La Guarida de los Lemures

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 LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)

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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Ene 22, 2017 8:02 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,49


La cena transcurrió en la más completa dicha. Como el día de la boda de Gonzalo y Margarita, Cipri tiró la casa por la ventana, no faltó nada, sobre todo la felicidad y que en aquellos momentos a todos envolvía. A nadie se le olvidó el día que era, pero nadie demostró ningún pesar, su recuerdo en aquel día de Navidad o en cualquier otro siempre estaría presente, pero había que mirar adelante y los que quedaban tenían todavía mucho que dar y compartir. Terminada la cena y a punto de tomar el postre que Catalina había hecho con la ayuda de Margarita durante la mañana, más los pestiños que los niños miraban con ganas de meterles el diente, Cipri sacó una botella de buen vino. Entre Margarita y Catalina se cruzaron las miradas. Por el sí que Catalina le dijo con los ojos, la joven comprendió la procedencia de aquella botella. No dijo nada. El posadero la descorchó algo nervioso.

- Cipri, cualquiera diría que a estas alturas no sabes descorchar una botella - Gonzalo
no pudo dejar de hacer su comentario con una sonrisa.
- Gonzalo, es que está un poco nervioso.
- ¡Murillo, tú a callar! pero es que estos niños son de un repelente... ¿Yo no sé a quién habrá salido mi hijo?
- Madre, que no he dicho nada.
- ¡Murillo, a callar!

Todos se miraban entre sí, ninguno comprendía lo que se traían madre e hijo. Catalina procedió con la ayuda de Estuarda y Margarita a cortar el postre de mazapán y colocarlos en los platos. Los niños se volvieron locos con aquel dulce por delante. Cipriano consiguió descorchar la botella e ir echando en cada vaso algo de vino. Luego, sin llegar a sentarse levantó el recipiente de barro.

- Bueno, creo que ya es hora de que os diga a que se debe mi nerviosismo... Aparte de brindar por el día de hoy, hay otro motivo. Me... me imagino que para ninguno, que para ninguno de vosotros se os ha pasado por alto lo que siento por Catalina y claro, ella por mí... Si no lo hemos hecho público es porque con estas cosas hay que andarse con mucho tiento pero ya creo que es hora que lo haga, bueno, que lo hagamos público al menos con nuestros amigos, con vosotros y lo queremos compartir aquí, en este día... También deciros, que aunque no tenemos fecha, vamos a casarnos muy, muy pronto... ¡Ea ya está dicho!

Todos habían esperado a que terminara su pequeño discurso. Nada más hacerlo, todos vitorearon y aplaudieron.

Gonzalo se veía muy emocionado por la decisión de Cipri – Ya era hora Cipri, ya era hora - se había levantado y abrazó con gran entusiasmo a su amigo el posadero.
- Hombre, Cipri, lo tuyo se ha hecho esperar pero ¡bien!... A merecío la pena escucharlo un día como el de hoy – el criado de los Montalvo se había levantado a darle la enhorabuena.
Las mujeres se dedicaron a felicitar a una Catalina que estaba muy emocionada – Gracias, gracias por vuestra paciencia y por la discreción que habéis tenido que aún sabiéndolo, no lo habíais hablado siquiera con vuestros respectivos maridos, bueno, Estuarda, contigo no va eso de marido, aunque creo, que ya deberías de pensártelo.

- ¡Uy Cata! que difícil veo eso... Sátur sólo es el padre de mi hijo, nunca me veré casada con él.
- Estuarda, nunca digas de ese agua no he de beber, quien sabe las vueltas que te puede dar lo vida -  al hacer el comentario, Margarita no pudo dejar de mirar a su esposo que conversaba animadamente con Cipri y Sátur.
Mientras los mayores conversaban, los niños no dejaban de comer mazapán y pestiños. Gabi no dejaba de mirar a Murillo – Murillo, ¿qué sientes al saber que Cipri va a hacer tu padre?
Murillo levantó su carita colocándose bien las gafas. Encogió los hombros – No sé, me parece algo normal... Creo, que no tengo que sentir nada, bueno, nada en especial, Cipri ha sido siempre un buen amigo de mis padres como de los vuestros. Cuando yo nací, ya él estaba ahí.

Alonso y Gabi se miraron. Una voz se escuchó a las espadas de ellos – Muy buena respuesta Murillo - Gonzalo había escuchado la pregunta de Gabi como la respuesta de Murillo – Alonso, Gabi, vuestro amigo no siente nada en especial porque él ha vivido y compartido cosas con Cipri desde que nació y al igual que vosotros, le tiene un gran cariño, por lo que él ve natural ese acercamiento, ese cariño que siente Cipri por su madre y yo sé, que Cipri será un gran padre para él y así lo siente vuestro amiguito. ¿A qué es así Murillo?
El crío asintió – Gonzalo, tú lo has sabido explicar mejor que yo.
Gabi dirigió su mirada a Alonso – ¡Mira éste! ¡Por algo es el maestro!

Los chicos se echaron a reír contagiando al propio Gonzalo. La voz de Cipriano de nuevo se hizo escuchar – Yo he hecho mi discurso pero con las felicitaciones no hemos hecho el brindis, así que levantemos nuestros humildes vasos y brindemos para que por mucho tiempo nos reunamos aquí, como en este momento y también por la felicidad, para que siempre la llevemos con nosotros... Por vosotros amigos y ¡Feliz Navidad a todos!

Cipri levantó el vaso y todos hicieron lo mismo chocando unos vasos con otros. Los ojos de Margarita y Gonzalo se buscaron al topar los suyos. Tomaron del exquisito vino para emborracharse, no de él, sino de la felicidad que a todos les inundaban.




La velada se dio por terminada ya entrada la madrugada. Sátur ya había hablado con Gonzalo que acompañaba a Estuarda y ya se quedaba a dormir en la casa de ésta, a su amo le pareció más que bien. Se despidieron en la puerta de la taberna. Tanto Cipri como Catalina no habían querido que les ayudaran a recoger, que si no se hacía aquella noche ya lo harían en la mañana temprano. Mientras Sátur con Estuarda y Gabi tomaban la calle arriba, Gonzalo con Margarita y Alonso tomaban la calle abajo. Todavía algún grupo de gente se hallaban en las calles con alguna copa de más y cantando algún villancico que otro. Unos copos comenzaron a caer. Margarita se arrebujó en su manto y Gonzalo intentaba de abrocharle los botones a la chaqueta de Alonso que enfundado en la bufanda que le tejió su tía, tiritaba un poco de frío.

Apresuraron el paso. Nada más llegar a la casa los copos se hicieron más intensos. Gonzalo abrió la puerta dando paso a su esposa e hijo. Cerró la puerta y enseguida procedió a echar leños a la chimenea y a encender algunas velas. Mientras, Margarita quitándose su manto y tomando una de aquellas velas se llevó a Alonso al cuarto. Comenzó a desvestirlo. Le puso la camisola de dormir y destapando la cama lo incitó a acostarse. Le abrigó con las ropas, se sentó en el lecho pasándole una mano por el flequillo. El crío la miraba con una sonrisa en los labios.

– Tía Margarita, no te he dicho lo guapa que estás.
- ¡Anda, y es verdad! ¡No me lo has dicho! Pues entonces, me voy a tener que enfadar.
- Tía, ¿cómo te vas a enfadar, si tú no te enfadas conmigo nunca? pero es verdad, estás muy guapa y me alegra mucho que te haya puesto el collar de madre... Es como si la tuviera delante.
- Alonso, cariño - la muchacha se sintió muy emocionada – Este, este collar te pertenecerá algún día para cuando seas un hombre se lo regales a la mujer que ames.
- ¡Tía, que para eso falta mucho!
- Si cariño, aún falta mucho... Ojalá nunca crecieras para que nunca dejes de ser mi niño.
Alonso acarició con su manita el rostro de la muchacha – Aunque crezca, siempre seré tu niño, ¿verdad tía Margarita?

- ¡Siempre mi vida! ¡Siempre serás mi niño!
Alonso fue a decir algo pero se quedó en silencio. Margarita frunció el ceño – Ibas a decirme algo ¿por qué te has quedado callado?
- No... no era nada tía – al decirlo, ladeó el rostro.
Margarita con delicadeza hizo que volviera la cara hacia ella – Alonso, ¿qué pasa? Si tienes que decirme algo, dímelo. Tú y yo siempre hemos sido muy buenos amigos. ¿A estas alturas vas a tener secretos para mí?
- No tía, no se trata de ningún secreto, es... Es que quería preguntarte algo y no quiero que vuelvas a ponerte triste, no quiero que vuelvas a ponerte mala.

- Alonso, no sé lo que me quieres preguntar pero no creo que viniendo de ti me pueda entristecer y menos ponerme mala... ¡Anda, pregunta!
- Si... si un día... Si un día me traes un hermanito, ¿seguiré siendo tu niño?
La joven no esperaba aquello. Un gran nudo le apretó la garganta. Intentó hablar lo más serena que pudo – Cariño, ya te he dicho que tú siempre serás mi niño te de un hermanito o no... Alonso, yo no sé si podré darte ese hermanito que deseas... Es algo... es algo que nunca se sabe, hay... hay cosas que puede impedir que eso pueda lograrse, cosas que no podemos evitar. No siempre todo depende de uno y sólo Dios sabe si podrá ser... Es algo muy difícil de explicárselo a un niño de tu edad y lo más seguro es que no puedas entenderme cariño pero tú no pienses en ello, y ahora a dormir que ya hemos charlado demasiado. Yo me quedo contigo hasta que te quedes dormido.

Gonzalo se apartó con sigilo de la puerta. Fue a entrar cuando los escuchó hablar. Ante la pregunta de su hijo y la repuesta de su esposa, no pudo dejar de sentir cierto desconcierto. Desde que ella volvió a ocupar la alcoba, habían tenido noches maravillosas. Él sabía que ella quería perder ese temor pero ante la pregunta de Alonso, la escuchó titubear y ante ese “Hay cosas que puede impedir que eso se logre, cosas que no podemos evitar” no dejaba de preguntarse ¿Había vuelto con sus miedos? ¿Sentía de nuevo el temor de volver a quedar embarazada? Se dirigió a la alcoba con una palmatoria dejándola en la mesita. Se sentó en la cama y procedió a quitarse las botas. Estaba en ello cuando apareció su esposa.

- Se quedó dormido... Creí que ibas a pasar a darle las buenas noches.
- Lo iba a hacer pero sabiendo que tú estabas con él pensé que sería lo mejor no entrar ya que podía desvelarse,  porque mira que le cuesta...
- Sólo hemos hablado un ratito y enseguida se ha quedado frito... Anda, desabróchame el vestido.

Su marido se levantó, Margarita se puso de espalda a él. Gonzalo le quitó primero el collar dejándolo en la mesita y comenzó a desabrocharle el vestido, luego, lo hizo con el corsét. Hubiera deseado tanto besar, rozar su cuello y aquella espalda morena que se ofrecía ante sus ojos pero algo lo retuvo a hacerlo.

– Ya está, ya tienes desabrochada las dos cosas.

Margarita dejó que el vestido se escurriera hasta el suelo y se quitó el corsét dejándolo caer en una silla. Recogiéndose la enagua sacó las piernas de aquel montón de tela que tenía a sus pies. Lo recogió del suelo y lo puso en una silla. Se sentó en la cama y fue a quitarse las botitas.

Gonzalo la veía hacer – Espera yo te quito los cordones - se agachó y comenzó a quitarle los cordones de aquellos zapatos abotinados. Lo extrajo de aquellos pequeños pies – Tienes las medias frías, quítatelas cuánto antes no vayas a enfriarte.
- Si, ahora mismo lo hago.

Margarita se levantó y fue a uno de los cajoncitos del peinador sacando unas calcetas. Se sentó por el lado que le correspondía de la cama y procedió a quitarse las medias, luego, cubrió sus pies con los escarpines. Se levantó y cogiendo la banqueta se sentó ante el peinador. Comenzó a quitarse las horquillas y pasadores que le sujetaban el cabello, según lo iba haciendo su rizada cabellera se le fue soltando como una hermosa cascada. Tomó el peine y comenzó a pasárselo por ella sin ninguna prisa. Cada movimiento que hacía era observado por su esposo que a su vez terminaba de desnudarse. La joven terminó de peinarse y comenzó a hacerse una frondosa trenza, hecha ésta, se levantó quitándose primero la enagua y luego la camisola. Se puso el camisón de dormir, lo hizo de espalda a su marido y destapó la cama.

– ¡Estoy rendida! ¡Qué felicidad la de Cata y Cipri! Me parece mentira que se hayan decidido a decírnoslo... A ver qué fechan pone para la boda - mientras hablaba, se había metido en la cama deslizándose debajo de sus ropas y estirando sus piernas – Que alivio - se volvió hacia el lado de su marido, éste terminaba de cobijarse en el lecho. Apreció que estaba muy silencioso – Gonzalo, ¿te pasa algo? Estás muy callado.
Gonzalo le sonrío – Claro que no me pasa nada cariño, al igual tú, también estoy muy cansado.
- Que raro que tú estés cansado... Es verdad que hemos trasnochado algo pero tampoco has tenido un día agotador, sólo has dado mediodía de clase... ¡No estarás malo ¿verdad? A lo mejor has cogido algo de frío, a ver, quizá tienes un poco de fiebre – al decirlo, fue a poner su mano en la frente de su marido.
- ¡Margarita! ¡Margarita! No... no me encuentro mal, sólo es eso, cansancio.

La muchacha no llegó a poner su mano en la frente, la forma en que se lo dijo la retuvo a hacerlo. Su marido no estaba cansado, algo le ocurría y había puesto aquella excusa. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué no compartía con ella lo que pudiera ocurrirle? Durante toda la noche lo había visto feliz. Lo que le hubiera pasado, tenía que haber sido a la vuelta, pero ¿el qué? Ni siquiera había dado tiempo a discutir por nada. Todavía le extraño aún más su comportamiento cuando apagando la vela le dio un beso en la mejilla con un “buenas noches cariño” y se volvió de espalda a ella. Sintió una gran congoja. El intuir que algo le pasaba y que él no quisiera compartirlo con ella le dolía, no quería volver a lo de poco tiempo atrás, no quería que de nuevo los silencios hicieran mellas en él para la infelicidad de ambos. ¡Otra vez no! No podría soportarlo.

Las lágrimas resbalaban por su rostro. No sabía la causa, no lo sabía, quizá ella inconscientemente había hecho algo y no sabía el qué, es qué no podía ser otra cosa ¿Pero qué había hecho ella para que él tomara aquella postura? No lo sabía. Ella no sabía que podía haber hecho para que su marido le hubiera dado la espalda. Sintió que la congoja se le subía a la garganta. No quería que él se diera cuenta, no quería que supiera que estaba llorando.

De espalda a ella, Gonzalo la sentía inquieta, sabía que la sequedad que había utilizado la habría dejado algo confusa. No fue su intención, pero era muy difícil aparentar una normalidad cuando lo que más deseaba era amarla, amarla como todas la noches pero quería evitar ese posible temor de ella. En otra ocasión lo hubiera hablado directamente con su esposa pero habiendo transcurrido tan poco tiempo de ese acercamiento con ella, no se atrevía a hacerlo, no se atrevía a tocarle el tema. No quería violentarla y que se sintiera más insegura. Un débil gemido hizo que frunciera el ceño y pusiera atención. Si no se equivocaba su esposa estaba llorando aunque parecía querer ocultarlo. Se volvió y le puso una mano en el hombro.

- Margarita, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras?
- No... no me pasa nada, puedes... Puedes volver a dormirte.
Gonzalo no la dejó. La volvió hacia él y la apretó con fuerza – Lloras porque quizá me he comportado un poco seco, ¿verdad?
- Es... es que no sé que he podido hacer... No sé... no sé que he hecho - ya no intentaba ocultar su llanto. La congoja la dejó salir de su garganta.
- No has hecho nada mi amor... Tú no has hecho nada – él la mecía en sus brazos, con sus dedos intentó limpiar las lágrimas que corría por el rostro de ella.
- Es que no comprendo... No puedo comprender tú  postura... Si  yo no he hecho nada ¿por qué estás así? Nos prometimos que nada nos íbamos a ocultar y si te ha pasado algo, quisiera que lo compartieras conmigo... No quiero que vuelvas con tus silencios. ¡No quiero!

- Sssssh, claro que no voy a volver con mis silencios, eso ya pertenece al pasado, lo único... Lo único que ocurre es que no quiero dañarte.
Margarita en la oscuridad intentó buscar los ojos de él - ¿Dañarme tú? ¿Por qué? ¿Por qué habrías de hacerlo?
- Margarita escucha... Yo sólo quiero evitar que vuelvas con tus miedos, no quiero que vuelvas a sufrir por temor a volver a quedarte embarazada... Durante todas estas noches nos hemos entregado por completo, para nada he intentado poner medio, creí que así lo querías. En este tiempo, no percibí en ti nada que me indicara lo contrario, te he visto entregada en todo momento pero también pude equivocarme, quizá, quise creer, que era así y no tomé en cuenta tus temores y... Quizá, tenía que haber ido poco a poco...

La joven escuchaba a su marido y no entendía – Gonzalo no comprendo nada... No sé qué me quieres decir, no sé de qué me hablas.
- Margarita, sin querer os he escuchado hablar... He escuchado la pregunta de Alonso y tu respuesta. Por ella me ha aparecido deducir que todavía sientes algún temor a volver a quedarte embarazada y yo voy a poner de mi parte a que no te quedes... Por más ganas que tenga de que me des un hijo, está mi amor por ti y lo único que quiero, es que te sientas bien.
Margarita se revolvió en sus brazos poniéndose de rodillas en la cama y dejándose caer sobre sus propias piernas – Cuando te pongas a escuchar detrás de las puertas Gonzalo de Montalvo al menos intenta no sacar conclusiones equivocadas ¿Qué es eso de poner medios? ¿Cuándo yo te lo he pedido? ¡¿Cuándo?! – su voz se escuchó toda airada.  
Gonzalo, en esta ocasión era el que no comprendía – Margarita, cálmate, te veo muy nerviosa.

- ¿Nerviosa? No Gonzalo ¡Estoy que hecho chispas! ¿Pero cómo se te ha ocurrido pensar eso por Dios? ¿Cómo crees que yo voy a permitir que te sacrifiques para que yo me sienta bien? Cuando me entregué a ti aquella noche después de ese tiempo de “pan y agua” al que te tuve y a pesar de mis temores, sabía que sólo tú podrías ayudarme a combatirlos, creo que fui clara, te dije que sólo tú podías ser el bálsamo de amor, la pócima de esas ilusiones perdidas, y en esas ilusiones perdidas estaba la consideración de un posible embarazo y no creo que eso se consiga poniendo tú medios ¡Vamos, digo yo!

Gonzalo se sentía de lo más apurado – Margarita, veo que mal interpreté tus palabras ¡pero te escuché tan indecisa al contestarle a Alonso!
- ¡¿Pero cómo crees que se puede sentir una contestando a un niño de corta edad un tema sobre un posible embarazo?! pues le dije la verdad, que no depende de uno, que es algo que no se sabe... Lo único que me faltó decirle, que si su padre ponía medios, ¡que podía quedarse sentado esperando!
Gonzalo, al escucharla no pudo por menos que aguantar la risa pero ella, al darse cuenta hizo que esto, la ofuscara aún más - ¿Encima te ríes después de haberme hecho llorar? ¿Pues sabe lo que te digo? ¡que aquí te quedas y búscate “el medio” para que esta noche no estés a “pan y agua”!

Diciendo esto, la muchacha saltó de la cama antes de que su marido pudiera evitarlo. Con una gran rapidez tomó la toquilla saliendo de la alcoba y dirigiéndose al cuarto de la buhardilla. Al ir a oscuras y corriendo escalera arriba con un mosqueo de miel demonios, midió mal la distancia entre un escalón y otro golpeándose el pie, tuvo que sentarse de momento en uno de ellos para aguantar el dolor. En aquel momento si lo hubiera tenido delante lo hubiera fulminado. Cómo pudo, se puso de pie y terminó de subir la escalera cojeando. Entró en el cuarto cerrando la puerta con coraje. Se acercó a la cama, la destapó y se metió en ella cubriéndose con la ropa hasta la cabeza.




Gonzalo se rascó la barba ante el genio de su esposa. De alguna manera él tenía la culpa por haber equivocado sus palabras. En aquel momento le quedaba una ardua tarea, el de hacerle quitar el enojo pero tenía que intentarlo, no podía permitir que su esposa volviera a ocupar el cuarto de la buhardilla y más, aquella noche. Se levantó y volviendo a encender la vela salió de la alcoba. Con cierta tranquilidad subió los peldaños hasta llegar ante la puerta cerrada del cuarto. Puso la mano en la manilla y la fue impulsando hacia abajo. Con sigilo la abrió, miró hacia la cama comprobando que su esposa estaba cubierta hasta la cabeza. Sonrío al verla de aquella manera. Dejó la vela en el peinador y se acercó muy despacio a la cama. La voz de ella lo hizo detenerse.

- Ya conmigo no te sirves que andes con tanto sigilo, así, que date la vuelta y ¡déjame dormir!
- Margarita, mujer, no te pongas así... Un equívoco lo tiene cualquiera - según iba hablando se fue acercando a la cama. Rozó con sus manos el cuerpo de ella a través de la ropa.  
- Ni te atrevas ¡Ni te atrevas a tocarme! - sin descubrirse la cabeza, se removió en el lecho, fue al hacerlo cuando sintió el dolor en el pie. No pudo evitar lanzar un gemido.
Gonzalo la destapó lo más rápido. Vio como su esposa se tocaba el pie con el rostro dolorido - ¿Que te ha pasado?
Margarita lo miró llena de coraje – Nada que te importe y márchate que “estabas muy cansado”

Él no se movió – Parece que tienes el pie lastimado, déjame que te lo vea.
- Te he dicho ¡que no!
- Margarita, no seas testaruda... A lo mejor es algo sin importancia pero si se deja puedes verte imposibilitada durante un tiempo.
- ¡¡Qeeeeee!!
Gonzalo sonrío para sus adentros. La había asustado, al hablar lo hizo con un toque de seriedad – No querrás estar como estuviste con el brazo.
- ¡No, claro que no! Sólo de pensar que no pueda moverme y estar todo el tiempo en la casa viéndote la cara, como que no.

Su marido tenía que contenerse para no romper a carcajada – Pues entonces deja que te vea el pie, así no tendrás que verme la cara.
- Pues si ha sido una gracia por tu parte no se la veo por ningún sitio. Procura no hacerme daño y me tocas lo preciso.
- Voy a acercar la vela - fue a por la palmatoria poniéndola en la mesita.
Margarita se incorporó. Se apartó un poco la ropa de la cama dejando el pie al descubierto. Gonzalo fue palpado el pie, ella encogió la pierna quejándose, él la miró – No he intentado hacerte daño a propósito, parece que lo tienes inflamado... Voy a quitarte con cuidado la calceta – con sumo cuidado de hacerle el daño menos posible le dejó el pie libre del escarpín de lanita. Comprobó que a la altura de los dedos lo tenía morado e inflamado.

- ¡Pero no te quedes callado ¡Di algo!... Voy a poder andar ¿o me veo encerrada sin poder moverme?
- Torcido no es, ha sido un golpe y lo que tienes es una luxación... Deberás tener el pie durante dos o tres día vendado.
-¡No! ¡Otra vez no! -  se dejó caer sobre los almohadones.
- Si no fueras tan impetuosa... ¿Cómo te lo has hecho?
- Al subir... Medí mal la distancia entre un escalón y otro - ya su voz no resultó tan airada.
- Voy a vendártelo... Aunque sea con dificultad podrás moverte por la casa pero eso sí, sin esforzarte mucho... ¿Tienes aquí algún lienzo o vendas?
- No... Me lo bajé todo.
- Pues entonces ya te lo pongo abajo.

La muchacha se incorporó – ¡Contigo no voy ni a la esquina!
- Margarita, no seas niña... El pie hay que vendarlo si no quieres que se te complique más la cosa.
- Pues sube lo que tengas que ponerme, y listo.
Gonzalo ni se inmutó – No voy a consentir que esto lo tomes como norma... Tu alcoba está abajo y si permití durante dos meses que estuvieras aquí, ahora no voy a consentirlo, así,  que te guste o no bajas por ti misma o te bajo yo.
- ¡Está bien! pero yo bajo sola... Dame la calceta.
- En estos momentos no puedes ponértela.
Margarita con genio echó la ropa a un lado y fue a levantarse pero al poner el pie en el suelo tuvo que sentarse en la cama – ¡Es que no puedo apoyarlo!

- Al enfriarse el golpe es lo que produce - se agachó ante ella – Margarita, deja esa dichosa testarudez... Son más de las cinco de la madrugada y aquí estamos los dos discutiendo sólo porque he confundido tus palabras. Al fin y al cabo sólo quería lo mejor para ti... Me sentí culpable por no haber intentado en todo este tiempo, poner... Bueno, tú ya sabes, no quiero que te sulfures otra vez... Creo que debes dejar ese enojo.
Margarita, percibió como sus dedos la tomaba por barbilla para hacer que lo mirara. Ella vio en su mirada todo el amor que desprendía aquellos ojos color miel. Suspiró – ¡Está bien! ¡Dejo mi dichoso enojo a un lado! ¿Pero qué hago con mi pie?
- Pues no me queda otra que bajarte a nuestra alcoba.

Le echó la toca por los hombros y la tomó en sus brazos, ella rodeó el cuello de él con los suyos. Mientras bajaban, él no dejaba de decirles palabras bonitas para terminar de quitarle lo que pudiera quedarle del enfado. Nada más llegar a la alcoba y después de dejar a su esposa en el lecho encendió una vela. Margarita le dijo donde podía encontrar lienzo. Cuando lo tuvo en las manos hizo varias tiras con él y procedió a ir vendando el pie de su esposa no sin escucharla quejarse.

- Esto ya está listo, así, que a moverlo lo menos posible.
- Pero si me has dicho que podía moverme por la casa aunque fuera con dificultar...
- Es verdad, te lo he dicho pero contra menos lo mueva más pronto te podrás quitar el vendaje.
- ¡Mira, que tengo mala suerte! Es como dice Catalina, parece que me ha mirado un tuerto.
- Que yo no me entere quien te mira - lo dijo mientras se deslizaba bajo las ropas de la cama.
- No me digas, que otra vez celoso.
- Por ti siempre estaré celoso - se había a acercado a su esposa y pasándole el brazo por la espalda, la incorporó acercándola a su pecho – ¿Quién no estaría celoso con una esposa como tú?

Margarita recorrió con sus dedos su barba y sus labios – Sabes que yo nunca te daría motivos para ello.
- Cariño, es una broma. ¿Cómo crees que a esta altura pueda tener celos?
- Quizá tú no, pero yo no hace mucho los tuve y aún lo sigo teniendo.
Gonzalo le levantó la barbilla y la miró con el ceño fruncido - ¿Celos? ¿Celos, tú? Pero ¿de quién? Margarita, que en este tiempo que pusiste una muralla entre tú y yo, no he buscado a nadie... Nunca lo hubiese hecho.
- Lo sé... Sé que no lo hubieras hecho pero no me refiero ahora. Es de una mujer que fue parte de tu vida.

Gonzalo la miraba todo extrañado – Margarita, si lo que quieres es quedarte conmigo lo estás consiguiendo porque por más que intento buscar en mi mente, no consigo dar con esa mujer... En mi vida sólo han existido dos mujeres a las que he amado y he querido y sabes demás quienes son esas dos mujeres.
- También lo sé, pero esa mujer a la que me refiero existió y hace poco me hablaste de ella.
- Margarita creo que el golpe del pie te ha trastornado la cabeza...
- A ver Gonzalo, me gustaría saber realmente que significó para ti “la chinita”

Él cerró los ojos con una sonrisa en los labios – No me digas que desde que te conté eso, ¿todavía lo tienes en la cabeza? ¡Margarita, ella no significó nada más que algo bonito en un tiempo pasado! Ya te dije que le tuve un gran cariño pero nunca pude amarla, mi corazón lo tenía ocupado y le pertenecía a una preciosa niña que comenzaba a ser mujer. ¿Celos de ella? Margarita, ¡no me lo puedo creer! No tienes por qué tener celos de esa chinita como la llamas, para nada mi amor y si te lo dije, fue porque creí que debías saberlo como todo lo que te he contando pero nada más... Ella fue para mí sólo eso, algo bonito y yo para ella, sólo un ave de paso.

