabe qué hacer ante ese primer impulso. Aquel beso, aunque fuera sólo en la mejilla hacía que mil mariposas bailaran en su estomago. Tuvo que reaccionar, sobre todo cuando no dejaba de sentir la mirada de su esposo puesta en ella. Rápidamente fue por la loza y los cubiertos colocándolos encima de la mesa y en sus correspondientes lugares.

Gonzalo, sentado ante la mesa, la observaba. Apreciaba que estaba tan nerviosa como hermosa. En aquel instante sentía un gran júbilo interior. Algo muy dentro de él le decía, que sólo tenía que tener un poco más de paciencia, sólo un poco más para ese momento tan deseado, el momento de volver amarla hasta lo más profundo de su ser.




La tarde fue transcurriendo gratamente. Por unos momentos, a Margarita se le olvidó el pesar de la mañana. En el transcurso del almuerzo y donde todos alabaron, incluso los niños el sabor del puchero debido a la ramita de hierbabuena, la muchacha contó cómo le había ido al buscar a Estuarda, pero que hasta que no llegara en la tarde a la casa no sabría cual sería la respuesta. Entre ella y Gonzalo no había una conversación directa, algún si o no y mucho más, pero sus miradas se encontraron más de una vez, porque aquellas miradas, eran buscadas tanto por uno como por el otro.

Después del almuerzo, Gonzalo se retiró a su alcoba. Mientras los niños jugaban a encontrar a la tortuga “Torcuata”, Margarita se dispuso a ayudar a Sátur con la cocina. De nuevo la desazón la invadió. En ningún momento desde que llegó Gonzalo de la escuela le notó extraño, tampoco por parte de Sátur no había notado nada, quizá los dos estaban ignorantes de ello pero según aquella mujer, toda la Villa lo sabía, aunque ella, si no llega a pasar por la Plaza ni se hubiera enterado.

La suerte de aquel pequeño ya no estaba en manos de Águila. Ya nadie podía depender de él para salir ileso de las injusticias que estaban a la orden del día, y era el pueblo, el humilde, el pobre, donde sobre ellos caía el abuso de poder. Sintió recorrer un escalofrió por su cuerpo y el plato que estaba secando en aquel momento se le escurrió de las manos cayendo al suelo haciéndose añicos.

- ¿Se encuentra mal? Se ha puesto muy pálida... ¡Venga siéntese!
Sátur ya se la llevaba para una silla cuando Gonzalo hizo acto de presencia - ¡¿Qué tienes Margarita?! - se había puesto en cuclillas y le tomó las manos – Las tiene heladas - se incorporó cogiendo la toca de ella, se la echó por los hombros cubriéndola bien.
- No... no sé... No sé que me ha pasado... Sentí frió de momento y se me escurrió el plato.
- Anda ven, vamos a la chimenea, ahí entrarás en calor - tomándola por los hombros hizo que se levantara llevándola hasta el hogar. La sentó ante el fuego, Gonzalo tomó la banqueta y lo hizo junto a ella. La miró al rostro – Ya has recobrado algo de color ¿Te duele algo?

La muchacha negó aunque dentro de ella sentía un gran dolor pero que nada tenía que ver con el físico. El dolor de lo que iba a suceder a la mañana siguiente y lo que la gente pensaba de Águila, de él, de su marido. Después de unos días, de nuevo un sentimiento de culpa volvía a invadirla. Su corazón comenzó a latir con gran fuerza. Gonzalo que no había dejado de observarla apreció de nuevo la palidez de ella.

- Margarita, tú no está bien ¿verdad?... Has vuelto a ponerte pálida y...
- Estoy...estoy bien... Sólo me he sentido un poco mareada... Da... dame un poco de agua por favor.
Antes de que Gonzalo se levantara ya Sátur le acercaba el vaso con agua que había cogido del cántaro – Tome amo.
- Gracias Sátur - se giró hacia la muchacha – Ten, bebe un poco.

La muchacha tomó el vaso con mano temblorosa y bebió un par de sorbo. Aquellos dos sorbos de agua que sintió como se deslizaban por su garganta, pareció calmar un poco los latidos de su corazón. Con el vaso en la mano miró a Gonzalo que bastante preocupado no dejaba de mirarla a su vez.

- Me siento ya mejor, no tienes que preocuparte, de veras.
- Espero que me estés diciendo la verdad. Si es así, regreso a la alcoba, tengo que seguir con la tarea de los alumnos para volver a la escuela.
- Pu... puedes irte tranquilo.

Gonzalo se levantó y con paso pausado se dirigió a su habitación. Margarita cerró los ojos con gran aflicción. Sátur, no muy lejos estuvo observando a su amo y a su esposa. Nada más él marcharse, se sentó junto a ella, tomó el vaso dejándolo en la mesa de la cocina. Le habló con gran dulzura.

– Si hay algo que la agobia y no ha querío decírselo a él, yo soy todo oído, no deje que lo que la abruma se quede sólo para usted, que los pesares, las preocupaciones cuando se comparten, parece que son menos.
Margarita levantó su mirada clavándola en el fiel amigo. Por un momento pensó en confiarse a él, contarle lo que la abrumaba pero algo la retenía a hacerlo. Tomó las manos de Sátur entre las suyas – Sátur, sé que no se te escapa nada y decirte que no hay nada que me preocupa, te mentiría... Mi vida está rodeada de preocupaciones, de pesares por un lado y otro pero hay cosas que sólo a mí me corresponderían solucionarlas... Sin embargo, no está en mi mano hacerlo porque ya para eso no hay remedio alguno.

- Pues entonces, ¿pa’ que preocuparse si ya no hay remedio? Uno... uno debe preocuparse cuando puede encontrar la solución de algo pero si ya no hay na’ que hacer, ¿pa’ que partirse la cabecita con eso? Así, que deje darle vuelta a lo que ya no puede ser y mire pa’ lante, que veo que su futuro es alentador y usted ahí, si que tiene la solución en su mano y no me vaya a decir que no sabe de lo que estoy hablando.
Margarita inclinó la cabeza – Si Sátur, sé de lo que estás hablando.
La voz de Gonzalo irrumpió en la sala llamando a los niños - ¡Alonso, Murillo, nos vamos! ¡Pero lavaros las manos antes de salir! - se acercó a su esposa que ya se había puesto de pie. Mientras le hablaba tomó la chaqueta del perchero poniéndosela -  ¿Cómo estás?
- Bien, si sólo fue un momento de malestar.

- Pero ese momento de malestar no se sabe que puede producirlo y hay que estar pendiente ¿No te molesta el hombro?
- No, no siento ninguna molestia, ya llevo varios días recuperada de él ¿no?
- Si, pero ante un esfuerzo puede resentirse, por eso el no querer que cojas peso ninguno por ahora.
- Amo, que de eso me encargo yo. Que la señora se lo tiene que pensar antes de hacer un esfuerzo delante de mía.
- ¡Niños, que no lo digo más! Si no salís, a la de tres me marcho sin vosotros.
Antes de que empezara a contar los dos pequeños salieron como alma que llevaba el diablo - ¡¡Ya estamos padre!! ¡¡Ya estamos!!
- ¿Os habéis lavado las manos?
Los dos chavales enseñaron las palmas de sus manitas al maestro. Gonzalo con cierta sonrisa les dio su aprobación – Anda, tirad adelante.

- Adiós tía Margarita, hasta luego - le dio un beso a la muchacha que a la misma vez aprovechaba en meterle la blusita por la cinturilla del pantalón, luego le acomodó la chaqueta de lana.
– Anda que sois unos desastres, Murillo ven tú también que estás igual.

Murillo sin decir ni pió se acercó a ella dejándose colocar las ropas en condiciones.

- ¡Hala listo! y no correr que un día os podéis hacer daño si pisáis mal.
Gonzalo tomó el libro que lo había soltado en la mesa y fue a salir tras los niños pero antes se volvió a su esposa – Cuídate.

La muchacha asintió con la cabeza. Gonzalo salió y Margarita cerró la puerta. Se dejó caer sobre ella. Cuanta desesperación sentía, no podía quitárselo de la mente. Tenía continuamente martilleando en su cabeza las palabras de aquella mujer en la Plaza, la del hombre... Se separó de la puerta, necesitaba estar sola. Buscó a Sátur, lo encontró sacando de la habitación de Alonso a la tortuga.

- Estos niños no quieren enterarse que los bichos al patio, pero nada, que no se puede con ellos... Yo no sé que van hacer cuando este bicho diga a invernar.
- Sátur, estoy en mi cuarto, si viniera Estuarda me avisas, voy a echarme un rato y no es porque me encuentre mal sólo es necesidad de tenderme un poco, relajarme....
- Pues eso está muy bien, pa’ eso de la relajación el amo tenía un métod... ¡Ah perdón señora!... Olvide, olvide lo que iba a decirle.
- No importa Sátur, no importa.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Jue Dic 08, 2016 12:44 pm

Luces y Sombras. Segunda parte.

Capítulo,35



Un aniversario envuelto entre pesares.


No podía concentrarse en impartir las clases por lo que prefirió no seguir con la explicación, cerró el libro, les dijo a sus discípulos que siguieran con los problemas de matemáticas que tenían pendiente desde la mañana. Soltó el libro y se dejó caer en el sillón ante la mesa. Ni siquiera el alboroto de los alumnos impedía quitarse de la cabeza aquello que lo atormentaba. En la casa intentó disimular su pesar, no quería que nada enturbiara el día y más, el sosiego que en los últimos días había conseguido estabilizar un poco el ánimo de su esposa, incluso por unos momentos, ante la presencia de ella y su forma de mirarlo, él mismo se olvidó de ello, de lo que lo abrumaba desde primera hora de la mañana pero desde que llegó a la escuela volvió a él. Volvió el pesar, la rabia, la impotencia... Volvieron para recordarle que él, ya nada podía hacer para impedirlo, para impedir que un niño de once años fuera castigado a manos del verdugo.

Se pasó las manos por el cabello. Le dolía la cabeza de pensar, de intentar buscar una solución cuando la solución ya no existía. La única posibilidad, la enterró en el fondo del lago junto con su katana. El ruido de las sillas y las voces alteradas de los chicos hizo que volviera a la realidad de la escuela. Alonso se peleaba con otro compañero. Gonzalo se levantó todo presuroso apartando a los dos.

- ¡Basta! ¡¿Pero se puede saber que pasa aquí?!
Tanto Alonso como el otro pequeño quedaron en silencio. Gonzalo miró a uno y a otro sujetando a los dos con gran enojo - ¡¡Os he hecho una pregunta!! –  buscó la mirada de su hijo – Alonso, mil veces te he dicho que las peleas no conducen a nada pero tú no quieres enterarte y no has contestado a mi pregunta. ¡Ninguno de los dos los habéis hecho!

Alonso intentó deshacerse de las manos de su padre pero le fue imposible. Sabía que su padre no lo soltaría si no le decía el motivo de la pelea. Se limpió con la mano el labio inferior, un hilillo de sangre corría por él. Tenía un pequeño corte. Los ojos de su padre le decían que estaba esperando una explicación.

- Se... se trata sobre el niño que van a condenar mañana. Yo he dicho, que... que estoy seguro que Águila lo va a salvar, que... Que él, no va a dejar que le corten la mano y éste...
Ante lo último dicho por Alonso, Gonzalo lo zarandeó del brazo - ¡¿Éste?! ¡¿Esta es la forma de dirigirte a un compañero?!
- No padre, no... no es la forma. Miguel... Miguel me ha dicho que Águila es un cobarde, que por eso ya no se ve volar por la Villa y yo sé... Yo sé que Águila no es un cobarde, entonces...

Gonzalo se puso lívido - ¡¿Por eso te has peleado?! ¡¿Por eso?! – soltó a los dos pero sus ojos se clavaron en su hijo – Nunca más ¡¿te enteras?! Nunca más te pelees por ese hombre, ni aquí, ni afuera y olvídate... ¡Olvídate de nombrarlo delante de mí! - se incorporó y miró a sus alumnos que todos estaban expectantes - ¡Marchaos a vuestras casas! La clase por hoy ya está terminada.

Todos recogieron sus cuadernos y salieron a toda prisa de clase. En ella sólo quedaron el maestro y tres de sus alumnos. Gonzalo, lleno de una gran rabia comenzó a levantar las sillas y colocarlas en sus correspondientes mesas. Gabi y Murillo intentaban consolar a Alonso que no pudo reprimir las lágrimas de rebeldía ante lo que su padre le había dicho.

El maestro terminó de recogerlo todo y tomando el libro dirigió la mirada a los niños - Salgamos.

Los tres amigos después de ponerse sus chaquetas salieron de la escuela, Gonzalo lo hizo tras ellos. Esperaron que el maestro cerrara la puerta, luego siguieron a éste en silencio. Alonso aguantaba el llanto por temor a la reacción que pudiera tener su padre ante ello. La noche caía ya por el barrio de San Felipe, el cielo amenazaba lluvia. Gonzalo se detuvo un momento, esperó que los pequeños pasaran delante de él.

– No debéis quedaros atrás.

Los tenderetes ya iban siendo recogidos aunque no era muy tarde, pero el temor ante la posible lluvia que podía caer de un momento a otro, hacía que decidieran a retirarlos antes de que algunas de sus mercancías se echaran a perder. Gonzalo les dijo a los pequeños que apresuraran el paso si no querían que el agua les cayera encima. Llegaban a la esquina de la iglesia cuando Gonzalo se encontró de frente con el padre José. Era lo último que hubiera deseado.

- Buenas noches maestro, me gustaría saber si tienes un momento.
Gonzalo miró a los niños – Adelantaos para la casa, yo voy enseguida.
Nada más irse los chicos Gonzalo miró al sacerdote – Padre, no quiero ser descortés pero tengo prisa.
- Gonzalo, ¿tienes pensado que vas a hacer mañana?
El maestro miró a un lado y a otro. En aquel momento aquella esquina estaba desierta. Contestó al cura – No sé que me quiere decir.
- ¡Si lo sabes! Ese niño depende de ti.
- Padre, por si no lo sabe, yo ya no soy quien era, lo dejé.

- ¿Crees que no me lo imaginaba? ¿Crees que no sé lo que la gente habla de quien era el héroe del pueblo? ¡Tienes que ayudar a ese niño! ¡Tienes que hacerlo Gonzalo!
Gonzalo bajó la cabeza – No puedo padre, no puedo hacerlo.
- Pero ¿por qué?
- Me lo prometí a mí mismo.

El sacerdote, tomando del brazo a Gonzalo hizo que quedaran los dos resguardado debajo de una cornisa. La lluvia había hecho acto de presencia. El padre José miró a aquel hombre joven y que era el maestro de la Villa.

– Las promesas van y vienen, muchas de ellas ni se cumplen Gonzalo.
- Las mías si, y más si conciernen a mi familia.
El sacerdote frunció el entrecejo - Dejaste de ser el guerrero por Margarita, es eso, ¿verdad? Ella te lo pidió y...
- ¡No padre! Ella ni siquiera sabe que yo dejé atrás a Águila Roja. Mi esposa está ignorante de ello, yo sabía que ella no aceptaba esa parte de mí y quería... Quería que cuando mi esposa volviera a mí, ofrecerme a ella como lo que soy, sólo un hombre, un maestro.

- Mira Gonzalo, conozco lo suficiente a Margarita para intuir que si supiera, que tú has sacrificado esa parte de ti por ella pero que a la misma vez estás sacrificando al pueblo, no creo que estuviera muy de acuerdo contigo.
- Padre, nada de lo que me diga me va a hacer cambiar, lo hecho, hecho está y ahora, con su permiso, me esperan en casa.

Gonzalo salió de debajo del alero y apresurando el paso se alejó del padre José. El señor cura lo vio ir  – Rezaré, rezaré para que se obre un milagro, el milagro de que el guerrero vuelva a ti. Es mucho lo que el pueblo te necesita maestro.




Gonzalo subió aprisa los escalones, empujó la puerta entrando dentro de la casa. Cerró la hoja de madera. En la cocina Sátur calentaba leche en un cazo de barro, por la forma de mirarlo, comprendió de la manera en que habría llegado Alonso. Al pasar dentro de la estancia vio que Estuarda estaba allí, sentada ante la mesa junto a Gabi y Murillo.

- ¿Qué pasa Estuarda? ¿Cómo andas?
- Bien Gonzalo, he venido a traerle a Margarita razón de lo que me pidió esta mañana.
- ¿Ya la has visto?
- Si, ya hemos estado hablando, es que ahora está con el niño.
Gonzalo se quitó la chaqueta – Ya, me imagino que habrá llegado hecho un mar de lágrimas. ¡Está visto que no se le puede reñir!
- Gonzalo, los niños son así pero se le pasan en seguida, ya lo verás.

Sátur se acercó a la mesa – La leche ya está caliente pero voy a esperar que salga la señora. El pobre de Alonsillo traía un sofocón de padre y muy señor mío, pero es lo que usted dice amo, que uno ya no puede ni reñirles a sus hijos porque encima, nos sentimos culpables.

Gonzalo se había sentado junto a Estuarda pero no dejaba de mirar hacia la habitación de Alonso. Sabía que no tenía que ser agradable para su esposa escuchar del niño el motivo de la riña. De alguna manera no se equivocaba.

Margarita intentaba consolar a Alonso, el pequeño le había contado todo y se imaginaba en el estado en que podía encontrarse su marido al haber reaccionado de aquella forma con su hijo. Ante todo aquello, la culpabilidad se hizo más latente en su alma. Acarició el cabello de Alonso apretándolo contra su pecho.

- Cálmate mi amor, es normal que tu padre se haya enfadado. Nunca debe existir un motivo suficiente para que dos niños se peleen y más si ha sido en la escuela. Acuérdate de aquella vez que te peleaste con tu amigo Sabino... Ya te conté, que no siempre hay que hacer caso de lo que se dice, de lo que se habla.
- Pero tía... Nun... nunca vi a... a mi padre tan furioso... Yo... yo sólo  quise defender a Águila por... porque él no es un co... cobarde... ¿verdad tía Margarita? - lo preguntó alzando sus ojos lleno de lágrimas hacia el rostro de su tía.

La muchacha se le hizo un nudo en la garganta. Se ahogaba. Intentando aguantar su propia congoja tomó entre sus manos la pequeña carita de su niño – No Alonso... Águila Roja nunca será un cobarde y si por un tiempo no se ha visto por la Villa, algo... Algo muy fuerte le ha impedido hacerlo y yo te aseguro, que mañana, mañana Águila salvará a ese niño de manos del verdugo.
Alonso al escuchar las palabras de su tía se abrazó con fuerza a ella – ¡Sabía que tú creía en él! Águila no puede fallarle a ese niño - volvió a levantar su rostro hacia ella – Por... porque no va a fallarle ¿verdad?

- Alonso, una cosa si debes de meterte en esta cabecita. Él... él es sólo un hombre y nadie sabe lo que puede ocurrir en un último momento pero ten la certeza, que él... Que él, intentará estar allí.
- ¡Gracias tía! Ya con oírte decir eso, para mí es suficiente.
Evitando que las lágrimas acudieran a sus ojos Margarita besó la frente del pequeño - Bueno, pues esta conversación se terminó, así, que a lavarse esta carita y ese labio, esperemos que no se te inflame, apenas es un corte sin importancia pero hay que estar pendiente, así, que vamos al agua – lo levantó de encima de ella y lo llevó hasta la palangana. Echó agua de la jarra procediendo a lavarle la cara de churretes.

- Una cosa te pido Alonso. Sé de sobra que cuando te enfadas con tu padre le declaras la guerra, ni siquiera eres capaz de dirigirle la mirada, por favor, no lo hagas. Tú padre sufre mucho con eso y entre padres e hijos no debe haber ningún enfrentamiento, no deben existir ningún tipo de rencor... Yo sé, estoy segura, que tú padre está arrepentido de haberte hablado como lo ha hecho, por eso, si te dirige la palabra  no le des la espalda, no te niegues a escucharlo. Siempre, debemos escuchar.

Se quedó muy pensativa ante sus propias palabras. La voz del pequeño la sacó de la abstracción en que se hallaba.

– Tía, ¿te pasa algo?
- ¡Ay mi niño, no! Claro que no me pasa nada. Entonces, ¿ante lo que te he dicho?
- Está bien, pero que sepas que lo hago por ti.
- Alonso...
El crío se quedó mirando las puntas de sus botas. De nuevo escuchó repetir su nombre. Levantó la cabeza y sonriendo a su tía se abrazó a su cintura – ¡Está bien! está bien, lo hago también por él.
- Gracias mi niño, anda, vamos con los demás - lo tomó de la mano y abriendo la puerta salieron a la sala.

Gabi y Murillo nada más verlo aparecer salieron a su encuentro. Murillo fue quien habló subiéndose las gafas - ¿Jugamos Alonso? Lo hacemos en tu cuarto si quieres ya que lloviendo no podemos salir al patio.

La voz de Gonzalo se alzó en la estancia pero por el eco de ella, nada indicaba el enojo con el que llegó del colegio – Alonso, si vais a jugar no quedaros en la habitación, poneos a hacerlo junto a la chimenea, pero eso sí, luego, entre los tres recogéis todo lo que pongáis por medio.
Alonso miró a su tía. Con un gesto de ella, supo lo que debía hacer – Está bien padre, mejor junto a la chimenea. ¿Estáis de acuerdos chicos?
Gabi y Murillo asintieron, fueron los tres en dirección a la habitación cuando Margarita los detuvo – Un momento, antes del juego a merendar, que ya es algo tarde.

Refunfuñando como siempre, los niños fueron hacia la mesa y se sentaron ante ella. Sátur, ya colocaba el recipiente de leche caliente sobre la mesa y un plato con las exquisitas tortas que solía hacer. Estuarda le ayudaba a poner los vasos y platos. Sonaron unos toques en la puerta y está se abrió dando paso a Catalina.

– Buenas, que pensabais merendar sin mi ¿no? De todas maneras os hacía falta esto...

Se había acercado a la mesa y colocó en el centro un plato que estaba cubierto por un paño de cocina. Quitó el lienzo dejando al descubierto un esponjoso bizcocho de chocolate. Los niños saltaron de júbilo sobre sus sillas.

Por un instante las miradas de Sátur como la de Gonzalo se dirigieron al rostro de Margarita. Sabían que aquello la estaría recordando el anterior cumpleaños, y no se equivocaban, aquella escena que en aquel momento se desarrollaba ante sus ojos fue para ella como si la hubiesen atravesado con un dardo. Gonzalo se dio cuenta del efecto producido en su esposa, fue a decir algo pero Margarita apreciando el gesto de su marido se adelantó aparentando toda normalidad.

- Sa... sabía demás que te encajarías con un bizcocho. Cata, mujer, si te viene el tiempo escaso, ¿también te paras en hacer un bizcocho?
- Mira esta, yo por ti saco todo el tiempo del mundo. Ven cariño, dame un abrazo.

La joven, soportando el nudo que le apretaba la garganta rodeó la mesa para abrazar a su amiga.

- Cariñó felicidades, te deseo lo mejor del mundo.
- Gracias Cata, gracias... Pues no que me vas a hacer llorar.

Sátur miró a su amo, éste, tenía el rostro contrariado. Gonzalo sabía que Margarita lo estaba pasando mal y sin embargo nada por su forma de actuar daba a entender que era así. Ante los demás pocas veces demostraba lo mal que pudiera sentirse. Sátur ya estaba echando la leche en los vasos.

– Vengan a beberse la leche, que se enfría y el tiempo no está pa’ eso.
- Sátur, yo quiero bizcocho - Murillo señaló el plato.
- Y yo también - le siguió Alonso.
- Yo también quiero, tiene que estar de rico pero le faltan las velas.

Alonso dio un codazo a Gabi, éste lo miró, Alonso negó con la cabeza. Nada de esto pasó desapercibido para Gonzalo pero tampoco para Margarita que estaba a punto de sentarse en mesa.

– Bueno, me iba a sentar y aquí falta algo. Sátur, no cortes el bizcocho de momento. Ahora regreso.

Gonzalo la vio ir hasta la cocina. Margarita empinándose tomó un tarrito de barro que se hallaba en una de las repisas. Lo destapó sacando de dentro de él las velitas, volviendo a meter dos de ellas, tapó de nuevo el tarro y lo colocó en su sitio volviendo a la mesa.

– Ya estoy aquí. A ver niños, ¿qué le falta al bizcocho?
Los tres se miraron. Alonso buscó la mirada de su padre. Gonzalo estaba admirado de ella, sintió en él la mirada de su hijo, con un gesto consintió. Alonso lo más rápido se adelantó a sus amigos – Pues tía, ¿qué va a faltar? ¡Pues las velas!
- ¡Pero qué listo es mi niño! pues eso, las velas y ¡aquí están!
Los niños jalearon al ver las velas en la palma de la mano de la muchacha, ésta, intentaba apaciguar el ritmo de su corazón - Y ahora vamos a ponerla una por una encima del bizcocho, así, una a una...- cuando las colocó todas, miró a uno y a otros con una sonrisa forzada – Bueno, y ahora se me ha olvidado traerme el mechero.

- Yo tengo uno aquí – Gonzalo, levantándose deslizó su mano en el bolsillo del pantalón sacando el chisquero. Le dio al eslabón, la llamita se hizo visible. Procedió a ir encendiendo vela por vela – Bueno, esto ya está, sólo tienes que pedir un deseo y apagarlas todas - lo dijo mirándola a los ojos. ¡Cuánto le brillaban! Tanto por la hermosura de ellos como por las lágrimas que querían aflorar y ella no las dejaba salir.
- ¡Ea! pues allá voy.

Cerró por un instante sus hermosos ojos, luego, abriéndolos, se dispuso a apagar las treinta velas. De un soplido las apagó todas. Ya apenas podía retener las lágrimas. Los aplausos como aquel cumpleaños feliz que Catalina con Estuarda coreaban y que escuchaba a su alrededor, le sonaban lejanos, como si no fueran con ella. Hizo un último esfuerzo.

– Sátur, ya puedes... Ya puedes cortar el bizcocho, voy... Voy un momento arriba.

Se apartó de la mesa y con paso ligero se dirigió a la escalera. No supo cómo llegó a su cuarto. Se tiró de bruces sobre el lecho rompiendo en amargos sollozos. Su pecho le dolía, le dolía de tanto como llevaba dentro. Creía que no iba a volver a sentirse así. Creía que había encontrado un poco la estabilidad de ánimo, pero no. De nuevo la volvía a invadir la desilusión, el pesar, la culpa, el miedo... Intentaba ahogar los sollozos con la almohada, no quería que nadie se diera cuenta. Nadie debía saber que había vuelto a romperse.

Sintió su mano acariciar su cabello. Sintió sus manos cuando intentaba incorporarla para que llorara sobre él, sobre su pecho. Gonzalo la apretaba contra él fuertemente, llorando a la misma vez que ella. Sabía que se rompería de un momento a otro, por eso nada más verla subir, lo hizo tras ella. Quería acompañarla en su pesar, quería que supiera, que él, estaría siempre a su lado, que ella nunca estaría sola pasara lo que pasara.

- Sssssh, ya, ya pasó, cálmate... Sé que has aguantado con gran entereza un día muy difícil para ti, tampoco lo es menos para mí pero a mí lo que me importa eres tú... No quiero que vuelvas a recaer, no quiero que vuelvas a enfermar.

La muchacha escondía su rostro en el pecho de su esposo, lloraba. Gonzalo dejaba que se desahogara, sólo se limitaba a consolarla con sus palabras de aliento y con el amor que ponía en cada una de ellas. Ella se refugiaba en él, necesitaba sentirlo, necesita escuchar los latidos de su corazón. Sólo él podía calmar su desasosiego.

Después de un tiempo, Gonzalo notó que poco a poco se iba calmando. Le levantó la barbilla – Ya te encuentras mejor ¿verdad?
Margarita asintió con la cabeza. Gonzalo volvió a estrecharla fuertemente. Escuchó la voz de ella todavía ahogada – ¿Que ¿qué dirán nuestros amigos al ver... Al ver que hemos subido y los hemos dejado solos?
- Pues pueden pensar muchas cosas ¿no crees? – sonrío al decirlo a la misma vez que le apartaba unos rizos que le caían rebelde por la frente abajo ocultando parte de sus ojos.
La muchacha de momento no contestó. Se apartó de él y se dispuso a bajarse de la cama – No quiero que sepan que he llorado y es lo único que pueden pensar.

Se dirigió al peinador mirándose en el espejo. Tenía los ojos como para mentir sobre ello. Gonzalo la miraba hacer. Margarita echó agua en la palangana y se enjuagó la cara. Tomó la toalla secándose en ella. Aunque no lo veía, sabía que su esposo no le quitaba ojo de encima.

– Bajas tú primero y di... Di que no me sentí muy bien, pero que ya estoy algo mejor y que bajaré enseguida.
- Margarita, no tienes porque esconder tu aflicción. Es natural que un día como el de hoy, te haya traído recuerdos y eso nuestros amigos lo saben.
La muchacha se dejó caer en la cama – Llevas razón... Ellos más que nadie saben cuánto recuerdo me puede traer un día como este.

Se levantó y fue a iniciar el paso pero la mano de Gonzalo en la suya la detuvo. Se giró para mirarlo. Su marido no dijo nada ante su mirada, sólo se llevó la mano de ella a sus labios depositando un dulce beso. De nuevo un nudo se le formó a la muchacha en la garganta.

- Me... mejor bajamos - con suavidad se desprendió de la mano de él y se dirigió a la puerta.

Gonzalo, suspirando con profundidad se levantó de la cama saliendo tras su esposa.




Acababan de marcharse y aunque los habían ayudado a recoger la mesa y la cocina Margarita y Sátur le daban el último toque. Gonzalo se había retirado a su alcoba a preparar la tarea del día siguiente. Alonso ya daba cabezaditas en la mesa.

- Sátur, terminas tú, voy a llevar a Alonso a su cuarto porque sé que se nos va a quedar frito en la mesa. En cuanto se quede dormido yo también me retiro, me siento agotada.
- Es normal, ha sido un día de mucha emoción y de una gran tensión para usted... Ande, vaya, vaya y acuéstelo que siempre le pasa lo mismo y que descanse usted también.
- Gracias Sátur.

A Margarita le costó trabajo convencer a Alonso, pero al fin pudo hacerle entrar en razón y llevárselo para la habitación.

Sátur terminó con prisa lo que le quedaba, quería hablar con su amo. En casi todo el día no lo había podido hacer, sólo un momento que salió al mercado y se pasó por la escuela pero allí poco pudieron hablar. Se encaminó a la alcoba abriendo con sigilo la puerta. Asomó la cabeza.

- Pasa Sátur, te esperaba.

El buen hombre pasó cerrando la puerta. Gonzalo no estaba ante su mesa escritorio, se hallaba sentado en la cama y con la mirada baja.

- Amo, que hoy apenas hemos podío hablar. Amo, ¿qué va a pasar mañana?
- Esperaba que me preguntaras eso, yo te contesto, nada... Mañana no tiene que pasar nada.
- ¡Amo, por Dios! ¡Que se trata de un niño! Un niño poco mayor que Alonsillo. ¿Es que eso no significa na’ para usted?
- ¡Sátur, no puedo hacer nada! Ya dejé de ser quien era y no sabes lo que sufro porque no está en mi mano en ayudar a ese niño. ¡No está en mi mano Sátur! ¡No lo está!
- ¡Sí! ¡Sí lo está! Lo que pasa que es muy testarudo y no quiere bajarse del burro.
Gonzalo se levantó y comenzó a pasear por la alcoba. Sátur apreciaba su desesperación. La voz se escuchó toda enronquecida - Sátur, tú lo sabes... Sabes porque dejé de ser el guerrero, comprendí que mi familia, que mi esposa estaba antes que esa parte de mí y esa parte de mí, la enterré en el fondo del lago.

- Amo, que para salvar a ese niño de las manos del verdugo no le hace falta la katana... ¿Sabe cuántas espadas tiene usted arriba, en la guarida? No creo que haga falta que se lo diga y si no tuviera espada, ¿dónde me deja el bo? ¡Con eso bien que se defiende!
- Sátur... No es cuestión de nada de eso. ¡Entiéndelo! Me lo prometí a mí mismo y no es fácil que rompa mi promesa. Dejé de ser el Águila para recuperar a mi esposa y algo me dice que estoy a punto de que vuelva a mí. Si es así, quiero darme a ella sólo siendo un hombre, simplemente un hombre, un maestro, no quiero obligarla a arrastrar sobre ella a quien no acepta.

- Pero amo, si no ha hablao con su esposa como puede saber lo que ella piensa hombre de Dios. Primero hable y ya luego de por confirmada las cosas... Amo, piénselo, piense que ese niño sólo lo tiene a usted... ¡Que ese niño se queda sin mano si usted no interviene!

Gonzalo se dejó caer de nuevo en el lecho ocultando la cabeza entre las manos. Su voz se escuchó ahogada – No sabes el día que llevo Sátur, no lo sabes... He tenido que luchar con la desesperación que me invadía desde que me enteré en la mañana y el deseo de que mi esposa tuviera un día agradable, un día sin alteraciones. He tenido que tragarme mi impotencia para que ella no notara nada. He sonreído cuando he tenido ganas de llorar... He alzado la voz a mí hijo delante de sus compañeros sólo por el hecho de que defendía a Águila, porque Alonso Sátur, todavía cree en él. ¿Sabes cómo me sentí? Mi hijo peleándose por su héroe porque él no lo cree un cobarde, Alonso sigue creyendo en él, ¡cree en alguien que ya no existe! Yo enterré a su héroe y no puedo resucitarlo. ¿Comprendes cómo me siento? Este es el día que he llevado hoy, sólo... Sólo por unos momentos olvidé mi pesar, mi angustia, sólo ella, mi esposa, con su mirada me hizo olvidarme de todo y esta tarde, cuando se derrumbó y subí a consolarla, sólo el sentirla sobre mi pecho, sólo eso, hizo que me sintiera feliz... Ya no me rehúye como antes y eso para mí es más que maravilloso, por eso Sátur, no puedo volverme atrás en mi promesa. Ella lo es todo para mí y no quiero que sufra. ¡No quiero!

Sátur que se había mantenido callado escuchando a su amo con los ojos llorosos, no pudo por menos que decir...- Yo creo, que su esposa no sabe el alcance de su amor por ella, pero también le digo algo, si Margarita supiera que va a sacrificar la vida de un niño de once años por amor a ella, no creo que estuviera muy de acuerdo con usted.
Gonzalo levantó la cabeza, su mirada como la de Águila miró fijamente a Sátur - ¿Sabes? parece que hoy ha habido coincidencias de palabras. Parece que habéis tenido transmisión de pensamiento para hacerme razonar.
El hombre miró de lo más extrañado a Gonzalo – Amo, no sé de qué me habla. Que yo sepa no he hablao con nadie pa’ que usted diga eso.
- Esta tarde, cuando regresaba de la escuela, en la esquina de la iglesia me encontré con el padre José o mejor dicho, él me encontró a mí y me dijo casi las mismas palabras que tú.

- ¡¿El padre José?! ¿y qué quería el señor cura de usted?
- Lo mismo Sátur, el padre José quiere lo mismo que tú... Que olvide la promesa que me hice a mí mismo y que no deje a ese niño en manos del verdugo, que sólo yo puedo impedirlo.
- ¿Eso le dijo el señor cura? - el fiel criado y amigo no salía de su asombro.
- Si Sátur, eso me dijo y no creo que haga falta decirte cuál fue mi repuesta.
- No amo, no hace falta pero déjeme decirle, que usted está pasándolo mal y que esta noche no va a poder pegar un ojo, entonces tendrá pa’ pensar. ¡Pues consúltelo con la almohada! ¡Consúltelo! y quiera Dios que lo aconseje bien y ya me voy, que yo voy a intentar dormir si puedo, y por favor piénselo... Piénselo por el bien de ese niño y por el de usted.

Sátur se dirigió hacia la puerta. Margarita que se encontraba detrás de ella y que había escuchado toda la conversación se alejó corriendo escalera arriba hasta llegar a su cuarto.


Gracias Sueña

Cerró la puerta dejándose caer en ella. Por su rostro, las lágrimas se deslizaban y no hacía por retenerlas. Se sentía sobrecogida al haber escuchado todo aquello de boca de Gonzalo. Si en algún momento había dudado de su amor, durante el tiempo que necesitó de cuidados, él, con su paciencia, sus palabras, su tesón, sus miradas, se lo dio a demostrar muchísimas veces,  pero después de lo que había escuchado hacía sólo un instante, qué grande era el amor que él sentía por ella. Cuánto amor el de su esposo, amor, que ella no se merecía ¿Cómo merecerlo? Si ni siquiera había hecho por hablar con él, de escucharlo. Había enterrado su espíritu de guerrero y un pequeño estaba a punto de ser condenado, y él no podía ser nada porque se había hecho una promesa por amor a ella, y ella tenía que corresponder a ese amor sólo de una manera. Sólo así, sería merecedora de ese amor que él le prodigaba. ¡Qué ciega había estado! ¡Qué ciega!

Se dejó caer extenuada en el lecho cubriéndose el rostro con las manos. Un sollozo se escapó de su garganta. Tenía que hacerlo, por él, por su esposo tenía que hacerlo y también por aquel pequeño. No quería tener sobre su conciencia la suerte de aquel niño. Aquella tarde, en su cuarto, echada en la cama y mientras esperaba la llegada de Estuarda, una idea se le pasó por la mente. Era una idea descabellada, una temeridad, sólo un loco podía hacer aquello, pero después de hablar con Alonso y tan sólo hacía un momento el haber escuchado a Gonzalo y su desesperación de saber que la vida del aquel pequeño ya no podía depender de él, esa locura se hizo más real. Sólo podía tomar ese camino y que Dios, la ayudara en ello.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Vie Dic 09, 2016 5:14 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,36




Su vida en un infierno.


No sabía cómo había llegado hasta allí, hasta la verja de Palacio. Los guardias se miraron entre ellos y en silencio abrieron la gran cancela para hacer pasar a la Marquesa de Santillana. Cubierta con una capa negra, Lucrecia con paso vacilante se dirigió por el sendero hasta la entrada a los jardines, desde allí, siguió hasta las dependencias de la cocina. La Marquesa era una sombra más dentro de su propio Palacio. Volvía entrada la madrugada y donde su mente, envuelta en una nube, hacía que todas las imágenes que se agolpaban en ella fuera algo irreal. Apenas se podía mantener de pie, ni siquiera supo cómo pudo llegar a sus aposentos. Con mano temblorosa giró la manilla entrando en sus habitaciones. Ni siquiera una vela encendida alumbraba la estancia, cerró la puerta quitándose la capa. En el suelo, cayó el estuche abriéndose, la pipa salió de él, no se preocupó en recogerlo ni en desnudarse, se dejó caer en el lecho para quedarse sumida en la semi inconsciencia. El efecto del opio que había inhalado, había hecho de Lucrecia una muñeca rota.

La puerta de los aposentos se abrió. Hernán apareció en el umbral portando un candelabro. Lo dejó encima de la mesita acercándose a la cama, se quedó con gran tristeza contemplándola. Con gran pesar comenzó a desvestirla. Sólo él, podría ayudarla, sólo él que aún la amaba, a pesar de que su amor fue desechado tantas veces por ella. Aunque fuera en la distancia, en la lejanía, él la ayudaría, sólo él, podría hacer que saliera del infierno en que se estaba hundiendo.




Locura, temeridad... Todo sea por amor.


Se levantó con sigilo, no quería que el más simple ruido alertara a Gonzalo ni a Sátur. Ni siquiera sabía si habrían podido conciliar el sueño, ella en ningún momento pudo hacerlo. Se quitó el camisón vistiendo ropa interior de la más sencilla que tenía, no quería que un simple volante en el bajo de la enagua la entorpeciera. Se puso blusa y falda dejando el corpiño atrás. Tampoco se puso medias y cazó las botitas simplemente con las calcetas de ligero algodón. Con premura se volvió a trenzar los mechones que se le habían soltado, luego, cogiendo un envoltorio que había sacado la noche anterior del altillo del estante, lo desenvolvió sacando de él una capa en color negro.

Aquella capa la usó mucho en Sevilla, cuando llegó a la Villa la dejó guardada ya que era una prenda que no le traía muy buenos recuerdos. La capa le sirvió para pasar desapercibida cuando “ayudaba” a Víctor en cualquiera de sus fechorías y en aquel momento, le serviría para lo mismo, pasar inadvertida. Cogió su toca y con la capa en el brazo fue a salir del cuarto, sus ojos por un momento se posaron en las flores que dentro del jarrón con el aroma que desprendían, le decían todo lo que él la amaba. Con un nudo en la garganta salió cerrando con sumo cuidado la puerta. Bajó muy despacio la escalera, la casa estaba en penumbra, sólo la luz que desprendía el fuego ya casi extinguido del hogar era lo que la alumbraba. Miró hacia la alcoba de Gonzalo, la puerta se mantenía cerrada. Tenía que darse prisa, Sátur no tardaría en levantarse.

Se dirigió a prisa hacia la cuadra. Abrió sólo un poco la puerta saliendo al establo. Volvió a cerrarla. Miró hacía el cielo, la claridad ya se iba haciendo visible. Llovía, en toda la noche había dejado de hacerlo, se puso la capa cubriéndose la cabeza con la caperuza. Se acercó al caballo de Sátur acariciando su lomo, el animal bufó ante su contacto.

- Sssssh, Sssssh... Tranquilo Moro, tranquilo...

Se volvió donde estaban colocadas las sillas cogiendo la que correspondía a Moro. Con cierto trabajo, la acomodó encima del animal procediendo con dedos temblorosos a ajustar los correajes asegurándose que todo estaba bien. Sin necesidad de quitar el travesaño que sujetaba la puerta ya que uno de los soportes llevaba varios días a falta de unos clavos, abrió la media hoja del portón muy poquito a poco para que el chirriar de la puerta apenas se apreciara y tomando las bridas del caballo, tiró de él saliendo a la calle. Cerró de la misma forma que había abierto. Dejó su toca sobre la silla y agarrándose con fuerza a ella, puso un pie en el estribo e impulsó su cuerpo montando a Moro. Asiéndose a las riendas, jaleó al animal y saliendo a trote ligero se dirigió fuera de la Villa.




Sátur, nada más salir de su cuarto se dirigió a la chimenea para avivar el fuego, tomó los leños que tenía apilados y los fue echando uno a uno, enseguida el fuego cobró consistencia. En nada de tiempo la casa se caldearía, luego, fue abriendo los tapaluces para que la luz del nuevo día inundara la estancia. Pensó, que el nuevo día traería muchas cosas, lo que no sabía, si serían buenas o malas. Miró hacia la alcoba de su amo. Estaba seguro que no había pegado ojo durante toda la noche, ni siquiera él, lo pudo hacer, sólo quizá, a punto de amanecer fue cuando se quedó dormido.

Del campanario de la iglesia, sus campanas daban los buenos días con sus ocho toques. Sátur se dirigió a la alcoba de su amo, dudó antes de abrir. Giró la manilla abriéndola poco a poco. La habitación estaba a oscuras, apenas entraba luz del exterior, escuchaba la respiración acompasada de su amo por lo que dedujo que dormía. Fue a abrir las contraventanas. La tenue luz entro por las vidrieras, se volvió hacia la cama, su ceño se frunció. Gonzalo se hallaba echado encima de la cama completamente dormido pero su cuerpo no estaba cubierto ni con una simple manta.

- ¿Pero cómo se ha podío quedar dormío de esta forma hombre de Dios? Lo único que falta es que se ponga enfermo - fue en busca de una manta y se la echó por encima.
Al sentir el roce de ella, Gonzalo abrió los ojos incorporándose en la cama - ¡¿Qué pasa?! ¡¿Qué pasa Sátur?!
- Amo, tranquilícese, no pasa na’, de momento claro. Sólo lo he cubierto con la manta, se había quedao dormío sin taparse, a este paso se va a poner malo.
Gonzalo se dejó caer sobre los almohadones – Tenía... tenía una pesadilla, ni siquiera pongo en pie lo que era. Tampoco sé cuando pude quedarme dormido pero, pero tuvo que ser muy tarde, quizá poco antes de amanecer.
- Pues ya somos dos y ahora discúlpeme que voy pa’ al establo, que esto no espera.

Al decirlo, se echó la mano al vientre. Salió lo más rápido para la cuadra abriendo la puerta, de momento no se dio cuenta pero yendo hacia el pajar, se quedó debajo del techado mirando con los ojos muy abiertos el lugar que solía ocupar su caballo y que en aquel momento, se encontraba vacío. Sólo Minero se encontraba allí.

- ¡La madre que me parió que me lo han robao! ¿Pero... ¿pero cómo? - volviendo sobre sus pasos y olvidando el dolor de vientre, entró de nuevo en la sala y de allí a la habitación de su amo sin dejar de decir improperios - ¡Amo! ¡amo! ¡Que a esto hay que ponerle remedio como sea!
Gonzalo al escucharlo ya se incorporaba de la cama echando las piernas al suelo - ¿Pero se puede saber qué te pasa? Vas a despertar a Margarita y a Alonso.

- ¿Pues no lo oye? ¡Nos han vuelto a robar! ¡Que me han robao mi caballo!
- Sátur, ¿qué dices? ¿Cómo que te han robado el caballo?
Sátur miró a su amo – Amo, que yo sé lo que he visto. Mi caballo no está y no creo que se haya ido a dar un paseo así porque sí... Que esto de que te roben está a la orden del día amo, y a nosotros ya hacía un tiempo que nos no lo hacían y claro, pues lo han hecho esta noche y ¡zas! a mi caballo le tocó.
- ¡Mira que llevo varios días diciéndote que claves el soporte del travesaño, pero nada! Vas dejando pasar las cosas y ahora vienen las lamentaciones – mientras le recriminaba, Gonzalo se levantó de la cama.

Salió de la habitación y se dirigió con paso presuroso hasta la cuadra, desde la puerta pudo comprobar que el caballo de Sátur no estaba. Sin importarle la lluvia que caía se acercó a Minero, comenzó a acariciarle, el corcel, con su hocico intentaba de corresponder y agradecer a su amo aquellas caricias. No notaba al animal nada agitado por lo que le pareció extraño. Sátur se había acercado también. Gonzalo, en seguida apreció que la silla no estaba.

- Sátur, la silla no está.
- Claro, como que se han llevao el equipo completo.
- Sátur, es muy raro que de las dos sillas se lleven la que pertenece a tu caballo. ¿No crees?
- No sé lo que me quiere decir con eso.

Gonzalo sin hacer ningún tipo de comentario dejó la cuadra a toda prisa entrando en la sala. Se dirigió a la escalera subiendo hasta la habitación de Margarita. Abrió la puerta con ímpetu. Como se imaginaba la muchacha no se encontraba en ella y su cama estaba deshecha.

- No está ¿Pero cómo se le ha ocurrido salir con este tiempo?
Sátur llegaba en ese momento - Amo, ¿qué ocurre?
- Tu caballo no ha sido robado Sátur y si ¡Si se ha ido a dar un paseo pero maldita la gracia que me hace!

El hombre, algo consternado porque no entendía lo que quería decir su amo, miró hacia dentro de la habitación comprobando que Margarita no se hallaba en ella, enseguida comprendió. Gonzalo dio media vuelta bajando con muy mal humor la escalera. Sátur lo siguió.

– Amo no se ponga así... Quizá la señora lo ha encontrado necesario.
- Sólo algo muy fuerte puede hacer que una mujer salga con este tiempo y a caballo, y que yo sepa, Margarita no tenía necesidad ninguna de hacerlo. No hay nada que justifique su imprudencia. ¡Nada!






Coraje de mujer.


Desde su montura no dejaba de mirar las aguas del lago. En su mente, sólo un pensamiento, una mirada. No podía volverse atrás. Desmontó atando las bridas a unas ramas, la lluvia la había calado hasta los huesos pero que podía importar cuando se iba a introducir en aquellas heladas aguas. Sentía que el corazón le latía con fuerza, tenía miedo, un miedo terrible a meterse en las profundidades pero tenía que hacerlo, tenía que recuperar una parte de él y esa parte se encontraba en el fondo del lago. De ella dependía la vida de aquel pequeño que iban a condenar aquella mañana y sólo podía ser, si recuperaba aquella katana y ponérsela en las manos de quien era el consuelo de la aflicción, del dolor de un pueblo que era machacado por el abuso de una autoridad que era implacable con el débil. Por ella, su marido había renunciado a seguir siendo el justiciero del pueblo y ella le devolvería ese poder aunque se muriera por dentro.

Se despojó de la capa y con prisa se quitó la falda, no debía dejársela puesta, le dificultaría moverse por las aguas, luego se quitó las botas. Sólo se dejó la blusa, estaba muerta de frío y miedo. Miró al cielo con los ojos llenos de lágrimas.

- Señor, ayúdame, ¡ayúdame! Dame fuerza para hacerlo, que el miedo no haga que desista. La suerte de ese niño depende de él, y de mí.

Bajó el desnivel avanzando con sumo cuidado por la maleza, sus pies no tardaron en pisar las piedras calizas, lo hizo con cuidado de no resbalar. Poco a poco sus pies cubiertos por las cortas calcetas fueron introduciéndose en las aguas, apenas sentía el frió de ellas, cuando ya el agua le llegaba a la cintura tomó impulso y se zambulló en ellas nadando hacia las profundidades. Por un momento sintió una gran opresión en su pecho. Las aguas no tenían el color verdoso del verano, sino eran grises y tenía mucho movimiento debido al aire que del exterior las impulsaba a formar como pequeñas ondas. No sabía exactamente donde podía haber caído la katana y sus ojos buscaban por un lado y  otro. Su cuerpo no dejaba de moverse, sus ojos no dejaban de buscar. Sus manos entreabrían la vegetación que envolvían a las grandes piedras que se encontraba a su paso.

De vez en cuando tenía que pararse, le faltaba el aire pero debía seguir un poco más. Las algas sobresalían de las rocas calizas y sus manos no dejaban de rebuscar entre ellas, pero nada encontraba. No pudo más, tenía que subir por un momento, sentía que ya no podía aguantar más la respiración. Tomó impulso y con trabajo se dirigió a la superficie, cuando se vio arriba respiró con alivio dejando salir todo el aire de sus pulmones. Estaba cansada tenía que buscar un apoyo hasta recuperar un poco las fuerzas, miró a un lado y a otro, al parecer se había alejado algo. Tenía que centrarse donde se encontraba, temía haberse perdido, pero no, respiró tranquila cuando divisó a los lejos al caballo.

En eso, escuchó las campanas de la ermita. Daban nueve toques, su corazón volvió a latir con fuerza, no podía pararse a descansar, el castigo se produciría a las diez. Tomó todo el aire que pudo y volvió a introducirse en aquellas aguas. Nadó con rabia, su cuerpo lo impulsaba cada vez más a las profundidades sin dejar de mirar entre la vegetación. De pronto se detuvo en seco, el miedo se apoderó de ella. El fondo arenoso de la laguna apareció ante sus ojos.

No podía seguir, sus brazos y piernas estaban engarrotados, cerró los ojos. Escuchó la voz de Gonzalo y que al igual que aquella tarde de verano, la animaba a seguir adelante, que sus fuerzas no iban a desfallecer. Lo buscó con sus ojos pero en aquella ocasión estaba sola, no estaba él para sentirse protegida. Estaba a punto del sollozo pero de nuevo la voz de él la incitó a seguir. Escuchaba su voz diciéndole que lo iba a conseguir y quería hacerlo. ¡Tenía que hacerlo! Sentía su cuerpo amarrado por las ropas íntimas y por la blusa, con prisa pero con cierta dificultad se despojó de ella volviendo a lanzarse en una búsqueda desesperada. ¿Dónde estaba? ¿Dónde podía haber caído?

Se lo preguntaba mientras seguía rebuscado por la maleza y entre las rocas. Ella la había visto caer, no podía estar muy lejos, sin embargo no la hallaba. Ya no podía más, se vería obligada a subir a la superficie sin llevarse con ella lo que había ido a recuperar allí, en aquellas aguas. Lágrimas de impotencia, de miedo, brotaban de sus ojos confundiéndose con las aguas del lago. Iba a tomar la vuelta a la superficie cuando un destello saliendo entre las rocas y algas la hizo mirar hacia fondo. Algo le decía que era lo que buscaba.

A pesar que ya se sentía agotada, aquel destello hizo que impulsara su cuerpo hasta el fondo, sus manos se introdujeron dentro de sus arenas. Intentó serenar los latidos de su corazón y apartando la vegetación la vio. ¡Allí estaba! Sus plumas rojas con un dulce vaivén se lo decían. Su corazón parecía querer salírsele de los latidos tan fuertes. Tomó la empuñadura comprobando que había quedado clavada entre dos rocas. Tenía que volver a la superficie, no podía aguantar más. Así lo hizo, volvió a la superficie para tomarse un respiro, pudo agarrarse a una roca que sobresalía del agua. Tragó saliva y aspirando todo el aire que pudo volvió a sumergirse en las aguas impulsando su cuerpo hacia el lugar donde había encontrado la katana. Agarró la empuñadura y comenzó a tirar de ella pero no podía sacarla. Intentaba zarandearla pero no cedía. Sabía que las fuerzas la abandonaban pero podía dejarse vencer, estaba ante sus ojos y no podía desistir, más que nunca no podía hacerlo. Volvió a apretar con sus manos la empuñadura sacando fuerza de donde no la tenía. Hizo varios intentos, su desesperación era grande, sentía que los pulmones estaban a punto de estallarle.

Volvió a coger fuerza apretando la empuñadura, sus manos, aunque doloridas tiró de la katana pero ésta ni siquiera se movía, las lágrimas no la dejaban ver y la oscuridad del agua no ayudaba mucho. Estaba a punto de abandonar ante su propio desespero cuando algo percibió. Una de las rocas fue desprendiendo pequeños trocitos de cal, seguramente por la constancia de las sacudidas que hacía. Eso hizo que Margarita volviera a insistir con más fuerza, tomó la empuñadura e intentó hacer varios movimientos con ella, la roca iba desprendiendo parte de ella, el corazón le dio un vuelco cuando notó que la katana se soltaba de la presión de las rocas, sólo tenía que dar el último tirón. Sus pequeños pies se hundían en la arena del fondo del lago debido a la fuerza que intentaba sacar de su menudo cuerpo. Dio ese último tirón y el sable salió de su agarre.

No podía creerlo ¡Lo había conseguido! Pero a la misma vez sintió una gran angustia, no sabía el tiempo que le había llevado todo aquello desde que llegó al lago. Todo tiempo perdido era valioso, quizá ya era demasiado tarde. Sus fuerzas estaban al límite y como pudo impulsó su cuerpo hacia la superficie, sentía que las fuerzas le fallaban, ya no podía más. Miró hacía arriba buscando la luz que le dijera que estaba a punto de llegar a la superficie, sólo podía usar sus pies y uno de sus brazos,  en su otra mano llevaba la katana. Por fin vio algo de luz, dio un último tirón a su cuerpo y se vio sacando la cabeza fuera del agua. Lloraba de miedo, de angustia, de frío. No podía relajarse, tenía que volver a la Villa lo antes posible.

Con mucho trabajo nadó hasta el lugar donde había dejado el caballo y sus pertenecías. Sin apenas fuerza salió del agua y sólo se dejó caer un poco sobre aquellas piedras para recuperar un poco el aliento. Se levanto, fue al hacerlo cuando sintió un fuerte dolor en el brazo izquierdo, quizá se había lastimado al hacer tanto esfuerzo. Como pudo, subió el desnivel y procedió rápida a ponerse las botas y la falda. Se puso la capa cubriéndose su cabeza con la capucha, no para protegerse de la lluvia ya que seguía lloviendo y tanto la capa como toda su ropa estaban chorreando, si no que nadie, debía reconocerla. Se dirigió donde había dejado el caballo. Tomó la toca envolviendo en ella la katana. Colocando aquel fardo improvisado encima de la silla, se agarró a ella y poniendo un pie en el estribo acomodó su cuerpo extenuado en el asiento. Tomando la rienda, espoleó al caballo haciendo que éste, partiera a galope tendido hacia la Villa.




Impaciencia, preocupación de un Guerrero.


Gonzalo, cabizbajo, esperaba. Sólo pedía ante la decisión que  había tomado que ella lo comprendiera, que supiera entender su proceder. No tenía otra alternativa, no podía dejar que cayera sobre aquel niño, las “leyes” que se decretaban bajo unas órdenes establecidas pero que no por eso dejaban de ser crueles. Sátur bajaba de la guarida. En su rostro se reflejaba la satisfacción y el orgullo de ser el postillón, el criado, el amigo de Gonzalo de Montalvo, el héroe de la Villa.

- Amo, ya lo tiene todo preparao.
- Gracias Sátur, ahora subo - se levantó y comenzó a pasear de un sitio a otro - Espero que ella pueda comprender todo esto. Si al menos hubiera podido hablar con ella antes de irme pero... ¿Por qué hoy precisamente ha tenido que salir? Hoy cuando más necesito mirarla a los ojos y ver lo que me dice a través de ellos, ni siquiera sé donde puede haber ido con este tiempo Sátur. ¡No lo sé!
- Cálmese amo. A mí lo que me extraña es que haya cogío el caballo, quizá ha querío dar una vuelta por la laguna y temiendo que pudiera llover por eso se ha llevao a Moro, pa’ venir más a prisa.

- Sátur, no ha dejado de llover en toda la noche y lo que va de mañana, eso es lo que me extraña, que salga con este tiempo y se lleve el caballo, más cuando ella no suele montar. Apena termina de estar recuperada. ¿Tú sabes si vuelve a recaer? pero si te digo una cosa, ¡me va oír cuando regrese!
- Amo, con referente a eso, no sé qué decirle. No sabemos quién va oír a quien... Tampoco sabemos lo que la obligao a hacerlo, así, que no sea muy duro con ella.
Gonzalo miró a su fiel amigo – Sátur, no hay nada que la obligue a salir con esta lluvia, que yo sepa, Estuarda le dijo que hasta dentro de unos días no podía decirle nada sobre el trabajo, así, que procure no venir chorreando porque no se lo voy a dejar pasar.