- Sólo un ave de paso. Un ave demasiado joven ¿verdad? ahora... Ahora eres un ave hermosa con grandes alas para volar, un Águila en todo su esplendor y que tan sólo me pertenece a mí.
- Sólo a ti Margarita, sólo a ti... Por cierto, tengo cierta curiosidad, no creas que eres tú sola las que las tiene, si quieres contármelo lo haces y si no, no pasa nada... No quiero hacerte remover cosas que ya se han quedado atrás.
La joven buscó su mirada – No... no sé a qué curiosidad puedes referirte pero sabes que yo no tengo porque no contártelo ¿Qué quieres saber?
- ¿Qué te hizo subir aquella tarde a...
Margarita hizo que no terminara la frase – Al palomar, es eso lo que quieres saber ¿no es así?
Gonzalo la rodeó con sus brazos recostándola en su pecho – Si, es lo que quiero saber.

- Escuché maullar a un gatito por más de una ocasión, creí que podía haberse metido por algún sitio y se había quedado atrapado... Intenté asustarlo por la trampilla de aquí, de la alcoba pero no lo conseguí y pensé, que quizá no estaba en el palomar y subí a tejado... Por sus maullidos me indicó el lugar y fue cuando descubrí la trampilla... Al momento quise saber cómo era, quería demostrarte que se podía hacer ese soberao, ese desván del que te hablé... Bajé por las agujas de labor y con una de ellas conseguí abrir el candado... Como dice el dicho, la curiosidad mató al gato y así me fue.

Los brazos de su marido la apretaron contra su pecho, él besó su cabello – No digas eso mi amor... Sé que todo eso te trajo, nos trajo mucho sufrimiento pero ahora, aquí, en estos momentos podemos hablar de ello sin que nada nos haga daño.
- Si Gonzalo, ya nada puede hacernos daño y como tú dices, ya ha quedado atrás - se giró quedando frente a su marido. Levantando los brazos rodeo su cuello – Te amo Gonzalo. Te amo como hombre, como maestro, cómo guerrero... Te amo y quiero que me hagas el amor como sólo tú sabes hacerlo, como lo haces todas las noches, plenamente, sin poner medios, quiero que me inundes de placer... Quiero sentirme llena de ti - le habló rozando con sus labios la boca de él y mirando sus ojos color miel

Gonzalo se sintió todo emocionado al escucharla, fue a decir algo pero su maravillosa esposa no dejaba de sorprenderle. Apartando sus brazos de su cuello, sus dedos deslizaron el camisón quedando desnuda ante él mostrando toda su belleza de mujer. El corazón de él palpitó lleno de júbilo y sus ojos la miraron llenos de embeleso. Le sonrío lleno de amor acariciando su negro pelo.

– Eres tremendamente sorpresiva. Nunca habrá una mujer que se te iguale ni un marido tan lleno de orgullo como yo, el orgullo que tu mi vida me haces sentir. Me has hecho recordar la noche de San Juan y al igual que aquella, esta noche también está llena de magia.

Sus manos varoniles acariciaron el rostro de su mujer, sus labios, su cuello. Sus dedos bajaron por él rozando su escote hasta llegar y acariciar aquellos senos sugerentes que se le ofrecían como la fruta más deseable. Jugó con ellos, con sus dedos, con sus labios haciendo gemir y temblar a su esposa. Sin dejar de acariciarlos buscó su boca, y los labios entre abiertos de ella, esperaban la suya. La besó con ímpetu, desenfrenadamente. Sus bocas se devoraron llenas de amor, de intenso delirio  haciendo que una corriente de placer impregnara toda su esencia.

Las manos suaves y llenan de amor de ella se habían introducido bajo la camiseta de su marido acariciando su varonil y fuerte torso para luego ir bajando con caricias hasta el bajo vientre. Con suaves roces en la virilidad hizo estremecer a Gonzalo de un gran arrobamiento, apretó más a su esposa contra él sintiéndola. Se deshizo con rapidez de la camiseta y el calzón tirándolos al suelo, quería estar libre de ropa para amarla y ser amado sin obstáculo alguno. Sus miradas se dijeron todo lo que se anhelaban, Gonzalo la atrajo más hacia él sentándola sobre sus piernas, percibió el calor de su cuerpo, el roce de su piel sobre la suya haciéndolo vibrar. Sus besos y caricias se fueron prolongando llenos de un gran enardecimiento que hizo recorrer todo su ser el ansia de amarse hasta lo infinito. Se fundieron llenos de ardiente pasión entre sabanas blancas. Sábanas que desprendían aroma a lavanda, a romero, lienzo blanco que absorbía el néctar que fluía de sus cuerpos.



Se perdieron los dos dentro uno del otro. Sus cuerpos y almas pedían ser amados con intensidad, sin reservas, total y completamente, con gran vehemencia y desbordado amor.

Fuera de la casa, la nieve se dejaba caer cubriendo sus tejados y calles con su blanco manto, aún, en la lejanía alguna canción navideña se dejaba escuchar. Era noche blanca, noche de paz y amor.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Mar Ene 24, 2017 3:43 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,50

Noche de historias, amor, ilusión, al calor de la lumbre.


Atrás quedó la Navidad, la Nochevieja. Un nuevo año comenzaba, 1663 se hacía notar en la casa de los Montalvo. Eran los primeros días de aquel nuevo año y de muchos más que llenarían sus vidas. La noche transcurría apacible, en armonía, en familia al calor de la lumbre. Era 5 de Enero. Sátur recogía la cocina sin dejar de protestar de cómo había aumentado los precios nada más entrar el año. Margarita, al pie de la chimenea cosía y reía las ocurrencias del fiel criado. Gonzalo sentado en la mesa parecía interesado en la lectura de un libro y en escribir lo que estaba leyendo pero no por eso, dejaba de estar pendiente de la batalla que traían su mujer y su escudero ante aquellas subidas de precios.

Alonso, con la camisola ya puesta miraba con detenimiento el nacimiento que le había hecho su tía de madera. Comenzó a jugar con las figuritas cambiándola de lugar – Tía Margarita, ¿es verdad que los Reyes Magos eran de Oriente? ¿y por qué no están con las demás figuritas en el nacimiento?

Margarita y Gonzalo cruzaron sus miradas. La joven dejando su costura en la sillita se levantó. Fue junto al crío y ante la repisa donde habían colocado las figuritas del Belén rodeó con sus brazos al pequeño – Ya sabes, que cuenta la biblia que tres Reyes Magos llegaron de Oriente guiados por una estrella para hacerles sus ofrendas al Niño Jesús y aunque nosotros no tengamos esos reyes en el nacimiento, podemos imaginarnos que están ahí... Quizá para la próxima Navidad  pueda hacerte las figuras de ellos.

- Tía, ¿eran magos de verdad?
- Alonso, la biblia como las leyendas que hablan de ellos así lo dicen, aunque como todo, hay quien cree en ello y hay quien no.
- Sabes tía, si de ellos hablan las leyendas y la biblia tienen que haber existidos, porque al igual que padre, tú también dices que dentro de una leyenda existe algo que puede ser verdad... A mí me gustaría pedirles algo ya que los magos pueden hacer que todo se haga realidad...
- ¿Sabes un cosa Alonso? Sólo con pedir una cosa con mucha fuerza, se puede cumplir.
El niño miró a su tía - ¿Tú lo crees tía Margarita?...
- ¡Claro que sí! Siempre hay que tener esperanza de que algún día, eso que se desea con tantas ansias, se cumpla, en cuanto a lo otro, es lo que tengo entendido, que dentro de una leyenda siempre hay algo de verdad.

Gonzalo no quitaba sus ojos de los dos – Alonso, puedes creer a tú tía. Ella sobre historias y leyendas cree más que yo... – por un momento se quedó como pensando, luego, dirigió su mirada hacia su esposa - Por cierto Margarita, no llegaste a contarme aquello sobre los almendros en flor.
- ¡Ay Gonzalo, ni me acordaba de eso! No pretenderás que lo cuente ahora ¿verdad?
-¿Qué es tía Margarita? ¡Cuéntalo! Yo quiero saberlo, anda, tía...
- ¡Venga señora! No se haga de rogar, que yo también quiero escuchar de su preciosa voz lo que sea a lo que se refiere el amo.
- Está bien pero cuidado como os reís de mí y lo digo por ti - al decirlo, amenazó con su dedo índice a su marido que disfrutaba de lo lindo.

Margarita fue a sentarse en el escalón de la chimenea y Alonso se sentó junto a ella.



- Pues mirad, esto es la historia de Itimad y Almotamid rey de Sevilla... Cuenta la leyenda, que estando un día el rey paseando con su consejero por la orilla del río junto al puente de Barcas, se queda prendado de una bella joven que tiraba de su borriquillo para cruzar el puente hacia Triana, Almotamid, le pidió a su consejero que la siguiera y averiguara quien era, y si era una esclava, que indagara a quien pertenecía... El consejero así lo hizo y averiguó todo sobre aquella doncella, ella era una esclava y pertenecía a un mercader de Sevilla... El consejero de Almotamid la llevó al Alcázar y la presentó ante el rey... El rey de Sevilla le preguntó cuál era su nombre y si era casada, la joven Itimad le dijo su nombre y le contestó, que no, que no era mujer casada, que era alfarera y trabajaba los ladrillos y tejas para quien era su amo y señor. El rey, prendado de ella quiso comprársela al mercader pero éste le dijo que se la regalaba, que era una esclava que se la pasaba soñando y fantaseando todo el día...

- Para todos los nobles de la Corte fue un alivio que por fin el rey tuviera como capricho a una mujer, ya que hasta entonces sólo se había dedicado a los estudios, a los versos, caballos, armas, pero lo que no sabían, que el rey no la quería para divertirse, sino que ante el asombro de todos la hizo su esposa, así, Itimad de ser una esclava pasó a ser reina de Sevilla. El rey estaba completamente enamorado de ella y según fue conociéndola vio todo lo que sabía a pesar de su humilde origen, sobre todo tenía un gran conocimiento literario, sabía mucho de poesía pero a pesar de todo lo que tenía, ya que para Almotamid todo le parecía poco para su esposa, Itimad se veía triste... Un día, la encontró llorando, el rey le preguntó qué era lo que la entristecía, Itimad le dijo que echaba de menos el pisar el barro de un alfar, Almotamid le dijo que no llorara por eso, que ella pisaría el barro y volvería la risa a sus ojos...

Margarita hizo un alto cuando se dio cuenta que allí no se escuchaba ni el vuelo de una mosca, tan sólo el crepitar del fuego. Alonso, seguía sentado junto a ella boquiabierto, y Gonzalo cómo Sátur, también se habían acercado a la chimenea y se hallaban sentados en la esterilla del suelo escuchándola con gran interés. La joven se tapó el rostro con las manos un poco turbada.

- ¡Dios, qué vergüenza! Yo aquí contando creyendo que sólo esto podía llamarle la atención a un niño y veo, que dos hombres hechos y derechos, ¡estáis embobados escuchándome!
Gonzalo le quitó las manos del rostro sonriendo - ¡Margarita, no debes avergonzarte! Esta leyenda es muy bonita y lo cuentas precioso, yo como maestro, estoy seguro que me servirá para poderlo implantar en la clase de historia... A los niños les gustan que les cuentes cosas que les hagan más ameno las asignaturas y si esas historias son como cuentos, todavía es mucho mejor para ellos porque aprenden y disfrutan a la misma vez, así que sigue, no quiero perderme el final.

- Tía, por favor, padre tiene razón, no vayas a dejarnos sin el final.
- Señora, ¡ni se le ocurra dejarme a dos velas! Que... que estoy deseando saber que va a hacer el rey ese pa’ que su esposa pise el barro y quitarle esa penita que tiene.
Margarita sentía el calor en la cara. Todos esperaban expectantes a que ella siguiera - Está... está bien ¡pero ya no me hacéis contar ni una historia más! La próxima vez, seré yo quien escuche... Pues nada, sigo...

- Una mañana, cuando Itimad se despertó, Almotamid le dijo que bajara al patio, que encontraría lo que tanto deseaba, la reina, así lo hizo y se encontró que todo el patio del Alcázar estaba cubierto de una gran capa de barro y del color del que ella amasaba con sus pies allá en Triana. Con sus pies descalzos, comenzó a amalgamar aquel barro comprobando, ¡que estaba amasando canela! Canela mezclada con costosos perfumes y que su enamorado esposo, había mandado comprar en todas las especierías y perfumerías de su reino, Itimad disfrutó con sus doncellas al pisar y saltar sobre aquel barro perfumado, se sentía feliz al sentir aquello bajo sus pies. Con ello, volvió la risa a sus ojos.

- Pasado algunos meses, Itimad volvió a mostrar señales de melancolía... El rey se la llevó a Córdoba para ver si volvía la risa a sus labios ya que allí tenía hermosos Palacios, pero nada de aquello le hacía perder la tristeza, al fin decidió preguntarle el motivo del porqué de sus suspiros, la reina le dijo, que a pesar de sus riquezas era la reina más pobre de toda España, su esposo la miró extrañado preguntándole como podía ser aquello cuando Andalucía era rica en toda clase de bienes y que ella, tenía a su disposición todos sus tesoros, Itimad le contestó a eso, que era cierto, pero que había algo que ni con todo su oro podía darle... El rey le preguntó que era ello e Itimad se lo dijo...

- Le dijo que era algo muy sencillo, tan sólo quería un paisaje nevado como tenían otras reinas de España para poder contemplarlo desde sus ventanales, Almotamid le dijo que eso era imposible, ya que en España sólo había nieve en el norte y en Granada y Granada estaba regida por otro rey con el que había firmado las paces y no podía faltar a su palabra declarándole la guerra... Fueron pasando los días e Itimad seguía con su tristeza pero el rey no volvió a hablarle del asunto. Pasado un tiempo, una mañana cuando se despertó Itimad y se asomó al ajimez de sus aposentos, vio con gran asombro que todo el campo de Córdoba, ¡estaba blanco!... Su alegría fue grande y mandó llamar a su esposo, le señaló todo aquel paisaje blanco que se extendía ante sus ojos diciéndole que ¡había nevado! ¡Que todo estaba cubierto de nieve!

- Itimad reía de felicidad pero el rey también lo hacía pero porque sabía, que ella, su esposa no había descubierto su amorosa superchería... El rey, a espalda de ella y para poder alegrarla, había hecho traer de la vega de Málaga en caravanas ¡más de un millón de almendros! Los plantó en la sierra cordobesa frente a los ventanales del Alcázar Viejo y a la llegada de la época de la floración, el campo cubierto de almendros floridos aparecieron blancos como si hubiera nevado copiosamente... Itimad fue tan feliz junto a su esposo como cualquier mujer enamorada y él a su vez fue muy dichoso con ella... Aunque su religión le permitía tener un harén lleno de mujeres, jamás quiso hacer uso de ese derecho y nunca miró a otra mujer que no fuera su esposa Itimad... Bueno, hasta aquí llega mi historia y ya podéis hablar que parece que os ha comido la lengua el gato.

- ¡Tía, que bonita historia! ¡Cómo la quería el rey! De alguna manera todo lo que ella deseaba se hizo realidad.
- Así es Alonso... Era tanto lo que la amaba, que para él nada era imposible para ponérselo por delante y hacer que la sonrisa volviera a sus labios como a sus ojos.

Al hacer su comentario, Gonzalo no dejó de mirar a su mujer cuya mirada hermosa y brillante se encontró con la de él. Por un momento, según fue contando la historia Margarita, en su mente, vio a la hermosa Itimad como si fuera su bellísima esposa. La vio tal y como su amada reflejaba el encanto que envolvía a aquella preciosa alfarera.

- Si Alonsillo, esto nos hace pensar lo que tú tía te dijo anteriormente... Que tan sólo con desear una cosa con fuerza, puede hacer que se cumpla porque siempre habrá alguien que te quiera para hacer que llegue a ti.
- Bueno Alonso, ya es hora de que te vayas a la cama.
- Padre, que mañana es fiesta.
- No importa, es ya muy tarde para ti – mientras lo decía, se levantó y se dirigió de nuevo a la mesa para seguir con lo que estaba haciendo y que interrumpió para escuchar a su esposa contar aquella hermosa historia.

Sátur hizo lo mismo y procedió a terminar de recoger lo que le quedaba de cocina.

Alonso, con la cabeza echada en el hombro de su tía no hacía caso a su padre. Margarita, sabiendo que su marido la próxima vez no le hablaría tan moderadamente, intentó de convencerlo – Anda Alonso, tú padre tiene razón, ya es hora que te vayas a la cama... Venga, yo voy contigo.

La muchacha, levantándose del escalón, tiró del crío que tenía cara de enfado. Con trabajo se lo llevó a su cuarto. Margarita destapó la cama e hizo que se acostara.

- No te vayas tía, quédate conmigo hasta que me duerma.
- Sabes que siempre lo hago. Anda, cierra lo ojitos y a dormir.

Alonso se volvió de espalda a su tía. La muchacha lo cubrió bien con las sábanas y mantas, se mantuvo en silencio para no desvelarlo más de lo que estaba. No tardó en darse cuenta que ya se había quedado dormido. Se levantó y besando su frente, salió del dormitorio cerrando con cuidado la puerta.

- Ya se quedó dormido... Voy a seguir cosiendo un poco y ya me voy a la cama que me encuentro rendida, por cierto Gonzalo, ¿qué es lo que lees con tanto interés y que a la misma vez vas escribiendo?... Es que veo que llevas ya un tiempo con eso.

Sátur que terminaba de colocar un plato en su lugar, miró hacía su amo. Gonzalo levantó la vista de lo que estaba haciendo para contestar a su esposa, ésta, ya había vuelto a su sillita para seguir con su costura.

- Estoy traduciendo ciertas cosas al castellano para unas tareas de los chicos, pero creo que ya lo dejo por hoy - miró a Sátur, éste afirmó con la cabeza.

Gonzalo, recogió el libro, los pliegos escritos y la pluma con el tintero y se dirigió a la alcoba dejándolo todo en la mesa. Sátur no tardó en seguirlo cerrando la puerta.

- ¡Qué! ¿Ya lo tiene hecho?
Gonzalo encendía la vela y colocó el fanal - Casi, pero no quería seguir al preguntarme Margarita no fuera a ser que me pidiera que se lo enseñara. No es que fuera a entender mucho, pero las ilustraciones del libro podrían llamarle la atención, voy a intentar terminarlo en la guarida cuando ella se quede dormida, a ver si no se da cuenta... Además, tengo que poner en orden los pliegos y pegarlos con la resina a las cubiertas, espero que seque antes de la mañana.
- Amo, que digo yo... Después de tanto tiempo que vino de China, ¿eso todavía tendrá ese efecto? el de pegar.

- Sátur, parte de las repisas de la guarida, las maderas están pegadas con esa resina y eso no hace dos años aún que lo usé, seguro que pegará... Lo que hay que procurar es mantener siempre bien cerrado el recipiente.
- Pues a ver como lo hace, a no sé que le diga que tiene que seguir haciendo esa traducción y prefiere hacerlo arriba pa’ que ella pueda descansar.
- Sátur, ya le dije que por hoy lo dejaba, además, también podía seguir haciéndolo en la sala y no tenía que importunarla...
- Pues le dice que lo ha vuelto a pensar y que va a seguir trabajando arriba.
- A ver como lo hago... Es que esto lo tenía que haber pensado antes.
- Otra cosa que no entiendo... ¿Qué importa que se lo dé mañana u otro día?

- Podría hacerlo claro, pero el otro día ella me dio la idea con el retrato de Cristina... Al decirme que tenía el retrato preparado para dárselo mañana a Alonso, se me vino a la cabeza que sería una bonita forma darle el libro este mismo día a mi esposa. Ya en la Edad Media, en los países cristianos o mejor dicho, la iglesia cristiana, en este día expandió su culto echando mano de la figura de los magos haciendo que se convirtieran en reyes venidos de los distintos rincones de la tierra... De esta forma, Melchor se convirtió en un hombre de piel y barba blanca en alusión a los pueblos europeos... Gaspar, venido de Oriente también blanco pero con barba castaña y por último Baltasar, que fue popularizado como el hombre negro procedente de África... Hubo países, que llegando este día, el día de los Reyes Magos solían hacer regalos, esto consistía en regalar cosas de uso común, y sobre todo a los niños se les regalaban dulces hechos a base de miel, jengibre o leche... Con el paso del tiempo, en muchos lugares se fue perdiendo esta costumbre.

- Y usted de alguna manera quiere recuperarla.
- No, claro que no Sátur, sabes cómo pienso pero ante la ilusión de un niño, en este caso, mi hijo y mi esposa, ¿qué trabajo puede costar eso?
- Ninguno amo, y si hay que quedarse levantao pa’ que termine el libro de su esposa, ¡nos quedamos levantao!

Escucharon los pasos de Margarita acercarse a la alcoba, Gonzalo con premura guardó aquellos pliegos dentro de la carpeta en el momento que la puerta se abría. La joven los miró con cara de extrañeza.

- ¿Pasa algo?
- ¿Ten... ¿tenía que pasar algo Margarita? - Gonzalo se sintió como pillado en falta.
- Dímelo tú... Tú y tu “escudero” os traéis algo ¿verdad?
- ¡Claro que no Margarita! Sólo... sólo que le estaba diciendo a Sátur, que creo que debería terminar el trabajo que tengo entre mano para la escuela, que sólo tengo el día de mañana y no creo que pueda acabarlo... Me gustaría comenzar con esta clase pasado mañana.
- ¿Tanto trabajo tiene eso para no poderlo terminar mañana que tienes todo el día libre? Pero... pero claro, pensándolo bien te puede salir un imprevisto y eso te retrasaría.

Por un momento Gonzalo apreció un toque de tristeza en la voz de su esposa. Se acercó a ella acariciando su cabello - Cariño, no pienses en eso, seguro que mañana no habrá imprevisto alguno, simplemente es necesidad de acabarlo.
- Tienes una escuela y te debes a ella, pues entonces sigues con esa tarea pero yo me meto en la cama ya que me siento más que cansada, pero mientras estéis los dos aquí, no puedo desnudarme.
- ¡Ay perdón señora que no me había dao cuenta! ¿Le voy encendiendo las velas amo?
- Si Sátur, ve haciéndolo - al decirlo, no dejó de mirar a su esposa que puso muy contrariado su hermoso rostro - Margarita no es lo que tú crees... No voy a salir a estas horas, sólo que me voy a ir arriba para dejarte descansar, no quiero que te desvele y de alguna manera te tengo más cerca que en la sala - sonrió al decirlo y acariciando su dulce piel.

Ya Sátur había sacado la escalera de detrás del arcón y procedió a ir subiendo hasta la trampilla desapareciendo por ella. Gonzalo le puso las manos en los hombros a su esposa – Ya puedes desnudarte y acostarte... Antes de que te des cuenta estaré contigo, sólo es cuestión de dar por terminado algo que me está llevando un poco más de tiempo.
- Gonzalo, no sé en qué consistirá ese trabajo que estás haciendo pero te está llevando demasiados días, incluso a veces, te veo cansado de leer tanto y escribir.

- Bueno, un poco si lo estoy pero cuando lo que haces da el fruto que quieres, resulta satisfactorio aunque uno caiga rendido.
- ¡Pues anda! contra más pronto te subas ahí arriba y lo termines, más pronto descansarás. ¡Si es que tienes los ojos enrojecidos de fijar tanto la vista!
- Me pasa igual que a ti, tu trabajo también consiste en fijar mucho la vista y por eso, a veces, te tengo que quitar lo que estás cosiendo para que puedas descansar tus hermosos ojos... Anda, dejemos la charla y acuéstate.

Mientras habían estado hablando, Margarita con la ayuda de su esposo fue desvistiéndose. Con un pasado de peine se recogió el cabello en una trenza, se levantó y fue hasta la cama que ya su marido había destapado. La ayudó a acostarse acomodándole las ropas del lecho. Se inclino besándola con gran ternura.

– Te amo... te amo como Almotamid amó a su esposa, con la diferencia que yo no soy un rey y no puedo ponerte todo lo que quisiera por delante para hacerte feliz.
- Me haces feliz Gonzalo... Me haces feliz con tu amor y con lo todo que me pones por delante, con esas cosas sencillas que sólo a mí me gustan y tan sólo tú haces que sean posible... Te amo tanto Gonzalo, te amo más que a mí propia vida... Sólo tú eres mi razón de ser.

Volvió a besarla con gran ternura - No tardaré en bajar mi amor pero no me esperes despierta, descansa... Voy a dejar la escalera allá arriba por si a Alonso le da por levantarse. ¿Te apago la vela?
- No hace falta, puedes dejarla encendida... No creo que tarde en quedarme dormida, es mucho el sueño que tengo.
- Pues duerme, si necesitaras algo sólo tienes que darme una voz que en seguida estaré abajo... Sátur se queda conmigo, según él, esta noche está develado.

Gonzalo se retiró de la cama y tomando la carpeta de cuero y el libro puso pie en el arcón subiendo la escalerilla. Se introdujo en la guarida y tirando de la escalera cerró la puerta de la trampilla.

Margarita suspiró e intentó buscar postura pero en sus ojos como en sus labios se reflejó una sonrisa, se acomodó en el lecho cerrado los ojos. No tardó en irse sumiendo en el apacible mundo del sueño pero esa paz que la iba invadiendo fue interrumpida. Algo la hizo incorporarse poniendo atención, le pareció escuchar la puerta del cuarto de Alonso abrirse. ¿Se sentiría indispuesto? Echó la ropa a un lado y sin ponerse siquiera las zapatillas, sólo con las calcetas, salió presurosa de la alcoba echándose la toquilla por encima de los hombros. Fue derecha a la habitación, la puerta estaba cerrada.

La empujó y se encontró que la cama estaba vacía. Miró hacia el establo, era absurdo porque de noche Alonso no solía ir allí, usaba el orinal. Lo que se le vino a la mente no le gustó. Volvió a su dormitorio procurando no hacer ruido y poniéndose las zapatillas en chanclas, se cambió la toquilla por una más larga y de cierto grosor que tenía en una de las sillas. Salió del dormitorio tomando la dirección de la escalera. Subió con sigilo hasta la buhardilla y recorrió el pasillo que la separaba de la ventana que daba al tejado. La puerta de ésta estaba medio abierta. Subió los tres escalones y agarrándose al bastidor pasó al tejado. Se arrebujó en la toca avanzando por las tejas con gran cautela, estaba muy resbaladizo por causa de la nieve que no terminaba de desaparecer. Alonso no se dio cuenta que  ella iba acercándose a él.

- Alonso, ¿se puede saber que haces aquí con el frío que hace por Dios? Si tu padre supiera que estás aquí, con el tejado cubierto de nieve de la regañina no te escapas.

El crío, cubierto con la cobija giró la cabeza para mirar a su tía que se había llegado junto a él. Margarita se arrebujó aún más en su prenda de abrigo y con parte de ella, envolvió a Alonso pegándolo junto a su cuerpo.

- Tía Margarita, me gustaría ver a esa estrella, la estrella que llevó a esos reyes magos hasta el portal de Belén en una noche como esta.
- Alonso, hijo, que eso es imposible... Ya te dije que eso es sólo una leyenda y aunque fuera realidad y esa estrella se hiciera visible, como está el cielo sería imposible verla... Está blanco, tan blanco como la nieve que nos va a caer encima como no nos demos prisa en bajar.
- ¡¡Uff!! Tía, un poco más.
- ¡Alonso, que es muy tarde y no quiero tenerla con tu padre por solaparte!
- Está bien, pero lo hago por ti, no quiero que riñas con padre por mi culpa.
- Anda, anda – tomando una de sus manos, tiró de Alonso para que la siguiera.