- Amo, yo sé que usted está muy preocupao por Margarita pero ya deben ser casi las nueve y media, debe darse prisa.
La luz de un relámpago alumbró la alcoba seguido de un fuerte trueno. Gonzalo miró a Sátur angustiado - ¿A dónde habrá ido Sátur? ¡¿A dónde?!
- No se angustie y mejor sea que haga lo que tiene que hacer, que cómo están las cosas, nadie sabe lo que puede pasar.
- Tienes razón Sátur, mejor será - Gonzalo se dirigió al arcón para subir a la escalerilla.
- Utilizará el bo entre otras cosas ¿no?
- Si Sátur, utilizaré el bo...

En eso, la puerta de la alcoba que daba al patio se abrió de par en par. Una menuda figura envuelta con una capa negra apareció en el umbral arrastrando con ella el agua de lluvia dentro de la estancia. Gonzalo y Sátur miraron hacia la puerta para luego mirarse entre ellos. Fue Gonzalo quien reaccionó al momento.

- ¿Margarita? – mientras preguntaba se acercó a aquella figura que a su vez dio unos pasos al interior de la habitación.

Entre la abertura de su capa ella hizo visible sus manos, las cuales, sujetaban algo con fuerza. Abriéndola, dejó caer aquel fardo a los pies de Gonzalo - A... aquí la tienes... Date... date prisa por Dios... Que... que lo que he sufrido para recuperarla que sirva de algo - se había echado hacia atrás la capucha mostrando un rostro pálido mojado por la lluvia y las lágrimas. Su cuerpo temblaba de frío.

Gonzalo estaba conmocionado, miraba aquel envoltorio hecho con la toca de ella y no quería pensar lo que pudiera contener aquel fardo. Sátur miraba a uno y a otro sin comprender nada. Estaba tan asombrado como asustado. Gonzalo se agachó y con dedos temblorosos tomó entre sus dedos parte de la toca, por un instante titubeó. Suspiró profundamente tirando de la toquilla, la katana se hizo visible ante sus ojos. Un fuerte nudo le apretó su garganta. Sin moverse, alzó la mirada arrasada por el llanto hacia ella.

- ¿Com... ¿Cómo sabías? ¿y por qué? ¿Por qué los has hecho?
- No... no creo que sea el momento de preguntas... Por favor, vete ya. Ese niño te necesita.
Sátur con la boca abierta no daba crédito a lo que estaba viendo pero supo reaccionar – ¡Venga amo! La señora tiene razón, luego podrá hacer todas las preguntas que quiera ¡pero ahora ese niño lo necesita! – mientras lo decía intentaba que su amo se incorporara.

Gonzalo no podía quitar la mirada de su esposa. Ella, seguía allí, quieta, chorreando agua. Sintió una gran congoja al verla de aquella manera, pero como ella y su fiel postillón decían, aquel niño lo necesitaba, luego, ya habría momento para las preguntas y dar rienda suelta a las emociones. Tomando la katana por la empuñadura se levantó. Con la mano libre acarició el cabello y el rostro de su esposa. Se volvió hacia Sátur.

- ¡Sátur, ayúdala a quitarse esa ropa y mantén la habitación caliente con los braseros! ¡Ayúdala en todo lo que necesite! Yo vuelvo lo antes posible - lo dijo mirándola a ella mientras se dirigía al arcón y se subía a él. Fue a poner el pie en el primer travesaño de la escalera cuando escuchó su voz a punto de romperse por el llanto.

- ¡Por Dios santo, procura volver! Tienes... tienes un hijo que te necesita.
Gonzalo apenas pudo hablar – Y una esposa también - diciendo esto se perdió dentro de la guarida.

Margarita, abriendo la puerta de la alcoba salió corriendo dirigiéndose a la escalera. Sátur, todavía perplejo por lo ha acaecido, por un momento no supo qué hacer pero recobrándose, fue hacia la puerta del patio y la cerró evitando que el agua siguiera entrando a raudales. Luego, como su amo le había pedido, fue a ayudar a su señora en todo lo ésta necesitara.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Dic 11, 2016 6:02 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,37


El héroe vuelve a volar.


Corría por los tejados bajo la lluvia saltando de uno a otro sin que sus pies titubearan al hacerlo. Le parecía que hacía una eternidad que no pisaba aquellas tejas. Su corazón nunca había latido tanto ante una misión como en aquel momento. Después de mucho batallar con sus sentimientos, decidió no cumplir la promesa que se había hecho a sí mismo pero le dolió en toda el alma. Sentía, sabía que la había fallado a ella por no cumplirla pero en aquel instante se sentía liberado de ese pesar, había sido ella, su propia esposa poniéndole la katana por delante quien le había dado libertar para ello. Siempre ansiaba la vuelta pero como en aquel momento nunca. Deseaba estar frente a ella para con su mirada decirle todo lo que representaba para él.

Había recorrido parte de la Villa por sus tejados hasta llegar a la Plaza, agazapándose detrás de un castillete dirigió su mirada hacia la calle. Se había situado en un edificio que se encontraba al costado del patíbulo. Detrás de él, habían levantado una tribuna cubierta con toldos y dos asientos, por lo que parecía, la sentencia a aquel pequeño atraía cierta curiosidad y no sólo a la gente del pueblo, quizá el propio denunciante, el conde de Medina estaría presente, no sería la primera vez, que el acusador siendo noble, podía presenciar el cumplimiento de dicha condena. A pesar de la lluvia, la gente comenzaba a arremolinarse alrededor del entarimado, en cuyo centro, parte del tronco de un árbol debidamente cortado esperaba su cometido, apoyado en él, un hacha. Desde aquel ángulo tenía buena visión para obstaculizar tanto al verdugo como a los hombres del Comisario. Lo que le extrañaba, que todavía no hubiera guardia por aquellos alrededores ni en las ventanas de los edificios circundantes.  ¿Por qué?  Quizá la repuesta que necesitaba, estaba dentro de los Calabozos.




Hernán levantó la cabeza de los papeles que tenía delante cuando escuchó la voz de Pedro, su lugar teniente – Señor, perdone que se lo vuelva a recordar pero ya es hora.
Hernán se levantó con aspecto cansado cogiendo aquellos papeles y guardándolo en una carpeta de cuero. Miró a su segundo en el mando – Dile a uno de los hombres que porte todo lo necesario para escribir.

- Señor, ¿todavía cree que el conde de Medina puede retirar la denuncia?
- No lo creo, pero al menos voy a volver a intentarlo. He estado en situaciones muy difíciles, pero como la de hoy... A veces, me entra ganas de renunciar.
- Comisario, usted cumple con su deber.
- A veces, me pregunto cuál es mi deber.
Hernán salió de detrás de su mesa, cogiendo su capa se la colocó sobre los hombros - ¿Dónde se encuentra el conde de Medina?
- El conde de Medina no ha llegado a entrar en los Calabozos, espera fuera, en su silla  con sus lacayos hasta que usted salga y será parte de la comitiva.

- No podía dejar de ser el mismo engreído de siempre, incluso en una situación como esta... Salgamos y terminemos cuanto antes con esto.
- Comisario, no me ha dejado dicho cuantos hombres pongo en los diferentes accesos a la Plaza, por si ese hombre le diera por aparecer.
Hernán, se mantuvo callado de momento, luego, poniéndose los guantes contestó a Pedro – No creo que hagan falta muchos, el embozado últimamente ha desaparecido.
- Señor, lo sabemos pero siempre procuramos poner hombres vigilando para evitar una posible llegada de él y más, si hoy está presente el conde de Medina.

- El conde de Medina, no va a alterar mis órdenes. Hazte de los mismos hombres de siempre, nada más... Los dos que van a custodiar al reo, mas cuatro que irán dentro de la comitiva, aparte, tú y yo.
- ¿No va a poner a ningún hombre en alguna de las ventanas?
Hernán Mejías tomó la carpeta y se dispuso a salir. En el umbral de la puerta se volvió hacia su lugar teniente – Creo, que lo he dicho claro, ni un hombre más... Si el embozado aparece, con los que llevamos son suficientes. ¡Demostrarle por una vez que nos sois unos inepto! Demostrarle, que un hombre solo no puede con seis hombres de mi guardia o mejor dicho, ocho.

Diciendo esto, el Comisario de la Villa salió de su despacho.




La lluvia parecía amainar, Gonzalo esperaba. De la iglesia acababan de dar diez toques pero nadie por parte de la guardia del Comisario se había hecho visible, todo aquello le parecía pero que muy extraño. Cada vez había más gente y el murmullo de sus voces llegaba hasta él. Por un momento se olvidó donde se encontraba y su mente volvió a su casa. Veía a su esposa llegar bajo aquella capa chorreando agua y dejando caer la katana a sus pies. ¿Cómo pudo saber ella todo aquello? Cuanto tendría que haber pasado para recuperarla y más, sabiendo todo el miedo que le tenía a las aguas. ¡Cómo no amarla! ¡Cómo no sufrir por ella! Si ella, su esposa era impredecible y que larga se le estaba haciendo aquella espera, deseaba correr junto a ella, quería saber cómo se encontraba. El esfuerzo realizado debía de haber sido demasiado duro, tanto físicamente como emocionalmente. Necesitaba estar junto a ella lo más pronto posible y aquello, para Gonzalo de Montalvo se estaba retrasando demasiado.

Un murmullo más elevado lo hizo volver a la realidad. Buscó postura tras el castillete mirando hacia la calle y preparando la ballesta. La escolta entraba por la calle central. fue cuando lo vio, el padre José se hallaba allí, entre el gentío. Al parecer no había perdido la esperanza que Águila hiciera su aparición, no pudo dejar de esbozar una sonrisa tras su máscara. Sus ojos se centraron en el grupo que se acercaba. Como se imaginaba, el conde de Medina dentro de su silla era uno más dentro de aquella comitiva que era precedida por el verdugo y dos guardias agarrando al pequeño reo, y que a pesar de los grilletes que tenía alrededor de sus tobillos, pataleaba llorando y gritando. Sus padres se abrían paso entre la gente pidiendo clemencia. A Gonzalo se le humedecieron los ojos al ver aquella escena. El niño se parecía tanto a su hijo, delgadito, con el cabello algo largo y rubio como él. Se pasó la mano por los ojos, no podía dejar que la emoción lo embargara, en aquellos momentos podría ser fatal.

Vio como el conde salía de su silla ayudado por uno de sus lacayos y enfundado en una extravagante capa, se dirigió junto al Comisario a ocupar uno de los asientos. El lugar teniente, de pie, ocupó su puesto al lado de Hernán. Junto a Pedro, otro guardia esperaba sosteniendo el soporte de madera que contenía pluma y tintero. Los dos hombres que custodiaban al pequeño y el verdugo esperaban la orden del Comisario. Los otros tres guardias se apostaron ante la tarima.

Gonzalo observó que Hernán conversaba con el conde, al parecer quería persuadirlo de algo. Aquello le llamó mucho la atención por lo que no quitó los ojos de ellos. Vio que Hernán le dijo algo a Pedro y éste, a su vez, al guardia que tenía a su lado. El agente dejó su puesto y subiendo los escalones por uno de los laterales de aquel estrado improvisado se acercó al Comisario, Hernán Mejías abrió una carpeta, de la cual, sacó unos papeles que enseñó al conde, éste negó con la cabeza de forma tajante. Gonzalo creyó comprender. Hernán quería que el conde de Medina retirara la denuncia pero él se negaba a hacerlo. Observó como el Comisario intentaba de convencerlo pero el conde se mantenía en sus treces. Hernán le dijo al guardia que se retirara, el hombre volvió a su puesto. Hernán Mejías se puso en pie, Gonzalo supo que iba a dar la orden. Preparó la ballesta en posición de disparo pero algo le llamó más aún la atención. El Comisario levantó ligeramente la cabeza recorriendo con sus ojos los tejados de la Plaza. ¿Qué estaba pasando? Daba la sensación que deseaba que él apareciera. ¿Acaso, el Comisario deseaba que Águila se hiciera visible para impedir aquella condena?


Gracias Sueña    Haced clic en la imagen para verlo en aumento.

Hernán dejó de recorrer con sus ojos los tejados y con gran pesar se dispuso a dar la orden. Con un ademán, hizo que el verdugo ocupara su sitio tomando éste el hacha entre sus manos. Los guardias arrastraron al chico hasta el pie del tronco haciendo que su mano derecha la apoyara sobre la superficie. El crío se resistía que así fuera pero por más que lloraba, gritaba, pataleaba, la fuerza de aquellos dos hombres pudo más y su mano quedó inmovilizada. El griterío de la gente fue en aumento pero entre ellos, se destacaba los gritos desgarradores de los padres. El padre José junto a ellos, esperaba el milagro, su rostro contrariado se dejaba ver entre la capucha. La incredulidad, la desazón se apreció en sus ojos cuando el verdugo levantando el hacha fue a cumplir la sentencia.

Algo detuvo el avance del brazo de aquel hombre. Una flecha, que había surcado el aire le atravesó los dos brazos a la altura de las muñecas haciendo que cayera muerto de dolor y viendo con horror como la sangre corría a borbotones. De momento, todo fue silencio, luego, la gente como la guardia alzaron sus miradas al tiempo que veían como se dejaba caer desde uno de los tejados a Águila Roja. Las gentes gritaron su nombre agradeciendo su aparición. La guardia después de la primera sorpresa se dispusieron a disparar sus arcabuces, pero ya Águila esquivaba sus balas dejándose caer en el techado de toldos y saltando sobre el estrado. Nadie apreció el alivio en la mirada del Comisario de la Villa.

El conde don Ernesto de Medina, se puso rápidamente de pie escudándose detrás de Hernán – Co...Comisario, haga algo... Este... este hombre es un loco.

Águila, incorporándose poco a poco desenvainó la katana, no dejaba de mirar a Hernán y al conde, a la misma vez no perdía de vista a los hombres del Comisario. Su mirada ávida buscó al pequeño que en aquel momento se hallaba aislado en la tarima del sacrificio, temía que cualquier disparo pudiera herirlo. Ante los ojos expectantes de todos los que allí se encontraban, de un salto, se encontró junto al pequeño. Esquivando un golpe de espada de uno de los guardias con su katana, fue protegiendo con su cuerpo al pequeño. Gonzalo aguantaba bien el embiste de aquel hombre pero Águila no quería alargar mucho aquello, él más que nunca tenía prisa por volver a casa.

A la misma vez que daba un brinco, hizo girar su cuerpo asestando con ímpetu un fuerte golpe con su pierna izquierda en la mandíbula del guardia. Volviéndose con rapidez, alzó la katana rompiendo la cadena de los grilletes que sujetaban los tobillos del pequeño quedando éste libre para poder moverse con facilidad. Tomándolo en volandas se lo entregó a alguien del gentío que con sus brazos extendidos esperaba recibirlo. Era el padre José. Águila no pudo corresponder a la mirada emocionada del sacerdote ya que las balas silbaban a su alrededor, con diferentes giros y piruetas las esquivaba para llegar a donde quería, la tribuna.

De nuevo se encontró en el estrado, pero antes de que el Comisario y los hombres que se hallaban allí intentando proteger al conde pudieran evitarlo, Águila llegó a él inmovilizándole un brazo hacia atrás y poniéndole la katana en el cuello. Sus ojos miraron al Comisario a la misma vez que le hablaba al noble.

– No me importaría matarte ahora mismo... Sólo tendría que introducir un poco más la hoja para que dejaras de respirar.

El rostro del conde, pálido como la cera no dejaba de transpirar, su voluminoso vientre se dejaba ver entre la fastuosa capa. Debido a la oscilación producida por el miedo, hizo que algunos de los botones de su casaca saltaran por los aires.

- ¡No me mates! ¡No...¡No lo hagas! Yo... yo te daré lo que me pidas... Lo que quieras, pero no... no lo hagas.
- Encima de asesino, porque eso es lo que eres al pretender a hacer con ese niño lo querías, eres un cobarde. Eso es lo que eres Ernesto de Medina, ¡un maldito cobarde! y si, voy a pedirte algo a cambio de tu mísera vida.
- Pi... pide... pídeme lo que quieras.

Pedro se acercó al Comisario – ¡Señor! No podemos permitir que chantajee al señor conde.
- ¡En estos momentos no podemos hacer nada! Si intervinimos el conde es hombre muerto, sólo tendría que apretar un poco más esa katana para que así sea.

La muchedumbre más cercana al estrado estaba expectante por saber cómo podía terminar aquello. El padre José, con los ojos húmedos abrazaba sobre su túnica al pequeño que con ojos llorosos pero asombrados no dejaba de mirar al embozado, en su pequeña mano sostenía una pluma roja. Sus padres, junto a él pedían un milagro y ese milagro estaba en aquella tribuna.

De nuevo, los ojos de Gonzalo buscaron los de Hernán – Comisario, ya lo ha escuchado... Este hombre a cambio de su vida me da lo que yo le pida y lo que pido es esto... Quiero que retire la denuncia puesta sobre ese niño y si me va a decir que tiene que ir a por los papeles a los Calabozos, yo espero lo que haga falta pero creo, que esos papeles no están tan lejos.
La voz de Hernán se escuchó alta y grave, en ningún momento dejó de perder la mirada del embozado – No podemos acceder a un chantaje, nunca vas a conseguir que se firme eso. Hay una sentencia de por medio y hay que cumplirla.
- Co... Comisario yo... yo la firmo.... Yo firmo esos papeles - Medina apenas podía hablar. Sentía sobre su garganta la frialdad de aquella hoja de acero.

- Señor conde, si sólo hace un momento yo le puse los papeles por delante y no quiso hacerlo, según usted, había que hacer justicia.
- Lo... lo sé Comisario pero... pero ahora pienso... pienso que es lo mejor... Al fin, que... ¿que son unas naranjas?
Gonzalo apretó con más fuerza el brazo del conde sobre su espalda – ¡Escucha! y escuche usted también Comisario, no tengo toda la mañana, alguien me espera, ¡así, que dense prisa porque mi paciencia se está terminado!
- ¡Comisario, por favor! Deme los papeles... démelos - mientras hacía aquella súplica, con la mano libre, el conde de Medina sujetaba el brazo del embozado para intentar impedir que él siguiera apretado aquel arma contra su garganta.
Hernán sin quitar los ojos de Águila se dirigió a Pedro – Trae pluma y tintero.

Pedro, con una señal hizo que el oficial que portaba la escribanía se acercara a ellos. El Comisario sacó los documentos de la carpeta y tomando la pluma, la humedeció en la tinta entregándosela al conde. Gonzalo dejó el brazo libre de Ernesto de Medina pero ni un momento quitó la katana de su cuello. Con mano temblorosa, el conde de Medina tomó la pluma. Hernán le puso los papeles por delante usando la carpeta como apoyo. Con más miedo que otra cosa, intentó que sus dedos guardaran estabilidad. Plasmando su nombre, firmó la retirada de la denuncia. Le entregó la pluma al Comisario.

Hernán miró a Águila, éste, le hizo un gesto con los ojos – Ahora, le toca a usted Comisario.
- Puedo negarme.

Gonzalo apretó de nuevo el brazo del conde sobre la espalda y rozó más su piel con la katana. Percibió como aquel hombre gordinflón y petulante temblaba ante las palabras del Comisario.

- Por... por favor... Por favor, hágalo... Hágalo Comisario.
- Lo hago señor conde pero que sepa, que otra vez que le roben unas naranjas o cualquier otra cosa, piénselo antes de denunciar a nadie. Esto parece un circo, creo que toda la Villa se ha reunido hoy  aquí.
Se inclinó sobre los papeles dejando constancia y fe de ello al firmar como Comisario de la Villa, luego miró de nuevo a Águila - ¿Y ahora qué?
- Ahora voy a salir de aquí sin que sus hombres hagan por detenerme. Mejor que no lo intenten Comisario y a usted señor conde, espero que no pretenda hacer nada en contra de ese niño porque entonces, no voy a compadecerme de usted.

Todo fue tan rápido que ningún hombre del Comisario pudo hacer nada. Gonzalo empujando al conde sobre Hernán y su lugar teniente sacó una bomba de su chaleco arrojándola al suelo. Aquel lugar se convirtió en una densa humareda y donde sólo se escuchaba la voz del Comisario de la Villa dando órdenes a sus hombres para que trajeran vivo o muerto al encapuchado. No era la primera vez que aquello sucedía pero en aquella ocasión, nadie pudo descubrir que una sonrisa asomaba a los labios de Hernán Mejías.




Sátur entró en el cuarto llevando un buen tazón de infusión – Ande, tome esto, le caerá bien porque hará que entre en calor y le apaciguará los nervios.
Margarita intentó incorporarse pero le costó trabajo por causa del brazo. Sátur le acomodó las almohadas – Así estará más cómoda y no tendrá que tenderse pa’ no obligar al brazo hacer ningún esfuerzo. Ande, tómelo.
La muchacha con mano temblorosa cogió el tazón con las dos manos y lo fue bebiendo poco a poco. Sátur cogió la silla sentándose junto a la cama - Verá... verá como eso la calma y no debe preocuparse, antes de que se dé cuenta, el amo está de vuelta.

- No sé... No sé cómo llevar todo esto. ¡No lo sé Sátur! Estoy muerta de miedo.
- Por el amo no tiene por qué estarlo, ahora, que tenga todavía el miedo por lo que ha hecho esta mañana no me extraña. Lo que yo no sé cómo fue capaz de seguir pa’lante... Yo antes de meterme me hubiera vuelto.
- No lo sé Sátur, ni siquiera pongo en pie como pude hacerlo. El miedo me atenazaba, pero algo dentro de mí me decía que no podía desistir. Escuchaba su voz animándome y eso, creo que me dio fuerza pero todavía tengo el susto metido en el cuerpo, si yo tuviera ahora que volver  a hacer lo mismo, no sería capaz de hacerlo. No se me quita la presión que tengo aquí, en el pecho - apenas tenía eco en su voz al hablar y no podía evitar las lágrimas.

- Eso porque no ha llorao lo suficiente ese miedo que ha pasao en el fondo del lago... Ahora, lo que tiene que hacer es coger na’ más termine de tomarse eso, intentar dormir todo lo que pueda, que buena falta le hace.
- ¿Cómo crees que puedo dormir sabiendo que él no ha vuelto todavía?
- Usted no sabe lo que ha hecho con devolverle esa parte de él. Desde ayer, él no vivía y si decidió no cumplir esa promesa que se hizo, es porque no le quedaba otra, no podía dejar a ese niño en manos del verdugo pero sentía que la había fallao a usted, así lo sentía el amo.

- No tienes que decirme nada Sátur, ya sabes que lo escuché todo. Toma, ten, no puedo tomármelo entero. ¡Cómo quisiera quitarme esta toalla de la cabeza! Estoy muy incómoda con ella.
- No debe hacerlo, tiene el cabello muy mojao todavía y acostá, no conviene que se le seque encima. ¡Así! ¡así se cogen las pulmonías! – mientras le aconsejaba, el buen hombre tomó el tazón que ella le entregaba. Lo dejó en la mesita y levantándose, arropó a Margarita que  recostada sobre los almohadones por un momento cerró los ojos - Eso es lo que tiene que hacer, cerrar los ojos y verá como duerme. En cuánto despierte, ya verá que él está sentao junto a usted.

- No Sátur, mientras Gonzalo no vuelva yo no podría dormir, además, tengo tanto frío que los tiritones no me dejarían.
- ¡Ah! por eso no se preocupe que yo le echo otra manta - fue hacia una silla donde había un par de mantas y cogiendo una, se la echó a la muchacha por encima de las que ya tenía.
- Sátur, no te vayas, no... No quiero quedarme sola.
El fiel criado se conmovió por la forma en que se lo dijo – ¡Claro que no me voy! De aquí, yo no me muevo pero cierre los ojitos aunque no duerma, mientras, recojo la habitación un poco, ya habrá tiempo de hacer las cosas de la casa y con respecto a Alonsillo, no hay que preocuparse, estando con Murillo en casa del Cipriano está tan pancho. En cuanto regrese el amo, yo me voy a la cocina y hoy, ¡le voy a preparar una sopa de tomate que se va a chupar hasta los dedos! fíjese, le voy a echar un ramita de hierbabuena, así que imagínese, pues eso, ¡pa’ chuparse los dedos!

El buen hombre mientras recogía la habitación no dejaba de hablarle pero en un momento que se volvió hacia ella comprendió el porqué del silencio de la muchacha. Se había quedado dormida. Sátur se enterneció tanto que no pudo evitar que algunas lágrimas afloraran a sus ojos.

– Pobrecita, si tiene que estar rendía y cuanto miedo ha tenío que pasar. ¡Qué orgulloso debe sentirse mi amo de tener una esposa como ella! que me imagino, que si la cosa se le está alargando, ¡estará de un furioso, que él que se le ponga por delante ya le queda! Porque de sobra sé, las ganas que tendrá de volver a la casa para estar con su preciosa esposa y que tan sólo ella, puede contestar a tantas preguntas que se estará haciendo... ¡Ay señor! que ya veo que los problemas entre ellos se solucionan de un día pa’ otro... ¡Qué ganas de verlos felices otra vez! ¡Qué ganas!

El buen hombre pensó, que estando ella dormida bajaría e intentaría de hacer algo, pero el hecho de que ella le pidiera que no la dejara sola, le daba cierta cosita de hacerlo y ¿si se despertaba y necesitaba algo de él? Bastaba que ella se lo hubiera pedido, que sin pensarlo volvió a sentarse junto a ella para velar su sueño.




El guerrero vuelve al hogar.


A Gonzalo le pareció mentira haber llegado. Tiró de la trampilla y se dispuso a bajar a la guarida. Con prisa se quitó la funda de la katana que le cruzaba el pecho y con arma incluida la dejó caer al suelo. Dejó la ballesta sobre la mesa y en ella, fue soltando los shuriken, las dagas... Desvistió su ropa de guerrero echándola de cualquier manera sobre el arcón y procedió a vestir con su ropa habitual. No dejaba de pensar en ella, en como estaría. Veía su rostro pálido anegado por el agua de lluvia, por el llanto, su ropa empapada. Una gran congoja volvió a atenazar su garganta.

Miró a su alrededor, todo la había dejado por medio, Sátur se echaría las manos a la cabeza pero él no iba a entretenerse cuando lo más que deseaba era estar junto a ella, junto a su esposa. Levantó la trampilla y deslizando la escalera bajó unos peldaños cerrando la puerta de la guarida. Terminó de bajar recogiendo la escalera como siempre lo había hecho, detrás del arcón. Echó una ojeada a la alcoba, todo estaba como se fue, la cama sin hacer, el agua que había entrado por la puerta del patio, todavía había rastro de ella por el suelo. La preocupación se reflejó en su rostro, salió rápido de su alcoba. En la sala no había nadie y todo estaba en silencio, ni siquiera en el fuego había un recipiente puesto. Se dirigió a la escalera subiendo de tres en tres los escalones empujando la puerta con ímpetu.

La habitación parecía estar en calma, sólo la tenue luz de un día nublado entraba por la pequeña ventana y cuyas cortinas se mantenían descorridas. Se acercó con sigilo a la cama poniendo una mano en el hombro de Sátur que dormitaba con la cabeza inclinada sobre su pecho. Los ojos de Gonzalo no dejaban de mirar emocionados a su esposa que parecía dormir aparentemente tranquila, inclinándose, zarandeó el hombro de su escudero y amigo.

- Sátur, Sátur despierta.
- ¡¡¿Qué... ¡¡¿qué pasa?!! ¿Quien...
- Calma Sátur, soy yo y baja la voz, vas a despertarla.
- ¡Ay amo, que es usted! Ya está en casa, gracias a Dios. Me... me quede dormío al parecer.
- ¿Cómo está?
Sátur se levantó – Mejor hablamos fuera, no vaya hacer que se despierte. La criatura no quería quedarse dormía hasta que usted apareciera.

Salieron de la habitación entornando la puerta. Gonzalo esperaba que su fiel amigo se decidiera hablar – Sátur, quiero saber cómo se encuentra mi mujer.
- Amo, pero que impaciente es usted. ¡¿Pues cómo quiere que esté la criatura?! ¡Muerta de miedo! Por usted, y por lo que pasó en la mañana intentado rescatar la katana... Nada más usted irse, mientras ella se quitaba toda esa ropa mojada, le preparé una tina con agua caliente y se dio un baño. Pensé, que eso la relajaría aparte de que le quitaría el frío que traía con ella, me costó trabajo que se acostara pero lo conseguí. La pobrecita estaba hecha un manojo de nervios y le di un buen tazón de infusión bien cargá... A pesar que se resistía a quedarse dormía, el agotamiento por todo lo que ha pasao la rindió y si me ha visto aquí con ella, es porque su esposa me lo pidió... Me pidió que no me fuera, que no quería quedarse sola, la criatura tiene el susto metío en el cuerpo amo, el de ella y el de usted.

- Te entiendo Sátur. Me imagino por lo que tiene que haber pasado. Pero Sátur, ¿Cómo logró ella saber que yo había arrojado la katana al lago?
- ¡Ay amo, ni se lo va a creer! pero mejor sea que se lo cuente su propia esposa, quizá le venga hasta bien pa’ ella, porque llevar dentro eso también, ¡tiene tela! ¡Ah una cosa! se queja del brazo.
Gonzalo frunció el ceño - ¿Cómo que se queja del brazo?

- Es el brazo izquierdo, puede ser que debido al esfuerzo se lo haya vuelto a lastimar.
- Puede Sátur, aunque estaba recuperada durante unos días no debía de forzarlo, quizá se ha resentido, habrá que observarlo.
- Bueno, ¿y a usted cómo le ha ido?
- Ya te contaré Sátur, ahora, prefiero estar con mi esposa.
- Mejor será, no vaya a ser que se despierte y no encuentre a nadie con ella. Mientras, yo voy preparando el almuerzo.

Gonzalo iba a entrar en la habitación cuando se volvió hacia Sátur – No te he preguntado por Alonso.
- Pues na’ más despertarse le pareció extraño que usted no estuviera dispuesto pa’ abrir la escuela, le dije, que le había salido una cosa urgente y que quizá, hasta la tarde no la abriría... Al poco, llegó Catalina que hoy precisamente entraba más tarde y le dije un tanto de lo mismo, me preguntó por Margarita, le dije que estaba todavía dormía, me dejó a Murillo y al poco de desayunar Alonso, los mandé a los dos al casa del Cipriano.

- Bien Sátur, no sé como agradecerte que estés en todo.
- Amo, de agradecer, na’, yo soy quien tiene que agradecerle. Gracias a usted tengo una familia.
- Dos Sátur, no te olvides de Gabi y Estuarda.
-  De Gabi no podría olvidarme pero de la Estuarda, ella es la que se olvida de mí.
- Quien sabe Sátur, quien sabe - diciendo esto entró en la habitación entornando un poco la puerta.

Se acercó a la cama y tomando la silla se sentó junto a la cabecera, junto a su esposa. Le apartó un mechón del rostro y que se le había salido de la toalla que envolvía su cabello. Sus largas pestañas oscilaban levemente. A pesar de su palidez, estaba tan hermosa, siempre la vería hermosa, tanto por fuera como por dentro. Se pasó las manos por el rostro y lo ocultó entre ellas. Se sentía cansado, apenas se había esforzado en aquella misión y estaba más cansado que nunca. Seguramente se debía a la gran tensión a la que había estado sometido desde el día anterior y sobre todo, por las ansías de volver a la casa. Por un momento pensó en el Comisario. Estaba más que seguro, que en aquella ocasión, Hernán no había querido hacer uso de su autoridad sobre aquel pequeño, no había querido que aquel niño fuera castigado.

Percibió que Margarita se movía en la cama. Levantó la cabeza, la muchacha que mantenía los ojos cerrados quería cambiar su postura pero al moverse no pudo de dejar de exhalar un quejido mostrando su rostro contraído por el dolor.

Gonzalo se inclinó hablándole muy quedo – Margarita, Margarita, dime, ¿qué tienes? ¿Qué te molesta?
La muchacha pareció escuchar su voz y abrió los ojos con cierta pesadez. Sus pupilas brillaron por unas lágrimas que afloraban a ellas - Estás... estás aquí.
- Si, ya estoy aquí, contigo... Te he escuchado quejarte, quizá es el brazo lo que te duele, ¿es así?
- El... el niño... Que... ¿qué pasó con el niño?
- Tranquila, él, está en estos momentos junto a sus padres - Gonzalo le tomó las manos estrechándolas entre la suyas.

La joven no dejaba de mirarlo, estaba allí, con ella, no le había pasado nada. Sintió una fuerte opresión en el pecho. Gonzalo apreció la gran tensión de ella – Todo está bien Margarita, tranquila, tranquila...
- Es... es que siento aquí, algo que me oprime y casi... Casi no puedo respirar.
Gonzalo comprendió que tenía una gran ansiedad – Te doy un poco de agua y verás que se te pasa. Intenta relajarte - presuroso tomó la jarra echando un poco de agua en un vaso - Anda bebe, yo te ayudo.

Inclinándose, le pasó la mano por la nuca levantándole un poco la cabeza para que le fuera más cómodo beber. Margarita sujetando el vaso que él mismo sostenía bebió un poco. Gonzalo la recostó sobre los almohadones. Dejando el vaso en la mesita, volvió a sentarse junto a ella. Cogiéndole una mano, se la apretó fuertemente.

– Tranquilízate. Sé que es muy fácil decirlo pero para ti después de lo que has debido pasar, no lo será tanto ¿verdad?
La muchacha afirmó con la cabeza. Tenía un gran apretamiento en su garganta – No... no ha sido fácil. Tenía mucho... mucho miedo... Creí... creí que no lo iba a conseguir y estaba a punto de desistir cuando... cuando la vi - el llanto rompió en su garganta.
Gonzalo se sentó en la cama atrayéndola hacia él, la abrazó contra su pecho y quitándole la toalla, dejó que su rizada melena cayera como una frondosa cascada sobre su espalda – Sssssh, ya... Ya sé... Me imagino todo lo has pasado, todo lo que has debido sufrir dentro de esa aguas.

- Es... es que fue todo... No podía sacarla, se había... se había quedao incrustada entre... entre dos rocas y no podía sacarla ¡No podía! - hablaba entrecortadamente debido a los sollozos.
- No te alteres, no lo hagas - acariciaba su hermosa cabellera. Gonzalo no podía evitar sus lágrimas al escucharla. El saber cuánta valentía tenía su preciosa esposa lo embarga de una gran emoción – Quiero que te tranquilices, porque si no lo haces no voy a saber algo que me tiene de lo más intrigado, el cómo supiste que la katana se encontraba en el fondo del lago.

Margarita, sin apartarse de sus brazos levantó su rostro anegado por el llanto. Sus ojos inmensamente negros y tan brillantes en aquel momento, para Gonzalo fueron dos hermosos luceros que se habían desprendidos del inmenso firmamento para posarse en el rostro de ella. Por un instante, su esposa bajó su mirada.

- Eso... eso hizo que durante los días que siguieron no viviera... El saber lo que tú eras capaz de hacer por mí, me hizo sentir de lo peor.
- ¡No Margarita! Nunca te sientas así. ¡Nunca! - volvió de nuevo a abrazarla con fuerza, lo hizo de tal manera que la muchacha no pudo dejar de nuevo emitir un quejido. Gonzalo la apartó con premura – Es el brazo ¿verdad? – recorrió con sus manos el brazo izquierdo de su esposa.
- Si, me duele... Lo noté cuando salí del lago. ¡Ay, no me toques! - quiso quitar la mano de su marido ante la presión que éste, hacía sobre su brazo desnudo.
- Te duele aquí, ¿es así?

La muchacha asintió. Gonzalo a pesar de las protestas de ella, lo fue tanteando – Siento hacerte daño pero quiero asegurarme que el hombro sigue en su sitio.
- No me digas que... Que me lo he vuelto a dislocar.
- No, no lo tienes dislocado pero debido al esfuerzo, los músculos como los tendones se habrán inflamados un poco, por eso de las molestias que tienes. Por unos días tendrás que volverlo a tener inmovilizado, es la única forma que esa inflamación vaya cediendo. Voy a volver a ponerte el cabestrillo, es conveniente que tenga un apoyo. ¿Guardaste la pañoleta en el mismo sitio?

- Está en uno de los cajoncitos del peinador. Gonzalo, quisiera... quisiera levantarme.
- No Margarita, estás extenuada y has cogido demasiado frío, debes guardar cama.
- ¡Es que estoy cansada de tanta cama! Puedo sentarme en la mecedora, ahí estaré cómoda y me abrigo con la manta. Tengo también los braseros, la habitación está caldeada.
Gonzalo por un momento dudó – Está bien, pero con la condición que intentes descansar en ella.
- De verdad que así lo voy a hacer.
- Entonces, te ayudo, ya sentada en la mecedora te pongo el pañuelo.

Margarita apartó un poco la ropa de la cama sacando las piernas fuera de ella. Unas cortas calcetas abrigaban sus pequeños pies. Gonzalo agachándose le puso las zapatillas en chanclas, luego, cogiendo la toca que se encontraba en una silla, se la echó por los hombros. La ayudó a levantarse comprobando que se le iba el cuerpo.

- ¿Has sentido mareo?
- Sólo ha sido un momento pero el cuerpo me duele mucho.
- Es normal, después del esfuerzo que has hecho y el frío que has cogido, es normal que tengas el cuerpo dolorido. Anda, siéntate, ahora te pongo una almohada en el respaldo pero de momento, una manta en las piernas.

Tomó la manta que quedaba en la silla cubriendo el cuerpo de Margarita con ella. Luego fue por uno de los almohadones colocándoselo detrás de su espalda. La muchacha recostó su cabeza en él suspirando profundamente. Gonzalo arrimó los braseros cerca de ella removiendo las ascuas con el badil.

– En cuánto te ponga el cabestrillo bajo para echar más ascuas en los braseros.

Así lo hizo. Sacando de uno de los cajoncitos la pañoleta de flores, se la colocó a la muchacha para que su brazo descansara sobre ella, luego, cogiendo uno de los braseros salió de la habitación bajando a la sala.




Sátur trajinaba en la cocina. Al ver a su amo le salió al encuentro - ¿Se ha despertado?
- Si Sátur y como bien dijiste, el brazo se ha resentido, le he vuelto a poner el cabestrillo, en cuanto a su estado, está asustada, por un momento la invadió una gran angustia - mientras le hablaba a su fiel postillón, Gonzalo, acercándose a la chimenea procedió a sacar con una paleta las ascuas y fue echándolas en el brasero. Por un instante se quedó pensando – Sátur, acércame, acércame la alhucema.
- ¡Ay amo, que con una cosa y otra, ayer se le olvidó echarla! - Sátur fue en busca del saco que se encontraba en un rincón de la cocina y no muy a la vista, le llevó a su amo un manojo de aquellas hierbas. Gonzalo se lo quedó mirando.

¿No esperarás que eche esa cantidad?
- Amo, que yo no sé lo que hay que echar.

Gonzalo tomó sólo tres ramitas, las partió y las echó sobre las ascuas. Al contacto con el calor, enseguida aquellas hierbas se fueron quemando haciendo que su humo fuera desprendiendo un aroma que impregnó toda la estancia.

- ¡Qué bien huele amo!
- Si, huele muy bien pero no se puede echar en grandes cantidades ya que puede causar dolor de cabeza y mareo. Bueno, voy a subírselo a Margarita.
- Cuando huela eso, ¡se le quita todo el malestar y el susto que tiene encima! y dígale que la comida está casi lista, aunque claro, dirá lo de siempre, que no tiene gana, ¡lo sabré yo!

Gonzalo, sonriendo y tomando las asas del brasero con dos paños se encaminó a la escalera subiendo hasta el cuarto. Entró en la habitación observando que Margarita había vuelto a quedarse dormida. Le enterneció verla con su rostro ladeado sobre el almohadón. El largo cabello se lo había recogido en una frondosa trenza y reposaba sobre la toca que cubría su hermosa pechera. Se inclinó poniendo a los pies de su esposa el brasero. Se incorporó mirándola. Sonrío al ver que ella movía la cabeza de un lado a otro. La muchacha abrió sus ojos, vio que su esposo la estaba contemplando.

– No te he escuchado entrar, parece que me he quedado dorm...

La muchacha percibió que en la habitación había cierto olor que no había apreciado momentos antes, ni antes, ni en todo el tiempo que llevaba en la Villa. Sus ojos se posaron en su marido que no dejaba de observarla. Margarita intuía que el causante de aquel aroma que impregnaba aquel pequeño cuarto sólo podía venir de él. Sólo Gonzalo podía estimular sus sentidos de aquella forma. Con un nudo en la garganta bajó su mirada hasta el brasero. Aquel humillo que sobresalía de las ascuas se lo decía. No se equivocaba, sus sentidos los apreciaban. Eran aromas que nunca podría olvidar, y él, Gonzalo, su marido, procuraba que siempre estuvieran  presentes en ella.

-¡Alhucema! ¡Me has traído alhucema ! – no pudo evitarlo. Se echó a llorar con una gran congoja.
Gonzalo se agachó acariciando su rostro – No Margarita, no llores más. Voy a sentirme culpable cada vez que pongo en tus manos esos aromas que echas de menos.
- Es que tú, tú no sabes... No sabes - las lágrimas no la dejaban hablar.
Gonzalo acercó la silla y sentó a su lado – Ayer, entre unas cosas y otras, se me olvidó, pero a ver, ¿qué es eso que no sé? pero si no dejas de llorar no me lo vas a poder decir.

Margarita se limpió con el torso de la mano el rostro. Gonzalo se levantó y fue en busca de un pañuelo volviendo a su sitio. Con él enjugó las lágrimas del rostro de su esposa.

- ¿Ya pasó? No sabes lo que yo daría por no verte echar una lágrima... Mejor que nadie sé, que yo soy el culpable de todas las que llevas derramada.
- Quizá tú no seas el único culpable, yo también me las he buscado... Me las he buscado por causa, por causa de mi orgullo... A pesar de tantas cosas que nos han ido separando en estos dos meses o mejor dicho, he sido yo quien fui separándome de ti, yo fui quien levantó una muralla entre tú y yo, tú siempre has estado ahí, ayudándome a salir adelante a pesar de mi mal comportamiento contigo.
- Margarita, no hables así, tú nunca te has portado mal, no debes hablar de esa forma.

- ¡Gonzalo, sabes que es así! Aquella tarde, la tarde que fuiste al lago a arrojar la katana, yo me encontraba allí... Si recuerdas, decidí dar un paseo como lo hacía últimamente, me fui temprano, en ese lugar me olvido de mis pesares como no puedo olvidar los momentos hermosos vividos allí... Cuando decidí volver a la casa, lo hice dando un paseo hacia Laguna de Piedra, lo hice por el borde del altozano, quería ver desde allí abrirse el lago... Daba la sensación que si me arrodillaba en el borde, podía tocar sus cristalinas aguas. Escuché cascos de caballos y me asusté. ¡No sabía con quien podría encontrarme! Pensé que podían ser maleantes y necesitaba refugiarme hasta que pasaran de largo... Volví sobre mis pasos y bajando el declive, busqué una hendidura entre las rocas al pie de la loma. Las voces llegaban hasta mí y reconocí tu voz... Reconocí tu voz Gonzalo. Al... al principio estuve por sali pensando que podías haber ido a buscarme pero al ir escuchando, no sabes lo que sentí, ¡no lo sabes!

- A veces se perdían vuestras voces, pero busqué postura y aunque con dificultad lo escuché todo... Escuché lo que le decías a Sátur. ¡Renunciabas a esa parte de ti por mí. aún sin haberme dignado a escucharte! Querías, que si alguna vez me decidía a hacerlo, darte a mí sin esa parte que yo no podía aceptar... Me... me sentí de lo peor y cuando vi que la katana volaba por los aires cayendo ante mis ojos, sentí tal sobrecogimiento que no pude contener los sollozos... Esperé allí, entre aquellas rocas sin poder evitar que el vaivén del agua mojara el bajo de mis faldas como las botas... Cuando ya os creí lejos, fue cuando salí y me vine para la casa. Debía sentirme bien porque Águila había desaparecido ¡pero no! No me sentía bien, al contrario, te habías despojado de una parte de tu vida por mí y no podía sentirme orgullosa de ello, ¡no podía!

Gonzalo le tomó las manos, las tenía heladas – Tienes las manos muy frías, ¿no tendrás fiebre? - le puso la mano sobre la frente y las mejillas – Parece que estás destemplada ¿Por qué no te acuestas?
- No aún no, tanta cama me cansa mucho.
Gonzalo le frotó las manos con delicadeza a la misma que le hablaba – Margarita escúchame... Si decidí hacerlo es porque así lo quise, nadie me obligaba a ello.
- ¡Si Gonzalo! De alguna manera yo te obligaba a hacerlo, por eso, ante la condena de ese niño, ¡las culpas volvieron a mí! porque sabía, que tú lo estabas pasando mal y también Alonso... Yo sé todo lo que Águila representa para él y cuando lo vi llegar de la escuela de esa forma, todavía me sentí peor aún.

- Por eso, también te viniste abajo.
- Ni siquiera recordé que era mi cumpleaños... Fueron tus flores y tu carta quien me lo recordó. Sabía... sabía que no iba a ser un día fácil pero tus flores me hicieron sentir bien... Comenzaba el día con aromas de flores pero fue al volver, después de hablar con Estuarda y pasar por la Plaza de la Villa cuando me enteré del castigo impuesto a ese niño... Ya nada fue igual, nada, aunque intenté que no os percatarais, luego, ya en la tarde no pude con tanta emociones y fue cuando me vine abajo... En la noche, cuando salí de la habitación de Alonso ya tenía una idea fija en mi mente. Fue a tomar una palmatoria para dirigirme a mi cuarto, cuando en el suelo me encontré un pliego donde tenías ciertos apuntes de la escuela, se te caería sin darte cuenta y me dirigí a la alcoba a dejártelo, pero la voz algo alterada de Sátur me retuvo a entrar y  no pude evitar escuchar vuestra conversación... Aquello... aquello que escuché hizo que mi idea fuera aún más firme, aunque descabellada y temeraria no podía dejar de hacerlo.

- Y era ir al lago en busca de la katana - Gonzalo le tomó la barbilla e hizo que lo mirara - ¿Sabes a lo que estuviste expuestas? ¿Sabes el peligro que corriste?
- Sólo... sólo sé que tenía miedo, un miedo terrible pero tu voz me ayudó... Te escuchaba animarme a seguir, a que no decayera, igual que en el verano, igual que entonces, quizá eso me ayudó a no ver el peligro que corría.
- ¿Por qué? ¿Por qué te expusiste de esa forma?

 
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Se miraron fijamente, por un momento el tiempo pareció detenerse para los dos, en las miradas de ambos, la emoción se reflejaba. Margarita contestó a su pregunta con la turbación en sus ojos – Por... porque nadie puede vivir a medias y ella... Ella es parte de ti... Yo no soy quien para privarte de tu otro yo, aunque... Aunque me sienta morir por dentro.

Gonzalo conteniendo la exaltación que le produjeron las palabras de su esposa fue a decir algo pero la voz de Sátur desde la puerta lo detuvo

- Perdonen si molesto pero el almuerzo está listo... Ya se lo dije antes al amo pero me parece que se le ha olvidao comentárselo ¿o no amo?
- Si Sátur, llevas razón, se me ha olvidado comentárselo a Margarita... Pues nada a comer se ha dicho - Gonzalo ante un ademán que hizo la muchacha, se adelantó a ella - Si me vas a decir que no tienes apetito, lo siento pero algo debes comer y ahora te lo subo.

Se levantó del asiento y salió de la habitación siguiendo a Sátur. Mientras bajaban Gonzalo le puso una mano en el hombro a su fiel amigo – Sátur, no sabes cómo admiro a mi esposa... A pesar de las cosas que la han llevado a alejarse de mí y que yo he sido el causante de ello, todavía tiene el coraje de ponerme la katana en las manos ¿y sabes lo que me ha dicho? que ella no es quien para privarme de mi otro yo aunque se sienta morir por dentro, ¡Sátur me quiere! ¡Ella me sigue amando!

Habían terminado de bajar. Sátur se lo quedó mirando - ¿Alguna vez lo ha dudao?
- No... no es eso Sátur... Sólo que ese alejamiento de ella, me hacía temer que se alargara y ese amor que nos hemos tenido por siempre por parte de Margarita se enfriara.
- Pues yo no he temío nada de eso... Yo estaba seguro que a pesar que su esposa no ha querío saber de usted na’, ella lo quería por encima de todo, quizá por eso, por ese amor que le tiene, ha sufrido más todo lo que ha ido descubriendo, como también le digo... No la presione, déjela, deje que sea ella la que lo busque.
- No Sátur, no podría presionarla... Sabré esperar el tiempo que sea, pero algo me dice, que muy pronto podré abrazar a mi mujer y amarla sin tener un rechazo por parte de ella.

Mientras hablaban, Gonzalo preparaba el almuerzo de su esposa. – No la voy a obligar a comer mucho, con que coma un poco es suficiente... Sé que en estos momentos no podrá pasar nada.
- Me parece bien amo... Usted comerá cuando ella lo haga ¿no?
- Voy a esperar a que ella almuerce y si se queda dormida, bajo y lo hago yo... Tú puedes hacerlo Sátur, no tienes que esperarme.
- Todavía no han dao las tres, yo lo espero y ya que por aquí abajo está todo arreglao, subiré arriba, que me imagino cómo puedo encontrarme la guarida.
- Pues muy bien no, la verdad sea dicha... En esta ocasión tienes derecho a enfadarte, pero era tanta las ganas de volver a casa para ver a mi esposa, que no me he parado en dejar las cosas en su sitio.
- ¡Anda, que me iba a equivocar!

Unos toques en la puerta hicieron que Sátur fuera a abrir. Era Catalina - ¿Qué pasa Sátur? Me ha dicho Cipri que los niños se quedan a comer con él - mientras hablaba había pasado al interior de la sala, ya Gonzalo iba en dirección a la escalera.
- ¿Y Margarita? ¿Acaso no se encuentra bien?
Gonzalo volvió sobre sus pasos – No Cata, esta mañana se ha levantado molesta con el brazo, al parecer habrá cogido mala postura durmiendo, está despierta, ¿vas a subir?
- ¡Vaya! La pobrecica no levanta cabeza y no subo porque no quiero entretenerme, que me pongo a charlar con ella y no me doy cuenta del tiempo que pasa... Tengo que volver rápida a Palacio, nada más que coma.

- Quédate a almorzar con nosotros.
- Gonzalo te lo agradezco, también Cipri me lo ha dicho pero quiero quitarme estos zapatos, al menos mientras almuerzo, ¡que traigo un dolor de pie! y ya tengo bastante con tenerlos puesto en Palacio. Dile a tu mujer que luego intentaré pasarme.
- Yo se lo digo.
Catalina se dirigió a la salida y Sátur fue a cerrar la puerta – Amo, será su comadre, pero a veces que inoportuna es.
- Sátur...
- Si, si yo sé lo que me va  a decir... Ande, vaya... Vaya y lleve el almuerzo a su esposa, mientras, yo voy a poner en orden el desaguisao que me habrá dejao arriba.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Dic 17, 2016 7:25 pm

Luces y Sombras. Segunda parte.

Capítulo,38



Una agradable visita, un juguete de regalo.


Sátur había terminado de recoger la cocina y se había quedado mirando a su amo con el asombro reflejado en su rostro.

– Amo porque me lo dice usted, que sino, no me lo creo, aunque lo hubiera visto con mis propios ojos.
- Pues si Sátur, es la impresión que me ha dado el Comisario... De alguna manera yo le he quitado un peso de encima, el peso de llevar sobre sí, la suerte de ese niño.
- Será, que después de tanto tiempo ese hijo de put... perdón amo, pero que pocas veces me acuerdo de que ustedes son hermanos... Pues eso, ¿que si a estas alturas se le está ablandando el corazón? que yo dudo que lo tenga.
- Sátur, todo lo que te he dicho no deja de ser conjeturas, suposiciones, pero en cuestión de cambiar, todo el mundo tiene derecho a hacerlo pero lo que hay que procurar, es no ser tan ingenuo o inocente para caer en las mentiras de hacernos creer lo que no es.

Sátur supo por donde su amo iba, se levantó – Sé lo que me quiere decir con eso y no hace falta mentar a nadie, por cierto, ¿va a abrir la escuela esta tarde?
- No sé qué hacer, aunque Margarita se ha quedado dormida quisiera estar pendiente de ella, no vaya a hacer que vuelva a tener otro momento de ansiedad cuando despierte, y aunque desde el medio día no ha vuelto a llover, si cae lo que se ve en el cielo, no creo que vayan muchos alumnos a la escuela.
- Pues le pone a esos dos las lecciones aquí y listo, ya mañana será otro día... Bueno, voy pa’ el establo a apilar la paja antes de que caiga chusco.
Unos toques en la puerta principal se hicieron escuchar dentro de la sala. Gonzalo se levantó – Deja Sátur, ya abro yo - se dirigió a la puerta abriendo ésta. Su cara demostró el asombro ante aquella visita tan inesperada.

- Buenas tardes maestro y compañía – dirigió la mirada a quien estaba ante ella y hacia Sátur que ya se había acercado a la puerta.
El criado saludó con un movimiento de cabeza. Gonzalo esbozó un sonrisa - Ire... Irene, esto sí que es una sorpresa. ¿Cómo por aquí? pero pasa, hola Marta.
- Buenas maestro - contestó la joven criada con una sonrisa – Hola Sátur.
- Buenas tardes muchacha.

Gonzalo, dio paso a Irene seguida de Marta. La joven llevaba entre sus manos algún objeto cubierto con un lienzo de terciopelo negro. El dueño de la casa cerró la puerta y con un ademán les pidió que pasaran a la sala.

- Espero no llegar en un momento poco oportuno.
- Por supuesto que no, pero decirte que no estoy sorprendido te mentiría, pero sentaros las dos por favor, si queréis podéis quitaros las capas.
- Gracias maestro, pero no vamos a poder quedarnos por mucho tiempo.
Gonzalo se dirigió a la joven criada – Marta, puedes dejar eso sobre la mesa.

Marta lo hizo así, sentándose en la silla que él le ofrecía. Irene ocupó otro asiento y miró a aquel hombre joven y atractivo y que era el maestro de la Villa – Maestro, es normal que te extrañe mi venida a tu casa pero mañana a primera hora dejo la Villa y no quería irme sin despedirme de Margarita.
- ¿Te marchas? ¿y es por mucho tiempo?
- De momento voy a decir que es, como un retiro... Marcho a la casa que tengo fuera de la Villa de Madrid pero si decido volver, no sería a Palacio.
- Creo, que en cualquier lugar que decidas quedarte estarás mucho mejor que allí.

- No deseo ser atrevida maestro pero me gustaría o mejor dicho, nos gustaría ver a Margarita. La tarde amenaza lluvia y no quiero que nos coja en la calle. ¿Podría ser?
- Naturalmente, además le vais a dar mucha alegría. Hoy no tiene un buen día, tiene un brazo lastimado y esta mañana le cayó una buena cantidad de agua encima. Se... se encuentra en el cuarto de arriba.

La voz de Margarita se escuchó en la escalera. Gonzalo y Sátur se miraron. Gonzalo  no pudo de dejar fruncir el ceño al verla aparecer. No debía de haber bajado pero él sabía porque lo había hecho. Aparte de los más allegados, nadie debía saber que ella ocupaba aquella habitación de la buhardilla.

- ¡Pero cuánta alegría veros a las dos! - había terminado de bajar los escalones y con paso vacilante que su marido apreció, se dirigió a las recién llegadas que se habían levantado al verla aparecer.
Irene le salió a su encuentro abrazándose la una y la otra. Luego, Margarita separándose de ella abrazó a Marta que esperaba todo emocionada al verla – Margarita, cuanto me alegra verte. ¡No sabes cómo!
- Y a mí Marta, me alegra veros a las dos, pero bueno, ¿y a qué debo esta agradable visita?

Gonzalo le arrimó una silla, sabía que le costaba sostenerse. Margarita con su mirada le dio las gracias, después la volvió hacia las recién llegadas – Pero sentaros y decirme el porqué de esta visita a mi humilde casa.
Irene le tomó la mano – A muchos, no nos importaría vivir en una humilde casa como esta. Nunca había sentido el olor a hogar como en este momento lo percibo aquí... Además hay un olor, un aroma muy peculiar.

Margarita miró a Gonzalo y sonrió a Irene – Ese olor, ese aroma que aprecias se lo debo a mi esposo, él, hoy mismo me ha sorprendido con ello. Hay ciertos aromas que percibí durante los años que estuve viviendo en Sevilla. Una noche, antes de casarnos me invadió la añoranza, la nostalgia y le conté ciertas cosas de mi vida allá, entre ellas, que es una ciudad que desprende aromas por todos sus rincones y esto que aprecias ahora, es alhucema y que echando una poquita de esta hierba en las ascuas de un brasero o en la misma chimenea, te brinda este olor que ahora percibes.

- ¡Ay Margarita, que el maestro no deja de sorprenderte! Todavía me acuerdo del día de la boda con los jazmines - Marta no dejaba de comentarlo con gran entusiasmo.
- Perdonad si interrumpo, Margarita, Irene traía prisa - lo dijo poniéndole las manos a su esposa en los hombros.
- Por favor maestro, me encanta escuchar a Margarita. Desde la primera vez que la escuché hablar aprendí mucho de ella y así se lo dije, hoy he vuelto aprender una cosa más. La más simple, la más modesta de las hierbas puede llevar la belleza en el aroma que desprende - Irene se volvió hacia Margarita tomándole una mano – Ya me ha dicho tu esposo que no estás muy bien hoy... Ya veo que el brazo lo llevas en cabestrillo.

- Espero que sea una cosa pasajera y en unos días ya esté recuperada... Por cierto, quiero darte las gracias por ofrecerle a mi esposo tu capa para cubrirme con ella.
- Para nada Margarita y no tenías que habérmela devuelto con Catalina, para mí, hubiera sido un placer que te hubieras quedado con ella y ahora sí... Ahora quiero decirte el porqué estoy aquí, en tu confortable hogar. Me marcho mañana a primera hora, iba a hacerlo hoy pero ayer, al ver que mi esposo tenía cierta preocupación preferí retrasar por unas horas mi viaje, así, me voy más tranquila.