Fueron a prender la vuelta cuando Alonso hizo una exclamación - ¡Tía mira!
Margarita dirigió la mirada donde señalaba Alonso con su dedo. Entre la blancura del cielo una pequeña luz se hizo visible parpadeando continuamente con un hermoso fulgor. El crío no ocultaba su sorpresa ante lo que veía sus ojitos - ¡Es la estrella tía! ¡Es esa! ¡La estrella que llevó a esos reyes magos hasta Belén!
La joven, veía aquella estrella brillar entre un cielo cubierto pero su visión de las cosas eran diferentes a la de su sobrino – Alonso, eso sólo es una casualidad, quizá la noche despeje y se deje ver el firmamento lleno de estrellas, sólo es eso.
- ¡Tía que no! ¡Que estoy seguro que es esa estrella! ¡A lo mejor si le pido algo me lo concede!



Los dos, de pie al borde del tejado y con las prendas de abrigos cubriendo sus cuerpos, no dejaban de mirar aquella estrella que seguía parpadeando ante sus ojos. Margarita se sintió conmovida por la inocencia del pequeño.

– Bueno Alonso, si tú lo ves así, no seré yo quien te quite esa idea. Ya te he dicho que esta noche todo se puede conseguir si se desea con fuerza, pensemos que es noche de magia y todo es posible.
- Gracias tía Margarita, ya le he pedido mi deseo... Ya podemos volver abajo.

Margarita cogiendo a Alonso por los hombros fue pisando con cautela el tejado. Al llegar ante la ventana, comenzaron a caer los primeros copos de nieve de la noche. Alonso pasó hacia el interior y ella fue a hacerlo pero algo hizo que girara su mirada hacia aquel cielo cubierto. Ya la estrella no se hallaba, ya había desparecido, algo sintió en su interior. Por un momento pensó en la ilusión de Alonso, una ilusión infantil que de alguna manera la había contagiado. No dejaba de ser una noche más de tantas pero algo le decía que no era así, sin saber por qué, pidió un deseo. Desde aquel momento, presentía que aquella noche sería una noche especial, siempre había que creer en algo, siempre había de haber un tiempo para la ilusión y aquella noche, lo era. ¿Por qué no? Era noche de Reyes.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Vie Ene 27, 2017 11:35 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,51


Mañana de Reyes, mañana de ilusión.


Fue el gallo del vecino quien la despertó. No sabía qué tiempo había dormido pero se imaginaba que poco. Después de bajar con Alonso del tejado se desveló y no hubo  manera de poder coger el sueño. Escuchó a su esposo bajar más bien tarde junto con Sátur, todo sigiloso, lo que estuviera haciendo para la escuela le llevó bastante. Sintió cómo se metía en la cama intentando no despertarla y percibió su alivio al deslizarse entre las ropas del lecho. En aquel momento, notaba sobre ella el brazo de su marido y lo escuchaba respirar acompasadamente. Con sumo cuidado se apartó de él para buscar postura. Él debía dormir profundamente ya que ni siquiera apreció que se había despegado de él, tendría que estar exhausto.

Sonrió y contempló el rostro amado. A pesar de la penumbra podía percibir su belleza de hombre. Gonzalo tenía su rostro algo ladeado pero se apreciaba su hermoso perfil, su cabello castaño le caía revuelto sobre la frente y se le esparcía en desorden por la almohada. Fue un impulso. Sus delicados dedos de mujer recorrieron suavemente los fuertes músculos del pecho desnudo de su marido, él ni siquiera se movió ante su contacto. A través de la sábana ya que sólo estaba cubierto por ella, podía percibir las formas de su cuerpo y se atrevió a deslizar los dedos por el costado y sus fuertes caderas, Margarita contuvo la respiración quitando sus dedos de su esposo cuando comprobó que una parte del cuerpo de él se movía bajo las sábanas.

- No te detengas ahora mi amor, no lo hagas -  río al decirlo
La muchacha sintió tal azoramiento al escuchar su voz que ocultó la cabeza bajo las almohadas - Pero... pero ¿desde cuándo estás despierto? - su voz sonó ahogada por los almohadones.
Sintió sobre ella el cuerpo de Gonzalo y sus labios en su oído – Pero que malas has sido, te has detenido en el mejor momento.
- Gonzalo, cállate por Dios. ¡Qué vergüenza!
- ¿Vergüenza? ¿De qué? Eres mi esposa, mi mujer y tienes todo el derecho a tocar mi cuerpo como yo el tuyo en el momento que desees pero eso sí, no me dejes nunca a medias, termina lo que empiezas cariño - no podía evitar reír de ver que su esposa no hacía por sacar la cabeza de debajo de los almohadones.

- ¡Calla Gonzalo! calla, que no voy a poder mirarte a la cara.
- Pues entonces vas a tener que estar todo el día metida en la cama y en esa postura que no debe ser muy cómoda... Venga mujer, saca ya ese hermoso rostro para yo recrearme y ver cómo ha amanecido mi preciosa esposa esta mañana.

Se lo susurraba al oído apartando su cabello destrenzado. Margarita boca abajo se aferraba a los almohadones. Gonzalo apartó la ropa de la cama de su espalda y comenzó a acariciar la piel de su mujer con sus labios. Sus manos fueron una caricia en el cuerpo de ella, sus dedos recorrían sus brazos desnudos deslizando las tirantas del camisón para besar sus hombros.

- Gonzalo, por favor, no sigas que te conozco...
- Si eso es lo que quiero, que termines de conocerme... Que conozca todo lo que siento por ti, todo lo que a través de mis caricias puedo decirte, todo lo que a través de ellas puedo amarte.

Él, percibió que su mujer aflojaba la presión de sus manos sobre las almohadas. Con gran suavidad en sus manos, Gonzalo volvió a su esposa poniéndola boca arriba. Estaba toda arrebolada, lo que hacía que estuviera aún más bella para sus ojos.

- Buenos días mi preciosa esposa, al fin mis ojos pueden apreciar lo bella que amaneces esta mañana... Ese azoramiento te hace aún más hermosa.
- Si... si me lo vas a recordar vuelvo a taparme la cabeza.
- No lo hagas, no me prives de ti y de tus encantos - le apartó los rizos que le caían por la frente abajo - ¡Cuánto te amo! Contemplándote así me llevaría todo el día.
- Te recogiste muy tarde. ¿Tanto te llevó hacer eso?
- ¿Estabas despierta? No estarías pensando que yo...
- No, no pensaba que podías haberte marchado, sólo que me quedé desvelada y no hubo forma de coger el sueño y mira que cuando me metí en la cama estaba muerta.
- ¿Te encontrabas mal?
- No, no era nada de eso, simplemente perdí el sueño.

Gonzalo, acodado en la cama no dejaba de acariciarla mientras hablaban. Se inclinó y besó con suavidad los labios entreabiertos de ella. La miró a sus ojos negros como la noche y que aquella mañana brillaban como el mismo lucero del alba. Ella leyó en sus ojos. Sus dedos delicados de mujer acariciaron los labios de su marido y de allí fue recorriendo desde su barba hasta llegar a su torso. Sus dedos subían y bajaban por el pecho fuerte y varonil. Sus miradas no se perdían, Gonzalo parecía esperar y su esposa lo sabía. La voz de Margarita sonó insinuante, cosa que a su marido le pareció una delicia.

- Creo que sí, que debo terminar lo que empecé... No se puede dejar a un esposo a medias.

No hubo que decir mucho más. Aquellas miradas hablaron por ellos y haciendo caso a ellas, reaccionaron como dos torrentes de pasión, dando paso al gozo, al regocijo de amarse con profundidad, bebiendo uno de los besos del otro incitando a que sus cuerpos se vieran envuelto en una oleada de ardiente placer, de desenfreno, llegando al mismo delirio, al frenesís.




Sátur preparaba las gachas cuando Gonzalo salió de la alcoba.

– Buenos días amo... No creo que haya podío dormir mucho por la hora que es, pero por su cara parece que estuviera bien descansao.
- Buenos días Sátur, sería imposible no estar descansado cuando tengo una esposa que sabe como relajarme - lo dijo en voz baja y con una sonrisa. Se frotó los brazos. Hacía frío y sólo estaba con la camiseta y el calzón.
- Comprendo y dígame... ¿Nunca ha tenío una negativa por parte de ella?
- No creas, claro que las he tenido pero desde que volvió a ocupar la alcoba nunca me ha dicho que no, es maravillosa. ¡Nos amamos Sátur! Nos amamos como el primer día. Desde aquel día en que nos encontramos en aquella parada de posta, allí, en aquel instante, comenzó nuestra historia de amor.
- Amo, no sabe la alegría que me da escucharlo hablar así, ¡no sabe cómo! Por cierto, ¿cuándo le va a dar eso?

- Cuando Margarita le dé su regalo a Alonso. ¿Cómo no amarla si quiere a mi hijo como suyo propio? Ya lo quería aún sin conocerlo y cuando regresó a la Villa ante la inminente muerte de su madre, ya se vio que entre ellos surgió un gran entendimiento a pesar de lo pequeño que era Alonso, aunque entonces, yo no quisiera ver nada de eso.
- Bueno amo, eso ya pertenece al pasado. ¿Le preparo el agua?
- Si Sátur, quiero estar vestido antes de que Margarita y Alonso se despierten.




Percibió un cosquilleó en la nariz, cambió de postura e intentó refugiarse entre las desordenadas ropas de la cama, de nuevo sintió el mismo cosquilleo y fue a dar un manotazo a aquello que la incordiaba. La risa de él la hizo despabilarse con cierto enojo.

– Tenías, tenías que ser tú... Déjame dormir, hoy no tengo que ir a trabajar y no he podido dormir en toda la noche.
- Y si encima le agregas el cansancio que te produce hacer el amor, tienes que estar agotada, lo contrario que a mí, tú a mí me dejas completamente relajado.
- Por favor, quiero dormir... Ahora que había podido coger el sueño ¡no me dejas!
Gonzalo, echado junto a ella jugaba con una brizna entre sus dedos – Margarita, ¿no recuerdas el día que es hoy?
- Gonzalo, por favor, tengo sueño - se echó la ropa de la cama por la cabeza.
- Alonso está por despertarse. ¿No tenías algo para él?

Debajo de aquellas ropas, Margarita abrió los ojos. En aquel momento ponía en pie el día que era aquella mañana, apartó con ímpetu las ropas y se sentó de golpe en la cama buscando su camisón entre el lío de sábanas, mantas, colcha... Su marido le entregó lo que buscaba. Margarita se lo arrebató metiéndose el camisón por la cabeza y saltando lo más rápida de la cama pero esa rapidez le jugó una mala pasada. De momento la estancia comenzó a dar vuelta en torno a ella, se sujetó a la mesita. Gonzalo apreció que algo le pasaba y con gran rapidez por encima del lecho llegó a ella haciendo que se sentara.

- Te has mareado ¿verdad?... Es...  es que te has levantado con mucha rapidez.
La muchacha ocultó la cabeza entre las manos. Gonzalo en cuclillas le apartaba el cabello. Por un momento se mantuvo en silencio para no agobiarla. Cuando la escuchó suspirar sintió un gran alivio - ¿Se te ha pasado?
Margarita levantó la cabeza – Creo... creo que si... Por un momento pensé que me caía.
- Margarita, sabes que los mareos es algo frecuente en ti, no debes saltar de la cama de esa forma.
- Ya Gonzalo, pero de una vez para otra no me acuerdo.
- ¿Quieres agua?
- ¿Agua, tan temprano? ¡No por favor!

Gonzalo se incorporó – A ver, intenta ponerte de pie... Hay que comprobar que el mareo te ha desaparecido - le tomó sus manos haciendo que su esposa se levantara. Margarita lo hizo lentamente.
- ¿Te sientes segura?
- Si, de momento si.
- Si no te sientes bien, mejor vuelves a la cama.
- No Gonzalo... Me... me siento bien, no creo que vuelva a marearme... Dile a Sátur que me caliente el agua, voy a asearme, quiero estar vestida antes de que Alonso se levante.
- Está bien. ¿Puedo irme tranquilo?
- Claro Gonzalo, sólo ha sido un mareo sin importancia... Sólo eso.

Él la soltó y depositando un dulce beso en sus labios salió de la alcoba. Margarita se dejó caer de nuevo en la cama. Estaba consternada, algo se le había pasado en aquel momento por su mente pero aquello no podía ser, sólo había sido un mareo por la prisa con la que se había levantado. Lo que pensaba era imposible. ¿Imposible?  

Se levantó y fue al almanaque que tenía colgado en la pared junto al peinador. Sus ojos se fijaron en el mes de noviembre. Tenía marcado con carboncillo el día quince, sólo había sangrado un par de días. Don Jeremías le había dicho que estaba dentro de lo normal después de un aborto. Su organismo tenía que recuperase de ello para tener una regla normal dentro de los treinta días o algo más después de la pérdida. Había pasado el quince de diciembre y no le había venido regla alguna, pero ella tampoco era regular por lo que esos veintiún días de retraso no tenía porque inquietarla. Tenía que pensar que aquel mareo era casual, no podía pensar en otra cosa. No podía pensarlo. La noche anterior pidió un deseo pero no podía imaginar que pudiera cumplirse tan pronto. Todavía no estaba preparada, aún no. No debía, ni quería ilusionarse.




Margarita entró en el cuarto de Alonso con sigilo. Gonzalo desde la puerta la veía hacer. La muchacha se acercó a la cama dejando un envoltorio encima de la mesita, volvió sobre sus pasos poniendo el dedo índice en sus labios para hacer que su esposo no fuera hacer ningún tipo de ruido, salió entornado la puerta. Gonzalo le puso la mano en el hombro.

– Creo, que no debes esperar que se despierte Alonso para desayunar, hazlo tú con Sátur y ya lo hago yo con él... Quizá, ese mareo que has tenido es necesidad.
- ¡Gonzalo, por Dios! Que la comida y yo como que no somos muy amigas, por eso no creo que sea necesidad, ha sido porque me he levantado demasiado ligera de la cama.
- Señora, déjeme decirle que el amo quizá tenga razón, que el hecho que usted sea de poco comer y su estómago no se lo pida, no quiere decir que a veces se necesite echarle más de lo que nuestro cuerpo nos pide y si no se hace, eso puede ser causa de mareo también y de otras cosas...

- ¡Pero bueno! ¿Es que hoy me vais a dar la lata con las comidas? ¡Pues es lo único que me faltaba!
Gonzalo vio que lo dijo muy enojada – Margarita, que no pasa nada, sólo ha sido una sugerencia, que si quieres esperar a desayunar con Alonso, lo haces y punto.

La joven se había ido para la puerta del patio. Se dejó caer en el quicio cruzando los brazos bajo el busto. A través de la puerta algo abierta veía lloviznar, la nieve había dejado de caer en la madrugada y en aquel momento sólo una lluvia débil pero fría caía sobre el suelo del patio. Gonzalo, sentado ante la mesa la observaba, parecía enfadada de verdad. No sabía si debía acercarse a ella o esperar que se le pasara el enojo, tampoco comprendía el motivo de él, ya que lo que se le había dicho no era para eso.

Margarita dejó de mirar ver llover y se volvió – Voy a ver si Alonso se despierta, ¿vienes?
Gonzalo se levantó de prisa – Claro, quiero ver la cara de mi hijo ante lo que va a encontrarse.
- Pues si no estorbo, a mí también me gustaría verle la cara a Alonsillo.
La muchacha se giró hacia él – Sátur, ¿cómo va a importarnos? Ya deberías saber que eres parte de esta familia.
- Gracias señora, nunca, nunca agradeceré bastante a Dios que me pusiera en mi camino al almo y después a usted.
- Ya sabes que nada tienes que agradecer.
-Si amo, ¡sí! que es de bien nacío ser agradecío.

Estaban ante la puerta del dormitorio, Margarita empujó la hoja de madera entrando, procedió a abrir los tapaluces y la claridad del día aunque algo tenue penetró en la estancia a través de la ventana. Los dos esposos se miraron con cierta picardía. Fue la joven quien se sentó en la cama acariciando el cabello de Alonso.

– Alonso, mi niño, que ya es hora de levantarse... ¡Venga, que estamos esperando a desayunar contigo!

El crío, se revolvió de las manos que intentaban con caricias a que se despertara. Gonzalo se acercó. Dejó caer con suavidad sus manos sobre los hombros de su esposa.

- Alonso, hijo, ya debes levantarte, es tarde y se te va a juntar el desayuno con el almuerzo... Anda, sal ya de la cama - se inclinó y zarandeó el cuerpecillo del pequeño.
De nuevo Alonso se revolvió cambiando de postura - ¡¡Uf!! dejarme dormir.
- Bueno, está bien, si es lo que quieres, te dejamos que duermas pero dinos... ¿Qué es lo que tienes en la mesita hijo?

Margarita se giró para mirar a su marido que se hallaba tras ella. Le sonrío con sus ojos y con sus labios, él le devolvió la sonrisa. Alonso, que había escuchado a su padre no comprendía a que se refería. Volvió a la postura anterior y restregándose los ojos habló con voz adormilada.

– No... no sé... No, no sé qué es eso que dices.
- Pues si tú no sabes lo que es, yo tengo ganas de averiguarlo, así, que lo cojo y lo abrimos ¿no Margarita?
- No sé Gonzalo, si es algo para el niño creo que no debemos de abrirlo y saber lo que es... Es él a quién le corresponde hacerlo pero bueno, ya se sabrá más tarde.
-¡Vaya hombre, que me quedo sin saberlo!
- Sátur, hay que ser paciente – al decirlo, la joven le hizo un guiño al buen hombre.
Alonso, que había vuelto a cerrar los ojitos escuchaba a unos y a otros pero no sabía que podía ser aquello de lo que hablaban. Abrió  los ojos con trabajo – No... no sé de qué habláis, tía Margarita, que... ¿Que eso de lo que habláis?.
- Pues de un envoltorio que tienes en la mesita y no sabemos que puede ser.

El crío frunció el ceño como solía hacerlo su padre y se puso de costado en la cama mirando hacia la mesita. Sus ojos tropezaron con algo que estaba envuelto en un fino lienzo en tono banco atado con una cinta del mismo color. Se incorporó de un salto en la cama sentándose en ella y volviendo a restregarse los picarones ojos. Miró a unos y otros.

– Es... ¡Es que no sé qué es eso!
- Pues sólo tienes una manera de saberlo – Gonzalo se veía muy emocionado.

Alonso, con cierto titubeo alargó su brazo hacia mesita y tomó aquel envoltorio dejándolo sobre la cama entre sus piernas cubiertas por la ropa. Comenzó a desatar la cinta, dejó el lazo a un lado y con sus pequeños dedos fue descubriendo aquel lienzo, antes de dejarlo abierto del todo, sus ojos fueron de nuevo a su padre y tía. Margarita con sus ojos le dijo que terminara de abrirlo. El pequeño terminó de hacerlo dejando al descubierto lo que aquella tela había mantenido guardado. Sus ojos se agrandaron.

- ¡Es madre! ¡Padre, es madre! Es... es el dibujo que le hizo Murillo - alzó su mirada hacia su padre.
Gonzalo no podía contener la emoción a ver la alegría su hijo. Apretó los hombros de su esposa que estaba igual de emocionada. Alonso miró a su tía con los ojos llorosos – Tía... tía Margarita, tú has hecho esto ¿verdad?... Yo... yo  le pedí este deseo a la estrella.

Alonso no dejaba de mirar aquel retrato de su madre enmarcado con una fina madera por detrás y rodado con unos delgados listones.

- Bueno, piensa, que esta noche pasada ha sido una noche de magia ¡y quien sabe quienes se han podido pasear por esta casa! pero también había algo por ahí que se ha escurrido al abrir el lienzo.
El pequeño rebuscó entre la ropa de la cama. Encontró una pequeña cajita. La tomó entre sus dedos - Tía, ¿que es esto?
- Ábrelo mi niño y lo verás.
Alonso abrió la pequeña cajita de madera - ¡El colgante! ¡Es el colgante!

Echándose para adelante se abrazó a su tía - ¡Gracias tía Margarita! ¡Gracias – con gran emoción no dejaba de besarla y abrazarla.
- Pero mi niño, ya te lo he dicho, puede que estos regalos sean debidos al día que es hoy, y ante esos deseos pedidos con tanta fuerza, se han cumplido.
-¡¡Ponme el colgante tía!! ¡Pónmelo!

La joven tomó el colgante que su sobrino le entregaba y que se había vuelto de espalda a ella, le pasó el pequeño colgante por el cuello atándole el cordoncillo con dos nuditos.

– Es algo más pequeño que el que tenía tu padre.
- Las manos mágicas que te lo hayan hecho han sabido escoger la medida exacta para un niño como tú - Gonzalo disfrutaba del momento.
- Cuando era niño estás cosas no existían, al menos yo nunca las viví y estoy de lo más emocionao ¡leñe! – la voz del fiel criado se escuchó de lo más conmovida.
- Bueno, ahora a levantarse y a desayunar, que ya es tarde.
- ¡Si padre, ahora mismo! ¡Padre, me gustaría que el retrato de madre tenerlo aquí, en mi cuarto! ¡Colgado encima de mi cama!
- Eso ya está hecho, luego lo cuelgo pero anda, vayamos a la sala.

Alonso sacó sus piernas poniéndose las zapatillas. Se quedó mirando a su tía que seguía sentada y de nuevo la abrazó con fuerzas. Margarita lo apretó contra ella besando el rubio cabello – Anda, anda, haz caso a tu padre y ve ya a desayunar.
Gonzalo hizo que Margarita lo mirara – No sólo el niño es el que va a desayunar, todos vamos a hacerlo.
- Si claro, Gonzalo.

Salieron de la habitación y todos se dirigieron a la mesa de la sala. La loza para el desayuno ya estaba puesta, Sátur puso las gachas a la lumbre para calentarla un poco. Alonso saltaba de contento con el colgante colgado de su cuello y en una mano, el retrato de su madre. Margarita antes de sentarse se quedó pensativa.

- ¿Te ocurre algo Margarita?

- ¡Ah no! no tiene importancia, sólo que voy un momento a la alcoba.

Gonzalo la vio ir, no sabía que podía estar pasándole a su mujer pero que algo le pasaba estaba seguro de ello. Margarita entró en su cuarto dirigiéndose a su arcón, levantó la cubierta y sacó de ella dos envoltorios, cerró el arca e incorporándose fue hacia uno de los cajoncito de su peinador deslizando su mano hasta el fondo. Se trajo con ella la cajita de madera forrada con las iniciales G.M. sonrío dispuesta a salir. Se detuvo de pronto, volvió su mirada hacia el almanaque, su corazón comenzó de nuevo a latir con fuerza. Posó sus ojos en aquella cajita y con cierto titubeo volvió sobre sus pasos guardándola de nuevo en el fondo del cajoncito cerrándolo despacio. Suspirando profundamente, salió de la alcoba yendo hasta la mesa del comedor donde esperaban su marido y el fiel criado.

- Ya estoy aquí... Pues al parecer la magia de esta noche no ha sido sólo para Alonso, Sátur, esto es para ti.

El fiel criado que ya se acercaba a la mesa con la cazuela de las gachas en sus manos, se quedó mirando a Margarita con el asombro en sus ojos. Dejando el recipiente en la mesa, tomó lo que la muchacha le tendía. Desenvolvió el lienzo sacando de él un chaleco de lana.

- Pero... pero señora, qué bonito... No tenía que haberse metió en na’ por Dios.
- Es poca cosa Sátur... El otro día revisando la ropa que últimamente no usamos, entre las de mi marido, encontré ese chaleco y lo único que he hecho han sido unos arreglos. Espero que te quede bien.
- ¿Cómo que no va a quedar bien? ¡Ya verá que si!

Sátur se quitó el chaleco que llevaba puesto vistiendo el que Margarita le acababa de regalar. Las exclamaciones de Gonzalo y Alonso no se hicieron esperar ante lo bien que le quedaba aquella prenda.

Sátur miró emocionado a su señora – Gracias señora Margarita, es... es usted un ángel.
- No Sátur, no soy un ángel y si no, que se lo digan aquí a mi esposo, que algunas veces a lo callaito tendrá que pensar que está casado con un demonio.
Gonzalo se acercó a ella rodeándola con sus fuertes brazos – Y es verdad, a veces pienso que estoy casado con un diablillo encantador.
Margarita percibió su aroma a jabón al tenerlo tan cerca de ella, aquel aroma de hombre que la enardecía toda. Buscó postura para mirarlo – Pues este diablillo encantador también tiene algo para ti.
- ¿Si? pues ya quiero verlo.
- Si no me sueltas, no podrá ser.

Gonzalo aflojó la presión de sus brazos. Margarita alargó la mano tomado el pequeño hatillo de encima de la mesa – Ten, no quiero que cojas frío en la garganta.

Él, mirándola con una sonrisa en los ojos tomó el envoltorio, lo desenvolvió sacando una larga bufanda en tono azulado.



- Cuando regresé a la Villa, te vi usar durante esta época de frío una bufanda en un tono muy parecido, el año pasado la perdiste a final de invierno. Sé que te gusta este color y tampoco eres de usar mucho la lana, por eso te la he tejido en hilo... De alguna manera es recordar cuando volví a reencontrarme contigo.
Gonzalo al escucharla hablar no pudo dejar de emocionarse – Pues... pues el reencontrarte conmigo te trajo más de un dolor de cabeza y no sabes cómo me arrepentí con el tiempo.
- Pero esa ya pasó, eso quedó atrás pero dime, ¿te gusta?
- Es preciosa, ahora comprendo tu malestar... No dejas de hacer cosas y deberías de pensar más en ti.
- Sabes que me gusta haceros cositas, a ver, póntela, Sátur no lo ha pensando.
- Y que no voy a quitármelo señora Margarita.

Gonzalo se pasó la bufanda alrededor de su cuello notando la suavidad de ella, luego miró a su mujer con cierto aire burlón – ¿Cómo me ve señora de Montalvo?
- ¡Guapísimo! cómo cuando te vi con ella la primera vez, con la diferencia, que entonces tenía el cabello un poco más corto.
- ¡Ah no! por ahí no paso... Que te veo venir Margarita, ¡ni se te ocurra decirme que debo cortarme el pelo!
- Pues padre, la tía lo hace mucho mejor que el barbero.
- Alonso... – al decirlo le echó una mirada a su hijo. Se volvió hacia su esposa poniéndole las manos en los hombros – Gracias mi amor –  se inclinó y puso un dulce beso en sus labios - Me la quito, no vaya a mancharla y creo que el desayuno se enfría.

Quitándose la bufanda y dejándola en el respaldo de la silla hizo que su esposa se sentara, él ocupó su sitio y a Alonso tuvo que llamarle la atención para que dejara de jugar con el colgante y se sentara ante la mesa. Sátur sirvió las gachas y ocupó su silla para compartir aquel desayuno de una mañana algo especial, la mañana de Reyes. El desayuno transcurrió en armonía y conversando animadamente. Gonzalo no dejaba de observar a su esposa que con muy pocas ganas comía las gachas, no quería decirle nada al respecto. No debía obligarla a comer por el momento, ya vería durante el transcurso del día si iba mejorando o seguía teniendo el malestar que ella parecía que quería ocultar.







Nada más terminar el desayuno, Sátur fue recogiendo la mesa, Margarita lo estuvo ayudando para terminar luego con la cocina. Gonzalo se había dedicado a colgar el cuadro de Cristina en la pared, en la cabecera de la cama de Alonso. Nada más hacerlo, recogió el martillo, algunos clavos y se los llevó al establo, al volver, pensó que ya era hora de darle lo que le tenía preparado a su esposa. Sátur limpiándose las manos le salió al paso.

– Amo... ¿cuan...
- Cuando le voy a dar el regalo a mi esposa ¿no Sátur?
- Eso le iba a preguntar amo... Que la criatura estará diciendo, que la magia nos ha llegao a todos nosotros y de ella no se ha acordao.
- En estos momentos voy dárselo, ojalá le guste.
- ¿Cómo no va a gustarle amo? Conociendo a su esposa, no debería dudar.
- Tienes razón Sátur... Ella es la sencillez personificada pero de una sencillez exquisita. Voy a subir a la guarida a por él, ten cuidado con Alonso para que no se le ocurra entrar en la alcoba.