Gonzalo había puesto interés en el comentario de Irene. Al parecer, no estaba muy equivocado con respecto a lo que pensaba de Hernán. Miró a Sátur, éste, asintió.

- Entonces, ¿dejas la Villa? - preguntó Margarita con cierta tristeza.
- Si Margarita, tengo que salir de aquí.... Me ahogo entre las paredes de Palacio, la situación se hace cada vez más difícil pero bueno, no voy a decir nada que no sepas y que no quiero que sea causa de traerte recuerdos muy recientes... Si estoy aquí, aparte de querer venir a despedirme, es porque quería traerte un regalo.

- ¿Un regalo? ¿Por mi cumpleaños?
- Puedes tomarlo como tal pero yo ni siquiera sabía que ayer fue tu cumpleaños... Ha sido esta mañana cuando me he enterado por Marta, pero recíbelo de esa forma y además, te felicito aunque sea con cierto retraso.
- Gracias Irene pero todavía entiendo menos.
Marta se sentía impaciente – Ya verás cómo te va a gustar. ¡Vaya si te va a gustar!

Gonzalo, de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho escuchaba a una y otra y sentía cierta curiosidad por saber qué clase de regalo era al que se referían.

Irene, tomó aquel envoltorio que habían llevado con ellas y lo deslizó por la superficie de la mesa poniéndoselo a Margarita por delante – Ten, aquí lo tienes, es sólo un bonito juguete.

Aquellas últimas palabras en labios de Irene, la hicieron recordar que esas mismas palabras se lo dijo ella en aquella ocasión, cuando en los aposentos de Irene por primera vez vio aquel bonito reloj. Margarita miró a la esposa del Comisario.

– Ir... Irene, ¿esto qué es?
- Descúbrelo y lo sabrás.

Margarita miró a Gonzalo. Éste, con la mirada le dijo que lo hiciera. Suspirando profundamente, con sus dedos fue descubriendo aquella tela de terciopelo negro. Sentía cierto nerviosismo al hacerlo, terminó de deslizar aquella tela de tacto suave dejando a la vista lo que ella guardaba. No podía creerlo, sus ojos se agrandaron de la sorpresa, hasta el propio Gonzalo no salía de su asombro y Sátur se llevó las manos a la boca.

- Pero... pero Irene, ¡esto no puede ser! Yo... yo no puedo aceptar un regalo como este... Por favor, no me lo tomes a mal pero...
- Margarita, Margarita, si puedes aceptarlo. Yo quiero regalártelo y un regalo, un bonito juguete no se rechaza.
- Pero... pero esto es algo muy valioso. Yo no si debo, no lo sé - su mirada la dirigió de nuevo hacia su marido. Sólo él sabía si debía aceptarlo o no.
Gonzalo se inclinó, le habló muy dulcemente – Margarita, si Irene tiene el gusto de hacerte este hermoso regalo, debes aceptarlo. Nunca se debe rechazar un regalo hecho con gran cariño, por muy poco o valioso que sea, lo que importa, es el detalle.
- ¿Ves? Tu esposo es un hombre que sabe razonar, el no mide el regalo por su valor, sino por el cariño con el que se entrega y yo, te lo entrego a ti Margarita. Quiero que tú lo tengas.

- Pero... pero ¿y tú? A ti te hará falta, ya estás acostumbrada a saber de la hora a través de él.
- Margarita, yo tengo más oportunidad de conseguir otro, así que no te preocupes... ¡Pero mujer, tócalo! que ni siquiera lo has rozado con tus manos.

Margarita, con cierto nerviosismo rozó con sus manos el armazón de aquel bonito objeto y que con su tic tac, le decía la hora en que vivía en aquel momento. El reloj marcaba las cuatro y media de la tarde. Su voz se escuchó emocionada – No sé qué decirte Irene, no lo sé... Es algo tan bonito.
- No tienes que decir nada... El saber toda la ilusión que te hace tener una cosa así, me doy por satisfecha - Irene miró a su joven sirvienta – Marta, creo que ye debemos marcharnos, no vaya a hacer que nos caiga la lluvia por el camino, los lacayos se pueden poner chorreando.

- No... ¿No queréis tomar nada? Yo sólo puedo ofreceros, un vaso de leche y unas ricas tortas que hace Sátur.
- Señora, no es porque yo las hagas pero mis tortas, tienen fama.
Irene sonrío – Y te creo Sátur, me encantaría tomar ese vaso de leche y esas ricas tortas pero no quiero retrasar más la vuelta... Si no fuera por la lluvia que este otoño parece que no nos quiere dar un respiro, nos quedaríamos sin pensarlo.
- Y puedes creerlo Margarita que es así, pero la señora Irene tiene razón, si nos llueve, imagínate como se ponen los chicos, nosotras, al menos vamos dentro de la silla pero ellos...
- Pues entonces, no insisto. Sólo darte las gracias y desearte todo lo mejor fuera de la Villa, de corazón te lo deseo - la muchacha no pudo evitar las lágrimas.

Irene se había levantado y Marta la precedió como Margarita. Irene se fundió con la muchacha en un fuerte abrazo. Ella tampoco podía evitar que en sus ojos aflorara la emoción.

- Adiós Margarita, no sé el tiempo que pueda llevarme fuera pero si no te importa, me gustaría escribirte y saber de ti, ¿puedo?
- ¡Claro! ¡Claro que puedes! A mí me encantará recibir tus carta y a la misma vez, yo poder contestarte.
- Pues entonces, digamos hasta pronto - levantó la mirada hacia Gonzalo – Maestro, gracias por todo.
- No tienes por qué, gracias a ti. Os acompaño hasta donde habéis dejado la silla.

Gonzalo, se adelantó hacia la puerta y abriéndola dio paso a la esposa del Comisario y a Marta, después, salió tras ellas. Margarita los vio ir calle abajo. Cerrando la puerta fue hacia la mesa. ¡No podía creerlo! Lo tenía delante y no lo creía.

- Hermoso regalo el que le han hecho... Mire por donde, ya no tiene que estar pendiente del toque de las campanas para saber la hora.
- Sátur, es que no me lo creo. ¡Es algo tan bonito! Para mí, es eso, como un juguete.
- Anda, que cuando venga Alonsillo la sorpresa que va a llevarse. Bueno, ahora el amo tendrá que enseñarnos como entender este artilugio.
- Es fácil Sátur, Irene me enseño a saber leer la hora... Hay que buscarle un sitio, ella lo tenía encima de la chimenea pero claro, su chimenea no está en la cocina. Encima del mueble, ¡eso es! ¡Ahí lo pondremos! - fue a tomarlo de la mesa pero el malestar no dejó que lo hiciera. Se dejó caer en la silla.

Sátur acudió a ella - ¡Se ha mareao ¿verdad?!
- Un... un poco... Voy... voy a subirme al cuarto, coloca tú el reloj en el mueble, por favor.
- Yo la acompaño.
- No... no hace falta, puedo sola Sátur – se levantó y procurando guardar el equilibrio, fue hacia la escalera subiendo sus escalones hasta su cuarto. Mientras subía, volvió a sentir el ahogo.

Entró en su habitación dejándose caer en la cama. Sentía que su corazón se le quería salir del pecho. Tenía la misma sensación que en la mañana, le faltaba la respiración. Se quitó la toca e intentó relajarse. Cuando consiguió calmarse un poco, se quitó de momento el pañuelo que le protegía el brazo y comenzó a quitarse con cierto trabajo la falda y la blusa. El camisón se lo había dejado puesto cuando decidió bajar. Echándose de nuevo la toca por sus hombros se levantó de la cama y fue a acomodarse en la mecedora. Se cubrió las piernas con la manta recostándose en el almohadón, cerró los ojos. Todavía el brasero desprendía el aroma de la alhucema, se impregnó de ella aspirando el olor que aún se mantenía en el ambiente.

Quería dormir y descansar su cuerpo dolorido. Cuando despertara ya estaría descansada para escucharlo. Aquel día tenía que ser, ya no quería esperar más, ya no más.




Gonzalo abrió la puerta entrando en la casa. Ya había comenzado a chispear, no creía que tardara mucho en descargar. Al llegar a la sala se extrañó de no ver a Margarita, dejó las llaves en la mesa y la buscó con la mirada. Sátur entraba del patio con un cesto de ropa.

– Voy a tender la ropa en los cordeles de la cocina pa’ que se terminen de secar... La que va a caer es menua.
- ¿Y Margarita Sátur?
- La mujer de usted se sintió mareá y subió a echarse, si es que tiene que estar hecha polvo.
- No tenía que haber bajado. Subo con ella - Gonzalo echo a andar dirección a la escalera pero se volvió por un momento – Sátur, cuando termines de tender esa ropa ve por Alonso y Murillo, que a este paso se quedan a merendar y a cenar con Cipri, además, quiero ponerles unas tareas.

- Si amo, en cuanto termine con esto voy en busca de ellos, por cierto, ¿ha visto lo bien que ha quedao el reloj en el mueble?
Gonzalo buscó con la mirada – Si, ha quedado bien... Ha sido un hermoso el detalle que ha tenido con Margarita. Cuando ella descubrió el reloj en la habitación de Irene, me lo festejó mucho y hoy, le he visto en su rostro la ilusión que le hace. Hay que procurar tener cuidado con él, aparte de lo valioso que es económicamente, tiene un gran valor sentimental y eso, no tiene precio... No sabemos si su mecanismo es fácil de arreglar en caso de estropearse y sería mala suerte, que por un descuido sólo quede como una pieza de adorno.

- No se preocupe amo, que eso, va a hacer eterno, que ya me cuido yo que no le dé ni el aire pa’ que no se oxide. Por cierto amo, se dio cuenta del comentario de la esposa del Comisario ¿no?
- Si Sátur, eso me hace pensar que no voy muy mal encaminado. Bueno, voy a ver a Margarita.

Gonzalo se dio prisa en subir a la buhardilla entrando en el cuarto. Esperaba verla acostada, pero al parecer había preferido la mecedora. En aquel momento dormía pero por muy cómoda que estuviera, nada mejor que una cama para descansar un cuerpo dolorido como el que ella debía tener en aquel momento. Se dedicó a poner la ropa que se había quitado en el respaldo de una silla y luego, procurando no hacer ruido sacó un brasero y luego el otro dejándolo fuera. Bajó primero uno y luego el segundo, procedió a echarle más ascuas. La habitación debía mantenerse caldeada, afuera, el agua ya caía torrencialmente. La puerta se abrió dando paso a Sátur con los niños y aunque el trayecto era corto, venían bastante mojados.

- ¡Vaya amo la que está cayendo! ¡Madre del amor hermoso, que forma de llover!
- ¡Alonso, a cambiarse de ropa de inmediato! Déjale a Murillo una muda tuya. ¡Venga, daros prisa!

Los niños corrieron hacia la habitación de Alonso. Gonzalo se fijó en Sátur – Tú deberías hacer lo mismo, más vale que te cambie. Voy un momento a prepararle a esos dos tabardillos las tareas - fue hacia su habitación y sentándose ante su mesa, en un instante preparó los deberes de Alonso y Murillo para toda la tarde. Tomó un libro y salió de la alcoba dejándole los cuadernos a Sátur en la mesa – Aquí tienes y que no jueguen hasta que no las tengan hecha.

- No se preocupe amo, que esos dos no se levantan de la silla sino quieren encontrarse con una colleja más que otra.

Gonzalo se guardó el libro entre la camisa y cogiendo uno de los braseros subió con él, Sátur tomó el otro para que su amo no volviera a bajar y lo dejó a la entrada del cuarto.

- Gracias Sátur y ve a cambiarte.
- Nada más que baje... Cualquier cosa, sólo tiene que llamarme.
- Lo haré, no te preocupes.

Gonzalo metió dentro del cuarto el brasero que había subido Sátur y lo puso en medio de la habitación. El que había subido él, lo había dejado a la altura de su esposa. Tomó la silla y se sentó junto a Margarita cogiendo el libro que había dejado a los pies de la cama. Se dispuso a repasar el tema del día siguiente no sin antes volver a echar una mirada a su mujer, ésta, seguía dormida con la cabeza ladeada sobre su hombro izquierdo. Esperaba que esa postura no le perjudicara ya que el cabestrillo no lo tenía puesto. Abrió el libro buscando el tema que le interesaba y procuró centrarse en la lectura.




La tarde avanzaba, no supo el tiempo que llevaba enfrascado en la lección que iba a impartir cuando los toques de las campanas hicieron que levantara los ojos del libro. Se pasó los dedos por ellos.

– “Las seis de la tarde, cómo corre el tiempo”
- Tiene los ojos cansados ¿verdad?
Gonzalo se apartó la mano del rostro y miró hacía su esposa – Es... estabas despiertas ¿Desde cuándo?
- Poco antes que tocaran las campanas y el tiempo suficiente para haber observado que estás cansado.
- No tanto, pero a ti, si te veo que lo estás - había dejado el libro sobre la cama y se inclinó hacia su mujer – Debías haberte acostado, la cama es el mejor sitio para dormir y descansar un cuerpo agotado.

- Creo, que en ningún sitio podría descansar en condiciones mientras... Mientras tenga esta opresión aquí, en el pecho.
- ¿Tien... ¿tienes el mismo agobio de esta mañana? Le digo a Sátur que te prepare...
Margarita negó con la cabeza – No Gonzalo, ni siquiera lo que tome me lo quitará... Eso está ahí, va y viene.
- Se te pasará, llegará un día que ya dejes de sentir esa opresión que te embarga.

Unos toques en la puerta y la voz de Sátur hicieron que Gonzalo se girara.

- Les traigo algo para que merienden, ya es hora, que luego se junta la cena...
Gonzalo se levantó y tomó la bandeja de manos del fiel sirviente – Gracias, estaba a punto de bajar por algo para Margarita.
- Pues ya lo tiene aquí. ¿Se puso mejor señora?
- Si Sátur, me puse algo mejor, gracias – pensaba, que el decir la verdad no iba a mejorarla.
- Amo, por los niños no se preocupe que ya han hecho las tareas y ahora, están merendando. Subo luego por esto.
- No hace falta Sátur, ya lo bajaré yo.

Con un movimiento de cabeza Sátur se despidió de su amo saliendo de la habitación.

Gonzalo tomó la banqueta y apartando el brasero con el pie, improvisó una mesa con ella colocando la bandeja encima – Pues a tomarse este vaso de leche caliente - lo dijo mientras le entregaba el vaso a su esposa.

Margarita lo tomó por no ser descortés con él, bastante pendiente estaba de ella para decirle que no tenía ganas de tomar nada. Gonzalo, ingería a sorbo la leche sin dejar de observar a la muchacha, sabía que se lo estaba bebiendo sin gana alguna, ni siquiera había hecho el intento de coger un trozo de torta.

- Si no comes, no arribarás nunca, tú sabes que es así. Margarita debe esforzarte, la comida es lo primordial ante un malestar sobre todo, para el estado de ánimo. Si no comes, el ánimo se viene más abajo aún pero bueno no voy a obligarte a ello... Ya ha sido un mal día para hacerte pasar otro con la comida. ¿Sabes? me ha sorprendido mucho la atención de la esposa del Comisario hacia ti. Te ha dejado un hermoso regalo... Ese juguete del que me has hablado tantas veces, ya es tuyo.
- Aún no me lo creo. Dice Sátur que ahora tienes que enseñarle como entender ese “artilugio”... Le he dicho que no es difícil.
- No, no lo es, y él no es un hombre torpe, aprenderá pronto... Bueno, voy a quitar esto de aquí antes de que podamos tirarlo y lo bajo en un momento pero antes te vuelvo a poner el cabestrillo, debes tener el brazo en reposo - se giró y alargando el brazo se hizo del pañuelo poniéndoselo a su esposa – Esto ya está y ahora, bajo todo esto.

Gonzalo tomó la bandeja y la dejó de momento en el peinador, luego puso la banqueta en su sitio y el brasero junto a los pies de Margarita. Ella lo veía hacer. Tomó de nuevo la batea y se dispuso a salir. A punto de atravesar el umbral lo detuvo la voz de su esposa.

– Quiero... Quiero saber que hizo convertirte en el guerrero que llevas dentro, quiero saberlo todo de ti... Necesito escucharte.
Gonzalo no esperaba aquello. Se volvió despacio sin dejar el umbral de la puerta. Un nudo en la garganta hizo que le costara hablar - ¿Es... ¿estás segura que quieres eso?
- Si, si quiero... Creo, que ya es hora.


Con CLIC

Confidencias de un hombre, un maestro, un guerrero.


Gonzalo, con mano temblorosa entornó la puerta. Dejó la bandeja en el peinador. Con andar pausado se acercó a la muchacha, tomó la silla sentándose junto a ella – No sé... No sé si en estos momentos estás en condiciones para escucharme. Estás agotada y...

- No importa... Si no es por una cosa u otra, últimamente no dejo de estar en la cama o aquí sentada como ahora... Creo, que parte de mi vida la estoy pasando entre un sitio y otro.
- Las cosas que han ido sucediendo son las causantes de ello pero en esta ocasión sólo será cuestión de unas horas, ya verás, luego, ya podrás levantarte y moverte por la casa como tal cosa. El hombro, aunque estaba recuperado, el esfuerzo que has hecho te ha perjudicado un poco.

Margarita buscó su mirada – Parece que le estás dando vuelta al asunto. ¿Qué pasó Gonzalo? ¿Qué pasó, para ser quien eres?
- No Margarita, no le estoy dando vuelta al asunto como tú dices, sólo, que lo menos que podía esperarme de ti, es que quieras escuchar lo que tanto he ansiado durante todo este tiempo y ahora... Ahora no sé por dónde empezar - se lo dijo mirándola fijamente. Mirándose en el fulgor de sus pupilas.
- Pues cómo se suele decir, por el principio.

- Por el principio - Gonzalo suspiró profundamente – Procuraré no cansarte mucho. Todo... todo empezó en el momento que dejé Flandes. En Amberes, junto a Alberto, ya que ni la guerra ni aquellos días de encierro en manos de los soldados flamencos, el destino no quiso impedirnos que volviéramos a encontrarnos, ya que gracias a él y otros compañeros pude escapar de aquella fortaleza, después de unos días escondidos y dejando nuestros uniformes atrás, tomamos un barco que nos llevaría a Portugal, allí nos despedimos... Alberto tomó rumbo a casa y yo con todo mi pesar, días después, volví a tomar un mercante portugués dirección a Macao... Fue largo el tiempo de travesía...

- Creí, que no iba a resistir aquel día a día trabajando en aquel barco para ganarme un plato de comida y una cama, sin saber siquiera cuándo podría llegar a mí destino con temporales que hubo que sortear y que hacía que nos retrasáramos más y más... A veces, pensé que nunca llegaría a China. Mis noches eran largas, sombrías, sólo me la llenaba de luz el pensar que un día volvería a la Villa a reencontrarme contigo, tú rostro era lo que me daba fuerza para seguir y mirar adelante. No sabía lo que me podía deparar mi llegada a Oriente, estaba asustado ante lo que pudiera encontrarme, ni siquiera sabía cómo me la iba a ingeniar para hacerme entender. Llevaba conmigo, el nombre y la dirección que Agustín me había dado al salir de la Villa, lo tenía más que memorizado ya que un simple papel no es fácil que lo puedas tener contigo sin el riesgo de perderlo, pero no tenía idea cómo encontrar a esa persona, ni el lugar...

- Después de unos meses, el barco atracó en el puerto de Macao, era noche cerrada y me hice del poco equipaje que llevaba conmigo. Había escrito en un papel el nombre y la dirección que me dio Agustín, antes de abandonar el barco me despedí del capitán enseñándole lo que acababa de escribir, él me indicó donde me podían informar de ello, al menos me defendía con el idioma portugués. Con las indicaciones que el capitán del barco me facilitó, me dirigí en busca de aquella dirección, no fue difícil encontrarla, estaba a nivel de puerto, era algo parecido a lo que aquí es una taberna... La mayoría de quienes la frecuentaban eran portugueses, al menos fue un alivio encontrarme allí con occidentales, ya Portugal en Macao no era la que fue en tiempo, fue el primer país comercial que echó raíces en Macao, con la llegada de los holandeses, Portugal se quedó en un segundo plano...

Gonzalo se levantó y paseó la estancia. Margarita apreció que su mirada se perdía en el tiempo. Su voz sonó apocada, triste... - Entré en aquella taberna y enseñé al hombre que servía las mesas el papel con el nombre y la dirección. Aquel hombre me miró y me habló en castellano, me dijo que esperara, me senté ante una de aquellas mesas. Sentí todos los ojos puestos en mí, una mujer oriental me sirvió una bebida a base de grano de arroz. No sabía a qué podía saber aquello pero intuía que no debía ser descortés y lo tomé, no me gustó nada pero había tomado tantas cosas que no me gustaron durante el tiempo que me llevé en el barco, que aquello fue una cosa más... Aquel hombre no tardó en regresar y me dijo, que en la mañana tenía que partir a una provincia llamada Guangrhou, en nuestro idioma quiere decir Cantón... Esa fue la dirección que me había escrito Agustín, según el tabernero, alguien me llevaría hasta aquel lugar, que aquella noche podía quedarme a dormir allí, y así lo hice....

- Después de una cena que tampoco me hizo mucha gracia, este hombre, y que de él sólo supe que le llamaban el “Portugués”... me llevó a un cuartucho. Le dije que no podía pagarle pero si quería que desempeñara algún trabajo, que si tenía algo que arreglar, fregar, que estaba dispuesto a ello. Ante mi sorpresa, me contestó que ya estaba todo más que pagado, que intentara descansar, que quizá, el viaje que iba a emprender, me podía resultar un poco duro. Me senté en aquel camastro preguntándome que hacía allí. ¿A dónde me llevaría el destino? ¿Qué era lo que me esperaba? Ninguna de mis preguntas tuvo respuestas... Mis ojos recorrieron aquella triste estancia. Pocas cosas había en aquella habitación, aquel jergón donde me encontraba, una silla, una caja de madera que servía de mesita, encima de ella, una jarra con agua, el vaso y la vela que alumbraba tanta soledad, me quité las botas y me dejé caer en aquella cama. Por el ventanuco entraba algo de brisa que aliviaba un poco el calor sofocante de aquella habitación y que de una forma, me ahogaba, ¡me asfixiaba! pero no era el calor, no era el bochorno, era el saber que cada vez me alejaba más de ti... No sabía qué tiempo podría llevarme el volver a la Villa, eso, era imposible saberlo...

- Había pasado casi un año de mi salida de la Villa y ya me parecía una eternidad. Lloré, lloré mi soledad, mi desespero... Lloré la falta de tu presencia, de tu risa... Lloré el no saber cuándo volvería a ver de nuevo tu rostro, lloré la ausencia de mis padres, escuchaba la voz de mi madre, escuchaba la tuya, allí, en el lago... Ellos y tú, llenabais mis oídos, mi mente, mi alma. Tú rostro, siempre me aliviaba mi pesar, con él, con tu rostro en mi mente, me quedé dormido. Me pareció que acababa de hacerlo cuando me despertaron unos golpes en la puerta, me incorporé en el momento en que la puerta se abría, el “Portugués” hizo su aparición. Me dijo que ya era hora de partir, que me esperaban, puse los pies en el suelo y poniéndome las botas tomé mis pertenencias saliendo tras aquel hombre, bajamos la escalera. Un hombre de rasgos orientales nos esperaba, el “Portugués” me dijo que le enseñara al oriental el papel que llevaba conmigo y así lo hice, al verlo, pareció convencido porque con una señal me dijo que lo siguiera. Me despedí del portugués dándole las gracias, me deseó suerte, según él, la iba a necesitar... Salí tras aquel hombre, había ambiente en el puerto ya que del barco en donde llegué como de otros, ya bajaban sus mercancías... El hombre me indicó uno de los dos caballos que había ante la puerta de aquella taberna, acomode mis cosas en las alforjas y monté, el oriental hizo lo mismo, esperé que él se pusiera en marcha y luego lo hice yo... Después de unas horas de viajes, nos encontramos en las afueras de Macao...

- Por lo que me dijo el “Portugués” nos dirigíamos a Cantón, no creí que fuera un viaje largo, me equivoqué. Recorrimos caminos llenos de verdor como hermosos paisajes llenos de arrozales. Sentía que el calor me asfixiaba aunque todavía no había comenzado el verano, descansábamos sólo lo necesario, meternos algo en el estómago y evacuar todo el agua que bebíamos durante el trayecto. Pasamos por pequeños pueblos donde el oriental se hacía de alimentos y convencía a sus habitantes de dejarnos alguna noche que otra descansar en sus cobertizos, pero eso no me quitó que más de un noche durmiera a la intemperie con sólo una manta por encima y debajo de un árbol... Con mi acompañante muy poca comunicación era la que tenía ya que de su idioma nada podía entender, él procurara que yo le entendiera aunque fuera adivinando sus gestos. Era de día cuando pisamos la provincia de Cantón y una de sus ciudades, nos adentramos por sus calles, ya no me resultaban tan extrañas aquellas casas y sus habitantes, aunque había occidentales ya se podían contar con los dedos. Aquella ciudad cómo las que había ido dejando atrás, me decía que estaba en Oriente, en China... La atravesamos prácticamente, casi en las afueras, ante una casa humilde, mi acompañante detuvo su caballo, yo hice lo mismo... No sabía si bajarme o no, al desmontar él, yo lo hice igualmente, estaba cansado y quería estirar las piernas...

- El oriental entro en la casa. Mientras él se encontraba dentro, yo me dediqué a pasear y a mirar mi entorno, tenía un paisaje bello ante mis ojos... Montañas, aunque de poca altitud tenía un encanto especial sobre todo me llamó mucho la atención una de ellas, la envolvía una gran nube, el oriental no tardó en salir acompañado de otro hombre, éste, se me quedó mirando, sin decir nada se dirigió a la parte de atrás de la casa y no tardó en traer con él una mula cargada con lo que se suponía que podíamos necesitar para el viaje, lo que me daba a entender que para el final de mi trayecto aún quedaba algo de camino. Se despidieron los dos hombres y el dueño de la casa me hizo una leve inclinación de cabeza, intuía, que era su forma de saludar ya que lo había visto hacer en más de una ocasión durante el tiempo que llevaba junto a mi compañero de viaje. Después de que partimos, el oriental se dirigió a mí, me sorprendió al escucharlo hablar en castellano después de los días que llevábamos de viaje, se presentó. Se llamaba Yon-Hao, yo le dije mi nombre y le pregunté el porqué de mantenerse callado hasta entonces. Según él, quería ver el aguante que yo podía tener sin hablar en todo el recorrido, que eso era parte del aprendizaje, no lo entendí, sólo que desde aquel momento, comprendí que tenía mucho que aprender. Después de unas horas de viaje nos detuvimos, ante mis ojos se extendía un gran río...

- Yon-Hao, me dijo que se llamaba el Río Perlas. Nos adentramos en el río de gran caudal en una barcaza y donde no me sentía muy seguro, la ventaja, que debido a la temperatura pude bañarme en él quitándome el sudor y el olor que mi cuerpo desprendía... Por fin, después de unas horas de viaje desembarcamos, montando de nuevo a los animales y después de un tiempo considerable de recorrido llegamos a la ciudad entrada la noche, Yon-Hao me dijo que pasaríamos la noche allí... Le pregunté que si quedaba mucho por llegar, me contestó que ya estaba cerca de él, le dije que no entendía, aquello era una posada. Me miró diciéndome que así era pero por aquella noche había que quedarse allí, luego comprendí. Después de un día agotador de calor ya que el sol pegó fuerte, al momento cayó una lluvia torrencial que duró toda la noche. Apenas pude dormir pensando, siempre pensando, al parecer ya estaba cerca de él... ¿Quién era él? ¿Acaso se refería a una persona? ¿Por qué Agustín me había enviado a aquel lugar? ¿Qué hacía yo allí? De nuevo, preguntas sin repuestas atormentaron mi mente...

- Poco antes de despuntar el alba partimos cruzando la ciudad... Nos dirigimos hacia las afueras, algunas calles eran completas lagunas por el agua caída tan sólo unas horas atrás, no fue un camino largo pero si tortuosos para los animales ya que sus cascos se quedaban incrustados en el barro... No adentramos en un pintoresco pueblo, la gente nos miraba, nos sonreía pero yo me sentía incómodo ante todo aquello. Le pregunté a mi acompañante que si habíamos llegado a nuestro destino, me dijo que no fuera impaciente. Seguimos adentrándonos entre sus calles si es que se podía llamar así. De los pueblos que fuimos pasando, aquel lugar era un poco diferente, sus casas o cabañas aunque humildes, se mantenían en muy buen estado y cuidadas... Mis ojos recorrieron el lugar, nos encontrábamos en un llano pero según íbamos avanzando, la elevación del terreno se hacía más patente...

- Divisé un montículo, nos dirigimos en esa misma dirección, creí que íbamos a subir hasta allí, pero no, Yon-Hao se dirigió a una casa bien situada en todos los aspectos bajo aquella colina, se veía una casa de gran estructura de adobe y madera. Pensé, que quien viviera en ella no podía ser un simple campesino, Yon-Hon, detuvo el caballo ante ella, ató la brida en un balcón hecho con tronco de árbol, hizo lo mismo con la mula, me hizo señal de que ya podía desmontar. No te puedes creer como lo agradecí... Subimos la corta escalinata de madera pisando una entrada cuyo suelo era de piedra incrustada en tierra prensada, Yon, llamó a la puerta, tardaron algo en abrir. Fue una mujer de edad avanzada quien lo hizo, estuvieron hablando entre ellos, no entendí nada, tan sólo el nombre de Agustín, la mujer se me quedó mirando muy detenidamente, nos hizo pasar de un vestíbulo a una sala, el mobiliario era escaso y sobrio... Un mueble, tipo secreter con un jarrón de porcelana sobre él, un par de sillas con brazos, cojines por el suelo y que rodeaban a una mesa baja, parte del suelo estaba cubierto por una alfombra con motivos orientales... Cómo Yon-Hao no se sentó, me vi obligado a no hacerlo. La puerta de aquella sala se abrió dando paso a un hombre de mediana edad y vestido con kimono y pantalón negro, su rostro estaba limpio de barba y su cabello negro y corto, entre él y Yon, hubo un cruce de saludos, luego aquel hombre se me quedó mirando, su voz al hablar, me infundió una gran paz pero también una gran confusión...

- Hablaba nuestro idioma correctamente, me dijo que me esperaba, que no sabía cuándo ni cómo pero que de alguna manera él presentía que yo un día tenía que llegar hasta él... Según él, fue tanto lo que Agustín le habló de mí, que su corazón de maestro le decía que yo tenía que ir a él para culminar lo que Agustín había comenzado. Le pregunté que cómo sabía quién era yo cuando yo no le había dado mi nombre y Yon-Hao tampoco se lo dijo a la mujer que nos había abierto la puerta, él me sonrío. Me dijo que no hacía falta, ya que sólo una persona podía ir a él en nombre de Agustín, con la diferencia, que desde que Agustín dejó China yo había crecido algo, que ya no era el pequeño del que él le había hablado y que solía subirse con Agustín a los tejados para leer las estrellas, que ya era un muchacho y que de mí, podía él sacar mucho y bueno... Yo nada comprendía, sólo que desde que embarqué rumbo a Macao, sólo hasta aquel momento me sentí confiado, sin temor alguno y lleno de esperanza. Algo me decía, que de allí volvería hecho un hombre y diferente al muchacho que era en aquel momento. Un hombre para darme a ti plenamente.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Dic 18, 2016 10:13 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,39


Margarita, que hasta aquel momento había escuchado a Gonzalo en silencio buscando a veces sus ojos y que él, parecía perderlos en los recuerdos, en la lejanía de aquel país que por un tiempo fue su hogar, ante las últimas palabras de su marido, no pudo por menos de sonrojarse. Gonzalo apreció el azoramiento de su esposa. Se acercó volviendo a sentarse. Le apretó la mano con gran suavidad, en esta ocasión fue él, quien le buscó su mirada.

– Si Margarita, siempre te tuve en mi pensamiento. Ni un solo día dejé de pensar en ti y mi deseo era ese, el de regresar hecho un hombre para darme a ti en cuerpo y alma, aunque la vida, el destino lo trastocó todo y yo, los ayudé a ello.
- Ya... ya no importa nada de eso y perdona si te has visto obligado a interrumpir tu historia. He... he sido una tonta, sigues por favor - lo dijo mirándolo a los ojos.
- No Margarita, no eres una tonta. Eres lo más bello que puede tener un hombre como esposa, sin embargo, no he sabido encauzar ciertas cosas ante ti. No he sabido valorar esa belleza y la valentía que escondes tras ella y preferí los silencios a hablarlo como lo estoy haciendo ahora, en este momento. Tú me has dado esa oportunidad para hacerlo y no sabes cómo te lo agradezco - le acarició el cabello – Sigo contando, pero cuando te sientas cansada me lo dices.

Margarita asintió con la cabeza, Gonzalo siguió con su historia.

- Yon-Hao, se acercó a mí despidiéndose. Después de esos días de viaje y aunque no habíamos tenido mucha conversación entre nosotros, sentí cierta congoja al saber que se iba y no sabía si volvería a verlo, le di las gracias por todo e inclinado la cabeza ante mí y luego ante aquel hombre y del cual, en aquel momento todavía yo no sabía su nombre, se retiró saliendo de aquella estancia cerrando la puerta, nos quedamos solos él y yo... Me dijo su nombre, Lin-Chen, pero que podía llamarlo sólo maestro como lo solían hacer la mayoría, aquel era el nombre que Agustín me dio escrito en el papel.

- Me miró con su mirada oblicua y me pidió perdón, le miré extrañado. Me dijo, que quizá había comenzado demasiado pronto mí enseñanza, que había hecho que Yon-Hao, en lugar de ir más directo hasta allí, hizo que rodeara parte de la provincia de manera, que me fuera más dificultosa y también más larga la llegada a mí destino... Apreció en mis ojos que lo hubiera fulminado si hubiera podido y me lo dio a entender con estas palabras... ”Si eres paciente en un momento de ira, escaparás a cien años de tristeza”... Le pregunté por qué me decía aquello, me dijo que había visto la ira en mis ojos y la ira nunca conduce a nada bueno, pero que era muy joven y la rebeldía a esa edad nadie se escapa de ella, pero para eso estaba él, para enseñarme entre otras cosas controlar esos momentos de ira, de enojo, de frustración y que aquella casa, sería mi escuela, él, mi protector, mi maestro, y yo, su discípulo, y así fue... A partir de aquel día, aquella fue mi escuela, mi casa... Una casa entre tantas que había en aquellos pueblos y ciudades de Cantón, un lugar, en el sur de China...

- Comencé mi aprendizaje en todos los sentidos. Vestí como ellos, kimono y pantalón negro la mayoría de las veces y blanco sólo para algunas ocasiones, más que todo para las clases. A través de Lin-Chen, conocí toda la cultura de un pueblo que desde que eres un niño o niña, en esta cultura las niñas no quedan excluidas, te enseña la sabiduría de las letras, de las palabras como el saber utilizar la mente, el cuerpo y la cultura de las armas... Una mañana, dispuesto a comenzar las clases me dijo que dejara los libros, que aquella mañana teníamos un largo paseo que dar. Salimos de la casa y tomamos el sendero que conducía a la colina, desde aquella altura divisé aquella montaña que era envuelta por la nube, al parecer, al verla aquel día no fue casualidad. Se lo pregunté a mi maestro, me contestó que era un fenómeno que se producía en la primavera, siempre vería a la montaña envuelta en esa nube después de las lluvias, a veces, con más densidad que otras. La llaman  Montaña Baiyun, la Montaña de Nube Blanca...

- Seguimos subiendo el sendero donde el verdor de sus árboles y grandes arbustos resplandecían a aquella hora de la mañana. La elevación se hizo más empinada, sin darme cuenta, ante mis ojos apareció lo que creí que podía ser un templo. Su nombre Guangxiao, en castellano, Templo de la Brillante Piedad Filial. Se alzaba ante una gran explanada llena de vegetación, creí oí correr como un riachuelo, Lin-Chen, me lo confirmó, era un riachuelo que provenía de un manantial y se llamaba el “Manantial del tazón lavado”... Allí, Bodnidnamma, precursor de aquella cultura en China pudo lavar su tazón... Según mi maestro, ya iría conociendo todo lo que aquel pueblo guardaba...

- Me llevó al Templo a conocer a Shen-Sein, el anciano monje de más edad de los pocos que se encontraban en él, y durante las visitas que hice al Templo en esos años que estuve allí, supe de toda una cultura, toda una historia que escondía entre sus muros... En ese primer día de visita, vi que había jóvenes más o menos de mi edad y que practicaban lo mismo que mi maestro me enseñaba a mí, también entre ellos habían algunas chicas. Cuando salimos del Templo le pregunté el porqué de no impartir sus clases allí, me contestó que para ser maestro dentro del Templo había que ordenarse como monje, y él nunca pensó en hacerlo. Él, quería la libertad de ayudar a los demás e impartir las enseñanzas fuera de aquellos muros, pero eso no quitaba que hiciera sus visitas a donde aprendió tanto y donde quedó su buen maestro Shen-Sein...

- No fue fácil para mí nada de aquello, fue mucho el tiempo que me llevó el aprender cosas que nunca me hubiera imaginado, a veces, quise darme por vencido. En un gran patio rodeado de un gran vergel, mi maestro me daba las clases de lucha, él era muy diestro en el manejo de las armas, me quedaba pasmado cuando él solo, hacía uso de ellas o de la forma en que movía su cuerpo haciendo el Tai Chi Chuan. Yo le decía que nunca podría llegar ni a la mitad de lo que estaba haciendo él. Para mí no era fácil el aprendizaje, había cosas que se me resistían y cada vez veía más larga la vuelta. Me costó aprender el idioma, nunca creí que una lengua extranjera pudiera resultarme tan difícil aprenderla, me costó adaptarme a las comidas, las bebidas... El té era una de las bebidas caliente o fría que soportaba mejor. ¿Sabes lo primero que tomé al llegar allí? Té de jazmín.

Margarita lo miró con asombro en sus ojos - ¿Té de jazmín?

- Pues sí, té de jazmín... Es una tradición servir este té a los invitados o recién llegados, es originario del Norte de China, pero no por eso se dejaba de utilizar en otras partes del país, con él se da la bienvenida, es muy aromático y de muy buen sabor. Allí, en China, las flores, las plantas, árboles, son una tradición más, también ellos son parte de esa cultura... Con el cerezo pasa un tanto de lo mismo, es tradición celebrar los brotes del cerezo, representa el ciclo que atravesamos los seres humanos en nuestras vidas, es el símbolo de la transformación y nos muestra como las cosas tienen su principio, su época de gloria y su fin, dándole la importancia y entendiendo la belleza en todas las partes de su corto ciclo, el cual dura sólo dos semanas desde que se abre el primer capullo.


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- Esto, esto quiere decir, que lo más importante es disfrutar el ahora, no importa el camino que te haya tocado vivir... Siempre habrá un cerezo en nuestro paso por la vida, uno que te haga recordar lo importante que es vivir la plenitud de cada momento.

Mientras le hablaba, Gonzalo no dejó de mirar a su esposa, le quería decir tanto con aquello y Margarita lo sabía, sabía lo que quería decirle con lo que le había contado. Sintió una gran congoja. Desvió sus ojos de él, no quería mirarlo, sabía que él estaba pendiente de ella. Intentando disimular la emoción que le había producido sus palabras, se dirigió a él pero con la mirada baja.

– Aprendiste mucho de ellos y dime, ¿de verdad está bueno el té de jazmín?

Gonzalo sabía que quería eludir lo que le había contado. Sonrío – Si, si me gustaba, además tiene muy buenas propiedades. El ama, yo me refería a Xiaomei de esa forma, cuando me veía muy ofuscado o triste, me preparaba una infusión de éstas flores y aquello me tranquilizaba, me relajaba. Era una mujer paciente, cariñosa, menuda, era una anciana encantadora y quería a mi maestro como si de un hijo se tratara... A veces, cuando me invadía la nostalgia, el pesar, ella lo apreciaba, se sentaba junto a mí y me preguntaba que me estaba pasando por la mente para estar tan taciturno, tan reservado, tan lejano, que no tuviera temor alguno en abrirme a ella y me confiaba a Xiaomei... El ama, me daba seguridad para poder refugiarme en ella y desahogar toda la angustia que me embargó por tantas veces...

- Nada era fácil pero ponía todo mi empeño. Intentaba esforzarme lo máximo para que mi vuelta fuera lo más pronta posible. Mi cuerpo tuvo que soportar agua por debajo de una temperatura nada normal, ejercicios físicos que me dejaban agotado... Todo, todo se me hacía muy cuesta arriba pero el maestro con sus palabras me alentaba a seguir. Poco a poco iba adaptándome y aunque había cosas que se me resistían, sabía que podía conseguirlo, una de tantas ellas, el saber moverme con sigilo, igual que un animal, no haciendo ruido y sabiendo donde pisaba. Aprendí de la lectura de sus libros y su enseñanza, aprendí su escritura... Me enseñó a meditar, a utilizar mi mente y con ello, conseguir la paz interior. En nuestros ratos de ocio, hablamos de mí, en una ocasión me preguntó que me gustaría ser cuando volviera a mí país, le contesté que siempre me habían gustado los libros y ante lo que estaba viendo y aprendiendo de él, más ganas tenía de ser maestro...

- Hablábamos de él y de Agustín, de cómo llegó a aquella región y se conocieron. Fue en el único viaje que Agustín hizo a Oriente con parte de su congregación. ¿El cometido de ese viaje? adquirir conocimientos de la doctrina que practicaban los monjes en sus Monasterios y Templos. Lin-Chen, había nacido allí, en Cantón, y para mi maestro fue una gran ilusión practicar lo que había aprendido con la gente que había crecido. Había personas, que le era imposible dejar sus labores en el campo para tomar la enseñanza en el Templo... Por aquel entonces, Lin-Chen, acababa de volver de hacer un viaje y fue en una de sus subidas al Templo cuando conoció a Agustín, en el tiempo que Agustín permaneció en Cantón entablaron una gran amistad y cada uno de ellos dos, tanto Agustín como Lin-Chen, se quedaron con parte de la doctrina del otro...

- Cada vez tenía más solturas con los ejercicios, fui aprendiendo el método de defensa con cada movimiento de mi cuerpo, me instruí como utilizar aquellas  armas... Todo lo que se aprendía, tanto con la meditación y las armas, era siempre pensando en una defensa ante un posible ataque de maleantes, asaltadores de caminos, defender al débil, nunca con el fin de matar por matar... En más de una ocasión visitaba el Templo en compañía de mi maestro... Mientras mi maestro conversaba con Shen-Sein, yo lo hacía con algunos de aquellos alumnos aunque todavía con cierta dificultad, entre las chicas no tenía mucha comunicación pero siempre había algunas palabras de por medio... En alguna ocasión que otra, el anciano monje quería saber cómo iba mi aprendizaje y con algunos de los jóvenes del Templo, delante de él practicaba los conocimientos que iba adquiriendo de mi instructor. Según Shen-Sein, mi maestro estaba haciendo conmigo un buen trabajo...

- Aunque para Lin-Chen yo era su protegido, no me hacía diferenciar con los demás alumnos del Templo, la mayoría de ellos trabajaban en casas de alto linaje o en el mismo Palacio del Emperador ejerciendo el trabajo de sirviente... Labraban sus tierras, sus jardines o simplemente dentro de la casa, era parte del aprendizaje, de la enseñanza. Según el lema del maestro... ”Antes de ser Dragón hay que sufrir como una hormiga”... Yo trabajé dentro de una de esas casas, hacía de todo un poco, allí conocí a una joven, era la hija del hombre para quien trabajaba.

Gonzalo buscó la mirada de Margarita, aunque ella la tenía baja escuchándolo, la levantó al escuchar sus últimas palabras.

- Podría omitir esto pero quiero que lo sepas todo. Decirte que no hubo mujer alguna en el tiempo que estuve fuera, sería mentirte y mentirme a mí mismo... Yo me encontraba en las caballerizas y pensaba en ti, en tus enojos, en tu sonrisa, en tu rostro de niña... Fue cuando la vi, a través de la puerta la contemplé, en los días que llevaba en aquella casa no me había encontrado con ella.


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- Se hallaba paseando por el jardín bajo los hermosos cerezos en flor, ella los contemplaba extasiada, se abanicaba, su ama la seguía unos pasos más atrás... Fue una alucinación, no pude evitar el mirarla de soslayo... Ella notó mi presencia, nuestros ojos se encontraron. Su nombre, Yan-Shun... Durante el tiempo que estuve cerca de ella le tomé un gran cariño pero mi corazón no pudo ofrecerle nada más... La quise pero no la amé, ella para mí fue el escape a la falta de tu presencia. En ella encontré lo que necesitaba de ti y no podía tener. Ella, con su propio deseo, con sus anhelos, satisfacía los míos por los cambios producidos en mí, las necesidades y sensaciones que mi cuerpo iba experimentando... Fue un bálsamo ante tu recuerdo, ante tu falta pero también el ansia de volver a ti, fue más imperiosa... Te presentía, te veía en mi mente, te sentía hecha ya mujer... Amaba tu cuerpo sin tenerte, sin nunca haberlo tenido.

- Fui sincero con ella, le dije que la quería, que la necesitaba pero que nunca podría amarla... Que en aquel momento mi cuerpo le pertenecía pero que mi esencia de hombre sólo podía pertenecerle a una mujer, a ti. ¿Puedes entenderlo? ¿Puedes entender todo esto? – lo preguntó mirándola a los ojos.
Ante lo contado y su pregunta, Margarita por un momento se sintió turbada - No... no tienes porque apurarte por ello, es natural... Nos separaba un mundo y de alguna manera no me estabas faltando, yo también tenía a alguien junto a mí, con la diferencia, que yo nunca pude quererlo... Por favor, sigue.

Gonzalo apreció un toque de tristeza en su voz, quizá no debió haberle contado aquello, pero él quería que nada quedara guardado dentro de él. Ya habría tiempo y lugar para demostrarle de nuevo, que dentro de él, sólo hubo amor para una mujer, sólo para ella.

- ¿Por qué no intentas dormir un poco? Más tarde seguimos hablando.
- No, no tengo sueño y quiero seguir escuchándote - no lo miró al decirlo.
- Como quieras - Gonzalo le puso la mano en la frente – Sólo estás destemplada.

Giró su cuerpo e inclinándose, removió las ascuas del brasero con la badila. El calorcillo que desprendieron se hizo notar. Gonzalo, mirándola fijamente prosiguió su contar – Fueron unos meses el tiempo que estuve allí pero llegó el día de volver a las clases, a la meditación, a los duros entrenamientos, de alguna manera lo deseaba, no quería hacerla sufrir. Me despedí pidiéndole perdón... Según ella, nada había que perdonar, que nunca le mentí, que fui honesto con ella al decir lo que sentía. Nunca más nos volvimos a ver.

- Había tardes, cuando hacía buen tiempo, ante la casa de Lin-Chen se encendían fogatas y entre los hombres jóvenes del pueblo, lo que habían pasado por la enseñanza del Templo o de mi maestro, luchaban entre ellos, era como un juego, un juego donde siempre debía haber un vencedor... Los aldeanos dejaban sus quehaceres y disfrutaban de aquello. Aquellos juegos, aquellas luchas, les hacían fortalecerse tanto física como espiritualmente. Mi maestro era un espectador más, y algunas veces me invitaban a participar. No sabes cómo me hacían rabiar, se mofaban sin mala intención, pero eso hacía que me encabritara más para realizar ese entrenamiento con más coraje... Cuando aquel juego entre nosotros se daba por acabado, cada cual se retiraba a sus casas. Antes que terminara la noche, eran los libros lo que ocupaban mi mente...

- Me imagino que alguna vez ganaría uno de esos juegos, ¿no? – la joven preguntó tímidamente.
Su marido sonrío por la forma en que lo hizo – Si claro, en más de una ocasión gané esos combates y tenía mi recompensa.
Margarita con cierta curiosidad interrumpió – Dime, me has dicho que entre los alumnos del Templo había también chicas. ¿Alguna vez luchaste con ellas?

Gonzalo esta vez no sonrío – Si Margarita, lo hice con sólo una de ellas... Como ya te he dicho, no tenía mucho trato con las chicas, se llamaba Sung-Yi y con ella tenía la misma relación que con las demás, bien poca. Un día, estaba en uno de los patios del Templo y practicaba con un grupo de chicos con el bo, ella, al igual que otras alumnas estaba pendiente de nosotros, de aquella práctica salí airoso y los muchachos vinieron a felicitarme... Varios de los chicos invitaron a algunas de las alumnas a practicar con ellos, yo me quedé de espectador pero Sung-Yi se acercó preguntándome si quería practicar con ella como lo hacía con los demás alumnos. No supe que decir... Un alumno me dio su espada y me incitó a hacerlo, no pude negarme. Puedes creerlo o no, pero pudo conmigo. En un momento de la lucha se me quedó mirando fijamente y antes de darme cuenta ya estaba en tierra, cuando ya me tenía vencido en el suelo apareció el maestro, no sé lo que vio en la mirada de ella, con el tiempo si lo supe, se dirigió a nosotros, no olvido las palabras de él... ”Os enfrentareis a la muerte pero que sólo sea para imponer justicia, nunca olvidéis el valor de la vida humana, la propia y la ajena”

- Has dicho, se llamaba. ¿Acaso sabes que murió?
Gonzalo se estremeció. Tardó un poco en contestar  – Si Margarita, murió.
La muchacha percibió algo de tristeza en la voz de él por lo que desvió la conversación.  – Sígueme contando. ¿Qué clase de recompensa era la que solías tener?
Gonzalo de momento sintió algo de alivio - El maestro Lin-Chen, me obsequiaba con algún libro que otro, para mí, era un trofeo, los solía guardar en un arcón con mis pertenencias, también tenía guardado el dinero que había recibido por mis servicios en aquella casa, aunque no era mucho, al menos cuando volviera de Oriente tendría a donde echar mano... Tenía tantos proyectos en mentes, ¡tantos!

- En las noches, cuando me encontraba solo en mis habitaciones, mi mente volaba hasta aquí, hasta la Villa, pensaba en mis padres, en ti. Me pregunté por tantas veces el porqué no contestaste a mi carta antes de salir de la Villa. Durante un tiempo, te odié por ello y me odié a mí mismo porque no pude controlar aquellos celos que me llevaron a donde me encontraba en aquel momento. Creí que no querías saber nada de mí, que ya no me amabas, que no esperabas mi vuelta, luego, albergué la esperanza que por lo que fuera, no habías podido, no te había dado tiempo a contestarme y eso, me hizo tener más ganas de volver y contarte a ti como a ellos toda la experiencia y la formación que había recibido de aquel pueblo... El cariño, la hermandad, ni siquiera un criado en aquella casa del maestro, parecía que lo fuera. En una ocasión, le dije a mi maestro que en mis ratos de ocio quería ocuparlo en algo, quería volver a trabajar...

- Me contestó a eso, que ya había trabajado, que ya sabía que era ser hormiga, le dije que no me importaría seguir siéndolo, que quería ser útil y a la misma vez ganar algo de dinero para abrir esa posible escuela cuando volviera a la Villa, que no podía ni debía contar con mis padres pero que si me daba su consentimiento, quería buscarlo por mí mismo, no se negó. Desde aquel momento me dediqué en mis ratos libres a recorrer la ciudad en busca de una ocupación, la que fuera... Trabajé la tierra, recogí arroz... Las calores entre septiembre y octubre son sofocante a no sé qué te caiga de pronto una lluvia torrencial, eso allí, está a la orden del día. Recogí cosechas de azúcar, fui mozo de cuadras... Me gustaba estar entre caballos, aprendí a susurrarles y ellos me correspondían con sus caricias o con un simple relincho. Sabes demás, que mi padre me prohibió muchas veces que montara el suyo, según él, cuando volvía de la laguna traía loco al pobre animal pero yo no le hacía caso, en cuánto veía un momento lo volvía a hacer, luego, chica bronca era la que llevaba - no pudo evitar que algunas lágrimas afloraran a sus ojos color miel al recordar a su padre, al único que había conocido.

- Llegaba en las noches agotado, apenas tenía ganas de cenar y me iba directamente al tatami – al ver un poco contrariado el rostro de su esposa, no pudo menos que sonreír - Margarita, el tatami es una especie de colchón fino hecho con trenzado de pajas de arroz y está a ras del suelo.
- ¿Y tú podías dormir ahí?
- Al principio no... Me era imposible pero con el tiempo me acostumbré a tantas cosas... Un día, después de los entrenamientos con Lin-Chen, él me dijo que lo acompañara, que quería hablar conmigo y enseñarme algo. Le acompañé y subimos al piso superior. Aquellas casas, la mayoría tienen una sola planta pero la del maestro al igual que otras contaba con dos, pero desde que llegué a Cantón nunca había subido a lo que yo creía que podía ser a lo que aquí llamamos una buhardilla. Recorrimos un pasillo y nos detuvimos ante una puerta de madera de Zi-tan. Este tipo de madera es de gran calidad y peso y a veces, tan oscura como el ébano, Lin-Chen la abrió y me hizo entrar...

- Aquella habitación estaba en penumbra, mi maestro se dirigió hacia los ventanales y levantando las persianas de bambú dejó entrar la claridad dentro de aquella estancia. Mis ojos se quedaron asombrados al ver lo que guardaba aquella sala, allí tenía de todo, de lo más interesantes libros a las más sofisticadas armas de todos los tiempos, armaduras, escudos, grandes mapas... Me dijo que me sentara, lo hice en unos de los cojines que se encontraba alrededor de una mesa rectangular y donde encima de ella, había ciertos objetos en bronce dorado y marfil, representaban a guerreros japoneses. Ante la sorpresa que apreció en mí sonrío, entonces comenzó a contarme...

- Aquella sala donde nos encontrábamos perteneció a su padre. Su padre había nacido en Japón y fue un hombre que se dedicó al mercado de jade y antigüedades, era muy admirado y reconocido en su país... En un viaje que hizo a China por cuestión de su profesión conoció a la madre de Lin-Chen, se casaron y él dejó su país para establecerse allá. Cuando mi maestro terminó su enseñanza en el Templo, ante la petición de su padre le acompaño a Japón para conocer también la cultura y costumbres del lugar donde su progenitor nació, allí estuvo durante unos años... En Japón aprendió muchas cosas aparte de las que ya conocía a través de su padre, sobre todo conoció la cultura Ninjutsu. Después de regresar de aquel largo viaje, hizo su vista a Shen-Sein, fue entonces cuando conoció a Agustín...

- Me dijo que quería que enseñarme la cultura Ninjutsu, que estaba más que preparado para ello, era muy similar a la que estaba aprendiendo, de alguna manera los dos países estaban muy vinculados en sus culturas, enseñanzas, había una mezcla de todo ello, lo único que el tipo de ciertas armas era algo diferente. Este tipo de armas sólo la saben utilizar una persona con un buen adiestramiento, un buen guerrero. Según mi maestro, el principio máximo del Ninjutsu es llegar a tener un corazón benévolo y poder vivir acorde con sus diecisietes preceptos, para Lin-Chen, en el tiempo que llevaba con él, le había demostrado de sobra que dentro de mí guardaba mucho de esos preceptos... Ante lo que me estaba exponiendo, sólo le pude decir que él, era el maestro y yo su discípulo y acataba lo que él decidiera.




Margarita tenía cierta curiosidad y preguntó para satisfacerla – Dime Gonzalo, aparte de maestro, de enseñar todo lo que me estás diciendo ¿Tenía otros haberes? porque como maestro si me supongo que tendría unos ingresos.
Gonzalo sonrío acariciando la mejilla de su esposa y negó con su cabeza – No Margarita, él no tenía ingresos como maestro... Él por impartir su enseñanza no percibía nada, enseñaba porque era el cometido que se había impuesto, aunque él no hubiera sido un hombre con posibles, sus creencias y principios no se lo hubieran permitido.

A la joven, la repuesta de su marido la dejó un poco confundida - Entonces, ¿de qué vivía?
- Pues aparte de ser maestro, Lin-Chen era traductor, a él le llegaban toda clase de documentos y los traducía en diferentes idiomas, por eso si percibía una remuneración, la cual la destinaba a ayudar y mantener el Templo y a todo aquel que necesitaba de él... Con tan sólo muy poco mantenía su casa y a las personas que le servían y a las cuales, nada les faltaban. La gente del pueblo siempre agradecía a mi maestro algún gesto que otro cuando se encontraban con ciertos problemas, Lin-Chen, nunca los dejaba abandonado a su suerte. Cuando yo llegué a él, en ese tiempo no tenía alumnos que enseñar por lo que estaba completamente entregado a su trabajo, al aparecer yo, supo hacerlo de manera para que nada repercutiera tanto en su labor como traductor, como en mi enseñanza.

- ¿No sabes por qué nunca se casó?
Gonzalo volvió a sonreír – Según él, se le pasó el tiempo. Aunque era todavía un hombre joven, el haberse dedicado a su enseñanza con tanto esmero, luego, el tiempo que le llevó en Japón instruyéndose y después su trabajo como traductor, hizo que pasara el tiempo sin pensar en mujer alguna.
- Vamos, que se le pasó el arroz, y sígueme contando porque te he cortado por mi dichosa curiosidad.
Gonzalo río ante la ocurrencia de ella. Al percibir el rubor de su esposa se inclinó – Me encanta esa curiosidad tuya – tenía tan cerca los labios de ella, que hubiera sido muy fácil besarla pero no, aún no debía. Se incorporó en la silla y prosiguió su contar.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Mar Dic 20, 2016 1:37 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,40


- Pues con lo que mi maestro me había expuesto, fui aprendiendo nuevas técnicas en mi enseñanza y con ellas fue pasando el tiempo, los días, los meses, los años y con ellos, sus épocas de calores, de lluvias torrenciales que eran muy frecuentes y un solo invierno de nieve... Cada vez veía más cerca mi vuelta, presentía que estaba a punto de terminar mi aprendizaje... Mi maestro se sentía orgulloso, según él, sólo me faltaba un poco, sólo un poco más de adiestramiento con dos de aquellas armas, pero sobre todo la que más falta le hacía al guerrero que junto con el ropaje, un guerrero no está completo y a mí, parecía que aquel arma se me resistía.

Gonzalo por un momento guardó silencio. Margarita pensó que se estaba tomando un respiro pero no pudo dejar de preguntar - ¿Que... ¿qué armas eran esa?
Él, buscó sus ojos para mirarla – Las armas que más se me resistían era el bo, es una especie de bastón, como un palo largo y la otra, la katana, ella se me resistía. Su manejo es diferente al de la espada por lo que ahí tenía el problema.
- Con referente a ese arma, al bo... Por eso aquel día en la romería pudiste defenderte de la forma en que lo hiciste ante Juan ¿no?

Gonzalo no podía dejar de sonreír ante los comentarios de su esposa – Recuerdas que yo no fui el que gané.
- Ya... Ahora sé que te dejaste ganar, que no quisiste ser el vencedor para que nadie pudiera extrañarse de que un simple maestro, pudiera tener esa destreza con aquel palo pero ya eso pasó... Te he vuelto a interrumpir, sigue por favor, quiero seguir escuchando de ti, todo lo que viviste tan lejos de aquí.

- Una noche, uno de  los habitantes de la aldea vecina, vino a galope tendido con su caballo, nos dio el aviso que estaban atacando al pueblo. Eran mercenarios pagado por uno de los señores feudales de Cantón por haberse retrasados en el pago de los impuestos y que no estaban respetando nada ni a nadie. Ellos, los hombres de la aldea no eran suficientes para detener a aquellos mercenarios y pedían nuestra ayuda... Los hombres jóvenes y que ya habían conseguido su formación no lo dudaron, se prepararon para salir lo antes posible equipándose de sus armas. Tanto mi maestro como yo, estábamos fuera de la casa viéndoles marchar...

- Sabía, que él, iba a acompañarles, Lin-Chen, antes de meterse dentro de la casa me miró, con su mirada me lo dijo todo. Sentí una gran desilusión cuando comprendí que a mí me dejaba fuera, que yo todavía no estaba apto para ello. El ama Xiaomei se me acercó e intentó que comprendiera pero la rebeldía me salió a flote, sin decir palabra corrí hacia mis habitaciones, con gran rapidez saqué del arcón aquella katana, la dulce voz de Xiaomei se escuchó detrás de mí diciéndome, que si estaba empeñado en ello y me sentía capaz, que no desistiera, sólo necesitaba coger las armas que debía, que el caballo me esperaba ante la puerta, ya uno de los criados lo había ensillado. Tomé del arcón lo que necesitaba, miré fijamente la katana y tragando saliva la envaine en la funda que me había cruzado en el pecho. Besé en la frente al ama y cubriéndome parte del rostro con un lienzo de seda que ella me ofrecía, salí de la casa montando mi caballo...


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- Partí a galope, sabía que me habían ganado en distancia, pero tenía al caballo bien entrenado, si me respondía como creía, llegaría casi a la misma vez que ellos. Fue una gran incertidumbre la que me invadió mientras galopaba a la aldea vecina, no sabía lo que me podía encontrar. Durante la batalla de Flandes, había visto de todo pero luchábamos entre soldados, aunque algunos como yo, ni siquiera teníamos ese rango, pero al menos, luchábamos por defender nuestras vidas, nuestros ideales... ¡Pero aquella gente! aquellos aldeanos, eran gente sencilla, no sabían nada de milicia, sólo se dedicaban a vivir tranquilos trabajando por poco sueldo o trabajando sus propias tierras para criar a sus hijos y hacerlos hombres de bien. Desde lejos divisé las llamas que me imaginaban que salían de sus cabañas. Una gran rabia se apoderó de mí, espoleé a mi caballo y lo incité a correr todo lo que pude. Cuando me di cuenta me encontré entre el fragor de la lucha...

- De momento, me quedé impactado, no supe reaccionar. Las cabañas, construidas de paja y bambú ardían por sus cuatro costados, las mujeres intentaban proteger a sus pequeños hijos y ayudar a los ancianos huyendo fuera de la aldea, los hombres más jóvenes, intentaban defender a los suyos con las únicas armas que tenían, alguna espada y sus aperos de labranzas... Reaccioné al escuchar gritar mi nombre, Lin-Chen, me había visto llegar, al oírle gritar mi nombre comprendí que si yo estaba allí, era por algo. No lo pensé, desenvainé la katana y arremetí con el primer sicario que vino hacia mí, pero no fue ese sólo, luego vino otro y otro... Estaba ciego por lo que veía a mí alrededor... Los gritos de las mujeres, los llantos de los niños...

- Ni siquiera supe como el caballo resbaló y al caer, la katana se me escapó de la mano... Uno de los hombres de aquel tirano venía a caballo para caer sobre mí, sabía que era imposible rechazar aquella acometida pero viendo venir el peligro hice un viraje en el suelo pudiendo hacerme de mi arma. Me puse en pie con gran ligereza y agarrando con las dos manos la empuñadura, alcé los brazos en el momento que aquel mercenario con  su caballo estaba a punto de caer sobre mí, a la mima vez que me apartaba de su alcance, volteando mi cuerpo, le asesté un golpe mortal haciendo caer tanto al jinete como a su caballo. ¡Yo mismo no daba crédito a lo que estaba viendo! No pude evitar las lágrimas, después de la guerra y aquella muerte en duelo, no había vuelto a matar y aquella noche, lo había vuelto a hacer y no fue a un sólo hombre, no fue a uno solo pero cuando volví el rostro... Cuando volví el rostro y vi la desolación que se abría ante mis ojos, comprendí, comprendí que sólo la justicia podía acabar con tantos desmanes...

- Ya el silencio había caído sobre la aldea. Algunos... algunos de los hombres ayudaban a apagar el fuego, otros, se disponían a incinerar a los que habían caído. Los que habían logrado sobrevivir a tanta barbarie, aquella noche no tendrían techo donde refugiarse. Algunos de nuestros vecinos habían caído heridos y otros, habían resultado muertos, un gran nudo se me hizo en la garganta y en mi pecho, una gran opresión me atenazaba... Sentí una mano sobre mi hombro, Lin-Chen, me habló. Me dijo que no me afligiera, que ellos habían idos hasta allí sabiendo a lo que se exponían, al igual que yo, que habían muerto para defender otras vidas a costa de las suyas y eso, les honraban.




Por un momento, Gonzalo interrumpió su historia, veía a su esposa algo afectada. La muchacha no pudo evitar las lágrimas al escucharlo hablar y verlo como se emocionaba, como las lágrimas afloraban a los ojos de su marido al recordar tanto desatino por parte de aquellos crueles hombres.

- ¡No Margarita! No quiero que llores, si vas a ponerte así no te sigo contando nada más
Le tomó las manos y se las apretó con fuerza – Por favor cálmate – le levantó la barbilla viendo sus ojos negros como la noche arrasado por el llanto.
- No... no te preocupes, es... Es que no lo he podido evitar al escucharte... En todos lados, sin importar la distancia, los años, en todos, la injusticia es la que predomina.
- Esperemos que un día, eso ya no sea así - lo dijo mientras le acariciaba el cabello.
Margarita se dejó caer en el almohadón cerrando los ojos. Inconscientemente comenzó a balancearse. Gonzalo sonrío al contemplarla – Creo, que es el mejor momento que dejes que te invada el sueño.

Ella abrió los ojos – No podría... no podría hasta que termines de contarme. Tengo necesidad de saber que te dijo tu maestro al verte allí, en aquella aldea, con ellos.
Gonzalo se dejó caer en el respaldo de la silla – Sólo me dijo, que me esperaba, que sabía que no iba a quedarme en la casa con mi orgullo herido ante su negativa, nada más eso me dijo... Nos dedicamos a la triste tarea de cargar a los muertos, a nuestros vecinos, amigos en sus caballos para entregárselos a sus familias y con los habitantes de la aldea que sobrevivieron, iniciamos la vuelta al pueblo. Aquella noche era imposible que se quedaran allí. A la mañana siguiente les ayudamos a levantar de nuevos sus cabañas.

- Cada día que pasaba era un día menos para mi vuelta. Ya algunos alumnos del Templo lo habían dejado, algunos para seguir una vida normal dentro de la formación recibida... Se casarían y tendría hijos, otros, seguirían en el Templo para ordenarse como monjes, algunos como el maestro, impartiría las enseñanzas que habían recibido sólo por el hecho de enseñar, de llevar su doctrina a quien lo necesitara, después, irían llegando más, todo era como una cadena, sólo quedaba yo, sabía que era cuestión de días... Mientras esperaba la decisión del maestro seguía practicando con mi cuerpo y con la katana... Lo que me parecía raro, que no había vuelto a tocarme el tema sobre ella...


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- Una mañana, después de mi entrenamiento en la Montaña Nube Blanca, decidí como norma tomar ese lugar para mi adiestramiento, desde allí, se veía una estampa hermosa...Veía al Río Perla abrirse hacia el mar, un mar que me traería de nuevo a ti... Cuando volví a la casa, me esperaba en la puerta Xiaomei, siempre me esperaba con una toalla en sus manos para secar mi sudor y mis cabellos. Haciendo esto, me dijo que él me esperaba, la miré, ella sólo se encogió de hombros. Sin siquiera cambiarme de ropa me dirigí a su sala de meditación, abrí las puertas a un lado y a otro y entré. Cerré y esperé en silencio a que Lin-Chen terminara...

- No tardó en hacerlo y levantando su mirada pero sin moverse me dijo que parecía impaciente por saber... Me mantuve callado, de nada me serviría insistir cuando sólo dependía de él, se levantó bajando de la tarima, me dijo que lo acompañara, así lo hice...
Le seguí a la estancia que para mí era la que más me gustaba de la casa, la que perteneció a su padre. Se acercó a dos baúles y levantando la cubierta de ellos me dijo que todo aquello era mío, le miré boquiabierto, le dije que no jugara conmigo, que eso sólo podía ser una broma. Me dijo que nunca jugaría con algo así... Aquello perteneció por años a su familia y fueron pasando de unos a otros hasta llegar a su padre y luego paso a él, al no haberse casado y no tener hijo alguno, me lo cedía a mí... No quería, que el día que faltara, aquello cayera en manos de quien no debía y no supiera darle el uso debido, el de la defensa de uno mismo y el de los demás... En aquellos baúles había armas de todas clases y de muchos lugares del mundo, libros que contenían una gran enseñanza, tanto de Oriente como de Europa...

- Allí, en aquellos baúles, él, tenía guardado toda una historia... Al ver que me mantenía callado por la sorpresa, me dijo que si así había reaccionado con aquello como iba a reaccionar cuando me dijera que dispusiera de mis cosas cuánto antes, ya que dentro de unos días marchaba de vuelta a casa, que ya daba por terminado mi aprendizaje... Intuía, que era cuestión de días el saber por él que ya estaba listo para irme, pero en aquel momento sentí que algo se rompía dentro de mí... Había sido mucho tiempo, quizá, demasiado y de alguna manera aquella casa, aquel hombre, aquel país, representaban mucho en mi vida. No pude evitar que las lágrimas afloraran a mis ojos, me abracé a mi maestro y él me apretó con fuerza contra él... Me apartó mirándome a los ojos y alargó la mano tirando del cordón de la campanilla avisando a alguien de la servidumbre. No tardó en aparecer el ama Xiaomei, traía algo con ella...

- Lo que era, venía envuelto en un lienzo de seda negra, se lo entregó al maestro y Lin-Chen me lo entregó a mí. Pregunté que era, mi maestro sólo dijo... ”Es tuyo, tienes que abrirlo para saber lo que contiene” Ante la mirada de uno y otro lo desenvolví... Me quedé asombrado, era un traje de guerrero al completo. El maestro emocionado me dijo que le había pertenecido, que fue su propio padre quien lo mandó hacer para él pero que no le había dado lugar a ponérselo y quién mejor que yo para que lo vistiera... Que aquella noche, en la aldea a la que fuimos a socorrer, supo de lo que yo era capaz. En aquel momento al verme luchar, comprendió que tenía ante él a un guerrero, a un hombre que podía impartir justicia, que ya nada tenía que aprender de él, que estaba seguro, que si un día me veía obligado a vestirlo, que no olvidaría el cometido que tenía...

- Yon-Hao, pasó a recogerme a los cinco días, llegaba con un carro tirado de una mula, lo cargamos todo. Había llegado a aquel lugar sin nada, sin embargo, no volvía de vacío. Quería alargar el momento de la despedida pero no lo podía dejar por mucho tiempo, tenía que marchar. El día anterior subí al Templo y me despedí del monje Shen-Sein... Percibí sus ojos cansados, puso su mano en mi hombro y me dijo que llevaba mucha sabiduría dentro de mí, que había sabido ser un buen alumno, había captado la enseñanza recibida por Lin-Chen...

- Tanto mi maestro como el ama me acompañaron al embarcadero... Sentí una gran congoja al despedirme de aquella menuda mujer, Xiaomei fue una madre para mí, vi lágrimas en sus ojos como ella los vio en los míos... Me acerqué a Lin-Chen, no hubo mucho que decir, ni por parte de mi maestro, ni por la mía. Nuestras miradas dijeron más que las palabras, nos abrazamos... Con lágrimas en sus ojos me deseó suerte y que nunca olvidara todo lo que había aprendido. Estaba seguro que yo también sería un buen maestro...


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- Embarqué en aquel junco bajo una puesta de sol que estaba por dejar su dorada luz... Asiéndome a una de las cuerdas que provenían de sus dos grandes velas, no dejaba de mirar hacia las dos personas que seguían allí, al pie del embarcadero mientras el junco se deslizaba por el Río Perla para adentrarse en el mar. Sentí un gran nudo en la garganta, ellos habían sido mi familia en esos años... Mis ojos como los de Lin-Chen, no dejaron de perderse en la lejanía hasta que las sombras de la noche nos envolvieron en su abrazo. Con una gran congoja que atenazaba mi garganta me dejé caer en uno de los asientos junto a Yon-Hao, varios hombres que no conocía eran quienes estaban pendientes del barco, unos de ellos, conducía el timón hacia Manila para dejar mercancías a base de hermosas sedas. La noche había caído y sólo las luces que desprendían las velas de los farolillos colgados en varios tramos del barco, era lo que nos alumbraban...

- Durante el trayecto, agradecí a Yon-Hao todos los favores. Según él, todo lo que estuviera relacionado con Lin-Chen siempre sería un honor hacerlo aunque tuviera que rodear la provincia mil veces teniendo el delta tan cerca de la ciudad, sonreí emocionado... Después de varios días de viaje nos adentramos en el puerto de Manila. No mucho, después de embarcar las sedas en el mercante, desde la borda vi marchar al junco de regreso a Cantón, sólo quedaba muy poco para que amaneciera y aquel galeón se pondría en marcha dirección a Nueva España y desde allí, de regreso a la Villa... Después de poco más de cuatro años, volvía a casa... Cuatro años, una eternidad para mí.




Gonzalo suspiró profundamente, en sus ojos había brillo de lágrimas. Para él, recordar todo aquello y habérselo contado a ella, a su esposa, le había causado una gran emoción.
Buscó la mirada de Margarita. Ella tenía anegada la suya, presuroso, fue a limpiar con sus dedos cada lágrima que resbalaba de sus pupilas.

– No Margarita, no llores, no te aflijas por lo que te he contado, tú no... Ya llevas bastante llorado para que lo que tengas que escuchar de mí, también te haga llorar.
- Por lo visto soy llorona por naturaleza, hasta hace poco no lo descubrí y lo que me has contado, no puede dejar impasible a nadie, aunque ese alguien sea yo.
Gonzalo apartó la silla y se puso en cuclillas ante ella tomándole la mano libre y apretándosela con fuerza – No digas eso. Tú... tú nunca has sido impasible ante nada.
- Sabes que sí. Me negué a escucharte, a saber de ti lo que ahora me estás contando... Por más que lo intenté algo me lo impedía, sin embargo, sabía que tú sufrías por ello y yo... Yo no hice nada por evitarlo.

- ¡Pero lo has evitado! Ahora lo estás haciendo, me estás escuchando pero eso si, por hoy se termina la conversación, debes descansar, ya mañana será otro día. Voy a subirte algo de cenar y te acuestas.
- No se me apetece nada. Todavía tengo el miedo de esta mañana metido en el cuerpo y con la leche que he tomado, ya es suficiente.
- Fuiste muy ¡pero que muy valiente! y algo debes comer y la leche es poca cosa, así, que nada de negativa, bajo y te subo algo.

Gonzalo se incorporó y rozando con sus dedos el cabello de ella, tomó la bandeja y se dirigió a la puerta, la abrió volviendo la mirada hacia su esposa luego, salió entornándola.




Sátur trajinaba en la cocina y Alonso con Murillo jugaban ante de la mesa. Sátur se quedó mirando a su amo.

– Amo, que ha tardao mucho en bajar ¿Pasa algo? No se encuentra muy bien su esposa ¿verdad? aunque por la cara que le veo no se tiene que encontrar tan mal.
- Está molesta, cansada, pero ¿sabes una cosa? ¡Me ha escuchado Sátur! ¡Ha querido escucharme!
- Amo, ¿qué dice? – el buen criado y escudero miraba a su amo todo asombrado.
- Si Sátur, iba a salir de la habitación cuando me dijo que quería saber... Que quería saber que hizo convertirme en un guerrero.
- ¿Y se lo ha contao todo?
- Sátur, todo no he podido contárselo... De momento sólo le he contado mi tiempo en China. Está muy cansada para que siga escuchando todo lo que vino después, ya mañana si ella quiere, sigo con mi pasado.

El fiel criado y amigo se sentó junto a su amo – Amo, no sabe lo feliz que me siento por usted que ella se haya decidío ¡No sabe cómo!
- Lo sé Sátur, yo también me siento feliz. De alguna manera, esto me hace albergar la esperanza que pronto mi esposa termine por asumir quien soy para que pueda volver a verla sonreír y sobre todo, para poder abrazarla, besarla. ¡Es tanto lo que lo ansío!
- ¡Claro que si amo! Tenga por seguro que todo eso llegará y ahora, voy a seguir con la cena. El caldo ya está caliente pero voy a asar unos choricitos.
- Más que todo por eso he bajado. Voy a llevarle algo para que cene aunque me ha dicho que no tiene apetito.

Gonzalo se había levantado y siguió a Sátur hasta la cocina, el hombre movió la cabeza - Pero amo, eso no es nuevo, si su esposa nunca tiene hambre. Come menos que un pajarillo ¡pero eso sí! hay que obligarla como hacemos con Alonsillo.
- Si Sátur, hay que obligarla pero ya te dije en el almuerzo que hoy no podría hacerlo, le voy a poner algo de caldo y una manzana nada más. Mientras yo le subo esto, tú ve preparando una infusión, eso la ayudará a dormir - mientras hablaba, lo iba colocando todo en una bandeja.

- ¡Padre! ¡padre!...- Alonso se había levantado de la mesa y se acercó a su progenitor - ¡Padre, que regalo más guay le han regalado a tía Margarita! ¿Nos vas a enseñar a leer ese reloj?
- Claro Alonso, ya verás que es algo muy sencillo pero ni siquiera lo toquéis. Es un regalo muy valioso y ahora voy a subir esto a tu tía.
- Deja Gonzalo, he bajado.

Gonzalo levantó su mirada al escuchar su voz – No debías haberlo hecho, puedes marearte como en la tarde...Anda, ven, siéntate - le había salido al encuentro.
- Voy... voy al establo - lo dijo con muy poca voz.
- Me parece bien, yo te acompaño.
-Pue... puedo sola.
Gonzalo percibió el azoramiento de su mujer – Está bien, pero ante cualquier cosa, me avisas ¿vale?

Margarita asintió y arrebujándose en la toca se dirigió a la puerta del establo, la empujó saliendo de la sala. Su cuerpo se estremeció, hacía frío pero en aquel momento no llovía.

Alonso observó a su tía perderse en el establo – Padre, la tía Margarita no está bien otra vez ¿verdad?
- Sólo está un poco lastimada, el brazo se le ha resentido y eso le hace sentirse un poco mal, pero eso será cuestión de días, ya verás.
- Es que tengo unas ganas de verla reír y cantar. Es que hace ya un tiempo que siempre está triste.
- Alonso, dejará de estarlo, eso puedes creerlo. Anda, sigue con Murillo, voy a ir a la puerta.

El crío volvió junto a su amigo y Gonzalo se acercó a la puerta de la cuadra, se dejó caer sobre ella. Margarita no tardó en salir cerrando la puerta del cuartito, al volverse, vio que allí estaba él, esperándola. Volvió a abrigase con la toca.

– Hace frío.
- Lo hace. ¿Cómo te has encontrado?
- Me duele todo el cuerpo.
- Es normal, por lo menos un par de días vas a estar dolorida. ¡Pues si que hace frió! - se frotó sus brazos al decirlo - No me extrañaría que esta noche pueda caer las primeras nieves, el airecillo que hace puede traerla y ha dejado de llover por lo que no me parece raro. Me da la sensación, que este año se van adelantar.
Habían pasado al interior y poniéndole una mano a la muchacha en la espalda la llevó a una silla. Margarita se sentó, se lo quedó mirando – Lo que me extraña es que tú tengas frío, aunque no debía, ya que sólo llevas la camisa.

- Sabes que me es imposible usar camiseta debajo de la camisa, me estorba - se lo dijo con una sonrisa.
- Sí, claro que lo sé - de nuevo volvió a turbarse. Dirigió la mirada a los niños - ¿Y vosotros que hacéis?
Alonso de quedó mirando a su tía - ¡Pues jugar tía Margarita! ¿No lo ves?
- Claro mi niño, la tía es tonta.
Alonso rodeó la mesa acercándose a su tía echándole los bracitos al cuello - ¿Sabes tía? ya quiero que te pongas buena del todo para que vuelvas a ser la de siempre... Yo no quiero que estés triste.

Gonzalo y Sátur desde la cocina observaban la escena.

Margarita tomó entre sus manos la carita de Alonso y muy emocionada hizo que la mirara a los ojos – Alonso, cariño, esto que tengo es algo pasajero, ya verás que muy pronto me recupero y dejaré de estar triste, ya verás que es así.
El pequeño asintió con la cabecita – Pues ponte pronto buena que me tienes que volver a coser la pelota, otra vez se ha descosido.
- No te preocupes, ya mañana te la coso.

Sátur les dio un toque a los niños – En cuanto a la pelota, tened cuidao a donde la dejáis caer, que la otra tarde, Faustino el verdulero me llamó la atención. Según él, dejasteis caer la dichosa pelota en su puesto y algunos tomates se lo echasteis a perder y que si lo volvéis a hacer, iba a hablar con tu padre Alonsillo.
Gonzalo se quedó mirando a Sátur – No me dijiste nada Sátur.
- ¿Pa’ qué? Esos tomates estarían más que pasao y quería echarle las culpas a la pelota y a los niños.
- Pero no tienen porque jugar entre los puestos, para eso está la plaza que la tenemos al lado. Bueno, a recoger el juego que vamos a cenar, Murillo, tu madre está tardando esta noche, cenas con nosotros y cuando ella venga a por ti ya te vas derecho a la cama, que mañana si hay escuela.

Los pequeños fueron recogiendo la mesa de soldaditos metiéndolos en una caja de madera. Alonso se la llevó para su cuarto no tardando en volver – Padre, ¿tú crees que nevará esta noche?
Gonzalo ayudaba a Sátur a poner la mesa – Puede ser. Hace bastante frío y ha dejado de llover, por el aire que corre y el cielo como está, no me extraña.
- ¡¡Qué guay!! ¡Murillo, si nieva lo bastante ya podemos hacer muñecos de nieve!
- Alonso, todavía no caerá la nieve suficiente para eso - mientras hablaba con su hijo iba poniendo los platos en cada lugar, de vez en cuando observaba a su esposa. Se mantenía muy callada.
- Bueno, aquí está el caldo calentito, he frito unas rebanás de pan para el que quiera echárselo, aparte están los choricitos.

Sátur colocó sobre la base de esparto la olla de barro y procedió a llenar los platos con aquel humeante y oloroso caldo que no le faltaba su matita de hierbabuena. Fue a sentarse cuando llamaron a la puerta. Fue abrir.

- Buenas noches Sátur ¡Pero qué frío hace por Dios!
- Lo hace Cata, anda siéntate y cena, la mesa ya está puesta.
Catalina entró en la estancia acercándose a la mesa, ya Gonzalo le acercaba una silla. Se sentó junto a Margarita - ¿Y tú cómo andas? Por la cara, nada bien.
- No Cata, no estoy tan mal, sólo es el brazo que me molesta un poco. Vienes muy tarde.
Catalina miró a su amiga – ¡Pues más tarde quería que me viniera! ¡Ella como no echa cuenta de su hijo se cree que las demás también podemos tener a los hijos abandonados!
El rostro de Gonzalo cambió nada más hablar Catalina – Cata, ya sabes que hablar en esta casa de la cosas de Palacio, no nos interesa.

- ¡Ay Gonzalo perdona! a veces no me doy cuenta.
- No... no tienes que pedir perdón y ahora, cenemos este rico caldo.
Procedieron a cenar conversando animadamente. En un momento determinado, Alonso hizo una exclamación - ¡Tía, que no te lo he dicho! Es que cuando volvimos de casa de Cipri en la tarde, Sátur me prohibió que subiera, me dijo que estabas descansando... ¡Tenías razón tía! ¡La tuviste toda!
Margarita detuvo la cuchara en su mano mirando a Alonso sin comprender – Mi vida no te entiendo ¿En qué tenía yo razón?
- ¡Águila, tía! ¡Águila logró salvar a ese niño! ¡Cómo me hubiera gustado verlo!

Gonzalo, apreció que la palidez de su esposa se acentuaba pero comprobando a la misma vez que se recomponía y contestaba a su hijo.

– Ya... ya ves que te lo dije. Era imposible... Era imposible que ese hombre dejara a ese pequeño en manos de un verdugo.

Mientras lo decía, dirigió su mirada hacia su marido. Éste, con la suya le decía que lo estaba haciendo más que bien. Un ruido en el patio como de haberse caído algo hizo que Gonzalo se adelantara a Sátur y fuera a ver. Descorriendo el pestillo abrió la puerta. El frío le dio en pleno rostro. Buscó con la mirada la causa de aquel ruido comprobando que un baño de zinc que solía estar de pie apoyado en la pared, se había escurrido de ella. Fue a volver sobre sus pasos cuando percibió que lloviznaba, levantó la mirada al cielo. No era agua de lluvia, como él había intuido anteriormente, era nieve lo que estaba cayendo. Sonrío.

- ¡Alonso! ¡Murillo! ¡Venid!  ¡Daos prisa!

Los niños, al escuchar la voz de Gonzalo cruzaron sus miradas y levantándose de la mesa corrieron hacia el patio. Las caritas de ambos se iluminaron de alegría.

- ¡Está nevando! ¡Es nieve lo que cae Alonso! ¡¡Yupiiiiii!!
- ¡¡Qué guay padre!! ¡¡¡Que guay!!!!

De lo que apenas se apreciaba y que antes de que llegara al suelo ya se había convertido en agua, fue en aumento, ya lo que caía eran auténticos copos de nieve. Los niños saltaban de contento intentando coger con sus manitas los copos blancos como el armiño. Ante el júbilo que tenían formado en el patio, tanto las mujeres como Sátur quisieron ser participes de aquel jolgorio.

Margarita se arrebujó en su larga toca. Gonzalo se acercó a ella poniéndole una mano en el hombro – No debías estar aquí, puedes coger más frío.
La muchacha alzó la mirada – No importa, es algo bonito de ver, lo que si voy a hacer es poner a cubierto las macetas, la nieve puede hacer estragos en ellas.
- Espera, ya lo hago yo - salió de debajo del techado y yendo donde estaban las macetas las cogió y las dejó bajo cobijo donde nos les cayera directamente la nieve. Volvió a donde estaba su esposa – El jazmín es el único que no puedo poner a cubierto.
- Ya, pero ante eso nada se puede hacer. Esperemos que este invierno no nieve mucho para que sus hojas no las marchite el frío, en la primavera deben florecer.
- Seguro que es así. En la primavera, lo verás cuajado de flores.

Por un momento les pareció que estaban solos. La voz de Catalina les hizo recordar que no era así – Nosotros ya  nos vamos, Margarita, mujer, alíviate.
-  Eso quiero yo. Anda, vamos para dentro.
Gonzalo hizo que Alonso dejara el patio casi a la fuerza – Alonso, es que no se puede contigo. He dejado que veas caer la nieve pero lo que no puedo dejarte es que estés debajo de ella tanto tiempo y con el frío que hace.
- ¡¡Uff padre!! Es que quería estar un poco más... Quizá mañana no vuelva a nevar.

- Alonso, hay un invierno largo por delante, ¡fíjate si tienes nieve para ver y tocar!
Margarita acompañaba a Catalina y a Murillo hasta la puerta - ¿Te dijo Marta que estuvo aquí con Irene?
- ¡Ay Margarita, claro que me lo dijo! ¡Qué detalle el de la señorita Irene!
- Ha sido más que un detalle, mira, aquí lo he puesto - se había acercado al mueble y tomó entre sus manos el reloj – Es precioso y ya ves, te está diciendo que son cerca de las diez de la noche.
- ¡Qué tarde! Vamos Murillo y ponte esta chaqueta bien que hace mucho frío... Margarita, hasta mañana, que descanses.
- Lo mismo te digo.

Había abierto la puerta y Catalina, abrigándose en su toca tomó a Murillo de la mano bajando la escalera de entrada. Margarita esperó a verla entrar en su casa, luego, cerró la puerta y fue a poner el reloj en su sitio. En ese momento las campanas de San Felipe daban diez toques. Sintió frío, sólo estaba abrigada con su toca ya que sólo tenía el camisón puesto y las piernas las tenía al aire, sólo unas cortas calcetas cubrías sus menudos pies dentro de unas zapatillas en chanclas. Debía irse a la cama, sentía el cuerpo cortado. Gonzalo todavía intentaba hacer entrar en razón a Alonso.

- Yo no sé vosotros, pero yo me voy a la cama, quiero estirar las piernas en ella.
Gonzalo preguntó muy preocupado - No te sentirás peor ¿verdad?
- Sólo estoy cansada.
- Vete para arriba y te acuestas, yo en cuanto convenza a Alonso te subo un infusión para que puedas descansar mejor.
- Váyase mujer, que en estos momentos le preparo esa infusión y va a descansar como los mismos ángeles.
- Entonces, hasta mañana Sátur, Alonso, ¿no le das un beso a la tía?
- ¡Claro que si tía Margarita! Hasta mañana – se abrazó a la muchacha dándole un beso en la mejilla. Ella le correspondió con todo el amor que le tenía. Para ella, Alonso era más que un sobrino.

Tomó una palmatoria y se dirigió a la escalera. Sentía una gran pesadez en las piernas. Entró en su cuarto y depositando la vela en la mesita se quitó la toca dejándose caer en la cama. Suspiró profundamente. Se deshizo la trenza y con sus mismos dedos se atusó el cabello para volver a trenzarlo, se descalzó y metiendo las piernas se cubrió con las ropas de la cama. Se dejó caer en los almohadones, aunque el brazo le dolía no quiso ponerse el cabestrillo, se sentía muy incómoda con él, parecía que le tiraba del cuello.

Quería que la invadiera el sueño pero su mente no dejaba de dar vuelta a todo lo que había escuchado de Gonzalo aquella tarde. ¡Cuánta enseñanza se trajo con él! Cuántas vivencias pero también cuánto esfuerzo. Todo lo que había escuchado de él la había emocionado y más que nunca, su admiración por su marido se sentía desbordada, sólo había algo que enturbiaba su esencia de mujer y que no podía dejar de pensar en ello. Aquella mujer que tuvo en China. ¿Hasta dónde llegó el cariño por parte de él? ¿Era verdad que la quiso pero nunca llegó a amarla? Qué importaba lo que sintió realmente, ella nada podría reprocharle, ella menos que nadie pero sin embargo, el no saberlo con certeza le dolía. Dolía ese cariño de él por aquella mujer de su pasado.

Sus ojos se fueron cerrando pero un roce hizo que los abriera. Gonzalo estaba ante ella con un tazón de humeante infusión – Parece que te estabas quedando dormida.
- No sé, parece que sí.
- Anda, tómatelo, te relajará.

Margarita se incorporó sólo un poco. Tomando de las manos de Gonzalo el tazón comenzó a beberlo a pequeños sorbos

- Mientras te lo tomas, bajo los braseros. Hace frío y esta habitación tiene que estar a buena temperatura.

Así lo hizo. Antes de que ella terminara de beber la infusión ya tenía los braseros allí, en la habitación hasta arriba de ascuas. Cogiendo la silla, se sentó junto a la cabecera - No he echado alhucema porque de noche no es conveniente.

Margarita asintió con la cabeza y tomando el último sorbo, le entregó el tazón. Gonzalo lo tomó sin poder evitar rozar sus dedos con los de ellas. Tanto uno como el otro sintieron que sus cuerpos se estremecían. Ella fue la primera que apartó su mano, no quería sentir. Gonzalo sabía que ella había tenido la misma sensación, ese deseo que él anhelaba cada vez que la tenía cerca y que tan sólo el perfume de su cabello, lo hacía embriagarse de toda ella.

- Bueno, pues ahora intentas descansar. Si necesitas algo o te aumenta el malestar, no te apures en llamarme y te doy algo para el dolor.
Fue a levantarse pero la mano de ella sobre la suya lo detuvo - Gonzalo, ¿qué pasó a la vuelta? Quiero seguir escuchándote.
Él, un poco confundido volvió a sentarse – Margarita, es tarde, estás cansada. Mañana seguimos hablando.
- El sueño se me ha pasado y para estar desvelada prefiero que me sigas contando, claro, si tú quieres.
Gonzalo se echó para adelante - ¿Cómo no voy a querer? pero me preocupa tu malestar.
- Voy... voy a estar bien. ¿Qué... ¿Qué pasó a tu vuelta? ¿Qué pasó cuando dejaste China?

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Vie Dic 23, 2016 10:53 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,41




Richard Blake, un hombre de palabra.


- Sobre mi viaje de vuelta ya te he conté algo por encima y como conocí a Mariana pero como todo, me vi obligado a ocultarte muchas cosas de esa travesía... Nada más amanecer bajé al puerto y busqué un sitio donde pudieran cambiar el dinero que llevaba conmigo por moneda española, luego, hallé un tenderte donde pude comprar ropa occidental. No dejaba de haber movimiento en el muelle, eran continuas las subidas de mercancías al barco... Manila tenía una gran riqueza entre sedas orientales y otro tipo de objetos de gran valor como el marfil, el nácar, las especias... Su destino, Nueva España... El galeón partiría de Manila a Acapulco y por tierra llevarían la mercancía hasta el puerto de Veracruz, para los pasajeros, nos tenían dispuesto un barco de poca envergadura hasta ese mismo puerto y de allí, partiríamos en otro galeón hasta Sevilla...

- Mariana acompañaba a sus padres en su viaje a Manila para la compra de unas sedas. El padre de Mariana era un comerciante de prestigio, tenían pensado dejar Vigo y trasladarse a la Villa en cuánto regresaran, en la corte era muy conocido por la fama que tenía sus telas. Durante la travesía fueron muy amables y correctos pero como tantos padres, no dejaban a Mariana la libertar de tener confianza conmigo o con cualquier otro joven de los que viajaban en el barco, a veces, nos encontrábamos a escondidas y hablamos de nosotros, de lo que habíamos hecho y los proyectos que nos aguardaban a nuestro regreso...

- Según Mariana, sus proyectos no eran muy alentadores, ya que casarse por una regla establecida con alguien a quien no amaba, no estaba en su pensamiento a pesar de que sus padres pusieran el grito en el cielo. Después de varias semanas que se hizo interminable, estábamos a punto de llegar, atracaríamos al amanecer en el puerto de Acapulco, acababa de anochecer y después de tanto tiempo de travesía recorrida y soportando algún temporal que otro, no me podía imaginar lo que se nos venía encima... Dieron el aviso de barco a estribor, según el capitán, ondeaba la bandera portuguesa pero que no había que fiarse, ya que no era la primera vez que un barco pirata hacía uso de izar una bandera que no era la suya para poder acercarse y abordar un barco...

- Yo me encontraba en cubierta y escuché todo esto. A los pasajeros que nos encontrábamos en cubierta se nos dijo que nos retiráramos de ella, que nos fuéramos a los camarotes, algunos de los pasajeros se retiraron rápidamente. Ante la exigencia del capitán lo que nos quedamos hicimos por obedecer sus órdenes, antes de que yo dejara la borda observé como el barco portugués se acercaba con cierta velocidad. Con  gran desconcierto para los que nos encontrábamos en cubierta, de uno de los puentes que se encontraba bajo ella, se escuchó un primer cañonazo haciendo efecto en el barco que se suponía que era portugués, el capitán daba voces todo airado ya que nada indicaba para que se hubiera dado orden de ataque...

- Mis ojos no dejaban de mirar consternado al barco portugués que ante el impacto, había detenido su avance. El caos fue tremendo cuando a la misma vez que arriaba la bandera portuguesa, izaba la bandera pirata de color negro. La tripulación dio orden que todos quedáramos a cubierto, que íbamos a ser atacados. Según lo que yo sabía, una bandera negra no era indicio de ataque, sino petición de rendición por parte del barco pirata al mercante, la reacción por parte del galeón ante la bandera no se hizo esperar y otro cañonazo fue a estrellarse contra la borda, en esa ocasión la réplica del barco pirata se hizo ver aparte de recuperar el acercamiento al mercante, el primer embiste de aquellos hombres fue sobre las velas, sus cañonazos hicieron efectos en ellas...

- Las velas se prendieron rápidamente aumentado el terror, de esta forma frenaban el avance del barco. El galeón era de buena envergadura y su artillería pesada pero el barco pirata no lo era menos con la ventaja que era más ligero... El terror cundió sobre la tripulación y los pasajeros, el segundo ataque no se hizo esperar. Con una artillería más ligera atacaron la parte del timón del mercante para que le fuera imposible hacer ningún tipo de maniobra, luego, volvieron a disparar sus cañones sobre la cubierta, con esto, intentaban despejar a la tripulación de ella para un posible abordaje... Por parte de la artillería del galeón era un continuo disparar sobre ellos...

- ¡No daba crédito a lo que veían mis ojos! ¡Maldije mi suerte! Venía de vuelta a la Villa y unos indeseables locos me lo iban a impedir. Ante las últimas embestidas por unos y otros corrí al camarote, abrí uno de los arcones y saqué una espada, después, haciéndome de una gruesa cuerda amarré los dos arcones poniendo el más pequeño encima del grande, un cajón, lo até fuertemente con varias vueltas a una de las argollas de uno de los baúles y los arrastré todo hasta un rincón, sabía, que el agua no entraría en ellos... En China, usan una resina para la madera y es uno de los materiales con las que están hechas sus casas y las proteges de las lluvias y los temporales, si para la madera de aquellos arcones habían utilizado el mismo material, sería difícil que se inundaran de agua... No sabía cómo iba a terminar aquello pero de lo que estaba seguro, que no iba a ser fácil que ellos se hicieran dueño de lo que no les pertenecía, de lo que me había costado cuatro años de mi vida y de toda una historia que me habían dado como legado. Tomé el colchón y lo tiré de momento al suelo y haciendo acopio de toda la fuerza que pude, arranqué de los soportes y que  la mantenía sujeta, la litera que me había servido de descanso durante ese tiempo en el barco...

- La dejé caer sobre la pared cubriendo con ella las pertenencias que viajaban conmigo, luego le eché el colchón encima. De la forma que lo había dejado, podía dar a entender que la litera se había desprendido y estaba a la espera de ser arreglada, era muy difícil vislumbrar lo que en aquel rincón quedaba escondido, mi compañero de camarote desde que comenzó el ataque no lo había vuelto a ver, pero en aquel momento no me preocupaba lo que pudiera pensar si volvía a él y viera como había quedado todo... Como estaba la situación, tampoco estaría para pedir muchas explicaciones...




Margarita no pudo menos que sonreír tímidamente ante el último comentario de su marido – Creo, que en aquel momento no te importaba más que poner a buen recaudo todo lo que traías contigo, ¿no?
Gonzalo, poniendo sus ojos en ella le devolvió la sonrisa, le apartó con toda dulzura parte del cabello que le caía revuelto sobre un lado de su rostro – Pues sí, así era. Lo que más me importaba en aquel instante era eso, lo que no sabía, que algo más tarde me olvidaría de ello ante lo que mis ojos verían - se inclinó un poco más hacia su esposa – Margarita, ¿por qué no intentas de coger el sueño? Ya habrá tiempo de seguir contando todo esto... Te veo cansada.
- Me siento bien dentro de lo que cabe, de verdad y me gustaría saber cómo terminó todo aquello - al decirlo, apartó los ojos de su marido, la turbaba demasiado su mirada.

Gonzalo lo percibió e incorporándose se levantó comenzando a pasear por el pequeño cuarto prosiguiendo con su historia.

- Hasta mí, llegaba el fragor de la lucha. Pensé por un momento, que quizá si la cosa no la hubiese iniciado el galeón a lo mejor no estaríamos en aquella situación, yo tenía la impresión que aquel barco por lo que fuera no pretendía el abordaje. Cerré el camarote y corrí por el pasillo tropezando con la gente que corría despavorida en sentido contrario, subí la escalerilla y me vi en cubierta. El abordaje se estaba produciendo en aquel momento y la artillería por un lado y otro no dejaba de cesar... ¡Era tremendo! Por lo que veía y escuchaba, aquellos hombres, los piratas no pensaban en atacar, si lo habían hecho, fue para defenderse del ataque del mercante... Según ellos, no iban causar daño alguno a nadie a no sé que se vieran obligados a hacerlo, sólo querían las mercancías que iban a bordo. Las llamas, producida por el primer cañonazo sobre las velas lo envolvía todo como toda la gran humareda que había levantado todo el armamento caído y por haber...



- Mis ojos miraban atónitos, el galeón se había convertido en un infierno... Un infierno en el mar. La gente gritaba llena de espanto arrojándose a las agua pensando que quizá podían tener una posibilidad de salvarse, todo se desarrolló muy rápido... Uno de aquellos hombres, grande y corpulento se había percatado de mí y lo que llevaba en mi mano derecha, mi empeño era grande e iba a impedir como fuera que no cayera en manos de ellos lo que había escondido con tanto celo y le cerré el paso hacia las escalerillas... Le amenacé con la espada, él se echó a reír. Pensaba, que un joven como yo, con poco más de veintidós años no podía hacer mucho ante un hombre como él, de un manotazo me apartó violentamente haciéndome caer sobre aquel suelo de madera... Haciendo un gesto a uno de sus compañeros le dijo que iba hacia abajo, me levanté rápido y volví a amenazarle. En aquella ocasión, él hizo frente a aquella amenaza y alzando su espada embistió con un primer ataque al que yo supe frenar...

- Aquel hombre corpulento se quedó algo perplejo ante la forma que paré su golpe de espada. Nos vimos envuelto en una desenfrenada lucha, él por llevarse algo que no era suyo, yo, por defender cuatro años de mi vida y que de alguna manera la llevaba guardada en aquellos baúles. Era más ágil que él, por lo que me era más fácil esquivar su ataque, agarrándome a una de las cuerdas, salté sobre la borda para volver a dejarme caer sobre la cubierta pero no llegué a hacerlo... De pronto algo sucedió, se escuchó un gran estruendo y la sacudida del barco, perdí el equilibrio, caí golpeándome la cabeza... Sentí que mi cuerpo caía y caía... Tu rostro vino a mí mente, pensé, que ya no volvería a verte en el momento que mi cuerpo chocaba contra las frías aguas...

- Me vi envuelto en las aguas negras y profundas. Luché por no perder la conciencia, eso sería mi final igual que los cuerpos que se hundían hacia el fondo... Intenté subir a la superficie pero mis fuerzas eran escasas, sentía un fuerte dolor en la cabeza. Mi mente no dejaba de decirme que tenía que subir, ¡que tenía que hacer un último esfuerzo! Escuché la voz de mi madre, la de mi padre y tu rostro, vino a mí... Sus voces y tu rostro me dieron fuerza para poder subir a la superficie, por un momento sentí un gran alivio al percibir el aire en mis pulmones. El alivio que sentí se convirtió en la más completa desolación cuando percibí lo que tenía ante mis ojos, no comprendía que podía haber pasado. Ya no había ruido de artillería, sólo los gritos de los que aún quedaban con vida se dejaban oír... Pensé en Mariana y sus padres, no sabía que podía haber pasado con ellos...

- Mi mirada borrosa no dejaba de clavarse en el mercante envuelto en llamas, luego, mis ojos fueron a las oscuras aguas. Estaba rodeado de cuerpos, de ropas, tablones que pertenecían al barco, baúles que flotaban... Toda la ilusión de un regreso yacía tanto en el fondo como en la superficie. Mis ojos no me dejaban ver bien, las lágrimas que acudían a ellos por la impotencia no me dejaban, todavía llegaban a mí, gritos de auxilio... Me sentía cansado, me aferré a lo que pudo ser una puerta, conteniendo las lágrimas, mis ojos contemplaron aquel barco pirata y que a pesar de los desperfectos que presentaba no muy lejos de donde yo me encontraba, parecía erguirse el triunfador de aquella devastación... Aquellos mismos hombres que habían causado tanta desolación, intentaban ayudar a los que se encontraban en el mar...

- Sabía, que aquellos hombres no dejarían de buscar para hacerse de lo que pudieran salvar de las aguas. No podía saber el tiempo que me llevé allí, esperando no sé qué, ya todo era silencio a mi alrededor. El barco de Richard se mantenía en el mismo sitio, mis ojos se cerraban y el frío estaba haciendo estrago en mí, no podía dejar que el sueño me venciera, no podía dejarme ir... El destino, en aquella ocasión me la había vuelto a jugar, me sacó de la Villa alejándome de ti y no iba a darme la oportunidad de reencontrarme contigo para decirte todo la que te había necesitado, todo el amor que mi corazón había albergado durante esos cuatro años... Cuando ya sentía que mi cuerpo estaba vencido algo hizo que reaccionara... Escuché a alguien llamarme por mi nombre, pensé que debía estar soñando, que todo era fruto de mi imaginación... Busqué entre la bruma, sólo entre ella divisaba el barco, las luces que provenían de sus antorchas me decía que seguía allí. De nuevo escuche aquella voz y mi nombre, la reconocí... ¡Reconocí la voz de Mariana!

- La busqué con desesperación, le grité que la había escuchado, que ella volviera a gritar para orientarme para saber donde poder hallarla, de esta forma di con ella... A pesar que estaba aterido, nadé hasta donde provenía su voz... Estaba agarrada a uno de los tantos tablones que se esparcía por aquel cementerio que se había convertido aquellas frías y negras aguas, estaba extenuada, ni siquiera podía llorar, sin embargo, no dejaba de nombrar a sus padres... Le di ánimo diciéndole que íbamos a salir de allí, que alguien haría que volviéramos a nuestro país. Percibí que entre la bruma se acercaba algo de luz en varios sentidos, sólo podían provenir de algunas de las barcas de aquellos hombres y que buscaban entre las aguas algo que atesorar... Aquellas luces cobraron más visibilidad, cuando nos dimos cuenta, una de aquellas barcas la tuvimos a nuestra altura, no sabía si agradecer su aparición o no. Dieron la voz de que había más supervivientes y sin más, no subieron a la barcaza. La siguiente, se dedicó a ir recogiendo todo lo que podía servir... Nos subieron al barco, en la cubierta había muchas personas de las que habían salvado, pero algunas de ellas se encontraban en tan mal estado que no tardarían en morir. Nos dieron unas mantas y nos dijeron que nos sentáramos en cualquier parte, pero que intentáramos no hacer nada que tuvieran que verse obligado a utilizar la fuerza.




La joven suspiró profundamente al llegar su marido a esta parte de su historia, estaba impresionada según iba escuchando. Por un momento lo miró a los ojos, la emoción la embargó al contemplar la mirada acuosa de él. Le costó cierto trabajo al hablar.

- Me imagino... Me imagino que conocías el idioma.
- Si, conocía el inglés, fue parte de mi enseñanza, aunque no lo hablaba correctamente me defendía como mejor podía... Margarita, no quiero que pienses que soy algo pesado pero creo que debes cerrar los ojos e intentar dormir. Ha sido un día de emociones y mucha tensión por la que has pasado, y esa destemplanza que tienes ahora mismo se puede convertir en fiebre.
- Aquí, en la cama me siento descansada, necesitaba estirar las piernas. Puedo... puedo seguir escuchándote... Hace... hace unos meses fui yo quien por causa de la añoranza, te revelé, te confié cosas que hasta aquel momento no había confiado a nadie y casi nos coge la mañana, pero en aquella ocasión fueron otras circunstancia la que rodeó aquello, entonces, nada nos embargaba, teníamos la felicidad en nuestras manos. En aquella... en aquella ocasión te pregunté si tú no tenías secretos que contar y...

Gonzalo no dejó que siguiera - ¡Lo sé! Sé que me preguntaste y no fui tan valiente como tú ¡Me sentí mezquino ante tanta valentía por tu parte! pero escúchame... - se sentó en la cama tomando las manos de su esposa – Margarita escucha... ¡Todavía podemos tener la felicidad en nuestras manos! Sé... sé que todo esto que te estoy revelando, todo esto, de alguna manera es la causa de tu alejamiento pero cuando termine... Cuando todo quede al descubierto ante ti y sepas el porqué me convertí en el guerrero, podemos... Puede ser que puedas darme esa oportunidad, la oportunidad de volver a recuperar la esposa que perdí por culpa de mis silencios. Podría acortar muchas cosas pero quiero que lo sepas todo...

- Y yo quiero que lo hagas. No quiero que te dejes nada dentro, quiero saberlo todo... todo de ti - lo dijo con lágrimas en los ojos, mirándolo fijamente.

Gonzalo al contemplar aquella mirada tuvo que aguantar el impulso de abrazarla y besarla como un loco. ¡Cuánto la deseaba! ¡Cuánto necesitaba de ella! ¡Cuánto! Se recompuso ante la emoción de tenerla tan cerca y ante aquella mirada que a veces lo confundían. Esa mirada de ella, como las que había apreciado en el último tiempo, le decía que su amor estaba ahí, que nunca se fue de ella. Que tan sólo era muy poco el tiempo de espera para darse de nuevo a él. Fue la voz de ella quien lo sacó de su abstracción.

- ¿Pasa algo Gonzalo?
- ¡No! Claro que no, sólo pensaba... Pues si quieres seguir escuchando, por mí no hay inconveniente pero eso sí, nada más vea que el sueño te va venciendo, se acaba la charla por esta noche, no debes de luchar contra él. El dormir es necesario y más en tu caso en estos momentos.

La joven, asintió con la cabeza ante el comentario de él. Gonzalo sin soltar las manos  de ella, hizo escuchar su dulce voz llena de emoción.

- Llevé a Mariana a un rincón de cubierta, la alejé de los heridos que estaban agonizando, no era un espectáculo agradable lo que se veía ante nuestros ojos... Aquellos hombres, los piratas se paseaban armados por cubierta pendiente de los heridos pero algo me decía que ninguno de ellos era el máximo responsable del barco, también veía, que había mujeres entre ellos, mujeres que atendía a los heridos... Un par de hombres, echando gruesas cuerdas por la borda ayudaron a subir las pertenencias de los pasajeros que más productividad les podían sacar. Observé, que les costaba subir algo, la sorpresa y la rabia me invadieron cuando vi aparecer por la borda las arcas y el cajón, hice un movimiento para levantarme pero uno de los piratas apuntándome con su mosquete hizo que desistiera. La cabeza me seguía doliendo, fue al pasarme la mano por ella cuando me di cuenta que estaba sangrando...

- Por la cubierta apareció uno de aquellos hombres y acercándose a otros dos les comunicó algo. Fueron retirando a todos los que se encontraban mal heridos y los llevaron para la bodega, no tenían posibilidad de vivir y los que nos encontrábamos medio en condiciones, no sabíamos cual podría ser nuestra suerte pero en aquel momento estaba vivo y tenía que hacer lo posible por seguir estándolo. La extenuación había hecho que Mariana se quedara dormida pero mis ojos no podían cerrarse, no dejaba de estar pendiente de todo lo atesorado por ellos... Todo estaba en cubierta, de momento no hicieron por retirarlo de ella, al parecer esperaban que alguien pudiera darle el visto bueno y así fue, no me equivocaba. En cubierta, hizo su aparición un hombre que no vestía igual que los demás...

- Vestía con casaca y tenía cierto porte. No podía distinguirle bien las facciones, parecía joven y como yo pensaba, fue recorriendo con su mirada todo el botín del que se había hecho, vi cómo se inclinaba ante los arcones y tomaba entre sus dedos la gruesa cuerda, se incorporó y le dijo a uno de sus hombres que la cortara... Aquel pirata se agachó cortando con un puñal la soga que sujetaban las arcas, bajando el arcón más pequeño del grande intentó levantar su tapa pero no pudo hacerlo ya que estaba cerrado con llave y esa llave, la llevaba conmigo colgada de mi cuello... Aquel hombre, hizo señal a uno de sus secuaces y éste se dispuso a disparar sobre la cerradura del baúl... No podía consentirlo, con gran velocidad me levanté y antes de que ellos pudieran reaccionar, caí sobre el hombre que tenía el mosquete entre sus manos e hice que desviara el disparo. Sentí un fuerte golpe en el hombro que hizo que cayera de bruces sobre el suelo de tablas. Por un momento no pude moverme por causa del dolor, Mariana, que había despertado vio lo que ocurría corriendo hacia mí, intentó ayudarme a que me incorporara, cuando pude hacerlo, me encontré que estaba rodeado de cuatro hombres que nos apuntaban con sus armas...

- La rabia, la impotencia, hizo enfrentarme a ellos con palabras... Les dije, que si tenían que disparar que lo hicieran de una vez, que si no lo hacían en aquel momento lo harían en cualquier otro, Mariana me pedía que me callara, que no dijera nada. El capitán de los piratas se abrió paso entre sus hombres, me sorprendió su juventud, no tendría más dos o tres años más que yo... Su cabello, era rubio y rizado, sus ojos azules me miraron fijamente... Se dirigió a mí en castellano diciéndome, que era demasiado impulsivo y que eso me podía acarrear más de un problema. Miró a Mariana y preguntó si era mi esposa, fui a decirle que no, pero algo me avisó que era más prudente para ella decir que sí, que era mi esposa. Señalando los arcones preguntó si eran nuestro, le dije que en ellos guardaba una parte de mi vida... Con una señal les dijo a sus hombres que bajaran las armas, se volvió hacia uno de sus esbirros y estuvo diciéndole algo pero que no pude entender, de nuevo, aquel capitán de aquel barco se dirigió a mí... Según él, nunca podría consentir que una bella y joven mujer pudiera dormir en cubierta, que iba a hacer conducida a uno de los camarotes y que por supuesto, nadie iba a molestarla...

- Le grité que no. ¡Que eso nunca! Mariana lo miró desafiante diciéndole que no tuviera tanta delicadeza con ella cuando por culpa de él, sus padres habían muertos. Observé, que su mirada perdía parte de la ironía que reflejaban sus ojos. Perdiendo también el sarcasmo al hablar, nos dijo que no tenía por qué haberse producido ninguna muerte... Él no buscaba la muerte de nadie, sólo iba a pedir ayuda pero se encontró con algo que no esperaba. Si él hubiera sido un sanguinario, no se hubiera procurado en intentar salvar a ninguna de las personas que iba en aquel mercante, si no hubiera sido por él, en aquel momento los dos hubiéramos muertos en las frías aguas. Mariana y yo nos miramos, no sabíamos que pensar, la única verdad, era que los dos estábamos vivos.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Dic 25, 2016 9:06 pm

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Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,42


- Todavía me sorprendió más cuando se presentó, nos dijo que su nombre era Richard Blake y que cómo habíamos supuesto el capitán absoluto de aquel barco y que estaba a la disposición de nosotros. De nuevo, la ironía se reflejó en su voz como en sus ojos, inclinándose ante Mariana le dijo que aceptara su invitación, que se sentiría muy incómodo al saberla en cubierta y que  tampoco una bodega era el sitio adecuado para una dama. Mariana le contestó que no le había importado mandar a la bodega a las damas que había salvado, Richard, la miró a los ojos, le dijo que si habían sido enviadas allí, era porque no sobrevivirían a sus heridas... Tomé aparte a Mariana e intenté convencerla que lo hiciera, que se retirara a ese camarote a descansar, ella miró a Richard, lo hizo de nuevo desafiante, diciéndole que le agradecía su insistencia pero que ella no estaba acostumbrada a separarse por las noches de su esposo...

- Richard volvió la mirada hacia mí preguntándome si estábamos recién casados. No titubee en contestar que si, él se quedó pensando, luego, girándose al hombre que tenía a su izquierda le dijo que nos acompañara al camarote, Mariana con un apretón en el brazo me advirtió que no dijera nada. El hombre nos dijo que le acompañáramos pero yo no podía irme sin saber, señalé las arcas... Blake me dijo que de momento era su botín, que quizá al día siguiente podría llegarse a un acuerdo sobre ello pero tendría que saber ganármelo si quería que volviera a mí. En esta ocasión fui yo quien lo miró retador y él supo leer en mi mirada. Mariana tiró de mí y seguimos a aquel esbirro hasta el camarote...

- Me sentía impotente allí encerrado, sin saber que podía pasar con nosotros en aquel barco y las intenciones de aquel hombre, Mariana, después de aquellos primeros momentos de angustia de cuando me la encontré  y los primeros en la cubierta del barco, la veía con cierta tranquilidad. Me dijo que no me desesperara, que nos convenía dormir y al otro día ya se vería... Según ella, la última impresión que le había dado Richard, era que no parecía un asesino y si estábamos vivos era gracias a él, no pude evitarlo y la increpé... Le dije si había olvidado a sus padres, que de una manera u otra, él era el causante de sus muertes. Me miró con los ojos arrasados por las lágrimas, me contestó que no, que no había olvidado a  sus padres... ¿Cómo podría olvidarlos? pero que ella estaba viva e iba a intentar vivir por muchos años aunque para eso tuviera que aliarse con aquel pirata...