Se dirigió a la habitación, su esposa se encontraba allí haciendo la cama y fue a rodear ésta, para hacerla por el otro lado.

- ¡Yo te ayudo! así no tienes que dar la vuelta.
- Me parece más que bien... Que mejor que un marido ayude a su esposa a tender la ropa del lecho que comparten.

Terminaron de colocar los almohadones y cojines. Gonzalo cerró la puerta y fue a coger la escalera, la puso encima del arcón. A la joven se le cambió la cara.

- Vas... ¿vas a marcharte?
Gonzalo se volvió acercándose a ella – No Margarita, ayer te dije que hoy seguramente no tendría ningún imprevisto, hoy quiero dedicarme a mi familia, es que arriba tengo algo... Quédate y espera.
- Pero...
No la dejó terminar poniendo su dedo índice en sus labios – Sssssh, sólo es un momento.

Margarita lo vio subir e introducirse en aquel lugar. Se sentó en el lecho, intentaba que la incertidumbre que sentía no fuera manifiesta. Como él dijo, no tardó en aparecer, traía algo en la mano, eran libros. Gonzalo cerró la trampilla y escondió la escalera detrás del arcón. Tomó de encima del arca lo que había bajado con él sentándose en la cama junto a su esposa.

- La magia de este día, también ha llegado a mi esposa... Esto es para ti.
- ¿Para mí?
Margarita miraba el libro que su marido le entregaba. Lo tomó con mano vacilante y fue a leer su título pero nada de él entendía. Lo abrió y empezó a ojearlo - ¡Qué preciosas ilustraciones de flores! pero no entiendo nada de lo que pone Gonzalo.
Al mirarlo, él vio en sus ojos como en su voz, una gran desilusión – Lo sé, sé que nada puedes entender de lo que hay escrito pero para eso está este - de detrás de él sacó otro libro.

Margarita no entendía nada pero tomó el libro. Las cubiertas eran de cuero rojizo y tenía el título grabado en él  “El Encanto de las Flores y Plantas” Lo abrió y se encontró con una página en blanco que sólo tenía un pequeño escrito “Para mí esposa con todo mi amor por valorar las sencillez de las cosas... Gonzalo”... Margarita sintió que una gran emoción la invadía. Alzó su mirada y vio que él la estaba contemplado. Volvió su mirada al libro y fue pasando sus hojas. Según iba mirando fue comprendiendo. Todo el libro era la traducción del primero que le había enseñado.

- Gonzalo, pero... ¿Pero cómo...?

- ¿Cómo? Escribiendo mi amor... Sé todo lo que te gustan las flores, cuando te conté que las flores en China también es parte de su cultura, pensé que te encantaría leer este libro ya que aparte de las ilustraciones, te explica las propiedades que tienen como lo que significa cada una de ellas, y sólo había una manera que pudieras leer todo su contenido y era traduciendo el texto en chino al castellano... Verás, que está por orden según el libro original. Cómo ves, en esta página te habla del cerezo, en el encabezado de la página te he puesto ese, “El Cerezo”... sólo hasta que te acostumbres tendrás que tener los dos libros a manos. El original con las ilustraciones para que conozca la flor de la que se habla y este otro, el que yo te he traducido, con la explicación en castellano.

Margarita, aunque escuchaba a su marido se mantenía en silencio. Gonzalo se la quedó mirando  – Estás muy callada, ¿acaso no te gusta? Si tu quieres que cambie algo porque lo veas complicado, me lo dices y...
No pudo seguir. El llanto de su esposa no le dejó terminar la frase. Gonzalo soltó los libros en la cama tomándola en sus brazos – Sssssh, Sssssh ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras?
- Es... es la emoción la que me hace llorar. ¿Cómo no va a gustarme? pero esto... Esto te habrá costado... Te  habrá llevado mucho tiempo hacerlo.
Gonzalo la estrechaba contra él besando su cabello – Bueno, la verdad que he tenido que escribir un poco, al menos, el libro no tiene muchas páginas y eso me ha ayudado para que lo tuvieras en este día pero eso es lo de menos Margarita... Por ti, ¡hubiera traducido hasta la propia Biblia!

La joven, dentro de su llanto no pudo por menos de sonreír la ocurrencia de su marido.

Gonzalo la apartó de su pecho buscando sus ojos - ¿Más tranquila?

La muchacha asintió con la cabeza pero buscó de nuevo el pecho de su esposo para dejarse caer en él. Gonzalo la dejó estar. Para él, el sentirla de aquella manera era más que placentero.

Margarita suspiró – Así te veía escribir, escribir, y me dijiste que era para la escuela.
- Tenía que buscar una excusa cuando me preguntaste.
- Eres mi Almotamid... Te lo dije anoche y te lo digo ahora... No sabes que hacer para hacerme sentir bien, para hacerme feliz... Todo te parece poco y no tienes que hacer nada Gonzalo, con sólo estar junto a mí, ya lo soy... Ya soy inmensamente feliz.
- Pues ya somos dos - tomó su barbilla – Con sólo mirar tus ojos y verme en ellos, me haces el hombre más feliz del mundo y que nadie, ¡nadie! se me puede igualar es esa felicidad que tan sólo tú sabes darme... Te quiero como eres... Con tu risa, con tu llanto, con tus enojos, con tu paciencia... Sin nada de eso, no sabría vivir Margarita... Eres el aire que necesito para respirar todos los días de mi vida, necesito embriagarme de ti, eso hace sentirme más vivo que nunca... Te amo mi amor, ¡te amo!

La besó con dulzura, con una suave caricia percibiendo la tibieza de los labios carnosos de su esposa. Ella, abrió los suyos para sentirlo y a su vez, hacer sentir a su marido. Sus besos estaban llenos de ternura, de un dulce néctar que saboreaban mutua y lentamente haciendo que sus cuerpos vibraran ante las sensaciones que aquel roce les producía llenándolos de gran gozo, de un gran amor.

De esta manera, fueron pasando los días. Días llenos de felicidad, de amor. En aquella casa, en la casa de Gonzalo de Montalvo, el maestro del barrio de San Felipe, poco a poco fue volviendo la luz a ella, una luz que aunque lentamente, hacía que las sombras fueran disipándose de la vida de ellos.

Continuará...
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Mari carmen

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Fecha de inscripción : 25/11/2015

MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Dom Ene 29, 2017 7:35 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,52


Un deseo, un estado de Buena Esperanza.


Con el transcurso de los días, Margarita más segura estaba que aquello no era un retraso cuando a los pocos días del mareo, comenzó con las náuseas, a veces aguantaba todo lo que podía para que Gonzalo no se diera cuenta de su malestar. El sueño fue otro de los síntomas y como no, sus cambios bruscos de humor. Después de haber conocido los síntomas a través de su primer frustrado embarazo no tenía duda de ello. Aquella mañana se disponía a arreglarse para irse al palacete, ya se había vestido pero le quedaba peinarse. Se sentó ante el tocador y comenzó a hacerlo. Tan absorta estaba en sus pensamientos que no escuchó a su marido entrar, éste la observaba desde la puerta. Durante un instante no dijo nada, sólo se limitó a contemplarla, por fin se decidió a acercarse a  ella sentándose a los pies de la cama.

- Abrígate que hace frío.
- Ya he salido al patio y lo he comprobado, al menos no llueve.
- ¿Quieres que te lleve?
La joven terminó de ponerse los pasadores en su cabello y después de colocarse sus pendientes de margaritas se levantó del taburete – Gonzalo, ya te he dicho que no, puedo irme sola, me gusta andar y tampoco queda lejos.
Él vio que echaba mano a su toca - ¿No pretenderás irte sin desayunar?
- Ya Gonzalo, no empecemos, desayuno allí.

Gonzalo no hizo caso en la forma que lo dijo. Con delicadeza le quitó la toca de las manos – Hoy quiero que desayunes conmigo... No puedes negármelo, llevas varios días que no lo haces.
Margarita lo miró pero evitando hacerlo con profundidad – Está bien, desayuno contigo.
Salieron de la alcoba en dirección a la mesa que Sátur ya tenía puesta – Buenos días señora... Me alegra que desayune con el amo, ya luego lo hago yo con Alonsillo.
- Buenos días Sátur – saludó al fiel criado mientras se sentaba.

Gonzalo ocupó su lugar pero no dejó de mirarla. Sátur sirvió las gachas. Margarita con un ademán le dijo que no le echara más. El hombre miró a su amo.

- ¿Sólo eso?
- Con esto tengo más que bastante Gonzalo.
- Margarita, otra vez estás comiendo poco y...
- ¡Basta Gonzalo! Ahora sí que vas a desayunar tú solo, ¡me voy al trabajo! - se levantó y yendo a la habitación salió poniéndose la toca. Se acercó a su marido – No sé si hoy vendré temprano o no, te lo digo para que no te preocupes.
Gonzalo se levantó – Te acompaño a la puerta.
- Hasta luego Sátur.
- Que tenga un buen día señora - el buen hombre no comprendía la reacción de la muchacha.
Gonzalo acompañó a su esposa hasta la puerta – Cuídate – se inclinó posando un beso en los labios de ella.

Margarita bajó con prisa la escalera y se perdió calle abajo, él la vio ir. Cuando sus ojos la perdieron, entró en la casa cerrando la puerta. Con paso pausado fue hasta la mesa volviendo a sentarse.

Sátur se acercó a su amo – Está preocupao por su esposa ¿verdad?
- Un poco Sátur.
- Últimamente está volviendo a comer mal y esos cambios de humor... Quizá está con esos días y ya se sabe, a la mujer de usted hay que temerla.
- No Sátur, mi mujer no está con esos días... Creo saber lo que puede pasarle.
- ¿Pues qué es lo que le pasa amo?
- Sátur, creo que incluso ella lo sabe pero por lo que sea no me lo quiere decir, quizá está esperando a estar más segura pero si ella se abriera a mí, no llevaría ese temor acuesta ella sola.

- Amo, que no comprendo.
Gonzalo se levantó – Sátur, si no me equivoco, Margarita está embarazada.
Sátur se llevó las manos a la boca – Amo, que... ¿Qué está usted diciendo?
- Lo que oyes... Creo que es lo que le pasa pero también me imagino que para ella no tiene que ser fácil, tendrá temor a volver a perderlo... Está asustada Sátur, muy asustada.
- Amo, ¡pues pa’ eso está usted! pa’ quitarle ese miedo.
- ¡Sátur, no puedo hacer nada hasta que ella no me lo diga! ¡y escúchame tú! Ni se te ocurra hacer mención de lo que aquí se está hablando, ni se te ocurra...
- No amo, ¿cómo cree?
- Para una mujer, el comunicarle a su marido que está embarazada es la ilusión más grande que puede tener, así, que no me queda más remedio que esperar.




Margarita apretaba el paso por el barrio de San Felipe cubriéndose bien con la toca, al llegar a la altura de su casa, en lugar de subir los escalones se dirigió a la casa de Catalina. Llamó con la palma de la mano. La puerta no tardó en abrirse.

– ¡Margarita! hija, que poco hemos nos hemos visto en estos últimos días, anda, pasa y charlamos un ratico.
- Hola Cata -  pasó al interior de la estancia y quitándose la toquilla se dejó caer en la silla.
- Te veo cansada. ¿Quieres tomar algo?
- Un poco de agua Cata, sólo eso.
Catalina se la quedó mirando – Margarita, que carita de mustia tienes hija... No me dirás que te has enfadado con Gonzalo.
- No Cata, con él sería imposible enfadarme, aunque a él no le faltaría motivo para hacerlo conmigo.

- Como no te expliques como que no te entiendo muchacha – lo dijo mientras le ponía el agua por delante, se sentó junto a ella – A ver desembucha.
- Creo que estoy embarazada.
En el rostro de la buena mujer se reflejó la sorpresa - ¡Margarita ¿qué dices? ¡Pero qué alegría! Pero... ¿pero estás segura?
- Cata, la última vez que lo vi fue en noviembre. He tenido mareos, tengo sueño, náuseas...
Catalina la miró algo consternada – ¡Margarita, que estamos en la última semana de enero por Dios! Estás de dos meses más o menos criatura, ¿cómo es que no me lo has dicho antes? Me imagino que lo sabrá Gonzalo ¿no?

La joven tomó aire – Vamos a ver, no te lo he dicho antes porque no estaba segura... Después de la frustración de mi embarazo no he llegado aún a tener una regla en condiciones y en cuánto a Gonzalo, no Cata, no lo sabe aún.
- Pero ¿cómo puedes hacer una cosa así? ¿Tú sabes lo contento y feliz que va a ponerse el muchacho?
Margarita bebió un poco de agua – Cata, te vuelvo a decir que he esperado a estar segura pero también tengo miedo a decirlo... Vuelvo a sentir temor a que este embarazo no se logre como el primero.

Catalina le cogió las manos apretándoselas con gran calor – Cariño, en parte te comprendo pero eso no va a pasar... No debes tener miedo, debes dejar esos temores atrás para que puedas disfrutar de tu preñé y disfrutarla con tu marido... No puedes tener ajeno a Gonzalo de esto.
- Lo sé... sé que tienes razón, de hoy no pasa que se lo diga. ¿Crees que debo consultarlo antes con don Jeremías?
- ¿Para qué Margarita? Cuando tú le digas lo que me has dicho a mí, pues te dirá igual que yo, ¡qué estás preñá! Si es conveniente, que si tienes muchas náuseas se lo digas para que te mande lo de la vez anterior.
- Si claro, bueno me voy, que le dije a Gonzalo que si tardaba que no se preocupara y a última hora he salido temprano y me paro contigo - se levantó poniéndose su prenda de abrigo – Por cierto Cata, ¿cómo va lo vuestro?

- Pues mira Margarita, lo que teníamos pensado es lo que vamos a hacer... Viviremos aquí y la habitación de Cipri la dejaremos como un cuarto más de la posada, así se sacará algún maravedí más que no está la cosa para desaprovechar nada.
- ¿Y la boda para cuando?
- Cipri quiere acondicionar su cuarto y no sabemos cuánto tiempo puede llevarnos eso y... - por un momento se quedó pensando y mirando a Margarita. Sus ojos brillaron de una gran alegría - ¡Ya está! ¡Ya tenemos fecha para la boda!
- Así, de pronto.
- ¡Claro Margarita, tu me las has dado!
La muchacha miró de lo más extrañada a su amiga - ¿Yo?

- Margarita, escucha, cuando tu hijo nazca, Cipri y yo seremos los padrinos ya que lo fuimos de boda, el mismo día que bauticéis a vuestro hijo, será la fecha que escojamos para casarnos y a la misma vez, ¡vosotros seréis nuestros padrinos! ¿Qué te parece?
- ¡Ay Cata! no sé qué decirte, que una no sabe lo que va a pasar.
- ¿Pues qué va pasar mujer? que tendrás un hijo precioso y anda, ve ya con Gonzalo y se lo cuentas – mientras hablaba había abierto la puerta. La joven salió.
- Ya nos vemos Cata.
- Anda, corre, ¡pero que se lo cuentes!

Margarita asintió y atravesando la calle subió los escalones con gran ligereza. Empujó la puerta entrando en su casa. Percibió el calor reconfortante que desprendía el fuego del hogar como el aroma de la alhucema que salía de él y que hacía que se impregnara toda la estancia. Se quitó la toca dejándola en una silla, se adentró en la sala acercándose a la chimenea y se dejó caer en la sillita baja ante el fuego. En la lumbre, el cazo puesto y en el cual, el caldo con ricas hortalizas y verduras hacía su cocción. De nuevo, sus ojos como tantas veces se quedaron mirando fijos las chispitas que saltaban al crepitar el fuego. Sus pequeños duendecillos. No lo escuchó llegar, sólo al escuchar su voz, supo que estaba allí, detrás de ella, susurrándole al oído.

- ¿Viendo saltar a tus duendecillos?
Margarita giró la cabeza para quedárselo mirando – Lo adivinas todo.
Gonzalo le apartó el cabello - ¿Cómo te encuentras?
La muchacha quitó sus ojos de él y siguió mirando el fuego – Por... ¿por qué me preguntas eso?
Su marido tomó la banqueta y se sentó junto a ella – Esta mañana no te vi muy bien... Bueno, ya te vengo notando desde hace días que otra vez estás desganada.
- Pero eso no es nuevo en mí - a la misma vez que lo decía miró a un lado y a otro  - Por cierto, ¿dónde está Sátur y Alonso?
- Sátur ha tenido que ir a casa de Estuarda para colgarles unas repisas y Alonso se ha ido con él... A mí me ha dejado a cargo de la olla.

Margarita fue a decir algo pero escuchó la voz de su marido algo lejana y una especie de velo se le puso por delante, sintió que la invadía la sensación de mareo. Un gran agobio se apoderó de ella e intentó desatarse el corpiño. Gonzalo en seguida apreció lo que le pasaba.

- ¡Tranquila Margarita! ¡Tranquila!
Antes de que ella pudiera decir nada, los dedos de él habían desatado el corpiño por entero quitándoselo de su talle – Anda, vamos a la cama y te echas hasta que se te pase el malestar - se había levantado y sus manos la obligaban a hacerlo a ella.
- Ahora... ahora no podría, me siento muy mareada. Todo... todo me da vuelta.
- Margarita, si te sientes mareada es mejor que estés acostada y cierres los ojos, yo te ayudo, no tengas temor a caerte... Vamos cariño - se inclino tomándola en sus brazos. La muchacha escondió el rostro en el pecho de él cerrando los ojos.

Gonzalo cruzó la sala con premura entrando en la alcoba. Dejó a su esposa de momento sentada en la cama y destapó ésta haciendo que la joven se recostara sobre los almohadones. La cubrió con las ropas del lecho, la miraba preocupado mientras le quitaba las botitas. En aquel momento, más seguro estaba de sus sospechas.

- Si no te pones mejor voy en busca del médico.
- No... no hace falta Gonzalo, no hace falta que venga el médico.
- No hables ahora Margarita, descansa, te voy a dar un poco de agua - se levantó echando en un vaso un poco de agua de la jarra. Se volvió hacia ella que seguía con los ojos cerrados – Anda bebe un poco - se inclinó y la ayudó a incorporarse un poco para que bebiera.

Margarita tomó sólo un sorbo. Gonzalo dejó el vaso en la mesita y se sentó junto a su esposa. Por un momento tanto uno como el otro se mantuvieron en silencio. La joven con los ojos cerrados, su marido cabizbajo, sólo cuando sintió la mano de su esposa en la suya, Gonzalo buscó la mirada de ella.

- ¿Te sientes mejor? ¿Se te ha pasado el mareo? Si no es así, voy a por don Jeremías.
- No hace falta que venga... Tengo... tengo algo que decirte.
Gonzalo sintió un estremecimiento de felicidad pero tenía que hacer ver que no sabía nada – Margarita, si en este momento no puedes hablar, no lo hagas... Cuando ya te alivies del malestar me cuentas lo que sea.
- Ya... ya se me ha pasado, pero es sobre estos mareos de lo que quería hablarte y de los malestares que... Que voy a ir teniendo durante unos meses - mientras hablaba, jugaba con las manos de su marido y en sus ojos, al mirarlo, ya afloraban unas lágrimas que quería retener.

Gonzalo sentía una gran emoción según iba escuchando de ella lo que tanto deseaba oír - ¿De qué malestares hablas?
- Pues... pues de unos que me van a durar como unos siete meses.
Aunque ya lo intuía, el escucharlo de su esposa fue algo maravilloso - Margarita, ¡¿qué me quieres decir con eso mi amor?!
- Pues eso, lo que estás pensando... Que... que he vuelto a quedarme embarazada.
Él sintió que la exaltación lo embargaba y sin poder contener las lágrimas incorporó a su esposa para poder abrazarla – Margarita, ¡Margarita! ¿Sabes lo que me está diciendo? ¡¿Lo sabes?!
- ¡Claro que lo sé cariño! Vas, ¡vas a hacer de nuevo papá! y no me preguntes como lo sé porque soy capaz de echarte de la habitación.

Gonzalo la apartó para mirarse en aquellos inmensos ojos negros que en aquellos momentos brillaban por las lágrimas – Lo estás pasando mal ¿verdad?
- Un poquito... Sé que debería habértelo dicho antes pero no estaba muy segura, luego, cuando comprendí que era así, mis miedos no me dejaron a hacerlo... No quería volver a ilusionarme por...
- Margarita, no debes llevar esos temores contigo, nada va a pasar. ¡Este hijo va a lograrse! ¡Va a lograrse mi amor!



La abrazó con gran fuerza contra su pecho para luego apartarla y besar sus cabellos, sus mejillas, sus labios. Todo él temblaba por la gran emoción que sentía, un fuego abrazador lo colmaba de dicha, eran las llamas de la ilusión. De nuevo, sus vidas se verían rebasada de felicidad y más llena de luz con la llegada de aquel hijo. Un hijo que ya latía en el vientre de su amada esposa.




El paso del tiempo fue como una ráfaga de aire fresco dejando vislumbrar horizontes llenos de anhelos, de ilusiones, de esperanzas nuevas...





Convento de las Carmelitas Descalzas. (Cuenca)
Agosto 1663



Por las desiertas y sombrías galerías del claustro y que sólo la luz del atardecer a punto de declinar a través de las ventanas arcos alumbraban aquellos largos corredores, Lucrecia de Guzmán, Marquesa de Santillana era acompañada por la madre abadesa.

– Lucrecia, ¿crees que ya estás preparada para volver?
- Si madre, estoy preparada y creo que es hora de volver... Tomaré en cuenta su criterio y pasaré una temporada con la marquesa de Gautier en su finca del sur de Francia antes de volver a casa.
La madre abadesa se la quedó mirando – Sé que tú deseo sería partir cuanto antes hacia la Villa de Madrid pero es lo mejor que vas a hacer... Te has llevado muchos meses aquí encerrada, es bueno que te dé el aire del campo y que tus mejillas recobren un poco de color antes de presentarte ante tu hijo. Constanza de Gautier es una muy buena amiga y su invitación está llena de generosidad.

- Lo creo madre, si no fuera así, no hubiera aceptado ir hasta allá, pero contaré con ansias estos dos meses para poder regresar a mi casa y junto a mi hijo. Este tiempo aquí, me han servido para mirar atrás y ver lo que ha sido mi vida, mi hijo necesita, necesita a su madre junto a él... Una madre que durante estos meses no ha tenido a su lado y ahora más que nunca quiero aprovechar todo el tiempo perdido... Debo educarlo con otra forma de mirar la vida, sé que me queda una ardua tarea pero también sé, que tendré alguien cerca de mí que sabrá ayudarme con Nuño.
La madre abadesa detuvo su paso, Lucrecia la secundó - ¿Ocurre algo madre?
- ¿Estás segura que estás dispuestas a emprender esta nueva vida con todo lo que conlleva?

- Si madre y sé que no va a hacer fácil... Sin dejar de ser Lucrecia de Guzmán, la Marquesa de Santillana, quiero ser otra. Quiero ser lo que no supe hacer, una buena madre y educar a mi hijo con unos principios y valores que nunca le supe dar porque yo no supe dármelo a mí misma.
- Sabes también que tienes que enfrentar todo el daño que hiciste. Si cómo tú dices estás arrepentida de ello, debes pedir perdón por tus faltas.
- Lo sé madre... Lo que no sé si con pedir perdón es suficiente, tampoco merezco el perdón de ellos, pero es lo que debo hacer y estoy dispuesta acarrear lo que me venga.
- Pues si tú crees que ya estás preparada para ello, adelante Lucrecia y cuando salgas de este convento, que Dios te proteja para que te ayude en tu cometido.
- Eso espero sor María de la Cruz, que Dios me proteja en este nuevo camino.

El silencio se paseó por el claustro. Las dos mujeres avanzaron por la larga galería hasta perderse en los jardines. Una suave brisa traía con ella el aroma de la dama de noche. Las sombras del anochecer las envolvió con una tenue claridad. El corazón de Lucrecia latía con fuerza. En unos días dejaría aquel convento y a poco de dos meses volvería a su mundo, allí le quedaría un gran paso que dar, expiar sus culpas y recuperar a sus dos amores, a Nuño, su hijo, y al hombre que siempre la amó, Hernán Mejías, Comisario de la Villa.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Lun Ene 30, 2017 5:27 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,53




Momentos.


“No puedo estar acostada, por más que intento buscar postura es imposible. He decidido levantarme. He acariciado la cunita. ¡Cuánto deseo de verla ocupada con nuestro niño! Me la imagino vestida y nuestro hijo en ella, sonrío ante el caballito, te veo meciéndole en él... He paseado la alcoba, el patio impregnándome de su olor, de su fragancia... Una fragancia que me llega a través de la puerta y que tan sólo tú podías ponérmela en mis manos. Algo me ha impulsado a hacerlo, a escribir mientras espero tu regreso, aquí, sentada ante tu mesa y junto a la ventana, bajo la brisa en esta noche liviana con aroma de jazmín... Quiero recordar, quiero plasmar los momentos de estos meses atrás, ¡es tan poco lo que queda! Sólo es cuestión de días, sólo unos días y lo tendré en mis brazos, ¡en nuestros brazos! Fue grande la alegría de Alonso, de Sátur cuando se lo comunicamos... Fue difícil los primeros meses, ni siquiera podía tejer ni coser nada,  tú sufrías por ello sin hacérmelo notar.

Una mañana, me pusiste la canastilla por delante, aquella canastilla que tu guardaste. Me dijiste... ”Estas pequeñas prendas están llenas de amor, debes continuar con ellas, algunas están sin acabar. La ternura que llevas dentro de ti espera que lo hagas” ... Siento sobre mí tus manos, tus caricias parar consolar mi congoja de entonces cuando volví a tenerla ante mí... Las siento, siento tus manos llenas de amor en estos momentos, ahora, y comencé a tejer, a coser sin miedo, con gran ilusión. Te contemplaba como restaurabas la cunita de Alonso, cómo lijabas la madera para volverla a pintar, discrepamos en el color, tú la querías con el color natural de la madera, barnizada, yo, pintada en blanco como todo la ropita que la vestiría. La pintaste en blanco.

Ya mi cuerpo denotaba mi futura maternidad... Rememoro el momento en que me vi sorprendida cuando de perfil intentaba ver mi barriga ante un simple espejo de mano. ¡Cuánta vergüenza sentí al ser descubierta por ti! Supiste quitarme esa vergüenza, siempre lo sabes hacer, al día siguiente, pusiste ante mí un espejo con pie, ante mi sorpresa, tu contestación fue ésta... ”Para que vayas observado cómo va creciendo poco a poco el hijo que llevas dentro” ... Según iba engordando, me sentía más incomoda con las ropas, casi de primera hora opté por dejar los corpiños, sabía, que el arreglar las faldas sería más trabajoso, decidí hacerme dos vestidos de futura mamá. Recuerdo tu mirada al verme la primera vez con uno de ellos y aún escucho tus palabras... ”Pareces una diosa del Olimpo”... Siempre me ves hermosa, siempre pendiente de mí, antes que dijera o pidiera algo ya lo tenía ante mí.

Una tarde, nada más asomar la primavera, contemplando las flores de mis macetas, te conté que en la casa de Sevilla, era una alegría ver como las flores florecían a la misma vez que se escuchaba el canto de los pájaros en sus jaulas, Concha tenía un jilguero y su precioso trino era quien me despertaba todas las mañanas... En esos días, me escuchaste canturrear, tus brazos rodearon mi vientre, me susurraste... ”Tu voz es el más maravilloso trino que se puede oír”... Saliste, no me dijiste donde ibas, no tardaste en regresar ¡Traías una jaula contigo y con un jilguero dentro! ¡No me lo cría!  El día del aniversario de nuestra boda apareciste con el biombo, me eché las manos a la cabeza... Sabes de sobra, que para mi aseo me gusta la intimidad, a veces, he tenido que echarte fuera de la alcoba o hacer que te volvieras de espalda, según tú, con un biombo ya no tengo que hacerlo, todo te parecía poco, todo te parece poco mi amor... Te llamaba, te llamo mi Almotamid, en una ocasión, me dijiste que no se me ocurriera antojárseme querer pisar en el patio canela con costosos perfumes, que por más que quisieras, eso sería imposible ponérmelo en las manos... Son tantas cosas las que me pones en mis manos, tantas...