- Tomó las prendas que nos habíamos encontrados en los camastros y sin importarle mi presencia comenzó a desvestirse, me volví de espalda a ella... No tardó mucho en cambiarse tirando su ropa mojada a un rincón, me dijo que hiciera lo mismo si no quería coger una pulmonía, que ella iba a intentar dormir, que yo hiciera lo que quisiera... Dicho y hecho, cogió una de las mantas que también nos habían dejado en aquel camarote que distaba mucho de estar en las condiciones debidas, y se acostó sin más en el camastro de abajo... Con una rabia que me comía por dentro cogí aquella ropa seca y procedí a quitarme la mía. La arrojé sobre la de Mariana y cogiendo la otra manta, puse mi pie en el borde del jergón de abajo subiéndome al de arriba... Me cubrí con aquella manta que olía a suciedad, a sudor, a desespero...

- Cierta claridad me despertó, me incorporé de un salto sentándome en el camastro, la luz del día entraba por aquel ventanuco rectangular... Miré hacia abajo y comprobé que Mariana seguía dormida, pensé, que había sido injusto con ella, salté del jergón... Me puse las botas y fui a despertarla cuando sonaron unos toques en la puerta, fui a abrir y me encontré en el umbral al hombre corpulento y grande con el que luché en la cubierta del mercante. Por mi mirada comprendió que lo hubiera fulminado en aquel momento pero por parte de de él, no me encontré menos. Me dijo que el capitán nos esperaba en su camarote para el desayuno, que no lo hiciéramos esperar. Aunque se quedó esperando, yo cerré la puerta, me agaché e intenté despertar a Mariana... Cuando ella abrió los ojos le dije lo que había. Sin inmutarse, se levantó atusándose el cabello con los dedos, me miró diciéndome que nos esperaban y que no debíamos hacer esperar al anfitrión...

- Abrió la puerta del camarote y seguimos al hombre por el pasillo ante otra puerta, la abrió y nos dio paso... Era un camarote grande y Richard estaba sentado ante una mesa bien preparada, en cuanto hicimos la entrada, se levantó acercándose a Mariana todo respetuoso e inclinándose ante ella rozó con sus labios su mano. Le dijo, que la ropa de hombre no le restaba belleza pero que ya procuraría buscar algún vestido entre el botín hallado, luego, miró hacia mí y nos indicó que nos sentáramos. Tanto él como yo esperamos que Mariana lo hiciera, luego, cada uno ocupó su sitio. Lo primero que hizo, fue preguntarnos cómo nos llamábamos, que nosotros sabíamos su nombre, pero sin embargo él no sabía cómo dirigirse a nosotros. Fue Mariana quien se lo dijo, por la contrariedad que él apreció en mí, comprendió, que no me había gustado que “mi esposa” hubiera dado nuestros nombres...

- No le contesté sobre eso pero si fui al grano... Le pregunté qué pensaba de hacer con nosotros y con las personas que habían quedado con vida... Me contestó, que en cuanto arribaran ante una costa los dejaría allí y por supuesto, a nosotros también pero mientras tanto, teníamos que adaptarnos a la disciplina del barco y de su mando. Le dije, que la noche anterior quedó una cosa pendiente y aquello donde quisiera que me dejara, quería llevármelo conmigo al igual que a mi esposa. Según Richard, sólo podía depender de mí, le pregunté que me quería decir con aquello, respondió a mí “curiosidad”, mis pertenencias nos las jugaríamos. El que ganara se quedaría con ella y que intentara de comer algo para reponer fuerzas, que quizá iba a necesitarlas, Mariana y yo cruzamos nuestras miradas. En silencio, me limité a comer simplemente unas frutas...

- Estábamos en cubierta, el barco se mantenía detenido en alta mar. La mañana era fría y el día nublado, una brisa se hacía notar y no era nada agradable. Se procedía a dar sepulturas dentro aquellas aguas a los que habían muerto durante la noche, la poca gente que habían sobrevivido entre tripulantes y pasajeros del mercante, habían repuestos fuerzas y se limitaban a ajustarse a la disciplina del barco de Richard, con el deseo, de ver pronto cualquier tipo de costa que les volviera a llevar a su lugar de destino, un destino que fue interrumpido ante la aparición de aquellos hombres que vivían de la piratería. Cuando terminaron la triste tarea de arrojar los muertos al mar, Blake hizo su aparición en cubierta. Sus hombres, parecían que esperaban la llegada de él porque parte de la tripulación se acercaron a él nada más verlo subir...

- Señalando las arcas y el cajón que todavía se encontraban en cubierta se dirigió a sus hombres como a todos los que nos encontrábamos allí, los que éramos parte de su saqueo... En voz alta y con cierta sonrisa irónica hizo saber, que hacía tiempo que no había surgido la oportunidad de jugar, de pelear por un botín y que mejor que en aquel momento, aquellas arcas iban a ser el trofeo del ganador. En ningún instante le quite los ojos de encima, se vino hacia mí y señalando los cofres me dijo que eran míos, que luchara para recuperarlos. Me preguntó si estaba de acuerdo... Le contesté, que por supuesto que estaba de acuerdo, que por lo mío, lo que fuera pero que yo también le pedía a cambio una cosa, que si ganaba el “juego”, aparte de mis pertenencias quería ganarme algo más. Que hiciera por dejarme a mí cómo a mi esposa y a todos los demás en el primer puerto que estuviera a su alcance, que él sabría cómo hacerlo y que mientras se llegaba a ese puerto, delante de nosotros que no volviera a abordar ningún otro barco...

- Según él, era mucha insolencia por mi parte atreverme a pedirle aquello pero que así iba a ser pero que no contara que yo iba a hacer el ganador, y con referente al abordaje de la noche anterior, me volvía a decir que él sólo pretendía pedir ayuda, si me había dado cuenta, llevaban a mujeres a bordo y que de aquel barco, habían hechos sus casas por acompañar a sus hombres, a sus esposos... Una de aquellas mujeres se puso de parto, se había adelantado unas semanas por lo que no daba lugar de llegar a la isla, el parto se presentó difícil. Sabían cuándo y cómo salía un barco dirección a Nueva España por las cartas de navegación de las que se hacían, por eso, sólo tuvieron que esperar un poco para con una bandera portuguesa acercarse al galeón. En una barca, un par de hombres llegarían al barco por si hubiera un médico abordo pero el galeón procedió al ataque. Le pregunté qué pasó con la mujer y si consiguió dar a luz... Me contestó que la mujer se recuperaba pero que su hijo no llegó a nacer vivo, sólo pude decir que lo sentía... Pregunté en qué consistía ese juego...

- Según Richard, se había enterado que la noche anterior yo no había tenido temor alguno en batirme con uno de sus hombres. Aquel hombre no era cualquiera, era un hombre de una construcción demasiado fuerte para un joven cómo yo, sin embargo, si no hubiera sido porque perdí el equilibrio y caí al mar, quién sabe si no le hubiera vencido, en aquel momento podía dar a demostrar si era capaz de hacerlo. Le dije, que cuando quisiera estaba dispuesto a ello... Todos los que se encontraban en cubierta nada más escuchar mis palabras se apartaron dejando espacio abierto. Miré a Mariana, la vi algo angustiada, con la mirada le dije que todo estaba bien. Aquel hombre de gran corpulencia me arrojó una espada, la tomé fuertemente por la empuñadura y esperé su ataque el cual no se hizo esperar... Atacaba con gran destreza pero mis movimientos rápidos le dificultaban su arranque. En uno de sus embistes y al retroceder yo, uno de mis pies se enredó entre las muchas cuerdas que había en la cubierta cayendo sobre ella y perdiendo la espada. Al verme desarmado la risa y los aplausos no tardaron en escucharse, ya lo daban por vencedor...

- Me revolví entre aquellos cordajes y estirando mi cuerpo, me hice del arma levantándome lo más ligero que pude aunque aún no había podido sacar mi pie entre el amasijo de cuerdas. Cuando ya él levantaba su brazo como vencedor, con todas mis fuerzas le asesté con el plano del acero un golpe sobre su corpulenta espalda haciendo que sus rodillas se doblaran sobre aquel suelo de tablas... Al caer, la espada se le soltó de la mano y me apresuré a cogerla entre las mías, las risas que se escucharon momentos antes ya no se oían, todo fue silencio... Miré fijamente a Richard y le arrojé las dos armas a los pies...


Gracias Sueña

- No había en sus ojos nada que indicara que había perdido el juego, se inclinó recogiendo los dos aceros, sus ojos azules se me quedaron mirando con un gran desafío... Sin esperarlo me lanzó de nuevo la espada que había utilizado diciéndome que el juego no había terminado, que en ningún momento me dijo el número de hombres con los que tenía que luchar, él, era el siguiente y el último. Mientras se quitaba la casaca me dijo que me prepara que iba al ataque. Apenas tuve tiempo de parar su golpe... Nos enfrentamos de una manera que aquello ya no parecía un juego. Tenía gran habilidad manejando el arma, yo de momento intentaba esquivar su ataque y parar su embiste... Tenía que concentrarme para yo ser el atacante... Intenté cansarlo...

- Las tornas no tardaron en llegar, de atacante pasó a hacer el atacado y tuvo que ir retrocediendo ante mi fuerte presión sobre su espada pero sabía que no iba a rendirse tan fácilmente... Agarrándose a una maroma, se balanceó y antes de que pudiera evitarlo con sus piernas me dio un fuerte golpe que me hizo caer, pero en esta ocasión no llegué a perder la espada aunque si me dejó trastornado por un momento. Intentando recobrarme me fui poniendo de pie, sangraba por la nariz abundantemente. Desde encima de la borda Richard sonreía... Me dije que no iba a salirse con la suya, aunque tenía un fuerte dolor en la cara me recompuse y de un saltó, haciendo lo mismo que él, me agarré fuertemente a una gruesa cuerda y tomando impulso con mi cuerpo, mis piernas le asestaron un fuerte golpe que lo hizo caer sobre cubierta...

- Yo me dejé caer sobre ella soltando la soga, a la misma vez, Richard se ponía de pie empuñando su espada y echándose sobre mí con toda su furia. Por un instante, perdí unos segundos limpiándome la cara pero un sexto sentido me avisó para que actuara con premura y haciendo un volteo, paré su golpe de espada arrebatándosela de su mano cayendo lejos de él, pero no fue sólo eso, un grito ahogado salió de su garganta... Vi cómo caía de rodillas al suelo agarrándose la mano derecha que sangraba abundantemente... Tiré mi acero acercándome con gran rapidez hacia él, ya algunos de sus hombres lo habían hecho... Sin quitar su mano de la que estaba herida, me miró con el rostro contraído por el dolor. Me dijo, que a cualquier otro por hacerle aquello lo hubiera mandado colgar del palo mayor pero tenía que rendirse ante la evidencia, le había ganado en buena lid...

- Ya uno de sus hombres se dedicaba a hacerle un torniquete para contener la hemorragia. ¡No daba crédito todavía a lo que había pasado! Al arrebatarle la espada, le seccioné la falange del dedo anular de su mano derecha. Fue acompañado por sus hombres al camarote mientras Mariana intentaba contener el sangrado de la nariz y convencerme que debía ir a echarme un rato, al menos, hasta que se me cortara la hemorragia. Le hice caso y dejé pasar el tiempo... Allí, echado en el camastro no dejaba de pensar ¿Qué iba a pasar después de lo que había ocurrido? Había cortado el dedo a un hombre y ese hombre, era el capitán del barco. Recordaba sus palabras pero no sabía si más tarde pensaría lo contrario... No sabía que nos podía esperar pero mi temor era más por Mariana, ella no dejaba de ponerme lienzos de agua fría en la cara para evitar la inflamación...

- Unos toques en la puerta hicieron que me incorporara y me sentara de golpe en el jergón, Mariana fue a abrir... El hombre corpulento y grande de cabello largo y barba de igual modo apareció diciendo que Richard me esperaba, Mariana fue a decir algo pero la detuve con un ademán. Aunque con cierto mareo, seguí a aquel hombre que ya más tarde supe como lo llamaban, el “Búho” ese era el nombre por el que se le conocía... Cuando estuvimos ante la puerta del camarote de Richard, el “Búho” dio varios toques abriéndola, Blake, de pie, con el brazo en cabestrillo y dejando asomar su mano vendada, me hizo señal de que pasara. Entré,  el “Búho” cerró la puerta, Richard me pidió que me acercara y así lo hice, fue cuando me di cuenta, las arcas y el cajón se encontraban allí...

- Me señaló un asiento pero yo preferí quedarme de pie... Mirándome, me dijo que allí tenía mi trofeo, que volvía a mí... Él era un hombre de palabra y que podía estar seguro que nadie de sus hombres haría por tocar aquello pero que tenía cierta curiosidad, que esperaba que no me negara a ello. Quería saber que contenía aquellos arcones por los yo hubiera dado mi vida por ellos. Le dije que podía negarme, que estaba en mi derecho. Richard, me dijo que sí, que estaba en mi derecho y que si no quería enseñarlo no alteraba lo allí hablado, que un par de hombres me los llevaría al camarote. Algo aprecié en su tono de voz que me dio cierta confianza, ni siquiera hizo alusión a su mano, le pregunté cómo la tenía y que nunca fue mi intención de herirlo. Me dijo, que sólo él fue el culpable, quiso provocarme hasta ver donde llegaba y allí estaba el resultado y que si me quería retirar que lo hiciera, que ya mandaría que me llevaran mis pertenencias...

- Fui a dar la vuelta pero en un impulso me agaché ante las arcas extrayendo el cordón de entre la camisa, me lo saqué por la cabeza y tomando las llaves, abrí las cerraduras de cada arcón. Levanté cada cubierta de ellos dejando a la vista todo lo que contenía, Blake no dejaba de mirar asombrado... Me preguntó de dónde había sacado todo aquello, que no creía que yo fuera un ladrón. Tocó con sus dedos las armas observándolas con detenimiento y mirando con admiración las incrustaciones de las empuñaduras. Tomó los libros entre sus manos ojeándolos, según él, tenía un gran tesoro, que más que nunca comprendía mi afán de defenderlo... Respondí a eso, que era más que un tesoro, entre aquello que él veía, se encontraba cuatro años de mi vida y un legado que me habían otorgado... Me dijo sonriendo que en cuanto al cajón no sabría su contenido ya que estaba bien clavado. Sus manos rozaron el lienzo de seda negra que guardaba la ropa de guerrero...

- Puse mi mano sobre la suya diciéndole que no, que aquello no... Richard, no hizo por descubrir la seda, se incorporó y me preguntó si mi esposa sabía del contenido de las arcas. Me cogió desprevenido su pregunta y él lo notó... Le contesté que no, que ella estaba ignorante de lo que guardaba los baúles, que era una sorpresa que le tenía reservada para cuando volviéramos a España... Le dije, que ella no sabía ciertas cosas de mí y con aquello, iba a contarle parte de esos cuatro años a los que me refería... “Ella no es tu esposa”... Ni siquiera lo preguntó, lo dijo seguro, sabiendo lo que decía. Me quedé mirándolo fijamente, no iba a hacer por intentar convencerlo de una cosa que no era... Le pregunté por qué él no creía que era mi esposa, su respuesta no pudo ser más evidente, simplemente porque no llevábamos anillos de boda, ni ella, ni yo...

- De alguna manera, ante su pregunta me vi obligado a decir que estaba en lo cierto, que si había dicho que era mi esposa fue para de alguna manera protegerla. Pensé, que era lo mejor para ella, no sabía cómo podrían haber reaccionado sus hombres o él mismo ante una mujer joven y hermosa. Me saltó muy airado que ellos eran piratas pero no violadores de mujeres y si ellos llevaban aquella vida, era porque nos le había quedado otro remedio, que la corona de España y Portugal tenían la culpa de ello... España y Portugal se habían hecho dueños absolutos de la Américas, a los demás países europeos no le habían dado mucha oportunidad de levantar colonias en el Nuevo Mundo y Europa llevaba muchos años pasando hambre, pero ante el temor que tenía ciertos países de enfrentarse al Poderío Español, muchos hombres como él decidieron echarse a la mar para interceptar todo lo que pudiera venir de las Indias o de Oriente... Por eso, él se había visto obligado a ello como anteriormente lo hizo su padre, en aquel momento no podría vivir sin aquella vida que llevaba. Le pregunté si no tenía familia en Inglaterra, me dijo que sólo parientes lejanos pero que su familia allegada eran ellos, aquellos hombres que se unieron a él. Aquellos sesenta y cinco hombres fueron su familia...




Ante la tristeza que notó en la voz de su marido, Margarita le tomó la mano apretándosela para infundirle su apoyo. Gonzalo levantó su mirada hacia ella con los ojos vidriosos por lágrimas que querían aflorar a ellos. Era la primera vez después de aquellos meses de alejamiento por parte de ella, que esposa le tomaba una mano apretándola de aquella manera. Escuchó su voz llena de toda dulzura.

– Tuviste que apreciarle mucho ¿verdad?
- Si Margarita, no creí que a partir de aquella conversación, de acabar de conocernos y de la forma en que se dieron las circunstancias, durante el transcurso de los días, de las semanas, nuestra amistad se fuera estrechando como un gran lazo.
- Dime, ¿y con referente a Mariana?

- Desde primera hora Richard se fijó en ella. Al asegurarse que no era mi esposa, actuó con ella con más libertar. Con el paso de los días ya todo el mundo sabía que el capitán del barco, Richard Blake, era un hombre enamorado y que era correspondido. Si Margarita, si él, estaba enamorado de ella, Mariana no lo estaba menos. ¿Y sabes? les tenía envidia. Envida de que ellos, allí, en un barco que no tenía las condiciones debidas y más para una mujer, se amaban, se tenían el uno al otro y yo... Yo sólo podía conformarme con soñarte, con llorarte mirando la blanca luna acodado en la borda en una noche clara – al decirlo, no dejó de mirarla y sus dedos, jugaron con los rizos de su negro cabello.

Su esposa bajó la mirada intentando apaciguar los latidos de su corazón. Sólo pudo decir – Sigue... Sígueme contando que pasó con ellos.
Sin apartar la mirada de su mujer, Gonzalo prosiguió - La boda de Mariana y Richard se celebró una noche. Quien ofició la corta ceremonia fue el segundo de abordo y por parte de los testigos, el “Búho” y yo... Cuando la ceremonia terminó se celebró una gran fiesta con música incluida. Se veían tan felices...
Margarita alzó su rostro - ¿Iba vestida de novia?
Gonzalo sonrío – No, no iba vestida de novia... Desde el primer día que le dejaron ropa de hombre ya no quiso usar vestidos. Decía que se sentía más cómoda de aquella forma.
- ¿Qué solías hacer en el barco? – su curiosidad de mujer iba en aumento.

- Pues hacía lo que todos, ayudarnos entre sí... La primera tarea era sacar el agua que hubiera entrado durante la noche en el barco y que se encontraba en la sentina, luego, pues se trataba de que todo estuviera en orden... Se mantenía la cubierta limpia, si había que reparar las velas se hacía, se izaban, se arreglaban las cuerdas, hacer todo tipo de reparaciones, colocar cabos. La tarea de manejar las velas era muy dura y requería una máxima coordinación, era costumbre de ellos cuando hacían esta labor entonar canciones mientras, izaban, amarraban y empujaban la barra del cabrestante... Cosas como esas eran lo que yo solía hacer pero sobre todo lo más duro era soportar los temporales. Tener que luchar contra la naturaleza era una tarea ardua, luego, cuando ya la tempestad había pasado y después de arreglar los desperfectos, nos sentábamos bajo la luz de la luna y hablábamos de él, de Mariana, de mí y de quien llenaba mis sueños y por quien estaba desando volver.

Después de mantenerse escuchando en silencio. Margarita lo interrumpió –  Gonzalo, una pregunta, bueno, te he hecho tantas pero si tengo un curiosidad.
- No importa las preguntas que me hagas, para eso estoy yo aquí, para sacarte de cualquier duda. Dime, ¿Qué quieres saber - le apartó un mechón que le caía sobre los ojos.
- Con la gente que se salvó, los que iba contigo en el mercante. ¿Qué vida llevaron ellos?
- La misma de todos en el barco, la disciplina que imponía las órdenes de Blake. Cómo a mí, les costó trabajo adaptarse. Eran unas quince personas entre hombres y mujeres... Algunas de aquellas mujeres buscaron un compañero entre los hombres de Richard y sus intenciones no eran volver, los demás, con la esperanza puesta en un regreso dejaban pasar los días dedicándose a las tareas de las que te he hablado anteriormente.

- Después de varias semanas en el barco, intuía que me quedaba poco de estar en él y fue el propio Richard quien me lo dijo una noche. Me preguntó que si no quería seguir allí, en el barco con ellos. Lo miré y le dije que él sabía demás que eso nunca se me pasó por mi cabeza. Me sonrío diciéndome que yo tenía mi vida ya planteada antes de poner pie en tierra firme... Una profesión, la de maestro y una mujer, Margarita. Le sonreí afirmando con la cabeza, entonces fue cuando me dijo que en dos días arribábamos en la isla de Barbados y de allí, me vería rumbo a España.



- Al divisar en el horizonte la isla de Barbados, mi corazón se inundó de esperanza... Cada vez me sentía más cerca de ti. Nada más llegar a puerto, nos despedimos. Hubo una gran emoción por parte de los dos, no creíamos que el destino hiciera que volviéramos a vernos, eso sería casi imposible y ya ves, quien me iba a decir que sí, que el azar haría por volver a encontrarnos pero en esta ocasión, ya nada sería igual – al decirlo, una infinita tristeza se reflejó en el sonido de su voz.

Percibió sobre sus manos, el calor de las manos de su esposa. Aguantando su congoja, prosiguió - Richard, me señaló los arcones diciéndome que me había salido con la mía, que irían conmigo rumbo a mi país. Le di las gracias, que si él no me hubiese salvado de morir en las aguas, ni yo ni mi legado estaríamos a punto de embarcar hacia España. Mariana me entregó una carta para hacerla llegar a su familia en Vigo, dentro de ella, iba una dirección por si los suyos querían ponerse en contacto con ella... Embarqué. De nuevo me encontraba acodado en la borda de otro barco y según se iba adentrando en el mar, sólo pedía, que el destino hiciera que por aquella vez nada interrumpiera mi viaje hasta Sevilla y desde allí, mí vuelta a la Villa.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Jue Dic 29, 2016 4:24 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,43


Se produjo un silencio en la habitación, Margarita buscó los ojos de su marido.

- ¿No sigues contando? ¿Qué pasó al llegar a la Villa para sacar al guerrero que llevabas dentro? Sabes que quiero saberlo todo.
Gonzalo la miró amorosamente, cosa que ella percibió e hizo que bajara su mirada. Él, le apartó de nuevo el cabello y le sonrió – Lo sabrás todo pero por esta noche se acabó y nada de réplica. Ya es tarde, voy a tener que subirte el reloj aquí, a este cuarto para que veas la hora que es, Margarita estás agotada y sigues destemplada, si no consigues descansar, mañana estarás peor, así, que a dormir, ya mañana será otro día.

Se levantó sin poder evitar rozar con sus dedos la mejilla de su esposa. Por un momento Margarita cerró los ojos. Gonzalo tragando saliva se apartó de la cama y tomando el tazón se dirigió a la puerta, de nuevo escuchó su voz.

- ¿Pien... ¿piensas salir esta noche?

Gonzalo al escuchar la pregunta y en la forma que lo hizo, con temor, lo invadió una gran ternura. Se giró con una mano puesta en la hoja de madera – No Margarita, esta noche no tengo por qué salir, puedes descansar tranquila... Cualquier cosa que necesites, me avisas.

Salió entornando la puerta. Margarita respiró tranquila. El saber que no iba a marchar la consolaba en parte pero sabía, que si no era aquella noche, saldría otra y sino, en el día. El caso era, que ella tendría que vivir con aquel temor, con aquel miedo y que lo tendría hasta que él de nuevo regresara a la casa. Cerró los ojos, debía dormir y no pensar. No pensar en algo que era inevitable.




Sátur avivaba el fuego cuando Gonzalo terminó de bajar le escalera. Dejó el atizador y se acercó a su amo, tenía aspecto de cansado.

– Ha tardado amo. ¿Se encuentra peor Margarita?
- No Sátur, no está peor. Si he tardado, es que hemos seguido hablando.
- Ya se lo ha contao todo entonces, ¿no?
Gonzalo se dejó caer en una silla pasándose las manos por el rostro – No Sátur, por Margarita hubiera seguido pero ella tiene que descansar, debe dormir... Sólo le he contado mi viaje y mi amistad con Richard. ¿Sabes? me ha preguntado si tenía que salir esta noche. Teme, teme que lo haga, siempre va a tener miedo Sátur, ¡siempre!

- Amo, es muy pronto... Ella se acostumbrará a esas salidas y a su vuelta, y no vea lo que me alegra que esté todo casi arreglao. ¡Chico peso es el que se ha quitao de encima al hablar todo lo que tenía guardao con su esposa!
- Sátur, no creas. De todo lo que le he contado, queda lo más duro, sé que va a sufrir al revelarle ciertas cosas.
- Ya amo, pero pa’ eso está usted, pa’ ayudarla y consolar su sufrimiento.
- Si Sátur, sólo yo puedo consolarla y ahora, me voy a la cama, estoy rendido, al menos, voy a estirar las piernas.
- No me extraña, si hoy no ha parao entre una cosa y otra. ¡Ande, vaya e intenté dormir que a ver quien lo levanta mañana! Yo termino de echar unos leños y también me voy a mi jergón.

Gonzalo se levantó y cogiendo una palmatoria se encaminó a su alcoba entrando en ella. Cerró la puerta y dejando la vela en la mesita se sentó en la cama. Suspirando profundamente comenzó a quitarse las botas, después, procedió a desnudarse. Al quitarse la camisa y dejar su torso al desnudo no pudo dejar de estremecerse, sentía frío. Fue al arcón sacando de él una camiseta y poniéndosela. Por un momento recordó las palabras de su mujer, sonrío al pensar en ella. ¿Se habría quedado dormida? Pensó, que quizá no debía haberla dejado sola hasta que hubiera cogido el sueño. Había sido un día de mucha tensión y emociones y si se le agregaba el malestar físico, no estaba muy seguro que tuviera un sueño reparador.

Sólo iba a echarse un poco y subiría a verla, no estaba tranquilo. Destapó el lecho y se deslizó entre las sábanas algo fría. Ladeó su rostro hacia el lugar vacío de la cama y que correspondía a su esposa. Tomó la almohada abrazándose a ella, cuánto deseaba hacerlo con ella. Cuántas ganas el de tenerla allí, en el lecho, junto a él. Volvió a recordar el momento de verla llegar y dejar caer la katana a sus pies. ¡Qué valentía la de ella! ¡Cuánto coraje de mujer! Con el pensamiento puesto en ella y abrazado al almohadón, sus ojos se fueron sumiendo en el placentero mundo del sueño.




Los toques de las campanas lo despertaron, al principio se dejó llevar por la duermevela pero al momento a su mente le vino Margarita. Se incorporó de un salto, no ponía en pie cuantos toques habían dado. Se levantó y fue hacia la ventana abriendo uno de los tapaluces. Pasó su mano por la vidriera para quitar el empañado que la noche había dejado. Estaba oscuro aún por lo que tenían que haber dado las siete de la mañana. El poyete de la ventana se veía cubierto de nieve. Al parecer no había dejado de nevar en toda la madrugada aunque en aquel momento parecía que había dejado de hacerlo. Se apartó del ventanal y procedió a ponerse el pantalón, ni siquiera se puso las botas, sólo con las calzas abrigando sus pies y piernas salió de la alcoba. Tomando una de las palmatorias que había en una de las repisas, fue hasta la chimenea y acercando la vela al fuego casi extinguido se dispuso a encenderla. Luego, echando leño por leño avivó las brasas. Se retiró del hogar, sus ojos buscaron a la luz de la vela el reloj que con su tic tac, le decía que seguía allí. No se había equivocado, el reloj marcaba las siete y diez. Tomó el camino de la escalera. No hubiera querido quedarse dormido, sólo pretendía descansar el cuerpo pero fue vencido por el sueño.

Empujó con sumo cuidado la puerta entrando con sigilo en el cuarto. La vela de la mesita se había extinguido. Dejó la palmatoria en el peinador para evitar que la luz que desprendía no molestara a su esposa y se acercó a la cama. Margarita parecía dormir pero algo inquieta. Puso su mano en la frente de ella comprobando que tenía fiebre. Se apresuró a echar agua en la palangana y sacando un pañuelo de uno de los cajoncitos, lo empapó poniéndoselo en la frente. Quizá, debido al contacto de la frialdad del fino lienzo, la joven abrió con cierta pesadez los ojos.

- Gon... Gonzalo.
- Tienes fiebre Margarita. ¿Te duele algo aparte de la cabeza? porque con la calentura que tienes, lo raro sería que no te doliera - mientras le hablaba, iba empapando de nuevo el pañuelo.
- Todo me duele todo. Es como... como si me hubieran dado una paliza.
- Ayer no quisiste hacerme caso. Tenías que haber permanecido acostada - Gonzalo había tomado la palangana poniéndola sobre una silla, cogió otra y se sentó junto a la cabecera – Si no te baja con el agua, te tendré que dar a tomar las gotas.
- Dámela... dámela ahora.

Él, negó con la cabeza – No Margarita, no siempre se puede estar tomando esas medicinas a no ser en caso extremo.
- Pero... pero eso  me la baja enseguida.
- Ya, pero no es conveniente abusar de ellas. Cierra los ojos y vuélvete a dormir.
- No creo que pueda volver a quedarme dormía. ¿Cómo ha amanecido el día?
Gonzalo sonrío – Todavía no puedo decirte como ha amanecido. Cuando he subido aún era de noche, de hecho, a través de tu ventana, en este momento, sólo entra una tenue luz. ¿Sabes que ha nevado esta noche bastante? Está todo blanco.

Margarita ladeó su rostro hacia él – Alonso va a ponerse muy contento.
- Si, se va a poner muy contento pero hay que ver lo testarudo que se pone cuando no se sale con la suya - mientras hablaba no dejaba de empapar el lienzo.
- Es un niño Gonzalo, sólo un niño.
- Margarita, tiene ya nueve años y ya debía de razonar un poquito, seguro que hoy la tendremos por otra cosa. Hoy, volverá a llevar la chaqueta de adorno y nada más le diga que se la ponga, ya tendré un tropiezo con él.
La joven, ante su comentario se percató de algo – Lo que veo, es que tú, te has puesto camiseta.

Gonzalo, al momento no caía en lo que decía ella, luego, mirándose comprendió y río al saber a lo que se refería. Se inclinó hacia ella – Tenía mucho frío esta noche pasada - lo dijo masticando cada palabra y sin dejar de mirarla, luego, recobró su postura - Pero en cuanto me asee y me ponga la camisa, va fuera.
La muchacha apartó su mirada de la de él pasándose la mano por la cabeza. Gonzalo le puso la mano en la frente y en la mejilla – Ya parece que está cediendo pero la cabeza te sigue doliendo ¿verdad?
- Un poco.
- En un momento bajo y te subo una infusión de las que me prepara Sátur, también me bajaré los braseros para echarles la ascuas. Esta habitación es muy fría, aunque mi alcoba, nuestra alcoba, desde hace un tiempo también lo es y esa habitación, no hay brasero que la caldee - al decirlo, le tomo una mano entre las suyas. Percibió que temblaba.

- Por... por favor Gonzalo, no... No hagas que me sienta peor de lo que estoy.
Gonzalo dejó la mano de Margarita libre levantándose – No tienes que sentirte mal, sólo sé, que algo me dice, que antes de que termine el año, la alcoba, nuestra alcoba, volverá a estar llena de calor.

Diciendo esto, tomó los braseros uno por uno saliendo de la habitación dejando a su esposa llena de un gran desespero.

– Seño... señor ayúdame a acercarme a él, a mi esposo. Él me necesita como yo a él... ¡Yo lo necesito señor! ¡Lo necesito con todo mí ser!






Una petición de ayuda, un consejo.


Lucrecia, ante el ventanal de sus aposentos tenía la mirada perdida. A pesar de su arreglo, en su rostro se reflejaba las huellas de una mala noche. Al escuchar la puerta abrirse no se volvió, su voz se escuchó apagada.

– Catalina, te he dicho que no quería que me molestaras por nada.
- Te equivocas Lucrecia.
La Marquesa de Santillana se volvió a escuchar la voz de Hernán Mejías. Se levantó con cierto trabajo pasándose la mano para recomponerse algún cabello suelto – Es... estás aquí... No te has ido.
- A eso he venido Lucrecia, me voy. Cuando deje a Irene instalada volveré pero para quedarme en mi casa, sólo me pasaré por Palacio para saber de Nuño, pero antes de marchar no quería irme sin saber de ti. Al fin y al cabo, eres la madre de mi hijo.
- Sólo... ¿sólo eso soy para ti?

Hernán, había entrado cerrando la puerta – ¿Ahora te preocupas lo que me puedas perecer? Antes, nada de eso te importaba Lucrecia. Sabes de sobra que para mí eras más que la madre de mi hijo, sin embargo, tú nunca quisiste entenderlo. Por mucho tiempo despreciaste mi amor.
Lucrecia, se había acercado a Hernán que se había quedado en el centro de la habitación – Hernán, durante muchos años vivimos momentos muy intensos.
- Lucrecia, equivocas el amor. El revolcarnos en la cama no era el amor que yo te ofrecía y tú lo sabes.
La Marquesa rozó con sus dedos el rostro del Comisario de la Villa – Hernán, te necesito... Necesito que vuelvas a mí, quizá, yo no me daba cuenta o no quería saber del amor. No quería sentirme obligada a amar, no quería un compromiso y lo que eso conllevaba. ¡Quería ser libre! pero esa libertar la estoy pagando cara, ya ves en lo que me he convertido - se apartó de Hernán girando sobre ella misma – La soledad que me envuelve, es lo que ha hecho que me vea de esta forma y necesitaba evadirme de esa soledad.

- Y sólo puedes hacerlo de esa manera ¿no? ¡Tienes un hijo Lucrecia! Un hijo que para él no tiene que ser nada agradable ver a su madre llegar de esa forma a su casa.
- ¡No Hernán! Mi hijo nunca me verá así, intento verlo lo menos posible por eso mismo. ¿Crees que no me dolería que Nuño me viera en el despojo que soy? - se acercó al Comisario – Te vas Hernán, te vas dejándome sola.
- Te lo dije. Muchas veces te dije que un día te verías sola... Has ido echando de tu vida a toda persona que ha querido acercarse a ti, con tus intrigas y daños las apartaste de tu lado. ¡No has querido el amor de nadie! Sólo has vivido para ti y tu egoísmo, ahora Lucrecia, ahora lo estás pagando.

Lucrecia se aferró a la chaqueta de él - ¡Ayúdame Hernán! ¡Ayúdame! ¡Sólo tú puedes hacerlo! Sólo tú... sólo tú, me puedes sacarme del pozo donde estoy cayendo.
Hernán tragó saliva – Si... si quieres que te ayude, acepta este consejo... Sal durante un tiempo de todo esto, de todo lo que te rodea y medita sobre cómo ha sido tu vida, sólo de esta manera puedo ayudarte.
- Pero... pero ¿y  tu amor?
- Lucrecia, siempre ignoraste mi amor. Para ti fui un juguete en tu cama como tantos otros. No pretenderás que después de tanta dejadez por tu parte ante mis sentimientos, crea, que te preocupa mi amor por ti.

- ¡Pero es así Hernán! Yo... yo siempre te amé, pero mi ambición y el no querer comprometerme no me dejaron ver más allá.
El hombre, con gran abatimiento se acercó a la chimenea dejándose caer en el borde de ella – Ya es tarde Lucrecia, recuerdas que soy un hombre casado.
- ¡Sé que no amas a Irene! cómo sé, que ella tampoco te ama a ti. No sé qué es lo que puede uniros, pero amor, ¡no es!
Hernán dejó su postura y la miró de frente – Ese es tu problema... No me importa lo que pienses Lucrecia y si es verdad que quieres salir en donde te has metido, vete durante un tiempo, de Nuño me preocupo yo. Si él pregunta, le diré que has salido a un viaje de precisión que te llevará un tiempo.

Sin decir nada más, Hernán Mejías salió de los aposentos de la Marquesa de Santillana con gran crispación en el rosto. Lucrecia, al quedar sola se dejó caer en el lecho. Refugió el rostro entre sus manos con gran desesperación. Debía hacerlo, debía hacer lo que le había dicho Hernán, tenía que salir de todo aquello que la estaba hundiendo e intentar recuperarlo. Eso era lo que iba a hacer, marcharía para volver renovada, para ser una Lucrecia diferente y volver a conseguir el amor de Hernán, el único hombre que siempre la amó y estuvo siempre a su lado.




El día, fue avanzando para llegar a una tarde gris y fría pero sin lluvia, sin nieve, pero con ráfagas de aire proveniente del Guadarrama. La gente, se arrebujaba en sus ropas humildes de abrigo protegiéndose como mejor podía de la ventisca. Algunos, ni siquiera tenían esas ropas humildes, sólo el fuego de los braseros que se extendían a todo lo largo de las calles era lo único que hacía que entraran en calor sus cuerpos maltrechos. Eran los mendigos, los marginados, los que nadan tenían que llevarse a la boca, sólo, lo que los demás tiraban a través de sus ventanas o balcones. La miseria era el asole de la Villa. Solamente muy pocos, podían llamarse privilegiado entre tanta necesidad.

El maestro cerraba la escuela mientras los niños jugaban entre ellos. Alonso cómo Gabi, tenían sus chaquetas en las manos como si el frío no hiciera mellas en ellos.

Gonzalo le arrebató a su hijo la prenda de abrigo – ¡¿Pero se puedes saber que haces Alonso?! ¡Gabi, ponte ahora mismo la chaqueta! – mientras lo decía muy enfadado le colocaba y abrochaba la chaqueta de grueso paño a su hijo - ¡Cuántos niños quisieran tener la ropa de abrigo que vosotros no os ponéis! Ellos no tienen ni una mala manta con que abrigar sus cuerpos, mirad como a Murillo no hace falta  que se lo diga.
- Gonzalo, es que hace mucho  frío, además, por no escuchar a mí madre.
El maestro tuvo que sonreír ante el comentario del pequeño – Murillo, tú madre sólo se preocupa pero al menos tú le haces caso, pero tus amigos por mucho que se les diga parece no enterarse de ello. Anda, tirad para adelante.

Tenía ganas de llegar a su casa. Quería saber cómo había pasado la tarde su esposa. Cuando volvió al mediodía la fiebre no le había subido pero no se le había quitado del todo. Le había pedido que no se moviera de la cama tan sólo para lo más lo preciso pero conociéndola... Una voz llamándolo por su nombre en la esquina de la iglesia hizo que se detuviera. Le dijo a los niños que se adelantaran pero advirtiéndole que derecho a la casa. Se volvió.

- Buenas tardes padre José o quizá, buenas noches.
- Buenas Gonzalo.
El padre José enfundado en su túnica cubría su cabeza con la capucha, sus manos las protegía del frío metidas entre las anchas mangas. El señor cura no tardó en hablar – Sé que me vas a decir que tienes prisa, que te espera tu esposa.
- No se equivoca padre, es la verdad.
- Lo sé hombre, lo sé pero quería darte las gracias por haber recapacitado. ¡Dios Nuestro Señor me escuchó! y gracias a él, pudiste salvar a ese pequeño de las manos del verdugo.
- Perdone padre, pero creo que Dios no tuvo mucho que ver en todo eso, sólo era cuestión de conciencia aunque para eso tuviera que dejar mi promesa atrás.
- No te martirices, ya te dije que las promesas van y vienen. No todas se pueden cumplir y si temes que Margarita te lo tome a mal, no creo...

- No padre, se equivoca. Si hay alguien que tuvo que ver, fue un ángel... Un ángel que se encuentra junto a mí, mi esposa, a ella le debo que no sienta pesar por no cumplir esa promesa.
- No te entiendo Gonzalo, si no me explicas...
- Padre, en otro momento si quiere. Ese ángel, me espera.
Ante la firmeza del maestro el sacerdote no pudo menos que aceptar – Cómo tú quieras hijo, pero esperaré con impaciencia esa explicación.
- Se la debo - con una sonrisa, Gonzalo se alejó presuroso del padre José que lo miraba ir lleno de extrañeza.
El señor cura se rascó la cabeza a través de la capucha – No hay quien entienda a este muchacho, no hay quien lo entienda.




Sátur preparaba la merienda a los niños cuando Gonzalo entró en la casa. Cerró la puerta y se encaminó directo a la chimenea a calentarse las manos.

- Tiene frío ¿no amo?
- Tengo las manos heladas, no sé si de frío o de haberme topado con el padre José.
- Vaya, parece que el señor cura es su sombra últimamente.
- Si, eso parece, bueno, esto ya está. ¿Cómo ha pasado mi mujer la tarde Sátur?
- Pues ha tenío de todo. Ha estado estornudando y la fiebre no termina de quitársele pero está algo más animá, sino, cuando suba usted mismo lo comprobará. ¡Suba! ¡Suba! que yo me encargo de estos dos.
- Si Sátur, deseo verla cuanto antes... Cuando terminen de merendar que se pongan con los deberes ¡y que no pongan pega ninguna!

Gonzalo subió de dos en dos los escalones y como en más de una ocasión, algo hizo que se retuviera a entrar. La puerta estaba sólo entornada, echó el paso atrás y sin que ella no se diera cuenta no dejó de observarla. Estaba rodeada de luz, dos palmatorias en una mesita y en la otra, un farol que desgranaba su luz para hacerle más cómoda la visión. Recostada sobre los almohadones, se dedicaba a tejer. Gonzalo la observaba embelesado al ver cómo sus dedos movían las agujas y pasaba la lana con una habilidad encantadora, lo que no sacó en claro era lo que estaba haciendo. Desde que se frustró su embarazo no había vuelto a tejer. Por un instante, al recordarla como tejía aquellas pequeñas prendas y con la ilusión que se lo enseñaba a él, hizo que le embargara una triste emoción. Se recompuso y suspirando con profundidad entró en el cuarto terminando de abrir la puerta.

- ¿Interrumpo?
Al escuchar su voz, Margarita levantó la mirada de lo que estaba haciendo – No, claro que no... No te he escuchado llegar.
Gonzalo se había acercado y cogiendo la silla, se sentó junto a la cabecera – Veo que estás muy entretenida, eso es buena señal ¿Cómo te encuentras? - mientras le hablaba, ni un momento dejó de mirarla.
Margarita desvió su mirada dejando la labor a un lado de ella – Creo que un poquito mejor, aunque la fiebre no termina de quitarse. El brazo ya no me molesta tanto y como me sentía aburrida, aquí en la cama, le pedí a Sátur que me subiera el cesto de la costura, había pensado en algo y lo he empezado.

- ¿Y se puede saber qué es lo que haces? - Gonzalo intentaba buscar sus ojos.
- Si claro, quiero hacerle una bufanda a Alonso. No... no sé, si te gustará - tomó la labor enseñándosela a su marido – Tenía lana de color crudo y quería aprovecharla.
- Lo que tú hagas, siempre me gustará y más si es para Alonso pero lo que no quiero es que te precipites. Me imagino que esto también tiene que cansar.
- Bueno, como todo, cuando llevas mucho tiempo con ello, llegas un momento que no sabes los punto que has podido dejarte atrás y tienes que deshacerlo para volver a empezar.

Gonzalo la escuchaba pero no comprendía nada de lo que decía pero eso no importaba, lo que le importaba era ella y de la manera que se dirigía a él. Con aire distendido, sin turbación, sin recelo.

- Creo que por ahora debes dejarlo y tomar algo. Bajo y te subo un vaso de leche con una torta.
- No Gonzalo, poco antes de que llegaras, ya Sátur me había subido una infusión para el dolor de cabeza y después de beberme eso, como que la leche nos sería capaz de tragármela, pero bajas tú y tomas algo.
- Yo no suelo merendar, lo sabes y cuando lo hago es por acompañarte o en ciertos momentos que se pueden contar con los dedos. Si no te importa me quedo haciéndote compañía mientras sigues con tu labor, me gusta ver como lo haces y a la vez, no te encuentras sola... No digo de bajar los braseros porque ya veo que Sátur está en todo.

- Sátur ha estado todo el día pendiente... Esta mañana como esta tarde no ha dejado de subir y bajar por si necesitaba algo. Es un buen hombre, un buen amigo, también pienso, que es un buen... – aquí, se quedó algo cortada - Pues, pues eso... Es que no sé cómo decir... Lo que es para ti, cuando... cuando...
- Cuando soy Águila, es lo que quieres decir ¿no?
- Si claro, eso - se sintió muy confundida al hacerle la pregunta.
Gonzalo sonrió - Según Sátur, es mi escudero, mi postillón, pero para mí, es más que eso. Es el mejor de los amigos.

Margarita dejó de nuevo la labor encima de la cama, a un lado de ella e incorporándose un poco más, se acomodó mejor en el lecho, luego, buscó la mirada de su marido, no tuvo que hacer mucho, él la miraba fijamente.

- Quiero... Quiero que me sigas contando lo que anoche dejaste a medias.

Gonzalo no hubiera querido que le hiciera aquella petición, por un momento no supo que decir.

- Gonzalo, ¿pasa algo?
- No Margarita, no pasa nada, sólo que preferiría que lo que me falta por contarte que lo dejemos hasta que te repongas. Todavía tienes algo de fiebre y...
- Estás intentando evadir esa parte ¿verdad? No sé cuál es la causa del porqué eludirla, no lo sé pero si me decidí a escucharte fue para oírlo todo y el hecho que tenga un poco de fiebre, no tiene por qué afectar en absoluto el seguir oyendo tu historia.
Gonzalo tomó sus manos entre las suyas – Margarita, escucha, no pretendo eludir esa parte de la historia. Yo era el primero que quería que me escucharas para hacerte razonar que no era lo que tú creías, que si callé es porque me vi obligado a ello... Quería que supieras lo que me llevó a no ser sólo un maestro pero también sé, que esta parte de la historia es la más dura y no quiero que nada que escuches de ella, te repercuta en tu estado de ánimo, no quiero que sufras más.

Margarita, con la mirada baja percibía las manos de él entre las suyas. A través de ellas, supo todo el calor que le infundía como también la fortaleza que quería darle. Alzó sus ojos negros como la noche y brillante como el más hermoso de los luceros.

–  Estoy dispuesta a escucharlo todo... A estas alturas, después de todo lo que he sufrido en tan poco tiempo, ¿qué importa un poco más?
- ¡Pero a mí, sí me importa!
- Gonzalo, quiero escucharlo. Si quiero intentar que mi vida vuelva a tener la estabilidad que necesito, que ansío para encauzar lo que el futuro incierto quiera depararme, necesito saberlo todo de ti... Quiero conocer esa parte que desconozco por muy dura que sea.
Ante la firmeza de su mujer, Gonzalo tuvo que rendirse – Está bien, está bien pero si en un momento dado no quieres seguir escuchando, se queda todo por hablado.

Margarita asintió en silencio y su marido, prosiguió su historia donde la dejó la noche anterior.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Vie Dic 30, 2016 9:18 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,44




Un regreso amargo.


- El viaje desde Sevilla a la Villa en diligencia fue agotador pero con la ilusión de la vuelta, no me importaba lo cansado que pudiera estar. La tarde ya declinaba cuando pisé tierra de la Villa de Madrid. Nada más bajarme del carruaje y dejarme éste prácticamente en la puerta de mi casa con todo lo que traía conmigo, fue una felicidad inmensa la que sentí, ya desde lejos, percibí que la casa la encontraba algo estropeada pero también pensé, que ya mi padre con sus años no tendría ni ganas de enfoscar una fachada. Dejé mis pertenencias tal y como la había bajado de la diligencia, a la altura del camino y me dirigí hasta la casa... De las viviendas de alrededor salían algún convecino que otro pero se mantenían en sus puertas viéndome avanzar hasta la mía... Según me fui acercando, el corazón me latía fuertemente...

- Algo veía y notaba que me hizo sentir una gran desazón. Miraba mi entorno y me parecía que no había vida ¡Que allí no había vida alguna! Llegué ante la puerta desvencijada y descolgada, la empujé con una gran angustia, me costó hacerlo... Mis ojos sólo hallaron desolación, lo que con gran tristeza veía me daba a entender, que allí, desde hacía mucho tiempo no vivía nadie. ¿Dónde se encontraban mis padres? Esa era la pregunta que me hacía mientras contemplaba toda aquella ruina... Por un instante, mi corazón albergó algo de esperanza, pensé, que quizá y era lo más seguro que se hubiesen ido a vivir al interior de la Villa dejando las afueras... Todavía no había salido de allí, cuando uno de los vecinos se había acercado y con cierta incredulidad me preguntó si yo era el hijo de Alonso e Isabel de Montalvo... Su rostro no me recordaba a nadie, le dije que sí, que yo era Gonzalo de Montalvo y que si él podría decirme dónde encontrar a mis padres en la Villa... La incredulidad que mostró en un principio aquel hombre, se transformó en el más profundo pesar...

- Me dijo, que mis padres no se encontraban en la Villa, que ellos no llegaron a vivir aquí, que sentía decirme aquello pero que mis padres habían muertos al poco de marcharme yo... No pude controlarme y agarrándole fuertemente por la camisa le dije que mentía. ¡Que aquello no podía ser cierto! ¡Que eso era demasiado cruel! Sentí que unas manos intentaban que aflojara la presión de las mías sobre aquel hombre y voces de mujeres querían hacerme entrar en razón para que lo soltara. Esas mismas voces me dijeron que aquel vecino decía la verdad, mis padres estaban muertos... Ni mis ojos y oídos conocían a nadie, sólo sentí que algo se partía dentro de mí. Me dejé caer en el suelo llorando tanto desespero, tanta amargura... No supe el tiempo que estuve de aquella forma, de nuevo, una voz de mujer me dijo que me levantara, que no podía quedarme allí, que las acompañara. En aquella ocasión intenté a través de las lágrimas ver el rostro de la persona que me hablaba, la reconocí... Reconocí a tu madre, reconocí a María, me arrojé a sus brazos. Tu madre me arropó en ellos dándome consuelo con su voz, con su calor, ni siquiera me había dado cuenta de que Cristina la acompañaba, sólo al ayudar a tu madre a levantarme del suelo aprecié su presencia... Apenas cruzamos mirada alguna, según supe más tarde, nada más verme aparecer, una de las vecinas fue inmediatamente en busca de ellas...

- Al estar tu casa en el otro extremo, el hombre que me dijo lo que había pasado con mis padres, en su propio carro, nos acercó a tu casa con todo el bagaje. Ya en ella, después de haberme calmado un poco y aún sin saber cuál había sido la causa de sus muertes, te busqué con los ojos... Quería impregnarme de ti, y tú fueras el consuelo que necesitaba, fue tu madre quien me lo dijo. Quien me dijo que tú, no te hallabas allí, que no vivías con ellas, que vivías en Sevilla y eras una mujer casada... Mi mundo se vino abajo. ¿Para eso había vuelto a la Villa? ¿Para no tener nada de lo que había dejado al irme? Me sentí morir por dentro, me levanté diciendo que quería volver a mi casa, tu madre como Cristina, me hicieron ver que la casa no estaba para ser habitada, que necesitaba unos arreglos y que mientras eso se hacía, me quedaría allí, con ellas... Quería estar solo para gritar mi rabia, mi dolor pero tuve que hacer acopio de mis fuerzas y me tragué todo lo que sentía sólo por ellas. No había terminado la noche, cuando supe las causas de la muerte de ellos, de mis padres, los únicos que conocí y desde ese momento...

- Desde ese momento, comenzaste a odiarme.

Margarita se adelantó a que terminara la frase conmocionada por lo que estaba escuchando de él. Gonzalo le apretó fuertemente las manos – No sabes cómo me arrepentí con los años de haberte odiado cómo lo hice. ¡No lo sabes Margarita!
- Yo sentí la muerte de ellos cómo tú mismo... ¡Lo intenté todo con la ayuda de mi padre para que los dejaran libres! pero de nada me sirv...
- ¡Lo sé Margarita! Sé cuanto hiciste por ayudarlos pero en aquel momento nada de lo que me dijeran, ¡nada! podría hacerme ver lo contrario de lo que yo sentía y creía.

- Durante unas semanas y con la ayuda de los amigos con los que habíamos convivido en nuestra niñez y adolescencia, pude arreglar el tejado y la parte baja de la casa, la de arriba, ¿para qué? Sólo yo viviría en aquella casa, sólo yo y el recuerdo de ellos, con la parte baja era más que suficiente. Cuando ya prácticamente me vi solo, todo el dolor, la rabia, el desespero, todo lo que había acumulado en ese tiempo salió fuera de mí y me derrumbé... No quería vivir así, no podía, en mi mente no dejaba de escuchar la voz de mi madre diciéndome que me mantuviera vivo y ella... Ella no pudo mantenerse viva porque le arrebataron su vida de la forma más cruel al igual que a mi padre, y también escuchaba tu voz diciéndome que no dejarías de quererme y era sólo una mentira, una gran mentira.... En aquel momento, creí entender por qué no contestaste a mi carta, tú, nunca me amaste. Tú no podías haberme amado porque tú estabas casada con otro.

Gonzalo sintió las manos de su esposa en las de él. Levantó su mirada y se encontró con los ojos de ella. Su voz, se escuchó entrecortada – Ya... ya sabes lo que ocurrió con aquella carta.
- Lo sé, lo sé como tantas cosas que no quise comprender entonces – apretó las manos de ella y se levantó pasándose la mano por el rostro. Paseó la pequeña estancia.

- En las semanas que llevaba de vuelta, aquellas arcas que traje conmigo y donde guardaba todo lo que aprendí, toda una enseñanza, toda una historia, las dejé en un rincón, no quería saber nada de ellas. Ellas me traían el recuerdo de todas las ilusiones con las que volví y nada de aquello pudo ser... Una tarde, en que la desesperación me invadió, salí como un loco de la casa y no dudé en quitarme la vida pero estaba visto, que el destino no quería para mí ese final y a través de una mano amiga, la de Agustín, hizo que no acabara con ella, como siempre, ahí estaba, protegiéndome. Durante días estuvo a la cabecera de mi camastro velando por mí, cuidando la herida de mi cuerpo y la del alma. La del cuerpo, logró curarla pero la del alma, fue imposible sanarla... Tu madre y hermana venían durante el día y ayudaban a Agustín con las comidas, con el lavado de las ropas, el aseo de la casa, así fueron pasando esas semanas hasta que quedé restablecido de mi herida... Por parte de Agustín sólo tuve reproches, me dijo, que si eso era lo que había aprendido en China, que si no era capaz de enfrentar la realidad y aceptarla, de nada me había servido ese aprendizaje de cuatro años. Desapareció como vino, un buen día me dijo que tenía que marchar y así lo hizo, me pregunté en qué momento volvería a verlo aparecer de nuevo... Con el paso de los días entre Cristina y yo hubo más comunicación, ella intentó en más de una ocasión contarme el motivo del porqué te casaste en Sevilla pero yo fui tajante con ella. No me importaba ni quería saber las causas. No quería que me hablara de ti...

- Una tarde, sentado en el poyete de la puerta de mi casa y viendo a unos niños jugar, recordé a los pequeños que jugaban en muchas ocasiones frente a la casa de mi maestro Lin-Chen. Aquello, me hizo pensar que debía retomar mi vida y hacer lo que tenía planeado para cuando volviera a la Villa, abrir una escuela. Se lo comuniqué a Cristina, se puso muy contenta de saber que al fin iba a preocuparme en sentirme ocupado y que mejor que con niños. Con ella me sentía bien, ella sabía cómo quitarme los malos momentos, era tranquila, sosegada y me daba la paz interior que necesitaba. No sabía donde poder abrir esa escuela pero algo se me vino a la mente, la carpintería de mi padre... Le pregunté a tu hermana si alguien se había hecho de ella, me dijo que no, que el lugar de trabajo de mi padre se mantenía cerrado igual que me encontré la casa. Al otro día me acerqué al interior de la Villa y me dirigí a la carpintería, sentí que la emoción me embargaba... Quité los tablones que sellaban la puerta y entré, cómo la casa, todo estaba manga por hombro, pero allí seguían sus herramientas de trabajo, algunas maderas, ciertos muebles inacabados pero la mayoría de ellos, ya inservible debido a la carcoma...

- Parte del techo no parecía muy seguro pero me dije que sí, que allí, en aquel lugar levantaría mi escuela. Como siempre, me ayudaron Cipri y Floro, mientras arreglaba la escuela, entre Cristina y yo, lo que era una simple amistad, se convirtió en algo más... Nos sentíamos a gusto uno con el otro, nos compenetrábamos, me sentía seguro junto a ella, la echaba en falta cuando había días que no la veía, supe que la quería y así se lo hice saber... Le hice saber todo lo que representaba para mí, que la quería, ella no se sorprendió y aunque me amaba, se mostró reacia a tener una relación conmigo. Le pregunté el porqué de esa negativa, sólo me dijo, que algo le decía que seguía enamorado de ti. Le hice comprender que eso era imposible, que ese amor ya no existía y que no me obligara a decirle lo que realmente sentía en aquellos momentos hacia ti, que nunca le haría daño con respecto a eso, lo único que quería era ser feliz junto a ella y formar una familia, que sería un buen esposo. Después de mucho insistir, conseguí que me aceptara... No quería quedarme a vivir en casa de mis padres, había muchos recuerdos y dolorosos para empezar una nueva vida en ella, necesitaba una vivienda cerca de la escuela. Hablando con Floro, me dijo que los dueños de esta casa estaban a punto de dejarla porque se marchaban fuera de la Villa y necesitaban venderla antes de irse, Cristina y yo nos acercamos a verla... Nos pareció demasiado grande pero no estaba mal, lo único que no me gustaba era la parte de arriba...

- El tener una buhardilla no me disgustaba pero debajo de ella, y comunicándose por una trampilla en el propio tejado había una estancia que en un tiempo sirvió de trastero y granero, el tejado era su único techo. Parte del muro que daba a la calle, tenía un gran espacio abierto a ella y donde las palomas había encontrado su sitio, también se accedía por la trampilla que hay en la alcoba... Decidimos quedarnos con la casa y ya luego sobre la marcha arreglaríamos lo que no nos gustara. Así lo hicimos pero sólo arreglamos lo que íbamos habitar, ya la parte baja era demasiado grande y tenía todo lo que necesitábamos... Nos fuimos trayendo nuestras pertenencias y la fuimos acomodando en la casa, por mi parte no tenía mucho que traerme, por no decir nada, pero me preguntaba qué podía hacer con aquellos baúles y lo que tanto guardaba... Recodé las palabras de mi maestro al cederme ese legado, al igual que él, pensé que no podía dejar que aquello cayera en manos de quien no supiera darle el uso debido, pero de lo que estaba seguro en ese momento, que yo nada de aquello iba a utilizar, en todo caso algunos libros ¿pero armas? Nunca volvería a usar ninguna de ellas para matar a nadie, decidí traerme lo arcones, ya sabía donde recogerlos...

 - Con la ayuda de nuestros amigos, una polea y unas gruesas cuerdas, subimos las arcas y el cajón desde la calle hasta el palomar, mientras los subíamos, tanto Floro cómo Cipri, no dejaron de decirme que iban a quedarse con las ganas de saber que era lo que me había traído conmigo de China y que no había habido manera desde que puse un pie en la Villa de enseñarlo, sólo les dije, que nada había que enseñar, que sólo eran libros que ellos no entenderían... Cubrí aquellas pertenecías con unas lonetas atándolas con cuerdas para protegerlas de aquellas aves y no dañaran lo que allí quedaba guardado, cuatro años de mi vida y muchas ilusiones rotas. Nos casamos y abrí mi escuela... Nuestras vidas eran apacibles, tranquilas, nos queríamos pero a veces los fantasmas acudían a mí... Cualquier carta tuya y aunque tu hermana no me hacía referencia a ella, ante lo que hablaba con tu madre, hacía que el rencor aflorara y me comiera por dentro...

- Para Cristina, no pasaba inadvertido esto, pero siempre procuraba que ese pesar, esos fantasmas que yo no podía vencer por mí mismo, ella, con su amor, su paciencia, hacía que me olvidara de ellos para volver a inundarme de paz, de sosiego... Antes de nacer Alonso, fue cuando decidí arreglar de una vez por todo el palomar, no quería que esas aves pudieran acarrear algún tipo de enfermedad. Hablé con nuestros amigos de lo que pretendía, nos llevó varios días hacerlo. Cerramos todo el espacio abierto a la calle con tablones desde el pretil del muro hasta la altura del tejado, se limpió bien toda la inmundicia que habían dejado estas aves por tanto tiempo, dejé algunas estanterías que se hallaban en buen estado y todo quedó listo para cualquier cosa que se terciara... Cerré con cadenas y candados la trampilla del tejado, esa entrada ya no haría falta, el palomar ya no existía y para subir, si necesitábamos hacerlo, estaba su acceso por la trampilla de la alcoba...




Margarita escuchaba con gran interés todo lo que iba escuchando de su marido, aunque no podía en ciertos momentos dejar de emocionarse, pero tenía cierta curiosidad. No dudó en preguntarlo.

- ¿Nunca supo mi hermana lo que guardaba los arcones?

Gonzalo buscó su mirada, la encontró – No Margarita, Cristina nunca llegó a saber lo que contenía las arcas. Al ver, que con el paso de los días yo no hacía por enseñar a nadie su contenido, comprendió, que aquello tendría que haber tenido un gran significado para mí  pero que al volver y verme con lo que me había encontrado, parecía que deseaba no tenerlo conmigo. Le dije que así era, que en aquellos momentos hubiera preferido no habérmelo traído, ya que me recordaba un pasado para mí algo largo que había quedado atrás y una vuelta reciente muy amarga... Me contestó a eso, que no le importaba ese pasado largo o corto que había dejado atrás pero si le importaba mi vuelta, el presente y un futuro juntos. Pero no habría futuro, fue poco futuro lo que quiso el destino que viviéramos juntos... Cuando tú regresaste a la Villa ante la inminente muerte de tu madre, yo sé que ella te invitó a pasar las Navidades de aquel año, aquí, en la Villa, junto a nosotros como tantas veces lo hizo... Al contarme tú, aquella noche, a punto de casarnos, tantas cosas hermosas como tanto pesar que llevabas dentro, fue cuando supe por qué nunca lo hiciste...

Por un momento Margarita bajó la cabeza  - Al dejar esta casa para volver a Sevilla, lo hice con gran dolor después del trato que tuve por tu parte y cuando me despedí de mi hermana, al pie de la diligencia, ni Cristina ni yo imaginábamos que era una despedida definitiva... Ya nunca nos volveríamos a ver.

Sintió sobre su cabeza la caricia de las manos de su marido. Sin levantarla habló con un eco de voz – De lo que me has ido contando no sabía muchas cosas, otras las fui descubriendo cuando volví a la Villa ante la muerte de mi madre pero hay algo, algo desde mi regreso, que todavía no conozco con certeza... Ni tú, ni Cata, nadie me lo habéis aclarado, ninguno lo hicisteis. De alguna manera parece ser que lo habéis querido evitar. Sabía, me imaginaba que la muerte de mi hermana por la carta de Inés, había sido de una manera algo violenta, incluso por el niño sé, que tuvo que ser algo impactante, pero ninguno me habéis dicho de qué forma murió y quién o quiénes fueron los culpables. ¿Qué pasó con Cristina Gonzalo? Creo que es hora que sepa la verdad ¿Qué es lo que se esconde detrás de su muerte? - en esta ocasión si levantó la cabeza para mirarlo con fijeza y lágrimas en sus ojos.

Gonzalo temía llegar a ese momento pero no se esperaba que fuera ella quien se lo pidiera. Un nudo le apretó la garganta. Le apartó un mechón de cabello que le caía rebelde por su hermoso rostro – Margarita, no debías escuchar los detalles, sólo que murió y eso me llev...
- ¡No Gonzalo! ¡No! No quiero que vuelvas a lo mismo, quiero saber que ocurrió ¡Tengo derecho a saberlo!
- Sssssh, Sssssh, tranquila... Si... si quieres saberlo, yo te lo cuento pero por favor, tómatelo con calma, porque es muy duro Margarita, muy duro.






Noche blanca, noche de angustia y llanto.


Gonzalo se levantó de su asiento y dando unos pasos se pasó la mano por el cabello prosiguiendo con sus recuerdos.

- Aquella noche del veinticuatro de diciembre de casi ya dos años, salí de la casa para recoger un cordero asado que había encargado en la mañana, me encontré con Floro y me insistió que pasara por la taberna y me tomara algún vino con él y con Cipri... Me dejé llevar por estar un rato con los amigos y eso, eso hizo sentirme culpable por mucho tiempo. Ante mi tardanza, Cristina salió en mi busca dejando al niño solo, cuando volví feliz pensando en esa cena familiar en un día como ese, me encontré con que Alonso estaba solo y le pregunté por su mami, me dijo que había salido a buscarme. Aquello no me gustó, tomé al niño y salimos a buscarla, pedí ayuda a los amigos... Cada uno tiramos por diferentes sitios, pero nada, las calles, cubiertas por la nieve caída estaban en la más completa soledad, nadie se veía en ellas, sólo el ladrar de algún perro, era lo que rompía el silencio que nos rodeaba... Hacía frió, llevábamos con nosotros faroles para poder alumbrarnos, no la encontrábamos. Mi desesperación era grande, no sabía dónde podría haberse metido, ¡no lo sabía!. Ante el comentario de Floro, que igual había rodeado por Cuchilleros para volver a la casa y eso, podía haber hecho no encontrarnos con ella, decidimos volver. No habíamos hecho más que iniciar el regreso, cuando detuve mis pasos... A pocos metros, en el suelo cubierto por la nieve, se encontraba su manto, me apresuré a acercarme con gran temor, agachándome comprobé... Comprobé que estaba manchado de sangre...

- Con gran desaliento lo tomé entre mis dedos descubriendo que enganchado en los nudos que formaban el adorno del manto, había algo de metal con un tipo de grabado o emblema, no sabía que quería decir aquello. Mi angustia fue grande, tan grande como la de Alonso, como la de los demás, sólo tuve que recorrer unos pasos, el salir de aquella calle y meterme en la siguiente y allí, allí estaba, tirada en el suelo semi desnuda... Corrí,corrí hacia ella, aún... aún estaba viva... La habían torturado con saña, le pregunté quien... quien lo había hecho, sólo tuvo palabras para mí, y para Alonso... Mu... murió en mis brazos.




La muchacha, mientras escuchaba demudada a su marido que por momentos se le quebraba la voz al recordar, intentó aguantar su propia angustia, su miedo, su dolor ante tanto desatino pero ante lo último contado, se derrumbó en sollozos ocultando su llanto entre los almohadones. Gonzalo, que durante todo el tiempo se había mantenido de pie yendo de un lado a otro, se acercó presuroso a la cama y sentándose en ella, incorporó a su esposa estrechándola contra su pecho.

- Siento... siento que hayas... Que hayas sabido todo esto. No quise decirte nunca la verdad de lo que sucedió, era demasiado duro, demasiado cruel.

Los sollozos sacudían a la joven, nunca se hubiera imaginado una cosa así. Siempre que preguntó, siempre que quiso saber lo que realmente pasó, sólo encontró evasivas por él, por todos, sólo Alonso le explicó a su manera lo que él vio pero nada comparable con lo que había escuchado de su marido.

- Pero... ¿pero quién? ¿Quién lo hizo? ¿Quién pudo hacer una cosa así? - se estremecía entre los brazos de quien la arropaba y que a la misma vez, no podía reprimir su propio llanto.
Gonzalo se ahogaba al intentar consolarla – Ya... ya... Sssssh, cálmate... Ya todo pasó.
Ella se aferró a su camisa alzando su rostro anegado por el llanto - ¡No! No todo pasó... ¿Quién o quienes lo hicieron? ¡Quiero saberlo! Quiero saber... quiero saber por qué le hicieron... Por qué le hicieron a mi hermana una cosa tan terrible ¡¿Por qué?!
Gonzalo la zarandeó - ¡Margarita, sosegate por favor! ¡No conviene que te exaltes de esta manera! Si... si no te tranquilizas, se queda la conversación por terminada.

Margarita movió la cabeza de un lado a otro – No... no me hagas esto... Quiero saberlo todo... Yo... yo voy a calmarme pero quiero saber que... Que la muerte de mi hermana no quedó impune porque... porque no quedó impune ¿verdad? Dime...  Dime que si Gonzalo... Dime que tuvo su castigo quien lo hizo. ¡Dímelo!
Su marido cerró los ojos con gran aflicción. Él más que nadie sabía, que el causante de la muerte de Cristina no tuvo su castigo. ¿Cómo decirle a ella eso? La estrechó con más fuerza aún – Yo... yo voy a seguir contándote, sólo  te pido que te calmes... Mientras no estés serena me es imposible seguir. Sólo con serenidad puedes comprender ciertas cosas, de otra manera no podría ser.

Dejó que llorara hasta que se quedó sin fuerza. Cuando ya la sintió casi desmadejada en sus brazos, la recostó sobre los almohadones. Se levantó en busca de un pañuelo. Limpió su rostro perlado por las lágrimas y por el sudor de la fiebre que le había aumentado un poco. Echó agua en un vaso e intentó que bebiera. Sólo tomó un poco. Dejando el vaso en la mesita, Gonzalo volvió a sentarse junto a la cabecera de la cama.

Por unos momentos, el silencio se paseó por la habitación a pasos lentos. Fue Margarita ya más serena quien lo rompió – Ya... ya me siento más tranquila, ya puedes seguir cuando quieras.
Gonzalo levantó la cabeza, buscó sus pupilas brillantes todavía por las lágrimas y por la fiebre – Creo, que por hoy no debería de seguir, no estás nada bien y te ha subido un poco la fiebre.
- ¡Estoy bien para poder escucharte! No puedes... no puedes dejarme con esta incertidumbre... Por favor... - le cogió las manos al suplicarle. Gonzalo sintió que se le partía el alma. Sus manos apretaron las de ellas.
- Está bien, si te crees con fuerza para seguir escuchando, sigo haciéndolo.

- No fueron fáciles los días que siguieron, nada fue fácil... No sabía cuánto tiempo podía durar el que las autoridades diera con la persona o personas que hicieron aquello, pero yo ya me había prometido a mí mismo que vengaría la muerte de Cristina, no importaba el tiempo que me llevara hacerlo... Estaba lleno de dolor, de rabia, ni siquiera me preocupaba de Alonso cómo debía, me sentía desnudo sin ella. ¡La idea martilleaba en mi mente continuamente! Igual que tantas cosas que quedaban sin castigo, ya que la autoridad no se preocupaba mucho en averiguar tantos desmanes que sucedían en la Villa, la muerte de Cristina sería una cosa más y yo, yo no podía permitirlo... Lo que tenía en mente se lo hice saber a Agustín...

- Él, por esos días volvió a aparecer en mi vida, fui a visitarlo a su celda, tenía un pequeño cuarto donde él cuando venía a la Villa era donde se alojaba. Ante lo que le dije, se negó. Le contesté que con su aprobación o no lo haría, que los asesinos de Cristina lo pagarían, según él, la venganza es peligrosa, que sabes dónde está el principio pero no sabes dónde nos conduce... Le grité que no era cuestión de venganza, ¡que jamás tendría paz si no hacía justicia! Me... me dijo que yo también estaría en peligro, que pensara en Alonso, él también podría perderme, le contesté, que se lo debía a Cristina y a todos los inocentes que morían cada día... Para él, para Agustín, era una difícil empresa ser el salvador del pueblo...



- No pudo convencerme y fui a salir cuando me detuvo... Me dijo que tenía fuerza y odio suficiente para conseguir lo que me propusiera pero me faltaba algo. Se acercó al arcón y sacó de él un envoltorio, me lo entregó. Deslié el lienzo y ante mis ojos, apareció una katana con un águila roja a la altura de la empuñadura, lo miré extrañado, respondió a mi desconcierto que ese sería mi nombre, le pregunté el porqué. Agustín me contestó que me llevaría de vuelta a mis orígenes, algún día...

Gonzalo por un instante se quedó en silencio y tomando el vaso de la mesita, bebió el agua que contenía. Sentía la garganta seca. Según iba contando, los recuerdos venían a su mente como si volviera a revivirlos y hacían que lo embargara una tremenda emoción.

Margarita intentó buscar postura en la cama, estaba cansada de estar en ella, buscó la mirada de Gonzalo – Quisiera... quisiera sentarme un poco en la mecedora, estoy cansada de tanto lecho.
Su marido sonrío dentro de la tristeza que sentía en aquel momento – Si sólo es un poco, puedes hacerlo, yo te ayudo - tomó la toca de ella echándosela por los hombros.

Margarita apartó la ropa de la cama pero antes de que echara una pierna fuera de ella, Gonzalo, inclinándose, la alzó tomándola en sus brazos.

- Pue... puedo sola Gonzalo... No... no soy una inválida - la muchacha se sintió de lo más azorada.
- Lo sé, pero a mí no me cuesta trabajo alguno y así, se evita que puedas marearte al ponerte de pie.

La sentó en la mecedora cubriéndole las piernas con la manta, luego, le acercó el brasero a la altura de sus pequeños pies abrigados con los cortos escarpines. Gonzalo removió las ascuas con la badila. Fue hasta la cama y cogiendo un almohadón se lo puso en la espalda. Margarita recostó su cabeza en él.

Gonzalo se sentó ante ella, le tomó las manos - ¿Cómo te encuentras?
Margarita dirigió su mirada hacia la de él – Si te refieres a cómo tengo el cuerpo, cansado, aunque ya me duele menos... El brazo prácticamente apenas me molesta, sólo la fiebre que no me desaparece y hace que me duela un poco la cabeza.
Gonzalo le tocó la mejilla – Sé que la fiebre te está costando que te baje y aunque no la tienes muy alta, después de la cena te doy las gotas a ver si termina de ceder y puedes descansar mucho mejor, pero quiero saber cómo estás de ánimo. No es nada agradable todo lo que estás escuchando de mí y no quiero que te afecte, no quiero que te vengas abajo.

- Gonzalo, no es nada fácil escuchar todo eso y es imposible que no me afecte... Lo único que te puedo decir, que intentaré no venirme abajo pero quiero escucharlo todo... Todo por muy duro que sea, no quiero que me escondas nada.
Él, afirmó con la cabeza – No voy a esconderte nada. Por un tiempo lo hice y así me fue pero voy a intentar tener tacto para que te sea más llevadero lo que queda por oír de mí. ¿Estás dispuesta a seguir escuchando?
- Si Gonzalo, puedes seguir.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Ene 08, 2017 3:20 pm

Luces  Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,45




El principio de la leyenda.


- En esta ocasión, no podía contar con Cipri ni Floro, tuve que valerme por mí mismo y en momentos que Alonso no estuviera. Aprovechaba sus horas de juegos con sus amigos, sus horas de sueños, tenía que tener mucho cuidado de no hacer mucho ruido para no despertarlo. Cómo habrás supuesto, comencé a preparar el palomar, más tarde lo llamaría la guarida... De los tablones que sobró de cerrar el palomar y que los dejé recogido en ese mismo sitio, comencé a levantar repisas, estanterías, de alguna manera me sirvió lo que aprendí de mi padre, él fue un buen carpintero aunque no quisiera trabajar con él, sin embargo, si preferí hacerlo en tu casa apilando paja - aquí, Gonzalo sonrío a su esposa - Tenía que envolver con un trapo la pieza del martillo para amortiguar los golpes... Hubo material de madera que tuve que comprar porque no tenía bastante para todo lo que me hacía falta, tuve que utilizar la trampilla del tejado, era más fácil acceder por allí para meter cualquier cosa...

- Me llevó varias semanas dejar aquello en condiciones, aparte de las repisas, estanterías, hice mesas, tarima, un perchero, también preparé un habitáculo para el aseo... Caía tan agotado, que a veces me quedaba dormido en el palomar, cuando me daba cuenta eran las campanas que me avisaban que tenía que abrir una escuela... Bajaba de lo más ligero aseándome a toda prisa para que Alonso no se diera cuenta de nada, al menos, eso hacía que me olvidara por ese tiempo de mi pesar, de la soledad que me acompañaba. Cuando todo en cuestión de madera ya lo tuve terminado, fue cuando abrí las arcas. Desde que regresé a la Villa sólo abrí la más pequeña, la que contenía los libros, ante mis ojos estaba todo lo que me traje de China, todo el legado que mi maestro me dejó... Fui colocando cada arma en el sitio que tenía preparado para cada una de ellas, quité los clavos del cajón y fui extrayendo de él, las armas más largas... Lanzas, picas, todas ellas, como todas las armas que yacían en sus lugares esperando ser usadas, eran de una procedencia diferente... Coloqué los libros en sus estanterías y ya todo quedó listo para ser utilizado...

- Hubiera querido, que esa misma noche hubiese sido la primera para recorrer los tejados de la Villa pero estaba tan extenuado que no me importaba un día más de espera. Fui apagando cada vela encendida y bajé por la escalerilla de la trampilla a la alcoba, esa escalera siempre quedaría escondida detrás del arcón que se encuentra junto a la puerta de la habitación. A la noche siguiente, cuando Alonso ya descansaba subí a la guarida, después de encender varias velas, me dirigí hacia el arcón más grande abriendo su cubierta, saqué el lienzo de seda negra y lo deposité sobre la mesa, lo descubrí quedando a la vista el traje de guerrero... Comencé a desvestirme de mi ropa habitual, la de maestro... Mi cuerpo esperaba con cierto temor vestir aquellas prendas...

- Lo fui haciendo poco a poco, parecía que aquellas ropas me la hubiesen hecho a la medida, se iban adaptando a mí, era como si vistiera una segunda piel y mi cuerpo fue perdiendo temor al contacto de ellas. Fui tomando las armas que podía necesitar y me coloqué la capa dejándomela caer a lo largo de mí, tomé la katana que me entregó Agustín y envainándola en la funda, terminé por cubrir parte de mi rostro con el embozo... Subí por la escalera que conducía a la trampilla que accedía al tejado, ni siquiera percibí el frío de comienzo del mes de Marzo... De pie en el tejado con la capa al viento miraba al frente, desde aquel momento me convertí en el guardián de la noche mientras la Villa dormía, nada se me podía escapar a mis sentidos... De ellos, de mis sentidos, dependía para lo que me había propuesto, hacer justicia... Hacer justicia al encontrar y terminar con los asesinos de Cristina...

- Me costó hacerlo, nada fue fácil... Los días fueron pasando con el mismo dolor y el mismo pesar, también el dilema que se me presentaba, por un lado, mi deseo de cumplir mi promesa de encontrar a los culpables de la muerte de tu hermana, por otro, batallar con Alonso que se me rebelaba cada vez más. Sentía que se me escapaba de las manos, sólo tenía poco más de siete años y no podía con él... Tu llegada a la Villa empeoró la situación, no quería tenerte junto a mí pero sabía que el niño te necesitaba, también otro temor al que añadir al de Alonso, cualquier fallo por mi parte, tanto tú como el niño corríais un gran peligro. Averigüé algo y fue de alguna manera gracias a mi hijo, ya que cuando se le ocurrió marchar a Sevilla en tu busca, intentó robar y lo llevaron a los Calabozos, allí, él se enteró mientras torturaban a un reo, que habían estado hablando de su madre...

- Alonso me preguntó si no iba a hacer nada, le contesté que para eso estaba la justicia, me llamó cobarde, lo ha hecho tantas veces, pero ¿cómo no comprenderlo? Ante mi actitud, decidió hacerlo por él mismo e intentó colarse por un ventanuco de la cárcel y hablar con esta persona, como comprenderás, Águila Roja tuvo que intervenir para que desistiera de su empeño. Aquella noche, me vestí con ropa de fraile para entrar en los Calabozos y poder llegar a la celda donde se encontraba este hombre, por la situación del ventanuco donde encontré a Alonso intentado entrar por él,  supe la situación donde se encontraba  la celda. Todas las noches, un sacerdote hacía su visita a los reos, debía darme prisa antes de que llegara el verdadero. El carcelero me abrió la celda y entré, con este hombre había otro reo que compartía celda con él...

- Me acerqué al hombre que me interesaba, le pregunté que sabía él de la mujer del maestro, creí que me iba a encontrar con más dificultad a que hablara, pero no, me dijo que ella murió porque se encontró con algo muy serio, pero sólo el capitán sabía toda la historia... Le pregunté a quién se refería, me contestó que se llamaba el capitán Rodrigo, le volví a preguntar que como podía dar con él. Según él, lo reconocería porque llevaba un tatuaje como el que llevaba él en la nuca, me quedé mirando aquel tatuaje. ¡Reconocí aquel emblema! Llevé conmigo ese cierre de metal desde que lo encontré enganchado en el manto de Cristina, lo saqué enseñándoselo, me dijo que querían matar a alguien... No pudo decirme a quien, por más que insistí que me dijera a quien querían matar y donde encontrar a ese capitán Rodrigo, no hubo nada que hacer, debido a las torturas murió ante mis ojos...

- Ya nada me retenía allí y debía darme prisa en salir de aquel lugar pero no podía dejar al otro infeliz atado y que durante el tiempo que estuve allí, no dejaba de hablar y hablar... Ese “infeliz” era Sátur, pero antes de salir llegó el verdadero sacerdote y la salida nos resultó un poco dificultosa. Tuvimos que esquivar a la guardia usando la fuerza, en mi lucha con ellos, la capucha del hábito como el embozo se me deslizaron y mi rostro quedó al descubierto pero por la forma en que luchaba, Sátur ya supo quién era yo. Me pidió, que lo dejara acompañarme, que podría ser mi sirviente, mi escudero, mi postillón, y desde aquel momento fue más que eso, fue parte de la familia del maestro, Sátur también me informaba ante cualquier imprevisto que surgía en la Villa... Durante los últimos tiempos había demasiada escasez con las comidas, él me averiguó lo que estaban haciendo con las provisiones...

- Todas las mañanas, los carros atravesaban la ciudad por el camino de Alcalá bien cubiertos para que nadie los viera y eran conducidos a la Venta de los Carabancheles... El Comisario, sabía de todo esto y enviaba a sus hombres para que nadie pudiera acercarse, a la mañana siguiente, intercepté uno de esos carros y di la voz al pueblo donde podrían encontrar los alimentos. La guardia no tardó en aparecer e intenté quitármela de encima, mientras lo hacía, vi a un hombre que intentaba montar a caballo, en su nuca llevaba un tatuaje con el emblema que ya conocía. Corrí, corrí hacia él gritando su nombre. Cuando pude impedir que huyera le cogí fuertemente por la garganta, le dije que teníamos que hablar... Me dijo, que estaba equivocándome de hombre, que el hombre que buscaba estaba más cerca de mí de lo que imaginaba, el Comisario apareció en aquel momento y él se dio a la huida. No comprendí lo que quiso decirme el Capitán Rodrigo con eso, con el paso de los meses, supe porque me lo dijo...

- Todo esto nos llevó tiempo, meses... Margarita, detrás de la muerte de tu hermana se escondía una conspiración contra el rey... Esa organización, llamada “La Logia” estaba constituida por nobles, aquella fatídica noche, hizo que el azar, la mala fortuna, que Cristina se cruzara con ese hombre, con el capitán Rodrigo, éste, era un infiltrado a favor de la corona y al ser descubierto, en su huída tropezó con tu hermana entregándole un libro donde constaban los nombres de los conspiradores, al parecer, ese libro no lo llevaba Cristina cuando se ensañaron con ella, se le caería al intentar de escapar. Días después de la muerte de tu hermana, Alonso me entregó un retrato que Murillo había dibujado del rostro de Cristina, lo puse por dentro de la cubierta del arcón, del arcón de la guarida, sin saber, que ese pliego donde estaba dibujado el rostro de tu hermana pertenecía a ese libro y ese papel, sabiéndolo leer, podía decirme lo que tanto ansiaba y buscaba...

- Uno de esos días aparecí por la taberna, Cata se encontraba allí y admiraba un dibujo de Murillo, me lo enseñó pero hubo algo que me llamó más la atención que el propio dibujo, en el reverso, había escrito algo y tenía una fecha, catorce de Noviembre... Era un juramento para acogerse a unas normas, el nombre del que juraba pertenecía a un noble, en una esquina de aquella página, el dichoso emblema... Le pregunté a Catalina donde había sacado Murillo aquel papel, me dijo que Cipri tenía un libro lleno de dibujos de su hijo, me levanté para ver atónito que Cipri lo había arrojado al fuego, lo saqué e intenté de que no terminara de quemarse pero fue imposible, pensé, que nunca sabría que nombres escondía aquel libro y más, cuando una mañana apareció el cuerpo ya sin vida del capitán Rodrigo expuesto ante los ojos del pueblo, pero no me di por vencido, ¡no podía hacerlo! Yo sólo quería el nombre del culpable de la muerte de Cristina pero ante esa posible conspiración contra el rey, no podía quedarme impasible...




Su esposa, con los ojos enrojecidos le hizo una pregunta.

– El... el día de San Felipe, cuando el rey visitó el barrio para dirigirse a la iglesia y hacerle la ofrenda del santo, tú sabías de ante mano que allí se iba a atentar contra él ¿verdad?
- Si Margarita, lo supe desde la noche anterior, fue Catalina quien me lo dijo. Al parecer escuchó a través de una puerta hablar a unos invitados de la Marquesa de dicho atentando, estaba asustada, me dijo que no se me ocurriera decírselo a las autoridades, le dije que no se preocupara, que yo conocía a alguien y él se haría cargo... Estuve vigilando el pasaje y descubrí a un hombre preparando su lugar para disparar contra el rey, lo obstaculicé pero en la pelea, él perdió el equilibrio cayendo por la barandilla a la calle, no pude sacarle nada.

- ¿La Marquesa no sabía de esto?
- Según Catalina, la Marquesa ya se había retirado a sus aposentos cuando escuchó esto de esos nobles, Cata ponía las manos en el fuego por ella pero en una ocasión, Agustín me dio una lista de nobles y que supuestamente, entre esos nombres, podrían estar los de los conspiradores, el nombre de Lucrecia se encontraba entre ellos... Después de lo que hemos vivido por causa de ella y de lo que sabemos de lo que es capaz, no me extraña nada que estuviera metida en toda esa intriga.

- Al otro día, no dejé de vigilar el pasaje hasta que ya en la tarde me aposté en el tejado, no dejaba de estar pendiente del tumulto que se formaba en la calle, cualquiera podía ser el sicario, pensé, que quien fuera iría armado y tenía la ballesta preparada a punto de tiro. Según iba avanzando el rey, mis ojos no dejaban de mirar a un lado y a otro, ante cualquiera que hacía un movimiento por leve que fuera, me echaba la ballesta a la cara pero no dejaba de ser una falsa alarma. El rey, ya estaba a la altura de la iglesia, en nada de tiempo la persona elegida para entregarle el santo no tardaría en aparecer, lo que hubiera de pasar sucedería de un momento a otro, tenía temor porque había mucha gente en la calle pero me sentí morir de angustia cuando te vi aparecer con la imagen entre tus manos. ¡No me podía imaginar que fueras tú! Tú, quien le entregara al rey la ofrenda...

- Con más avidez busqué con mis ojos al mercenario pero por un momento me fijé en la estatua cuando tú estabas a punto de ponérsela en las manos al rey... Un sexto sentido me avisó, allí dentro estaba lo que iba a acabar con el rey y con todos los que se encontraban cerca de él pero eras tú. ¡Tú eras la que más me preocupaba! ¡Podías morir si lo que yo pensaba hacía explosión! Mi corazón y mi mente comenzaron a latir vertiginosamente, no lo pensé y anclando un cable alrededor de un castillete me deslicé fachada abajo para arrebatarle la imagen al rey... Con gran rapidez subí al tejado arrojando la talla del santo a un terreno baldío, hizo explosión antes de que se estrellara en el suelo...

- Me salvaste la vida, me la salvaste como cada vez que me he visto en un apuro... Siempre estabas ahí, ¡siempre! – al decirlo, buscó los ojos de su marido, los encontró y por la forma de mirarla, su turbación se hizo visible en sus mejillas – Te... te he interrumpido. ¿Fue el único atentado que tuvo el rey? porque ese se frustró.

- Para los conspiradores, aquello les retrasó lo que pretendía pero querían destronar al rey y conseguir sus propósitos a toda costa. Con la ayuda de Agustín pude dar ciertos pasos pero no lo suficiente. Siempre le he dejado dicho a Sátur, que ante lo que pudiera pasarme que os lleve a Toledo, a la posada de Alberto, allí, siempre estaréis a salvo... Una noche que presentía el peligro muy cerca, le dije que él se volviera, que lo que me había llevado hasta allí podía hacerlo solo y que si algo pasaba, que os llevara a Toledo y que destruyera todo lo que había en la guarida, se fue a regañadientes pero de esa forma me quedaba tranquilo. Tenía que dar con el duque Felipe de Valois, él ocuparía el trono de España si la conspiración salía adelante con éxito pero el rey, supo quién era el conspirador que pretendía derrocarlo...

- Al saber y conocer su llegada a la Villa, logró capturarlo y mandarlo encerrar en sus mazmorras donde no era fácil de acceder, muy poca gente sabía de aquel lugar, se la conoce como la mazmorra de los setecientos pasillos... Quería llegar a él para sacarlo y que me dijera lo que tanto ansiaba, el nombre del asesino de tu hermana, recorrí pasillos larguísimos y que parecían laberintos, estaba al acecho, al igual que yo, había gente que estaba interesada que Valois saliera de su encierro pero para sentarlo en el trono... Según iba recorriendo aquellas galerías, presentía que cada vez estaba más cerca de la celda que ocupaba, no me equivoqué pero alguien se me había adelantado y antes de que pudiera esquivarlo, el Comisario disparó sobre mí dejándome herido. Pensaría, que era primordial sacar de allí cuanto antes al duque que hacerse cargo de mí ya que con la herida que tenía encima era imposible que fuera muy lejos... Esa fue la mañana que aparecí herido y Juan me extrajo la bala. No sé cómo pude salir de allí y llegar a la casa, no sé cómo pude pero a pesar de lo mal que me encontraba tenía que salir allí antes de que el Comisario volviera... Es mucha las ganas que tiene de tener mi cabeza y en aquella ocasión aún más, ya le estaba aguando muchas cosas que pretendía...




La muchacha había ido escuchando en silencio pero su corazón palpitaba con fuerza según iba oyendo de su esposo hablar de toda aquella intriga y por la qué su hermana había muerto con tanta crueldad, ante lo último referido por él, no pudo dejar de estremecer. Gonzalo lo percibió.

- Has sentido frío ¿verdad? - a la misma vez que le preguntaba le subió un poco más la manta.
- Es... es que al recordar el momento de verte en la mesa de Juan con esa herida y tan pálido, creí que la que moría era yo.
- Pues ya ves, ni tú, ni yo morimos aquel día... Aquí estamos, tú escuchando y yo hablando de algo que durante un tiempo, para mí una eternidad, mantuve en silencio... Un silencio que me carcomía por dentro de saber que con ese silencio de alguna manera estaba traicionado el amor que me tenías, por eso, nunca te agradeceré bastante el que hayas querido escucharme.
- No... no tienes nada que agradecer, pienso, que yo necesitaba escucharlo pero sigues ¿Qué ocurrió luego? Después de que te recuperaras de la herida, bueno, recuperarte... Apenas estuviste unas horas en cama.

- Cuando abrí los ojos en la alcoba, Sátur estaba ahí, esperando que reaccionara... Me contó que si llegaba a tardar un rato más, la casa hubiera ardido como la Roma de Nerón pero que había podido salvar algo. Fue hacia el secreter y me trajo el retrato de Cristina y aunque estaba quemado un poco por los bordes, las llamas habían respetado el rostro. Al repasar con mis ojos el retrato, me fijé que en el borde de abajo aprecié ciertas letras, lo miré por el reverso, estaba limpio de escritura. Le dije a Sátur que me acercara la vela y la puse por la parte donde estaba el dibujo, era lo que pensaba. Al recibir la luz, por el reverso se fue reflejando toda la escritura que escondía la tinta de limón y una lista de nombres de nobles apareció ante mis ojos. Eran los nombres de los miembros de “La Logia” entre ellos, pensé que estaría el asesino de tu hermana...

- ¿Tinta de limón? - la muchacha preguntó de lo más extrañada.

- Si Margarita, aunque te parezca extraño, la tinta de limón es algo muy sencillo y que se usa precisamente para ocultar cualquier escrito que no se quiere que caiga en manos de quien no debe, sólo hay que exprimir un limón y con la pluma, después de impregnarla un poco en ese zumo, escribir sobre el papel, esperar que seque y queda completamente invisible a los ojos, sólo a través de una llama puede verse la escritura... Tantos meses con el retrato entre mis manos, y estaba ignorante que lo que tanto buscaba estaba más cerca de mí de lo que podía imaginarme...

- Sátur se encargó de averiguar dónde podía encontrar a estos hombres. El primero de la lista se encontraba en una casa de baños, de masajes, no esperaba que las manos con la que se iba a encontrar fueran las mías... Le obligué a decirme lo que quería, lo que tanto ansiaba. Me costó más de lo que suponía, pero ya estaría harto de tragar agua y escuché de sus labios lo que tanto deseaba, oí de él, el nombre del asesino, el nombre del asesino de Cristina, el...  - su voz se escuchó con infinita tristeza.

Margarita percibió el cambio de voz de su marido – Gonzalo, ¿por qué te detienes? ¿Quién mató a mi hermana? ¡¿Quién fue?!
Gonzalo, mientras había hablado había mantenido la cabeza baja, la levantó para mirarla. Los ojos de su esposa le hacían las mismas preguntas que sus labios. Él, con toda aflicción, le tomó las manos – El saberlo no va a cambiar las cosas Margarita... Creo... creo que aquí se debería dejar por terminado mi historia, al menos, que quede ignorante para ti el nombre de su asesino. Cuando la conspiración quedó al descubierto, todos o casi todos fueron ejecutados... De... de alguna manera se hizo justicia.

Margarita movió la cabeza – No Gonzalo, por lo que sea, no me lo quieres decir y algo me dice, que ese hombre no fue ejecutado ¿Por qué no me quieres decir su nombre? ¡¿Por qué?! - se soltó de las manos de su esposo echando la manta a un lado, se levantó de la mecedora. Dio unos pasos por la habitación – Que... quedamos en que nada me ibas a esconder, sin embargo, me estás ocultando ese nombre.
Gonzalo se había levantado y se dirigió hacia ella. Margarita le daba la espalda. Él, le puso sus manos en los hombros. Se reflejaba una gran pesar en su rostro - Margarita...  no pretendo ocultarte nada, sólo quiero evitar que sufras.

- Ya te he dicho, que después de lo que he sufrido en tan pocos meses que importa un poco más... Quiero ese nombre Gonzalo. ¡Quiero que me lo digas!
Gonzalo cerró los ojos ante la forma de pedirlo. Se mordió el labio inferior – ¡Está bien!, si lo quieres escuchar no seré quien te niegue el saberlo, fue... Fue el Comisario - en sus manos percibió el estremecimiento de su esposa.
Margarita se apartó de él dejándose caer en la cama – Fue... fue ese hombre... Ese hombre mató a mi hermana y sigue vivo... Él sigue vivo ¿Por qué? ¡¿Por qué no hiciste justicia en él?! ¡¿Por qué Gonzalo?!

Su marido se agachó tomando sus manos – Margarita, escúchame, fui lo primero que estaba dispuesto a hacer. Nada más saber que fue el Comisario el causante de la muerte de Cristina, no habría nadie que me impidiera terminar con él, ¡nadie!
- Pero no terminaste con él. El Comisario, ¡está vivo!
- Te dije, que sólo con serenidad podrías comprender ciertas cosas. Si te alteras no podrás entender por qué él sigue vivo a pesar de muchas cosas.
- ¡¿Es que no sé que tengo que entender?! Sólo puedo entender una cosa, que él mató a mi hermana y nadie le hizo justicia, ¡ni siquiera tú!
- ¡Margarita, si me escuchas si podrás entenderlo y comprenderás por qué él está vivo!

La muchacha se limpió con el torso de la mano el rostro anegado por las lágrimas. Aquel hombre cruel, despiadado y que era la autoridad de la Villa, fue quien mató a su hermana y seguía vivo, ni siquiera Gonzalo, su marido y que se convirtió en el guerrero para que la muerte de ella no quedara impune, no pudo hacer que pagara por su muerte ¿Por qué? Sus negros ojos arrasados por las lágrimas buscaron los de su esposo. Los ojos color miel de Gonzalo estaban enrojecidos.

- Te...  te escucho... Dime por qué ese hombre sigue vivo.
Gonzalo sintió cierto alivio. Arrimó la banqueta y se sentó ante su esposa – Quiero que guardes calma ¿vale?

Sólo encontró silencio por parte de su mujer. Él decidió seguir contando.

- Nada más conocer su nombre, me dirigí a los Calabozos, iba lleno de ira, de furia... Me volví como loco quitando de en medio a todo guardia que me quería impedir el paso, al lugar teniente que tenía el Comisario en ese tiempo, le seccioné una mano y le obligué que me dijera dónde encontrarlo, me dijo que no se encontraba en la Villa, que se hallaba camino de Segovia. No lo dudé y a pesar de todo lo que me dolía el brazo me encaminé hacia el lugar donde me había dicho, fueron varias horas a galope... Detuve el caballo y me acerqué al borde de la cima, ante mis ojos se extendía una gran explanada, en ella, un ejército de mercenarios con un gran número de hombres. Aquellos hombres, podían controlar la Villa durante meses y estaban preparados para invadirla en cualquier momento...

- Lo puse en conocimiento Agustín, me preguntó que como habíamos llegado hasta ellos, le entregué el pliego donde se encontraba los nombres de los conspiradores diciéndole, que allí tenía los nombres de los miembros de La Logia, se sorprendió al saber que todos eran Grandes de España... Le dije, que fue el Comisario quien mató a Cristina, me advirtió que no me moviera y que no tocara al Comisario. Me rebelé, le dije que si sabía lo que me estaba pidiendo, que ese hombre nos había hecho mucho daño... Me pidió que confiara en él, que la vida de muchas personas estaba en juego y que en aquel momento iría a entregarle aquel papel al rey pero que no me moviera hasta que él me avisara. Nada más irse me preparé para ir en busca del Comisario, no podía tener en cuenta las palabras de Agustín, debía cumplir mi promesa, hacerle justicia a tu hermana...

- Sátur quiso impedírmelo diciéndome que si había esperado esos meses que importaba unas horas más, que podía desangrarme por el camino y que no podía enfrentarme a un ejército solo, que si no había pensado que tenía una familia... Nada le faltó por ponerme por delante para detenerme pero yo no quería escuchar, ¡no quería! Al ver, que a pesar de todo lo que me puso por delante estaba dispuesto a ello, tomó las bridas del caballo y me dijo que no, que yo aquella noche no salía de aquí, le obligué a que me diera las riendas pero Sátur se negó rotundo, me cegué y le golpeé... Golpeé a Sátur, no olvido su rostro de desconcierto como no puedo olvidar como yo me sentí, le pedí perdón... Dolido por mi reacción, me dijo que yo tenía razón, que me marchara e hiciera mi vida, que él no era quien para impedírmelo, que no pasaba nada, que ya había tenido otros amos que le habían pegado pero... pero que de mí no se lo esperaba...

- Me sentí de lo peor, sólo le pude decir que nunca más iba a suceder, se marchó del establo sin decirme nada, aquella noche no pude marcharme... Al otro día esperé a Agustín donde habíamos quedado pero no apareció, Sátur y yo nos acercamos a su celda y comprobamos que no se encontraba y que toda ella estaba revuelta, pensé, que quizá había caído en manos de los enemigos de la corona y no había podido darle la lista al rey... Ante el temor que la Villa fuera invadida por el ejército de mercenarios, le pedí a Sátur que fuera en busca tuya y de Alonso para que os trajera a casa, mientras, tenía que impedir que los conspiradores se salieran con la suya y conseguí hacerlo con la ayuda de Agustín que apareció en unos momentos cruciales. Durante unas horas los miembros de La Logia lo había mantenido retenido pero por más que insistí en saber quién lo había liberado, no pude sacarle nada...

- Sólo se limitó a decirnos, que era alguien que no tenía mucho interés en salvar al rey, pero sí que otra persona viviera. Le dije a Sátur que curara sus heridas mientras yo tenía que acabar con un asunto, Agustín hizo por detenerme pero no le escuché... Sin ser visto me introduje en los Calabozos y le dejé una nota al Comisario, en ella, sólo le decía que teníamos una cuente pendiente... Lo citaba en la antigua iglesia de San Damián, hizo acto de presencia, lo observé llegar y avanzar por el templo. Me dejé caer desde mi altura y nuestros ojos se encontraron, no hacía falta cruzar palabras, el odio que sentíamos el uno por el otro hablaba por nosotros... Sin apartar sus ojos de mí, se despojó del sombrero y de la capa, la lucha a muerte no se dejó esperar... Fue eso, una lucha a muerte y de la cual, tan sólo podía haber un vencedor...

- El brazo dificultaba mis movimientos y no tardó en dejarme desarmado... Reaccione pronto y con mi cuerpo luché lo que no pude hacer con la katana. Estaba loco de rabia ¡Loco! Tan sólo mi mano derecha y mis piernas fueron mis armas, ni siquiera el dolor que sentía en el brazo hizo que desistiera. No le daba oportunidad de defenderse, ¡no podía dársela! Con un fuerte impulso de mi pierna, le asesté un golpe logrando dejarlo fuera de combate. Me bajé el embozo respirando aceleradamente y fui donde quedó la katana, me incliné y la tomé entre mi mano por la empuñadura, me volví hacia el cuerpo del Comisario que todavía seguía inconsciente...



- Sin titubear, levante el brazo con la katana en mi mano dispuesta a hundirla en su cuerpo, cuando mi mano estaba a punto de bajar, una voz con un “No... no lo hagas, te arrepentirías todo tu vida” hizo detenerme... Era Agustín... Me volví con el arma en alto y le grité que fue quién mató a mi mujer. La consternación, la incredulidad, se adueñó de mí al escucharlo decir, que él, que el Comisario, era mi hermano.




Margarita, que había ido escuchando con el corazón acelerado y con una gran angustia, ante lo último que acaba de escuchar, se tapó el rostro con las manos ahogando un sollozo.

- ¡No! ¡No puede ser! ¡Eso no! ¡La vida no puede seguir jugando con nosotros! ¡Dime que hubo un error! Que... que Agustín te mintió. ¡Dímelo!
Gonzalo, que ya hacía un rato que se había levantado ya que era imposible contar todo aquello y estarse sentado, se acercó presuroso a su esposa sentándose en la cama junto a ella. Quiso abrazarla pero ella se deshizo de sus brazos - ¡Dime que no es verdad! ¡Dímelo por favor!
- Que más quisiera, pero es la verdad Margarita. El Comisario Hernán Mejías, es mi hermano.

La muchacha, en los ojos de él, comprendió que todo aquello era cierto, que sus ojos, no mentían. Sintió que el ahogo se rompía en su garganta estallando en sollozos. Gonzalo conteniendo sus propias lágrimas la atrajo hacia él abrazándola con gran fuerza sobre su pecho.

– Decir... decirte que siento todo esto es repetirme pero no sabes lo que daría porque no hubieras pasado por toda esta verdad, llora todo lo que quieras. Llora y desahoga toda la rabia, el dolor y la consternación que todo esto te ha producido... Llora hasta quedarte vacía de tanto daño que llevas dentro, llora...

No supo el tiempo que pasó. Margarita sólo lloraba, de sus labios ninguna palabra salía. Sólo su llanto era el que se escuchaba romperse en su garganta. Gonzalo, en silencio, se limitaba a mecerla en sus brazos. ¿De que servían las palabras en aquel momento? Ninguna palabra que le dijera iba a amainar su desconcierto, su pesar. Las luces de las velas se iban extinguiendo como un suspiro inundando aquella pequeña estancia de una suave penumbra, de una cierta paz. Una paz, que realmente aquellas dos personas que se hallaban en aquella pequeña alcoba estaban muy lejos de sentir en aquel momento, sólo les embargaba una gran pesadumbre.

Gonzalo, percibió que el cuerpo de su esposa dejaba poco a poco de estremecerse. El rostro de su mujer durante todo el tiempo se había mantenido hundido en su pecho, en ningún momento él intentó por apartarla de él. El llanto de ella iba apaciguándose, la sentía extenuada, fue cuando decidió hablarle.

– Serás mejor que te eches, estás agotada.

Ella no puso objeción, con la ayuda de su marido se tendió en el lecho. Gonzalo le quitó la toca y la cubrió con la ropa de la cama. Margarita se volvió hacia un lado hundiendo el rostro en la almohada. Gonzalo le ofreció un vaso de agua – Ten... bebe un poco.

Margarita se incorporó y tomó con mano temblorosa el vaso que él le ofrecía. Apenas mojó sus labios, ni siquiera podía tragar, le devolvió el vaso y tomó la postura anterior. Gonzalo dejó el vaso en la mesita, cogiendo una vela que había en una repisa la cambió por la que estaba más extinguida haciendo que su luz iluminara un poco más la pequeña estancia. No sabía que podía estar pasando por la mente de su esposa. Ya no lloraba pero tampoco hacía por hablar, sólo ocultaba el rostro entre la almohada. No sabía qué hacer, se sentía impotente en aquel momento. No sabía si hablarle o mantenerse en silencio hasta que ella dijera algo. La observaba desde su altura, echa un ovillo sobre ella misma, apenas podía verle el rostro, el cabello se le había destrenzado y se le esparcía por su espada como por el almohadón. Le subió la ropa un poco más cubriendo su cuerpo.

Unos toques en la puerta hizo que se volviera, Sátur asomaba el rostro por ella. Gonzalo se acercó – Dime Sátur.
- Amo, que estaba un poco preocupao... Que desde que subió no ha bajao y ya es hora de la cena. ¿La subo aquí o van a bajar ustedes?
Gonzalo le hizo señal de que saliera cerrando un poco la puerta – Sátur, creo que esta noche,  ni ella y yo vamos a tomar nada.
El fiel criado miró a su amo preocupado – Amo, ¿qué ocurre?

- Ha sabido lo más duro de la historia Sátur. Lo ha pasado mal, ahora parece tranquila, pero no podría hablarle de cena porque sé que le sería imposible que la pasara, a mí me pasa un tanto de lo mismo. Si quisiera, que prepares una infusión bien cargada, haré que se la tome, si no sé, que esta noche no va a poder descansar. ¿Y Alonso?
- Por él no se preocupe, ya le he puesto la cena y está comiendo, Catalina ha venío a recoger a Murillo y al saber que Margarita estaba acompañada de usted, aquí arriba, no ha querío interrumpir, se ha llevao a Gabi con ella, se lo acercará a Estuarda... Si le digo, que en cuanto pueda baje antes de que Alonsillo quiera subir, si Margarita está algo afectá, mejor que el niño no la vea así.
- Si Sátur, en cuanto pueda bajo y gracias por todo.

El hombre se retiró y Gonzalo volvió dentro de la habitación cerrando la puerta. Margarita seguía en la misma postura. Se sentó en la cama poniéndole la mano en el hombro – Sé que no es fácil asimilar todo lo que te he contado pero no te encierres en ti misma. Comparte conmigo tu aflicción, tu rabia, tu dolor y si quieres preguntar, hazlo... Tendrás muchas preguntas en tu mente que sólo yo podré contestar.

De momento, ante su comentario sólo tuvo el silencio por respuesta. Al ver que ella no reaccionaba fue a levantarse, no podía mantenerse sentado, prefería pasear por la habitación, no llegó a hacerlo, la voz de la joven algo enronquecida, lo detuvo.

- ¿Qué... ¿Qué se siente al tener un hermano como él?
Gonzalo sintió un gran apretamiento en la garganta. Contestó – Podría decirte muchas cosas pero de todas ellas, la desilusión y la vergüenza son las que imperan... No es fácil aceptar a un hombre como él, como hermano.
En aquella ocasión, Margarita cambio de postura volviéndose hacia él. Tenía los ojos vidriosos por las lágrimas - ¿Nunca... ¿Nunca supiste de su existencia?

- Nunca. En mi mente nunca hubo nada que me dijera que yo tuviera un hermano, sólo cuando escuché la voz de Agustín diciéndome que era mi hermano, algo se me vino a ella pero todo lo veía muy lejano, confuso... Tenía que ser muy pequeño y lloraba, me... me veía acompañando de otro niño algo mayor, cómo de unos once años, una mujer, a mi madre, ella, yacía en un camastro manchada de sangre... Veía a Agustín mucho más joven y que nos decía algo... Algo como que no había podido llegar a tiempo de salvar a nuestra madre o una cosa así, que nos iba a buscar una familia, que teníamos que confiar en él... Sé... sé que me tomó en sus brazos y me apartó de aquel niño, yo lloraba, no quería irme con aquel extraño y le tendía la mano de quien yo me sentía protegido, no quería separarme del que ahora sé, que es mi hermano pero Agustín me llevó con él a la fuerza... Es lo único que pude recordar en aquel momento, igual que si hubiera estado viviendo un sueño, ¡lo único!

- Al día siguiente fui a su celda, cuando abrió la puerta y con sólo mirarme, me dijo que no lo mirara con odio, que tenía sus razones, le pregunté quién era mi verdadera familia... Según él, no podía decírmelo, le increpé, le dije que me había estado manipulando en todo ese tiempo ¿y por qué? Quería respuestas de él, pero Agustín me contestó que tendría que matarlo, que no estaba autorizado para ello. Mi desconcierto fue en aumento, le pregunté, ¿autorizado por quién? Estaba desesperado Margarita, ¡había llorado a unos padres que no eran los míos y tan sólo quería saber!

- Quería saber quién era, ¡quién era yo! Le supliqué que me ayudara, le pregunté quién era mi madre, al menos, que me dijera cual era su nombre y el porqué la mataron. Me dijo, que su nombre era Laura y que nos veríamos aquella noche en el bosque, camino de la Vaguada, antes de salir, le pedí que no me dejara sin respuestas... Aquella noche, Sátur y yo nos dirigimos hacia el lugar indicado por Agustín, no había llegado aún, al menos es lo que creíamos, pero si... Si había llegado y también alguien que no quería que aquel hombre, aquel hombre que veló por mí en mi niñez, que fue mi instructor, mi maestro, mi amigo,  me revelara nada sobre mi pasado... Agustín se encontraba allí, en lo alto de un árbol, sacrificado... Lo... lo habían martirizado para que no hablara, lo demás... Lo demás, ya lo sabes tú, desde aquel día en la laguna, te he ido contando todo lo que fui descubriendo sobre mi origen, sólo te oculté de ello, la forma en que murió Agustín y la verdad sobre el Comisario.

Margarita se incorporó un poco más sobre la almohada – Durante estos meses, ¿no has acudido al lugar donde crees que tu madre puede dejarte noticias sobre ella?
- No Margarita, no lo he hecho... Antes que nada estaba mi familia, la que tengo, tú y Alonso. ¿Qué importaban mis orígenes? Al fin y al cabo, a mí me criaron unos padres que me dieron todo su amor.
- Pero ahora, ya nada te impide que vuelvas con tu búsqueda... Creo que debes hacerlo, Agustín murió por ello, tienes una hermana que buscar y saber si existe y tu madre, por muchos años se mantuvo encerrada por vosotros, por sus hijos, aunque uno de ellos no se mereciera aquel sacrificio.
- Desde que supe la verdad sobre el Comisario, me pregunto, que pudo llevarlo a ser el hombre que es... Quizá, no tuvo la suerte de tener unos padres como los que yo tuve.

- Desde... desde que subí aquella tarde al palomar y a pesar de lo atemorizada que estaba, mis ojos no pudieron evitar posarse en el caballete... En el caballete que tienes ahí, donde tienes los nombres que corresponde a tu familia, a tu origen... Me fijé, que entre esos nombres estaba el de él, el del Comisario... De las tantas preguntas que me hice sobre todo lo que descubrí, era una de ellas. ¿Qué hacía el Comisario entre esos nombres? Hoy, ya lo sé... Él... él, es parte de tu origen.
- Si Margarita, y él ni siquiera lo sabe... Ni se imagina, que el hombre al que odia tanto es su propio hermano.
Unos toques en la puerta hicieron que Gonzalo fuera a abrir. Era Sátur – Tome amo, está acabá de hacer. ¿Cómo sigue Margarita?
- Sigue un poco más tranquila, nada más se tome esto, bajo para acostar a Alonso, que si no le obligo no tiene prisa por hacerlo.

- Pues no debe preocuparse, que aunque ha preguntao por usted, al decirle que estaba hablando con su esposa de cosas importantes y que no debía subir para no interrumpir, ya que eso que estaban ustedes hablando haría que su tía volviera a recuperar la sonrisa, tan contento se puso Alonsillo, que ni corto ni perezoso se nos ha ido a la cama sin rechistar.
- Ojalá, que lo que les has dicho se cumpla... Que todo lo que se ha hablado aquí, en esta habitación, haga que mi esposa vaya dejando atrás la tristeza para volver a verla sonreír. Voy a darle esto antes de que se enfríe, Sátur, tú ya puedes retirarte.
- Entonces, si no nos vemos, hasta mañana amo y ojala que la señora pueda descansar.

El buen hombre dejó la puerta, Gonzalo la cerró y se acercó a la cama – Sátur te ha preparado esto, está caliente y te sentará muy bien... Te voy a dar las gotas para la fiebre, te ha subido un poco más.

Margarita se incorporó tomando el tazón que su marido le ofrecía. Gonzalo fue por el almohadón que se encontraba en la mecedora y se lo colocó a su esposa detrás de su espalda para que se acomodara mejor. Luego, fue al peinador y tomando el frasquito echó  un par de gotas en el vaso que contenía un poco de agua. Fue hacia la cama, le entregó el vaso.

– Tómatelo, veras como ya te baja la fiebre.

La muchacha tomó el vaso y de un tragó ingirió el líquido. Le devolvió el vaso y procedió a seguir tomado la infusión. De vez en cuando, un suspiro se escapaba de su garganta, sentía su pecho como si se lo apretaran con un puño. Gonzalo, sentándose junto a ella le apartó el cabello que le caía hacia delante.

- ¿Cómo te sientes?
Margarita alzó su mirada, una mirada llena de gran tristeza y dolor - Creo... creo que ni yo misma lo sé. Es como si todo lo que me hubieses contado fuese un mal sueño y que puedo despertar de un momento a otro para comprobar que ha sido una pesadilla, pero sé que es verdad y nada... Nada se puede cambiar de ello.
- No Margarita, nada se puede cambiar de ello, ni lo bueno, ni lo malo pero quiero que sepas, que para mí, nada de lo que te he contado fue fácil porque mientras sucedía todo eso, tenía que luchar contra mí mismo y contra mis propios sentimientos... Si aparecía ante ti como Águila, era porque necesitaba consolar el pesar que te invadía y que como Gonzalo de Montalvo, no lo podía hacer.

- A veces, me maldecía porque cuando había bajado del tejado de consolarte y donde tú me desahogabas todo tu desánimo, te trataba con la punta del pie. Cuando los rencores quedaron atrás, me di cuenta que nunca había dejado de amarte y sé que Cristina lo sabía... Sé, intuyo, que ella sabía que detrás de ese odio que sentía hacia ti, en lo más profundo de mí, sin yo saberlo, seguía sintiendo el amor de antaño. Luego, con la llegada de Juan y el acercamiento de vosotros dos, los celos hicieron mella en mí... Necesitaba decirte lo que sentía, ¡todo lo que te amaba! pero tenía una promesa que cumplir y para mí, era lo primordial. Hasta que no cumpliera esa promesa no sería libre para acercarme a ti y hablarte de mis sentimientos... Cuando me sentí liberado de ella, fui a decirte todo lo que sentía pero tú también tenías algo que decirme, que te casabas con Juan... Llegué demasiado tarde...