¿Recuerdas? Cuánta inocencia la de Alonso. En la celebración de su cumpleaños, ¡diez añitos ya! ante tanto hablar de su hermanito, él sólo quería saber de qué forma se lo traería, que él las cosas no las tenía muy clara, que no entendía, que el hecho de verme con el vientre abultado no le decía mucho... Nos miramos tú y yo, no sabíamos que decir pero ahí estuvo Sátur que terminó de arreglarlo. La puerta del patio abierta y Alonso en sus treces queriendo saber como vienen los niños, por el cielo, una cigüeña volaba en dirección al campanario de la iglesia, las palabras de nuestro criado y amigo... “¡Mira Alonsillo! esa cigüeña es la que te va a traer a tu hermanito en el pico y se lo va a poner a tu tía en los brazos. ¡Sino, al tiempo!”... Todos nos miramos echándonos a reír pero con el comentario de nuestro fiel Sátur, Alonso ya no preguntó más sobre el tema, a veces tengo dudas si creyó o no lo que dijo nuestro querido amigo... Creo que como maestro, ya debes de ir explicando ciertas cositas a tus alumnos mi amor.

En el anterior embarazo no nos dio lugar, no hubo tiempo de hablar de los nombres, una noche te pregunté, me miraste acariciándome... ”Lo que decidas, bien decidido estará”... Devolviéndote la caricia te dije, que un nombre ya lo tenía más que escogido, el tuyo, si era niño se llamaría como su padre, Gonzalo, tus ojos tuvieron un brillo especial, un brillo de orgullo. Me preguntaste que nombre había escogido si era niña, mis ojos se posaron en los tuyos, te lo dije... ”María Isabel, quiero que se llame así, María, por mi madre e Isabel por la tuya, la que te crió, la que se desveló al pie de tu cabecera, la que con su amor, te hizo ser el hombre que hoy eres”... Desvíe mi mirada para decirte que podía comprender si no estabas de acuerdo, que tomaras tú la determinación del nombre de la niña, tus dedos levantaron mi barbilla... ”Me gustaría que se llamara cómo tú, pero la elección que has tomado es acertada. Si la vida nos premia con más de una niña, le pondremos tu nombre o Laura, quizá para entonces, ella, mi verdadera madre, pueda conocer a la nieta que un día lleve su nombre”

La primera alegría al sentir la primera patadita, también el primer susto para ti... Me senté agitada en la cama, mi mano en el vientre, creíste que me pasaba algo serio. Mis ojos, mis labios al mirarte y sonreírte te tranquilizaron, tomé tu mano, la puse sobre mi cuerpo levemente abultado para que percibieras a tu hijo moverse dentro de mí. Tus ojos se inundaron de lágrimas de alegría, de regocijo, me besaste. Volviste a quedarte dormido con tu mano en mi vientre... Días de paseo por la laguna. ¡Nunca me pareció tan hermoso el lago como en estos días!... Días de verano, días de risas con los niños en el agua. Sentada bajo el árbol yo os miraba, me pedías que me bañara, yo negaba con la cabeza y con mi risa. Tu insistencia y la de Alonso pudieron conmigo... Me bañé con el vestido, se me quedó todo pegado al cuerpo, los niños me miraban con ojitos de asombros... En aquel momento, vi la gordura que me envolvía.

A veces, esas tardes, esas noches se convertían en inseguridad esperando tu vuelta... Una noche, mis ojos no dejaban de mirar el reloj, parecía que el tiempo no avanzaba... Sátur, nuestro querido Sátur se me quedó plantado mirándome... ”Esas manecillas va indicando el tiempo en que vive, nunca deje que le indique el tiempo que va muriendo por él, por mucho que mire sus agujas no llegará antes, él llegará cuando tenga llegar... Cuando el amo vuelva a usted, pare el tiempo pero para dedicarse a él en cuerpo y alma. Sólo usted puede quitarle la zozobra que trae consigo”... No sabes cómo me alegra que durante estos meses, entre Sátur y Estuarda se haya producido un acercamiento, quizá, antes de lo que pensemos también tendremos boda como la de Mariana y Alberto. Cuánta alegría aprecié en tu hermoso rostro al recibir la carta de Alberto comunicándotelo y pidiéndote que fuéramos sus padrinos. En un mes saldremos para Toledo, ya llevaremos con nosotros a nuestro hijo, al segundo, no puedo dejar de pensar en Alonso como un hijo. Con esa invitación, viviremos la felicidad de ellos dos... Quiero que todas las personas que se encuentran a mí alrededor sean tan felices como lo soy yo, cómo lo somos tú y yo.

Nunca podré olvidar la expresión de tus ojos cuando subí por primera vez a la guarida ya sabiendo quién era mi marido, ya sabiendo quién eras tú... Tenía que hacerlo mi amor, por ti y por mí misma. No pude hacerlo por la habitación, lo hice por el tejado, bajé por la escalerilla con cierto temor. Al contrario de la primera vez, las velas se mantenían encendidas y el olor que desprendían, inundaban toda la estancia. El resplandor del acero me cegó por un momento, mi corazón latía con fuerza... Mis ojos recorrieron aquel lugar que tan sólo hacía unos meses me causo tanto pavor y que me llevó a levantar una muralla entre tú y yo... Me senté, mis dedos rozaron el tintero, la pluma, papeles que había sobre la mesa, un libro que ojeé sin ver lo que contenía.. Volví a alzar mis ojos, descubrí el poste, el perchero, tus ropas colgaban de él...

Me levante, fui hasta él, acaricié tus prendas de maestro, me las llevé a mi rostro para aspirar tu olor, sólo ese olor que hace perderme en tus brazos, que me hace perder hasta el sentido... Escuché voces, mi corazón volvió a latir con fuerza, Sátur venía soltando improperios. Por lo que escuché, no quería subir por el tejado, bajó antes que tú, su sorpresa fue grande, el dedo en mis labios le dijo que callara, que no dijera nada... Tú bajabas y yo sentía que mi corazón quería salírseme de mi pecho, era la primera vez que mis ojos te verían como el guerrero, cómo Águila Roja... Terminaste de bajar, te volviste, llevabas el embozo puesto... Tus hermosos ojos me miraron incrédulos. No lo creías. No podías creer que yo estaba allí, esperándote... No te salían las palabras, mis labios si supieron decir... ”Sátur yo me encargo de mi marido”... Nuestro fiel amigo se quedó mirándote, esperaba tu contestación a eso... Con tu mirada y un ademán que hiciste, se apresuró a dejar su “máscara” sobre la silla, con gran premura salió entre las cortinas. Nos quedamos solos, me acerqué a ti, tú seguías mirándome emocionado, sin decir nada...



Mis manos acariciaron tu rostro a través del suave lienzo, deslicé el embozo, aprecié que tragabas saliva, al fin hablaste... “¿Por qué?”... Te miraba emocionada... ”Porque te amo, eres mi esposo y quiero que nuestro hijo nazca con una madre libre de miedos”... Mis ojos te contemplaban, en aquel momento me daba cuenta que ¡eras tú! Tú quien vestía el traje del justiciero, de nuevo mis manos te acariciaron, mis dedos rozaron tus labios, me empiné sobre la punta de mis pies, te besé... Deslicé hacia atrás la caperuza con el pañuelo que sujeta tus cabellos, ellos quedaron sueltos de amarre, los acaricié. Acaricié tu cabello castaño, ante mí estabas tú, Gonzalo de Montalvo, maestro, héroe... Te despojé de la katana y comencé a desnudar tu cuerpo de la ropa de guerrero, tus manos entrelazaban las mías ayudándome, no hablábamos, sólo nos mirábamos...

Miradas llenas de amor, de complicidad, inicié a vestir tu cuerpo con la ropa de maestro, tus manos en mí eran una dulce caricia, te acercaste a mí pegando tu cuerpo a mi cuerpo... Tus dedos recorrieron mi rostro hasta rozar mis labios, te inclinaste, tus labios fueron un continuo roce sobre los míos... Mis labios temblaban, te acogieron...Te besé, me besaste, nos besamos... Besos que supieron a menta y salvia, a entrega, a amor pero nunca más a despedida, me miraste, tus manos rozaron mi vientre... Tus labios hablaron... ”Es hora de bajar, nuestro hijo necesita descansar”... Asentí... Fuiste apagando una por una cada vela, sólo una dejaste encendida, con ella en la mano me condujiste hasta la trampilla. Bajaste delante de mí protegiéndome con tu cuerpo hasta la alcoba, me tomaste entre tus brazos y sin dejar de besarme me llevaste hasta el lecho... Aquella noche, como tantas otras, nuestro hijo quedó desvelado.



Nuestros encuentros en el tejado se hicieron costumbre... Salías una noche más que otra, la incertidumbre de la vuelta hacía que te esperara allí, sentada sobre las tejas, la primavera había florecido, las noches en el tejado eran apacibles... La primera espera en el tejado llena de desasosiego, la toca, mi refugio, no te sentí llegar, tu voz en un susurro fue un bálsamo para mis oídos... Me volví, me mirabas con tus brillantes ojos, ya no lo ocultabas, ya no lo escondías bajo la luz blanca de la luna de abril... Me besaste como aquella noche diciéndome lo mismo... ”Cierras los ojos y escúchame”... Cerré mis ojos, escuché un... ”Te amo”... esperé con ansía tus labios, los sentí en los míos... Abrí los ojos, en esta ocasión seguías ahí... Seguías junto a mí, acariciándome y tu rostro al descubierto... Volvió la magia al tejado... Después de esa noche, vinieron otras y otras...

No había noche sin incertidumbre como no había noche sin amor... Me sentía una novia enamorada que esperaba la llegada de su amado y la impaciencia la desborda... Hablábamos, reíamos, hacíamos planes. Una noche te pregunté... “¿De dónde sacas tanta pluma roja?”... Reíste con tus labios, con tus ojos, me contestaste... ”Espero, que esa pregunta no sea un antojo porque de momento quiero tener algún secretillo para mí”... Recogí lo de “secretillo” no pude dejar de echar a reír y acariciar tu rostro a través del embozo... Nos amamos en el tejado, con besos, con caricias, con risas... Aprendí a llamar a cada cosa por su nombre, sin titubeos. “Aprendí” a coser, a zurcirte la ropa de guerrero, aunque en un principio a Sátur aquello como que no le gustó, ya se va acostumbrando a ello...

Ya mi panza crecía, cada vez me costaba más levantarme de las tejas, reíamos ante esto, te metías conmigo, yo me enfadaba, tú me quitabas el enfado... Me prohibiste que subiera más al tejado. Ya mi gordura me resultaba pesada, los pies comenzaron a hinchárseme... Mi espera la opté por hacerla aquí, en nuestra alcoba, al igual que esta noche... Te sorprendí una de estas noches, tú regreso traía contigo la desazón, el malestar de lo vivido, según tú, yo soy tu refugio, tu bálsamo ante todo lo que dejas atrás... Aquella noche, ante ese desespero hice que te dieras un baño en la tina, eso te relajaría, lo hiciste en el patio, la noche no estaba fría... Volviste a la alcoba, te dejaste caer en la cama, me acerqué a ti, en mis manos, un tazón de humeante infusión, te incorporaste, miraste el tazón y tus ojos se posaron en mí con una risa en ellos... Tus labios no pudieron dejar de demostrar la sorpresa... “¡Té de jazmín!”... no hizo falta que lo probaras, sólo por su aroma lo supiste, lo tomaste... Con tus ojos me pregustaste, te contesté... ”El libro que me tradujiste me ha dicho cómo hacerlo, el jazmín del patio ha puesto lo demás”

¡Cuántos momentos! ¡Cuántos instantes nos han dejado estos meses! Hemos vividos los preparativos de la boda de Cipri y Cata ¡Qué felices se ven! Ellos serán los padrinos de nuestro niño, nosotros seremos los de ellos. ¡Cuánta emoción por todos lados Gonzalo! ¡Cuánta felicidad nos inunda! Cuánto amor me das. Cuántas noches maravillosas de amor en estos meses. ¡Eres insaciable! Estos últimos días los he dedicados a lavar las ropitas, a tenerlo todo listo para cuando llegue el momento. ¡Es tanto el deseo de ver la cunita vestida! pero eso siempre queda para el final... He visto tus ojos emocionados en estos últimos días al ver que ya daba por terminado todo, según tú mi amor, habrá ropita que no llegue a ponerse, que me he vuelto loca haciendo cositas, para un recién nacido no es suficiente, hay que cambiarlo continuamente... La tarde pasada, mientras las planchaba, sentía tu mirada en mí... Te pedí que las fueras colocando en la canastilla, te dije como hacerlo... Tus manos acariciabas cada prenda que tomabas entre ellas... Tus manos son pura caricia mi amor... ¿Sabes? en este instante tu hijo no deja de moverse, ¡no se está quieto! Lo acarició a través de mi vientre, se sosiega de momento, espero que esta noche nos deje dormir y no haga levantarte por una falsa alarma como en estos últimos días...

Dejo la pluma, te escuchado llegar, ya estás de regreso... Sólo una cosa más mi amado esposo, gracias... Gracias por tu paciencia, por tus atenciones, por tu amor, por estos momentos inolvidables de felicidad y que me han hecho más llevadero esta larga y dulce espera...

                         ... Te amo Gonzalo, mi maestro, mi héroe...  Te amo, mi vida...


Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Miér Feb 01, 2017 4:20 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,54


La incertidumbre de una dulce espera.


La casa, inundada de luz y del olor fragante de las flores como el cantar del pajarillo hacía que fuera mucho más que acogedora. Margarita se había levantado con los pies más hinchados de lo normal. Tenía unas ganas locas de que llegara el momento pero por su tiempo le faltaban unos días, era tantas las ganas de tener a su hijo en sus brazos, que no le importaba que fuera aquel mismo día. Dejó de dar vuelta al guiso, al incorporarse se llevó las mano a la cintura, aquel día estaba más dolorida que nunca. Fue para el patio a regar sus flores, debía hacerlo antes de que el sol diera de lleno. Se recreó en ellas. Sus macetas estaban cuajadas de flores... Sus gitanillas, los geranios, los claveles, todas sus macetas estaban preciosas. Tomó la regadera y cogiendo el agua del barreño procedió a regarlas esparciendo el agua sobre sus hojas y flores. Cuando terminó con ellas se fue a su más hermoso arbusto. ¡Su jazmín!

Estaba completamente lleno de las florecitas blancas, el olor que desprendían era embriagador, hacía que la casa quedara toda impregnada de él y más en las tardes, en las tardes se acrecentaba aún más su perfume. Cuando terminó de regarlo, dejó la regadera en su sitio y tomando la jaula procedió a echar alpiste en los recipientes para ello. A la misma vez, intentaba silbar para que el jilguero le respondiera con su trino. Colgó la jaula en su sitio y comenzó a tender las sábanas que Sátur había lavado temprano, sabía que cuando viniera del mercado le echaría la bulla, pero ella tampoco podía mantenerse inactiva. Cuando terminó de hacerlo y estando la casa recogida, decidió sentarse a coser un poco. Debía tener su costura lista para entregarla en su día.

La condesa de Vallarta no era muy exigente pero ella se debía a un trabajo y tenía que cumplir y más, cuando su señora había tenido el detalle en el último mes de que no fuera a palacio, sino que se quedara en casa cosiendo. Estuarda era quien le traía y llevaba todo lo que tenía que preparar. Se sentó en la mecedora ante la puerta del patio, corría un poco de aire. Al menos por un tiempo podría estar allí, más tarde sería imposible ya que el calor se lo impediría pero con todo y eso, el calor ya se apreciaba. Escuchó la puerta abrirse, era Sátur.

- ¡Ya estoy aquí señora! Se encuentra bien ¿no?
- Sátur, que todavía me faltan unos días, no debes preocuparte.
- Si... si yo no me preocupo ¿o sí?... Bueno, que yo sólo hago lo que me manda el amo... Él no quiere que la deje un momento a solas y claro como he tenío que salir por la compra...
Margarita levantó su rostro hacia el mejor de los amigos – Tu amo se preocupa por todo y hasta que este que está aquí guardado no diga que quiere salir, por más que esté encima mía, como que no.

Sátur se la quedó mirando – Siempre es preciosa pero hoy... ¡Hoy, está guapísima!
La muchacha sonrío – Sátur, agradezco tus piropos pero como guapa... ¡Si estoy gordísima! y para colmo hoy tengo los pies más hinchados que nunca. ¡Hasta me cuesta dar un paso! Mira como tengo las zapatillas, en chanclas y no puedo meter todo el pie.
- Pues la verdad que si ¿De verdad que no siente molestia alguna?
- Sátur, si te digo, que no puedo tirar de mi cuerpo, que tengo los pies como bota, que me duele la cintura, ¿cómo no voy a tener molestia? ¡claro que las tengo! pero no a las que tú te refieres... Esas de momentos todavía se harán esperar.

Al estar a la altura del patio, Sátur se dio cuenta de que las sábanas estaban tendidas. Puso cara de enfado - ¡Pero bueno! le tengo dicho que no haga esfuerzo ¿y me tiende las sábanas?
- No puedo estar sin hacer nada Sátur... Me estáis acostumbrando mal y lueg... – no llegó a seguir hablando. Una fuerte punzada en la cintura hizo que se llevara la mano al costado.
- ¡¿Señora que le duele?! - Sátur le quitó la prenda que tenía en el regazo y la ayudó a levantarse.
- Sá... Sátur no... no te pongas nervioso... Sólo... sólo ha sido una punzada en la cintura pero no pasa nada... Ya... ya se ha pasado... Desde esta mañana estoy liada con ella, hoy...  hoy estoy muy dolorida... Voy  a quedarme un poco de pie.

- ¡Señora, que yo voy en busca del amo! que se le ha puesto hasta malita cara.
- Ni se te ocurra Sátur... Lo único que me hace falta, él aquí... No es lo que tú crees Sátur, no es... ¡Ay! - de nuevo, otra punzada la hizo doblarse sobre ella misma.
- ¡Señora!... ¡señora que esto es lo que yo creo!
- Y yo también Sátur y yo también... Ahora... ahora si... Ahora si te digo que vayas en busca de Gonzalo.
- Pero... ¿pero cree que puede quedarse sola?
Margarita agarrándose al respaldo de la mecedora le echó cierta mirada – Sátur, no me queda de otra... ¡Ve en busca de tú amo!







Gonzalo estaba concentrado en la lectura de aquellos “momentos” que había escrito su esposa la noche anterior. Lo había encontrado casual en el suelo, el pliego se encontraba doblado a la altura de su mesa. Estaba lleno de una gran emoción al leerlo. Sus ojos se apartaron de lo que leía y se quedó muy pensativo. En aquel momento era imposible que su esposa no ocupara su mente, sonrió, pero la voz algo asustada de Sátur llamándolo desde la calle hizo que se levantara de lo más rápido yendo hasta la puerta. Su fiel postillón llegaba en aquel momento.

. ¡Sátur ¿qué pasa?!
- ¡La... ¡la mujer de usted! ¡que ya... ¡que ya está de...!
Gonzalo se puso lívido - ¡Dile a los niños que se vayan y cierra la escuela! - fue a salir corriendo pero se volvió – Alonso y Murillo que se vayan con Cipri ¡y tú ve en busca del médico! ¡De prisa! - a la misma vez que le daba las órdenes a Sátur, se introdujo aquel pliego en uno de sus bolsillos y salió lo más raudo dejando el colegio atrás.

Nunca le pareció tan largo el trayecto hasta su casa. Subió de tres en tres los escalones. Entró empujando con ímpetu la puerta. Margarita intentaba de dar paseos cortos por la sala con sus manos en la cintura queriendo aliviar su malestar. Sintió un gran consuelo interior cuando vio entrar a su marido.

– Gonzalo... Gonzalo, que este... que este dice que no quiere esperar más.

Gonzalo llegó junto a ella acariciando su rostro algo sudoroso – Tranquila, tranquila mi amor... ¿Por... ¿por qué no te acuestas?
- Es... es que no sé lo que puede durar esto y en estos momentos parece que el estar de pie me alivia algo.
- No has roto agua ¿verdad?
- No Gonzalo, no he roto agua todavía.
Gonzalo le pasó el brazo a su esposa por la espalda y paseaba junto a ella –  Tú... tú  no te preocupes, verás que antes de que te des cuenta tienes a nuestro hijo en tus brazos.
- Es... espero que así sea... Que llamar a la puerta ha llamado pero que no se haga mucho rogar el... el cruzarla.
- Claro que no cariño pero yo te aconsejo que te acuestes, he avisado a don Jeremías y mejor será que te encuentres en la cama ¿no crees?
- Cómo quieras, anda, vamos.

Sujetándola por la cintura la llevó hasta la alcoba. La ayudó a desnudarse y ponerse el camisón, de igual modo la ayudó a recostarse quitándole las zapatillas – Tienes los pies muy hinchados Margarita - le cubrió las piernas con la sábana.
- Lo sé Gonz... - una nueva punzada hizo que se revolviera en el lecho.
Gonzalo le tomó la mano – Ya cariño... Cuando... cuando sientas que te viene el dolor me aprietas las manos con todas tus fuerzas.
- ¡Ay Gonzalo, que yo no voy a poder aguantar todo esto!
Gonzalo con su pañuelo limpió el rostro de su esposa perlado por el sudor – Claro que vas a poder... Todas las mujeres lo hacen y tú eres más que valiente... Lo que no tienes que ponerte es nerviosa.

- Si claro, que no me ponga nerviosa... Cómo... cómo tú no eres el que va a parir... ¡Aquí! ¡aquí te quería yo ver!
Unos pasos ligeros se escucharon llegar. Sátur apareció en la habitación – Que... que ya el médico viene... Es... estaba en la botica.
- Gracias Sátur. Prepara agua, sábanas... Todo lo que el médico pueda necesitar en un momento determinado.
- Si amo y también voy a preparar una buena olla de infusión... Creo que todos la vamos a necesitar - miró a Margarita – Usted tranquila señora, que eso es pan comío.

- Sátur, a ti y a tu amo ¡os quisiera ver en mi lugar!
- Mejor me voy... Amo, cualquier cosa me avisa.
Gonzalo asintió, sus ojos no dejaban de mirar el rostro de su esposa, aunque estaba algo exaltada parecía que los dolores de momento habían desaparecido – No te ha vuelto ningún dolor ¿es así?
- Parece que se me ha quedado parado... No habrá sido una falsa alarma ¿verdad?
- Margarita, eso sólo lo tiene que decir el médico.

Se oyeron voces y don Jeremías hizo acto de presencia. Gonzalo se levantó ofreciendo su mano que el médico estrechó afectuosamente – Por lo que veo ya llegó la hora.
- No sé doctor que decir, al parecer los dolores se le han cortado.
- Gonzalo, a veces pasa eso, pero hasta que no reconozca a esta linda mujercita no puedo asegurarte nada – según iba hablando dejó el maletín en la mesa, procedió a quitarse la chaqueta y a levantarse las mangas de la camisa. Se acercó a la palangana echando agua en ella. Se lavó las manos y tomó la toalla secándose en ella, miró a Gonzalo – Decirte que salgas no hace falta... Ahora tu esposa sólo debe estar conmigo, si ves a Catalina le dices que puedo necesitarla.
Gonzalo se inclinó depositando un beso en la frente de su esposa – Ya sabes, pórtate bien, en cuanto el doctor me diga que entre, aquí estoy - le hizo un guiño.

Margarita asintió en silencio pero no queriendo dejar su mano, fue Gonzalo quien con mucha dulzura se desprendió de ella saliendo de la habitación y cerrando la puerta tras él.

Sátur, cuando vio aparecer a su amo le salió al paso – ¡Ya lo ha echao! es que esto es lo que hay, así que siéntese y espere, y no se me ponga nervioso que ya usted sabe lo que es pasar por esto.
- Pero me doy cuenta que siempre será lo mismo... La inquietud nunca te falta, el miedo de que no venga bien, de que algo salga mal...
- Venga amo, que no se diga... Mejor le traigo un vaso de infusión pa’ que se relaje.
- Voy a ver si Catalina ha llegado. Me ha dicho don Jeremías que puede que la necesite.
- Quédese ahí sentao que yo voy en busca de ella.
- No hace falta Sátur, ya estoy aquí.

Los dos hombres giraron la cabeza. Catalina acababa de pisar la sala, se la veía llegar muy acalorada – Me he pasado por la taberna y me lo ha dicho Cipri. ¿Cómo está?
- Comenzó a sentir dolores pero antes de que viniera el médico se le cortaron... En estos momentos está con Margarita, don Jeremías me dijo que fuera a buscarte.
- Pues nada, ya estoy aquí y tú Gonzalo, tranquilo, que Margarita no te vea inquieto, que no hay cosa peor para una primeriza que ver al marido hecho un manojo de nervios.
- He intentado aparentar serenidad delante de ella pero Cata, nada de esto es fácil... Hasta que todo no haya terminado y vea, que tanto mi esposa como mi hijo están bien, no voy a poder estar tranquilo.
- Gonzalo, pues tómatelo con calma porque esto no se sabe cuánto puede durar... Bueno voy a entrar y esperemos que sea una horita corta.

Gonzalo y Sátur vieron a Catalina perderse en el interior de la alcoba. Desde que salió de ella, Gonzalo no había escuchado en ningún momento quejarse a su mujer y eso lo inquietaba aún más.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Sáb Feb 04, 2017 9:15 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,55


El tiempo pasaba lentamente. Gonzalo no dejaba de mirar el reloj, desde que había entrado Catalina hacía media hora, no había salido ni ella ni tampoco el médico. No podía mantenerse sentado y continuamente no dejaba de pasear de un lado a otro. Sátur lo veía hacer y recordó otro momento muy parecido al de hacía casi un año atrás. Intentó animar a su amo.

– Ande amo, que vaya regalo de cumpleaños que va a tener usted con antelación.
- Lo único que me importa es que todo salga bien Sátur, eso es lo único que me importa - un escalofrío recorrió su cuerpo cuando detrás de la puerta escuchó a su mujer gritar. Se retorció las manos – Le... le han vuelto los dolores Sátur.
- ¡Ya verá amo, que antes de la noche ya tiene a su hijo en sus brazos!
La puerta de la alcoba se abrió dando paso al médico. Gonzalo se acercó todo presuroso - ¿Qué ocurre doctor?
- Gonzalo, tranquilo hombre... Todo parece estar bien de momento, ha...
Gonzalo interrumpió a don Jeremías - ¿Cómo de momento?

- Muchacho, hay ciertas cosas que pueden resultar impredecibles, pero por ahora todo está dentro de lo normal aunque algo lento... Ha roto aguas y las contracciones son de forma regular pero esto puede cambiar de un momento a otro... La última que ha tenido ha sido bastante fuerte, si sigue así y dilatando como lo está haciendo, antes de la noche puedes volver a tener a tu segundo hijo entre tus brazos.
- ¿Hasta la noche doctor? ¿no es mucho tiempo?
- No creas, a veces duran días pero no te preocupes hombre, que tú mujer no va a tardar tanto tiempo pero eso sí, se paciente y que ella no te vea asustado.
- Pue... ¿puedo entrar?
- Claro Gonzalo, de momento sólo queda esperar... Yo voy a dar una vuelta a algunos enfermos y regreso a última hora de la tarde... Si hay un imprevisto sólo tienes que mandar a buscarme.

Habían entrado en la alcoba. Gonzalo se acercó raudo para sentarse en la cama junto a su esposa. Le cogió una de sus manos poniendo un beso en ella - ¿Cómo te encuentras?
Catalina que doblaba unos lienzos se lo quedó mirando – Mira la pregunta que le hace a la criatura, ¡¿pues como va a estar?! que si pudiera cogerte por el pescuezo lo haría para que no vuelvas a acercarte a ella... Si nosotras supiéramos antes de que nos toque un hombre lo que cuesta parir, no habría un hombre que nos rozara ni la mota del vestido.
Don Jeremías no pudo menos que sonreír – Catalina, pues la primera vez no te quitó las ganas de traer el segundo al mundo.
- Don Jeremía me cogió en un momento de debilidad, pero yo a Floro ni verlo quería... Usted sabe mejor que nadie las de veces que lo eché del cuarto.
- Claro que me acuerdo... Bueno, yo me marcho, Catalina, ya sabes, cualquier cosa que tu aprecies que no esté dentro de lo normal se lo dices a Gonzalo.
- Vaya con cuidado que así lo haré.