- Cuando entre nosotros las cosas quedaron aclaradas, el temor que sentía al saber que podías rechazar esa otra parte de mí, hizo retenerme de confiarte mi gran secreto. Sé, que debí hablarlo contigo antes de casarnos pero el miedo pudo conmigo, según fueron pasando los días, las semanas, comprendí que de alguna manera te estaba traicionando y estuve dispuesto a decirte la verdad pero de nuevo, algo me retuvo a hacerlo. El saber que estabas embarazada hizo que mis silencios me envolvieran y de nuevo, callé.

- Cuantas cosas nos hubiéramos ahorrados de sufrir si no hubieses callado esa parte de ti. ¡No fue agradable descubrir lo que tienes ahí! ¡Estaba espantada de lo que veía y no podía comprender nada! Me sentí muy herida al descubrir que me habías mantenido ajena a tu doble identidad. ¡En aquel momento me sentí engañada! Para mí, mi vida contigo había sido una quimera... ¡Nada era real! Sentí... sentí que me habías utilizado, ¡que te habías valido de mí! y eso, eso no pude soportarlo.
- ¡Nunca! ¡Nunca hice nada con mala intención! Nunca me aproveché de ti en ningún momento cómo Águila - se levantó dando unos pasos por la habitación - Si aquella noche te bese en el tejado, era porque necesitaba hacerlo... Al ver lo que había ocurrido con aquella carta, sabía, que en el único sitio donde buscarías la soledad para tu desilusión, era ahí, en el tejado y subí a consolar tu pesar, tu tristeza...



- Te mentí cuando te dije que olvidarías a esa persona. ¡Mentí, porque no quería que lo hicieras! No quería que me olvidaras, no quería que me dejaras en el olvido y necesitaba besarte, necesitaba besar de nuevo tus labios... – se volvió hacia ella - Sólo tras Águila podía dar rienda a mis sentimientos, cómo Gonzalo de Montalvo no podía hacerlo... La promesa por un lado, la cobardía y los silencios por otro me impedían dártelo a demostrar... También había otra cosa que me retenía, el temor que os pudiera pasar algo, al estar ignorante de ello, menos peligro era el que corríais  tú y Alonso... Pero ya todo quedó al descubierto y lo que quiero, es que siempre tengas presente que si callé fue por miedo a perderte y evitar que pudieras sufrir daño alguno, sólo eso, ahora, lo que más deseo es recuperar tu amor... No sabes cómo deseo que vuelvas a confiar en mí. ¡No sabes cómo!

- A veces, pienso que no confío ni en mí misma... Cuando te pasan tantas cosas, ya no confías en nada ni en nadie.
- Lo sé Margarita, sé lo que es no confiar en nada ni en nadie... Sé lo que es no creer en nada de lo que la vida pueda darte, nada de lo que pueda ofrecerte... Nada eres capaz de aceptar pero cuando el tiempo palia todo el dolor, la rabia que llevas dentro, vuelves a recobrar tu entereza, tu estabilidad, las ganas de vivir porque siempre hay por quien luchar, a quien amar.

- Mis miedos vuelven a poseerme y no es fácil echarlos fuera.
Gonzalo se sentó de nuevo en la cama y tomándola por la barbilla hizo que lo mirara – En un tiempo no muy lejano te ocurrió lo mismo, sin embargo, los supiste vencer.
- Tú... tú me ayudaste a ello.
- Pues déjame que lo vuelva hacer, déjame que yo sea ese bálsamo que necesitas al igual que en aquella ocasión.
Margarita le entregó el tazón – Lo que pasó en aquella ocasión fue diferente, ahora llevo sobre mí la pérdida de una gran ilusión... Alguien quiso que esa ilusión se frustrara y no sé si estoy preparada para volver a ilusionarme... No lo sé.

Gonzalo había soltado el cuenco y la tomó con delicadeza por los hombros obligándola de nuevo a mirarlo – ¡Margarita, volverás a ilusionarte! No tengas miedo a eso, no lo tengas... También piensa en Alonso, él te necesita, piensa en lo que él te dijo en la noche de ayer... El niño quiere verte sonreír, cantar pero no sólo él, yo también lo deseo Margarita. ¡Lo deseo con toda el alma!- estaba tan cerca, tan sólo inclinarse un poco y sus labios rozarían los de ella, pero no podía, él prometió que no se acercaría a no ser que ella se lo permitiera. Apartó sus manos de sus hombros.

Margarita percibió el deseo de su marido de besarla. Sintió que su corazón se aceleraba.
Gonzalo se levantó tomando el tazón – Bueno, creo que es hora que descanses, intenta no pensar en todo lo que has sabido, piensa en algo bonito y cierras los ojos, verás como en seguida te invade el sueño... Si algo necesitas, me llamas.

La joven asintió en silencio. En sus ojos afloraron unas lágrimas que quiso retener. Gonzalo rozó con sus dedos unos rizos de sus cabellos y dando media vuelta se dirigió a la puerta saliendo de la habitación. Nada más verse sola, Margarita rompió en sollozos. Estuvo a punto de decirle que no se marchara, que se quedara con ella, que lo necesitaba, sin embargo nada salió de sus labios. Aquella noche más que nunca necesitaba de él, no quería quedarse sola. Lloró hasta el cansancio y su cuerpo extenuado le pedía sosiego, intentó serenarse buscando postura para procurar dormir. Su mente no dejaba de darle vuelta a todo lo que había escuchado de su marido. Cerró los ojos con fuerza pero el miedo se había apoderado de ella, sabía que no iba a ser fácil quedarse dormida.

Todo lo que allí se había hablado flotaba en el ambiente. Veía imágenes que se habían forjado en su mente según Gonzalo le había ido contando, allí estaban, dando vuelta por aquella pequeña habitación para hacer que no pudiera conciliar el sueño y para hacerla volver a revivir momentos terribles. Se cubrió la cabeza con las ropas de la cama sin dejar de nombrar a su marido entre sollozos ahogados. Percibió un leve roce. Apretó fuertemente sus párpados. Debía ser el delirio, los fantasmas no existían pero alguien parecía rozar las ropas de la cama, se encogió sobre ella misma y el llanto lo dejó escapar de su garganta llena de miedo. Apreció con terror que alguien descubría su cabeza.

- ¡Margarita, cálmate! ¡Estoy aquí, contigo!
Era la voz de su marido. La muchacha abrió los ojos anegados por el llanto y por el miedo. De un salto se incorporó abrazándose a él - ¡Gonzalo, sácame! ¡Sácame de aquí! - lloraba a ferrada a su camisa – ¡No! ¡No quiero! ¡No quiero estar aquí!
- Sssssh, Sssssh... Ya, tranquilízate – mientras intentaba calmarla, alargó su mano cogiendo la toca. La cubrió con ella y la alzó en sus brazos, Margarita escondió su rostro en el pecho de él.

Gonzalo salió de la habitación de la buhardilla bajando la escalera. Mientras lo hacía, con palabras llenas de ternura intentaba quitarle el miedo que su esposa tenía metido en el cuerpo. Llegó ante la puerta de la alcoba empujando la hoja de madera con su propio cuerpo. Entró, con el taco de su bota cerró la puerta, se acercó a la cama y poniendo una rodilla en ella, tendió a su esposa en el lecho cubriéndola con las ropas. Gonzalo se echó junto a ella.

– Ya no debes tener miedo, aquí estás segura.
- No... no sé que me pasó... Cuando... cuando saliste del cuarto me invadió un gran terror. ¡No quería estar sola! Sentí que todo... que todo lo que me habías contado cobraba vida y...
- No pienses más en eso, es normal lo que has sentido. Después de lo que te he contado toda la tarde, lo raro es que no tuvieras un ataque de pánico... Cuando bajé y estaba a punto de desnudarme lo pensé, pensé que no debía haberte dejado sola hasta que te hubieras quedado dormida, por eso decidí subir. Al verte, comprendí que no había estado mal encaminado, ahora intenta cerrar los ojos y a dormir, yo estoy aquí y nada va a pasarte, nada - mientras le hablaba, había tomado la toca que ella le tendía.

- ¿Tú... ¿tú no te acuestas?
- Sí, claro que me acuesto, estoy rendido... Margarita escucha, no debes tener temor alguno y no me refiero a los fantasmas que has dejado allá arriba, lo que quiero es que sepas, que no voy a pretender nada. El hecho de haberte traído a la alcoba es sólo para que te sientas acompañada, no voy a intentar nada que tú no quieras, así, que puedes dormir tranquila.
Ante sus palabras, la joven quedó muy confundida – Has... hasta mañana - sólo pudo decir aquello. Cambió de postura en la cama y se volvió mirando hacia la puerta del patio.

Gonzalo, dejando la toca a los pies de la cama sacó las piernas de ella y comenzó a descalzarse las botas, luego, poniéndose de pie procedió a quitarse la camisa dejando su fuerte torso al desnudo. Cogió la camiseta de una silla y se la colocó cubriéndose con ella, se quitó el cinto dejando éste en el respaldo, luego, procedió a quitarse el pantalón quedando en calzón. Se sentó y se quitó las calzas tirándolas sobre las botas, se deslizó bajo las sábanas y antes de tenderse sopló la vela que se encontraba en su mesita. Terminó por deslizarse entre las ropas de la cama y se acomodó en ella para intentar dormir aunque sabía que le sería imposible. No sería fácil coger el sueño sabiendo que su esposa dormía junto a él y no podía tocarla.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Miér Ene 11, 2017 3:18 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,46

Un bálsamo de amor, una pócima de ilusión.


Margarita lo sintió meterse en el lecho. Estaba junto a ella, en la misma cama después de dos meses sin sentir la presencia de él, sin impregnarse de su olor de hombre en las noches, sin sentir sus manos recorrer su cuerpo de mujer inundándola de calor, sin embargo, estaba allí, junto a él, en el lecho, y seguía sin sentir sus manos, sin sentir su cuerpo dando calor al suyo. Un espacio los separaba y no era por lo grande que pudiera resultar aquella cama, sino ella, era ella la que había puesto distancia y sólo de ella dependía que él diera calor a su cuerpo, sólo él, podría paliar el frío de su alma.

Unas lágrimas resbalaron por sus mejillas, no quería llorar, en aquel momento no debía tener miedo, como su marido le había dicho, estaba acompañada, ya nada había que temer, entonces ¿por qué lloraba? No era el miedo que había sentido arriba, en el cuarto de la buhardilla, no era miedo, era el saber, el tiempo que había dejado pasar sin amarlo por su resentimiento, por su testarudez a escucharlo. En aquel momento que lo tenía tan cerca, sabía todo lo que lo había echado en falta cómo todo lo que él la había necesitado y ella se había limitado a rechazarlo. Percibió que su marido se movía en la cama, contuvo la respiración tragándose las lágrimas. La luz de la vela alumbró con su tenue luz la estancia. Cerró los ojos. Pensó que quizá iba a levantarse por algo. Su corazón comenzó a latir con fuerza cuando lo sintió cerca de ella y hablándole con gran ternura.

– No te sientes bien ¿verdad? – a la misma vez que lo preguntaba hizo que girara su cuerpo hacia él. Sus dedos, recorrieron el rostro de ella limpiando cada lágrima que resbalaba por él - ¿Por qué lloras? Ya no debes tener miedo – al decirlo, la miraba fijamente.
- No... no lo sé, simplemente tengo ganas de llorar... Siento... siento no poder dejarte dormir.
Gonzalo introdujo sus dedos en el hermoso cabello de ella. Sonrío – No tienes porque sentirte mal por ello, yo no siento que no me dejes dormir... A ver, ¿qué es ello? ¿Qué es lo que te hace llorar? y no me digas que no lo sabes.
Margarita, ladeando su rostro desvió su mirada de la de él – Es... es que ahora comprendo, que... que he sido muy injusta contigo y después... Después de todo lo que me has contado, ni siquiera te he pedido perdón.

Su marido hizo que volviera a mirarlo - ¿Perdón? ¿Pedirme perdón tú? No Margarita, tú no tienes que pedirme perdón por nada... En todo caso soy yo quien tendría que pasarme toda mi vida pidiéndotelo, porque amándote como te amo no he sabido evitar que sufrieras por mi culpa.
- Gonzalo, por cómo sé que me amas, por eso debo pedirte perdón. ¡No quise darte opción a nada! ¡Levanté una muralla entre los dos para poner distancia! Con eso, te dañé a ti y me dañé a mí misma, mi orgullo no me dejaba ver más allá, luego, cuando fui comprendiendo quería ir acercándome a ti pero algo me retenía, no era fácil hacerlo después de cómo te había tratado.
- Margarita, olvida ya eso. La vida no nos deja de ponernos continuamente a prueba pero también nos da la oportunidad de comenzar de nuevo, aunque a veces, nos cueste trabajo hacerlo.

Mientras hablaba, no dejó de recorrer con sus dedos el rostro de ella pero en esta ocasión no fue para ir quitando cada lágrima que se desprendía de sus hermosos ojos negros. Se había acercado más a su esposa y se inclinó depositando un beso en su frente, pero sus labios no quisieron apartarse de la belleza de su piel. Con un suave roce, recorrió su rostro besando cada parte de él. Besó sus ojos, sus mejillas, apartó su cabello besando su nuca, su cuello. Percibía, que su preciosa mujer se estremecía ante aquellas caricias. Gonzalo no podía creer lo que estaba ocurriendo, acariciaba a su esposa y ella no le rechazaba, no le rehuía. Por un instante, pensó que se estaba precipitando. Su esposa sentía temor ante un posible embarazo, no quería volver a desilusionarse y él no podía hacerla sentir temor alguno. Conteniendo la emoción que sentía al tenerla entre sus brazos y prolongando algo más sus caricias, la miró sonriente.

- Mi esposa bella, me llevaría toda la noche acariciándote hasta amarte en lo más profundo de mi ser pero tengo que ser considerado, ya que ante el día de ayer y el de hoy, debes estar extenuada, así, que a dormir se ha dicho.

Margarita, lo miró con desconcierto, no comprendía. Algo había hecho que desistiera de seguir acariciándola. Cerró los ojos al entender cual había podido ser el motivo. Gonzalo, sin soltarla fue apagar la luz de la vela pero la voz de su esposa lo retuvo de hacerlo.

– Mis miedos, sólo tú puedes quitármelo, sólo tú puedes hacer que no tenga miedo a volver a ilusionarme.
Su marido tomó la postura anterior mirándola con infinito amor – Es... ¿es lo que quieres?
- Si... si es lo que quiero... Sólo tú puedes ser ese bálsamo de amor, la pócima que necesito para mi alma tan llena de desilusión.

Él se incorporó lleno de una gran exaltación. Tomó entre sus manos el hermoso rostro de sus esposa y se miró en sus ojos negros – Sé, que para ti esto es difícil, pero voy a hacer todo lo posible de quitarte ese temor para que la ilusión vuelva a llenarte de vida. Sabré hacerlo con tacto y poco a poco. volverás a hacer la de antes. ¡No sabes cómo te amo Margarita! ¡No lo sabes! – al decirlo, la miraba embelesado y sus dedos rozaron la mejilla de ella.

Se inclinó, fueron roces llenos de dulzuras sus besos para ella. Sus labios cálidos, acariciaron su nuca bajando por ella hasta su hermoso cuello. La joven cerraba los ojos ante lo que le hacía sentir su marido. Gonzalo la recostó sobre la almohada y quitándose la camiseta quedó con su torso al denudo. Le habló con toda la emoción en su voz.

- No sientas temor, cierra los ojos y déjate envolver por el amor, el placer... Déjame amarte y ámame tú.
La joven, con la mirada acuosa acarició el rostro de su marido – No, no voy a sentir temor, quiero que me ames y yo quiero corresponder... Quiero envolverme en tus brazos, en tu cuerpo... Quiero sentirte...

Al escucharla, notó que su corazón palpitaba con gran fuerza, inclinándose aún más, siguió acariciando suavemente la piel de su amada mujer, ya no sólo con sus labios, sus manos fueron una caricia más sobre el cuerpo de su esposa. Recorrió con sus dedos el brazo desnudo de ella, de arriba abajo. Sus labios, ardientes de deseos fueron buscando lo que tanto ansiaba, con un suave roce, besó la comisura de los carnosos y sensuales labios de su esposa, mientras, las manos de ella acariciaba la piel desnuda de su pecho de hombre y cuyo corazón no dejaba de latir aceleradamente.

Él, halló lo que deseaba besándolos con suavidad, lentamente, la joven correspondió a aquella dulce caricia de su esposo. Gonzalo, fue saboreando la calidez de aquella boca jugosa y llena de hermosa lujuria. Sus besos, fueran cada vez más ardientes hasta hacer que los labios de Margarita se abrieran para acoger los suyos en besos apasionados. Gonzalo sentía que su cuerpo se llenaba de un gran desenfreno al beber de la boca de ella. La avidez de sus manos se deslizó con suavidad por el cuerpo de su mujer a través de su camisón. La muchacha sentía que todo su ser se estremecía y ardía de ansias al percibir las manos de su esposo sobre ella, buscando las turgencias de sus hermosos senos, los cuales, se habían pronunciados ante aquellos roces suaves, delicados. Él apartó las ropas de la cama dejando al descubierto el cuerpo de ella envuelto en la prenda de dormir. Para Gonzalo fue un deleite contemplarla. Buscó los ojos de ella. La veía preciosa, ruborizada, con sus ojos brillantes, su cabellara rizada esparcida entre los almohadones. Las manos de Margarita acarició el rostro hermoso de aquel hombre joven que era su marido, su hombre. Con sus dedos, rodeó el rostro de él, acarició su cabello castaño, su barba algo corta, sus labios entre abiertos.

- Gonzalo – pronunció su nombre como si besara cada letra de él.

Él, desbordado de un gran regocijo la besó apasionadamente, sus manos fueron subiendo el camisón de su esposa a la misma vez que la acariciaba toda. Las manos suaves de Gonzalo, subían y bajaban por aquella hermosa y tersa piel acariciando sus bonitas y torneadas piernas, sus muslos morenos. Sus dedos, se detuvieron en la prenda intima, jugó con ella acariciando lo que guardaba y que esperaba ser amado por él. Percibiendo el estremecimiento de su esposa y su complacencia ante las sensaciones que iba recibiendo de él, deslizó una de sus manos bajo el camisón y presionó con sutileza aquellos pechos prietos, suaves, apreció la completa entrega de la mujer amada. El cuerpo de él vibraba por la emoción y por el placer de las caricias que iba recibiendo de su esposa, de su mujer. Las manos pequeñas de ella y sus labios rozando su cuerpo hicieron enardecer todo su ser, no quería ni podía esperar más.

Con gran destreza y sutileza dejó a Margarita libre del camisón y se entregó de pleno a rozar con sus labios aquellos dos senos que se le insinuaban de una forma provocadora. Ella se movió inquieta de excitación al sentir los labios de su marido en ellos, mientras que con una mano no dejaba de acariciar la piel de su esposa, con la otra, se deslizó su calzón quedando su cuerpo libre de él. Gonzalo estaba borracho de amor, de placer. Sintió que su cuerpo ya había conseguido la máxima reacción al sentir que su mujer rozaba con sus delicadas manos su bajo vientre, su virilidad. Mordió con suavidad aquellas dos sensuales bolitas haciendo que su esposa gimiera de una gran deleitación.

Recorrió con su mano el cuerpo lleno de gozo de ella y con la delicadeza que desprendía, sus manos quitaron la prenda íntima dejando desnudo aquel hermoso monte del amor. Sus dedos, lo acariciaron para bajar con ellos hasta la intimidad sedosa de su esposa y que con sus roces continuos pero suaves, hacer sentir aún más a su preciosa mujer percibiendo para regocijo de él, la impregnada humedad de ella. Besando el vientre de Margarita, se incorporó y se desplazó a través del cuerpo de su esposa para volver a contemplar aquel rostro lleno de hermosura. De sus labios, un “Te amo” de los ojos de ella, un “Te deseo”


Gracias Sueña

Sus bocas ávidas de sed, se unieron con gran ímpetu besándose con pasión desenfrenada. El cuerpo viril encontró la flor hermosa que se había abierto para recibirlo después de aquel tiempo de ausencia. Se deslizó dentro de ella con suavidad, no quería dañar tan delicado vergel. La joven sintió que todo su ser se llenaba de un fuego abrasador al tenerlo dentro de ella, gimió de intensa fruición aferrándose al fuerte torso de su marido. Él, completamente ebrio de excitación impulsó su cuerpo aún mas para inundarse e inundarla de un gozo infinito, Sus cuerpos se entrelazaron fundiéndose en uno solo para iniciar un movimiento acompasado.
Un movimiento, que Gonzalo poco a poco fue aumentando colmado de fogosidad, llenándola y llenándose de un gozo frenético y donde la fluidez del elixir que de sus cuerpos ardientes manaba, los llevaron a lo más dulce de los regocijos desgranando intensa pasión. Los besos de sus labios bebían las lágrimas que sus ojos desprendían pero eran lágrimas de amor, lágrimas de felicidad, de satisfacción plena, de saborearse mutuamente los placeres de sus cuerpos hasta culminar en un derroche de amor, de una dicha infinita.

La exhalación, salió de los labios de ambos. Por un momento se mantuvieron juntos, sin hacer intención de separarse. La agitación por el esfuerzo realizado era visible y el sudor perlaba la desnudez de sus cuerpos. Gonzalo, sin dejar de mirar a su esposa se apartó con delicadeza de ella dejando caer su cabeza en la almohada, suspiró profundamente. Sus ojos brillaban por toda la emoción que había vivido. Había vuelto a amar a su esposa, su cuerpo, su alma y ella lo había correspondido. ¡No lo había rechazado! Su corazón estaba inundado de una gran felicidad. Atrajo hacia él a su mujer y la cobijó entre sus brazos. Ella no podía contener sus lágrimas. Gonzalo la cubrió y se cubrió con las ropas de la cama. La besó en el cabello amorosamente.

– Mi amor, cuanta dicha es la que me invade en estos momentos y esa dicha, te la debo a ti... Tú, me la has hecho sentir, tú, mi esposa, mi mujer... En esta ocasión no voy a reñirte porque estés llorando porque soy yo, y no puedo evitar que lágrimas de felicidad afloren a mis ojos.
Margarita lo escuchaba y se apretaba con más fuerza contra su pecho varonil. No podía hablar, la propia emoción que la embargaba no la dejaba expresar nada con palabras.

Gonzalo tomando su barbilla hizo que lo mirara - ¿No me dices nada? Quiero saber que siente mi esposa en este momento, necesito escucharlo de tus labios, con tu cuerpo, sé todo lo que me has dicho con él. Eres extraordinariamente maravillosa.
- No... no sé... No sé qué decir, sólo quiero llorar pero mi llanto... mi llanto está vez no está lleno de tristeza... Mis lágrimas están llenas de amor, de un gran amor hacia ti Gonzalo, es tanto lo que te amo, tanto...
Él, la estrechó fuertemente volviendo a besar su cabello – Y yo a ti mi amor, y yo a ti.
Margarita alzó su mirada – Prométeme, que nunca vas a ocultarme nada por muy fuerte o doloroso que sea, no quiero que me mantengas ajena a todo lo que te incumba... No quiero volver a pasar por lo mismo Gonzalo. No quiero volver a alejarme de ti nunca, no podría resistirlo... Pienso, que ya todo me lo has contado, ¿es así?

Por un momento, una sombra de tristeza apagó el brillo de los ojos de él. Suspiró y volvió a apretar a su esposa con gran fuerza – Hay algo que no he llegado a contarte... Fue mucho lo que estuviste que escuchar para agregar una cosa más, pensé hacerlo más adelante y es lo que voy hacer... Si mañana el día está para poder pasear y tú te encuentras bien, iremos al lago, allí te contaré, esta noche no tiene que haber nada que te vuelva a entristecer, nada que enturbie la felicidad que sentimos. Esta noche, es sólo tuya y mía... Los fantasmas por esta noche, pueden esperar.




Las campanas dieron sus ocho toques. Sátur ya trajinaba como todas las mañanas. Echó leños a la lumbre para que el calor del hogar se esparciera por la casa. Fue al establo y preparó la paja, después se dirigió al patio tendiendo la ropa de su amo y de Alonsillo que había dejado la noche anterior ya lavadas. Al comprobar que parecía que la mañana podía ser de sol aunque hacía un frío de mil demonios, sacó las macetas de Margarita de donde estaban protegidas de las heladas de la noche y las dejó en el lugar apropiado para que los rayos de sol las ayudara a mantenerse. Entró en la sala y antes de poner la leche en el fuego para las gachas, se dirigió a la alcoba de su amo para ir preparando las ropas y todo lo necesario para su aseo.

Empujó la puerta y entró abriendo el arcón. Escuchó moverse a su amo en la cama y sin volverse se dirigió a él – Buenos días amo, se va a poner la camisa blanca o...
- Sssssh, Sátur, baja la voz.
Al escuchar el siseo y la voz tan queda de su amo, se volvió – Pero amo, que ya son... - los ojos del fiel criado se abrieron al ver que junto a su amo, Margarita, dormía plácidamente - Amo, amo dígame que no estoy soñando.
- No Sátur, no estás soñando pero sal antes de que mi mujer abra los ojos y te vea aquí.
- Si amo, claro, pero luego me cuenta...

Hablaban en voz baja. Sátur cerró con prisa la cubierta, tan de prisa que no pudo amortiguar el golpe de la tapa sobre el borde del arcón. Gonzalo quiso fulminarlo con la mirada. El hombre salió lo más rápido de la alcoba cerrando la puerta pero no precisamente con tiento.

Margarita se movió en el lecho intentando cubrirse más con la ropa de la cama. Gonzalo apreció que debía tener frío. Se acercó más a ella subiéndosela un poco más. En ningún momento ella hizo por abrir sus hermosos ojos. Con sumo cuidado le puso la mano en la mejilla. Durante la madrugada volvió a sentirla destemplada pero en aquel momento tenía una temperatura normal. Besó el cabello de su esposa, sus rizos tenían un desorden cautivador. Debía saltar de la cama pero le era muy difícil hacerlo con ella allí, para él, hacía una eternidad que no se despertaba con su esposa a su lado. Nunca había sentido en su interior lo que percibía en aquel momento. Desde que se casaron, había sentido mucho pesar por callar ante su esposa aquel secreto que había llevado a cuesta cerca de dos años, en aquel instante, sentía una gran liberación. Sabía, que para ella, para su esposa, descubrir aquello no había sido fácil pero en aquel momento, al verla dormir tan relajada junto a él después de una noche maravillosa, no podía dejar de dar gracias a la vida por ello.

Fue a quitar su brazo del cuerpo de su esposa pero por más cuidado que tuvo, no pudo evitar que ella abriera los ojos. Con ojos adormilados Margarita sonrío a quien estaba junto a ella - Creí... creí que todo había sido un sueño.
- Espero, que al descubrir que no ha sido un sueño no te hayas desilusionado.
Margarita buscó el pecho de él para apoyar su cabeza – Nunca... nunca podría desilusionarme un sueño como el de esta noche si al despertar me encuentro con tu rostro y con tus ojos mirándome.
Gonzalo acarició sus hombros desnudos – Te hubiera amado hasta el amanecer pero tenía que ser considerado contigo... Han sido dos días de mucha tensión y debías descansar, en la madrugada volviste a destemplarte ¿Cómo te encuentras?

Margarita suspiró – Pues ahora no sé, porque no sé si el cansancio que siento es por mi malestar o porque cierta persona es incansable al amarme como lo hace.
- Sabes que no me cansaría de hacerlo, además, me debes todo el tiempo que me has tenido a pan y agua.
- ¿Ah sí? ¿y cómo te lo vas a cobrar? - lo dijo mientras su dedo índice recorría el pecho de él de arriba abajo.
- Amándote cada noche, cada día, simplemente, haciéndote feliz... Pondré todo mi empeño en hacerlo Margarita, te lo debo... Sé que nos queda todavía cosas que ir sorteando y que puede resultarnos muy duras para los dos pero estoy seguro, de que se conseguirá.
- Yo... yo voy a intentar poner de mi parte, sólo te pido, que para esas cosas, me tengas un poco de paciencia... Una de ellas y la más importante, no es fácil asumir que soy la esposa, la esposa del justiciero del pueblo... No será fácil verte partir sin tener miedo, no será fácil Gonzalo.

A él se le hizo un nudo en la garganta - Mírame Margarita –  le tomo la barbilla e hizo que lo mirara. Ella lo miró intensamente con brillo de lágrimas en sus ojos.
– Margarita, siempre, siempre he de volver... Es la promesa que te hago y yo soy un hombre de palabra.
La muchacha se abrazó a él cerrando los ojos. Su marido le acarició su ensortijada cabellera - Yo no sé tú, pero por mí estaría contigo, aquí, en la cama todo el tiempo del mundo pero hay que levantarse, al menos yo, tú debes quedarte y descansar.
- Gonzalo, no tengo nada de ropa aquí abajo. Me tendrás que bajar algo de momento, ya luego iré bajando mis pertenecías, por ahora me pondré el camisón por si le da a Sátur o Alonso por entrar.

- ¿Te has puesto a pensar la alegría que le vas a dar a Alonso al ver que has vuelto a ocupar la alcoba? Para él, será señal de que ya estás restablecida, que ya te tomaste tú tiempo y dejaste tu tristeza atrás. ¡Cuánta inocencia la de mi hijo! pero que testarudo es a veces.
- Bueno, en eso tiene a quien parecerse.
Gonzalo se la quedó mirando algo burlón. Ya se había levantado y se ponía el calzón - ¿Me quieres decir que yo soy testarudo?
- No creo que te ofendas, pero si, eres un testarudo encantador.
Gonzalo se inclinó sellando sus labios con un beso, a lo que ella correspondió con todo su amor. Acarició el rostro de su marido – Anda, acércame el camisón que lo tiraste al suelo.

Él se inclinó recogiendo el camisón y la prenda intima. Se la puso a su mujer en las manos – Ahora te bajo algo de ropa pero no debes levantarte de momento, según veas cómo vas pasando la mañana, lo haces o no.

Gonzalo, fue a abrir las contraventanas y la luz del nuevo día entró a raudales en la estancia.

- Recuerdas que me dijiste que tenías que contarme algo... Que íbamos a dar una vuelta por el lago.
- No se me ha olvidado Margarita pero a ver qué día es el que resultamos tener y así se hace... No quiero que cojas más frío.
- Si voy abrigada no pasa nada, parece que hace un buen día de sol.
- Ya se verá... De momento voy a decirle a Sátur que vaya preparando el desayuno... Anoche no comiste nada - se puso la camiseta encima del calzón y se puso las calzas, hacía frío para andar sin ellas por la casa. Volviendo a besarla salió de la alcoba.

Margarita se dejó caer en las almohadas. Sentía una felicidad inmensa pero también no podía dejar de tener temor. ¿Dejaría alguna vez de tenerlo? ¿Se acostumbraría a saber que él tenía que salir a enfrentarse a la injusticia? Sólo el tiempo contestaría a sus preguntas.




Los días de diciembre hicieron actos de presencias. Las nevadas eran la tónica de esos días y el frío que traía con ellas. Para los niños era un goce jugar con la nieve a pesar de las reprimendas de los padres. Aquel domingo, Catalina necesitó ir a ver a su hermana, llevándose con ella y Murillo a Alonso. Gonzalo le pidió a Margarita ir hasta el lago, ella aceptó y abrigándose bien con la capa que durante tanto tiempo mantuvo guardada acompañó a su esposo. Le encantaba ir montada en Minero delante de su marido. Le hacía reír las cosas que él le decía al oído como le gustaba sentir sus manos, sus delicadas manos acariciar su busto a la misma vez que sujetaba las riendas de su blanco corcel. Ella hacía la que se enfadaba, sabía, que a él le gustaba verla así.

Gonzalo detuvo su caballo. Saltando de Minero tomó a su esposa por la cintura bajándola de él. Ató las bridas en una de las ramas de uno de los tantos árboles que había por aquel entorno. Había decidido llevar a Margarita a Laguna de Piedra, allí, ella se encontraba a gusto y el paisaje que se divisaba desde el altozano era de ensueño. Los árboles, que a lo lejos se veían, sus copas, al ser de hojas perennes se encontraban cubiertos por la nieve caída. Según Margarita parecían almendros en flor. Gonzalo se la quedó mirando un poco confundido.

- ¿Y eso?
- Al verlos así, me han hecho recordar una historia que Concha me contó durante mi tiempo en Sevilla. Siempre tenía bonitas historias y leyendas que contar de esa ciudad.
- Me gustaría conocerla.
- Puede que un día te la cuente, a Alonso seguro que también le gustaría oírla. ¡Qué bonito paisaje se aprecia desde aquí! y apenas hace frío.
Gonzalo iba al paso de ella, bordeando la cima y donde el lago se extendía ante sus ojos - Hace bastante frío como para no intentar desabrigarte.

Margarita lo miró con una sonrisa – Siempre mi esposo mirando por mí. ¿Sabes que esta capa me trajo dolores de cabeza? – lo dijo sacudiendo con sus dedos el borde de la capa de su marido.
Gonzalo se miró la prenda de abrigo que llevaba puesta – No debiste marearte en hacerla.

- No lo digo por eso... Tanto el día de tu cumpleaños como el día que te marchaste a Toledo, cuando te la vi puesta, sentí una sensación extraña... Entonces me preguntaba el porqué en ti veía a Águila, ahora, ya  sé que no estaba obsesionada... Cómo cuando subías al tejado y siempre encontraba a Águila parecido con él, con ¡Gonzalo de Montalvo! el maestro, el cuñado, el hombre que amaba. Me decía a mí misma, que no podía haber dos hombres tan parecidos, también, el día de San Juan al saltar sobre la hoguera, aquel día, vi volar a Águila Roja. ¡Cómo me confundiste!

Gonzalo la atrajo hacia él pasándole la mano por la cintura – Sufría Margarita, sufría porque no podía hacer otra cosa. Me sentía atado de pies y manos.
La joven se le quedó mirando – Tengo una curiosidad.
Gonzalo río con los ojos, con sus labios - ¿Otra más?
- Es que son tantas las cosas que se me vienen a la cabeza...
Él la tomó por la barbilla – Es broma, es natural que quieras saber. Dime, ¿qué es ello?
- Aquel día que peleé con Hortensia y debido a eso, Alonso se enteró de lo que no debía, yo intenté de hacerle entrar en razón, lo hice en el tejado, tú te encontrabas allí ¿verdad?

Gonzalo sonrió – No me encontraba, cuando subí ya tú estabas con Alonso. Me sorprendí al verte con él, allí. Escuché todo, no sabes cómo me emocionaste, eres increíblemente extraordinaria. En la forma que lo hiciste, para Alonso fue como un cuento aquella historia que nos hizo tanto daño.
- Tenía que buscar la manera para que nada de aquello le afectara y aquella, era la única forma de hacerlo.
- Y yo me sentí aún más de orgulloso de ti.

Un airecillo frío comenzó a levantarse. Los rizos de Margarita revoloteaban saliendo de su capucha. Gonzalo hizo detener su paseo – No te he dicho lo bella que estás con este atuendo - lo dijo rozando con sus dedos el borde de la caperuza y a la misma vez el rostro de su esposa que debido al frío, tenía las mejillas arreboladas.
- Siempre tan adulador ¿Nos sentamos aquí y me cuentas a lo que hemos venido aquí? Hace días no quisiste traerme.
- Margarita, si no decidí traerte fue porque el día cambió... De amanecer soleado, en unas horas se convirtió en un día gris y muy frío y tú no estabas precisamente para salir, la fiebre te aumentó durante el día.

Gonzalo se había sentado junto a ella en la roca. Su cabello castaño sin cubrir por la capucha se movía ligeramente. Buscó los ojos de su esposa – Margarita, lo que te voy a decir como muchas cosas que te he contado no es nada agradable, podría mantenerlo callado... El hecho que lo calle no tiene porque alterar nuestras vidas pero igual que te he contado otras, quiero que lo sepas, quizá a mí me sirva para liberarme un poco de este gran pesar y que al igual que todo, sólo lo sabe Sátur... Si te pido, que tengas serenidad y que cuando estés delante de Catalina, intentes aparentar normalidad. Sé que va a ser difícil pero sabrás estar a la altura.

Margarita miró extrañada a su marido - ¿Catalina? ¿Qué tiene que ver Catalina con lo que vas a contarme?
Gonzalo tomó las manos de su esposa – Ahora comprenderás, Margarita, siempre tendré la cabeza a precio... Para el Comisario sería su mayor satisfacción atraparme. Cuando comencé a ir desbaratando la intriga de “La Logia” pusieron precio a mi cabeza... Pagaron a un mercenario oriental para que acabara con Águila Roja, fue esos días en donde la Villa aparecieron personas asesinadas, poco después de que tú llegaras a ella... ¿Lo recuerdas?
- Si... si recuerdo eso y fue algo terrible pero al parecer nadie supo a ciencia cierta quién hizo aquello... Bueno, me imagino que tú, si.

- Si, supe quien era... Cuando me enfrenté la primera vez a ese mercenario, lo hice en una de las calles de la Villa y tuve la mala suerte de resultar herido por lo que tuve que despreocuparme del oriental para no caer en manos del Comisario... Al día siguiente, Sátur se pasó por la escuela, fue... Fue a decirme que la noche anterior se habían oídos gritos en el bosque... Nada más terminar con las clases, me dirigí hacia allí, me cambié de ropa al salir de la Villa, fue horrible lo que mis ojos vieron, cuerpos mutilados colgaban de los árboles... Ya nada debía impresionarme, pero no... Nunca te acostumbras a ver tanto desatino pero todavía... Todavía me quedaba ver lo peor...
A Margarita no le pasó desapercibido que su marido se venía abajo – Gonzalo si te hace daño recordar todo eso, no lo hagas, quizá yo te he obligado a ello... No debería insistir tanto en que me lo cuentes todo... Creo que habrá cosas que sólo pueden quedar para ti..

Gonzalo le acarició el rostro a su esposa – No Margarita, tú no tienes la culpa de ello, estás en tu derecho de saber, de conocer cosas que de alguna manera estamos vinculadas a ello, también me sirve a mí de desahogo... A veces, es muy duro llevar sobre uno el peso de todo lo que vives como guerrero... Hasta este instante, sólo Sátur sabe de cuantos momentos amargos son por los que suelo pasar y aquello que viví, fue uno de esos momentos... De... de todas las personas que ese asesino había martirizado y colgado o atado a un árbol, sólo una dejó tirada en el suelo... Mi corazón comenzó a latir con fuerza, no quería creer lo que mis ojos veían, me bajé del caballo y con un gran pesar me fui acercando a aquel cuerpo que yacía boca abajo. Mientras me acercaba, me decía a mí mismo que estaba equivocado, que él no podía ser, me arrodillé junto aquel cuerpo... Antes de volverlo, antes de hacerlo, ya no tenía dudas...

Por un momento Gonzalo quedó en silencio. Margarita sentía un gran aceleramiento en su corazón según su marido había ido hablando, con temblor en su voz le preguntó - Gon... Gonzalo, ¿quién era esa persona? Era... era alguien que tú conocías ¿verdad?
Gonzalo alzó su mirada llena de lágrimas y apretó con fuerza las manos de su mujer infundiéndole calor – Y tú también lo conocías Margarita, tú también.
- ¿Yo? Pero... ¿pero quién era?
- Margarita, si te he dicho que cuando estés delante de Catalina intente mostrarte llena de normalidad, es porque ella era una parte muy importante de esa persona.
- Gonzalo, ¿qué pasa? ¡¿Quién era por Dios?!
- Esa... esa persona era Floro, nuestro amigo Floro y el marido de Catalina.
Margarita se llevó las manos a la boca espantada. Movió negando con la cabeza mientras se levantaba de la roca - ¡No! ¡No! Eso no puede ser, ¡eso no!

Gonzalo se levantó e intentó calmarla. La tomó entre sus brazos apretándola contra su pecho – Era... era él Margarita, muy a pesar mío, era él.
- Pero... pero eso no puede ser, Floro... ¡Floro murió en el mar! ¡En aquel barco!
Sollozaba entre los brazos de su esposo. Gonzalo besó su cabello – No Margarita, él no murió en ese barco, eso, es lo que yo he hecho creer... Ven siéntate y en cuanto termine de explicarte nos vamos, este aire traerá nieve.

Gonzalo volvió a sentar a su esposa contándole cómo hizo para que todo indicara que Floro había muerto de escorbuto en aquel barco, en el “Esperanza”

- No podía dejar a una familia llena de incertidumbre... Tenía que proporcionarles un poco de paz, también, de esta manera Catalina quedaba libre para rehacer su vida, si se descubría lo que había entre ella y Cipri, nadie la libraba de ser una adúltera y todo lo eso conlleva.
Margarita alzó su mirada no creyendo lo que escuchaba – Tú... ¿tú sabes lo que hay entre Cipri y Cata?
Gonzalo sonrío – Margarita, las miradas de enamorados no es fácil esconderlas... Nunca te referí nada al respecto porque me imaginaba que tú lo sabías y como buena amiga, no serías capaz de delatar los sentimientos de ella y Cipri ni siquiera a tu marido.
La muchacha se pasó la mano por la cara - ¡Dios! ¡Dios qué difícil resulta todo esto!
- Lo sé cariño, lo sé, pero anda volvamos a casa.
Gonzalo hizo intención de levantarse y ayudar a su esposa a hacerlo pero ella retuvo sus manos – No... no me has dicho que pasó con ese hombre, con ese mercenario.

Gonzalo miró hacia la gran extensión del lago evocando aquel momento – Cuando volví el cuerpo de Floro cuánta desolación es la que sentí, cuánta amargura me invadió... Tenía entre sus labios un papel doblado, lo tomé abriéndolo, tenía un mensaje... En él, ese mercenario me decía que me esperaba aquella noche en el bosque, junto al lago... Qué difícil y dolorosa tarea la de enterrar a un amigo, al avisarme Sátur de lo que me podía encontrar en el bosque, quizá por una corazonada, decidí llevarme la pala y yo mismo, cavé la zanja donde su cuerpo quedaría para siempre... Aquella noche, me dirigí hacia allí, hacia el bosque, me costó convencer a Sátur que no me acompañara, al menos creí haberlo hecho, pero nada más llegar al lugar de la cita, Sátur apareció pero esa persona no tardó en dejarlo sin sentido con un fuerte golpe en la cabeza... Nos quedamos sólo él mercenario y yo, en seguida nos enfrascamos en una lucha... Era ágil, tenia soltura de movimiento, por un momento lo tuve a mi merced y le puse la katana en el cuello preguntándole quién era... Me confié y antes de que pudiera darme cuenta me vi en el suelo y con el mercenario encima bajándome el embozo, escuché su voz pronunciando mi nombre, se descubrió ante mí... Era Sung-Yi.

Margarita lo miró asombrada – La... ¿la chica del Templo?

- La misma Margarita... Antes de que pudiera reaccionar, ella salió corriendo y desapareció. Durante la pelea se me abrió la herida, al amanecer ya no podía seguir en pie, por más que me ayudaba Sátur me era imposible seguir caminando por el bosque... No sabía donde se podría haberse metido Minero, le dije a Sátur que me dejara allí, que él se fuera para la casa, que os dijera cualquier cosa pero que cogiera algo para curar la herida, me dejó a cubierto con unas ramas para no estar visible... Se comprende que perdí la conciencia, sólo al sentir que unas manos intentaban quitarme el embozo abrí los ojos para impedirlo... El hombre que pretendía ayudarme me dijo que no tuviera cuidado que no iba a descubrir mi rostro, que curaría mi herida... Era médico, me dijo su nombre, Juan.

- ¿Juan? ¿Juan te curó? - Margarita no pudo dejar de mostrar sorpresa.
- Si Margarita, él me curó, no me hizo pregunta alguna, sólo las advertencias propias de un médico... Terminando de curarme escuché el relincho de Minero, venía en mi busca. No sabes cómo agradecí la presencia de mi caballo, le di las gracias a Juan y montando a mi corcel, con cierto trabajo llegué a las puertas de la Villa, antes de entrar en ella, en un paraje desierto me cambié de ropa, luego, seguí hasta la casa procurando no hacer ruido al entrar en la cuadra y me dirigí a la alcoba por la puerta del patio... Salí de la habitación poniéndome la chaqueta como tal cosa, Sátur intentaba deciros donde podía estar, cosa que a ti no pareció gustarte... Todavía recuerdo tu contestación cuando di los buenos días... ”Los tuyos ¿no? Cansado por lo que parece”

- Gonzalo, por Dios, no me recuerdes las cosas que a veces te dije - al decirlo se puso de lo más azorada.
Él estuvo por reír - Si cuando no me lo decías, lo pensabas.
- Gonzalo, por favor, que me enfado y sigue, sígueme contando. ¿Qué pasó con esa mujer?
- Para qué seguir ahondando, sólo que murió.
- ¿La mataste tú?
- No hubiera titubeado en hacerlo Margarita... Era cuestión de justicia y así se lo hice saber y aunque nos entablamos en una lucha, ella murió para que yo no lo hiciera, se interpuso entre la bala que iba destinada a mí. ¿El causante de ese disparo? El Comisario.

- Siempre el Comisario, ¡siempre!
Gonzalo se levantó ofreciendo sus manos a su esposa – No pienses en ello y como ya te he dicho, cuando el Comisario lo tengas delante, lo ignoras, nada debe él notar en ti... Sé que no es fácil al saber que es el causante de la muerte de tu hermana pero así deben ser las cosas.
- Lo sé Gonzalo y no voy a defraudarte. Me pongo a  pensar y no sé como una mujer como Irene pudo casarse con un hombre como él.
- Yo tampoco lo comprendí cuando me enteré pero eso, es algo que no nos incuben y no debes de partirte la cabecita con eso. ¿Nos vamos?
Margarita aún no se había levantado. Alzó su mirada hacia su marido – Gonzalo, hay... Hay algo que quiero preguntarte.

Gonzalo notó algo extraña la voz de ella. Se volvió a sentar junto a su esposa – Dime, ¿qué es eso que quiere saber? pero me ha dado la impresión que lo que sea, te cuesta decirlo - le tomó las manos – Margarita, no te apures en preguntarme, yo te contesto y te lo aclaro.
Por un momento la muchacha bajó la cabeza – Lo sé Gonzalo, sé que me lo aclararías... Es... es que no sé cómo hacerlo.
Gonzalo tomando la barbilla de ella, hizo que lo mirara – Simplemente, hazlo.
- Tú... tú, heriste a Víctor ¿verdad? - lo hizo sin apartar su mirada profunda de la de él.
El rostro de Gonzalo no reflejó nada que indicara que le cogía de sorpresa la pregunta de su mujer. Se levantó y su mirada la dirigió hacia el lago. Al hablar lo hizo con naturalidad – Si Margarita, fui yo quien herí a Víctor.
La joven lo observó algo consternada – Pa... parece que no te coges de sorpresa mi pregunta.

Retirando su mirada de las aguas del lago se acercó a ella, de nuevo ocupo su lugar en la roca. Le tomó las manos, las tenía bastante frías. Se las frotó para luego mirarla a los ojos – No Margarita, no me ha cogido de sorpresa, de alguna manera esperaba que más tarde o más temprano quisieras saber... Lo hice, pero no como Gonzalo de Montalvo, lo hice como Águila Roja. Por las circunstancias, me vi obligado a ello.
- Pero... ¿pero qué pasó para que lo hicieras?

- Me descubrió... No sé cómo descubrió la guarida pero si recuerdas, la mañana que me mando muy amablemente un vaso de leche con Alonso, esa leche contenía un narcótico. Cuando subí a la guarida para prepararme, al terminar de vestir la ropa de guerrero comencé a sentirme mal... Todo me daba vuelta y no podía dar un paso, por más que intenté sujetarme caí al suelo, cuando abrí los ojos, estaba atado con cadenas de pies y manos... Me encontraba en la gruta donde él escondió sus armas.
Margarita no daba crédito a lo que escuchaba – Pero... ¿pero que pretendía con ello?

Gonzalo le apartó unos rizos resguardándoselo dentro de la caperuza – Le pregunté si quería un reconocimiento al entregarme, me contesto que era algo personal, que tú nunca me olvidaste, ni siquiera estando casada con él... Según Víctor, yo siempre fui el problema entre tú y él... Le grité que él, era el problema, ¡que estaba loco! Intenté despojarme de mis amarres pero era imposible, no iba a ser fácil salir de allí, Víctor me hizo saber que en aquel momento marchaba al palacio real para delatarme... Se fue dejándome allí lleno de desesperación por no saber que podía pasar con vosotros si lograban dar conmigo... Cuando lo daba todo por perdido apareció Sátur, le grité que tenía que sacarme de allí como fuera...

- Sátur llevaba con él una pistola, le dije que disparara sobre el candado de las cadenas que sujetaban mis manos, al principio se negó, temía errar el tiro... Desde donde nos encontrábamos escuchamos cascos de caballos, era la guardia real, le volví a gritar que lo hiciera, Sátur se atrevió a hacerlo y disparando quedé libre de lo que me ataba... Ellas fueron mis armas para enfrentarme a la guardia. Cuando apenas me había deshecho de ellos, Víctor que se había mantenido oculto arremetió contra mí con una daga, logré esquivarlo pero nos enfrascamos en una pelea, él por quitarme de en medio, yo, porque así no fuera, en el forcejeo, el salió herido. Lo que vino después, tú lo sabes.

Margarita inclinó la cabeza – Me hiciste ver que había sido herido en el bosque pero cuando me quedé a solas con él, sabía que su intención era decir tu nombre, en estos momentos ya estoy segura de ello... Entonces, ¡todo era confusión! No comprendía su interés en nombrarte, por un momento se me pasó por la mente que por lo que fuera tú lo habías herido y yo no quería que él me dijera nada... Me angustiaba su agonía y me angustiaba saber que tú podías tener que ver con esa herida de muerte... Se iba ¡y seguía queriendo decir tu nombre! Tenía que poner remedio a su aflicción ante su final y ante mi propio pesar, por eso... Por eso tomé la daga y...
- Ya Margarita, ya no sigas... Como te dije entonces, Víctor no tenía posibilidad de vivir, no te martirices más - la estrechó entre sus brazos calmando el desasosiego de ella al ir recordando por un instante lo ocurrido aquella mañana. Cuando la encontró más tranquila la apartó con suavidad - Creo que ya es hora de regresar. Volvamos a casa.

Tomaron el camino de regreso, juntos, uno al lado del otro. Llegaron a la altura de Minero. Gonzalo la ayudó a subirse al caballo y luego lo hizo él montando detrás de ella. Rodeó con sus brazos el cuerpo de su esposa, Margarita tomó el rostro de su marido entre sus manos y buscó sus labios, fue una dulce caricia la que ella puso en ellos. Gonzalo, lleno de emoción la apretó contra él haciendo que aquella dulce caricia se convirtiera en un beso largo y apasionado y que por un momento, hizo que el tiempo se detuviera para ellos. El relincho de Minero les hizo reaccionar, sonrieron. Él tomó las bridas de su blanco corcel e incitó al caballo a salir a trote ligero dejando atrás, allí, en el lago, el pesar de lo contado. Poco a poco iban sacando los fantasmas de sus vidas para darse uno al otro completamente libre de ellos. Unos copos comenzaron a caer. Se preveía unas navidades blancas.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Ene 14, 2017 4:51 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,47


La Villa vivía los días cercanos a la Navidad. Los tenderetes desde muy temprano comenzaban a abrirse, no importaba el frió que hiciera o la nieve que cayera, eran días de compra y había que sacarle provecho a aquellos días tan señalados. No todos podían tener esa suerte pero los que medianamente podían, intentaban que al menos por esos días, olvidar los problemas que tenían durante todo el año y disfrutar en familia.

Margarita entraba en su casa con cierta compra que había hecho en la tarde, cerró la puerta y dejó la cesta encima de la mesa de la cocina, se quitó la toca dejándola en el respaldo de una silla y se acercó al fuego del hogar calentándose las manos, había cierto silencio en la casa. Pensó, que Sátur habría salido por algo de precisión y que se le olvidó decirle a ella. Cuando calentó sus manos comenzó a recoger la compra, escuchó ruido en la habitación de Alonso, dejó por recoger y se dirigió hacia el cuarto creyendo que Sátur se encontraba allí, la puerta se hallaba abierta. Desde el umbral, un poco confusa comprobó que no era el fiel criado, sino Alonso.

- Pero... ¿Se puede saber que hace mi niño aquí y no en la escuela? - mientras lo preguntaba, se acercó a la cama y se sentó en ella junto a Alonso que miraba para el techo.
- Nada tía, Sátur fue a la escuela y estuvo hablando con padre... Nos dijo que como era casi la hora de terminar las clases, que se daban por terminada. Mi padre me dijo que tú no tardarías en llegar, que habrías ido a salir a comprar algo pero que él tenía que irse con Sátur, que no me moviera de aquí.

A Margarita se le ensombrecieron sus negros ojos. Otra salida más y en aquella ocasión, ¿a dónde? La misma pregunta de siempre y no tendría respuesta hasta que él regresara. Desde hacía dos semanas había salido una vez más que otra, cuando él volvía, ella no preguntaba, se limitaba a verlo regresar con una sonrisa. No quería que él viera en ella el temor que siempre sentía. Luego, en las noches, sin necesidad de preguntar Gonzalo le contaba donde había estado pero también sabía, que él omitía ciertas cosas para no apesadumbrarla. Suspiró e intentó que el pequeño no notara en ella ninguna angustia.

- Anda Alonso, ayúdame a recoger las cosas del mercado y a preparar la cena.
– Tía... ¿tú crees que padre este año me dejará que disfrute de la Navidad?
La joven no pudo evitar que un nudo le apretara la garganta. Tiró de Alonso y se lo sentó en el regazo – Cariño, ¡pues claro que sí! ¿Por qué no habría de hacerlo?
- Tía Margarita, el año pasado no quiso saber de ese día, tú eso lo sabes, sabes que resultó una noche triste.
La muchacha lo abrazó fuertemente – Alonso, el año pasado hizo un año de la muerte de tu madre, era lógico que tú padre no quisiera saber nada. Para él, suponía recordar lo que vivió, lo que vivisteis ese fatídico día pero el tiempo va paliando el dolor, las cosas se van superando y yo te aseguro, que esta Navidad la celebraremos con felicidad, y por supuesto, tú madre estará siempre en nuestros corazones. ¡Siempre lo estará!

- Tía, siempre la tengo presente pero a veces, por más que intento recordar su cara, no veo claramente como era... La veo borrosa en mi mente y yo no quisiera olvidar su rostro... Murillo me hizo un retrato de ella, me dibujó su rostro en un papel, pero no sé donde lo ha guardado padre y no quiero preguntarle a él.



- Tú no te preocupes, ya lo averiguaré y ten por seguro, que siempre verás su rostro.
- ¡Gracias tía! ¡Eres la mejor de todas!
- Pues si soy la mejor de todas, anda, y ayúdame.

Margarita tomó de la mano a Alonso y tirando de él, salieron de la habitación del pequeño.




La madurez de un niño.


Catalina ponía la mesa, tres platos con sus correspondientes cubiertos. Murillo la ayudaba a ello.

– Madre, has puesto tres platos. ¿Acaso Cipri vuelve a cenar en casa con nosotros?
Catalina fue a dar la vuelta al guiso y se quedó con el cucharón en alto – Si Murillo, Cipri cena con nosotros - se levantó y atrayendo a su hijo se lo llevó a una silla. Catalina se sentó poniendo a su hijo frente a ella – Murillo, quiero hacerte una pregunta. ¿Qué piensas de Cipri?
- Pues... pues no sé madre. ¿Por qué me preguntas eso?

- Por... porque es muy importante para mí saber qué piensas tú de él.
Murillo se subió las gafas mirando a su madre – Madre, a Cipri lo conozco de siempre... Lo conozco tanto como conocí a padre, Cipri, hace muchas veces de padre con Alonso y conmigo, es un buen amigo tuyo y de Gonzalo, bueno, y de Margarita, de Sátur, bueno, de Sátur no tanto, cuando ellos están juntos, siempre hay algo que les hace pelear. Creo que Cipri es un hombre bueno. ¿Es eso lo que querías saber?

Catalina miraba a su hijo embobada - ¡Ay Murillo a veces me dejas de piedra! Lo has dicho todo de carretilla y sin titubear... Me pregunto, si no te has dejado algo atrás...
- Creo que si madre, creo que me he dejado algo atrás.
Cata que se levantaba para seguir poniendo la mesa miró a su hijo – Murillo prefiero no saberlo. ¡Cállatelo!

Unos toques en la puerta hicieron que el pequeño fuera a abrir. Era Cipri – ¿Qué hay Murillo? - el buen posadero pasó dentro de la casa revolviendo los rizos del crío.
Catalina se volvió limpiándose la manos en el delantal - Hola Cipri, ya puedes sentarte. La cena ya está lista.

El hombre se sentó, Murillo lo hizo en su sitio habitual. Catalina puso la olla encima de la mesa y procedió a sacar con el cazo el humeante y oloroso caldo debido a la matita de hierbabuena que le había pedido a Margarita. Cata se sentó entre Cipriano y su hijo. Comenzaron a cenar en silencio pero según fue transcurriendo la cena, se entabló una conversación distendida y que participó el propio Murillo alegrándose bastante de lo que habían decidido Cipri y su madre, celebrar la Nochebuena con los amigos en la taberna y posada.

Nada más terminar y mientras Catalina recogía la mesa ayudada por Cipri, Murillo se puso a seguir con las tareas de la escuela que le habían quedado por hacer en la tarde. Algunas cosas se le resistían. Cipriano se sentó junto a él.

– Parece que hay algo que no ves claro ¿verdad Murillo?
- ¡Pues si!
- Quizá, Gonzalo no lo ha explicado bien.
- No Cipri, Gonzalo siempre explica bien las cosas pero a veces...
- ¡Vamos, que no entra!
Murillo movió la cabeza afirmando – Lo que pasa, que mientras estuvo explicándolo, yo andaba distraído con otro compañero pero mañana tengo que llevarlo y lo peor, no es la reprimenda del maestro, sino la de mi madre como se dé cuenta que no lo llevo hecho.
- A ver, quizá yo pueda ayudarte - tomó el cuaderno leyendo el problema que Murillo no veía claro – Esto es pan comío... Mira, esto es así...