El médico se acercó a la cama – Margarita, tranquila que todo está bien, sólo que parece que tu hijo se quiere hacer notar y tardará un poquito pero seguro que esta noche ya lo tienes contigo... Hasta luego Gonzalo y alegra esa cara hombre, que lo único que vas hacer es asustar a tu esposa.
Gonzalo fue a levantarse para acompañar el doctor pero él se lo impidió – No Gonzalo, conozco demasiado bien camino y tú debes estar junto a tu linda mujer.
Don Jeremías salió y Catalina lo hizo detrás de él. Gonzalo agradeció el quedarse a solas con ella, con su mujer. Le acarició el cabello echándoselo para atrás, hacía mucho calor y sudaba – No han dejado que me contestaras, aunque es una pregunta tonta por mi parte ¿verdad?
- No, claro que no... Que mejor que mi marido para preguntar como estoy... Pero ya ves, esto al parecer va lento y si ahora ya estoy agotada, no quiero imaginarme cuando todo termine.
- Cuando todo termine, sólo el hecho de tener a tu hijo en tus brazos, hará que se te olvide todo el cansancio y las molestias por la que estás pasando.

Por su rostro contraído y por cómo le apretaba la mano, Gonzalo comprendió que sufría otra contracción.

- ¡Gonzalo! ¡Gonzalo! - apretó con fuerza la mano de su marido echándose para adelante.
- ¡No intentes aguantarlo cariño! y si tienes que gritar, hazlo.

Margarita se dejó caer en las almohadas respirando muy agitada. Gonzalo tomó un lienzo húmedo que había en la mesita enjugando el sudor y las lágrimas que acudían a los ojos de su esposa.

Catalina entró presurosa acercándose a la cama – Margarita, cariño, ha sido fuerte ¿verdad?
- Si Cata, pareciera que... Que me estuvieran partiendo por dentro.
- Lo sé cariño, pero si entre una contracción y otra hay menos intervalo de tiempo, más cercano está el nacimiento de tu hijo.
Gonzalo se levantó - ¡Voy por el reloj y controlamos ese tiempo! – se levantó saliendo de la habitación.
Catalina se sentó en el lugar que había dejado Gonzalo. Margarita tomó la mano de su amiga – Cata, ¡dime que todo va a salir bien! ¡que mi hijo no tendrá problemas al nacer!
- ¡Pero cariño, claro que sí!... Va a ser un hermoso bebé, porque por la panza que tienes, va a ser tan grande como su padre.

- Me preocupa... me preocupa lo que dijo el doctor cuando auscultó mi vientre y escuchó los latidos de su corazón... Eso de que no podía definirlo muy bien, que los latidos eran muy ligeros pero que tenía como cierto eco.
- Margarita, también te dijo que podía deberse a donde se encontraba en ese momento, date cuenta que el niño no deja de moverse para irse encajando y buscar su sitio para salir.
- ¡Ay Cata, que yo estoy muy asustada! pero... pero no se te ocurra decirle a Gonzalo nada, no quiero inquietarlo.

- No te preocupes mujer, él no sabrá nada y mira, como esto va lentico, tú vas a intentar dormir un poco, que te viene una contracción te vas a despertar, eso seguro, pero mientra viene o no, si echa un sueñecito no te vendría mal y así estarás con más fuerza para cuando llegue la hora de tener que apretar.
- Me siento tan cansada y tan nerviosa que no creo que pueda dormir Cata.
- Tú cierras los ojos y verás cómo te quedas dormida, que luego ya no vas a poder pegar ojo cuando tu hijo te pida de comer y se líe a llorar, así que anda...
Gonzalo entraba en aquel momento – Si he tardado es porque Cipri se ha pasado un momento a ver cómo iba la cosa... Aquí está el reloj, a través de él iremos controlando las contracciones - dejó el reloj encima de su mesa y volvió junto a su mujer.
Catalina se levantó – Le estoy diciendo, que como la cosa viene lentica que procure dormir un poco.

Gonzalom que ya se había sentado y tenía cogida las manos de su esposa asintió sonriendo a Margarita – Creo que Cata tiene razón y mientras ese precioso hijo que llevas dentro no diga ahí voy yo, nada puedes hacer mejor que descansar mientras las contracciones te dejen.
- ¿Pero cómo puedo dormir con lo inquieta que estoy? y esta pesadez que tengo en las piernas todavía me pone peor.
Gonzalo levantó un poco la sábana – Es que la hinchazón te sube por encima de los tobillos - miró a Cata - ¿Ha dicho algo el médico sobre esto?
- No le ha dado mayor importancia, que es natural por la retención de líquidos, que en cuanto se alivie ya la hinchazón desaparece.

- Verás cómo con esto te siente las piernas más descansadas – Gonzalo tomó unos cojines que se encontraban en una de las sillas y se los puso a su esposa debajo de los pies.
- Yo creo que nada que me pongas hará que descanse mi cuerpo hasta que todo esto termine y encima este calor... ¡Qué agobio!
- En cuanto se vaya el sol, descorro las cortinas para que te entre el frescor de la tarde.
Margarita buscó con la mirada a Catalina – Cata, ve vistiendo la cuna... Si pudiera aguantar el dolor de pie, lo haría yo misma.
Gonzalo le tomó las manos – Margarita, no... Cata lo va a hacer y tú vas a intentar de cerrar los ojos.

- Haz caso a su marido... Cierras los ojitos, que cuando lo abras ya verás la cunita con el faldón y las sabanitas puestas.
- Cata, ten cuidado al colocar el tul en el dosel, no vaya a hacer que se te enganche y...
Catalina se volvió a mirar a la muchacha - ¡Margarita, ya! ya, que te embalas. ¡Tú a dormir!
La joven suspiró profundamente cerrando los ojos pero tal como los cerró los abrió - ¡El jilguero! Que no lo he metido dentro... Gonzalo mételo a la sala que se me va a freír en el patio.
Gonzalo sonrío mirando a Catalina que movía la cabeza de un lado a otro - ¡Vamos! a punto de parir y te preocupas por el pájaro si se va a freír o no. ¡Anda! ¡anda! Ya voy yo Gonzalo.
Él, que se había levantado con intención de hacer lo que su mujer la había pedido, volvió a sentarse junto a ella cogiéndole las manos – Anda, no pienses en nada e intenta dormir algo mientras puedas.

Margarita asintió. Aún sin quererlo, sus ojos se fueron cerrando y por un tiempo permaneció dormida aunque algo inquieta. Gonzalo, ni por un momento dejó de estar junto a ella. Mientras, Catalina había vestido la cuna. Gonzalo no pudo de dejar emocionarse al ver aquella cunita vestida toda de blanco esperando ser ocupada. La hora del almuerzo había pasado cuando decidieron turnarse para tomar algo. Catalina tuvo que convencer a Gonzalo que lo hiciera, luego, lo hizo ella. Durante ese tiempo, Margarita seguía dormida pero gemía en sueños. Su marido le refrescaba su rostro y escote con el lienzo empapado en agua. Nada más irse el sol. Catalina descorrió las cortinas para hacer que por las ventanas entrara un poco de aire fresco.

Aún sumida en el sueño, el rostro de la futura mamá se contrajo de dolor abriendo sus hermosos ojos negros. Gonzalo se inclinó – Parece que has dormido.
- Y... y hubiera seguido sino me despierta el dolor que he sentido.
- ¿Ha sido muy fuerte?
- No... no sé qué tan fuerte haya podío ser.
Catalina se sentó por el otro lado de la cama – Verás como ya cogen carretilla... ¿Has visto como te ha quedado tu preciosa cuna?
Margarita giró la cabeza contemplando la cuna junto a la cama. No pudo evitar las lágrimas - ¡Qué bonita ha quedado!
- Antes de que te des cuenta nuestro hijo o hija duerme en ella.

La joven fue a decir algo pero una nueva contracción hizo que buscara las manos de su marido para apretarlas fuertemente. En esta ocasión no intentó acallar su dolor. Gonzalo se angustiaba al verla de aquella manera – Ya... ya cariño... ya pasó...
Cayó sobre los almohadones extenuada – Este... este ha sido... ha sido muy fuerte...
Catalina le limpiaba el rostro y el escote del sudor que le corría desde la cabeza abajo. El cabello lo tenía empapado. La mujer la miró con infinito cariño - Lo sé cariño, sé que éste ha sido muy fuerte, esperemos que te vengan más seguido y ya no tengas que pasar más dolor – volvió su mirada hacia Gonzalo - ¿Te has fijado en la hora?
- Si Cata, lo he hecho.
- Pues no dejes de mirar el reloj porque me parece que entre esta que acaba de tener y la próxima, no se van a llevar mucho.

Desde aquel momento ya Margarita no dejó de estar inquieta y aunque sentía ciertos dolores, los aguantabas como mejor podía. Catalina no dejaba de estar pendiente de ella. Gonzalo se mantenía en silencio con las manos de su esposa entre las suyas. Como dijo Catalina la siguiente contracción no se hizo esperar. Margarita sintió que se rompía por dentro, el dolor la impulso a incorporarse agarrándose con fuerza tanto a la mano de su marido cómo a la de Cata.

- Cata... Cata me duele mucho... Es mucho el dolor que siento...
Gonzalo había mirado el reloj – Ha habido un intervalo de quince minutos.
- Si no se le para creo que va por buen camino - Cata sentada al otro lado de la cama, no dejaba de limpiar su piel – Margarita, cariño, claro que duele mucho pero si sigues de esta forma antes de que te des cuenta ya tienes a tu hijo en el mundo.
Gonzalo besó las manos de su esposa, tenía que contener la emoción. Sufría verla así pero tenía que animarla – Cariño, ya pronto va a pasar todo... Sólo tienes que aguantar un poquito.

- Gonzalo, ya... ya quiero salir de esto... Ya quiero tener a nuestro hijo en mis brazos... Es... es que mientras... mientras no sea así, tengo miedo... Todo esto... Estos dolores, me hace recordar los que tuve hace casi un año y entonces... entonces lo perdí...
- ¡No Margarita, no pienses en eso!... Los dolores que sientes en estos momentos son dolores llenos de vida... A través de ellos, nuestro hijo te dice que quiere salir al mundo... A un mundo lleno de luz, la luz hermosa que desprende los ojos de su madre, los tuyos.
- ¡Ay Margarita! que si el pobre de Floro a mí me dice lo que Gonzalo te está diciendo a ti, no lo hago salir del cuarto ni una sola vez.

Margarita fue a responder pero otra nueva contracción hizo acto de presencia. Gonzalo y Catalina cruzaron sus miradas. Él volvió a mirar el reloj – Cata el espacio de tiempo ha sido inferior a diez minutos y la intensidad del dolor ha sido superior que el anterior... Creo que se debería llamar a don Jeremías.
- Creo que si Gonzalo, creo que don Jeremías debería echarle un vistazo a tu mujer.

Gonzalo no esperó y salió de la alcoba pidiéndole a Sátur que fuera en busca del médico. Antes de lo que pudiera pensar, don Jeremías no tardó en llegar.

– Bueno aquí estoy, al parecer ya tienes las contracciones muy fuertes y con intervalos muy cortos - por encima de la sábana palpó el abultado vientre de Margarita. Se volvió hacia Gonzalo - Pues nada Gonzalo, aquí ya sobras... En esta ocasión, tu mujer necesita más de mí que de ti.
- ¿Cree... ¿cree que ya viene?
- Tendré primero que reconocerla pero por como tiene el vientre, tu hijo ya no quiere esperar más. Anda, sal.
Gonzalo se inclinó hacia su esposa – Tranquila mi amor, todo va a salir bien - con gran dulzura puso un beso en sus labios. Margarita asintió con lágrimas en los ojos. A él lo invadió una gran congoja y salió de la habitación cerrando la puerta. Con pasos pausados se dirigió al banco sentándose en él. Sátur apreció su congoja, se acercó a su amo.

– Amo, que na’ va a pasar.
- Sátur, es que verla así... A veces los hombres no valoramos lo que las mujeres sufren para darnos un hijo.
- Amo, por eso ellas son las que paren, porque si nosotros tuviéramos que pasar los dolores de ellas, no habría nadie en el mundo... Bueno, ¿qué ha dicho el médico? viene o no viene su aguililla.
- Según él, parece que sí pero todavía tenía que reconocerla.
Tras la puerta, Gonzalo escuchó gritar a su esposa, un escalofrío recorrió su cuerpo, al instante se abrió la hoja de madera dando paso a Catalina - ¡Id poniendo agua a calentar!
Gonzalo se había puesto de pie - ¿Ha... ¿ha llegado el momento Cata?
- Hay estamos Gonzalo, tu hijo nos ha salido algo flojo y no ayuda mucho pero tú tranquilo.

- ¡Pero cómo quieres que esté tranquilo Cata! ¡Cómo!
- ¡Gonzalo, que ya has sido padre por Dios! ya deberías saber cómo es esto.
- Tú no entiendes Cata, no lo entiendes...
- Quizá tengas razón al no entender... Nunca nos hemos puesto en vuestro lugar en momentos como estos... Vuelvo con Margarita, cuando el agua esté lista golpeas la puerta.

Catalina volvió a la habitación dejando a Gonzalo con la misma inquietud. Sátur ya había ido a poner ollas de agua en la lumbre. Ya la tarde caía, Gonzalo se asfixiaba. Se levantó y de dirigió a la puerta del patio. La tarde noche resultaba liviana. Una ligera brisa acarició su rostro y a la misma vez se impregnó del aroma de las flores y el canturreo del pajarillo que ya Sátur lo había sacado al patio. Sus ojos, brillantes por la emoción que lo embargaba se fijaron en las macetas, aquellas macetas que con tanto amor cuidaba su esposa. Todo lo que hacía ella, lo hacía repleta de amor. Un característico perfume se dejó pasear por el patio entrando hasta la sala. Dio unos pasos por el patio para encontrarse con el hermoso jazmín. Sonrío recordando aquella noche. La primera de muchas noches de ensueños ya de casados.

De nuevo, el oír gritar de una manera desgarradora a su mujer se le encogió el corazón. Con un nudo en la garganta entró en la sala. Sátur traía con él una olla de agua caliente. En silencio, Gonzalo tomó el asa y se dirigió a la alcoba, titubeando, tocó con los nudillos en la puerta. Al instante, se entre abrió ésta, Catalina apareció cogiendo aquella olla que Gonzalo le ofrecía, con un “todo va bien” cerró de nuevo la puerta. Gonzalo, cabizbajo, volvió a sentarse en el banco. El tiempo se le hizo interminable, con la cabeza entre sus manos esperaba dejar de escuchar sus gemidos, sus gritos ahogados... De momento todo se hizo silencio. Gonzalo levantó la cabeza y miró a Sátur que se hallaba sentado a su lado. Se puso de pie, su corazón comenzó a latir con más fuerza. El silencio sólo duró un instante y fue roto por la fuerza del llanto del recién nacido.

- ¡Amo, que ya lo tiene ahí! ¡qué su hijo ya ha nacío! Bueno, o hija, que saber no sabemos – lleno de emoción no pudo dejar de abrazar a su amo.
Gonzalo no pudo retener las lágrimas- ¡Sátur, lo escucho! ¡Escucho a mi hijo llorar! ¡Necesito... ¡necesito ir con mi esposa! – Gonzalo se dirigió a la puerta.
Sátur lo detuvo - ¡No amo! ¡Espere hombre! Espere... Ya... ya le avisarán para que pueda entrar.
- Pero Sátur, es que... Tienes razón, tengo... tengo que esperar... ¡Estoy que no vivo! ¡Cuántas ganas de ver a los dos! ¡Cuántas! pero... pero sobre todo a ella, a mi esposa.
De nuevo el silencio se hizo en la casa. Gonzalo no dejaba de pasear nervioso. Sátur movía la cabeza de un lado a otro – Amo, cálmese, que a este paso gasta el enlozao de la sala.

La puerta se abrió dando paso a Catalina. Gonzalo en dos zancadas estuvo junto a ella - ¡Cata, ¿qué pasa?! He... he escuchado a...
Catalina se veía radiante de alegría - ¡Gonzalo, es hermoso! pero por un momento tendrás que esperar, el médico está con Margarita y...
- ¿Cómo... ¿Cómo está mi mujer?
- ¡¿Pues como va a estar?! ¡Hecha polvo! Todo el esfuerzo lo ha hecho ella, tú hijo tan tranquilo... He salido para decirte que pongas un poco de más agua, quiero lavarla antes de que pases a verla.
- Cata, a mí no me importa cómo esté mi esposa. Quiero verla...
- A ti puede que no te importe pero seguro que a ella sí. ¡Así, que a poner agua a calentar!
Con gran ímpetu la puerta se abrió, el médico apareció en el umbral - ¡Catalina! ¡Date prisa, te necesito!

Todos miraron al doctor pero ya la buena mujer, toda presurosa se había metido dentro de la habitación cerrando la puerta. Gonzalo se había puesto pálido.

– Sátur, ¿qué... ¿que habrá pasado?
- Amo, no vaya a empezar, ¡pues cualquier cosa sin importancia! Qué detrás de un parto hay cosas que no sabemos - mientras intentaba animar a su amo, Sátur fue a poner más agua en la lumbre – Por cierto, aunque Catalina no nos lo aclarao, por la forma de hablar, parece que ha sido un baroncito. ¿Usted qué dice?
- No lo sé Sátur. Tampoco me importa si es niño o niña, sólo que esté bien de salud y más su madre, que ella, que Margarita esté bien, que no haya existido ninguna complicación.
- Amo, no se me venga abajo... Ya ha escuchao a Catalina, todo el esfuerzo lo ha hecho su esposa... Tiene una mujer fuerte a pesar de lo frágil que se ve.
- Por eso mismo Sátur, ese esfuerzo no sé que tanto pueda haberla perjudicado.
El fiel criado miró a su amo – Amo, que no se me adelante por Dios.

Gonzalo se había vuelto a dejar caer en el banco apoyando la cabeza en el respaldo. Sus oídos sólo estaban pendientes de lo que pudiera escuchar tras la puerta. Escuchaba murmullo, incluso le pareció que Margarita se quejaba, que gemía. Su corazón volvió a latir con fuerza. Qué habría pasado? ¿Qué estaba ocurriendo en la alcoba? Cerró los ojos con desconsuelo. Sátur ya venía con otra olla de agua. Gonzalo se levantó y le fue a quitar el recipiente. Sátur lo detuvo con un ademán.

– Amo, deje que yo lo acerque que usted se ve muy nervioso.
- ¡No Sátur, lo llevo yo! - a pesar de las protestas de su fiel amigo y postillón, Gonzalo le quitó la vasija de porcelana y se acercó dando unos golpes en la puerta.

Cómo en la anterior vez, fue sólo un instante lo que tardó en abrirse un poco la puerta. De nuevo fue Catalina la que apareció en el umbral de ella, en aquel momento su rostro no se veía tan radiante. Cata le cogió la olla.

– Gracias Gonzalo.
- Cata, ¿qué está pasando? ¡Tengo derecho a saberlo! ¡Escucho a mi mujer quejarse!
- Gonzalo, sé que todo esto te preocupa pero en estos momentos no puedo pararme a contarte - sin decir nada más cerró la puerta.

Gonzalo se dejó caer abatido sobre la hoja de madera. Su corazón le decía que algo no iba bien. La puerta principal que sólo estaba entornada terminó de abrirse dando paso a Estuarda. La mujer entró en la sala. A Sátur se le iluminó el rostro al verla allí.

– Te has enterao ¿no?.
- Me enteré este mediodía, cuando Gabi llegó a la casa pero hasta ahora no he podido venir. ¿Qué pasa? ¿Cómo está la cosa? - lo preguntó mirando a Gonzalo, éste, guardó silencio. Estuarda miró a Sátur. El buen hombre se encogió de hombros.
- Pues Estuarda hay de todo – por encima, le contó a la madre de su hijo, como estaba la situación por la casa.
Estuarda se sentó junto al maestro – Gonzalo, no debes ponerte en lo peor... Si el médico ha llamado con cierta urgencia a Catalina no tiene porque ser debido a algo grave... A veces, después del parto, nos venimos abajo debido a un sangrado más abundante de lo normal, yo misma lo sufrí cuando parí a Gabi y perdí hasta el conocimiento.
- Estuarda, no sé lo que será, pero Margarita no deja de gemir, de quejarse... ¡La escucho! Por eso sé que algo no va bien, si ya ha dado a luz, no tendría que estar quejándose de esa forma.

- Igual ha quedado más molesta de lo normal Gonzalo, no es fácil parir... Aunque cuando el niño ya termina por salir te quedas con un gran alivio, luego, te quedas unos dolores muy molestos que incluso te duran unos días hasta que el organismo va recobrando su estado normal.
- Estuarda, todo eso lo sé, pero sé que no es eso ¡No es eso!
- ¡Pero mire que es cabezón!
Gonzalo fue a replicar a Sátur, cuando de nuevo el llanto se escuchó tras la puerta. Sátur miró a su amo - ¡Ande amo, que su hijo no ha salío llorón! otra vez se está haciendo escuchar.
Gonzalo se incorporó dejando caer la espalda en el respaldo de madera. Percibió las manos de Estuarda en las suyas – Gonzalo, sólo escuchar ese llanto alivia cualquier pesar, no pienses que nada anormal está ocurriendo... No te adelantes a lo que todavía no sabes.

Gonzalo apretó aquellas manos que querían transmitirle fuerza – Gracias Estuarda, puedes que tengas razón, quizá me estoy adelantando pero... ¿Por qué no salen y me dicen que está pasando? ¿No comprenden que en estos momentos no vivo? He escuchado a mi hijo llorar por dos veces, con ese llanto me dice que trae vida, que está bien pero de Margarita no sé nada... No sé qué puede pasarle, ¡no sé nada!
- Ten paciencia, en algún momento tienen que salir y verás que toda la inquietud que has tenido, da paso a la alegría de tener a tu hijo en los brazos y ver a Margarita radiante de felicidad por ser mamá.







Los minutos pasaban. Desde que se escuchara el segundo llanto, de nuevo había vuelto el silencio a la casa, de la habitación apenas se percibía nada, algún ruido de la porcelana o voces bajas de don Jeremías y de Catalina pero que Gonzalo no podía sacar que pudiera estar hablando. A Margarita ya no la escuchaba quejarse pero tampoco la escuchaba hablar. Aquella incertidumbre era horrible para él, ni siquiera escuchaba los consejos de Estuarda ni era partícipe de la euforia de su postillón. Las campanas daban sus diez toques. Las diez de la noche y nadie abría aquella puerta. Una puerta que no dejaba de mirar. Sudaba por todo los poros de su cuerpo, su cabello como su camisa parecía que le hubieran echado un cubo de agua por encima. Los nervios le hacían transpirar de una manera inusual.

- Amo, si no se me tranquiliza se va a deshidratar. ¡Vaya manera de sudar! ¡Qué manojo de nervios está hecho por Dios Santo! En los cordeles hay ropa de usted, le traigo una camisa y se la cambia porque no está pa' que coja a su hijo en brazos con la que tiene puesta - dicho y hecho, Sátur fue al patio y trajo con él una camisa. Se la entregó a su amo – Está un poco tiesa pero al menos limpia.
- Gracias Sátur.

Gonzalo tomó la camisa y procedió a cambiársela por la que tenía puesta no sin antes, sacarse del bolsillo aquel pliego escrito por su mujer. No había terminado de abrocharse los botones cuando la puerta de la alcoba se abrió de par en par apareciendo don Jeremías. Por un momento se quedó mirando el rostro del médico. Se veía cansado y también sudoroso pero en su rostro parecía que se reflejaba una gran satisfacción. Gonzalo temía preguntar, fue don Jeremías quien habló.

– Gonzalo, parece que te ha comido la lengua el gato... No te atreves a preguntar ¿verdad?
Gonzalo se fue acercando al médico - ¿Qué... ¿Qué ha pasado doctor? ¿Qué le pasa a mi mujer?
- Gonzalo, de momento decirte que te tranquilices, te veo muy nervioso muchacho, pero de alguna manera te entiendo... Las cosas se han... Digamos complicado un poco a última hora, pero puedes quedar tranquilo, todo ha resultado más que satisfactorio.
- Pero... ¿pero qué complicación ha sido esa?
- Entra y lo verás por ti mismo, pero me imagino que a quien estarás deseando ver antes que a nada es a tu mujer... Si te digo, que en estos momentos está dormida y tampoco te asuste lo pálida que puedas encontrarla, después del esfuerzo realizado, ha quedado extenuada pero no te quedes ahí, entra ya - el médico le dio una palmada en la espada para que se decidiera a entrar. Don Jeremías hizo señas a Sátur y a Estuarda para que compartieran la felicidad del maestro.

Gonzalo dio unos pasos dentro de la alcoba. Sus ojos fueron derecho a la cama donde Margarita parecía dormir. Como le había dicho el doctor, estaba muy pálida. Catalina a los pies del lecho, se encargaba de envolver a su hijo en una toquilla de hilo. Cata miró emocionada a Gonzalo - ¡Ay Gonzalo, que no sé qué decirte! Es... es que estoy tan emocionada.
Gonzalo se inclinó depositando un beso lleno de ternura en la frente tibia de su esposa. Luego, con un nudo en la garganta llevó sus pasos donde Catalina había terminado de vestir al bebé y lo tomaba en los brazos. Él abrió los suyos, en su voz llevaba toda la emoción del momento – Creo... creo que ya es hora que lo cargue, ¿no crees Cata?
Por encima del hombro de él, Catalina miró al doctor, éste, con un movimiento de cabeza le dijo que no con una sonrisa. Cata suspiró – Claro, claro que ya es hora que lo cargues... Ten... ten cuidado, es pequeñita.

Gonzalo, con la emoción a flor piel, tomó a su pequeña hija en sus brazos, le descubrió la toquilla para contemplar su rostro. Tenía los ojos cerrados y se chupaba el puñito. Tenía un pelito muy negro. El nudo que se le había formado en la garganta le impedía hablar correctamente.

- ¡Es... ¡Es preciosa! y... y se parece tanto a su madre pero fíjate, que al principio, según te referías a ella, creí que era un niño. ¡Qué feliz me siento Cata! Creí que todo iba mal... Ya me ha dicho el doctor que ha habido una complicación de última hora.
- Gonzalo, imprevistos que se presenta, ya ves... Por cierto Gonzalo, ¿te has puesto a pensar en dar clases particulares?
Gonzalo levantó la vista de su hijita y se quedó mirando a Catalina, después dirigió la mirada a los que se hallaban en la habitación, luego, volvió su mirada hacia su bebita sonriendo – No creo que por haber tenido una preciosa hija, me vea obligado a dar clases particulares.
Catalina de nuevo miró al médico – Doctor, todo me lo está dejando a mí.
- A ti te toca Catalina, tú tienes otra forma de decir las cosas.

Ya Sátur y Estuarda se habían acercado a Gonzalo para conocer a la pequeña. Sátur no pudo dejar de emocionarse al ver la felicidad en los llorosos ojos de su amo. Catalina se abrió paso entre el grupo y fue a dirigirse a Gonzalo, cuando algo como un pequeño gemido se escuchó cerca de ellos. Por un momento Gonzalo pensó que había sido su pequeña, pero ella seguía dormida en sus brazos y a la misma vez se chupaba sus nuditos.

Ya Catalina no pudo seguir callada – ¡Vamos a ver Gonzalo! querías saber que complicación había sido esa, ¡pues precisamente la tienes en los brazos!
Gonzalo miró fijamente a Catalina, al igual que lo hicieron Estuarda y Sátur. Gonzalo no comprendía – No te entiendo Cata, ¿qué pasó con la niña?
- Con la niña, ¡que simplemente no se esperaba! ¿Comprendes lo que quiero decirte?
Gonzalo miraba aturdido a su comadre y amiga pero no podía comprender – Cata, si no te explicas...
- Cuando tú, por la forma en que te hablé creíste que era niño, estabas en lo cierto... Es niño y ¡muy hermoso! Si te acercas a la cunita podrás comprobarlo por ti mismo. Gonzalo, ¡¡eres padre de mellizos!!