Cipri fue explicándole al pequeño como desarrollar el problema de matemáticas. El crío comprendió aquella explicación y procedió a hacer aquella tarea que le había costado un poco y que gracias al buen amigo de la familia, lo había podido resolver.

Catalina había terminado de fregar y quitándose el delantal lo dejó en el respaldo de una silla – Subo un momento, Murillo en cuanto termines te vas a la cama, que por las mañanas te cuesta la misma vida levantarte de ella - lo dijo mientras se dirigía a la escalera.
- Está bien madre... – había cierta resignación en la voz de él.
Cipri volvió a revolverle el cabello – Tu madre es un poco exigente ¿verdad?
- Un poco, a veces no la entiendo, manda mucho. ¿A ti no te importa que sea así?
A Cipri aquella pregunta tan inesperada de Murillo lo dejó sin habla. Miró fijamente al niño sin pestañear. Murillo, sin apenas levantar la cabeza del cuaderno no dejó de hacer su comentario – No me mires así Cipri, soy un niño pero no tonto... Ya tengo diez años.
- Y... ¿y qué me quieres decir con eso?

El crío se levantó y fue recogiendo las cosas de la escuela – Pues... pues eso... A ti te gusta mi madre ¿no?
Cipri no daba crédito con el desparpajo con que preguntaba Murillo. Tragó saliva antes de preguntar él – Y... ¿y a ti te importaría Murillo?
Murillo encogió sus hombros – Pienso que no.
Ante la respuesta del pequeño, el hombre se atrevió a preguntar – Murillo, si  yo amara a tu madre y quisiera casarme con ella, ¿tú que dirías a eso?
Murillo se subió las gafas – Si tú la quieres, yo no tengo decir nada... Eso es cosa tuya y de ella.

Catalina se hallaba en lo alto de la escalera. Estaba bajando cuando los escuchó hablar y se detuvo, desde donde se encontraba ninguno podía verla. Estaba emocionada por lo que oía de los dos. Cipri quería casarse con ella y a su Murillo al parecer no parecía importarle. Tenía una gran madurez para su edad. Su corazón se llenó de una gran felicidad. Sería cuestión de hablar con los dos. Serenándose terminó de bajar e hizo acto de presencia. Iría al grano.

- Sin querer os he escuchado... Por lo que veo, tenéis la bastante comunicación para hablar de los sentimientos a mis espaldas, si a ti Murillo no te importa lo que Cipri siente por mí, para mí eso es más que importante hijo... Si tú no estuvieras de acuerdo me dolería, y quizá me costaría aceptar esa proposición de matrimonio que a aún Cipri no me ha hecho.

Murillo, alzando la cabeza miró a Cipriano - ¿Por qué no se lo preguntas Cipri?
El tabernero se mantenía de pie desde que Catalina había bajado y ante la pregunta del pequeño, de nuevo quedó desconcertado – Pues... pues Catalina, delante de Murillo te pregunto, ¿quieres... ¿Quieres casarte conmigo?
- Y delante de mi Murillo te digo, que acepto esa proposición... Los dos, mi hijo y el hombre que más amo, me habéis hecho inmensamente feliz.

Catalina, atrajo hacia ella a aquellas dos personas que llenaba su corazón abrazándolas con una gran emoción en sus ojos.




Recuerdos, cartas, retrato...


Alonso no hacía mucho que se había quedado dormido y como siempre, preguntando por su padre. No habían regresado para la cena. Al calor del hogar y mirando el reloj, el tiempo pasaba lentamente, demasiado lento. Margarita necesitaba ocupar su mente en algo si no la angustia terminaría con sus nervios, y él lo percibiría. Recordó lo que Alonso le había comentado en la tarde. Se levantó y se dirigió a la alcoba entrando en la habitación, se arrodilló ante el arcón. Levantó la cubierta y rebuscó entre las pertenecías de su marido, eran recuerdos que guardaba en aquella arca. La espada de su padre, algunos libros, aquel traje que Sátur utilizó para hacerse pasar por él para que Alonso pudiera competir en la Academia...

Sonrió al recordar como dejó el dichoso traje y el enfado de Gonzalo. Fue apartando varias cosas. Encontró una caja de madera, la cogió y con ella se sentó en la cama. La abrió. Más que todos eran papeles, cartas... Estaban colocadas con cierto orden y todas ellas sujetas con cintas. Cartas de su amigo Alberto de hacía algunos años, cartas de personas que ella no conocía pero por el color del papel debía ser ya antiguas. Había unas cartas que llevaban su nombre, deshizo la cinta y tomando una de aquellas cartas, la abrió. Aquella carta era la que su marido le escribió a ella, aquella carta no enviada y que dio paso a que entre ellos todo se aclarara. Volvió a releerla y no pudo evitar emocionarse.

Había otra carta pero no llevaba nombre en el reverso, la desdobló comenzando a leerla. Según lo iba haciendo las lágrimas corrían por su rostro. Aquella carta cayó en sus manos en una ocasión pero al igual que la hizo ilusionarse, la llenó de un gran pesar, pero en aquel momento la invadió cierto desconcierto. Si Sátur cambió el nombre de Cristina por el suyo, quedó bien claro que aquella carta no fue escrita para ella, entonces, ¿por qué se encontraba junto a la otra carta que le pertenecía? Su corazón comenzó a latir con fuerza. Aquello que ella pensaba no podía ser, Gonzalo la escribió para su hermana, quizá  se encontraba junto a la otra por un equívoco de su marido.

Margarita no quería ir más allá, no podía pensar en otra cosa, sin embargo, su corazón le decía que si. No quería pensar que aquella carta que tenía entre sus dedos la había escrito Gonzalo pensando en ella aunque iba dirigida a su hermana. Pero ¿que importaba en quien estuviera pensando al escribirla? Su marido tenía mucho amor dentro de él. Amor para Cristina, amor para ella, y si el amor de él era grande, el amor de su hermana no fue menos. Cuánto amor el de Cristina para él. Cuánto amor lleno de desvelos, cuánto amor sin reproches... Se la llevó a los labios depositando un beso, la dobló y junto a la otra, volvió a atarla con la cinta de la misma manera que se la encontró. Una gran emoción la embargaba.

Siguió rebuscando entre papeles pero no encontró nada más. Recogió todo cuidadosamente en la caja bajando su tapa. La guardó dentro del arcón y siguió remirando por un lado y otro, sus manos tocaron algo debajo de unos pliegos enrollados de gran tamaño, era otra caja, la sacó reconociéndola, era el pequeño cofre que contenía el collar de su hermana, volvió a sentarse en el lecho abriéndolo. Allí estaba el collar, aquel collar que empeñó y Águila lo recuperó para que ella volviera a guardarlo en su sitio, se emocionó al recordar aquello. Tomó entre sus dedos una cajita forrada en terciopelo rojizo abriendo su tapa. Eran las alianzas de Cristina y Gonzalo. Sintió una gran congoja, sus dedos rozaron aquellos dos aros, cerró aquella cajita donde sólo quedaba el recuerdo de un tiempo pasado.

En el fondo del cofre y debidamente doblado, un pañuelo guardaba algo. Deshizo la cinta blanca que lo sujetaba abriendo aquel fino lienzo. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, allí estaba. Delante de ella se encontraba el retrato de Cristina, comprobó lo que le dijo Gonzalo, el contacto de las llamas no hizo estrago en su rostro, sólo los bordes estaban algo quemados. Miró el reverso, por un momento estuvo por coger la vela y acercarla para comprobar por sí misma los nombres de los causantes de la muerte de su hermana pero desistió de ello. ¿Para qué remover nada de lo que ya había quedado atrás?

Tomó el retrato y volvió a envolverlo en el pañuelo dejándolo encima de la cama. Guardó la cajita de las alianzas cerrando el cofrecito, se acercó al arca y de nuevo lo recogió dentro de él, en el mismo sitio y lugar. Cerró la cubierta del arcón y tomando el dibujo de su hermana, lo guardó dentro de uno de los cajoncitos de su peinador. Fue a salir de la habitación cuando escuchó un leve roce arriba, en la guarida. Sintió un gran alivio, su marido estaba de vuelta, la puerta de la cuadra la escuchó abrirse, Sátur llegaba con los caballos. Salió presurosa de la habitación, no quería que Gonzalo la encontrara en la alcoba, no quería que pensara que estaba aguardando inquieta su llegada.

Se dirigió a la cocina pero se detuvo ante la puerta del establo – Hace frío para llegar a estas horas Sátur.
El hombre que estaba liberando a los animales de su peso se volvió hacia la muchacha -  ¿Pero todavía está despierta?
- Tenías cosas que hacer, pero a punto estaba de irme a descansar cuando he escuchado la puerta. Me imagino que no habréis tomado nada.
- Ni se preocupe por eso, que yo ahora mismo preparo lo que sea... Usted vaya para la cama.
Margarita cruzó los brazos bajo el busto – Sátur, a mí no me cuesta trabajo alguno, sólo tengo que calentar la sopa de verdura y listo... Mientras tú terminas con los animales yo la voy calentando.

Se fue a la cocina y puso la sopera de barro en la lumbre, la removió y fue a incorporarse cuando sintió unos brazos que rodeaban su cintura. Escuchó su dulce voz en su oído – No creí que mi mujercita estuviera levantada todavía.
Los labios de Gonzalo rozaron la piel de su cuello. Sonrío – Si no me dejas, la sopa va a calentarse demasiado.
- No importa, hace frío, aunque yo ya he entrado en calor sólo con tenerte así, junto a mí.
- Gonzalo, que no estamos solo, Sátur puede entrar de un momento a otro.
- ¿Y? No hay nada malo que yo esté abrazando a mi esposa para poder sentirla, para poder aspirar el perfume de su cabello y embriagarme de él, para...
- ¡Gonzalo! Deja algo para cuando estemos solos.

- Claro que dejo algo para cuando estemos solos, y tú mejor que nadie sabes lo que es.
Margarita se escurrió de sus brazos – No se puede, contigo no se puede.

Gonzalo reía, le encantaba verla de aquella manera tan ruborizada como el primer día. Se sentó ante la mesa de la cocina mientras ella ponía los platos y cubiertos para su él y Sátur. No dejaba de observarla, le tomó la mano.

– Sé, que para ti no es fácil estas salidas, ya ni siguieras preguntas, sólo te limitas a esperar que yo te cuente.
- Creo... creo que eso es lo más correcto... Sólo... sólo tú sabes si debes contarme o no.

- Venimos del Pozo del Infierno, Sátur escuchó esta tarde que había mucho movimiento por allí y lo que escuchó era cierto... Los mendigos se están refugiando allí para resguardarse de los fríos y las nieves, las autoridades lo quieren impedir y hoy han intentado sacar a algunos de ellos para llevarlos fuera de la Villa, son muchos los mendigos que se hallan en las calles del pueblo... Ante unas navidades que están al caer y donde la gente de buena posición se pasea por sus calles más asiduamente, no les convienen que vea tanta pobreza por ellas...  Algunas de estas personas son extranjeros y acuden a pasar las fiestas invitados por familiares o amigos. Para los altos mandatarios no les vienen nada bien que estos mendigos estén a la vista ya que cuando los extranjeros vuelven a sus países, la imagen que se llevan del nuestro no es precisamente muy alentadora y a la misma vez poco beneficiosa para quienes rigen este país.

- El rey, ¿no?
- El rey y quienes están a su alrededor... A la nobleza no le conviene nada de esto a cara de otros países. Cosas como estas, a la Corte le puede perjudicar y mucho... Tienen que dar la imagen de un país que se mantiene en alza, donde el pueblo pasa la menos hambre posible, sólo la imprescindible, la que no se puede evitar como en cualquier otro lugar.
- Pero ¿dónde pueden llevar a estas personas?
- Al parecer, las llevan pasando el camino de Toledo, allí hay unas grutas donde están siendo recogidos, de lo malo no es lo peor... En otro momento, no hubieran dudado en acabar con ellos.

La joven se sentó cogiendo las manos de su marido – ¿Te has tropezado con él? Con el Comisario.
- No Margarita... Desde el día que volví a impartir la justicia en aquel pequeño, no he vuelto a encontrarme con él como Águila, parece que últimamente ha delegado en su lugar teniente... Quizá los fríos han hecho que prefiera los despachos.
Para la joven escuchar aquello la alivió en parte, apretando sus manos volvió a preguntar - ¿Has llegado a entrar en ese lugar?... En... en el Pozo del...

Gonzalo no dejó que siguiera - Si Margarita, pero sigo viniendo de vacío... No tengo noticias de mi madre, todavía no sé que puede haber pasado con ella.
- Bueno, no debes perder la esperanza.
- A veces pienso que nunca daré con ella - al ver que el rostro de su esposa se entristecía, dio por terminada la conversación – Bueno, a ver cómo está esa sopa caliente.
- Eso digo yo amo, que frío, hace ¡tela! - el fiel escudero había llegado en aquel momento.

Sátur se sentó frente a su amo. Margarita, que se había levantado fue por la sopera de barro volviendo a la mesa y depositándola encima de una base de esparto. Sacó con el cazo la humeante sopa de verduras y la sirvió a cada uno en su plato. Cuando terminó, se quitó el delantal dejándolo en una silla.

– Ahí os quedáis, yo me marcho a la cama. Recogerlo todo y buenas noches Sátur.
- Hasta mañana señora, que descanse.
La joven volvió la mirada hacia su esposo – No te retrases en acostarte, debes estar agotado.
- No te preocupes cariño, en cuanto cene ya me verás en la alcoba - al decirlo, rozó con sus dedos la mano que ella le extendía.

Margarita, cogiendo una palmatoria se dirigió a la habitación marital. Entró en ella cerrando la puerta. Tanto Gonzalo cómo Sátur la vieron ir.

- Amo, cada vez que veo a su mujer hablar con usted de estas cosas como si na’, me entra un alivio que no me vea...
- No creas Sátur, a ella le cuesta y aunque lo intenta disimular para mí no pasa desapercibido que no es nada fácil todo esto. Hemos tocado y hablado de muchas cosas pero si te dijera, que nunca me hace referencia a la guarida, creo que no quiere recordar lo que en ella se encontró... En estas semanas que hemos ido saliendo un día más que otro, aún sabiendo que estoy arriba vistiéndome o haciendo lo contrario a la vuelta, nunca ha hecho por subir. Por mi parte nunca le haré mención, no puedo obligarla a ello, bastante ha sido aceptar esa parte de mí y el sacrificio que eso conlleva como el sentir miedo e intentar que yo no me dé cuenta.

- Desde luego que tiene una mujer que vale un imperio.
- Mas que eso Sátur, Margarita vale más que todo eso.




Aquella mañana, después de irse Gonzalo a la escuela y ayudar a Sátur con la casa, Margarita decidió comenzar algo que llevaba rondándole varios días en la cabeza. Subió a la habitación de la buhardilla y abriendo el arcón, sacó del fondo el lienzo donde tenía envuelto el vestido que su madre le regaló y que ella no quiso lucirlo el día de su boda. Lo puso sobre la cama y descubriéndolo sacó aquella prenda tendiéndola encima de ella. Se quedó pensando, cogiendo el costurero que se lo había subido con ella, tomó la almohadilla y fue tomando los alfileres. Los fue pichando a la tela por diferentes puntos. Cuando comprobó que aquel arreglo podía resultar, decidió meterle mano. Unos toques en la puerta y la voz de Catalina, la hizo volverse.

- Buenos días...
- ¡Ay Cata, pasa!
Catalina entró y paseando su mirada por aquella habitación no pudo dejar de comentarle a la muchacha – Espero que si estás aquí, no sea porque has vuelto atrás con tus temores.
- ¡No Cata! ¡Claro que no! Es que he estado pensando, que este vestido que no quise ponérmelo el día de mi boda por lo que tú ya sabes, me da pena dejarlo arrinconado y se me ha ocurrido hacerle un arreglo y poder ponérmelo para ciertas ocasiones.
- ¡Ah pues mira, no está nada mal! y tú que en cuanto coges la aguja antes de dar la primera puntada ya lo tienes hecho, me imagino que lo tendrás terminado para el día de Nochebuena.

- Bueno, no tiene que ser para ese día. ¿Por qué tendría que serlo?
- Porque hemos pensao Cipri y yo de reunirnos todos en la taberna para cenar juntos. ¿Qué te parece la idea?
La joven en aquel momento no supo que responder – Cata, no sé qué decirte ante eso porque no sé lo que pensará Gonzalo.
- Margarita, hija, que las cosas con el tiempo se van paliando y aunque es un día muy señalado, la vida sigue, sino, sólo hay que veros a ti y a él.
- Llevas razón Cata pero hasta que no hable con él no te puedo dar una contestación.
- Pues procura convencerlo que ya me voy, que hoy entraba más tarde pero a este paso, no llego, por cierto, he recibido carta de Juan.
- ¿Si? ¿y qué te cuenta? -  mientras preguntaba seguía liada con el vestido.

- Pues me dice que todo le va más que bien, que estudia mucho pero que así debe ser si quiere ser un buen especialista en neurología. Me cuenta, que estos días de fiesta lo pasa en el palacete de su madre, me manda felicitaciones para todos vosotros, que le hubiera gustado pasarse por la Villa pero su madre se encuentra algo enferma y no quería entretenerse.
Margarita se volvió hacia su amiga – Cuando le contestes, que me magino que lo harás, le dices que nos alegramos mucho de que todo le vaya bien y también le das las gracias por esas felicitaciones.
- Claro que si mujer, yo se lo hago saber y no lo digo más, me voy.

Catalina se dispuso a salir de la habitación pero la voz de la muchacha la detuvo de nuevo - ¡Espera Cata!
La mujer se volvió – Margarita, mujer, que tengo prisa. A ver, dime...
La muchacha titubeó al hablar – Sé... sé que no debería preguntarte y sé también, que si Gonzalo lo supiera se enfadaría conmigo, pero... Pero quiero saber. ¿Qué pasa con Lucrecia?
Catalina se acercó a la muchacha – La verdad, es que no debería importarte lo que pueda pasarle... Fue demasiado daño el que te hizo para interesarte lo que pueda ser de ella o no pero no me extraña viniendo de  ti, eres demasiado noble Margarita.

Catalina se sentó en el borde de la cama – Pues después de intentar dejar de refugiarse en la bebida, también se está esforzando en dejar el opio. Para eso está preparando su equipaje, va a marcharse de la Villa, al convento de las Descalzas en Cuenca... Quiere pasar las fiestas recluida allí y quizá le lleve un tiempo más, creo, que la idea ha salido del Comisario, él se va a hacer cargo del niño... Al parecer, el Comisario va a llevarse a Nuño con él a celebrar las navidades con su esposa... Creo que es lo mejor que puede hacer, porque a pesar que ese hombre no es devoto de nadie, a ese niño lo quiere como si fuera suyo, a veces pienso que quizá Nuño pueda ser hasta de él, fíjate tú.

- Quien sabe Cata y anda, vete ya que te he entretenido demasiado - tiró de su amiga haciendo que se levantara de la cama. La empujó hacia la puerta.
- Me voy, pero no dejes de hablarle a Gonzalo de la cena.
- Que sí, que se lo digo.

Catalina salió y Margarita suspirando profundamente, se dispuso a seguir con su costura.




Las voces infantiles llenaban la casa de una alegría que contagiaba, estaban terminando de merendar. Margarita planchaba mientras los observaba como reían y se gastaban bromas entre ellos. Aquella tarde, se le había ocurrido otra cosa que hacer, eso le haría mucha ilusión a Alonso. Nada más terminar la plancha y recoger cada ropa en su sitio, se fue hasta la chimenea y de los leños que había apilado, cogió de los más pequeños un par de ellos. Buscó entre los cuchillos de la cocina, tomó uno tipo navaja y se sentó junto al fuego en la sillita baja. Tomando uno de los leños, fue limpiando de corteza aquel pequeño tronco. Cuando los chiquillos se dieron cuenta, se pusieron alrededor de la joven preguntándole que era lo que estaba haciendo. La muchacha no podía dejar de sonreír.

- Si queréis saberlo, vais a tener que esperar un poquito.
- Tía, por favor, dinos los que vas a hacer.
Margarita movió la cabeza – Si os los digo, nos es una sorpresa.
- ¡Ya lo sé! ¡El colgante que me prometiste! El mismo que tenía padre y que él perdió.
Por un momento Margarita se quedó con la navaja en alto pensando, luego, miró a su sobrino, a su niño sonriendo – Eso Alonso, te lo tengo prometido y te lo voy a hacer, pero no, no es lo que estoy haciendo.

Murillo y Gabi también la apremiaban a decirlo. Margarita se negaba a ello. Disfrutaba de ver como los niños se mosqueaban con ella. La puerta se abrió dando paso a Gonzalo y a Sátur, éste venía con un pavo debajo del brazo. Tanto la muchacha como los niños se quedaron sorprendidos al verlos llegar con aquella ave y algo grande. La joven se levantó, dejando lo que estaba haciendo en la silla y poniendo los brazos en jarras dio a demostrar su disconformidad.

– Pero... ¿pero se puede saber que pretendéis al traer este animal?
Gonzalo y Sátur se miraron. Por la mirada de su amo, Sátur sabía que a él le tocaba darle la explicación a Margarita – Pues verá señora, los precios se ponen por las nubes en estos día y tanto el amo como yo hemos pensao en adelantarnos días antes con la cena, así, nos sale más barato.
- Pero... ¡pero si os lo habéis traído vivo! ¡¿Qué hago yo aquí con ese pavo vivo hasta el día de la cena?!
- Es que eso es otra... Al traérnoslos vivo también sale más barato pero usted no se preocupe que yo me encargo de todo, a este animal, le ato una cuerda a una de sus patas a cualquier clavo que hay en las paredes del establo, y listo... Sólo hay que darle de comer.
- Comer... Qué hay que darle de comer, ¡encima eso! ¡Pues tú te encargas de eso o mi marido, que muy callado está por cierto.



Gonzalo tuvo que dejar su silencio, ya la tormenta había comenzado, el enojo de su esposa era visible – Margarita, mujer, no te pongas así, tengo que comprender que la idea de Sátur no ha estado mal... Siempre es  bueno ahorrar aunque sea un maravedí.
- ¡Gonzalo por Dios! Si con tan sólo no tener que matar a ese animal y luego quitarle las plumas, ¡yo doy dinero! Claro, que pensándolo bien, esas plumas puede que le sirvan a alguien que yo me sé. ¡Pues a ti te va a tocar desplumarlo! – diciendo esto, volvió a sentarse y a seguir con lo que había dejado interrumpido.

Gonzalo no pudo por menos que sonreír ante el enfado de su esposa. Los que disfrutaban, eran los niños, sobre todo Alonso de saber que durante tres días podría tener a aquella ave con él. Ya Sátur había ido para el establo y procedía a buscar una cuerda para atarlo, nada más tenerla, se la ató a una de las patas dejando al pavo suelto, le dejó a la cuerda la largura suficiente para que aquella ave pudiera moverse libremente, el otro cabo de la cuerda lo enganchó en un clavo de uno de los muros. Los niños intentaban de coger el pavo pero éste les rehuía cloqueando.

- Sátur, ¿qué hay que darle de comer?
- Pues maíz y pan mojao. El maíz lo hemos traído tu padre y yo, lo peor va a hacer cuando tú tía vea como se pone el suelo... Entre la comida y la porquería que este bicho echa, nos saca a tu padre y a mí de la casa.
- ¿Podría darle de comer Sátur?
- Si Alonsillo, si puedes... Sólo tienes que tirarle el maíz al suelo que él ya se encargará de cogerlo con el pico, con el pan, lo mismo pero en estos momentos ni se te ocurra hasta que se le pase a tu tía el enfado... Anda, vamos pa’ dentro. Gabi, Murillo, ¡dejad ya de una puñetera vez a ese bicho que a este paso no llega a Navidad!

Pasaron dentro de la sala. Por el silencio de los esposos, comprendió Sátur que Margarita seguía enfadada. Se sentó junto a su amo mientras los niños volvían junto a la joven.

- ¡Qué carácter tiene la mujer de usted amo!
- ¿Ahora te das cuenta Sátur? – mientras le preguntaba, Gonzalo no dejaba de mirar a su esposa, no sabía que podía estar haciendo pero en aquel momento no estaba la cosa para preguntar.
- No amo, ya hace tiempo que lo sé, ¡dichoso genio! Si el genio que tiene no acompaña a la estatura.
- Sátur, si todavía no quieres que se enoje aún más procura que no te escuche llamarla bajita.

Los toques en la puerta hicieron que Sátur fuera a abrir. Era Estuarda – Hola Sátur, ¿está Margarita?
- Si mujer, ¿a dónde va a estar? Anda, pasa.
La mujer entró pasando a la sala. Margarita se puso en pie nada más verla, soltó lo que tenía en la mano y le salió al encuentro - ¿Pasa algo Estuarda?
- Te traigo una buena noticia... Mañana te pasas por el palacio de los Vallartas.
- ¡No me digas que puedo tener trabajo! - la muchacha apretó las manos de la recién llegada.

- Creo que lo tienes... No hace falta que vayas muy temprano, con que estés sobre las once es buena hora. Ya allí te dirán en qué consiste, me imagino que trabajarás en lo tuyo. Si yo no estoy a la vista, te presentas a Josefa, el ama de llaves, a ella la conociste el día que fuiste.
-¡Ay, gracias Estuarda! – se abrazó con gran alegría a la buena mujer – No sé cómo pagarte todo esto. ¡No lo sé!
- Pero Margarita, mujer, nada me tienes que agradecer.
- ¡Claro que sí! ¡Ay Estuarda! siéntate, que ni siquiera te lo he dicho.
Se acercaron a la mesa. La mujer saludó al maestro - Buenas Gonzalo.

- Hola Estuarda, ya veo que le has traído a mi mujer buenas noticias... Pareciera, que en su propia casa no estuviera a gusto por la alegría que ha tomado la posibilidad de volver a trabajar.
Margarita quiso fulminarlo con la mirada, sabía que quería hacerla saltar – No le hagas caso Estuarda, hoy mi maridito está tan chistoso como tú... como Sátur.
- Cualquiera sabe que te habrán hecho estos dos.
- ¿Nosotros? Amo, mire lo que dice... Nosotros a su esposa no le hemos hecho na’ ¿es así o no?
- Es así Sátur, lo que ocurre Estuarda, es que me casé con una mujer muy mosqueona y con mucho genio.

- Gonzalo, no sé lo que haya podío pasar pero sólo sé que te casaste con una preciosa y buena muchacha... Nunca podré olvidar lo que hizo con su anillo de compromiso, eso, no lo hace cualquiera.
Margarita se acercó a ella poniéndole una mano en el hombro – Estuarda, ¿todavía te acuerdas de eso? Eso como tantas cosas ya pertenecen al pasado.
- Margarita tengo que irme, que la noche está muy fría para que Gabi ande por la calle Se volvió hacia su hijo - Anda Gabi, que nos vamos - se levantó y esperó que el niño se le acercara. Cuando el  crío estuvo a su altura se dirigió a Margarita – Ya sabes,  no se te olvides.
- ¿Cómo crees Estuarda? Antes de las once ya estoy allí y gracias de nuevo.
Estuarda, antes de irse en dirección a la puerta se inclinó hacia Gonzalo – No te metas con ella porque puedes llevar la de perder.

- Como lo sabes Estuarda, a veces, no sé como soy capaz de hacerlo - lo dijo sin dejar de mirar el rostro refunfuñado de su esposa.
Sátur acompañó a Estuarda y a su hijo hasta la puerta. Margarita volvió a su quehacer sentándose al calor de la lumbre. Gonzalo se sentó en la banqueta junto a ella – ¿Me dices lo que estás haciendo? Claro, si puedo saberlo.
- Te podía decir, que si no se lo he dicho a los niños no tendría porque decírtelo a ti.
- Margarita, ¿por qué eres así conmigo?
- ¿Cómo soy contigo? - lo preguntó sin levantar la cabeza de la tallita que estaba haciendo.
- ¡Malísima! Enojona, mosqueona pero con todo y eso me pierdes de una manera que hago lo que tú quieras.

En esta ocasión Margarita levantó la mirada – Pues tengo algo que decirte y que conste, que has dicho que haces lo que yo quiera.
Por un momento Gonzalo pensó que se había precipitado – A ver, a ver Margarita... Te he dicho que me pierdes de una manera que hago lo que tú quieras pero viniendo de ti, puedo esperarme cualquier cosa. ¿No pretenderás que devuelva el pavo? Por... porque eso... Eso es imposible.
La muchacha contuvo la risa al ver el rosto de su marido – Podía pedirte eso, el cómo tú lo soluciones, es cosa tuya.

- Margarita, por favor, que una compra como esa no se puede devolver.
- Hasta donde yo sé, Águila tiene solución para todo - lo dijo bajito, sólo para él y para ella.
Gonzalo se pasó la mano por el cabello. No quería pensar que tuviera que devolver el pavo – Margarita, escucha mi amor, hay cosas que no están en mi mano ni en la de Águila. ¡Qué es sólo un pavo! que tú no tienes porque matarlo ni desplumarlo, que todo eso lo hacemos Sátur y yo, pero que si lo tuviera que hacer solo, ¡lo hago! pero el pavo, el pavo no lo devuelvo... Siento... siento no poder complacerte

Margarita dejó de tallar y rompió a carcajadas al ver el apuro de su marido. Éste, la miró con el ceño fruncido.

- ¡Ay Gonzalo! que sin proponérmelo te he puesto en buen apuro... No... no era lo que te quería decir. ¡No era eso! – su risa, rompió en su garganta.
Gonzalo, en lugar de enfadarse encontró un gran alivio pero sobre todo la miraba embelesado al verla reír. Hacía tanto tiempo que no la escuchaba reír de aquella manera. Cruzó los brazos sobre el pecho mirándola fijamente – Bueno, espero que la señora me dé un explicación, creo que me la merezco... Te has reído y con ganas.

- Es... es que ya te veía... Te veía cargando con el pavo y de vuelta al mercado.
Sátur entraba en aquel momento – Amo, he tardao un poco porque he acompañao a Estuarda y a Gabi hasta el final de la calle.
- Me parece bien, como si los hubieses acompañado hasta su casa.
El hombre se los quedó mirando a los dos, a su amo y a su esposa – Creo que me he perdío algo.
- No Sátur, creo que el que se ha perdido soy yo y estoy esperando que mi esposa me lo aclare.

Margarita deslizó sus dedos entre la blusa y sacando un pañuelo que tenía guardado dentro de su escote, se limpió los ojos de lágrimas. Gonzalo la veía hacer y esperaba.

- Gonzalo, no me mires así, sólo ha sido una broma, no me lo tomes a mal... Lo que te quería decir, es algo que Catalina me ha dejado dicho esta mañana, yo no me he atrevido a actuar por mi cuenta y decirle que si... Creo que tú eres el que debes, el que debes decir sí o no.
Su marido la miró de nuevo con cierto entrecejo – Vamos a ver Margarita, no sé lo que te haya dicho Catalina pero si tu podías decidir, no tenías que esperar que yo te dé el visto bueno. Lo que tú decidas, bien hecho está.
- Pero yo no sé cómo tú verás eso... Es que me dijo, que tanto Cipri como ella han decidido celebrar la cena de Nochebuena en la taberna para que todos disfrutemos de esa noche juntos.

Gonzalo comprendió, su mano acarició el rostro de su esposa echándole unos cabellos para atrás – Margarita, nada de lo que se haga o se deje de hacer van a cambiar las cosas que ya han pasado, creo, que ya es hora que vivamos el presente. Me parece una buena idea la de Cipri y Catalina. ¿Tú qué dices Sátur?
Sátur que se había mantenido en silencio por fin pudo hablar - ¿Pues qué me va a parecer amo? ¡Estupendo! Mire por donde, el pavo que nos parecía algo grande nos va a venir de perilla, así, que voy a ir alimentándolo para que todavía engorde más. ¡Qué pedazo de cena! ¡Qué pedazo!

Gonzalo se quedó mirando a su esposa – Nunca esperes a que yo tome una decisión cuando tú puedes hacerlo por ti misma, lo que hagas o decidas siempre estará bien hecho... Bueno, y ahora puedes decirme que es lo que estás haciendo, sé que estás tallando la madera, hasta ahí llego.
- Te lo voy a decir porque los niños están en la habitación. Le estoy haciendo un nacimiento a Alonso, casi ya está hecha la primera figura, sólo tengo que ir perfilándola con la punta de la navaja.
- Te atreves con todo pero debes tener cuidado, puedes darte una puñalada o cortarte. Decirte que me vuelvas a hacer la prenda de amor ya no sería lo mismo ¿verdad?

A Margarita se le iluminaron los ojos al escuchar a su marido, él no pudo percibirlo porque ella tenía la mirada baja – No Gonzalo, ya no sería lo mismo, ese colgante era la prenda de amor, el que era mágico. Ninguno se podría igualar a él.
- Siento... siento tanto haberlo perdido, me siento vacío sin él, muchas veces, inconscientemente me hecho la mano al cuello creyendo que lo llevo conmigo.
- No te preocupes, se pierden tantas cosas durante nuestro paso por la vida, Alonso me ha recordado que se lo tengo que hacer... Ya cuando termine el nacimiento me pondré con ello... Bueno, creo que por hoy lo dejo, ya me duelen los dedos de apretar la navaja, ¿ves? ya está hecha la primera figura... Aunque para ti estas cosas no es lo tuyo ¿me puede decir el señor cuál es?

Gonzalo escudriñó los ojos y se quedó mirando la pequeña figura – Pues... pues por la forma en que está, me parece que puede ser la virgen ¿no?
- ¡Vaya, lo has acertado! ¡No me lo puedo creer!
- Margarita, ¿quién de los dos está hoy más chistoso? - se lo preguntó rozando sus labios por el oído de ella. Percibió que su esposa se estremecía – Esta noche me voy a cobrar todo lo de esta tarde.
Margarita lo miró sonriendo – Si tú te cobras siempre lo que quieres sin necesidad de deberte nada.
- Y sabes, que sólo lo que quiero es a ti, sólo a ti - no se apartaba de ella y seguía acariciando su cuello.
Margarita recogió la figurita levantándose – Siento interrumpirlo señor Montalvo pero tengo que ir preparando la cena.

La muchacha se escurrió como una anguila de los brazos que querían retenerla. Gonzalo se echó a reír de la forma en que lo hizo. Se sentía feliz. Algo le decía, que su casa iba recobrando la paz y la luz que había perdido durante unos meses. Aquella tarde, al verla y escucharla reír, su corazón le decía, que aquello era así.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Ene 21, 2017 4:13 pm

Luces y Sombras. Segunda parte.

Capítulo,48




Un rezo, una súplica.


La tarde, en casa de los Montalvo se presentaba de ajetreo. Nada más aparecer el maestro después de clase, Sátur se preparó con la ayuda de él para matar al pavo, el problema, los niños no querían, les suplicaban que no lo hicieran. Tuvieron que encerrarse en el establo para poder hacerlo sin tener encima los ojos de los niños recriminando lo que iban a hacer con la pobre ave. Allí mismo, Sátur se dedicó a ir desplumando aquel bicharraco metiéndolo en un caldero de agua caliente para a la misma vez, quitarle las impurezas y limpiarlo bien. En esta ocasión, se iba a preparar aquella exquisita cena como Margarita había preferido, de la forma en que Concha le enseñó a hacerlo. En la mañana, el fiel criado se hizo de los ingredientes que necesitaba, una variedad de verduras y hortalizas, especias, sobre todo no podía faltar la pimienta en grano, la nuez moscada, los clavos. Tampoco podía faltar el aceite y un buen vino que Cipri aportó para el guiso.

Mientras en su casa se iba preparando la cena para la noche siguiente, Margarita salía del palacio de los Vallartas, estaba contenta, sólo hacía dos días que llevaba trabajando y se sentía muy a gusto. La condesa, se veía una señora de una amabilidad encantadora, aunque algo mayor se conservaba bastante bien para la edad que tenía, en esos dos días le había terminado un vestido que la anterior costurera lo había dejado a medias, ya que por asunto de familia tuvo que dejar la Villa días antes de lo previsto. Por lo diligente que había sido en su costura y con la finura y lo bien terminada que había quedado, le había dejado libre los dos días siguiente por lo que le venía más que bien para ayudar a Sátur con el guiso más algo que se le había ocurrido en la mañana y que se lo había dejado a cargo del fiel criado, pero antes de ir a su casa tenía que hacer algo de precisión, no podía dejarlo.

Aligeró el paso y dejando el centro de la Villa recortó por sus calles dirigiéndose al cementerio. Debía darse prisa ya que podía caerle una nevada de un momento a otro pero tenía que tener tiento al pisar, las calles, estaban demasiado resbaladizas por el hielo y eso hacía que no pudiera apretar el paso. Llegó a las tapias del campo santo atravesando una de sus puertas. Se adentró entre las diferentes tumbas y se detuvo ante una de ellas. Las sombras de la noche estaban a punto de caer, la joven, después de un tiempo ante aquella tumba se inclinó depositando una flor sobre la piedra después de rozar su mano sobre ella. Volvió sobre sus pasos haciendo el mismo recorrido, poco antes de llegar a una de las puertas del cementerio se detuvo ante otra sepultura.  Se arrebujó en su toca de gruesa lana. De pie, ante la tumba de su hermana Margarita no pudo evitar las lágrimas. Se arrodilló ante ella, dos rosas blancas descansaban sobre la piedra, la muchacha pasó su mano por la loza. Suspiró.

- Hermana, tu hijo y él no te olvidan, esas rosas me indican que esta mañana ya ellos han estado aquí, es imposible olvidarte. Dos años ya desde que te fuiste y no podía dejar pasar estos días sin venir a hablar contigo. No... no podía dejar de hacerlo. He visitado primero la tumba de madre, hacía tiempo que no lo hacía, también he hablado con ella... Han sido tantas las veces que me ha hecho falta, han sido tantas... He recordado allí, en su tumba, las de veces que nos reñía por nuestras travesuras, por robar gallinas o por subirme a un árbol y tener una caída, cuantos quebraderos de cabeza les dimos, tú, menos que yo. ¿Recuerdas? Cuántos momentos vividos siendo niñas y cuanto amor el de nuestros padres a pesar de muchas cosas, pero ya todo es recuerdo, hace tanto tiempo de eso Cristina, tanto... Cuántas cosas han pasado desde entonces y cuánto te echo de menos, no sabes cómo, pero cuanta contrariedad... Tenías... tenías que marchar tú para que él regresara de nuevo a mí... Hermana, nadie mejor que tú para hacerlo feliz, nadie mejor que tú... Hiciste de él un hombre responsable, justo, tú, con tu amor paliaste esos momentos donde sus fantasmas, sus miedos acudían a él para atormentarlo. Lo amaste llena de comprensión, de alguna manera, tú... Tú fuiste  más condescendiente que lo que yo fui con él... Por ti, él se convirtió en el hombre que es, en el justiciero.

Margarita, mientras musitaba aquellas palabras no podía evitar la congoja. Las lágrimas resbalaban por su rostro.

- Y yo... yo no puedo dejar de sentir temor, ¡no puedo dejar mis miedos atrás! Intento... intento comprender que así debe ser, he aprendido aceptar y amarlo como lo que es. ¡No sabes cómo lo amo! pero el miedo a no verle regresar es superior a mí. Él me ha prometido que siempre ha de volver pero esa promesa no depende de él, y tengo ese pavor de no verlo de vuelta. No quiero perderle ¡No quiero! Mi vida sin él no sería nada... Vela por él hermana, tú debes ser su ángel de la guarda, la estrella que alumbre su camino para que nada le pase, para que siempre regrese a mis brazos e ilumíname a mí también allá donde estés... Ilumíname, para ser la mujer que el necesita... Una mujer donde él no aprecie ese temor que escondo bajo una sonrisa... Dame la luz suficiente para saber ser una buena esposa... La esposa del guerrero, la mujer del maestro.

Margarita hizo un alto en su rezo volviendo a pasar su mano por la fría piedra, levantó su mirada al cielo y a su alrededor. El aire frío se hizo notar.

- Tengo... tengo que irme hermana, la tarde ya está cayendo y él me espera - la joven, besando el rojo clavel que llevaba en una de sus manos lo depositó entre las dos rosas blanca – Adiós Cristina... Siempre te llevo en mi corazón y en mi pensamiento hermana. ¡Siempre!




Gonzalo salió de la alcoba de repasar los cuadernos. Sátur trabajaba una masa, levantó la mirada cuando escuchó los pasos de su amo.

– A ver si la mujer de usted cuando regrese no venga con algo nuevo que ya esta mañana me dejó a  cargo de esta masa, espero que quede a gusto con ella... Amo, que animá la veo.
- Si Sátur, yo también la veo muy animada, ojala no haya nada que haga que vuelva atrás... Me atrevería a decir que la veo feliz, ya no veo en sus ojos sombras de tristeza.
- ¡Pues claro que es así! ¿Por qué no había de verla feliz? ¿Usted no lo es?
- Si Sátur, lo soy... Soy inmensamente feliz, con ella es imposible no serlo y si a esa felicidad le agregó la que me da mi hijo, podría decir que soy un hombre pleno.

Unos toques en la puerta hicieron que fuera a abrir. Catalina apareció ante la puerta refugiándose en su toca - ¡Por Dios que frío! Me cuelo...
Gonzalo cerró la hoja de madera – Si vienes en busca de Margarita, no ha vuelto todavía.
Catalina olfateó el ambiente – Oye, ¡qué bien huele!
- Huele bien ¿no Catalina? pues eso que todavía el guiso no está hecho, pero ya por los ingredientes y el olor de las especias te dice cómo va a saber ese pavo, ¿a que si?
- ¡Pues si Sátur! Bueno, luego vendré Gonzalo, quería consultarle algo precisamente sobre la comida...

- Cuando venga le digo que has estado aquí y que se acerque... No tardes en decirle a Alonso que se venga para la casa, todavía no ha hecho los deberes.
- Está bien, hasta luego Sátur y sigues amasando para que quede rico.
Catalina fue hacia la puerta. el maestro la abrió y la mujer salió liándose en su prenda de abrigo. Gonzalo cerró sin echar el pestillo – Hace frío Sátur y el aire que sopla traerá de nuevo las nieves... Apenas tenemos respiro con ellas.
- Pues amo, hoy a no ha nevao mucho.

- Si Sátur, pero no por eso se termina de quedar las calles y tejados  limpios de ellas - se dejó caer sobre el borde de la mesa. Miró el reloj - ¿No crees, que hoy Margarita está tardando más que estos dos días pasados?
Sátur alzó los ojos hacia su amo – Quizá se ha visto obligá a quedarse pa’ terminar algo.
- No me gusta que ande sola por las calles cuando ya se ha hecho de noche.
- Amo, que todavía no son las siete de la tarde.
Gonzalo sonrío – Ya le vas cogiendo el tranquillo al reloj.
- Amo, que torpe no soy y usted lo sabe mejor que nadie.
- Nunca lo has sido.



Gonzalo dejó la postura que tenía y dio unos pasos hacia uno de los ventanales, se paró ante él. Las vidrieras estaban empañadas, pasó la mano por el cristal, miró a través de él, se percibía algo. Cierta claridad pero tenue y debida a las luminarias de la calle a través del portón de la cuadra, era lo único que podía apreciar, sin embargo, era tan grande su deseo de verla, que el bello rostro de su esposa se reflejó en los cristales, acarició su hermosa faz a través de ellos, instintivamente, con su dedo índice, escribió el nombre de su mujer en la vidriera empañada. Pronunció su nombre, “Margarita” Necesitaba a su esposa ya de vuelta en la casa. De vuelta y junto a él.




Margarita ya pisaba las calles del centro, había ambiente. Muchos tenderetes del mercado se mantenían abiertos. Sintió la necesidad de pasar por dos de ellos. Aligeró su paso abriéndose paso entre la gente que abarrotaba los puestos. Se detuvo ante el tenderte de Rufina, la mujer atendía a la clientela pero algo hizo que girara la cabeza y vio a la joven.

- ¡Margarita, que alegría verte! ¿Cómo te encuentras muchacha?
- Bien Rufina... Voy mejorando ¿No se me nota?
- ¡Claro que sí! ¡Si hasta en la voz se te nota criatura! ¡Pero qué alegría! ¿Sólo vienes de visita o quieres algo?
- Si, necesito algo.
- Ahora mismo te atiendo - la buena mujer le hizo un guiño.
- No se preocupe, yo espero mi vez.
Nada más se desocupó de la mujer que atendía, se acercó a Margarita echándose encima del mostrador – A ver, ¿que necesitas?
- Necesito hilo de tejer pero que tenga cierto grosor y en tono azulado.
- Mira, yo te enseño las madejas que tengo y me dices cual es la que prefieres.

Rufina le sacó varias madejas dentro del grosor y el tono que la muchacha le había pedido. Margarita escogió la que era de su preferencia. La buena mujer se la envolvió y la joven le pagó sacando el dinero de su faldriquera. Tomó su envoltorio despidiéndose de la tendera.

– Que tenga un buen día de Navidad Rufina.
- Lo mismo te digo muchacha y saluda a tu esposo de mi parte.
- Yo se lo doy... Voy a llegarme a ver a la señora Luisa.
- ¡No veas lo contenta que se va a poner al verte!

Margarita se alejó del puesto de Rufina y se adentró entre los demás tenderetes. La bulla fue dispersándose ante los primeros copos de nieves. La muchacha se apresuró en llegar al puesto de flores.

– ¡Buenas tarde señora Luisa!
La mujer se hallaba de espalda colocando unas macetas y al escuchar la voz de la joven se volvió rápidamente - ¡Margarita, muchacha pero que alegría! Preguntarte como te encuentras no hace falta, te veo más que bien.
- Así es señora Luisa y veo que tiene el puesto precioso de pascuelos.
- ¿Has visto? Cómo ves los tengo en blanco y rojos.

- Me gustaría que me escogiera una de las macetas más bonita que tenga en roja.
- Ahora te busco la que más bonita esté. ¿Y tú esposo?
- Bien señora Luisa, él se encuentra muy bien.
- Y tan guapo como siempre ¿no?
Margarita se hinchó de gozo al escuchar a la mujer – Si señora Luisa, ¡más guapo aún!
- Mira a ver si te gusta esta - le puso en el mostrador una preciosa maceta llena de flores rojas en forma de estrellas y frondosas hojas verdes.
- Está preciosa y ¡qué rojo tan bonito tiene! Parecen de terciopelo. ¡Me la llevo! Dígame cuánto es.

La mujer le dijo el precio y la joven le pagó su compra. Se cubrió los cabellos con la toca y cogiendo su maceta se dispuso a marchar.

- Muchacha, te deseo una feliz Navidad y por supuesto, también a los tuyos.
- Gracias doña Luisa, yo también se lo deseo a usted y a su esposo y ya me voy ¡que no me voy a librar de la nieve que está cayendo! ¡Hasta pronto!
- ¡A más ver Margarita!

La joven apresuró el paso hasta dejar el mercado atrás. Acortando por unas calles y otras se adentró en el barrio de San Felipe cuando las campanas tocaban las ocho de la tarde. Toda presurosa se dirigió a su casa subiendo a prisa los escalones. Empujó la puerta pero estaba cerrada por dentro, llamó con la mano. La puerta no tardó en abrirse, Gonzalo apreció en el umbral con cierta preocupación en el rostro.

- Me dejé las llaves en casa y siento... Siento haber tardado Gonzalo – se disculpaba ante su marido mientras entraba dentro de la estancia.
- Me tenías preocupado Margarita... Si pensabas entretenerte podías haberlo dejado dicho.
La muchacha dejó la maceta y el envoltorio en la mesa despojándose de la toca. Fue derecha a la lumbre a poner las manos al calor del fuego – No... no tenía intención de entretenerme, sólo que surgió sin querer. Perdona si te he preocupado.

Gonzalo se acercó poniéndole las manos en los hombros – No tienes que pedir perdón, pero siempre me preocupará tu tardanza... El hecho de ver que no estás junto a mí ya es un gran desasosiego. ¡Te necesito tanto! - la rodeó con sus fuertes brazos apretando la espalda de ella contra su cuerpo. Metió su rostro en el cuello de su esposa.
Margarita se volvió para refugiarse en aquellos brazos amantes – Sabes que yo también te necesito, sabes lo que te añoro cuando no estás conmigo... Cuando...

- Lo sé Margarita... Sé lo que me añoras y lo que sufres esa ausencia, a pesar... A pesar que lo quieres ocultar ante mí, pero ya te prometí que siempre he de volver. ¡Siempre me verás llegar!
Margarita cerró los ojos con fuerza aferrándose al pecho de su esposo. Gonzalo acarició su rizada y perfumada cabellera. Percibió que ella suspiraba profundamente, la apartó dulcemente. Se inclinó buscando sus ojos algo húmedos  – Bueno, y ahora dime como te ha ido el día.

La joven le tomó la mano tirando de él hasta la mesa, se sentó y su marido lo hizo junto a ella.

- ¡Pues muy bien! ¡La condesa me ha dado dos días libres! Según ella, tengo una gran habilidad con la costura y al haber tenido su vestido listo para lucirlo en la noche de mañana, pues eso, me ha dado estos días, así, que estoy más suelta para ayudar a Sátur, que al pobre le he echado encima una buena, por cierto, no lo veo.
- Ha ido a casa de Cipri por una hogaza de pan... Se ha llevado toda la tarde liado con todo lo que tú le dejaste dicho, también Catalina quería consultarte algo de la comida.
- Más tarde voy y hablo con ella.
- Veo que te has pasado por el puesto de flores.

- Si, quería ir a ver a Rufina y a la señora Luisa, quería desearles una feliz Navidad y bueno, pues ya de camino he aprovechado. ¿Te gusta? al menos, que alegre un poquito esta casa con su colorido.
Gonzalo le tomó las manos por encima de la mesa – Es muy bonita pero para alegrar esta casa y darle colorido, estás tú... Sólo tú, le das el encanto que tiene con tu presencia y con esos aromas que se te vienen a la mente y que haces posible que esta casa huela a hogar.

Margarita sonrió – Lo dices por el olor a especias que hay ¿no?... Cuando entré de la calle me hizo recordar aquella casa donde viví por mucho tiempo junto a Concha y que en estas fiestas, toda ella se impregnaba de los olores que desprendían sus comidas. Unas comidas que sólo se podían permitir una vez al año... Era raro que no hubiera un pavo o un gallo que anduviera por esos patios en completa libertar para ser los protagonistas de aquellos guisos... ¡Ay! ¿Me ha hecho Sátur la masa de los pestiños?
Gonzalo sonrío - Si te refieres a la masa con la que se ha llevado toda la tarde trabajando después de prepararte el pavo, te la ha hecho.

- Espero que me salgan ricos - se levantó y fue a la cocina. Tomó el lienzo que cubría el lebrillo de barro vidriado y comprobó la masa oliéndola - ¡Qué bien huele! Mira Gonzalo que olor más rico tiene – le acercó el recipiente a su esposo y éste aspiró el aroma que desprendía.
- ¡Unnnn! ¡Pues si que huele bien!

- Aparte de lo principal que es la harina y el aceite, la ralladura de limón y la matalauva no pueden faltar, ellos le dan el aroma que se aprecia... Los pestiños era parte también de esa comida especial de Navidad. Cuando terminábamos de cenar, los vecinos nos reuníamos en el patio y a pesar del frió, claro, no era un frío como el que tenemos en la Villa, pues eso, a pesar del frío y en torno a un barreño donde se había formado una gran hoguera y a la que no le faltaba su poquito de alhucema, nos poníamos a cantar villancicos o simplemente escuchábamos el toque de una guitarra con son de campanilleros - hizo un alto. Miró a quien la miraba embelesado y la escuchaba admirado – Creo que me estoy poniendo demasiado nostálgica ¿no? Voy a ver si hago algo, que si no, mañana no voy a poder con todo.

La muchacha volvió a la cocina cubriendo de nuevo aquella masa. Su marido la veía hacer. Le emocionaba el verla trajinar en la cocina, con esto, con aquello. Por un momento, al volver, le notó cierto toque de tristeza en sus ojos pero en aquellos instantes, la veía feliz contando aquellas cosas que pertenecían a un pasado que no había porque dejar atrás, porque en ellos, no había fantasmas sino bonitos recuerdos.




Noche de recuerdos, noche para volver a empezar.


Envuelto en su capa esperaba impaciente a su mujer, habían quedado a una hora en casa de Cipri y se estaban retardando demasiado. No sabía por qué había preferido arreglarse arriba, ya Sátur con Alonso se habían marchado precisamente por la impaciencia del niño por estar con sus amigos. Pensó, que si no bajaba de inmediato subiría a por ella aunque tuviera que llevarla a casa de Cipri en ropa interior. Continuamente no dejaba de mirar el reloj, eran las once y media, sólo a media hora de la cena de Nochebuena y su esposa todavía no había hecho acto de presencia. Ya no quiso esperar y se dispuso a subir, sólo fue poner la puntera de su bota en el primer escalón cuando la escuchó bajar. Con un “menos mal” se quedó a la altura de la escalera.

- ¡Margarita, date pris... - no terminó la frase. Los ojos de él no salían de su sombro al verla aparecer - Pero... pero estás ¡Estás bellísima!
- ¡Ah! No sabía que hasta este momento te pareciera bella.
Gonzalo le tendió la mano para que terminara de bajar los últimos escalones – Para mí siempre será la más bella de las mujeres, de las esposas pero hoy... Bien doy por hecho este tiempo de retraso.
- Necesito que termines de abrochármelo.

La hizo girar en torno a él admirando su vestido, luego, se puso a su espalda terminando de abrochárselo. Fue una caricia el beso que puso en la espada de su esposa. Margarita se estremeció al contacto de sus labios en su piel. Se volvió.

- Le... le hecho unos arreglos, espero que no te importe.
- ¿Importarme? Ese vestido te lo regaló tu madre a ti y aunque no hubiera sido así, que mejor que tú para lucirlo, estás preciosa y ese recogido del cabello te deja lucir tu preciso cuello y escote... -  por un instante se quedó pensando.
- ¿Te pasa algo Gonzalo?
- Creo, que te falta algo, espera sólo un momento.
Margarita lo vio dirigirse a la alcoba, se colocó bien el manto y esperó a su marido. Éste no tardó en regresar, traía con él algo en la mano – Creo, que esto también debes lucirlo para que te veas más bella aún - de entre sus dedos, colgaba el collar de Cristina.
- Pero... pero Gonzalo, no creo... No creo que deba y precisamente hoy.

Gonzalo la tomó por la barbilla – Margarita, si queremos vivir sin que el pasado nos afecte, aceptemos las cosas como son... No es un día cualquiera, lo sabemos pero sepamos vivir con ello y el hecho que tú luzca este collar no van a cambiar las cosas. A Cristina le hubiera gustado que tú lo lucieras en tu cuello y escote. Este collar pertenece a tu familia, por lo tanto a ti. Tú madre se lo cedió a ella como el vestido te lo cedió a ti y qué mejor que las dos cosas las luzca juntas y creo, que hoy es el día apropiado... Con ello cerramos una parte que nos hace sufrir y que con el paso del tiempo, cuando llegue este día, lo veamos como lo que es, un día que hay que festejar pero que no por eso vamos a dejar de tenerla presente... Ella siempre estará ahí, como un ángel que vela por nosotros... Un ángel, que hará que nunca dejemos de ser felices.

– No... no sé qué decir ante esto... De todas las cosas que hemos hablado o mejor dicho, de todo lo que te he preguntado, tú me has sacado de dudas pero con respecto a esto, no he llegado a tocar el tema, quizá, porque no es fácil dejar de sentirme avergonzada y...
Su marido le puso un dedo en sus labios - Sssssh, eso ya pertenece al pasado y sabes lo yo podía pensar como tu cuñado, de alguna manera te lo dije bajo el embozo pero eso, como te he dicho, es ya pasado y si lo hiciste, es porque no te quedaba otra opción, no querías que tu familia sufriera daño alguno.

- Si, sé lo que podías pensar como mi cuñado pero... Pero hay algo que no dejo de preguntarme, ¿cómo supiste que yo empeñé el collar?
Gonzalo le acarició el rostro – No quiero que esta noche haya nada que te turbe ¿y el cómo supe que lo empeñaste? que importa cómo fue, el caso, que ahora, esta noche, lo llevarás contigo luciéndolo en tu bonito cuello.

Gonzalo la besó dulcemente y colocándose a su espalda, le rodeó el cuello con el collar, luego, se la quedó mirando.



- Ahora sí. ¿Quieres verte en el espejo?
La joven vio tal emoción en la mirada de él que sólo pudo decir - No Gonzalo, no hace falta. Me... me veo en tus ojos.
Gonzalo le acarició el rostro – Pues si ya estás dispuesta, nos vamos porque a este paso cuando lleguemos es la hora de recoger la mesa - echó una última mirada al reloj, estaba a un cuarto de hora de la media noche. Luego sus ojos se posaron de nuevo en los de su esposa - Estás bellísima, no me cansaría de decírtelo – acarició con sus dedos el rostro de ella, sus labios. Se inclinó y besó con gran apasionamiento a su esposa. Ella le correspondió.

Fue Margarita quien se apartó – Gonzalo, que eras tú quien me estabas metiendo prisa.
- Tienes razón pero deja que volvamos de regreso - fue a tirar de ella para salir pero se detuvo algo confuso.
- ¿Qué ocurre?
- Ahora he caído... Ha sido... ha sido cuando he ido por el collar, creo recordar no haber visto el retrato de tu hermana... El dibujo que Murillo hizo de ella.
- Gonzalo, no te partas la cabeza, fui... fui yo quien lo cogí... Quiero darle una sorpresa a Alonso... Debí... debí consultártelo.
Su marido le acarició los hombros - Margarita no pasa nada y no tienes que consultarme nada de lo que hagas... Lo único, que al no saberlo me ha extrañado no verlo donde lo guardé y ahora salgamos, que vamos a llegar a tiempo de la cena.

La tomó de la mano saliendo de la casa. Cerrando la puerta con la llave, bajaron la escalera enfilando la calle en dirección a la taberna de Cipri. Voces acompañadas de panderos y entonando villancicos hacían saber, que en el barrio de San Felipe había llegado la Navidad.

Continuará...
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