Gonzalo cambió de color, de ponerse tan pálido como su mujer a ponerse rojo como la grana – Cata, ¿qué estás diciendo? Eso... eso no puede ser.
- ¿Qué no puede ser? Asómate a la cuna anda, y ya verás que si puede ser.
Gonzalo, con la incredulidad en su rostro se acercó a la cunita que estaba junto a la cama, levantó la cortina del dosel que la cubría. ¡No podía creerlo! No podía pensar que la vida a través de su esposa le otorgara una felicidad tan inmensa con la llegada de dos hijos, pero era cierto. En aquella cuna estaba su otro hijo, el primero que vio la luz. Le entregó la niña a Catalina que esperaba con los brazos extendidos, Gonzalo, tomó a su otro bebé, le buscó su pequeño rostro apartando la sabanita bordada que lo cubría, descubrió una hermosa carita tan parecida a la de Alonso. Se parecía a su hermano y tan rubito como él

Catalina, con una gran emoción no pudo dejar de decirle – Ese ha salido a ti, es tu vivo retrato y si hablamos de tranquilo, pa’ que decirte.

Gonzalo se dejó caer sentándose a los pies de la cama. Ya no pudo ocultar su llanto. Lágrimas de felicidad se deslizaban por sus mejillas, alzando el rostro hacia Cata, le pidió que le entregara a la niña.


Gracias Sueña

Catalina se la puso en el brazo libre. Gonzalo besó con infinito amor las frentes de sus dos pequeños hijos.

Sátur y Estuarda se habían acercados llenos de emoción. Al hablar, el fiel postillón tenía la voz enronquecida – Amo, en estos momentos no puedo abrazarlo pero no se imagina lo que siento al verlo con estos dos angelitos... Lo felicito de corazón, a usted y a su esposa... Se merecen toda esta felicidad.
- Gonzalo, lo mismo te digo, son preciosos - Estuarda se limpiaba los ojos de lágrimas.
Gonzalo apenas podía hablar – Gracias... gracias a los dos y gracias por estar aquí.

Don Jeremías, que había ido recogiendo todo en su maletín se acercó a Gonzalo – En estos momentos no puedo darte la mano, las tiene muy ocupadas pero te felicito, Margarita te ha dado unos hijos muy hermosos y tienes a tu lado una valiente mujer... Es muy difícil detectar más de un feto cuando uno de ellos es de mayor tamaño. Cuando la ausculté esta tarde con el trompo acústico, los latidos del corazón del niño me impedían escuchar el de tu hija... Sí que es verdad, que notaba como una especie de eco, pero esto te hace pensar el que no deja de moverse buscando su sitio, pero la sorpresa me vino cuando ya había dado a luz a tu pequeño y después de los primeros momentos de alegría y emoción por parte de tu esposa... Mientras Catalina salía por el agua y yo terminaba con Margarita, ella me dijo que se sentía igual, que aunque algo más flojo sentía las mismas molestias. Al ver que se contraía, palpé su vientre comprobando que había otro niño que aguardaba, fue cuando llamé a Catalina... Se dio rápido, la niña ya tenía espacio para salir, el niño le había abierto el canal para su paso al mundo...

- Nunca había visto una expresión tan bonita como la de tu esposa al enseñarle a su segundo retoño, pero en seguida se echó a llorar. Según ella, no sabe como vais a sacarlos adelante, intenté relajarla hasta que el cansancio la venció... Se llevan de tiempo sólo poco más de media hora... Hacía tiempo que nunca me había sentido tan satisfecho de ayudar a traer un niño al mundo, hoy lo he hecho y por partida doble... Con respecto a Margarita, decirte que no creo que tarde en despertar, cuando estos dos se líen a llorar no habrá quien los calle. Te lo digo a ti como a Catalina, tenéis que hacer lo posible que les dé el pecho lo antes posible aunque le cueste trabajo, que le costará... Para ella, todo esto es nuevo y encima dos niños a la vez, puede agobiarla pero con vuestra ayuda, irá asumiendo la maternidad. También hay que procurar que le dé más veces de mamar a la niña, es más pequeñita y hay que conseguir que aumente un poco más de peso, por lo demás, todo está bien... Mañana, ya me paso para ver cómo está la madre como los bebés, así, que hasta mañana y de nuevo mis felicitaciones Gonzalo.

- Gracias doctor, gracias por todo y perdone que no pueda darle la mano.
- Ya habrá tiempo para ello Gonzalo, ahora disfruta de lo que tienes en tus brazos.
- Lo acompaño doctor.
- Gracias Sátur.
Tanto el médico como Sátur salieron de la habitación. Estuarda también se despidió del maestro – Gonzalo yo también tengo que irme. Dejé a Gabi solo, le dices a Margarita que mañana me paso a verla.
- Claro Estuarda, Gabi no debe estar tanto tiempo solo... Yo le digo a Margarita y gracias de nuevo, que te acompañe Sátur.

Estuarda se despidió de Catalina saliendo de la alcoba. Gonzalo y Cata se quedaron solos con Margarita y los recién nacidos.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Mar Feb 07, 2017 5:47 pm

Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,56 (Penúltimo)


Catalina, con la emoción aún en su rostro y en su voz, se dirigió al satisfecho y reciente papá.

- Gonzalo sería conveniente que los acostaras, es muy pronto para que los acostumbres a los brazos... Me imagino, que cuando Margarita abra los ojos quieras dedicarle todo tu tiempo porque cuando estos pidan de comer, no vas a poder estar tan pendiente de ella, ni ella de ti. Anda, dame a la niña - Cata tomó a la pequeñita y la acomodó en la cabecera de la cuna.

Gonzalo se levantó con su hijo en sus brazos. ella le dijo que lo acostara a los pies de la niña. Él, así lo hizo echando la cortina de tul sobre la cunita. Luego, fue a sentarse junto a Margarita acariciándole el ensortijado cabello. Catalina lo observaba emocionada mientras iba recogiendo la habitación de aguas y ropas para lavar. A la misma vez que jugaba con unos rizos de su esposa y con las lágrimas que no dejaban de aflorar a sus ojos, de vez en cuando levantaba el tul para mirar a sus pequeños hijos. Sonría al ver que gemían como pequeños gatitos. Ninguno de los dos, habían abierto aún sus ojitos. Catalina no tardó en regresar del patio.

– Gonzalo, ya está todo en orden, voy un momento con Cipri para contarle como ha salido todo y a la misma vez, ver cómo están los niños. ¿Se lo digo a Alonso o se lo dices tú?
- No Cata, prefiero darle la sorpresa cuando venga.
- Yo tenía pensado quedarme esta noche aquí Gonzalo... Margarita debe tener a alguien que la ayude a comenzar con su maternidad. Sé que me vas a decir que para eso estás tú pero en esto, las mujeres nos desenvolvemos un poco mejor.
- Creo que tú idea es acertada... Tú duermes arriba y Murillo con Alonso.
- Si tu mujer despierta, le arrimas a la niña para que comience a mamar - diciendo esto, Catalina salió de la habitación.

Gonzalo no dejaba de acariciar la mano de su esposa. No dejaba de mirar embelesado el rostro de ella. La maternidad la había embellecido más si cabía. Sintió que la mano de su esposa se movía bajo la de él. Gonzalo se acomodó en la cama y acarició el rostro de su mujer. Ante su contacto, su esposa fue abriendo con pesadez sus hermosos ojos negros encontrándose con los de él.

- Gon, Gonzalo, nuestros... nuestros hijos...
- Margarita, mi amor... No sabes... no sabes la felicidad que me envuelve en estos momento... ¡Tú! ¡tú lo has hecho posible!

Margarita lloraba y él con ella. La besaba. Besaba lleno de ternura, sus cabellos, sus, mejillas, sus labios temblorosos – Decirte que no llores, no podría hacerlo... Llora esa felicidad que te invade toda.
- Quiero... quiero tenerlos en mis brazos... Apenas los he podido tocar.
- Ahora mismo mi amor... Voy a incorporarte un poco más, espero no hacerte mucho daño - ayudó a su esposa a incorporarse un poco acomodándole unos cojines detrás de su espada. Un gemido salió de los labios de ella.

- Estás muy dolorida ¿verdad?
Margarita asintió con el dolor reflejado en su rostro. Gonzalo se había inclinado sobre la cunita, tomó a la niña entregándosela a su madre – Ten cariño, no hace falta decirte cual de los dos es.
Margarita la tomó entre sus brazos. Sentía que se ahogaba – Que... que chiquita es.
- Es igual que su madre - se lo dijo mientras le ponía al pequeño en el otro brazo.
La joven alzó su mirada hacia su marido – El... el niño en cambio, es igualito a ti.
Gonzalo se acodó en la cama echándose junto a su esposa e hijos – No querrás que los dos se parezcan a ti, yo también he puesto algo ¿no?

- Gonzalo, ¿qué vamos a hacer? ¡Qué son tres niños! - no podía evitar llorar y rozar con sus labios las frentes de sus dos bebés.
Su esposo le acarició sus manos – ¡Margarita! ¡Margarita, no hay que hacer nada! Sólo criarlos y darles todo nuestro amor. A ellos, porque son pequeñitos y a Alonso, porque ya va creciendo... Nada va a faltarles cariño, eso... Eso te lo prometo.

Un ruido en el suelo de la sala hizo que Gonzalo se levantara y fuera a ver. En seguida comprendió a que se debía el ruido. Alonso entró como una tromba en la casa tropezando con una silla. Gonzalo sonriendo le ayudó a levantarse del suelo.

- ¿Pero dónde vas de esta forma?
- ¡¡Padre!! ¡Padre quiero verlo! ¡Quiero ver a mi hermanito! ¿Dón...¿dónde está? ¡Me lo ha dicho Sátur que iba con la madre de Gabi!
- Cálmate, que te va a dar algo. Tienes ganas de conocerlo ¿no?
- ¡Si padre, claro!
- Pues no sabes la sorpresa que te vas a llevar, anda, vamos - Gonzalo empujó a Alonso dentro de la habitación.

En aquellos momentos, la luz tenue de la única vela que alumbraba la estancia, daba un toque de paz, de sosiego, de felicidad... Margarita, en el centro de la cama, recostada entre cojines y almohadones tenía en sus brazos a sus hijos. En sus ojos afloraron las lágrimas al ver a Alonso. Gonzalo se acercó al lecho con su hijo mayor.

– Bueno, ya puedes conocer a tu hermanito... Ponte de rodillas en la cama y abarcarás mejor.
Alonso, se quitó las zapatillas pero no dejaba de mirar la palidez de su tía. La joven apreció la mirada del pequeño – Tengo mala cara ¿verdad Alonso? No te preocupes mi niño, esto se me quitará en seguida. A ver, acércate un poquito pero antes, ¿no le das un beso a tú tía?
- ¡Claro tía! - arrastrándose sobre las sábanas llegó a la altura de su tía. La besó con efusividad. Margarita le devolvió aquellos besos - Pues aquí tienes a tu hermanito.

Gonzalo, con disimulo cubrió a la niña con la sabanita de su hermano, de esta manera, a Alonso le sería difícil percibir que su esposa tenía otro bebé en sus brazos. Descubrió el fino lienzo y enseñó a Alonso la carita rolliza del pequeñito. El crío puso cara de sorpresa.

- ¡Pero qué pequeño es!
- Todos los niños cuando nacen son así de pequeños, tú también lo eras y tu hermano se parece mucho a ti - dijo Gonzalo muy emocionado.
- ¡Claro, como también era pequeño el hermano de Manolo! ahora ya tiene más de un año y está empezando a andar.
Margarita alzó su mirada hacia su marido. Éste comprendió – Bueno, aquí está la sorpresa... - apartando la sabanita, descubrió la toquilla blanca dejando ver el rostro pequeñito de la niña - Esta es tu hermanita... Tú tía te ha traído dos hermanitos por partida doble.
Alonso se quedó boquiabierto. Por un momento, en sus ojos picarones parecía que querían aflorar las lágrimas – Una... ¿una niña? ¿Tengo también una hermana?

- Así es Alonso... Tienes una hermana también. ¿Qué dices a eso?
- No... no sé qué decir padre, sólo sé, que sin saber por qué, tengo ganas de llorar.
Gonzalo se agachó y tiró de su hijo. Alonso se abrazo a su cuello apoyando su cabeza en el hombro de su padre – Padre, no lo puedo comprender, me siento feliz y tengo... tengo ganas de llorar.
- Alonso hijo, eso es muy normal... No siempre se llora de pesar, también se llora de felicidad y es el llanto que con más placer se derrama, así, que si tienes ganas de hacerlo, lo haces, que tu tía y yo ya lo hemos hecho.

El pequeño se llevó durante un tiempo agarrado al cuello de su padre dejando que las lágrimas acudieran a sus ojitos. Luego se incorporó y se limpió su cara de un manotazo - Ya... ya está. ¿Puedo ir con Murillo? Quiero... quiero decirle que tía Margarita me ha traído dos hermanitos.
-  Puedes hacerlo si te vas derecho a casa de Cipri.
- Si padre, claro que si - fue a levantarse, pero en un impulso se volvió hacia su tía y arrastrándose de nuevo sobre la cama, le echó los bracitos al cuello besándola de nuevo - ¡Gracias tía Margarita! ¡Gracias! - de nuevo, detuvo el intento de saltar de la cama. Miró  su padre y a su tía – De... de verdad ¿lo han traído la cigüeña?
Gonzalo y Margarita se miraron echándose a reír. La muchacha le contestó – Alonso, si tú quieres creer eso, mejor será porque si yo te digo como han venido...
- No te entiendo tía, pero bueno, ya me voy.

Se puso las zapatillas y salió corriendo de la alcoba y de la casa. Casi tropieza con Sátur. El fiel amigo y criado sonrío, comprendió a que podía deberse aquella carrera. Sus ojos se dirigieron a la habitación. Hubiera querido entrar pero eran momentos sólo para ellos. Más que nunca desearían quedarse a solas con sus pequeños retoños.

Gonzalo volvió a acodarse junto a su esposa – ¿No te he dicho lo bella que estás?
Margarita lo miró – Gonzalo, en estos momentos no te lo creería, ¡tengo que estar horrorosa!
- Nunca estarías así. Ni la palidez, ni las ojeras, te restan belleza, eres la más hermosa de las mamás... La maternidad te ha embellecido aún más.

Margarita lo miraba y lo escuchaba emocionada. Gonzalo se inclinó besando aquellos labios que para él era el más dulce de los néctares. Lo hizo con dulzura, con delicadeza, su esposa lo correspondió toda llena de felicidad. Los bebés comenzaron a quejarse. Gonzalo rozando con sus dedos los labios de ella, le buscó la mirada.

– Creo, que ya es hora que le des de comer, ya han esperado demasiado. Don Jeremías me dejó dicho, que a la niña debes intentar darle más de mamar para que vaya cogiendo un poco más de peso.
- Pero... ¿pero cómo lo hago? ¡Es qué son dos! No sé como ponérmelos... ¡No voy a saber!
- Margarita, sólo será cuestión de buscar la postura adecuada y yo sé... Yo sé que tú sabrás como hacerlo.
La muchacha lo miró con ojos vidriosos. La mirada de su marido le decía que podía, que ella podía dar de mamar a sus hijos. La joven madre se le hizo un nudo en la garganta - Ponme... ponme a uno de ellos en la cama.

Gonzalo tomó a la niña y la dejó junto a ella. Margarita, con una mano, comenzó con dedos nerviosos a desabrocharse los botocintos que sujetaban las tirantas del camisón dejando éste deslizarse. Miró a Gonzalo – Quítame los cojines, voy a recostarme un poco... Creo... creo que de momento puede ser la manera más fácil.

Gonzalo así lo hizo. Margarita, con su hijo en los brazos se recostó sobre los almohadones con la ayuda de su marido. Acomodó a su bebé encima de ella, aunque con cierto trabajo y con la ayuda de su mano, arrimó uno de sus pechos a la boquita de su hijo haciendo que el instinto hiciera el milagro. El pequeño comenzó a succionar su pezón aferrándose con su manita a su seno. Con lágrimas de gozo al ver que su hijo comenzaba a tomar de ella, le pidió a su marido que le pusiera a la niña en el otro brazo, él, lleno de emoción le colocó a la pequeñita en la posición adecuada. Con la ayuda de su esposo pero con algo más de dificultar, percibió que al igual que su hermanito, el instinto hizo mella. Su pequeña hija succionaba su mama sacando la primera leche de su pecho.


Gracias Sueña

Gonzalo de Montalvo estaba tan emocionado como su propia esposa. Miraba a Margarita lleno de admiración, sus hijos mamaban de ella. ¿Qué importaba si era la primera vez tanto para la madre como para sus pequeños? El instinto lo hace todo y en aquel momento lo veía en su esposa. Su instinto de madre, supo buscar la forma de dar de mamar a sus bebés, a los dos, y a la misma vez.




Día de celebraciones, tiempo de felicidad.


Habían pasado quince días y la iglesia de San Felipe hizo que sus campanas repiquetearan por la doble solemnidad. El padre José tenía dos ceremonias que celebrar, la boda de Cipri y Catalina más los bautizos de los pequeños Montalvo Hernando. Primero, ofició la boda de los contrayentes que muy nerviosos esperaban la terminación de la ceremonia. A cada lado de ellos, los padrinos, Gonzalo y Margarita que también se veían con cierto nerviosismo ya que no dejaban de mirar hacia atrás, hacia el banco donde los padrinos de la pequeña María Isabel tenían a sus pequeños en brazos, éstos no dejaban de llorar. Tanto Sátur como Estuarda tuvieron que levantarse para poder calmarlos un poco. De momento, parecía que el estar de pie, hizo que los bebés dejaran de derramar su llanto.

Para alivio de los padres, el señor cura dio por terminada la ceremonia no sin antes de felicitar a los que ya eran marido y mujer. La firma de papales se hizo con cierta prisa. Mientras Gonzalo y Margarita tomaban a sus hijos en brazos, Estuarda y Sátur fueron a firmar como testigos. La boda había terminado pero aún quedaba la ceremonia del bautizo. Catalina, entregando a Margarita su ramo de novia tomó de brazos del padre, al pequeño Gonzalo, Estuarda volvió a coger de brazos de Margarita a la pequeña. La reciente madre, colocó el precioso batón en condiciones en los brazos de la madrina. Las dos parejas, Cipri y Cata con el pequeño Gonzalo, Sátur y Estuarda con la pequeña María Isabel, siguieron al padre José hasta la pila bautismal. Los flamantes padres mirándose emocionados, se colocaron entre medio de los padrinos. El señor cura procedió con la ceremonia del bautismo.

Los convecinos, entre ellos la señora Luisa y Rufina como los amigos que asistían a la ceremonia, miraban emocionados el momento en que el sacerdote le echaba el agua a los recién nacidos que boca abajo, no pareció gustarles mucho que el sacerdote dejara caer sobre ellos aquella agua bendita. Sus llantos no se hicieron esperar rompiendo el silencio del tempo y que tan sólo era interrumpido por Gabi, Murillo y Alonso, los cuales, ya estaban harto de mantenerse sentados y no se estaban quietos. María y Luisa, con cierto trabajo. hacían que guardaran un poco de compostura. Junto a ellas, Marta e Irene. No muy lejos, en un par de banco atrás, una dama de cierta edad, acompañada de su ama de llaves y doncella de confianza, con gran emoción en sus ojos, no dejaba de estar pendiente de la ceremonia.

El padre José, bendiciendo a los pequeños dio por terminada la solemnidad del sacramento del bautismo. Sonrío a los padres y padrinos.

– Bueno, ya tenéis a vuestros hijos y ahijados bendecidos con el agua derramada por el Espíritu Santo... Sé, que tanto vosotros padres como vosotros sus padrinos no dejaréis que este sacramento quede en el olvido. De sobra sé, que haréis de ellos unos buenos cristianos... No quiero entreteneros más ya que vuestros amigos os están esperando... A los nuevos esposos como a vosotros queridos padres y padrinos, id con la paz de Dios y mis bendiciones.

Con un “gracias padre” el grupo se disolvió. Todos irradiaban felicidad. Los padrinos pusieron en brazos de Margarita y Gonzalo a sus hijos, María Isabel y Gonzalo de Montalvo Hernando. Los ojos de los padres  reflejaban la emoción, luego, entre ellos, los padres como los padrinos no dejaron de abrazarse. Cuando la emoción encontró un poco de calma decidieron bajar para encontrase con los amigos. Todo fueron abrazos y alegría nada más estar entre ellos. Nadie quería privarse de felicitar a los novios como de tener a los recién bautizados en los brazos.

Irene, con el niño en sus brazos no podía más que sonreír emocionada – Margarita, pero que preciosidad ¡Qué orgullosa debes estar con ellos!
- Irene, es algo que no se puede explicar. Después de ser esposa, es lo más maravilloso que me ha podido pasar, el ser madre.
- ¡Y por partida doble!

Margarita asintió sonriendo, fue a girar la cabeza para llamar la atención de Gonzalo cuando se dio cuenta que unos bancos más atrás, sentada, se encontraba la condesa de Vallarta. Con un “disculpa” se apartó de Irene y con paso presuroso se acercó a su señora tendiéndoles las manos.

– Pero... pero señora... ¿Usted aquí? – su voz se escuchó de lo más emocionada.
- Margarita, Margarita, no podía faltar a esta celebración y sobre todo conocer a tus hijos, aunque debía reñirte... Me hubiera gustado haberme enterado por ti que hoy era el bautizo.
- Señora, perdone pero... Pero para mí eso hubiera sido un atrevimiento.
- Lo sé pequeña... Sé que para ti hubiera sido un atrevimiento, más que nunca reconozco la valía que tienes y por eso me encuentro aquí... Desde que estás trabajando para mí, te he tomado un gran cariño. Eres una persona que se da a querer y hoy, en un día como este tan especial para ti, no podía dejar de ser un acompañante más en esta celebración.
- ¡Ay señora, no diga que es un acompañante más!

- Margarita, me encanta ser una más y no siempre me puedo permitir este lujo... El llevar un título, a veces te obliga ser el centro de ciertas reuniones y donde precisamente, no todas ellas son de mi agrado. He visto como os habéis abrazados unos y otros, he visto la emoción en vuestros ojos, eso Margarita, lo veo muy poco en donde suelo moverme y que gracias a Dios, cada vez me muevo menos... Pero anda, quiero conocer a tus hijos.
- ¡Señora, ahora mismo! – a la joven la embargaba la emoción - ¡Ay Josefa que no te he dicho nada! perdona mujer.
- No tienes por qué... Es normal que ante la presencia de doña Rosario no atines a nada y eso es fácil de comprender - la doncella de confianza de la condesa de Vallarta, una mujer de mediana edad, sonrió a la muchacha al decirlo.

- Bueno, voy a por mi esposo y mis hijos.
Una voz a su espalda hizo que se girara - No hace falta, aquí está tu esposo y tus hijos.
Gonzalo llegaba a la altura de ella cargando a sus pequeños en cada brazo y con una sonrisa en sus labios. Margarita se apresuró a coger a la niña – Gonzalo, te presento a mi señora, la condesa de Vallarta.
- Señora, es un placer - Gonzalo se inclinó levemente ante la condesa.
- Caballero, el placer es mío y decirle, que aunque no nos habían presentado hasta este momento, ya lo conocía.

Gonzalo miró algo confuso a la condesa, Doña Rosario sonrío – Su esposa habla mucho de usted, mucho y bueno... Según dicen, tengo muy buen ojo y por lo que veo, Margarita no ha dicho más que la verdad.
- Pues me parece, que voy a tener que reñir a mi esposa para que no hable de mí, a mis espaldas - al decirlo, miró a su esposa con el amor reflejado en sus ojos.

Margarita de momento se puso arrebolada. Apartó la mirada de la de su marido e inclinándose le fue a poner la niña en los brazos de la condesa. Ésta, soltó el bastón sobre el banco y tomó a la pequeña.

- ¡Qué preciosa! ¡Si tiene tu misma cara muchacha!
- Eso dicen señora - lo dijo mirando a su marido.
- Es tan bella como su madre –  la voz de él se escuchó llena de orgullo.
La condesa levantó su mirada – Por la forma en que lo ha dicho, comprendo el amor que se tienen... A ver, Margarita, a ver el pequeño.

La muchacha tomó a la niña y Gonzalo puso al niño en el regazo de la condesa. Doña Rosario descubrió la bonita toquilla dejando al descubierto por completo el rostro del pequeño Gonzalo que en aquel momento tenía los ojitos abiertos.

– Bueno, bueno, pues si la niña es clavada a su madre, a usted tengo que decirle que no puede negar que es el padre del niño, ya que es su vivo retrato. ¡Qué hermoso es! y si cree que con eso lo estoy piropeando, pues créalo que es así... Soy lo bastante vieja para poder decirle a un hombre joven y atractivo como usted, lo que pienso sin que levante murmuraciones a mí alrededor, si fuera joven, por esto que le he dicho me mandan hasta la guardia por descaro público.
- Entonces, tengo que agradecerle ese piropo pero decirle también, que tenga cuidado, yo no la veo tan mayor - Gonzalo sonrió con sus ojos.
- Lo soy, lo soy, aunque no lo parezca... Ya estos sesenta años pesan un poco.
- Si no tenía que haber venido hasta aquí doña Rosario, yo pensaba llevarle a los niños.
- Lo sé Margarita, sé que pensabas hacerlo pero me ha dado mucho gusto estar aquí, y ver el cariño de la gente que te rodea, por cierto, hay otro niño por ahí ¿no?

- Si claro que sí, por ahí anda correteando.
- Creo que ya ha salido a la calle - Gonzalo buscó a su hijo Alonso con la vista.
- No se preocupe, ya lo conoceré en otra ocasión y creo que ya es hora que marche... Tome joven a su hijo y decirle que los ame a los dos como ama a la madre sería absurdo, nada más hay que verlo para saber todo el amor que siente por ellos.
Gonzalo tomó a su hijo en los brazos – No lo sabe bien condesa.

Doña Rosario tomó la mano de Margarita que se había sentado junto a ella – Margarita, me gustaría que cuando pase le cuarentena vuelvas al palacete... No me gustaría quedarme sin tu servicio y sin tu alegría, tu risa alegra cada rincón de la casa.
- Señora, para mí no sería mayor placer que ese, pero también piense, que tendría que llevarme a estos dos pequeñajos... Hasta que no tenga un tiempo considerable, no puedo de dejar de darles el pecho y son dos doña Rosario, que cuando se líen a llorar, usted me dirá... La tranquilidad de su palacete ya no será la misma.
- Muchacha, mi casa necesita escuchar el llanto de un niño y si son de dos, mucho mejor... Nunca tuve hijos, Dios no quiso que fuera madre y cuando murió mi esposo, me quedé en la más completa soledad... Si hubiese tenido hijos, a esta altura quizá hubiera sido abuela pero son los designios de Dios y hay que aceptarlos pero tú, con tus pequeños, si puedes alegrar algunos momentos de esta vieja chocha.

- No diga eso doña Rosario, que yo la veo muy joven todavía y si mis hijos no van a molestarla con sus llantos, tenga por seguro, que en cuanto pase la cuarentena ya me ve por su palacio.
- Me alegra esa decisión Margarita... También quiero decirte, que en este tiempo, de lo que te lleve Estuarda te lo tomes con tranquilidad, no tienes que esforzarte en tenerlo un día determinado, sólo cuando puedas y antes de irme, quiero dejarte esto... - las manos de doña Rosario abrieron la faltriquera de mano e introduciendo sus dedos en ella sacó una bolsita de terciopelo negro, se la puso a Margarita en sus manos – Para tus hijos, es mi regalo para ellos.

La joven negó toda apurada – No... no señora. ¿Cómo cree que puedo aceptar esto?
- Margarita, sé que tu rechazo no es por orgullo sino por la humildad que llevas dentro, pero es un regalo, un regalo para tus niños... Con todos mis sirvientes procuro tener cierta atención cuando hay algún acontecimiento y aunque tú llevas poco trabajando para mí, no vas a hacer menos, y más con el cariño que me inspiraste desde primera hora, así, que acéptalo por favor.
Margarita no sabía qué hacer. Al igual que pasó con el reloj de Irene, buscó la mirada de su esposo. Sus ojos le dijeron lo que debía hacer. Apretó con fuerza las manos de la condesa – Está bien doña Rosario, le acepto el regalo de mis hijos y siempre le estaré agradecida por haber estado aquí y por el regalo que les hace... Muchísimas gracias de corazón.
- No tienes que darlas Margarita, soy yo quien te las da por haberlo aceptado y ahora si... Anda Josefa, ayúdame a levantarme.

La doncella se inclinaba para ayudar a levantar a su señora pero ya Gonzalo se adelantó ofreciendo su mano. Doña Rosario sonrío muy complacida. Sujetándose con una mano al bastón, la otra se aferró a la de aquel hombre joven y apuesto. Se puso de pie acomodándose al bastón.

– Espero volver a verlo joven.
- Ante todo, al igual que mi esposa, le doy las gracias por el detalle tan hermoso que ha tenido con nuestros hijos, en cuanto a volver a verme, descuide que así será... Yo me encargaré de llevar a mi esposa y a mis hijos a su palacete, en cuanto ella decida incorporase a su trabajo.
- Pues entonces, ya nos veremos y de nuevo mis felicitaciones a los dos.

Con un ademán, hizo que Josefa se acercara a ella. Agarrándose a su brazo, y a paso lento se fue alejando de los jóvenes esposos hasta que ellos, la perdieron de vista al cruzar la puerta del templo. Luego, las miradas de ambos se cruzaron llenas de amor y dicha.

Continuará...
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Mari carmen

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Jue Feb 09, 2017 6:09 pm

Hola chicas. Pongo punto y final a esta segunda parte de Luces y Sombras. Espero no tardar mucho en traeros el siguiente para completar esta... digamos "saga" Aunque lo tenía medio encarrilado, antes ciertas cosas, lo dejé aparcado y no pude seguirlo, ahora, me ha vuelto el gusanillo y en cuánto termine de modificar los que tengo a mano, me pongo con ello, lo iré mezclado con fans de las diferentes series por lo que no dejaré de publicar cositas en La Guarida de los Lemures. Gracias, a quienes me invitasteis a este foro y a quienes me habéis seguido durante este tiempo. Hasta muy pronto.  kissing  kissing


Luces y Sombras. Segunda Parte.

Capítulo,57 y último.





Catalina como Cipri al pie en la escalinata de la iglesia, recibían las felicitaciones de algunos convecinos, de los amigos, ya lo habían recibido dentro del templo. Catalina se veía radiante de felicidad. No había querido hacerse un vestido de boda. El mismo que llevó de madrina en la boda de Margarita y Gonzalo, era el que había querido lucir para su ceremonia, sólo unos adornos que Margarita le había incorporado tanto en el escote como en la orilla de las mangas, lo hacía diferente. Su cabello, con un recogido en alto, llevaba pequeñas moñas de jazmín alrededor de él.

Mientras los nuevos esposos correspondían a las felicitaciones, en el atrio del templo, Gonzalo se despedía del sacerdote - Padre, de nuevo darles las gracias por todo y al igual que en nuestra boda, quisiera hacerle la invitación de que nos acompañara en esta tarde de felicidad, Margarita y yo nos sentiríamos muy complacidos con ello.
- Lo sé muchacho... Ya Catalina y Cipriano también lo han hecho, pero ya estoy viejo y si mis feligreses no necesitan de mi presencia ante un malestar y que me obligue a salir, suelo recogerme temprano, de esta forma, es como podría vivir más años... En estos momentos, más que nunca quisiera vivir esos años para ver crecer a vuestros hijos.
- Padre, no nos daría más gusto que eso, que viva lo suficiente para ver a nuestros hijos ya hechos unos hombres y por supuesto, a María Isabel, en toda una mujer.

- Hija, eso ya es mucho, ya quisiera yo, pero me conformo verlos crecer durante unos años y durante ese tiempo, ver que todavía hay alguien, que a pesar de que ahora tiene una familia más que completa, no deje de impartir la justicia en este mundo tan falto de ella.
- Padre por favor, que pueden escucharlo – la joven intentó llamar la atención al señor cura mirando a los que aún no dejaban de saludarse y abrazarse.
- No temas Margarita, en estos momentos nadie ha podido escucharme - el padre José después de calmar a la muchacha, dirigió la mirada hacia Gonzalo - Sé que no será fácil dicha empresa, debe ser algo complicado ser padre de familia, esposo, maestro y héroe pero algo me dice, que sabrás sacar tiempo para todo ello Gonzalo... Estoy seguro que hay Águila Roja para rato, ¿me equivoco? - esta vez, el sacerdote habló algo más bajo.

Gonzalo sonrío con su hijo en los brazos – Padre, decirle que algún trabajo va a costarme, no voy a negárselo... Piense, que tengo una escuela, una mujer a la que tengo que dedicarle mi tiempo, mi amor... - al decir esto, apretó a su esposa contra él – Tengo unos pequeños hijos que necesitarán que también me dediques a ellos, mi mujer sola se ve y se desea para estos dos pequeñajos y si le hablo del mayor, pues que voy a decirle... Alonso ya tiene diez años, ya tiene muchas inquietudes, siempre las ha tenido, pero con esta edad,  aún más, así, que con todo lo que le he expuesto, más de uno abandonaría el “volar” por los tejados...

El padre José como Margarita, alzaron su mirada con el ceño fruncido. Gonzalo apreció la consternación de ellos ante lo que había manifestado. Sonrío – No me miréis así, no he terminado todavía... He dicho, que ante lo que he expuesto, más de uno abandonaría. ¿Cómo? no lo sé, pero yo seguiré volando por los tejados... Seguiré intentando llevar el consuelo al débil ante el abuso de poder, si mi esposa me lo permite y sigue esperando mi vuelta.
Margarita se apretó aún más al cuerpo de él – Sabes que te  lo permitiré, aunque la incertidumbre me invada, ¡y siempre!... Siempre esperaré tu vuelta.
El sacerdote le conmovió las palabras del maestro – No podía esperar menos de ti Gonzalo, eres todo un hombre... Tus hijos estarán orgullosos de tener un padre como tú.
- Y yo padre... Yo siento un gran orgullo de la familia que la vida me ha otorgado... Por ella, quiero un mundo diferente, un mundo sin desmanes, sin abusos, sin miserias...

- Un día hijo, todo cambiará, quizá ninguno lo conozcamos pero mientras haya hombres como tú, siempre habrá una esperanza y anda, iros que os esperan vuestros amigos, además, esta criatura con la niña en brazos, recién parida como aquel que dice, necesita ya sentarse.
- No sabe la razón que tiene padre José... Estoy deseando sentarme y estos dentro de nada, ya me están pidiendo de comer.
- Lo dejamos entonces padre y si no tiene quien lo solicite, recójase temprano para que pueda ver a nuestros hijos crecer - al decirlo, Gonzalo le tendió la mano.
El señor cura se la apretó con gran afecto – Y ver también al padre volar, ya sabes por donde...

Gonzalo sonrío y tomando a Margarita por el brazo la ayudó a bajar los escalones para reunirse con los amigos. Ya en la calle, fueron objetos de más felicitaciones. Rufina y doña Luisa, no tardaron en acercarse a ellos.

- ¡Ay Margarita que lindo están y lo que han engordado en estos días!
- Señora Luisa, si es que no paran, me van a dejar seca.
- ¡Margarita, si estás guapísima! y el vestido te ha quedao precioso.
- Rufina, sólo le he hecho unos arreglos... Cogerles unas pincitas por un lado y otro para estrecharle un poquito porque los normales, como que todavía no... Me ha quedado un poquito de panza y...
- Margarita, eso te durará sólo un tiempo, luego ya recobrarás tu figura, pero hija ¡si sólo hace quince días que has parío!
- Lo mismo le digo yo Rufina, que tan sólo hace quince días que ha dado a luz y no lo parece... Mi esposa, ¡está bellísima!
- ¡Ay maestro, que feliz lo veo! y lleva razón, Margarita está bellísima y sus niños no digamos, hay que ver los batoncitos que llevan - a la vez que alababa la ropita, Luisa no podía evitar tocar la tela de ellos y sus bordados – ¡Es que tienes unas manos hija...!

La voz de Irene hizo que tanto Gonzalo como Margarita se disculparan con la señora Luisa y Rufina y salieran al encuentro de la esposa del Comisario.

– Me marcho, ya mi esposo viene a por mí.

Gonzalo alzó la mirada y vio venir en dirección a la iglesia a Hernán Mejías. Después de lo ocurrido en Palacio, se había encontrado con él varias veces como el maestro, pero sólo se cruzaron las miradas, en aquel momento, se acercaba a ellos. Percibió el nerviosismo de su esposa. Le puso la mano libre en el hombro para transmitirle calma. Sátur como Cipri y Catalina no dejaron de estar expectante.

Hernán llegó ante la escalinata de la iglesia – Buenas tardes maestro, señora... – al dirigirse a Margarita se tocó el ala del sombrero – Ya mi esposa me había celebrado el nacimiento de sus hijos... Al venir a recogerla, reciban por mí parte las felicitaciones por tan grato acontecimiento.
La voz de Gonzalo, se escuchó serena, apacible - Tanto por mi parte como por la de mi esposa, le damos las gracias, señor Comisario.
.- Creo, que para cualquiera, es tarea difícil ser padre... Criar a tres de golpe, requerirá de mucho tiempo y sacrificio... Me imagino, que le faltarán horas del día para dedicárselos, si es así, tendrá que sacrificar algo que le retenga para estar con ellos - en la voz de Hernán, hubo un toque de ironía que Gonzalo supo apreciar.

- Por un hijo, se sacrifica lo que sea pero de momento, tengo tiempo para todo, nada me impide estar con ellos y con mi esposa... Mi profesión de maestro, no me retiene nada más que el tiempo preciso.
- De lo que yo me alegro maestro... No siempre se tiene un padre con una sola ocupación y más con los tiempos que corren, y ahora discúlpenme, pero creo que ya debemos marcharnos, está cayendo la noche y tenemos que salir fuera de la Villa.
Irene tomó las manos de Margarita – Ya te escribo y me vas diciendo como están los niños.
- No te preocupes Irene, sabrás de ellos y gracias de nuevo por los regalos.
- No me las des, para mí ha sido un autentico placer - Irene besó la frente de los niños y alzó su mirada hacia Gonzalo – Adiós maestro, no te digo que los cuides bien porque de sobra sé, cómo vas a hacerlo.

- Sabes bien Irene y gracias por todo.
Irene abrazó a Margarita – Hasta pronto, quizá decida volver a la Villa en un par de meses, mientras, nos escribiremos... Sigue siendo feliz.
- Lo mismo te digo Irene.
- Hasta otra, maestro, señora... - Hernán volvió a rozar con sus dedos el ala de su sombrero y tomando a su esposa por el hombro, se alejó con ella abriéndose paso entre los que se hallaban al pie de la iglesia.

La voz de Catalina se escuchó ante el silencio que había producido la llegada del Comisario – Bueno, ¿pero os vais a quedar aquí toda la tarde? ya es hora que vayamos a celebrar mi boda y el bautizo de estas dos preciosidades.
Estuarda se acercó a Margarita – Anda, dame a mi ahijada que tienes que estar agotada.
- Pues sí, ten cuidado con la cabecita – la joven puso la niña en brazos de la madrina.
Sátur se acercó a su amo – Amo, se lo digo con antelación, que a esta niña la vamos a mimar de lo lindo, luego no me venga a decir que ha salió caprichosa. Yo le aviso...
- Sátur, ya me encargaré yo que no me la encapriches y anda, vamos, que los demás nos esperan - tomó a su esposa por el hombro estrechándola contra su costado - ¿Todo bien?
Margarita alzó su mirada – Si Gonzalo, todo bien... Maravillosamente bien.

Besando el cabello perfumado de su esposa, siguieron a sus amigos hasta la taberna de Cipri para disfrutar de la felicidad que los embargaba a todos.




Un regalo, una noche más de ensueño.


Se despidieron ante la casa de Catalina y Cipri. Margarita se abrazó a su amiga.

– Te deseo que seas tan feliz como lo soy yo.
- ¡Ay Margarita, gracias! Me siento tan emocionada como la primera vez y ya me encargo yo que éste, me haga feliz.
- No hace falta que tú te encargues, yo solito puedo hacer que lo seas... Bueno, creo que es tarde para los niños, esta noche sí que tenéis compañía.
- Descuida, que nada me va a quitar el que tenga mi momento con mi esposa – dijo Gonzalo estrechando a Margarita contra su costado.
Catalina se despidió de su hijo abrazándolo – Pórtate bien y no des mucha lata Murillo.
- No madre, voy a portarme bien.

Cuando la puerta se cerró tras Cipri y Cata, Gonzalo y Margarita dirigieron sus pasos hasta la escalera de su casa seguido de Murillo y Alonso, a los cuales, Gonzalo tenía que ir apremiando ya que parecían que no tenían prisa por subir. Gonzalo abrió la puerta de la casa, los dos pequeños salieron corriendo hasta el cuarto de Alonso.  Tanto él como su esposa fueron a dejar a los pequeños en la cuna. Margarita se echó las manos al cuello.

– Estoy rendida, ya les cambio de ropita cuando despierten.

Gonzalo se acercó y con sus manos masajeó el cuello de su mujer. Margarita sintió alivio al sentir las manos de su esposo en ella – Gonzalo, no sabes cómo te lo agradezco pero mejor ve con Murillo y Alonso y haz que se acuesten, sino, los tenemos despierto hasta las tantas.
- Voy a encender primero la lámpara, pero en cuánto los deje acostados regreso de inmediato, que últimamente nunca hay tiempo suficiente para estar con mi esposa... Mis hijos te acaparan por entero.
- Pues aprovecha que están dormidos, que cuando canten, ya te diré yo a ti.
Él, encendió la vela colocando el fanal - Regreso de inmediato, espérame despierta - con su dedo, la amenazó saliendo de la alcoba.

Margarita se sentó en la cama y procedió a quitarse las sandalias. Le dolían los pies, todavía se les hinchaba un poco. Buscó las zapatillas poniéndosela en chanclas, fue hasta el tocador sentándose en la banqueta y se dispuso a quitarse las horquillas y pasadores. Cuando tuvo el cabello suelto, se dedicó a peinarlo sin premura. Se detuvo por un momento y abriendo uno de los dos cajoncitos del peinador, sonrío mirando una cajita que había dentro de él. Cerró y siguió peinando su larga cabellera. En sus ojos, afloraban lágrimas de felicidad. Dejó el peine encima del tapete trenzando el rizado cabello. Se levantó y yendo hacia la cama, levantó la cortina del dosel de la cuna comprobando que sus hijos dormían plácidamente. Tomó los sonajeros de plata con las iniciales grabadas de ellos. Era el regalo de Irene. Una gran ternura la invadió, dejando los sonajeros cerca de ellos, dejó caer el tul para que la tenue luz de la vela no turbara su sueño. Todavía no podía creerlo. Aquellas dos personitas que dormían sin sobresaltos, llenos de sosiegos... ¡Eran sus hijos! ¡Hijos de Gonzalo y de ella! Hijos del amor.

Destapó el lecho sacando su camisón de debajo de los almohadones. La brisa le llevó el aroma proveniente del patio. Sonrió. Se dirigió al peinador sacando la cajita. Con ella en la mano, salió de la alcoba yendo hasta donde su hermoso arbusto se levantaba erguido... ¡Majestoso, como aquella primera noche! Rozó con sus manos aquellas verdes hojas y sus preciosas florecillas blancas, se las llevó al rostro aspirando su perfume. Gonzalo, desde la puerta, la contemplaba embelesado, lleno de amor, al igual que aquella noche, la veía bellísima. Parecía una diosa con aquel vestido color perla, el corte debajo del pecho, dejaba el vestido caer sobre su cuerpo con gran sutileza, suelto, ligero, y su escote en pico, realzaba su busto que ante su reciente maternidad, dejaba visible las turgencias de sus senos de una forma atrayente.

Margarita escuchó los pasos de su marido, levantó el rostro - ¿Se han quedado dormidos?
- Le faltan poco para hacerlo - se había acercado a su esposa rodeándola con sus brazos y susurrándole al oído – Te amo.
Margarita sonreía – No más que yo.
Él, metió el rostro en el cuello de su esposa - ¿Te he dicho lo bella que estás con este  vestido?
- Muchas mi amor, desde que me lo hice, y si me lo he puesto hoy, es porque aún estoy muy gorda y con él disimulo algo.
- No, no estás gorda, sólo que todavía se te nota tu flamante maternidad... Tú bella maternidad. ¡Qué orgullo para mí, llevar conmigo una esposa como tú y todo el mundo me admire por ello!

- No sabía que tuviera un marido tan presuntuoso... En otro tiempo te hubieras puesto celoso - mientras se lo decía, intentó ocultar la cajita en su mano.
Gonzalo la abrazó contra él, contra su pecho – Y lo sigo siendo... No siempre me gusta cómo te miran algunos.
- Pues si nos ponemos así, ¿qué tendría yo que decir? Por cómo te miran algunas lagartas, sería capaz hasta de sacarles los ojos.
Su esposo rió – Y lo creo, con lo fierecilla que has sido siempre, pero es así cómo te amo, cómo te quiero... - Gonzalo la tomó de la barbilla – Margarita, sé que la presencia del Comisario te inquietó... Debes tomarlo con calma, nada debes temer.
- Ya me lo has dicho muchas veces, pero ese hombre siempre me ha causado cierto temor y después de lo que escuché de ti y saber que es tu hermano, todavía me cuesta asimilarlo, pero creo que he estado a la altura ¿no? - al decirlo, sus dedos recorrieron el cuello y el pecho de su marido que tenía la camisa abierta.

- Si cariño, has estado a la altura, siempre lo estás... ¿Sabes? Me ha emocionado la condesa de Vallarta, no sólo por el detalle que ha tenido con nuestros hijos, sino porque el verla, he pensado en ella, en mi madre, mejor dicho en las dos... Qué felicidad para ellas si hubieran vivido un día como el de hoy.
Por un momento, Margarita percibió cierta tristeza en la voz de su marido – No te sientas triste Gonzalo... Esta noche, no es noche de tristeza, piensa, que una de ellas, Isabel, será una de estas estrellas que destellan en el firmamento y que nos ilumina con su fulgor... La que te dio el ser, Laura, la encontrarás... No debes perder la esperanza, algo me dice, que está más cerca de lo que puedas pensar.

Gonzalo acarició el rostro de su esposa – Tienes razón Margarita, no se debe perder la esperanza y al igual que tú, pienso, que quizá mi madre está más cerca de lo que creo... Gracias por alentar mi corazón para seguir buscándola.
La joven suspiró profundamente – Ahora, pensemos sólo en ti y en mí, mejor dicho en ti.
- ¿En mí? no sé a qué puedes referirte.
Margarita puso un beso en sus labios – Feliz cumpleaños mi amor.
- Pero... pero ya me felicitaste esta mañana.
- Ya, pero con todo el ajetreo de hoy, no he podido hacerlo como se debe hacer y un cumpleaños, no es lo mismo sin un regalo.

Gonzalo movió la cabeza de un lado a otro - ¿Un regalo? Margarita, dos... ¡Dos regalos me has hecho por adelantado! Dos regalos a cual más bellos y nunca mi amor, te lo agradeceré bastante - la había tomado por los hombros y la incitó a mirarlo - ¡Nunca te lo agradeceré bastante Margarita!
Ella lo miraba visiblemente emocionada – Sin... sin ti no hubiera podido ser... Hay que agradecérselo a Dios o a la vida, como tú prefieras, pero ellos, nuestros hijos, los tres, han engrandecido mucho más nuestro amor... Ellos tres, han hecho que nuestro amor sea inmensamente hermoso.
Él, tomó el rostro de su esposa entre las manos – Así es, ellos tres, aún ha llenado de más belleza el amor que sentimos, el amor que siempre nos unió desde niños, un amor, que perdurará a través del tiempo - se le quebraba la voz por la emoción, al igual que en sus ojos, afloraban lágrimas de gran dicha.

- Si Gonzalo, nuestro amor perdurará a través del tiempo... Ya no habrá más sombras que oscurezcan esta felicidad que nos envuelve. Nuestras vidas, siempre estarán llenas de luz para alumbrar el camino de nuestros hijos y el tuyo... Nunca olvides amor, cual es el sendero que conduce a tu casa, y para eso, también necesitas esto... - Margarita le puso por delante la cajita – Ten, es... es tu regalo.
Gonzalo miraba aquella cajita con el ceño fruncido, sus ojos buscaron los de su esposa. En aquellos momentos brillaban de una forma especial. Ella volvió a insistir – Ten... es tuyo... es tu regalo, de tus hijos y de mí, para ti...

Tomó aquella cajita que él bien conocía por las iniciales que llevaba en su tapa, y con cierta templanza, la abrió. Sus ojos contemplaron su contenido con la emoción desbordada. Sus ojos color miel, fueron del colgante a los ojos de su esposa. Un nudo le ahogó la garganta. Tomó entre sus dedos el colgante.

– Es... es la prenda de amor... - con gran emoción miró a su esposa, que a su vez, toda conmovida intentaba limpiar sus mejillas por las lágrimas que se deslizaban por ellas.
- ¿Dónde... ¿dónde lo encontraste? - lo preguntó con voz temblorosa
- ¿Importa eso? Lo importante es que no se perdió y vuelve a ti... Vuelve a ti para que de nuevo, su magia te conduzca al camino que has de seguir si un día te pierdes... Ese... ese camino a seguir, siempre debe conducirte hasta aquí, hasta tu hogar.
Gonzalo no podía evitar las lágrimas. Sus manos tomaron el rostro de Margarita – Ten por seguro que siempre me conducirá hasta aquí, hasta nuestra casa y tú, siempre me estarás esperando.
- Siempre Gonzalo, tus hijos y yo siempre te estaremos esperando.

Él, buscó los labios de su esposa. Ella, abrió los suyos para acoger los de su marido. Gonzalo la besó con gran apasionamiento, ella lo correspondió dejando resbalar sus lágrimas por su rostro. Gonzalo bebió de aquellas lágrimas tan llenas de amor. La abrazó con gran fuerza, entre sus brazos, meciéndolas en ellos. Cerró los ojos llenos de una infinita emoción. La apartó de él con suavidad.

– Quiero... quiero que me lo pongas.

Margarita tomó el colgante de los dedos de él. Le rodeó su cuello con el cordoncillo de cuero haciéndole dos nuditos para asegurarlo. La prenda de amor volvía a pender del cuello de Gonzalo de Montalvo. La voz de Margarita sonó quebrada por la emoción.

– Ya... ya lo tienes puesto... La prenda de amor vuelve, vuelve a colgar de tu cuello mi amor.
- Y esta vez será para siempre Margarita, para siempre...

De nuevo, volvió a tomar a su mujer por el rostro besándola con suavidad, saboreando sus labios, notando la tibieza de ellos. La jugosidad de aquella boca sensual y maravillosa, hacía que Gonzalo jugara con aquellos labios hasta hacerle perder el control cuando ella, su esposa, abrió los suyos para envolverlo en una oleada de pasión que hizo enardecer sus cuerpos. Las manos de él, a la misma vez, acariciaba el cuerpo de ella apretándola contra su pecho, sintiéndola temblar entre sus brazos, ante sus besos... Era mucho el amor que desbordaba uno y otro... El tiempo, por un momento se detuvo, en aquellos instantes, sólo existían ellos dos. El llanto de uno de sus pequeños, hicieron que reaccionara ante tanto gozo que sus cuerpos iban percibiendo. Se miraron y sonrieron.

- Me parece, que una noche más tendré que esperar a que mi esposa se desocupe para poder atenderme como debe.
- Sólo será el tiempo que ellos vuelvan a dormirse, pero por ahora mi amor, no puedo complacerte como quisiera y desearía  - se lo dijo mirándolo a los ojos.
Gonzalo la tomó por la barbilla – Siempre me complaces... Sólo con tu mirada ya lo haces.
- Y sólo tú puedes ser tan compresivo, y anda, vamos, que son capaces de despertar hasta los vecinos.

Se acariciaron con una sonrisa, con sus labios, con sus ojos. Gonzalo, la tomó de la mano y sin dejar de mirarse, dejaron el patio para adentrarse en la alcoba.



Allí, en el patio, testigo de aquel momento de intenso amor, el hermoso jazmín cuajado de florecillas blancas y que la brisa de la noche jugando con él, hacía que moviera sus ramas en un pausado balanceo esparciendo su aroma, fragancia que impregnaba cada rincón de la casa como fuera de ella. La luna blanca, con su resplandeciente luz, lo alumbraba como aquella primera vez, al fin y al cabo, aquella noche, para Gonzalo y Margarita, también era una noche de ensueño.




Noviembre, dos meses después.


La mujer avanzaba con pasos cortos arrebujada en su toca, Miraba a un lado y otro, había bulla en las calles aquella mañana fría y gris, de pronto, algo hizo que detuviera sus pasos al parecer cansados, una pelota, había rodado a sus pies impidiendo que siguiera caminando. Voces infantiles se escucharon cerca de ella.

- Perdón... perdón señora, es que se nos ha escapado - al decir esto, el crío se inclinó a recoger la pelota.
La mujer, miró con gran ternura al pequeño que tenía delante – No... no te preocupes, no me has hecho daño - con mano temblorosa le acarició el rubio cabello. Se lo quedó mirando muy fijamente.
El chiqullo se quedó un poco confuso - Por... ¿Por qué me mira así?
- Son... son tus ojos... Me han hecho recordar los de alguien.
- Bueno, ya me voy - fue a darse la vuelta y reunirse con sus amigos cuando la voz de aquella desconocida lo detuvo.

- ¡Espera pequeño! ¿Tú eres de por aquí?
- Si... si señora, vivo aquí cerca, en el barrio de San Felipe.
- Me podrías decir, dónde puedo encontrar una costurera.
- ¡Sí! ¡si señora! ¡claro que se lo puedo decir! ¡Mi... ¡mi tía es costurera! - al decirlo, se le agrandaron sus ojitos picarones.
- Vaya, esto sí es casualidad... ¿Te importaría hacerme un favor?
- Dígame...
La mujer, se sacó de dentro de la cinturilla de su falda un papel – Mira, quiero que le des esta dirección a tu tía, ahí es donde vivo... Estoy buscando a una costurera para que me haga un vestido, a ver si ella quisiera hacérmelo.

El crío tomó el papel – Yo se lo daré, lo que pasa, es que ahora está muy ocupada... Tengo dos hermanitos mellizos de dos meses y eso hace que...
- Ya, eso hace que no tenga tiempo para mucho ¿verdad? pero tú le dices que no tengo prisa.
- Yo se lo diré, ¡seguro que ella se lo hace! - lo dijo mientras se guardaba el papelillo doblado en el bolsillo de su chaleco.
- Pues entonces, nada más y gracias, por cierto, ¿cómo te llamas?
- Alonso... Alonso de Montalvo, mi padre es maestro en la Villa, y ya me voy, mis amigos me esperan.

Alonso se alejó de la mujer. Ella lo vio correr hacia sus amigos que lo esperaban impaciente, cuando los vio perderse, Laura de Montignac volvió sobre sus pasos. Una sonrisa dibujó sus labios y aquel rictus de amargura desapareció. Más que nunca, su corazón se lo decía, le gritaba que estaba cerca de ellos... ¡De sus hijos!



                       
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chiribitas

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   Mar Mar 07, 2017 2:04 pm

clap clap clap clap clap clap clap clap clap groupwave groupwave groupwave groupwave

Ole, ole y ole, Mari Carmen. Esto es una historia bien hilada y bien terminada y no el bfjkgtijjdard que nos han hecho tragarnos esos llamémoslos "guionistas". Genial, guapa.

Gracias por esta historia. Besos y flores para ti, artista. flowers2

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MensajeTema: Re: LUCES Y SOMBRAS... (2ªPARTE)   

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